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La publicación con carácter postumo de la Historia del Pensamiento Económico de Murray N. Rothbard se ha convertido en uno de los acontecimientos más importantes que han acaecido en nuestra disciplina durante los últimos años. A lo largo de más de mil páginas, Rothbard nos expone su visión de la evolución del pensamiento económico, desde sus orígenes griegos hasta Carlos Marx y Bastiat, en dos gruesos volúmenes cuya elaboración le ocupó, con carácter prácticamente exclusivo, los quince últimos años de su vida. Las expectativas que se fueron formando en la profesión sobre el contenido de esta magna obra no se han visto defraudadas: la primera edición se ha agotado rápidamente en muy pocos meses, viéndose el editor obligado a publicar enseguida una segunda edición para hacer frente a una imparable demanda que se ha visto, además, alimentada por la continua publicación de recensiones de esta obra que vienen apareciendo en las revistas más prestigiosas de economía.

En estos dos volúmenes tenemos al mejor Rothbard: claro, amenísimo, bien argumentado, muy inteligente y siempre desafiante, nos propone una visión de la evolución de nuestra disciplina que acaba con muchos tópicos y creencias erróneas que hasta ahora se habían aceptado sin crítica ni discusión.

Así, de acuerdo con Rothbard, los fundamentos de la ciencia económica son de origen continental y católico-tomista, en cuyo proceso de formación desempeñaron un papel esencial los escolásticos españoles de nuestro Siglo de Oro, que articularon la teoría subjetiva del valor y de los precios reales de mercado, explicando el surgimiento espontáneo de las instituciones, el papel dinámico de la función empresarial y la teoría del dinero y de la banca, siglos antes de lo que hasta ahora se reconocía con carácter general. Lamentablemente, esta tradición se vio truncada por el surgimiento de la escuela clásica anglosajona que, centrada en la teoría objetiva del valor-trabajo y en el análisis del equilibrio, Rothbard considera como una regresión en la historia del pensamiento económico que tiene su origen en el desviacionismo protestante, frente a la tradición tomista continental, más centrada en el ser humano y no obsesionada por los dogmas de la predestinación y de la redención por el trabajo. Esta tradición subjetivista de origen católico y continental será la que terminarán recogiendo Cantillón, Turgot y Say, verdaderos padres fundadores de nuestra ciencia, según Rothbard.

Rothbard considera que en la historia del pensamiento económico ha sido especialmente dañino el papel de Adam Smith. En efecto, Smith abandonó las contribuciones anteriores centradas en la teoría subjetiva del valor, la función empresarial y el interés por explicar los precios que se dan en los mercados del mundo real, sustituyéndolas por la teoría objetiva del valor-trabajo (precursora del marxismo) y centrándose preferentemente en el análisis de un fantasmagórico precio natural de equilibrio a largo plazo en un mundo en el que la función empresarial brilla por su ausencia. Además, Adam Smith impregnó la ciencia económica de calvinismo, al apoyar por ejemplo la prohibición de la usura y al distinguir entre ocupaciones “productivas” e “improductivas”. Por otro lado, y en contra de lo que se cree, más que un verdadero liberal, Adam Smith fue un pragmático intervencionista, que rompió con el laissez-faire radical de muchos economistas franceses, italianos y españoles (Mariana) del siglo XVIII, introduciendo en su “liberalismo”, todo tipo de excepciones y matizaciones. Finalmente, la obra de Smith está plagada de contradicciones y carece de sistema.

La crítica de Rothbard a Ricardo es también detallada y excepcional, siendo igualmente demoledora su apreciación de Stuart Mili, en relación con el cual concluye que “es difícil encontrar a alguien en la historia del pensamiento que haya sido más egregia y sistemáticamente sobrevalorado” (Vol. II, pág. 491). Desenterrar a los subjetivistas ingleses injustamente olvidados (Whately, Sénior, Bailey, Longfield, Lloyd, etc.) y bajar de su pedestal poniendo en su sitio a Smith, Ricardo y Stuart Mili es, sin duda, una de las grandes aportaciones de la obra de Rothbard.

También es de gran interés la historia que nos presenta Rothbard sobre las controversias monetarias inglesas (que supera con mucho a las de Hayek y Vera Smith) y el análisis crítico de Marx y el marxismo, que para algunos comentaristas es lo mejor de los dos libros. Rothbard ofrece una visión muy original e integrada del fenómeno marxista, que considera situado dentro de la tradición milenarista y escatológica que retrotrae hasta los movimientos anabaptistas del siglo XVI que estudia, in extenso, en el primer volumen.

Finalmente, Rothbard termina su obra con el análisis de Bastiat que, lejos de ser considerado como un simple divulgador, demuestra que fue un teórico de gran valía e influencia, precursor de muchos desarrollos posteriores del liberalismo teórico moderno.

Lamentablemente, Rothbard no pudo completar el tercer volumen de su obra (en el que iba a criticar a Marshall), pero lo que nos ha legado es más que suficiente para indicar una nueva visión de nuestra disciplina, libre del complejo de inferioridad y de la reverencia injustificada hacia los anglosajones que hasta ahora la han dominado, incluso con un paradójico y humillante servilismo por parte de muchos economistas españoles, que todavía no han querido darse cuenta de que el origen del liberalismo y de la ciencia económica se encuentra, más que en Escocia, en la Universidad de Salamanca.


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