Estudiantes en el césped del Balliol College (Universidad de Oxford). Foto: © Andrei Nekrassov / Shutterstock
En el césped del Balliol College, Oxford. Foto: © A.Nekrassov
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Durante los últimos años, numerosos académicos y analistas estadounidenses han discutido acerca del ambiente académico de las universidades estadounidenses. Para algunos, un cambio en el carácter del alumnado ha puesto en grave peligro la libertad de expresión característica de estas instituciones. Para otros, la situación no es alarmante, y lo que existe es un intento de aprovechar el relato de la “crisis” para favorecer determinados discursos. Ante la falta de claridad, un grupo de autores han desarrollado un debate estadístico con el que aclarar cuál es el verdadero estado de la libertad de expresión.

Durante el año 2018, en Estados Unidos, se ha desarrollado un extenso debate social y político acerca del estado de la libertad de expresión en el sistema universitario. Numerosos autores han discutido sobre la existencia o no de la “crisis de la libertad de expresión en los campus”, de sus posibles causas o de a qué colectivos les resulta más difícil expresarse sin temor a represalias.

En general, los defensores de la existencia de dicha “crisis” señalan el año 2014 como inicio de la tendencia, y evalúan el estado de la libertad de expresión desde entonces, fijando su atención en el denominado “no platforming” (las presiones institucionales o estudiantiles para impedir la realización de una conferencia de un orador invitado), los trigger warning (avisos de contenido “perturbador” en el plan de estudios) o los despidos debidos a causas políticas.

Entre los diferentes debates, resulta pertinente resaltar el siguiente: ¿existen datos que permitan fundamentar la existencia de una verdadera crisis de la libertad de expresión en el sistema universitario estadounidense desde 2014? Desde ambos lados del campo de batalla intelectual se reconoce que es necesaria una mayor claridad analítica y estadística.

La ofensiva contra el “mito” de la “crisis de la libertad de expresión en los campus”

En 2018, una serie de artículos pretendieron arrojar luz a la veracidad de esta percepción a través de datos estadísticos. Entre ellos, se pueden destacar los siguientes:

  1. Everything we think about the political correctness debate is wrong, de Matthew Yglesias.
  2. Who’s afraid of free speech in the United States?, de Justin Murphy.
  3. The ‘campus free speech crisis’ is a myth. Here are the facts, de Jeffrey Adams Sachs. Este artículo recoge información detallada originalmente en un hilo de twitter.

Estas primeras aportaciones al debate compartían una conclusión similar: no existe tal crisis de la libertad de expresión en las universidades de Estados Unidos. En general, estos autores defendieron que lo que efectivamente sucedía era que existían una serie de casos aislados de gran gravedad que estaban siendo amplificados por medios de comunicación, generando un “pánico moral” sin sustento empírico. Su objetivo era señalar tres presuntas falsedades del discurso público:

  1. Que existe una caída del apoyo a la libertad de expresión.
  2. Que la izquierda es quien apoya mayoritariamente la supresión de dicha libertad.
  3. Que la juventud, especialmente los graduados universitarios, tienen mayor tendencia a apoyar esa supresión.

Matthew Iglesias y Justin Murphy apuntaron, con sus datos estadísticos, que la realidad demuestra que la sociedad en general cada vez actúa de forma más tolerante. Existe para ellos, sin embargo, una excepción: la tolerancia con el racismo que, al contrario que con otras expresiones como la homosexualidad o el comunismo, ha permanecido estable. Para llegar a esta conclusión, ambos autores se basaron en la Encuesta Social General de EE.UU (GSS, por sus siglas en inglés). Señalaron, además, que en cualquier caso, las variaciones existentes tendentes al aumento de la intolerancia no se daban entre el liberalismo extremo, sino entre los liberales y los moderadamente liberales. En general, además, a mayor alejamiento de postulados conservadores, existe una mayor tolerancia con las ideas presentadas en la GSS (comunismo, golpismo, racismo, homosexualidad, ateísmo y yihadismo).

Sachs señaló, siguiendo los datos de GSS, que los tres elementos del discurso de la “crisis de la libertad de expresión en los campus” son mitos no avalados por los datos.

iGeneration, corrección política y la persecución de las ideas conservadoras: ajustando el marco de la “crisis”

La respuesta no se hizo esperar. Sean Stevens y Jonathan Haidt, en tres artículos publicados por la Heterodox Academy (una institución que persigue señalar las deficiencias del estado de las universidades estadounidenses, especialmente en lo relativo a la libertad de expresión) matizaban las preocupaciones sobre dicha “crisis”, y ofrecían una interpretación diferente de los datos.

  1. The Skeptics are Wrong Part 1: Attitudes About Free Speech On Campus are Changing
  2. The Skeptics Are Wrong Part 2: Speech Culture on Campus is Changing
  3. The Skeptics are Wrong Part 3: Political Intolerance Levels on Campus are High, and Here is Why

La primera de las matizaciones se basa en expresar que la “crisis” ha surgido en los últimos años, y por eso no se capta en algunas estadísticas. Defienden que no se trata de la aparición de una “generación perdida”, pero tampoco de que “nada haya cambiado”. Lo que existe es un cambio en el ambiente de los colleges desde la entrada de la denominada iGeneration. Esto inserta tres matices:

  1. La crisis se observa principalmente en instituciones universitarias, no en la juventud en general.
  2. Lo relevante no es cómo se sienta el estudiante “medio”, sino la presión existente en grupos específicos de estudiantes, debido al ambiente existente.
  3. El cambio es como mucho entre 2013 y 2017, desde la entrada de la iGen al sistema universitario hasta el año en el que todo el estudiantado pertenece a dicha generación.

Para Stevens y Haidt los datos de la GSS tienen un problema: no existen muestras suficientes de la iGen. Los autores presentan otras fuentes estadísticas que, como ellos mismos reconocen, carecen de demasiado recorrido histórico como para hacer el análisis comparativo necesario. Sin embargo, a sus ojos, señalan un aumento de la intolerancia a tener en cuenta.

Stevens y Haidt señalan además otra idea, que desarrollan en los siguientes artículos: los datos de la GSS son sesgados porque lo que sucede es que aquellos discursos que en los 70 (año de inicio de esta encuesta) eran poco tolerados, a día de hoy no lo son. El cambio en los discursos objeto de la intolerancia hace entonces inútiles las estadísticas del GSS. Los autores proponen fijarse en encuestas que permitan al sujeto identificar el blanco de su intolerancia en un rango mayor de sujetos.

Esto, sin embargo, puede suponer un problema: afirmar que alguien es intolerante simplemente porque reconozca que existe al menos un tipo de expresión que no toleraría (el least-liked group, en palabras de los autores) requiere justificación. En su último artículo, Stevens y Haidt matizan tanto sus afirmaciones que acaban por señalar diferencias porcentuales no tan relevantes que, como señalan sus críticos, pueden ser resultado de sesgos derivados del reducido número de encuestados y encuestas a través de los años.

En el segundo de sus artículos, Stevens y Haidt resumen claramente sus posiciones:

  1. Existe un problema amplio en las universidades, por el que algunas personas evitan pronunciarse sobre diversos temas por temor a represalias, y este problema ha empeorado en 2017.
  2. Existe un rango de puntos de vista “políticamente correctos” que dificulta la expresión de pensamientos conservadores, por miedo a “reacciones negativas”, llevando a la autocensura. Este problema se ha agravado también en los últimos años.
  3. Los estudiantes de derecha e izquierda tenían una tendencia similar a boicotear ponentes en 2015, pero en la actualidad, la izquierda ha aumentado este tipo de boicots.

Sachs ha respondido a las observaciones de Stevens y Haidt, a través de una “observación minuciosa de las pruebas“. En resumen, lo que Sachs afirma es que estos dos autores sesgan los resultados para ofrecer una visión que les favorezca, por ejemplo comparando a la iGen con la generación más tolerante (la más envejecida). Esto oculta la similitud entre la iGen y los millenial, por ejemplo, e impide observar que cuanto más joven es una generación, más intolerante es, según los propios datos de Stevens y Haidt.

Además, señala que en cualquier caso, el ámbito universitario relaja la disparidad entre conservadores y liberales en lo que se refiere a la autocensura, y que el aumento de la autocensura en los últimos años se debe más a un aumento de la autocensura de los liberales (de hecho, afirma que la autocensura conservadora se ha reducido de 2016 a 2017). A estas reinterpretaciones, añade datos de no platforming y represalias laborales a profesores para reforzar sus conclusiones.

2018: ¿el fin de la “crisis”?

El último asalto de esta contienda, por el momento, ha sido liderado por el propio Sachs, que en un artículo de principios de año afirma que “la ‘crisis de la libertad de expresión’ en los campus terminó el año pasado“. El autor afirma que en esta apreciación, Haidt le acompaña. Ofrece además una explicación: no se trata de que haya aumentado la autocensura (aunque reconoce que esta es difícil de detectar), ni de los cambios legislativos o la pérdida de efectividad de las tácticas como el no platforming. Para él, el ambiente de los campus durante los años precedentes era un reflejo del ambiente político estadounidense, especialmente crispado en la campaña presidencial y primeros meses de gobierno de Donald Trump. Descarta específicamente que estuviésemos ante una tendencia generacional, debido precisamente al rápido cambio de dicha tendencia.

El autor termina señalando que estos nuevos datos deberían llevar a una revisión de ciertas políticas institucionales que a su juicio, paradójicamente, por bienintencionadas que fuesen, pusieron en peligro la autonomía universitaria y la libertad de expresión en los campus.

Seguramente la confianza de Sachs en el cambio de tendencia será contestada en el futuro por quienes consideran que dicha crisis sí ha existido, y el debate no se pueda dar por cerrado. Sin embargo, este diálogo estadístico, como han reconocido ambas partes, ha ayudado a afinar la interpretación del estado de la libertad de expresión en las universidades estadounidenses, alejándose del jaleo mediático (en muchas ocasiones malintencionado).


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