Mi cesta

Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.

Ver productos

Oficinas de Transferencia: misión cumplida

Con el acrónimo OTRI (Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación) solemos referirnos de forma genérica a las estructuras de interfaz existentes en las universidades y entidades de I+D cuyo papel es, por un lado, apoyar a los investigadores en la gestión del conocimiento que generan y, por otro, facilitar su transferencia a los agentes socioeconómicos. Es decir, realizan un papel dinamizador en el ámbito de las instituciones de su entorno que las posiciona como agentes dentro del proceso innovador.

Los elementos que definen el contexto histórico y político en que el operan estas unidades son conocidos. Los modelos interactivos de los años setenta, aunque sitúan el proceso innovador en la empresa, identifican las diversas trayectorias de retroalimentación que se producen entre la investigación, el conocimiento existente y los mecanismos generadores de innovación de las propias empresas, conectando con el concepto de innovación abierta que asume que estas pueden y deben servirse de las ideas innovadoras obtenidas por otros agentes.

A su vez, los modelos surgidos en los años noventa se fundamentan en la interacción entre la universidad, la empresa y la Administración para la generación de innovación (la metáfora de la triple hélice). Estos confieren un peso determinante al trabajo en red y las dinámicas colaborativas, a través de los cuales cada uno de los agentes aporta su disposición a la evolución en sus roles esenciales, lo que conduce a una cierta hibridación de los mismos en tanto que cada uno adopta características de los otros dos.

En este proceso de transformación, las universidades, además de cumplir con sus funciones docente e investigadora —con criterios de calidad cada vez más exigentes—, desarrollan un nuevo rol «emprendedor» asumiendo actuaciones como la contratación con terceros —empresas y administración fundamentalmente— de las capacidades científicas y técnicas de sus investigadores, o la comercialización de los resultados de su actividad de I+D, que constituyen en sí mismas una revolución cultural actualmente en curso y de dimensiones no siempre bien ponderadas. La universidad adquiere así una importancia clave dentro del proceso innovador, asumiendo como retos la búsqueda de una mayor vinculación con las tendencias y exigencias de las empresas y un compromiso con las orientaciones que marca la Administración.

Los citados modelos interactivos del proceso de innovación dan lugar igualmente al concepto de «sistema de innovación»:la innovación como proceso dinámico y social fundamentado en la interacción entre diversos agentes y que es posible orientar y controlar por el Estado. Un sistema implica, por tanto, unos actores y las relaciones que se producen entre ellos que, además, se desarrollan dentro de un marco legal, social y económico determinado y determinante. Sin embargo, las mencionadas relaciones no siempre se producen de forma natural, sino que deben ser incentivadas o facilitadas mediante diversos mecanismos, entre los que se encuentran las estructuras de interfaz.

Los modelos surgidos en los años noventa se fundamentan en la interacción entre la universidad, la empresa y la Administración para la generación de innovación

SU ORIGEN Y SU PAPEL

En nuestro país, puede afirmarse que sus unidades de interfaz, las OTRI, nacen con el propio sistema español de innovación, cuyo punto de partida es la Ley de la Ciencia de 1986 —la conocida Ley 13/86 de Fomento y Coordinación General de la Investigación Científica y Técnica—, base sobre la que se articula nuestro actual sistema de ciencia, tecnología e innovación, y que buscaba como principal objetivo impulsar la actividad investigadora. Este incipiente sistema se dotó del I Plan Nacional de I+D 1988-1991 como principal instrumento de política científica y tecnológica, marco en el que se crean e impulsan las OTRI.

La misión que se encomienda a estas es la de actuar de dinamizadoras de las relaciones entre el entorno científico —integrado por las universidades, tanto públicas como privadas, y el resto de organismos públicos de investigación— y el entorno productivo; surgen, por tanto, como estructuras de interfaz cuyo principal objetivo es llevar a cabo una actividad mediadora entre las organizaciones, lo que les confiere un eminente papel negociador, armonizando a través de su esfuerzo de interacción los objetivos de tan diversos actores, resolviendo puntos de diferencia y diseñando escenarios y resultados que satisfagan o mejoren intereses, situaciones o conflictos.

Desde un principio, las OTRI asumen este rol negociador desde una doble perspectiva: en primer lugar interna, ya que hubo que obtener la confianza del propio entorno científico, que en España había estado muy alejado de la transferencia de conocimiento, dando servicio a los investigadores en todo tipo de actuaciones relacionadas con gestión de la I+D en el sentido más amplio del término. Y en segundo lugar, extramuros, avanzando en la construcción de la relación con el entorno social y económico que, en España y hasta ese momento, no contaba con la innovación como elemento estratégico propio, siendo además un tanto escéptico con la posible sincronía de intereses con el sector científico.

PROFESIONALIZACIÓN DE LA FUNCIÓN DE TRANSFERENCIA

Para atender esta misión, las OTRI tuvieron que contar necesariamente con personal altamente formado y con competencias transversales en diferentes disciplinas científicas, legales, administrativas y, cómo no, comerciales, que les posibilitaran abordar tanto el proceso de valorización de resultados como los diferentes escenarios de negociación presentes en la transferencia de conocimiento.

En consonancia con el incremento de la actividad investigadora de las universidades, las OTRI adquieren un peso cada vez más relevante

Aquí se hace necesario destacar un aspecto esencial, y por lo general no suficientemente abordado, para explicar la evolución y el papel de las OTRI en nuestro país: sus recursos humanos. En un primer momento, las instituciones incorporaron bien personal de otros servicios, bien contratados externos, cuya característica común era su escaso bagaje técnico o experiencia en el campo de la transferencia de conocimiento o la gestión de la I+D. Tampoco existía una formación reglada que facilitara su formación profesional.

Para apoyar el arranque y funcionamiento de las OTRI, desde la Administración se implementaron dos mecanismos: en primer lugar, la asignación de subvenciones anuales directas por la creación de estas unidades y, en segundo lugar, la puesta a disposición de las mismas de servicios de asesoramiento, orientación y capacitación desde una unidad central creada ad hoc: la Oficina de Transferencia de Tecnología (OTT). Con la primera se facilitó la contratación de personal con cargo a estas unidades. Con la segunda se les empezó a dotar de técnicas y herramientas para desempeñar su función. A esto último contribuyeron especialmente las actividades formativas y de dinamización organizadas por la OTT y que permitió la interacción de los primeros profesionales incorporados a las oficinas, intercambiando experiencias, prácticas y consejos sobre las diferentes facetas técnicas que comenzaban a ser abordadas.

En este contexto, se produjo un fenómeno de aprendizaje básicamente autodidacta, en el que el conocimiento adquirido era sistemáticamente transmitido de forma colaborativa entre los primeros profesionales incorporados a las OTRI. Puede afirmarse que al calor de estas relaciones profesionales y personales nace en 1997 la red de las OTRI universitarias: RedOTRI-Universidades.

No resulta extraño que uno de sus objetivos centrales fuera el desarrollo y asentamiento de las Oficinas, incluyendo la capacitación profesional de sus plantillas, aspecto sobre el que incidiremos más adelante.

Por tanto, el principal reto de partida que tuvieron que afrontar las OTRI, y que normalmente pasa desapercibido en los análisis que hasta la fecha se han realizado, no fue otro que el de conformar equipos capaces de acometer las funciones encomendadas, como la identificación del conocimiento con potencial innovador para elaborar lo que ahora llamamos «la oferta de I+D» —integrada por los resultados y por las capacidades de sus grupos de investigación—; y desarrollar e implementar un proceso de valorización de los mismos y la posterior negociación de los contratos que posibilitaran su transferencia. También otro reto de enorme importancia estratégica para España ya en aquellos momentos fue el de fomentar la participación de los investigadores en los programas europeos de I+D, dando además apoyo en la elaboración de propuestas y la gestión de las mismas.

Su despliegue se produjo en dos frentes en paralelo: en primer término en el ámbito interno, con los actores de la propia institución, invirtiendo tiempo y solvencia profesional para ganar espacios de confianza con la comunidad investigadora y los propios órganos de gobierno. El segundo, de puertas afuera, con el sector productivo, ejerciendo de interlocutores en negociaciones de una gran variedad de acuerdos —desde contratos de licencia a contratación de I+D—, aprendiendo a diseñar estrategias de negociación y ayudando a tender puentes entre la academia y la empresa y viceversa, papel en el que las OTRI han sido gradualmente aceptadas con el tiempo.

EVOLUCIÓN EN EL SISTEMA NACIONAL DE INNOVACIÓN

El sistema nacional de innovación se desarrolló durante la última década del siglo pasado y la primera del presente, incrementándose el número y la variedad de actores —centros tecnológicos, centros públicos de I+D de ámbito regional, parques científicos y tecnológicos, centros de investigación sanitaria ligados a hospitales, etc.—, con un esfuerzo en I+D creciente —el gasto en I+D respecto al PIB pasó del 0,85% de finales de los años ochenta al 1,4% en 2010—. En consecuencia hubo una constante incorporación de recursos humanos en I+D a los distintos organismos —hasta alcanzar en 2010 las 222.022 personas empleadas medidas en EJC (Equivalencia a Jornada Completa)— y un gasto empresarial creciente, que alcanza su máximo en 2007 con un 55,9% del total nacional. La apuesta por la investigación lleva a España a ocupar puestos de relevancia a nivel internacional en cuanto a producción científica, generando alrededor del 3% del total mundial y situándose en 2010 como novena potencia.

Durante esta fase expansiva de nuestro sistema de innovación, se adoptan dos medidas reseñables que afectan a las OTRI. En primer lugar, el ministerio de turno crea en 1996 un registro oficial de OTRI, con la intención de catalogar las estructuras que realizan la función de apoyo a la transferencia de tecnología en todo tipo de entidades de los entornos científico y tecnológico. Como curiosidad, cabe mencionar que en los años siguientes y hasta la actualidad, se produce una cierta confusión terminológica con el término «OTRI»—a cuyo uso renuncian algunas entidades pese a figurar en el mencionado registro— para referirse a estas unidades, sustituyéndolo por otros acrónimos o «marcas» propios, al mismo tiempo que se utiliza como denominación genérica para identificar tanto la función de apoyo a la transferencia como la unidad encargada de la misma.

En segundo lugar, en 1996 la Administración pone a disposición de las OTRI ayudas económicas para hacer frente a sus gastos de personal y funcionamiento. Este apoyo directo, implementado a través de convocatorias públicas competitivas —que estuvieron vigentes hasta 2011 con distintas denominaciones como Planes de Actuación Base (PAB), Líneas de Actuación Complementarias (LAC) o Planes Estratégicos de Transferencia (PETRA)— fueron de gran importancia para el refuerzo de las plantillas de las oficinas y su progresiva consolidación en las instituciones universitarias. Estas ayudas se complementan a partir de 2003 con las del programa de técnicos de apoyo, que incluyó una modalidad para la contratación de perfiles profesionales de gestión de la I+D y la transferencia de conocimiento. Se estima que durante su periodo de vigencia entre un 30% y un 40% de los presupuestos de la OTRI estaban soportados por estas fuentes de financiación.

En consonancia con el incremento de la actividad investigadora de las universidades, las OTRI adquieren un peso cada vez más relevante. Junto con los progresos en la definición y el desempeño sus funciones originales, gradualmente adquieren nuevas competencias, dependiendo de cada institución, entre ellas la promoción de las actividades de explotación del conocimiento mediante la creación de spin-off; la gestión de las cátedras universidad-empresa; actividades de formación continua o la intervención en la gestión de los parques científicos. Además, las OTRI contribuyen a la definición y adopción por parte de sus instituciones de una normativa interna reguladora de la actividad de transferencia de conocimiento, como reglamentos sobre comunicación, propiedad y explotación de la I+D generada, normativas sobre creación de empresas y actividad contratada con terceros, etc.

LA ACTIVIDAD DE LAS OTRI EN CIFRAS

Algunos indicadores de actividad de las OTRI alcanzan sus máximos registros en el ejercicio 2008, como la I+D realizada bajo contrato para terceros, que asciende a cerca de 670 millones de euros, incluyendo la prestación de servicios y apoyo técnico. Con la llegada de la recesión económica, estos volúmenes de actividad decrecen, situándose en torno a los 570 millones de euros en 2016.

El número de comunicaciones de invención crece hasta 2010, superando en ese año las 1.300 para el conjunto de todas las universidades españolas. En ese mismo periodo, se gestionaron casi 700 solicitudes de patente y 400 extensiones PCT (Tratado de Cooperación de Patentes). Estas cifras entran en retroceso a partir de este año, viéndose reducidas en 2016 un 15% las disclosures, un 20% las patentes solicitadas y un 35% las extensiones internacionales.

Otros indicadores de actividad, como los proyectos de I+D colaborativa —en los que los grupos de investigación de universidades y empresas trabajan conjuntamente aportando recursos y compartiendo riesgos y resultados— se mantienen en volúmenes anuales de entre 140 y 180 millones de euros desde 2008 hasta ejercicios recientes. Algo similar ocurre con las empresas spin-off creadas en el entorno universitario y basadas en el conocimiento generado por sus grupos de investigación, aunque con un comportamiento más errático en el mismo periodo de tiempo, oscilando en un intervalo de entre 100 y 130 empresas creadas por año.

Por el contrario, el número de licencias firmadas ha experimentado una tendencia creciente hasta nuestros días, pasando de algo más de 150 en 2008 a las más de 350 de 2016, aunque este incremento no se ha visto acompañado por unos retornos por licencias proporcionales, estabilizándose en los 2,5 millones de euros anuales hasta 2016, año en que excepcionalmente el importe llega a los 3,8 millones.

Durante la mencionada fase expansiva de nuestro sistema de innovación, las OTRI universitarias desarrollan una intensa actividad corporativa. En 2004 RedOTRI-Universidades se dota de una estructura de apoyo, ubicada en la Conferencia de Rectores de las Universidades españolas (CRUE), que, de algún modo, viene a dar continuidad a algunas de las actuaciones que realizaba la OTT desde una perspectiva de servicio público. RedOTRI se constituye en proveedor de servicios de capacitación y fomento de buenas prácticas profesionales no solo para las OTRI de universidades, sino también para las oficinas de los organismos públicos de investigación y otras entidades del entorno científico, principalmente centros de investigación sanitaria, que adquieren el estatus de asociados a la misma. Entre sus actividades figuran la elaboración de una encuesta e informe de indicadores de transferencia de conocimiento anuales; la celebración de una jornada anual; la elaboración de documentación técnica de apoyo sobre temáticas profesionales; y el despliegue de una intensa colaboración con otras redes internacionales. Sin duda, una de las actuaciones de referencia de RedOTRI fueron sus planes formativos anuales, vigentes como tales en el periodo 2004-2013, que permitieron la organización de más de cien acciones formativas de variada naturaleza —cursos presenciales y on-line, jornadas técnicas, etc.— sobre las distintas áreas de interés de los profesionales de las OTRI.

Las OTRI también han sido, y siguen siendo, una cantera de profesionales de transferencia de conocimiento no suficientemente evaluada ni valorada

MEDIACIÓN Y NEGOCIACIÓN: EJES ESTRATÉGICOS

Las OTRI cobran su valor estratégico al ser capaces de desarrollar metodologías que permitieran integrar producción científica y valorización de resultados como parte de un proceso generador de recursos, y desarrollar rutas de transferencia hacia el sistema productivo. (Entendiendo por resultados tanto derechos de propiedad intelectual e industrial como capacidades, consistentes en la experiencia de una línea de investigación con posibilidades de aplicación comercial).

Las OTRI tuvieron que hacer una labor de sensibilización entre la comunidad científica de sus instituciones, para que el término transferencia fuera conocido y aceptado. Se negociaron y establecieron rutas de colaboración para obtener una oferta tecnológica atractiva para el sector productivo, conformada con aquellos resultados de interés para la transferencia, que debían reunir en principio cuatro elementos: que su titularidad se pueda asignar a la universidad o al organismo público de investigación, lo que confiere derechos económicos; que sea de interés como elemento innovador tecnológico; que la universidad tenga disposición para la explotación por sí misma y/o la transmisión para la explotación por terceros, y finalmente, que fuera de interés para el mercado: para la satisfacción de demandas sociales y/o económicas.

La negociación de estos acuerdos ha sido parte esencial de la función dinamizadora. Se trata de un proceso complejo que exige una especial preparación de los actores que, como decíamos, han debido de prepararse en una formación transversal para ser aceptados, tanto interna como externamente, como interlocutores válidos en la mesa de negociación. Las OTRI han tenido que posicionarse en el proceso negociador identificando sus propios valores, ponderando el conflicto de interés como un elemento frecuentemente presente, ya que su trabajo es, en sí, una mediación entre los intereses de la propia institución, los de los investigadores y los del sector productivo. Para propiciar la consecución del mejor acuerdo posible para todas las partes, las OTRI desarrollaron su papel mediador asumiendo no ser parte implicada con interés propio y por tanto siendo imparcial, adoptando una perspectiva profesional según la encomienda de su institución, observando las reglas del juego (protocolos, confidencialidad, etc.)

A partir de 2010 el sistema de innovación español entra en una fase de contracción, ligada a la crisis económica, caracterizada por la austeridad presupuestaria de las políticas públicas y la desaceleración de las inversiones ejecutadas por los agentes del mismo. El gasto en I+D respecto al PIB en 2017 es del 1,2%, situándose a niveles de una década atrás, y la partida para I+D+i de los Presupuestos Generales del Estado pasa de 9,7 mil millones de euros en 2009 a los 7,7 en 2019. En este nuevo contexto, en el que desaparecen los programas públicos de ayudas a las OTRI, se producen además algunos cambios estructurales que afectan a su papel.

Cabe apuntar que el colectivo de profesionales dedicados a la transferencia de conocimiento y la gestión de la I+D en las universidades, al igual que en otras instituciones, no ha sido debidamente cuantificado. Desde sus inicios las OTRI se han caracterizado por su heterogeneidad en tamaño, presupuesto, incardinación institucional e incluso en naturaleza jurídica. Además, han coexistido con otras unidades o servicios de las propias universidades, como las oficinas de proyectos europeos, las unidades de gestión de la investigación, las unidades promotoras del emprendimiento, las gestoras de parques científicos, las fundaciones universidad-empresa, las oficinas ligadas a institutos de investigación o incluso gestores asociados a grupos de investigación concretos, lo que hace complicada su cuantificación y catalogación. Muchas de estas estructuras son servicios en los que el papel inicialmente encomendado a las OTRI ha experimentado, por diversas causas, una diversificación operativa. Según datos de la propia RedOTRI, en 2016 existían en las universidades españolas, un total de 1.044 gestores de I+D y 898 profesionales de transferencia de conocimiento medidos en equivalente a dedicación plena. Como ejemplo de esta complejidad, en estos datos se incluye el personal de las unidades de cultura científica, a los que se vincula con un papel en el proceso de comercialización de la I+D universitaria.

Esta proliferación de estructuras se ha venido acentuando en los últimos diez años, no siempre siguiendo estrategias bien definidas a nivel institucional. Pese a estas carencias de datos, es perfectamente notorio el desplazamiento de gran parte de estos recursos humanos desde tareas de transferencia de conocimiento hacia otras de gestión administrativa o presupuestaria de proyectos subvencionados, justificado por el notable incremento de la carga burocrática introducida por la Administración en todo tipo de convocatorias públicas.

LAS OTRI UNIVERSITARIAS EN PERSPECTIVA

Con la perspectiva que dan las más de tres décadas transcurridas desde la entrada en escena de las OTRI, sería un error analizar su papel atendiendo solo a un acrónimo. En realidad, cuando se habla de «las OTRI» normalmente nos estamos refiriendo al colectivo de profesionales que, desde diferentes servicios o estructuras universitarias han tenido encomendadas las tareas de apoyar la generación de conocimiento y facilitar su uso por la sociedad, como originaria promotora y financiadora de la misma. También alude a su función, la llamada «función transferencia».

Las OTRI, en todas sus acepciones, han sido punto de confluencia de muy diversos intereses, y por tanto han estado expuestas, desde su creación, a todo tipo de críticas que, vertidas por muy variados «analistas», han terminado por incorporarse a su imagen de marca.

Es bien sabido que la cultura de la transferencia es lenta, y que todos los pasos del proceso de valorización del conocimiento requieren de tiempo para obtener los frutos deseados. Llegado este punto es de justicia afirmar que las OTRI han sido y son protagonistas de un cambio cultural en nuestras universidades, a pesar de que no ha sido homogéneo el desarrollo de las OTRI en sus propias instituciones ni tampoco sus niveles de desempeño.

No solo han contribuido a construir el andamiaje normativo y procedimental interno de sus instituciones, sino que han ejercido además, por asignación directa de sus órganos de gobierno, o de facto, de garantes de las mismas. Este ordenamiento y control de la actividad de I+D las ha ligado a una percepción, hasta cierto punto justificada en este contexto, de unidades más centradas en la gestión burocrática de los procesos de I+D que en el aporte de valor a los mismos.

Las OTRI también han sido, y siguen siendo, una cantera de profesionales de transferencia de conocimiento no suficientemente evaluada ni valorada, que ha nutrido desde su existencia departamentos de I+D de empresas, agencias y administraciones públicas o consultoras. Han capacitado a su personal a través de la experiencia en su actividad diaria, y también con actuaciones de compromiso colectivo, generando programas de formación propios adaptados a sus necesidades, desde una actividad en red que ha sido referente internacionalmente pero que no ha contado con un respaldo decidido ni acorde con su valor estratégico por parte de las instancias representativas de las propias universidades.

Cabe añadir que el rol dinamizador y las tareas mediadoras de las OTRI se han desarrollado en un sistema en el que su esfuerzo y sus resultados en innovación siempre han estado por debajo de su nivel de desarrollo económico. Un sistema en el que las empresas con más de 250 trabajadores invierten en I+D+i menos de la mitad que sus equivalentes europeas; en el que un gran número de científicos formados han sido obligados a buscar fuera del mismo un futuro en su carreras; o en el que la I+D está fuera del debate político sin activar ninguna alarma digna de ser reseñada en el día a día mediático.

La innovación en España necesita retomar su hilo conductor a partir de políticas de Estado acordes con los nuevos escenarios socioeconómicos. En la última década, nuestro país prácticamente ha vuelto al modelo liberal de crecimiento económico, que combina solo dos elementos, capital y trabajo, excluyendo prácticamente y de forma alarmante la apuesta por la innovación y la I+D como tercer elemento. La función OTRI, el papel de la transferencia de conocimiento en nuestro sistema de innovación, debe ser redefinida desde parámetros actuales. Y sería un error no contar en esta tarea con las capacidades, experiencia y capital relacional acumulado de las OTRI y sus profesionales. En esta renovada política de innovación, deben establecerse nuevos modelos de funcionamiento e incardinación de estas estructuras, y también de su sostenimiento, quizá con modelos híbridos de financiación, con una parte de ingresos proveniente de su actividad, que le permita contar con recursos para diseñar un plan estratégico, crecer y contar con profesionales con una base estable. Existen modelos internacionales de referencia que, debidamente interpretados, pueden ser adaptados a las necesidades de nuestro sistema.

Una de las acepciones de dinamizar que contempla el Diccionario de la Real Academia es la de «hacer que algo o alguien se desarrolle o sea más dinámico». En sintonía con esta definición, treinta años después de su creación puede afirmarse que las OTRI universitarias han cumplido plenamente con su misión.

BIBLIOGRAFÍA

Castro, E.; Conesa, F; Cegarra, F; Fernández de Lucio, I.; Gutiérrez Gracia, A.
Variables a considerar en el análisis de los sistemas nacionales de innovación. Cuadernos de Gestión Tecnológica CYTED, 1997.
Intxauburu Clemente, G; Velasco, E.; Zamanillo, I.
Evolución de los modelos sobre el proceso de innovación desde el modelo lineal hasta los sistemas de innovación. XX Congreso anual de AEDEM, Vol. 2, 2007.
Carencias y necesidades del sistema español de innovación. FECYT, 2005.

Cuando la cultura pide libertad de expresión: carta abierta en Harper’s

Ciento cincuenta personalidades del mundo de la cultura han firmado una carta abierta en la revista Harper’s, en la que protestan contra la cancel culture o «cultura de la cancelación» y otros fenómenos que limitan la libertad de expresión. En dicha carta, llaman la atención tanto algunas ideas explícitas, como otras que se infieren, tanto de lo expresado como de la nómina de los firmantes.

El primero de los temas relevantes es la propia necesidad de la carta abierta: la existencia de un ambiente en el que la libertad de expresión está amenazada. Este es sin duda el punto de partida de toda polémica, si tal debate existe. Además, es uno de los principales argumentos de quienes se oponen a estas protestas, pues, frente a negar la libertad de expresión, retroceden un paso para negar que haya un verdadero problema de censura, en una suerte de petición de principio que pretende anular el debate antes de llevarlo a cabo: no es que no estemos de acuerdo, es que no hay nada por lo que discutir. En esta línea se sitúan argumentos como los que afirman que en realidad se trata de unos pocos casos magnificados por los medios (así se ha debatido en el entorno universitario) o los que defienden que el debate sobre lo políticamente correcto es una invención de los extremistas, especialmente de tendencia conservadora, para justificar y blanquear discursos de odio.

En este punto, la carta abierta de Harper’s supone una gran novedad. En primer lugar, por el nutrido grupo de firmantes, de ámbitos diversos en el mundo de la cultura, que dan cuenta de que efectivamente existe un problema con la libertad de expresión. Entre ellos, se cuentan personalidades de renombre, que no forman parte de los que por su habitual tendencia a la polémica o por su reconocida adscripción a la ideología conservadora, puedan ser fácilmente descalificados, mediante el argumento ad hominem. Así, por ejemplo, encontramos firmas como la de Margaret Atwood, autora de la célebre novela El cuento de la criada, baluarte feminista, especialmente crítico con el pensamiento radical conservador; el reconocido ajedrecista Kasparov, firme opositor de Putin; o el lingüista, filósofo y politólogo, Noam Chomsky, que, aunque en su caso sí es un polemista frecuente, defiende una ideología de corte socialista. Se añaden a esta lista otros nombres de personajes cuyas opiniones sí han sido objeto de censura o fuerte crítica social, como el periodista y sociólogo Malcolm Gladwell, el psicólogo y escritor Steven Pinker, el escritor Salman Rushdie, autor de Versos satánicos, perseguido y amenazado de muerte por ellos por un sector radical de la comunidad islámica, o J. K. Rowling, autora de la saga literaria de Harry Potter y recientemente protagonista de una polémica por sus declaraciones en twitter sobre la transexualidad. Volveremos a estos últimos un poco más adelante.

La segunda razón de la novedad que supone esta carta abierta tiene que ver también con los firmantes, con algunas de sus características esbozadas ya arriba, pero también con el contenido, con su adscripción ideológica explícita e implícita. Decíamos antes que uno de los argumentos frecuentes para desacreditar a quienes demandan una mayor libertad de expresión es que tras ellos se esconde un deseo de impunidad para justificar los discursos de odio de la extrema derecha. Sin embargo, los firmantes se sitúan a sí mismos en una posición ideológica distinta, our culture, se identifican como miembros de una liberal society, opuesta a the radical right, los right-wing demagogues y las forces of illiberalism, que, en sus palabras, cuentan con Donald Trump como a powerful ally. Con todo ello, además de esbozarse la adscripción de los autores en determinada posición del espectro político, se contraargumenta que la lucha contra el «pensamiento único» y lo «políticamente correcto» sea una batalla de la derecha radical. Por otra parte, que no se adopten estos términos y se sustituyan por la «cultura de la cancelación» (que podría tener su equivalente en lo movimientos universitarios de no-platforming) y se hable de ideological conformity y de una tendencia a debilitar las normas del debate abierto y la tolerancia, fundamentales para las sociedades democráticas, son también significativos. Aparte de una nueva evolución del lenguaje con neologismos que tratan de actuar de eufemismos que eviten lo que se ha convertido en tabú por haberse asociado a una determinada ideología, estos términos reflejan una percepción de la realidad, cada vez más frecuente, donde el derecho de disentir del pensamiento generalizado o dominante es, en la práctica, eliminado por el acoso mediático de una masa social a la que se ha dado voz (y fuerza, que no argumentos, para presionar hasta la destrucción) con las redes sociales.

Y si esto es lo que se dice en la carta de manera explícita, la inclusión en la nómina de algunos firmantes revela otras reflexiones interesantes, relacionados, en su mayoría, con lo que parecen ser los temas tabú o susceptibles de ser vetados o de ser la causa del acoso hacia quienes se pronuncien sobre ellos. Por empezar con el caso más reciente, las declaraciones de J. K. Rowling muestran las dificultades de expresar una opinión contraria a la teoría queer (que viene a rechazar la existencia del sexo binario en pro de una interpretación fluida e infinita de sexualidades). La autora expresaba su postura en cuanto a lo que es ya un largo debate en el feminismo: un sector defiende que negar el sexo biológico (la distinción hombre-mujer) elimina la legitimidad de la lucha contra la desigualdad de la mujer, al tiempo que niega la homosexualidad (al no haber sexo biológico, carece de sentido hablar de la atracción por el propio sexo). Estas declaraciones le han valido fuertes críticas por discriminar a los transexuales. Anteriormente, ya le habían costado a Germaine Greer, histórica luchadora por los derechos de la mujer, muchas antipatías, hasta el punto de ser desinvitada de algunas universidades, por considerarla una persona perniciosa. Algo similar les ocurrió en el entorno universitario a Condoleezza Rice o Christine Lagarde. Y no se trata de un debate exclusivo del mundo anglosajón (aunque probablemente sí sea en ese ámbito más violento), pues en España ha levantado también fuertes polémicas, como el escrache al académico Pablo de Lora o la petición de rectificación de las declaraciones de las ponentes en un congreso feminista, Amelia Valcárcel, Ángeles Álvarez, Alicia Miyares y Rosa María Rodríguez Magda, por expresar la que es postura oficial del PSOE respecto al tema.

Un segundo tema especialmente polémico en cuanto a la libertad de expresión es el de la ofensa a los sentimientos religiosos. Aquí es donde destaca el firmante Salman Rushdie y donde parecen colisionar dos derechos fundamentales. El debate hace hincapié en la delgada línea entra la opinión contraria y la ofensa o ridiculización, y se agrava cuando entran en juego grupos fundamentalistas que introducen la violencia (excluida de las normas democráticas básicas), como una respuesta legítima (obviamente, desde su punto de vista). La masacre en la revista satírica Charlie Hebdo por las caricaturas de Mahoma, junto con la fatwa o invitación al asesinato de Rushdie, son algunas de las muestras más extremas de un polo radical de este debate.

Otro nombre sugerente en la lista de quienes se han adherido a la carta abierta es Malcolm Gladwell, que resulta especialmente polémico por sus críticas al sistema económico y social occidental representado por el «sueño americano». La polémica encendida que provocan sus ideas muestra que no es fácil oponerse a la idea, en general asumida, de que uno se labra su futuro con su trabajo y sus méritos y que el talento personal es el que lleva a algunas personas a destacar y obtener éxito frente a otras.

Por último, voy a referirme brevemente a Steven Pinker y la polémica que suscitó su obra En defensa de la Ilustración. Parece haber una idea bastante asentada de que el mundo va mal, de que estamos destrozando el mundo, de que la humanidad entera está en declive y el problema es, paradójicamente, el propio ser humano. Vivimos en una sociedad que reivindica una visión pesimista, que niega que exista un progreso y se aferra al tópico de que el pasado fue mejor. Frente a esto, y de ahí las fuertes críticas recibidas, Pinker defiende el optimismo y habla de una mejora y un progreso notable en los aspectos más relevantes del bienestar. Además, ataca el sentimentalismo reinante y la preeminencia de las emociones.

Estos son, como ya he anticipado, solo algunos casos relevantes en los que la libertad de expresión se ha visto cuestionada. En cualquier caso, el mero hecho de que varios intelectuales hayan expresado su opinión y abierto nuevamente (aunque nunca se haya cerrado del todo) el debate, ya es, sin duda, muy significativo.

La labor de los Centros Públicos de Investigación

Es evidente que cualquiera de las organizaciones y estructuras que corresponden al título de este capítulo merecen y necesitan más de un libro completo para ser tratadas en extenso, por lo que necesariamente tendremos que resumir, abordar parcialmente algunos de los conceptos que las integran y conjugan y, sobre todo, contextualizar su definición y existencia en el marco de la investigación científica, la transferencia de conocimiento, el desarrollo y la innovación. Todo ello en relación con los principales actores del escenario de la generación de ese conocimiento: los Centros Públicos de Investigación (CPI), entendiendo por tales a las Universidades, los Organismos Públicos de Investigación (OPI) y en menor medida algunos organismos e instituciones parcialmente dependientes de la financiación pública.

Por ello las condiciones de frontera de lo que aquí tratamos son sin duda, por un lado la investigación científica y, por otro la transferencia e innovación, necesarias para alcanzar una competitividad que se traduzca en un avance de la economía y del bienestar social. Y por supuesto una actividad y otra con el propósito de que ello alimente la formación de un ecosistema único.

Los datos primarios que se suelen usar para valorar la investigación científica son la inversión dedicada y la producción bibliográfica. Ya sabemos cómo los datos de los últimos años dejan mucho que desear de la primera (la inversión) y cómo nos gratifican, quizá en exceso, los datos de la segunda (la producción bibliográfica): presupuesto del 1,2 % del PIB, de él, solo el 50% con cargo al sector privado, y resultados de producción científica superiores a esas cifras de gasto, en términos bibliométricos (por encima del 3,22% mundial).

«Yo no creo que el actual florecimiento de la ciencia se deba ni siquiera mínimamente a una valoración real de la belleza y de la disciplina intelectual de los temas. Se debe simplemente al hecho de que el poder, la riqueza y el prestigio solo pueden obtenerse a través de la aplicación correcta de la ciencia», en palabras de Derek Barton, un científico británico, premio Nobel de química en 1996, muerto hace veinte años.

No hay que ser un gran experto en historia de la ciencia para saber que en los últimos siglos esta ha ido entrelazándose cada vez más inextricablemente con la tecnología y que de ese ensamblaje colaborador se han seguido inmensos beneficios para la humanidad.

El modelo simple de transferencia tecnológica I-D-i que Vannevar Bush presentó al presidente Truman en julio de 1945, bajo el título «Ciencia, la frontera sin fin. Un informe al presidente», ha sido ampliamente superado sin que en términos generales pueda ser considerado erróneo, sino más bien excesivamente simple, ya que no tiene en cuenta los distintos flujos de información y actuación, sus realimentaciones, los mecanismos que favorecen o entorpecen su dinámica y los instrumentos que juegan un papel importante [1].

La cuestión radica en cuáles son las políticas públicas más adecuadas para sacar el mayor partido del binomio ciencia-tecnología o, si se prefiere, del binomio I+D

Precisamente los Centros Tecnológicos (CT), las Empresas de Base Tecnológica (EBT) y los Parques Científicos y Tecnológicos (PCT) son algunos de esos instrumentos que en 1945 Vannevar Bush no podía tener en cuenta, porque no existían. Y el número y extensión de las patentes, las empresas spin-off, los contratos de transferencia y asistencia técnica, la instalación en incubadoras y viveros, etc., son algunas de las variables e indicadores que permiten valorar esa dinámica de flujos I-D-i entre los principales actores, que en lo que nos interesa aquí y ahora son las empresas y los CPI.

Por otro lado, ha pasado ya más de un siglo desde que el físico austriaco Ludwig Boltzmann constatase que muchos colegas suyos —investigadores científicos— consideraban «corruptores de la verdadera ciencia» a los innovadores. Hoy esa falsa dicotomía, que parece casi más teológica que epistemológica, está felizmente superada y poca gente cuestiona ya las bondades de las aplicaciones de la ciencia, pero también de la creatividad, incluso teórica, de la tecnología.

La cuestión, pues, no radica ahí, sino en cuáles son las políticas públicas más adecuadas para sacar el mayor partido del binomio ciencia-tecnología o, si se prefiere, del binomio I+D, porque la ciencia, es decir el conocimiento científico, es siempre público, pero sus aplicaciones son casi siempre privadas y generalmente, además, de carácter lucrativo.

Los indicadores de la innovación que, cuando corresponden a una transferencia de conocimiento científico (no toda la innovación tiene su base en la investigación científica) valoran finalmente su éxito, se suelen medir con la inversión y con las patentes. Los datos que sitúan la posición española no son tan buenos como los que corresponden a la generación de la ciencia: el número de patentes en universidades públicas y privadas es exiguo aunque creciente (del orden de 600 patentes al año en el caso de las universidades y 150 en el del CSIC), pero el de ingresos por licencias y royalties asociados no crece correlativamente, lo que refleja sin duda, entre otros factores, el efecto de la crisis económica y de los esfuerzos de las empresas por mantenerse. La UE, que como se ve en la gráfica siguiente, hace una clasificación en términos de innovación de los países más industrializados como Innovation leaders, Strong innovators, Moderate innovators y Modest innovators, encuentra que prácticamente los trece de la UE son Moderate innovators, incluyendo a España, aunque el seguimiento de la calificación en los últimos años permite constatar que para estos países en general los resultados han empeorado desde 2008-2009 hasta 2014-15, siendo el caso de España notable en esa mala dinámica [2].

GAP ENTRE GENERACIÓN DE CONOCIMIENTO Y APLICACIÓN

A esta separación, identificada muchas veces como el gap entre la generación del conocimiento y su utilización, se refería Boltzman en la constatación a que hemos aludido anteriormente. Los que tenemos una cierta edad conocemos cómo hace varias décadas muchos de los investigadores científicos consideraban una auténtica prostitución dirigir su actividad a aplicaciones y objetivos distintos de los puramente orientados a la generación de conocimiento per se. Hoy sin embargo no es así, o quedan pocos investigadores que mantengan esa posición, sin que eso quiera decir que no consideren la generación de conocimiento como una motivación de primer orden y un hilo conductor importante en su tarea. Se puede decir que hoy se trabaja con una visión más cercana a la aplicación y al desarrollo. En ese sentido conocemos cómo algunas empresas se acercan a los CPI para escuchar a los investigadores sobre la innovación potencial que supone su trabajo, porque los investigadores, antaño en su torre de marfil, han «bajado al ruedo». El gap o la trinchera que separa la empresa del mundo de los investigadores ha sido franqueada en muchos casos por estos y, sin llegar a desaparecer, ese gap se ha reducido en las últimas décadas, quizá con un mayor avance del estamento académico que del empresarial. O dicho de otra forma, en la aproximación de ambos mundos los investigadores han dado más pasos que las empresas.

Los investigadores de los CPI son ahora conscientes en su mayoría de que la investigación es motor de la innovación y de que una investigación de calidad es la mejor garantía de beneficio para la innovación tecnológica. Ese motor puede y debe propulsar el potencial de la I+D+i en la dirección marcada por las prioridades que identifican los desafíos y demandas de la sociedad.

En este sentido, la I+D+i de los CPI debe asegurar la generación de conocimiento y mantener una focalización preferente sobre los actuales desafíos y demandas de la sociedad (energía, envejecimiento, salud, agroalimentación, medio ambiente, etc.). La atención de la I-D-i a la demanda de la sociedad no significa la focalización en investigación «orientada a productos». Cualquiera de las demandas sociales requiere trabajar a lo largo de las premisas I-D-i, para conseguir resultados en línea con la amplitud y alcance de los desafíos. La deseable competitividad depende de la innovación y esta no es posible sin buena investigación, aunque la investigación sola no garantice éxito en la innovación.

Las universidades españolas han mantenido los últimos años un ritmo de creación medio
de 110 EBT/año, de las que el 54% corresponden al área de Ingenierías y Arquitectura
y el 19% al área de Salud

Por su parte, y en general, las empresas ven muy claro lo que necesitan de la I+D para hacer innovación. Ven el marco económico en que les interesan los resultados (pueden estar equivocados por el cortoplacismo) y ven el marco temporal (no suelen estar equivocados porque eso depende de las oportunidades de mercado y en su valoración son los más expertos). A veces la discusión nace del hecho de que los investigadores son reacios a aceptar compromisos derivados de los dos factores anteriores y muchas veces, con razón, pueden valorar más atinadamente la dificultad de asumir los objetivos que les plantean las empresas en esos marcos, al margen de considerar que su compromiso no está remunerado en términos de curriculum vitae y/o de retorno económico.

INSTRUMENTOS PARA DINAMIZAR LA TRANSFERENCIA

La transferencia tecnológica es una de las claves que fortalecen el sistema competitivo de las economías basadas en el conocimiento y la innovación a nivel mundial. Sobre ella descansa gran parte de la incorporación de tecnología en las empresas y, como hemos dicho anteriormente, existe un esfuerzo generalizado y una cada vez mayor implicación de los organismos académicos, tecnológicos y empresariales en facilitarla.

En los últimos años hemos sido testigos de una variante en la que se crean nuevos modelos de negocio y empresariales bajo la base del desarrollo de una transferencia tecnológica más directa, utilizando nuevas metodologías de emprendimiento.

Además de implantar y reforzar un clima de entendimiento entre la empresa y el mundo académico que respete los intereses mutuos y vea oportunidades y no solo amenazas o debilidades, es preciso adoptar nuevos instrumentos de colaboración que faciliten la interpenetración de ambos mundos.

Desde la parte académica del sistema y más concretamente desde el mundo de los CPI, se siguen identificando y planteando con mayor o menor intensidad cuestiones en las que conviene avanzar para mejorar esa interpenetración, algunas de las cuales son las siguientes:

–¿Cómo se concibe la función de transferencia por parte de los científicos y por parte de las empresas?

–¿Cómo se piensa que debe entenderse, además de la transferencia tecnológica, la cultural, la social, la transferencia de las ideas y nuevos conceptos?

–¿Está suficientemente asimilada por los investigadores científicos, la necesidad de ese retorno a la sociedad desde su posición?

–¿Es la transferencia valorada convenientemente para el desarrollo de la carrera académica?

–¿Cuáles son los mayores impedimentos para una adecuada valoración de la función de transferencia?

Hemos sido testigos de una variante en la que se crean nuevos modelos de negocio y empresariales, utilizando nuevas metodologías de emprendimiento

Las herramientas para progresar son variadas y seguramente necesitan de una puesta al día continua, lo que no significa ni mucho menos que debamos abandonar las de carácter más tradicional, como son las patentes, las licencias de explotación, el secreto industrial, las tesis industriales, las EBT y las spin-off, los contratos de desarrollo y los centros especiales para potenciar transferencia e innovación, la implantación gradual de normas de calidad, las compras públicas innovadoras con intervención de los CPI, etc. Pero hay otras de reciente o de naciente aparición que merece la pena integrar en ese arsenal:

–El sexenio de transferencia, heredero del sexenio tecnológico (que hace poco ha sido remodelado con ese matiz y que se venía manejando como Área 0 de la CNEAI —Comisión Nacional Evaluadora de la Actividad Investigadora— desde hace algunos años).

–Colaboratorios y convenios de instalación de la I+D de la empresa en entornos CPI o en el seno de CPI determinados.

–Compromiso de las instituciones en la valoración curricular de la D+i.

–Programas de financiación para investigación básica, por convocatorias que valoran la D+i (tipo Institutos Carnot de Francia).

–Programas de inmersión en el estado del arte, en distintos ámbitos, por parte de la empresa.

–Doctores en empresas como interlocutores-facilitadores-colaboradores.

–Parques científicos y tecnológicos.

–Viveros de empresas en entornos vinculados a la Academia.

Muchos de estos nuevos instrumentos son conocidos, otros son más recientes, y la consideración de todos ellos o un mix entre algunos son, sin duda, piezas del arsenal en el que basar el funcionamiento y el éxito de esa potencialidad del conocimiento científico para contribuir al desarrollo y en definitiva a la mejora de la competitividad de productos y servicios.

En lo que sigue trataremos alguno de esos elementos del mencionado arsenal.

EL PAPEL DE LOS CENTROS TECNOLÓGICOS

En España y en línea con iniciativas tecnológicas semejantes de otros países, incluida la muy especial que representa la red de los Fraunhofer-Gesellschaft (organización de investigación alemana que comprende 58 institutos distribuidos por toda Alemania, cada uno con una especialización en un campo diferente de las ciencias aplicadas [3]), la figura señera de los centros especiales para potenciar transferencia e innovación viene representada por los Centros Tecnológicos (CT), de los que los más importantes se agrupan en la Federación Española de Centros Tecnológicos (FEDIT). La FEDIT se constituyó en 1996 para dotar de voz única a ese conjunto de centros y trabajar coordinadamente en el impulso y fomento de la innovación, el desarrollo tecnológico y la investigación privada, con el objetivo de incrementar la competitividad de las empresas a través del fortalecimiento de esos centros [4].

El BOE de 19 de diciembre de 2008 [5] define como centros tecnológicos de ámbito estatal a aquellas entidades privadas sin ánimo de lucro, legalmente constituidas y ubicadas en España, que gocen de personalidad jurídica propia y sean creadas con el objeto, declarado en sus estatutos, de contribuir al beneficio general de la sociedad y a la mejora de la competitividad de las empresas mediante la generación y explotación de conocimiento tecnológico, realizando actividades de I+D+i y desarrollando su aplicación.

Define también el real decreto la figura de los Centros de Apoyo a la Innovación Tecnológica (CAIT) como entes de ámbito estatal creados con el objeto, declarado en sus estatutos, de facilitar la aplicación del conocimiento generado en los organismos de investigación, incluidos los centros tecnológicos, mediante su intermediación entre estos y las empresas, proporcionando servicios de apoyo a la innovación. Ambos tipos de entes, CT y CAIT, tienen estructura jurídica de institutos, asociaciones científicas, fundaciones o incluso cooperativas y hay que subrayar que el mencionado decreto atribuye a los CT funciones de generación y explotación de conocimiento (aunque con el poco preciso matiz de «tecnológico»), mientras que a los CAIT le atribuye el papel de «aplicar» el conocimiento (sin matices) generado en organismos de investigación (CPI, por ejemplo), incluyendo en esa clasificación a los centros tecnológicos. El alcance de estas definiciones contribuye a alimentar alguna ambigüedad que a mi juicio no allana el terreno ni facilita una colaboración sinérgica entre distintos actores del escenario de la I+D+i.

FEDIT agrupa a una treintena de centros tecnológicos que reúnen cerca de 4.000 investigadores y tecnólogos (no necesaria ni únicamente doctores y/o licenciados) con 20.000 empresas-clientes que generan un movimiento de 270 millones de euros al año, entre contratos con la industria, subvenciones directas o indirectas de sus correspondientes comunidades autónomas y proyectos consorciados, algunos de ellos de convocatorias de la UE. Sin embargo, el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (MCIU) tiene registrados 64 CT y 14 CAIT, lo que da una cierta idea de los que son más o menos activos. Su distribución geográfica se correlaciona con la actividad industrial en cada comunidad autónoma de las catorce que tienen al menos un CT y seis tienen al menos un CAIT, según se puede ver en la gráfica [6], que corresponde a distintos «Sectores Productivos»: Aeronáutico-Espacial, Agroalimentación, Piedra, Energía, Automoción, Construcción, Cerámica, Máquina-Herramienta, Materiales y Producción, Industrial, Medio Ambiente, Metalmecánica, Mueble y Madera, Químico-Farmacia (plástico), Salud y calidad de vida, Telecomunicaciones, Informática y Electrónica, Textil, Calzado, Pieles y Cuero, Transporte y logística y Otros.

Es indiscutible la labor positiva que desarrollan los CT y los CAIT, pero de los ámbitos de actuación que contempla la definición del ministerio y de la práctica de otros agentes de l+D+i se sigue uno de los problemas que no están bien resuelto en el ecosistema de generación del conocimiento y su transferencia en nuestro país: la deficiente y por ello muy mejorable coordinación y colaboración efectiva y sinérgica de todos los agentes. En efecto, sin más que analizar la definición que establece el real decreto, parece claro que los CAIT son intermediarios entre generadores de conocimiento y empresas, entendiendo por aquellos a los CPI y a los CT (como les reconoce el RD), algo que es objeto de discusión sobre capacidades y hasta de estériles discusiones con mayor o menor trascendencia en algunas ocasiones, invocando la «invasión de competencias» y olvidando el corolario que, aplicado a este tema, se podría extraer del principio de Ockham («La explicación más simple y suficiente es la más probable, más no necesariamente la verdadera»): lo más fácil es que actúe el más preparado para abordar un problema de manera directa y efectiva o los más adecuados actuando de forma colaborativa.

PARQUES CIENTÍFICOS Y TECNOLÓGICOS (PCT)

En los años sesenta y setenta del pasado siglo, tomó cuerpo el concepto de investigación cooperativa que en el fondo se inspiraba en la conveniencia de explotar las sinergias, el ahorro de costes y el acceso «mancomunado», directamente o de forma contractual, a especialistas e infraestructuras esenciales de instituciones o grupos generadores de conocimiento y de su aplicación. Al amparo de ese concepto se desarrollaron en España las asociaciones de investigación [7], específicamente definidas por la titulación que corresponde a las ramas industriales respectivas. Eran organismos independientes, establecidos por un grupo de empresas de una misma rama industrial para estudiar los problemas científicos y técnicos comunes. La CAICYT (Comisión Asesora de Investigación Científica y Técnica) apoyó y financió estos organismos, que en 1961 fueron regulados por un decreto de la Presidencia del Gobierno y proliferaron con distintas orientaciones: Industrias del Caucho, Empresas Confeccionistas, Industrias de Conservas Vegetales, Mejora de la Alfalfa, Industrias de la Madera, Construcción Naval, Seguros, Textil Algodonera, Industria Papelera, Industria Eléctrica, Mejora del Cultivo de la Remolacha, Pesqueras, Metalúrgica del Noroeste, etc.

La transferencia tecnológica es una de las claves que fortalecen el sistema competitivo
de las economías basadas en el conocimiento y la innovación a nivel mundial

Quizá los antecedentes internacionales de la figura de los Parques Científicos y Tecnológicos se puedan situar en Silicon Valley y el MIT, pero también posiblemente podíamos citar esas asociaciones de investigación como un antecedente nacional, tanto de los CT de los que hemos hablado, como de los PCT, por cuanto sin tener en cuenta las posibles especializaciones, la explotación de la cooperación, de la complementariedad y del acceso a medios especializados de toda clase, son conceptos que subyacen en ambos tipos de organizaciones.

Hay muchas definiciones que corresponden al concepto de PCT, aunque en todas se pueden identificar algunos elementos comunes. Importante es reconocer que en la concepción de un PCT intervienen al menos tres organizaciones en distintas proporciones, alguna de las cuales pudiendo incluso ser nula o testimonial en algunos casos (lo que dejaría únicamente dos organizaciones): Los CPI (universidades y OPI), las grandes y medianas empresas y las pymes. En función de esas distintas proporciones podremos hablar de Parques Científicos (PC), Parques Tecnológicos (PT) o PCT en los que el adjetivo científico corresponde a una implicación importante de los CPI (y sus spin-offs), el adjetivo tecnológico a la presencia mayoritaria o única de las empresas y pymes (seguramente con alguna vinculación a los CPI) y en todos los casos una financiación pública directa o indirecta, más o menos importante. Por supuesto, en esta asociación de organizaciones están presentes medios y servicios comunes que representan un importante valor añadido para las actividades empresariales y/o de I+D.

Por ello los Parques Científicos, más vinculados a la Academia que los Tecnológicos (y por tanto a los CPI), se centran en aproximaciones y enfoques científicos en general, aunque no de forma exclusiva, y muchas veces se vinculan a —o cuentan con— la figura de incubadoras, mientras que los Parques Tecnológicos se centran fundamentalmente en especialidades y capacidades técnicas orientadas, si bien muchas veces no eluden aproximaciones científicas además de tener una importante componente de carácter inmobiliario. Como hemos apuntado anteriormente que ocurría con los Centros Tecnológicos, a veces y desgraciadamente los PC y los PT no suelen compartir planteamientos o abordajes conjuntos buscando complementariedad, eficiencia, conocimiento y capacidad científica y técnica, lo que sin duda contribuiría de forma más efectiva a la resolución de muchos de los problemas que estos Parques Científicos o Tecnológicos abordan por encomienda de empresas e industrias. Ello se debe posiblemente a algún tipo de prejuicio, por afán de trazar barreras temáticas absurdamente protectoras, o incluso por alguna mala experiencia.

Los PCT tienen naturaleza jurídica y casi siempre estructura física diferenciada, con edificios propios y, como se ha apuntado, suelen estar subvencionados o mantenidos por un gobierno regional o por algunas universidades. En ellos encuentran cabida y acomodo temporal proyectos emprendedores de base tecnológica, biotecnológica, farmacológica o de ciencia de materiales que, sobre todo en los PC, acceden con un bajo coste o gratuitamente al equipamiento que necesitan para desarrollarse, así como otros servicios comunes de asesoría legal y participación en eventos sectoriales bajo el paraguas del parque o de la comunicación corporativa [8]. Los Parques Científicos mantienen relaciones formales y operativas con las universidades, centros de investigación y otras instituciones de educación superior, entidades de las que en muchas ocasiones dependen, y están diseñados para alentar la formación y el crecimiento de empresas basadas en el conocimiento y de otras organizaciones de alto valor añadido pertenecientes al sector terciario, normalmente residentes en el propio parque, por lo que juegan además un papel de incubadoras, como lo hacen también los Parques Tecnológicos.

De acuerdo con la APTE (Asociación de Parques Científicos y Tecnológicos de España, ubicada en el Parque Tecnológico de Andalucía) [9], la historia de los parques científicos y tecnológicos españoles se puede dividir en tres etapas. En la primera, de 1985 a 1992, se crean en España ocho parques tecnológicos promovidos por las comunidades autónomas. La inversión en esos ocho proyectos superó los 300 millones de euros y en su desarrollo no participaron las universidades ni las pymes españolas que en ese momento no manifestaron interés por el desarrollo tecnológico. Por otro lado, el énfasis se puso en los proyectos de urbanización y bastante menos en la construcción de edificios, aunque el interés por la creación de edificios hizo aumentar la presencia de las empresas. Se trataba de un nuevo tipo de emplazamiento empresarial donde el cuidado de la imagen era fundamental, así como la elección del emplazamiento. El lugar también se elegía estratégicamente, buscando la cercanía a un aeropuerto y el acceso a comunicaciones.

A partir de 1993 aparecen nuevas iniciativas ligadas a otros promotores más allá del modelo estrictamente autonómico, con un mayor interés de la universidad. Ejemplos pioneros fueron la Comunidad Gallega, la del País Vasco y la Balear. Se identifica también el interés de las iniciativas que le dan al concepto de Parque Tecnológico un matiz más científico, a partir de ese interés de la universidad (y del CSIC, por ejemplo en la Comunidad Autónoma de Madrid). Prueba de ello, es que, en 2017, 23 universidades están desarrollando parques científicos y tecnológicos. Finalmente, a partir de 1998 se produce un gran crecimiento económico debido al desarrollo de la Sociedad de la Información y nace el modelo de Parque exclusivamente Científico, promovido por las universidades y en buena medida por las comunidades autónomas, a veces con criterios más bien políticos y planteamientos poco sólidos que no siempre han permitido un desarrollo coherente con los fines, e incluso han dado lugar a la existencia de problemas de cariz económico que han dado al traste con algunos de ellos.

La APTE contaba en 2017 con 64 miembros distribuidos por toda la geografía española, aunque los más importantes se concentran obviamente en los principales focos de innovación de nuestro país, como son Madrid y Cataluña. Reporta la Asociación más de 8.013 empresas e instituciones instaladas en los parques científicos, cifra que crece a un ritmo de casi el 20% anual. De ellas, el 22% son start-ups relacionadas con la informática o las telecomunicaciones, el 19% se dedican al área de ingeniería o consultoría, mientras que el 6,5% hace lo propio en el área de medicina y salud. Por detrás aparecen otros sectores como la agroalimentación o la biotecnología (3,2%), la energía y medio ambiente (3,3%) o la aeronáutica y automoción (2%). En conjunto y siempre según los datos de APTE, las empresas instaladas dan empleo a más de 169.337 personas, de las que el 20% se dedican a tareas de I+D. No en vano, el 50% de estos profesionales cuenta con titulación universitaria e incluso muchos de ellos son doctores en sus respectivas áreas de especialización. Por otro lado, la facturación de las empresas de los parques, cifrada en 27.043 millones de euros, ha experimentado un crecimiento algo mayor del 9% anual.

En Barcelona encontramos importantes parques científicos como el Parc Científic de Barcelona, el Parc de Recerca UAB, el Parc de Recerca Biomèdica de Barcelona (PRBB) o el Parc de la Universitat Politècnica de Catalunya-Barcelona Tech. En Madrid, a su vez, sobresalen el Parque Científico de Madrid (gestionado por la Universidad Complutense, el CSIC y la Universidad Autónoma), el Parque Científico Universidad Carlos III de Madrid-Leganés Tecnológico o la iniciativa Móstoles Tecnológico. En otras comunidades autónomas, cabe reseñar, el Parque Balear de Innovación Tecnológica (ParcBit) o el Centro de Desarrollo Tecnológico de la Universidad de Cantabria (CDTUC), junto al Parc Científic, Tecnològic i Empresarial de la Universitat Jaume I de Castelló, los tres parques del País Vasco (Álava, Guipúzcoa y Vizcaya), el Parc Científic de la Universitat de València o el Parque Científico Tecnológico de la Universidad de las Palmas de Gran Canaria. Entre los parques orientados de forma vertical (solo a un sector de innovación) podríamos resaltar el papel que juegan Aerópolis (Parque Tecnológico Aeroespacial de Andalucía) o TechnoPark. Este último es un centro de I+D situado en el circuito de Motorland, en Alcañiz, centrado en el mundo de la automoción.

EMPRESAS DE BASE TECNOLÓGICA

Se llaman Empresas de Base Tecnológica (EBT) a las que se crean y centran su actividad en las aplicaciones de resultados de la investigación científica o tecnológica para la generación de nuevos productos, procesos o servicios. Aunque esta definición puede acoger también las iniciativas gemadas desde una empresa que quiera diferenciar una nueva actividad, las EBT se refieren mayoritariamente a iniciativas ex novo relacionadas con los organismos-fuente donde precisamente se desarrolla el conocimiento científico y tecnológico y la formación. Esto último aporta el valor de contar las más de las veces con una oportunidad para dar empleo cualificado a parte de los recursos humanos que han participado en el origen y desarrollo de ese conocimiento.

Los CPI y otras organizaciones vienen dedicando una importante atención a estas estructuras como auténticos motores en la transferencia de conocimiento y como mecanismos que facilita y favorece la inserción de jóvenes formados, en un mercado laboral especializado.

Por otro lado, y al margen de la transferencia directa de conocimientos, resultados y tecnologías a empresas constituidas que los puedan aplicar a la mejora de sus productos y procesos, desde hace algún tiempo las estructuras empresariales que aparecen como potenciales explotadores del conocimiento son las llamadas «spin- off» y «start-up», que pueden considerarse EBT, aunque más aquellas que estas últimas, que no necesariamente se centran en aplicar resultados de la I+D. Esto es particularmente importante cuando el tejido empresarial existente no parece el más adecuado (cualitativa y cuantitativamente) para absorber las nuevas aportaciones que la I+D de frontera es capaz de suministrarle.

Surge entonces la iniciativa de personas que están cercanas al origen de esas aportaciones y son capaces de vislumbrar una vía empresarial que extraiga rendimiento y explote ese conocimiento, e incluso que represente un destino atractivo para el capital humano formado en esas instituciones. Dependiendo de su entorno de nacimiento hablaremos de spin-offs y de start-ups.

La creación de una spin-off [10], se produce en el seno de una organización —empresa, CPI, CTI, CAIT, etc.—, aunque el término se suele aplicar a empresas nacidas en CPI y CTI y obviamente su área de trabajo está fuertemente vinculada a la especialización de esa institución o de alguno de sus departamentos. Las start-up nacen de ideas de negocio innovadoras, sin estar vinculadas o nacer en el seno de ninguna institución, y pretenden explotar un nicho de mercado específico, de potencial importante. En este escenario cercano al mercado y al desarrollo de la innovación desde la aplicación del conocimiento, se puede identificar también un formato o estructura de apoyo, más a las start-up que a las spin-off, aunque no exclusiva de aquellas, que son las iniciativas o aceleradoras de empresas. Una aceleradora de empresas es una compañía que se dedica a impulsar otras empresas, fundamentalmente de tipo EBT, que desean salir o están comenzando a salir al mercado. En ese sentido tanto las spin-off como las start-up serían objetivo para estas compañías, aunque su cercanía al mercado y la ausencia de vinculación obligatoria a la fuente original del conocimiento hacen que estas últimas sean más proclives a establecer una relación con la aceleradora de empresas. Esta ofrece a las start-ups posibilidades de mentorización, financiación—o acceso a ella—, formación complementaria y tutorización, aunque su modelo de negocio busca el retorno de dinero invertido en cada una de las start-ups a través de la compra de acciones de estas [11].

Estos tres tipos de organizaciones, surgidas en los últimos años, persiguen el mismo fin, que se resume en apoyar a las nuevas EBT en su definición y crecimiento, pudiendo asociarse cada formato a una fase o una etapa de su desarrollo. Así, en un modelo más o menos utópico podíamos identificar cómo la investigación de un departamento o laboratorio de un CPI llega a unos resultados y conclusiones que, una vez protegidos (patente, registro, secreto industrial…), permiten visualizar una posible explotación de mercado, en ausencia de una empresa que no pueda o quiera incorporarlos por la vía tradicional de licenciar esos resultados. El primer paso sería definir una spin-off apoyada por el propio CPI (incluso con su participación financiera y/o facilitando acceso a medios, de forma temporal), para después tomar forma de start-up y utilizar, llegado el caso, las capacidades de una aceleradora de empresas.

Desde la experiencia del CSIC y en términos generales podemos hacer algunas recomendaciones u observaciones a esa hipotética ruta.

–En la medida en que exista una instalación inicial de la nueva iniciativa empresarial en el mismo CPI, se debe procurar la desvinculación física de la EBT o del organismo madre lo más pronto posible y en todo caso, aunque sea por poco tiempo, definir contractualmente la vinculación existente.

–Incorporar una gerencia profesional con el objetivo de organizar la «empresa» y atender a su finalidad, que obviamente sería salir al mercado.

–Salir al mercado con un producto/servicio lo más pronto posible, aunque el producto/servicio no esté definitivamente a punto. Introducirse en el mercado con contribuciones parciales e incluso distantes del objetivo final permite «engrasar» la maquinaria y desarrollar experiencia.

En esa desvinculación física las figuras de incubadora y vivero de empresa contribuyen sin duda a completar el escenario de las ayudas y apoyos posibles para facilitar la transferencia de resultados a través de la creación de una EBT. Las incubadoras acogen una idea de negocio en su fase inicial y, sobre su base, crean y elaboran un proyecto propio, mientras que los viveros y aceleradoras ayudan a desarrollar proyectos que se encuentran en fases más avanzadas. El cuadro siguiente resume algunas características fundamentales de estas figuras:

Fuente: Elaboración propia

Las universidades españolas han mantenido los últimos años un ritmo de creación medio de 110 EBT/año (2012 a 2016), de las que el 54% corresponden al área de Ingenierías y Arquitectura y el 19% al área de Salud. Estas empresas han facilitado la incorporación de 173 PDI al año, en cifra promedio correspondiente a los mismos cinco años [12]. Por su parte, el CSIC mantiene los últimos años una «cartera» de un centenar de EBT que corresponde a un flujo de entrada-salida anual del orden de una decena de empresas.

ALGUNOS EJEMPLOS DE ÉXITO EN CPI

En algunos casos ejemplarizando la capacidad y el valor añadido que resulta de la íntima colaboración entre departamentos, institutos y centros de la universidad y el mayor de los OPI (conviene recordar que aproximadamente la mitad de los 120 institutos de investigación del CSIC son mixtos, con distintas universidades), se presentan a continuación algunos ejemplos de éxito de empresas de base tecnológica, tipo spin-off y otras estructuras creadas desde ese OPI (en muchos casos con la universidad).

a)Biopolis S.L.: biotecnología a medida del cliente.
Biopolis surgió como una spin-off del Consejo Superior de Investigaciones Científicas desde el Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos de Valencia (centro propio CSIC), teniendo por socios al propio CSIC junto a Central Lechera Asturiana, la compañía francesa Naturex y el capital riesgo Talde.

No se creó a partir de unas investigaciones previas que hubieran generado una patente. Nació de la necesidad de transferir el conocimiento generado en los laboratorios en el desarrollo de starters de fermentación para el mercado farmacéutico y alimentario.

El inicio, a finales del siglo pasado, contó con tres personas y un pequeño laboratorio de 40 m². Desde entonces, Biopolis decidió seguir una vía distinta a la de muchas compañías biotecnológicas creadas en España trabajando por un lado con una filosofía que ve en cada cliente un activo a cultivar y conservar y, por otro, aplicando de forma pionera las nuevas tecnologías ómicas¹ al mundo de la alimentación [13].

Hace dos años, la multinacional americana Archer Daniels Midland Co. (ADM), una de las cinco empresas agroalimentarias más grandes del mundo, decidió adquirir Biopolis. La operación consistió en la compra de todo el accionariado industrial, unida a la permanencia del CSIC como socio de Biopolis. Actualmente Biopolis es un 90% ADM y un 10% CSIC [14]. Esta combinación de talento industrial y talento científico es poco frecuente, pero los hechos demuestran que es muy efectiva. En la actualidad, Biopolis cuenta con una cartera de 150 clientes provenientes del mundo de la alimentación humana y animal, del sector de la química industrial y, en menor medida, de la industria farmacéutica, de forma que el 65% de su facturación se origina fuera de España.

Adicionalmente cabe reseñar que hoy Biopolis cuenta con una plantilla de 70 profesionales con distintas formaciones, desde biólogos, farmacéuticos o químicos a ingenieros químicos e industriales, pasando por bioinformáticos, abogados o comerciales. El modelo de transferencia creado se basa en la rigurosidad, la cercanía al cliente y la obsesión por la puesta en el mercado de los desarrollos. Es un ejemplo de que la mal invocada dicotomía entre ciencia básica y ciencia aplicada, no existe, y que desde la ciencia bien hecha siempre surgen aplicaciones industriales.

En resumen, se trata de una spin-off que se ha concebido y desarrollado en un OPI, para devenir una start-up y ser vendida después a una de las grandes multinacionales del sector, sin perder la participación que el OPI tiene en ella desde su creación.

b)Marsi Bionics S.L.
Marsi Bionics se crea en 2013 como spin-off del Centro de Automática y Robótica (CAR), centro mixto entre el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad Politécnica de Madrid (UPM). El principal objetivo de esta EBT es transferir a la sociedad, a través del mercado, los resultados de la investigación en exoesqueletos de asistencia a la marcha de niños con enfermedades neurológicas. El exoesqueleto ATLAS desarrollado por el equipo del CAR supone un doble hito internacional, al constituirse como el primer exoesqueleto portable pediátrico y ser el primero indicado en patologías de la infancia que causan la pérdida total de marcha: lesión medular (paraplejia y tetraplejia) y atrofia muscular espinal de tipo II. La spin-off ha recibido el Sello de Excelencia de la Comisión Europea y el Sello de Pyme Innovadora del Ministerio de Economía y Competitividad, la consideración de Empresa de Sector Estratégico del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad y varios otros premios por su labor tecnológica y social, entre los que destacan el Premio CEPYME 2015 al Mejor Proyecto Emprendedor y el premio FENIN al emprendimiento en tecnología sanitaria.

La búsqueda de capital ha llevado a Marsi Bionics a estar hoy constituida por cuatro accionistas, entre ellos una empresa financiadora tipo “Business Angel” y una gran industria que aporta su capacidad tecnológica, Escribano Mechanical and Engineering, esta última jugando además el papel de socio industrial para llevar a cabo la producción de los exoesqueletos a gran escala. Al cierre de 2018 la empresa contaba con una plantilla de 17 empleados [15].

En resumen, una spin-off que nace en un centro mixto CSIC-Universidad, con indiscutible éxito en un sector social importante y que se vincula a un socio que aporta capital y a uno que le da la dimensión y la gestión industrial.

c)Anafocus.
Anafocus se crea en Sevilla en 2004. Originariamente pretendía explotar el conocimiento que existía en el IMSE-CNM (Instituto de Microelectrónica de Sevilla, Centro Nacional de Microelectrónica), centro mixto del CSIC y la Universidad de Sevilla, sobre diseño de circuitos integrados de señal mixta para aplicaciones de visión. Inicialmente la empresa se creó con un capital mínimo de 3.000 euros, aportados a partes iguales por seis de los siete socios iniciales; estos socios eran personal de la universidad y/o del CSIC de diversas categorías laborales, desde catedráticos a becarios.

La primera fase consistió en diseñar un plan de negocio y obtener la financiación que se necesitaba para implementar ese plan. Dada la falta de experiencia de los socios, el borrador inicial del plan fue presentado a un concurso de nuevas empresas. La novedad de las ideas aportadas y su elevado carácter tecnológico hicieron que ese plan seminal ganase el concurso. Se reformuló entonces un nuevo plan de negocio y se consiguió que Bullnet Capital, una empresa de capital semilla, adquiriese a comienzos de 2005 el 51% de la compañía por un total de seis millones de euros. Inicialmente la compañía se alojó en las instalaciones del IMSE-CSIC, para trasladarse ese mismo año 2005 al Pabellón de Italia, en el Parque Tecnológico de Cartuja, donde fue ocupando un espacio progresivamente creciente, conforme aumentó el número de empleados hasta llegar al centenar con titulación superior (un tercio de ellos con el grado de doctor), generando una cartera de clientes en todo el mundo, desde Europa hasta Japón. Sus productos estelares han sido los convertidores analógico-digital y digital-analógico y, sobre todo, sus sistemas integrados programables de visión.

En 2014 se decidió aceptar una de las ofertas de compra recibidas ese año, vendiendo la empresa a E2v (English Electric Valve, antes una compañía de Marconi y hoy de Teledyne), para convertirla en departamento de I+D de ese holding, [16]. Desde entonces opera en sus instalaciones de Sevilla con notable éxito.

En resumen, se trata de la spin-off de un centro, que puso en juego las competencias CSIC-Universidad y que, atrayendo al final la atención de un potente grupo internacional, no dudó en absorber la empresa cuando creó una cartera de productos de impacto internacional y llegó a un volumen del centenar de trabajadores de alta especialización.

d)Nuevas tecnologías de recuperación, purificación y licuefacción de helio adaptadas a hospitales y centros de investigación.
A pesar de ser el segundo elemento más abundante del universo, el helio (He) en la Tierra se obtiene del subsuelo. De hecho, se trata de un gas fósil, producto de la desintegración natural de minerales derivados del uranio. Este hecho convierte al helio en un material estratégico, limitado y muy caro, que puede alcanzar, en fase líquida, precios de hasta 50 euros/litro. Por tanto, es fundamental recuperarlo, purificarlo y volverlo a licuar, porque su uso es imprescindible en multitud de equipos médicos y de investigación, como resonancias magnéticas, magnetoencefalógrafos, refrigeradores de dilución y, en general, en todos los equipos utilizados en física de bajas temperaturas. Hasta hace una década la única tecnología existente para producir helio líquido era muy compleja, voluminosa, cara y difícil de mantener operativa.

Un equipo de investigadores y técnicos, del ICMA (Instituto de Ciencia de Materiales de Aragón), centro mixto del CSIC y la Universidad de Zaragoza, desarrolló una novedosa tecnología de purificación y licuefacción de helio que, con el tamaño y consumo de un electrodoméstico, es adaptable a todo tipo de equipamiento médico y científico, y a distintos entornos, desde hospitales hasta empresas y pequeños centros de investigación. La tecnología se protegió mediante una cartera de seis familias de patentes.

Por otro lado, la empresa americana GWR Instruments (EE.UU.) fomentó hace varias décadas el nacimiento, establecimiento y expansión de la compañía Quantum Design International (EE.UU.), en el área de squid, gravímetros y licuefactores de He.

Hace unos veinte años el ICMA estableció relaciones científicas con GWR a raíz del interés de esta empresa por un artículo que publicó el centro, que dio lugar a que se planteara la fabricación de unos prototipos de licuefactores de He con potencial de fabricación industrial. De ello surgió la idea en el ICMA de hacer un spin-off entre la industria y los dos centros públicos (CSIC y Universidad de Zaragoza). Sin embargo, avanzado el estudio de mercado, Quantum Design, ya vinculada a GWR, ofreció la puesta en valor de los resultados a través de la compra/licencia de las patentes y el establecimiento de royalties para el CSIC y la universidad, con la ventaja de la inmediatez, estructura de distribución/comercialización y la contratación de proyectos de desarrollos posteriores. Por ello, la explotación comercial fue licenciada, en exclusiva, a la empresa Quantum Design International. Desde que se inició la comercialización en octubre de 2012, bajo la denominación Advanced Technology Liquefiers (ATL) [17], se han instalado ya más de 144 plantas en todo el mundo.

Este es un ejemplo de transferencia que seguramente no habría llegado a esos resultados siguiendo la vía EBT, pero que consigue resultados en línea con la misión de transferir, utilizando otro instrumento del arsenal al que hemos hecho referencia y poniendo en práctica la idea que debe sobrevolar toda iniciativa de EBT desde el sector académico: ser consciente de que el mercado, la gestión, la comercialización, etc., son aspectos fundamentales de la empresa, y el sector académico no es en absoluto experto en ello, por lo que conviene adoptar soluciones mixtas o cuando menos imaginativas que provean de una buena capacidad de esos aspectos.

e)Mecwins S.A.
Mecwins [18] es una spin-off creada en 2008 desde el Instituto de Micro y Nanotecnología (IMN-CNM, centro propio del CSIC), especializada en el desarrollo de herramientas nanotecnológicas innovadoras para el análisis, diagnóstico y pronóstico de enfermedades. La base tecnológica corresponde a una cartera de patentes relacionadas con sensores optonanomecánicos, desarrollados en el grupo de Bionanomecánica del centro. La empresa es pionera en la comercialización de este tipo de sensores basados en el diagnóstico molecular y la interacción de la bioquímica con la nanomecánica. Su objetivo actual se centra en el desarrollo de inmunoensayos ultrasensibles para la detección de biomarcadores proteicos en sangre. Los campos de aplicación clave se encuentran en oncología, enfermedades cardiovasculares y enfermedades infecciosas.

La compañía comenzó su andadura gracias al capital semilla de Masela Inversiones. En 2009 firmó un acuerdo de desarrollo tecnológico con la empresa Progenika S.A. (hoy parte del grupo Grifols), que le proporcionó el impulso inicial para comenzar el desarrollo de sus productos en la incubadora de empresas tecnológicas del Parque Científico de Madrid. Con una base científica sólida, transferida de manera eficiente a la compañía desde el CSIC, en algo más de un año se produjo el lanzamiento comercial de la plataforma SCALA para la lectura óptica de sensores nanomecánicos, y menos de un año más tarde se realizó la primera venta internacional de la plataforma para investigación. En 2014 la empresa cerró una segunda ronda de financiación por cuatro millones de euros con el fondo CRB-Biotech, lo que permitió que la compañía alcanzase los diez empleados en plantilla, algunos de ellos jóvenes investigadores del CSIC, y pasase a ubicarse en instalaciones propias. En el año 2018, Grifols suscribió dos millones de euros en la ampliación de capital de Mecwins a través de Progenika Biopharma, alcanzando con ello el 25% del capital [19].

La inversión de Grifols y CRB tiene por objetivo permitir a Mecwins realizar estudios clínicos que demuestren la capacidad diagnóstica de esta tecnología, que muestra una sensibilidad un millón de veces superior que la utilizada en la práctica clínica habitual. La mayor capacidad facilitaría a los profesionales de la salud la detección temprana en una gota de sangre de biomarcadores de enfermedades como el VIH, la alerta sobre la reaparición temprana de un cáncer de próstata después de una cirugía o la isquemia de miocardio, entre otras. Este diagnóstico temprano permitiría el tratamiento en estadios muy iniciales de esas enfermedades. Debido a los largos periodos de desarrollo para aplicaciones en diagnóstico, la empresa no ha alcanzado su velocidad de crucero todavía. Sus productos estrella han de pasar aún por la aprobación europea y de la FDA (Food and Drug Administration) antes de ser comercializados.

Mecwin reúne en su historia varios elementos de los que hemos hablado: vinculación rápida a un capital y a un tutelaje empresarial utilizando su instalación en incubadora y comercialización de un producto (¡vender producto lo más pronto posible!), sin descuidar la investigación en el desarrollo de avances innovadores, contando con la financiación exterior necesaria.

f)Oncovision.
El avance de la ciencia fundamental, es decir, la ciencia en la frontera del conocimiento científico, precisa del desarrollo de nuevos instrumentos y técnicas experimentales que permitan observar más allá de lo conocido hasta el momento. Así, por ejemplo, en laboratorios internacionales como el CERN (Ginebra, Suiza) o Fermilab (Chicago, EEUU) el desarrollo en las últimas décadas de nuevos aceleradores y detectores ha permitido descubrir partículas elementales como el quark top (Fermilab, 1995) y el bosón de Higgs (CERN, 2012). A su vez, el desarrollo de esas nuevas tecnologías tiene un impacto social e industrial significativo, cerrando el ciclo inversión-extensión del conocimiento-retorno económico.

En el Instituto de Instrumentación para Imagen Molecular (I3M), centro mixto CSIC-Universidad Politécnica de Valencia, un grupo de físicos experimentales de partículas y nucleares, utilizando las técnicas de detección de rayos gamma que ellos mismos desarrollaron en el CERN, Fermilab y otros laboratorios internacionales, pusieron a punto una serie de aplicaciones específicas en el diagnóstico por imagen médica, adaptando esas técnicas. El resultado permitió optimizar la tecnología de detección de rayos gamma mediante cristales de centelleo para mejorar la imagen de la Tomografía por Emisión de Positrones (PET) y ello dio origen a unas patentes del CSIC que constituyeron la aportación inicial a la creación de la spin-off Oncovision, en los primeros años de la presente década.

A finales del año 2016 la empresa fue adquirida por la multinacional alemana BRUKER, líder mundial en la comercialización de equipamiento para investigación química y biomédica. Más de diez investigadores e ingenieros españoles que se formaron en el I3M trabajan ahora para BRUKER en su nueva sede de Valencia, con lo que se ha contribuido a la generación de empleo de calidad en España. Hoy Oncovision [20] cuenta con una línea de productos clínicos que incluye una gamma cámara intraoperatoria, única en el mercado, una gamma sonda utilizada ampliamente en cirugía radioguiada y el revolucionario Mammi PET, un equipo para el diagnóstico del cáncer de mama, capaz de visualizar lesiones de menos de 2 mm, que puede cuantificar con precisión la actividad tumoral. Numerosos centros de investigación en todo el mundo han incorporado esos equipos para la realización de estudios oncológicos y neurológicos con animales pequeños de experimentación (ratas y ratones). Todo ello reporta notables royalties al CSIC.

En este caso, como en el de Anafocus, la excelencia, competitividad y capacidad demostrada a nivel internacional han atraído el interés de multinacionales que, al adquirir estas empresas, no solo completan el ciclo investigación-transferencia-comercialización, sino que permiten emplear personal muy cualificado formado en los CPI y aseguran a estos organismos un contacto importante para continuar una línea de investigación de probado interés industrial.

NOTAS

¹ Los bioinvestigadores llaman así a las tecnologías de genómica, proteomica, la metabolímica, etc.


[1] Véase transcripción en Revista REDES14, vol7, nov 1999 «Ciencia, la frontera sin fin.», Vannever Bush. Ver https://www.oei.es/historico/ctsiima/VANNEVAR-BUSH.pdf
[2] European Innovation Scoreboard 201 https://ec.europa.eu/growth/industry/innovation/facts-figures/scoreboards_en
[3] https://www.fraunhofer.de/en/about-fraunhofer.html
[4] https://fedit.com/
[5] Real Decreto 2093/2008
[6] Ministerio y elaboración propia http://www.ciencia.gob.es/portal/site/MICINN/ menuitem.7eeac5cd345b4f34f09dfd1001432ea0/?vgnextoid=967227bba0d- 90210VgnVCM1000001034e20aRCRD
[7] «Un clima para la ciencia», M. Lora-Tamayo, 1969, Ed. Gredos S.A.
[8] https://www.ticbeat.com/innovacion/parques-cientificos-que-son-y-cuales-hay- en-espana/; «Los parques Científicos y Tecnologicos en España: retos y oportunidades» Julio Cesar Ondategui, Madri+d, CAM
[9] https://www.apte.org
[10] Ángela Bernardo https://blogthinkbig.com/startup-programs
[11] https://noticias.infocif.es/noticia/incubadoras-aceleradoras-y-viveros-de-empresas-diferencias
[12] «La investigación y transferencia de conocimiento en las universidades españolas», informe CRUE, 2016
[13] http://biopolis.es/
[14] https://www.uv.es/master-id-biotecnologia-biomedicina/es/novedades-1285955 365476/Novetat.html?id=1286000589187
[15] http://www.marsibionics.com/
[16] https://es.wikipedia.org/wiki/Teledyne_Anafocus
[17] https://www.qdusa.com/products/helium-liquefiers.html
[18] http://mecwins.com
[19] https://www.grifols.com/es/view-news/-/new/grifols-invests-in-ultrahigh-sensitive-disease-diagnostic-and-prognostic-technology
[20] http://www.oncovision.com/es/oncovision/

Europa, después del Covid 19

Parece que sucedió hace bastante tiempo, pero solo han transcurrido cuatro meses desde que nos tuvimos que confinar a causa de la pandemia del Covid 19. A finales de febrero o principios de marzo de este año, las informaciones sobre el brote epidémico surgido en Wuhan a causa de un coronavirus abandonaron las páginas dedicadas a la información internacional para ocupar grandes titulares en nuestros medios de comunicación. Días después nos recluimos en nuestras casas, nos habituamos a la mascarilla y a mantener las distancias entre nosotros, mientras sufrimos por las víctimas y aplaudimos al personal sanitario. La economía se desplomó y millones de empleos estuvieron en peligro.

Al comienzo del 2020 se habían dado los primeros pasos del nuevo ciclo político europeo, tras las elecciones del Parlamento de Estrasburgo y la llegada de nuevos liderazgos al frente de las instituciones comunitarias. Las consecuencias negativas de la crisis financiera no estaban totalmente superadas. Los niveles de endeudamiento público y privado eran elevados, y las desigualdades sociales y territoriales se habían incrementado. Las tensiones internas en el seno de la UE reflejaban fracturas preocupantes, tanto entre los países del Norte y del Sur como en el eje Este-Oeste. Más allá de nuestra frontera exterior común, el abandono del Reino Unido y la hostilidad manifestada en diversas ocasiones por Donald Trump generaban incertidumbres sobre la fortaleza del vínculo trasatlántico, mientras los flujos de refugiados y las demandas de asilo no habían encontrado aún una respuesta mínimamente satisfactoria. Por todo ello, Europa afrontaba la entrada en la nueva década con la necesidad de reflexionar en profundidad sobre el futuro del proceso de integración y la definición de una visión estratégica común, con el compromiso de hacer frente a nuestra pérdida de relevancia en el plano global.

Nos preguntábamos qué hacer para combatir el cambio climático y responder al poder creciente de las grandes empresas tecnológicas, ninguna de ellas europea; cómo abordar la desaceleración económica tras varios años de expansión evitando los riesgos de una guerra comercial entre Estados Unidos y China; qué papel debía desempeñar Europa ante la crisis del multilateralismo y la emergencia de fuertes tentaciones proteccionistas. En el plano político, junto al seguimiento de las turbulencias generadas por el Brexit y los sobresaltos creados por los tuits de Trump, observábamos con preocupación la expansión de tendencias autocráticas en una serie de países relevantes, desde Rusia a China pasando por Turquía, y el deterioro democrático en algunos países miembros de la Unión, como Polonia y Hungría. Todas esas preguntas siguen estando vigentes. Pero a ellas se añade ahora el análisis de las consecuencias de la pandemia sobre las posibles respuestas.

La nueva Comisión liderada por Úrsula Von der Leyen ha tratado de marcar orientaciones y asumir compromisos adecuados a esos retos. La presidenta definió su equipo como “una Comisión geopolítica”, que reafirmase la autonomía estratégica de la UE para no quedar a merced de las relaciones de poder entre Washington y Beijing o de las grandes compañías tecnológicas. Estableció prioridades claras en torno a un “Green Deal” para luchar contra el cambio climático, y se propuso acelerar el ritmo de digitalización de la economía y de su regulación, recuperando el terreno perdido frente a Estados Unidos y China. La Unión Europea debía avanzar en ambos terrenos para recuperar competitividad, y hacer valer el derecho a la privacidad y al uso adecuado de los datos, al tiempo que se garantizaba la seguridad frente a posibles ciberataques. De todo ello debía hablarse en la Conferencia sobre el futuro de Europa, a celebrarse entre la primavera de 2020 y la del 2022.

¿Hasta qué punto ha obligado la pandemia a revisar esa estrategia? A diferencia de lo ocurrido en la crisis financiera, la Unión Europea ha reaccionado a tiempo, mostrando su determinación de hacer frente a las consecuencias del Covid 19 con la mayor contundencia y unidad posibles. Actuar de otra manera no solo hubiese supuesto una enorme equivocación en detrimento de los intereses comunes de los países miembros, sino también un riesgo cierto para el propio proyecto de integración, generando la desafección de millones de ciudadanos respecto de “Bruselas”.

“A diferencia de lo ocurrido en la crisis financiera, la Unión Europea ha reaccionado a tiempo, mostrando su determinación de hacer frente a las consecuencias del Covid 19 con la mayor contundencia y unidad posibles”.

Esta vez no es posible entablar un debate sobre las responsabilidades de unos u otros países en los orígenes de la crisis. Ni tampoco cabe argumentar que quienes se ven más afectados por la pandemia son quienes deben llevar a cabo los mayores esfuerzos para superarla. El shock es de exógeno y de naturaleza simétrica, aunque sus efectos golpean de manera desigual a algunos países por razones que no les son imputables a sus autoridades, sino más bien a las características de su sistema productivo o a sus fragilidades estructurales. El peso relativo de sectores como el turístico o el transporte aéreo, altamente integrados en el mercado interior en beneficio de todos, ofrecen un buen ejemplo del interés en encontrar soluciones satisfactorias tanto para quienes detentan una posición fuerte por el lado de la oferta como por quienes más se sitúan en el lado de la demanda.

“Esta vez, no cabe argumentar que quienes se ven más afectados por la pandemia son quienes deben llevar a cabo los mayores esfuerzos para superar la crisis”

La enorme envergadura de la recesión surgida tras el estallido de la pandemia era inevitable. Tanto por la caída de los intercambios exteriores y de las expectativas económicas, como por la imperiosa obligación de adoptar normas de confinamiento social y paralizar partes relevantes de la economía. Los gobiernos han debido poner en marcha medidas en el ámbito de la protección de la salud, de preservación del tejido productivo y de compensación a los trabajadores y empresas directamente afectados por la caída en picado de la actividad. A medio plazo, la profundidad del descalabro va a depender de la duración de la pandemia y ésta va a estar, a su vez, en función de la disciplina en los comportamientos sociales, la disponibilidad de mecanismos adecuados para el tratamiento de la enfermedad y, sobre todo, el descubrimiento y distribución de la vacuna o vacunas, algo de lo que aún no tenemos certezas. Entre tanto, la utilización de los instrumentos de política monetaria y fiscal disponibles no debe encontrar ahora las restricciones consideradas necesarias en momentos de normalidad, sin perjuicio de que se vayan preparando desde ahora las estrategias a medio plazo para consolidar las cuentas públicas y revertir de manera gradual la acción de los bancos centrales hacia los cauces habituales.

Los riesgos de cara al futuro son considerables. Las desigualdades entre ciudadanos en el interior de cada país, y entre estos en el seno de la UE, ponen a prueba la solidez de los sistemas de protección social nacionales y abonan la necesidad de poner en marcha mecanismos de solidaridad a escala europea que complementen, con instrumentos y prioridades acordes con la nueva realidad, a los ya existentes en el marco de la política de cohesión territorial. La coordinación de las estrategias nacionales en materia de políticas económicas y de reformas estructurales, en el marco del Semestre europeo, cobra una relevancia que no pudieron imaginar hace una década quienes pusieron en marcha ese sistema. Entre otras razones, porque ahora se anuncia la disponibilidad de un ingente volumen de recursos financieros para ayudar a los países de la UE a llevar a cabo sus planes.

Las primeras decisiones de la UE ya están siendo implementadas. Desde la liquidez suministrada por el BCE –más de 1,3 billones de euros comprometidos para comprar deuda en el mercado secundario– hasta el apoyo financiero a los programas de protección de desempleados y de otras actuaciones en el mercado de trabajo a través de SURE, pasando por las líneas abiertas por el Banco Europeo de Inversiones con el respaldo de avales públicos o la nueva ventanilla de préstamos a largo plazo no condicionados acordada por el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE). A ello hay que sumar la suspensión de la aplicación de las reglas del Pacto de Estabilidad y Crecimiento y la flexibilización en el control de las Ayudas de Estado.

A su vez, los países miembros han acordado numerosas medidas en su ámbito respectivo. Desde los ERTE y sus equivalentes en Alemania, Francia, Italia hasta recapitalización con recursos públicos de empresas, pasando por abundantes apoyos a la financiación del tejido productivo. Comparando la reacción actual ante la pandemia con la que se produjo tras el estallido de la crisis financiera de 2008, es evidente que Europa ha reaccionado esta vez con mucha más contundencia. Pero eso no quita que los riesgos sigan estando presentes, y sean considerables. Las medidas de choque adoptadas miran al corto plazo, pues tienden a minimizar los costes de la recesión y a atender las necesidades más urgentes. Ahora llega el momento de pensar en el futuro.

Eso es lo que hace la propuesta de la Comisión Europea para la reconstrucción y relanzamiento de la economía de los 27, que ha sorprendido muy favorablemente por su magnitud y por su ambición. Sumando los recursos asignados al nuevo Fondo, llamado “Next Generation EU”, y los correspondientes a la envolvente financiera correspondiente al marco presupuestario plurianual para el periodo 2021-2027, la suma asciende a 1,85 billones de euros. El Fondo debe utilizarse durante los próximos cuatro años, y dos tercios del total se distribuirán entre los países miembros en base a transferencias directas destinadas a financiar los planes de reforma presentados desde las respectivas capitales, con una clave de reparto ligada al mayor o menor impacto de la pandemia, y según las prioridades relacionadas con los grandes objetivos definidos por la UE, lucha contra el cambio climático y digitalización de la economía.

“Las medidas de choque adoptadas miran al corto plazo, pues tienden a minimizar los costes de la recesión y a atender las necesidades más urgentes. Ahora llega el momento de pensar en el futuro.”

La propuesta está siendo debatida en estos momentos. Los jefes de Estado y de Gobierno van a intentar acordarla a la mayor brevedad, de manera que los recursos puedan empezar a aplicarse cuanto antes. Las posturas de los llamados “países frugales”–Holanda, Suecia, Dinamarca y Austria– aún están alejadas del terreno marcado por la Comisión con su iniciativa, pero el hecho de que esta se base en la propuesta común formulada por Francia y Alemania, junto a la necesidad de salir cuanto antes de la recesión, permiten albergar un optimismo razonable sobre el resultado final de unas negociaciones especialmente complejas.

Además, la financiación del Fondo va a realizarse mediante emisiones de deuda a medio y largo plazo llevadas a cabo directamente por la Comisión, reembolsables gracias a los ingresos derivados de una serie de nuevos impuestos comunitarios. Todo ello implica un cambio sustancial respecto a las medidas de apoyo financiero llevadas a cabo durante la anterior crisis, lo que ha dado pie a que algunos hablen de un momento “hamiltoniano”, en recuerdo del primer secretario del Tesoro norteamericano que decidió, en los momentos fundacionales de su país, asumir la deuda de los estados federados y emitir a cambio deuda mancomunada, creando así una base sólida sobre la que pudo descansar su voluntad de integración en el proyecto común.

Obviamente, la propuesta de la Comisión no va tan lejos. En el caso de que sea finalmente aprobada en sus propios o similares términos, quizás sea un primer paso hacia una Unión fiscal que complemente a la actual Unión monetaria y a la aún incompleta Unión bancaria. Pero en todo caso eso no lo sabremos hasta que, una vez superada la urgencia en hacer frente a las consecuencias de la pandemia, se abran nuevos escenarios caracterizados por un entorno de mayor estabilidad. Lo cual no es óbice para resaltar la importancia política de los pasos dados hasta ahora. Alemania, bajo el liderazgo reforzado de Angela Merkel, ha adoptado una actitud muy diferente a la que adoptó en la crisis financiera, marcada por la excesiva prudencia en la toma de decisiones y por la exigencia de políticas de austeridad, sin calcular bien su impacto negativo sobre el crecimiento ni sus consecuencias sociales. Ahora está liderando, junto a Francia, España y la Comisión, una respuesta más constructiva, con la convicción de que el interés común debe prevalecer sobre los temores de generar incentivos perversos en los beneficiarios del apoyo financiero.

Los desafíos que vamos a enfrentar tras la superación de la pandemia son enormes. En primer lugar, la recuperación del PIB perdido durante esta recesión ha de lograrse cuanto antes, sobre la base de un crecimiento articulado en torno a las prioridades preestablecidas, que siguen siendo válidas: el “Green Deal” y los avances decididos en el campo de la digitalización. A su vez, el crecimiento habrá de ser inclusivo, cerrando las nuevas brechas de desigualdad que se suman a una situación ya intolerable antes de la pandemia, como consecuencia de las bolsas de desempleo de larga duración y los empleos precarios que afectan principalmente a los jóvenes, las mujeres y los inmigrantes. Todo ello va a requerir, además, la eliminación de las barreras existentes en el seno del mercado interior, que sigue siendo la base más sólida sobre la que asentar una senda de crecimiento sostenible e inclusivo. En particular, si la pandemia tiene como consecuencia la aceleración de las tendencias que apuntan a una cierta desglobalización.

La coordinación de políticas económicas de los 27 deberá llevarse a cabo a través de una gestión del Semestre europeo menos burocrática y más integrada en los debates de carácter estratégico, tanto nacionales como a escala de la UE. La hoja de ruta para culminar el diseño de la Unión Económica y Monetaria, que complete la Unión Bancaria, avance hacia la Unión fiscal, desarrolle la Unión de los mercados de capitales y refuerce el papel internacional del euro. Esa agenda ha de incluir también la simplificación de las reglas actuales del Pacto de Estabilidad y Crecimiento cuando su vigencia sea restablecida, sobre la base de criterios de disciplina presupuestaria más razonables. La consolidación fiscal, tras el aumento de los déficits y de los niveles de deuda que se están produciendo durante este periodo, requiere la definición de una estrategia a medio plazo creíble y viable. Para ello hará falta desplegar esfuerzos que conduzcan a amplios consensos. La gobernanza que conocimos en la década anterior, protagonizada muchas veces por las “troikas” y los “hombres de negro”, tiene que dar paso a un modelo muy diferente, bajo la convicción de que la sostenibilidad de las finanzas públicas forma parte del interés común, sin necesidad de añadir más líneas de fractura política y social a las ya creadas por una catástrofe económica cuyos orígenes no tienen que ver con comportamientos irresponsables por parte de las autoridades o de los interlocutores sociales. Los avances que se puedan producir en el ámbito de la política fiscal permitirán, además, reequilibrar el pilar económico de la Unión Económica y Monetaria, descargando al BCE de responsabilidades que en puridad no corresponden a la autoridad monetaria.

La Conferencia sobre el futuro de Europa, que se abrirá en el segundo semestre de este año bajo la presidencia alemana de la UE, tiene que definir una agenda de reflexión y debate conectada con la realidad. Más que dar lugar a elucubraciones sobre cambios institucionales y reformas de los Tratados, deberá responder a preguntas que muchos nos hemos formulado durante los meses de confinamiento. ¿Qué puede hacer la UE en materia de protección de la salud de los europeos para completar las acciones que lleven a cabo sus países miembros? ¿Cuál ha de ser el grado de autosuficiencia europea en materia de producción de medicamentos? ¿Cómo aprovechar mejor las capacidades de nuestros investigadores en el campo de la salud, de la investigación y de la lucha contra las pandemias? ¿Hasta qué punto es posible, y en su caso deseable, recuperar cadenas de valor que se habían ido deslocalizando fuera de nuestras fronteras? ¿Qué cambios habrían de introducirse en la política de competencia para protegernos del excesivo poder de mercado de las grandes empresas tecnológicas o de los inversores chinos apoyados por ayudas públicas? ¿En qué debe consistir una política industrial europea del siglo XXI, de manera que evite intervencionismos que ya demostraron en el pasado ser ineficaces y muy costosos?

Los riesgos económicos no van a proceder solo de nuestras propias carencias y errores. Las tensiones entre China y Estados Unidos, los desequilibrios que están surgiendo en grandes economías emergentes, o la carencia de una gobernanza global basada en el multilateralismo y la asunción de responsabilidades colectivas, son cuestiones pendientes que no parecen tener aún respuesta, a pesar de que la pandemia ha contribuido a poner en evidencia la lista de cuestiones no resueltas. La necesidad de acciones colectivas en el plano global, evidente para hacer eficaz la lucha contra el cambio climático o para evitar las dinámicas proteccionistas y las guerras comerciales, encuentra ahora un nuevo y poderoso argumento con las enseñanzas que a todos nos han proporcionado estos meses. En definitiva, los desafíos no han cambiado de naturaleza con la pandemia. La mayoría son quizás aún más evidentes, y a ellos se han venido a sumar otros nuevos.

Sin embargo, hasta el próximo mes de noviembre esas preguntas corren el riesgo de no encontrar respuestas claras. La importancia del resultado de las próximas elecciones americanas, que decidirán la permanencia o la salida de Trump en la Casa Blanca, es mucho mayor de lo que pudimos imaginar hace ahora cuatro años, e incluso de lo que percibíamos a comienzos de 2020. La actitud que Europa adopte a partir de ese momento, sea cual sea el veredicto que pronuncien los votantes estadounidenses, será clave. Si Trump permanece, la UE estará obligada a intensificar su acción exterior, definiendo su papel como el mejor defensor de los valores y principios de la democracia liberal ante el resto del mundo. La gobernanza de la globalización será una responsabilidad que recaerá de manera muy principal sobre nuestros hombros. El concepto de autonomía estratégica tendrá que dotarse de contenido real en muchos ámbitos en los que hoy no deja de ser un deseo con bastantes grados de abstracción. Si por el contrario Joe Biden pasa a ocupar el Despacho Oval, la relación transatlántica recibirá un nuevo voto de confianza, y muchas de las tareas pendientes podrán ser llevadas a cabo junto con nuestro mayor y más antiguo socio en el plano internacional. Pero ello no querrá decir que los términos de la relación vayan a ser los mismos que prevalecieron durante muchas décadas. Ya supimos con Obama que los Estados Unidos del siglo XXI observan al mundo sin centrar todas sus miradas en el continente europeo.

“Si Trump permanece, la UE estará obligada a intensificar su acción exterior, definiendo su papel como el mejor defensor de los valores y principios de la democracia liberal ante el resto del mundo.”

Por todo ello, de una manera u otra, ya sea con la tranquilidad de recuperar la amistad con la Casa Blanca, o con la zozobra de saber que quien la ocupe no es nuestro amigo, la UE debe seguir apostando por las prioridades ya establecidas a comienzos de este año, pero con la determinación que se deriva de saber, tras la pandemia, que el éxito de nuestros propósitos es aún mucho más necesario.

La belleza salvará al mundo

La actual crisis pandémica del Covid 19 tomó por sorpresa al ser humano quien se ha mostrado perplejo ante las imágenes de camiones militares que llevaban cadáveres para ser incinerados y de fosas comunes que se cavan a lo largo de toda América. Un ser humano que se está mostrando con una conducta errática en la que afloran sus complejos atávicos de odios racistas y de violencia.

Ante esta maraña de situaciones inéditas, se requiere que el ser humano busque urgentemente de una dirección para encauzar su conducta hacia propósitos que redunden en su bienestar y en el de los demás. Es por ello que resulta necesario que el hombre –al menos en Occidente–regrese a la búsqueda de su dignidad por medio de aquellos elementos que han constituido nuestra civilización: la ética, el cristianismo y la belleza.

LA ÉTICA

El hombre es un ser fundamentalmente libre pues es el que está menos sojuzgado por los instintos. Pero esa libertad, que le es tan característica y que lo diferencia del resto de seres vivos, necesita ser educada en lo que verdaderamente le conviene. Para esos efectos, la ética es la guía para direccionar adecuadamente nuestra innata libertad y así dirigir nuestra conducta hacia lo que realmente nos dignifica.

Sin embargo, no se trata de buscar un decálogo ético que esté de moda o de establecer una ética personal por más que nos tengamos en la más alta estima. Son alternativas muy arriesgadas. En medio de un desmoronamiento global es preferible recurrir al camino seguro que ha servido para construir nuestra civilización: la propuesta Aristotélica de ética contenida principalmente en la Ética a Nicómaco.

A partir de Sócrates y Platón, Aristóteles plantea una ética fundamentada en 4 virtudes fundamentales (cardinales): la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza y la Templanza. Como diría Josef Pieper en su monumental obra “Las Virtudes Fundamentales” hace mucho tiempo que no hablamos de la virtud como concepto. El exacerbado relativismo que carcome nuestras sociedades ha doblegado a la virtud para presentarla como un concepto desfasado, propio del “oscurantismo” religioso. Cuando en realidad, la virtud (del latín virtus, fuerza) puede ser una herramienta decisiva para darle una vuelta de tuerca a la conducta actual del ser humano. La virtud es la perfección en un determinado hacer que dignifica al hombre.

El cultivo de estas 4 virtudes fundamentales puede definir una estructura de conducta que bien dirigidas supondrían un giro concluyente en la vida de las personas, con la ventaja de la legitimidad que tiene la enseñanza clásica de la antigua Grecia.

La Prudencia se presenta como la preeminente virtud a partir de la cual se desprenden las otras tres. Muchos considerarán a la persona prudente como aquella que toma las precauciones del caso o como aquella que es hábil o táctica. Cuando más bien la prudencia es la capacidad de identificar el bien a partir de la razón y en medio de la realidad.

La Justicia es la materialización o la aplicación del bien en medio de la convivencia con los demás seres humanos. De nada serviría identificar el bien si en realidad no somos capaces de aplicarlo en nuestras interacciones con el prójimo siendo justos, buenos y generosos. La Justicia es la virtud propia del “nosotros”, de la colectividad. Pero solamente aquella persona que aprendió a ser prudente y justa puede también ser fuerte.

La Fortaleza parte de la premisa que hay una debilidad o muchas debilidades que debemos vencer y sobre todo resistir, con paciencia. El ser humano puede reconocer y materializar el bien en comunidad, pero también es capaz de identificar el mal y resistirlo por más que se presente con ropajes atractivos.

El desorden puede ejercer una fuerza atractiva que en ocasiones es irremediable. Es por ello que requerimos la Templanza que más que una moderación se refiere a una “discreción ordenadora” (Pieper) para establecer una armonía entre diferentes fuerzas dispares que cada una tira hacia su propia dirección. La Templanza es el orden interior y la tranquilidad de espíritu para administrar adecuadamente esas fuerzas que se disputan dentro de nuestro interior. Es un orden de auto conservación que evita nuestra destrucción. Es la virtud de la intimidad.

Sin embargo, estas cuatro virtudes no aparecen en el ser humano por generación espontánea o por la lectura de un buen libro. Estas virtudes requieren ser entrenadas por medio de la repetición constante. Se requiere entrenar a la razón para reconocer el bien. Posteriormente hay que materializar el bien mediante actos concretos en nuestras relaciones sociales y demostrar resistencia para no dejarnos arrastrar por seductores desórdenes. Para administrar de manera correcta las fuerzas dispares que tiran en nuestro interior, necesitamos formar nuestra templanza.

Todo constituye una carrera de fondo que puede tomar una vida entera. Pero sabemos que nuestra débil voluntad humana por ser prudentes, justos, fuertes y templados no es suficiente. La Ética propuesta por Aristóteles ubica a las virtudes en escenarios esencialmente políticos o sociales que definitivamente pueden redundar en la constitución de un ser humano mucho más virtuoso. Sin embargo, necesitamos la visión sobrenatural del cristianismo para darle a esa ética de virtudes una dimensión completa y sobretodo, un sentido.

EL CRISTIANISMO

Benedicto XVI resumió admirablemente lo que significa el cristianismo al establecerlo como el encuentro con Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre, resucitado, a partir del cual brota una relación de horizontes infinitos. El cristianismo es ante todo el convencimiento absoluto del Dios Uno y Trino el cual ha sido revelado de manera sobrenatural por Jesucristo.

El cristianismo no es un sistema ético. Sin embargo, ese encuentro del que habla Benedicto XVI exhala una ética que ha supuesto una revolución muy profunda en la vida de millones de personas a lo largo de la historia y que ha definido de manera decisiva la civilización occidental (José Ramón Ayllón). La ética cristiana se basa en la imitación de una figura incomparable como Jesucristo que estableció el amor al prójimo, que resucitó de entre los muertos y que estableció un antes y un después en la historia. Es por ello que ignorar la ética cristiana, o peor defenestrarla sin haberse por lo menos enterado de la misma, sería algo imperdonable.

En ese sentido, el cristianismo retoma las 4 virtudes cardinales pero las potencia y las eleva a un marco sobrenatural cuando se las complementa con las tres virtudes teologales desarrolladas por Santo Tomás de Aquino: Fe, Esperanza y Caridad.

Cuando nos planteamos las grandes preguntas de la vida (qué es el hombre, de dónde venimos, hacia dónde vamos, qué es el dolor, dónde está la felicidad) vemos que nuestra razón se queda corta y que la ciencia no puede brindarnos todas las respuestas. Dentro de ese contexto, resulta razonable creer, tener fe, para que todo adquiera un sentido. El caso contrario sería lo que denomina Pieper la ética del “gentleman” cuyas conductas pueden ser loables pero que no tienen la esperanza de un buen final (la vida eterna), ni el amor al Dios creador ni al prójimo. La Fe constituye una toma de posición libre hacia una verdad propuesta y el convencimiento absoluto de que algo es verdadero y auténtico (Pieper). En el caso del cristianismo es el convencimiento total de la promesa de Jesucristo de la vida eterna. Lo anterior permite asumir la vida desde una perspectiva totalmente distinta, mucho más plena teniendo la garantía o sobretodo la evidencia que esa fe es la que ha generado maravillosos frutos de belleza (el arte y la arquitectura), de sabiduría (las universidades, los adelantos científicos, las reformulaciones del derecho y la economía), y de humanidad (la santidad y la caridad de muchísimas personas).
La Esperanza es el estado del ser que está en camino hacia la felicidad (status viatoris).

“Cuando nos planteamos las grandes preguntas de la vida (qué es el hombre, de dónde venimos, hacia dónde vamos, qué es el dolor, dónde está la felicidad) vemos que nuestra razón se queda corta y que la ciencia no puede brindarnos todas las respuestas”

La Esperanza es un “estar en camino”, es la idea del “aún no” (Pieper) que se conjuga con la legítima aspiración humana de llegar al destino final, a la plenitud total de la vida eterna. Es un encaminamiento que el hombre asume y que se dirige hacia su verdadera realización por medio del balance emocional que lo que se desea es alcanzable (es la virtud estrechamente relacionada con la oración). En el camino de su vida, el hombre siempre tiene la esperanza que en los momentos oscuros Dios se manifestará para su socorro. La Esperanza es la fuerza de ese anhelo.

La Caridad es el amor que el ser humano manifiesta de conformidad con su dignidad. Es el amor a Dios, al prójimo y a todas las actividades en las que el ser humano esté involucrado. Es un amor que tiende a nuestra propia realización para lograr la alegría, la satisfacción y por ende la felicidad. Es la felicidad del amor en virtud de ser amado por Dios que se extiende a un sentimiento de profunda gratitud. Es una postura de amor y respeto por uno mismo, un amor propio, pero sin dejos de narcisismo pues también enlaza con la alegría por la felicidad de los demás y con el desprendimiento.

La ética cristiana presupone un esfuerzo importante, una exigencia que no es fácil de cumplir, pero que apunta a la realización plena del ser humano. Es la superación de la virtud para fines políticos o sociales para llegar a lo divino, perenne aspiración humana. Es un camino complejo, repleto de pruebas, pero fundamentalmente bello.

LA BELLEZA DEL BIEN

La ética supone para el hombre la búsqueda del bien, lo que implica un esfuerzo que apunta hacia la belleza. El bien es fundamentalmente bello pues complace los sentidos y el espíritu del ser humano.

La belleza no se agota con la admiración hedonista o superficial de un cuerpo o un rostro atractivos, sino que representa una de las aspiraciones más íntimas que tiene todo ser humano. De hecho, durante siglos nuestra civilización ha tenido un reconocimiento hacia la belleza por medio de altos niveles de sublimidad en las artes, la arquitectura y la misma vida cotidiana.

En ese sentido, una ética cristiana que se fundamenta en el encuentro con Jesucristo, en la imitación de su figura incomparable, refiere obligatoriamente a una dimensión sobrenatural que constituye una de las experiencias más bellas del ser humano. Esa interconexión entre belleza y lo sobrenatural fue establecida por Platón que consideraba la belleza como la llamada de un mundo ajeno al nuestro. Es además una interacción inevitable que está amarrada a la naturaleza del ser humano para quien la belleza está muchas veces expresada por lo sagrado, lo divino, lo sobrenatural.

El escritor y filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han en su interesante libro “La Salvación de lo Bello” señala que el ideal de lo bello supera por completo la estética y se adentra incluso en lo moral para dictaminar la moral de lo bello. De hecho, el esfuerzo por buscar el bien (prudencia), la justicia en la convivencia, la fuerza de la resistencia, y el orden interior de la templanza constituyen actos que configuran un fresco profundamente bello. Es La belleza del carácter que tiene una perfecta consonancia con el propósito de la ética cristiana.

En medio de las vicisitudes actuales hay espacio para ser optimistas. Se puede repensar una sociedad donde los seres humanos utilicen la ética de las virtudes como su brújula conductual y que la belleza sea siempre el trasfondo de sus actos. No es una ingenuidad; es un objetivo que se debe plantear con suma seriedad para revertir positivamente el espectáculo pavoroso que estamos presenciando en el mundo. La educación deberá jugar un rol preponderante para ese noble propósito.

“Se puede repensar una sociedad donde los seres humanos utilicen la ética de las virtudes como su brújula conductual y que la belleza sea siempre el trasfondo de sus actos.”

Fiodor Dostoievski escribió una hermosa frase en su novela “El Idiota” que en estos tiempos de incertidumbre establece una verdad que nos anima y que resume lo aquí planteado: La Belleza Salvará al Mundo.

Estudio sobre la Universidad en el Perú

En línea con su constante atención a la enseñanza superior, Nueva Revista, en colaboración con la Fundación UNIR ha querido fijar su mirada en la situación en los países de habla hispana y ha editado “Universidad en el Perú: situación y perspectivas”.

Sigue así la línea iniciada con la publicación de números monográficos dedicados a la universidad española desde determinados puntos de vista. En años anteriores ha tratado las reformas pendientes (2014), la problemática de las instituciones (2018), la figura del profesor (2019) o la transferencia del conocimiento (2020) y ya prepara la edición de 2021.

El monográfico de Perú ha sido elaborado conjuntamente entre Madrid y Lima y ha sido coordinado por el académico peruano Hugo Díaz, quien fue presidente del Consejo Nacional de Educación del país andino.

El número está dividido en tres grandes bloques: una visión histórica de la universidad en el Perú, una mirada al futuro del desarrollo de la formación superior y a la articulación del sistema universitario en el sistema educativo.

Dentro de cada una de esas grandes áreas, se plantean asuntos de tanto calado como el empleo, la innovación tecnológica aplicada a la educación, el aprendizaje durante toda la vida, el impacto de las nuevas tecnologías en la sociedad, o el siempre difícil paso de la secundaria a la educación superior, entre otros temas.

Además de la de Hugo Díaz, autor de la introducción, el volumen cuenta con un total de trece firmas. Prestigiosas. Entre otras, la de Manuel Burga, ex rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos; Efraín Gonzales de Olarte, ex rector de la Pontificia Universidad Católica de Perú; Fabiola León-Velarde, presidenta del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología; Iván Montes, presidente de la Sociedad de Investigación Educativa Peruana; Idel Vexler, ex ministro de Educación; o Gustavo Yamada, director del Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico.

La publicación ofrece una amplia mirada a la historia y a la situación actual, pero sobre todo ofrece todo un catálogo de ideas e iniciativas para afrontar el futuro de la institución. Resultará, sin duda, de gran interés para toda la comunidad educativa no solo peruana, sino también latinoamericana y, en fin, para todas las personas preocupadas por una institución decisiva en la marcha de la sociedad.

Como asegura el profesor Hugo Díaz en su texto introductorio, estamos en un mundo en el que «no reinventarse ya trae el riesgo de pasar a engrosar las filas de actividades e instituciones que fueron totalmente reemplazadas.»

Descargar PDF

Ortega y Gasset, meditaciones de El Espectador

Este pequeño libro tiene, como mínimo, un quíntuple interés. Para empezar, sirve como llamada de atención hacia la fascinante empresa que fue la escritura de El Espectador, voluminosa revista unipersonal. Con coquetería, el filósofo presentó el proyecto disculpándose: «Habrá números que padezcan de aridez mental», otros, sin embargo, «llevarán un trozo de mi alma». En realidad, escribió sus particulares Ensayos a lo Montaigne, hablando de todo lo divino y lo humano. Este primer objetivo queda plenamente conseguido. Se cierran las poco más de cien páginas en octavo menor y letra generosa deseando volver a leer a Ortega en general y a El Espectador en particular.

En segundo lugar, la edición de Francisco Fúster es una transparente aportación al venerable arte de la selección de fragmentos, al que en Nueva Revista, como parte de nuestro compromiso con la divulgación de la alta cultura, hemos dedicado nuestros esfuerzos. Véanse las reproducciones de capítulos de particular relevancia de ensayos capitales o tantas glosas detalladas o, más minuciosamente, el «Barbero del rey de Suecia» y la sección de «El barbero de los libros», tan cercanas al espíritu que anima a Fúster en estas Meditaciones. Se diría que, dada la brillantez de Ortega y la variedad y amenidad de El Espectador, el antólogo lo tenía especialmente fácil; sin embargo, él hace el más difícil todavía con una selección muy atinada en dos sentidos contradictorios.

Meditaciones, de José Ortega y Gasset Edición de Francisco Fuster. Hermida Editores, 2020. 14,90 euros. 112 páginas

Por un lado, y es el tercer interés de esta obra, escoge con intención algunos fragmentos que nos demuestran hasta qué punto ha cambiado España o el ambiente cultural desde Ortega a hoy. Por ejemplo, ¿esto sigue pasando y, si pasase, algún escritor se atrevería exponerlo? Dice Ortega y, ojo, selecciona audazmente Fúster: «Pedir a un español que al entrar en el tranvía renuncia a dirigir una mirada de especialista sobre las mujeres que en él van es demandar lo imposible. Se trata de uno de los hábitos más arraigados y característicos de nuestro pueblo». No más curiosas, pero sí más importantes, resultan otras perspectivas, como cuando el filósofo expone, desde su atalaya de tiempo, su olvidada defensa del elitismo intelectual: «Aquí tenemos el criterio para discernir dónde el sentimiento democrático degenera en plebeyismo. Quien se irrita al ver tratados desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales, no es demócrata, es plebeyo».

«Quien se irrita al ver tratados desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales, no es demócrata, es plebeyo», escribe Ortega

En sentido contrario, el cuarto interés de Meditaciones, y el central, estriba en destacar la actualidad que tiene el pensamiento de Ortega y Gasset y cómo sigue resultando imprescindible para iluminar muchos de los grandes debates de hoy. Por ejemplo, para enfrentarse a la centralidad invasiva de la política: «Situada en su rango de actividad espiritual secundaria, la política o pensamiento de lo útil es una saludable fuerza de la que no podemos prescindir. Si se me invita a escoger entre el comerciante y el bohemio, me quedo sin ninguno de los dos. Mas cuando la política se entroniza en la conciencia y preside toda nuestra vida mental, se convierte en un morbo gravísimo. La razón es clara; mientras tomamos lo útil como útil, nada hay que objetar. Pero si esa preocupación por lo útil lleva a constituirse en el hábito central de nuestra personalidad, cuando se trata de buscar lo verdadero, tendemos a confundirlo con lo útil. Y esto, hacer de la utilidad la verdad es la definición de la mentira. El imperio de la política es, pues, el imperio de la mentira».

Para el filósofo, «hacer de la utilidad la verdad es la definición de la mentira. El imperio de la política es, pues, el imperio de la mentira».

Ortega también resulta un precursor del famoso Principio de la incompetencia de Peter, que él explicó antes, mejor, y más punzantemente en apenas tres frases: «Sólo hacemos perfectamente lo que es un poco inferior a nuestras facultades. La sociedad sería perfecta si los ministros fuesen gobernadores de provincia; los profesores de Universidad, maestros de segunda enseñanza, y los coroneles, capitanes. No sé qué adverso sino obliga a los hombres a lo contrario, sobre todo en la edad contemporánea». A lo que añade pertinentes puntualizaciones sobre el progreso: «Las gentes frívolas piensan que el progreso humano consiste en un aumento cuantitativo de las cosas y de las ideas. No, no, el progreso verdadero es la creciente intensidad con que percibimos media docena de misterios cardinales que en la penumbra de la historia laten convulsos como perennes corazones». Trae a la memoria a Charles Baudelaire: «Teoría de la verdadera civilización. No está en el gas, ni en el vapor, ni en las mesas giratorias. Está en la disminución de las huellas del pecado original».

El quinto y último interés de estas Meditaciones consiste en la constante interpelación que Ortega hace al lector. La razón vital de su metafísica se transfigura en un razonamiento vitalista en El Espectador, que Fúster sabe transmitirnos en toda su fuerza. Ortega no quiere ni oírnos quejarnos de la infelicidad: «Aquí está, aquí está el origen de la infelicidad. ¿Quién que se halle totalmente absorbido por una ocupación se siente infeliz? Este sentimiento no aparece sino cuando una parte de nuestro espíritu está desocupada, inactiva, cesante. La melancolía, la tristeza, el descontento son inconcebibles cuando nuestro ser íntegro está operando. Basta, en cambio, que en nuestra actividad se haga un calderón para que asciendan del espíritu quieto –como los vahos maléficos en un agua muerta– esas emociones de desazón, de desamparo y vacío infinito. Entonces advertimos el desequilibrio entre nuestro ser potencial y nuestro ser actual. Y eso, eso es la infelicidad». Como antídoto, nos insta a buscar nuestro yo profundo: «Sólo algunos hombres dotados de una peculiar energía consiguen vislumbrar en ciertos instantes las actitudes de eso que Bergson llamaría el yo profundo. De cuando en cuando llega a la superficie de la conciencia su voz recóndita».

La infelicidad, asegura,  «no aparece sino cuando una parte de nuestro espíritu está desocupada, inactiva, cesante. La melancolía, la tristeza, el descontento son inconcebibles cuando nuestro ser íntegro está operando.»

No se trata de una llamada al egoísmo, sino a una vida propia, intensa y verdaderamente culta: «[P]ienso que no debiera llamarse culto sino al hombre que ha tomado posesión de todo sí mismo. Cultura es fidelidad consigo mismo, una actitud de religioso respeto hacia nuestra propia y personal vida». Nos advierte una y otra vez: «La mayor parte de los hombres vive una vida interior, en cierta manera, apócrifa. (…) lo habitual en las gentes es vivir de prestado».

Sabe compensar el antólogo esos fragmentos que nos llaman al esfuerzo, a los grandes ideales y a la superación con aquellos otros que nos consuelan preventivamente de un fracaso cantado que no tiene, en realidad, demasiada importancia: «Un individuo, como un pueblo, queda más exactamente definido por sus ideales que por sus realidades. El lograr nuestros propósitos depende de la buena fortuna; pero el aspirar es obra exclusiva de nuestros corazones».

El riesgo para la mayoría de los escritores es quedar ignorados. Un puñado de selectos afrontan otro riesgo no menos insidioso: el que los demos por sabidos. Es el peligro de Ortega y Gasset que Hermida Editores y Francisco Fúster nos invitan con eficacia a soslayar.

Bret Easton Ellis, azote de la corrección política

Como Mark Lilla o Francis Fukuyama, también Bret Easton Ellis combate con apasionamiento la política identitaria, pero en su caso lo hace tras constatar cuáles son hoy las secuelas de una decidida heterodoxia. A este escritor americano, gay y hedonista, no le arredran ni los tweets difamatorios ni las campañas de desprestigio y, contra viento y marea, compone en Blanco una defensa de la libertad de expresión, convencido de que ante ella han de caer los innumerables tabúes que ha levantado lo políticamente correcto.

Blanco, Bret Easton Ellis. Literatura Random House. Barcelona, 2020. 229 págs. 20,90 euros (papel) 9,99 euros (Digital)

No; Easton Ellis no es un santurrón, ni el profeta enviado para reprender la laxitud moral. Es un hijo de su tiempo que, sin ocultar sus contradicciones, cree que la cultura actual es frívola y anodina y que, frente a ella, desea recuperar de algún modo el sentido estético.

Su mensaje no es moralizador y quizá esta sea la razón por la que muchos le consideran un traidor. ¿Cómo el autor de American Psycho, paradigma de artista comprometido, se ha mostrado tan reacio a sostener el estandarte del progreso? ¿Por qué razón ha traicionado las causas de la Nueva Izquierda?

Blanco constituye una suerte de autobiografía de esa generación que heredó las libertades por las que lucharon sus padres durante los sesenta y que ahora observa las cadenas que su descendencia millenial no vacila en echarse al cuello Easton Ellis contrapone la toxicidad emotiva de hoy a la recia atmósfera en la que creció un chico de clase media como él. Entonces, explica, “no nos daban medallas por hacer un buen trabajo ni nos premiaban solo por hacer acto de presencia: había ganadores y perdedores. Todavía no existían –los tiroteos en la escuela–al menos, no eran una epidemia–, pero nos pegaban, normalmente niños mayores y por lo general sin que nuestros padres se apiadaran de nosotros, ni tan siquiera lo comentaran. Y desde luego no nos decían que éramos especiales a la menor ocasión”.

Nacido en Los Ángeles, este escritor de semblante plácido publicó su primera novela antes de alcanzar los veinte. Desde entonces, tanto en Nueva York como en Hollywood, se ha codeado con lo más granado del ambiente cultural y del espectáculo, consiguiendo hacerse con una voz propia en la caldeada atmósfera americana.

Su libro es un revulsivo y un baño de realidad parecido al que recibe el lector de 12 reglas para vivir, de Jordan Peterson. Ambos pretenden revertir esa “tentación de la inocencia”, tan perjudicial tanto para el individuo como para la sociedad en la que vive, y mostrar que la vida es más compleja, y por tanto también más rica y gratificante, de lo que la banalización actual y el victimismo suponen. Incluso “el dolor puede –escribe– ser útil porque puede motivarte, y a menudo aporta los materiales para construir grandes obras de arte, música y literatura”. Aunque solo fuera por esto, merecía la pena acercarse a esta obra.

“El dolor puede –escribe Ellis– ser útil porque puede motivarte, y a menudo aporta los materiales para construir grandes obras de arte, música y literatura”

EL SUEÑO DEL ACTOR

A través de sus comentarios en las redes sociales y de su podcast, Easton Ellis ha cosechado una fama de enfant terrible inmerecida: quien lea Blanco se dará cuenta de que no siente particular querencia por el escándalo, sino una aversión cerval a toda suerte de politización, especialmente la que afecta a la identidad y al arte. ¿Por qué convertir la subjetividad y la expresión artística en un campo de batalla ideológico, si es eso, al final, lo que aísla y enfrenta?

Hoy es más atinado que nunca, a su juicio, ese diagnóstico que habla de nuestra actual “cultura del espectáculo”. La obsesión que atrapa al actor y que le conmina, siempre y en todo, a gustar, la siente, en el contexto de la sociedad de la información, el individuo. De ahí que ahora “la mayoría de nosotros llevemos en las redes sociales vidas más basadas en una interpretación de lo que habríamos imaginado tan solo una década atrás y, gracias al pujante culto al gustar, en cierto modo nos hemos convertido en actores”. Pero ese modo de comportamiento nos termina inexorablemente empobreciendo porque hace que se desvanezcan las contradicciones y las aristas, justamente lo que expresa el arte, es decir, lo más real de nuestra existencia.

La vida se ha hecho fácil, como las películas. Y, como las películas, esperamos siempre un final feliz. Vivimos, en resumidas cuentas, en una cultura de la disponibilidad y del consumo, que demoniza el sufrimiento. Easton Ellis explica que en ella ha desaparecido la inversión: todo se compra o se vende a golpe de clic. Por decirlo de otro modo, al desvanecerse los valores, queda solo el precio. Estas páginas no censuran esta situación desde el punto de vista moral, sino estético: en una sociedad nihilista, se pierde todo criterio objetivo, incluidos los artísticos. “Esa ausencia de inversión –asegura- convierte todo en lo mismo. Si todo está disponible sin esfuerzo ni cierto dramatismo, ¿a quién le importa si te gusta o no?”.

En nuestra sociedad digital, observa, todo parece de “usar y tirar”, de la misma manera que todos parecemos iguales, indistintos, a pesar de las reivindicaciones individualizadas y los reclamos que nos exhortan a ser auténticos. Nada ha de sobresalir en la “fantasía de la inclusividad”, en la que no solo un yo es igual, e intercambiable a otro, sino que “todos debemos compartir los mismos valores, la misma visión del mundo y el mismo sentido del humor”.

CULTURA IDENTITARIA

Para Ellis, la cultura de la identidad constituye la otra cara del victimismo que es, a su vez, la secuela de ese narcisismo que contempla el mundo desde el prisma del acreedor.

Se trata de una cultura maniquea, que castiga a quienes considera culpables de discriminación, y honra a quienes se sienten ofendidos por cualquier causa, explica este novelista que ha sufrido en sus propias carnes las secuelas de no suscribir los dictados identitarios. Es, también, una cultura del despecho, vengativa y asfixiante para quien, como el autor de Blanco, se aleja de sus postulados, y netamente ideológica, en la medida en que pasa todo por el tamiz de la corrección política.

Pero también es una cultura hipócrita porque, bajo el atractivo marchamo de la inclusividad, excluye y alimenta la confrontación. Toda identidad, por atrabiliaria que sea, merece protección, socavando incluso toda posibilidad de crítica. Por esta razón la moda de la identidad multiplica el número de ofendidos y el de víctimas. También quienes se sienten de alguna manera ultrajados por la actitud inocente de otros se aprestan a orquestar campañas globales que no palian su victimismo. Porque si todo depende del sentimiento subjetivo, es posible reputar toda relación como una afrenta, todo contacto como un agravio, toda opinión como una transgresión. Es lo que afirma el escritor americano: “Si lo miras todo solo a través de tu partido o afiliación y solo puedes compartir espacio con gente que piensa y vota igual que tú, ¿acaso no te conviertes en alguien pasivo-agresivo y falto de curiosidad que lo simplifica todo demasiado, varado en la idea de que estás en la senda moralmente correcta sin plantearte ni siquiera que quizá otros piensen justo lo contrario?”.

Ellis vio pronto el peligro: “Esta nueva política te exigía vivir en un mundo donde no se ofendiera nunca a nadie, donde todos fueran siempre amables y educados y las cosas siempre inmaculadas y asexuadas, a poder ser sin género, y ahí fue cuando comencé a preocuparme de verdad, cuando las empresas empezaron a querer controlar no solo lo que decías, sino también tus pensamientos e impulsos, incluso lo que soñabas”.

«Esta nueva política te exigía vivir en un mundo donde no se ofendiera nunca a nadie, donde todos fueran siempre amables y educados y las cosas siempre inmaculadas y asexuadas, a poder ser sin género, y ahí fue cuando comencé a preocuparme de verdad»

La indignación es otra de las contrapartidas de la victimización, ya que solo alzando la voz en la confusión indistinta de nuestro espacio público se consigue llamar la atención. Easton Ellis pasa por alto la dimensión económica de las demandas de identidad y escribió el libro mucho antes de que las legislaciones incluyeran los delitos de odio. Pero no se le escapa ese ambiente social en el que vive quien se distancia de lo políticamente correcto. Esa sensación de que uno siempre se está definiendo políticamente, que todas nuestras actitudes revelan las filias y fobias ideológicas y de que existe un bando acertado y otro vergonzoso ha crecido, según Ellis, en las últimas décadas, en las que, como consecuencia, ha aumentado la polarización.

“Es esta –explica– una época que juzga a todos con tal dureza a través del filtro de la política identitaria que, si te resistes al amenazador pensamiento de grupo de la ‘ideología progresista’, que propone la inclusividad universal salvo para aquellos que osen formular preguntas, estás jodido. Todo el mundo tiene que ser igual y reaccionar de idéntica forma ante una obra de arte concreta, un movimiento o una idea, y si te niegas a sumarte al coro de aprobación serás tachado de racista o de misógino. Es lo que le pasa a una cultura cuando deja de importarle el arte”.

CENSURA Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Blanco reflexiona sobre todo ese proceso de “etiquetado” al por mayor al que nos vemos conminados y las secuelas que conlleva la cultura del “me gusta”. Así, “cuando todo el mundo se considera especialista, alguien con una opinión que merece ser escuchada, lo que se consigue es que las opiniones individuales importen menos. En el fondo –continúa Easton Ellis– lo único que hemos hecho es ofrecernos: para que nos vendan, nos etiqueten, nos seleccionen como objetivo, exploten nuestros datos. Es el final lógico de la democratización de la cultura y el temido culto a la inclusividad, que insiste en que todo el mundo tiene que vivir bajo el mismo paraguas de leyes y normas: un mandato que dicta cómo todos nosotros deberíamos expresarnos y comportarnos”.

La cultura identitaria no debe dejar al albur las opiniones porque pueden resultar ofensivas o traumáticas para las supuestas víctimas, explica Ellis en su crítica al creciente sentimentalismo. Por ello, siempre pierde la libertad de expresión, ya que la condescendencia exige fiscalizar las manifestaciones públicas. “Cuando te da un berrinche infantil, lo primero que pierdes es el juicio –sostiene–, y luego el sentido común. Y al final pierdes la cabeza, y con ella la libertad”. A juicio de los defensores de la corrección política, se debe controlar el debate para no conculcar la justicia. Pero es eso lo que hace que nuestra cultura y la convivencia se resientan: un espacio público “blanqueado”, que prohíbe la disidencia hace que cada vez sea más difícil aceptar puntos de vista diferentes a los mayoritarios, como se encarga de recordar repetidamente Ellis a lo largo de su libro.

Se olvida, así, que la crítica y la oposición son necesarias tanto para la maduración individual como colectiva. Bien lo sabe el propio escritor americano, que ha sido marginado por sus opiniones y acusado de connivencia con la derecha, a la que no vota.

En todo ello ha insistido también Jonathan Haidt, psicólogo social, que, como Easton Ellis, ha denunciado lo perjudicial que resulta para los jóvenes el conformismo y la escasez de la discrepancia en los campus universitarios. En palabras del novelista: “No tener la capacidad o la voluntad para ponerte en la piel del otro, para ver la vida de un modo distinto a cómo tú la experimentas, es el primer paso hacia la falta de empatía, y por eso tantos movimientos progresistas se han vuelto tan rígidos y autoritarios como las instituciones a las que se oponen”.

“No tener la capacidad o la voluntad para ponerte en la piel del otro, para ver la vida de un modo distinto a cómo tú la experimentas, es el primer paso hacia la falta de empatía, y por eso tantos movimientos progresistas se han vuelto tan rígidos”

Ellis desgrana en esta obra, en la que repasa su trayectoria, las dinámicas y los círculos viciosos de la nueva cultura, explicando al mismo tiempo la metamorfosis de la izquierda, que ha pasado de combatir las grandes injusticias sociales a esgrimir mensajes sensibleros, apartados de las necesidades reales de quienes más sufren. La hostilidad que este libro muestra hacia la política identitaria es también una forma de defender a la izquierda de sus propios monstruos, ya que explica por qué constituye “la peor idea de nuestra cultura” y cómo “alienta la expansión de la derecha alternativa separatista y de las organizaciones solo para blancos”. Lo que urge, pues, es una forma de entendernos que no alimente las diferencias, sino lo que une, es decir, una cultura que sea inclusiva, además de plural.