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Ver productosEspaña es una potencia en investigadores de calidad y en investigación puntera. El resto de Europa, también. Contamos con equipos, personas concretas e instituciones con peso en ciencias de la salud, innovación educativa, políticas sociales, seguridad informática y otros campos que interpretan y modelan la realidad cotidiana y un futuro prometedor. Sin embargo, la aportación tangible, el contacto con la sociedad civil, la complicidad con las empresas y con otras entidades relacionadas, así como la utilización real de productos, servicios y resultados por parte del usuario o entidad de a pie, resultan algo más vagos. La transferencia, a veces, no es eficaz.
Los investigadores tenemos parte de culpa. Seguimos las reglas impuestas por cada convocatoria o paso de acreditación con el objetivo de cumplir con los requisitos, conseguir un informe favorable y enlazar con un nuevo proyecto o actividad que facilite la continuidad de la línea de investigación o del grupo en un departamento. Pero fallamos en la explotación real de esos resultados en el mercado, a través de un diálogo serio con los demás actores implicados. Los organismos financiadores y acreditadores deben facilitar los pasos administrativos que, paradójicamente, muchas veces consumen casi toda la energía y gran parte del presupuesto y del tiempo en lugar de facilitar el objeto de la convocatoria, ya sea investigación, desarrollo o innovación. Pero, al mismo tiempo, los investigadores debemos integrar nuestro trabajo de forma obligatoria, y de manera coordinada, con el organismo, con el mercado y la sociedad, con el objetivo de asegurar la transferencia de resultados y conocimientos de manera aprovechable y aplicada.
Los investigadores fallamos en la explotación real de los resultados en el mercado, a través de un diálogo serio con los demás actores implicados
SIGNIFICADO DE TRANSFERENCIA DEL CONOCIMIENTO
Hablar de transferencia supone un reto. Es como hablar de innovación. Todo el mundo piensa que resulta vital, pero no existe una definición homogénea o un consenso mínimamente común al respecto (Cooper, 1998; Goswami & Mathew, 2005; Baregheh et al., 2009). Para unos, transferencia, en el ámbito universitario, significa contratos entre la universidad y las empresas. Así nos encontramos con investigadores centrados en la parte industrial, que la miden al peso, por número de proyectos o por importe de los contratos asociados. Una derivada es la producción de resultados de aplicación industrial, aunque no necesariamente productos, como regulaciones, normas, especificaciones o estándares.
Por supuesto, los registros industriales o intelectuales, mediante las patentes o modelos de utilidad, y la gestión de copyright. Para otros, transferencia significa impacto en la sociedad, medido por público objetivo, usuarios finales o descargas de un recurso desde internet, por ejemplo.
Contamos además con los publicadores científicos, que insisten en incluir dentro del paraguas de la transferencia la producción científica especializada. Es decir, artículos en revistas científicas, capítulos de libros enfocados a un gremio concreto y tesis doctorales; incluso comunicaciones de congresos. Por otro lado, podemos encontrar a los comunicadores, que miden la transferencia por impactos en medios no especializados y la conversión en presupuesto que significa la publicidad transversal. Tenemos, además, los emprendedores, que defienden la creación de empresas a raíz de otras iniciativas, bien en formato spin- off (filial), bien en formato incubadora de start-ups (empresas emergentes) (Mowery, 1996; Argote & Ingram, 2000; Agrawal & Henderson, 2002; Easterby-Smith et al., 2008; Paulin & Suneson, 2015).
Si bien es cierto que todos tienen razón, porque no existe una definición única, o un marco férreo sobre qué incluir y qué no en el concepto de transferencia, lo cierto es que la mayoría de las veces, el científico se conforma con enlazar un proyecto nuevo con financiación pública como resultado del buen hacer del proyecto anterior ya finalizado. Y esto también se considera transferencia.
La propiedad industrial sigue un procedimiento largo y con múltiples etapas que hace que el registro de tecnología o de procesos que conducen a desarrollos software se obtenga demasiado tarde
Así pues, podemos aglutinar la transferencia en ocho bloques o modalidades (Fig. 1): 1) industrial, 2) registro de propiedad, 3) normativo, 4) impacto social, 5) comunicación científica, 6) divulgación generalista, 7) emprendimiento, y 8) financiación pública derivada.
Figura 1. Ocho bloques de transferencia del conocimiento

VENTAJAS E INCONVENIENTES DE LAS MODALIDADES
1.Industrial
Cada uno de los bloques muestra beneficios y flaquezas que quedan más o menos al descubierto según el acierto para emparejar el tipo de conocimiento a transferir con el instrumento elegido. Por ejemplo, el bloque industrial, centrado en contratos con empresas, tiene la virtud de devolver al mercado y a la sociedad, en forma de explotación productiva, un resultado de investigación, desarrollo o innovación (Ivascu et al., 2016). Cuando este desarrollo ha sido financiado o subvencionado con dinero público regional, nacional o internacional, habitualmente se exige un proceso de explotación tangible y medible que repercuta en otros procesos productivos posteriores. Un contrato con una empresa muestra un indicador claro en este sentido. Por otro lado, si la financiación del resultado es privada, seguro que los financiadores querrán explorar una vía de recuperación de esa inversión mediante explotación industrial. Este bloque, sin embargo, presenta flaquezas. Por ejemplo, la propiedad industrial y el beneficiario de la explotación. Si un organismo público subvenciona con dinero público, digamos estatal, una investigación que origina un resultado explotable en una universidad pública, y esa explotación se realiza mediante un contrato entre universidad y empresa, el beneficio económico de la explotación caerá del lado de la universidad. Es decir, un fondo público es el origen de un beneficio que repercute de vuelta en la universidad pública, pero que no retorna necesariamente, de forma total o parcial, al organismo financiador. En este contexto, el organismo financiador (el Estado, por ejemplo) funciona como un impulsor o semillero a fondo perdido.
Más acusado es el caso si el organismo público subvenciona un trabajo en una universidad privada, lo que significaría que el contrato entre dicha universidad privada y una empresa externa pueda originar un beneficio que revierte en dicha universidad. Es decir, el fondo público subvenciona a fondo perdido un resultado que genera un beneficio de disfrute privado. En este caso, el Estado invierte pero son los particulares los que se benefician. Si bien es cierto que la universidad, pública y privada, muestra como pilares la investigación y la integración en la sociedad, el impulso de contratos entre universidad y empresas (artículo 83 de la LOU, Ley Orgánica 6/2001, de 21 de diciembre, de Universidades) o de cualquier otra índole, propicia esa integración, pero genera dudas sobre la explotación. También con los derechos, como elaboraremos en la sección siguiente.
Un sector amplio del movimiento abierto sostiene que todo debe ser abierto en educación y en el mundo universitario, da igual si resulta de fondos propios, públicos o privados
Por ejemplo, la Comisión Europea exige que todos los resultados de un proyecto subvencionado (e.g.,Horizonte 2020 o Erasmus+) sean de acceso abierto (Parlamento Europeo, 2017). Curiosamente, no solo para los ciudadanos europeos, sino para cualquier individuo de cualquier país. Es decir, Europa invierte 77.000 millones de euros (teóricamente) en el programa Horizonte 2020, repartidos entre subvención a investigaciones, becas, apoyo a pymes, sinergias entre universidades, etc. (CDTI, 2014). Los resultados de esa inversión durante los siete años que dura el programa (2014-2020) son accesibles por cualquier país, en cualquier continente. Es decir, Europa proporciona gratis acceso a todo su saber subvencionado, fruto de los impuestos de los residentes.
Ese conocimiento, esos resultados, esos productos, son europeos, pero instantáneamente accesibles por cualquier individuo. La propiedad intelectual queda en Europa, pero el acceso libre, no. Muy al contrario ocurre con otros continentes o países. Canadá, Japón, Emiratos Árabes, EE.UU. o Colombia no ceden sistemáticamente su investigación gratis, por lo que no existe una reciprocidad de acceso a la información ni a sus posibilidades de transferencia.
Por otro lado, y nuevamente desde Europa, el derecho de explotación se regula dentro de los acuerdos de un consorcio de socios europeos. Si se decide una explotación en forma de spin-off o se consigue un contrato con una Administración, el beneficiario de ese rédito será el estipulado en el contrato, pero no llegará a la Comisión Europea. Es decir, nuevamente, Europa financia o subvenciona un producto, un resultado, que genera un contrato o una explotación de cualquier tipo, pero no recibe ninguna cuota en caso de producción positiva.
Estos dos ejemplos muestran un sistema que favorece investigación a cambio de un retorno esperado (productividad, divulgación, impacto en la sociedad, etc.) pero no a nivel económico. La parte positiva es que un contrato con una empresa genera riqueza y, con suerte, impulsa esa investigación y una capa productiva. La parte no tan positiva muestra un esquema desequilibrado, donde se puede realizar un negocio particular a costa de la financiación pública, sin retorno a esa fuente de financiación.
2.Registros de la propiedad
La propiedad intelectual resulta un mecanismo útil y efectivo para registrar ciertos aspectos relacionados con la tecnología, como contenidos. El software resulta algo más esquivo, dado que también se registra como texto y está sujeto a las mismas normas de proporción de similitud frente a una copia (Joyce et al., 2016; Bettig, 2018; Stokes, 2019). Sin duda, aquí queda un cabo pendiente para ofrecer respaldo a los desarrolladores. Por su parte, la propiedad industrial sigue un procedimiento largo y con múltiples etapas que hace que el registro de tecnología o de procesos que conducen a desarrollos software se obtenga demasiado tarde, con presupuestos demasiado abultados y de forma generalmente ineficaz. Tanto la Ley de Moore (Waldrop, 2016) como la lógica semestral de actualización y modificación de software y hardware hacen que el proceso de registro de una patente durante dos o tres años agote la posibilidad de explotación real antes de conseguir el sello (Mancini, 2019). Se requiere un mecanismo preventivo más ágil, asequible e igualmente contundente frente a posibles plagios o apropiaciones indebidas.
Cualquier servicio online se convierte de facto en una red social, desde agencias de viaje hasta supermercados pasando por foros sobre coches
Pero no todo debe registrarse por copyright o patente. El movimiento abierto, ya citado en la sección anterior, lleva desde 1975 años extendiendo su influencia: software, contenido, educación, acceso, etc. (Nyberg, 1975; D’Antoni, 2009; Downes, 2007; McAndrew, 2010). El código registrado como Open Source, como en los repositorios GitHub, GitLab o SourceForge (Coelho & Valente, 2017), o en el proyecto Software Heritage (Di Cosmo & Zacchiro-li, 2017), proporciona un reconocimiento inmediato de la autoría, bajo unas premisas de utilización justa y equilibrada. Lo mismo ocurre con los contenidos y Creative Commons, con los preprints de publicaciones científicas o con la educación abierta (Wong, 2017). Esta última, cimenta su actuación también sobre tecnología, junto con otros pilares (nueve en total) como acceso, resultados de investigación, datos de investigación, contenido, políticas educativas, licencias de uso, acreditación e interoperabilidad (Burgos, 2017). La sociedad, en la forma de algunos usuarios, ha decidido que existen otros medios de registro alternativos, almacenamiento, uso y reconocimiento de productos, desarrollos y servicios, distintos de los oficialmente estipulados. Es un acuerdo entre partes, con plena validez operativa, que facilita y, es más, estimula, según el contexto, el objeto y el público objetivo, el intercambio de información, conocimiento y recursos entre usuarios finales, ya sean individuales o institucionales.
Es cierto que el movimiento abierto, a todos los niveles, presenta grandes grises. Habitualmente, tienden a confundirse los significados entre abierto, libre, gratis y universal. Muchas veces, por una mera traducción descontextualizada de la palabra en inglés free, que bien puede significar gratis o libre, o ambas, en una polisemia a veces hiriente para la utilización adecuada del recurso catalogado. La principal objeción radica en el enfoque de un sector demasiado escorado que aboga por un uso y disfrute libre, gratis y sin registro alguno de recursos ajenos, sin ningún tipo de contraprestación ni de financiación por parte del usuario (Schimmer, 2015). El ejemplo más claro se establece con la generación de contenido, pero se puede aplicar a cualquier otro de los nueve pilares que citábamos en el párrafo anterior. Si un funcionario de una universidad genera un curso en su jornada laboral, el recurso debe ser gratis (Jahn & Tullney, 2016). El funcionario ya cobra por su esfuerzo desde los fondos públicos y no debe sobrecargar el presupuesto para un usufructo privado. Si la universidad, como institución, quiere gestionar servicios adicionales (acreditación, tutorías, actividades extra, etc.) o quiere comercializar el curso bajo determinados parámetros, seguro que existe un marco de explotación viable y sostenible, pero a nivel institucional, no personal del funcionario. Si un particular genera un curso en su tiempo libre tiene derecho a ofrecerlo gratis o cobrando y es dueño de su contenido y de su modo de distribución. Por último, si un empleado de una institución privada (e.g., universidad, instituto de investigación, fundación) genera un curso en su tiempo de trabajo será la institución quien decida la explotación del producto, así como la remuneración que considere para el empleado. Es decir, si un producto procede de fondos públicos no puede ser tasado doblemente. Si procede de fondos privados, el dueño de esos fondos decidirá sobre acceso y costes. Sin embargo, un sector amplio del movimiento abierto sostiene que todo debe ser abierto en educación y en el mundo universitario, da igual si resulta de fondos propios, públicos o privados. Todo para el libre y no vinculado disfrute de cualquier usuario, no importa a qué otro usuario o institución le haya costado sus fondos. Algo similar ocurre con el registro. Si una institución ofrece un curso gratis, según qué sector no puede so- licitar datos de registro, ni siquiera para seguimiento académico. O para licencias: cualquier usuario puede usar, reusar, modificar e interpretar lo publicado de manera libre y sin cortapisas. O para tecnología, incluyendo software. Y así, un largo etcétera (Fecher, 2015; Ardi &
Heidemann, 2019).
La función emprendedora e integradora en el mercado constituye un pilar significativo del espíritu universitario moderno. Y en este contexto, la tecnología y la salud juegan un papel clave
3.Normativo
En el aspecto normativo, la generación de regulaciones, normas, estándares o especificaciones tecnológicas, por ejemplo, supone una forma de transferencia con aplicación a medio y largo plazo (Lerner & Tirole, 2015; Verhoeven, 2016). La posibilidad de normalizar mediante la definición de patrones de definición, uso, comportamiento y relación una determinada tecnología o proceso tecnológico, permite una replicabilidad de acuerdo a unas métricas contrastadas, lo que debería garantizar unos niveles mínimos de calidad y control. El pero radica en la velocidad. Montar cualquiera de estos instrumentos conlleva años de preparación y, sobre todo, aprobación, lo que imposibilita una transferencia ágil y sugiere un retorno casi imposible en un plazo prudente. El diseñador o grupo de diseñadores deben estar dispuestos a mantener el tiempo de producción de la norma o similar durante años hasta comenzar a tramitar cualquier tipo de retorno.
4. Impacto social, comunicación científica y divulgación generalista
En el aspecto comunicativo y de interacción con usuarios, la transferencia se centra en trasladar los resultados y el conocimiento a distintos tramos y grupos de públicos objetivos (Beck et al., 2019; Cosgrove et al., 2019). Desde un profesor de escuela hasta un abogado de empresa, pasando por el vendedor de periódicos. Desde un investigador del mismo ramo hasta un detractor de nuestras teorías, pasando por un legislador. Todos ellos son válidos, si bien acotados, y todos resultan posibles interlocutores. Esta palabra, interlocutor, está elegida con intención. Porque esos posibles usuarios no actúan únicamente como receptores sino que, a su vez, son emisores y replicadores de las comunicaciones. Al menos, potencialmente. En este sentido, un usuario se convierte en foco, objetivo, iniciador, medio e, incluso, mensaje, sacudiendo así la cadena habitual en un proceso de comunicación (Evans, 2010). Pasa de ser un mero espectador pasivo a un motor determinante (Hummel et al., 2005).
En este contexto, la tecnología, y sobre todo la tecnología online, juega una baza dominante. Desde que en 1996 se inaugurara un internet más popular gracias al servicio web, y desde que a partir del 2000 comenzaran a aflorar gestores de aprendizaje como Moodle, Sakai, LAMS, Claroline, etc., gestores de contenido como Drupal o PHPNuke, comunidades de usuarios como la tan manida Facebook, servicios de comunicación instantánea como Messenger, servicios de intercambio de ficheros como eMule, y tantos otros servicios; desde que todo esto comenzó a ocurrir hace poco menos de quince años, la evolución de la bestia ha resultado implacable. Cualquier servicio online se convierte de facto en una red social. Ali Express, Telegram, Whatsapp, Tripadvisor, Booking, etc. (Karapanos et al., 2016). Desde agencias de viaje hasta supermercados pasando por foros sobre coches o en periódicos. Todos, o casi todos, los servicios necesitan tráfico de usuarios y visitas, y transforman su objetivo original para abrazar ese volumen que permite facturar más, conseguir más publicidad o incrementar el valor para una venta o una posición en Bolsa. En todos ellos, es común utilizar foros, descargas, puntuaciones (la tan mal llamada gamificación, que vulgariza un complicado proceso útil de mejora y progreso hasta asignar únicamente estrellitas fruto de un sentimiento instantáneo y un sistema aligerado) (De Sousa et al., 2014), valoraciones, intercambio de ficheros, acceso a información privilegiada según distintas métricas, etc. Todo este ecosistema de interactuación resulta clave para una transferencia del conocimiento si se diseña con el foco adecuado. En el caso de la divulgación, el argumento parece obvio: la generación de una comunidad de usuarios (o la participación de un resultado de investigación, desarrollo o innovación a través de una comunidad de usuarios ya establecida) supone un alcance inmediato y amplio de un posible impacto. El uso cada vez más establecido de redes o servicios con comunidades por parte de universidades confirma esta tendencia, por ejemplo, mediante LinkedIn, Youtube, Twitter o Yammer. Estas comunidades pueden ser generalistas o categorizadas por mil filtros, desde idioma o género, pasando por geografía o experiencia, hasta interés personal o rango de ingresos. Filtros obtenidos por medios tanto legítimos como sutiles o directamente ilegales, como en Cambridge Analytica (Cadwalladr, 2018), a través de Alessia o Siri, o mediante miles de innecesarias cookies.
También pueden ser comunidades temáticas centradas, por ejemplo, en investigación, como con Research Gate o Academia; en repositorios de datasets, como en Mendeley; o en indexación de publicaciones, como en Scopus ID u Orcid. En cualquier caso, todas ellas agrupan y conectan usuarios según criterios propios del sistema y personales del usuario, a menudo con recomendaciones basadas en comportamiento y perfil, con el mismo espíritu que Newton Learning, Netflix o Amazon. Se convierten, pues, en poderosas herramientas no solo para la transferencia de conocimiento, sino para el crecimiento de ideas, el cuidado de relaciones, la proyección de los perfiles y la capacidad de generación de consorcios para nuevos proyectos. Como contrapartida, la exposición de datos personales o de comportamientos individuales o colectivos, permite recuperar y catalogar información para usos múltiples. La caracterización del usuario o del grupo favorece una identificación más directa y precisa según criterios de búsqueda, que puede ser utilizada para fines nobles (supervisión educativa, apoyo psicológico, entrenamiento deportivo, etc.) o para otros servicios no necesariamente o expresamente autorizados. Entre ellos, perfilado del consumidor, campañas políticas, triaje de pacientes actuales o a futuro, suplantación de identidad y un largo etcétera (Tene & Polonetsky, 2012).
5. Emprendimiento
La generación de empresas spin-off desde las universidades, así como la utilización de incubadoras y aceleradoras para apoyar start-ups y otras iniciativas de emprendimiento, suponen un paso determinado para enlazar ese fantástico binomio universidad-empresa que tanto se idolatra (Aceytuno & Báñez, 2008) (Shapero & Sokol, 1982). Dentro de las funciones de la universidad figura generar conocimiento y profesionales que puedan ser integrados de forma satisfactoria en el tejido empresarial o que, mejor aún, ayuden a crearlo. Sin dramatizar, porque tampoco toda la universidad debe dedicarse a este objetivo único (por ejemplo, en ciertas carreras de Humanidades o Artes) (Pilegaard & Neergaard, 2010), y porque tampoco todos los universitarios deben pretender lo mismo (por ejemplo, el estudio adulto por inquietud intelectual o la doble titulación como complemento), la función emprendedora e integradora en el mercado constituye un pilar significativo del espíritu universitario moderno. Y en este contexto, la tecnología y la salud juegan un papel clave. El 50% de las 949 empresas creadas en España de 2008 a 2016 desde universidades son de base tecnológica (REDOTRI, 2017; IUNE, 2019); un 18% se dedica a tecnologías de la información y la comunicación. El otro 50% se dedica a temas diversos no tecnológicos (Gómez-Miranda & Román-Martínez, 2016). Con estos porcentajes, resulta obligatorio apoyar la tecnología como motor, objeto y resultado de transferencia. Si nos centramos en tecnología online, encontramos productos o servicios de internet: comunicación (voz, texto, imagen), almacenamiento, antipiratería, seguridad, transferencia segura (e.g., Blockchain), redes móviles, etc. Con este abanico de posibilidades completamente intrincado en la vida diaria, la posibilidad de influencia y de éxito de una transferencia tecnológica en forma de creación empresarial significa un indicador poderoso del éxito mismo de la universidad, en estos campos.
6. Financiación pública derivada
Enlazar proyectos de investigación financiados con fondos públicos como única vía de apoyo a líneas de trabajo representa un mal bastante común. La posibilidad de aplicar a tantos programas abiertos de la Comisión Europea, Mineco, CDTI, convocatorias regionales, etc., permite, algo por accidente, algo por estrategia, mantener tareas y perspectivas sin una necesidad acuciante por diversificar el origen de dichos fondos.
Pongamos como ejemplos el programa marco VII, de 2007 a 2013, y el programa Horizonte 2020, de 2014 a 2020. Ambos han generado proyectos financiados con 130.000 millones de euros. En total desde el programa marco I, que duró únicamente cuatro años, de 1984 a 1987 y aportó 3.750 millones de euros, Europa ha invertido más de 191.000 millones de euros en programas marco (Fig. 2) (Feldman & Lichtenberg, 2000; Hoekman et al., 2013).
Figura 2. Presupuesto por programa marco europeo, del I al VII (Horizonte 2020).

Si analizamos en detalle el programa marco VII (FP7), por centrarnos en un ciclo cerrado y largamente estudiado, los números resultan espectaculares: 29.000 socios de 170 países diferentes financiados por Europa, 136.000 aplicaciones evaluadas, 25.000 proyectos financiados, un apoyo del 70% a universidades y de un 30% a empresas, con el sector tecnológico directo (ICT) como máximo beneficiario, sin contar cómo ICT también aparece de forma subsidiaria en otros ámbitos como Salud, Energía o Transporte, por ejemplo. Si nos fijamos aún con más detalle, las cifras muestran una lectura más fina sobre transferencia del conocimiento (European Commission, 2015, 2016). Este programa aportó 197.951 publicaciones, incluyendo como tales los informes científicos obligatorios por proyecto (los denominados deliverables), y mostrando una desviación significativa: entre 1 y 1.412 informes de un proyecto a proyecto. También se realizaron 1.700 solicitudes de patente, con una empresa como propietaria en un 50% de las mismas. Lamentablemente, no existe un seguimiento de registro ni resolución de expediente para conocer su evolución. Asimismo, se realizaron 7.400 diseños de explotación, que nunca son monitorizados por el organismo financiador. Desde el punto de vista científico, se registraron 50.000 investigadores, en un sistema que cuenta como investigador (tipo RTD) todo lo que no es gestión (MGT). En las categorías no MGT pueden caber desarrollo de software, mantenimiento de producto, divulgación, etc., sin resultar todo necesariamente científico. Por último, se registraron 10.000 estudiantes de doctorado que produjeron 1.480 tesis leídas (un 14,80%).
La tecnología puede ser objeto de transferencia de conocimiento pero también puede convertirse en instrumento, especialmente la tecnología online
Estos datos muestran una capacidad amplia para generación de interés en las universidades, una financiación generosa de proyectos y socios, y una producción científica acorde. Sin embargo, la conversión no acompaña. Ni el número de tesis, ni el número de patentes registradas, ni el número de planes de explotación, etc., permiten ni un seguimiento preciso, ni una trazabilidad analítica, lo que conlleva a una conclusión difusa sobre la relevancia. Con los datos a mano, la conclusión se centra en el desequilibrio entre los recursos invertidos y los réditos reportados, lo que permite deducir que la transferencia real de conocimiento tiene un efecto relativo.
Lo que sí es seguro es el encadenamiento de proyectos de investigación. Por ejemplo, en el área de investigación sobre Technology-enhanced Learning (TEL, aprendizaje online o eLearning) Derntl & Klamma (2012), y posteriormente De la Fuente Valentín et al. (2013) mostraron la concentración de receptores de fondos públicos en este ámbito de investigación. Los análisis de 77 y 93 proyectos en estos dos estudios, entre los programas FP6, FP7 y eContentplus (ECP), respectivamente, llegaron a la conclusión de que media docena de socios agrupaban la mayor parte de proyectos y financiación, formando 27 duplas de trabajo habitual entre ellos: Open Universiteit Nederland (Países Bajos), The Open University (Reino Unido), Universidad Católica de Leuven (Bélgica), IMC AG (Alemania), Universidad de Hannover (Alemania) y Universidad de Jyväskylä (Finlandia). Curiosamente, los datos fuente de estos análisis no se encuentran ya accesibles sino únicamente algunos informes analíticos, así que resulta imposible contrastar la información. Otro caso, en el área de la innovación (Competitiveness and Innovation Framework Programme —CIP—) es Intrasoft, una empresa con base en Luxemburgo, que encadenó proyectos, durante el FP7, sobre el mismo tema (educación en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas —STEM—), por importe superior a 25 millones de euros (CORDIS, 2019). Casos similares, se reproducen por categorías, países, programas y ámbitos profesionales (Salud, Aeronáutica, Seguridad, etc.) Este encadenamiento efectivo conlleva una pseudotransferencia endogámica de conocimiento, a modo de ciclo donde los resultados de un proyecto alimentan el siguiente pero sin un impacto efectivo fuera del circuito. Sin duda, un caso de economía circular, ahora tan de moda, pero con una interpretación creativa.
La causa clara la encontramos en la falta de seguimiento postproyecto. En el mejor de los casos, y después de una revisión por parte de expertos externos, un proyecto se aprueba y se cobran los fondos finales (después de liberaciones parciales) sin necesidad de informes posteriores. Por otro lado, la ausencia de un mecanismo eficaz de cobro de subvención por resultados obtenidos comprobables durante el proyecto y después de su finalización, supone que el límite del proyecto sea la ejecución temporal del mismo, sin contar con la explotación de los resultados. Como mucho, se exige un plan teórico para transferir el conocimiento, que nunca llegará a ser comprobado, como comentábamos anteriormente. La solución pasa por una serie de medidas, no necesariamente populares:
1.Implementar estos mecanismos y reservar parte de la subvención según métricas de consecución de explotación efectiva, una vez finalizado el plazo de ejecución.
2.Cobrar por objetivos realizados y verificados, en suma, al menos para una parte del total, con un seguimiento y verificación de impacto, ex post.
3.Premiar la explotación de éxito con fondo de I+D+i a futuro.
4.Establecer un ranking de socios que pondere los participantes según métricas, incluyendo resultados, productos y servicios aplicados, así como transferencia efectiva verificada.
5.Independizar la evaluación y revisión de proyectos del organismo financiador.
6.Asegurar la no vinculación de revisores y evaluadores con socios financiados, con márgenes suficientes de ausencia de relación (puertas giratorias).
7.Exigir una revisión científica y de explotación contrastada más allá del producto mínimo viable y no únicamente una administrativa.
CONCLUSIONES
Existen muchas posibilidades de transferencia del conocimiento desde el mundo universitario. La tecnología puede ser objeto de esta transferencia pero también puede convertirse en un instrumento, especialmente la tecnología online. Como ejemplo de lo primero, las patentes y los contratos. Como ejemplo de lo segundo, la comunicación científica y la divulgación generalista. Una mención aparte merece la financiación pública. En este artículo desglosamos el círculo de financiaciones encadenadas en un contexto regional específico, como muestra, y con un objeto concreto, centrado en tecnología online para la educación. Concluimos que la adecuada selección del instrumento según el objetivo final, el producto y el medio a disposición, supone un componente determinante de éxito para la acción de transferencia.
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José María de la Cuesta Rute tenía la libertad como una verdad principal, advirtiendo que la falta de libertad nos conduce a una realidad que llega a resultar terrorífica como es el totalitarismo en todas sus formas.
Pocos meses antes de su fallecimiento este pasado mes de Mayo de 2020, me decía analizando la situación española: “Aterroriza lo que nos aguarda en la falta de libertad, que es en verdad lo principal”.
En la octogenaria edad en la que ha fallecido, De la Cuesta Rute, además de su extensa y brillante carrera como profesor, doctor, catedrático y profesional del derecho mercantil, ha sido un pensador y humanista que ha dado su vida y hacienda, con lo que esto representa en términos pecunarios, en defensa del valor de la libertad del hombre.
Esa verdad principal de la libertad ha sido siempre defendida por De la Cuesta con energía y ante cualquier causa que se presentaba. En todos los ámbitos en los que participó, y soy testigo de ello en los foros que hemos compartido (consejos de administración, consejos editoriales…) y en los que no he participado, como la Fundación del Diario Madrid, o la Fundación Marqués de Guadalcanal, de las que él era patrono, y he tenido una información de primera mano sobre sus aportaciones.
La libertad y el Derecho
“No hay Estado de derecho si no hay un entendimiento previo de la libertad”, explicaba De la Cuesta en la presentación de una de sus numerosas obras publicadas titulada: ‘El Derecho configura la política del hombre’.
Es antológico –y premonitorio de lo que sucede hoy en España– su artículo publicado en ‘Nueva Revista’ en 2005, con el título “La democrática rule of law, agua de borrajas para el gobierno”, en el que De la Cuesta denuncia el desprecio del gobierno socialista de Zapatero por el imperio de la ley.
Este artículo es una lección magistral en la que De la Cuesta nos recordaba que desde Platón y ‘Las leyes’, y en sus formulaciones más modernas de nuestro tiempo (Harrington, Madison…), como principio ético-político del Estado de Derecho y para que este prevalezca, tiene que regirse por el imperio de la ley sobre el gobierno de los hombres.
Legado y lección de vida
José María de la Cuesta ha dejado un legado escrito en cientos de artículos y libros publicados, entrevistas e intervenciones que se pueden ver en YouTube, Google, Amazon y otros muchos medios, de lo que significa la verdad como hecho que conduce a la voluntad humana y sus actos en cualquier orden de la vida, y como fundamento del Estado de Derecho.
Su obra en todos los campos, universitario y académico, intelectual y editorial, y en sus trabajos profesionales, nos ha dejado un importante legado, que merece ser reconocido, y no olvidado. Y hagamos que no se olvide, no solo como reconocimiento a él, sino por la cuenta que nos trae a los que compartimos los ideales y fundamentos de la libertad del hombre como verdad principal.
“Todo lo que no sea defender la libertad individual del ser humano, es contravenir la propia naturaleza de una persona libre”, me dijo un día José María.
Desde que conocí a De la Cuesta, hace tres décadas, he gozado de su profunda y sincera amistad, y hemos debatido –y en ocasiones, no pocas–discrepado a fondo en nuestros regulares almuerzos y encuentros con otros amigos como Antonio Fontán, Dámaso Rico, Juan Pablo Villanueva, y en las reuniones del consejo de Nueva Revista. O en los años que estuvimos juntos en el consejo de administración del grupo Gaceta de los Negocios.
Y ese ha sido otro de sus grandes valores de De La Cuesta: su sentido crítico que es inherente a la defensa de la libertad sobre todas las cosas.
“¿No te parece que va siendo hora de someter a crítica rigurosa este sistema empecatado con el que se nos toma por imbéciles gracias a nuestro comportamiento de tales…y dejásemos de sentirnos paralizados por el terror de ser motejados con el terrible insulto de populistas”, me decía en una de las últimas notas que me envío sobre la situación española.
Su lección de vida ha sido su humanismo. Su sentido crítico, el saber, la historia y la razón, han sido su corpus y doctrina, siempre aplicados al ser humano, su comportamiento, pensamiento, libertad, su espiritualidad y fe en Dios.
La libertad y la virtud de la excelencia
La historia de José María de la Cuesta está llena de méritos. Como profesor, doctor, catedrático y algo que se conoce menos: su trayectoria y casos de éxito como abogado mercantilista que le dieron gran reputación. Su historial tiene una trayectoria que le ha hecho una de las figuras de referencia del derecho mercantil.
Con sus pasos académicos, profesionales e intelectuales, que cultivó en la Universidad de Navarra, la Universidad Complutense de Madrid en la que se jubiló después de cuatro décadas como catedrático emérito y honorífico, y en otras universidades de Estados Unidos, como las de Columbia, Cornell, Madison (Wisconsin) y Berkeley (California). Además de sus cursos académicos en las universidades sudamericanas. Su biografía es tan extensa como rica en sus aportaciones.
La virtud de la excelencia es otro de los aspectos que más he valorado en De la Cuesta. La exigencia con sus alumnos ha forjado una escuela en el campo del derecho mercantil, que ya como profesores hoy le rinden tributo. Algunos de los cuales estuvieron presentes en el almuerzo de despedida de la vida terrenal al que nos invitó a sus amigos y alumnos distinguidos, pocos meses antes de fallecer.
De la Cuesta, siempre valoraba mis artículos que leía y me comentaba con su sentido crítico, y yo le reconocía que eso era lo que más apreciaba. Hacía del sentido crítico la virtud de la excelencia como condición del ser humano en todos sus comportamientos. Porque la virtud de la excelencia es consustancial con el sentido crítico del ser humano, que hace de la libertad de pensamiento su mejor condición frente a la mediocridad, la superficialidad, y la dictadura de lo políticamente correcto.
Cuando fui cronista personal de De la Cuesta
Cuando mi esposa y yo vinimos a vivir al centro de San Lorenzo de El Escorial, hace un año, muy cerca de donde ‘Pepe’ –así le llamábamos sus amigos–ha tenido una casa durante muchos años, pero la que por razones de salud ya no la visitaba en los últimos tiempos, decidí convertirme en su cronista personal de los avatares de esta noble y regia villa. “Gracias por ser mi reportero de este real sitio que tanto quiero”, me decía.
Porque De la Cuesta ha dejado huella en este real sitio. Entre otras cosas fue durante años el ‘Romero Mayor’ de la Hermandad de la Virgen de Gracia de San Lorenzo de El Escorial, de gran arraigo, popular, histórico y religioso, que en Septiembre protagoniza una de las principales romerías de España.
En uno de estos correos me reveló que es en su casa de San Lorenzo de El Escorial donde tiene lo más preciado de su biblioteca, que en sí misma es un caudal histórico del saber, construida a lo largo de su historia, estudios y experiencias.
Todo ello forma parte de la huella que deja José María de la Cuesta Rute, por todo lo que ha pisado en casi un siglo de historia, y su contribución al “bien común” que era otra de sus máximas.
En España el conflicto de intereses es un buen negocio. De ahí que en un país cuyo sector privado depende enormemente del favor político (en forma de regulación, contratos, subvenciones, etc.) y cuyo capitalismo tiene un marcado carácter clientelar, el fenómeno de las puertas giratorias siga estando a la orden del día, pese a las denuncias de algunos medios y a las críticas que suele recibir su regulación (y su aplicación) por parte de los expertos.
Por otra parte, los problemas del gobierno corporativo de nuestras grandes empresas son la otra cara de la moneda: se considera que no solo es correcto sino que es muy ventajoso contratar a expolíticos (a ser posible de uno y otro signo para no dejar flancos sin cubrir) que manejan agenda y contactos y pueden abrir puertas allí donde los profesionales no pueden llegar con sus propios medios. Las empresas medianas y pequeñas solo aspiran a imitarlas. Nadie parece muy consciente del riesgo que estas prácticas entrañan dese el punto de vista de los conflictos de interés y la sospecha que arrojan sobre el funcionamiento de nuestras instituciones.
La regulación de las denominadas popularmente puertas giratorias en España (es decir, el tránsito entre la esfera pública y la privada) parte de la premisa de que el interés general exige evitar los conflictos de intereses que pueden subyacer al movimiento al sector privado por parte de personas que han desempeñado cargos importantes en el sector público.
Su bagaje suele consistir básicamente en su agenda de contactos políticos y funcionariales, el conocimiento del funcionamiento de la Administración o de los organismos reguladores no tanto en la experiencia profesional previa relacionada con el sector y la empresa a la que se incorporan lo que además plantearía precisamente el problema de la incompatibilidad legal como veremos.
El de las «puertas giratorias» es un fenómeno muy habitual en España, dado el carácter clientelar de las relaciones de una parte importante de nuestras grandes empresas con el sector público
Este es un fenómeno muy habitual en España, particularmente en los sectores regulados, dado el carácter marcadamente clientelar de las relaciones de una parte importante de nuestras grandes empresas con el sector público. En ese sentido, según el último informe del Observatorio de Responsabilidad Social Corporativa referente al ejercicio 2017, veintidós de las empresas del Ibex 35 tienen políticos y cargos públicos incluidos funcionarios (procedentes del Banco de España, CNMC, etc.) en el consejo y/o en la alta dirección. En la metodología de dicho estudio se tiene en cuenta el haber ocupado un cargo público (hasta diez años antes del nombramiento) así como el tipo de responsabilidades dentro de la función pública, por lo que no se limita a cargos políticos.
De mucha menor relevancia, por el contrario, es el tránsito contrario, es decir, el de profesionales o empresarios del sector privado a altos cargos en el sector público no reservados a funcionarios; puesto que conviene recordar que la mayoría de dichos altos cargos (hasta el nivel de subsecretario en la Administración General del Estado) están reservados a funcionarios, aunque se permiten excepciones. Hay muchos factores que lo explican, desde los salarios en el sector público en comparación con puestos de similar responsabilidad en el ámbito privado hasta la politización de nuestras Administraciones, de manera que se suelen preferir personas del partido de turno o funcionarios afines para ocupar estas responsabilidades.
Por tanto, no cabe hablar aquí de «atracción del talento del sector privado» por la sencilla razón de que no es nada frecuente, salvo contadísimas excepciones como puede ocurrir con el caso puntual de algún ministro o ministra independiente con una trayectoria anterior exitosa en el sector privado, o cuando muy excepcionalmente se intenta cubrir un puesto directivo a través de un procedimiento de selección.
Esta situación está ligada a la falta de una dirección pública profesional y neutral, y a la falta de procesos de selección competitivos para puestos directivos en el sector público, dado que estos puestos son de libre designación o de libre nombramiento por el Consejo de Ministros en la mayoría de los casos y suele haber un único candidato. Los pocos intentos que se han realizado de acudir a concursos públicos para proveer este tipo de puestos no han resultado precisamente alentadores. Recordemos, sin ir más lejos, el caso del fallido concurso para nombrar presidente/a de RTVE. En todo caso carecemos de datos sobre el tránsito del sector privado al sector público o incluso de los dobles tránsitos (del sector privado al público y de vuelta al sector privado a la misma empresa), pese a la existencia de algunos ejemplos muy llamativos¹.
Por lo que se refiere a la regulación, en el ámbito estatal se recoge en la ley 3/2015, de 30 de marzo, reguladora del ejercicio del alto cargo en el de la Administración General del Estado. La ley contempla las tres fases de las puertas giratorias: la entrada en el sector público, el período de permanencia y la salida hacia el sector privado.
La norma establece un período de enfriamiento de dos años para altos cargos, cargos electos y altos funcionarios públicos que pasan del sector público al privado
En el primer momento, la regulación se centra en la prevención o detección temprana de los conflictos de intereses, exigiéndose la declaración de bienes y derechos (que consiste en la última declaración anual presentada del impuesto sobre el patrimonio o equivalente), y la presentación de una declaración de las actividades que hubieran desempeñado durante los dos años anteriores a su toma de posesión. Estas declaraciones hay que enviarlas a la Oficina de Conflictos de Intereses, aunque esta no verifica su veracidad y completitud. Por tanto, puede ocurrir que estas declaraciones sean incompletas, inexactas o simplemente que no se envíen o no se envíen en plazo. Aunque dichas conductas constituyen infracciones tipificadas en la ley, lo cierto es que —de ser detectadas— no es fácil sancionarlas, como veremos más adelante.
La norma establece un período de enfriamiento de dos años en cuanto a los altos cargos, cargos electos y altos funcionarios públicos que pasan del sector público a puestos mucho más lucrativos en el sector privado, en el que —salvo excepciones— aportan su agenda y sus conexiones con el sector público en beneficio de su nuevo empleador. Lo cual conlleva el riesgo de conflicto de intereses y de tráfico de influencias. Durante este cooling off period, los ex altos cargos no pueden prestar servicios en entidades privadas que hayan resultado afectadas por decisiones en las que hayan participado, de manera que no pueden iniciar una actividad profesional sin la autorización previa de la Oficina de Conflictos de Intereses. A cambio tienen derecho a una indemnización. Por lo demás, existen regulaciones similares en el ámbito autonómico.
UNA CONCEPCIÓN FORMALISTA DE LA LEY
El problema estriba en que la concepción de la que parte la Ley 3/2015 es excesivamente estrecha y además muy formalista. En primer lugar, se aplica solo a los altos cargos, tal y como los define en su art.1.2², y por tanto no incluye a los altos funcionarios (abogados del Estado, inspectores de Hacienda, técnicos comerciales, diplomáticos, etc.). Estos pueden también estar incursos en problemas similares de conflictos de intereses o tráfico de influencias, y no están afectados por ningún tipo de incompatibilidad una vez que solicitan la excedencia. Por esta razón, pueden pasar de defender la postura de la Administración en un caso determinado a defender la postura de su nuevo empleador al día siguiente exactamente en el mismo caso, como de hecho sucede, con lo que esto supone de perjuicio para los intereses generales, y todo ello de conformidad con la legislación vigente. Tampoco afecta a los subdirectores generales, al no ostentar la condición de alto cargo que son muchas veces los que tienen el poder de decisión en asuntos tales como la contratación de bienes y servicios que pueden beneficiar (o perjudicar) a sus potenciales empleadores.
Las razones del mal funcionamiento de la Oficina de Conflicto de Intereses son su falta de independencia y su falta de recursos materiales y humanos
En segundo lugar, el propio texto de la ley facilita una interpretación muy restringida de sus preceptos, pues si bien es cierto que la definición que realiza en su art. 11 del conflicto de intereses es amplia, lo cierto es que su identificación suele quedar en manos del propio alto cargo (en los supuestos de detección temprana, mediante la abstención que prevé el art.12.2), o bien de la Oficina de Conflicto de intereses. Esta no tiene la capacidad para verificar la información que se le facilita en la declaración de actividades, como enseguida veremos. La identificación también puede quedar en manos del propio organismo en el que desempeña sus funciones el alto cargo que (siempre según el art. 12.2) deben de aplicar procedimientos adecuados para detectar posibles conflictos de interés para facilitar la abstención o la recusación del alto cargo.
En tercer lugar, el art. 15.2 establece el período de cooling off en dos años desde la fecha del cese, durante el cual los altos cargos no podrán prestar servicios en entidades privadas que hayan resultado afectadas por decisiones en las que hayan participado, extendiéndose la prohibición a las entidades privadas afectadas como a las que pertenezcan al mismo grupo societario (dado que con la normativa anterior era fácil eludir la letra de la ley a través de un nombramiento en una empresa del grupo como ocurrió con el caso de una exministra). En cuanto a los miembros o titulares de un órgano u organismo regulador o de supervisión se establece la prohibición de prestar servicios en entidades privadas que hayan estado sujetas a su supervisión o regulación.
Pero es la propia norma la que especifica cuándo se entiende que un alto cargo participa en la adopción de una decisión que afecta a una entidad en el párrafo 3º de este mismo artículo. De manera que esa participación ocurre —según la ley— solo en los dos supuestos que enumera. Cuando el alto cargo, en el ejercicio de sus propias competencias o funciones, o su superior a propuesta de él o los titulares de sus órganos dependientes, por delegación o sustitución, suscriba un informe preceptivo, una resolución administrativa o un acto equivalente sometido al derecho privado en relación con la empresa o entidad de que se trate. O cuando hubiera intervenido, mediante su voto o la presentación de la propuesta correspondiente, en sesiones de órganos colegiados en las que se hubiera adoptado la decisión en relación con la empresa o entidad.
A mi juicio, esta concepción es excesivamente formalista y burocrática e ignora la realidad del funcionamiento de nuestras Administraciones, puesto que la capacidad de decisión —máxime en una Administración muy jerarquizada y muy politizada— no siempre se traduce en un informe preceptivo, una resolución administrativa, un acto de derecho privado o, en el caso de órganos colegiados, mediante una intervención o un voto. Rara vez quedará rastro burocrático de la intervención del alto cargo que puede favorecer al futuro empleador privado, por ejemplo. En este sentido se conseguirían mejores resultados con una redacción más abierta que considerase todas las circunstancias concurrentes en el caso y valorase si es el alto cargo quien, en último término, controla la toma de decisiones y su ejecución o, dicho de otra forma, quien aparece como la figura clave en dicha decisión.
EL MAYOR PROBLEMA
Pero quizá el mayor problema —más allá de la regulación— es que el órgano encargado de velar por su aplicación, la Oficina de Conflicto de Intereses, ha mostrado su incapacidad para realizar estas funciones, como demuestra el hecho de que autoriza nada menos que el 98% de las solicitudes que recibe³. Estas autorizaciones se emiten basándose fundamentalmente en la información proporcionada por el propio interesado o los órganos de la Administración donde han prestado sus servicios (que suelen avalar la falta de incompatibilidad), dado que no realiza ninguna actividad de comprobación o investigación. Por otra parte, este patrón de comportamiento no cambia sea cual sea el signo de los gobiernos, por lo que parece fácil concluir que, en esta materia, todos los partidos tienen interés en facilitar la salida hacia el sector privado de los ex altos cargos (hoy por ti, mañana por mí). En estas circunstancias no es de extrañar que la responsabilidad de la Oficina la haya ostentado siempre la misma persona.
Limitaremos las puertas giratorias cuando avancemos hacia una mayor neutralidad del sector público y hacia una economía más abierta, moderna y competitiva
Las razones del mal funcionamiento de la Oficina son básicamente su falta de independencia (en la actualidad es un órgano del Ministerio de Política Territorial y Función Pública y anteriormente del Ministerio de Hacienda, con rango de subdirección general) y su falta de recursos materiales y humanos. De esta manera, sus decisiones tienen que fundarse en la información que le proporcionan los propios altos cargos o los órganos de la Administración donde han prestado sus servicios, o en los informes jurídicos que solicitan. En el informe que realizó la Fundación Hay Derecho sobre su funcionamiento en el año 2017 ya se puso de manifiesto esta situación4 , que también ha recogido con posterioridad el Tribunal de Cuentas.
Para finalizar estas consideraciones sobre la aplicación de la Ley 3/2015, hay que tener muy presente que la competencia para imponer las sanciones que prevé la ley para los supuestos de infracción de las normas que recoge —según el art. 27 de la ley— corresponde a los superiores jerárquicos y políticos de los altos cargos. Es fácil entender que entonces carecerán de todo interés en reconocer que sus subordinados han podido incurrir en alguna de las infracciones previstas en la ley por el coste político que supone, dado que estamos hablando del incumplimiento de las obligaciones establecidas en materia de incompatibilidades y conflictos de intereses, siendo un tema muy sensible para la ciudadanía.
Por último, hay que hacer una breve referencia al papel de las empresas en el fenómeno de las puertas giratorias. Porque sin empresas que consideren que es una buena inversión contratar a expolíticos la rueda no podría girar como lo hace. Las razones por las que las empresas contratan a personas sin ninguna formación o experiencia previa en el sector del que se trate son muy variadas pero, salvo excepciones, se podrían resumir en una: la necesidad de contar con un más fácil acceso al poder político y a las Administraciones Públicas, necesarias en un modelo de capitalismo clientelar. En ese sentido, convendría avanzar hacia una mayor concienciación del sector privado sobre el riesgo que tienen estas prácticas en términos reputacionales y en términos de posibles conflictos de intereses, falta de neutralidad e imparcialidad, así como desde el punto de vista de la responsabilidad corporativa.
Hay muchas cosas que las grandes empresas —que no dejan de ser las que lideran el fenómeno— pueden hacer para limitarlo o corregirlo, más allá de lo establecido en la norma que, como vemos, se incumple sin demasiados problemas. Pero todas ellas pasan por asumir que las puertas giratorias no son un buen negocio.
En definitiva, terminaremos o al menos limitaremos las puertas giratorias cuando avancemos hacia una mayor neutralidad y profesionalidad del sector público y hacia una economía más abierta, moderna y competitiva. De ahí la necesidad de un enfoque integral del fenómeno que abarque no solo la regulación de los conflictos de intereses sino aspectos del gobierno corporativo, responsabilidad corporativa, neutralidad institucional, profesionalización de las Administraciones Públicas y hasta cambios culturales, por no mencionar las consideraciones de tipo ético que siempre subyacen en estas cuestiones.
NOTAS
¹. Es el caso del actual secretario general del Banco Santander que ocupó el puesto de Subsecretario del Ministerio de la Presidencia procedente del banco (puesto que ejerció durante la etapa de la reestructuración bancaria), y después volvió a la empresa sin período de enfriamiento. Lo cual lo permite expresamente la Ley cuando se trata de volver a la misma entidad donde se desempeñaban los servicios, condición de que la actividad que vayan a desempeñar en ellas lo sea en puestos de trabajo que no estén directamente relacionados con las competencias del cargo público ocupado ni puedan adoptar decisiones que afecten a éste antes del paso al sector público.
². 1.2. A los efectos previstos en esta ley, se consideran altos cargos:
a) Los miembros del Gobierno y los Secretarios de Estado.
b) Los subsecretarios y asimilados; los secretarios generales; los delegados del Gobierno en las Comunidades Autónomas y en Ceuta y Melilla; los delegados del Gobierno en entidades de Derecho Público; y los jefes de misión diplomática permanente, así como los jefes de representación permanente ante organizaciones internacionales.
c) Los Secretarios Generales Técnicos, Directores Generales de la Administración General del Estado y asimilados.
d) Los presidentes, los vicepresidentes, los directores generales, los directores ejecutivos y asimilados en entidades del sector público estatal, administrativo, fundacional o empresarial, vinculadas o dependientes de la Administración General del Estado que tengan la condición de máximos responsables y cuyo nombramiento se efectúe por decisión del Consejo de Ministros o por sus propios órganos de gobierno y, en todo caso, los presidentes y directores con rango de director general de las Entidades Gestoras y Servicios Comunes de la Seguridad Social; los presidentes y directores de las Agencias Estatales, los presidentes y directores de las Autoridades Portuarias y el presidente y el secretario general del Consejo Económico y Social.
e) El presidente, el vicepresidente y el resto de los miembros del Consejo de la Comisión Nacional de los Mercados y de la Competencia, el presidente del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno, el presidente de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal, el presidente, vicepresidente y los vocales del Consejo de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, el presidente, los consejeros y el secretario general del Consejo de Seguridad Nuclear, así como el presidente y los miembros de los órganos rectores de cualquier otro organismo regulador o de supervisión.
f) Los directores, directores ejecutivos, secretarios generales o equivalentes de los organismos reguladores y de supervisión.
g) Los titulares de cualquier otro puesto de trabajo en el sector público estatal, cualquiera que sea su denominación, cuyo nombramiento se efectúe por el Consejo de Ministros, con excepción de aquellos que tengan la consideración de Subdirectores Generales y asimilados.
3. No tendrá la consideración de alto cargo quien sea nombrado por el Consejo de Ministros para el ejercicio temporal de alguna función o representación pública y no tenga en ese momento la condición de alto cargo.
³. Por ejemplo, en cuanto a ex altos cargos del último Gobierno de Rajoy la Oficina de Conflicto de Intereses autorizó la compatibilidad de, entre otros, Jaime García Legaz (expresidente de Aena y exsecretario de estado de Comercio), Agustín Conde (exsecretario de estado de Defensa), Miguel Ferre (ex secretario de estado de Hacienda) o la ex vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría. En definitiva, según una investigación realizada por el diario.es, la Oficina de Conflicto de Intereses ha concedido en total 525 autorizaciones a 295 ex altos cargos, frente a 11 denegaciones. Hay que tener en cuenta también que hay altos cargos que tienen más de una autorización para el desempeño de una actividad. Por ejemplo, recientemente destacan el anteriormente citado Jaime García Legaz con 5 autorizaciones y el exministro Catalá con 4., la Oficina de Conflicto de Intereses ha concedido en total 525 autorizaciones a 295 ex altos cargos, frente a 11 denegaciones. Hay que tener en cuenta también que hay altos cargos que tienen más de una autorización para el desempeño de una actividad. Por ejemplo, recientemente destacan el anteriormente citado Jaime García Legaz con 5 autorizaciones y el exministro Catalá con 4.
4 .https://hayderecho.com/wp-content/uploads/2017/04/Estudio-sobre-Puertas-Giratorias_Vconsolidada-2.pdf
Entre las decenas de citas que podemos encontrar sobre la relación entre la investigación científica y la innovación, entre la investigación básica, la aplicada y el desarrollo tecnológico, entre el nivel de desarrollo científico y tecnológico de los países y su nivel de desarrollo, queremos quedarnos en este artículo con estas dos:
«Hay que investigar para buscar soluciones y crear conocimiento»
(Galo Peralta, IDIVAL, coordinador red ITEMAS-ISCIII)
«Los avances científicos tienen que llegar al público final» (Isidro Villoria, director de la Fundación Alicia Koplowitz)
Son conceptos simples pero expresan claramente el núcleo de la transferencia tecnológica. Es a través del trabajo de los grupos de investigación, allí donde se encuentren (universidad, hospital, empresa, instituto…), como se logra generación de nuevo conocimiento, desarrollo de nuevas metodologías y búsqueda de nuevas soluciones. Pero estas soluciones y este avance del conocimiento han de llegar a la gente, al público objetivo. Para ello no hay otra vía que la creación de nuevas empresas que realicen esta tarea o la utilización de empresas que adquieran el producto y lo comercialicen.
Desde la lejana Ley 13/1986, de 14 de abril, de Fomento y Coordinación General de la Investigación Científica y Técnica, pionera en España en la que ya se decía en su preámbulo que: «El reto de la llamada tercera revolución industrial exige, y de hecho está produciendo en aquellos países, un aumento constante de inversiones en investigación e innovación a fin de mantenerse en la vanguardia del cambio tecnológico».
Hoy, en plena Cuarta Revolución industrial, treinta y tres años más tarde, la premura por encontrar los mecanismos más eficaces para esa vinculación entre investigación científica, innovación tecnológica y competitividad sigue igual de vigente. En medio, miles de artículos dedicados, decenas de planes nacionales y autonómicos, cientos de programas y miles de personas dedicadas desde la inteligencia y el trabajo a fomentar los lazos posibles. Desde la creación de las Oficinas de Transferencia de Tecnología a la prueba piloto de un sexenio de transferencia de conocimiento, mucho y poco ha cambiado en este largo camino. Se articularon los Planes Nacionales y, siguiendo su estela, cada Comunidad Autónoma empezó a desarrollar políticas propias de fomento de la innovación en el marco europeo de las Estrategias Regionales de Innovación (RIS).
España se encuentra entre los diez primeros países del mundo en producción científica y casi el 70% de esta se genera en las universidades
El esquema político Comisión Europea-Administración General del Estado-Comunidades Autónomas, con un grado de complementariedad y de superposición razonable, configurará las décadas siguientes hasta hoy mismo. No es este el sitio para un análisis en profundidad de estas políticas y de los resultados alcanzados con cada iniciativa, pero sí apuntaremos algunas ideas al respecto.
GAP, ENTRE LA CAPACIDAD CIENTÍFICA Y LA COMPETITIVIDAD
Es conocido que España se encuentra entre los diez primeros países del mundo en producción científica y que casi el 70% de esta se genera en las universidades. Pero también es conocido el dato que nos sitúa por encima del puesto 30 en transferencia de esa innovación al sector productivo. La falta de demanda y de implicación empresarial y el reticente interés de una mayoría silenciosa de investigadores en trabajar con la industria y para la resolución de problemas de innovación, junto con unas estructuras frágiles, dispersas y sin continuidad, pueden explicar algo sobre este bien conocido gap entre nuestra capacidad científica y nuestra competitividad basada en el conocimiento avanzado.
Muchos conceptos y programas han sido puestos en marcha con el objetivo de dinamizar la compleja relación entre ambos mundos. Desde la triple hélice (Administración-Universidad-Empresa) a la tercera misión de la universidad (la transferencia de conocimiento al sector productivo); desde los clústers a los parques científicos-tecnológicos y a los hubs actuales; desde la subvención al préstamo participativo o la compra innovadora, y otros muchos instrumentos y programas, han buscado y buscan ser los catalizadores de una reacción que en nuestro país no termina de visualizarse con claridad.
Hemos pasado de una concepción lineal de la transferencia desde el laboratorio a la empresa (como si fuera posible que la empresa aplicara sin más lo que un paper científico plasma), a una imagen mucho más compleja, en donde el concepto más dinámico de ecosistema, con multitud de agentes interactuando en entornos diversos, pero convergentes, se relacionan en entornos controlados, fomentados y financiados por administraciones públicas, fundaciones y otro tipo de entidades.
La transferencia se canaliza no ya a través de la generación de patentes, cuyos indicadores están en permanente caída en España, sino mediante la generación de nuevas empresas de base tecnológica capaces de canalizar los avances desarrollados en nuevos productos orientados a sectores tecnológicos y servicios muy específicos.
Sigue sin funcionar con toda la eficacia esperable la interacción entre la empresa, mediana y grande, con el entorno investigador universitario fundamentalmente. Son realidades innovadoras que, en paralelo, no llegan a encontrarse ni siquiera en un horizonte por muy lejano que lo situemos. Este es otro de los grandes temas generadores de seminarios, congresos, cursos de verano, artículos de periódicos y debates. Pocas soluciones nuevas, sin embargo, pocos resultados y sin duda realmente frágiles, incapaces de generar dinámicas de transformación.
La estrategia de simbiosis se basa en la asociación de un emprendedor con un investigador para formar un equipo que en conjunto inicie el proceso de transferencia
Los indicadores están en el Informe CYD de 2018. Las patentes en el ámbito universitario o los contratos de licencia disminuyen año tras año…«estas tendencias no pueden ser ajenas, por un lado, al fuerte descenso de la inversión en I+D, tanto en gastos brutos como en porcentaje del PIB, y en recursos humanos, especialmente acusado en el quinquenio 2009-2013 y en los años posteriores y, por otro lado, a la falta de planificación y continuidad como consecuencia de los menores recursos disponibles».
ESTRATEGIAS EFICACES
La Fundación para el Conocimiento madri+d lleva desde su constitución en el año 2002 siendo una de las instituciones que ha trabajado en ese escenario de la transferencia tecnológica. Y ya desde antes de su aparición como tal fundación, pues el sistema madri+d nació en el año 1997 como una iniciativa pionera del Gobierno de la Comunidad de Madrid para articular una política, unos programas y unas instituciones, en una de las regiones con mayor densidad e intensidad en investigación científica y tecnológica de Europa, y en el marco de las Estrategias Regionales de Innovación promovidas desde Bruselas (RIS).
Una iniciativa que ha demostrado ser efectiva es la que podríamos denominar simbiosis y que está siendo empleada en algunos de los programas de la Fundación madri+d, especialmente en el programa HealthStart, como se verá a continuación. La Fundación madri+d no financia directamente, no es un fondo de inversión, ni maneja capital semilla.
La fundación ofrece servicios de localización de las ideas emprendedoras en el ámbito fundamentalmente público (universidades, OPI y también en el sector sanitario) pero también en el privado, y presta a los emprendedores una batería de servicios de acompañamiento en las etapas iniciales. Todo ello en colaboración permanente, coherente, comprometida y complementaria, con la multitud de agentes que en Madrid participan en los procesos de creación y financiación de spin-off.
La estrategia de simbiosis, en síntesis, se basa en la asociación de un emprendedor con un investigador para formar un equipo que en conjunto inicie el proceso de transferencia, establecimiento de un plan de negocio, creación de una empresa, captación de inversores, etc.
EL PROGRAMA HEALTHSTART, UNA EXPERIENCIA DE ÉXITO
HealthStart madri+d es el programa de la Fundación para el Conocimiento madri+d con la colaboración de la Plataforma de Innovación en Tecnologías Médicas y Sanitarias (ITEMAS), promovida por el Instituto de Salud Carlos III, para la aceleración de start-ups tecnológicas de la Comunidad de Madrid en el sector salud y originadas en entornos sanitarios y de investigación. El programa se inició en el año 2016 por iniciativa de Eduardo Díaz, responsable del Área de Emprendimiento de la fundación.
Facilita cada año a todas las iniciativas presentadas una evaluación del nivel de competitividad de su proyecto, así como un programa de Formación en Creación y Gestión de Start-ups de Salud con aforo limitado a los participantes.
Este programa se desarrolla en varias fases como se muestra en la figura:
HealthStart madri+d se inicia con la identificación de resultados de investigación en hospitales, universidades y centros de investigación, que son potencialmente susceptibles de crear un producto o un servicio que pueda presentar una innovación y llegar al mercado. Es decir, se trabaja sobre realidades innovadoras ya existentes, bien en fase de proyecto, bien en fases más avanzadas, desarrollados por investigadores del sector público madrileño. En la edición de 2019, esta fase se ha desarrollado mediante una convocatoria pública y un posterior proceso de selección de los mejores proyectos mediante un jurado especializado.
En segundo lugar, se pone en marcha la estrategia que hemos denominado simbiosis, en la que se establece la búsqueda de potenciales emprendedores que se vinculen a estos proyectos innovadores. A diferencia de otras iniciativas, en HealthStart madri+d no se pretende transformar al investigador en empresario, sino más bien generar un equipo potente, compensado y comprometido en llevar la innovación desarrollada al mercado.
A continuación, se pasa al proceso de incubación que proporciona directamente la Fundación madri+d: formación conjunta, ayuda mediante especialistas, asesoría y soporte, etc., en donde tiene un papel clave el mentor de la Red de Mentores madri+d, personas de larga trayectoria profesional que, de manera altruista, se comprometen con el equipo y les asesoran y guían en estas primeras fases críticas. La fundación dota a los proyectos de una financiación que deberán aplicar a los servicios establecidos:
– Servicios de formación y consultoría para el desarrollo y mejora del plan de negocio.
– Infraestructura TIC (limitada a servicios, no incluye la compra de productos como hardware o software).
– Servicios legales o de propiedad industrial.
– Asistencia técnica para la realización de un prototipo (dispositivo o software).
– Asesoramiento para el acceso a financiación y/o a ayudas y programas europeos.
– Gastos de viaje para desarrollo de networking internacional: transporte, alojamiento y agenda en ecosistema emprendedor internacional seleccionado por la organización de HealthStart madri+d.
– Asistencia técnica para fortalecer el acceso al mercado de los productos y servicios y/o la adaptación a otros mercados.
HealthStart madri+d se inicia con la identificación de resultados de investigación potencialmente susceptibles de crear un producto o un servicio que pueda presentar una innovación
En las tres primeras ediciones del programa se evaluaron los proyectos por un jurado independiente y se premiaron a los mejores. Además del reconocimiento público mediante la ceremonia de entrega de los premios del programa, estos mejores proyectos pasaron a la cartera de la Red de Inversores Privados de madri+d (BAN madri+d) para ser presentados a sus primeras rondas de financiación. En la convocatoria actual, 2019, el programa ha cambiado ligeramente. Todos los proyectos seleccionados reciben una financiación básica, asignada en los servicios mencionados anteriormente.
Adicionalmente, un jurado independiente evalúa los mejores proyectos que reciben una financiación adicional.
Un esfuerzo más, una pieza más del puzle, una iniciativa controlada en costes y esfuerzos, muy orientada a la consecución de objetivos concretos que, en sus tres ediciones pasadas y la actual en curso, ha logrado resultados notables. El programa está cumpliendo su propósito, tanto de creación de empresas como de formación de equipos y de apoyo a los promotores para analizar la viabilidad de sus proyectos (fuente Federico Rodrigo, gestor del programa; healthstart@madrimasd.org).
En la primera edición de 2016:
– Se identificaron 19 proyectos de la red ITEMAS.
– Se seleccionaron doce proyectos para participar en el programa.
– Se crearon dos startups en el transcurso del programa.
– Se apoyó la expansión de dos startups que estaban creadas con anterioridad, en sus fases de ventas o ampliación de capital, y cinco proyectos se encuentran aún en fase de definición de la empresa (socios, participaciones en capital …).
En relación con la edición HealthStart madri+d 2017:
– Se presentaron 22 proyectos, 19 de ITEMAS y tres de otras instituciones (IMDEA Alimentación, CSIC y UAM).
– Se seleccionaron doce proyectos para participar.
– Se crearon tres startups.
– Acuerdo con Venture Capital (Beable Capital) para inversión. Constituyen sociedad el 1-2-2018.
– Oxifing, constituyen sociedad en enero de 2019, han obtenido algún premio.
– Precision for Health (P4H), creada en enero de 2018. Es empresa de base tecnológica (EBT) de IMDEA Alimentación y EBC de la UAM. Participa en un consorcio europeo.
– Una startup se encuentra en fase de creación: EPIC, que ha sido seleccionada por la Comunidad de Madrid para ser apoyada mediante un mapa de ruta de los pasos a seguir.
Los resultados de este programa son alentadores y demuestran que se pueden transferir resultados de investigación biomédica al sector productivo en la región de Madrid
En relación con la edición Healthstart Madri+d 2018:
– Se presentaron 21 proyectos: trece de ITEMAS, tres de otras instituciones (2 de CSIC y uno de UPM) y cinco independientes.
– Se seleccionaron doce proyectos para participar.
– Se han creado dos startups:
– Stent-band (dispositivo endoscópico) con origen en ITEMAS (La Paz).
– Evoenzyme (diseño y comercialización de enzimas) con origen en CSIC.
En relación con la edición Healthstart Madri+d 2019:
– Se presentaron 43 proyectos: doce de ITEMAS, seis de otras instituciones (dos del CSIC, dos de la Universidad Carlos III, uno del CEU, uno de la U. Politécnica) y 25 independientes.
– Se seleccionaron catorce proyectos para participar.
– Actualmente el programa se encuentra en curso (finaliza el 4 de marzo de 2020) y la situación de los proyectos más destacados es la siguiente:
– Un proyecto ya se ha constituido como empresa.
– Tres proyectos han cerrado durante el programa alianzas con empresas/inversores interesados en desarrollo conjunto del proyecto.
En la siguiente tabla se muestra el número de solicitudes recibidas y los proyectos seleccionados para las cuatro convocatorias, destacando su procedencia. Como puede apreciarse, la mayoría de los proyectos proceden de la red de hospitales de la región. También se incluyen las empresas startups constituidas.

Estos resultados del programa reflejan la gran dificultad en la creación de nuevas empresas asociadas al emprendimiento tecnológico. La creación efectiva de empresas, que además obtengan financiación por parte de inversores privados y comiencen su andadura en el mercado, supone un gran reto. Pero los resultados de este programa son alentadores y demuestran que se pueden transferir resultados de investigación biomédica al sector productivo en la región de Madrid.
Además, la opinión de los investigadores y emprendedores implicados en el programa confirma la calidad de este. El 86% de los participantes considera «excelente» o «buena» la organización de las sesiones y el 94% considera «excelente» o «buena» la calidad del programa.
El programa HealthStart de la Fundación madri+d es un ejemplo más de las muchas iniciativas puestas en marcha por las múltiples instituciones que participan del objetivo de fomentar la innovación tecnológica y la transferencia de conocimiento.
Demuestra, creemos, varios aspectos relevantes. En primer lugar, que nuestro sistema público, universidades, OPI, hospitales, etc., posee elementos y personas deseosas de generar mejoras e innovaciones que lleguen con impacto a la sociedad, a los ciudadanos. Muestra también que la colaboración público-privada es posible y real, dado que los emprendedores provienen fundamentalmente de la iniciativa profesional. Finalmente, hay que destacar el papel de las redes y de la cooperación.
Los mentores de madri+d son uno de los pilares en los que se sustenta el programa y la Red de Business Angels madri+d el primer paso para la incorporación de capital privado a estas iniciativas. Los servicios de apoyo a los proyectos ofrecidos por los mentores de la Red de Mentores madri+d son gratuitos, lo cual es un claro ejemplo de implicación altruista de la sociedad civil en el apoyo a la transferencia y creación de empresas de valor tecnológico.
Las universidades y los organismos públicos de investigación son conscientes de su papel en la contribución al desarrollo tecnológico del país. Las empresas, por su parte, han llegado a la convicción de que la inversión en investigación implica incrementar la competitividad. El tejido industrial proporciona estabilidad a la economía nacional mediante el impulso a la productividad y a la exportación, gracias a su capacidad innovadora. De ahí el énfasis en un perfecto engranaje entre los mundos del conocimiento y las herramientas para transferirlo con éxito al mundo productivo.

España, a pesar de su importante producción científica originada en las universidades y en los organismos públicos de investigación (OPI), es deficitaria en tecnología propia. Debe importarla en múltiples ocasiones, como se ha comprobado en la crisis de la reciente pandemia. Permanece en el vagón de cola de los países innovadores en Europa. Ello se debe en buena medida a la escasa capacidad de transferencia del conocimiento y de innovación de nuestro país, si se compara con otros como Estados Unidos, Japón, China.
En una primera parte de este número de Nueva Revista, se han abordado, bajo el título general La investigación, motor de la transferencia y la innovación, aspectos generales sobre la investigación básica y aplicada, el papel de la innovación, los perfiles del investigador y del emprendedor, así como la necesaria formación en liderazgo en nuestras instituciones públicas.
En una segunda parte, bajo el nombre de La transferencia del conocimiento de la universidad y los OPI a la empresa, se presentan las estructuras más conocidas desde las que se realizan las actuaciones en transferencia del conocimiento: las Oficinas de Transferencia de Resultados de Investigación (OTRI), los institutos mixtos, las cátedras de empresa, los CEI (Campus de Excelencia Internacional), los centros tecnológicos, los parques científicos y tecnológicos y las empresas de base tecnológica.
Finalmente, en el tercer bloque, bajo el título Casos de éxito de alcance nacional e internacional, se presentan como ejemplo algunas experiencias exitosas en la transferencia del conocimiento, tanto en el sector público como en el privado, las cuales constituyen ejemplos de buenas prácticas.
Para todos los artículos se cuenta con expertos profesionales procedentes de la universidad, de la administración pública y de la empresa privada.
El número lo ha coordinado Guillermo Calleja Pardo, catedrático de Ingeniería Química de la Universidad Rey Juan Carlos y acaba de ponerse a la venta.
Este es el sumario de Universidad 2020:
Introducción
Por Guillermo Calleja Pardo.
Iniciativas de la administración para transferir conocimiento e innovación a la universidad
Los autores exponen la estrategia de transferencia de HealthStart, el programa de la Fundación Conocimiento madri+d, para acelerar start-ups tecnológicas en el sector de la salud.
Por Federico Morán Abad y José de la Sota Ríus.
Hacia una nueva figura: el investigador emprendedor
La fusión entre innovación científica y empresa demanda investigadores emprendedores. Para ello es preciso formar a los investigadores más jóvenes en las competencias de mercado.
Por Paloma Domingo García y María José Herrero Villa.
La formación en liderazgo: una asignatura pendiente
Una carencia en la formación académica es la del liderazgo, es decir, la habilidad para dirigir equipos humanos y gestionar conflictos.
Por María Becerro Torres.
Oficinas de Transferencia: misión cumplida
Las Oficinas de Transferencia de Resultados de Investigación (OTRI) han contribuido a dinamizar la innovación, al generar conocimiento en las universidades y transferirlo a la empresa.
Por Elena Taulet Grech y Constantino Martínez Cavero.
Los campus de excelencia internacional
Son instrumentos para la dinamización de las interacciones público-privadas de innovación y desarrollo tecnológico al crear ecosistemas de innovación en sectores estratégicos.
Por Juan Antonio Melero Hernández y Mar Gómez Zamora.
La labor de los Centros Públicos de Investigación
Centros tecnológicos, parques científicos y empresas de base tecnológica juegan un inestimable papel para transferir conocimiento a la sociedad.
Por Emilio Lora-Tamayo.
La aportación de la red de laboratorios de la Comunidad de Madrid
Con la red de laboratorios, la Comunidad pretende establecer un puente entre organismos públicos de investigación y empresas, que se refleja en los casos de éxito descritos por el autor.
Por Rafael A. García Muñoz.
Viveros y aceleradoras de empresas en España como instrumentos de transferencia
Se detalla el funcionamiento de estos instrumentos de la transferencia entre universidades y organismos públicos de investigación y el mercado.
Por Francisco José Blanco Jiménez.
Las ciencias humanas y sociales en la innovación
Aunque inicialmente los estudios sobre innovación se centraron en la industria, ahora se identifican nuevas oportunidades para las ciencias humanas y sociales.
Por Elena Castro Martínez.
Las tecnologías online en la transferencia del conocimiento
La comunicación científica, la divulgación generalista, los derechos de propiedad o los proyectos de I+D+i públicos generados como resultado de una investigación son también herramientas de transferencia.
Por Daniel Burgos.
Casos de éxito en el sector de las TIC
La transferencia de los resultados de investigación a la sociedad se hace especialmente visible, según el autor, en el sector de las tecnologías de la información y la comunicación.
Por Juan Ramón Velasco.
Iniciativas pioneras en la biotecnología sanitaria
El caso de las empresas 3p Biopharmaceuticals y Biohop son dos iniciativas de éxito del sector gracias a la suma de valor añadido, tecnologías disruptivas y liderazgo empresarial.
Por Eva Martín Becerra.
Experiencias de éxito en Europa
La cooperación universidad-empresa constituye un pilar de competitividad en Europa, aunque el autor considera que es preciso desarrollar más los mecanismos de cooperación.
Por Luis Delgado Martínez.
Jean Pierre Winter, psicoanalista, de formación filosófica (Universidad de París-Sorbona) y jurídica (París-St. Maur), con una larga y prestigiosa vida clínica a sus espaldas y conocido por crear controversias políticamente incorrectas, aborda en El futuro del padre. ¿Reinventar su lugar? (Didaskalos, 2020) la necesidad urgente de la reconstrucción simbólica del padre.

Para ello, se vale de su experiencia clínica, con la exposición de diversos casos de pacientes en cura psicoanalítica, pero también de obras de literatura (S. Lacan, Un père, 1994; M. Quint, Los jardines de la memoria, 2000) y del cine (La vida es bella, Benigni, 1997); pues estas creaciones de ficción ilustran de manera admirable algunos elementos esenciales de la función paterna.
Dada su amplia experiencia en el ámbito familiar, Winter fue nombrado ponente en la comisión constituida en el Senado de la república de Francia durante el debate para la aprobación de la Ley que permitiría tener hijos a las parejas de homosexuales y lesbianas. Sin embargo, sus opiniones, le valieron ser tachado de homófobo y ultraconservador; a pesar de estar todas ellas sostenidas con argumentos científicos y basadas en su amplísima experiencia clínica.
La importancia de las raíces
El jurista y psicoanalista Pierre Legendre escribía: «El hombre es un ser genealógico».
En esta obra, Winter nos muestra la existencia real de multitud de paternidades defectuosas o deficitarias, pero paternidades al fin y al cabo, que han sido capaces de dar raíces a la vida de sus descendientes.
El ser humano constituye su vida psíquica, no solo a partir de los sujetos presentes que le rodean, sino también de aquellos que ya no están; los ausentes que no volverán. Por ello, es imprescindible la pertenencia a una concreta genealogía que inserta a los individuos en la historia y que les permite conocerse a sí mismos, saber de dónde provienen, explicar acontecimientos del presente por su relación con el pasado, comprender su ascendencia y dar consistencia a su existencia. Como afirma Yvonne Knibiehler, «somos seres de memoria y de historia» (Y. Knibiehler, Les peres aussi ont une histoire, ed. Hachette, 2017).
Siempre será preferible tener un padre, aunque sea imperfecto hasta el extremo, que no tenerlo en absoluto, pues, como indica el autor, «la genealogía es como una armadura, un esqueleto de apellidos…que se suceden como esquirlas resplandecientes durante siglos» y que ayudan a los descendientes a comprenderse y conocerse mejor a sí mismos. Este árbol genealógico concede a los individuos «un suelo donde poner los pies» y sobre el cual construir su propio destino.
Porque «cada padre es portador de un universo ante el cual el hijo no puede quedarse indiferente». Como decía el poeta Gustav Maeterlinck, el padre es a la vez «el mandatario provisional del pasado» y «el órgano momentáneo de una multitud aún por llegar».
Y es que la ausencia de padre genera psicosis, «un desorden incontrolable en las palabras y en la vida de una persona» que se presenta cuando en lugar de la presencia del padre hay un agujero, un vacío, un desconocido del que nunca se habla. La persona sin raíces no sabe quién es, no tiene arraigo. Vive en un «tiempo amputado». Como señala Winter, «las rupturas en la continuidad en la genealogía tienen repercusiones psíquicas serias…Va siempre acompañada de una desorientación en los espacios, es decir, de la dificultad para cada uno de encontrar su propio lugar dentro de la tribu».
Hijos de la técnica. Cuando el padre no existe
En esta situación de vacío generacional o genealógico, de ausencia de raíces paternas, se encuentran todos aquellos niños nacidos por medio del uso de técnicas de reproducción asistida para satisfacer el deseo de ser padres de las parejas homosexuales y lesbianas.
En estos casos, se elimina voluntaria y conscientemente al padre ex ante de la historia del hijo, se hace opaca toda la sucesión de padres que ha sedimentado a lo largo de su historia precedente. En estos supuestos, el niño «creado» en ausencia física y psíquica del padre biológico es privado de sus raíces que le insertan en la historia y en el tiempo y que le permiten comprender mejor su vida y su realidad. Los hijos privados de parte de su pasado crecen en la neurosis de no entender de dónde vienen exactamente y el instinto les impulsará a buscar su origen paterno-filial a toda costa. Por esta razón, recientemente el Comité de Bioética de España ha publicado un informe en el que recomienda modificar la Ley de Reproducción Humana Asistida de 2006, para eliminar el anonimato de los donantes de gametos. Se abre así un debate que en otros países europeos ha llevado a cambiar la legislación.
Los avances de la ciencia han permitido a las parejas del mismo sexo hacer realidad su «deseo» de tener un hijo. Estas parejas afirman que la diferencia sexual no juega un papel esencial en la creación de una familia. El hijo se concibe por otras vías diversas del encuentro sexual de un hombre y una mujer. Pero las parejas del mismo sexo afirman que uno hará el papel de padre y otro el de madre; porque, basándose en la ideología de género, mantienen que la identidad sexual es una construcción social. Pero, como expone Winter, «el constructivismo actual elimina la complejidad del problema con falsas simplificaciones». Y la realidad científica es que «no da igual nacer de dos personas que son diferentes por su naturaleza, un hombre y una mujer, aunque tengan mucho en común. Nacer según una ley de la naturaleza que no puede ser cuestionada, tener que lidiar desde el principio y necesariamente con un cuerpo y una voz de un hombre y un cuerpo y una voz de mujer. Su forma de tocar, llevar, alimentar, sonreír, etc…no es la misma…Tratar con el otro sexo ocasionalmente y desde el exterior no tiene ciertamente los mismos efectos que estar siempre en contacto con su diferencia».
Las repercusiones de ser criado por dos personas del mismo sexo no son indiferentes y existen, pero, como indica Winter, se miden no inmediatamente en los primeros años de vida del niño, sino a lo largo de más de una generación.
Bajo el disfraz de una promesa de felicidad, lo que se impone es «el deseo». Pero desear un hijo, como señala Gemma Durand, ginecóloga, es convertir al niño en un proyecto, fuera de contexto, lejos de la conversación amorosa: «Cuando el niño se programa, del anhelo se pasa al proyecto y del proyecto a la posesión». En estos casos, el hijo nace sometido a una relación de dominio, por lo que será menos libre: la libertad humana requiere un comienzo indisponible. Los hijos son libres cuando su llegada al mundo escapa de nuestro control, cuando en su advenimiento influye «cierto factor de riesgo» o «la ayuda parcial del azar en la actividad sexual de sus padres» (Aldo Naouri, Padres permisivos, hijos tiranos, ed. Ediciones B, 2005); cuando no nos deben la vida a nosotros sino a un proceso vital, como ha sucedido en las generaciones precedentes en las que el hijo se sentía como un «subproducto de la actividad sexual de sus padres» (Aldo Naouri, Educar a nuestros hijos, una tarea urgente, ed. Taurus, 2008).
En relación con el mero «deseo» de tener un hijo, resulta muy apropiado traer a colación el pensamiento de Bauman, para el cual, mientras el deseo es «el anhelo de consumir, de absorber, devorar, ingerir y digerir, de aniquilar…el amor es el anhelo de querer y preservar el objeto querido. Un impulso centrífugo, a diferencia del centrípeto deseo…la satisfacción del deseo es colindante con la aniquilación de su objeto, el amor crece con sus adquisiciones y se satisface con su durabilidad. Si el deseo es autodestructivo, el amor se autoperpetúa» (Z. Bauman, Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, ed. Fondo de Cultura Económica, 2008).
Ausencia paterna impuesta por Ley. La muerte social del padre
En los últimos años, la sociedad ha ido perdiendo sus dimensiones universales y sus fundamentos antropológicos y las tendencias descritas han permeado las leyes y han contribuido a organizar la sociedad sobre la confusión y la inmadurez.
En esta obra, Winter se muestra especialmente preocupado por la institucionalización de la ausencia paterna, con la manipulación del lenguaje (sustituyendo la palabra padre por la de segundo progenitor en los documentos oficiales) y la regularización por Ley de situaciones contrarias a la naturaleza, al sentido común y a las conclusiones derivadas de la propia experiencia clínica.
El padre puede desaparecer de la vida de los hijos por muchos motivos: muerte, emigración, abandono, separación… Pero la gravedad de la situación actual es la colaboración de la ley en la evaporación del padre, pues «la decisión legal actúa directamente a nivel simbólico, suprime no un ser, sino un lugar. Todos aquellos que podrían haberlo ocupado son descalificados y, con ellos, quienes lo han ocupado en el pasado. Dicho de otra forma: están muertos por adelantado».
Como ya señaló Marguerite Peteers, durante los últimos siglos, los derechos individuales y la libertad de escoger han sobrepasado socialmente, jurídica y políticamente la paternidad, la familia y el amor. Es así como comenzó un largo proceso por el homicidio de la figura del padre dentro de la cultura occidental que, poco a poco, llevó a la muerte de la madre (mentalidad anticonceptiva, el derecho al aborto, una cierta interpretación de los derechos de la mujer como pura ciudadana), la muerte del cónyuge (la revolución sexual, el aumento de las parejas homosexuales) y la muerte del hijo, acaecidas tan explícitas en la segunda mitad del siglo XX. Es así como fue posible la reconstrucción del ser humano sobre nuevos fundamentos, puramente laicos: la teoría de género (Peteers, M.A. entrevista publicada en la Revista Temes d´avui, n.41, 2012).
La preocupación de Winter es legítima y razonable; las leyes que favorecen lo indiferenciado, destruyen la base antropológica sobre la que se asienta nuestra sociedad. La consecuencia es la desprotección de la persona, como hombre y como mujer, con sus específicas características, inquietudes, prioridades, necesidades y exigencias vitales; lo que supone un atentado contra la ecología humana. En esta situación, nos vemos obligados a defendernos frente a la propia ley que ha perdido su dimensión universal y que confunde la verdad objetiva con la verdad individual y subjetiva.
La Ley no puede ignorar las verdades antropológicas y científicas elementales sobre la alteridad sexual. Pues construir conceptos normativos de espaldas a la ciencia e incluso al sentido común da pie a enunciados disfuncionales y anacrónicos. Cuando las premisas son falsas, la lógica lleva irremediablemente al absurdo. Los datos científicos de la biología, neurología o psiquiatría de los últimos años, deberían ser para el jurista un referente o límite, puesto que delimitan un marco dentro del cual es razonable emitir un juicio o tomar una decisión normativa.
De la tribu a la horda y la manada
Cuando el padre está ausente, cuando el hijo no tiene raíces y el fenómeno de la falta simbólica de padre se generaliza socialmente, la civilización entra en crisis. Abandonamos la tribu y retornamos a la horda o la manada. Y una manada, en palabras de Winter «no es una tribu, porque las tribus obedecen leyes constantes y los poderes de cada uno están delimitados»; cosa que no sucede en absoluto en la horda o manada.
Esta idea de crisis de civilización es compartida por un gran número de científicos. En esta línea, Zoja nos recuerda que la «regresión postpatriarcal» que está experimentando Occidente pone en peligro la propia civilización: «Si el macho ha dejado de ser padre, entonces debe ser otra cosa. La solución más simple a esta crisis radical de identidad es el regreso a la condición precedente a la invención del padre. Se produce así una iniciación a la masculinidad adulta de tipo regresivo…regresamos al estado prepaterno de la escala evolutiva…la regresión hacia el macho irresponsable (agresivo, impaciente, hipersexualizado) parece haber alcanzado niveles nunca vistos…se encuentra en peligro la propia civilización» (L. Zoja, El gesto de Héctor. Prehistoria, historia y actualidad de la figura del padre, ed.Taurus, 2018).
En defensa de la verdad
Algo resuena con un acento de verdad en todas las arriesgadas y políticamente incorrectas afirmaciones de Winter. Este osa defender la alteridad sexual frente a aquellos que desde el poder político pretenden mimetizar las uniones homosexuales a la familia tradicional (aunque de «tradicional» solo le quede a día de hoy precisamente la heterosexualidad). Ya en 2011 Winter afirmó que «legalizar la homoparentalidad es matar al padre y la madre». Por estas opiniones fue calificado como amarillista, amenazante, homófobo y ultraconservador.
Pero él insiste. Para que el hijo crezca de forma equilibrada precisa de un padre y de una madre, la alteridad sexual es esencial: «De la combinación de dos deseos y de dos historias, ambas marcadas por el sexo y por las generaciones sucesivas, se extraerán los rasgos constitutivos de la psique del niño, con los que crecerá».
Sobre las parejas del mismo sexo que «desean» ser padres, la oposición de Winter, derivada del sufrimiento que ha conocido de primera mano de los descendientes de estas parejas, es categóricamente clara. Por ello, el autor, en la exposición de sus puntos de vista desde su experiencia clínica, se muestra contundente: «Solo espero que sopesemos las posibles consecuencias antes de darles en la Ley un lugar equivalente al de las familias tradicionales».
Opinión que hizo pública ya con anterioridad a su exposición en el Senado francés: «No tengo dudas sobre la capacidad de querer o educar a un niño de parte de los homosexuales, pero criar a un niño no es suficiente para hacer una filiación. Decir que un niño nace de un padre A y un padre B y no un padre y una madre significa despojarlo voluntariamente y en principio la mitad de su parentesco y su identidad. El problema, por lo tanto, no es el homosexual, sino la «homoparentalidad». En el momento en que una ley aprueba y fomenta estos arreglos genealógicos, el concepto de crianza cambia para todos. Un psicoanalista es demasiado consciente del sufrimiento y la angustia que experimentan quienes tienen que afrontar la falta de un padre o una madre para no preocuparse por las consecuencias lógicas, a largo plazo de la negación de la diferencia sexual del parentesco» (21 de septiembre 2018, Facebook).
Estamos, en definitiva, ante un libro valiente. Sus ideas son extrañas en una sociedad que vive bajo la esclavitud ideológica del género, pero no son estériles. Pueden suscitar en muchos antipatía, oposición e incredulidad pero siempre harán pensar. Y, en último término, gusten o no, son exposición de la verdad científica.
I. Hannah Arendt
El interés que despierta Hannah Arendt es tanto biográfico como filosófico y nadie que se haya acercado a su obra habrá podido pasar por alto su condición de judía y de exiliada.
Es el trágico y tortuoso siglo XX el trasfondo sobre el cual destacan sus aportaciones y su constatación de que la política tiene que ver con ese nosotros común que se perfila en la esfera pública, distinguiéndose de los intereses privados que pervierten el poder. Como explica en esta biografía, ya canónica, su obra es una respuesta a lo que le tocó vivir, desde la experiencia de los totalitarismos a la de la democracia americana.

Young-Bruehl ha estudiado hasta la exhaustividad las fuentes y no obvia ni un solo aspecto de la vida de la pensadora alemana, desde su affaire con Heidegger a las antipatías que suscitaba entre los sionistas. Descubre, junto a la Arendt filósofa de La condición humana, la dimensión más periodística. Se trata, pues, de un complemento para entender a la autora de Los orígenes de los totalitarismos, que presenta la novedad y frescura de su pensamiento, y la fidelidad a la verdad de una mujer que lo único que quiso es “comprender” en profundidad el mundo en que vivía.
II. Nostalgia del soberano
Ya lo sentenció La Boetie: hay una querencia bárbara en el hombre que lo inclina a la servidumbre. Esta es la veta que explota, con acierto, Manuel Arias Maldonado, para sugerir que no hemos dejado de mitificar el pasado democrático y las virtudes de los modelos plebiscitarios. Urge leer esta defensa de la democracia liberal que conjuga la apología de la misma con el rigor crítico y la conciencia de sus limitaciones y deficiencias. De algún modo, es como si Arias mostrara la forma de pensar del ciudadano maduro, la perspectiva más imprescindible hoy.

La alternativa a nuestra mala democracia es un régimen peor, por adaptar la fórmula de Churchill. Ahora, que acabamos de presenciar la parsimonia con que estamos dispuestos a renunciar a la libertad por un poco de seguridad, sin tomar conciencia del nuevo hobbesianismo que se está imponiendo, es preciso mostrar, como indica García-Máiquez en la amplia reseña que hizo de este ensayo, la eficacia de nuestro sistema. Y recordar que no es cierto que el autoritarismo responda mejor a la crisis sanitaria porque la libertad siempre constituye una garantía, como han demostrado estudios recientes.
III. Diez lecciones sobre los clásicos
Hay algo que distancia este libro de Boitani del de Clásicos para la vida, de Nuccio Ordine: el primero no lee las obras clásicas con las anteojeras de nuestras preocupaciones, sino que explica su valor propio. Diez lecciones sobre los clásicos propone un itinerario por la cultura greco-latina que ofrece claves para que los neófitos entiendan sus contribuciones y accedan a los grandes manantiales de belleza y sabiduría humanas que riegan los orígenes de nuestra civilización. Con claridad y un profundo sentido didáctico, el autor italiano descubre los secretos de una cultura todavía no eclipsada por la especialización.

Desde Homero hasta Ovidio, pasando por los presocráticos y los grandes ciclos trágicos, sin olvidar la irrupción de la historia, de la mano de Heródoto y Tucídides, la obra de Boitani, que tiene su origen en un programa radiofónico emitido por la RSI, la Radiotelevisión Suiza en lengua italiana, transmite la pasión por la cultura que legan siempre los auténticos maestros a sus discípulos. Un libro que abre el apetito por conocer de primera mano nuestros tesoros humanísticos. (El próximo número de Nueva Revista ofrecerá un extenso análisis de Diez lecciones sobre los clásicos)
IV. Las dos fuentes de la moral y de la religión
La claridad es la cortesía del filósofo, afirmó Ortega. Si por algo destacó Bergson fue, en efecto, por la belleza y claridad de su prosa, lo que le valió el Premio Nobel de Literatura. Peor tratado ha sido por la historia de la filosofía, que apenas lo recuerda, pese a la poderosa influencia que ejerció entre sus coetáneos y ser uno de los grandes del ensayismo francés. Tal vez ha tenido tan mala fortuna por apartarse de las rigidices académicas y apostar por el valor de lo intuitivo.

Las dos fuentes de la moral y la religión es una obra principal en su trayectoria, que sintetiza sus intuiciones filosóficas y que explica la diferencia entre las sociedades cerradas y las abiertas, así como el papel de quienes encarnan la nobleza del espíritu en la transformación de las primeras. Lo que separa a una de otras es la creatividad. Por otro lado, también aborda la diferencia entre la religión, entendida como un mecanismo social, y la religiosidad cristiana, que enseña el amor por el hombre, por todo hombre, ensanchando el espíritu. Con sus matices, la obra recoge ideas valiosas que ayudan a repensar el papel de la experiencia religiosa en la cultura y la sociedad contemporánea y abre el horizonte que estrechó el secularismo. (La web de Nueva Revista ofrecerá un extenso análisis de Las dos fuentes de la moral y la religión)
El premio Nobel de Economía Douglas North, uno de los padres de la moderna economía institucional, tras estudiar el desarrollo económico de la humanidad durante diez mil años, desde los primeros asentamientos humanos estables hasta la actual revolución tecnológica, llegó a la conclusión de que el conflicto más ubicuo en todas las civilizaciones era el choque entre el autointerés de los gobernantes y la eficiencia social. Desde antes de la entronización arbitraria de los más tiránicos faraones, y mucho después de que se consolidara la elección escrupulosamente democrática de los más respetados gobiernos, un inevitable dilema se ha repetido en toda comunidad humana enfrentada a cualquier reto colectivo, ya fuera construir murallas o levantar barreras al comercio, tejer el estado de bienestar o deshilachar regulaciones. Para que un bien público pueda ser prudentemente financiado y ejecutado, los ciudadanos deben imprudentemente ceder derechos a una autoridad que puede abusar de ellos.
Como nos enseña el llamado Teorema de Imposibilidad, la provisión de un bien colectivo requiere delegar poderes a un gobernante. Y este, en el momento de decidir sobre las características del bien público (sea un ejército o el sistema nacional de salud), goza de una inherente, e imposible de exterminar, tentación para sacar ventaja de su posición, para beneficio suyo y de sus allegados, y a expensas del bienestar social.
Es decir, a ojos de North, y de muchos otros economistas e historiadores, el problema principal al que se enfrenta cualquier sociedad es cómo controlar a sus gobernantes. Pero, a nuestros ojos, no. Con las gafas ideológicas siempre puestas, el problema solemos verlo en el gobierno de nuestros adversarios políticos. A ellos sí que hay que atarles las manos, pero, a los de nuestro bando, todo lo contrario: permitamos que, «para saldar deudas históricas» o «por justicia social», «democraticen» las instituciones públicas al llegar al poder.
El control de los gobernantes es también un gran problema en el sector privado. Muchos de los excesos del «capitalismo rentista» que denuncia Martin Wolf desde el Financial Times son el resultado de unos ejecutivos que han puesto sus intereses por encima de los de sus accionistas y, por supuesto, de la sociedad.
Nuestra administración moderna es deudora del modelo instaurado por Napoleón. Esa contradicción entre unos controles administrativos pensados para servir a un autócrata, sirviendo ahora a gobiernos democráticos, está en el fondo de muchos de nuestros problemas de gobernanza
¿Cómo se consigue un control efectivo de los gobernantes? Ni para organizaciones privadas ni para las administraciones públicas existe una receta mágica para prevenir que los gobernantes abusen del poder. Existen varias soluciones que, como dicta el famoso dicho, son fáciles, sencillas y erróneas. Soluciones que seducen por su simplicidad, pero que no conllevan un mejor control de la actividad pública. En esta repasaremos dos que, con especial fuerza, han arraigado en nuestra tradición nacional: la (hiper)regulación de la actividad pública y la funcionarización del empleo público. Y, en contraposición, presentaremos las virtudes de las dos soluciones que, en el contexto comparado, muestran unos efectos más significativos sobre el buen gobierno: la profesionalización de la gestión pública (con directivos actuando de parapeto, y de conexión, entre políticos y empleados públicos) y una prensa auténticamente libre de presiones.
EL CONTROL DE LOS GOBERNANTES EN ESPAÑA
En una palabra, nuestros controles a las acciones gubernamentales son, fundamentalmente, legalistas. No es una anomalía en nuestro contexto europeo más inmediato. Como Italia o Portugal, pertenecemos a la tradición administrativa napoleónica. Aunque ya iniciáramos el «copia y pega» de instituciones francesas en la época borbónica, nuestra administración moderna es deudora del modelo instaurado por Napoleón, un formato de control diseñado para sistemas autoritarios, pero que ha mutado, produciendo a menudo chirridos, para adaptarse a un entorno democrático.
Esa contradicción entre unos controles administrativos, pensados para servir a un autócrata, sirviendo ahora a gobiernos democráticos está en el fondo de muchos de nuestros problemas de gobernanza. No se trata de romper con la tradición heredada, de hacer tabla rasa. Pero sí de ser conscientes de que algunas medidas que se nos presentan como soluciones al problema de cómo controlar a los gobiernos son reflejos de esa añeja visión de la administración.
Nuestros controles son fundamentalmente jurídicos. La labor de control está delegada a órganos jurídicos, tribunales en el sistema judicial destinados exclusivamente al control de la acción administrativa (al contrario de lo que ocurre en, por ejemplo, los países anglosajones), y cuerpos de interventores, que velan por la legalidad de la acción pública sobre el terreno. Así consolidó Napoleón una férrea disciplina en su ejército y, en la esfera civil, así París apuntaló su poder sobre el territorio.
Es un sistema de control óptimo para el contexto…del siglo XIX, donde las comunicaciones eran difíciles y la única manera de obtener información fiable era a través de personas jurídicas, y, donde las políticas a implementar eran de una complejidad limitada. Prestando sofisticadas políticas de bienestar, con presupuestos públicos que quintuplican, en peso relativo sobre el PIB, los existentes en el siglo XIX, donde apenas una de cada diez pesetas se destinaba al erario público, este modelo de control jurídico queda desfasado. Muchas decisiones, desde dónde construir la estación del AVE a qué beca de investigación otorgar, pueden ser impecablemente legales y, al tiempo, poco éticas cuando no inmorales. El control de lo público debe acomodarse a los tiempos del Estado de bienestar.
Muchas decisiones, desde dónde construir la estación del AVE a qué beca de investigación otorgar, pueden ser impecablemente legales y, al tiempo, poco éticas cuando no inmorales. El control de lo público debe acomodarse a los tiempos del Estado de bienestar
DEL CONTROL LEGAL AL CONTROL REAL
La experiencia internacional de los países que mejor puntúan en las comparativas sobre control al gobierno nos indica que, por necesarios que sean los controles jurídicos en determinados aspectos, se deben complementar con controles de gestión. En particular, se debe empoderar a las personas con capacidad (como los empleados públicos) o con incentivos (como los periodistas) para monitorizar la actividad pública en todas las dimensiones, más allá de la concordancia, o no, con la ley.
Aquellos países que, como los países nórdicos, Holanda, Canadá, Australia o Nueza Zelanda, aparecen como los que mejor controlan los abusos de la cosa pública —sin eliminarlos del todo; eso es utópico—, minimizándolos, lo hacen gracias a potenciar el rol, y liberar las cadenas, de dos tipos de agentes. En primer lugar, los subordinados de los políticos electos: los empleados públicos y, en especial, quienes ocupan los puestos directivos tanto en administraciones como en entes autónomos y empresas públicas. Y, en segundo lugar, los periodistas: personas que, desde fuera de la administración, tienen sin embargo los incentivos para controlar la administración pública. Las democracias que fortalecen el poder de estos dos tipos de agentes —evitando que los gobernantes coarten su labor fiscalizadora, mediante nombramientos de altos cargos, publicidad institucional en prensa o cualquier otra fórmula de intimidación— presentan mejores resultados en cualquier indicador de gobernanza.
RECUPERAR LA GESTIÓN PÚBLICA
La gestión pública ha sido, históricamente, la gran ausente de los debates constitucionales. De las disquisiciones sobre la separación de poderes —en ejecutivo, legislativo y judicial (sin la administración)— de Montesquieu a la ingeniería institucional de pesos y contrapesos desarrollada por los padres fundadores de EE.UU., la gestión de la administración pública quedaba al margen. Se suponía que el Ejecutivo se encargaría de ella lo mejor posible.
El menosprecio de la administración pública en las discusiones constitucionales tenía una justificación entonces. Las burocracias del momento eran objetivamente diminutas. El sector público norteamericano, que emplea en la actualidad a millones de personas, tenía, cuando el país se independizó, menos de 800 personas en plantilla. Y todo el Departamento de Estado norteamericano, que emplea hoy a cientos de miles de personas, tanto en Washington como en todos los rincones del planeta, cabía en dos despachos, con siete empleados a tiempo completo.
El sector público norteamericano, que emplea en la actualidad a millones de personas, tenía, cuando el país se independizó, menos de 800 personas en plantilla
Pero ignorar la organización administrativa no tiene sentido en la actualidad. Y, sin embargo, para empezar, los estudiosos del buen gobierno han tardado mucho tiempo en incorporar el diseño de las burocracias entre los mecanismos de control de la cosa pública. Los científicos sociales han puesto tradicionalmente el acento en las instituciones de toma de decisiones políticas. Por ejemplo, ¿cómo podemos organizar el Parlamento para controlar mejor a los políticos? ¿Quizás seleccionando a sus señorías a través de un sistema electoral mayoritario en lugar de proporcional? Sin embargo, los estudios comparando instituciones de toma de decisión encuentran efectos muy limitados sobre el buen gobierno, a no ser que sea con definiciones vagas, como «sistemas abiertos» o «democracias inclusivas».
Así, el superventas Por qué fracasan las naciones, de Daron Acemoglu y James Robinson, dedica detallados párrafos al comportamiento del dictador egipcio Hosni Mubarak tomando decisiones concretas que le favorecían a él y a su familia, y, sin embargo, no dedican ni una frase a discutir el comportamiento de los más de cinco millones de empleados públicos que la administración egipcia tiene. ¿De verdad es posible que todos los problemas de gobernanza en Egipto derivaran de las acciones de un individuo, por mucho que fuera el responsable máximo, de una organización de millones de personas? ¿No era relevante el sistema de incentivos de esos millones de empleados? Podríamos hacer el siguiente ejercicio mental. Si ponemos a Mubarak, y a todo su gobierno, al frente de la administración danesa y a la primera ministra danesa, y a todo su gabinete, al frente de la egipcia, ¿qué país prestaría las mejores políticas públicas? Pues, seguramente, Dinamarca.
Durante los últimos años ha proliferado una línea de investigación en ciencias sociales que pone el acento en ese papel de la administración, en el diseño de las instituciones de implementación de las políticas públicas. Sin embargo, no es fácil determinar cuál es el esquema administrativo correcto. En particular, y desde el inicio de los estudios de administración pública, han convivido dos corrientes de pensamiento opuestas. Por un lado, quienes consideran que los empleados públicos en una democracia deben responder a los intereses de sus superiores políticos sin ambages, de forma parecida a la línea de mando jerárquica imperante en organizaciones del sector privado. El gran teórico de esta propuesta, Herman Finer, solicitaba una «relación de obediencia» entre los empleados públicos y los políticos. Los funcionarios, en una democracia, no son más que los «nervios y tendones» del Leviatán, los brazos ejecutores de los deseos de los políticos electos.
Pero, frente a esta visión comenzó a surgir otra que demandaba exactamente lo opuesto: la autonomía de los empleados públicos como garantía para preservar el bien común. Su principal valedor, Carl Friedrich, consideraba que los empleados públicos debían responder, fundamentalmente, a su colectivo profesional —ya fueran abogados, médicos, profesores o personal sanitario—, porque esta es la mejor fórmula para evitar connivencias con sus superiores políticos. Según este enfoque, la independencia política protege la motivación intrínseca de los empleados públicos.
LA IMPORTANCIA DE LA MERITOCRACIA
Es de esta corriente de pensamiento de la que surge el primer mecanismo para mejorar el control de los gobiernos: la consagración en las administraciones de un personal profesionalmente autónomo de sus dirigentes políticos. Es un mecanismo que había sido ya detectado precozmente por pioneros observadores de la cosa pública, tan variopintos como el Max Weber que analizaba la estoica administración prusiana y el Woodrow Wilson que exploraba la construcción de la primera administración democrática del mundo, la norteamericana. De acuerdo a estos autores, sin los contrapesos de una fuerza laboral independiente de los vaivenes políticos, sería imposible evitar que los políticos se apropiaran de lo público para su beneficio privado. Pero es un mecanismo que, hasta hace muy poco tiempo, no ha sido contrastado empíricamente.
Ahora contamos con numerosos estudios que confirman la hipótesis de que una fuerza laboral políticamente autónoma proporciona la mejor gobernanza posible. En particular, aquellos países donde los empleados públicos desarrollan su carrera en función de sus méritos profesionales y no gracias a sus vínculos políticos, tienen, entre otras ventajas, niveles más altos de crecimiento económico, menores niveles de pobreza, menor corrupción, administraciones más efectivas, y menor malgasto de recursos públicos. Además —y esto es interesante para todos aquellos que creen que solo una administración que responda directamente a los deseos de los políticos puede reformarse—, las administraciones cuyo personal depende menos de sus superiores políticos tiene una mayor capacidad para poner en marcha reformas. Porque, si tu jefe cambia con cada cambio de gobierno, o incluso de ministro, tienes poco interés en desarrollar proyectos a largo plazo.
En particular, y tal y como resumen Carl Dahlström y Victor Lapuente en Organizando el Leviatán (2018), los mayores niveles de calidad de gobierno se alcanzan en aquellos países donde los gobernantes rinden cuentas directamente a los ciudadanos, mediante elecciones regulares y libres, y donde, al mismo tiempo, los empleados públicos no rinden cuentas directamente a los políticos. Porque, cuando políticos y empleados públicos responden a «jefes» distintos —unos a los electores y los otros a sus colegas de profesión—, desarrollan un interés en controlarse mutuamente. No es por tanto que la meritocracia lleve a tener mejores profesionales en el sector público. Al menos, no necesariamente. Lo que hace la meritocracia es insertar a personas con intereses distintos a los de los políticos y que, por tanto, denunciarán los comportamientos inapropiados de sus supervisores.
Contamos con numerosos estudios que confirman la hipótesis de que una fuerza
laboral políticamente autónoma proporciona la mejor gobernanza posible
Y, muy importante, el control se produce también en la dirección inversa. Políticos que no tienen ligazón profesional con los empleados públicos son más libres para advertir los comportamientos poco éticos. Sin embargo, a pesar de esta evidencia, las burocracias autónomas siguen viéndose, en palabras del experto Johan Olsen, como «dinosaurios organizacionales», o, en terminología del presidente de EE.UU. Donald Trump, como un «Estado profundo» (Deep state) que conspira contra la voluntad democrática.
Estudios a nivel subestatal —por ejemplo, comparando la calidad de gobierno de docenas de regiones europeas— encuentran el mismo patrón. La meritocracia determina la capacidad para controlar a los gobiernos. Y eso es importante porque esa capacidad varía enormemente en Europa, tal y como nos enseña la figura 1, que recoge los valores del European Quality of Government Index (EQI) elaborado por el Quality of Government (QoG) y la Comisión Europa cada tres años. Este índice recoge las percepciones ciudadanas —una manera incompleta, pero la única disponible para hacer comparaciones, porque todavía no tenemos indicadores objetivos de estos aspectos— sobre la calidad de las instituciones públicas en una región. En particular, se mide las percepciones de calidad de los servicios prestados en ese territorio, con independencia de si el prestador es una administración nacional, regional o local, así como las percepciones de imparcialidad y de corrupción.
Si tu jefe cambia con cada cambio de gobierno, o incluso de ministro, tienes poco interés en desarrollar proyectos a largo plazo
La fotografía que nos ofrecen estos datos es de una notable variabilidad. En particular, las regiones de los países de la Europa occidental, de la «vieja Europa» o de los miembros más veteranos de la Unión Europa, presentan unos niveles de calidad de gobierno ostensiblemente más elevados que los de las regiones de la Europa oriental, de la «nueva Europa» o de los países que se incorporaron a la UE tras la caída de sus regímenes comunistas. Las excepciones son Italia —o, para ser más precisos, las regiones del sur y centro de Italia— y Grecia, cuyas regiones, en calidad de gobierno, se asemejan más a las de las regiones de la Europa excomunista que a las de las regiones occidentales. Pero, aunque las diferencias entre el oeste y el este de Europa resulten visibles, las divergencias entre países dentro de esos grandes bloques no lo son. Existen diferencias dentro de los países, por ejemplo, en Francia, Bélgica, Rumanía o España, que son más importantes que las diferencias entre esos países y sus vecinos. Y, en relación a España, vemos que un ciudadano del País Vasco disfruta de unas instituciones percibidas con la misma calidad que las de un ciudadano de Limousin (Francia), Yorkshire (Reino Unido) u otras regiones por encima de la media de la UE, mientras que un ciudadano que vive en las comunidades autónomas de Madrid, o en Cataluña, percibe una calidad institucional por debajo de la media europea, y similar a la de un estonio o esloveno.
Figura 1. Las percepciones de calidad de gobierno en las regiones de la UE, 2017.

Y, como vemos en el gráfico 1, aquellas regiones donde los empleados públicos son capaces de desarrollar una carrera en la administración pública más en base a sus méritos que a sus conexiones políticas, puntúan más alto en calidad de gobierno. El gráfico pone en relación el indicador de calidad de gobierno mostrado en el mapa anterior y el valor medio en cada región de la pregunta a empleados públicos sobre hasta qué punto consideran que, para tener una carrera exitosa en el sector público, importan más los méritos profesionales del candidato o, por el contrario, sus contactos políticos.
Gráfico 1. Meritocracia y calidad de gobierno en regiones europeas

De nuevo, el gráfico muestra una notable variación entre las comunidades autónomas españolas. Y, sin embargo, vemos que, en prácticamente todas, hay mucho margen de mejora. En el sector público español demasiados puestos se deciden en función de criterios políticos y ello limita la capacidad para controlar a nuestros gobernantes. A diferencia de lo que ocurre en los países con mejores mecanismos de control, en España no es simplemente que los gobernantes tengan muchos asesores de libre designación, o que nombren a los responsables de Correos, Paradores o RTVE, sino que, para tener una carrera exitosa en la administración pública, las conexiones políticas cuentan relativamente bastante.
Muchos medios privados reciben financiación encubierta en forma de publicidad institucional, lo que puede afectar a su capacidad de interrogar apropiadamente a un gobierno
EL PAPEL DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN
El segundo control relevante de los gobernantes son los medios de comunicación. En primer lugar, importa la cantidad de medios y, sobre todo, de medios escritos. Uno de
los factores más correlacionados con el buen gobierno son los hábitos de lectura de periódicos de los ciudadanos de un país. Aquellos lugares donde, como sucede en Suecia o Japón, los ciudadanos leen el periódico con regularidad, los excesos en la cosa pública son más limitados. Es obvio. Ciudadanos bien informados controlan mejor a sus gobiernos.
Pero también importa la calidad de los medios de comunicación. En particular, la sensación de que los medios informan de forma neutral (de nuevo capturada a través de encuestas) es significativamente más elevada en aquellos lugares, países o regiones, con mejor calidad de gobierno. Los indicadores internacionales de libertad de prensa también guardan una estrechísima relación con el buen gobierno. Porque solo los periodistas que se sienten libres tendrán incentivos para monitorizar la actividad pública.
Y en España tenemos también margen de mejora en este aspecto. Primero, los medios de comunicación públicos dependen de los gobiernos de turno, en lugar de estar gestionados por profesionales. En segundo lugar, muchos medios privados reciben financiación encubierta en forma de publicidad institucional, lo que puede afectar a su capacidad de interrogar apropiadamente a un gobierno. Y, tercero, los periodistas no disfrutan de una ley de acceso a la información comparable a la de los países más avanzados. Nuestra ley de transparencia, en vez de garantizar un acceso directo a cualquier informe público (excepto asuntos de extrema sensibilidad, como política exterior o antiterrorista), ofrece un proceloso sistema, lleno, además, de excepciones.
Teniendo todo esto en cuenta, podemos concluir que el control de los gobernantes en España, sin ser tan mediocre como el de otros países del sur de Europa, como Italia y Grecia, dista mucho de los países líderes de calidad institucional. Las reformas para asemejarnos a ellos no son fáciles, pero se pueden llevar a cabo con voluntad política.
Algunos partidos, de hecho, han propuesto tanto una mayor despolitización de la carrera administrativa como facilitar el acceso a la información pública. Eso sí, al llegar al gobierno (nacional, autonómico o local), misteriosamente se les olvida.
REFERENCIAS
Charron, Nicholas, Lewis Dijkstra y Víctor Lapuente. 2015. «Mapping the Regional Divide in Europe: A Measure for Assessing Quality of Government in 206 European Regions». Social Indicators Research. vol 122 (2): 315-346.
Charron, Nicholas, Lapuente, Víctor, y Annoni, Paola. (2019). Measuring quality of government in EU regions across space and time. Papers in Regional Science.