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Durante el siglo XX se han escrito magníficas distopías que, muchos años después, han provocado pasajeras modas literarias dentro de la literatura juvenil, como la trilogía Los juegos del hambre, de Suzanne Collins. En 1921, el escritor ruso Yevgeni Zamiatin publicaba Nosotros, recientemente reeditada en la editorial Cátedra, una magnífica novela con sus toques de ciencia ficción que ponía el dedo en la llaga de algunos tics totalitarios que el autor intuyó ya en la revolución rusa.

También Aldous Huxley construyó en Un mundo feliz (1932) una inteligente parábola sobre una sociedad futurista de la que ha desaparecido la libertad individual. Por su parte, Ray Bradbury acertó en Fahrenheit 451 (1953) a mostrar los peligros de una sociedad que considera la cultura como un peligro público.

El escritor británico George Orwell (1903-1950), tras una agitada trayectoria como escritor, corresponsal y activista político, publicó al final de su vida dos excelentes novelas que ya hay que leer como indiscutibles clásicos. En 1945 apareció Rebelión en la granja y en 1949, un año antes de su muerte, 1984.

Orwell Escribió “Rebelión en la granja” y “1984” para denunciar la dictadura comunista de Stalin

Las dos contienen el desencanto de Orwell por cómo se habían materializado unos paraísos políticos por los que lucharon millones de hombres —él incluido— pensando que lo estaban haciendo por la defensa de la libertad. Las dos novelas superan con creces sus intenciones inmediatas, ya que Orwell las escribió para denunciar especialmente la dictadura comunista de Stalin, un experimento político que llevaba ya millones de personas muertas y represaliadas a sus espaldas (y las que todavía quedaban).

Orwell describe en “1984” la evolución futura de un estado totalitario que controla con todos los mecanismos posibles a la población. En unos casos lo hace de manera directa, imponiendo sus métodos controladores y represivos a los miembros externos e internos del Partido Único, categoría a la que pertenece el protagonista de esta distopía, Winston Smith, funcionario oficialista que trabaja en el Ministerio de la Verdad.

En otros casos, lo hace de manera indirecta, despreciando al resto de la población, los llamados «proles», la gente del pueblo cuya única obsesión es sobrevivir. No sé qué me impresionó más cuando leí la novela: si la imaginación de Orwell para precisar los mecanismos absolutos de control a los miembros del Partido Único o la despectiva actitud del Partido Único hacia la gente del pueblo.

Orwell lanza un mensaje clarividente sobre los peligros de una sociedad aletargada que cede el poder a unos políticos profesionales que organizan un sistema totalitario para imponer sus ideas de manera sibilina o por la fuerza. Es muy eficaz la imagen de ese Gran Hermano que todo lo ve y todo lo controla, incluso los más ocultos pensamientos. El Gran Hermano convierte al individuo en una pieza metálica del engranaje político-social para dar forma a un estado aparentemente «solidario» y «fraternal». Qué gran mentira. Qué peligros encierra engordar las responsabilidades y las obligaciones del estado en detrimento de la iniciativa social de sus ciudadanos.

Cuando se considera al estado la llave de todo, la persona está a expensas de planificaciones y programaciones (o sea, de las grandes mentiras). Y mientras los miembros de ese Partido Único se someten por las buenas o por las malas a esos objetivos grandilocuentes, el pueblo llano vive engañado en la trampa de una existencia gris e inmediata. Esta es la gran trampa de los totalitarismos. Y Orwell, como muy pocos escritores, tuvo una inmensa lucidez para describir sus tramposas estrategias.


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