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[Este reportaje del semanario Der Spiegel acompaña a la entrevista realizada a Mathias Döpfner. Se ha publicado en papel: Der Spiegel 45/ 2.11.2019, pp. 10-19. Lo reproducimos, traducido al español, con los correspondientes permisos. Añadimos algunas aclaraciones en cursiva, ante términos o connotaciones quizá no conocidos por todos de la situación en Alemania. Los titulares ante párrafos y las negritas no están en el original alemán. Las fotos también son nuestras. El resto, es decir, el texto, sin cortes, es una versión lo más fiel posible del original.]

A continuación, el artículo:

Apertura de los límites

Der Spiegel

Debates: los estudiantes irrumpen violentamente en las aulas, los políticos de la AfD [Alternativa para Alemania (Alternative für Deutschland), un partido político euroescéptico, entre la derecha y la extrema derecha] ponen en la picota el credo político del Estado, los Verdes califican de fascistas a sus enemigos y la mayoría piensa que hay que llevar cuidado con lo que se dice. Las discusiones son vehementes en este país polarizado. No es hermoso, pero es correcto.

Portada de "Der Spiegel": "Libertad de opinión. Sobre los límites reales y sentidos de lo decible"
Portada de “Der Spiegel”: “Libertad de opinión. Sobre los límites reales y sentidos de lo decible”

Parece que alguien ha pensado todo esto. Es demasiado perfecto. No puede ser que suceda así sin más. De alguna manera tiene que haber un guionista detrás que haya escrito esta comedia.

Miércoles, 30 de octubre de 2019. El día de Halloween, el día en el que anualmente se expulsan los malos espíritus, aunque primero haya que dejar de atarlos. El sol luce. La facultad de Física de la Universidad de Hamburgo se esconde a lo lejos del campus, a la sombra de los pabellones de la feria y de la prisión preventiva de la justicia de Hamburgo. Están cerca Karoviertel y Schanze, los barrios de Hamburgo de la rebelión de la izquierda. Hace dos años pasaba por aquí aproximadamente el cercado de la zona con motivo de la cumbre del G-20. La policía conoce cada rincón de este lugar. Pero esta vez no se trata de la protección de los poderosos jefes de Estado. Esta vez se trata de que finalmente el político y profesor Bernd Lucke pueda impartir su clase: Microeconomía II.

En las pasadas semanas no lo ha conseguido en dos ocasiones porque los estudiantes y activistas locales de Antifa [“Antifascistische Aktie”: Acción antifascista: red de extrema izquierda] se lo impidieron. En la primera ocasión le abuchearon llamándole “cerdo nazi”. En la segunda, algunos de ellos le asaltaron al modo de los ataques de guerrilla, cuando el auditorio estaba escasamente custodiado por agentes del orden.

Que los estudiantes impidan las clases de profesores mal vistos es un hecho que se ha repetido de vez en cuando; a posteriori nunca parecía malo. Los jóvenes tienen una especie de derecho a la protesta y a traspasar límites que a veces se ve como algo inteligente y otras como algo bobo. Quizá la parsimonia fuera la mejor respuesta.

¿Pero cómo continuar? ¿Tranquilidad en una sociedad exasperada? A las dos clases que no ha podido dar Lucke, hay que sumar que se impidiera presentar su libro al ex ministro del Interior Thomas de Maizière en la ciudad de Gotinga, y el rechazo por parte de la Universidad de Hamburgo a un encuentro de un grupo de estudiantes liberales de esa universidad con el jefe del FDP [Partido Democrático Libre; en alemán: Freie Demokratische Partei, un partido político liberal clásico de Alemania], Christian Lindner. Ello, en combinación con un par de declaraciones desafortunadas de los políticos de Hamburgo, y ya se desemboca en el Bundestag (Congreso de los Diputados), en una cita marcadamente viva de los diputados sobre “Defender la libertad de opinión en Alemania”.

A eso se añade un raudal de artículos, muchos con la indicación de que casi las dos terceras partes de los ciudadanos tienen miedo a decir lo que piensan. “Los límites de lo decible”, “el terror de la virtud” son conceptos que van y vienen. A veces se llega al colmo: como si el nacionalsocialismo y el estalinismo hubieran juntos revocado los derechos fundamentales. Lo que este debate muestra sobre todo es que la libertad de opinión está bastante viva. Y fatiga mucho.

La libertad de opinión está también bastante viva porque el debate, paradójicamente, ha llevado a una situación en la cual en Hamburgo, de forma completamente real, no en el anonimato de Twitter sino en un aula con auténticos estudiantes dentro y auténticos policías fuera, se ha de imponer la libertad de opinión sin que fundamentalmente se la amenace. Bernd Lucke, profesor de Economía Política en Hamburgo, fundador del partido AfD, cueste lo que cueste podrá dar su clase este miércoles 30 de octubre de 2019.

La víspera envió la universidad una nota a la prensa. Es un documento que refleja un sutil nerviosismo. La clase se celebra cuando está previsto, después de que la propuesta de la universidad de que fuera online hubiera sido rechazada por el profesor Lucke. La universidad aspiraba al descenso progresivo de la violencia. También pidió que las clases la aseguraran las fuerzas del orden estatales. Parece que había que contar con lo peor, incluso se preparó el ambulatorio psicoterapéutico de la universidad para el tratamiento “ad hoc” de posibles trastornos postraumáticos de los estudiantes y demás personal.

¿Y qué? No pasó nada. Vienen 300 estudiantes, es una clase obligatoria, miércoles a las 12 horas. Unos cien policías vigilan. Hay entre 30 o 40 policías y más o menos el mismo número de manifestantes o quizá solo interesados, no está tan claro. Lucke consigue entrar por un pasillo lateral, sin que se note, al aula, que se llama “Otto Stern”, según el físico alemán que en 1933 tuvo que dejar Alemania y que en 1943 recibió el premio Nobel. Según un tuit de un estudiante, durante la clase Lucke gasta la broma de que la elección del lugar, comparado con una prisión, es bastante aceptable, en el caso de que haya protestas.

Esto es también la buena noticia: la libertad de opinión permanece intacta en lo sucesivo. Se han asegurado los derechos fundamentales y ni siquiera hay que defenderlos de posibles ataques. La otra noticia: Bernd Lucke ha ganado. Casi podría llegarse a la idea de que es la mente genial detrás de toda esta comedia alemana, pero eso es demasiada honra. Lucke mismo debe estar bastante sorprendido de su renacimiento político. Tendría que darle las gracias a Antifa y a los estudiantes.

Bernd Lucke
Bernd Lucke en 2014. Foto: © Wikimedia Commons

Quizá el debate sobre la libertad de opinión va más de conceptos: la atmósfera alrededor de la opinión o el dominio de la opinión, cómo hablamos y discutimos, qué luchas entablamos y qué consecuencias políticas tienen. Las mejores intenciones consiguen a veces el efecto contrario. Quien quiere hacer callar a Lucke consigue que hable más alto que antes.

La política es siempre también interpretación de la realidad. La idea de una opinión pública democrática consiste en obtener a través de la lucha de opiniones lo que antes se llamaba la soberanía de la opinión. Hay que ganar la batalla de qué interpretación es la relevante y cuál no.

El debate sobre la libertad de opinión, su amplitud y su efecto muestran de forma bastante exacta cómo se constituye lo público: desde la lucha política hasta el mundo de los sentimientos de los ciudadanos, inseguros y políticamente inestables. El debate muestra el poder de las redes sociales y de las plataformas online, pero también el caos que los tiempos digitales han traído a la esfera del cuarto poder. Nuestro espacio público, parece, es una casa de locos de opiniones y descalificaciones, ideologías y suposiciones.

Y realmente algo ha cambiado: los populistas de la derecha están en lo alto de los gobiernos en casi todas las regiones del mundo, tienen la habilidad de adaptar la realidad a lo que a ellos les convenga. Donald Trump y Boris Johnson son los más conocidos. En Polonia, en Brasil, pero también en Filipinas las cosas no son muy diferentes. Y en Alemania el fortalecimieto de la AfD ha influido masivamente el debate público.

Hay una serie de encuestas y de estudios que muestran cómo ha cambiado el clima de opinión, e insinúan las consecuencias que podría tener. Dos terceras partes de los ciudadanos, según una encuesta de mayo del Instituto Allensbach de Investigación de Opinión Pública, están convencidos de que se ha de llevar cuidado hoy en día acerca de qué temas tratar y cómo uno ha de manifestarse sobre ellos. Se refieren a asuntos como los refugiados, el islam, el tiempo del nacionalsocialismo y los judíos, el extremismo de derechas y la AfD. Ciertamente el 76 por ciento valora como inaceptable el dicho de Alexander Gauland [diputado y fundador de AfD] de que Hitler y los nazis son “una cagada de pájaro en más de mil años de historia alemana exitosa”. Más de la mitad responde a la vez también que “les saca de quicio que siempre se les prescriba lo que han de decir, cómo han de comportarse”.

El estudio de Shell, ahora publicado, sobre las imaginaciones y los pensamientos de más de 2.500 jóvenes entre 12 y 25 años, concluye algo parecido. Dos terceras partes de los encuestados creen que no se puede decir nada malo de los extranjeros en Alemania sin que a la vez se te insulte como racista. Más de la mitad encuentra que “el Gobierno calla la verdad a la población”. Por lo menos una tercera parte teme que la sociedad está “infiltrada por el islam”.

No son aciertos por casualidad. El resultado empírico es robusto. La empresa desmoscópica Infratest Dimap, antes de las elecciones regionales en Sajonia y Brandeburgo, puso a consideración de los ciudadanos una pregunta. Estaban de acuerdo el 64 por ciento de los sajones y el 69 por ciento de los de Brandenburgo en que ante algunos temas “hay que limitar a quién da uno su opinión”. Según un estudio de la fundación “Friedrich Ebert”, hay un dictado de la opinión en Alemania para el 55 por ciento de los encuestados. En una encuesta del PEN (centro de Alemania) entre autores y periodistas, el 75 por ciento se mostraba preocupado por la situación de la manifestación de la opinión libre en Alemania.

En los años setenta se llamaba a eso espirales de silencio. Entonces se decía que muchos conservadores no se atrevían a manifestar abiertamente sus puntos de vista: se distorsionaban mucho por el paso de los medios al clima de opinión. Mientras tanto han sido los retóricos de la indignación, los provocadores de los linchamientos digitales, los que dan la impresión de que no pueden hablar de forma libre. A eso se llama hoy el “chilling effect” (efecto desalentador; efecto paralizador).

“Toda persona tiene el derecho a manifestar libremente su opinión de palabra, por escrito o en imagen, de divulgarla, y de informarse sin ser impedido en fuentes accesibles generales. La libertad de prensa y la libertad de cobertura informativa por medio de la radio y del cine están garantizadas. No hay censura”.

Ese es el artículo 5, párrafo 1 de la Constitución alemana. Tres frases, 44 palabras (en el original alemán). No se necesitaba más en 1949 para postular en Alemania uno de los derechos fundamentales más importantes.

Garton Ash y la libertad de palabra

El historiador Timothy Garton Ash, que enseña en Oxford y en Stanford, necesita, siete decenios después, 700 páginas para analizar todos los problemas de la libertad de opinión en un mundo global, mediático, conectado por internet. Libertad de palabra se llama su libro. Tres años después de que se pusiera a la venta, se había convertido en un clásico del asunto.

Nunca pudieron tantos hombres como ahora manifestar tantas opiniones y divulgarlas traspasando todo tipo de fronteras. Esto tiene que ver con internet, con las migraciones mundiales y con la apertura de las sociedades occidentales, en las que cada vez más se puede oír a las minorías. Garton Ash habla de una nueva época de la libertad de expresión.

A la vez surgen los riesgos de esa libertad de opinión de manera tan manifiesta como nunca, entre ellos auténticos aluviones de insultos y de ofensas.

¿Cuán libre tendría que ser el discurso? ¿Qué convenciones tendrían que guardar los que discuten? La discusión sobre esto es una lucha dura, no solo en Alemania. El mundo, dice Garton Ash, no se ha convertido en una aldea global, como se decía en los años sesenta, sino en una gran capital, en “una gran ciudad mundial virtual”.

Las aldeas son lugares pequeños y auténticamente homogéneos. En las grandes ciudades viven muchos seres humanos alrededor de uno, pero son completamente diferentes de uno. Se encuentran con uno rara vez o nunca, y cuando se produce tal encuentro, es normalmente corto. Permanecen extraños a uno. Por eso es más importante la libertad de opinión. Esa es una de las tesis de Garton Ash. La libertad de expresión facilita vivir con la multiplicidad, nos adiestra en el arte de la tolerancia. “Solo si se garantiza la libertad de expresión puedo entender lo que significa ser “tú””.

Garton Ash es un liberal anglosajón. Enumera diez principios que garantizan la libertad de expresión en el futuro del mismo modo que la dignidad de los que piensan de otra manera. “Aprovechamos cualquier oportunidad para divulgar el saber, y no permitimos a este respecto ningún tabú”, dice uno de esos principios. Garton Ash se opone al boicot político de profesores u oradores mal vistos. Las universidades, exige Garton Ash, deberían “ofrecer una plataforma del más amplio espectro sobre puntos de vista influyentes y controvertidos, y a la vez confrontarlos con una amable, robusta y bien informada crítica”. La protesta estudiantil contra un orador la ve legítima, mientras los oradores puedan hablar.

Garton Ash está en contra incluso de prohibir el “hate speech” (discurso del odio). “Si quisiéramos declarar inviolable todo lo que puede herir a los seres humanos, y resumiéramos todos los tabúes de todas las culturas de este mundo, apenas quedaría algo de lo que pudiéramos hablar.” Una medida mínima de civismo es ineludible, dice también Ash.

¿Pero dónde están los límites? Tiene que haberlos. ¿Pero dónde exactamente, en un país como Alemania, con su pasado nacionalsocialista y su presente de la derecha terrorista? [Un hombre armado y vestido con ropa militar mató el pasado 10 de octubre a dos personas junto a la sinagoga de la ciudad alemana de Halle]. Un país, en el que un antisemita ataca la sinagoga de Halle y mata a dos personas, un país en el que el político de la CDU Walter Lübcke es la víctima de otro ataque. Ambos agresores se habían radicalizado en internet, equipados de retórica sin escrúpulos.

El británico Garton Ash dice que deberíamos ser precavidos con los límites que ponemos, aunque sea difícil. Más libertad de opinión lleva a más diversidad de opinión y más diversidad de opinión a más disputas. Eso es cansado, naturalmente, pero él defiende que uno no se retire demasiado rápido sintiéndose herido, sino que o bien ignore el discurso del odio o bien lo contradiga conscientemente. “En un mundo de creciente y visible diversidad, con la que estamos familiarizados, deberíamos no animar a la gente a tener una piel tan fina sino algo más gruesa, para que se pueda vivir con las diferencias y poder superarlas”, afirma Garton Ash.

Una sociedad que tiene muy en cuenta las sensibilidades crea nuevos problemas. En Alemania, dice Garton Ash, durante muchos años los intelectuales, los políticos y los periodistas no han hablado suficientemente sobre los miedos por la inmigración musulmana. “En la medida en que menos personas hablaban del problema públicamente”, escribe Garton Ash, que habla alemán y conoce muy bien nuestras circunstancias, “tanto más pensaban en ello y conversaban probablemente en privado, en las tabernas o en casa”. La presión de lo que públicamente no se dice es como “como una olla a presión” que sube y que se desfoga finalmente en el libro de Thilo Sarrazin de 2010 titulado Deutschland schafft sich ab (“Alemania se suprime”), con un millón de ejemplares vendidos. “Así sucedió que un problema realmente importante para Alemania no se trató en una discusión pública sobre la base de información fiable, sino sirviéndose de un uso maloliente de eugenesia y de pesimismo cultural”, escribe Garton Ash.

El caso de Jörg Baberowski

Como en los Estados Unidos, las luchas de la vida real sobre lo que es decible se libran en las universidades. No es ninguna casualidad que uno de los casos más prominentes gire en torno a Jörg Baberowski, un historiador e investigador del poder, de la Universidad Humboldt de Berlín. Baberowski se atrevió en 2015 a criticar la política de refugiados de Angela Merkel y el acento en la bienvenida a los refugiados de la cultura alemana. Cuando los alumnos del círculo cristiano-demócrata de la Universidad de Bremen y de la Fundación Konrad Adenauer lo invitaron, el acto tuvo que celebrarse en la sede de la fundación, y el edificio tuvo que ser protegido por la policía. El comité de estudiantes de la universidad (Asta) de Bremen repartió octavillas con el título: “Retirad el podio a los radicales de la derecha”.

Baberowski denunció a Asta. Mientras tanto el tribunal superior de Colonia decidió que Asta puede afirmar que Baberowski divulga tesis que enaltecen la fuerza, minimiza la quema de alojamientos para refugiados, está a disposición del racismo y representa posiciones de la derecha radical. El tribunal superior no ha establecido que Baberowki haga todo eso, solo que cae bajo la libertad de opinión de Asta el mantener todo eso.

Hans-Thomas Tillschneider y el islam

Relativamente suaves fueron las protestas en mayo de este año contra el especialista en islam Hans-Thomas Tillschneider, de la Universidad de Bayreuth, director del seminario “Introducción compacta al derecho islámico”. Tillschneider es parlamentario por AfD en el parlamento regional de Sajonia-Anhalt, el portavoz de este partido allí para asuntos de ciencia; su despacho en Halle lo ha tenido durante algún tiempo en la misma sede de AfD. Él pasa por ser la derecha de la derecha, incluso dentro de su partido.

La universidad, al parecer, tenía la sartén por el mango. La seguridad y los policías impidieron a los que protestaban que entraran al edificio. Tillschneider, en Twitter, calificó a los que se manifestaban de “espíritus destructivos totalitarios”. La universidad declaró: “Vivimos en un Estado de derecho, con reglas claras que nos dirigen. Una universidad debe también por ello soportar puntos de vista controvertidos y contrarrestar con argumentos afirmaciones desacertadas”.

Susanne Schröter y el velo

Una notoriedad especial ha logrado Susanne Schröter, profesora de Etnología en la Universidad de Fráncfort, porque se la ha pillado dos veces. Investiga “órdenes normativas”, es decir, se ocupa de la cuestión acerca de lo que se debe y no se debe decir.

El primer desliz sucedió en 2017. El sindicalista de la policía Rainer Wendt tenía que hablar, dentro de la serie de conferencias organizadas por Schröter, sobre “El día a día policial en la sociedad de la inmigración”. Wendt gozaba de cierta fama. Durante la crisis de los refugiados había propuesto cercar la frontera alemana y había defendido que no había sesgo racial en la policía, es decir, que los agentes no controlaban con preferencia a los hombres de piel oscura.

Susanne Schröter
Susanne Schröter en 2014. Foto: © Wikimedia Commons

A Schröter le llegaron correos e insultos de las redes sociales, porque se había atrevido a invitar a la universidad a un racista. Después unos 60 científicos de la universidad le enviaron una carta abierta en la que indicaban que Wendt era partidario de una forma ofensiva de praxis policial racista. “Esperamos que no se le ofrezca a Rainer Wendt una escenario en la Universidad Goethe de Fráncfort”, decían.

Schröter desistió. No porque los argumentos le hubieran convencido, sino porque no quería ser responsable de que hubiera heridos a causa de una posible intervención policial si se celebraba su conferencia.

En mayo de este año se repitió el problema. Era un acto sobre el velo. Schröter había invitado a diversos especialistas con distintos puntos de vista. Esta vez vinieron los ataques tanto por la derecha como por la izquierda. Los activistas exigieron que se echara a Schröter. La dirección de la universidad la apoyó, se apuntaron a su sesión unos 700 interesados. Al final apenas hubo protestas.

En todos esos casos se trata menos del intercambio de argumentos, como de difamar al otro por los extremos exagerados que se emplean. Ya no hay que estar pendiente del arduo trabajo de seguir los razonamientos, porque el otro según lo que se elija es racista, fascista o de la extrema izquierda.

La AfD intenta hacer creer a sus seguidores que tales acciones se dan solo en la izquierda (al parecer, la policía de la opinión dominante), a la que le importa hacer callar a la AfD y a otros de la derecha. Pero en realidad la derecha tiene instrumentos parecidos en el repertorio.

Eric Wallis y los lavados de cerebro

En noviembre de 2018 un grupo de hombres irrumpió en un aula de la Universidad de Greifswald, durante una clase del lingüista Eric Wallis, entonces director del centro regional para la cultura democrática de Mecklenburgo-Antepomerania. Wallis dice que había empezado a hablar sobre “lavado de cerebro” –“framing” o estratagemas contra el odio al extranjero– cuando un grupo irrumpió en el aula con una bandera en la que se leía: “Que cada uno pueda expresar su opinión”.

La bandera portaba el símbolo del movimiento identitario de la derecha. Los que protestaban apelaban a la “tradición, estación final de la multicultura”, cuenta Wallis. Supone que les interesaba que les echaran del aula para desmostrar así que se les oprimía, que no les dejaban expresar su opinión. “Pero no quise que eso pasara”, afirma Wallis.

Wallis les invitó a que debatieran al finalizar su conferencia. Se habría alegrado de poder intercambiar con ellos opiniones. Pero los hombres abandonaron el lugar, según se puede ver en la grabación disponible.

Presentarse como víctimas de la intimidación

Al parecer, para muchos es atractivo poder presentarse como víctimas de la intimidación y de la intolerancia. Quizá ayude aquí la llamada de Garton Ash a la conciencia. Y el conocimiento de que hay muchos que participan en el debate, que se trata de determinar la posición propia, en una sociedad que se polariza y vive un reforzamiento de las ya superadas –así se creía– categorías de “izquierda” y “derecha”. Se trata de autocerciorarse de que se pertenece a la parte correcta. Para poder seguir bien ese mecanismo, ayuda examinar detenidamente la génesis del caso Lucke.

El caso Bernd Lucke

Asta de Hamburgo, a finales de julio, cuando estaba claro que Lucke iba a volver a la universidad, publicó una declaración con palabras muy altisonantes. “Un hombre así no debe trabajar en una universidad, y especialmente la Universidad de Hamburgo puede tranquilamente renunciar a que vuelva.” Pero ahora los representantes de los estudiantes son de la opinión de que eso no fue nada inteligente. A pesar de su “pasado criticable”, Lucke tiene “todo el derecho a volver a la universidad”, se puede leer en la declaración última de Asta.

El pasado 16 de octubre, Bernd Lucke tenía que dar su primera clase. Asta había convocado con mucha antelación, frente al aula, una manifestación. Vinieron estudiantes, ciudadanos interesados, las “abuelas contra la derecha” y representantes de Antifa.

Por internet han circulado diversos vídeos acerca de lo que pasó allí dentro. Se ve a Bernd Lucke con una sonrisa irónica sentado en el auditorio, con las banderas de Antifa sobresaliendo. Sobre la tarima, los representantes de Asta intentan, por medio de un megáfono, tranquilizar a la masa. En otro vídeo los estudiantes cantan y aplauden, como en un campamento de vacaciones. “La atmósfera era amigable”, dice un jefe de Asta, Leo Schneider, “aun cuando hacia fuera se mostrara otra imagen, para que Lucke se pudiera presentar como víctima”. La policía no intervino.

En internet se discutió mucho si la acción en Hamburgo había sido un ataque a la libertad de expresión en Alemania. Había dos frentes: “A nadie tiene que gustar lo que Bernd Lucke diga. Pero de manera semejante los estudiantes nacionalsocialistas echaron en su momento a los profesores judíos de la universidad”, tuiteó el político local Thomas Ney, que representa al partido Piratas en la asamblea municipal de Oranienburg. “No sé si Antifa es consciente de ese parecido metódico”.

Cómo argumenta la parte contraria, lo ilustra un tuit de Robin Mesarosch, jefe de medios, en el despacho del Congreso, del ministro de Asuntos Exteriores, Heiko Maas. Dice Mesarosh: “Bernd Lucke es el fundador del partido nazi alemán más exitoso desde el NSDAP [el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (en alemán, “Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei”, el partido de Hitler]. No tiene nada que hacer en un aula universitaria. Esto no es un asunto de derecho laboral sino una cuestión social. Los estudiantes en Hamburgo han salvado el honor de esta sociedad”.

No hay más.

El rector de la Universidad de Hamburgo se llama Dieter Lenzen. Este año celebra el centenario de la institución, que justo ahora ha ascendido a la liga de las diez universidades excelentes alemanas. No podía haber ido mejor para Lenzen, pero de repente se trata de Lucke.

Para que a la tercera Lucke pudiera dar su clase, surgieron costes a la ciudad de Hamburgo y a la universidad “como nunca antes los habíamos tenido”, dice Lenzen. Los estudiantes declaraban que tenían miedo de sentarse en el aula para seguir la clase y el personal técnico se negaba a trabajar en los alrededores de la clase de Lucke. “Solo la persona en cuestión puede decidir sin un determinado acontecimiento es para ella comprometedor”, dice Lenzen, y añade: “Estamos ante una generación muy sensibilizada, que a partir de su autopercepción se posiciona muy en contra de la fuerza”.

En el Asta de la Universidad de Hamburgo trabajan Leo Schneider y Niklas Stephan, responsables para asuntos sociales y antidiscriminatorios. Los dos estudian Ciencias Políticas. A los dos se les ve cansados y un poco deprimidos por cómo ha salido todo, diferente a como deseaban. En especial el hostigamiento en internet, con el denominador común de que la izquierda son los nuevos nazis, y la ronda de discusión de una hora tras el primer altercado, Lucke frente a tres representantes de Asta, moderado por Lenzen.

Stephan, un joven de 22 años en sudadera, recuerda con malestar: “Lucke es un profesional de la política, es profesor universitario, participa con frecuencia en tertulias de los medios. Puso trampas retóricas”, afirma el estudiante. Por ello, Asta ya no quiere seguir hablando con Lucke. “No tiene sentido”. Además, no se quiere conversar con racistas. Hasta que Lucke no se distancie de manifestaciones racistas, “no vemos base para la conversación”.

Sobre todo lamenta Stephan “cómo se desplaza el discurso”. Se hablaba solo de “si la izquierda, que manifestaba su opinión sobre una protesta legítima, limitaba la libertad de opinión”. “Es absurdo”, dice el estudiante, y añade: “Moralmente tenemos razón”.

¿De verdad? En realidad la pregunta de cómo la sociedad ha de comportarse con una derecha fuerte es más difícil de responder de lo que muchos suponen. El sociólogo Armin Nassehi, de la Universidad de Múnich, se ha ocupado mucho de este asuntos en los años pasados. Publicó su correspondencia con el editor de la derecha Götz Kubitschek, lo que le supuso que se le reprochara que alienta a las habladurías en la sociedad burguesa.

Ante una derecha “fuerte”

El argumento de que no se ha de proporcionar espacio para que hablen los políticos de la AfD o en general las personas a las que se presupone un pensamiento de la derecha, es algo muy extendido en el ambiente de la izquierda. El diálogo con la derecha está mal visto porque al parecer ese diálogo hace a la derecha presentable en sociedad. “Sería el último que diría que el pensamiento de la derecha no supone un peligro —afirma Nassehi—, pero es muy ingenuo creer que se puede limitar el poder de las ideas falsas manteniendo a alguien a distancia”.

La afirmación de las nuevas derechas de que son las únicas que hablan de tabúes atrae a los electores, aunque en Alemania a nadie se le impide decir lo que piensa, según Nassehi. Pero el problema es internet, que produce dos cosas contradictorias: “La posibilidad libre de decirlo todo. Y la posibilidad sin límites de llevarse una bronca por todo. También por manifestaciones sensatas”. De ahí el sentimiento de falta de libertad.

Stefan Kruecken y el linchamiento en internet

El caso del editor Stefan Kruecken quizá ilustra cómo se llega a ese sentimiento. Kruecken dirige, con su esposa, una pequeña editorial para literatura en el norte de Alemania. Hace tres semanas, a la pregunta del Instituto Allensbach de Investigación de Opinión Pública, sobre si en Alemania hay que llevar cuidado con lo que se dice, hubiera contestado “no”. Pero una entrada de Facebook con motivo del caso de Bernd Lucke, que él había puesto en la página de internet de su editorial (Ankerherz), ha sacudido su seguridad.

Después de que Lucke no hubiera podido dar su clase, Kruecken escribió: “Lo que hoy pasa en la Universidad de Hamburgo debería preocupar a todo aquel que vive nuestra democracia. Insultar a Bernd Lucke como un “cerdo nazi”, prohibir que hable, abuchearlo bajo la bandera de Antifa, es profundamente antidemocrático”.

Ankerherz no es una editorial próxima a la AfD. Al contrario. Su hasta ahora libro más exitoso, “Sturmwarnung” (Aviso de tempestad), es la biografía de un capitán de Hamburgo, que de niño creció como nazi convencido entre las ruinas de la guerra y que hoy ve en peligro la tolerancia y la apertura al mundo. Desde hace años Ankerherz publica comentarios contra la AfD y contra Pegida [Patriotas europeos contra la islamización de Occidente, en alemán, “Patriotische Europäer gegen die Islamisierung des Abendlandes”, un movimiento político nacionalista alemán], lo que había provocado amenazas de muerte al editor. Sin embargo ahora, con esa entrada de Facebook, según Kruecken, cosechó en 72 horas más de 5000 comentarios sobre su advertencia de que la democracia estaba en peligro.

A Kruecken se le insultó como “acogedor de nazis”, o como “follador de Lucke”, que se compra un uniforme negro [el uniforme nazi] y se cuelga relámpagos en la solapa. “No me pongas en el centro” o “Tú, extremista del centro”, eran otros dos de los insultos que con frecuencia recibió Kruecken, como si fuera el enemigo más peligroso que se pudiera encontrar ya desde hacía tiempo en el espacio político del centro.

Lo que intranquilizó de forma particular a Kruecken no era tanto el “rugido de odio desde la selva de Facebook”, como los comentarios de gente que le apoyaba, que lo lamentaban, que veían las protestas contra las clases de Lucke de forma tan crítica como él, pero que no se atrevían a decirlo públicamente.

La discusión política siempre ha sido bronca

Es posible que no haya cambiado tanto el tono. Quizá sea solo el anhelo de armonía y de seguridad lo que ha crecido. La discusión política siempre fue bronca, siempre se he metido caña. Franz Josef Strauß, durante muchos años presidente de la CSU, por ejemplo, hacía fabulaciones en 1974 con las “ratas rojas”, a las que había que cazar “en el lugar que les corresponde”, en sus agujeros. Joschka Fischer le soltó en 1984 a Richard Stücklen (CSU), vicepresidente del Congreso de los Diputados alemán (Bundestag), que era, con la venia, un “cabrón”.

Desde siempre hay especial querencia por las comparaciones con los nazis. El premio Nobel de la Paz Willy Brandt calificó en 1985 al político de la CDU Heiner Geißler como el “más perverso agitador” desde Joseph Goebbels; Helmut Kohl atizó en 2002 a Wolfgang Thierse, entonces presidente del Congreso, con que era “el peor presidente desde Hemann Göring”.

En los años cincuenta hubo asaltos contra las tribunas de los oradores y contra asambleas, se arrancaban pancartas, incluso con la protección de arriba. El canciller de la CDU Konrad Adenauer agradeció a la juventud del partido, tras su victoria en 1953, porque “a menudo con el uso de los puños”, habían llevado a cabo “la guerra de las pancartas”. En la atmósfera tan politizada de finales de los sesenta el uso de la fuerza escaló y llegó a los dos frentes. En la campaña electoral de 1969 hubo más de 200 heridos.

¿Qué entendemos ahora por política?

Y sin embargo, ha cambiado lo que entendemos ahora por política. Los grandes conflictos, según Marc Saxer, autor berlinés y colaborador de la Fundación Friedrich Ebert, ya no son de tipo material, sino de cuño cultural. En lugar de distribución de conflictos se tratan cuestiones de comportamiento. Por ejemplo,  justicia para los sexos. En el núcleo  el conflicto consiste en que las mujeres quieren más influencia, más poder, más dinero. Y que los hombres tienen que entregarlo. Por ejemplo, y especialmente, las cuestiones de moral sexual. Sobre el cambio climático: en realidad, es un conflicto sobre las grandes cuestiones materiales –cómo se limita el crecimiento y cuánto cuesta–, pero se debaten preguntas personales de comportamiento como la renuncia a la carne y la vergüenza por volar. Lo privado se ha hecho tan político como hace mucho tiempo que no sucedía.

Los conflictos clásicos de distribución material, son, al menos en teoría, más fáciles de solucionar. Uno quiere tener más, el otro menos: de forma ideal se ponen de acuerdo en el medio. Pero con conflictos culturales, sin embargo, no hay compromisos. Aún menos cuando los polos de estos conflictos políticos-culturales, de los libertarios y de los autoritarios, están dominados por posiciones extremas.

Sentirse amenazados

Los dos polos se parecen más de lo que quisieran los que se enfrentan, lo que es a su vez un motivo para la dureza de la discusión. Los dos tienen el sentimiento de la amenaza, de que algo fundamental va mal en la sociedad, de que los otros son unos bárbaros. Y de que la otra parte es más fuerte y con una mejor red de relaciones, superior en la dirección del discurso y por supuesto siempre avanzando. Así ambos polos han desarrollado una mentalidad de acosados y amenazados. En consecuencia, se aíslan del mundo exterior. Dependiendo de donde uno se sitúe, allí está por supuesto lo bueno, lo moral; allí donde los otros levantan sus barricadas, lo malo y lo amoral.

En los tiempos de formación de tales bloques, los peores enemigos son los traidores. Los que se desvían o buscan compromisos como Baberowski, o Schröter o Kruecken, o también apóstatas como Steffi Unsleber, redactora del periódico berlinés “taz”, que ha sabido en propia carne lo que quiere decir que se le dispare desde las propias filas.

Steffi Unsleber y la izquierda intolerante

Unsleber se atrevió a criticar el plan de tope de alquiler previsto por el senado de Berlín, primero con un tuit y luego con un artículo en el periódico “taz”. La crítica: los inquilinos berlineses ganarían, pero eso complicaría el traslado de los que vinieran a vivir a Berlín y desde luego no era ventajoso para los pequeños dueños de casas, que habían invertido lo ahorrado en una vivienda propia. Los planes eran “demasiado insolidarios”.

Cuando hace dos semanas se presentó de hecho ese proyecto de ley sobre límites al precio del alquiler, añadió Unsleber más tuits. Fueron retuiteados y tachados miles de veces como “cagalera neoliberal”, “basura alejada de la vida”, “mierda privilegiada”.

Es muy posible que la irritación fuera especialmente grande porque alguien al parecer de la izquierda criticara un proyecto muy querido por esa misma izquierda. En tiempos calientes como estos las filas permanecen generalmente cerradas.

Unsleber había ocultado sus datos en el registro de inscripciones, porque informaba con frecuencia sobre la derecha y los neonazis. Ahora ha sido afortunada también con que los extremistas de la izquierda no pudieran tan fácilmente hallar su dirección. En Twitter ha cancelado su cuenta.

Límites a la libertad de expresión

¿Se debe decir todo lo que se quiera? Naturalmente que no. La libertad de expresión es un bien alto, importante, pero no el mayor en nuestra Constitución. “La dignidad de los hombres es inviolable”, dice el artículo 1 de la Constitución alemana. No se debe insultar a nadie, llamarlo “cabrón”, aunque lo sea. Al contrario que casi por todas partes en el mundo, se prohíbe por ley en Alemania negar el Holocausto.

La libertad de opinión es un derecho fundamental, pero incluso los derechos fundamentales no valen de forma ilimitada, aunque solo sea porque algunos compiten con otros. Sobre todo la libertad de opinión no protege de la opinión de otros, es decir, de que critiquen nuestra opinión. El que habla debe contar con el discurso en contra.

El clima de opinión se ha hecho más bruto. Lo que tiene que ver mucho con la AfD, la cual ha desplazado hacia la derecha el discurso. Los políticos de la AfD dicen cosas que desde hacía tiempo ya no se decían en voz alta. Se podría argumentar que con ello han ampliado la libertad de opinión y que por otra parte utilizan los debates para presentar las limitaciones de la libertad de expresión, lo que resulta en una profecía autocumplida.

Björn Höcke

En la víspera de las últimas elecciones en Turingia, Björn Höcke, mascarón de proa del ala nacional-patriótica de la AfD, se subió a una tribuna en Erfurt, especialmente diseñada para él, en un lugar prominente de la ciudad. A la derecha y a la izquierda del podio se colocaron dos jóvenes sobre unos vehículos con enormes banderas de Alemania. Cuando Höcke decía una gracia, los jóvenes movían las banderas.

La libertad de opinión es uno de los temas preferidos de Höcke. Viene muy bien a su estrategia. Él quiere debilitar la fe en la democracia, en los partidos establecidos, en los medios. Y dice: “Vemos cómo la única fuerza relevante de la oposición -y esa es la AfD— es combatida por el establishment político y mediático”. El derecho central en una democracia, la libertad de opinión, se oprime por medio de la corrección política. Y entonces suelta su agudeza: “El establishment poli-mediático de este país ha transformado nuestra democracia en un Estado de credo”. Batieron los jóvenes  las banderas, el público abucheó y aplaudió.

Björn Höcke
Björn Höcke. Foto: © Shutterstock

El mismo Höcke fue materia de un caso legal sobre libertad de opinión, que se tramitaba en el tribunal contencioso-administrativo de Meiningen (Turingia). Se trataba de la cuestión de si a Höcke en una manifestación se le puede llamar fascista. El ayuntamiento de Eisenach lo había prohibido, pero el caso se llevó a los tribunales.

En la sentencia, los jueces subrayan que llamarle fascista no era una calificación inventada, sino que había hechos para fundamentarla. Y aludían a un libro de entrevistas de Höcke de junio del año pasado. En él se hablaba de que era necesario un nuevo Führer, de que parte de la población tenía que ser excluida, en especial los inmigrantes. Höcke era partidario de “la limpieza de Alemania”. Con una escoba fuerte, una “mano robusta”, y un “maestro de la disciplina” había que limpiar la pocilga. Sobre Hitler afirmaba que “se le presenta como el mal absoluto” y que no es tan “o blanco o negro”.

Se puede llamar, pues, a Höcke, fascista. Viva la libertad de opinión. Sobre todo si se basa en hechos.

La víspera de la elección en Turingia la frase “Höcke, el fascita” se convirtió en eslogan. Annalena Baerbock, presidente de los Verdes, como primera, lo insultó así. Muchos la siguen. Höcke, el fascista. Decir eso aquella tarde tenía algo de aterrador, pero también de satisfacción. En la sesión en directo de los principales candidatos en la MDR [radio de Turingia] se lo dice incluso a la cara Anja Siegesmund, de los Verdes.

¿Y Höcke? Tiene una mirada llameante. Pero no muestra irritación, ni miedo. En lugar de eso, exhibe algo así como una sonrisa, como si se alegrara de que lo insulten.

A Höcke y a Lucke les separa algo más que unas cuantas letras en el nombre. Tienen poco en común. Uno es un fascista, el otro, no. Pero una lección han aprendido en esta pieza teatral que se llama libertad de expresión: cuanto más alto se le insulta a uno como lo malo, más le aprovecha.


 

© Tobias Becker, Anna Clauß, Silke Fokker, Lothar Gorris, Armin Himmeltrath, Peter Maxwell, Ann-Katrin Müller, Miriam Ulbrich, Klaus Wiegrefe. 2019 Der Spiegel/ The New York Times.

© de la traducción: José Manuel Grau Navarro.


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