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Ver productosCalidad, rigor, valor añadido, tecnologías disruptivas y liderazgo empresarial son algunas de las claves del éxito de dos iniciativas pioneras de la biotecnología sanitaria. El auge de esta ha producido un cambio radical en la industria biofarmacéutica, con la introducción de medicamentos y productos sanitarios innovadores, dirigidos a necesidades médicas no cubiertas.
La biotecnología es el uso de organismos vivos en la modificación o creación de productos o servicios, en la mejora de plantas o animales y en el desarrollo de microorganismos para usos específicos¹.
Con el descubrimiento del ADN en 1953, Watson y Crick sentaron las bases de la conocida como biotecnología moderna, que comenzó en el año 1973, cuando Cohen y sus colaboradores realizaron los primeros experimentos de recombinación genética. En España, podemos considerar que la biotecnología moderna comenzó a desarrollarse con la creación del Centro Nacional de Biotecnología, en 1984².
La identificación de una verdadera oportunidad de mercado supone el principal cimiento de cualquier idea empresarial
En 1989 se creó la Sociedad Española de Biotecnología (SEBIOT), y tras la fundación de la Asociación Española de Bioempresas (ASEBIO) en 1999, han aparecido diferentes asociaciones empresariales, tanto a nivel nacional como regional. También es destacable la creación de asociaciones profesionales como FEBIOTEC (Federación Española de Biotecnólogos), fundada en 2008, y sus correspondientes asociaciones regionales (AsBioMad, ASBETEC, AsBAn, etc.).
Aunque el sector biotecnológico español es relativamente reciente, se ha consolidado y crecido de manera continuada durante las últimas décadas pese a la crisis económica. Como se observa en la Figura 1, el número de empresas ha crecido durante los últimos años, a excepción del año 2013, contabilizándose en 2017 un total de 713 empresas.

Durante el año 2018, el crecimiento de las empresas biotecnológicas españolas ha generado de forma directa casi 2.400 nuevos puestos de trabajo, un crecimiento del 10,6% frente al 2,9% observado para el conjunto de la economía española. Estas empresas realizan una importante inversión en I+D+i, con un 4,3% con respecto a su producción, lo que ha dado lugar a que el sector tenga un impacto en la economía española de casi 7.000 millones de euros (0,7% del PIB), suponiendo casi 2.500 millones de euros para las arcas públicas³.
ÁREAS DE APLICACIÓN DE LA BIOTECONOLOGÍA
La biotecnología puede aplicarse a diferentes áreas industriales, y en base a ello, podemos diferenciar tres tipos de biotecnología: la biotecnología roja o sanitaria, la biotecnología verde o agroalimentaria y la biotecnología blanca o industrial.

Pese a sus múltiples aplicaciones, la que ha tenido un mayor desarrollo e impacto en la sociedad ha sido la biotecnología sanitaria. El auge de la biotecnología roja ha producido un cambio radical en la industria biofarmacéutica, con la introducción de medicamentos y productos sanitarios innovadores, dirigidos a necesidades médicas no cubiertas.
La utilización de organismos vivos para la producción de medicamentos, el desarrollo de las técnicas de diagnóstico molecular, las terapias regenerativas o el uso de la ingeniería genética para curar enfermedades son algunos ejemplos del uso de la biotecnología en la medicina actual.
Para el desarrollo del presente artículo, se han seleccionado dos empresas biotecnológicas españolas que se han desarrollado y consolidado con éxito durante los últimos años: Biohope y 3p Biopharmaceuticals. La primera de ellas se enmarca como empresa de I+D+i basada en el desarrollo de productos sanitarios de diagnóstico in vitro para la personalización del tratamiento en enfermedades inflamatorias, mientras que 3P es una empresa de fabricación por contrato (CMO, Contract Manufacturing Organization) de medicamentos biotecnológicos.

En este sentido, en un entorno altamente regulado como el sector biomédico, desde las etapas iniciales debemos tener claro un plan para asegurar el cumplimiento de las normas de calidad y obtener las certificaciones y autorizaciones de comercialización aplicables a cada producto.
En las empresas de biotecnología, el I+D+i debe ser su negocio principal, como apuesta para el éxito en el medio-largo plazo
También es de gran importancia cuidar las relaciones institucionales, manteniendo contacto con administraciones públicas a nivel regional, nacional y europeo, creando lobby para promover la inversión e impulso al sector, así como para la posterior negociación de precios de reembolso una vez el producto llegue a ser comercializado.
LECCIONES APRENDIDAS
En las empresas de biotecnología, el I+D+i debe ser su core-business (o negocio principal), como apuesta para el éxito en el medio-largo plazo. La visión de la empresa debe ser coherente con las actividades que se realicen en la actualidad, siguiendo un plan de acción preestablecido que contemple el desarrollo y comercialización de nuevos productos y/o servicios que permitan mantener un pipeline innovador.
También cabe destacar la figura del líder. Un CEO que actúe como alma máter del proyecto, que motive e involucre al equipo en el proyecto empresarial, y cuya imagen se identifique claramente con la marca de la empresa.
Biohope es una empresa biotecnológica que desarrolla herramientas diagnósticas para la personalización del tratamiento en pacientes con enfermedades inflamatorias crónicas
Contar con fondos suficientes para realizar las inversiones necesarias durante los años de investigación y desarrollo, cuando los ingresos son bajos e incluso nulos, es, sin duda, el caballo de batalla de las empresas biotecnológicas. Por tanto, realizar las rondas de inversión en el momento adecuado, y obtener financiación pública y privada, explotando las diferentes herramientas financieras disponibles (subvenciones y préstamos blandos nacionales y europeos, participación en consorcios, inversores internacionales, crowdfunding, etc.) será clave para asegurar las necesidades de financiación durante toda la vida del proyecto empresarial.
No debemos olvidar que toda empresa biotech que se precie, debe tener un enfoque internacional, dirigiendo su solución tecnológica no solo a España, si no a Europa y a otros territorios, bien mediante explotación directa o a través de alianzas o licencias de explotación.
La profesionalización del equipo, incorporando diferentes perfiles de acuerdo con las necesidades del proyecto, también será un punto imprescindible para asegurar el crecimiento y consolidación de la empresa. No es factible continuar creciendo, siendo solo dos o tres personas, y la inversión en recursos humanos va a suponer un alto impacto en las cuentas de la empresa; por tanto, gestionar el crecimiento con medida, y aprovechar la incubación en parques científicos y tecnológicos durante los primeros años, ayudará a mantener unos costes fijos discretos.
Debido a la elevada especialización de las empresas biotecnológicas, solo se puede concebir su consolidación en un ambiente de open innovation, donde el establecimiento de colaboraciones, la subcontratación de servicios, la firma de acuerdos de licencia de tecnología para adquirir o explotar tecnologías, se convierten en actividades cotidianas. Sin embargo, esta apertura al exterior debe compensarse con una fuerte protección de los activos intangibles de la compañía, tanto mediante secreto industrial como a través de la solicitud de patentes, marcas y otras figuras a nivel nacional e internacional.
Por último, pero no menos importante, las compañías biotecnológicas no deben dejar de lado la comunicación como una actividad clave para su negocio. La participación en el ecosistema bioemprendedor nacional e internacional, y la divulgación de los hitos que se vayan alcanzando durante la vida del proyecto, no solo a nivel de congresos y publicaciones científicas, sino también con acciones de divulgación dirigidas a medios generalistas deben tenerse en cuenta en la apretada agenda de los directivos de estas empresas tan especiales.
CASO 1: BIOHOPE
Biohope es una empresa biotecnológica constituida en el año 2015 y dedicada al desarrollo de herramientas diagnósticas para la personalización del tratamiento en pacientes que sufren enfermedades inflamatorias crónicas.
Isabel Portero, fundadora y CEO de Biohope desde su creación, es la alma máter del proyecto e imagen principal de Biohope. De puertas afuera, la identificación directa de Biohope con la personalidad de Isabel, aporta identidad y continuidad a la marca de la compañía, y dentro de la empresa, su papel como líder es fundamental para guiar e impulsar al equipo durante la dura travesía que supone trabajar en una start-up biotecnológica.
3P está especializada en el desarrollo de procesos y fabricación de ingredientes activos farmacéuticos de naturaleza biológica así como de productos de terapia celular
Isabel Portero es médico especialista en Medicina Interna y doctorada en Medicina, con una carrera de casi veinte años en el sector biotecnológico y farmacéutico, habiendo ocupado posiciones estratégicas en desarrollo de nuevos productos y como directora médica, tanto en grandes compañías farmacéuticas (MSD, Roche) como en empresas biotecnológicas (Genetrix, Biocross, Raman Health).

La cercanía a la práctica clínica como facultativo le permitió identificar claramente una necesidad médica no cubierta en el manejo de los pacientes con enfermedades inflamatorias crónicas, y su pasión por la investigación, el desarrollo y la innovación (I+D+i) le impulsó a crear una solución biotecnológica para dar respuesta a esta necesidad.
Existen numerosas enfermedades, como la artritis reumatoide o el rechazo a los trasplantes, que se caracterizan por un funcionamiento inadecuado o poco conveniente del sistema inmunitario, y su tratamiento está basado en el uso de unos medicamentos que regulan este funcionamiento (inmunosupresores), y que consiguen inhibir la inflamación, evitando daños potencialmente graves en el órgano trasplantado, las articulaciones, etc.
Actualmente no existe una manera de averiguar a qué medicamentos será más sensible el paciente y por tanto le serán más eficaces; y la selección de la combinación más adecuada se basa principalmente en ensayos de prueba y error, lo que supone elevados efectos secundarios, que tienen un impacto negativo en la salud de los pacientes y en la sostenibilidad del sistema sanitario.

La propuesta de Biohope, IMMUNOBIOGRAM®, permite probar in vitro la respuesta de cada paciente a los diferentes inmunosupresores que existen en el mercado, permitiendo así diseñar una terapia personalizada para cada uno de ellos.
El producto, que se encuentra patentado a nivel internacional, ha sido validado clínicamente en un primer estudio clínico de ámbito nacional, y en un segundo estudio desarrollado en nueve hospitales internacionales, demostrando la utilidad de la prueba para la optimización del tratamiento inmunosupresor en pacientes que han recibido un trasplante de riñón. Se espera que el producto obtenga la autorización de comercialización en el año 2020 para su uso en trasplante renal y en 2023 para artritis reumatoide.
La inversión necesaria para cubrir los años de investigación hasta llegar al mercado se ha obtenido con una combinación de fondos públicos y privados. La compañía ha realizado varias rondas de inversión, la última de ellas de más de 500.000 euros en 2018, junto con una campaña de crowdfunding, que se cerró exitosamente con una inversión de más de 300.000 euros procedentes de 33 inversores.
Además, la compañía ha accedido a un préstamo participativo de 300.000 euros a través de los fondos nacionales ENISA (Empresa Nacional de Innovación S.A), y ha obtenido una subvención de 3,8 millones de euros de la Comisión Europea, en el altamente competitivo instrumento PYME (SME Instrument) del programa H2020.
La actividad de I+D+i de Biohope constituye su principal elemento diferencial frente a la competencia y es la base sobre la que se asienta el crecimiento de la empresa, apoyado por una fuerte actividad en el campo de la propiedad industrial.
Una característica que hace a Biohope diferente de la mayoría de las empresas biotecnológicas españolas es que no surgió como spin-off de ningún centro académico de investigación, por lo que Isabel Portero comenzó su proyecto desde la nada, buscando por sí misma los recursos financieros y científico-tecnológicos.
En sus comienzos, la compañía estaba formada por un equipo de tres personas de perfil científico, apoyadas por consultores externos especializados en ámbitos empresariales, al que se han ido incorporando profesionales tanto mediante contratación directa como mediante otros tipos de colaboración. En la actualidad, Biohope cuenta con un equipo multidisciplinar de 16 personas in-house y el apoyo puntual de siete empresas externas, convirtiéndose así en una pyme altamente profesionalizada.
Su incubación en el Parque Tecnológico de Tres Cantos (Madrid), ha permitido a Biohope llevar a cabo un crecimiento paulatino, de acuerdo a las necesidades del proyecto, pasando de utilizar espacios y servicios comunes a contar con dos oficinas de uso exclusivo, una sala de reuniones y dos modernos laboratorios, totalmente equipados para la realización de estudios de inmunología, biología molecular y cultivo celular.
Desde su creación, ha sido galardonada con numerosos premios y reconocimientos nacionales e internacionales: Premio a la mejor empresa de base tecnológica de la Comunidad de Madrid (accésit, año 2016); Primer clasificado, certamen nacional de la aceleradora de empresas Start-Up Alcobendas, (febrero 2015); Finalista en la categoría de Salud en los certámenes internacionales South Summit 2016 (Madrid) y Hellow Tomorrow 2016 (París); Sello Europeo de Empresa Innovadora de Base Tecnológica (EIBT); Sello de Pyme Innovadora de la Secretaría General de Ciencia e Innovación (Ministerio de Economía y Competitividad); ganadora del sponsor por parte de Gebro Pharma para participar en el programa de inmersión en Boston impulsado por Richi Social Entrepreneurs; premio RTVE Emprende (2019).
Biohope es socia de ASEBIO (Asociación Española de Bioempresas) desde 2015, y mantiene un papel activo y destacado dentro del sector biotecnológico español, contando también con visibilidad internacional al ser miembro de la red MISOT (Mesenchymal Stem Cells In Solid Organ Trasplant) y estar presente en el ecosistema emprendedor de Boston, gracias a su colaboración con Richi Social Entrepreneurs.
CASO 2: 3 PBIO PHARMACEUTICALS
3P Biopharmaceuticals es una compañía biotecnológica con sede en Navarra fundada en 2007. En 2009 inauguró una planta de 4.700 m2 para el desarrollo de procesos y la fabricación de medicamentos biotecnológicos de acuerdo con las normas de calidad europeas. 3P está especializada en el desarrollo de procesos y fabricación de ingredientes activos farmacéuticos de naturaleza biológica, así como de productos de terapia celular.

Dámaso Molero, director general de 3P, ha capitaneado el barco desde sus inicios, y doce años después sigue agarrando el timón con más fuerza que nunca. Molero es farmacéutico y ostenta un máster en dirección y gestión de empresas (MBA, Master of Business Administration); durante sus 34 años de experiencia en la industria farmacéutica ha trabajado ocupando puestos de responsabilidad en grandes empresas como Glaxo, Hoffmann-La Roche, Syntex o Shionogi.
Sus cualidades personales en la gestión de proyectos y recursos humanos, combinados con un gran conocimiento técnico en fabricación de productos farmacéuticos, ha sido clave para liderar la creación desde cero de un proyecto tan disruptivo y complejo como el de 3P.

La idea de 3P es consecuencia del ecosistema innovador creado en Navarra en torno al proyecto CIMA (Centro de Investigación Médica Aplicada). La Universidad de Navarra, apoyada por el Gobierno local y una serie de inversores privados, fueron realmente pioneros a principios del año 2000 al pensar en tener un centro de investigación de medicina aplicada: el CIMA.
La investigación que se estaba haciendo en el entorno de la Universidad de Navarra y del CIMA originó una serie de medicamentos biológicos en fase de desarrollo, y se identificó la necesidad de una unidad capaz de generar procesos de producción en la calidad y cantidad necesaria para el desarrollo de estudios clínicos, que no existía ni en Navarra ni en España.
Durante el arranque del proyecto, fue crucial el apoyo del Gobierno Foral, que mediante su instrumento Sodena (Sociedad de desarrollo de Navarra) participó como socio promotor, que junto con otros inversores privados, aseguraron una inversión inicial de aproximadamente diez millones de euros. Esta ha ido creciendo a una tasa anual de 1,5 millones de euros aproximadamente, con una inversión de casi cinco millones en el año 2018 y otros tres millones previstos para el 2019.
Además de la inversión por parte de sus accionistas, 3P ha obtenido varios préstamos y subvenciones del CDTI (Centro para el Desarrollo Tecnológico e Industrial) y del Gobierno de Navarra por valor de más de cuatro millones en total. En abril de 2011, se alcanzó un hito clave en la historia de 3P: la acreditación de la planta para la fabricación bajo buenas prácticas de fabricación (GMP, good manufacturing practices), y posteriormente, en 2014, la acreditación GMP de un medicamento de terapia celular, por la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, consolidando su liderazgo en el área de las terapias avanzadas.
El pasado enero, 3P recibió la inspección de la FDA (Food and Drug Administration), que dio el visto bueno para la fabricación de un producto de un cliente británico para el mercado estadounidense. Esta primera aceptación por parte de la FDA confirma que el sistema de calidad, instalaciones y estructura de 3P cumplen los estándares internacionales más exigentes.
Como CDMO (Contract and Development Manufacturing Organization), 3P ofrece un servicio integral para el desarrollo de procesos y fabricación de productos biofarmacéuticos
abarcando todas las fases de desarrollo: desde las primeras etapas o pruebas de concepto, hasta fases preclínicas, clínicas y fases comerciales. El desarrollo de un biofármaco conlleva una elevada inversión y supone un recorrido de más de diez años, por lo que una CDMO actúa como un partner estratégico de gran valor para las empresas que deciden subcontratar la fabricación de sus productos en desarrollo.
3P adapta el proceso de fabricación de la materia prima en la cantidad y en la calidad que el cliente necesita en cada una de las etapas, porque no es lo mismo estar en prueba de concepto, que en preclínica o en posterior. Las autoridades sanitarias van a exigir unos requisitos de calidad específicos en cada etapa, y el proceso se tendrá que ir escalando a medida que sea necesario producir más cantidad de producto, hasta llegar a la fabricación comercial.
Los derechos de explotación y por tanto, la propiedad industrial asociada a los procedimientos de fabricación del medicamento, pertenecen siempre al cliente, por lo que 3P cuenta con mecanismos para la protección del know-how de todo el proceso, siempre bajo cláusulas de confidencialidad aplicables a todos los trabajadores y a los procesos de trabajo.
No obstante, la experiencia y conocimientos obtenidos durante el desarrollo de los numerosos proyectos supone el mayor activo intangible de la compañía. 3P finalizó en 2017 un ambicioso proyecto de ampliación y mejora de sus instalaciones en Noáin (Navarra), con una inversión cercana a los cinco millones de euros. El nuevo diseño forma parte del plan estratégico de la compañía proyectado a partir del análisis de las necesidades de sus clientes potenciales, y supone un gran salto cualitativo que posiciona a 3P como una compañía de referencia internacional.
Las nuevas instalaciones, que ya han sido avaladas y certificadas GMP por la Agencia Española del Medicamento, permitirán dar respuesta tanto a la creciente demanda del mercado como a las necesidades de los proyectos de sus actuales clientes, algunos de los cuales ya están en fases comerciales. Además, 3P ha incorporado tecnología y equipamiento de primer nivel internacional para una mayor competitividad en un mercado altamente exigente.
En la actualidad, 3P se encuentra en un momento dulce, recogiendo el fruto de doce años de trabajo, participando en proyectos que han evolucionado y se encuentran ya muy cerca del mercado. El incremento en capacidades y tecnologías se ha visto acompañado por una importante apuesta en recursos humanos, contando actualmente con 250 trabajadores.
3P recibió el Premio a la Innovación concedido para la Cámara de Comercio de Navarra en el año 2017, y es una empre sa activa en el ecosistema biotecnológico español y europeo, participando en congresos especializados, así como en la junta directiva de ASEBIO (Asociación Española de Bioempresas).
CONCLUSIONES
De los casos analizados podemos extraer la importancia de basar el crecimiento de la compañía en la calidad, el rigor, la orientación hacia los resultados y las personas, tanto desde el punto de vista de los trabajadores que integran estas compañías de alto valor añadido, como del impacto que sus innovaciones tendrán en los pacientes y la sociedad en el largo plazo.
Y también podemos destacar la importancia del uso de tecnologías disruptivas como base de su modelo de negocio para dirigirse a nichos de mercado en los que puedan causar una auténtica revolución e incluso un cambio de paradigma, y tener un plan de acción claro que incluya un calendario de rondas de inversión y combine fondos públicos y privados. Y, sobre todo, la figura de un líder que sea imagen de la empresa y acompañe a su equipo en la instalación de los cimientos de la idea, durante su consolidación y crecimiento, y por supuesto, en el éxito.
Eva Martín Becerra es fundadora de Kinrel (consultora especializada en la gestión de proyectos biotecnológicos y biomédicos).
NOTAS
¹Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE).
² Orden de 24 de enero de 1985 por la que se crea en el seno del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el Centro Nacional de Ingeniería Genética y Biotecnología. http://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-1985-2161.
³ Informe ASEBIO 2018: https://asebio.com/sites/default/files/2019-06/Informe%20asebio%202018_vf_para%20web_.pdf.
Una constante en la obra del periodista y novelista británico George Orwell fue el estudio de las relaciones entre el uso de la lengua y el despliegue del poder. La editorial Debate recogió bajo el título de El poder y la palabra diez ensayos de Orwell sobre lenguaje, política y verdad, donde profetiza la imposición de lo políticamente correcto y los mecanismos de la autocensura. «Para dejarse corromper por el totalitarismo no hace falta vivir en un país totalitario», escribió. Nueva Revista ha tomado prestada esa expresión, «El poder y la palabra», para tratar este asunto en su último número impreso, el 174.

Otro estudioso importante del poder de la palabra es Victor Klemperer. En 1947 publicó LTI. La lengua del Tercer Reich, en la Alemania ocupada por la Unión Soviética. El filólogo y profesor universitario plasmó en su estudio de qué forma la propaganda nazi distorsionaba la lengua alemana para inculcar las consignas nacionalsocialistas. LTI. La lengua del Tercer Reich es un clásico que mantiene su vigencia porque muestra que ninguna sociedad permanece inmune a la distorsión de la lengua. El lenguaje, sostiene Klemperer, crea y piensa por nosotros tanto más cuanto mayores son la naturalidad y la inconsciencia con que nos entregamos a él.
El bloque sobre el poder y la palabra se completa con una entrevista a Darío Villanueva, catedrático de Teoría de la Literatura y ex director de la Real Academia. Crítico ante lo que se ha dado en llamar lenguaje inclusivo, Darío Villanueva siempre se ha opuesto a la corrección política, que considera «una forma de censura», como aclara en la conversación. Su preocupación se extiende a la falta de libertad de expresión en los campus universitarios.
Dentro ya del cuerpo de este número 174 de Nueva Revista, José Antonio Noguera y Arkadiusz Sieroń, el primero profesor de Sociología en la Universidad Autónoma de Barcelona y el segundo de Economía en la de Wrocław (Polonia), relatan los pros y los contras de la renta básica universal, una prestación monetaria universal, individual e incondicional, a la que se tendría derecho por el mero hecho de existir como miembro pleno de una comunidad política. Puede ser una propuesta discutible y de difícil aplicación, pero en ningún caso una ocurrencia excéntrica que no merezca atención.
Especial empeño pone este número de Nueva Revista en el reciente documental de la BBC que desmonta la versión oficial sobre la derrota de la Armada española (1588). La historiadora, curadora de los palacios reales británicos y presentadora Lucy Worsley, en el trabajo de la BBC titulado Royal History’s Biggest Fibs. 2. The Spanish Armada («Las mayores mentirijillas de la historia de la realeza. Capítulo 2. La Armada española»), enmienda la plana a la versión establecida de la historiografía británica sobre el fiasco de la Armada. Según Worsley, está «llena de exageraciones, distorsiones y hasta de gigantescas mentirijillas, de fake news». Worsley narra que el auténtico hundimiento fue el de la Invencible inglesa o Contraarmada, es decir, la flota de invasión enviada por Isabel I contra Felipe II en la primavera de 1589, en el marco de las operaciones de la guerra anglo-española (1585-1604).
Miguel Ángel Garrido Gallardo, catedrático de Gramática General y Crítica Literaria, editor de Nueva Revista, con ocasión del libro homenaje que le han dedicado sus discípulos y colegas (Vir bonus dicendi peritus), responde igualmente a las preguntas de Nueva Revista, en un intento de resumir su carrera y sus aportaciones a la semiótica. Garrido Gallardo subraya que querer convencer al interlocutor de los puntos de vista propios «es connatural al ser humano».
Emilio del Río abunda, con ocasión de La ruta del conocimiento, un libro de la historiadora británica Violet Moller, en el redescubrimiento durante el Renacimiento de las ideas del mundo clásico. Benigno Blanco comenta El naufragio de las civilizaciones, la última obra de Amin Maalouf. Finalmente, y entre otros temas, Jordi Sevilla reseña Excesos. Amenazas a la prosperidad global, de Emilio Ontiveros.
Darío Villanueva (Vilalba, 1950) es catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Miembro de la Real Academia, fue director de la institución entre 2014 y 2019. Crítico ante lo que se ha dado en llamar lenguaje inclusivo, siempre se ha mostrado opuesto también a la corrección política, que considera «una forma de censura».
En esta extensa entrevista –que ahora ofrecemos en su versión completa-, Dario Vilanueva reflexiona sobre el uso de la lengua como arma ideológica. La conversación forma parte del bloque que Nueva Revista ha dedicado al Poder y la palabra. En él se incluyen también análisis sobre la obra de Victor Klemperer (LTI. La lengua del III Reich) y de George Orwell (Lenguaje, política y verdad).
P: Usted ha citado en alguna ocasión la novela de Philip Roth titulada La mancha humana en la que un profesor de Clásicas pierde el trabajo por utilizar el grupo nominal “negro humo”. Eso era en 2000. Desde entonces, ¿han mejorado o empeorado las cosas respecto de lo políticamente correcto y de lo políticamente decible?
R: Por algo que relataré enseguida, he de decir que yo tuve mejor suerte que el protagonista de la novela publicada en 2000 por este escritor norteamericano de origen judío. Narra la desgracia del exdecano y profesor de clásicas de una Universidad sin lustre de Nueva Inglaterra, Coleman Silk, expulsado por la denuncia de un estudiante. Embriagado por la fraseología homérica en el transcurso de una clase preguntó si alguien conocía a sus alumnos absentistas o se habían desvanecido como “negro humo”. Esta es la versión que da el traductor al español, que no me parece la mejor, pues en el original inglés lo que dice el protagonista es: “Do they exist or are they spooks?”. El problema está en que spook, ”espectro”, se suele usar peyorativamente contra los negros, metáfora discriminatoria que un alumno de color denunció como tal ante las autoridades académicas.
Muy a finales de los años ochenta fui profesor visitante en la Universidad de Colorado. El primero de mis cursos versaría sobre la novela picaresca española, cuyo corpus no demasiado nutrido comprende desde el Lazarillo de Tormes, de hacia 1554, hasta La vida y hechos de Estebanillo González, hombre de buen humor, compuesta por él mismo, publicada en Amberes en 1646. Más o menos un siglo de producción narrativa que sienta las bases, junto a El Quijote, de lo que sería la novela realista. Comencé, pues, con entusiasmo mis lecciones, que lo eran en el más genuino sentido etimológico de la palabra latina: lecturas compartidas por el profesor y sus seis alumnos. Todo iba sobre ruedas con el Lazarillo, texto ideal para poner a prueba la capacidad de sus lectores para entender que la ironía consiste en escribir exactamente lo contrario de lo que se quiere decir, dejando a la inteligencia del receptor la conversión de lo uno en lo otro. Pero he aquí que llegamos al episodio del negro Zaide, con el que la madre de Lázaro, ya viuda, se amanceba y al que acaba dándole un “negrito muy bonito” que, cuando se le acercaba su padre, respondía asustado con un “Madre, coco”. Fue entonces cuando reparé que una de mis alumnas era negra. Me apresuré a calificar la facecia como rematadamente racista, y ella, mi alumna, con el humanísimo desparpajo que quizá proviniera de su origen dominicano, rio junto con sus compañeros la situación textual y la que se había creado en el aula, y no hubo más que decir.
El problema vino con Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos; ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños, obra de un extraordinario escritor y antisemita confeso, Francisco de Quevedo y Villegas. Acabábamos de descubrir en mi Universidad un texto suyo titulado, ni más ni menos, Execración contra los judíos, fechable en 1633, y ese talante asoma explícita o implícitamente en numerosas páginas del Buscón.
En el aula leían conmigo dos alumnos judíos, en cuya condición de tales yo no había reparado en ningún momento. Se sintieron ofendidos porque un profesor como yo escogiera un texto de ese cariz, y lo hiciese leer ante la clase en voz alta, y así lo denunciaron ante el director del Departamento y el Decano. Ambos enfocaron el asunto a la luz de la libertad de cátedra, y me dieron crédito sin reservas. No solo esto, sino que consiguieron convencer a los denunciantes de que no había mala intención, antisemita, en mi sílabo del curso, sino que para explicar la picaresca era obligado estudiar el Buscón. El asunto no fue a más, pero como profesor visitante español en la citada universidad norteamericana no me cabe duda de que me dejé algunos pelos en la gatera.
Pero tuve ocasión pintiparada para reivindicarme. Concluíamos nuestras lecturas con el Estebanillo González, pícaro de vida indigna, en nada ejemplificante, que él mismo describe en sus facetas más reprobables haciendo uso de una sorprendente característica del género, la autodenigración, pues la novela está escrita en primera persona. Estebanillo dice haber nacido en Salvaterra do Miño, y ello puso en bandeja un colofón que me vino como anillo al dedo. Recuerdo que les dije a mis alumnos: La novela picaresca, escrita en tiempos muy distintos a los nuestros, entre mediados del Siglo XVI y del XVII, está, como hemos podido comprobar mediante la lectura, en las antípodas de la corrección política. Es más, con frecuencia obedece deliberadamente a un designio discriminador y ofensivo, denigrante contra las minorías. Lo hemos visto en el caso de los negros con el Lazarillo, con los judíos en el Buscón. Y ahora, como despedida, le toca la china a otra minoría, la de los gallegos, objeto de burlas constantes e injustas en la literatura española del siglo de oro por su supuesta condición de zafios y lerdos. Minoría, por cierto, a la que yo pertenezco: nací en Vilalba, provincia de Lugo, en 1950.
Después de aquella experiencia mía en Boulder, un libro de Robert Hughes me proporcionó la confirmación de que había llegado para quedarse la corrección política, la nueva forma de censura. Una censura perversa, para la que no estábamos preparados, pues no la ejerce el Estado, el Gobierno, el Partido o la Iglesia, sino estamentos difusos de lo que denominamos Sociedad Civil.
“En los campus de EE.UU. y también del Reino Unido, vamos a peor en lo que se refiere a la marea de lo políticamente correcto”
En 1993, este escritor australiano publicó La cultura de la queja, donde saca a la luz lo que estaba ocurriendo con el llamado multiculturalismo, que en las Universidades norteamericanas representó la destrucción del canon de los autores y obras considerados clásicos. Denuncia la sociedad de USA “que se muestra escéptica ante la autoridad y cede fácilmente a la superstición; cuyo lenguaje político está corroído por la falsa piedad y el eufemismo”. Lo que Hughes denomina con desparpajo “el culto al niño interior maltratado”. Según él, para la sociedad norteamericana a la que pone en evidencia “los únicos héroes posibles son las víctimas”.
En mi opinión, sin embargo, pecaba Hughes por excesivo optimismo cuando sugería que la marea de lo políticamente correcto bajaría, al menos en parte, porque los jóvenes acabarían hartos de tanta mojigatería verbal. No está siendo así, desafortunadamente. Lo cierto es que en los campus de USA, y también del Reino Unido, vamos a peor.
La corrección política, exacerbada, ha dado lugar más recientemente a la aparición de los llamados safe spaces. Se trata de una iniciativa que dinamita el ideal filosófico que la enseñanza universitaria debería alentar; esto es, el de regir nuestras conductas y, en general, nuestras vidas, no exclusivamente por los sentimientos, los prejuicios o las pasiones, sino por la racionalidad, atributo privativo de nuestra especie. La Filosofía nos enseña a tener criterio propio, a no dejarnos engañar por los cantos de sirena de unos y otros.
Pero este ideal, vigente desde la Ilustración o incluso desde antes, desde el Humanismo renacentista, está cediendo terreno al razonamiento emocional, formulado por David D. Burns en su libro de 1980 Feeling good: the new mood therapy (no confundir con la canción de Nina Simone). Según él, hay que dejar que sean nuestras emociones y sentimientos los que determinen nuestras interpretaciones de la realidad. Y hay que evitar que la presentación cruda de esta altere nuestro equilibrio interior. Por eso, en la Universidad se debe eludir la controversia. Los profesores deben olvidarse de la libertad de cátedra, y preocuparse sobre todo de cómo sus lecciones puedan afectar al estado emocional del alumnado.
La profesora Judith Shulevitz contó cómo en una Universidad de Nueva Inglaterra (Brown) se organizó un debate sobre las agresiones sexuales en el campus, en el que participó un intelectual libertario, Wendy McElroy, junto con la líder feminista Jessica Valenti (mi fuente, la Sunday Review de The New York Times, 21 de marzo de 2015). Pues bien, un grupo de alumnos más bien timoratos protestaron porque plantear y discutir ideas o prácticas negativas y controvertidas podía desequilibrarlos, cuando la Universidad debería ser para ellos y para todos los alumnos un espacio seguro.
Y las autoridades universitarias se sintieron concernidas: habilitaron a tal fin una sala contigua a la del debate donde los afectados pudieran acudir para recuperarse y, si se sentían con fuerzas, regresar luego a la mesa redonda. La equiparon con cuadernos para colorear, juegos de plastilina, cojines, música relajante, mantas, galletas, chuches y un video con perritos juguetones. Añadieron la presencia activa de algunos psicólogos de apoyo. Por el “lugar seguro” pasaron al menos dos docenas de personas, al parecer inseguras de sí mismas ante las provocaciones académicas exteriores. Una dijo que había sido su salvación, pues “me sentía bombardeada por unos puntos de vista que van en contra de mis creencias más íntimas”.
En USA, los partidarios de estos espacios llegan a argüir que la Primera Enmienda de la Constitución no justifica el uso de un lenguaje que puede producir daños emocionales entre los alumnos, cuyo desarrollo psicológico en ciernes los mantiene todavía en un alto nivel de vulnerabilidad. Un profesor de Cardiff, Richard Dawkins, lo ha dicho con claridad: La Universidad no puede ser un espacio seguro. El que lo busque, que se vaya a casa, “abrace a su osito de peluche y se ponga el chupete hasta que se encuentra listo para volver”. Por suerte, se aprecian ya ciertas reacciones positivas, como por ejemplo la publicación en 2018 por el profesor de Princeton Keith E. Whittington de un libro que lo dice ya todo desde su propio título: Speak Freely. Why Universities Must Defend Free Speeh.
Precisamente por estas circunstancias, me parecen clarividentes, y a la vez inquietantes, algunas afirmaciones que Aldous Huxley hacía en 1958 al final de Brave New World Revisited, refiriéndose precisamente a los Estados Unidos, potencia a la que veía como “la imagen profética del resto de mundo-urbano-industrial tal y como llegará a ser en no muchos años a partir de ahora”. Estimaba que los jóvenes norteamericanos menores de veinte años, los electores del mañana suyo (el hoy de nosotros), no tenían ya fe en las instituciones democráticas, no creían en la posibilidad de un gobierno del pueblo por el pueblo, se sentirían plenamente satisfechos siendo gobernados “by an oligarchy of assorted experts” siempre que pudieran continuar viviendo “in the style to which the boom has accustomed them”, e, incluso, no pondrían objeción ninguna “to the censorship of unpopular ideas”, lo que constituye el fundamento de esa forma de censura perversa que llamamos corrección política, denunciada hace treinta años por Robert Hughes en su imprescindible Culture of Complaint. The Fraying of America.
—En una célebre conferencia, usted denunció la “censura perversa” ejercida por “estamentos difusos de la sociedad civil”, y no, como en otros tiempos, por el Estado, el Gobierno, el Partido o la Iglesia. ¿Sigue pensando que el Gobierno y el Estado no ejercen ninguna “censura perversa”?
—Como es sabido, existen dos concepciones diferentes de lo que llamamos “sociedad civil”. Yo me inclino más hacia la que algunos califican como “minimalista” y viene a coincidir con el pensamiento de Habermas, frente a la de los filósofos escoceses del XVIII que incluían en ella también las instituciones políticas junto a los componentes básicos de la “esfera pública”. Prefiero, pues, funcionar con el concepto de una “sociedad civil no gubernamental”, en la que las universidades juegan un papel muy importante, como se ha demostrado precisamente a propósito de la corrección política, fenómeno que desde los campus norteamericanos ha inficionado el conjunto de la esfera pública internacional.
Pero debo admitir que ese virus de la corrección política generado en la sociedad civil no gubernamental está contaminando también la esfera del Gobierno y el Estado. Algo que ya había profetizado en su distopía George Orwell, pues el autor de 1984 sitúa en el año 2050 la definitiva sustitución de la viejalengua en un artículo titulado “Principios de nuevalengua” incluido en su libro El poder y la palabra. 10 ensayos sobre lenguaje, política y verdad. Y la nuevalengua consiste en una versión sumamente simplificada del inglés, mediante la cual el Partido único evita que la población piense en libertad mediante el expediente de eliminar los significados no deseados de las palabras, o de retorcerlos hasta el punto de que pasen a significar lo contrario de lo que genuinamente significaban. Corrección política, pues, con intencionalidad totalitaria.
Orwell se inspira para todo ello, obviamente, en las experiencias totalitarias de regímenes como el fascismo mussoliniano o el nazismo, estudiado este último por el filólogo judío Victor Klemperer en un famoso libro de aquellos mismos años cuarenta (1947) titulado TLI. La lengua del Tercer Reich, donde las siglas significan en latín Lingua Tertii Imperii. Por su parte, en Italia Gabriella Klein ha investigado sobre La política lingüística del fascismo, obra publicada en 1982.
Se ha relacionado con estos antecedentes todo intento del poder político por imponer normativas del lenguaje ajustadas a su ideología. Así, de un tiempo a esta parte proliferan también en España guías de lenguaje no sexista, alguna de ellas promovida por el gobierno de la comunidad autónoma, y también se suele mencionar a este respecto la “cartilha” Politicamente correto & direitos humanos, publicada por la Secretaría Especial dos Dereitos Humanos de la Presidencia da República Federativa do Brasil en 2004, bajo el mandato de Luiz Ignácio Lula da Silva.
Consiste esta cartilla en un glosario por orden alfabético de expresiones consideradas políticamente incorrectas, y comentadas desde tal perspectiva. La primera es “A coisa ficou preta”, en español, “la cosa se puso negra”, que tiene “forte conotação racista contra os negros”. Del mismo modo, hace unos años hubo en Uruguay una campaña pública para que el Diccionario de la Lengua Española retirara la forma compleja o frase hecha “trabajar como un negro”. Igualmente, se rechaza en la “cartilha” brasileira la denominación de “velha” para la persona de edad, que deberá ser calificada de “idosa”, “añosa” diríamos en español, designando así al grupo eufemísticamente identificado como la “tercera edad”.
En marzo de 2012, ante la proliferación de guías publicadas por organismos públicos como consejerías o universidades, por sindicatos y otras corporaciones, el pleno de la RAE hizo suyo por unanimidad un amplio informe del académico Ignacio Bosque, ponente de la Nueva Gramática de la Lengua Española publicada en 2009.
“No hay fundamento gramatical para censurar el uso genérico del masculino. En nuestra lengua el masculino es género inclusivo, no marcado”.
En él, Bosque escribía: “Se ha señalado en varias ocasiones que los textos a los que me refiero contienen recomendaciones que contravienen no solo normas de la Real Academia Española y la Asociación de Academias, sino también de varias gramáticas normativas, así como de numerosas guías de estilo elaboradas en los últimos años por muy diversos medios de comunicación. En ciertos casos, las propuestas de las guías de lenguaje no sexista conculcan aspectos gramaticales o léxicos firmemente asentados en nuestro sistema lingüístico, o bien anulan distinciones y matices que deberían explicar en sus clases de Lengua los profesores de Enseñanza Media, lo que introduce en cierta manera un conflicto de competencias”.
Aparte de la denuncia de expresiones lingüísticas que son en efecto sexistas, pero existen en el uso real del idioma, como la de “sexo débil” –que, por cierto, tiene correlato exacto en italiano (sesso debole), francés (sexe faible), e inglés (weaker sex)–, la objeción mayor que desde sectores del feminismo se hace a nuestra lengua común se refiere al uso del masculino como genérico, como género no marcado que incluye a los dos sexos, masculino y femenino. Pero, como escribe Bosque, “hay acuerdo general entre los lingüistas en que el uso no marcado (o uso genérico) del masculino para designar los dos sexos está firmemente asentado en el sistema gramatical del español, como lo está en el de otras muchas lenguas románicas y no románicas, y también en que no hay razón para censurarlo”.
Pero desde el poder político se ha institucionalizado en ciertos casos tal desdoblamiento como hace, por caso, la Constitución bolivariana de la República de Venezuela en artículos como el siguiente:
«Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Procurador o Procuradora General de la República, Contralor o Contralora General de la República, Fiscal General de la República, Defensor o Defensora del Pueblo, Ministros o Ministras de los despachos relacionados con la seguridad de la Nación, finanzas, energía y minas, educación; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de los Estados y Municipios fronterizos y de aquellos contemplados en la Ley Orgánica de la Fuerza Armada Nacional.
Para ejercer los cargos de diputado o diputada a la Asamblea Nacional, Ministro o Ministra, Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de Estados y Municipios no fronterizos, los venezolanos y venezolanas por naturalización deben tener domicilio con residencia ininterrumpida en Venezuela no menor de quince años y cumplir los requisitos de aptitud previstos en la ley».
—“Political language is designed to make lies sound truthful and murder respectable, and to give an appearance of solidity to pure wind.” (George Orwell) ¿Está de acuerdo? Definitivamente, ¿no podemos confiar, pues, en la política?
—Orwell fue uno de los profetas de la que hoy denominamos posverdad, a la que, sin acuñar todavía el término, la describe no solo en su novela distópica 1984, sino también en sus ensayos y sus testimonios de combatiente en la guerra civil española.
En castellano, la post-truth inglesa ha encontrado sin mayor problema una traducción impecable: posverdad. En las bases de datos de la Real Academia Española, aparece con testimonios que se remontan a 2003, cuando Luis Verdú hablaba ya de “la era de la posverdad”. La palabra se incorporó a finales de 2017 como neologismo en la primera actualización de nuestro Diccionario de la lengua española. Para definir posverdad, que en español no es adjetivo sino sustantivo, se partió de la idea de toda información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público.
La post-truth se nutre básicamente de las llamadas fake-news, falsedades difundidas a propósito para desinformar a la ciudadanía con el designio de obtener réditos económicos o políticos. Eso es lo que con una precisión y economía lingüística admirables nuestra lengua denomina bulo: “Noticia falsa propalada con algún fin”, según reza el diccionario.
¿Resultará un tanto benévola aquella definición? Probablemente sí, si la comparamos con la que el escritor Julio Llamazares formuló al final de una de sus columnas en el diario El País (22 de abril de 2017): “La posverdad no es una forma de verdad, es la mentira de toda la vida”. Y la mentira forma parte de los recursos propios de la práctica política. Nicolás Maquiavelo es muy claro a este respecto en El Príncipe. Allí no tiene empacho en afirmar que un gobernante prudente no puede ni debe mantener la palabra dada cuando tal cumplimiento redunda en perjuicio propio y cuando han desaparecido ya los motivos que le obligaron a darla. No le faltarán, además, razones legítimas con las que disimular o justificar su inobservancia de lo prometido. El que manda debe ser un gran simulador y disimulador. Y concluye Maquiavelo con una máxima que sigue siendo de plena aplicación hoy en día: las personas somos tan crédulas y estamos tan condicionadas por las urgencias cotidianas que el que quiera engañar encontrará siempre quien se deje engañar. En la misma línea, según Hannah Arendt el “estar en guerra con la verdad” va implícito en la naturaleza de la política, definida ya en su día por Benjamin Disraeli como “el arte de gobernar a la humanidad mediante el engaño”.
Uno de los políticos de la transición española con mayor bagaje intelectual, el socialista Enrique Tierno Galván, actualiza estos planteamientos maquiavélicos en una página de sus memorias Cabos sueltos (1981). Mencionando el gran esfuerzo mental que le exigían las intervenciones en los mítines de su primera campaña electoral, reconoce sin embargo que en tales discursos o arengas “la responsabilidad es poca, que a las palabras se las lleva el viento y lo que dices y los periódicos recogen, se puede desmentir más tarde sin que haya nadie que se queje o, por lo menos, sin que la queja se contabilice en el debe moral o en el debe público de quien ha hecho la afirmación”.
Como escribió Hannah Arendt, el “estar en guerra con la verdad” va implícito en la naturaleza de la política.
En términos de la Pragmática lingüística, aquella disciplina que trata del funcionamiento del discurso en relación tanto al que lo pronuncia como al que lo recibe, y al contexto de ambos –disciplina que Tierno Galván conocía muy bien pues no en vano tradujo del alemán el Tractatus Logico-philosoficus de Ludwig Witgenstein–, la afirmación de Maquiavelo equivale a decir que los actos ilocutivos producidos en un mitin político son aserciones exentas del requisito de la verificación.
A este respecto, me parece interesante reparar en la personalidad del expresidente norteamericano Ronald Reagan, que ocupó la Casa Blanca entre 1981 y 1989. En 1999 se publicó, con cierto escándalo, una nueva biografía suya, titulada Ducht (el apodo juvenil de Reagan) y escrita por Edmund Morris. En su libro revela que la famosa “Iniciativa de Defensa Estratégica” del ex-presidente norteamericano, que los medios de comunicación enseguida denominaron “La Guerra de las Galaxias”, estuvo basada en Una Princesa de Marte, uno de los libros de ciencia ficción de Edgard Rice Burroughs a quien Reagan admiraba.
Nada de nuevo hay en esta revelación del biógrafo Morris, que no hace sino ratificar los asombrosos episodios contados por Lou Cannon en la obra President Reagan. The Role of a Lifetime, aparecida a principios de los noventa. A lo largo de sus campañas electorales de 1976 y 1980, Reagan, con la habilidad retórica que le caracterizaba, incluida una eficaz actuación (actio) de viejo actor de Hollywood, repitió varias veces en sus discursos un relato que hizo también el 12 de diciembre de 1983 ante la convención anual de la “Congressional Medal of Honor Society” celebrada en Nueva York.
Para enardecer el sentido patriótico de su auditorio, de antemano entregado, lo que constituyó uno de los ejes centrales de su política presidencial sumamente interesada en vencer lo que Noam Chomsky denominaba “el síndrome de Vietnam”, resultado de la derrota humillante en aquella guerra, Reagan narró un emocionante caso de heroísmo. Un bombardero B-17, en misión sobre Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, fue alcanzado por los antiaéreos, con el resultado de que el artillero de la torreta quedara herido sin que sus compañeros de tripulación pudieran retirarlo de su posición. Al cruzar el canal, el avión empezó a perder altura y el comandante ordenó saltar. El joven herido, viéndose condenado a estrellarse contra el mar, comenzó a llorar y entonces el comandante se sentó junto a él, lo cogió de la mano y le dijo: “Never mind, son, we’ll ride it down together” (“Tranquilo, hijo, nos hundiremos juntos”). Reagan, en su mitin, mencionó textualmente esta frase, y añadió que el héroe había recibido póstumamente la “Congressional Medal of Honor”.
Pero he aquí que un periodista del New York Daily News, Lars-Erik Nelson, se tomó la molestia de consultar los registros de la citada condecoración, que se concedió 434 veces durante la segunda guerra mundial, y no encontró nada referente al caso por Reagan tan ponderado. Y cuando comentó este sorprendente hecho en su columna periodística, uno de sus lectores le escribió que el episodio recordaba una escena de la película de 1944 Wings and a prayer, dirigida por Henry Hathaway y protagonizada por Dana Andrews. Allí el piloto de un avión de la Navy encargado de tirar torpedos en el Pacífico Sur decide heroicamente acompañar hasta el final a su operador de radio herido diciéndole: “We’ll take this ride together” (“Haremos este camino juntos”), frase que se había quedado prendida en la memoria del joven Reagan. Cuando Nelson llevó el asunto hasta el gabinete de la Casa Blanca se encontró con una bizarra respuesta del portavoz Larry Speakes: “If you tell the same story five times, it’s true”.
Si cuentas una misma historia cinco veces, pasa a ser verdadera; argumento semejante al de Goebbels o al que se le atribuye a Bertrand Russell cuando afirmaba que los lectores de periódico suelen confundir la verdad con el cuerpo de letra doce.
Al margen de cualquier valoración política, considero a Ronald Reagan una de las figuras semióticamente más interesante de la posmodernidad. Cuando su primer encuentro en la cumbre, que tuvo lugar en Ginebra en 1985, Reagan sorprendió al presidente Mijail Gorbachov proponiéndole un tratado de cooperación militar entre la Unión Soviética y los Estados Unidos para el supuesto de que nuestro planeta fuese objeto de una invasión por parte de los extraterrestres. Posteriormente se comprobó que esta moción no estaba en el memorándum que el gobierno norteamericano le había preparado a su Presidente, sino que se debió a la iniciativa personal del propio Reagan. La respuesta de Gorbachov fue, asimismo, digna de un gran mandatario: declinó comprometerse, aduciendo que no tenía clara la posición de la teoría marxista-leninista acerca de la legitimidad de cooperar con los imperialistas contra una invasión interplanetaria. Reagan entendió, sin embargo, que esto era una disculpa de mal pagador, y así, al regresar a su país, contó la historia a los estudiantes de una “high school” de Maryland añadiendo que, en su valoración, con todo ello se había marcado un punto frente a Gorbachov y la Unión Soviética.
—¿No ha dejado la crisis del coronavirus más en evidencia el uso político del lenguaje, al haberse tenido que improvisar toda una semántica manejable desde el poder para referirse a la enfermedad?
—Soy de los que piensa que esta pandemia, que sabemos cuándo empezó pero no cuándo terminará, y que creíamos en un principio confinada en China, pero ahora está ya en doscientos países de modo que es la primera peste global de la Historia de la Humanidad, va a cambiar muchas cosas. Casi me atrevería a decir que lo va a cambiar todo, en el sentido de que después de ella nada será exactamente igual a como era antes.
Y es ahí en donde reside, en mi opinión, lo más importante de cara al lenguaje. Me gustaría pensar que la enfermedad denominada por la OMS covid 19 puede contribuir a neutralizar un fenómeno terrible que cada vez parecía estar ganando más espacio, extenderse rápidamente por contagio (como el virus): la pérdida de significado de las palabras. La palabrería hueca sin referencia clara a la realidad, y sobre todo ausente de ese principio básico de toda comunicación verbal que es la veracidad: la correspondencia entre la palabra y la cosa. Recuperar ese significado trae consigo lo que mi admirado compañero de la RAE Antonio Muñoz Molina calificaba en un reciente artículo “el regreso del conocimiento”. Porque “la realidad nos ha forzado a situarnos en el terreno hasta ahora muy descuidado de los hechos: los hechos que se pueden comprobar y confirmar para no confundirlos con delirios o mentiras”.
“Las palabras van a tener que recuperar en su uso el significado pleno; que ya no se puedan hacer malabarismos falaces con ellas“.
La posverdad, que como ya he dicho es una forma de mentira, estaba instalada en el lenguaje de los políticos, que ya no se cortaban un pelo en decir una cosa pensando la contraria, o decir una cosa hoy y otra opuesta mañana. En 1984 George Orwell define esto como doublethink, doble pensar: “Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica”. Según el blog de verificación de datos de The Washington Post, en 466 días del despacho oval el flamante presidente norteamericano profirió 3.000 mentiras, todo un récord: una media de 6,5 afirmaciones diarias que no eran ciertas. En cuanto a Europa o España, el gobernante que esté libre de pecado que tire la primera piedra.
Este apocalipsis de la veracidad verbal puede acabar; debe acabar; ojalá que se lo lleve la covid 19. Las palabras van a tener que recuperar en su uso el significado pleno; que ya no se pueda hacer malabarismos falaces con ellas.
Y también puede que se frene la tendencia al eufemismo y la mentira piadosa -o lo que es peor- intencionada, a esa censura del lenguaje que se llama corrección política. Robert Hughes contaba cómo en 1988 el New England Journal of Medicine exigía a sus colaboradores, cirujanos o forenses, no escribir nunca la palabra “cadáver”, sino sustituirla por la forma compleja “persona no viva”. Con humor concluía Hughes: “Por extensión, un cadáver gordo es una persona no viva de diferente tamaño”.
Cadáver puede que les resulte a algunos un vocablo sospechoso, porque al ser de género masculino debería ser censurado por machista. El día primero en que el presidente Pedro Sánchez salió en TV anunciando y explicando el estado de alarma dijo que el gobierno iba a hacer lo posible y lo imposible para proteger a todos los ciudadanos. Y ninguna mujer española entendió que esa protección no iba con ella, porque en nuestra lengua el masculino es género inclusivo, no marcado, en este tipo de enunciados.
Ojalá no quepan ya más juegos censoriales contra las palabras “fuertes”, porque una realidad dramática, implacable, inmisericorde, reclamará ser denominada por su propio nombre.
—¿Hay diferencias entre lo “políticamente correcto” y la “buena educación”? ¿Cuáles ve usted?
—Esta consideración, tan actual, remite inexcusablemente a esas dos dimensiones del lenguaje que son el habla (lo individual) y la lengua (el código o contrato social). Las inevitables tensiones entre esas dos esferas estaban ya previstas en la tercera obra de Aristóteles, junto a la Poética y la Retórica, que trata de eso mismo: el gran teatro del lenguaje. Leemos así, en el libro primero de la Política, “la razón de que el hombre sea un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier otro animal gregario, es clara. La naturaleza, pues, como decimos, no hace nada en vano. Solo el hombre, entre los animales, posee la palabra. La voz es una indicación del dolor y del placer; por eso la tienen también los otros animales. (Ya que por su naturaleza han alcanzado hasta tener sensación del dolor y del placer e indicarse estas sensaciones unos a otros). En cambio, la palabra existe para manifestar lo conveniente y lo dañino, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio de los humanos frente a los demás animales: poseer, de modo exclusivo, el sentido de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, y las demás apreciaciones. La participación comunitaria en éstas funda la casa familiar y la ciudad”. Y apuntaré que otros traductores de la Πολιτικα cierran este párrafo con la referencia a la familia y el Estado, en vez de la casa y la ciudad.
Respondiendo directamente a la pregunta, la corrección política es –como ya he afirmado– una forma de censura sobre la lengua, que nadie tiene derecho a ejercer, pues su libertad viene directamente de la voluntad de los hablantes –de hoy, y de ayer a lo largo de los siglos–, voluntad, como afirmaba el Estagirita, para manifestar lo conveniente y lo dañino, así como lo justo y lo injusto.
Por el contrario, la buena educación, que también se manifiesta mediante un determinado uso de la lengua –existe una “buena educación lingüística” como también hay un “sentido común lingüístico” que todos los hablantes tenemos por dotación natural–, pertenece al ámbito individual del habla. También lo dice el filósofo griego: Esto es lo propio de los humanos frente a los demás animales: poseer, de modo exclusivo, el sentido de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. Todas las lenguas nos proporcionan generosos elementos expresivos para ser arbitrarios, insolentes, groseros, machistas, racistas, canallas… Pero nadie nos obliga a hacer uso de ellos, todo lo contrario; igual que cuidamos nuestra facha corporal e indumentaria, sabemos que tal y como hablemos ofreceremos una determinada imagen de nosotros mismos.
—¿Encuentra usted algo falso y dañino en el “multiculturalismo”, o sus críticos exageran?
—Una cosa es el reconocimiento y el respeto a todas las culturas y a sus distintas expresiones en cuanto fruto de las facultades más nobles que son privativas de nuestra especie humana, y otra muy distinta la mutación de aquella actitud justa y positiva en una ideología que nos conduce a la politización y al deterioro profundo de los estudios humanísticos, como desafortunadamente ha ocurrido de nuevo en el ámbito universitario norteamericano, y desde allí se ha propagado ecuménicamente como un virus.
Por eso, de un tiempo a esta parte corren vientos apocalípticos entre los zahoríes más lúcidos que se interesan por las Humanidades en general. Semejante percepción terminal cobra especial virulencia donde la Deconstrucción acabó deteriorando considerablemente el estatuto académico de la Literatura, después de propalar la idea de que la creación literaria, lejos de ser una escritura “eminente” (Gadamer), llena de “presencias reales” (Steiner), de sentidos con incumbencia operativa (Frye) para nuestra sociedad y civilización, se encontraba fragmentada en puros ecos descoyuntados.
Junto a Edward Said, Harold Bloom o George Steiner participan de este pesimismo, como también el propio Northrop Frye, que perteneció por largos años a la comisión supervisora de la radio y la televisión canadienses. En este foro expresó reiteradamente una misma preocupación: si el enorme poder de los medios electrónicos podría acabar tergiversando los procesos educativos al proporcionar un torrente de informaciones y experiencias con remotas posibilidades, sin embargo, de facilitar un conocimiento genuino de aquello que a todos incumbe. Es decir, los mitos propios de la condición humana, que nos hablan de nuestras preocupaciones tanto primarias –los intereses primordiales que van del alimento y el sexo hasta la libertad– como secundarias o ideológicas.
Cierto es que la Deconstrucción viene a sugerir, por el contrario, que la Literatura puede carecer de sentido, que es como una especie de algarabía de ecos en la que no hay voces genuinas, hasta el extremo de que el sentido se desdibuje o difumine por completo.
Alguna vez me han preguntado si hay algo que me guste de la Deconstrucción. Y suelo responder que la brillantez de sus fuegos de artificio en los momentos mejores de la fiesta, y el remoto fundamento del pensamiento de Derrida en la Fenomenología de Edmund Husserl, sobre el que el francés escribió su tesis doctoral. Veo, así, a Jacques Derrida como el presidente de la comisión de fiestas de un pueblo que contrata un año un castillo de fuegos artificiales muy brillante y espectacular. Y efímero. Cuando concluye la quema, como reza el famoso verso de Cervantes, Fuese, y no hubo nada.
“La corrección política es una forma de censura sobre la lengua, que nadie tiene derecho a ejercer, pues su libertad viene directamente de la voluntad de los hablantes”
Puedo reforzar mis posiciones al respeto con la autoridad de algunos de los mejores humanistas contemporáneos. Así Claudio Guillén, poco antes de su muerte, escribiendo en 2005 sobre “La Literatura comparada y la crisis de las humanidades”, destacaba precisamente su politización en términos hasta hacía poco desconocidos. Se fijaba, por caso, en la hegemonía que habían ido adquiriendo los “Cultural Studies” en detrimento de los estudios literarios. Les achacaba un vicio de raíz: borrar la distinción entre lo popular y lo culto, o entre las manifestaciones eminentes de la creatividad humana y otras expresiones menos granadas en una escala de valor estético decantada después de milenios de cultura.
Consideraba, sin embargo, mucho más rica y fértil la orientación de los Estudios postcoloniales, en relación a la cual destaca con encendidos argumentos precisamente el papel de Edward W. Said, teórico y comparatista nacido en Jerusalén, educado en Líbano y El Cairo, y universitariamente formado en los Estados Unidos. Según Guillén, sus aportes están regidos por una suerte de “contrapuntal thinking” que hace justicia a las literaturas periféricas o preteridas al mismo tiempo que se considera concernido por una concepción universalista de todas las literaturas del mundo. De la misma idea era Claudio Guillén cuando afirmaba que “la mentalidad imperial no solo es política; es cultural, y moralmente coincide con la soberbia. Vivimos en mundos plurales y el gran enemigo es la simplificación. Ninguna visión tiene total hegemonía sobre el terreno que contempla. Ninguna cultura es monolítica. Ninguno de nosotros es sólo una cosa”.
Por otra parte, en su último libro Said tampoco tuvo empacho en admitir, con la credibilidad que le daba su posición privilegiada de scholar reconocido, que el poscolonialismo, los estudios culturales y otras disciplinas similares acabaron por desviar las Humanidades de su propósito más genuino, la investigación crítica de los valores, la Historia y la libertad, para enzarzarse en disquisiciones seudoideológicas casi siempre basadas en los supuestos problemas de la identidad. Por otra parte, se mostraba convencido de que todas las variedades de las lecturas derridadeanas conducían a la melancolía. Y proponía algo, casi como su testamento intelectual pues la muerte le llegaría prematuramente, con lo que me identifico totalmente: el regreso al modelo interpretativo de raigambre filológica. Para el logro de tal objetivo sigue siendo fundamental la lectura, cuyo ejercicio se puede enseñar y aprender. Lectura, por supuesto, “para buscar sentido” –“reading for meaning”–; lectura de textos no sólo próximos, lingüística y filosóficamente, sino también los aparentemente más alejados, para lo que resulta imprescindible la traducción como práctica cultural.
Muy al contrario, los Estudios Culturales se beneficiaron de la tierra quemada que dejó la Deconstrucción. Ni más ni menos que Joseph Hillis Miller, cuando en 1999 llega a anunciar, literalmente, que “el tiempo de los estudios literarios se ha acabado”, fundamenta su apocalíptica afirmación en el hecho de que la Literatura es una categoría que le parece haber perdido progresivamente su especificidad en el campo indiferenciado del “discurso” cultural, de la “textualidad”, de la “información” o de otras tipologías. Y su dictamen, no por más cruel resulta menos ajustado a la realidad de las cosas, cuando argumenta que la literatura está privada del poder que tendría si se diera por sentado que es una parte íntima de una única cultura homogénea dentro de la que los ciudadanos de una nación dada viven.
Este destacado crítico de Yale, no oculta la responsabilidad que determinadas escuelas críticas tuvieron en esta debacle, en consonancia también con el diagnóstico, atinado pero un tanto hiperbólico, que George Steiner hace de nuestra cultura académica en la que se registra el predominio escandalizante “of the secondary and the parasitic”. La sombra de los Estudios Culturales resulta, en este orden, deletérea. Claudio Guillén protestaba, así, contra la hegemonía que han ido adquiriendo, en detrimento de los estudios literarios tal y como se concebían tradicionalmente en la Academia, los “Cultural Studies” y los “Post-colonial Studies”. Porque, en sus propias palabras, “el valor social y político de una publicación feminista es en mi opinión indiscutible; pero su calidad crítico-literaria no lo es”.
También nos ha dejado hace poco otro eminente humanista judío, el asimismo catedrático de Yale Harold Bloom que se hizo famoso por su decidida defensa del canon occidental de las obras literarias clásicas frente al propósito de erradicarlo de los campus universitarios alentado por lo que él llamaba la “escuela del resentimiento”, en la que encuadraba entre otras a las huestes del multiculturalismo radical.
Una obra determinada alcanza la condición de clásica mediante un complejo proceso que no resulta fácil objetivar. Se trata, en definitiva, de la adhesión de los lectores a ella de forma constante, sin fronteras espaciales ni temporales. Igualmente, para ser clásico hay que superar las barreras lingüísticas, históricas y culturales: seguir hablándoles de temas que les conciernen a hombres y mujeres nacidos en lejanos países varios siglos después de que el escritor escribiera su obra. Pero también tiene mucho que ver, en el reconocimiento de un clásico, la actitud hacia la obra así considerada por parte de los otros escritores, de los grandes académicos, de los más reconocidos eruditos, de los críticos en verdad influyentes. En los clásicos está lo mejor de la creatividad humana de todos los tiempos expresada a través de la palabra.
La demagógica postura de los que hablan de elitismo y prepotencia eurocéntrica parece admitir tan solo la excelencia en el terreno deportivo. Ahí sí que se reconoce que un partido de fútbol de la liga de campeones es mejor que otro de tercera regional. Y se valora más una partida de tenis entre dos jugadores que están entre los diez primeros del ránquin de la ATP que entre dos tenistas de club. Si en los países desarrollados, con un sistema de enseñanza obligatoria y universal, se procura dar de comer a los alumnos con alimentos de la máxima calidad, no entiendo por qué se les ha de privar de que conozcan a las grandes figuras de la literatura universal. Por supuesto que todos estos fenómenos encajan perfectamente en el ciclo históricocultural de la llamada posmodernidad. Y obedecen a sus designios. Que incluyen la exacerbación del relativismo y la quiebra de los “grandes relatos legitimadores”. Que favorecen el “pensiero debole” y caracterizan la llamada “sociedad líquida”.
El posmodernismo lleva, inevitablemente, a la quiebra de la racionalidad, y al endiosamiento de la “inteligencia emocional”. Así por ejemplo, Rosi Braidotti, manifiesta su “alegría al acoger la noción histórica de la decadencia del humanismo, con su núcleo eurocéntrico y sus tendencias imperialistas”, y su plena entrega a un “activismo antihumanista” que encuentra su mejor expresión en “feminismo, anticolonialismo y antirracismo, movimientos pacifistas y antinucleares”. Para la catedrática de Utrecht, la “muerte del hombre” anunciada por Foucault exige el “rechazo de la definición de identidad clásica humanista, la racionalidad y lo universal”. Es el fin del “sujeto unitario del humanismo”, que deberá ser sustituido por “un sujeto caracterizado principalmente por la encarnación, la sexualidad, la afectividad, la empatía y el deseo”.
—“Cualquier acto de habla lleva implícito un contrato de veracidad”, ha escrito usted. Pero parece que ese principio no se cumple en general ni en la política, ni en la economía, ni en los medios de comunicación; muchas veces ni en las relaciones laborales y personales. ¿Está usted de acuerdo? ¿Qué haría para revertir esa situación?
—Estoy de acuerdo en que desafortunadamente padecemos también una quiebra de la veredicción –proceso estudiado por Timothy R. Levine en su libro que acaba de salir titulado Duped. Trutht-Default Theory and the Social Science of Lying and Deception–, y ya me he manifestado a este respecto en contestaciones anteriores. ¿Reversión de este proceso de quiebra? A través de la ética individual. No me cabe duda también de que la educación debe jugar un papel fundamental en ello. Y, asimismo, la deontología de los profesionales de la comunicación, de la política y de la empresa.
—Una forma de dominio es tergiversar lo que las palabras de verdad significan. Para los nazis, “fe” era sobre todo “fe en el Führer”, “valentía” era “valentía para las atrocidades nazis”, “héroe” era el “fanático” nazi, no quien se ejercitaba en las virtudes clásicas, etc., etc. ¿Cuáles son las tergiversaciones que a usted más le molestan ahora, en nuestra sociedad contemporánea, en España si prefiere?
—Sufro como una tragedia todo el discurso que acompaña el llamado “procès”, desde el “España nos roba” hasta en coronavirus… español. Y El Quijote que fue escrito por Cervantes en catalán y traducido a la fuerza al castellano.
—“El lenguaje del vencedor… no se habla impunemente. Ese lenguaje se respira, y se vive según él”. Si se habla el lenguaje de los enemigos mortales, la consecuencia es la entrega y la traición a las raíces propias, escribe Victor Klemperer en LTI. La lengua del Tercer Reich. ¿Está usted de acuerdo? ¿Ve paralelismos con la situación actual?
—Ya he mencionado la obra fundamental de este filólogo judío alemán, profesor de la disciplina a la que me dedico, la Literatura comparada. ¿Paralelismos? Sin duda los hay. Pero debemos ser prudentes. Aquello que Klemperer padeció –me refiero al Reich que iba a pervivir durante mil años y en realidad duró tres legislaturas de cuatro– reunió unas características tan insólitas, malignas y terribles que no debemos tomar nunca en vano su recuerdo y mención.
Curiosamente, otra dictadura igualmente terrorífica, como fue el estalinismo, nos aporta en el terreno de la política lingüística un ejemplo contradictorio.
En lo que se refiere a la vinculación entre ideología y lengua, tan vivo hoy sobre todo con el feminismo, registramos un interesante debate en la URSS, resuelto en última instancia por el líder Iósif Stalin, que poco antes de su muerte publicó en Pravda, en 1950, una serie de artículos luego reunidos bajo el título de El marxismo y los problemas de la lingüística.
En ellos refuta implacablemente las tesis del lingüista Nikolái Marr, fallecido años atrás (en 1934), quien consideraba la lengua una superestructura íntimamente ligada con los intereses de clase de la burguesía, de modo que, con el triunfo del proletariado y el establecimiento de una base o infraestructura materialista completamente opuesta, la lengua zarista debería ser sustituida por otro idioma ruso, ahora revolucionario.
A ello contrapuso Stalin el argumento de que el marxismo considera que el paso de la lengua de una vieja cualidad a una cualidad nueva no se produce por explosión ni por destrucción de la lengua existente y creación de una nueva, sino por acumulación gradual de los elementos de la nueva cualidad y, por tanto, por extinción gradual de los elementos de la vieja cualidad.
Para el dictador soviético, la estructura gramatical y el caudal básico del vocabulario constituyen la base de la lengua y la esencia de su carácter específico. Y pone el ejemplo de la revolución burguesa de la Francia de entre 1789 y 1794, periodo en el que la gramática y el vocabulario básico del francés se mantuvieron sin cambios esenciales.
Porque de acuerdo con el marxismo soviético, la lengua no es obra de una clase cualquiera, sino de toda la sociedad, de todas las clases sociales, del esfuerzo de centenares de generaciones. La lengua no ha sido creada para satisfacer las necesidades de una clase cualquiera, sino de toda la sociedad, de todas las clases sociales. A ello, precisamente –concluye la argumentación de Stalin–, se debe el que la lengua pueda servir por igual al régimen viejo y moribundo y al régimen nuevo y en ascenso, a la vieja base y a la nueva, a los explotadores y a los explotados.
“Casi me atrevería a decir que esta pandemia, la primera global de la historia de la humanidad, lo va a cambiar todo, en el sentido de que después de ella nada será exactamente igual a como era antes.”
Mejor que buscar concomitancias, confluencias y paralelismos de nuestra situación actual a estos efectos y épocas anteriores de la Historia contemporánea, prefiero recurrir, como lo he hecho ya, a la literatura distópica.
No se discute que el fundamento del género se encuentra en tres obras publicadas entre los años veinte y los cuarenta del pasado siglo. La primera de las cuales, мы (We en su traducción inglesa; Nosotros en la española), de Evgueni Zamiatin, fue prohibida por la censura rusa y hubo de aparecer en una traducción inglesa mutilada y no autorizada por el autor en 1924, y tres años después en una versión checa editada en Praga. En su lengua original no circularía hasta 1988, cuando ya era ampliamente reconocida –no sin alguna que otra polémica– su influencia patente en la ya citada por mí en respuestas anteriores Nineteen Eighty-Four, publicada en 1949, poco antes de su muerte, por George Orwell.
Nosotros y 1984 coinciden en presentar una sociedad distópica brutalmente impositiva mediante una dictadura inspirada sobre todo en la establecida por la Unión Soviética bajo la férula de Stalin, aunque también con algunos atisbos del fascismo. Y ello, pese a que sus respectivos autores habían combatido a favor de la revolución tanto en la Rusia zarista (Zamiatin) como en la España de la guerra civil (Orwell).
Entre ambas novelas distópicas, Aldous Huxley había alcanzado un gran éxito con su Brave New World, de 1932, cuyo título, procedente de Shakespeare (“O brave new world, / That has such people in’t”, The Tempest, acto V), sugiere, al contrario que en Zamiatin y luego en Orwell, una tiranía aparentemente amable, en la que la alienación del ser humano es total, pero menos cruenta gracias a la manipulación genética, tecnológica y propagandística de la ciudadanía.
Resulta sumamente interesante, a los efectos de valorar en qué medida estos tres textos distópicos se relacionan entre sí y hasta qué punto adelantaron en su momento lo que hoy por hoy, setenta años después de la publicación de 1984, forma parte de nuestra realidad, recurrir a otros dos importantes escritos de Aldous Huxley. Me refiero al prólogo que puso a la edición de su novela aparecida en 1946 y, sobre todo, a su nuevo libro Brave New World Revisited, aparecido ya después del de Orwell, en 1958. Allí, no sin un punto de jactancia, Huxley lanza una afirmación creo que irrebatible a la altura de 2019, cuando afirma que en el futuro, que es nuestro presente, los “métodos punitivos” de 1984 serían reemplazados eficazmente por las sutiles manipulaciones apuntadas en su novela.
Esos “métodos punitivos” de la sociedad distópica descrita por George Orwell son básicamente los mismos que Zamiatin había adelantado ya un cuarto de siglo antes, y por lo tanto la concomitancia entre Nosotros y 1984 resulta palmaria. Aldous Huxley leyó atentamente la segunda de ellas, que está muy presente en su secuela de 1959 Brave New World Revisited. Pero existen al menos tres indudables inspiraciones de Zamiatin presentes también en Un mundo feliz.
En Nosotros la religión de los “antiguos”, los seres humanos que vivían en “la época antediluviana de los Shakespeare, Dostoievski o como quiera que les llamaran” “rendían culto a un Dios absurdo y desconocido”, mientras que, como escribe en primera persona el protagonista, identificado como D-503, “nosotros servimos a una divinidad racional (…) brindamos a nuestro Dios, el Estado Único”. Esta conceptualización religiosa confiere el papel de Mesías “al más genial de los antiguos (…) ese profeta que supo vislumbrar el futuro con diez siglos de adelanto”, que no es otro que Frederick Winslow Taylor, el ingeniero y economista norteamericano muerto en 1915 y fundador del movimiento de organización científica del trabajo. Su objetivo era crear un tipo nuevo de obrero, cabalmente plasmado en la tenebrosa factoría subterránea de la más destacada distopía cinematográfíca, Metrópolis de Fritz Lang, estrenada en 1926 y por lo tanto estrictamente coetánea de Nosotros.
Este título de Zamiatin apunta, en contra del propuesto por el escritor francés Jules Romains, hacia un unanimismo negativo y alienador de la individualidad humana que el taylorismo propició: “Observé: al ritmo que marcaba Taylor, con velocidad uniforme, los hombres de abajo se doblaban, enderezaban y giraban como bielas de una enorme máquina (…) Aquello era un único ser: máquinas humanizadas, convertidas en gente”. Esta visión tenebrosa de cómo la sociedad capitalista estaba evolucionando se generalizará en la literatura europea de esos mismos años, en la que destaca a este respecto la novela de la escritora peruana Rosa Arciniega Mosko-strom, El torbellino de las grandes metrópolis, publicada en Madrid en 1933: “Nada era individual. Ningún esfuerzo, por desarticulado, por desconectado, al parecer, de la gran máquina, era perdido. Todos colectivamente, iban apoyándose en un émbolo, en un pistón que, presionando así, cedía, vencido, imprimiendo un movimiento rotatorio a la ingente máquina del Progreso”.
El Taylorismo de Zamiatin encuentra su réplica en la “era fordiana” de Aldous Huxley. El calendario del Estado mundial de Brave New World tiene su inicio en 1908, cuando se fabricó el primer Ford modelo T, letra convertida en símbolo religioso que sustituye a la cruz cristiana. Y en las misas de la nueva religión, en las que se comulga con tabletas de una droga denominada soma, se canta un himno de solidaridad cuyos primeros versos dicen: Éramos doce, haznos uno, como gotas en el Río de la Sociedad (“Ford, we are twelve; oh, make us one, / Like drops within the Social River”).
También relaciona a Huxley con Zamiatin el recurso a la alteración genética, biológica y anatómica de los seres humanos practicada en la sociedad distópica que ambos nos presentan. En Nosotros se recurre a la cirugía para extirpar la imaginación y la fantasía de los ciudadanos y Brave New World comienza con la visita de un grupo de estudiantes a un centro “de incubación y condicionamiento” en el que se aplica el método Bokanovsky, una sofisticada manipulación ovípara a partir de la extirpación de los ovarios a las donantes que recibían en contrapartida una prima equivalente al salario de seis meses. En vez de obtener de cada óvulo un embrión y un individuo, el método consistía en subdividirlo hasta lograr un máximo de noventa y seis seres humanos. El Director del Central London Hatchery and Conditioning Centre resume con toda claridad el extraordinario avance que esto representaba, como “uno de los mayores instrumentos de estabilidad social”. A tal condicionamiento genético, conducente al logro de la uniformidad humana, se añade el complemento de técnicas sofisticadas de hipnopedia que, desde niños, se aplican a los ciudadanos para imbuirlos de las “suggestions from the State”, o la reiteración de determinados tratamientos a los bebés en las salas de condicionamiento neopauloviano de las guarderías infantiles.
Finalmente, el novelista ruso y su colega inglés coinciden asimismo en la presencia protectora en sus respectivas sociedades distópicas de un elemento arquitectónico que se convierte a la vez en un emblema cargado de simbolismo, y que es de inquietante actualidad en 2020. En Nosotros, el protagonista está convencido de que “los muros son la base de toda obra humana” y por ello el Muro Verde erigido por el Estado Único “es, quizá, la más importante de nuestras invenciones. El hombre dejó de ser un animal salvaje cuando construyó el Muro, cuando gracias a él pudimos aislar nuestro perfecto mundo mecánico del irracional y grotesco mundo de los árboles, los pájaros y las bestias”.
Bestias que pueden ser, también, humanas: son el Otro, el desplazado, el migrante, los “espaldas mojadas” (wetbacks). Son los salvajes que en Brave New World pueblan la reserva del conocido como “the valley of Malpais”. Es de destacar el nombre de la reserva, que consta de varios pueblos, así mencionados también en español. El muro está representado, en este caso, por ”la frontera que separó la civilización de la barbarie”. Tras ella, confinados, perviven “hábitos y costumbres repulsivas” como el matrimonio, las familias, la ausencia de condicionamientos, o “monstruosas supersticiones” como el Cristianismo o el Totemismo. Pero también “lenguas extinguidas” “such as Zuñi and Spanish”.
Nos resulta ciertamente difícil asimilar o encajar, por caso, las sorpresas e inquietudes que desde su toma de posesión como presidente de la hasta ahora más poderosa y avanzada nación del mundo está provocando ecuménicamente Donald Trump, quien había prometido ya como candidato construir un muro a lo largo de toda la frontera entre los más grandes países de América del Norte, adelantando además que su coste debería ser asumido por los Estados Unidos de México. Pero Donald Trump es un presidente elegido democráticamente en virtud de un sistema que lo encumbró a tan alta magistratura pese a que su oponente en las elecciones, la candidata Hillary Clinton, obtuviese varios millones más de votos populares.
No encontramos en Zamiatin ningún atisbo de posverdad. Otra cosa sucede en el caso de las obras de Aldous Huxley, tanto en su novela de 1932 como en la revisión de los términos de la misma que él mismo publicó en 1959. Para el novelista inglés, frente a la ortodoxia oficial del Estado, “la verdad es una amenaza, la ciencia un peligro público”, razón por la cual “el propio Ford hizo mucho por desplazar el énfasis puesto en la verdad y la belleza a la comodidad y la felicidad. La producción en masa exigía ese cambio fundamental de ideas. La felicidad universal mantiene en marcha constante las ruedas, los engranajes; y no la verdad y la belleza”.
En relación a menciones anteriores que, al hilo de la posverdad, he venido haciendo al pensamiento cínico de Maquiavelo añado mi convencimiento de la incidencia que el sustrato académico y universitario de la deconstrucción ha tenido en la irrupción posmoderna de la posverdad. Se trata en mi opinión de un síntoma más de la llamada “sociedad líquida”, que dejó, desde las cátedras yanquis, el terreno abonado para el triunfo de la post-truth, con la inestimable ayuda de la llamada “inteligencia emocional” estudiada y promovida por Daniel Goleman, que exacerbada y banalizada puede conducir a la quiebra de la racionalidad. De hecho, Derrida y sus muchachos dedicaban todos sus esfuerzos a proponer que la Literatura y, en general, el lenguaje carecían de sentido, que eran como una suerte de algarabía de ecos en la que no sonaban voces genuinas, hasta el extremo de que el significado se desdibujase o difuminase por completo. De todo ello, encuentro varios atisbos especialmente significativos en el Huxley de 1932 y 1959.
El Estado totalitario en forma de verdadero Ogro filantrópico que nos presenta Un mundo feliz logra inocular en sus súbditos “un odio ‘instintivo’ hacia los libros y las flores. Reflejos condicionados definitivamente. Estarán a salvo de los libros y de la botánica para toda su vida”. Y de tal modo, en cuanto a un “tipo llamado Shakespeare” –al que tan desconsideradamente se alude en el capítulo III de la novela–, su obra literaria merece, páginas adelante, la valoración de consistir en “un incivilizado sinsentido”: “it seemed to be full of nonsense, Uncivilized”. Igualmente, cuando se cita una frase shakesperiana, el personaje de Linda reacciona muy airadamente: “–¡Por el amor de Ford, John, no digas cosas raras! No entiendo una palabra de lo que me estás diciendo”. Aquí puede estar la inspiración primera para lo que en otra distopía deudora de Huxley como es Farenheit 451, publicada por Ray Bradbury en 1953, el jefe de los bomberos pirómanos de toda literatura le explica a su subalterno, el protagonista Montag: que los libros no dicen nada. Nada que pueda enseñarse o creerse. Bizarra afirmación que podrían suscribir sin empacho Jacques Derrida y sus conmilitones deconstructivistas. Insisto: inmediatos promotores de la posverdad.
Igualmente, en Brave New World Revisited se expresa un argumento demoledor. Se reconoce que en muchas esferas de la actividad humana, hemos aprendido a atenernos a la razón y a la verdad, pero no especialmente en lo que toca a la política, la religión y la ética. Pero, por desgracia, otro tanto sucede con la tendencia a la sinrazón y la falsedad, “especialmente en esos casos en que la falsedad evoca alguna emoción grata o el recurso a la sinrazón hace vibrar alguna cuerda en las primitivas y subhumanas profundidades de nuestro ser”. Preguntémonos hasta qué punto esta premonición huxleiana apunta a la entraña de la posverdad actual, definida también en castellano como la distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales.
—En la Biblia, el poder de la palabra es tal que se convierte en “palabra creadora, hacedora”. ¿Es también “creadora” la palabra en otros ámbitos? ¿En qué sentido?
—En la realización verbal del lenguaje es inevitable que actúe la función representativa de la realidad que Karl Bühler consideraba como una de las tres fundamentales, junto a la emotiva −o expresiva− por la que manifestamos nuestros sentimientos, y la llamada función conativa −impresiva o apelativa− de la que nos servimos para incidir sobre la conciencia y la conducta de los demás. Nuestro yo individual y social se expresa, respectivamente, mediante estas dos últimas funciones; la primera –la representativa–, nos sirve por el contrario para relacionarnos con la realidad. «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo», escribió Ludwig Wittgenstein en su Tractatus Logico-Philosophicus, y si bien luego se retractó de este esencialismo lingüístico por el que se hace del lenguaje una especie de mapa a escala del mundo entero, en su obra de 1921 no dejaba de apuntar hacia una de las potencialidades que desde se siempre se le ha atribuido a la facultad humana del lenguaje.
Efectivamente, antes incluso de la primera de las revoluciones tecnológicas que han afectado a la palabra −la que permitió a través de la escritura fonética su fijación en signos estables y de fácil combinación y descifrado−, el ejercicio de esta ha ido acompañado del poder demiúrgico no solo de reproducir la realidad, sino también de crearla.
No es casual, pues, que en el libro del Génesis la creación del mundo se justifique en términos acordes con el Tractatus de Wittgenstein. Yaveh la realiza allí mediante una operación puramente lingüística, cuando «Dijo Dios: «Haya luz»; y hubo luz. Y vio Dios ser buena la luz, y la separó de las tinieblas; y a la luz llamó día, y a las tinieblas noche, y hubo tarde y mañana, día primero». Del mismo modo es creado el firmamento, las aguas, la tierra, y así sucesivamente.
Mas, en términos muy similares al Génesis judeo-cristiano, la llamada «Biblia» de la civilización maya-quiché, el Popol-Vuh o Libro del Consejo, narra la Creación de este modo: «Entonces vino la Palabra; vino aquí de los Dominadores, de los Poderosos del Cielo (…) Entonces celebraron consejo sobre el alba de la vida, cómo se haría la germinación, cómo se haría el alba, quién sostendría, nutriría. «Que esto sea. Fecundaos. Que esta agua parta, se vacíe. Que la tierra nazca, se afirme», dijeron (…) así hablaron, por lo cual nació la tierra. Tal fue en verdad el nacimiento de la tierra existente, «Tierra», dijeron, y enseguida nació».
No muy diferente resulta el comienzo del Enuma elish, el Poema babilónico de la Creación, que data de la Mesopotamia de hacia los años 1200 antes de Cristo: «Cuando en lo alto el cielo no había sido nombrado, no había sido llamada con un nombre abajo la tierra firme…».
—En la Biblia, también, la palabra es una “espada de doble filo”, que discierne lo verdadero de lo falso, lo puro de lo impuro, lo hipócrita y farisaico de lo auténtico y noble. ¿Hay algún equivalente a esa metáfora en otro ámbito extrabíblico?
—Enlazando esta respuesta con la anterior, está circulando últimamente de manera proliferante una secuela indeseable del mito bíblico que nos presenta la Creación como un acto puramente verbal y sedujo al primer Wittgenstein (no hay nadie más obsesionado con la Biblia de Yaveh que un judío agnóstico. Lo comprobamos también en el caso de George Steiner).
Consiste en el mantra de que lo que no se nombra, no existe. Que la lengua crea las realidades, cuando todas sabemos que es exactamente al revés. De otro modo, ¡qué fácil sería arreglar el mundo! Escribía el filósofo José Ortega y Gasset en su libro El hombre y la gente: “Son curiosos estos obesísimos libros que llamamos diccionarios, vocabularios, léxicos: en ellos están todas las palabras de una lengua y, sin embargo, el autor de ellos es el único hombre que cuando las escribe no las dice. Cuando, escrupuloso, anota los vocablos estúpido o mamarracho, no los dice de nadie ni a nadie”. Pues bien, suprimamos en ellos el lema guerra, y los ejércitos serán ya inútiles; erradiquemos las enfermedades suprimiendo sus nombres; incluso, por este expediente, podríamos llegar a la inmortalidad, borrando de la faz de los diccionarios muerte.
—“Hay niños con más derechos que otros, niñas con más derechas que otras”, se ha oído estos días en la radio. ¿No se enseña bien la gramática española? ¿Se puede hacer algo para aclarar que un asunto es el sexo y otra el género gramatical y la sintaxis? ¿Es una batalla perdida?
—Ya he respondido a esta pregunta en respuestas anteriores. El documento de la RAE publicado en 2012 con el título de “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer” provocó un alud de comentarios, valoraciones y reacciones en la prensa y en las redes sociales. Parte de estos comentarios fueron de rechazo, un repudio por lo general no fundamentado en argumentos lingüísticos sino en pulsiones ideológicas, cuando no puramente emocionales. Tanto fue así, que el 6 de marzo de ese año se hizo público un manifiesto de apoyo al ponente académico Ignacio Bosque titulado “Acerca de la discriminación de la mujer y de los lingüistas en la sociedad”, promovido por cuatro especialistas en la materia menores de cuarenta años, un profesor de la Universidad de Tromsø en Noruega, y tres profesoras de Zaragoza, Alcalá y Kent, en el Reino Unido.
Este manifiesto, que en fechas posteriores a su publicación llegaría a ser firmado por quinientos lingüistas, asimismo hombres y mujeres de muy diversa procedencia, da réplica a las críticas contra el informe académico cuando formuladas en términos científicos, y en todo caso afirma que “la gramática no puede ser sexista, de la misma forma que no puede ser comunista, anarquista, liberal o ecologista”. Los cambios necesarios en la sociedad, entre ellos los conducentes a la plena igualdad y visibilidad de mujeres y hombres, no es posible implementarlos mediante reglas que afecten al uso de la lengua, configurada como un sistema de equilibrios entre elementos interdependientes, de modo que la modificación gratuita o irreflexiva de uno de ellos altera el conjunto todo. La lengua, por lo demás, está fundamentada en un acuerdo o pacto social implícito, decantado, además, a través del tiempo, a lo largo de la propia historia de cada idioma. El manifiesto de apoyo concluye con esta declaración palmaria por parte de su medio millar de firmantes: “estamos de acuerdo con el informe en considerar que las denominadas guías de lenguaje no sexista no son adecuadas por no ser útiles a lo que pretenden y no estar basadas en un conocimiento de los matices lingüísticos ni del propio acto de referencialidad”.
—¿Es la lengua “clasista”?
—Volvemos a la dialéctica palabra/cosa. La sociedad española, o cualquier otra, puede (y no debe) ser clasista. Y la lengua española (y el ruso, el catalán, el islandés, el italiano, el hindi, el farsi o el suajili) puede proporcionar con su dilatado bagaje histórico, si así fuese requerida por algún hablante clasista, elementos expresivos en esa dirección.
—Emociones, impulsos, racionalidad. ¿Puede la sociedad aspirar a que al menos la búsqueda de la verdad esté por encima de los impulsos y de las emociones o sepa canalizarlos sin acabar arrastrada por ellos?
—Por supuesto que sí. Y así ha sido siempre que las personas nos hemos dejado guiar por la razón. Claro que somos también sentimientos, pero solo sobre ellos no se puede construir la convivencia civilizada. Mis sentimientos son míos en exclusiva, no tienen por qué ser compartidos por el Otro. Sin embargo, las razones sí que nos pueden unir. Las razones –la verdad filosófica que no es necesario aprender en la universidad, sino que de suyo va en nuestra mochila de humanos– y los hechos –la verdad factual–. Mucha fama ha alcanzado, por el contrario, el argumento de una funcionaria de la Casa Blanca, que desautorizaba las críticas generalizadas que provocó la declaración del portavoz del Presidente Trump en el sentido de que su toma de posesión había sido la más concurrida de la historia. La asesora Conway adujo que, en contra de las fotografías, videos y crónicas, por ejemplo, de cuando Barak Obama accedió a la primera magistratura de su país en olor de multitudes, el equipo de comunicación de Donald Trump manejaba “hechos alternativos”. Alternativos a la verdad factual, se entiende. Verdaderas “fake news”, noticias falsas, o mejor “falseadas”, que inevitablemente nos hacen recordar a aquel genio malvado de la comunicación que fue el filólogo Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, para quien el asunto era muy simple: una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en verdad.
—¿Suponen las redes sociales y las plataformas comunicativas de internet una amenaza mayor para nuestra facultad de discernir entre verdad y mentira que los libros, la prensa y los discursos políticos de siempre
—El poder demiúrgico de la palabra como creadora, más que reproductora, de la realidad, se fortaleció con la escritura, al proyectar aquel efecto desde el momento de su primera enunciación a través del tiempo y el espacio, pero también se vio incrementado con la segunda revolución tecnológica de la imprenta y lo está haciendo de forma redoblada con los avances de nuestra era de la comunicación audiovisual digitalizada y su propia Retórica. E igualmente, significa a estos efectos una verdadera revolución la exacerbación del subjetivismo egocéntrico por mor de los canales comunicativos proliferantes que están hoy al alcance de todos y cada uno de nosotros, lo que nos permite expresar con alcance ecuménico nuestras verdades particulares, pero también nuestras paparruchas, nuestras pulsiones más negativas y nuestras mentiras.
Los medios audiovisuales, por otra parte, tienen hoy en sus manos, con redoblada intensidad, la capacidad de crear realidades: guerras y paces, héroes y villanos, presencias y ausencias. Por ello no es del todo descabellada aquella pregunta formulada hace años por algunos cínicos pensadores posmodernos: ¿ustedes creen realmente que los astronautas norteamericanos llegaron a la Luna?
Siendo como es este asunto tan antiguo como la Humanidad, adquiere no obstante nuevas y preocupantes dimensiones en la era posmoderna o transmoderna que vivimos, con su invención de la llamada realidad virtual, y con los previsibles desarrollos de la inteligencia artificial. Cabe preguntarse si la tecnología audiovisual y las nuevas plataformas comunicativas podrán destruir de una vez por todas nuestra facultad de discernir entre verdad y mentira, entre la historia y la fábula.
Añádase otro vector a este complejo de variables que van de la mentira o ficción a la verdad constatable, de la racionalidad crítica a la emotividad sublimadora. Me refiero a la capacidad que los seres humanos tenemos de dejarnos engañar o de engañarnos a nosotros mismos. Con ella contaba, según lo que hemos visto ya, el brillante y cínico pensador político Nicolás Maquiavelo; lo mismo que hacen, posmodernamente, los apóstoles de la posverdad, Donald Trump al frente. Y todos estoy seguro de que eran y son conscientes de una condición humana que hemos de admitir humildemente como eterna: la estupidez.
Cuando hablamos de la transferencia de los resultados de investigación a la sociedad, los ámbitos en los que pensamos son, habitualmente, el sector de la salud y el de las nuevas tecnologías. Es cierto que hay transferencia en todos los sectores (en el ámbito de las humanidades, por ejemplo, mediante la musealización de descubrimientos histórico-artísticos, o en las ciencias sociales mediante la aplicación de los estudios realizados a la gestión empresarial), pero es en la salud y en las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) donde se hacen más visibles.
En el ámbito de la Ingeniería (en este caso del sector TIC, pero podemos hacerlo extensible a cualquier especialidad), toda investigación debe tener en mente la aplicación práctica: el problema existente que se desea resolver. En algunos casos, los investigadores en ingeniería trabajamos en la solución de un problema que aún no tenemos, pero siempre es pensando en unas demandas sociales que llegarán en algún momento, y para las que nos vamos preparando.
En cualquier caso, en ingeniería, la investigación solo tiene sentido si tiene una aplicación directa para la mejora de la vida de las personas.
Como metodología para estudiar el proceso de innovación, en este trabajo se presentan tres casos concretos de éxito en los que el autor ha participado activamente como investigador principal, tratando de concluir qué es lo que contribuyó a ese éxito y qué enseñanzas generales podemos extraer.
El sistema implantado en la central térmica de Iberdrola en Velilla del Río Carrión sirvió para ahorrar 720.000 euros
PROYECTO CORAGE
El proyecto CORAGE (Control y Optimización por Razonamiento Aproximado y Algoritmos Genéticos), fue un proyecto desarrollado en el marco de la convocatoria PASO entre los años 1994 y 1996. En el proyecto participaba una entidad específica de I+D (la Universidad Politécnica de Madrid); dos empresas, encargadas de realizar el proceso de innovación y transferencia a la industria (Unión Iberoamericana de Tecnología Eléctrica, S.A. (UITESA) y Grupo APEX, S.A.); y una gran industria como usuario final del producto desarrollado (Iberdrola).
La actividad investigadora relacionada con este proyecto se inicia en el año 90, durante el desarrollo de la tesis doctoral del autor, y se extiende hasta finales de 1996. El trabajo se centró en el diseño e implementación de un sistema de control y optimización inteligente, capaz de ser adaptado a distintos procesos industriales, siempre con la finalidad de mejorar sus prestaciones o su rendimiento. A lo largo de estos años, la investigación realizada generó numerosas ponencias en congresos, capítulos de libro y revistas, algunas de las cuales se pueden encontrar en las referencias bibliográficas que aparecen al final.
Los sistemas inteligentes de control que se desarrollaron son útiles en aquellos procesos complejos, donde las técnicas clásicas de control son inaplicables. Estos procesos pueden ser de tres tipos:
El proyecto CORAGE abordó el problema del control de un sistema extremadamente complejo mediante la incorporación de un método de aprendizaje a una arquitectura clásica de sistema experto. Un sistema experto utiliza un conjunto de reglas del tipo “Si ocurre X, hay que hacer Y” para resolver un problema. Tradicionalmente, las reglas de los sistemas expertos son propuestas por personas que conocen perfectamente el problema que se quiere resolver. En este proyecto, el sistema experto fue alimentado por los operadores de la central, permitiendo que el sistema de control pudiera mantener altas prestaciones en los modos habituales de funcionamiento. El sistema de aprendizaje automático desarrollado permitió generar nuevas reglas, desconocidas hasta ese momento por los operadores, que permitían al sistema de control buscar las acciones adecuadas en circunstancias desconocidas, adquiriendo conocimiento de sus propios aciertos y errores.
Puesto que la generación de reglas se realizaba de manera continua, las nuevas reglas eran validadas antes de ser utilizadas durante su estancia en el limbo: un lugar en el que no influían en las acciones de control propuestas (ya que no estaban operativas dentro del sistema), pero sí se podían valorar por comparación con las acciones realizadas por los operadores. Solo las reglas que alcanzaban un umbral de credibilidad alto se incorporaban al controlador en producción.
El sistema desarrollado se implantó en la central térmica de Iberdrola en Velilla del Río Carrión (Palencia), realizando de manera simultánea un proceso de transferencia del conocimiento a las empresas de ingeniería para su posterior implantación en otros procesos industriales. El sistema de control implantado en la central térmica recibía datos procedentes de 23 fuentes de manera continua, y recomendaba acciones para tratar de optimizar una variable objetivo. Esta variable objetivo podía ser establecida por los gestores de la planta en función de sus intereses. Durante el desarrollo del sistema y las pruebas subsiguientes, la variable a optimizar fue el Consumo Específico, que establece el coste del carbón consumido para la energía generada, tratando de minimizar la cantidad de carbón empleada en producir la energía.
Durante los seis meses siguientes a la instalación del sistema, la central térmica ahorró unos 120.000.000 pesetas (algo más de 720.000€), que coincidía con la cantidad subvencionada en el proyecto a las entidades participantes, según informaron los responsables de la propia central en la reunión de evaluación ante un comité del CDTI (Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial).
En los meses siguientes, el objetivo de la central cambió para centrarse en la reducción de emisiones contaminantes de NOx (Óxidos de nitrógeno). El sistema fue capaz de adaptarse, según se informó desde la central, colaborando en la reducción de dichos contaminantes. Por otra parte, UITESA utilizó el sistema transferido para su adaptación e instalación en otros procesos industriales (otras centrales e incluso otro tipo de procesos como refinerías), pasando a ser un activo de la empresa.
Cuando las empresas confían en el sistema de I+D-i los resultados obtenidos superan el esfuerzo realizado y se recupera la inversión económica
PROYECTO SECUR
El Proyecto SECUR, desarrollado en los años 2006 y 2007, supone una muestra de las posibilidades de transferencia de I+D a pequeñas y medianas empresas. El objetivo de este proyecto fue el desarrollo de un sistema hardware/software que permitiera la gestión de la actividad de una empresa dedicada al almacenamiento de copias de seguridad en una ubicación externa, manteniendo como elemento diferencial la utilización de sistemas RFID, frente al uso de los códigos de barras, para el control de los elementos de back-up. Los RFID estaban ya muy extendidos como sistema para evitar robos en las tiendas. Se trata de esas etiquetas que llevan las prendas de ropa o ciertos productos, y que hacen saltar una alarma al pasar por un arco en las puertas de salida si no se han desactivado previamente. Sin embargo, estas etiquetas aún no se utilizaban de manera habitual para la identificación de productos.
El proyecto se centró más en desarrollo que en investigación, limitada esta última al problema que existe cuando varias etiquetas RFID pasan a la vez por un arco, ya que no siempre se detectan todas correctamente. Asimismo, se trabajó en los elementos de seguridad del sistema. Por este motivo el número de publicaciones fue menor que en el proyecto anterior, y tuvieron cierto retraso debido a los deseos de la empresa de mantener este sistema como un elemento diferencial frente a la competencia. La descripción que sigue a continuación está extraída del propio documento de especificación de requisitos (Marsá-Maestre y Velasco, 2006).
El proceso de negocio queda descrito en la siguiente figura, en la que se plantean los siguientes pasos:

Un empleado de la empresa de gestión de back-ups (que denominaremos por sus siglas: EGB) llega a la empresa cliente (siglas: EC) (1), bien porque la empresa cliente ha realizado una petición expresa, bien porque dentro del contrato establecido es una fecha en la que se debe visitar a este cliente. Una vez en la empresa cliente, el empleado de EGB identifica al empleado de EC que va a entregarle las cintas (2) y recibe un conjunto de cintas que guarda en un maletín (3). En ese momento, se identifica el contenido del maletín mediante un sistema RFID y se envía la información al PC portátil del empleado de EGB, quien genera un listado con los identificadores de las cintas que recoge. Ese listado se imprime, quedando una copia en poder de la EC y otra en poder de la EGB.
El empleado de la EGB transporta las cintas (4) hasta la sede de su empresa. Al entrar por la puerta del almacén, un arco detector identifica las cintas que transporta en el maletín o maletines (5), identificándolas como de EC (si son cintas conocidas, este proceso será automático; si no es así, el proceso requiere una identificación manual). El sistema gestor de almacenamiento indica la ubicación asignada en el almacén (6). El empleado traslada las cintas hasta ese lugar, se identifica como empleado de la EGB y procede a depositar las cintas en la ubicación indicada (7). Cuando el empleado indica que el proceso ha finalizado, el sistema gestor central confirma que las cintas se encuentran en la ubicación correcta, generando una alarma en caso contrario.
Un sistema específico desarrolló instrumentos musicales para personas con discapacidad intelectual, que les permitió producir música por sí mismos
Cuando las cintas deben salir del almacén, el proceso es el contrario y está indicado en la siguiente figura:

El empleado de la EGB, haciendo uso del sistema central, solicita la ubicación de las cintas que debe sacar del almacén e indica que va a realizar esa operación (1). El sistema comprueba que este trabajador dispone los permisos adecuados para hacerlo, y le indica dónde se encuentran las cintas. El empleado llega al lugar del almacén en que se encuentran, se identifica y extrae las cintas seleccionadas (2), depositándolas en un maletín.
De vuelta en el sistema central, cierra la operación indicándole que las cintas ya no están en la estantería. El sistema central comprueba que esas y solo esas cintas han sido extraídas del almacén (3), dando permiso al sistema para que puedan salir por el arco de la entrada (4).
Ya en la EC (5), el empleado de la EGB identifica al empleado de la EC que va a recoger las cintas (6), y mediante un mecanismo similar al empleado en la recepción, procede a identificar las cintas que entrega, generando un documento en su portátil que imprime para que sea firmado por ambas partes (7).
Todo este proceso requirió el desarrollo de sistemas capaces de leer múltiples etiquetas RFID en una única lectura, así como sincronizar diferentes ubicaciones de datos en tiempo real. Hay que recordar que, aunque estos problemas estén resueltos en la actualidad, la tecnología más utilizada en esos años no era RFID, sino la lectura de códigos de barras adheridos a las cintas de back-up y a los contenedores, con un proceso mucho más lento que el propuesto en el proyecto.
El sistema, desarrollado en varias fases, fue transferido a la empresa BSCM S.L., y sigue funcionando desde entonces.
PROYECTO DIYSE[1]
El proyecto ITEA 2 Do it Yourself Smart Experiences (DiYSE) se desarrolló desde 2009 hasta 2012, y tuvo por objeto facilitar la creación de servicios y dispositivos por parte de usuarios que se incorporaran a un ecosistema colaborativo en Internet. El consorcio se formó con más de cuarenta socios de toda Europa, trabajando en estrecha colaboración para desarrollar una plataforma que permitiera que usuarios, desarrolladores y otros actores pudieran aportar elementos a ese ecosistema. Los resultados directos del proyecto fueron un sitio web público experimental y una gran cantidad de activos técnicos subyacentes, muchos de los cuales están siendo explotados por parte de las empresas participantes.
La Internet de las Cosas (IoT por sus siglas en inglés, Internet of Things) era, en el inicio de este proyecto, una gran revolución en la conectividad mundial, en la medida en que se preveía un cambio desde una red de ordenadores interconectados a una de objetos interconectados. Los electrodomésticos inteligentes, los sistemas de calefacción, los libros electrónicos, los vehículos en la carretera e incluso las mercancías en tránsito tendrían sus propias direcciones IP. Los usuarios dispondrían de una gama de sensores para medir su entorno y actuadores para interactuar con él. Hay que decir que una buena parte de esas previsiones se han cumplido con el hogar y el vehículo conectado, por un lado, y la Industria 4.0, por otro.
El problema que se planteaba en aquellos momentos se establecía en términos de la explosión de la heterogeneidad de los dispositivos, los numerosos dominios de aplicación y una extrema diversidad de instalaciones y aplicaciones personalizadas. Por este motivo, el proyecto DiYSE desarrolló una plataforma que permitiera la explotación y gestión rentables de los sistemas de IoT.
Al mismo tiempo, en el proyecto DiYSE se planteó utilizar esa heterogeneidad como una ventaja más, combinando dos tendencias para acelerar la industria de la IoT: la propia IoT y el bricolaje. La existencia de un hardware muy barato, accesible, programable y fácil de usar con sensores, permitía a la gente común construir sus propias aplicaciones, de forma muy parecida a como el bricolaje de la década de los sesenta supuso que cada vez más gente hiciera cosas en su hogar sin la intervención de expertos.
En el proyecto DiYSE se identificó una serie de etapas esenciales en la creación de un ecosistema para lanzar aplicaciones de IoT:
Para la primera etapa, los socios desarrollaron diferentes sistemas que permitían a los usuarios finales desarrollar objetos conectables a la red, como hardware para sensores, middleware para pequeñas placas de sensores (el sistema operativo Contiki desarrollado en proyectos anteriores, por algunos de los socios, se amplió con mecanismos de seguridad para el transporte seguro y la propiedad de los datos) y se posibilitó el enriquecimiento semántico de los datos de los sensores mediante una tecnología específica.
Un tecnólogo, en cuanto que investigador, debe realizar avances en su disciplina que mejoren el entorno en el que vivimos
En la segunda etapa, se desarrollaron varios prototipos que proporcionaban abstracción semántica por encima de los sensores. Los proveedores de dispositivos, que saben el significado de los datos que proporcionan los sensores, pueden hacer anotaciones para que el sistema DiYSE pueda utilizar esta información semántica. Por su parte, los desarrolladores de sistemas que interactúan con el sistema DiYSE deben describir para qué se pueden utilizar y las transformaciones que se pueden aplicar introduciendo un nuevo sensor. Otra innovación importante realizada en aquel momento fue no limitar el flujo de datos a sensores convencionales, sino incorporar elementos de audio y vídeo.
En la tercera fase, destinada a la creación de sistemas que integren lo anterior, se incluyen dos tipos de sistemas: genéricos -públicos o de operador en Internet o en la nube- y específicos del dominio de la aplicación. Un ejemplo de estos últimos fue realizado por los socios finlandeses que desarrollaron instrumentos musicales para personas con discapacidad intelectual, que permitió a éstos producir música por sí mismos.
Las personas que desarrollan hardware en el marco del ecosistema DiYSE pueden ofrecer cualquier dispositivo enriquecido con los datos provenientes de otros dispositivos (lo que se denominó sensor virtual). Por su parte, esos nuevos datos generados, pueden ser ofertados a un mercado donde otros usuarios los utilicen para agregarlos a los producidos por ellos mismos y generar nueva información. Los usuarios finales pueden construir sus propias aplicaciones y pueden compartirlas con amigos o utilizarlas como plantillas para otras aplicaciones. El resultado es un ecosistema a nivel de usuario final. A modo de ejemplo, un usuario cualquiera podría utilizar la oferta de diferentes sensores de la calidad del aire en una gran ciudad (públicos o generados por otros usuarios), para realizar un mapa de contaminación, generando así un servicio mediante la agregación de otros. Otro usuario podría utilizar ese mapa para superponerlo a otros mapas y generar, por ejemplo, propuestas para desviar el tráfico y evitar así el paso de muchos vehículos por zonas que se encuentren maltratadas desde el punto de vista medioambiental.
Es cierto que la fase de “ejecución” requiere cierta habilidad, pero cientos de personas utilizaron el sistema experimental con decenas de sensores enviando activamente datos y se llegaron a desplegar decenas de miles de aplicaciones en la nube sobre la arquitectura distribuida. Para llevarlo a cabo, se desplegó una arquitectura de componentes que posibilita el flujo de datos distribuidos
A nivel español, el proyecto no tuvo el éxito esperado. Los intereses en rentabilizar las subvenciones recibidas por parte de alguna empresa, como si se trataran de ingresos y beneficios directos por el trabajo, y no una inversión que debería generar esos beneficios en el futuro, dieron al traste con el consorcio nacional. A pesar de ello, aún dio tiempo de publicar algunos trabajos científicos (que pueden encontrarse en las referencias bibliográficas del final de este artículo), y de participar en las actividades que dieron como resultado la obtención de la Medalla de Plata ITEA al proyecto en 2012.
En todo caso, a nivel europeo el proyecto tuvo un éxito considerable: más de 90 publicaciones, más de 90 presentaciones en ferias y conferencias, cerca de 10 eventos públicos organizados para mostrar los resultados, 8 nuevos productos que se pusieron en el mercado, más de 20 contribuciones en diferentes sistemas de estandarización, más de 20 patentes solicitadas y una spin-off. Como se puede apreciar, cuando las empresas confían en el sistema de I+D+i, los resultados obtenidos superan con mucho el esfuerzo realizado, y se recupera la inversión económica que se pudiera haber hecho.
Como ejemplos de la utilización de este proyecto, la empresa que lo lideró, la belga Alcatel-Lucent, desarrolló SenseTale, un sistema DiYSE experimental accesible al gran público. Los activos tecnológicos subyacentes se han transferido paulatinamente a las unidades de negocio de la empresa para facilitar la resolución de problemas en los sistemas M2M (Machine to Machine). Alcatel-Lucent también planea mejoras para los operadores de telecomunicaciones, haciendo posible ofrecer soluciones rentables y escalables que permitan a terceros introducir nuevas aplicaciones en el mercado. Un caso típico es el maratón de Nueva York, donde la ciudad quería una aplicación para seguir a los corredores y permitir así a los espectadores ver a sus corredores favoritos en directo. Un desarrollo realizado para este caso funcionó en pruebas a pequeña escala, pero no era lo suficientemente escalable y fracasó en la práctica cuando las 50.000 personas comenzaron a correr. SenseTale habría sido capaz de manejar esto de forma fiable a un coste de desarrollo más bajo. Por su parte, el operador de telefonía móvil Turkcell también ha utilizado los componentes DiYSE en el mercado M2M.
En Francia, Thales tiene previsto utilizar esta tecnología en el mercado de la vigilancia y la gestión de emergencias para facilitar el despliegue de sistemas ad hoc fiables sobre el terreno en situaciones de emergencia. No es algo que tenga un retorno inmediato: la explotación en este entorno podría durar varios años, ya que se requieren muchas aprobaciones diferentes, pero es una muestra de cómo deben utilizarse los resultados de proyectos de este tipo por parte de la industria.
Philips ha desarrollado jointSPACE, una arquitectura de software intermedio de código abierto en su última gama de televisores que sigue el principio DiYSE. Ofrece una plataforma abierta donde la gente puede instalar sus propias aplicaciones de IoT. Una aplicación de registro permite conectar los sensores de un televisor a la plataforma SenseTale para permitir, por ejemplo, la monitorización del uso del televisor por parte de los niños.
CONCLUSIONES
A lo largo de los más de treinta años de vida profesional, el autor he tenido la oportunidad de trabajar en casi medio centenar de proyectos de investigación e innovación diferentes. Los tres ejemplos que ilustran este trabajo, junto a otras experiencias, permiten extraer algunas conclusiones, como:
Apoyo de la Administración.- Es bueno (casi podríamos decir que imprescindible) que la Administración apoye los procesos de innovación. Pero a su vez, es necesario que las empresas no busquen ánimo de lucro directamente en la financiación del proyecto de innovación, sino en el producto generado o en el conocimiento adquirido. El producto final del proyecto (material o inmaterial) les permitirá situarse en una posición competitiva mejor que la de su entorno. Es en ese momento cuando se obtienen los beneficios reales.
La escalera de la innovación.- Esta idea no es del autor. La escuchó al profesor Jose Manuel Páez, cuando éste era director de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Telecomunicación de la Universidad Politécnica de Madrid. Desde entonces la aplica y la difunde a quien quiera escucharla.
Los procesos de innovación deben realizarse mediante pequeños pasos en una de las dos direcciones posibles: Los nuevos productos o servicios se pueden obtener, bien utilizando una nueva tecnología para ofrecer un producto o servicio conocido, bien generando un nuevo producto o servicio utilizando tecnologías conocidas. Dar un salto “en diagonal”, modificando ambos ejes, nos generaría un nuevo producto o servicio que se realiza con una tecnología nueva. Este nuevo producto, normalmente, no será bien aceptado por los clientes.

Un ejemplo clásico de esta idea lo podemos encontrar en el iPad de Apple. Esta compañía lanzó en 1993 un producto al mercado que llevaba por nombre Newton: una PDA (asistente digital personal) de gran tamaño con su propio sistema operativo. La idea que subyacía a este producto es la de las actuales tabletas, pero los usuarios no supieron qué hacer con ella y en 1998 se abandonó su comercialización, y ese fue uno de los fracasos de la compañía. Coincidiendo con ese fracaso, Steve Jobs regresa a Apple, ve la potencia del producto y comienza a trabajar para conseguirlo: primero con el iPod: nueva tecnología para mejorar al walkman. Posteriormente con el iPod Touch: el interfaz táctil para el iPod. En tercer lugar, el iPhone: se incorpora ese interfaz táctil a los teléfonos móviles, perfectamente asentados. Y por último, el iPad: un “iPhone grande” que recuerda enormemente a lo que Newton podría haber sido.
Potenciación de la transferencia desde el ámbito académico al industrial.- El marco laboral en el que se mueven los investigadores públicos (léase los profesores de universidad, aunque es extensible a otros entornos de investigación), prima de manera superlativa la publicación de resultados en revistas de reconocido prestigio. En estas revistas hay poco espacio, habitualmente, para la publicación de resultados de proyectos de innovación. Lo más normal es que en ellas se publiquen avances científicos, en el sentido más general de la palabra. Esta situación lleva a todas aquellas personas que desean seguir una carrera universitaria o científica, a centrarse en proyectos que generen publicaciones, y no en proyectos que produzcan una mejora social.
Creo sinceramente que es necesario diferenciar la ciencia de la tecnología. Una persona dedicada exclusivamente a la investigación científica busca la generación de nuevo conocimiento en su disciplina, y nadie le pide que ese nuevo conocimiento tenga una aplicación inmediata al mundo real. Un tecnólogo, en cuanto que investigador, debe realizar avances en su disciplina que mejoren el entorno en el que vivimos. Para ello puede tener que realizar avances científicos, en el sentido anteriormente descrito, pero solo como un paso intermedio. Las más de las veces utilizará avances realizados por otras personas para alcanzar su objetivo. Mientras que en el mundo académico lo primero tiene reconocimiento, lo segundo apenas interesa.
En resumen, para avanzar, es necesario que tanto las administraciones, como las empresas y los profesionales de la tecnología, trabajemos coordinados para procurarnos un futuro mejor a medio y largo plazo, en lugar del cortoplacismo ibérico habitual. Para ello habrá que realizar cambios en algunas cosas que, a estas alturas, se han convertido en estructurales. Como digo, no podemos buscar la solución a corto plazo, pero debemos empezar a andar en la buena dirección cuanto antes…
Juan R. Velasco es catedrático de Ingeniería Telemática. Vicerrector de Estrategia y Planificación (Universidad de Alcalá).
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
PROYECTO CORAGE
PROYECTO SECUR
PROYECTO DiYSE
Daniel Lacalle (Madrid, 1967) es doctor en Economía y profesor de Economía Global, además de gestor de fondos de inversión y presidente del Instituto Mises Hispano. Esta última credencial, la de ser presidente del Instituto Mises Hispano, nos sitúa en la pista de su línea argumentativa en Libertad o igualdad, porque Lacalle aplica a la actualidad las enseñanzas de los grandes maestros de la Escuela Austriaca de Economía, en especial de Ludwig von Mises, Friedrich A. von Hayek y Murray Rothbard. De manera que Libertad o igualdad funciona como un antídoto contra El capital en el siglo XXI, el superventas de Thomas Piketty, en donde la solución a los agobios financieros de los Estados modernos gira principalmente, dicho rápido y resumido, en aumentar el gasto público y en subir los impuestos a las grandes fortunas.

Daniel Lacalle, Libertad o igualdad. Por qué el desarrollo del capitalismo social es la única solución a los retos del nuevo milenio, Ediciones Deusto, Barcelona, 2020, 320 páginas. Traducción de Jorge Paredes.
(Título original: Freedom or Equality. The Key to Prosperity Through Social Capitalism, Post Hill Press (EE.UU.), 2020).
Lacalle describe la economía de mercado, recuerda que es el único sistema que garantiza la libertad individual, relata las virtudes del capitalismo bien entendido, cuál es el papel del dinero, en qué consiste el ahorro, la inversión y la innovación, por qué es preciso que el Estado quede reducido al mínimo indispensable, y por qué se necesita, al contrario, que la sociedad civil sea tanto más fuerte.
Según han puesto de manifiesto multitud de estudios que también Lacalle cita, el capitalismo proporciona más riqueza y mayores oportunidades que el socialismo; este y el intervencionismo empobrecen: igualan a la baja creando un número mayor de pobres. Pero una cosa es el capitalismo y la economía de mercado, y otra «el capitalismo de amiguetes». Lacalle se centra en el tipo de capitalismo que mejora el bienestar general de los ciudadanos: el «capitalismo social». Se trata de un modelo que tiene en cuenta la responsabilidad, el mérito y la recompensa, y que explica que el mercado libre puede resolver mejor que el Estado los problemas de la convivencia.
Alejandro A. Chafuen, en la «Introducción» a Libertad o igualdad, lo resume así: «Una de las consecuencias positivas del mencionado libro de Piketty es que concienció a los economistas de que el análisis de la igualdad tenía que matizarse más en lo tocante a su planteamiento de nuevas situaciones y desafíos. Este libro de Daniel Lacalle es una de las obras que hacen este tipo de matizaciones» (p. 13).
«Hay que identificar la pobreza, y no la desigualdad, como el verdadero enemigo a batir» (p. 22).
«Nadie ha muerto nunca por causa de la desigualdad. Sin embargo, muchos han perecido a causa de la pobreza» (p. 44).
«Las inversiones en asistencia social tienen que hacerse a partir de los ahorros o, de lo contrario, todo el agente económico acabará desplomándose tarde o temprano» (p. 35).
«Al creer que la solución al fuerte endeudamiento es más endeudamiento y la receta contra el malgasto es más gasto, las sociedades se vuelven más frágiles y menos prósperas, y se destruye su clase media» (p. 37).
«La clase media es la que, ante una mayor represión fiscal y monetaria, solo puede defenderse trabajando más duramente» (pp. 37-38).
«En lugar de gastar miles de millones de fondos públicos para reducir la desigualdad, lo que necesitamos es un millón de empresas más y la libertad para permitirles crecer» (p. 46).
«La desigualdad se reduce con mayor empleo y más crecimiento, no olvidando a los pobres del mundo para buscar un igualitarismo imposible en los países desarrollados» (p. 49).
«Venezuela es aparentemente muy igualitaria, pero uniformemente pobre. Dicho país es un desastre económico. Cuba es aparentemente igualitaria, y el salario medio allí es de unos 21 dólares mensuales. El socialismo crea igualdad a través de la pobreza» (p. 49).
«La pregunta, por tanto, es: ¿por qué habría alguien de exagerar las acusaciones de desigualdad de ingresos? Respuesta: para imponer el intervencionismo, no para reducir la pobreza» (p. 51).
«La mayor desigualdad no es entre ricos y pobres, sino entre contribuyentes y burócratas» (p. 61).
«Un gobierno no puede reducir la desigualdad al alza. Solo puede igualar a la baja. La reducción de la desigualdad, por lo tanto, no puede ser el objetivo primordial, sino una segunda derivada de dos objetivos ineludibles: el crecimiento y el empleo» (p. 80).
«Todo el dinero nuevo es para el gobierno y el banco central se ve obligado a comprar toda la deuda emitida por un llamado “banco de inversión pública”» (p. 144).
«Si el gobierno puede gastar y obtener crédito de manera ilimitada y sin riesgo, ¿quién va a conceder crédito al sector privado y a qué coste?» (p. 145).
«La masiva creación de dinero crea una enorme inflación en los activos financieros y desinflación en la economía real, allanando el terreno para uno de los más dramáticos desequilibrios entre clases de activos, industrias y consumo vividos desde la década de 1970» (pp. 247-248).
«Los bancos centrales no pueden seguir ignorando las burbujas y los excesos que crean con sus políticas. Lo que me parece sorprendente —e intelectualmente deshonesto— es achacar eso a problemas de capitalismo y libre mercado, cuando se debe a las políticas estatistas de planificación central» (p. 27).
«¿Cómo es posible que el gobierno gaste y se endeude sin cesar? Porque tiene el control y el monopolio de gravar con impuestos a sus ciudadanos y destruir el poder adquisitivo de la moneda» (p. 35).
«Si imprimir dinero fuera bueno para la economía, la falsificación de billetes sería legal. Pero, evidentemente, no lo es» (p. 36).
«El que se beneficia de la destrucción del poder adquisitivo de la moneda es el primer receptor de esa moneda: el gobierno. Por eso exige el monopolio de la emisión de dinero» (p. 37).
«Según las normativas de la UE, prestar dinero a las administraciones públicas “tiene menos riesgo” y requiere menos capital que prestar a familias y empresas. Entonces, ¿quién aprovecha la ocasión para prestar a los gobiernos? Los bancos. ¿A quién rescatan realmente los gobiernos cuando rescatan a los bancos? A sí mismos» (p. 114).
«No es, por lo tanto, una sorpresa que el ciudadano medio se sienta en parte expulsado del crecimiento económico. Si la renta y el ahorro de la clase media se diluye y confisca vía políticas monetaria y fiscal, es perfectamente lógico que una parte de la población piense que el mundo está mucho peor» (p. 28).
«Avaricia es acumular cantidades crecientes del fruto del trabajo, del ahorro y de la inversión de los ciudadanos para las arcas del administrador gubernamental, que se presenta como un salvador con el dinero ajeno y como un libertador con la libertad ajena» (p. 31).
«La clase media siempre pierde cuando los gobiernos mundiales introducen represión fiscal y financiera desde medidas que son más socialistas que capitalistas, como disparar los déficits, aumentar impuestos y subvencionar a sectores de baja productividad mientras se destruye el ahorro vía bajadas de tipos e inyecciones de liquidez» (p. 28).
«Las políticas más repetidas desde hace dos décadas son claramente socialistas: beneficiar el exceso del sector público incentivando el endeudamiento y penalizando el ahorro» (pp. 28-29).
«La deuda pública la tiene que pagar el sector privado. Por tanto, la deuda pública se suma a la deuda privada, no está separada de ella. Se trata de una obligación que será pagada por el sector privado, además de su propia deuda» (p. 107).
«Comparar la deuda pública respecto al PIB con la deuda privada respecto al PIB es absurdo y engañoso, ya que es un cálculo que favorece al gobierno» (p. 107).
«La situación financiera del sector público debería comparar gastos con ingresos y activos, que son medidas de solvencia más correctas» (p. 107).
«No existe la deuda pública. Es deuda de los contribuyentes» (p. 108).
«Los recortes fiscales son más eficaces que los aumentos de gasto» (p. 118).
«No se puede criticar el aumento de la deuda pública y exigir más déficits al mismo tiempo. Es como criticar la embriaguez y proponer curarla con vodka» (p. 120).
«La falacia es que el crecimiento económico, la generación de riqueza, es un juego de suma cero y que para que unos ganen, otros tienen que perder. Es decir, que si alguien se ha hecho rico es porque ha hecho pobres a otros» (p. 31).
«La inmoralidad es llamar justicia social al robo, y que un grupo de políticos y mal llamados intelectuales, que jamás han creado una empresa ni un empleo, se arroguen la facultad de determinar cuánto debe usted ganar y cuánto merece» (p. 32).
«Eso no es justicia, es una inmoralidad. Porque la justicia y la fiscalidad progresiva ya existen, la redistribución ya existe» (p. 32).
«El socialismo no solo penaliza el mérito, sino que supedita a la población a ser dependientes del poder político» (p. 32).
«Obtener fondos de las empresas y las familias a través de los impuestos, enviar el dinero a un organismo gubernamental, hacer circular el dinero entre más organismos, cada uno de ellos con sus propios costes, y a continuación repartir lo que sobre en función de intereses políticos es altamente ineficiente y siempre conduce a una asignación errónea y a la corrupción» (p. 87).
«Hay menos responsabilidad y transparencia en la administración porque el dinero de los contribuyentes siempre es el dinero “de otros”» (p. 87).
«Fijémonos en las compañías industriales semiestatales que se mantienen con vida por “razones estratégicas”. Muchas compañías “estratégicas” [próximas al gobierno] reciben más dinero en subvenciones del que pagan en impuestos. No son las únicas que reciben exenciones tributarias» (p. 41).
«Ninguna nación ha hecho más ricos a los pobres haciendo pobres a los ricos» (p. 32).
«El contribuyente medio paga en España un poco más de 12.000 euros al año en impuestos, de modo que, en 2018, destinó 177 días a cumplir con Hacienda» (p. 38).
«En España, el número total de contribuyentes que ganan más de 150.000 euros al año asciende a solo 99.582 (el 0,5 por ciento del total)» (p. 39).
«Y, sin embargo, los populistas nos quieren convencer de que 99.582 personas van a pagar miles de millones adicionales y anuales para cubrir los excesos presupuestarios prometidos en campaña electoral» (p. 39).
«La definición de “rico” y gran empresa se va rebajando hasta que tú mismo puedes parecer un Onassis y un kiosco de barrio puede parecer la empresa ExxonMobil» (pp. 39-40).
«El que piense que el 0,5 por ciento de los contribuyentes y el 0,1 por ciento de las empresas va a sufragar decenas de miles de millones de euro anuales y adicionales a lo que ya pagan, y a sostener al 99 por ciento y pico restante, tienen un problema con la estadística, las matemáticas y la historia» (p. 40).
«El truco de magia que nos hacen a todos consiste en que nos fijemos en una mano (los ricos) cuando el truco está en la otra (el exceso de gasto y el aumento del intervencionismo y del control por parte del gobierno)» (p. 42).
«Si cobrar impuestos a los ricos fuese la solución al endeudamiento elevado, la desigualdad y el exceso de gasto, a estas alturas, el mundo ya no tendría esos problemas» (p. 43).
«¿Cómo es posible que la promesa de subir los impuestos a los ricos acabe siempre con impuestos más elevados para la clase media?» (p. 187).
«España no recauda poco. Recauda un 11 por ciento menos que la media de la Unión Europea (2017) porque tiene casi el doble de paro, empresas mucho más pequeñas y débiles y más economía sumergida» (p. 203).
«Contrariamente a lo que dicen los partidarios de la represión fiscal, el capitalismo no se beneficia de la pobreza. Quienes se benefician de que la gente siga siendo pobre son la burocracia y el intervencionismo. Crean clientes rehenes involuntarios mediante su “solidaridad con el dinero ajeno”. Así refuerzan el mensaje de “sin mí no puedes”» (p. 216).
«El capitalismo social, simplemente, aplica la habilidad del libre mercado y la competencia para resolver problemas sociales» (p. 65).
«Las soluciones a los problemas tienen que tener sentido económicamente hablando o nunca serán sostenibles. Cualquier solución que sea ruinosa a corto, medio o largo plazo solo generará mayores crisis y recortes» (p. 66).
«El problema con el que siempre nos encontramos es el errado concepto de “público”, que el ciudadano equipara a “gratuito”, cuando no lo es. En muchos casos, las empresas públicas son empresas políticas» (p. 75).
«Necesitamos soluciones de mercado a los problemas de asistencia social. Necesitamos un capitalismo socialmente responsable, en el cual las empresas inviertan en su propio futuro y en los mercados de consumo, y no más intervencionismo” (p. 78).
«El capitalismo social no es más que un capitalismo que reconoce que lo que es bueno para la sociedad es, a menudo, bueno para los negocios» (p. 94).
«El tema del gasto público en proyectos masivos que prometen un rendimiento extraordinario plantea una pregunta: si esos proyectos son necesarios, ¿por qué no los financia el sector privado?” (p. 104).
«El gobierno no tiene más ni mejor información sobre lo que necesita la economía o la sociedad que los individuos o las empresas» (p. 79).
«El sector público no existe sin un sector privado pujante y fuerte» (p. 36).
«Olvidamos que el sector público no tiene recursos si debilita y arrasa al sector privado y que la base de la prosperidad es el ahorro y la inversión productiva, no el gasto» (p. 61).
«Al hablar de bienestar, sistemas sociales y tributación, la parte que olvidan políticos como Bernie Sanders o economistas como Thomas Piketty es que los países nórdicos no son en absoluto como el modelo que defienden. Son exactamente lo contrario. De hecho, el éxito de las economías nórdicas fue dejar atrás la era de la “tercera vía” socialista y adoptar una economía abierta, flexible y orientada al libre mercado» (p. 131).
«Con el socialismo, la fórmula es igual en todas partes. Inflar el sector público, intervenir, estrangular al sector privado e imprimir dinero temerariamente» (p. 136).
«Cada vez que leo que el mundo está sufriendo debido al “neoliberalismo”, me echo a reír. Lo que la mayoría de los comentaristas consideran “neoliberalismo” es simple y llanamente estatismo; la defensa y el aumento del poder del gobierno a toda costa y a expensas de los contribuyentes» (p. 138).
«Probablemente, la parte más alucinante de la exposición de Piketty es la de ignorar los activos líquidos o cautivos. Por ejemplo, la “riqueza” del dueño de Amazon o de Inditex está fundamentalmente en las acciones que posee de esa empresa» (p. 168). Si pusieran sus acciones a la venta, se desplomarían (p. 168).
«Piketty pierde la perspectiva de los grandes problemas, que son el intervencionismo y la corrupción. La falta de libertad, de instituciones independientes y de transparencia influyen más en la desigualdad, la pobreza y el crecimiento de todos los ciudadanos que la acumulación de riqueza» (p. 171).
«Piketty no menciona que el período en el cual la desigualdad ha aumentado más en Europa, según sus propios datos, coincidió con un gasto público masivo y con la subida de impuestos en países con grandes sectores públicos» (p. 174).
«¿Desde cuándo es la austeridad algo malo? Austeridad es prudencia. Lo opuesto es despilfarro» (p. 179).
«¿Quién accede al exceso de crédito? No los más eficientes, sino los más endeudados.
»¿Quién se beneficia de tipos bajos? No los ahorradores, sino los despilfarradores.
»¿Quién paga los impuestos para intentar cuadrar presupuestos imposibles? Los que ahorran y no pueden escaparse. Los activos cautivos» (p. 221).
«Si damos más recursos a aquellos que no tienen que hacer frente a ninguna penalización por asignar erróneamente y despilfarrar fondos, y cuyo objetivo no es obtener beneficio económico, sino maximizar el presupuesto, el único resultado es el fracaso» (p. 223).
«Cuando los estudiantes se enfrentan al mundo y descubren que sus títulos de la universidad no tienen valor real en el mercado laboral o en otros países, el gobierno —el mismo que ha creado el exceso de ofertas de títulos inútiles y de formación obsoleta o de pobre calidad— tiene todos los incentivos para culpar de ello a la desigualdad, al neoliberalismo o al clima. Y se presenta a sí mismo como la solución» (p. 239).
«Ante la evidencia de títulos sin valor real, baja formación o pobres resultados, la propia educación monopolizada se justifica a sí misma diciéndole al alumno que su falta de éxito es culpa del sistema, no de la obsoleta educación recibida. Algo parecido ocurre con los idiomas. En España, millones de jóvenes se autodenominan bilingües sin tener un verdadero manejo de la segunda lengua» (p. 242).
«Los Estados que se autodenominan defensores del libre comercio han introducido importantes barreras al comercio con todo tipo de excusas, la Unión Europea y China incluidos» (p. 27).
«La falacia del proteccionismo no hace más que promover el intervencionismo. De hecho, no se trata de proteger a los países frente a los chinos, sino de copiarlos» (p. 161).
El índice y un fragmento de Libertad o igualdad los ofrece en abierto la editorial aquí:
Un fenómeno de las redes sociales anglosajonas ha desembarcado en España en forma de libro: Woke (Alianza Editorial, 2020). La autora es Titania McGrath, una máscara tuitera inventada por Andrew Doyle, un doctor en poesía renacentista de la Universidad de Oxford… que ha devenido en humorista, guionista y columnista, especialmente preocupado por el diálogo intelectual, la libertad de expresión y el ensanchamiento de lo decible.

Para crear a Titiana McGrath, esta poeta feminista, vegana, interseccional, polirracial, ecologista y justiciera, Andrew Doyle se inspiró en Godfrey Elfwick, una cuenta paródica que se presentaba como “ateo musulmán transracial y de género fluido”. Esta caricatura de los excesos de la izquierda posmoderna acabó expulsada permanentemente de Twitter. Así que Doyle recogió ese testigo ideando a Titania en abril de 2018 para, según sus propias palabras, burlarse de la cultura “woke”.
Las personas que han desarrollado una especial intuición para percibir supuestas injusticias en el lenguaje, en la vestimenta o en las interacciones sociales son las que reciben el epíteto de “woke”
Aunque a estas alturas “woke” sea un término que se está afianzando en el lenguaje español –no en vano el libro que acaba de publicar Alianza Editorial ha respetado el título en inglés–, compensa trazar su genealogía para alumbrarlo con precisión. Literalmente, “woke” podría traducirse por “estar despierto” o “permanecer alerta”. No obstante, su recorrido es mayor: es un término que ha acabado empleándose de manera despectiva para referirse a la actitud de aquellas personas que, especialmente en medios de comunicación, ámbito político y redes sociales, se muestran extremadamente sensibles en cuestiones raciales, de sexo o de orientación sexual. Existen otros términos en inglés para describir a este grupo: los “Social Justice Warriors” (guerreros de la justicia social) o, con un tono más peyorativo, la generación “snowflake” (copitos de nieve, en relación a su falta de aguante y su alta emocionalidad).
Por tanto, las personas que han desarrollado una especial intuición para percibir supuestas injusticias en el lenguaje, en la vestimenta o en las interacciones sociales son las que reciben el epíteto de “woke”. Están despiertas para “cazar” todo tipo de detalles simbólicos que evidencien problemas “sistémicos” –inadvertidos para la mayoría de ciudadanos, a los que consideran que hay que educar en esta sensibilidad– y emplean el “me gusta” y el retuit como armas para la pedagogía y la denuncia. El propio Andrew Doyle –de origen norirlandés católico, gay, partidario del Brexit y votante del laborista Jeremy Corbyn en 2017– explicaba en Spiked Online que la ideología ‘woke’ suponía un paso adelante, de índole “religioso”, frente a la, según él, encomiable corrección política (“un contrato social ampliamente acordado que reconoce que el racismo, el sexismo y la homofobia manifiestas son irrespetuosos”). Para Doyle, la ideología ‘woke’ da un paso más: “Busca cerrar la ventana de Overton, salir a la caza de opiniones heréticas y castigar brutalmente a quienes se atreven a pensar por sí mismos”.
Para Doyle, la ideología ‘woke’ busca “salir a la caza de opiniones heréticas y castigar brutalmente a quienes se atreven a pensar por sí mismos”
A la espera de saber si el término “woke” sigue diseminándose con éxito en el habla hispana, hay una locución estrictamente española que sí está cosechando un éxito paralelo: “ofendidito”. La periodista Lucía Lijtmaer ha sido una de las más críticas con este diminutivo. En su breve ensayo Ofendiditos. Sobre la criminalización de la protesta (Anagrama, 2019), Lijtmaer traza una argumentación diametralmente opuesta a la que denuncia Woke: tras acusar a los ultraconservadores de viralizar el término para beneficiarse del capital político que concede la rebeldía, Ofendiditos argumenta que las amenazas a la libertad de expresión no provienen del feminismo de la tercera ola o de los activistas de minorías raciales o sexuales (los ofendidos), sino del poder político y legislativo (cita, como ejemplo, la Ley Orgánica de Seguridad Ciudadana que el Gobierno Rajoy aprobó a finales de 2014). Y añade: “Señalar despectivamente al ofendidito no hace sino criminalizar su derecho, nuestro derecho como sociedad, a la protesta”. Es decir, los verdaderos “ofendiditos”, según Lijtmaer, serían los columnistas, novelistas e intelectuales que se enojan por ser replicados con dureza por sus opiniones. “Han conseguido –explicaba en una entrevista en El País– apagar el foco de la denuncia y ponerlo sobre quienes les critican. Lo grave es que no arremeten contra el poder, sino contra los ciudadanos que se atreven a cuestionarles. Prefieren encararse a los que protestan contra sus consideraciones”.
Como ante tantos productos culturales muy marcados políticamente, Woke ha despertado filias y fobias en el ámbito anglosajón… y previsiblemente también las encenderá en el ámbito hispanoamericano. Alex Clark, en su reseña de The Guardian –cuyos titulares son diana habitual de Titania McGrath–, destacaba que “burlarse del lenguaje de la justicia social es un golpe bajo” y reivindicaba que los términos empleados para reflejar la realidad social y política son importantes. En el New Statesman, la guionista y cómica Mollie Goodfellow acusaba a Doyle no solo de carecer de gracia y pertenecer al mainstream sociocultural, sino de caer en un vicio antiguo: el de menospreciar a la juventud con ideales y comprometida con valores diferentes, nuevos, más acordes y respetuosos con la situación actual. “Supongo –continuaba Goodfellow– que esa es la audiencia objetivo de Titania: las personas que afirman que ‘ya no puedes decir nada’, incluso cuando sus opiniones se repiten constantemente en la televisión nacional, en los periódicos y en Internet”.
La diana de sus dardos satíricos de su nuevo libro será el ámbito educativo, desde Greta Thunberg hasta la educación sexual en las aulas, pasando por la transexualidad infantil o el sentimentalismo frente a los hechos
Como es lógico, los fans de Titania McGrath exhiben una visión opuesta. En el mercado español, el más madrugador ha sido el crítico Alberto Olmos en El Confidencial, que escribía rendido: “En la última garita de la última frontera de la libertad de expresión y del sentido común, está siempre un cómico de guardia. También es verdad que muchas de las ideas de moda solo pueden contrarrestarse riéndose de ellas. Es simplemente imposible discutir desde la seriedad con tanto fanático”. En los países de habla inglesa, donde el libro vio la luz hace un año, entre sus admiradores más célebres destacan el cómico Ricky Gervais –que ha calificado Woke como “una maravillosa sátira clásica”– o Joe Rogan, uno de los podcasters más influyentes del mundo en el ámbito sociopolítico de habla inglesa.
De hecho, cuando Andrew Doyle fue a su programa, en febrero de 2020, Rogan recalcó una de las claves argumentativas que subyace bajo la sátira que Woke erige: “Me encanta que en el libro hagas esta comparación con el radicalismo religioso, porque creo la cultura woke sigue los mismos patrones. Aunque digan que no son religiosos, hay personas que siguen estas ideologías extremadamente rígidas, que no permiten ni una sola variación. Fuerzan una conformidad absoluta y si no estás al cien por cien con ellos, te atacarán por no ser lo suficientemente woke”. Ese dogmatismo que Rogan atribuye a los “wokies” explica por qué Doyle ha optado por la sátira como herramienta. Porque en el empleo descarnado del humor desde una perspectiva sociopolítica yace la mayor novedad de Woke. El propio Doyle lo razonaba en una entrevista para la revista The American Mind: “Por supuesto, con Titania, la interpretación errónea de lo que hace es afirmar que está haciendo humor desde la parte alta de la escala social, que está atacando a las minorías. No se trata de eso en absoluto: está atacando el [denominado] movimiento por la justicia social, que es muy, muy poderoso, pero no se percibe a sí mismo como poderoso. Por eso dicen ser víctimas: para poder decir que burlarse de la justicia social es burlarse de los débiles. No lo es, por supuesto. Es burlarse de los que están en el poder”. Es decir, Andrew Doyle/Titania McGrath se presenta como un antídoto o una suerte de guardaespaldas.
En unos años donde los debates sobre las amenazas a la libertad de expresión y las preocupaciones por la “cultura de la cancelación” se han viralizado –la carta abierta de intelectuales progresistas en la revista Harper’s ha sido el último y más sonoro episodio–, Woke pretende desmontar los presupuestos del activismo sociocultural de la izquierda identitaria posmoderna. Doyle considera que esos postulados se han convertido en mainstream en la esfera pública, de modo que reírse de ellos conlleva el boicot, el linchamiento en redes y las peticiones de despido. Tanto Titania McGrath como Woke son su rebelión ante lo que considera una ideología que demanda pureza moral y no permite la disensión. Entre los numerosos casos que suele citar Doyle están el de un youtuber escocés que fue llevado a juicio (y multado con 800 libras) por enseñarle a su perro el saludo nazi, el de un hombre al que la policía interrogó para “comprobar su pensamiento” tras ser acusado de publicar tuits supuestamente tránsfobos o el del profesor Adolph Reed –marxista y afroamericano– que vio su charla cancelada por prestar más atención a la cuestión de clase que al tema racial.
Woke pretende desmontar los presupuestos del activismo sociocultural de la izquierda identitaria posmoderna. Doyle considera que esos postulados se han convertido en mainstream, de modo que reírse de ellos conlleva el boicot, el linchamiento en redes y las peticiones de despido
Con Woke, Andrew Doyle traslada al mundo editorial su misión en defensa de la libertad de expresión que él considera tan amenazada en estos momentos. Porque su actividad resulta frenética. Más allá de su popularidad en las redes sociales, Doyle ha impulsado Comedy Unleashed, un espacio para la “comedia libre-pensadora”, sin autocensuras, donde se invita explícitamente a los cómicos a tomar riesgos en los temas sobre los que bromean en sus monólogos. Y, por supuesto, su presencia en medios resulta habitual: ha debatido en BBC NewsNight, Good Morning Britain o Sky News Australia, ha sido entrevistado en varios de los podcasts sociopolíticos más populares (The Joe Rogan Experience, The Rubin Report, Walk-ins Welcome, Triggernometry, Modern Wisdom) y ha escrito columnas para The Sun, The Spectator, Spiked Online e, incluso, The Independent.
En este último publicó una exageradamente dura tribuna haciéndose pasar por un joven cómico que demandaba que las leyes de odio fueran mucho más severas con el gremio, dadas las “bromas asquerosas” y ofensivas que advertía en el circuito de stand-up. Según Doyle, este “troleo” pretendía demostrar cómo “la ideología de la justicia social ha infectado el mainstream mediático”. Reflexionando sobre el episodio, Doyle se preguntaba por la ortodoxia y el conformismo ideológico: “¿Por qué un periódico nacional respetado publica las chorradas de un escritor del que nadie ha oído hablar solo porque está impulsando la agenda woke?”. La travesura se completaba con un acróstico compuesto por la cuarta letra de cada frase del artículo: “Titania McGrath ha escrito esto, gacetilleros ingenuos”.
Entre suspensiones temporales de twitter, Titania McGrath ha sacado tiempo para un nuevo volumen satírico que verá la luz en octubre: My First Little Book of Intersectional Activism (Little Brown, 2020). La diana de sus dardos satíricos será esta vez el ámbito educativo, desde Greta Thunberg hasta la educación sexual en las aulas, pasando por la transexualidad infantil o el sentimentalismo frente a los hechos. “Lectura esencial a la hora de dormir para todos los niños que sueñan con hacer frente a la opresión y cambiar el mundo”, ironiza en la contraportada.
Las sátiras de Titania McGrath son de trago rápido, pero contundentes. No obstante, su éxito editorial revela una tendencia más amplia: la de académicos (Steven Pinker, Jonathan Haidt, Bret Weinstein), periodistas (Claire Lehmann, Brendan O’Neill), cómicos (Dave Chappelle, Ricky Gervais) y ensayistas (Debra W. Soh, Helen Pluckrose, Douglas Murray) que están ubicando en el centro de sus discursos aspectos como la libertad de expresión, la heterodoxia especulativa y la desarticulación intelectual de las premisas de las políticas de la identidad. Asuntos todos ellos que están hoy en el centro de las denominadas guerras culturales.
Antes de la pandemia ya había problemas graves con nuestro sistema de organización de las relaciones económicas internacionales. Como se muestra en este libro del profesor y analista Emilio Ontiveros, en parte por haber estirado el brazo de la globalización más que la manga de la necesaria gobernanza de
dicha globalización y, por otra parte, por la crisis de liderazgo mundial que vivimos al haber entrado EE.UU. en una de sus fases de repliegue («American first» se está convirtiendo en un «America alone») y estar ocupando el vacío otras potencias como Rusia o China que no pueden aspirar (todavía) al liderazgo mundial (la UE está, desgraciadamente, ausente en esa pugna).
Como creo que después de la pandemia, aunque no regresemos «al mundo de ayer», tampoco saldremos a un mundo nuevo y radicalmente distinto, el libro que comentamos seguirá conservando su elevado interés, sin pasar a ser, solo, un libro de esa historia económica reciente a la que tanto hace referencia el autor para entender el presente.

Sobre todo, el tremendo golpe que representó para nuestro modelo de vida y nuestras creencias, la crisis financiera internacional de 2008 seguida, en Europa, por la crisis del euro de 2011/2012.
Aunque el libro se organiza en cinco partes, en realidad el proyecto al que responde tiene tres puntos: qué problemas tenemos, cuáles han sido las causas de esos problemas y por dónde deben ir las soluciones a esos problemas. Y debo de decir que, a pesar de no ser un libro extenso, para los tiempos que corren, es bastante exhaustivo y, muy, muy didáctico. Es, claramente, un libro escrito con el rigor del experto, pero con la pedagogía del profesor, lo que lo convierte en lectura recomendada «para todos los públicos».
Vivimos, según Ontiveros, un tiempo en el que la inseguridad es un denominador común y «la incertidumbre se apodera de los estados de ánimo de los empresarios y de las familias» (pág. 39). Junto a ello, un momento en el que «los indicadores macroeconómicos nunca estuvieron tan divorciados de los estados de ánimo de la gente como ahora» (pág. 19) ya que, a pesar de todos los éxitos con los que nos bombardean los medios de comunicación derivados de la globalización y la intensificación del progreso tecnológico, se está poniendo de manifiesto que todo
ello ha beneficiado mucho más a unos que a otros. Ahora, muchos viven hoy peor que vivían sus padres. No todos tienen garantizados sus puestos de trabajo» (pág. 18) y muchos sienten que les han robado sus expectativas de futuro basadas en una igualdad de oportunidades, un proceso de selección basados en la meritocracia y un ascensor social, tres vectores de cohesión social que han saltado por los aires, dejando desprotegidas a amplias capas de la población que vuelven sus ojos a unos gobiernos nacionales impotentes para frenar el cambio global que se ha puesto en marcha. Esa será la base social de los populismos que estamos viendo crecer en Europa (y no solo del Este), EE.UU. y América Latina.
Si, como el autor, seguimos iniciando el recuento histórico del Orden Económico Internacional con los Acuerdos de Bretton Woods posteriores a la Segunda Guerra Mundial, es porque muchos de sus valores (multilateralismo y liberalización de intercambios) y de sus instituciones (FMI, Banco Mundial) siguen en pie como referentes, aunque cada vez haciendo más agua en un deterioro progresivo que tiene un punto de inflexión muy importante en la crisis financiera internacional de 2008 simbolizada por la quiebra de Lehman Brothers. Como señala el autor, lo importante de esta crisis no fue tanto su origen en los sistemas financieros privados del primer mundo, sino en dos secuelas sin las que no se entienden el momento actual: una, que «la gestión de la crisis exigió actuaciones excepcionales que
en gran medida alteraron el funcionamiento del sistema económico» (pág. 198), y dos, que «esa crisis despojó a la globalización de su hasta entonces incuestionables atributos […] y extendió la desconfianza hacia las élites y las instituciones, incluidos los partidos tradicionales» (pág. 29). A partir de ahí, los dos vectores claves que habían definido el mundo económico en los últimos años, una globalización crecientes y los exponenciales avances de la digitalización, pasan a ser percibidos como amenazas por parte de un número creciente de ciudadanos, sobre todo, en los países más avanzados entre los que, además, crece la desconfianza hacia el capitalismo y la democracia. Este proceso es ampliamente descrito con rigor y, a la vez, con sencillez por el autor.
Si seguimos la lógica subyacente al relato del libro, podemos reagrupar lo dicho en torno a dos excesos: los relacionados con las reglas del juego y los relativos a los jugadores. En todo caso, es evidente que los «excesos» a los que se refiere el título del ensayo han sido cometidos por quienes tenían capacidad y poder para cometerlos. Respecto a las reglas del juego establecidas tras la Segunda Guerra Mundial (liberalización de intercambios, estabilidad financiera, predominio del libre mercado y multilateralidad, con una potencia líder) se empiezan a resquebrajar a partir de 1970 cuando EE.UU. suspende la convertibilidad del dólar en oro ante la superinflación derivada de sus gastos en la guerra de Vietnam, seguido por la extensión al mercado de capitales de las reglas de liberalización mundial de movimientos, mientras se mantienen controlados los servicios y, sobre todo, los trabajadores, lo que genera una hinchazón de las finanzas mundiales respecto a los bienes producidos, aunque se haya producido un fuerte incremento en el comercio mundial («las finanzas han dejado de ser acompañantes de las transacciones reales para disponer de mayor autonomía», pág. 125) lo que introduce fuerte inestabilidad en el sistema económico mundial, como vimos cuando la crisis de 2008; y, sobre todo, la aceptación de China en la Organización Mundial de Comercio en 2001, «como si» fuera una economía de mercado, lo que significa una revolución paulatina en el sistema mundial de intercambios comerciales al aparecer las nuevas cadenas de valor (lo que llamamos globalización) y, sobre todo, un competidor con costes bajos al que se le permite fórmulas de ayudas estatales que están prohibidas en otros países, abriendo la puerta a una competencia desleal de la que sacan mucho provecho las nuevas empresas globales aunque deteriore las reglas de juego de la OMC.
Esta realidad conecta con la segunda línea de análisis, los jugadores, donde hemos visto como se alteraban radicalmente los equilibrios preexistentes ante la irrupción de dos nuevos jugadores potentes y al alza: China y, también, las nuevas empresas multinacionales, sin control estatal adecuado, impulsadas, además, al calor de la revolución tecnológica que, en paralelo, hemos vivido («Globalización y digitalización son las dos grandes transformaciones de las últimas décadas», pág. 53).
Estos desequilibrios, mantenidos desde una creencia ideológica en que los mercados libres acaban consiguiendo un equilibrio estable, salta por los aires a partir de la crisis financiera internacional del 2008, que tiene un efecto secundario en la crisis de la eurozona que provoca que «Europa llegue cansada a esta nueva confrontación del poder mundial actual» (pág. 247). A partir de ahí, ante un nuevo panorama protagonizado por un país que no cumple las normas (China), y por unas grandes empresas globales que se las saltan (el grupo de empresas tecnológicas conocido como GAFAM por sus siglas, que factura el equivalente al 70% del PIB de España), se va incubando una reacción, sobre todo en los países más avanzados que es donde más se traduce todo eso en un fuerte aumento de la desigualdad social, que, de momento, adquiere la forma de un populismo político más interesado en señalar culpables (reales o no) que en buscar soluciones (posibles).
Y es que hay soluciones. O, al menos, eso nos dice Ontiveros en la última parte de su análisis titulada, precisamente, «Nada está perdido», donde propone «no dejar solos a los mercados» (pág. 278), «frenar los excesos del capitalismo, que son autodestructivos» (pág. 279) teniendo claro que «frenar la apertura o el progreso tecnológico, no es la solución» (pág. 288). Hay que buscar una reforma de las instituciones multilaterales para «adecuarlas a la realidad de esta tercera fase de la globalización» (pág. 296) donde la interdependencia económica entre países es muy superior a la que existía tras la Segunda Guerra Mundial, pero China es «uno de los grandes acreedores del resto del mundo, incluido Estados Unidos» (pág. 253) y, de forma simultánea, regenerar el capitalismo buscando compatibilizar la rentabilidad de las empresas con la satisfacción
de las exigencias sociales» (pág. 307).
Quienes creemos que mantener un sistema de convivencia, democrático en lo político a la vez que eficiente y justo en lo social, es una conquista que merece la pena conservar e incluso extender a todo el planeta, encontraremos en el ensayo del profesor Ontiveros argumentos suficientes para convertir nuestro deseo, en realidad posible. No se arrepentirán de leerlo.
En los últimos decenios, la innovación se ha convertido en el emblema de la sociedad moderna, una panacea para resolver cualquier tipo de problema con el que tengamos que enfrentarnos. Helga Nowotny (2008) caracteriza nuestra época como de fascinación y búsqueda de la innovación. Este impulso a la innovación surge de los estudios de la esfera de la economía de Joseph Alois Schumpeter (1942), en los que este economista austriaco indicaba que la innovación es el motor interno del desarrollo económico; con la innovación, tiene lugar un proceso de mutación industrial que revoluciona incesantemente la estructura económica desde dentro, destruyendo ininterrumpidamente lo antiguo y creando continuamente elementos nuevos. Este proceso de destrucción creadora constituye la esencia del capitalismo.
Los trabajos de Schumpeter fueron rescatados en Estados Unidos a partir de los años sesenta del siglo pasado conscientes de que el poder internacional del país se basaba, en gran medida, en su supremacía tecnológica, y que era preciso conocer bien los factores que fundamentaban esa superioridad. Para los gobiernos europeos y las organizaciones internacionales como la OCDE, la innovación tecnológica se convirtió, así mismo, en un medio para el crecimiento económico y la competitividad. En paralelo se desarrolló en Europa todo un discurso sobre el gap entre ciencia y tecnología en Europa frente a Estados Unidos. En estos estudios de la innovación, destacó el economista inglés Chris Freeman, que dirigió la elaboración del Manual de Frascati (1962), un manual dedicado a la medición de las actividades de investigación y desarrollo experimental, y posteriormente tuvo una participación significativa en un documento de política pública para la primera conferencia ministerial sobre ciencia celebrada en 1963.
Las innovaciones en Ciencias Naturales e Ingenierías y en Ciencias Humanas y Sociales coexisten de manera imbricada
Estudios posteriores sobre la manera de innovar de las empresas (Rosenberg, 1994) mostraron que la innovación se producía mayoritariamente a través de la adopción de tecnologías, y no de las actividades de I+D, y que la innovación no se restringía al área tecnológica, sino que se llevaba a cabo en la comercialización, la incorporación de nuevos materiales y la organización. Al mismo tiempo, este enfoque centrado en la empresa fue considerado restrictivo por dos motivos. En primer lugar, porque se centraba en las empresas manufactureras y no tenía en cuenta la creciente importancia de los servicios en la economía, lo que supone una ruptura con la visión industrial y fordista de la producción económica. En segundo lugar, porque la innovación se produce en cualquier otra entidad como puede ser las administraciones públicas, los hospitales, las universidades y las entidades sin fin lucrativo.
Algunas de estas nuevas visiones de la innovación rompían con la concepción tecnocrática, históricamente construida, de las relaciones entre ciencia e innovación: la innovación es tecnológica y tiene que ver con las ciencias naturales y las ingenierías (CNI), y no con las ciencias humanas y sociales (CHS). Sin embargo, como en el caso de las CNI, los conocimientos producidos por la investigación en CHS son utilizados para poner en práctica nuevas formas de organización del trabajo, nuevos servicios o nuevas maneras de relación entre los actores sociales; o mejorar los existentes, así como para proporcionar nuevos contenidos a las entidades del sector cultural. Así mismo, como ocurre con las innovaciones tecnológicas, las innovaciones sociales que triunfan son las que son adoptadas por los utilizadores.
Sin embargo, no puede establecerse un muro estanco entre ambos tipos de innovaciones, los dos coexisten de manera imbricada y la innovación tecnológica no estaría ligada exclusivamente a las CNI ni las innovaciones sociales lo serían de las CHS. Por una parte, las CNI contribuyen significativamente a las innovaciones sociales. Por ejemplo, las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) son fundamentales para el desarrollo de nuevos métodos pedagógicos, la prestación de servicios de sanidad y, en general, en la puesta en práctica de nuevos servicios en las administraciones. Además, las innovaciones sociales relevantes suelen integrar componentes tecnológicos. Por otra parte, el desarrollo y la difusión de innovaciones tecnológicas constituyen un proceso social cuya compresión necesita el aporte de las CHS. Así, ciertas innovaciones biotecnológicas deben complementarse con innovaciones sociales, so pena de rechazo o contestaciones sociales. Del mismo modo, la innovación en un medio industrial viene condicionada por factores sociales y organizacionales, como el modelo de gestión adoptado, la organización del trabajo o la formación de recursos humanos.
El hecho de que el foco de estudio y, sobre todo, de medición de la innovación, se haya centrado durante tanto tiempo en la industria y en la innovación tecnológica ha tenido como consecuencia que los sectores en los que tradicionalmente las humanidades y las ciencias sociales han tenido mayor incidencia (innovaciones organizativas y de mercadotecnia, en la administración pública, en la cultura) han sido, en cierta medida, relegados e insuficientemente analizados.
Finalmente, ha sido a partir del presente siglo cuando se han comenzado a realizar estudios sobre la innovación orientada a objetivos sociales y los impactos sociales de la innovación.
CIENCIAS HUMANAS Y SOCIALES Y TRANSFERENCIA DE TECNOLOGÍA
Los estudios empíricos desarrollados en los últimos años para comprender mejor los procesos de intercambio y transferencia han permitido identificar los aspectos comunes y específicos de las diferentes áreas del conocimiento. En particular, un estudio cualitativo de estos procesos en el ámbito de las ciencias humanas y sociales, basado en el modelo de análisis propuesto por Barry Bozeman (2000, 2015), permitió identificar las diversas dimensiones de estos procesos:
1) Las características de los participantes en los procesos, donde cabe distinguir los investigadores y sus grupos de investigación y las entidades a las que pertenecen, pues no siempre sus objetivos son idénticos.
2) El objeto que se intercambia o transfiere.
3) Los mecanismos de intercambio y transferencia de conocimiento.
4) Las condiciones del contexto: políticas de ciencia e innovación, legislación y regulaciones, cultura, etc., que pueden constituir barreras o incentivos para las actividades de intercambio y transferencia de conocimiento.
5) Los resultados, tanto los tangibles, definidos previamente, como otros que pueden beneficiar a todos los involucrados.
Los procesos de intercambio y transferencia de conocimiento desde la universidad y organismos de investigación a la sociedad destacan por su diversidad
Finalmente, es interesante tratar de identificar la efectividad de los procesos de intercambio y transferencia de conocimiento, es decir, cuál ha sido el uso, por parte de los actores sociales involucrados, de los “objetos” intercambiados o transferidos y, a ser posible, el alcance social de este uso.
¿Qué hemos aprendido de los estudios citados? En resumen, que los procesos de intercambio y trasferencia de conocimiento desde las universidades y organismos de investigación a la sociedad destacan por su diversidad en todas las dimensiones citadas: actores o beneficiarios, mecanismos utilizados para interactuar, condiciones de contexto y usos del conocimiento científico que realizan los actores sociales.
Los conocimientos generados por un grupo de investigación pueden ser tanto específicos (derivados de cada uno de los proyectos realizados en el marco de las líneas de investigación que desarrollan) como generales (obtenidos mediante la lectura de la bibliografía y el intercambio de información con otros colegas en el curso de sus actividades). Algunos productos generados a lo largo del proceso de investigación en ciencias humanas y sociales (tales como artefactos, metodologías, modelos, guías, etc.) pueden ser aplicados también en otros contextos o en otras áreas del conocimiento. Por ejemplo, las empresas españolas de arqueología emplean las metodologías y técnicas elaboradas por los grupos de investigación y los investigadores especialistas en lengua y literatura de diversas lenguas que contribuyen a su normalización y, a la vez, contribuyen en contextos tan aparentemente alejados como la investigación policial (pasaporte vocal como técnica forense). En algunos ámbitos de estas áreas también es frecuente obtener productos susceptibles de ser reproducidos o utilizados, como por ejemplo cuestionarios, incunables, mapas, manuscritos, fotografías, repertorios musicales, o elementos de patrimonio histórico-artístico tales como instrumentos musicales, piezas de cerámica, mobiliario o edificios.
Es frecuente que sus resultados (textos originales o adaptaciones, bases de datos, recreaciones virtuales de espacios histórico-artísticos o diseños de web, programas de ordenador, etc.) sean susceptibles de ser protegidos intelectualmente y licenciados para su potencial uso mediante los cauces contractuales establecidos. Por último, el área de humanidades y ciencias sociales también dispone, como otras áreas del conocimiento, de servicios y técnicas instrumentales (laboratorios o unidades técnicas para estudios aplicados) que pueden ser de gran utilidad para otras entidades que no dispongan de estas facilidades.
Los investigadores utilizan una gran diversidad de canales para intercambiar y transferir la gran variedad de conocimientos antes descritos con los actores sociales: algunos de ellos son directos y no formalizados institucionalmente, como las consultas puntuales, la participación en congresos profesionales, la pertenencia a comités de expertos, la elaboración de textos y manuales o la formación a la carta, y otros, formalizados a través de la universidad, mediante contratos o en el marco de ayudas públicas, para llevar a cabo proyectos conjuntos de I+D, asesoramiento o investigación, licencia de títulos de propiedad intelectual.
¿Qué distingue a las humanidades y las ciencias sociales de otras áreas del conocimiento? En primer lugar, los mecanismos de interacción: algunos no son de aplicación en el área (licencia de patentes, por ejemplo), pero los de tipo informal se utilizan indistintamente y también los proyectos conjuntos y los contratos, si bien con actores diferentes y con diferente intensidad. En todos los ámbitos, incluso en las ciencias experimentales, la creación de empresas o de centros conjuntos de I+D y la licencia de títulos de propiedad son los mecanismos de intercambio y transferencia de conocimiento menos habituales, lo cual es muy relevante, porque en la actualidad son dos de los mecanismos en los que más hincapié se hace desde las políticas públicas de apoyo a la transferencia de tecnología. Por otra parte, el menor uso de la investigación conjunta en el marco de programas públicos se debe, en gran medida, a la menor relación con empresas, y a la falta de adecuación de los programas de financiación de la innovación a las características del sector más afín (las industrias culturales).
Con respecto a los aspectos del entorno que pueden incidir en los procesos de intercambio y transferencia de conocimiento, a diferencia de las ciencias experimentales e ingenierías, el conocimiento generado en el ámbito de las ciencias humanas y sociales puede ser compartido sin perder su valor económico o social, por lo que no es necesario establecer cláusulas de confidencialidad ni de exclusividad de los conocimientos de partida. Ello sucede con los estudios en ciencias sociales que contribuyen a la toma de decisiones en políticas de diversa índole (educación, sanidad, bienestar social). En la creación de productos culturales (discos de música o documentales, guías, enciclopedias, libros divulgativos, exposiciones, representaciones artísticas, etc.), donde las innovaciones surgen de la combinación novedosa de conocimientos que da lugar al nuevo producto o servicio, estos pueden haber sido previamente publicados mediante los canales científicos habituales -revistas o libros- sin que se reduzca su valor de uso cultural.
El conocimiento generado en el ámbito de las ciencias humanas y sociales puede ser compartido sin perder su valor económico o social
En relación con los actores sociales con los que interactúan los investigadores, en general, se suele tener en consideración exclusivamente a las empresas, como si éstas fueran las únicas que, para llevar a cabo sus actividades, necesitaran nuevos conocimientos. Son muchos los agentes sociales que pueden beneficiarse de este esfuerzo y, gracias a ello, desempeñar mejor sus propios fines, y esta diversidad se presenta en todos los ámbitos del conocimiento, aunque el peso relativo de cada tipo de actor es diferente. Como empresas receptoras del conocimiento en humanidades destacan las editoriales, productoras discográficas, audiovisuales o cinematográficas, los medios de comunicación, las empresas culturales o de producción de espectáculos (teatro, música, etc.) o, en el caso del grupo de arqueología, empresas de la construcción y de suministros para la elaboración de los preceptivos informes de evaluación del impacto arqueológico de las obras públicas.
En el caso de las ciencias sociales, las empresas usuarias pueden ser todas, cuando los conocimientos inciden en los diversos aspectos de su gestión, y con gran frecuencia las de los sectores de servicios (banca, consultoría, turismo, etc.). Acerca de otros actores sociales, en el caso de las humanidades y las ciencias sociales se producen interacciones con profesionales como arqueólogos, guías culturales o abogados, por poner algunos ejemplos bastante evidentes; entidades sociales, como asociaciones de empresarios, sindicatos, ONG’s, entidades culturales, partidos políticos, organismos internacionales, etc., pero especialmente las administraciones públicas a todos los niveles (nacional, regional, local) y en todas sus áreas de intervención, para contribuir a identificar la pertinencia de sus políticas, diseñarlas o evaluar sus logros.
Los avances sociales no dependen tanto de la disponibilidad de materias primas como del talento y los valores de las personas
Hasta aquí se han revisado los actores más conocidos, pero los avances acelerados en el desarrollo y aplicación de las nuevas tecnologías y su amplio impacto en tantos y tan diversos ámbitos sociales están haciendo evidente la necesidad de estudiar los aspectos éticos, legales, económicos, humanos y sociales relacionados con el bienestar social, la equidad, el desarrollo, el género, el empleo, la formación de los empleados, la democracia, la seguridad de los individuos, la salud de las personas afectadas, etc., que se van a ver afectados por la implementación de esas nuevas tecnologías globalizadas. De ahí la transversalidad de las humanidades y las ciencias sociales en documentos como el H2020, el Horizonte Europa (2021-2027) o las Estrategias española, francesa o británica de Inteligencia Artificial, por citar algunas.
Las necesidades de nuevo conocimiento por parte de los usuarios son diversas (incluso en el caso de las empresas) en función del sector al que pertenecen, de su tamaño, su cultura y su propia capacidad de innovación. Por su parte, no cabe hablar de una única aplicación potencial de los nuevos conocimientos. En general, se identifican tres tipos de uso del conocimiento científico: el uso directo o instrumental, que corresponde a su aplicación para dar lugar a nuevos productos y servicios, nuevos procesos o para solucionar problemas específicos; los usos indirectos, derivados de que los nuevos conocimientos promueven la reflexión, la crítica y la conceptualización (el llamado uso conceptual), y el apoyo y legitimación de una idea o posición (uso simbólico). La mayoría de las políticas orientadas a favorecer la transferencia de conocimiento ponen el foco en el uso instrumental, cuando los estudios realizados muestran que los actores sociales aprecian más los otros dos, porque la investigación pública les puede ayudar a orientar sus estrategias y sus acciones futuras y a reforzar sus capacidades, mientras que las soluciones más inmediatas pueden ser resueltas por otro tipo de entidades o empresas.
CONCLUSIÓN
El futuro es complejo e incierto, la interconexión –real y virtual– entre las diversas sociedades es cada día mayor y los avances sociales no dependen tanto de la disponibilidad de materias primas como del talento y de los valores de las personas, así como de las capacidades institucionales, y especialmente, del compromiso de los dirigentes políticos, sociales y económicos con el conjunto de la sociedad. Quienes se mueven en este contexto global precisan un conocimiento profundo de los demás, de su cultura, su historia, su situación social y económica y de las razones que impulsan sus acciones, sean políticos, empresarios, consumidores o ciudadanos. Las ciencias humanas y sociales están llamadas a desempeñar un papel muy relevante en este contexto, siempre que asuman el compromiso de contribuir a abordar los principales desafíos sociales, culturales, éticos y económicos, como por ejemplo: la formación de los ciudadanos de un mundo global, con espíritu crítico, nuevos valores, creatividad y capacidad para trabajar en contextos multiculturales; la comprensión de los desafíos de una sociedad que envejece; la innovación social y sus diversos ámbitos; los nuevos comportamientos, negocios y servicios en un mundo cada vez más conectado por internet, las diferencias culturales de consumidores y usuarios y cómo afectan a las empresas en un mundo global; el impacto de las nuevas tecnologías sobre las personas y sobre las sociedades (medicina, producción de alimentos,…); la gestión de las relaciones internacionales, el desarrollo y la seguridad, así como los efectos de la globalización.
Todos estos desafíos deberían ser acometidos por grupos constituidos por actores diversos e investigadores de diferentes disciplinas en los que los investigadores de ciencias humanas y sociales deben estar presentes para que los factores humanos y sociales sean adecuadamente contemplados y, en paralelo, ese papel debe ser adecuadamente valorado y reconocido como parte del quehacer de los investigadores de estas áreas.
Elena Castro Martínez es científica titular del CSIC en INGENIO (CSIC-Universidad Politécnica de Valencia). Coordinadora del área global Sociedad del CSIC.
NOTAS
Bozeman, B. (2000). Technology transfer and public policy: a review of research and theory. Research Policy, 29(4-5), 627-655.
Bozeman, B. (2015). The evolving state-of-the-art in technology transfer research: Revisiting the contingent effectiveness model. Research Policy, 44, 34-49.
Nowotny, H. (2008). Insatiable Curiosity: Innovation in a Fragile Future, Cambridge: MIT Press.
Rosenberg, N. (1982). Inside the Black Box. Technology and Economics, Cambridge: Cambridge University Press.
Schumpeter, J.A. (1934). The theory of Economic Development. Cambridge: Harvard University Press.