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No sé qué rey sueco, algún Gustavo, agobiado como todos, aristócratas y plebeyos, porque el arte es largo y la vida un soplo, encontró un remedio a sus ansias insaciables de lectura. Su barbero tenía la obligación de ir —mientras rasuraba la real mejilla— resumiéndole algún libro de interés. El rey se decía que, de la mayoría de los títulos que había leído en su vida, no recordaba casi nada y nunca tanto como las pocas citas que le recortaba su sirviente. A veces el barbero terminaba despertando el interés del Rey, que leía el libro, y aquel fracaso (su trabajo era ahorrar lecturas, no multiplicarlas) le llenaba de una humilde, secreta alegría; otras veces, no, y el Rey citaba el libro como si lo hubiese leído, convencido de haber captado su espíritu. En esos casos, el barbero sabía que la recensión había dejado un apurado perfecto, y se envanecía de su oficio, con honda melancolía.

En Nueva Revista estamos convencidos de que nuestros lectores no merecen menos que un Rey de Suecia. Además, por puro constitucionalismo, sabemos que la soberanía reside en el pueblo. Y de lo que no tenemos ninguna duda es que ustedes están aún más agobiados que el viejo rey por las demandas crecientes de la vida moderna y de una bibliografía tan apasionante como inabarcable. Ofrecemos, por tanto, nuestros servicios de barbero.

Incluso con los mejores, aunque sobre todo con muchos otros libros (que son los que más nos agobian) es posible seguir este método mínimo. Unas líneas introductorias a brocha gorda (espuma de afeitar) y unos secos cortes a navaja de la obra. También citaremos las citas que el autor hace de otros, barberos de barberos, si nos parecen excelentes, como suelen serlo, pues por eso las escogió el autor. Buscaremos aquellas líneas que condensen el mensaje del libro, pero también —suma de varia intención— los destellos de ingenio, los aforismos inesperados o las briznas de belleza. Lo que no haremos es crítica literaria. Ni un rey de Suecia ni usted necesita que le juzguen el libro, qué va, sino que le den la materia condensada, los antecedentes de hecho y algunos fundamentos de derecho, para juzgar por sí mismo, que es la labor de la majestad.

Las citas, aunque no vayan entre comillas, serán literales, si no se avisa de lo contrario. Entre corchetes irán algunos indicios brevísimos del barbero para poner esas frases en contexto, si fuesen necesarios. Tal vez, incluso, algún guiño travieso, porque no todo es Suecia entre barberos y también nos acogemos al patronazgo del de Sevilla. Con tres puntos suspensivos entre paréntesis se indicará que se ha metido la tijera por medio de un párrafo para apaciguar un remolino en la coronilla, trazar la raya o conseguir un flequillo airoso.

Cuando la barba se puso de moda en todas las cortes europeas, aquel Rey de Suecia no dejó de aparecer perfectamente afeitado en todos sus actos públicos. Aquello chocaba un tanto a los otros monarcas. Claro que también les escandalizaba lo leído e informado que se mostraba en su conversación. Era, ciertamente, un extravagante.


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.