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Ver productosAunque solo fuera por la afortunada influencia que han tenido algunas de sus expresiones, merecería volver a leer Las dos fuentes de la moral y la religión, uno de los ensayos más logrados de Bergson. Este continuó con maestría la senda del ensayismo filosófico francés, enfrentando la frescura visual de su prosa a las abstrusas cavilaciones de la filosofía alemana, aunque su estilo no constituye únicamente un escaparate atractivo para sus ideas, sino el resultado connatural de unas agudas tesis de fondo. ¿Cómo, si no es a través de imágenes cambiantes, de metáforas siempre vivas, podía articular sus intuiciones o esa incontenible fuerza de la vida que, rebelde a toda fórmula, se revela solo a la intuición?

En cualquier caso, la obra, que es una apología del misticismo y defiende la superioridad del espíritu frente la inteligencia, ayudará a contrarrestar el actual predominio de lo científico-técnico, que se ha convertido, por ironías de la historia, en un credo secundado socialmente. ¿Acaso no sueña todo cientificismo con pulverizar los reclamos religiosos? Desde este punto de vista, su victoria no deja de ser pírrica y tiene que contender, todavía, con la fuerza de lo irracional.
Pero, aunque el virus del progreso nos pretenda convencer de que nuestra civilización es la más avanzada, Bergson sugiere que no ha dejado complemente atrás los atavismos. En este sentido, reconocemos en los impulsos tribales y en el empuje de la corrección política las claras huellas de las sociedades cerradas, aquellas en las que “el alma gira en círculo” y en donde las coacciones de la supervivencia social tienden a sofocar la fuerza de la vida espiritual.
EL CONFINAMIENTO DE LA “MORAL ESTÁTICA”
Por decirlo de otro modo, las formas de vida cerradas no han logrado superar el horizonte de las necesidades biológicas, a las que el hombre hace frente, sí, con el instinto, pero también con la inteligencia. La moral, tanto como la religión, expresa del mismo modo la subordinación del hombre a las exigencias de la especie. Se refiere Bergson, claro está, a la religión y a la moral que denomina estáticas y que confinan la vida del hombre a su círculo más próximo. Condenan al hombre a existencias clausuradas por los muros de la supervivencia, así como a vidas estáticas, contenidas por divisorias biológicas. En uno y otro caso, se trata de mecanismos naturales que aseguran la integración social.
La obra de del filósofo francés es una apología del misticismo y defiende la superioridad del espíritu frente la inteligencia
La religión estática, desde este punto de vista, constituye una estratagema que emplea la inteligencia para secundar la necesidad de la especie. Los mitos y los dioses ayudan a ese animal que es el hombre a no vulnerar los deberes de grupo. Por eso, declara el pensador francés, religión y moral son coextensivas. Y por eso, lo religioso es consecuencia de la función fabuladora, de esa inventiva de la que fluye también la cultura. Pero ¿cómo se lleva a cabo el paso de lo cerrado a lo abierto? ¿De la religión estática a la dinámica? ¿De esa fidelidad miope hacia el grupo al incontenible amor por todo hombre? Para Bergson, es el cristianismo el que decide la transición e inaugura una etapa espiritual nueva que supera el estrecho marco de la naturaleza.
Las dos fuentes de la moral y la religión puede ser leído también como un manifiesto en defensa de los hombres excepcionales, de las singularidades históricas, de aquellos seres humanos que se han elevado por encima del instinto y la inteligencia y alcanzado las alturas del espíritu. Son lo que Bergson denomina “almas místicas”, que experimentan la corriente de la vida, una fuerza que “es de Dios, si es que no es el propio Dios”. El pensador francés incurre en un inmanentismo vitalista, pero no se puede pasar por alto la relevancia que otorga a los grandes hombres, a la excelencia espiritual, que, a su juicio, conforma la avanzadilla de la historia. Con su defensa de la mística, no quiere el pensador francés promover un proselitismo religioso, sino hacer valer la acción de esos maestros de la humanidad que, tras franquear los límites a los restringe su vida la especie, la lleva más allá de lo biológico.
LAS “GRANDES FIGURAS MORALES” DE LA HISTORIA
Son los grandes hombres, pues, o lo que podríamos llamar nosotros quienes integran la “nobleza espiritual”, los que deciden el transcurso del tiempo no solo porque protagonizan las experiencias místicas, sino porque consiguen, tras ella, desempolvar también la naturaleza espiritual de quienes les rodean. Bergson nos ilustra sobre un aspecto que suele pasarse por alto: la fuerza aleccionadora del ejemplo y el arrollador atractivo de la emoción que despiertan estos genios, cuyas vibraciones resuenan en el alma de sus contemporáneos, e incluso, más allá de ellos, en la de quienes viven después. Así lo explica el propio pensador francés: “Las grandes figuras morales que han dejado huella en la historia se dan la mano por encima de los siglos y de nuestras ciudades humanas: juntas, constituyen la ciudad divina, en la que nos invitan a entrar. Podemos no oír claramente su voz, pero no por ello su llamada ha dejado de lanzarse; algo responde a este llamamiento desde el fondo de nuestra alma”.
Bergson ayuda a contrarrestar el actual predominio de lo científico-técnico, que se ha convertido en un credo secundado socialmente
En la sublime experiencia mística, el alma se llena de Dios, se sienta arrebata en su unión con lo divino. Pero el misticismo no es meramente contemplativo; al coincidir la libertad del hombre místico con la actividad divina, la vivencia de la trascendencia revierte y se desborda en la vida. El místico, por tanto, es siempre un enviado y siente la urgencia de ir a comunicar su experiencia al resto de los hombres, como hemos indicado, pero también su fuerza espiritual se transforma en acción. Esta es la razón por la que depende del misticismo la apertura de la sociedad: ahora ya el hombre no se siente solo atado a la suerte de quienes comparten el espacio de un hogar o una nación, sino que es la humanidad entera la que se presenta ante él. “Porque el amor” que consume al místico “no es ya simplemente el amor de un hombre por Dios, sino el amor de Dios hacia todos los hombres”, escribe bellamente el francés.
La sociedad abierta, conviene recordarlo, es cualitativamente distinta a la cerrada y, frente a quienes sueñan con un estado mundial, no es fruto de una mera ampliación numérica. El advenimiento de la misma requiere una transformación espiritual del ser humano, ensanchar el alma y atender más a la fuerza de lo sublime que a los requerimientos consumistas. Es decir, exige una terapia. Quizá esta sea, en el fondo, la suerte que le toca desempeñar a este libro: la de recordar que, más allá de la ciencia, se encuentra el encumbrado ámbito del espíritu, al que los hombres únicamente pueden encaramarse con la ayuda de esos grandes genios que nos han precedido. Somos, todavía, enanos subidos a los hombres de ese gigante y místico que fue Bergson.
El rescate de las obras de Marc Fumaroli en por parte de la editorial Acantilado se convirtió convertido en un modesto éxito editorial: su libro sobre Chateaubriand ha alcanzado la sexta edición, París-Nueva York-París ha tenido una buena acogida, no hace tanto se tradujo La diplomacia del espíritu… El gran sabio y erudito francés, autor también de La República de las letras, concedió esta entrevista con motivo del Congreso La biblioteca de Occidente, organizado por UNIR, Nueva Revista, y CCHS/CSIC, CILENGUA / Instituto de Literatura y Traducción, bajo la dirección de Miguel Ángel Garrido.
–¿Cómo vive su éxito en España?
–Me halaga y me sorprende un poco, porque aquí en Francia soy bien conocido, sí, pero no una celebridad. Me alegra mucho esta respuesta del público español, lo que me demuestra que tal vez deba escribir para Europa y no sólo para Francia –improvisa, con una carcajada-. No obstante, hay que reconocer que en España tengo un editor magnífico, Acantilado, cuyo director es un profesor brillante, audaz, de espíritu libre… En cualquier caso, se trata de un hombre encantador y espero que no haya perdido demasiado dinero con mis libros. Es curioso: en Italia tengo la suerte de contar también con un editor magnífico, y parece que soy más conocido en España y en Italia que en mi propio país.
–Hace poco le ha tocado el turno a Gracián, sobre cuyo Oráculo, en edición realizada por la hispanista Sylvia Bénichou, ha escrito Ud. un extenso prólogo…
–Sí. Ojo, no se trata de que pretenda agradecerle a España su buena acogida –bromea, de nuevo–. Gracián es un autor que yo aprecio desde hace mucho tiempo y al que quería rendir homenaje algún día. Gracias a mi amistad con Sylvia, excelente hispanista e hija de otro hispanista, me he embarcado en ese proyecto de realizar una edición filológica, en alguna medida, de ese texto español y francés a un mismo tiempo, debido a la importancia y la vigencia de la traducción francesa. De algún modo, he querido devolver a Gracián lo que me ha dado durante tantos años.
–¿Cuándo surgió ese interés por Gracián? ¿Cuándo conoció la obra de este “Stanislavski jesuita”, como lo llama Ud. en su prólogo?
–Bueno, contrariamente a lo que mucha gente cree, yo no me eduqué con los jesuitas. Esto hay que subrayarlo: yo estudié en colegios e institutos laicos, públicos. Pero desde el momento en que comencé mis estudios universitarios me interesó mucho comprender ese lenguaje del siglo diecisiete y dieciocho, el de Corneille y Racine. Me interesó comprender a los jesuitas porque eran los mejores educadores de la época, y de sus colegios salió un número considerable de los mejores escritores de su tiempo. Corneille…
Yo creo que los crímenes del siglo veinte fueron causados en parte por una excesiva confianza en la industria, en el poder de la tecnología
–Descartes, que estudió en La Flêche…
–Sí, también Descartes. Luego Voltaire, Diderot se educaron en colegios jesuitas… Estudié sus métodos pedagógicos, sus autores, y me di cuenta de que era una aventura magnífica en el campo educativo, y a una escala mundial. Me parece que una de las debilidades de la sociedad en que vivimos es el carácter ambiguo, equívoco, casi humillado, de la educación. Casi no se puede educar, y la educación se realiza de un modo un poco silvestre, a través de la publicidad, los videojuegos, la televisión, los aparatos como el ipod, etc. Es un modo un poco pintoresco de plantear el futuro de una civilización, que tiene mucho de aleatorio.
Quizá la respuesta de Francia sea la idea de patrimonio, el legado que hay que preservar, que está en la base de la política cultural francesa. Tengo la impresión de que en su país funciona bastante bien, aunque en países como España lo hemos imitado con un éxito muy discutible.
El Estado se ha dedicado a subvencionar, proteger o lanzar lo que yo llamo «cultura de consumo»
–¿Por qué?
–Porque en muchos casos la cultura ha perdido todo vestigio de autonomía, ha quedado asimilada a la política, convirtiéndose casi en propaganda.
Yo creo que la idea de patrimonio, aunque se vea amenazada con fenómenos como el préstamo de fondos del Louvre para fines comerciales, es la correcta. Donde creo que se ha abusado mucho es en los casos en que, por la influencia americana, el Estado se ha dedicado a subvencionar, proteger o lanzar lo que yo llamo “cultura de consumo”: la música rock no necesita al Estado, Disneylandia no necesita al estado, aunque por desgracia este la ayudó muy generosamente. En cuanto al resto, creo que es evidente que si no estuviera el Estado para restaurar los châteaux y las catedrales, para abrir museos y mantener y formar un personal de conservación capaz e inteligente, ¿quién lo haría?
–El problema surge cuando el interés general y el gubernamental se confunden.
–Es cierto que en Francia se dio algo de eso durante el régimen de Mitterrand. Hubo una especie de tutela del sistema del estado por parte de pequeños grupos de amigos, afines siempre ideológicamente, pero creo que eso se ha reducido ahora. A fin de cuentas, la fuerza del sistema puesto en marcha en el siglo dieciocho, con las Academias, y reforzado durante el diecinueve con esta magnífica administración de los monumentos históricos y de los museos, ha permanecido indemne, por encima de los regímenes, los partidos y los cambios. Existe la idea de que el Estado posee ese papel, esa función de preservar la memoria de la nación y, por tanto, sus imágenes.
Lo que me parece un poco paradójico es que al mismo tiempo que se da esa reacción ecologista la confianza en el progreso técnico no haya sido nunca tan ciega
–Una última pregunta, que nos devuelve a cuestiones muy actuales. En su libro sobre Chateaubriand me interesó enormemente la evolución de las ideas del personaje, y en particular su relación con el pensamiento de Rousseau. Primero se deja seducir por esa imagen del noble sauvage que trasluce en René, Atala, Les Natchez, pero luego, cuando recupera su fe católica, se aleja. Quizá después del Terror era un poco difícil seguir creyendo en la doctrina de la bondad natural.
–Es cierto, era difícil. Pero, es curioso, el siglo veinte ha sido aún peor, con dos guerras mundiales y muchas y cruentas revoluciones, grandes desigualdades y matanzas… Y, sin embargo, Rousseau sigue contando con una gran vigencia para mucha gente. El ecologismo, por ejemplo, es un rousseanianismo. Yo creo que los crímenes del siglo veinte fueron causados en parte por una excesiva confianza en la industria, en el poder de la tecnología, de modo que es preciso regresar cuanto antes a modos de vida menos fastuosos desde el punto de vista de la energía, los residuos, etc. Lo que me parece un poco paradójico es que al mismo tiempo que se da esa reacción ecologista la confianza en el progreso técnico no haya sido nunca tan ciega: estamos convencidos de que el hombre va a vencer a la muerte, derrotar a la enfermedad, viajar por el universo que nos rodea, incluso que va a poner fin a la Historia, convertirse en su propio Dios y su propia Providencia. Creo que se trata de un prejuicio procedente de un humanismo enloquecido, que confunde al hombre con Dios, o que toma al hombre por un Dios colectivo, que carece de identidad personal y que trabaja para reformar el mundo creado para hacer de él un campo temático.
En el momento de escribir estas líneas, la democracia española se encamina, tras cuatro elecciones generales en cuatro años, hacia la formación del primer gobierno de coalición en el ámbito nacional. El tradicional bipartidismo imperfecto que caracterizó el sistema de partidos español comenzó a fragmentarse en las elecciones europeas de 2014, dando expresión a la profunda crisis económica y política vivida en España. Primero, 5,7 millones de electores fueron abandonando al PSOE todavía en el gobierno, entre 2008 y 2011, lo que permitió la construcción electoral de Podemos. Poco después, Ciudadanos saltó a la arena nacional sobre los 3,6 millones de electores que abandonaban el PP, también en el gobierno de 2011 a 2015, en esta ocasión sumando a la gestión de la crisis económica la crisis catalana y la de sus propios casos de corrupción.
En 2016, los antiguos bloques izquierda-derecha ya se habían fragmentado, un proceso que continuó en las elecciones de abril de 2019, con el derrumbe de PP y la irrupción de Vox. Además, la política española no se entiende sin la existencia de un tercer bloque que, si bien de menor magnitud, es determinante en la formación de gobiernos y en la construcción de la agenda política nacional: los partidos nacionalistas.
Frente a las críticas a la fragmentación, defiendo su utilidad, porque demuestra que la política española ha sido capaz de encontrar cauces de expresión de su creciente pluralidad. Es la sociedad la que se fractura, al mismo tiempo que grandes sectores sociales desconfían de las fórmulas políticas habituales.
En donde los partidos tradicionales fracasaban, la sociedad ha sabido agrupar preferencias y traducirlas en una mezcla de viejas y nuevas organizaciones políticas que repolitizan su expresión a través de cauces institucionales. Defiendo que los grandes partidos españoles se han adaptado y han sobrevivido a una crisis de legitimidad global mejor que muchas de las históricas formaciones políticas europeas que, desde posiciones hegemónicas, han pasado a la irrelevancia o directamente han desaparecido. Y esto ha sido así gracias a una cultura política que no siempre hemos sabido valorar, así como a la flexibilidad y solidez demostrada por el sistema electoral (a pesar, o precisamente, gracias a sus conocidas imperfecciones), y también por el propio diseño institucional español, que exige revalidar en el Parlamento lo ganado en la calle para, tras el momento de expresión social, pasar a otro estrictamente político: el de los acuerdos para formar gobierno.
En situaciones de bloqueo o de fuertes disputas internas, el recurso al líder fuerte tiene ventajas organizativas, pero también graves inconvenientes
Justo en este punto es donde arrecian las críticas, pues ya que la fragmentación del voto incrementa el número de partidos parlamentarios, dificultando los acuerdos de gobierno, tanta repetición electoral no sería más que una manifestación de un sistema electoral que no ha logrado reducir el número de partidos, evitando así los actuales problemas de gobernabilidad. Quienes esto defienden olvidan que, en un buen diseño institucional, cada cual tiene su cometido y la misión del sistema electoral y del sistema de partidos es la de expresar adecuadamente las preferencias ciudadanas, incluidas las fracturas sociales, lo que constituye la base misma de la legitimidad del sistema democrático. Alcanzar acuerdos para conformar gobiernos corresponde a los líderes y partidos parlamentarios, sobre las bases de esa expresión en términos de diputados, que ellos mismos han contribuido a generar en sus contiendas electorales. Mi tesis es que, lo que falla, no son las normas institucionales, ni siquiera aquellas que ordenan la investidura, sino las estructuras de los partidos, tradicionales o nuevos, el tipo de contienda electoral a la que nos someten los nuevos y viejos medios de comunicación y, sobre todo, el tipo de liderazgo que partidos y medios de comunicación generan.
PARTIDOS DÉBILES, LÍDERES FUERTES Y EFÍMEROS
Los partidos son criaturas resilientes y temerosas de los cambios de humor de su electorado, lentos pero siempre dispuestos a adaptarse. Los partidos tradicionales españoles acabaron tomando conciencia de que la crisis económica y política les había pillado ensimismados, satisfechos de sus logros y relativamente «a salvo de los caprichos del electorado». Los socialistas, desalojados de la gran mayoría de las instituciones y con pérdidas electorales impensables poco antes, iniciaron la carrera por incorporar medidas de relegitimación con sus afiliados y electores; elecciones internas directas entre todos los afiliados para la elección del líder interno, reintroducción de las primarias para la elección de algunos candidatos electorales, y otras medidas de «consulta directa» a afiliados y electores para determinadas decisiones. Sin embargo, estos procesos de «democratización aparente» (José Antonio Gómez-Yáñez y Joan Navarro en Desprivatizar los partidos, Gedisa, 2019), incorporados después, en mayor o menor medida, por casi todos los partidos nacionales, y diseñados no como instrumentos de apertura social sino como mecanismos de relegitimación de las direcciones partidarias, han generado la mayor concentración de poder en torno al líder y su equipo jamás conocida en nuestra democracia.
Nuestros partidos provienen de dos tradiciones europeas, la socialdemócrata y la democratacristiana, con una larga experiencia en organizaciones políticas con fuertes controles y contrapesos internos que reflejan complejos equilibrios y luchas de poder entre grupos sociales diversos (socialdemócrata) o entre fuertes personalidades (democratacristiana). El recurso a la elección directa de los líderes (de tradición anglosajona y sobre todo americana), con evidentes ventajas en términos de movilización preelectoral, aporta, además, un plus de legitimidad al ganador que le permite rodearse de equipos fieles y transformar en meros trámites los tradicionales controles internos de la organización.
Un partido debilitado, un líder fuerte y efímero. ¿Cómo extrañarnos de la escasa disposición al pacto en la política española?
En situaciones de bloqueo o de fuertes disputas internas, el recurso al líder fuerte tiene ventajas organizativas, pero también graves inconvenientes. La ausencia de controles internos facilita la transformación de la dirección de los partidos en aparatos electorales de apoyo al líder, ganando en eficacia electoral a corto plazo lo que se pierde en pluralidad y capacidad de representación. La organización se debilita al ser la crítica o la discrepancia rápidamente estigmatizada como deslealtad. El líder y su equipo carecen de incentivos para establecer tediosos acuerdos internos. La antigua «mesa camilla», si bien poco democrática, representaba una cierta correlación de fuerzas internas, que ahora es sustituida por el «círculo íntimo», cuya continuidad está estrechamente vinculada a la del propio líder. Paradójicamente, el recurso directo a los afiliados y los electores, que permite la mayor concentración de poder y recursos en torno a un líder fuerte, lo atrapa en un círculo de soledad, pues no existen incentivos para tejer alianzas internas, que siempre constituyeron las bases tradicionales de la política. Así mismo, la ausencia de controles internos debilita a la organización y la aísla de sus propios afiliados y electores en el medio plazo, ya que estos solo pueden esperar cambios bruscos de liderazgo y equipos, y «suerte» en la arena electoral. Un partido debilitado, un líder fuerte y efímero. ¿Cómo extrañarnos de la escasa disposición al pacto en la política española?
EL PASADO NUNCA VUELVE
Después de que la familia Kennedy, consciente de que su candidato nunca lograría el apoyo de la Convención Demócrata a la presidencia de los EE.UU., apostó por crear un equipo de campaña fuera del partido y que John F. frecuentara la televisión, un medio de comunicación entonces considerado frívolo, la política nunca más volvió a los salones de convenciones. La actividad política aprende, evoluciona, encuentra o produce nuevas dificultades y, en el mejor de los casos, las integra en una síntesis, no necesariamente mejor, pero siempre distinta.
A pesar de que las nuevas formaciones políticas tienen pendiente superar la crisis más determinante, la sucesión de su fundador, la fragmentación del sistema de partidos ha llegado para quedarse. No es posible ni relevante saber cómo evolucionarán las actuales fuerzas políticas, pues ya sabemos de la capacidad de la sociedad española de crear otras nuevas. Solo drásticos cambios en el sistema electoral podrían cambiar el panorama actual, y me temo que no necesariamente a mejor.
Sin embargo, sí me atrevería a aventurar que, manteniéndose estable el sistema electoral, y habida cuenta de las escasas diferencias programáticas reales entre las ofertas programáticas de partidos colindantes, la proximidad y la alta volatilidad de sus electorados, así como los altos incentivos en términos de asignación de escaños a las coaliciones electorales para los subsistemas mayoritarios e intermedios (provincias de menos de siete diputados), muchas coaliciones de gobierno se irán conformado mediante el recurso a alianzas preelectorales, hoy todavía casi inéditas. Los siguientes gobiernos serán de coalición en proporciones cada vez mayores, lo que provocará cambios en el funcionamiento de las organizaciones políticas y, a su vez, en los tipos de liderazgo que estas produzcan.
Empecemos por dejar de considerar a los partidos como entidades privadas, no lo son. Tienen encomendadas funciones constitucionales básicas, sin las cuales, simplemente, la democracia es imposible
Sin embargo, en el medio plazo, los partidos deberán encontrar una nueva síntesis para una vieja tensión entre el «partido demanda» como herramienta de movilización y pertenencia de un electorado y una ciudadanía en permanente transformación, hoy quizás subestimado, y el «partido oferta» como herramienta mediática al servicio del candidato electoral, hoy quizás sobrevalorado. En una sociedad donde el sentido mismo de la intermediación se transforma y la economía de plataformas invierte los términos de las relaciones económicas, los partidos políticos seguirán experimentando no pocos cambios.
¿QUÉ HACER MIENTRAS TANTO?
Empecemos por dejar de considerar a los partidos como entidades privadas, no lo son (propuestas elaboradas por el Foro + democracia (www.masdemocracia.org). Tienen encomendadas funciones constitucionales básicas, sin las cuales, simplemente, la democracia es imposible. Su funcionamiento interno no puede quedar en manos únicamente de los intereses de sus miembros o de sus direcciones temporales. Los partidos deben cumplir el precepto constitucional de un funcionamiento interno democrático, que posibilite el derecho básico a la participación política efectiva.
Necesitamos una ley de partidos que, como la alemana, proteja e incentive la figura del afiliado como sujeto activo del derecho a la participación política y establezca controles y contrapesos en el ejercicio de la dirección política interna. Necesitamos, singularmente, avanzar en la democratización de los sistemas de competición interna en la selección de candidatos electorales, probablemente la función más importante de los partidos, sin la cual la eficacia del derecho constitucional al sufragio pasivo queda secuestrado por una pequeña oligarquía orgánica. Las primarias para selección de candidatos electorales han llegado para quedarse, pero tenemos que hacerlas bien, no al servicio de quienes las convocan, sino de la sociedad a la que pretenden representar. La regulación del sistema electoral debe contemplar los procesos de selección de los candidatos en el interior de los partidos, con normas comunes que garanticen su funcionamiento democrático bajo la supervisión de las Juntas Electorales. El proceso electoral no comienza con la notificación de las candidaturas por parte de los partidos, sino cuando, tras la convocatoria electoral, los partidos deben ser llamados a seleccionar a sus candidatos mediante un proceso de participación al servicio de sus afiliados y electores, y no como una fase más de la batalla por el control del poder interno. Aun siendo consciente de la dificultad de separar ambas esferas, creo que debemos introducir incentivos para que los partidos seleccionen y ofrezcan candidaturas que sirvan para mejorar sus posiciones electorales gracias a la proximidad con sus electores, un valor hoy bastante desatendido.
Necesitamos una ley de partidos que, como la alemana, proteja la figura del afiliado y
establezca controles y contrapesos en el ejercicio de la dirección política interna
Los partidos deben dejar de ser el agujero negro de la democracia. Sin duda evolucionarán y se adaptarán a los cambios sociales, pero a estas viejas y denostadas instituciones debemos ayudarlas a cumplir su misión de agregar preferencias sociales en términos de participación y apertura social, y a que seleccionen sus candidatos electorales sin que la única mirada sea el control y la lucha por el poder interno. Se puede hacer, y existen ya buenas experiencias. Quizás ayude, sin desviar la atención sobre la siguiente campaña, volver a pensar en el medio plazo, en la vieja y noble idea del legado. Es importante, porque, con partidos débiles, la democracia es siempre frágil.
Visité a Felipe Portocarrero el pasado mes de marzo en su despacho rectoral de la Universidad del Pacífico, una de las grandes instituciones académicas de Perú. Después de presentarle la UNIR y ofrecerle nuestra colaboración, entramos en una interesante conversación sobre la Universidad y su futuro, una temática que al rector Portocarrero le ha interesado desde hace mucho tiempo. Fruto de esa preocupación son algunas de sus recientes publicaciones entre las que destaca la que hoy comento, Dilemas de la Educación Universitaria del Siglo XXI, (Fondo Editorial, Universidad del Pacífico), escrita en colaboración con su hijo, Felipe Portocarrero Jr. y la antropóloga Paola Huaco.
Felipe Portocarrero sénior es un sociólogo formado en Perú y doctorado en el St. Anthony´s College, de la Universidad de Oxford, con la que mantiene contactos permanentes. Tiene una firme vocación universitaria, como docente e investigador y como gestor heroico, ya que haber sido rector y tras un breve paréntesis volver a serlo le depara un puesto destacado en el cuadro de honor de los héroes ilustrados.
Pero vayamos con el libro. Todo él es, de alguna forma, un alegato en favor de la educación liberal entendida como «una exploración abierta a la introspección, al contraste de perspectivas, al ejercicio y aprendizaje de un pensamiento crítico y al estímulo de la curiosidad humana». Una forma de educación que «supone cultivar entre los estudiantes una inteligencia que expanda su potencial de aprendizaje, utilice la tecnología a su disposición como un medio y no como un fin en sí mismo, sea capaz de examinar la complejidad de la realidad de una manera sistémica y no sucumba frente a los riesgos esterilizadores de la hiperespecialización».

PENSAMIENTO CRITICO ENTRE LOS ESTUDIANTES
Con esta perspectiva principal, el libro está dividido en dos partes. En la primera realizan un estudio crítico de los textos principales de tres autores (Martha Nussbaum, Howard Gardner y Edgar Morin) que han definido la educación necesaria para fortalecer los sistemas democráticos. Conozco personalmente a los dos primeros y su trabajo, debido a mi condición de miembro del jurado de Ciencias Sociales de los Premios Princesa de Asturias que les otorgó en distintos años tal galardón. Por ello me ha resultado especialmente grato y justificado que los autores del libro les consideren una referencia (evidentemente también Morin) en el ámbito educativo y expongan sus principales argumentos y la base conceptual sobre la que construyen sus propuestas intelectuales.
En el caso de Nussbaum lo que ella llama el enfoque de las capacidades; en el de Gardner, las inteligencias múltiples; y en el de Morin, los siete saberes necesarios para la educación del futuro. El denominador común de estos postulados es que resulta necesario impulsar un pensamiento crítico entre los estudiantes y que solo a través del cultivo de nuestra propia humanidad se podrán desarrollar las virtudes que sirvan de base para la creación de instituciones democráticas.
Felipe Portocarrero sénior es un sociólogo formado en Perú y doctorado en el St. Anthony´s College de la Universidad de Oxford tiene una firme vocación universitaria, como docente e investigador
En la segunda parte del libro se exploran algunas iniciativas de la formación liberal. Se examinan, con una aproximación igualmente crítica, los estudios de la Universidad de Oxford y más concretamente su centenario programa Philosophy, Politics and Economics, la iniciativa del University College London y el Proyecto Minerva que desarrolla la Intentional University.
Las dos partes constituyen una aproximación muy útil para conocer reflexiones, propuestas e iniciativas para esa educación liberal. Y todos estos materiales sirven de base para la parte final del libro en la que, a modo de conclusión, se presentan los grandes dilemas que componen el escenario del presente y del futuro de la Universidad contemporánea.
DIEZ GRANDES TEMAS DEL PRESENTE Y DEL FUTURO
Para ello, seleccionan 10 grandes temas que siempre han suscitado controversias y que continuarán haciéndolo. Éstas son las cuestiones y éstas las reflexiones y propuestas de los autores.
1.Repensar la identidad institucional. Es fundamental hacerlo a la luz de los nuevos desafíos contemporáneos.
2.¿Integralidad versus especialización o especialización con integralidad? Es preciso impulsar la convergencia entre ambas aproximaciones.
3.Entre el profesor que investiga y el investigador que enseña. Proponen recuperar el papel formativo de la docencia sin renunciar a la investigación como una tarea imprescindible del ADN universitario.
4.Los límites de la financiación pública de la educación superior. Ante su caída y la utilización de otras fuentes, las universidades deberán asegurar su autonomía académica frente a los poderes fácticos que pueden menoscabarla.
5.Masificación, democratización y calidad de la educación superior. Será imprescindible enfrentar el problema del aumento de los costos para acceder a las universidades ante el repliegue de la financiación pública.
6.Los peligros de la burocratización. Es preciso recuperar el liderazgo y la libertad de los profesores frente al poder excesivo que exhibe, a veces, el personal administrativo.
7.Libertad académica y financiación. Será necesario establecer acuerdos de cooperación y colaboración entre las universidades y el sector privado que no hipotequen la libertad académica.
8.¿Publicar o morir? Es imprescindible el conocimiento (la investigación) más transparente, más accesible al público en general y menos sometido a intereses comerciales.
9.La educación superior en la era digital. Nadie duda de que gracias a Internet, el conocimiento estará disponible para (casi) todo el mundo en cualquier lugar del planeta. Aunque las universidades presenciales seguirán teniendo una cierta hegemonía por algunas décadas más, la universidad digital ganará terreno en todos los niveles formativos y jugará un papel decisivo en enseñanzas como los cursos cortos especializados (SPOC por sus siglas en inglés) y otras modalidades. Es una revolución imparable para la que hay que prepararse.
10.La razón de ser de la Universidad. Las instituciones de Enseñanza Superior tendrán que enfrentar los importantes desafíos que tiene hoy la humanidad y ofrecer soluciones.
La universidad digital ganará terreno en todos los niveles formativos y jugará un papel decisivo en enseñanzas como los cursos cortos especializados (SPOC por sus siglas en inglés)
Pero en estos tiempos de turbulencia, concluyen los autores, «formar a jóvenes que cultivan su humanidad, desarrollan un pensamiento crítico, están buscando un mejor futuro personal y profesional, se encuentran abiertos a la exploración de nuevos horizontes científicos, son entrenados en metodologías rigurosas y no dejan de estar atentos al acontecer de sus respectivas sociedades, seguirán siendo la razón de ser más profunda y permanente de la universidad».
Vivimos tiempos de incertidumbre e inestabilidad (escribo esto en plena crisis del coronavirus) que exigirán a las universidades adaptase a escenarios desconocidos de inestabilidad (escribo esto en plena crisis del coronavirus) que exigirán a las universidades adaptarse a escenarios desconocidos
LA UNIVERSIDAD SIEMPRE ESTÁ EN CRISIS
Nadie podrá objetar el valor de esos fines porque en realidad, salvadas las diferencias que incorpora cada tiempo nuevo, son los objetivos de siempre. Se dice, a veces, que la universidad está en crisis. Yo creo que siempre está en crisis, pero una crisis de crecimiento y de adaptación a tiempos que cambian con celeridad y plantean permanentemente nuevos desafíos. No hay recetas mágicas que definan, en cada momento, cómo deben ser y cómo deben actuar las instituciones educativas superiores. Pero no cabe duda de que esos componentes que conforman la educación liberal, propuesta por los autores, deben ser misiones imprescindibles de su quehacer.
Bellamy escoge la «Carta al general X» del conde de Saint-Exupéry como prólogo y como fuente de las citas que encabezan cada capítulo. Lo justifica un análogo tono moral. La carta del autor de El principito, escrita poco antes de morir en la Segunda Guerra Mundial, es una reflexión sobre el problema espiritual que se le plantea a Europa y que tiene unas raíces más hondas que la misma guerra. Saint-Exúpery confluye con los cinco intelectuales estudiados por Alan Jacobs en The Year of Our Lord 1943: también él buscaba una solución a la crisis de su tiempo que fuese más allá de la militar: «Sólo hay un problema, uno solo: descubrir que la vida del espíritu, todavía más elevada que la vida de la inteligencia, es la única que satisface al hombre». Bellamy está de acuerdo: hay que ir más allá de la solución política, en busca de un sentido.

COGER CARRERILLA HASTA LOS PRESOCRÁTICOS Y VUELTA
El debate interno del conservadurismo se centra en qué es lo que hay que conservar y desde cuándo. Un famoso sarcasmo de Chesterton sobre el particular lo expone: «El mundo moderno se ha dividido a sí mismo en conservadores y progresistas. La ocupación de los progresistas consiste en seguir cometiendo errores. La ocupación de los conservadores consiste en impedir que los errores se corrijan». Sería difícil negar que muchos «conservadores» se han contentado con esta función de latas de conservas, digamos, del producto neto progresista.
Como Chesterton, otros piensan que hay remontarse más que a la anterior legislatura para conservar o defender sus principios. Cada vez más intelectuales conservadores marcan Mayo del 68 como el oponente ideológico a batir. Adriano Erreguel en Pensar donde más les duele (HomoLegenes, 2019) les advierte que todo lo que no sea remontarse a 1789 es perder el tiempo.
Sorprendentemente, alguien tan moderado en cuestiones religiosas como Sir Roger Scruton señaló a la Reforma protestante, coincidiendo con don Álvaro d’Ors; y otros hemos nominado al nominalismo de Guillermo de Ockham como el corte de navaja de la historia del pensamiento. Bellamy sube la apuesta y hace un interesante análisis filosófico que arranca de… los presocráticos.
CLASE MAGISTRAL DE FILOSOFÍA
Heráclito, al defender que todo fluye frente al impermeable Parménides, abrió el portón a Protágoras y su relativismo y a Gorgias y a su demagogia. Bellamy dibuja un trepidante esquema de la historia de la filosofía con pulso firme y claridad de líneas: «Al retirarle a la palabra toda posibilidad de referencia absoluta, los “partidarios del flujo” provocan una crisis del lenguaje y dan lugar, paradójicamente, a una expansión inédita de las palabras».
Esto lo zanja Aristóteles encontrando una solución al problema del movimiento tanto físico como existencial gracias a los conceptos de finalidad, reposo, sentido y felicidad. La cosmovisión clásica y la medieval se levantan sobre ese cimiento teleológico. Pero recibe el golpe de Galileo, que no sólo se descuelga de la astronomía clásica, sino (y esto es socialmente mucho más importante) instaura un nuevo concepto de movimiento sin finalidad ninguna, pero medible matemáticamente.
En consonancia, Maquiavelo en El Príncipe hace de la política un adaptarse al resurgido flujo cambiante, imprevisible y brutal que él llama la fortuna. Para Hobbes de Malmesbury, las pasiones son el único motor de la política, en vez de la virtud aristotélica.
El poder, sostiene en el Leviathan, sería solamente «hacer que el camino del deseo futuro sea seguro para siempre». Involuntariamente, el principio de inercia de Newton empuja a la masa social en la misma dirección. Todo lo cual nos instaura en el dominio de la cantidad que Bellamy considera el signo distintivo de nuestro tiempo.
Con claridad de buen profesor, resume el proceso y aclara sus consecuencias. Resulta esencial si queremos entender «un progresismo que se apoya completamente en el imperativo de un movimiento sin destino desconocido». Tan sin meta que la moda acaba siendo la moral de los modernos.
LOS PROBLEMAS DEL PROGRESISMO
La modernidad ha invertido el «sofisma naturalista», que criticaba Hume y según el cual las cosas debieran ser por el hecho de que sean; y ahora tenemos el «sofisma progresista» por el cual las cosas deben de cambiar por el hecho de que son. Esta «falacia progresista nos impone ser optimistas», lo que, según Bellamy, conlleva aparejado el problema práctico de que «no nos permite formular con claridad las preguntas que son decisivas».
En realidad, cada progreso implica nuevos conflictos. Al autor de Permanecer le gusta poner ejemplos relacionados con la ecología. El progreso, que se consideraba la bendición definitiva, ha acarreado numerosos interrogantes medioambientales. Aprovecha Bellamy para dar razón de su conservadurismo: «Creer por principio en la superioridad del devenir es ignorar que hay, en la herencia, en la historia y en la realidad del presente, bienes infinitos que merecen ser admirados, protegidos y transmitidos. […] Suponer que el mañana será forzosamente mejor que el hoy es mostrar muy poca consideración por lo que tenemos hoy». En última instancia, el optimismo obligatorio del progresismo es un nihilismo, en cuanto que «decreta que este mundo no vale nada al creer que cualquier otro mundo será mejor». Causa por la que «el progresismo ha destruido la idea del progreso al describir el cambio como necesario por principio».
DEL PESIMISMO AL OPTIMISMO
Bellamy coincide con el Roger Scruton de Los usos del pesimismo y defiende que unas gotas de desencanto ante el cambio lo protegen. Si el pesimismo es escrutoniano, el optimismo es chestertónico, porque es un «optimismo de mínimos», agradecido al hecho mismo de existir: «El miedo a que nos acusen de caer en el sofisma naturalista nos ha impedido medir lo que hay de bueno en el solo hecho de ser».
Por lo que Bellamy concluye en el común denominador de todos los pensadores conservadores o reaccionarios o liberales clásicos, más allá de sus etiquetas, que es en la defensa de la realidad frente a los intentos utópicos de escamotearla. Detecta que, en nuestro tiempo, el rechazo a lo real se encarna arquetípicamente en el proyecto transhumanista y descubre que también lo mueve el principio del «todo fluye» y la fascinación acrítica por el cambio por el cambio.
Muy perspicaz, observa el mismo principio activo en las cada vez más acuciantes llamadas desde el poder a «la superación de las divisiones políticas». Es el resultado lógico de asumir que todo avanza en el progreso y que las circunstancias actuales no son nada más que un camino de paso. «Por eso —deduce— cada vez hay menos partidos y más “movimientos”». Otra consecuencia: la moda de llamar «migrantes» a emigrantes e inmigrantes, porque no hay un punto fijo del que se salga o al que se llegue, sino el flujo.
Bellamy propone una renovada lectura aristotélica: «Paradójicamente, un mundo en el que todo es móvil es un mundo en el que el movimiento es imposible. Para salvar la posibilidad del movimiento es necesario que haya cosas que escapen al movimiento». También en la sociedad y en la política hace falta un motor inmóvil que dé un sentido, una dirección y, al fin y al cabo, una posibilidad de existencia al movimiento. «Reconozcamos ese punto fijo al que nos dirigimos, incluso aunque no lo conozcamos perfectamente […] dibujando una línea recta que permite salir del círculo absurdo del movimiento perpetuo».
¿Cuál es esa línea recta? Tal vez, en principio, buscarla, la inquietud de preguntarse por ella: «A la pasión por el cambio no le debe responder la pasión por la inmovilidad, sino la sabiduría del discernimiento».
LA SOLUCIÓN ES EL SENTIDO
Para la recuperación del sentido, frente a la cantidad, imperante en la ciencia, el big data, en los mercados, etc.; Bellamy hace una audaz defensa de la política y, todavía más, de la literatura. Advierte que no debemos «asumir que el poder quede abandonado en manos de la fatalidad económica». Por una razón esencial: «La vida política comienza cuando nos preguntamos juntos: ¿qué es lo bueno y lo justo?»
Para hacernos esas preguntas nos recuerda, también tomando pie en Aristóteles, que el hombre y la sociedad necesitan del lenguaje, y que éste hoy está bajo una inmensa presión: «La licuefacción de lo real lleva a la liquidación del lenguaje. […] Al someterlo a una fluctuación definitiva, el relativismo destruye el lenguaje y el bien infinitamente necesario y precioso que es el significado común de las palabras». Y viceversa: «Para evitar que el mundo se deshaga hacia la insignificancia la época de la digitalización necesita, más que ninguna otra, reconciliarse con ese otro signo que es la letra.
Bellamy, en su atrevida defensa de la metafísica, de la historia y hasta de la política, sorprende con una llamada de atención sobre la «urgencia de la poesía». ¿Cómo es posible, para qué? Contesta: «Para recuperar el contacto con nuestras vidas tenemos que recuperar el sentido de eso único que no cesa de atravesarlas y de animarlas: tenemos que recuperar el sentido de las palabras. […] la vida merece ser dicha, ser considerada, ser contemplada».
Como no ignora que a sus lectores, hijos de nuestro tiempo, nos puede atenazar la incredulidad, razona: «Puede parecer sorprendente que señalemos a la literatura como una respuesta a los problemas concretos de los que hemos hablado en estas páginas, porque la actitud poética es percibida generalmente como desprovista de efecto, incapaz de tener una eficacia material […] Mejor que todos los argumentos racionales, la literatura pone en jaque al relativismo al demostrar que el sentido de las palabras se encuentra en la constancia de la verdad que ellas tocan». Por tanto, «un primer acto de resistencia consiste en volver a conectar con el lenguaje, en proteger el poder semántico de las palabras. […] Tenemos que recuperar juntos el sentido de lo real y para eso tenemos que recuperar juntos el sentido de las palabras. Esto es tanto como decir, y no hay nada de abstracto en ello, que la verdadera urgencia política es, en realidad, poética».
En los últimos años, junto a la economía del conocimiento, han surgido influencias acompasadas y conectadas de elementos como la globalización, las TIC (tecnologías de la información y comunicación), la democratización de productos tecnológicos, la evolución del nivel de vida y la generación en la producción de conocimiento, cuya acción cruzada tienen como consecuencia el incremento de la velocidad de los cambios, que a su vez implica mayor necesidad de incorporar tecnología y conocimiento a la empresa para asegurar su competitividad.
En el marco económico actual el conocimiento es un elemento fundamental para generar valor y riqueza. Por lo tanto, aplicarlo en cualquier eslabón de la cadena de valor que permita un mejor posicionamiento en el mercado, en una economía globalizada y a la velocidad de los cambios actuales, es crítico para la empresa, desde la perspectiva microeconómica, y, por lo tanto, de la región y del país donde reside.
El papel que en esta realidad juegan los investigadores es crucial, al ser ellos los generadores de conocimiento. En esta idea cabe señalar que, a pesar de las diferencias entre los tres modos de generación de conocimiento¹y en lo relativo a los flujos, interacciones, localización y utilidad, los «productores de conocimiento» a los que nos referimos en estas líneas son personas altamente cualificadas que conforman el grueso del personal docente e investigador (PDI) en universidades y centros de investigación.
En los siguientes epígrafes se comparten una serie de reflexiones sobre el avance de España en los últimos años en el ámbito de la innovación, las opiniones o apreciaciones más comunes entre la población, el emprendimiento en España y los desafíos que supone para los investigadores.
SITUACIÓN ACTUAL
La utilización de los rankings es una práctica reconocida y aceptada para conocer la calidad y el grado de relevancia de una actividad, a pesar de las discrepancias posibles entre los criterios, pues permiten fundamentar razonablemente la toma de decisiones.
En el ámbito científico, España ocupa posiciones relevantes en los rankings mundiales. Está entre los diez primeros países por producción científica de acuerdo con los indicadores proporcionados por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, según el ranking elaborado con datos de Scopus (SCImago Journal & Country Rank). Indudablemente, esta posición se ha logrado gracias a la capacidad y calidad de su personal científico y al conjunto de acciones y políticas diseñadas en el pasado para fortalecer al sistema de ciencia español.
La innovación en los últimos veinticinco años ha pasado de ser un asunto de un sector menor de la población a convertirse en un tema de interés creciente, también en España
El panorama es completamente distinto cuando hablamos de innovación: seguimos perdiendo posiciones en estos años. La posición que España ocupa en la comparativa mundial varía, pero se sitúa alrededor del veintinueve según el Global Innovation Index (2018); o la posición treinta según el índice anual Bloomber (2019). Con cierta autocomplacencia podría decirse que España está en la parte alta de la tabla. Pero esa autocomplaciencia desaparece al compararnos con los países de nuestro entorno europeo, donde España se sitúa en el lugar 17 (de 28), en el grupo de «innovadores moderados», y donde la media europea se corresponde con el grupo de «innovadores fuertes».
Es decir, trasladar la producción científica al mercado a través de la transferencia de conocimiento sigue siendo un reto, ante muros como que «la innovación no interesa», o que el tipo de ciencia y tecnología que se investiga no es interesante para la industria productiva que es quien innova, o que el tejido industrial español carece de las características apropiadas para beneficiarse de los resultados obtenidos de la investigación aplicada, o que la industria y la academia no se encuentran o no se entienden.
Pero, ¿hasta qué punto la ciencia española está alejada de la utilidad para la industria?, ¿a qué se debe, si es verdad, que el tejido industrial español no tenga capacidad para transformar el conocimiento generado en innovación? Estas cuestiones ya las recogía el primer informe de Cotec (1996). ¿Qué ha cambiado desde entonces?
APRECIACIONES Y MITOS GENERALES
1.«La innovación no interesa»
Uno de los primeros elementos que cabe señalar es que la innovación en los últimos veinticinco años ha pasado de ser un asunto de un sector menor de la población (Faberberg y Verspegen, 2009) a convertirse en un tema de interés creciente, también en España, como se observa en la prensa y en especial en la sección de economía. Valga, como curiosidad, esta comparación de búsquedas en Google:
Búsquedas en Google 26.05.2019

La necesidad de la innovación está en el día a día; es visible, pero materializarla es mucho más complicado y es una tarea que no solo corresponde a la Administración.
2.«La Administración no hace nada»
Generalmente, el ciudadano común asocia la Administración con el dinero. Así, este asunto es objeto de seguimiento recurrente en los informes anuales de Cotec que analizan exhaustivamente en un capítulo el efecto de la financiación pública de la I+D+i, instrumento por excelencia para el impulso de cualquier actividad.
La financiación pública todavía tiene recorrido en I+D+i, para recuperar niveles precrisis, superarlos y poder recortar posiciones respecto a otros países europeos. Además, esta financiación requiere una revisión y adecuación pues, sin negar que esté procedimentalmente justificado, no parece razonable que casi la mitad del presupuesto quede sin ejecutar (Cotec, 2019), ni parece adecuado que teniendo uno de los mejores sistemas de desgravación fiscal por inversión en I+D+i, este instrumento esté siendo infrautilizado.
Las administraciones públicas españolas han contribuido a desarrollar el sistema de innovación nacional y regional (Herrero-Villa, 2014), con distintos niveles de profundidad según los casos, pero la crisis a partir de 2008 resultó demoledora y ha acarreado situaciones de inseguridad de las que todavía muchas empresas y agentes no se han recuperado.
Hay, pues, que dar estabilidad al sistema, apoyar la coordinación entre los agentes, dotar de seguridad jurídica a los actores y simplificar o apoyar el uso empresarial de los instrumentos, mecanismos de apoyo e incentivos. La Administración hace, pero no es suficiente.
3.«Las empresas y los investigadores no se encuentran»
Los distritos o áreas de innovación, parques científicos y tecnológicos, plataformas tecnológicas y clústeres evocan áreas de encuentro donde reunir a los diversos actores y agentes del sistema de I+D+i, universidades y centros de investigación incluidos.
Lo más habitual al pensar en ecosistemas innovadores es la referencia al Silicon Valley. En Europa penetra por Gran Bretaña en los años sesenta. Pero no es hasta finales del siglo cuando se empieza a incorporar fundamento académico para la transferencia (Gibbons et al., 1994; Etzkowitz y Leydesdorff, 1997): cuestiones como la relación universidad-empresa, la tercera misión universitaria o la función de transferencia en el discurso político (Comisión Europea, 1995).
De nuevo, España se sumó a esta corriente con salvedades. En aquel tiempo, en nuestro país había poca conciencia de la importancia de la institución universitaria en una de sus funciones básicas: formar investigadores y tecnólogos. Existían algunas honrosas excepciones de colaboración universidad-empresa (Cotec, 1996, 1998). En el Libro blanco de la industria (España, 1995), al enfocar la creación de un entorno competitivo e innovador adecuado, se señalan actuaciones dirigidas a mejorar la oferta de servicios a las empresas, particularmente las pymes, para lo que refiere figuras como parques tecnológicos, centros de empresas de innovación, institutos tecnológicos y centros de servicios.
El estímulo en la creación de una empresa no es la persuasión sobre el autoempleo; hay que involucrar a los investigadores en la creación de empresas
Desde la perspectiva de la academia, los tiempos eran similares; habría que esperar hasta finales de siglo para que se crearan las OTRI (oficinas de transferencia de resultados de investigación) en el marco del Plan Nacional de I+D 1988-1991 y se consolidara la iniciativa en 1996 al crearse el registro de OTRI.
Actualmente, el registro de OTRI, cuya última actualización es de marzo de este año, reporta 261 entidades según el MICINN (Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades); la Asociación de Parques Científicos y Tecnológicos (APTE) presenta 64 miembros (llegó a tener 81 en 2007) y los Centros Tecnológicos registrados en el MICINN son más de 75. Todos estos agentes intermedios se consideran actualmente como nucleares para la actividad de transferencia. Los planteamientos de la política europea en especialización inteligente (RIS3) como eje de política industrial se desarrollan vinculados al territorio regional, porque los agentes intermedios son un indicador de la fortaleza del sistema regional de innovación.
Por lo tanto, se puede afirmar que hay espacios de encuentro donde se provoca la gestión de la I+D, transferencia e intercambio de conocimiento, aun cuando la relación y coordinación entre los diversos agentes y actores se pueda mejorar mucho (Herrero-Villa, 2014).
4.«Las empresas y los investigadores no se entienden»
Pensar en la interlocución entre las empresas y los investigadores conduce mentalmente a establecer o identificar dicha interlocución con la relación universidad-empresa, limitando esta a una única dimensión, y este hecho es, en sí mismo, limitativo (Galán-Muros & Plewa, 2016).
Comúnmente, la relación universidad-empresa se asocia a la transferencia de conocimiento en su sentido más amplio. La transferencia puede ser informal, la más común, o formal, la que más valor genera, en cuyo caso adquiere la forma de proyectos de investigación en cooperación o proyectos colaborativos, servicios de investigación contratados específicamente para resolver necesidades tecnológicas, licencias de patentes o generación de filiales (Herrero-Villa et al., 2014).
Respecto a la transferencia informal, aunque imposible de cuantificar de forma directa, se observa por las ferias, eventos, jornadas y actos de los agentes de transferencia a lo largo de todo el territorio nacional. A veces producen los primeros pasos de la empresa hacia la aproximación al investigador de un centro de generación de conocimiento.
La innovación y el riesgo son pareja. Crear algo nuevo e introducirlo en el mercado se fundamenta en una expectativa. Lamentablemente, también cabe el fracaso
Cotec, en su último informe (2019), señala que solo se financia el 10% de la inversión en I+D del sector privado. Estudios académicos en los últimos años inciden expresamente en la limitación que supone trabajar la relación universidad-empresa desde una sola dimensión y abogan por un planteamiento holístico. Este tema en particular fue abordado con gran interés en la Conferencia Anual de la UIIN (University Industry Interaction Network) del 2019. Todos los planos están conectados: el educativo (aspectos curriculares, formación a lo largo de la vida, movilidad), el de investigación y transferencia (proyectos, movilidad, comercialización de resultados al uso, emprendimiento), incluso la propia organización universitaria a través de su gobernanza (apoyo a la industria, innovación abierta). Para mejorar es preciso arrojar luz sobre la relación universidad-empresa en todas sus dimensiones (Vivar-Simón et al., 2019).
Para que exista un diálogo, transferencia o intercambio de conocimiento o aprovechamiento de los resultados que los investigadores afloran, se requiere, al menos, al investigador y a la empresa. Toca pues indagar sobre cómo es el tejido empresarial: ¿hasta qué punto, la ciencia española se desinteresa de su utilidad en la industria?; ¿quizás el tejido industrial español no tiene capacidad para absorber el conocimiento que se genera en la universidad y transformarlo en innovación?
5. El tejido empresarial español
En el 2018 (INE, 2018) el número de empresas en España ascendió a 3.337.646, de las cuales más de la mitad (1.845.881) carecía de asalariados, las micropymes sumaban otras tantas (1.339.433) y, el resto, a partir de once empleados, eran 152.332. Como regla general, a medida que las empresas crecen mejora su productividad porque desarrollan y se benefician de economías de escala.
El número de empresas innovadoras en España se sitúa en alrededor de 18.000 (INE, 2018). Si atendemos a información más restrictiva de las empresas que realizan I+D, este dato disminuye a poco más de 10.000 (Cotec, 2019). En muchos casos, se argumenta que este número está sesgado porque solo se considera la innovación generada a partir de la investigación y el desarrollo tecnológico. Sin embargo, sirve para hacerse una idea del entorno y calidad de la industria española. El mercado de trabajo no está en situación de absorber las cualificaciones de los titulados superiores debido a que sus procesos productivos son, como media, de moderada intensidad en capital humano.
Este factor, junto a la disminución del factor de los gastos de capital (capacidad, estructura, patentes, es decir, gasto no corriente) en el indicador de gastos de I+D respecto a periodos anteriores, augura un futuro poco prometedor para la innovación y cuestiona seriamente la capacidad de absorber no solo a los titulados universitarios, sino los resultados de investigación.
Con esta situación, pocas empresas tendrán capacidad de absorción del conocimiento y, por ende, de los titulados universitarios con posibilidad de una estimulante carrera profesional acorde con su preparación. Por otro lado, la intensidad del esfuerzo en I+D+i que ya realizan algunas empresas, aunque susceptible de aumentar, no parece que se efectuará en los niveles que se requieren desde la perspectiva de país para alcanzar a las economías de nuestro entorno comunitario (Cotec, 2019).
Si se desea que los investigadores sean más emprendedores habrá que formar y capacitar a los más jóvenes en las competencias de mercado
Por lo tanto, todo apunta a la necesidad de redoblar el énfasis en la creación de empresas y acentuar la concienciación de dos aspectos: el estímulo en la creación de una empresa no es la persuasión sobre el autoempleo; hay que involucrar a los investigadores en la creación de empresas.
Habría que abordar, pues, los aspectos básicos del emprendimiento.
EL EMPRENDIMIENTO
El concepto de emprendimiento comúnmente aceptado tiene una característica diferencial: es una actuación por cuenta propia. La voz en su acepción contemporánea es una traducción del inglés, al que llega desde el francés entrepreneur (Azqueta, 2017). Este término se incorpora al diccionario académico (DRAE) en 2014 (Fundeu, 2008)². Sin embargo, la noción común del emprendimiento no se corresponde habitualmente con la interpretación de Schumpeter o Drucker (referentes del mismo). Ahora parece superada la justificación exclusivamente mercantilista del concepto de forma consciente, con menos riego y no siempre basado en la innovación.
La innovación y el riesgo son pareja. Crear algo nuevo e introducirlo en el mercado se fundamenta en una expectativa y, por definición, se espera la posibilidad de que las hipótesis de trabajo se cumplan. Lamentablemente, también cabe el fracaso.
El emprendedor surge en un entorno social, lo que supone que, más allá de su personalidad, está culturalmente influenciado por la sociedad y la familia. En España, la serie histórica que recoge esta información y desde donde se alimentan los indicadores de la OCDE es a través de proyecto GEM (Global Entrepreneurship Monitor). GEM España abarca la serie de datos desde el 2007 hasta su última edición, 2018-2019. En este informe se apunta el miedo al fracaso como un obstáculo para el emprendimiento que supera el 40% de la muestra, si bien la tendencia de la última década es ligeramente decreciente: casi un 50% opina que está capacitado para emprender y además que es una buena opción (aunque decrece); sin embargo, a pesar de ello, la población involucrada en iniciativas emprendedoras con duración de entre 0 y 3,5 años, ronda el 6%. Estas últimas ratios se mantienen sin grandes fluctuaciones en el tiempo (GEM, 2018-2019).
Lo que más preocupa, en opinión de los autores de este artículo, es la tendencia decreciente entre los involucrados en iniciativas emprendedoras de que emprender brinda estatus social y económico.
Pero, ¿qué sucede en el mundo?, ¿cuál es la fotografía de los países sobre el porcentaje de población involucrada en iniciativas emprendedoras hasta los tres años y medio de duración? GEM ofrece una aproximación en la que ni España (ni Europa) salen bien posicionadas, véase la siguiente ilustración.
Termografía de la actividad emprendedora mundial

A pesar de la percepción mayoritaria, los datos no arrojan importantes diferencias entre la Europa de los 27, aunque sí con Estados Unidos y China. La población involucrada en iniciativas emprendedoras de entre cero y tres años y medio de duración se sitúa en Europa en un escaso 8%, no demasiado alejado del 6,39% español, aunque a importante distancia de China y Estados Unidos, donde se supera el 10 y el 15% respectivamente, ratios estos últimos que se mantienen sin grandes fluctuaciones en el tiempo.
Indicadores de la cultura emprendedora

La actitud y comportamiento español hacia el emprendimiento es similar a su entorno europeo. A similar conclusión se puede llegar a partir de los datos ofrecidos por el observatorio del consorcio GEM en los aspectos relativos al marco de desarrollo del emprendedor. En todos los casos, España supera la nota de 2,5 sobre 5, aunque cabe destacar que todavía se requiere un mayor esfuerzo para igualar al entorno europeo en la financiación para emprendedores, apoyo y política gubernamental, impuestos y burocracia, así como en la dinámica del mercado interno.
Cabe abrir un paréntesis en lo relativo a la educación y capacitación emprendedora donde la intensidad de la actividad en España es razonable en relación al entorno europeo durante el periodo escolar o posterior. Merece señalarse que tanto los Países Bajos como Estonia, ambos con indicadores altos tanto en aptitud como cultura emprendedora, destacan en la educación emprendedora en la etapa escolar; ambos países destacan tanto por la calidad como por la cantidad de sus empresas emergentes (start-ups).
Por lo tanto, con un marco razonablemente adecuado, con un espíritu emprendedor creciente, al nivel del resto de Europa, y teniendo en cuenta la necesidad de crear más empresas y de más valor, habrá que plantearse cómo interesar y reforzar a los investigadores generadores de conocimiento para que se involucren en esta actividad.
EL INVESTIGADOR
En el ámbito específico del personal docente e investigador (PDI), a nivel nacional, la encuesta de la RedOTRI 2016 reporta 110.086 investigadores, de los que 20.606 realizan actividades de transferencia (menos de un 20%). Supóngase un hipotético escenario de inferencia de la población española involucrada en iniciativas de emprendimiento de hasta tres años y medio (que recordemos era de un 6%), y hagamos el cálculo sobre el PDI.
Las cifras arrojarían 6.606 investigadores emprendedores. Sin embargo, la evolución de los números que muestran la participación del PDI en filiales (spin-offs) creadas en el año es estable y desalentadora con un porcentaje de 0,13%. Así las cosas, la cuestión es conocer el porqué y cómo incrementarlas.
Spin-offs UNIVERSITARIAS: PDI en spin-offs creadas

Si se acepta la definición de emprendimiento sobre la que se construye el marco europeo de competencias emprendedoras «EntreComp»³ (Bacigalupo et al., 2016), donde afirma que el emprendimiento consiste en actuar frente a oportunidades e ideas para transformarlas en valor para otros y donde este valor «puede ser financiero, cultural y/o social», se podría plantear la siguiente pregunta: ¿y por qué no intelectual? ¿No es de valor para otros?, ¿no aspira todo científico a ampliar la frontera del conocimiento?; y ¿la novedad, no es condición o al menos presunción de la actividad científica?
Consideremos las competencias emprendedoras de los investigadores a partir del citado marco de referencia europeo. En el «EntreComp» se establecen tres áreas principales en las que se agrupan quince competencias emprendedoras, organizadas en tres áreas (ideas y oportunidades; recursos y pasar a la acción), todas con el mismo nivel de relevancia, y cuatro niveles de capacidad (desde el básico hasta el experto) para cada una de ellas. El nivel básico se centra en explorar distintos enfoques para el problema y desarrollar habilidades sociales para trabajar en equipo. El nivel medio y avanzado desarrolla el avance en el reconocimiento de la responsabilidad y responsabilidad personal que supone la transformación de la ida a la acción real, y, el nivel de experto, lidera la transformación y el crecimiento. Así:

En general la mayoría de estas habilidades son parte del perfil del investigador; tan solo no forman parte del mismo las relativas a movilización de recursos (exceptuando convocatorias públicas), educación financiera y económica, involucración, trabajo con otras personas ajenas o complementarias a su conocimiento, gestión y planificación, y gestión de la incertidumbre y el riesgo. Es decir, al menos nueve de las quince son propias de los investigadores experimentados y la carencia se presenta en aquellas en las que se introduce el mercado o las características que implican la sostenibilidad en el mismo.
Hasta hace pocos años, las habilidades propias de un buen investigador eran las que le permitían desarrollar y ampliar la frontera del conocimiento dentro de la comunidad de científicos de su área (Rivas Tovar, 2011). A modo de ejemplo, la creatividad permitía identificar nuevos caminos para abordar nuevas soluciones a los retos científicos que se le planteaban, así como la comunicación posibilitaba la relación con sus iguales y la publicación de artículos con un enfoque exclusivamente científico. Al fin y al cabo, la carrera de un investigador se mide, fundamentalmente, por sus publicaciones.
Sin embargo, las habilidades también se adaptan a los cambios y desde la última década se incorporan y enfatizan competencias emprendedoras, en innovación y comercialización y transferencia de conocimiento (ESF, 2010; OCDE, 2012), es decir, todas aquellas que incorporan las habilidades relativas al mercado.
Parece, por tanto, que si se desea que los investigadores sean más emprendedores habrá que formar y capacitar a los investigadores más jóvenes en las competencias de mercado. Es más, aunque no promuevan empresas, estas competencias propician también el incremento de la relación universidad-empresa pues se tenderá a incorporar los retos del mercado desde la génesis misma de la investigación, con lo que será más fácil su uso y explotación.
Pero no solo se trata de formar en capacidades, el desarrollo de la carrera académica implica que el investigador se centre en el desempeño de los indicadores que le aplican ligados principalmente a las publicaciones o en aquellos que le motivan intensamente (abordar retos complejos).
Imaginemos por un momento que el investigador está entrenado en emprendimiento, encuentra estimulante la vía del mercado y promueve una empresa para abordar retos complejos, quizás sin ampliar la frontera del conocimiento puesto que al orientarse al mercado, su investigación será principalmente aplicada. ¿Qué expectativa de futuro le espera en España?
El investigador se enfrenta a decidir entre su primera elección de carrera académica (probablemente vocacional) y una expectativa que arroja unos ratios medios para el año 2017 poco estimulantes: la tasa de supervivencia después de tres años se sitúa alrededor el 54% y después de cinco del 40% y una tasa de crecimiento de poco más 1% por ciento anual (OCDE, 2019).
Difícilmente la empresa promovida por el investigador podrá ser lo suficientemente fuerte para abordar retos complejos. Parece que se dan unas condiciones de estímulo para la creación de empresas (de acuerdo con el apartado anterior), pero los datos no refrendan esfuerzos similares para la consolidación y crecimiento de las mismas. A la decisión del investigador podría acompañar planteamientos de coste de oportunidad en su carrera académica, cuánto coste o lucro cesante sufrirá mientras su empresa empieza a caminar, y de estatus, o simplemente cómo reengancharse a la carrera investigadora tras la aventura empresarial u otras alternativas posibles; la falta de flexibilidad laboral solo añade dificultades a la decisión. Por lo tanto, parece razonable que además de la formación en las competencias emprendedores relativas al mercado habría que preocuparse por los elementos que propician y facilitan la decisión de vincularse a la creación de una empresa como forma de vida (emprendedor-empresario), la facilidad del entorno para favorecer la consolidación de la misma, la consideración social de su nueva situación y la flexibilidad del mercado laboral para poder enfrentarse a las circunstancias que puedan surgir.
Por último, cabría preguntarse si realmente es necesario transformar al investigador en emprendedor o si es suficiente e incluso genera mayor valor que el investigador promueva iniciativas empresariales y se involucre en ellas sin abandonar necesariamente su papel de investigador.
CONCLUSIONES
La economía del conocimiento requiere tejido industrial basado en la gestión de este activo intangible, el conocimiento, como pilar fundamental para la creación de valor de forma sostenible. Por ello, aunque parece una obviedad incorporar a los generadores de conocimiento, los investigadores, en las actividades de la empresa, las dificultades para hacerlo no son menores. En España, en particular, conviven una serie de factores a favor y evidentes barreras a derribar para avanzar hacia posiciones más robustas y solventes en innovación.
Entre los elementos a favor pueden citarse: 1) que hay una producción científica de vanguardia mundial; 2) que existe interés y conciencia por la innovación y se aprecia como una necesidad de futuro; 3) que en el ecosistema innovador y emprendedor están presentes todos los agentes aunque con distinto grado de madurez; 4) que hay un sustrato emprendedor modesto pero razonable respecto al resto de países comunitarios; 5) que más allá del espíritu emprendedor, las condiciones de país para el emprendimiento son similares al resto de países de nuestro entorno. Estas circunstancias favorables no son suficientes, simplemente indican que estamos en la senda adecuada sobre la que seguir construyendo.
Por otro lado, aún quedan barreras pendientes de derribar que requieren mucho esfuerzo por parte de todos y particularmente desde la Administración. Entre ellas cabe destacar, 1) la mejor coordinación entre diversos agentes del sistema de innovación que supongan avanzar en la madurez del mismo; 2) la generación de marcos legales estables y sencillos para la actividad innovadora tanto de las empresas y como para los investigadores; 3) la creación de entornos que faciliten la consolidación y crecimiento de empresas basadas en el conocimiento; 4) la promoción de una mayor flexibilidad del mercado laboral y de la carrera investigadora para que la vinculación a diversas alternativas profesionales sea compatible con aspiraciones de éxito, y 5) el fortalecimiento de la figura del emprendedor-empresario como un papel relevante para la generación de valor en la sociedad.
Por último, transformar al investigador tradicional en investigador moderno con formación en emprendimiento, innovación y transferencia propiciará no solo el incremento de las iniciativas empresariales promovidas por ellos, aumentando el volumen de empresas basadas en el conocimiento, sino que además, y más interesante, mejorará la relación universidad-empresa que redundará, probablemente, en avances del tejido empresarial existente hacia posiciones de mercado de mayor valor añadido, más sostenibles y sólidas en el tiempo.
NOTAS
¹. Modos de generación de conocimiento: modo 1, tradicional; modo 2, de Gibbons, donde ya se rompe la dinámica anterior y se abre hacia posibles contribuciones e intercambios de conocimiento deslocalizados; modo 3, alineado con la apertura hacia la intervención y empoderamiento de la ciudadanía (Roa-Mendoza, 2016).
². De acuerdo con la Fundéu, en entrada de 2008, el DRAE recoge «emprendimiento» como «acción y efecto de emprender» y «cualidad de emprendedor».
«Emprendimiento» es un término propio del lenguaje comercial y económico y «emprendizaje» es de uso casi exclusivo de ambientes académicos y puede significar algo así como ‘aprender a emprender’ (aprendizaje)
³. «Entrepreneurship is when you act upon opportunities and ideas and transform them into value for others. The value that is created can be financial, cultural, or social (FFE-YE, 2012)» (p. 10).
BIBLIOGRAFÍA
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Para Herny Hazlitt, el economista que llevó el legado de la Escuela Austriaca a Estados Unidos, no había peor momento para sucumbir a la falacia económica que pasa por alto las consecuencias secundarias que una crisis, en la que la urgencia parece aconsejar soluciones cortoplacistas. Lo saben bien quienes se dedican a la ayuda al desarrollo y los que han estudiado las trampas de la pobreza, esas apuestas, indudablemente bienintencionadas, que han condenado a los países más necesitados a una escasez endémica. Es lo que concluía en Cuando la ayuda es el problema, la economista zambiana Dambisa Moyo, recordando que es mejor enseñar a pescar que dispensar peces.
Y aunque se han calculado con exactitud algunos de los costes de la parálisis económica en los países desarrollados, hay menos estimaciones sobre las secuelas que la pandemia dejará en aquellos que no gozan de tan buenas condiciones. En un artículo para Spiked, Daniel Ben-Ami, periodista británico especializado en temas económicos y defensor de la importancia del crecimiento, apunta que las regiones más pobres del planeta tienen que lidiar, como el resto, con la crisis sanitaria y el impacto del cierre de sus industrias nacionales, pero también con la repercusión que tendrá en ellos el cese de la actividad económica en el mundo desarrollado.
Enfrentarse al Covid sin medios
A pesar de que es pronto para sacar conclusiones, los datos indican que en las naciones con menos recursos el virus ha sido, por norma general y dentro de su gravedad, menos agresivo. Una de las razones es el clima, más caluroso en África y Asia, por ejemplo. A ello se añade la juventud de la población: en Nigeria, la media de edad es de 18,3, a diferencia del Reino Unido, donde se sitúa un poco por encima de los cuarenta años.
Con independencia de su letalidad, sin embargo, estos países están menos preparados para enfrentarse a la pandemia. Por un lado, sus condiciones sanitarias son muy deficientes, lo que debilita sus sistemas inmunitarios. Por otro, muchos de ellos sufren ya el azote de otras enfermedades. En Sudáfrica, hay más de siete millones de enfermos de sida y, según datos de la OMS, enfermedades como la tuberculosis, la malaria o, en el caso de la República Democrática del Congo, el ébola, están diezmando sus poblaciones drásticamente.
Además, medidas aparentemente fáciles como lavarse las manos o mantener una prudente distancia de seguridad, pueden ser para quienes viven en barrios atestados de la India o Bangladesh hábitos hercúleos. Como no cuentan con recursos, es peor la atención a los enfermos. África, donde viven más de mil millones de personas, apenas dispone de camas en cuidados de intensivos, por no hablar de la escasez de tests, mascarillas o equipos de protección.
Ben-Ami resume así la situación: “Las medidas de higiene más básicas para luchar contra el Covid-19 no están al alcance de la mayoría de las personas que viven en los países más pobres. Los políticos y los sanitarios pueden hablar todo lo que ellos quieran sobre la importancia de lavarse regularmente las manos, pero poner en práctica sus consejos es simplemente imposible. Así lo explica, por ejemplo, un reportaje, publicado en el Financial Times, sobre los barrios pobres de la ciudad más poblada de la India: ‘Las barriadas de Bombay, donde se calcula que vive el 40% de los 20 millones de habitantes que tiene la ciudad, son lugares especialmente propicios para la expansión del virus. Familias o grupos de trabajadores migrantes viven habitualmente en una misma habitación. Se comparten baños y fuentes (…) Y, como son pobres, quedarse en casa y perder sus ingresos para muchos no es una opción’”.
Efecto dominó
Pero los economistas no son solo quienes tienen en cuenta el largo plazo, sino también los que muestran la suficiente pericia para analizar la cadena de consecuencias que inicia una sola medida. La economía es un sistema, lo que a veces se olvida, y su lógica es parecidísima a la que rige la caída de las piezas de un dominó: una decisión en una parte del mundo, puede transformar la demanda en otro y viceversa. De ahí que, para medir el impacto de la pandemia, no solo sea necesario valorar lo que deja de ganar quien está obligado a permanecer en su casa y sin posibilidades de teletrabajar, sino todo lo que caerá junto con el descenso de ingresos.
Si se cumplen los pronósticos del Fondo Monetario Internacional y la economía de los países más desarrollados se contrae un 6%, la situación de los más pobres y dependientes, que tienen mucho menos margen de maniobra, puede ser en un futuro próximo insostenible. Porque el Covid mata, pero también el hambre.
En primer lugar, señala Ben-Ami, muchos se verán afectados por la caída de la demanda en las exportaciones de materias primas, que en muchos casos constituye el principal flujo de entrada. Es lo que ha ocurrido con el petróleo, cuya demanda internacional ha sido, hasta el declive de su precio hace unos meses, la principal fuente de ingresos para Nigeria o Angola, entre otros.
La paralización de la actividad económica en las regiones más ricas también afectará, como ha señalado el Banco Mundial, a las remesas que los emigrantes que trabajan en ellos envían a sus lugares de origen y que tienen un importante peso en la economía de estos últimos. Los cálculos vaticinan que la cantidad de dinero que llegará a África subsahariana descenderá un 21,1 % y la que lo hace al sur de Asia, en más del 22%, como consecuencia del cese temporal de la actividad en los países más avanzados. Por último, hay que hablar de la caída del turismo, otra de las actividades en las que se sustenta la debilitada economía de estos países.
Pero también el mundo desarrollado puede adoptar medidas para paliar los efectos de la crisis. Se sabe que los integrantes del G-20 han decidido retrasar un año el pago de la deuda con el fin de fortalecerles financieramente a la hora de enfrentarse con el virus, pero Ben-Ami apuesta por una medida más drástica, la cancelación, como han solicitado ciertos países africanos. Como en su libro Ferraris for all. In Defence of Economic Progress, donde se enfrenta a quienes demonizan el crecimiento económico por su impacto sobre el medio ambiente o la igualdad, Ben-Ami insiste en que este permite la difusión de la prosperidad y, por tanto, no resulta perjudicial para ninguna clase social. Es más: puede ser el salvavidas de quienes peor viven.
Aunque se están paliando en muchos lugares las condiciones del estado de alarma y reactivándose la economía, ante un rebrote el periodista recomienda valorar si el cese completo de la actividad, que tantas consecuencias tiene, es la decisión más adecuada.
“Ciertamente, los colectivos más vulnerables de la población deberían ser protegidos. Pero la paralización de la economía durante periodos prolongados de tiempo tiene consecuencias humanas devastadoras, no solo para los países más ricos, sino para los más pobres, donde incluso pueden ser más graves”, advierte.
El debate sobre la democracia interna de los partidos es tan viejo, me temo, como la existencia misma de los partidos modernos, así que no creo que pueda yo arrojar mucha luz sobre lo que politólogos (de carrera o de ejercicio) llevan debatiendo al menos desde que Robert Michels nos pusiera frente al espejo del desencanto: la generalizada y aparentemente inevitable tendencia a la jerarquización y burocratización de la vida interna de los partidos.
Más si mi paso por la política activa, en su modalidad extrema de haber ayudado a crear (diría que de la nada) un partido político que ya he abandonado, no me ha proporcionado, antes al contrario, sólidos argumentos para desmentir la trágica constatación de Michels.
Pero esta experiencia política no solo me ha convencido de la eficacia pragmática de la ley de hierro de la oligarquización de los partidos, sino de la igualmente inevitable necesidad de encontrar frenos normativos que la contengan y, acaso, la inviertan. Pues que algo opere como tendencia puede, sí, llevarnos a la aceptación melancólica de un destino trágico, pero quizá pueda también —¡y acaso deba!— conducirnos a la constatación contraria pero simétrica: como en ausencia de reglas que ordenen y obliguen a los partidos políticos el destino es demasiado conocido, ¡dotémonos de reglas! Una tendencia no es un destino, sino una fuerza, una presión, una posibilidad siempre presente que debe ser identificada para poder combatirla.
Y no solo porque la ausencia de normas en la regulación interna de los partidos afecta de forma decisiva al alejamiento, cuando no divorcio, entre partidos y ciudadanía: esa quiebra de confianza entre representados y representantes que aqueja nuestras democracias de forma decisiva.
Debemos aspirar a una arquitectura normativa para el funcionamiento de los partidos por una razón más, acaso una intuición: la de que no podemos comprender la aparente irracionalidad de la historia política reciente de España; su crisis de representación y de gobierno; sus sucesivas repeticiones electorales; el más que probable colapso de la nueva política (esa que venía, precisamente, a regenerar la democracia española); ni seguramente tampoco la forma y dirección que ha tomado la crisis territorial; no podemos entender, en suma, la desestabilización, irracionalidad o crisis orgánica del régimen político salido de la Constitución de 1978, sin atender a la primacía de otra forma de racionalidad, la que anima y surge del acceso y conservación del poder en el interior de los partidos políticos. Dicho, si se quiere, en forma de eslogan: la racionalidad interna de los partidos ayuda a entender la ausencia aparente de racionalidad externa de la vida política.
La racionalidad interna de los partidos ayuda a entender la ausencia aparente de racionalidad externa de la vida política
Nombraré como autonomía de la interna a esta tensión entre dos formas de racionalidad por la que tiende a tener prioridad su modalidad interna sobre su expresión externa. Esta primacía de la disputa por el poder dentro de los partidos no solo explicaría, o en cualquier caso afectaría, a las formas patológicas tantas veces repertoriadas por la ciencia política del comportamiento de los partidos. Esto es, la sustitución de la deliberación racional por la disputa interesada, de la selección y ascenso en arreglo a competencias y capacidades de cargos y dirigentes por la conformación de una estructura de obediencia sin disenso; la tendencia al cesarismo y consiguiente ausencia de pluralidad interna protegida y regulada; la inexistencia de mecanismos de participación y decisión… por citar las expresiones más evidentes de esa tendencia oligárquica. Sino que también condicionaría la posibilidad misma de una actuación política con arreglo a estrategias, metas, valores, consideraciones o intuiciones sobre lo que aún podríamos denominar, no sin cierto voluntarismo, como interés común o general del electorado o el país.
MEDIACIÓN ENTRE REPRESENTADOS Y REPRESENTANTES
Así las cosas, no podemos esperar que las deliberaciones, decisiones y apuestas políticas sustantivas puedan adquirir un mayor grado de autonomía, ambición y amplitud si no conseguimos protegerlas de las interferencias que produce el acceso y estructura del poder interno de los partidos.
Obviamente no se trata de aspirar a una pureza deliberativa fruto de una regulación armónica del poder y la organización interna de todos los partidos políticos, pero sí de entender y actuar en ese punto crítico de interferencia por el que tienden a imponerse las razones internas sobre las externas.
Hay, con todo, que partir de una premisa: no disponemos de un marco legislativo y constitucional para la regulación (y por tanto democratización) de los partidos. Esta tarea se encuentra con un límite, señalado una y otra vez por politólogos y expertos (ver, para una de sus formulaciones más claras, la reciente obra de Joan Navarro y José Antonio Gómez Yánez, Desprivatizar los partidos, Gedisa, Madrid, 2019): la legislación española ha convertido a los partidos en un mediador imposible entre representados y representantes.
Hay que partir de una premisa: no disponemos de un marco legislativo y constitucional para la regularización de los partidos
Marcada como su función en la Constitución, esa mediación no está ni siquiera definida. Los partidos quedan al albur de ser considerados ora como meras estructuras privadas (simples asociaciones) ora como organizaciones públicas (que deberían estar sujetas a un derecho constitucional y electoral apenas desarrollado, por no decir inexistente). Si regular los partidos supone definir gracias a una arquitectura normativa su lógica de mediación, debemos pensar y desarrollar la función institucional tanto de la mediación misma (partido) como de los dos polos de esa relación mediada: la función institucional de los representados (sociedad civil) y aquella de los representantes (gestores públicos del Estado). Desborda el ánimo de este texto dar cuenta de la complejidad de esta relación, así que me contentaré con señalar los rasgos prioritarios que tiene esa relación de mediación.
DIVISIÓN DE PODERES
En primer lugar, desde su relación con el poder público, es decir, en tanto que representantes en y para el Estado, la institucionalización y democratización de los partidos políticos pasa necesariamente por garantizar, mediante normas comunes a todos ellos, un Estado de derecho interno.
Es decir, establecer constitucionalmente la división de poderes en el interior de los partidos, así como la función y relación autónoma entre esos poderes merced a mecanismos de compensación y vigilancia cruzados: del poder ejecutivo (nombrado, según los partidos, como consejo de coordinación, ejecutiva, comité de dirección, etc.); el poder legislativo (comité federal, consejo ciudadano estatal, comité de dirección…), y el poder judicial independiente (los habitualmente nombrados como comités de garantías internos).
Sin olvidarnos de los tres poderes más o menos invisibles de toda arquitectura estatal moderna: el poder económico (que, para el caso de los partidos, pasaría por la no menos crucial gestión de las contrataciones, liberaciones, recursos, gastos en personal y decisión sobre esos gastos) y ese cuarto poder o mediático (que, para la nueva realidad política, pasa por la en absoluto baladí cuestión de las decisiones que atañen a la presencia mediática de los líderes de los partidos, crucial para la promoción de unos cuadros políticos sobre otros, por ejemplo).
Tampoco deberíamos dejar de lado un problema sustantivo de una forma última de poder, el territorial: qué relación hay entre la arquitectura territorial del poder interno de los partidos y aquella propia del Estado que pretenden gobernar. ¿Podemos aspirar a un isomorfismo normativo entre la estructura territorial del Estado y la estructura de poder territorial dentro de los partidos? O, dicho de otra manera, ¿podemos tener partidos políticos estructurados mediante lógicas fuertemente centralizadas de reparto y encaje territorial del poder contrarias a las que rigen —o deberían regir— para con la forma territorial del Estado?
No propongo, en síntesis, sino que la competencia entre partidos y al interior de cada partido quede regulada por una forma de toma de decisiones y de estructura organizativa no solo igual para todos los partidos, sino capaz de garantizar una relación de continuidad entre la forma democrática del Estado y el funcionamiento de la actividad interna de los partidos.
¿Podemos tener partidos estructurados mediante lógicas fuertemente centralizadas de encaje territorial del poder contrarias a las que rigen la forma territorial del Estado?
Si contamos con estructuras de mediación entre representantes y representados que contradicen los propios principios normativos y democráticos del Estado (si, en definitiva, los partidos no tienen garantizado un estado de derecho interno), la labor de mediación se convierte, cuando menos, en un imposible y, cuando más, en fuente de desafección y despolitización permanentes de la sociedad civil. Por no hablar de la corrupción cívica del comportamiento de los representantes públicos: ¿cómo esperar un funcionamiento democrático del Estado si sus representantes se socializan políticamente en estructuras no democráticas o directamente antidemocráticas?
Antes de proponer una batería mínima de medidas posibles, cabe señalar que muy probablemente la importancia de estas reglas o normas comunes no radicará tanto en su virtuosismo (siempre van a generar efectos perversos que no podremos sino evaluar y corregir cuando sucedan), como en el hecho tozudo de que un tronco común normativo sea idéntico para todos los partidos (amén de la diferenciación posterior que cada partido, en función de programas, ideologías o apuestas estratégicas, quiera adoptar diferencialmente).
PRIMARIAS REGULADAS POR LEY
Como en todo espacio regido por la competencia, importa más la existencia de una regulación común que la naturaleza ideal de esa regulación. Así que, sin ánimo de exhaustividad, señalo a continuación una batería mínima de normas regulativas posibles:
a) Primarias reguladas por ley, garantizando neutralidad en cuanto al tipo de votación e intervención de la dirección del partido, agentes independientes de recuento, base electoral transparente, acceso a los censos para todas las partes, financiación transparente de los participantes de esas primarias, fiscalización pública de esa financiación, etc.
b) Regulación común de las modalidades de toma de decisión y consiguientes sistemas de votación internos, regulados también en cuanto a su periodicidad y forma (con importancia decisiva del voto secreto como premisa para la independencia de la separación de poderes antes señalada).
c) Rendición de cuentas —periódica y obligatoria— de los representantes ante los representados, con cambios necesarios en la ley electoral (necesidad de circunscripciones más pequeñas que garanticen la eficacia pragmática de este ejercicio de transparencia democrática mínima).
d) Criterios de contratación de personal de los partidos ajustados al derecho laboral con convenio propio y siempre diferidos del tiempo electoral interno y externo de los partidos.
e) Reconocimiento formal de la pluralidad interna, con financiación proporcional a los resultados en congresos y primarias: eliminando la posibilidad habitual de que la victoria en primarias y congresos, gracias a diferencias mínimas de apoyo, permitan, sin embargo, disponer de todos los recursos económicos e institucionales de un partido: quien gana por un mínimo la dirección de un partido, no puede ganar el partido entero.
f) Periodicidad regulada de los congresos y la forma de renovación de líderes, cuadros y poderes territoriales (de entrada, cada dos años para evitar fusión con los ciclos electorales).
g) Y, como se señaló más arriba: división de poderes interna regulada no solo estatutariamente sino legal y constitucionalmente, afectando tanto a la relación entre ejecutivo, legislativo y judicial dentro de cada partido, como a la organización del poder territorial.
Son solo algunas medidas entre muchas otras posibles, dirigidas a establecer ese Estado de derecho interno que haga de los partidos una mediación institucionalizada y reglada entre los representados y los representantes, entre sociedad civil y Estado. Esta regulación permitirá, y no es poco, varias ventajas añadidas para con la democratización no solo de los partidos, sino de (su relación misma con) los representados o la sociedad civil.
Estas medidas deberían servir para normalizar la relación entre partido, militancia y electorado, sujeta hoy a una forma altamente disfuncional
En primer lugar, contribuirá a definir la naturaleza de los partidos, sus diferencias, relaciones y canales de participación con el conjunto de la sociedad y de otras formas de organización o asociación civiles; permitiendo que el papel de mediador entre representantes y representados salga del punto ciego al que le destina nuestra legislación y pueda así operar realmente como mecanismo de comunicación e integración entre la sociedad civil y el Estado.
En segundo lugar, debería servir para normalizar la relación entre partido, militancia y electorado, sujeta hoy a una forma altamente patológica o disfuncional, amén de errática: si la toma de decisiones en momentos congresuales o de primarias responde a la influencia de la militancia, y las decisiones en momentos electorales está obviamente vehiculada por la estructura ideológica y el sentido común del votante, se introduce un doble poder no contenido o reglado, que aleja y acerca, según intereses y momentos, al electorado y la sociedad civil de los partidos, coadyuvando a la desafección e impidiendo formas de participación estables y constantes en el tiempo.
Por último, si la regulación de los mecanismos de democracia interna de los partidos permite que estos prefiguren en su interior el Estado de derecho y el tipo de práctica de la democracia que promulgan hacia afuera, los partidos así regulados se podrán convertir en una pieza clave para la regeneración democrática de la sociedad en su conjunto.