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Ver productosExplica Sádaba (Portugalete, Vizcaya, 1940) en el primer capítulo de Una ética para el siglo XXI que uno de los hechos decisivos para que la cultura pueda denominarse así es responder a la transmisión social de conocimientos. De esta manera se evita el riesgo de inmovilismo y elitismo que puede atenazarla. Solo así se acerca la cultura a los valores democráticos con los que el autor la alinea. Como recuerda en las páginas del libro: “la cultura (…) la hacemos nosotros, está en nuestras manos y somos responsables de ella”.
“Una cosa es actuar bien interesadamente y otra desinteresadamente”, escribe Sádaba. Lo primero es caer en la peor versión del utilitarismo, lo segundo es el proceder auténticamente moral

Junto con el arte, las creencias o los hábitos, la moral es parte integrante de ese complejo concepto –tan escurridizo a la hora de las definiciones– que es la cultura y se le puede aplicar la condición anterior: se transmite. No se trata de algo inmóvil, aprendido, dado, sino de algo vivo, que cambia sometido al vaivén de los tiempos y las personas. De la ética, señala Sádaba que “se inserta en las ciencias sociales o humanas y ahí intervienen una serie de factores, la libertad humana, por ejemplo, que la rodean de una inevitable incertidumbre”. Incertidumbre, sí; arbitrariedad, no. La moral tiene sus razones, sus fundamentaciones, y Sádaba repasa cinco históricas. Son cinco teorías que han provisto de argumentos a los buscadores de razones para la ética. Las dos primeras, el emotivismo y el intuicionismo, reducirían lo moral a emoción o intuición. El “es bueno porque así lo siento o así lo intuyo” dan paso a la tercera teoría, un “es bueno porque Dios lo manda o lo quiere” de largo recorrido histórico, pues fueron muchos los siglos en los que el bien, lo bueno y lo moral eran emanaciones divinas prácticamente incontestables. Quedarían las justificaciones principialistas, de inspiración kantiana, que se centran en la intención o motivación de los actos; y las utilitaristas de Hume, Bentham y Mill, basadas en los resultados. Serían las más “respetables”, en palabras de Sádaba, que encuentra el ideal en una justa mezcla de ambas.
Incluida en la cultura, la ética mantiene con ella sin embargo una relación paradójica ya que “puede y hasta debe, en ocasiones, rebelarse contra esta”. El ejemplo que da Sádaba es la ablación del clítoris. Y sube el tono: “Si se daña la integridad física de una persona, no vale echar mano de ningún relativismo cultural, sino que debemos condenarlo moralmente”.
Incluida en la cultura, la ética mantiene con ella sin embargo una relación paradójica ya que, según el filósofo, “puede y hasta debe, en ocasiones, rebelarse contra esta”
A caballo entre la cultura y la política, Sádaba apuesta por la ética que “debería ayudarnos a que no nos engañen ni nos autoengañemos, a que sepamos aspirar a una manera política de vivir que nos haga convivir como iguales y con toda la libertad posible”.
Para Sádaba vivir éticamente es vivir políticamente. Entiende la ideología como compañera de viaje en el camino del pensamiento y de la acción, de modo que en la desideologización imperante ve una peligrosa “pérdida de jugo, de sustancia democrática”. ¿Cómo conjugar entonces política y ética? Siempre escéptico ante instituciones, partidos y “grupos tradicionales que nos dicen que han nacido para cambiar este mundo”, el programa ético de Sádaba insta a cada uno a “desarrollar los sentimientos de pertenencia a una comunidad moral dentro de la cual la falta de respeto a los derechos se nos debería hacer insoportable”.
El tercer capítulo del libro, dedicado a la economía y la ética, propone un ejercicio muy interesante: leer La riqueza de las naciones –del considerado uno de los mayores exponentes de la economía clásica, Adam Smith– a la luz de otra de sus grandes obras, Teoría de los sentimientos morales. Así se comprueba que no es difícil encontrar puntos de unión entre ética y economía, una pareja tradicionalmente mal avenida a cuenta de conceptos como el beneficio o el egoísmo.
La responsabilidad social corporativa (RSC) es el fenómeno que hoy día conecta la ética y la empresa. En este sentido, la empresa no debe quedarse en proporcionar buenas condiciones de trabajo; eso dejaría su responsabilidad a la altura de los mínimos morales/legales. Un Sádaba siempre exigente recuerda que se “debería incorporar conceptos tales como respeto a todas las personas, solidaridad con los más necesitados y una visión de los humanos que tenga como consecuencia comportarse con ellos como reales sujetos y no como objetos o enemigos”. Y algo más: llama la atención sobre la expresión “inversión ética” y los supuestos buenos resultados que comporta. “No sería aceptable”, señala contundente: “una cosa es actuar bien interesadamente y otra desinteresadamente”. Lo primero es caer en la peor versión del utilitarismo, lo segundo es el proceder auténticamente moral.
Al confrontar ética y feminismo, Sádaba reconoce cómo “nuestra historia ha sido de una falta de consideración extraordinaria con la mujer”. Dicho esto pone su mirada en el futuro, en una mentalidad de cambio bloqueada muchas veces por el hecho de confundir la explicación con la justificación. Ofrece un ejemplo gráfico: “Karmele tacha a Igor de machista e incapaz de cambiar. Igor replica diciendo que ella, en el fondo, poco hace por dicho cambio. En los momentos cruciales, por ejemplo, todas sus armas las usa para seducir u obedecer la imposición del macho. Karmele replica que dado un dominio que se remonta siglos o milenios no es extraño que no pueda liberarse tan fácilmente. Igor, así, ha encontrado su mejor defensa: dado que desde hace siglos o milenios él también ha sido condicionado, no es extraño que no cambie (…)”. El llamamiento de Sádaba es hacia una colaboración mutua dispuesta y comprometida con el aprendizaje que permita cambios masculinos y conquistas femeninas. Y que se dé en el día a día, pues es allí donde se apuntala o se comienza a revertir una situación injusta.
“Es indudable que las religiones han sido fuente de moralidad”, pero, apostilla el autor, “que la moral proceda históricamente de la religión no significa que sea religión”
En el siguiente terreno de análisis, a diferencia de los anteriores, la pareja compuesta por religión y ética no requiere de esfuerzo para relacionarse sino más bien lo contrario. “Es indudable que las religiones han sido fuente de moralidad”, pero, prosigue el autor, “que la moral proceda históricamente de la religión no significa que sea religión. Es esta una vieja falacia”. El capítulo se dedica entonces a desmontar cierta superioridad moral que el autor atribuye a los creyentes frente a quienes no lo son y que, llevada al terreno institucional, corre paralela a lo que considera favoritismo constitucional por la religión católica.
La crítica a la religión llega al último capítulo, La ética ante la ciencia del siglo XXI, cuando Javier Sádaba habla del sesgo cristiano que ve en cierta rama reduccionista de la bioética. Explica que esta se limita a combinar los principios de autonomía, justicia, benevolencia y no maleficiencia para resolver los casos o los dilemas que plantea la práctica clínica. Y sí, pero no. La bioética puede ser eso, pero no solo eso: si es ética aplicada a las ciencias de la vida, tendrá que estar al tanto de los avances en estas. Y no es fácil porque dichos avances pasan por terrenos tan difíciles como las neurociencias, el mejoramiento humano, la edición genética, la inteligencia artificial… Se trata de una “materia compleja y problemática”, hablamos de la bioética. “Sería una pena que se deshilara porque tiene una tarea social y política. Y sería una pena que se mantuviera por motivos de puro interés ideológico. Tal vez (…) lo que tendríamos que hacer es exigir, si se quiere mantener uno en un rango de conocimiento aceptable, que se sepa de Ciencias y de Letras. Y que las instituciones obliguen a ello”.
Mención aparte merece el epígrafe dedicado a la eutanasia, una cuestión en cuya defensa Sádaba está implicado personalmente desde hace décadas, un asunto recurrente en la sociedad y por resolver desde un punto de vista legal, según el autor. Pero ¿éticamente, por qué es defendible la eutanasia? Para Sádaba, que revisa los ejemplos de Bélgica u Holanda, examina leyes y casos personales y rebate varios de los argumentos frecuentes esgrimidos en su contra, la pregunta es la contraria: ¿cómo no se va a defender desde un punto de vista ético? “Uno de los fines de la medicina, si no el principal, consiste en evitar el sufrimiento. Y uno de los fines de la ética, si no el principal, consiste también en evitar el sufrimiento (…). Hablamos del dolor de la enfermedad, de la vejez de lo que castiga nuestros cuerpos por causa de algún accidente genético o externo, y que minimiza nuestra existencia. En estos casos toda lucha contra el dolor es poca. Y ahí se instala la eutanasia”.
Sin rehuir polémicas, comprometiéndose en cada capítulo, Javier Sádaba ha reunido en esta obra las líneas éticas que piensa que merecen la pena discutirse y trasmitirse especialmente de cara a un futuro incierto como siempre e imprevisible como nunca.
ALGUNAS PROPUESTAS
La apuesta ética para el siglo XXI de Javier Sádaba lo es también de un sinfín de puntos controvertidos, que se encuentran en el centro del debate. Esta es una pequeña muestra:
1 La razón del “mal menor”. Sádaba denuncia su generalización y el peligro que conlleva, ya “como siempre puede haber un mayor mal, queda justificada cualquier acción”.
2 El tabú de la ideología. El autor lamenta el declive de la ideología y piensa que la ideología de la época es precisamente el orgullo de no mostrar ideología alguna.
3 Si no votas, no te puedes quejar. Sádaba se reconoce como abstencionista activo. Le llama la atención la actitud de quienes despotrican contra todos los partidos, pero en época electoral se aprestan a votar por alguno. “El ciudadano ha de cumplir el rito: apoyar a alguno de ellos y desahogarse con los amigos. ¿Por qué? Porque la democracia, dice, ‘aunque mal, debe continuar’”.
4 Siempre ha sido así. La afirmación se inserta en el debate sobre la tradición y la cultura. Esta incluye tradiciones (entre otras cosas) pero no como un bloque inamovible. Sádaba entiende la cultura como algo vivo, como una tarea que hacemos y transmitimos entre todos. “No es verdad que algo merezca la pena conservarse por el mero hecho de que esté enraizado en la tradición”. Su ejemplo es la fiesta de los toros que considera inmoral.
5 La ‘pendiente resbaladiza’ de la eutanasia. Se trata de considerar que algo bueno, o inocuo, si trae malas consecuencias ha de prohibirse. En este caso, la despenalización de la eutanasia, supondría muchas muertes… Sádaba escribe que si algo no es malo no tiene por qué tener malas consecuencias, aunque lo más gráfico son los ejemplos: “Es como si una vez legalizado el divorcio hubiera que prohibirlo porque ha habido muchos divorcios”. O el más radical, prohibamos el sexo ya que hay violaciones.
El autor, profesor italiano de literatura comparada y especialista en el mundo clásico, ha convertido en libro diez programas emitidos en la RSI, la radiotelevisión suiza, sobre otros tantos temas de la Antigüedad clásica. Se trata, por tanto, de una empresa divulgativa, que trata de explicar la vigencia, muchos siglos después, de obras imperecederas como la Ilíada, las Metamorfosis de Ovidio, los diálogos de Platón o los poemas de Safo. Y cómo ese legado ha contribuido a configurar la historia de Occidente y el mundo contemporáneo.
Siendo tan amplio y complejo el periodo de la Antigüedad clásica –quince siglos, desde Homero hasta Boecio–, prefiere ceñirse Boitani a los clásicos fundacionales de cada género: la filosofía (Sócrates, Platón, Aristóteles), la historia (Tácito, Suetonio), la tragedia (Esquilo, Sófocles), la novela (la Odisea), etc. El resultado es un compendio de autores y obras que han marcado la cultura occidental a lo largo de los siglos.
Define el autor a la Ilíada, como «el primero y tal vez el poema más grande de Occidente». Atribuido al primer Homero (por distinguirlo del segundo, el de la Odisea), narra la guerra de Troya y la lucha de los paladines Aquiles, Ulises y Agamenón en el lado griego, y Héctor y Paris en el lado troyano, tras el secuestro de Helena.
El filósofo es, en cierto modo, «filomito, es decir amante del cuento fabuloso, del mito, lo cual es propio de los poetas», según Boitani
Donde concentra Boitani los valores del poema homérico, esto es «la fuerza, la piedad y la belleza», es en el canto XXIV, en el que Príamo, el anciano rey de Troya, reclama el cadáver de su hijo Héctor a Aquiles, que lo ha matado en singular combate.
El irritable Aquiles está a punto de estallar, pero su ira se aplaca cuando acepta el rescate que le ofrece Príamo, ordena lavar el cadáver de Héctor y se sienta a cenar con el rey troyano. Este se asombra «ante el tamaño y belleza» de Aquiles, «que se asemejaba a los dioses»; y Aquiles observa el «noble semblante» de Príamo. Señala Boitani que «un profundo asombro se apodera de los dos» como si «ahora, después de la muerte, se produjera el descubrimiento del otro, y ese descubrimiento consistiera antes que nada en volver a ver la belleza en un ser humano». Porque la Ilíada, «el poema de la fuerza y la piedad, es también un canto a la belleza».
En el caso de la Odisea, que el autor califica como la no- vela del regreso, se subraya algo ya conocido: se trata de «la primera y más fascinante novela que conoce la tradición occidental». Y destaca su carácter épico, la complejidad de su estructura, la fuerza y variedad de sus personajes (Ulises, Nausícaa, Circe, Calipso, Polifemo), los escenarios fantásticos, etc.
También es conocido el carácter humano del héroe, que rechaza la inmortalidad que le ofrece la ninfa Calipso, y prefiere regresar a Ítaca, junto a su esposa, Penélope, «una mujer envejecida y mortal». Y subraya Boitani que lo que Ulises persigue es «una felicidad completamente humana –la única posible en la tierra– de una vida familiar: casa, mujer, padre e hijo».

Pero Diez lecciones sobre los clásicos aporta una perspectiva original: la presencia femenina de la Odisea, más «numerosa y fundamental» que en ninguna otra obra literaria antigua. Y dentro de ella, a Penélope, que se identifica con Ulises, en el canto XIII, cuando le reconoce, tras regresar a Ítaca. Boitani explica que este no solo es el poema de Ulises sino también el de Penélope, de suerte que los versos referidos al héroe, al llegar a casa, después de «sobrevivir a los naufragios y tener el cuerpo cubierto de salitre», se pueden aplicar metafóricamente a ella misma. «También ella ha huido del naufragio y ahora toca tierra con alegría».
Boitani explica que con la Teogonía, Hesíodo (siglo VIII a.C.) trasplanta a Grecia la explicación del Génesis sobre el origen del cosmos, con elementos de las culturas egipcias y sumerio-babilónicas. Arranca así el capítulo dedicado a la aparición del mito y la poesía. Establece un paralelismo entre el comienzo del universo y el comienzo del canto y de la poesía.
Hesíodo escribe también Los trabajos y los días. Si la Teogonía se ocupa del principio del universo, la segunda se centra en el mundo humano y su destino. La huella de Los trabajos y los días se extiende hasta las Geórgicas de Virgilio, ocho siglos más tarde.
Al conocimiento se llega por el sufrimiento. Boitani recurre al Edipo de Sófocles, que se adelanta a la novela policiaca al indagar sobre un crimen, que a la vez es su origen
Se pregunta el autor: ¿cómo pasa la cultura griega del mito a la filosofía?, ¿cómo salta de Homero y Hesíodo a los presocráticos, y luego a Sócrates y a Platón? Establece una conexión entre poesía y pensamiento, al subrayar que «el mecanismo que dispara el amor por el saber es siempre el mismo: el asombro ante las cosas que no conocemos». De hecho, el filósofo es, en cierto modo, «filomito, es decir amante del cuento fabuloso, del mito, lo cual es propio de los poetas».
El primer historiador de la Historia fue el griego Heródoto (siglo V a. C.), con una obra que abarca ochenta años, desde la subida al trono del rey Ciro hasta la batalla de Micala, que puso punto final al conflicto de griegos y persas. Aunque incluye digresiones sobre las costumbres de los escitas o de los egipcios, o comentarios sobre geografía o mitología.
Boitani destaca las descripciones de batallas (Maratón, Salamina, las Termópilas) o la riqueza de datos variados que ofrece Heródoto, «no hay detalle que se le escape o que no quiera conocer, hasta el punto de que podríamos considerarlo con pleno derecho no solo el padre de la Historia, sino también el padre de la microhistoria».
Completa el capítulo con Tucídides (siglo VI a.C.), el otro gran historiador griego que, a diferencia del primero, no busca las causas de los acontecimientos en los mitos o los dioses, sino en la acción humana, y aborda los hechos de la forma más objetiva posible, como hace en La guerra del Peloponeso. La posteridad debe, por ejemplo, a Tucíddes la primera descripción de la peste, «la enfermedad que volverá en las páginas de Bocaccio, de Manzoni y de Camus», cuando la epidemia se declara en Atenas.
Nada escapa al hado, al destino. Esta es la idea central de la Orestíada de Esquilo (siglo V a.C.), (trilogía compuesta por Agamenón, Las coéforas y Euménides). Es la idea que marca –para el autor– el nacimiento de la tragedia griega. En el comienzo de la trilogía se cuenta que el rey Agamenón, a su regreso de la guerra de Troya, muere asesinado por su esposa Clitemnestra y su amante. Y su hijo Orestes decide vengarse y castigar a los asesinos de su padre. La Moira, el destino y la Némesis, la venganza, son los ejes de esta y de las demás tragedias.
La trilogía apunta, entre otros temas, al problema de quién establece las leyes y si es obligatorio respetarlas aunque sean injustas. Asunto que retoma Sófocles (siglo V a.C.) en Antígona. La joven desafía al rey Creonte que no permite que entierren al cadáver de su hermano Polinices. Antígona apela entonces a una norma inmutable, las leyes no escritas de los dioses, para poner en cuestión la ley de Creonte.
¿Cuál de las dos justicias debe prevalecer? Es la gran pregunta que llega hasta Hegel. Boitani plantea si es justo obedecer las leyes del Estado cuando «tales leyes –incluidas las del inhumano exterminio judío– son un decreto del partido nazi o es más justo rebelarse y actuar según la conciencia y la naturaleza de los seres humanos?».
«El homo no sería sapiens, si no hubiera podido mirar a las estrellas» subraya Boitani, glosando la faceta poética de Platón
Piero Boitani le dedica un segundo capítulo a la tragedia griega, centrándose en el conocimiento. Parte del mito de Prometeo, el titán que robó el fuego sagrado de los dioses para dárselo a los hombres, razón por la que Zeus le castigará a vivir encadenado a una roca, mientras un águila le devora el hígado. El Prometeo de Esquilo aborda una cuestión apasionante: si la civilización humana surge por donación divina o por las cualidades intrínsecas de la especie. Es decir, si ante el origen del conocimiento en la humanidad la respuesta es religiosa o científica.
En la obra de Esquilo le está vedado al hombre primitivo el conocimiento –y eso lo remedia Prometeo entregándoles el fuego que permitirá el desarrollo y el progreso–, del mismo modo que en el Génesis, Dios prohíbe a Adán y Eva que coman del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal.
Al conocimiento se llega por el sufrimiento. Y recurre Boitani al ejemplo trágico del Edipo de Sófocles, un personaje que se adelante dos milenios a la novela policiaca al indagar sobre un crimen, que a la vez está en su propio origen. Al final, «el detective resulta ser el criminal»: el propio Edipo que, sin saberlo, mató a su padre, Layo, y cometió incesto con su madre, Yocasta.
No podía faltar la filosofía en estas Diez lecciones. El autor pasa revista a los tres grandes: Sócrates, Platón y Aristóteles. Y el punto de partida es la muerte. En el caso de Sócrates (siglo v a.C.), la escena final de su vida marca para el autor el nacimiento de la filosofía. La justicia, el conocimiento, la reflexión (conócete a ti mismo), el buen ejemplo ante los jóvenes y el sentido de la muerte…, son cuestiones candentes que aborda esas escenas finales de la vida de Sócrates, descritas por su discípulo Platón.
Este último comparte con su maestro, la demostración de la inmortalidad del alma. De Platón (siglo IV a.C.) destaca Boitani la grandeza y sabiduría de diálogos como el Fedón o el Timeo, sus intuiciones filosóficas, su calidad literaria y su aproximación a la belleza, a través de la cosmología: «el homo no sería sapiens, si no hubiera podido mirar a las estrellas», subraya Boitani, glosando la obra de Platón.
La metamorfosis de Ovidio influyó en el Renacimiento y el Barroco, incluso en la pintura religiosa, pues servía de metáfora para comprender la fragilidad de la naturaleza humana
Finalmente, destaca en Aristóteles (siglo IV a.C.) su genio enciclópedico, abarcador de todos los saberes, con el que suple la falta de carisma poético –que tenía en cambio Platón–; su aproximación atenta y desprejuiciada a la realidad, su amor a la sabiduría («Todos los hombres desean por naturaleza saber», frase con la que empieza la Metafísica), y también que sea capaz de desvelar las claves del comportamiento con la Ética a Nicómaco, el primer gran tratado sistemático de Ética, con la felicidad como brújula.
En el capítulo dedicado a la lírica, el autor destaca la fuerza y expresividad de Safo (siglo VI a.C.) o de Mimnermo y sus intuiciones poéticas sobre la alegría del amor o el pesar por la caducidad de la vida. «Cuando leemos a Mimnermo –escribe– ahora, en el siglo XXI, algunas veces tenemos la impresión de oír a Bob Dylan o a Leonard Cohen, porque los temas de sus elegías son los que todavía cantan ellos».
Boitani nos descubre a vates como Alcmán (siglo VII a. C.) al que califica como «uno de los poetas líricos más grandes de todos los tiempos». Natural de Esparta, Alcmán era uno de los nueve representantes del canon de Alejandría, los otros ocho son Safo, Alceo, Anacreonte, Estesícoro, Íbico, Píndaro, Simónides de Ceos y Baquílides.
El autor pasa revista a varios de ellos y se detiene luego en Píndaro (siglo V a.C.) analizando su poesía en el contexto de los Juegos Panhelénicos, de los que fue poeta. Su obra, no fácil de entender, es, para Boitani, «una ética de la belleza, de la justicia y de la verdad». Píndaro refleja en su poesía que «la Cháris –la gracia, la belleza, el esplendor, el favor– rige la existencia».
Un militar griego, Polibio (siglo II a.C.), vencido por Roma y capturado, se pregunta cómo una pequeña aldea de pastores junto al Tíber había llegado a dominar el mundo conocido y durar tanto tiempo. Y por eso decidió escribir la Historia de Roma. Esa misma pregunta es la que guió a otros historiadores a narrar la creación y triunfo de Roma, «aventura única en el mundo antiguo, y luego en el medieval y moderno».
La invención de Roma es un asunto de militares, esta- distas, juristas e ingenieros, pero también de los historiadores que describieron la vida de los césares.
Boitani pasa revista a Virgilio (siglo I a.C.), que compuso la Eneida a la mayor gloria del emperador Augusto, inspirándose en la Odisea (al contar en la primera parte el errar de Eneas tras la guerra de Troya), y en la Ilíada (al contar cómo conquista el Lacio). Y después a autores que sin pretensiones poéticas hacen historia basándose en hechos: Tácito (siglo I d.C) (con los Anales), Julio César (siglo I a.C) (con La guerra de las Galias) y Salustio (siglo I a.C.) (con La conjuración de Catilina y La guerra de Yugurta).
La invención de Roma –concluye– es un asunto de militares, estadistas, juristas e ingenieros –que llenaron el mundo conocido de calzadas y acueductos–; pero también de los poetas que cantaron las glorias del Imperio y de los historiadores que describieron la vida de los césares, «sin omitir abusos, crímenes y corrupción».
Si Virgilio es el gran poeta del emperador Augusto; Ovidio (43 a.C.-17 d.C.) es más ambicioso y se remonta «al principio del mundo», describiendo una creación con personajes mitológicos, pero que recuerda al libro del Génesis de la Biblia. Los quince libros de su Metamorfosis narran la historia del mundo hasta Julio César, al que deifica convirtiéndole en cometa. El leitmotiv son las transformaciones: «la del cosmos, las personas, los dioses, las cosas». Por ejemplo, la ninfa Dafne, convertida en laurel cuando huía de Apolo.
El objetivo de Ovidio –explica el autor– era crear una obra que «desafiara el paso del tiempo», y lo consigue con su capacidad de evocación y la belleza de sus historias y sus personajes. Una obra que celebrara la «vida que perdura más allá de la muerte». Significativamente, el escritor romano pone en boca de Pitágoras «la filosofía del poema: en el universo entero, creedme, nada perece, sino que cambia y renueva su aspecto».
La metamorfosis fue una de las obras más leídas y más influyentes en la Antigüedad clásica, como subraya el autor. Y su huella cultural se dejó sentir en el Occidente medieval, renacentista y barroco, periodos en los que era muy apreciada la mitología grecorromana, incluso en la arquitectura y pintura religiosa (aparentemente tan alejada de esa temática), pues servía de metáfora para comprender la fragilidad de la naturaleza humana.
Hay cuadros que definen una época. La libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix los movimientos revolucionarios del XIX, El grito de Munch la angustia del siglo XX o, por citar nuestra historia reciente, El abrazo de Genovés es el cuadro de la transición en España. Hay una pintura que expresa un momento estelar de la humanidad (Zweig dixit), La escuela de Atenas que pinta en 1509 Rafael Sanzio (1483-1520).
El papa Julio II había encargado a Rafael que pintase las paredes de la Sala de la Signatura en el Palacio del Vaticano. Rafael ilustró cada pared con la categoría de los libros que estaban en la parte inferior: teología, filosofía, jurisprudencia y poesía. En el de la filosofía pintó esa obra maestra que conocemos como La escuela de Atenas. Hay cincuenta y cuatro personas presentadas en tres grupos, con Platón y Aristóteles en el centro. El primero señala con el dedo al cielo azul sobre el que se presentan, y Aristóteles señala hacia la tierra que tienen a sus pies, en una manera de pintar sus tendencias filosóficas. La admiración del Renacimiento hacia el mundo clásico, el homenaje del humanismo hacia las ideas clásicas, está en ese fresco. Rafael pinta también a filósofos clásicos como Epicuro, Zenón de Elea y Heráclito o científicos como Euclides, Ptolomeo y Pitágoras. Entre ellos una mujer, Hipatia. Todos son personajes griegos, bueno, uno es el retrato del propio Rafael y Heráclito es Miguel Ángel, pero pretenden ser griegos. Todos menos uno. Uno que se inclina, con curiosidad, sobre el hombro de Pitágoras a ver qué está escribiendo, uno con turbante entre los griegos: es nuestro paisano Averroes (1126-1198). El filósofo musulmán, nacido en Córdoba, es el único representante de la Edad Media. Un feliz anacronismo. ¿Por qué Rafael lo incluye en esta pintura? Con Averroes quiere simbolizar el importante papel de la erudición árabe en la transmisión de la ciencia grecolatina.

MIL AÑOS DE HISTORIA
Este papel es el que la historiadora inglesa Mollet, doctora por la Universidad de Edimburgo, rastrea en La ruta del conocimiento. Lo hace centrándose en la transmisión de los textos de tres de los escritores científicos más destacados del mundo clásico, los tres griegos, Euclides, Ptolomeo y Galeno (este era un griego en el Imperio romano). Su transmisión desde la caída del Imperio romano hasta la recuperación de los ideales clásicos, esa época en la que renace la cultura clásica, y por eso la llamamos Renacimiento, que nos sacó de la oscuridad de la Edad Media.
Moller explica cómo una «intrincada maraña de conexiones» entre distintas culturas y distintas religiones hizo posible que los textos científicos clásicos llegaran hasta nosotros
La idea es original, hace un recorrido por mil años de historia y de distintas culturas, a través de la historia de siete ciudades que fueron, como en una carrera de relevos, entregándose los textos de estos tres autores científicos, incrementando a su vez la ciencia en torno a cada uno de ellos.
Desde la Alejandría del siglo VI al Bagdad del siglo IX, a la Córdoba musulmana del siglo XII, al Toledo principal centro de traducción del árabe al latín, al Salerno medieval y su facultad de medicina, al convulso Palermo siciliano mezcla de lenguas y culturas, hasta terminar en la Venecia brillante y vibrante, que gracias a la imprenta fue una de las puertas del Renacimiento, miles de años de historia.
A través de siete ciudades. Todas ellas fueron centros de conocimiento, y todas ellas fueron entregando el testigo de los textos científicos clásicos a la siguiente antes de caer, exhaustas, y disolverse su pujanza cultural y científica. En estas ciudades la ciencia clásica se estudió con rigor y se cultivó la traducción, además se fueron haciendo aportaciones de manera que se incorporaron al bagaje científico teorías de otras culturas, como la numeración indoarábiga o el sistema de notación posicional, originarias de la India, que llegaron a Occidente a través del Imperio musulmán y que se utilizan ahora en todo el mundo. Una «intrincada maraña de conexiones» entre las distintas culturas de cada época y de distintas religiones hizo posible que los textos científicos clásicos llegaran hasta nosotros. Esto lo cuenta la autora en el libro y lo hace de forma ágil y atractiva.
Gracias a la labor de los humanistas y de la imprenta, se salvaron los clásicos grecolatinos y renació el mundo clásico, de ahí la denominación de Renacimiento
Todas estas ciudades, como señala Moller, tenían en común unas condiciones que permitieron el florecimiento del saber: estabilidad política, desarrollo económico, personas de talento interesadas en la cultura, suministro de textos y, por sorprendente que parezca en alguno de esos siglos, un ambiente de tolerancia y una actitud de aceptación hacia el otro, hacia el distinto, incluso hacia otra religión. Sin esta colaboración no habría traducciones ni se habrían fusionado ideas que provienen de distintas tradiciones culturales y religiosas. El hecho de que fueran textos científicos lo hizo posible.
TRES GRANDES CIENTÍFICOS
L. D. Reynolds y N. G. Wilson en esa obra maestra que es Copistas y filólogos (1ª Oxford, 1968) afirman que «la conservación de los textos de los autores clásicos durante siglos pendieron de un hilo» y que el Renacimiento cogió ese hilo. Gracias a la labor de los humanistas y de la imprenta se salvaron los clásicos grecolatinos y renació el mundo clásico (por cierto, que de forma inexplicable para una obra sobre la transmisión de los clásicos, la autora no cita esta obra absolutamente fundamental de Reynolds y Wilson, dos de los grandes filólogos clásicos del siglo xx y catedráticos en Oxford).
Este libro describe el hilo que permitió la transmisión de los textos de tres de los grandes científicos del mundo clásico, que siguieron presidiendo cada campo científico hasta la Ilustración: sigue el rastro de las ideas científicas del mundo clásico durante la Edad Media en los tres campos de los tres autores: matemáticas (Euclides), medicina (Galeno), astronomía (Ptolomeo). En el caso de Euclides, sus teorías geométricas siguen siendo válidas y enseñadas en las aulas. Euclides ha superado la prueba del algodón del tiempo, mientras que las teorías de Galeno y Ptolomeo serían superadas siglos después, pero durante más de mil años fueron la base imprescindible en sus respectivos campos, de manera que su legado y su influencia son extraordinarias y forman parte importante de la historia intelectual de la humanidad. Mollet hace un estudio exhaustivo de la transmisión de estos textos científicos que forman parte de la transmisión del mundo clásico y la historia del conocimiento, habitualmente más interesados en los textos literarios. El libro sigue con eficacia el rastro de las ideas científicas clásicas en su peregrinación durante la Edad Media.
La autora sigue el rastro de las ideas científicas durante la Edad Media en los tres campos de tres autores: matemáticas (Euclides), medicina (Galeno), astronomía (Ptolomeo)
Hay capítulos magníficos, como el último, el de la Venecia del Renacimiento, y la labor estelar para la humanidad del gran impresor Aldo Manucio editando las obras, no solo de los filósofos y literatos griegos, sino también las de los científicos griegos. Para que nos hagamos una idea, en su imprenta, Manucio imponía multas por hablar en otra lengua que no fuera el griego. Por allí pasaron humanistas como el holandés Erasmo, el alemán Reuchlin o el inglés Linacre: un peregrinaje intelectual.
EL PAPEL DE LA CULTURA ÁRABE
En cambio, exagera la autora al hacer una descripción idílica del Imperio musulmán amante de la cultura, frente a un cristianismo enemigo de la cultura que se dedica a destruir los textos clásicos y quemar bibliotecas. Hasta la propia autora escribe en el capítulo de Toledo (p. 175): «aunque admitamos cierta dosis de exageración», a propósito de su exaltación del pacifismo árabe mientras imagina la tristeza de los mozárabes al ver que el cristianismo volvía a Toledo. O cuando en el capítulo de Palermo (p. 235) señala «la actitud típicamente tolerante de los árabes hacia otras religiones». El mundo árabe no estaba precisamente lleno de iglesias cristianas. Cristianos y musulmanes tuvieron luces y sombras, no solo se mataron unos a otros sino que lo hicieron entre ellos mismos y, como escribió Borges, «cada uno de los dos fue Caín, y cada uno Abel» (Los conjurados).
Las ideas científicas clásicas viajaron, después de la caída del Imperio romano, por todo el Mediterráneo, a lo largo de mil años, iluminando distintas culturas en distintos momentos de la historia. No siguieron un camino recto, sino «una ruta sinuosa que fue dando vueltas, girando en círculos y desapareciendo en callejones sin salida, para volver una vez más a seguir adelante y proseguir la marcha». A finales del siglo XV todas las obras de Euclides, Ptolomeo y Galeno ya están impresas: su legado está a salvo. Después de 1500 se modifica de forma espectacular el panorama intelectual y científico y se superan las teorías de los autores científicos griegos, pero fue gracias a ellos por lo que se revolucionaron la astronomía, las matemáticas y la medicina.
Bernardo de Chartes escribió (lo escribió en latín en el siglo XII, lo cito traducido) que «somos como enanos a hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque somos levantados por su gran altura». El Renacimiento pudo empezar a hombros de los gigantes clásicos la transformación científica que allanó el camino a la revolución científica del siglo XVII gracias a un copista en Alejandría, a un bibliotecario en Bagdad, a un comerciante de manuscritos en Córdoba, a un traductor en Toledo, a un profesor en Salerno, a un comerciante en Palermo y a un impresor en Venecia. Amparados y empujados por príncipes y reyes, estos personajes se fueron pasando, durante mil años, la antorcha de la civilización clásica, en distintas lenguas y en distintas religiones, hasta el Renacimiento. De esta apasionante y maravillosa ruta del conocimiento va este libro.
“La transferencia del conocimiento es una herramienta fundamental para la competitividad del país” ha afirmado José Manuel Pingarrón, secretario general de Universidades, en la presentación de Universidad 2020. Investigación y transferencia del conocimiento, número monográfico de Nueva Revista, en un acto moderado por el editor de esta publicación, Miguel Ángel Garrido-Gallardo y presidido por el rector de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), José María Vázquez García-Peñuela.
Pingarrón argumenta que «sin investigación y sin generar conocimiento no hay posibilidad de transferir» y asegura que «la universidad y la investigación tienen una naturaleza perpetuamente unida».
Es preciso estimular en España la participación de las universidades en la investigación empresarial
Considera que «es preciso estimular en España la participación de las universidades en la investigación empresarial”. Así como potenciar entre los investigadores el emprendimiento basado en el conocimiento: “desde el comienzo de los estudios universitarios haría falta asignaturas que incidan en esa cultura del emprendimiento”.
En la presentación del monográfico intervinieron Guillermo Calleja, coordinador del mismo, y uno de sus autores Emilio Lora-Tamayo, ex presidente del CSIC y rector de la Universidad Camilo José Cela.
Guillermo Calleja, recalcó que es “necesario fortalecer la simbiosis ciencia-empresa-administración para lograr que la investigación se traduzca en beneficios para la sociedad, a través de la transferencia del conocimiento”.
Lora-Tamayo, por su parte, se refirió al papel que juegan diversas herramientas para lograr la transferencia del conocimiento de la universidad a la empresa, como “los centros tecnológicos, los parques científicos y tecnológicos, las empresas de base tecnológica o los viveros de empresas en entornos académicos”.
Entre los ejemplos de éxito de la sinergia investigación-empresa citó los de Oncovision, spin-off nacida en el seno del CSIC, que ha diseñado un sistema que mejora el diagnóstico precoz de cáncer de mama; y el de Marsi Bionics, otra spin-off del CSIC, que desarrolla una tecnología de innovación robótica en exoesqueletos, para niños con paraplejia, tetraplejia, atrofia muscular Espinal o distrofia muscular congénita.
Jacinto Miquelarena (1891-1962) pertenecía a la misma estirpe de periodistas cultos, cosmopolitas y humorísticos que Julio Camba o Wenceslao Fernández-Flórez. Cultivó el periodismo deportivo, fue corresponsal en varios países, novelista y autor de comedias.
El apellido Miquelarena ha quedado grabado en el acervo popular por una exclamación (¡Qué país, Miquelarena!) que su amigo, Pedro Mourlane, le dirigió ante una escena chusca que ambos presenciaron entre un coronel y su asistente. La frase se convirtió en el estribillo con que terminaban los comentarios jocosos sobre el bajo nivel de la España profunda.

Todo esto lo recoge la propia nieta del escritor, Leticia Zaldívar, doctora en Filología, profesora y crítica literaria, en una documentada biografía, fruto de una investigación de años, que publica la editorial Renacimiento.
Un caballero de otra época
Nacido en Bilbao en una familia de la burguesía vasca, Miquelarena “es alto y moreno, con cejas pobladas y parece que acaba de dejar su yate en la bahía, en donde ha dado la vuelta al mundo por tercera vez” como lo describe Miguel Mihura.
De su elegancia se hizo eco la periodista Pilar Narvión: “Un caballero de otra época, de los que se quitaban el sombrero al saludar y besaban la mano a los señoras (…) Todo en él era una actitud de elegancia interior”. Completa el retrato el humor irónico. Era una “perpetua sonrisa” dice de él, su amigo José María Sánchez-Silva, el autor de Marcelino, pan y vino.
Y ese humor impregna su obra literaria y periodística, constata Leticia Zaldívar. Hasta el punto de que Mihura dirá de Miquelarena que “se levanta a las nueve y empieza a fabricar sonrisas con su máquina de escribir”.
La autora dedica los primeros capítulos de ¡Qué país Miquelarena! a la estancia juvenil de Miquelarena en La Habana, su formación en Inglaterra, y su decisión de dedicarse al periodismo. Primero fue redactor de La Nación en Argentina, con 20 años, y ya en España fue pionero del periodismo deportivo con el diario Excelsior que funda con 32 años. El nombre de Excelsior proviene del poema del mismo título, de H.W. Longfellow, que el propio Miquelarena había traducido.
Descubridor del poema de Kipling en España
Su conocimiento del inglés le permitirá traducir al castellano el poema If, de Rudyard Kipling. Clásico de la Inglaterra victoriana, era una exaltación del valor, la honradez y la reciedumbre ante la adversidad (Comienza con los versos: Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando todos a tu alrededor la pierden y te culpan a ti… ) El poema era prácticamente desconocido en España y gracias a Miquelarena, se convirtió en un referente pedagógico, llegando a ser empleado como lectura en la asignatura escolar de Educación Política.
En el Bilbao de los años 20, Miquelarena inventa una variedad del columnismo: la chirlora, que publica en el Diario Vasco. Se trata de un comentario de opinión sobre temas de actualidad, breve e irónico, entroncado con la greguería (la palabra viene del vasco txirloras, virutas de madera, y Miquelarena explicaba que eran virutas que caían de su cerebro sugeridas por la observación de la realidad).
Ramón Gómez de la Serna califica a Miquelarena como uno de los buenos gregueristas
“El rumor es el humo del ruido” llega a escribir, por ejemplo. Todo ello hace que Ramón Gómez de la Serna llegue a calificar a Miquelarena como “uno de los buenos gregueristas”. La autora afirma de Ramón y Miquelarena que escribieron todas sus obras “como greguerías enlazadas”.
Corresponsal de Excelsior y El Sol en las Olimpiadas de Amsterdam (1928) escribe “unas crónicas cinematográficas que hicieron vivir a los españoles los Juegos cuando aún no existía la televisión” apunta Zaldívar.
Recogerá sus impresiones de los Países Bajos en El gusto de Holanda. Describe el país, la gente y sus costumbres con la ironía a flor de piel: “He dejado de beber cerveza porque me voy sintiendo rubio”, frase que parece adelantarse a Woody Allen (“de tanto escuchar a Wagner me dan ganas de invadir Polonia”).
Señala la autora que el lenguaje de las vanguardias emparentan a Miquelarena con la generación del 27. Como demuestra en la crónica de un viaje en avión. Describe al aeroplano como “un féretro colectivo, con cristales, que en lugar de meterse en tierra va a subir al cielo”. Cuenta que “el motor nos ametralla con balas de ruido”; y se refiere a la gente que se divisa desde la ventanilla: “Aquel hombre del tamaño de una coma seguramente nos mira. Para él no somos más que una golondrina pegada a una nube”.
Cuando el aparato desciende dice Miquelarena: “¡El aerodromo! Un campo enorme, rodeado de casamatas, se lanza contra nosotros oblicuamente. Luego se despliega como una alfombra sin fin a nuestros pies. Más tarde la hierba echa a correr, bajo la rueda del avión, a una velocidad vertiginosa. Las briznas de hierba se convierten en brochazos de verde”.
En el libro Pero ellos no tienen bananas cuenta las impresiones de un viaje a Nueva York, en 1929. Miquelarena describe la espectacularidad de la gran urbe moderna y dinámica, pero a la que le falta corazón. Por esa misma época estuvo García Lorca en la metrópoli norteamericana, aunque su famoso libro Poeta en Nueva York no se publicaría, póstumamente, hasta 1940, once años después del libro de Miquelarena.
El contraste con las míseras barriadas de negros y latinos de Nueva York, que llamó la atención a Lorca, también aparece reflejado en Miquelarena
Algunas imágenes literarias de éste recuerdan al poeta granadino: los ascensores son “jaulas disparadas al cielo por los cañones de cemento”; las estaciones, “catedrales de rail con sus inmensas naves de marmolina, satinadas y asépticas”. Incluso el contraste con las míseras barriadas de negros y latinos, que llamó la atención a Lorca, también aparece reflejado en Miquelarena: “Los teatrillos de negros. Uno al lado de otros, como dándose la mano. Avergonzados. Miserables (…) Junto al edificio que apila ventanas hasta las nubes, entre encajes góticos, la casa miserable, pequeña, con la Z de la escalera de incendios, de la misma fachada”.
En los años 30 escribe, junto con Luis de Urquijo, una zarzuela, El joven político. Publica un ensayo sobre el arte de viajar, titulado Veintitrés; y otro sobre deporte, titulado Stadium, donde se queja de la ausencia de fair play en la política y se lamenta de que “se está disputando un terrible match en el mundo”, en alusión a los totalitarismos marxista y nazi.
Miquelarena tenía proyectado ir en julio 1936 a los Juegos Olímpicos de Berlín, cuando le sorprende la Guerra Civil y se ve obligado a refugiarse en la embajada argentina para huir de los milicianos que no le perdonan sus simpatías por la Falange. Era amigo de José Antonio Primo de Rivera y acudía a la tertulia de la Ballena Alegre, en el café Lion, junto con Agustín de Foxá y Rafael Sánchez Mazas.

Relató su experiencia de siete meses de encierro en la embajada argentina en la novela El otro mundo, que Leticia Zaldívar compara con Una isla en el mar Rojo, de Wenceslao Fernández Flórez. Posteriormente escribió Como fui ejecutado en Madrid en el que describe la pesadilla de las checas, las sacas y los paseos.
Tras escapar del Madrid republicano, y salvar la vida gracias al diplomático argentino Edgardo Pérez Quesada, llega a ser el primer director de Radio Nacional de España en Salamanca, donde además de dar información introduce el humor (creando los personajes de Pepinillo y Garbancito, muy populares entre el público infantil). También colabora en La Ametralladora, la revista humorística de Mihura, Tono y Neville, germen de lo que será La Codorniz.
Al término de la Guerra Civil escribe la novela Don Adolfo el libertino (1940), sobre las andanzas amorosas de un señorito en el Madrid de 1900. Un clásico de la literatura humorística. Carpóforo, el mayordomo de Don Adolfo, guarda estrecha relación con el personaje de Jeeves, en las obras de P.G. Wodehouse.
Corresponsal de ABC en la II Guerra Mundial, Jacinto Miquelarena fue el primer periodista español que entró en Rusia
Corresponsal de ABC en distintos frentes de la II Guerra Mundial, Jacinto Miquelarena fué el primer periodista español que entró en Rusia. Y explica: “Todavía no he olvidado el siniestro museo de cadáveres que era Lemberg cuando penetré en la ciudad y contemplé lo que dejan los soviets de drama y espanto en sus retiradas hacia el Este”.
Cubre la invasión de Yugoslavia por la Wehrmacht, y refleja así el fracaso de las gestiones diplomáticas para impedirla: ”la última blanca paloma de enlace entre Berlín y Belgrado había recibido un escopetazo en el corazón”. Llega a Grecia y en Salónica oye a un camarero sefardí decir “trujeron” y otras palabras del castellano del siglo XV. Sufre el miedo y el cansancio, y, a veces, solo come cuando algún periodista germano le hace llegar vituallas desde Munich o Hamburgo. Y cuando vuelve a entrar en Rusia resalta de la catedral de Smolensko “las cinco cebollas de sus torres son de oro”.
No era político, su única ambición era ser testigo de la historia como periodista. Por eso, señala Leticia Zaldívar, no aceptó cargos del régimen franquista, como otros intelectuales -caso de Sánchez Mazas-. Y se fue de corresponsal de la agencia Efe a Buenos Aires, donde transmite una media de 10.000 palabras de despachos por mes. Coincide con su amigo Ramón Gómez de la Serna, con quien comparte una visión de la vida, entre desencantada y humorística, el amor a la greguería, y la hipocondría. Los dos morirán con una diferencia de meses (Miquelarena en 1962 y Ramón en 1963).
Seis años más tarde logra la corresponsalía de ABC en Londres, donde vivirá hasta 1960. Las brumas de la capital británica le recuerdan a su Bilbao natal. “Sus nieblas, como el verde-parque y el rojo-autobús, el rojo-cabina telefónica, el rojo-buzón de correos y el rojo-guardia de Buckingham (…) Como edificio público, el policeman sigue armonizando con la catedral de San Pablo que para algo termina en bóveda -es decir, en casco- y no en azotea”.
Había escrito en colaboración con Mihura la comedia El caso de la señora estupenda
Por aquella época mantiene correspondencia con Miguel Mihura. Ambos habían escrito, en colaboración, la comedia El caso de la señora estupenda, aunque Miquelarena renunció a su condición de coautor, cuando Mihura le pidió permiso para terminar la obra él solo.
Retado a duelo por una acusación de plagio
El teatro atraía a Miquelarena. Llegó a escribir, durante su estancia en Buenos Aires, la obra Otoño en el Paraíso pensando en la actriz Lola Membrives, a quien entregó el libreto. Cuál no sería su asombro cuando más tarde la actriz estrenó la obra, bajo el título de Victoria, con la firma de su hijo Juan Reforzo Membrives. Miquelarena acusó a la actriz y a su hijo de plagio, y éste le retó a duelo. Los representantes de las dos partes llegaron a un acuerdo… pero Miquelarena nunca consiguió que se reparara aquella injusticia.
Quizá por eso, el periodista se mostró sensibilizado ante el plagio que sufrió su amigo Jardiel Poncela, cuando estrenaron en Londres una obra titulada Treasure Thrust, que plagiaba Eloísa está debajo de un almendro. Lo advirtió el propio Miquelarena en una crónica de ABC.
Estando en Inglaterra vive una última aventura: una expedición al Polo Norte, en la que participa como corresponsal. Se trataba de un crucero-cacería de osos polares organizado por Viajes Iter, una agencia española en colaboración con una alemana, desde Hamburgo a Tromsö, punto de partida para el archipiélago de Spitzbergen, en el Ártico. Un capricho de cazadores y naturalistas, al que se pretendía dar máxima publicidad. Por esa razón debía ir un cámara de No-Do y un corresponsal de prensa -Miquelarena-. Al final, éste abandonó la expedición en Tromsö, debido en parte a la mala gestión de la agencia Iter.
Tinta en el cuerpo
El periodista vivió sus dos últimos años en París, como corresponsal de ABC, cubriendo, entre otros acontecimientos, la crisis política generada por la guerra de Argelia.
En esa época se siente maltratado y ninguneado por el director del periódico, Luis Calvo, lo que unido a la depresión por el miedo a lo que él creía que era un cáncer incurable le empujó al suicidio. La gota que colmó el vaso fue una carta de Calvo en la que le reprendía cruelmente por defraudar como corresponsal a ABC y sus lectores. Miquelarena puso fin a sus días en agosto de 1962 arrojándose al metro. Pero los diarios dijeron que se había caído, por haber sufrido un desvanecimiento.
Desaparecía así la “perpetua sonrisa”, un caballero en el que había “mucho de señor guipuzcoano y gentleman británico” (como le describió el corresponsal de La Vanguardia en Londres).
Pero sobre todo se iba un hombre que tenía la pasión de “ver, viajar y escribir”, como recalca Leticia Zaldívar. Lo dejó claro, su amiga Pilar Narvión al poner el epitafio periodístico en una Carta a Miquelarena en el diario Pueblo: “Te has muerto (…) porque ya no tenías tinta en el cuerpo”.
En esta obra -deliciosamente escrita, como todas las de Maaluf– el escritor libanés, afincado en Francia desde los años setenta del siglo pasado, realiza una especie de autobiografía que se convierte en una historia del mundo desde la fecha de nacimiento del autor (1949) hasta la actualidad. En el libro se nota la calidad literaria del gran novelista, la perspicacia del periodista, la fuerza del observador de primera mano y la reflexividad del pensador con fondo. A la par, pienso que lastra el análisis de nuestra época que hace Maaluf el peso excesivo de la experiencia personal del autor a la hora de identificar y valorar los factores determinantes de la actual crisis de civilización.
Maaluf nació en Líbano en una familia cristiana emigrada desde Egipto cuando este país inició su transformación en un país intolerante a partir de los estadillos sociales que dieron lugar a la asunción del poder por parte de Nasser en 1952. La misma experiencia vivió Maaluf en su país natal que se fue transformando desde la “Suiza del Oriente Medio” –como fue conocido el Líbano en cierta época por integrar amigablemente y en paz a razas, lenguas y religiones diversas- en el actual Estado fallido, dividido en facciones en guerra colonizadas por otros países y sometido a los avatares de intereses bélicos ajenos.

En El naufragio de las civilizaciones, Maaluf da por supuesto que el fracaso de lo que denomina “sociedades o civilización de Levante” (es decir, del territorio cultural y político que vivió de joven) es el origen y el paradigma de la actual crisis de civilización que afecta al mundo entero. Según su percepción, el mundo árabe de su juventud –cosmopolita, abierto- ha cedido a la tentación de la intolerancia y el fanatismo y así ha generado unas fuerzas destructoras de todas las civilizaciones (ahí está como ejemplo dramático el terrorismo islámico) y es espejo o precedente de fenómenos que se pueden advertir a escala universal hoy: particularismos, exaltación de las identidades únicas y excluyentes, nacionalismo identitario, etc.
El mundo árabe ha cedido a la tentación de la intolerancia y el fanatismo y es, según el autor, precedente de fenómenos que se pueden advertir a escala universal hoy
Estas tesis no son nuevas en Maaluf. Responden a preocupaciones habituales en él desde hace décadas. Ya en su obra Identidades asesinas, de 1998, refleja estas mismas ideas que, por otra parte, siempre han estado presentes en su producción literaria. Los personajes y situaciones de las obras que he leído de Maaluf (León el africano, La roca de Tanios, Samarcanda) reflejan historias y ambientes de personas que construyen su vida por encima de sus identidades originarias por razón de religión, país, raza o lengua.
El libro comienza y acaba evocando la idea del naufragio: “la imagen que me obsesiona desde hace unos años es la de un naufragio” (pág. 13) afirma en el prólogo. Y en el epílogo (pág. 275) nos dice como conclusión del libro: “Qué triste sería que el transatlántico de los hombres siguiera navegando así hacia su perdición, inconsciente del peligro, convencido de ser indestructible, como tiempo atrás el Titanic, antes de hundirse, …”.
En los dos primeros capítulos (hasta la pág. 140) el relato se circunscribe prácticamente a Egipto y Líbano y –en general– al mundo árabe musulmán del Oriente Medio. Es en ese mundo limitado y en esa época concreta donde el autor ve el naufragio de una civilización por la exaltación partidista de las distintas identidades (religiosas, étnicas y culturales). El caso del Líbano, su patria, se convierte para él en paradigmático y lo extrapola al posterior diagnóstico de lo que está pasando en todo el mundo en la actualidad. Esta es la parte más autobiográfica de la obra y también quizá la más interesante, pues en ella se puede apreciar cómo Maaluf va conformando su visión del mundo y la historia. Estamos ante un ejemplo significativo de cómo todo observador de la historia es tributario de su biografía personal y de su época, con las luces y las sombras de una y otra. Maaluf tiene la honradez intelectual de exhibirnos éstos sus condicionamientos analíticos, cosa que no es muy frecuente en otros autores que pueden llegar a vender sus prejuicios subjetivos como si de evidencias incontestables se tratase y además sin explicitar tales prejuicios.
A final del capítulo I (págs. 73-74), Maaluf confiesa con transparencia sus prejuicios biográficos en el análisis de la actualidad de nuestro mundo con las siguientes palabras:
“¿Acierto cuando le doy tanta importancia a mi región natal, a sus peculiaridades sociológicas y a las tragedias que la enlutaron?
Lo que me incita a hacerlo es que las turbulencias del mundo árabe musulmán se han convertido en estos últimos años en manantial de una angustia predominante para la humanidad entera. Es evidente que algo grave e incluso inaudito ha ocurrido en esa región y ha contribuido a trastornar nuestro mundo y a desviarlo del camino que habría debido ser el suyo.
Tendré ocasión de volver más de una vez sobre esta cuestión que me obsesiona y está en el meollo de este libro”
Como confiesa el autor, la experiencia de su juventud le “obsesiona y está en el meollo” de la obra que comentamos. Por eso, creo conveniente reflexionar sobre esa obsesión que está en el meollo de El naufragio de las civilizaciones.
La honestidad intelectual de Maaluf obliga a su lector a plantearse si las claves de explicación de una época y un lugar son extrapolables a otros lugares y épocas; es decir, si caben obsesiones al acercarse a la historia de los hombres. Y yo creo que no; porque la única clave permanente de tal historia es la libertad personal y ésta por definición es impredecible.
No hay naufragio posible que no sea evitable y Maalouf también está de acuerdo en esto y por eso escribe su libro
Por supuesto que la libertad humana como agente de la historia está condicionada por múltiples factores: la cultura, las tradiciones, el lenguaje, las creencias, la educación recibida, la fe religiosa o su falta, la genética, el medio ambiente, las patologías médicas o morales de cada cual, las pasiones, etc. Pero la libertad sigue omnipresente siempre: ante las mismas circunstancias uno puede reaccionar como Caín o como Abel, como Judas o como Pedro, como cobarde o como héroe, como abyecto o como santo. Por lo tanto, del pasado y de las experiencias ajenas se puede aprender siempre, pero no indican lo que va a suceder; pues en la historia humana –tanto en la personal de cada uno como en la colectiva de los pueblos- el futuro siempre está en nuestras manos y no está preescrito.
Como nos recordó Victor Frankl en El hombre en busca de sentido, somos capaces de entrar en el horno de cremación de un campo de concentración nazi rezando o desesperados. Esta libertad última nadie nos la puede arrebatar. Y por la misma razón cada uno de nosotros podemos cambiar el futuro presuntamente anunciado por los precedentes históricos de situaciones similares o por lo sucedido en otros lugares o civilizaciones. El futuro siempre está en nuestras manos. No hay naufragio posible que no sea evitable y Maaluf también está de acuerdo en esto y por eso escribe su libro: para avisarnos de lo que conduce al naufragio y darnos la posibilidad de reorientar nuestro rumbo a partir de esa información.
En concreto y como europeo, pienso que Maaluf no valora suficientemente lo que puede significar para nuestro próximo futuro la fuerza del humanismo y la libertad que sembró en nuestra conciencia histórica el cristianismo, por oscurecido y atacado que esté hoy este venero de creatividad antinaufragios. También creo que minusvalora Maaluf el potencial de la sociedad estadounidense para revivir y proyectar hacia el exterior su constitutivo amor a la libertad. Y podría citar otros muchos factores potencialmente antinaufragios que están sembrados a nuestro alrededor y encarnados en muchos de nuestros contemporáneos.
En todo caso, el futuro no está escrito. Lo escribimos nosotros mismos.
NUESTRO MUNDO ACTUAL VISTO POR MAALUF
El tercer capítulo (págs. 141 a 202) abre su perspectiva a todo el mundo a partir de 1979, fecha elegida por el autor como símbolo de un cambio significativo manifestado por fenómenos varios como la eclosión del conservadurismo de Thatcher/Reagan, la elección de Juan Pablo II, la revolución islámica de Jomeini en Irán, la llegada de Deng Xiaoping al poder en China, etc. El autor cree reconocer en el mundo que crean esos sucesos algo similar a lo que vivió el Líbano y en general el mundo musulmán de Oriente Medio en los años anteriores. En el capítulo cuarto (págs. 205 a 269) -bajo el significativo título de «Un mundo en descomposición«- Maaluf expone una especie de diagnóstico general de nuestros días preñado de tristezas como él mismo dice: descomposición, naufragio, … son sus palabras para describir esta época.
Este es un resumen de la tesis del libro: «Nunca dejaré de oponerme a la idea de que las poblaciones que tienen lenguas o religiones diferentes harían mejor en vivir separadas entre sí».
En las págs. 224-225 podemos encontrar un resumen de la tesis de fondo del libro: «Nunca dejaré de oponerme a la idea de que las poblaciones que tienen lenguas o religiones diferentes harían mejor en vivir separadas entre sí. Nunca me decidiré a admitir que la etnia, la religión o la raza sean cimientos legítimos para edificar naciones» .
En las últimas páginas del libro, Maaluf analiza otros factores tristes –según la terminología del autor- de nuestra época: la incapacidad de EEUU para liderar el mundo, el aparente fracaso de la UE, la crisis ecológica, la amenaza de la robotización, etc.
La última parte del libro insiste en este peligro: “lo que caracteriza la humanidad actual no es una tendencia a agruparse dentro de conjuntos muy amplios, sino una propensión a la fragmentación, al fraccionamiento y, a menudo, a la violencia y la acritud” (pág. 205); “la tendencia a la fragmentación y el tribalismo está comprobada en todas partes (…) existen, en el seno de todas nuestras sociedades y también en la humanidad entera, cada vez más factores que fragmenten y cada vez menos factores que cimenten” (pág. 206); “las tempestades identitarias han empozoñado el ambiente del planeta entero y de todas y cada una de las sociedades” (pág. 218).
Además de estas críticas, Maaluf destina otras a un liberalismo que desmonta el Estado y se olvida del ideal de la igualdad, a quienes no son conscientes de la gravedad de la crisis ecológica, etc. Pero el centro de gravedad de su percepción del inminente naufragio se centra en su convicción de que todo el mundo está cometiendo el error de las ciudades de Levante: fraccionarse en identidades mutuamente excluyentes en vez de construir una identidad compartida sobre la base de la pluralidad originaria.
En definitiva, el naufragio que obsesiona a Maaluf no es inevitable (como él mismo advierte), pero es cierto que es posible, si no aprendemos de la historia que nos cuenta de cómo perecieron aquellas “civilizaciones de Levante” que el autor nos presenta como un “paraíso perdido”.
ENSEÑANZAS PARA UN CIUDADANO EUROPEO DE HOY
Como toda obra que pretende explicar una época histórica compleja a partir de una causa preponderante elegida sobre la base de la experiencia personal del autor, el análisis de Maaluf peca de un cierto subjetivismo reduccionista. Aun así creo que la perspectiva y la mirada del autor a nuestro último siglo es útil para pensar nuestro mundo y acertada en muchas de sus apreciaciones. Lástima su obsesión con el naufragio inminente; que se entiende desde la perspectiva particular y biográfica del autor, pero que quizá podría matizarse con una mirada más atenta y abierta a otros aspectos, marcos y ambientes geográficos y morales de este último siglo de nuestra historia común.
No hay que obsesionarse con el naufragio, sino prevenirlo.
La experiencia vital de Maaluf y sus análisis pueden aportar luces significativas a cualquier europeo de hoy pues es cierto que en Europa vivimos actualmente las tentaciones de lo que según Maaluf fue destructor de “las civilizaciones de Levante”: la conversión de las identidades personales en exclusivismo identitario político. Recordemos lo que nos dice en las págs. 224-225 de esta obra: «Nunca dejaré de oponerme a la idea de que las poblaciones que tienen lenguas o religiones diferentes harían mejor en vivir separadas entre sí. Nunca me decidiré a admitir que la etnia, la religión o la raza sean cimientos legítimos para edificar naciones».
Suscribo esta afirmación del autor de El naufragio de las civilizaciones y veo como un peligro inmediato para Europa que puedan llegar a ser mayoritarias en algunos de los países que hoy integran la UE las ideas que Maaluf rechaza en la frase transcrita y que constituye quizá la esencia del mensaje que el autor quiere transmitirnos con su obra.
Para España, este libro tiene una lectura específica, pues somos una nación construida sobre una pluralidad de reinos y lenguas que hoy puede tener la tentación de destruirse a sí misma por la pretensión de algunos de convertir en identidad político-estatal cada una de esas identidades culturales y lingüísticas que hasta ahora nos han permitido ser una nación plural. España es hoy un Estado organizado constitucionalmente sobre la pluralidad y diversidad que está en la raíz de nuestra historia común. Si convirtiésemos esa riqueza en causa de división política, tendría razón Maaluf: el naufragio sería inevitable y repetiríamos la triste experiencia de las “civilizaciones de Levante” cuya muerte lamenta Maaluf en su obra.
Para Europa, la obra de Maaluf es una advertencia de que por la vía de la fragmentación, el particularismo y el egoísmo identitario no se avanza, sino que se retrocede hacia la barbarie y la violencia.
Para todos, este libro es una invitación a pensar que más allá de que seamos católicos, judíos o musulmanes, ateos o religiosos, progresistas o conservadores, ricos o pobres, … compartimos mucho. Y que podemos primar lo que compartimos –sin perjuicio de la natural diversidad- sobre lo que nos separa; y que esta es siempre mejor solución que la contraria. Así se evitan los naufragios.
Durante las últimas dos décadas, la literatura académica sobre política social, así como la agenda política centrada en la reforma de los Estados de bienestar, han prestado creciente atención a una innovadora y provocativa propuesta: la renta básica universal (en lo sucesivo, RB)1.
Dicha propuesta consiste en el pago por parte de la administración de una prestación monetaria que reúne las siguientes características:
– Universalidad: la prestación se paga a todos los ciudadanos de un determinado Estado o comunidad política (en algunas versiones, se extiende a los residentes legales).
– Individualidad: el pago se realiza a individuos, sin tener en cuenta la composición de los hogares en los que vivan o convivan.
– Incondicionalidad: el pago se realiza sin tener en cuenta ni la renta o recursos, ni el historial laboral o disponibilidad para el empleo de los beneficiarios.
En otras palabras, una RB es una prestación monetaria totalmente universal, individual e incondicional, a la que se tendría derecho por el mero hecho de existir como miembro pleno de una comunidad política (Van Parijs y Vanderborght, 2017). Aunque estas son las tres características identificadoras de una RB, algunas definiciones o propuestas pueden también incluir una opción implícita o explícita en relación con tres aspectos adicionales:
– Uniformidad: en muchas propuestas, por ejemplo, las cuantías para menores de edad son inferiores a la cuantía estándar o las cuantías para personas en edad de jubilación superiores.
– Suficiencia: algunas definiciones pueden incluir la condición de que la cuantía de la RB sea suficiente para asegurar una renta superior al umbral de la pobreza o «una vida digna». Suele hablarse de RB parcial para designar una cuantía que no satisfaga dichos requisitos, y de RB plena en caso contrario.
– Periodicidad: es habitual que la RB se diseñe como un pago mensual, pero en muchas definiciones nada impide que pueda constituir un pago anual (o semanal, como es habitual en el Reino Unido).
La RB constituye una propuesta de reforma del Estado de bienestar seriamente estudiada y debatida, sobre la que existe un ingente volumen de literatura académica a nivel internacional desde hace décadas. Premios Nobel de Economía como James Meade, Jan Tinbergen, James Tobin, Gunnar Myrdal, Friedrich Hayek, Milton Friedman, Herbert A. Simon o Angus Deaton han considerado cuidadosamente, si no apoyado abiertamente, la RB o alguna propuesta muy similar.
La renta básica permitiría reducir la excesiva fragmentación que actualmente lastra el sistema de garantía de rentas en los Estados de bienestar, cuya dispar regulación produce inequidades y agravios comparativos
Otros notables economistas como John K. Galbraith, Robert Theobald o Anthony B. Atkinson, o pensadores políticos como Bertrand Russell, Erich Fromm, Philippe van Parijs, Claus Offe, Thomas Pogge o Philip Pettit han impulsado la idea o simpatizado con ella. Numerosos gobiernos y parlamentos de la Unión Europea, incluido el propio Parlamento Europeo (2016), y organizaciones internacionales como la ONU (2017) o la OCDE (2017), han encargado y estudiado informes sobre la propuesta en años recientes. Todo ello debería llevarnos a una conclusión preliminar: la RB puede ser una propuesta discutible y de difícil aplicación, pero en ningún caso una ocurrencia excéntrica que no merezca atención.
¿ES LA RENTA BÁSICA JUSTA Y CONVENIENTE?
Desde el punto de vista de su fundamentación normativa, la justicia de una RB ha sido defendida por diversos filósofos políticos en base a tres argumentos principales: El argumento propietarista: la RB equivaldría a la participación de todos los ciudadanos en la riqueza y propiedad común de los recursos naturales y de la herencia tecnológica y económica de su comunidad. En este caso, las propuestas de RB suelen tomar la forma de un dividendo social y diseñar una financiación basada en algún tipo de impuesto sobre la explotación de dichos recursos naturales, o en un fondo creado en base a los rendimientos generados por la misma.
El argumento de la libertad real: una RB de cuantía tan alta como fuese sostenible sería la manera óptima de realizar el principio de maximización de las oportunidades de los más desfavorecidos (propuesto por el conocido filósofo político John Rawls), ofreciéndoles la posibilidad más generosa posible de desarrollar libremente sus planes de vida, sin hacer supuestos paternalistas al respecto.
– El argumento republicano: una RB sería un potente instrumento para garantizar una mayor igualdad política y social entre los ciudadanos independientemente de las jerarquías de poder y recursos existentes, de forma que se contrarresten las formas de dominación arbitraria a que dichas jerarquías dan lugar en sociedades desiguales.
El debate en la filosofía política sobre la RB, muy intenso en las dos últimas décadas del siglo XX, ha dado paso con el nuevo siglo a una atención mucho mayor hacia las justificaciones pragmáticas de la misma, esto es, aquellas que tienen en cuenta no solo argumentos de principio, sino sobre todo determinadas circunstancias sociales y económicas.
Entre las principales razones de este tipo que aconsejarían la adopción de una RB, se han aducido las siguientes:
– Una primera serie de razones tiene que ver con la insuficiencia de los programas tradicionales de protección social y de garantía de rentas para erradicar la pobreza, redistribuir la renta de forma sustancial o incentivar adecuadamente el empleo. Una RB de cuantía suficiente, según sus defensores, erradicaría (o haría insignificantes) los problemas de cobertura, eliminaría el estigma social asociado a muchos beneficiarios de prestaciones sociales y suprimiría las conocidas «trampas» de la pobreza y del desempleo: al tratarse de una prestación acumulativa e independiente de otras fuentes de renta, la aceptación de un empleo no supondría la retirada de la prestación, desapareciendo así el desincentivo al empleo asociado a las actuales prestaciones sociales condicionadas. Dicho de otro modo, se elimina la posibilidad de que alguien pueda tener similar nivel de renta trabajando de forma remunerada que sin hacerlo.
– Desde el punto de vista de su gestión, se aduce, los costes administrativos de un programa de RB serían mucho más reducidos que en los programas de prestaciones condicionadas, dado que solo se trataría de garantizar un abono mensual sin ningún tipo de control: la comprobación de requisitos y el control de medios económicos quedarían suprimidos, y con ellos todos los inconvenientes que implican en cuanto a gestiones dificultosas, detección de fraude o injerencia en la vida privada de los beneficiarios y solicitantes. Los servicios sociales podrían dedicar entonces sus recursos humanos e infraestructuras a la atención personalizada de problemáticas que no tengan que ver únicamente con la carencia de ingresos, o a programas voluntarios de inserción laboral.
– La RB permitiría reducir la excesiva fragmentación que actualmente lastra el sistema de garantía de rentas en los estados de bienestar. Este sistema consta típicamente de una gran diversidad de prestaciones y programas, tanto asistenciales como fiscales, cuya dispar regulación produce inequidades y agravios comparativos.
– En un contexto de trayectorias vitales crecientemente heterogéneas y discontinuas, la individualización total del derecho a la protección que supone la RB permitiría una adaptación más flexible a la evolución de las formas de familia y los estilos de vida en las sociedades avanzadas contemporáneas y suprimiría los supuestos familiaristas que actualmente subyacen a muchas políticas sociales.
La cuantía de la renta básica quedaría fijada aproximadamente en el umbral de la pobreza para un individuo que vive solo, aunque se suelen establecer cuantías inferiores para los menores de edad
– Finalmente, en los últimos años han resurgido con notable fuerza los argumentos ligados al desempleo tecnológico estructural como problemática que exacerba la necesidad de una RB. La razón es que esta se adaptaría mejor que las prestaciones condicionadas a los actuales cambios en el mercado de trabajo, permitiendo que la creciente irregularidad y complejidad de las trayectorias laborales (a veces incluso voluntaria) no se tradujese en desprotección social e inseguridad económica. Adicionalmente, aumentaría la fuerza negociadora de los ciudadanos ante los demandantes de empleo e institucionalizaría el respeto por los proyectos de vida (temporales o no) que opten por otras formas de actividad no centradas en el empleo remunerado formal.
DISEÑO, FUENTES DE FINANCIACIÓN Y COSTES
Sin duda el de su financiación es uno de los mayores problemas (si no el mayor) con el que se enfrentan las propuestas de RB. Sin embargo, la pregunta de si es viable financiar una RB es en sí misma demasiado vaga: obviamente, ello siempre dependerá, dados unos recursos potenciales disponibles, del diseño y cuantía
de la propuesta en cuestión.
Existen muchas maneras distintas de diseñar una RB plena, pero la opción más habitual responde a las siguientes características:
– La cuantía de la RB quedaría fijada aproximadamente en el umbral de la pobreza para un individuo que vive solo (definido según el criterio del 60% de la renta mediana), aunque se suelen establecer cuantías inferiores para los menores de edad.
– La RB sustituiría todas las prestaciones y beneficios fiscales personales que tengan cuantías inferiores, manteniéndose como prestación complementaria el tramo que rebase la cuantía de la RB.
– La RB no tributaría, pero se pagaría impuesto sobre la renta a partir del primer euro de ingreso bruto adicional, sin exenciones de ningún tipo.
– Finalmente, y para financiar su coste neto, se suele combinar una RB de estas características con algún tipo de reforma de la tarifa del impuesto sobre la renta, que, en bastantes casos, por simplicidad, toma la forma de un tipo único.
Con este diseño, las fuentes posibles de financiación de una RB propuestas en la literatura serían las siguientes:
– Ahorro en prestaciones sociales: como se ha dicho, la RB sustituiría un volumen importante de prestaciones monetarias.
– Ahorro en costes administrativos y de gestión: aunque difícil de estimar, se suele asumir que la mayor simplicidad de la RB en comparación con el actual sistema de protección social generaría un ahorro en este tipo de costes.
– Eliminación de beneficios fiscales en el impuesto sobre la renta: quedarían eliminadas no solo las deducciones en la cuota del impuesto, sino también las reducciones en la base y las diversas exenciones, ya que se tributaría desde el primer euro ingresado.
– Aumento del impuesto sobre la renta: aun con todos los ahorros anteriores, en la inmensa mayoría de países desarrollados sería necesario un sustancial aumento de los tipos impositivos en el impuesto sobre la renta para financiar una RB plena.
– Otros impuestos: diversos autores han sugerido la utilización de impuestos ecológicos o de la tasa Tobin para financiar una RB.
– Fondos de inversión finalistas: como se vio, algunas propuestas de dividendo social descansan en la existencia de rendimientos de fondos de inversión públicos cuyo capital proviene de los beneficios de la explotación privada de recursos naturales.
Van Parijs y Vanderborght se muestran partidarios de introducir una renta básica parcial de baja cuantía a nivel de toda la UE, financiada con impuestos «verdes» y otras transferencias de los Estados miembros
Por ceñirnos a los países de nuestro entorno como los pertenecientes a la Unión Europea, resulta obvio que, desde un punto de vista puramente contable, sería «posible» financiar una RB subiendo lo suficiente los tipos del impuesto sobre la renta (u otros impuestos). De acuerdo con Van Parijs y Vanderborght (2017), estimaciones muy sencillas permiten comprobar que para financiar el coste neto de una RB que represente en torno al 25% del PIB per cápita, en muchos de estos países se deberían implantar tipos únicos de entre el 50 y el 60% sobre todas las rentas, lo que sería políticamente inasumible y probablemente castigaría fiscalmente a las clases medias (Doménech, 2017; Martinelli, 2017; Noguera, 2019a).
Parece claro que esta vía de financiación toparía con obstáculos políticos difícilmente superables. Adicionalmente, cuando nos situamos en costes tan elevados, resulta evidente que un problema adicional de una RB serían sus costes de oportunidad: algunos Estados de bienestar, como el español, han sufrido severos recortes presupuestarios durante la crisis económica; los altos costes a financiar en concepto de RB podrían ser vistos como un impedimento para revertir dichos recortes y mejorar la calidad de muchos servicios públicos en especie. Incluso si una RB plena fuese financiable, subsistiría la cuestión de si, desde el punto de vista del bienestar social, sería preferible a canalizar gran parte de esos recursos a otros programas y servicios del Estado de bienestar donde son urgentemente demandados. Por todas estas razones, Van Parijs y Vanderborght se muestran partidarios de introducir una RB parcial de baja cuantía a nivel de toda la UE, financiada con impuestos «verdes» y otras transferencias de los Estados miembros.
El problema es que con una cuantía relativamente baja todos los efectos beneficiosos esperados de una RB se evaporarían: no se erradicaría la pobreza y seguiría siendo necesario un complejo y fragmentado sistema de prestaciones condicionales complementarias que reproduciría todos los problemas del sistema tradicional de protección social. En este escenario, sería de esperar que otras alternativas de garantía de ingresos reapareciesen como opciones más eficientes para enfrentarse a la pobreza a corto plazo (Noguera, 2019b; Piachaud, 2016).
Incluso si fuese posible recaudar los recursos requeridos para una RB plena mediante al aumento de la imposición sobre la renta, la vía más factible para ello sería la de una integración de una RB con el sistema fiscal: la «RB» así pagada sería automáticamente «anulada» por un aumento equivalente de la retención fiscal en origen para la mayoría de los contribuyentes (Piketty, 2017). De este modo, no se trataría de enviar un cheque efectivo a todos los contribuyentes para luego recuperar la mayor parte del dinero por la vía de la recaudación fiscal, sino de integrar la «RB» en la declaración fiscal o en las retenciones en origen sobre los salarios mediante un mecanismo de «impuesto negativo», que abone o recaude el saldo neto correspondiente para cada nivel de ingresos. Sin embargo, articular de este modo la RB anula su incondicionalidad respecto de la renta en la medida en que ya no supone un pago ex ante, previo a cualquier comprobación de recursos (Van Parijs y Vanderborght, 2017, 37-39).
En suma, puede decirse que el alto coste de una RB plena, así como sus inciertos efectos en términos distributivos, suelen acabar conduciendo habitualmente a propuestas «impuras» que relajen sobremanera alguno de sus requisitos: bien la suficiencia de su cuantía, bien su incondicionalidad respecto de la renta,
bien su universalidad (o alguna combinación de las anteriores).
LA VIABILIDAD SOCIOLABORAL DE UNA RENTA BÁSICA
Afirmaba Robert Goodin (2003) que, una vez implantado un hipotético capital básico, probablemente bastarían unas pocas imágenes televisivas en horario de máxima audiencia de jóvenes sin empleo ni estudios dilapidando su capital en noches trufadas de drogas y alcohol para dar al traste con cualquier apoyo social sustancial a la medida.
Lo que el ejemplo sugiere es que la percepción social de una prestación incondicional como favorecedora de conductas socialmente perniciosas sería un grave obstáculo para su viabilidad conductual. Una conducta que suele ser vista como socialmente perniciosa es la ociosidad voluntaria por parte de personas aptas para el trabajo (Bowles y Gintis, 2001; White, 2003). El «efecto surfista» (por bautizarlo con el nombre de un personaje frecuente en las discusiones normativas sobre la RB) podría ser muy perjudicial para un programa de RB y para su viabilidad. Por esta y otras razones, y aunque muchos de los defensores de una RB argumenten en contra de la centralidad del empleo en nuestra sociedad, tanto para ellos como para sus críticos la cuestión de los efectos de una RB sobre la conducta laboral se ha convertido en un elemento central del debate.
Sin embargo, no parece que la evidencia disponible justifique claramente los temores de una retirada masiva del mercado de trabajo en presencia de una RB. Existen algunas experiencias de garantía de ingresos similares que permiten observar la conducta de la población ante una renta garantizada, especialmente en los tramos de ingresos más bajos.
Una de ellas es el dividendo universal de Alaska (pagado anualmente a todos los ciudadanos del estado de Alaska a cuenta de los beneficios de la explotación del petróleo del subsuelo). En el más completo estudio sobre esta experiencia hasta la fecha, realizado con métodos semiexperimentales, Jones y Marinescu (2018) han hallado evidencia de que el dividendo no ha tenido efectos apreciables en el empleo, con la excepción de un ligero aumento del empleo a tiempo parcial en algunos sectores. Tampoco se han hallado efectos claros de desincentivo laboral, sino más bien al contrario, en muchos casos de programas de transferencias de renta condicionadas tanto en países en desarrollo (Duflo, 2019) como desarrollados (Calnitsky y Latner, 2017).
Aunque la evidencia disponible no parece alimentar los alarmismos respecto del posible efecto de una renta básica en la conducta laboral, se trata de indicios obtenidos en contextos limitados que no permiten extrapolar lo que ocurriría con una experiencia de renta básica plena a gran escala
En años mucho más recientes, una auténtica oleada de experimentos piloto bajo la bandera de la RB se ha ido extendiendo por diversos continentes. De momento, solo uno de ellos (el realizado en la India) ha arrojado resultados completos, muy similares a los reseñados en el párrafo anterior. El caso más publicitado es sin duda el experimento finlandés. El tratamiento aquí se aplica a una muestra de dos mil parados que cobran la prestación asistencial por desempleo, y consiste en alterar dos rasgos en el diseño de dichas prestaciones: suprimir cualquier requisito de activación (incluido el de aceptar ofertas de empleo) y mantener la prestación íntegramente si se obtiene cualquier tipo de empleo (ahora solo se compatibiliza el 50% en caso de empleo temporal o a tiempo parcial). El principal interés del gobierno finlandés (que financia el piloto) es comprobar si esas dos reformas en el diseño de las prestaciones pueden ahorrar costes administrativos en los servicios de empleo y sociales, así como incrementar la inserción laboral, con el consiguiente ahorro en prestaciones. Los resultados preliminares parecen confirmar que no existe un efecto significativo del tratamiento en cuanto a los niveles de inserción laboral y activación pero sí se observa una mejora notable en otros parámetros, como la salud física y mental, el bienestar subjetivo o las relaciones sociales (KELA, 2019).
En suma, aunque la evidencia disponible no parece alimentar los alarmismos respecto del posible efecto de una RB en la conducta laboral, se trata de indicios obtenidos en contextos limitados que no permiten extrapolar lo que ocurriría con una experiencia de RB plena a gran escala, en términos dinámicos. Del mismo modo, no parece que tales evidencias fueran a resultar suficientes para contrarrestar la percepción profundamente enraizada entre muchos ciudadanos y gestores de políticas de garantía de ingresos sobre el potencial de estas para desincentivar la activación laboral. Aunque el problema sea más de percepción que real, ello sigue constituyendo un obstáculo para la viabilidad política de un programa de RB plena.
UNA APROXIMACIÓN POR FASES
Vistos todos los problemas anteriores, una posible aproximación realista a la RB consistiría en una convergencia gradual hacia la misma a partir de la reforma en paralelo de programas ya existentes de garantía de mínimos de renta, tanto sociales como fiscales. Como ventajas de esta vía, cabe citar las siguientes: cada paso sería valioso por sí mismo desde el punto de vista de la garantía de rentas, independientemente de que el objetivo final de quien lo diese sea la RB o no, lo cual resulta importante para conseguir consensos políticos y sociales; en el peor de los casos (que no se acabase dando «el último paso» hacia la RB), se habría conseguido extender y ampliar derechos, y se estaría más cerca del objetivo final cuando las condiciones fuesen favorables; por último, parece claro el mayor realismo político, social y económico de esta estrategia de articulación institucional «a partir de lo existente». Sin embargo, tampoco está exenta de desventajas: la mayor complejidad del proceso (con posibilidad de «parones» o retrocesos) es evidente.
Los programas y medidas de transferencia de renta actualmente existentes a partir de los cuales cabría desarrollar esta estrategia podrían ser, por ejemplo: (1) Del lado de las prestaciones no contributivas: las rentas mínimas de inserción, otras prestaciones sociales de carácter económico de las comunidades autónomas (como los complementos a pensiones mínimas), las pensiones no contributivas, las prestaciones por hijos a cargo (que ya son universales en muchos países europeos), los subsidios de desempleo o la renta activa de inserción. (2) Desde el lado de los beneficios fiscales en el IRPF: las diversas exenciones, el «mínimo vital» (personal y por familiares dependientes), la reducción por trabajo asalariado, la ayuda de 100 euros mensuales para madres trabajadoras con hijos de cero a tres años, u otras muchas deducciones y desgravaciones dependientes tanto de la administración central como de las autonómicas.
En esta línea, algunos programas de renta mínima de inserción (RMI) autonómicos han hecho algunos avances a lo largo de las diversas dimensiones en las que es posible «deconstruir» una RB:
– Individualización: algunas RMI excluyen a determinadas personas y sus ingresos (como a los pensionistas) del cómputo de ingresos de la unidad familiar a la hora de solicitar la prestación. Como avance en esta línea, se podría plantear asimismo dividir las cuantías calculadas a nivel de hogar entre los miembros adultos del mismo.
– Incondicionalidad respecto del trabajo: algunos programas suavizan el vínculo entre las medidas de inserción y el cobro de la prestación, hasta llegar, en ocasiones, a establecer tramos plenamente incondicionales respecto de la firma de un plan de inserción.
– Suavización de las comprobaciones de renta y de otros requisitos, aplicando controles no humillantes ni invasivos de la vida privada de los beneficiarios.
– Compatibilidad de las prestaciones con los ingresos por trabajo hasta un cierto umbral, retirando solo un determinado porcentaje de la prestación, de forma que se elimine o atenúe la trampa de la pobreza.
– Duración indefinida del cobro de la prestación mientras se mantenga la carencia de rentas, aunque sea con renovaciones semiautomáticas sucesivas.
– Integración de algunas prestaciones específicas (como las ayudas por vivienda o los complementos de pensiones) con la declaración de IRPF, lo que en algunos casos puede permitir su abono automático.
– Acortamiento de los periodos de gestión y tramitación de las solicitudes, y establecimiento del silencio administrativo positivo tras un plazo de unos meses.
Todas estas medidas, muchas aún tímidas, otras simplemente planteadas, abren ventanas de oportunidad para ir acercando los programas de rentas mínimas a auténticos programas de RG, y los aproximan también a algunos de los rasgos más interesantes contenidos en la propuesta de la RB.
RENTA BÁSICA E INGRESO MÍNIMO VITAL
La renta básica universal es una prestación monetaria totalmente universal, individual e incondicional, a la que por lo tanto todos los ciudadanos, independientemente de sus ingresos y de su situación, tendrían derecho por el mero hecho de existir como miembros de una comunidad política.
Actualmente solo se da en Alaska y hubo una prueba (fallida) para introducirla en Finlandia. Se han utilizado términos distintos para referirse a esta propuesta de renta básica universal, aunque el de renta básica es el que hoy en día está más consolidado en la bibliografía especializada y en la agenda pública. Otras expresiones sinónimas que se pueden encontrar para la renta básica universal son «renta ciudadana» o «de ciudadanía», «salario ciudadano», «salario universal garantizado», «asignación universal», «ingreso básico universal» o «ingreso ciudadano».
La expresión «renta básica» se utiliza en ocasiones con un sentido muy distinto al que tiene. Por ejemplo, se ha utilizado para designar algunos programas de rentas mínimas de inserción de diversas comunidades autónomas en España, o para mencionar el actual ingreso mínimo vital que ha aprobado el Gobierno. Las rentas mínimas de inserción son ayudas que pueden suponer entre quinientos y mil euros. Se dan en muchos países. Las rentas mínimas de reinserción o el ingreso mínimo vital no son ni universales ni incondicionales: dependen de la situación de cada uno (ingresos, paro, familia, etc.) para que la administración pública las conceda o no.
A MODO DE CONCLUSIÓN: EL TRILEMA DE LA RB
La principal conclusión que cabe obtener de todo lo anterior es que, aunque la RB contiene aspectos muy interesantes de cara a la reforma de las prestaciones monetarias de los actuales Estados de bienestar, su aplicación en un contexto de restricciones presupuestarias como el actual se enfrenta a un trilema de difícil resolución: no es posible tener al mismo tiempo:
– una RB plena, de cuantía suficiente para erradicar la pobreza;
– de manera inmediata;
– y que responda fielmente a su definición como prestación incondicional, individual y universal, garantizando sus ventajas comparativas frente a otras alternativas de política de rentas.
En definitiva, todo indica que suficiencia, inmediatez y pureza no pueden alcanzarse a un tiempo, y es necesario renunciar al menos a una de ellas si la RB debe algún día abandonar el reino de los bellos ideales para jugar un papel efectivo en la transformación de los Estados de bienestar.
José A. Noguera es Profesor de Sociología en la Universidad Autónoma de Barcelona.
NOTAS
1 Se han utilizado términos distintos para referirse a esta propuesta, aunque el de renta básica es el que hoy en día está más consolidado en la literatura y la agenda pública. Otras expresiones sinónimas que se pueden encontrar son «renta ciudadana» o «de ciudadanía», «salario ciudadano», «salario universal garantizado», «asignación universal», «ingreso básico universal» o «ingreso ciudadano». Conviene tener en cuenta, asimismo, que expresiones como «renta básica» o «renta de ciudadanía» se han utilizado en ocasiones en sentidos muy distintos del que aquí se discute. Por ejemplo, algunos programas de rentas mínimas de inserción de diversas comunidades autónomas en España se han denominado o denominan oficialmente «renta básica».
REFERENCIAS
Bowles, S., y Gintis, H. (2001): «¿Ha pasado de moda la igualdad? El Homo reciprocans y el futuro de las políticas igualitaristas», en R. Gargarella y F. Ovejero (eds.), Razones para el socialismo, Barcelona: Paidós.
Calnitsky, D., y J. P. Latner (2017): «Basic Income in a Small Town: Understanding the Elusive Effects on Work», Social Problems, 64, 373-397.
Doménech, R. (2017): «Algunas reflexiones sobre la Renta Básica Universal», BBVA Research, 20 de abril, ttps://www.bbvaresearch.com/publicaciones/algunas-reflexiones-sobre-la-renta-basica-universal/ [consultado 04.03.2018].
Duflo, E. (2019): «Field experiments and the practice of policy», Nobel Prize Lecture, Estocolmo, 8 de diciembre, https://www.nobelprize.org/prizes/economic-
sciences/2019/duflo/lecture/.
European Parliament (2016): Basic income: Arguments, evidence, prospects, Briefing of the European Parliamentary Research Sevice, septiembre.
Goodin, R. (2003): «Sneaking Up on Stakeholding», en Dowding, K., de Wispelaere, J. y White, S. (eds.) (2003): The Ethics of Stakeholding, Londres: Palgrave/Macmillan.
Jones, D., y I. Marinescu (2018): «The Labor Market Impacts of Universal and Permanent Cash Transfers: Evidence from the Alaska Permanent Fund», NBER Working Paper nº 24312, febrero.
KELA (2019): «Preliminary results of the basic income experiment», Ministerio de Sanidad y Asuntos Sociales de Finlandia, nota de prensa, 8 de febrero, https://www.kela.fi/web/en/news-archive/-/asset_publisher/lN08GY2nIrZo/content/preliminary-results-of-the-basic-income-experiment-self-perceived-wellbeing-
improved-during-the-first-year-no-effects-on-employment.
Martinelli, L. (2017): «The Fiscal and Distributional Implications of Alternative Universal Basic Income Schemes in the UK», IPR Working Paper, marzo, Bath: Institute for Policy Research, University of Bath.
Noguera, J. A. (2017): «Modelos de políticas de garantía de rentas contra la pobreza», en M. Kölling & P. Marí-Klose (eds.), Los retos del Estado del bienestar ante las nuevas desigualdades, Zaragoza: Fundación Manuel Giménez Abad.
Noguera, J. A. (2019a): «The Political Debate on Basic Income and Welfare Reform in Spain», Social Policy & Society, 18(2), 289-299.
Noguera, J. A. (2019b): «The Second-Best Road Ahead for Basic Income», Comparative Labor Law and Policy Journal, 40(2): 223-237.
OECD (2017): «Basic income as a policy option: can it add up?», Policy Brief on the Future of Work, OECD Publishing: París, mayo, https://www.oecd.org/els/emp/Basic-Income-Policy-Option-2017.pdf (acceso 4 de marzo de 2018).
ONU (2017): Informe a la Asamblea General del Relator Especial sobre la extrema pobreza y los derechos humanos. 23 de marzo.
Piachaud, D. (2016): «Citizen’s Income: Rights and Wrongs»,
CASE Working Paper, nº 200, noviembre. Londres: Centre for the Analysis of Social Exclusion (London School of Economics and Political Science).
Piketty, T. (2017): «Is our basic income really universal?», Le Blog de Thomas Piketty, Le Monde, 13 de febrero, http://piketty.blog.lemonde.fr/2017/02/13/is-our-basic-income-really-universal/ (acceso 4 de marzo de 2018).
Van Parijs, P., y Y. Vanderborght (2017): Basic income: a radical proposal for a free society and a sane economy, Harvard: Harvard University Press.
White, S. (2003): The Civic Minimum. On the Rights and Obligations of Economic Citizenship, Oxford: Oxford University Press.
La renta básica universal (RBU) está ganando popularidad como alternativa al actual sistema de protección social. La idea es dar a cada ciudadano la misma cantidad de dinero, sin importar si trabaja o no. Por lo tanto, a diferencia de los sistemas de bienestar tradicionales, la RBU no requiere ni un certificado de recursos económicos ni un test sobre la disposición a trabajar. Nadie se quedaría sin sustento aunque no haya trabajo para él. ¿No suena genial?
El problema es que el programa debe ser financiado de alguna manera. Supongamos por simplicidad que hay 250 millones de estadounidenses adultos y que cada uno de ellos recibiera 1.000 dólares mensuales (como propuso el candidato presidencial Andrew Yang). Así que tendríamos un coste total de 250.000 millones de dólares mensuales y 3 billones de dólares anuales. Ascendería a alrededor del 14 por ciento del PIB de los Estados Unidos, o el 42 por ciento del gasto total del gobierno, o el 73 por ciento de los desembolsos federales. Comparativamente: eso es más que el gasto total en salud, defensa y educación. Y sin embargo, estamos hablando de «solo» 12.000 dólares anuales (o el 19 por ciento del salario medio del hogar, o el 36 por ciento de la media de los ingresos personales). ¡Buena suerte con un programa tan caro!
La renta básica universal seguiría siendo el privilegio de algunas personas a expensas de otras. El derecho de una persona a un ingreso básico significa que otra persona tiene que pagar por ello.
PRESCINDIR DE LA UNIVERSALIDAD Y FIJAR CONDICIONES
Por eso la RBU es una idea utópica. Su introducción requeriría o bien apartarse de la universalidad (por ejemplo, proporcionando prestaciones solo para los jóvenes), o bien apartarse de la incondicionalidad (por ejemplo, introduciendo un criterio de ingresos), o bien reducir el pago a pequeñas cantidades simbólicas. Otras opciones incluyen un aumento radical de los impuestos o la implementación de la «teoría monetaria moderna»: darle al botón para que arranque la imprenta que fabrica billetes directamente sin respaldo alguno.
Las dos primeras opciones arriba mencionadas distorsionarían la idea del programa, transformándolo en otro programa de bienestar tradicional. El tercer escenario no cumpliría con sus metas, ya que no erradicaría la pobreza ni aumentaría significativamente la seguridad social. Y las dos últimas opciones tendrían consecuencias económicas generales negativas que podrían conducir a resultados contrarios a las intenciones del programa (por ejemplo, un aumento en la tasa de desempleo como resultado de una carga tributaria adicional sobre los salarios), o una reducción en la cantidad de beneficios reales como resultado de una mayor inflación. Todo lo anterior significa que es un mito la implementación de la RBU a un nivel sustancial sin incurrir en costes económicos significativos.
La idea de la renta básica universal se reduce a romper el vínculo entre ingresos y trabajo, es decir, a liberar a la gente de la desagradable necesidad de ganar dinero.
Eso lo confirma un artículo reciente (Basic income or a single tapering rule? Incentives, inclusiveness and affordability compared for the case of Finland), publicado por economistas de la OCDE con ocasión de un experimento con la RBU en Finlandia (que no era un programa gubernamental). Estimaron que la sustitución del actual sistema de prestaciones sociales por la RBU en Finlandia sería demasiado costoso o significaría prestaciones insuficientes para los más desfavorecidos y, en consecuencia, un aumento de la proporción de personas que viven por debajo del umbral de pobreza: ¡del 11,5 al 14,3 por ciento!
IMPACTO NEGATIVO EN LA OFERTA DE MANO DE OBRA
El segundo problema económico con la RBU es el impacto negativo en la oferta de mano de obra. El análisis económico sugiere claramente que un aumento de los ingresos no salariales desplaza la línea presupuestaria y aumenta el salario de reserva, lo que conduce a una reducción del tiempo de trabajo. Y esto es lo que mostraron los experimentos anteriores con el impuesto negativo sobre la renta (véase el artículo de Philip K. Robins en «The Journal of Human Resources», 1985), un concepto similar al de la RBU, especialmente en el caso de las mujeres y de los jóvenes, que estaban menos emparejados al mercado laboral. Los resultados no son sorprendentes: el hecho de dar dinero a la gente para nada reduce el costo de oportunidad de no trabajar.
También hay cuestiones éticas. Los partidarios de la RBU critican el estado de bienestar porque supuestamente no es bueno para los beneficiarios, porque tiene que sacrificar tiempo y recursos mentales para recibir el beneficio. Tal enfoque pone el asunto patas arriba, o refleja la ingratitud de la que el economista estadounidense Thomas Woods habló en 2018. Ayudar a las personas que no pueden trabajar temporal o permanentemente es caracterizado por los partidarios de la RBU como algo negativo, como algo que estigmatiza y constituye una carga psicológica. Sin embargo, los pagos del estado de bienestar son, de hecho, un privilegio que el gobierno (a través del dinero de la sociedad) proporciona a las personas necesitadas. (Para ser claro: no elogio al gobierno y no soy partidario del estado de bienestar, solo señalo que los beneficiarios del bienestar se benefician del estado del bienestar).
UN PRIVILEGIO, NO UN DERECHO
Una perspectiva tan perversa es, sin embargo, una consecuencia de la opinión de que la RBU debería ser un derecho, no un privilegio. Es decir, sus partidarios creen que todo el mundo debería tener derecho a una renta aportada por los contribuyentes, independientemente de su contribución a la sociedad y de la posibilidad de obtener ingresos en el mercado. El problema es que alguien tendría que financiar este programa, por lo que la RBU seguiría siendo el privilegio de algunas personas a expensas de otras. El derecho de una persona a un ingreso básico significa que otra persona tiene que pagar por ello.
Si se introdujera la renta básica universal, ¿quién haría los trabajos necesarios, aunque mal pagados?, ya que todo el mundo se emanciparía del yugo del trabajo. ¿Los robots cuidarán de nuestras abuelas?
La idea de la RBU se reduce a romper el vínculo entre ingresos y trabajo, es decir, a liberar a la gente de la desagradable necesidad de ganar dinero. Y aquí nos encontramos con varios problemas. En primer lugar: ¿quién hará los trabajos necesarios, aunque mal pagados, ya que todo el mundo se emancipará del yugo del trabajo? ¿Es posible eliminar lo desagradable del trabajo o es solo la realidad del mundo temporal? ¿Los robots cuidarán de nuestras abuelas? Un resultado probable es una disminución significativa de la producción general de la economía, lo que significa un empobrecimiento generalizado.
MAYOR DEPENDENCIA DEL ESTADO
Por último, los partidarios de la RBU afirman que aumenta la independencia individual. Se nos dice que la RBU promete independencia socioeconómica liberando a los individuos de la tiranía de los burócratas, los jefes, los maridos y los mercados caprichosos (se puede ver aquí un eco de los socialistas utópicos). Con dinero en el bolsillo, el trabajo se convierte en una opción.
Alguien tendría que pagar la renta básica universal. Así que la dependencia no desaparecería, lo que ocurriría es que gente se volvería más dependiente del Estado.
Pero hay una paradoja que viene de la promesa de independencia socioeconómica: alguien todavía tiene que pagar la RBU. Así que la dependencia no desaparecería, lo que ocurriría es que gente se volvería más dependiente de Leviatán (el Estado). Robert Nisbet escribe en The Quest for Community que el deseo de un sentido de pertenencia no desaparece. Si no se puede realizar dentro de la familia, del vecindarios y de las comunidades regionales, entonces el vacío lo llena la nación y el Estado centralizados. ¿Estamos seguros de que esto es lo que queremos? ¿Acaso la RBU no sea una utopía que no podemos permitirnos, sino una distopía?
Arkadiusz Sieroń. Economista. Profesor en la Universidad de Wroclaw (Polonia).