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Orient-Express, el tren que unió la Europa de Oriente y Occidente

Pocos medios de locomoción han contribuido tanto a la Unión Europea como el Orient-Express. En su último libro (Acantilado, 2020), Mauricio Wiesenthal detalla, a través de las historias de sus pasajeros,  la contribución del mítico tren a la cultura y la política de Occidente.

Mauricio Wiesenthal: «Orient-Express»

“Viajar en uno de los vagones del Orient-Express es como dormirse en una pintura de Mantegna.” Esto afirma Mauricio Wiesenthal (Barcelona, 1944) en su ensayo Orient-Express. El tren de Europa, recientemente publicado por Acantilado. El autor evoca un ambiente de glamour en vagones que fueron testigos de numerosas aventuras y leyendas relacionadas con el arte, el cine, la literatura, el amor y también la política, el asesinato o el espionaje, hechos relatados en capítulos con sugerentes títulos: Aventuras y tragedias en un cuento de hadas, Una deliciosa literatura de esnobismo y crímenes. Intrigas y romances en una Europa sin fronteras o La hora de soñar.

Este ensayo es el fascinante retrato de un hermoso capítulo del siglo XX europeo mostrado a través de un mosaico de viajeros variopintos, ilustres y controvertidos

El Orient-Express, un tren fabricado con esmero y detalle, inicia su andadura en 1883,  se construyó para abrir el comercio europeo al mercado internacional y comunicaba Occidente y Oriente desde París a Estambul. Sus viajes concluyeron en 1977. Arrancaba en París, atravesaba Estrasburgo, Múnich, Viena, Budapest, Bucarest y terminaba en la ciudad de Giurgiu en Rumanía y, desde allí, los pasajeros eran llevados hasta Estambul. “En esa belleza que llevaba inserta la luz del tren muchos seres humanos dejaron su huella en aquel mítico lugar”, dice su autor y es que se trata de un tren que transportaba vidas novelescas.

Para Wiesenthal el Orient-Express significaba el símbolo de una Europa cosmopolita y de gran bagaje cultural, un lugar donde sus pasajeros disfrutaban, charlaban y también conspiraban. Era el tren de los románticos donde hubo crímenes sin resolver, amores escondidos, atentados y robos. Por este motivo, este ensayo es el fascinante retrato de un hermoso capítulo del siglo XX europeo mostrado a través de un mosaico de viajeros variopintos, ilustres y controvertidos de la talla de Nikita Kruchov, Nicolás II, la reina Victoria, Agatha Christie, Grace de Mónaco, Coco Chanel, Eugene Ionesco, Mata Hari, Marlene Dietrich, Stephan Zweig, María Callas, Picasso o Josephine Baker, entre otros muchos, algunos de ellos conocidos por el autor.

Mauricio Wiesental, viajero incansable y amante del siglo XX, sostiene que este siglo ha sido extraordinario a pesar de sus conflictos bélicos, por su contribución a la riqueza cultural

El libro recrea multitud de historias y anécdotas, divertidas, curiosas y hasta peligrosas que sucedieron en su interior al hilo de su paso por las diversas estaciones del trayecto y su escritura evoca la belleza de un interesante periodo histórico con sus luces y sombras. Wiesenthal no elude la melancolía y nostalgia de aquello que se ha perdido, no solo materialmente en una serie de vagones, sino desde una mirada más profunda. Aquel tren era el símbolo de un modo de viajar, un lugar de convivencia, un vínculo fraterno entre países en un momento en el que estaba vigente el espíritu del cristianismo y, en definitiva, era un ámbito de distinción y elegancia que fueron arrasadas por la mediocridad. Mauricio Wiesenthal, viajero incansable y amante del siglo XX, sostiene que este siglo ha sido extraordinario a pesar de sus conflictos bélicos, por su contribución a la riqueza cultural. Libro erudito y ameno a la vez que nos transporta a una atractiva atmósfera descrita desde un punto de vista original.

Cuando las armas son las letras

La figura de George Orwell crece con el tiempo y está alcanzando categoría icónica. Tanta, que no sorprende que se le cite con veneración en el Congreso de los Diputados ni que se haya convertido en protagonista del cómic Orwell (Norma Editorial, 2020), de Pierre Christin y Sébastien Verdier. En la crisis del coronavirus y los consiguientes debates públicos acerca del alcance del control social, la novela 1984 de George Orwell ha sido una referencia inexcusable, como La peste de Albert Camus, escritor francés con el que comparte tantas cosas. Aunque el interés por ambos escritores debe de arrancar de mucho antes y de más hondo: en el compromiso con la integridad intelectual.

Arcadi Espada en el prólogo de otra recomendable antología de Orwell, Matar a un elefante (Turner, 2006), califica el ensayo «La política y la lengua inglesa» (1946) como un texto «fundamental de la cultura de nuestro tiempo». Espada se atiene a los hechos: «No sólo formaliza la noción moderna del eufemismo, sino que describe el periodismo y la política como sistemas eufemísticos. Si un eufemismo detectado (“pacificación” o “rectificación de fronteras”) es, automáticamente, un eufemismo desactivado, se comprenderá la importancia de la crítica orwelliana de la política y los medios». Lo esencial, concluye, es la relación que el autor demuestra entre unos usos lingüísticos y un propósito moral, esto es, las interacciones de ida y vuelta entre la palabra y la comunidad, que pasan por el poder.

Orwell ya había advertido que cada una de las expresiones prefabricadas que usamos «anestesia una porción del cerebro»

A través de la obra de Orwell se puede asistir a un análisis pormenorizado del potencial político de la palabra y de las consecuentes tentaciones de instrumentalizarla. Más que diferenciar, como los clásicos, las armas y las letras, hoy lo más necesario es alertar de que las armas son las letras. Que Orwell lo hiciera explica su relevancia actual en un contexto en el que las tensiones alrededor del lenguaje político no hacen más que crecer. Por fortuna, los antídotos contra la demagogia y la ideologización que él también propuso no han caducado ni perdido su eficacia.

George Orwell: «El poder y la palabra»

El poder de la palabra

La originalidad de Orwell no estriba en sus presupuestos teóricos. La importancia política de la palabra es un clásico de la lingüística, de la política y de la filosofía. El catedrático Alfonso López Quintás la resume, partiendo de un ejemplo elemental, en Cómo formarse en Ética a través de la Literatura (Rialp, 2008): «El lenguaje otorga dominio. Merced al lenguaje podemos otorgar perfiles netos a ámbitos de realidad indefinidos, que parecen escapar a nuestro conocimiento y control. Sientes un dolor difuso en un costado, y no sabes con precisión de qué puede tratarse. […] El médico analiza tu dolencia y te da el diagnóstico, es decir, le pone nombre al dolor. […] Está localizado, definido merced al poder del lenguaje. Poner nombre a las cosas es, desde Adán, señal de soberanía».

Pero las palabras, como el poder, como la soberanía que de ellas se desprende, pueden usarse sabia o torpemente; lo cual tiene consecuencias políticas inmediatas que se retroalimentan en un vertiginoso círculo vicioso. Orwell lo explica en «La política y la lengua inglesa»: «Un hombre puede darse a la bebida porque se considere un fracasado, y fracasar entonces aún más porque se ha dado a la bebida. Algo parecido está ocurriendo con la lengua inglesa. Se vuelve fea e inexacta porque nuestros pensamientos rayan en la estupidez, pero el desaliño de nuestro lenguaje nos facilita caer en esos pensamientos estúpidos».

Los sofistas habían trabajado con las técnicas según las cuales quien domina el arte de manipular las palabras acaba dominando los cerebros de una manera subrepticia

Por idénticos presupuestos, el recientemente fallecido José Jiménez Lozano confesó en su discurso de recepción del Premio Cervantes de 2002 la razón por la que había buscado siempre palabras que no estuvieran instrumentalizadas: «Únicamente ésas pueden llevarnos a la comprensión del mundo, sólo ellas nos instalan en el conocimiento». Orwell ya había advertido que cada una de las expresiones prefabricadas que usamos «anestesia una porción del cerebro».

El diccionario es político

El escritor inglés tiene meridianamente claro que el lenguaje ocupa un lugar central del tablero de juego de la política, inscribiéndose en una tradición de pensadores de lo público interesados por el fenómeno lingüístico. Hobbes había sido consciente de la potencia política latente en las palabras. En el Leviatán llega hasta el extremo de conceder al soberano el poder de alterar los significados para controlar así el debate social.

Irene Vallejo, en su artículo «La salud de las palabras» (en Alguien habló de nosotros, Contraseña, 2017) nos recuerda que «Tucídides advirtió el síntoma de una crisis latente en el cambio de significado de ciertas palabras. Pensaba que la política se deteriora si el servilismo dentro de las facciones se empieza a llamar lealtad. Si el bien común se trata como un botín. Si llamamos listo al que conspira mejor y cobarde a quien se detiene a reflexionar. Si hablamos de pactos sólo para encubrir fugaces transacciones de intereses. […] La salud de una sociedad se puede diagnosticar auscultando sus palabras». Obsérvese como Tucídides, en verdad, desenmascara eufemismos, exactamente la misma actividad que Arcadi Espada destaca como el gran legado de Orwell para el mundo contemporáneo.

Entonces, «¿es el lenguaje el vehículo principal para un cambio generalizado de mentalidad y de actitud?», se pregunta el filósofo Rafael Gambra en El lenguaje y los mitos (Speiro, 1983), ensayo que dedica por entero a dilucidar esta cuestión. La respuesta es un rotundo «sí». No es casual, por tanto, que Stalin tuviese un interés tan constante por la lingüística, sagazmente caricaturizado, por cierto, en la novela de Orwell Rebelión en la granja. Ni que los nazis estructurasen una meticulosa transformación semántica del idioma alemán, según constató Viktor Kemplerer en LTI. La lengua del Tercer Reich, analizado para Nueva Revista  por José Manuel Grau Navarro.

«La intención era –escribe Orwell- que cuando se adoptara definitivamente la nuevalengua y se hubiese olvidado la viejalengua, cualquier pensamiento herético fuese inconcebible»

EL CABALLO DE TROYA DE LA IDEOLOGÍA

Todos los totalitarismos saben que el diccionario puede actuar como un taimado caballo de Troya de la ideología. El uso de determinadas palabras y expresiones terminan configurando desde dentro el pensamiento de quien las emplea, gracias a lo que el pensador brasileño Plinio Corrêa de Oliveira llamaba «trasvase ideológico inconsciente». Los sofistas (Gorgias, Protágoras) habían trabajado con esas técnicas por las que quien domina el arte de manipular las palabras acaba dominando los cerebros de una manera subrepticia e infalible.

El profesor Manuel Arias Maldonado constata en su ensayo La nostalgia del soberano (Catarata, 2020) la exacerbación contemporánea de «la influencia del giro lingüístico, que impulsa un constructivismo filosófico que entiende la realidad como hecha de palabras o “discursos” [o relatos]. La idea de que la política se hace con palabras que crean realidades está ya en la obra de Gramsci y su concepto de hegemonía [y se ha impuesto en el giro de Laclau y Mouffe (Hegemony and Socialist Strategy, 1985), frente al materialismo de Marx. […] Los discursos, compuestos por un lenguaje que ocupa un papel central en la auto comprensión humana, crean el mundo».

Son estrategias semánticas que no sorprenderían a Orwell ni pueden sorprender al lector de Orwell. En «Principios de la nuevalengua» (1948), hace una acerada radiografía del lenguaje político y sus intenciones manipuladoras: «El propósito de la nuevalengua no era sólo proporcionar un medio de expresión a la visión del mundo y los hábitos mentales de los devotos del Socing [la ideología dominante en el mundo orwelliano], sino que fuese imposible cualquier otro modo de pensar. La intención era que cuando se adoptara definitivamente la nuevalengua y se hubiese olvidado la viejalengua, cualquier pensamiento herético fuese inconcebible, al menos en la medida en que el pensamiento depende de las palabras».

Que nadie se lleve a engaño pensando que este análisis es nada más que material narrativo para su fantasía distópica de la novela 1984. Ya en 1937 y gracias a su experiencia española, Orwell se había percatado de la inminencia del peligro y, todavía más, de quiénes lo estaban usando con mayor precisión. En «Descubriendo el pastel español» anota que «los periódicos de izquierdas tienen unos métodos de distorsión mucho más sutiles».

Por esos años ya se iba imponiendo una nuevalengua y, por tanto, una nuevalógica, especialmente en lo que se refiere al tratamiento del comunismo por parte de la intelectualidad de Occidente. Orwell es un pionero en la denuncia solitaria de esta deriva. No por ello lo hace con menos energía, como en el ensayo «La libertad de prensa», de 1945: «Quienes toda su vida se habían opuesto a la pena de muerte, ahora aplaudían las ejecuciones sin fin en las purgas llevadas a cabo entre 1936 y 1938, y se consideraba correcto por igual sacar a relucir hambrunas cuando sucedían en la India y ocultarlas cuando tenían lugar en Ucrania. Y si esto era así antes de la guerra, la atmósfera intelectual desde luego no está mejor en la actualidad».

Un problema de doble filo

La originalidad de Orwell empieza a deslumbrar cuanto más acerca la reflexión política a los terrenos de la literatura. El problema de la demagogia y la manipulación es su progresión geométrica, porque esa manipulación afecta automáticamente a la calidad de la literatura que tendría que evitar que el lenguaje incurriese en manipulaciones ideológicas, haciéndolas cada vez más fáciles, veloces y masivas.

Orwell profetizó la imposición de lo políticamente correcto y los mecanismos de la autocensura, siendo consciente de su gravedad: «Para dejarse corromper por el totalitarismo no hace falta vivir en un país totalitario»

En el ensayo “Literatura y totalitarismo” de 1941, diagnosticó la enemistad eterna entre la literatura auténtica y el interés del poder: «Creo que la literatura de toda clase, desde los poemas épicos hasta los ensayos críticos, se encuentra amenazada por el intento del Estado moderno de controlar la vida emocional del individuo». Añadía una reflexión muy sorprendente en plena Segunda Guerra Mundial, aunque no ahora: «Cuando uno menciona el totalitarismo piensa de inmediato en Alemania, Rusia, Italia; pero creo que debemos afrontar el riesgo de que este fenómeno pase a ser mundial» Orwell profetizó la imposición soft de lo políticamente correcto y los hábiles mecanismos de la autocensura, no sólo atisbándolo con setenta años de adelanto, sino siendo plenamente consciente de su gravedad: «Para dejarse corromper por el totalitarismo no hace falta vivir en un país totalitario».

A partir del episodio de censura que sufrió Rebelión en la granja en Inglaterra, Orwell no se hizo grandes ilusiones con la autosatisfecha libertad en los países libres. Uno de los cuatro editores que rechazaron el manuscrito le escribió: «Podría verse como algo que era muy desaconsejable publicar en el momento actual. Si la fábula apuntase en general a dictadores y dictaduras cualesquiera, entonces publicarla no sería un problema, pero lo cierto es que sigue tan de cerca, según veo ahora, la evolución de los soviéticos y de sus dos dictadores que sólo puede aplicarse a Rusia, quedando excluidas el resto de las dictaduras. Y otra cosa: sería menos ofensivo si la casta dominante de la fábula no fuesen cerdos. Creo que no cabe duda de que la elección de los cerdos como casta gobernante ofenderá a mucha gente, sobre todo si es alguien un poco quisquilloso, como sin duda son los rusos».

Para entonces Orwell llevaba muchos años argumentando que «la influencia negativa del mito soviético sobre el movimiento socialista de Occidente», tal y como escribe en el prólogo para la edición ucraniana de Rebelión en la granja. Lejos de una motivación reaccionaria en su crítica, confiesa: «Así pues, durante los diez últimos años he estado convencido de que la destrucción del mito soviético era esencial si queríamos resucitar el movimiento socialista». A partir de esta censura, verá, además, que «en este país, la cobardía intelectual es el peor enemigo al que tiene que enfrentarse un escritor o periodista, y no me parece que se haya dedicado a este hecho el debate que se merece».

A Orwell no le preocupa tanto, en realidad, que la ortodoxia dominante sea una confesional, la fascista o la marxista, sino que imponga cualquier discurso. Él se enfrenta a la marxista porque «en este momento, lo que la ortodoxia predominante exige es una admiración acrítica hacia la Rusia soviética» hasta el extremo casi increíble de que, «aunque no se nos permita criticar al gobierno soviético, somos razonablemente libres de criticar al nuestro».

EL ENEMIGO ES “EL PENSAMIENTO GRAMÓFONO”

Su análisis de la amenaza que ello implica para la literatura es revelador:

«El enemigo es el pensamiento gramófono, esté uno de acuerdo o no con el disco que esté puesto en cada momento». Más que la ideología importa la imposición y más aún que ésta sus veleidades: «La peculiaridad del Estado totalitario es que, si bien controla el pensamiento, no lo fija. Establece dogmas, pues precisa una obediencia absoluta por parte de sus súbditos, pero no puede evitar los cambios, que vienen dictados por las necesidades de la política del poder. Se afirma infalible y, al mismo tiempo, ataca el propio concepto de verdad objetiva. Por poner un ejemplo obvio y radical, hasta septiembre de 1939 todo alemán tenía que contemplar el bolchevismo ruso con horror y aversión, y desde septiembre de 1939 tiene que contemplarlo con admiración y afecto. Si Rusia y Alemania entran en guerra —escribe premonitoriamente a principios de 1941—, tendrá lugar otro cambio igualmente violento. La vida emocional de los alemanes, sus afinidades y odios, tiene que revertirse de la noche a la mañana cuando ello sea necesario. No hace falta señalar el efecto que tienen este tipo de cosas en la literatura. Y es que escribir es en gran medida una cuestión de sentimiento, el cual no siempre se puede controlar desde fuera».

«Desde el punto de vista totalitario, la historia es algo que se crea, no que se aprende […] El totalitarismo exige, de hecho, la continua alteración del pasado», aseguraba el autor de 1984

Orwell pone un ejemplo de su tiempo. Nosotros disponemos en abundancia de ejemplos de cambios contemporáneos de postura que irremediablemente descolocan al escritor al servicio de una determinada ideología. El problema, como expone en «La destrucción de la literatura» (1946), es que el verdadero escritor «no puede decir con convicción que le gusta lo que le disgusta, o que cree en algo en lo que no cree. Si se le obliga a hacerlo, el único resultado es que se agostan sus facultades creativas» porque «sabemos que la imaginación, como algunos animales salvajes, no puede criarse en cautividad».

No se circunscriben al presente las asechanzas del totalitarismo. La simple existencia de cierta libertad creativa ha de reprimirse preventivamente: «Siempre existe el peligro de que cualquier pensamiento seguido libremente conduzca a la idea prohibida». Tampoco el pasado es una posición segura: «Desde el punto de vista totalitario, la historia es algo que se crea, no que se aprende […] El totalitarismo exige, de hecho, la continua alteración del pasado».

Tan graves resultan estas imposiciones envolventes que Orwell concluye: «Hoy en día, quizá sea incluso una mala señal en un escritor que no se sospeche de él que es reaccionario». ¿Reaccionario?, saltan de inmediato todas nuestras alarmas. Obsérvense, sin embargo, dos cosas. Primera, no dice que tenga que serlo, sino sospechoso de serlo, que son cosas bien distintas. Segunda, que será reaccionario en el sentido literal de quien se revuelve contra el lenguaje de la política. Y eso sí tiene que serlo sin remedio, porque, como Orwell afirma: «El lenguaje de la política ha de consistir, sobre todo, en eufemismos, en interrogantes, en mera vaguedad neblinosa. Semejante fraseología es imprescindible cuando uno ha de llamar a las cosas de un modo que no evoque una imagen mental de ellas. […] La grandilocuencia del estilo ya es, de por sí, una especie de eufemismo. […] El gran enemigo de la lengua clara es la falta de sinceridad. […] como una sepia que lanza un chorro de tinta».

La verdad y la belleza como antídotos

Como si hubiese estudiado la relación expuesta por Orwell entre un lenguaje acendrado y un pensamiento acertado, y la contradicción a muerte entre la demagogia política y el sentido prístino del idioma; el filósofo y político François-Xavier Bellamy (París, 1985) resume en su reciente ensayo Permanecer  (Encuentro, 2020): «La verdadera urgencia política es resucitar el lenguaje. Tenemos que recuperar juntos el sentido de lo real y para eso tenemos que recuperar juntos el sentido de las palabras. Esto es como decir, y no hay nada de abstracto en ello, que la verdadera urgencia es, en realidad, poética».

Es indispensable, además de ver lo que tenemos delante de nuestras narices, en palabas de Orwell,  disponer de un lenguaje libre de vagas adiposidades y de subterfugios subconscientes

Orwell no nos trae sólo hasta el convencimiento de esta necesidad, sino que da un paso más y nos muestra cómo hay que reconstruir ese lenguaje. Lo hace con inesperada esperanza: «La decadencia del lenguaje es algo que probablemente se puede curar. […] gracias a la acción consciente de una minoría».

En consonancia con la idea de que las armas son las letras, lo primero que necesitamos es una virtud marcial: el valor. Contra tantos consensos teledirigidos, Orwell no se anda con rodeos: «Las buenas novelas las escriben los que no tienen miedo». La cobardía intelectual condena al escritor y al periodista a ser prisionero y carcelero de la celda de aislamiento de la autocensura.

Ese valor tiene que estar al servicio de la verdad, que es la clave de la bóveda de la visión orwelliana hasta extremos que traen al recuerdo a Alexander Solzhenitsyn o, de nuevo, a Albert Camus. Escribe Orwell «El gran enemigo de una lengua clara es la falta de sinceridad. Cuando se abre una brecha entre los objetivos reales que uno tenga y los objetivos que proclama, uno acude instintivamente, por así decir, a las palabras largas y a las expresiones más fatigadas».

La periodista, escritora y política socialista Irene Lozano (Madrid, 1971) en su prólogo a Ensayos (Debolsillo, 2015) captó perfectamente las implicaciones intelectuales de esta apuesta sin paliativos por la verdad: «Como él siempre estuvo dispuesto a darle la razón a los hechos, los hechos han acabado por darle la razón a él. Lo ha señalado Christopher Hitchens: Orwell acertó en su antiimperialismo, su antifascismo, su antiestalinismo, que adoptó de forma precoz y a contracorriente de casi todos sus coetáneos». Lozano constata que las consecuencias de su fidelidad a los hechos alcanzan a nuestros días: «Sin pretenderlo, Orwell se revela en esto como un antiposmoderno previo a los posmodernos».

Como sir Roger Scruton más tarde, estaba convencido de que la estética es una herramienta irrenunciable de la búsqueda de la verdad. Su lucha sin cuartel contra las metáforas moribundas, contra las frases hechas, contra «el rancio anquilosamiento de la imaginería» es, a la vez, un imperativo artístico y una herramienta para desarticular modos perezosos y, por tanto, peligrosos de pensar. El caballo de Troya del diccionario encuentra las puertas de la ciudad cerradas a cal y canto cuando los escritores hacen su trabajo y sopesan cada una de sus frases.

Orwell no nos dice qué pensar ni siquiera cómo hacerlo: nos urge a hacerlo. Después de ver lo que tenemos delante de nuestras narices —como exigía—, hay que disponer de un lenguaje libre de vagas adiposidades y de subterfugios subconscientes con que contarlo. Nos promete: «Si uno se libra de esos hábitos, podrá pensar con mayor claridad, y esto último es por fuerza un primer paso hacia la regeneración política. Así pues, la lucha contra el mal uso del inglés no es algo frívolo ni una preocupación exclusiva de los escritores profesionales».

El mensaje de resistencia y esperanza de Orwell se concentra en una llamada vigorosa a la escritura transparente y apegada a la realidad. ¿Les parece poco? Él mismo contesta: «Hemos caído tan bajo que la reformulación de lo obvio es la primera obligación de un hombre inteligente».

Debate político y lenguaje: el control parental

En el debate que se produjo a principios de año en torno al pin parental (así bautizado por sus  creadores), una de los enfrentamientos principales (y el más presente en los medios y redes sociales) ha estado en la denominación que se daba a esta medida sobre la que se discutía. El asunto, lejos de ser baladí, destapa características interesantes sobre el propio debate y sobre la sociedad actual.

La inmediatez y el eslogan como estrategias de persuasión

El debate sobre el pin parental es más complejo de lo que a priori puede parecer. Atañe a cuestiones como la responsabilidad de los padres y su libertad a la hora de educar en cuestiones morales a sus hijos, como la libertad académica o libertad de cátedra y sus límites y la confianza depositada en los docentes y los centros educativos (además de las instituciones que los soportan) y, con ello, la consideración social de los docentes, su evolución y los problemas de disciplina y fracaso escolar asociados, a cuestiones como la responsabilidad del estado en la educación cívica y sus límites, como el adoctrinamiento, como las injerencias de los padres en la labor profesional docente de maestros y profesores o como las distintas y posibles interpretaciones de los derechos constitucionales. Ante este catálogo de asuntos tan dispares, se podría pensar en la exageración o la mezcla indiscriminada y caótica de ideas; pero la realidad es que un análisis de los argumentos manejados por las partes en discordia desvela que han tratado sobre estos temas o han aludido a ellos de forma más o menos directa. La amplitud de esta nómina de polémicas (algunas más centrales y otras más tangenciales) y el calado social de la mayoría de ellas hacen aún más llamativa una de las líneas principales que ha seguido la argumentación por su aparente nimiedad: la de la denominación o etiqueta que se le daba a la medida. Sin embargo, lejos de ser contradictorias, ambas ideas se relacionan estrechamente.

Muchos pensadores (pongamos como ejemplo a Bauman, con su concepción de la sociedad líquida y su crítica a las redes sociales) coinciden en que una de las características esenciales de nuestra sociedad actual es la inmediatez y la fugacidad, que tiene en las redes sociales y su funcionamiento su mejor botón de muestra. Sin entrar en la valoración de la evolución de estos espejos (distorsionantes, probablemente) sociales hacia la ausencia del texto (de las grandes parrafadas que admite Facebook a los 140 caracteres de Twitter para acabar en el monopolio de la imagen de Instagram o Tik Tok), lo cierto es que la premura de nuestra sociedad apenas concede el tiempo ni el silencio para la reflexión, por lo que se han venido sustituyendo las argumentaciones lógicas por el impacto emocional y eso ha calado en el lenguaje político y mediático, con el triunfo del titular o el eslogan y la superficialidad de los debates (así lo muestran las reflexiones de algunos filósofos recientes, como Gilles Lipovetsky).

En ese panorama se entiende mejor que uno de los principales ataques de los detractores del pin parental haya sido la sustitución de su nombre por otros de sonido similar pero cargados de connotaciones negativas, buscando al mismo tiempo el humor o la parodia y el desprestigio de lo nombrado. Así, han proliferado las etiquetas en las que, bien cambiando el sustantivo, bien el adjetivo, se empleaba esta estrategia: veto parental, veto neandertal, pin neandertal, pin medieval, pin carcamal, pin Abascal, pin demencial, censura parental…, además de otras etiquetas relacionadas, que o bien no hacían referencia directa a la medida, pero aludían a ella (pin fiscal) o bien realizaban la sustitución, pero no con connotaciones negativas (permiso parental).

El tiempo como argumento

Como puede observarse, la estrategia se divide en dos vertientes distintas (con similar resultado), en función de si se sustituye el sustantivo o el adjetivo. En el primer caso, se puede observar una gradación entre pin, permiso, veto y censura. Mientras los dos primeros términos tienen connotaciones positivas y parecen mostrar un control legítimo; en los dos últimos se muestra como una imposición, un ejercicio de poder desequilibrado e incluso abusivo.

En los casos de sustitución del adjetivo, dejando a un lado demencial (elocuente por sí mismo) o Abascal (que buscaba asociar la medida a una persona concreta, como se ha hecho en otros casos, véanse las últimas leyes educativas), el énfasis, la clave de la estrategia, se desplaza también, destacando aquellos que hacen hincapié en la anacronía de la medida, desde una concepción en la que lo pasado se identifica con lo malo. Así lo muestran carcamal (‘persona decrépita y achacosa’, según el diccionario de la RAE), neandertal y medieval. Aunque el primero de estos tres adjetivos es intrínsecamente negativo, los otros dos, en principio, relacional el sustantivo con un periodo histórico (sin connotación alguna, en teoría), pero en estos usos adquieren una valoración negativa solo explicable por el contexto cultural que los engloba.

Tal como defiende en un artículo el catedrático de la Lengua Manuel Casado, vivimos en una época dominada por el cronocentrismo, es decir, donde la concepción cultural de la sociedad acerca del tiempo consiste en que el presente supera al pasado en todos los aspectos. Esta concepción cultural mayoritaria se refleja en la lengua de los hablantes y produce esa connotación negativa de aquello que hace referencia al pasado, como ha estudiado Casado. Paradójicamente, sin embargo, la autocomplacencia en el presente es contraproducente para la idea de revolución y progreso, por lo que esta postura solo es válida si se completa con el matiz de que el futuro ha de ser aún mejor: estamos mejor que ayer, pero peor que mañana. Así lo demuestra, por ejemplo, la controvertida acogida del libro de Pinker En defensa de la Ilustración, muy criticado (e incluso atacado en campañas de presión, lo que justificó que fuera una de las firmas del manifiesto de Harper’s) por su visión positiva y optimista de la realidad actual.

Con ello se explica un poco más la elección de los adjetivos empleados. Si tenemos en cuenta, además, las épocas de referencia elegidas, se dibuja mucho mejor el cuadro: neandertal hace referencia a una época prehistórica donde el ser humano (o su homínido antecesor) aún no tiene la capacidad de raciocinio que lo derivarán en sapiens; y medievalalude a una época que culturalmente ha llegado a nuestros días como oscura, debido probablemente a interpretaciones ideológicas que han enfatizado el teocentrismo y el papel destacado de la Iglesia como características negativas.

Si unimos todas las asociaciones de significado que acabamos de ver, se entiende la rentabilidad y eficacia de la estrategia empleada por los que se oponen a la medida de la que hablamos.

Las metáforas espaciales y temporales en el lenguaje político

Este tipo de estrategia no es nuevo, aunque se haya pulido con el tiempo. Desde la Revolución Francesa, los términos izquierda y derecha para simplificar la identificación de las distintas posturas ideológicas son una constante en el panorama político mundial. Lo mismo ocurre con otra reducción metafórica, la que opone conservador a progresista. Y ello a pesar de que los valores, ideas y conceptos que defienden uno y otro bando no son inmutables, ni en el tiempo ni (a pesar de que la globalización vaya mermando las diferencias) en el espacio, como se constata fácilmente comparando las pretensiones hechas bajo estas etiquetas a lo largo de la historia o en distintas partes del mundo. Sin embargo, a pesar de ello, estas metáforas siguen funcionando, hasta el punto de sustituir a menudo (al menos en lo que llega al ciudadano corriente, por la inmediatez y el exceso de información del que antes hablábamos) el debate en profundidad. En España, el panorama político se esboza a menudo metafóricamente en parámetros espaciales con acusaciones de ser “extremos”, con adjetivos como extrema o radical o con el prefijo ultra-, todos ellos connotados negativamente frente al centro, que se identifica como un valor deseable, de consenso y apaciaguador (el lenguaje metafórico bélico también es constante en el discurso político, como han constatado, por ejemplo, los estudios de Llamas Saíz) en una sociedad democrática que debe aspirar al entendimiento. Sin embargo, a veces el centro también se muestra negativo, por denotar falta de compromiso o definición ideológica, precisamente por no adoptar la etiqueta metafórica de izquierda o derecha. En este sentido, es curioso constatar un claro desequilibrio entre el uso de las etiquetas extrema derecha, derecha radical, ultraderecha o ultraconservador (y sus derivados) y sus equivalentes, mucho menos frecuentes (algunos incluso insólitos), extrema izquierda, izquierda radical, ultraizquierda o ultraprogresista. Y algo similar ocurre, como hemos visto cuando hablábamos de cronocentrismo, con la carga positiva de los vocablos referidos al presente y al futuro frente a los referidos al pasado.

La conclusión parece clara: culturalmente, al menos en lo que atañe al lenguaje (reflejo del pensamiento y las costumbres de la sociedad que lo emplea) la representación de izquierda y progreso va ganando la “batalla”, algo que algunos pensadores conservadores han constatado y han tratado de revertir ‒como el recientemente fallecido Roger Scruton‒, conscientes de la importancia de las impresiones en nuestra sociedad acelerada y poco reflexiva. El papel del lenguaje en esa concepción cultural ha derivado en que muchos de los grandes debates de la actualidad pasen por debates lingüísticos, en que a menudo se pretende cambiar la realidad cambiando el lenguaje que la designa o en que la construcción del lenguaje políticamente correcto y lo que conlleva sea uno de los temas candentes en nuestra cultura.

Pin parental y debate sobre educación

El corolario de lo dicho es particularmente transparente sobre uno de los principales problemas de la sociedad española. En el caso del pin parental, el debate de calado, como correspondería a una cuestión fundamental como la educación, se ha visto reemplazado, al menos en lo que ha transcendido en mayor medida a la sociedad, por el debate ideológico superficial representado por los recursos lingüísticos de persuasión a los que nos hemos referido.

 

Christopher Dawson: «Hacia la comprensión de Europa»

Una de las razones para leer Hacia la comprensión de Europa es que ayuda a ver nuestro continente no como fruto de decisiones políticas y económicas, sino principalmente desde el prisma cultural, es decir, espiritual. Sin esa óptica no se puede explicar que Europa, centro de la civilización mundial a finales del siglo XIX, gestara dos guerras mundiales, sistemas totalitarios y horrores como el Gulag y Auschwitz en el siglo XX.

Christopher Dawson: Hacia la comprensión de Europa
Christopher Dawson: «Hacia la comprensión de Europa»

Christopher Dawson: Hacia la comprensión de Europa. Ediciones Encuentro, Madrid, 2020. Traducción de Esteban Pujals Fontrodona. Introducción de George Weigel. Traducción de la introducción y los índices: María Vázquez Santiago. 282 páginas. Título original: Understanding Europe. Primera edición: Sheed and Ward Ltd, Londres, 1952.


Para el historiador británico Christopher Dawson (1889–1970) «Europa es una comunidad de pueblos que participan de una tradición espiritual común, que tuvo sus orígenes hace tres mil años en el Mediterráneo oriental y que ha sido transmitida de siglo en siglo y de una a otra raza hasta llegar a extenderse por todo el mundo» (p. 47). La tradición, en conjunto, no puede identificarse con el continente europeo. «Ha entrado en Europa y se ha expansionado más allá de ella, y lo que llamamos «Europa» en el sentido cultural es, en realidad, solo una fase de su amplio desarrollo» (p. 47).

Dawson pone de manifiesto que Europa se desmorona por no ser fiel a sus raíces culturales y espirituales, porque el humanismo ateo, en su búsqueda de una utopía mundial, acaba siendo un humanismo inhumano. Dawson, pues, propone que Europa ha de entenderse no tanto como una entidad política sino como una comunidad cultural de valores.

¿Pero sobreviven los principios morales sin algo parecido a la fe? No es seguro, según Dawson, debido a la falta de confianza en la propia cultura y a la pérdida de confianza en la razón. A lo que añade el historiador George Weigel, en el prólogo al ensayo de Dawson, que los signos de la actual crisis moral de esta civilización se ven, de forma dramática, en la caída de población en Europa y en que Europa está modelada por una forma de ateísmo. Europa se enfrenta, en el siglo XXI, al «ser o la nada». Puede quedarse en una extensión del mundo árabe.

Christopher Dawson
Christopher Dawson

Dawson escribió Hacia la comprensión de Europa en plena Guerra Fría, poco después de la Segunda Guerra Mundial. Pero sus observaciones y sus enseñanzas son tan acertadas entonces como ahora, como cuando profetizaba: «La presente división de Europa es tan reciente y tan artificial que es difícil creer que este sea su aspecto definitivo» (p. 63). El motor de su pensamiento estriba en que «cualquiera que sea la causa última de esta crisis, es cierto que es una crisis espiritual, ya que representa el fracaso del hombre civilizado para dominar las fuerzas por él creadas» (p. 25).

Dawson se pregunta cómo se podrá preservar la inteligencia orientadora de la cultura y salvar las tradiciones espirituales de Europa. Una de sus respuestas es la educación. Quizá la forma tradicional de la educación clásica sea anticuada y ya no pueda proporcionar un elemento cultural unificador. «Pero el hecho de que la educación clásica ya no cumpla su propósito no significa que la cultura pueda prescindir por completo de tal elemento unificador, o de que este pueda encontrarse en un terreno puramente técnico» (p. 29). Al contrario: «Cuanto más extendamos el campo de la educación, más necesario resultará disponer de algún principio de cohesión que contrarreste las tendencias centrífugas de la especialización y el utilitarismo». Una parte de la solución sería, afirma Dawson, «encontrar los factores constructivos de la comunidad europea y hacerlos la base de nuestro estudio» (p. 34). Aprender más y mejor la asignatura de Historia.

Otra de las respuestas de Dawson es profundizar en la comprensión del concepto de Europa, porque «aunque en las conversaciones internacionales el concepto de Europa se ha dado ordinariamente por supuesto, sin embargo, rara vez se ha definido, y, cuando se ha hecho, ha sido generalmente de un modo superficial» (p. 67).

El olvido del mundo del espíritu es devastador, en opinión del que también fue profesor en la Universidad de Harvard. «La Europa protestante se basaba en la Biblia y el catecismo» (p. 30), mientras la Europa católica se fundaba en la liturgia, el arte y el drama religioso, que «hacían que la Iglesia fuera prácticamente la escuela del pueblo» (p. 30). En ambos casos, «la Iglesia proporcionaba un sistema de creencias y de normas morales comunes, así como los arquetipos de la historia universal y de la historia sagrada, que constituían la base de su mundo espiritual» (p. 30).

Sin el espíritu, la cultura se convierte en «una abstracción refinada, en vez de expresar una tradición viva que anima el conjunto de la sociedad, unificando el presente y el pasado» (p. 31). La absoluta separación entre la religión y la cultura tuvo su origen en «el encono de las divisiones internas de la Cristiandad y, en parte, en el temor de que los valores trascendentales y divinos del cristianismo se pusieran en peligro por su identificación o asociación con los valores humanos y relativos de la cultura» (pp. 31-32). Estos factores comenzaron a fermentar mucho antes de que la cultura europea se secularizara. «Ambos se originaron en el periodo de la Reforma, y fue Martín Lutero, específicamente, quien instituyó el dualismo teológico de la fe y las obras, en una forma tan decisiva, que no dejó lugar para ninguna concepción positiva de una cultura cristiana, tal como hasta él se había aceptado sin dar lugar a dudas» (p. 32). Hegel, luego, además, justificaría la guerra.

Es esencial considerar «que la comunidad cristiana del pasado no fue un ideal piadoso, sino un hecho jurídico que proporcionó la plataforma de la organización social de la cultura de Occidente» (p. 35). Subraya Dawson: «Cualesquiera que sean nuestros puntos de vista religiosos y filosóficos, no tiene justificación el hecho de descartar una serie de factores históricos, porque no estamos de acuerdo con las creencias e ideales que se relacionan con ellos» (p. 37).

Dawson no olvida el peligro del nacionalismo: «La influencia del nacionalismo moderno ha contribuido a que todos los pueblos de Europa insistieran en sus matices diferenciales, en vez de hacer que se atendieran a lo que más les unía» (p. 31). No es necesario irse a las disparatadas teorías racistas alemanas. «Pasando por alto todas estas extravagancias, todavía tenemos el hecho básico de que la educación moderna, en general, enseña a los hombres la historia de su país y la literatura escrita en su lengua como si estas materias fueran unidades completas y no partículas de una entidad superior» (p. 31).

Tras las guerras mundiales del siglo XX se ha asestado un golpe tan serio a «la confianza y la suficiencia de la cultura occidental y sobre la creencia en el progreso, que era tan firme durante el siglo XIX, que el hombre tiende a pasar al extremo opuesto; en realidad el mundo moderno está experimentando la misma clase de peligro que fue tan fatal al mundo antiguo: la crisis que Gilbert Murray, en su obra Cuatro etapas de la religión griega, califica de «agotamiento de la vitalidad«» (pp. 31-32).

Europa, en las últimas décadas, ha jugado frente a terceros solo la carta de la al parecer mayor eficacia económica y política con su unidad. Sin embargo, dice Dawson, únicamente «podemos comprender a Europa, en su desarrollo histórico, por medio del estudio de la cultura cristiana, pues ella forma el centro de todo proceso y fue bajo el signo de la Cristiandad como Europa tuvo por primera vez conciencia de sí misma en cuanto comunidad de pueblos poseedores de valores morales y objetivos espirituales coparticipados» (p. 47). El problema europeo no puede resolverse «por medio de un tajante proceso de reorganización económica y política que conduzca a una unidad federal, a unos Estados Unidos de Europa semejantes a los Estados Unidos de América; pues Europa no posee ni el lenguaje común ni la tradición política común, que han desempeñado un papel tan esencial en el desarrollo de los Estados Unidos y Rusia. Europa debe su carácter único al hecho de que es y ha sido siempre una comunidad de naciones» (p. 236).

Concluyendo: «La última palabra en los problemas humanos siempre pertenecerá al poder espiritual, que trasciende tanto el orden de la naturaleza como el orden de la cultura y proporciona a la vida humana su significación y su finalidad definitivas. Solo mediante el nuevo descubrimiento de este poder y de la restauración de la relación triple entre los fines espirituales, los valores morales y la acción social es como Europa podrá superar su crisis cultural presente, debida ante todo a la contradicción entre el desarrollo del poder técnico y la pérdida del propósito espiritual» (p. 237).


El índice de Hacia la comprensión de Europa es el siguiente:

Introducción a la edición de 2009.
Prólogo.
Nota de agradecimiento.
Parte primera. Naturaleza de Europa.
I. Hacia la compresión de nuestro pasado.
II. Europa y las siete etapas de la cultura occidental.
III. Europa no es un continente, sino una comunidad de pueblos.
IV. Alemania y la Europa central.
V. La Europa oriental y Rusia.
VI. Rusia y Asia.
VII. Asia y Europa.
VIII. Expansión de Europa: colonización e imperio.
IX. Expansión de Europa: el Nuevo Mundo americano.
Parte segunda. La crisis actual de la cultura de Occidente.
X. Antecedentes intelectuales: Hegel y la ideología alemana.
XI. Reacción contra Europa.
XII. Las guerras mundiales y el desarrollo del estado-masa.
XIII. El problema del futuro: secularización total o restauración de la cultura cristiana.
Índice de materias.
Índice de nombres.

Del Río remonta a las fuentes romanas

La verdadera intención de los libros gusta de esconderse en los subtítulos, mientras que en los títulos se intenta llamar la atención del distraído lector. Calamares a la romana nos anima a abrir boca con un apetitoso guiño de barra de bar concurrida y animada. Es una sabrosa invitación que Del Río cumple con creces. Pero en el subtítulo se nos explica: «Somos romanos, aunque no nos demos cuenta». He ahí el mensaje de fondo que un libro tan chispeante en su superficie quiere dejarnos claro. También lo logra.

Predominan las citas de los autores hispanos, como Marcial y Séneca, además de presumir de los emperadores de la tierra: Trajano, Adriano y Teodosio.

Gracias a un despliegue continuo de argumentos y anécdotas. A los romanos debemos los almendros (que introdujeron en la península); el haba del roscón de Reyes y, en consecuencia, la expresión tontolaba; los spa (salus per aquam); la siesta; las cremas antiarrugas; las comunidades de vecinos; los veraneos en la costa; el falo apotropaico; la importancia del patio y de la biblioteca en las casas, etc. Por cierto que, a raíz de esto último, hace, entre paréntesis, el único comentario impaciente de todo el libro, que me ha producido un estremecimiento de estrecha empatía: «Las casas típicas y los cortijos de Andalucía mantienen la estructura original de la domus romana (cuando leo que es influencia árabe, me desespero)».

Emilio del Río: «Calamares a la romana»

El lector de Calamares a la romana, entre risa y carcajada, asombro y curiosidad, saldrá con dos certezas: una, somos los legítimos herederos de Roma y, dos, la actualidad de nuestros clásicos es indiscutible. La joven escritora Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) autora de El infinito en un junco (Siruela, 2020), recopiló una serie de artículos en Alguien habló de nosotros (Contraseña, 2017) que subrayaban la idea de que lo que se pensó, escribió, sintió y vivió en la Europa clásica sigue interpelándonos hoy muy directamente. El libro de Emilio del Río es igualmente una recopilación, en este caso de intervenciones radiofónicas en los programas No es un día cualquiera y Las mañanas de Pepa Fernández. Compartiendo el espíritu con Alguien habló de nosotros, la peculiaridad de Calamares a la romana es, por un lado, su tono más intencionadamente humorístico y, por otro, su apuesta, más que por los grandes momentos del pensamiento y la lírica clásicas, por la vida ordinaria de los romanos, cuya huella pervive aún en la nuestra. Ambas características, más una continua preocupación del autor por usar un lenguaje cuidadosamente coloquial y por hacer a toda costa rítmicas referencias a la cultura pop, en general, y a la Movida de los años 80 en particular, producen una efervescente sensación de cercanía. Sensación que contribuye a afianzar la idea central de Del Río: somos romanísimos.

No quiere decir que no recurra a los modelos literarios e históricos, sino que prima en sus citas las descripciones de la vida cotidiana de los romanos, más que las muestras de la sabiduría eterna. Intencionadamente o no, predominan las citas de los autores hispanos, como Marcial y Séneca, además de presumir (con motivo) de los emperadores de la tierra: Trajano, Adriano y Teodosio. No es un resabio de localismo, sino una muestra más del modo natural de ser romanos que es el nuestro.

El libro se concentra en convencernos, con una sonrisa y una sorpresa en cada página, de nuestra condición de romanos contemporáneos de pura cepa

Sin duda, esta muy constatada romanidad tiene consecuencias sociales y culturales, tanto por la vigencia de los valores clásicos como por la importancia del estudio de su cultura y sus idiomas, pero el extrovertido Del Río prefiere guardar un elegante silencio sobre esos corolarios lógicos. Es el lector el que tiene que sacarlos por su cuenta y riesgo. Para el lector de Nueva Revista, será fácil recordar el fundamento de la herencia romana en la construcción de Occidente o la idea esencial de Rémi Brague de  que «Ser romano es tener, aguas arriba de sí, un clasicismo que imitar y, aguas abajo, una barbarie que someter».

Cabe suponer que Emilio del Río estaría muy satisfecho de que sacásemos esas implicaciones y otras más, pero su trabajo se concentra en convencernos, con una sonrisa y una sorpresa en cada página, de nuestra condición de romanos contemporáneos de pura cepa. De lo que al lector de Calamares a la romana no le cabe duda.

Viveros y aceleradoras de empresas en España como instrumentos de transferencia

Existen varias y poderosas razones que dan impulso al crecimiento de los emprendedores en la nueva sociedad del conocimiento:

– En primer lugar, nos encontramos ante un cambio cuantitativo y cualitativo sin precedentes en el conocimiento científico- técnico dentro de nuestra sociedad, que se ha convertido en una gran oportunidad para el lanzamiento de nuevos productos y servicios en el mercado y la aparición de nuevas formas empresariales.

-Adicionalmente, los medios de producción de bienes y servicios cada vez más basados en el conocimiento se han hecho más asequibles para los trabajadores lo que ha incentivado la entrada de muchos microempresarios en el mercado.

– Según Schumpeter, J.A. (1934)” los nuevos mercados y productos que están surgiendo exigen asumir nuevos riesgos que, si son admisibles para los emprendedores y las Pymes, pero no tanto para las grandes empresas, por lo que se dan colaboraciones a través de la innovación abierta”.

Por tanto, este crecimiento cuantitativo y cualitativo de los emprendedores no es un fenómeno coyuntural sino una tendencia estructural de nuestra nueva sociedad del conocimiento analizada por muchos organismos internacionales desde diferentes aspectos:

Tabla 1: Informes disponibles acerca del emprendimiento.

Parece lógico extraer la conclusión de que son necesarios instrumentos de transferencia de conocimiento entre los centros de formación del conocimiento (universidades, OPIS, etc.) y las necesidades del mercado. Los viveros de empresas vinculados a centros de creación de conocimiento (Universidades, Hubs y redes de investigación, OPIS) se han convertido en óptimos instrumentos para la transferencia tecnológica a través de la incubación de emprendedores que tratan de lanzar nuevos servicios y productos en el mercado.

¿LOS EMPRENDEDORES NACEN O SE HACEN?

Esta tradicional pregunta sobre cuál es la línea divisoria entre nuestras capacidades innatas y las adquiridas en la formación se repite en el ámbito emprendedor. Está demostrado por la literatura económica que existen las externalidades positivas entre los emprendedores y la influencia positiva de un buen ecosistema emprendedor en la tasa de éxito de los proyectos. Ello permite que los viveros de empresas surjan como una herramienta de Política económica en el ámbito del desarrollo económico con la finalidad de influir sobre la calidad y cantidad de emprendedores en un ecosistema emprendedor partiendo de la premisa de que la formación y el asesoramiento influyen positivamente sobre el crecimiento cuantitativo y cualitativo de los emprendedores.

Las principales corrientes de pensamiento de la ciencia económica coinciden en que existe una correlación clara entre el crecimiento de los emprendedores y el incremento del crecimiento económico, pero algunos han destacado su influencia en el cambio estructural socioeconómico, siendo imprescindible para provocar el aumento tanto del desarrollo económico como del desarrollo sostenible. En la situación actual, donde nos enfrentamos a un cambio tecnológico sin precedentes en la historia de la Humanidad, parece lógico que el papel de los emprendedores vaya a ser determinante para el desarrollo a corto y largo plazo. Por este motivo, las instituciones internacionales como el Banco Mundial, el FMI o Naciones Unidas se han preocupado por medir los factores de crecimiento cuantitativo y cualitativo de los emprendedores en los distintos países para poder establecer políticas públicas de acompañamiento. Los viveros de empresas públicos se han revelado como una herramienta eficiente de difusión del espíritu emprendedor y ayuda a los emprendedores.

El peso de la microempresa en España es, sin duda, muy elevado, la gran mayoría de las empresas en el país pueden clasificarse dentro de esta categoría. Lo mismo pasa con los empleos, una altísima proporción son creados por las microempresas, esa consideración es válida para la totalidad de las Comunidades Autónomas que conforman el Estado español. Cuando se analizan los resultados de la encuesta GEM (Global Entrepreneurship Monitor) en su última versión, España posee niveles de espíritu emprendedor por debajo de la media mundial e incluso inferiores a los de países en su misma fase de desarrollo económico.

QUÉ ES UN VIVERO DE EMPRESAS

Los viveros de empresas son centros físicos de emprendimiento con programas destinados a favorecer la puesta en marcha y el desarrollo de las empresas que están comenzando su actividad. Estos organismos ponen a disposición de los emprendedores los conocimientos y medios necesarios para realizar el asesoramiento, formación y el funcionamiento del negocio en la fase inicial de su desarrollo.

La National Business Incubation Association (NBIA) de los Estados Unidos ha identificado tres características que debe poseer un vivero de empresas:

  • proporcionar asistencia comercial a los emprendedores y sus ideas en su fase inicial;
  • contar con personal de asesoramiento;
  • las empresas pueden permanecer en el vivero durante dos o tres años.

El concepto de vivero de empresas ha recibido diferentes definiciones. Los principales organismos públicos y las principales asociaciones de viveros han contribuido a una mejor delimitación del concepto:

National Business Incubation Association (NBIA, 2002) define una incubadora de empresas como “una herramienta de desarrollo económico diseñada para acelerar el crecimiento y el éxito de las compañías emprendedoras a través de un arsenal de recursos y servicios de ayuda a la empresa”. Su objetivo principal es que las empresas dejen el programa y sean independientes y financieramente rentables.

– Dirección de Política Regional de la Comisión de las Comunidades Europeas (DG XVI) describió a los viveros como “organismos de interlocutores públicos y privados, que ponen en marcha y ofrecen, en una zona que presenta un potencial empresarial suficiente, un sistema completo integrado de actividades y servicios de excelencia para la pequeña y mediana empresa con el objetivo de crear y desarrollar actividades innovadoras independientes”.

UK Business Incubation (2000) califica una incubadora de empresas como “un proceso dinámico del desarrollo del negocio”. Es un término que aúna una amplia variedad de procesos que ayudan a reducir el porcentaje de problemas de las compañías en sus primeros años y acelera el crecimiento de las mismas para generar impactos sustanciales de empleo y ventas. Contiene como principal característica facilitar la agrupación de pequeñas unidades de trabajo, a las que proporciona un ambiente instructivo y de apoyo a los empresarios en el start-up durante sus primeros años. Las incubadoras proporcionan tres elementos principales para el desarrollo de negocios exitosos: un ambiente emprendedor y de aprendizaje; fácil acceso a los mentores e inversionistas y, por último, visibilidad y posicionamiento en el mercado.

– COTEC (1993, 1998) define los viveros como “aquellos organismos que potencian la creación de empresas innovadoras, extendiendo sus servicios al asesoramiento y a la formación de emprendedores”.

El primer vivero de empresa del que se tiene constancia es el de Batavia, Nueva York (EEUU). Fundado por el alcalde Frank Mancuso en los años cincuenta del siglo veinte, su función principal consistía en dar cobijo a nuevas empresas en un entorno debilitado. Tras la crisis de los setenta las incubadoras de empresas comenzaron a convertirse en importantes herramientas de política industrial, que durante estos años su objetivo primordial era fomentar el desarrollo económico de aquellas regiones afectadas por procesos de reconversión industrial. Basándose en esta idea, en la década de los ochenta del siglo pasado, la Small Business Administration de los Estados Unidos creaba un programa de promoción de incubadoras.

En 1985 en Estados Unidos se creó la National Business Incubation Asociation (NBIA), la organización privada más grande de incubación de empresas con la finalidad de promover la capacidad emprendedora. La Asociación desarrolla las herramientas para asistir a las nuevas empresas, produce investigación y recopila estadísticas con las que realiza publicaciones prácticas, llevando además a cabo un seguimiento de las iniciativas legislativas que afecten la actividad de las incubadoras. Asimismo, las conclusiones de sus programas indican que, después de cinco años, el 45% de los proyectos apoyados se tornaron comerciales y el 42% se encontraba buscando la viabilidad de la incubación.

Según NBIA, los viveros de empresas han tenido tres fases de evolución para poder alcanzar un alto grado de madurez a nivel mundial, tanto en países desarrollados como en vías de desarrollo, cuya idea fundamental es la evolución del sistema de innovación tecnológica de los países:

  • La primera fase se caracterizó por un fuerte componente de carácter inmobiliario como centros de capacitación empresariales e incubadoras de uso mixto. Es decir, consistían principalmente en el alquiler del espacio físico a las empresas incubadas, generalmente con cercanía a institutos y universidades.
  • La segunda fase se caracterizó por la vinculación directa de las universidades en la formación de las incubadoras de empresas, relación que comenzó a promover la investigación en nuevas tecnologías para la creación de nuevos negocios creándose así las incubadoras multipropósito, especializadas en unos sectores o productos específicos, de alta tecnología, industriales y de base tecnológica. En esta fase surgen las incubadoras que proporcionan a través de las nuevas tecnologías, herramientas de gestión y centralización de la información esencial para emprendedores, e instituciones donde se encuentran.
  • La tercera fase es la orientación en la inserción de las nuevas economías en un contexto globalizado. Se busca facilitar a los emprendedores las herramientas para la exportación de sus productos innovadores, a través de programas para el desarrollo de incubadoras de empresas. El objetivo es crear redes crear redes internacionales para integrar actividades conjuntas con el fin de potenciar las posibilidades de transferencia de tecnología, innovación y capacitación entre las incubadoras.

Los primeros viveros en Europa surgen en el Reino Unido donde este fenómeno ha tenido un desarrollo más largo y de mayor volumen en años posteriores. La primera incubadora nace impulsada por la British Steel (Industry) Ltd, a partir del año 1975, que estimuló la creación de PYMES en áreas relacionadas con el acero como solución a la pérdida de más de 180.000 empleos.

Posteriormente, los viveros de empresa han sido financiados por la Unión Europea. Los recursos comunitarios han hecho posible la aparición de los llamados Centros Europeos de Empresas e Innovación (CEEI), agrupados en la European Business and Innovation Centres Network (EBN), la equivalente a la NBIA en Europa.

VIVEROS DE EMPRESAS EN ESPAÑA

La historia de los viveros de empresa en Europa y particularmente en España es relativamente reciente. A finales del Siglo XX había 39 viveros de empresas en España (Fernández, et al, 2011). Hay que señalar que el crecimiento en el número de viveros se hace exponencial a principio de la presente década, observándose un fuerte impulso por parte de las autoridades europeas (Fernández, et al, 2011). Según el informe de FUNCAS hay un total de 549 viveros, 72 viveros más en 2019. La figura 1 nos muestra esa distribución:

Figura 1: Distribución de viveros de empresas por comunidad autónoma 2008-2018 (FUNCAS 2019).

Si se observa la comparativa con los países de nuestro entorno, se aprecia que es  superior la cantidad de incubadoras de empresas de España que la del resto de la UE. Aunque es importante tomar en consideración que la mitad de los viveros españoles  pertenecen al sector público, siendo las administraciones descentralizadas las principales promotoras. Al restar los viveros de ayuntamientos y comunidades autónomas la cantidad total parece similar al del resto de los países de la UE.

OBJETIVOS DE LOS VIVEROS DE EMPRESAS. Cuando abordamos el tema de los objetivos de los viveros empresas, podemos distinguir cinco objetivos principales, a saber (Blanco Jiménez, 2012):

  1. Apoyar las nuevas empresas a través de la oferta de instalaciones y consultoría especializada.
  2. Fortalecer la capacidad emprendedora creando un ambiente adecuado para el desarrollo.
  3. Fomentar la creación de nuevas empresas minimizando los costes al inicio de su actividad.
  4. Aumentar la tasa de supervivencia de empresas durante sus primeros años de vida.
  5. Contribuir a la generación de empleo, tanto de naturaleza asalariada como a través del autoempleo.

TIPOS DE VIVEROS

Existen muchos criterios posibles de clasificación de los viveros de empresas: públicos/privados, mixtos, generalistas/ especializados, urbanos/rurales, etc.

Por su parte, Rosa Grimaldia y Alessandro Grandia (2005), identifican un espectro con dos tipologías o modelos principales de viveros: El modelo 1 que abarca a los viveros públicos o centros de innovación de negocios (BICs o “Business innovation centres”) y El modelo 2 que abarca a dos tipos de viveros privados, los corporativos CPIs o “Corporate Private incubators”) y los independientes (IPIs o “Independent Private Incubators”). Los autores incluyen a los viveros universitarios (UBIs, “University Business Incubators”) en la intersección de ambas categorías de modelos.

Los autores incluyen a los viveros universitarios (UBI, «University Business Incubators») en la intersección de ambas categorías de modelos. La tabla 2 resume de forma general la taxonomía de viveros de empresa en función de quién los promueve y cuáles son sus objetivos.

Tabla 2: Viveros de empresas por promotor y objetivos (Allen y McKlusky, 1990).

PROCESOS DE INCUBACIÓN Y TRANSFERENCIA QUE DESARROLLAN LOS VIVEROS DE EMPRESAS.

Según Wiggins y Gibson (2003) los viveros de empresas deben realizar las siguientes tareas para lograr el cumplimiento de sus fines:

  • Establecer métricas claras para el éxito.
  • Proporcionar liderazgo emprendedor.
  • Desarrollar y entregar servicios de valor añadido a las empresas incubadas.
  • Desarrollar un proceso de selección racional de nuevas empresas.
  • Asegurar que las empresas incubadas obtengan acceso a las recursos humanos y financieros.
  • Funciones básicas en la actividad de los viveros: Brindar espacios de oficina.
  • Ayudar a los emprendedores a conectarse con clientes y proveedores.
  • Catalizar el proceso de aprendizaje.
  • Mejorar la organización interna.
  • Dar mentoría al equipo de la empresa en formación.

De todas estas funciones, claramente destacan la mentoría, la catalización de aprendizaje y el desarrollo de servicios de valor añadido. Son los ejes principales para impulsar la transferencia de conocimiento entre el promotor del vivero y sus incubados.

Según el informe de FUNCAS (2019), se podría afirmar que las actividades de los viveros de empresas en España tienen sus particularidades. Adicionalmente a los servicios mencionados, cabe destacar que muchos viveros ofrecen asesoría en temas legales (como, por ejemplo, los derechos de propiedad intelectual) y facilitan los trámites necesarios para la constitución de empresas de forma ágil y a bajo coste, a través de los llamados puntos de apoyo al emprendedor (PAE) a nivel estatal.

Muchos de ellos están promovidos por entidades públicas locales con el objetivo de crear empleo en sus poblaciones. Suelen ser un reflejo de la estructura económica local y tienden a ser de carácter generalista, ya que existen muy pocos viveros especializados sectorialmente (por ejemplo, en los campus de la salud, ahorro energético, bioquímica, piscifactorías, etc.) y en su mayoría están apoyados por una gran industria. En España, muchos de los mejores viveros de empresas tienen una destacada capacidad para crear pequeñas comunidades de emprendedores, fomentando fuertes relaciones de colaboración y de transferencia de conocimiento entre ellos.

Por otra parte, los viveros en España suponen un elemento básico en la transferencia de la difusión del espíritu emprendedor a otros agentes de su entorno local a través de sus actividades de colaboración con la comunidad escolar y universitaria (visitas, concursos, etc.). Por último, tal como revelan los informes sucesivos de FUNCAS (de los años 2017, 2018 y 2019), los viveros de empresas gestionados —solos o en cooperación con otras entidades— por centros de formación del conocimiento como las universidades, obtienen resultados cualitativamente mejores tanto en la innovación de proyectos como en sus resultados, en calidad de empleo creado y en facturación de las start-ups.

Como conclusión, cabe señalar que los viveros de empresas son centros que proveen a los emprendedores de las herramientas necesarias para el desarrollo de sus proyectos empresariales a través de la tutorización y seguimiento de sus proyectos, la creación telemática de las empresas, viveros y aceleradoras de empresas en España como instrumentos de la formación y capacitación del emprendedor y el fomento de sinergias tanto entre los emprendedores entre sí como con el resto de agentes del ecosistema. Lo cual favorece la consolidación de los proyectos y la supervivencia posterior de las empresas en el mercado. Sin embargo, aunque son los viveros de empresa una pieza clave del ecosistema emprendedor, por sí solos no son capaces de generar sus efectos positivos sin el desarrollo, en paralelo, de otros agentes del ecosistema como el sistema financiero, políticas públicas de innovación e investigación y un sistema educativo de calidad.

Francisco José Blanco Jiménez es profesor titular de Economía Aplicada I (Universidad Rey Juan Carlos).

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Meg Meeker: «Educar hijas fuertes en una sociedad líquida»

Meg Meeker, madre y pediatra, hace tiempo que comparte con el lector sus más de 30 años de experiencia clínica y personal por medio de libros claros, concisos, de fácil lectura y rebosantes de sentido común. Obras como Padres fuertes, hijas felices; Cien por cien chicos; Los diez hábitos de las madres felices Héroe. Cómo ser el padre fuerte que tus hijos necesitan son algunas de las que preceden a su última publicación, centrada esta vez en las hijas, Educar hijas fuertes en una sociedad líquida (Palabra, 2020).

Educar hijas fuertes en una sociedad líquida

Aunque la autora no hace referencia explícita a ello, la expresión «sociedad líquida» que aparece en el título de este libro fue utilizada por vez primera por Zygmunt Bauman en su obra Modernidad líquida. Y es importante aclarar el término para ubicarnos en el marco histórico-social en el que se sitúa la obra de Meeker. Bauman acuñó los conceptos de «modernidad líquida», «sociedad líquida» o «amor líquido», para definir el actual momento de la historia; una situación de perpetua inestabilidad que tiene profundos efectos sobre la identidad personal. Nos encontramos ante la disolución del sentido de pertenencia social del ser humano para dar paso a una marcada individualidad. La metáfora de la liquidez intenta dar cuenta de la precariedad de los vínculos humanos en una sociedad hiperindividualista y egocéntrica, marcada por el carácter volátil y transitorio de sus relaciones. La sociedad liquida es siempre cambiante, incierta, imprevisible. Un tiempo sin certezas.

En este complejo entorno, la autora muestra once pasos concretos a dar para garantizar la felicidad, bienestar y seguridad de nuestras hijas, centrándose muy especialmente en historias reales de pacientes, así como en la experiencia derivada de sus propias vivencias familiares.

Primero. Conoce su corazón

El conocimiento de las hijas es el paso previo a toda comprensión y amor. Algo que parece evidente pero que necesitamos recordar. Al respecto, conviene traer a colación las palabras de la Madre Teresa de Calcuta. En el cincuenta aniversario de Naciones Unidas, invitada al evento, subió poco más de 30 segundos al estrado y dijo: «Así que queréis cambiar a la gente, pero ¿conocéis a vuestra gente? Porque si no conocéis a las personas, no habrá comprensión, y si no hay comprensión, no habrá confianza, y si no hay confianza, no habrá cambio».

Por lo tanto, el primer paso para lograr hacer de nuestras hijas mejores personas y por lo tanto jóvenes felices es el conocimiento de su corazón, tal como titula la autora este primer capítulo. Y para ello, el tiempo y la presencia resultan imprescindibles: «La cuestión no es ser perfectos, sino estar presentes —física, mental y emocionalmente— y procurarles una experiencia general del amor y la comprensión».

La simple presencia física del padre y la madre no basta para un desarrollo equilibrado de las hijas. Aquella debe ser una presencia activa, real, operativa, consciente, creativa, nutricia, que orienta y da referencias, que registra, mira, ve, escucha, siente, comprende, toca, empatiza, ama. Presencia significa dación de afecto y comprensión; pero también significa la imprescindible imposición sin complejos de normas familiares que garanticen la armonía en el hogar, así como la imposición de sanciones o penalidades cuando aquellas resulten incumplidas. Y conocer a nuestras hijas significa ser conscientes de que estamos ante mujeres con una especificidad propia, diferentes de los varones, con una esencia femenina peculiar que, como señala Meeker, tiene «una base psicológica y genética».

Segundo. Contesta a sus cuatro preguntas esenciales

Según Meeker toda hija precisa una respuesta para cuatro preguntas esenciales.

«¿De dónde vengo?». La respuesta, según la autora, debería estar basada en el plano espiritual pues «las chicas que tienen fe son inmensamente más felices y fuertes».

«¿Soy importante (especialmente para mis padres)?». Es importante que cada hija se sienta única frente a sus padres para que adquiera una autoestima adecuada que le permita un equilibrado desarrollo personal y que evite posteriores dependencias emocionales insanas u otras patologías como el miedo constante al abandono. Nada eleva más la autoestima de una hija que saber que a sus padres les gusta estar con ella. Se sienten seguras sabiendo que son importantes para sus padres y merecedoras de su atención.

«¿Hay una norma moral?». La moralidad solo se puede enseñar desde el ejemplo personal. Para ser un modelo adecuado de conducta, padre y madre deben ser consecuentes con los principios que proclaman. Su conducta es su principal referente. Algunos padres exigen a sus hijas un comportamiento ejemplar mientras ellos incumplen las mismas normas que les han marcado. Esta incoherencia hará que la hija se sienta mal, engañada y generará un abismo emocional difícil de salvar. Toda joven, en su cabeza y en su corazón, necesita razones para querer ser como sus padres.

«¿A dónde voy?». Toda hija, especialmente a partir de la pubertad, siente el vértigo que genera la incertidumbre ante el futuro. A pesar de ello, los padres no deben caer en el proteccionismo sino, por el contrario, deben conceder a la hija autonomía personal e independencia para construir su propio proyecto de vida. La relación con los padres, así como se construye de forma progresiva, también, aunque pueda resultar difícil, se debe disolver progresivamente para permitir que la hija crezca y adquiera su propia autonomía. Desde el primer momento, padre y madre deben favorecer la desvinculación y hacer frente al desafío de lograr la justa distancia emotiva y física, vigilarla continuamente y redefinirla en función del momento evolutivo de la hija.

Tercero. Mamá: mentora, aliada, pegamento

En este epígrafe, la autora destaca la Importancia del vínculo materno como modelo de comportamiento para las hijas: «Las madres orientan a sus hijas en un modo que la mayoría de los padres no pueden hacer»; entre otros motivos porque gozan de mayor empatía. La empatía podemos definirla como la capacidad de sintonizar de una forma espontánea y natural con los pensamientos y sentimientos de otra persona, sean los que sean; es el poder de leer la atmósfera emocional que rodea a la gente y preocuparse por sus emociones. Es la habilidad para «meternos en la piel del otro». Como regla general, las mujeres somos más afectivas, solidarias y empáticas que los hombres; entre otras cosas porque «si eres una mujer has sido programada para garantizar el mantenimiento de la armonía social» (L. Brizendine, El cerebro femenino, RBA, 2007). Para Edith Stein esta habilidad de las mujeres pertenece de lleno a su «especificidad anímica» (E. Stein, La mujer, Ediciones Palabra, 1996).

Cuarto. Papá: sé su primer amor, protector, líder

Según Meeker, «los padres son la plantilla de la que obtienen su modelo de hombre…la experiencia de una hija con su padre biológico afectará cada relación que vaya a tener con todos los hombres de su vida (…) Las niñas que mantienen un vínculo fuerte con sus padres de pequeñas crecen más seguras de sí mismas».

El estar «empadradas», es decir, saber que tienen especial importancia y valor para sus padres, proporciona a las hijas un orgullo sano y positivo en comparación con aquellas que no han gozado de tal apoyo paterno. Para las niñas, el orgullo de pertenecer a la feminidad depende mucho de la mirada y de las palabras también explícitas de aprobación y reconocimiento afectuoso por parte de su padre. Si la relación es la correcta, si el padre desprende fortaleza y cariño, representará su primer amor y una base indispensable para su autoestima. Y luego, será el filtro a través del cual la joven verá a todos los hombres que se acerquen a ella. Todo hombre que entre en su vida será comparado con su padre, toda relación que tenga con otro hombre será filtrada a través de la relación que tenga con su progenitor. Si el padre es caballeroso, atento, respetuoso y amable con ella y con su madre, esas serán las características que la hija buscará en otros hombres y desechará o se alejará de aquellos que no cumplan dichas expectativas. Por ello, todo padre debería esforzarse por ser como quiere que sea el futuro novio de su hija; pues ese es el modelo que ella buscará inconscientemente. La relación positiva de una niña con un padre presente y comprometido construye las bases para que en el futuro sus relaciones con los hombres sean maduras y equilibradas.

Por el contrario, la joven que experimenta un déficit paterno sufre profundamente en su autoestima. Como señala Ceriotti, «todas las mujeres con poca autoestima relatan historias de las que se deduce una relación filial difícil o insatisfactoria con su padre: hablan de un papá ausente, incapaz de gestos afectuosos, a veces abiertamente despectivo. En todo caso es un padre privado de aquella mirada que hace que la niña se sienta apreciada y reconocida en la especificidad de su condición femenina» (M. Ceriotti Migliarese, Erótica y materna. Un viaje al universo femenino, Rialp, 2019).

Quinto. Ayúdala a controlar las pantallas

En esta sociedad digitalizada, Meeker nos advierte de que «las chicas buscan aprobación y las plataformas sociales son un medio de obtenerla….una vez que son aceptadas y han obtenido suficientes likes, se considerarán válidas…Los estudios han demostrado un claro vínculo entre el uso de redes sociales y la depresión entre las jóvenes (…) Las fotos y textos no son sustitutivos de las relaciones humanas reales…resultan decepcionantes y fomentan relaciones poco saludables entre las jóvenes».

En este sentido, debemos tener en cuenta que casi un 60 por ciento de las niñas y jóvenes de todo el mundo han sido víctimas de diferentes formas de acoso online en plataformas de redes sociales, según el informe elaborado por la ONG Plan International, con motivo del Día Internacional de la Niña (11 de octubre 2020). Los resultados del estudio, basado en testimonios y entrevistas en profundidad a más de 14.000 chicas de entre 15 y 25 años de 22 países, entre ellos España, revelan que las niñas se enfrentan a experiencias de acoso desde los 8 años, y es entre los 14 y los 16 años cuando lo sufren con mayor frecuencia. Las niñas, adolescentes y jóvenes usuarias de redes sociales están expuestas de forma habitual a esta forma de violencia, que incluye la recepción de mensajes explícitos, imágenes de contenido sexual, amenazas de violencia física y sexual y comentarios racistas entre otros.

Sexto. Enséñale un feminismo saludable

Meg Meeker plantea algo propio del feminismo hipermoderno: la mujer ha alcanzado la igualdad formal y profesional, es una mujer, como media, triunfadora en el ámbito público, sin embargo, no es feliz o se siente incompleta en el marco existencial, independientemente del nivel cultural y económico al que pertenezcan. Este fenómeno ha sido denominado por los investigadores B. Stevenson y J. Wolfers, La paradoja de la felicidad femenina decreciente (National Bureau of Economic Research, 2009).

La mujer, en términos generales, en los países desarrollados ha alcanzado niveles de desarrollo profesional magníficos, pero se siente más sola que nunca, entre otras cosas porque muchas han renunciado a la maternidad en pro de un desarrollo profesional exacerbado justo durante los años en los que su cuerpo está mejor preparado para la maternidad. Luego, cuando ya no tienen edad para procrear, experimentan el vacío existencial que la falta de desarrollo de su instinto maternal les ha dejado.

Como afirma la autora, «parece existir un vínculo muy real entre el triunfo social del feminismo y una cultura de la soledad, ansiedad y depresión mayor que nunca», entre otras cosas porque se imponen a sí mismas los parámetros masculinos del éxito sin percibir que las mujeres, con su especificidad femenina, tienen otras exigencias personales que les satisfacen bien diferentes a las de los varones. Tener la capacidad y la inteligencia para poder hacer profesionalmente lo mismo que los varones no significa que queramos lo mismo ni de la misma manera ni que nos motive o satisfaga como a ellos el éxito profesional al precio de perder parte de nuestra vida familiar y personal.

Tras siglos de lucha por sus derechos, la mujer ha logrado la independencia pero no la libertad, pues se halla sometida a una serie de esclavitudes mucho más perversas que las de siglos pasados: la anticoncepción sistemática y constante desde la pubertad, el aborto como método anticonceptivo generalizado, la pornografía, la obsesión por la perfección del cuerpo y por evitar el envejecimiento, los vientres de alquiler que degradan la dignidad de la mujer y la mercantilizan.

Aprovecha también la autora para alertar sobre el daño que la ideología de género está provocando en las jóvenes. En Estados Unidos se está viviendo una plaga de «disforia de género» entre las jóvenes; enfermedad rara que antes se daba casi únicamente en varones, y que ahora es popular entre las chicas que piensan que cambiando su cuerpo por otro de varón (por medio del correspondiente tratamiento hormonal y posterior cirugía) se solucionarán todos sus problemas.

Defiende la autora un feminismo «saludable» que entienda que la feminidad es algo positivo y maravilloso; incluyendo su principal manifestación: la maternidad. Un feminismo abierto hacia los demás, no egocéntrico y narcisista. Un feminismo que permita el desarrollo de lo que Juan Pablo II denominaba el «genio de la mujer», o lo que J. Burggraf llamó la «ética del cuidado». Y un feminismo que considera al varón, no como el enemigo a abatir, sino como complementario, enriquecedor, cooperador necesario para la mujer, compañera del hombre en igualdad de valor y diferencia de ser.

Séptimo. Alimentación, imagen corporal y justo equilibrio

Una de las nuevas esclavitudes de las mujeres desde muy jóvenes es la obsesión por la imagen personal. En este aspecto no dan muy buen ejemplo aquellas madres empeñadas en enfrentarse al tiempo y que, en una lucha contracorriente, modifican su cuerpo y su cara físicamente con los medios que las nuevas tecnologías quirúrgicas les permiten. Pero también la actitud del padre resulta determinante para el autoestima de las niñas. En este sentido, la doctora Maine sostiene que la carencia de padre (o su presencia débil y desdibujada) hace que las hijas necesitadas de las funciones que éste debería brindarles, no se sientan ni validadas, ni valoradas y empiecen a dudar de sí mismas, a no gustarse, a tratar de modificarse a partir de lo físico, de un modo obsesivo y, en última instancia, a tratar de llamar la atención a través de fenómenos corporales como la anorexia o bulimia (M. Maine, «Hambre de padre», Perspectivas sistémicas, n.66, mayo-junio, 2001); ambos tratados a fondo por la doctora Mekeer en este capítulo.

Octavo. Afianza su fe en Dios

Como señala Meeker, «el 93 por ciento de los estudios científicos demostró que la fe da a las personas más significado y sentido a sus vidas…y el 78 por ciento demostró que las personas con creencias tienen menos ansiedad». La doctora ofrece hasta 13 datos científicos sobre los beneficios de la fe en la salud física y mental (tomados del estudio de 2012 de Harold G. Koening sobre Religion, Spirituality and Health) y señala: «Los agnósticos y ateos rechazan la fe porque la consideran irreal, un cuento de hadas, pero por lo que he podido comprobar, la fe proporcionará a tu hija un sentido sustancial de la realidad: la comprensión de que forma parte de un todo mayor que ella misma, que no todo gira a su alrededor».

Hoy está muy extendida la pérdida de fe entre los jóvenes, sin embargo, estos siguen teniendo una gran ansia de verdad. Las jóvenes de hoy, estimuladas y a menudo confundidas por la multiplicidad de informaciones y por el contraste de ideas y de interpretaciones que se les proponen continuamente, conservan dentro de sí una gran necesidad de verdad.

Noveno. Ayúdala a desarrollar una sexualidad saludable

De su experiencia clínica la doctora Meeker ha sacado una conclusión clara en este aspecto: «Antes de entrar en la adolescencia, los niños aprenden una idea fundamental: su sexualidad es la parte más significativa de su identidad y define quiénes son…la insistencia de nuestra sociedad en sexualizar a los niños está menoscabando un desarrollo sexual saludable, minimizando su complejidad y forzando a los niños a tomar decisiones sobre su identidad cuando todavía están desarrollando una conciencia de sí mismos, con unas consecuencias terribles».

Además, esta «información» se lleva a cabo disociando totalmente la sexualidad de su dimensión afectiva y reproductiva, animando a pasar a la acción lo antes posible, con el primer compañero que se tercie. Cualquier relación sexual es válida con una condición, que sea segura desde el punto de vista de la salud. La educación para la prevención del sida y del virus del papiloma humano se ha convertido así en la excusa ideal utilizada para entrometerse violentamente en la vida íntima de los niños. El discurso implícito de la prevención es que todo es posible desde el momento en que uno se protege. ¿Qué tipo de sociedad es esta que crea ella misma sus propias enfermedades para buscar después los medios de curarlas? La prevención que se multiplica en todos los ámbitos es la expresión a menudo de un fracaso más global de la educación.

En lugar de fomentar el autocontrol, el dominio de uno mismo, la valoración de la dignidad personal y el respeto por los sentimientos de los demás; en vez de favorecer la fortaleza y la templanza, virtudes imprescindibles para un equilibrado camino hacia la felicidad personal, en nombre de la prevención sanitaria se abre, ante los atónitos ojos de los niños, todo un mundo de perversión sexual que anula la inocencia infantil de un plumazo, sumergiéndoles en una sexualidad adulta, egoísta, narcisista y autodestructiva. Esta es la paradoja de la situación actual, los mismos que proclaman de forma grandilocuente los derechos de los niños, conculcan su derecho a la intimidad destruyendo su infancia. La introducción de la ideología de género en la escuela supone una indebida e ilegítima intromisión del Estado en un asunto que debería quedar reservado en exclusiva al ámbito de la familia.

Esta situación es especialmente dañina para las chicas. Como señala Meeker, «muchas chicas que han sido sexualmente activas, sobre todo con muchas parejas, sufren depresión en mayor o menor medida…cuando finaliza una relación sexual, la chica sufre la falta de compromiso y pierde autoestima, confianza, afecto e intimidad, todo lo cual provoca depresión». Sin embargo, «las hijas que reciben afecto, respeto y aceptación por parte de sus padres corren menos riesgo de ser sexualmente activas prematuramente, y tienen una seguridad en sí mismas y autoestima que no necesita de la afirmación de ningún novio sexualmente agresivo».

Décimo. Ayúdala a encontrar buenas amigas

Para las hijas, y las mujeres en general, una red de buenas amistades es absolutamente fundamental pues es garantía de calidad de vida y les permite gozar de buena comunicación, lo que redunda en beneficio de su salud mental y autoestima. Entre sus peculiaridades destaca la importancia que dan a ser amadas y que ellas traducen en una profunda necesidad de «hablar y comunicar». La inmensa mayoría de las mujeres relaciona amor con conversación y comunicación verbal. El lenguaje es el pegamento que conecta a las mujeres entre sí y con los seres queridos. Especialmente en la pubertad, cuando el estrógeno inunda el cerebro femenino, nuestras hijas empiezan a concentrarse intensamente en sus emociones y en la comunicación. Las hormonas las empujan hacia la conexión humana. Necesitan compartir experiencias personales, comienzan las largas conversaciones telefónicas durante horas y su atención hacia los problemas ajenos se acentúa. Las relaciones humanas se convierten en el centro de gravedad de su universo femenino.

Las niñas desde muy pequeñas sienten alivio biológico comunicándose. «Cuando las niñas hacen amigas íntimas, su mundo emocional se expande rápidamente con los secretos, pensamientos y sentimientos que comparten…contar con el apoyo de algunas amigas íntimas es esencial para las niñas…aprenden a gestionar los conflictos, a ser más asertivas y a conocerse mejor…».

Undécimo. Ayúdala a ser una mujer fuerte. No una víctima

«Los padres queremos que nuestras hijas sean felices y tengan una buena autoestima, pero la cuestión es que la felicidad y la autoestima son consecuencia de la responsabilidad personal, el trabajo duro, la fe, la esperanza, el desarrollo del dominio personal y la independencia…pero en vez de enseñarles a ser independientes les hacemos las cosas o las disculpamos cuando se equivocan, e impedimos que asuman la responsabilidad total por sus errores…también nos cuesta imponer disciplina y normas porque preferimos evitar los enfrentamientos».

En este último epígrafe Meeker nos advierte de que poner a nuestras hijas en el centro de atención las convierte en seres débiles y dependientes, siempre buscarán culpables y pensarán que el mundo es injusto con ellas, incapaces de asumir sus propias responsabilidades preferirán asumir el papel de víctimas incomprendidas por todos los que las rodean, a los que acusarán de confabularse contra ellas.

En este sentido, como señala la autora, la mejor medida de protección es fortalecer a nuestras hijas para que sean capaces de afrontar las dificultades de la vida. Darles coraje y ánimos para enfrentarse al mundo real. Potenciar las capacidades y fuerzas que encierran. Por ello es importante encontrar entre ambos progenitores el adecuado equilibrio entre asistir y estimular, entre proteger e impulsar.

Muchos padres tendemos a la acogida y el cuidado, pero debemos evitar caer en la sobreprotección, pues en estos casos en realidad estamos desprotegiendo a nuestras hijas que crecen incapaces de resolver los problemas por sí solas. Una educación basada primordialmente en la seguridad evita el cultivo de la creatividad, la libertad, la iniciativa y la capacidad de asumir riesgos. Frente a los obstáculos o dificultades de la vida diaria, muchos padres rápidamente intentan eliminarlos sin darle a la hija el tiempo adecuado para superar la situación por sus propios medios. En un ejercicio de lo que podríamos denominar «hiperpaternidad», hacemos labores que ellas son perfectamente capaces de realizar. Hacemos tanto por ellas que les impedimos adquirir las habilidades propias e imprescindibles para ser autónomas e independientes y nos cargamos a nosotros mismos con considerables dosis de estrés adicional. Como señala Millet, «el narcisismo y la autocomplaciencia excesiva, es otra de las consecuencias de esta atención desmedida a la prole» (E. Millet, Hiperpaternidad, Plataforma Actual, 2016 (tercera edición)).

Para hacer hijas fuertes debemos, como aconseja Mekeer, animarlas a realizar solas las tareas, a arreglárselas por sí mismas, lo que les obligará a desarrollar sus propias capacidades. Más que ahorrarles el esfuerzo y sufrimiento debemos enseñarles cómo afrontarlos. Como afirmaba María Montessori, «toda ayuda que se da a un niño y que él no necesita, detiene su desarrollo. Dar demasiado puede ser tan malo como no dar».

Transferencia de conocimiento: la aportación de la red de laboratorios de Madrid

1 http://www.comunidad.madrid/inversion/innova/red-laboratorios-e-infraestructuras.
2 ENoLL; https://enoll.org.
3 http://www.comunidad.madrid/sites/default/files/doc/educacion/pricit.pdf.
4 http://www.comunidad.madrid/sites/default/files/doc/educacion/folleto_v_pricit.pdf.
5 Informe COTEC 2019.
6 La competitividad de las regiones españolas ante la economía del conocimiento. Editorial
Fundación BBVA 2017. ISBN: 978-84-92937-69-1. https://www.fbbva.es/wp-content/uploads/2017/05/dat/DE_2017_IVIE_Economia_del_conocimiento.pdf.
7 https://www.latep.es.
8 http://www.mncn.csic.es/Menu/Investigacion/Serviciodeapoyoalainvestigacin/
Laboratorio_Nematologia/seccion=1583&idioma=es_ES.do.
9 http://www.igeo.ucm-csic.es/igeo/noticias/417-el-laboratorio-de-petrof%-
C3%ADsica-estrena-nueva-web.