Mi cesta

Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.

Ver productos

La filosofía en la literatura y la literatura en la filosofía

Ignacio Gómez de Liaño (Madrid, 1946) es uno de los filósofos españoles con una trayectoria intelectual más sólida y variada. Desde la publicación de su primer libro, Los juegos del Sacromonte (1975), donde analizaba la interacción entre mitos, imágenes y realidad histórica en la época de Felipe II, ha ido construyendo una obra muy personal que toca multitud de géneros y temas: la reflexión histórica y social basada en el análisis de conceptos filosóficos como la memoria, la imaginación o el tiempo (El idioma de la imaginación, 1983, La mentira social, 1989), el estudio de las relaciones entre Oriente y Occidente a través de los diagramas gnósticos y los mandalas budistas (El círculo de la sabiduría, 1998, Filósofos griegos, videntes judíos, 2000), el diario personal (El camino de Dalí, 2004, En la red del tiempo, 2013), el estudio histórico (El Reino de las Luces. Carlos III entre el Viejo y el Nuevo Mundo, 2015), la poesía (Carro de noche, 2017), el ensayo político (Recuperar la democracia, 2008, Democracia, islam, nacionalismo, 2018), la monografía sobre ciertos autores considerados heterodoxos (Hipatia, Bruno, Villamediana, 2008) o el ensayo más estrictamente filosófico (Iluminaciones filosóficas, 2001, Sobre el fundamento, 2002, Breviario de filosofía práctica, 2005), sin olvidar sus sucesivas incursiones en la narrativa de ficción (Musapol, 1999, Contra el fin de siglo, 1999, Extravíos, 2007, El Juego de las Salas de Salas, 2018).


Ignacio Gómez de Liaño: Filosofía y ficción. EDA Libros, 2020


En Filosofía y ficción Gómez de Liaño se ha centrado en uno de sus temas más queridos y frecuentados, que de alguna manera recorre toda su obra: la relación entre filosofía y literatura, cuyos límites son más imprecisos y borrosos de lo que se suele pensar. Un dato relevante es que en estas páginas no sólo encontramos un conjunto de interesantes reflexiones sobre los vínculos entre narrativa y pensamiento, sino que también podemos hallar en ellas su aplicación práctica, pues se van alternando textos filosóficos, entre el aforismo y el ensayo, con relatos de ficción.

Comienza planteándose el autor, desde la primera frase del libro, una cuestión de fondo que, tomando como referencia un ejemplo clásico, puede resultar paradigmática: “¿Es la República de Platón una obra de ficción o de filosofía?” Aunque parece indudable que se trata de una obra filosófica, y así ha sido considerada desde siempre, también la ficción narrativa se filtra en el discurso platónico en forma de diversos mitos, como las historias de las razas metálicas, las visiones post mortem de Er de Panfilia o el celebérrimo ‘mito de la caverna’. Lo que trataba de hacer Platón al relatar esas historias era exponer problemas filosóficos de gran calado, como la verdad, el bien, la educación o el destino humano, en forma de cuentos o narraciones. De esta manera conseguía dotar a sus reflexiones de mayor potencia y vivacidad, así como de cierta sacralidad enigmática, similar a la de los mitos antiguos.

Comienza planteándose el autor una cuestión de fondo que, tomando como referencia un ejemplo clásico, puede resultar paradigmática: “¿Es la República de Platón una obra de ficción o de filosofía?”.

Por supuesto, no sólo la filosofía puede contener en sí misma elementos de ficción, sino que también se produce la relación en dirección contraria: las obras narrativas pueden plantear en su seno cuestiones o debates de cariz netamente filosófico. Es lo que ocurre, por ejemplo, con los Sueños y discursos de Quevedo, El Criticón de Gracián, Los demonios de Dostoyevski, En busca del tiempo perdido de Proust, La montaña mágica de Thomas Mann, El hombre sin atributos de Musil o El último puritano de Santayana, por citar algunos de los casos mencionados en el libro.

Las fronteras entre filosofía y literatura, por tanto, son difusas y permeables. En cualquier caso, resulta interesante buscar elementos distintivos y tratar de esclarecer sus rasgos característicos. Lo esencial de la ficción narrativa reside, según Gómez de Liaño, en “la representación verbal de una acción en la que está comprometida la vida de un personaje”, con la cual se identifica el lector. Lo importante en ese ámbito es que se produzcan situaciones dramáticas y se destaquen caracteres llamativos que transmitan cierta emoción o sentimiento vital. El tipo de verdad que se persigue es diferente en ambos casos: el texto filosófico pretende descubrir la verdad objetiva, orientando su atención hacia la realidad o los objetos del mundo, mientras que la novela se conforma con lograr la verosimilitud y se centra en “los estados del alma” y “los estremecimientos de la carne”.

Lo que trataba de hacer Platón al relatar esas historias, según Gómez de Liaño,  era exponer problemas filosóficos de gran calado, como la verdad, el bien, la educación o el destino humano, en forma de cuentos o narraciones

Desde el punto de vista del escritor, es decir, atendiendo a su experiencia creativa y a su forma de afrontar el hecho de la escritura, también hay diferencias significativas entre los dos géneros. Como es natural, al escribir una novela el autor siente que su imaginación se puede mover con mayor libertad y capacidad expansiva que cuando está redactando un ensayo filosófico, que está supeditado al conocimiento y debe atenerse a unos objetivos previamente establecidos. La relación con el tiempo también es distinta: la filosofía se sitúa más allá de lo temporal, busca descubrir la esencia intemporal de las cosas, la realidad verdadera, mientras que la novela hunde sus raíces en la corriente irreversible del tiempo, y su “verdad” está hecha de tiempo.

Al analizar los vínculos entre esas dos dimensiones en su propia obra, la filosófica y la novelística, Gómez de Liaño destaca tres elementos comunes a ambas: el tema del viaje, los personajes y el argumento. En cuanto a lo primero, en sus ensayos el viaje lo protagonizan las ideas y diagramas, que se mueven por el tiempo y el espacio, mientras que en las novelas lo que interesa son las peripecias viajeras de los protagonistas de carne y hueso. En cuanto a los personajes, desempeñan una función diferente: en los ensayos los protagonistas son las ideas (y las referencias a la vida de los filósofos son útiles solo en la medida en que nos puedan servir para entender mejor sus ideas), mientras que en las novelas “los personajes –sus peripecias y avatares– siempre ocupan el primer plano, y las ideas que discurren por sus mentes solo interesan en la medida en que afectan a sus vidas”. Finalmente, el argumento en las novelas sirve para articular la vida de los personajes, mientras que en los ensayos ayuda a organizar la marcha de las ideas.

No sólo la filosofía puede contener elementos de ficción, sino que también se produce la relación en dirección contraria: las obras narrativas pueden plantear en su seno cuestiones o debates de cariz netamente filosófico

En definitiva, quien se embarque en la lectura de Filosofía y ficción hallará estas y otras muchas reflexiones sobre las relaciones entre filosofía y literatura, así como distintos relatos de ficción y variados aforismos (“Cuando se menosprecia la excelencia, la barbarie llama a la puerta”, “La peor censura es el silenciamiento”, etc.) Después de todo, como se afirma hacia el final del libro: “Querer llevar la vida sin hacer concesiones a la ficción y el cuento es, a decir verdad, una estupenda ficción y un estupendo cuento”.

María Zambrano y Ramón Gaya: «Y así nos entendimos…»

El minucioso y delicado trabajo de los editores, Isabel Verdejo y Pedro Chacón, contribuye a crear la sensación vivísima de estar asistiendo a la historia de una amistad verdadera, que es singular, en cuanto que lo son sus dos protagonistas, pero a la vez resulta un arquetipo platónico de lo que debe ser la amistad ideal.


María Zambrano, Ramón Gaya: Y así nos entendimos. Correspondencia 1949-1990. Pre-Textos, 2018


Un pequeño libro de la filósofa francesa Simone Weil, recientemente publicado por Hermida Editores, titulado precisamente La amistad, nos ha iluminado la lectura de este libro. Weil habla de que la amistad es una forma de amor en donde brilla con una luz específica la independencia de ambos amigos, que el amor no puede dar. Lo expresa aún con mayor energía Weil: «La amistad es el milagro en el que un ser humano acepta mirar con distancia y sin acercamiento alguno al ser que le es necesario como alimento». María Zambrano especialmente, aunque siente una necesidad imperiosa de trato con su amigo Ramón Gaya, se cuida en toda su relación de no atosigarle ni robarle silencio. Apenas se produce alguna excepción, pero tan justificada que sirve de prueba en sentido contrario. Es cuando María Zambrano, porque ha muerto una persona muy querida para ella, pide a Gaya algunas noticias, «que siempre me hubieran sido agradables, pero ahora […] las necesito». Lo habitual es lo contrario: hace votos explícitos por guardar esas distancias de la amistad, por ejemplo cuando ella y su hermana Araceli lo invitan a su casa de Roma o a sus vacaciones: «Sabes bien que nuestra compañía no es de las que quitan la soledad al pájaro».

Ello no implica distancia intelectual o sentimental. Las páginas que cada uno de ellos dedica a analizar la obra o el pensamiento del otro son fascinantes; y dan a este libro su tercera dimensión de ensayo, tras la de epistolario y novela. Como el volumen recoge también los artículos que publicaron sobre sus respectivas obras, puede verse la sinceridad previa que había en esas páginas y la exigencia mutua. Incluso asistimos al desarrollo de una paradoja muy real. A menudo lo más íntimo los amigos se lo dicen en público, en una reseña o en una presentación, con un delicado pudor paradójico.

Gaya escribe: «Es una alegría sentir que no somos libres. Sí, gracias a Dios, no tenemos esa monstruosidad vacía que se llama Libertad». Y María Zambrano asiente: «La libertad es obediciencia, el conocimiento, amor»

El nivel filosófico y espiritual de las cartas de ambos amigos es alto y transparente. Se entienden muy bien. «Tenemos nuestros Dioses y, si sabemos hablarles y escucharles, las cosas se hacen ellas solas, y entonces las cumplimos casi sin responsabilidad y sin esfuerzo —me refiero al esfuerzo de la voluntad», escribe María Zambrano, hablando por los dos. Ramón Gaya abunda: «Es una alegría sentir que no somos libres. Sí, gracias a Dios, no tenemos esa monstruosidad vacía que se llama Libertad». Y María Zambrano asiente: «La libertad es obediciencia, el conocimiento, amor».

Tanta profundidad es compatible con múltiples bromas privadas, cómo María Zambrano llamando al  CV el «Carrum viatae»; o como esta expresión: «estoy harta con tres haches»; o esta guasa: «la pintura abbbssstttraita!» En general, ambos prefieren reírse de sí mismos. Informa Zambrano: «Figúrate que me está rondando escribir algo sobre la brujería, a mi modo, claro, es decir, sin saber una palabra del asunto». Pero Ramón Gaya le elogia su modo de hacer crítica literaria y artística: «Sólo debería estar permitida esa forma difícil, y el que pueda, pueda».

«Tienes que escribir cartas —aunque no sean para mí— muchas; un Epistolario completo. Será tu obra maestra”, escribió José Bargamín a María Zambrano

Los editores han acompañado las cartas de abundantes documentos gráficos, como fotografías, pinturas, caligrafías, reproducciones de objetos y autógrafos de los autores y de los amigos de los autores. No es un complemento elegante de una edición de lujo, o no sólo: recrean así el ecosistema de la amistad, que no crece en el vacío nunca, pero menos en el caso de María Zambrano y Ramón Gaya, tan sensibles a la belleza de los lugares, de las obras de arte y del arte humilde de las cosas cotidianas. La cubierta del volumen reproduce una estela de la Vía Apia donde gustaba acudir María Zambrano en compañía de Ramón Gaya.

La presencia de los amigos comunes, de los que se recogen también cartas, contribuye a recrear el ámbito humano donde la amistad entre Gaya y Zambrano se desarrolló y en el que el lector se siente de algún modo acogido gracias al juego de las perspectivas. Los amigos de ambos también son inteligentes y cariñosos. Especialmente curioso resulta cuando Gaya o Zambrano hablan del otro a sus espaldas a algún tercero. Siempre lo hacen con gran delicadeza, sin ahorrarse alguna crítica verdadera, pero haciendo saber entonces al interlocutor que eso que se le cuenta, ya se lo ha dicho antes al interesado. Sólo hay alguna excepción, que se entiende y que da un toque de humanidad más al libro. «A María le tengo que mentir», confiesa Gaya que hace cuando ella le pregunta si tiene noticias de los amigos comunes que sí le escriben a él, pero no a ella. Lo hace para rogar a Salvador Moreno que escriba, por favor, a María: «y calmes un poco sus ansias de reconocimiento español… y juvenil». Amistad hasta el cuidado más delicado.

María Zambrano, aunque siente una necesidad imperiosa de trato con su amigo Ramón Gaya, se cuida en toda su relación de no atosigarle ni robarle silencio

Todos estos matices finísimos de las obras mutuas, de las distintas personalidades y de la amistad íntima se ven mejor gracias a la excelente prosa de ambos. Este es un libro también de alta literatura. Casi siempre escribir es la forma más natural de hablar del fondo; y todavía más para dos escritores tan exquisitos. «Y me siento más propicia ahora a escribirte unas líneas —al fin y al cabo, es mi oficio», reconoce Zambrano. José Bergamín, viejo zorro, percibe que ella da su nota más alta en el género epistolar, porque aúna su honda perspicacia con una inédita cercanía y le aconseja: «Tienes que escribir cartas —aunque no sean para mí— muchas; un Epistolario completo. Será tu obra maestra. Cartas en que te abandones por completo en que te dejes ir, a tu sentimiento y pensamiento. Y creo que es ahora el momento de tu madurez espiritual para empezar tu Epistolario». Los subrayados son del sagaz Bergamín, al que este libro da la razón.

Tan redondo como libro, casi como novela, ha quedado, que no se deshilacha hacia al final, como suelen los epistolarios, sino que acaba en un clímax. En la última carta, escrita el 11 de octubre de 1990, que emociona. Zambrano recapitula en un tarjetón, con firma temblorosa, con motivo de la inauguración del museo Ramón Gaya en su ciudad natal: «Ramón, me alegro de veras porque aparezcas en tu tierra, en la finura del mundo; como te dije una vez hace siglos; Murcia es lo más fino que he visto… Y así nos entendimos. Hoy te lo escribo como puedo. María».

Slawomir Mrozek explora el totalitarismo desde la sátira

Desde 2001 Ediciones Acantilado viene publicando en español la obra narrativa de Slawomir Mrozek (1930-2013), prolífico escritor y autor dramático polaco. A los libros Juego de azar (2001), La vida difícil (2002), Dos cartas (2003), El árbol (2003), El pequeño verano (2004), La mosca (2005), Huida hacia el sur (2008) y El elefante (2010), -aunque previamente se había publicado en 1969 por Seix Barral- se suma Magacín radiofónico, obra que reúne setenta piezas satíricas que el autor escribió para la radio polaca en la década de 1960.


Sławomir Mrożek: Magacín radiofónico. Y «El agua (pieza radiofónica)». Acantilado, 2019 (Traducción de A. Rubió y J. Slawomirski)


Mrozek fue periodista y dibujante satírico antes de emprender su carrera literaria en 1957 en Polonia, país que abandona en 1963 para regresar en 1966 y volver a comienzos del nuevo siglo. Vivió más de treinta años fuera su país natal, en Italia, Alemania, Francia y México y puede considerarse uno de los autores más universales de Polonia, así como uno de los dramaturgos europeos más representados en las últimas décadas.

En su faceta como narrador Mrozek se inscribe dentro de la tradición más centroeuropea del absurdo donde el humor surrealista, negro y afilado, la sátira y el esperpento se entremezclan provocando una sonrisa, pero también un cierto vacío existencial, un nihilismo que puede resultar algo desolador y sin esperanza.

Ciudadanos y funcionarios, jefes y subordinados, son dos caras de una misma moneda, todos son unos pobres seres que provocan entre risa y pena

Los relatos de Magacín radiofónico, algunos brevísimos, cubren dos temas fundamentalmente. El primero y más recurrente es la burocracia que se retroalimenta de una administración y de todo un sistema donde proliferan despachos con funcionarios ineptos, jefes con títulos y cometidos rimbombantes y ciudadanos que se pierden entre papeles y procedimientos a cual más incomprensible. El segundo son los encuentros y desencuentros de la vida diaria, sucesos que pueden tener lugar en cualquier pueblo, situaciones en la familia, el trabajo, entre vecinos, etc.  Al final, ciudadanos y funcionarios, jefes y subordinados, son dos caras de una misma moneda, todos son unos pobres seres que provocan entre risa y pena.

La gran mayoría de los relatos se desarrollan a través de diálogos. Otros muestran el discurso interno, el razonamiento que un personaje se hace ante situaciones como poder comprarse unas hojas de afeitar, un cambio de destino, etc. Y otros, los menos, describen algunas situaciones directamente. En los tres formatos de piezas el autor plantea la situación que suele ser inicialmente ya absurda para llegar a un final aún más inconsecuente.

Hay un personaje que se repite en estas piezas. Se trata de “el director”, que sería como el antiguo “jefe” en España antes que lo llamásemos de modos más modernos. Y luego hay otra clave común a muchas de ellas: ideas estrambóticas que pretenden mover a la acción para solucionar un supuesto problema, acciones en sí mismas también absurdas, lo que acaba desembocando en situaciones esperpénticas.

No hay una referencia explícita al país donde esto sucede, pero la constante y sutil referencia al abuso del poder, al conformismo y las limitaciones de la libertad humana dibujan un sistema totalitario que podría ser cualquiera

A veces es “el director” el que tiene esa brillante idea, pero otras veces viene de más arriba, a través de un memorándum que llega, una conmemoración que hay que celebrar, etc. Con todo, la figura de “el director” no está descompensada respecto al retrato que se hace de los subordinados que acuden a su despacho y aportan su pertinente dosis de incongruencia e ineptitud. Por resumirlo de alguna manera: se trata de un mundo donde unos y otros, “directores” y empleados o funcionarios, como no tienen nada que hacer, se lo inventan. El procedimiento, la normativa, creada o nueva, los expedientes, las comisiones, etc. son también recurrentes.

El bar o la taberna son, junto a la oficina, otro de los lugares preferentes de estos relatos. En este entorno hay otra figura señera: los tertulianos que discuten sobre los temas más diversos –desde la moral hasta un monumento- y en su caso, como en las oficinas, llegan a poner en marcha ideas peregrinas. Beben, comen, opinan y aportan soluciones a problemas habitualmente inexistentes.

No hay una referencia explícita al país donde todo esto sucede, pero la constante y sutil referencia al abuso del poder, al conformismo y las limitaciones de la libertad humana dibujan inicialmente un sistema totalitario que podría ser cualquiera. El autor evidentemente sorteó bien la censura comunista como estos textos muestran y al hacerlo, precisamente, dejó unos relatos que no pierden frescura.

Leyendo Magacine radiofónico uno se acuerda también de esos otros autores españoles del absurdo, si bien son más luminosos en sus tonos como pueden ser Jardiel Poncel y Mihura. Pero en Mrozek hay más tristeza de fondo, menos cosquilleo, es, en definitiva, más centroeuropeo y más disolvente.

El autor sorteó bien la censura comunista como estos textos muestran y, al hacerlo, precisamente, dejó unos relatos que no pierden frescura

Las piezas que componen Magacin radiofónico no han perdido un ápice de actualidad. Salvas sean las distancias digitales y otras temporales, saltan del sistema totalitario polaco, en cuyo contexto fueron escritas, a la realidad hoy de muchas democracias occidentales asfixiadas no sólo por la creciente burocracia, sino por la corrección política, el capitalismo woke y otros modos de limitar la libertad y pretender ser lo que no somos bajo consignas y constricciones. De igual modo, parte de la dinámica descrita entre el “el director” y los subordinados, la idea, etc. es plenamente aplicable al mundo de algunas empresas.

Así, algún ofendidito –como se le denominaría hoy. ya aparece en los relatos de Mrozek, también los discursos rimbombantes y cursis propios de cualquier totalitario, como también esa pretendida superioridad moral o señalización de la virtud de quien tiene la sartén por el mango, amén de esos afanes regulatorios y, por supuesto, esos títulos de puestos de mando en plaza, cuanto más largos menos hacen.

Los grandes procesos cambiantes de la política, analizados en un cuaderno de Nueva Revista

La situación de la política exige un proceso de reflexión para analizar los cambios y tendencias que se están desarrollando en la actualidad. Este es el objetivo del cuaderno monográfico elaborado por profesores de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y editado por Nueva Revista.

Hasta catorce firmas diferentes desgranan en otros tantos artículos los diversos temas, divididos en tres grandes bloques: Los desafíos de la democracia; Partidos políticos y sistemas electorales; y Ética, participación y comunicación política.

Víctor Renobell, coordinador de Política hoy, disponible en una edición exclusiva digital, introduce el monográfico con el texto que reproducimos a continuación:

“Las Ciencias Políticas son unas ciencias cambiantes. Cada vez existen nuevos desafíos y nuevas formas de hacer política y de analizarla. La política es un hecho social en continua evolución. Es por este motivo que hemos preparado un volumen que disecciona los grandes procesos cambiantes de la política.

Se analizan las nuevas formas de participación política. La sociedad civil está avocada a encontrar nuevas formas de participación, nuevas formas de proceder e imponer cambios en la sociedad. Directamente relacionados con estas nuevas formas de participación están los nuevos desafíos de la nueva comunicación política. Los Estados y los políticos esbozan nuevas formas de comunicación para captar la atención de sus votantes y ciudadanos. Las formas de identidad siempre han sido motivo de devaneos políticos, pero en este nuevo siglo se están generando nuevas formas de identidad tanto nacionales como supranacionales que imponen una nueva forma de pensar y repensar los estados, los nacionalismos y todos los procesos identitarios de este nuevo siglo.

A todos estos cambios se unen los nuevos procesos de liderazgo político. El político actual es un ciudadano más formado, con más recursos y con unos mejores asesores que hace diez años. Eso implica un nuevo liderazgo que rompe con los cánones establecidos por la neutralidad académica del siglo pasado e impone un líder personalista, persuasivo, multimediático y moldeable a los cambios que acontecen en la sociedad informacional del presente. Los nuevos líderes traen nuevas formas de organización política, nuevos partidos políticos capaces de captar las nuevas necesidades de la sociedad actual.”

Como proceso en paralelo a estos cambios y evoluciones el mundo de la política goza de un nuevo sentido de ética y responsabilidad social. Nuevos constructos afianzados por la sociedad del riesgo en la que vivimos. Ser y estar son ahora más importantes que nunca junto con el compromiso revisionario de todas las acciones pasadas. Unido a la visión global que implica un mundo interconectado y donde el presente es el ahora en todos los confines del globo terráqueo. Una globalización de valores y de formas de proceder que implica a la vez esa desinformación que acompaña a la sociedad informacional, donde las fake news forman ya el vocabulario más básico de todo representante de los bienes públicos.

Descargar PDF.

Fratelli tutti, pros y contras

Es cierto que, como reconoce Juan Manuel de Prada, la nueva encíclica de Francisco no ha suscitado muchos comentarios ni debates en los medios. Pero, a diferencia de otros textos pontificios, ha tenido el mérito de suscitar un dibujo de El Roto: El País publicaba una viñeta con un hombre en lo alto de una iglesia preguntándose qué iba a pasar con el capitalismo, tras la denuncia de Francisco. Sea como fuere, los expertos no han visto en Fratelli tutti nada que el Papa no hubiese comentado o dicho ya y, de hecho, sorprende la cantidad de referencias que esta encíclica contiene a otros documentos magisteriales.

Dirigida a “todos los hombres de buena voluntad”, titula el texto con una fórmula proveniente del Santo de Asís, muy presente en todas las enseñanzas de este Papa que, si se ha caracterizado por algo, ha sido por situar la cuestión social en el centro de la agenda vaticana. Una de las críticas más sonadas que se han realizado a la Encíclica es, precisamente, la que se refiere al título, porque algunas agrupaciones feministas han pedido su rectificación, solicitando que, frente al genérico “fratelli”, se incluya a las “hermanas” (“sorelle”) en el encabezamiento.

Carta encíclica «Fratetlli tutti».

Más allá de la anécdota, Francisco vuelve a reflexionar sobre las exigencias del compromiso cristiano con el mundo, desarrollando temas que pertenecen a la Doctrina Social de la Iglesia. En este sentido, según Austen Ivereigh, biógrafo de Bergoglio, se puede considerar el escrito papal como una síntesis o recapitulación de todo lo que Francisco ha ido recordando al pueblo cristiano desde que accedió a la cátedra de Pedro.

Francisco propone un pacto cultural y global inclusivo, para fomentar la solidaridad debilitada por el individualismo y las crisis

Ivereigh cree que este “podría ser su último documento importante” del Papa argentino. Y aunque, como también han indicado otros, en sus páginas se tratan diversos temas –hasta el punto de que el experto en Bergoglio sostiene que “puede parecer un popurrí” –, se encuentra en el centro de la encíclica la gran apuesta de la Iglesia por la fraternidad entre los hombres. No en vano, Francisco propone un pacto cultural y global inclusivo, para fomentar la solidaridad debilitada por el individualismo y las crisis.

En efecto, Francisco transmite que en las últimas décadas el mundo está “perdiendo rápidamente el sentido de la familia humana. Con la desaparición del bien común, la pérdida del diálogo y la solidaridad (…), la humanidad se está deslizando rápidamente hacia la oscuridad de los enfrentamientos civiles, el tribalismo y el nacionalismo”, señala Ivereigh.

Algo similar sostiene el economista norteamericano, de tendencia liberal, Samuel Gregg, para quien esta encíclica no es únicamente un “resumen” de lo que ha enseñado en los últimos años Bergoglio, sino, de alguna manera, “una despedida”, porque tiene la impresión de que con su publicación “ha dicho ya todo lo que tiene que decir”.

Una radiografía del mundo actual

Francisco comienza detectando los rasgos más preocupantes de las sociedades actuales, entre ellos, la virulencia ideológica, la suerte de los inmigrantes, las guerras, las inclinaciones individualistas, pero lo hace sin abandonarse al pesimismo. Por el contrario, hay una clara invitación a la esperanza y, para mostrar la inextinguible aspiración humana al bien, pone de ejemplo cómo en medio del sufrimiento y la tragedia, Dios hace nacer en la humanidad encumbrados deseos. Recuerda, en este sentido, la reciente pandemia porque incluso en los momentos más difíciles, hay personas que “reaccionan donando la propia vida”.

Kate Ward, profesora de Ética Teológica en la Universidad Marquette, considera que «Fratelli tutti» pretende concretar el mensaje ético y social del cristianismo, más que proponer unos deberes morales abstractos

La parábola del buen samaritano, sobre la que el Papa se detiene extensamente, le ayuda a reflexionar sobre las respuestas de los hombres ante el dolor del prójimo. Esta parte es la que ha llevado a algunos a señalar que la intención del texto es, principalmente, pastoral. Así, en un comentario para First Things, Raymond J. de Souza señala que el rasgo más sobresaliente de Francisco es su gran preocupación por los pobres y afligidos.

Kate Ward, profesora de Ética Teológica en la Universidad Marquette, considera que Fratelli tutti pretende concretar el mensaje ético y social del cristianismo, más que proponer unos deberes morales abstractos. En realidad, ese es el espíritu evangélico: ayudarnos a “hacernos presentes ante el que necesita ayuda, sin importar si es parte del propio círculo de pertenencia”, indica el pontífice.

La xenofobia, el racismo o los nacionalismos excluyentes, señala la encíclica, son incompatibles con la hermandad entre los hombres. Francisco muestra tanta preocupación por los migrantes que dedica el cuarto capítulo a la caridad con los que vienen de otros países, así como hacia los refugiados. Hay que “acogerlos, protegerlos, promoverlos e integrarlos”, advierte, obligando a tomar medidas concretas, como facilitar visados o favorecer la reagrupación familiar.

Críticas al neoliberalismo

Sea como fuere y más allá del mensaje social, lo que más se ha cuestionado en la opinión pública han sido las consideraciones sobre los límites de la propiedad privada y el embate contra lo que el Santo Padre llama “neoliberalismo”. Tras acercarse al documento, el periodista mexicano Eduardo Ruiz-Healy adelantaba que muchos políticos se sentirían inexorablemente “aludidos, incómodos y hasta ofendidos” por la “condena papal” del capitalismo.

Lo que declara Francisco es que el mercado no es la solución a todos los problemas y que la economía no puede ser ajena a los principios éticos. Por eso, reclama “situar la dignidad humana en el centro” y, frente al pobre “dogma de fe neoliberal”, insiste en la necesidad de construir estructuras sociales más justas.

Para Phil Lawler, periodista católico, el pontífice muestra “una clara hostilidad” hacia el capitalismo

Aunque Fratelli tutti recuerda la insustituible función de los empresarios y su contribución a la hora de crear riqueza y trabajo, algunos han interpretado sus palabras como una reprobación del libre mercado. Para Phil Lawler, periodista católico y director del portal CatholicCulture.org, el pontífice muestra “una clara hostilidad” hacia el capitalismo. Lo mismo sostiene David Clement, del lobby Consumer Choice Center, que señala que la concepción que tiene el Papa sobre este modelo es errónea porque el mundo se ha beneficiado de sus ventajas y es más viable que otros que se han propuesto.

El mencionado Samuel Gegg realiza consideraciones similares. Sin cuestionar la preocupación social que caracteriza al pontífice, cree, sin embargo, que el tratamiento de las cuestiones económicas en la encíclica es insuficiente y simplista. La defensa del mercado no se ha hecho nunca de un modo independiente a la moral: “los mercados requieren todo tipo de hábitos morales no comerciales y prerrequisitos institucionales y culturales” para funcionar. Cuando no se dan esas condiciones, no se puede hablar de la existencia de un mercado, sentencia.

Más combativo ha sido el intelectual francés Guy Sorman en un artículo publicado en City Journal. Aunque no se declara católico, señala que, a diferencia de lo que parece creer Bergoglio, “no hay ningún economista, ni ningún intelectual, que afirme que el mercado es la solución universal a todos los problemas”. Cuestiona, además, la eficacia de otros modelos, como el cooperativista: “sería deseable que una economía cooperativista funcionara, pero no es así: en economía, las buenas intenciones no producen necesariamente resultados deseados”, comenta.

David Clement, del lobby Consumer Choice Center,  señala que la concepción que tiene el Papa sobre el modelo capitalista es errónea, porque el mundo se ha beneficiado de sus ventajas y es más viable que otros modelos

También en España ha habido comentaristas que han criticado este supuesto posicionamiento del Papa. El analista económico Diego Barceló advierte de que el Santo Padre no emplea los conceptos económicos correctos y que yerra al examinar el papel del consumidor, puesto que en la economía de mercado es “realmente quien manda”. Por su parte, Lorenzo Bernaldo de Quirós ha publicado en Actualidad Económica el artículo más duro con la encíclica, acusando a Francisco de populismo y de asumir “la tesis de que la redistribución de la renta y de la riqueza es la forma de eliminar” la pobreza, olvidando las injusticias y perjuicios a los que ha conducido.

Miguel Ángel Belloso, ex director del semanario económico, incide en lo mismo, recordando que sin las recetas liberales (mercado, libertad, riqueza) “es imposible disipar la desigualdad y paliar” las necesidades sociales. Considera trivial la visión económica del Papa. El pontífice, es verdad, alerta sobre la especulación financiera y la creación ficticia de riqueza, pero olvida que el mercado financiero ayuda a” crear eficiencias en la inversión y en el despliegue del capital por parte de individuos y empresas que, si bien están diseñadas para producir beneficios, también pueden promover una mejor administración de los recursos disponibles”. Por otro lado, frente a lo dicho por la encíclica -si “alguien no tiene lo suficiente para vivir con dignidad se debe a que otro se lo está quedando”- recuerda que la economía responde a una dinámica más compleja de relaciones y que no es un juego “de suma cero”.

El liberal Samuel Gegg cree que el tratamiento de las cuestiones económicas en la encíclica es insuficiente y simplista y que la defensa del mercado no se ha hecho nunca de un modo independiente a la moral

Si se lee Fratelli tutti sin anteojeras ideológicas, no se descubre en su mensaje nada que altere los principios clásicos que inspiran la enseñanza social del cristianismo. El Papa, se ha dicho, combate por igual las recetas liberales y las de la izquierda. Según Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de San Egidio, la última encíclica de hecho explora una vía intermedia entre el liberalismo y el populismo.

Para el teólogo americano Larry Chapp, aunque a veces el pontífice se extralimita cuando escribe de economía y su censura a la libre economía pueda resultar superficial, lo que dice no resulta muy diferente a lo que ha enseñado el magisterio anterior. Encontramos en él “una visión espiritual genuina y pasarla por alto argumentando que el Papa es injusto con el libre mercado implica soslayar su sentido profético. Francisco, a pesar de su falta de experiencia en el ámbito económico, reafirma lo que han enseñado los pontífices desde León XIII, es decir, que debemos situar a las personas por encima de las ganancias, el trabajo por encima del capital y el bien común por encima de los resultados empresariales”.

El debate sobre la propiedad privada

Además de la polémica en torno al liberalismo que ha suscitado Fratelli tutti, se ha llamado la atención sobre las consideraciones acerca de la propiedad privada que realiza el sumo pontífice en su tercer capítulo. En él, recuerda que la fraternidad es el camino para la igualdad y que esta no constituye un ideal abstracto; menciona a este respecto el destino universal de los bienes, de acuerdo con el cual concluye que la propiedad es un derecho secundario. Según Francisco, la tradición cristiana nunca ha hablado de la propiedad como un derecho absoluto e irrestricto, sino que siempre ha estimado que su ejercicio está condicionado por su función social.

Guy Sorman señala que, a diferencia de lo que parece creer Bergoglio, “no hay ningún economista, ni ningún intelectual, que afirme que el mercado es la solución universal a todos los problemas”

Esta apelación a la función social de la propiedad siempre ha levantado ampollas entre los que suscriben una concepción de la economía más liberal. ¿Quién se encarga de determinar cuándo y cómo opera este límite? Diego Barceló, promotor del liberalismo clásico, destaca que “una vez admitida la borrosa idea de la ‘función social’ de la propiedad, la misma pasa a depender de una interpretación arbitraria de su utilidad social”. También Bernaldo de Quirós piensa que es una solución equivocada situar como primer principio el uso común de los bienes, sin reconocer que el derecho de propiedad “es uno de los fundamentos esenciales de la libertad, de la autonomía y de la prosperidad de los individuos y de las naciones”.

Por su parte, John Horvart, presidente de la American Society for the Defense of Tradition, Family and Propiety y miembro de la Association of Christian Economist, estima discutible la concepción de la propiedad que transmite Francisco. “Asume que el destino universal de los bienes creados y el uso privado de la propiedad se encuentran en constante oposición”, apunta. Pero “la prioridad del destino universal de los bienes en modo alguno elimina la necesidad de respetar la propiedad privada”.

Lorenzo Bernaldo de Quirós ha llegado a acusar a Francisco de populismo y de asumir “la tesis de que la redistribución de la renta y de la riqueza es la forma de eliminar” la pobreza, olvidando las injusticias y perjuicios a los que ha conducido

Ahora bien, si se acude a la Doctrina Social de la Iglesia y se consulta, por ejemplo, el Catecismo, no hay en estas declaraciones de Francisco nada que chirríe. Es más: lo que afirma es una de las enseñanzas claves de la Iglesia. De hecho, para referirse a los límites del derecho de propiedad, el actual pontífice cita un apartado de Centesimus Annus, la encíclica de Juan Pablo II que tanto gustó en su momento a los liberales. Según Meghan Clark, experta en teología moral, “la doctrina social católica siempre ha sostenido el principio fundamental del destino universal de los bienes y considerado la propiedad como un derecho derivado” del mismo.

Pero no hay que confundir este principio, de acuerdo con el cual los bienes han sido creados por Dios para el conjunto de la humanidad, con la obligación de un uso común. De hecho, la propiedad privada constituye una de las manifestaciones de ese destino universal de lo creado. “En otras palabras”, explica Aquinas Guilbeau, profesor de la misma disciplina, “el derecho a la propiedad privada, si bien resulta fundamental para el desarrollo del hombre y el logro de un orden político justo, no se puede reivindicar ni ejercer en contra o por encima del deseo providente de Dios sobre la creación”.

Para el teólogo Larry Chapp, aunque a veces el pontífice se extralimita cuando escribe de economía y su censura a la libre economía pueda resultar superficial, lo que dice no resulta muy diferente a lo que ha enseñado el magisterio anterior

 Otros temas

Junto a estas polémicas, Fratelli tutti trata de otros asuntos de interés, que preocupan al Papa y al mundo actual. Por ejemplo, Francisco critica, y considera empobrecedora la política fragmentada y, frente al populismo “insano”, que instrumentaliza ideológicamente los deseos y el sentir del pueblo, propone uno servicial, que aglutine a la sociedad, y sea la “base para un proyecto duradero transformación y crecimiento”.

John Horvart, presidente de la American Society for the Defense of Tradition, Family and Propiety estima discutible la concepción de la propiedad de Francisco: “la prioridad del destino universal de los bienes en modo alguno elimina la necesidad de respetar la propiedad privada”

A lo largo de la encíclica, el pontífice va proponiendo una mirada más esperanzadora sobre la política, diferenciando un sentido positivo frente al peyorativo que ha adquirido, como consecuencia de las últimas crisis sociales. Propone, así, una política no sometida al dictado de la economía, sino amplia, “que piense con visión amplia, y que lleve adelante un replanteo integral, incorporando en un diálogo interdisciplinario los diversos aspectos de la crisis».

En la misma línea que otros autores, como Michael Sandel, por ejemplo, la fraternidad por la que apuesta el Papa se ha de construir sobre una base comunitaria. Y sobre el bien común. Para descubrir lo que une y todos los ciudadanos comparten, es indispensable promover foros de diálogo e intensificar unas relaciones sociales sanas, más allá de las que se encuentran mediadas por el interés y el lucro, recalca el pontífice.

¿Quién controla el discurso público?

Las grandes tecnológicas tienen cada vez más frentes abiertos. Por un lado, comenta el semanario británico, están las sospechas de que las GAFA -Google, Amazon, Facebook y Apple- como se las llama, están haciendo uso en el mercado de posición dominante. De acuerdo con el Departamento de Justicia de EE. UU., por ejemplo, los acuerdos de Google con los fabricantes de teléfonos y desarrolladores con el fin de establecer su buscador como predeterminado, una práctica común en el sector, “perjudica a los consumidores, que se ven privados de alternativas”.

Por otro lado, están las consecuencias que tiene el predominio de estas compañías para la libertad de expresión. El control que tanto Google como las redes sociales, especialmente Facebook y Twitter, poseen sobre los contenidos y el papel que ejercen dictaminando lo que se puede publicar o no, sin necesidad de amparo legal, ha “aumentado la indignación popular contra ellas”.

Así, los titanes tecnológicos son el blanco de las críticas tanto de la derecha como de la izquierda: si, para esta última, “las redes están anegando a los usuarios en el odio y la falsedad”, la derecha “acusa a estas compañías de censura, incluyendo un artículo reciente sobre sospechas de corrupción en la familia de Biden, el candidato demócrata”.

Desconfianza pública

En todos estos casos, “lo que está en juego es quién controla las reglas del discurso público”, sentencia The Economist. Y se pregunta: ¿deben ser estos agentes privados los encargados de velar por el contenido de la discusión en el espacio virtual, que es público? Porque hasta ahora “son un puñado de ejecutivos no elegidos por los ciudadanos quienes  están estableciendo los límites de la libertad de expresión”. No hay más que recordar lo que ha ocurrido en fechas recientes.

Para la izquierda, “las redes están anegando a los usuarios en el odio y la falsedad”. La derecha “acusa a estas compañías de censura”, según The Economist

“Desde el mes de febrero, YouTube ha identificado más de 200.000 videos ‘peligrosos o dañinos’ sobre el Covid-19. Antes de las elecciones de 2016, entre 110 y 130 millones de estadounidenses adultos vieron noticias falsas. En Birmania se ha usado Facebook para incitar ataques genocidas contra los rohingyas, la minoría musulmana del país. La semana pasada, Samuel Paty, el profesor francés que enseñó las caricaturas de Mahoma en su clase sobre la libertad de expresión, fue asesinado después de una campaña en su contra en las redes sociales”.

La posibilidad de manipular el contenido que se cuelga en Internet es uno de los principales factores que explica que solo una décima parte de los estadounidenses confíe en las redes y que casi dos tercios crean que son más perjudiciales que beneficiosas. Por estas razones, no es extraño que las compañías se vean cada vez más forzadas a controlar o restringir lo que publican o difunden.

La libertad de expresión, amenazada

A esa inquietud por dejar en manos privadas lo que se puede o no decir, añade The Economist otra preocupación: la manipulación o fiscalización de la opinión pública que puedan hacer los gobiernos con la ayuda de las tecnológicas. Por ejemplo, “en Londres, la policía de la ciudad exigió que borrasen post que, aunque legales, resultaban sospechosos. En junio, el Consejo Constitucional francés anuló un acuerdo entre el gobierno y las tecnológicas por considerar que limitaba la libertad de expresión”. Asimismo, en Singapur, las autoridades públicas han obligado a las compañías a vigilar lo que se publica en las redes. En países más autoritarios, el peligro es aprovechar este poder para suprimir la disidencia.

“Las empresas tecnológicas deberían evitar inmiscuirse en todos los debates. Salvo incitación a la violencia, no deben bloquear el discurso político”, asegura el semanario

Los problemas se agudizan, según los expertos, por el predominio que ejercen las redes y el control que tienen sobre quienes se suscriben a ellas. Los usuarios no tienen la misma capacidad de cambiar de redes como de cambiar de canal de televisión, por ejemplo, ya que en el primer caso tiene mayores implicaciones: puede aislarlos de amigos y conocidos.

¿Qué decir, por otro lado, de los perjuicios ocasionados por el propio funcionamiento interno de las redes? Confiar la difusión de los contenidos y su viralización a claves algorítmicas deja la información también al albur de manipuladores y extremistas, que se aprovechan de todas las virtualidades de la redes para esparcir falsedades o crear bots, erosionando la fiabilidad del entorno digital.

Más competencia

Uno de los remedios para solventar estas deficiencias es el cambio en el modelo de negocio. O, lo que es lo mismo, contrarrestar las tendencias monopolísticas para introducir mayor competencia. Se han valorado diversas opciones, como reconocer la propiedad, individual o colectiva, de los usuarios sobre los datos, de modo que estos pudieran transferirlos, si aquellos decidiesen cambiar de entorno. Esto obligaría a las empresas a competir por ofrecer mejores servicios a los clientes. Se trata sin embargo de una solución controvertida porque acarrearía la caída del valor bursátil de las GAFA. Otra alternativa pasaría por otorgar más poder al usuario sobre los contenidos o reconocer su derecho a elegir fuentes fiables, restando protagonismo a los algoritmos.

Sea cual sea la solución a adoptar, lo cierto es que los estados deben establecer una reglas para proteger el discurso público, partiendo del reconocimiento internacional del derecho a la libertad de expresión que, aunque permite excepciones, exige siempre que las limitaciones sean “proporcionadas y pertinente”.

Eso no significa que las tecnológicas no puedan establecer determinados criterios sobre el contenido que permiten difundir, pero estas siempre se han de establecer  respetando los principios de transparencia y previsibilidad: como guardianes de la discusión pública, las tecnológicas deben someter sus directrices al “escrutinio público” y reconocer a los usuarios el derecho a interponer reclamaciones.

La solución no es fácil: “Cuando las sociedades están divididas y el límite entre el discurso privado y el político se difumina, las decisiones a la hora de intervenir con toda seguridad serán siempre polémicas. Es posible que las empresas tecnológicas pretendan identificar y detener los abusos (…) pero deberían evitar inmiscuirse en todos los debates. Salvo incitación a la violencia, no deben bloquear el discurso político”, concluye el semanario.

Las novelas de Delibes y la cultura católica

La obra novelística de Delibes ha sido estudiada desde diversos puntos de vista: la riqueza de su vocabulario, sus registros estilísticos o la consistencia de sus personajes entre otros.1 Queda todavía por ahondar, me parece, en su dimensión más estrictamente temática2 (¿de qué trata?) que es, en definitiva, lo que más interesa, si damos crédito a lo primero por lo que se inquiere espontáneamente cuando alguien pondera ante un interlocutor la obra que está leyendo. Después de décadas de estudiar formas y estructuras puramente formales, hemos de caer en la cuenta de que no se pueden despreciar las investigaciones temáticas. Tres son, a mi juicio, los nudos temáticos recurrentes que, en círculos concéntricos, configuran las paredes maestras del edificio levantado por Delibes:3 un fondo biográfico contextualizado hasta constituir un fresco de la España (o, al menos, de la Castilla) del siglo XX en los años que construyen el arco de su producción hasta la fecha (en él, como en tantas otras producciones narrativas coetáneas no falta nunca una referencia a la guerra civil del 36-39); una presencia preponderante de la cultura católica como punto de vista social desde el que se enfoca la historia narrada; y una lucidez no exenta de ternura (o viceversa) que expresa la instancia individual del autor de papel, del autor implícito, identificable en este caso, me parece, con el autor de carne y hueso o autor empírico de los textos. Lo que sigue casi se limita a una antología de textos destinada a mostrar dicho aserto.4

En «El Camino», el pueblo que aparece puede ser cualquiera de la época es el que se veía en la película «Bienvenido Mr. Marshall» o en el cualquier NODO de aquellos tiempos

1.  En El Camino, el pueblo que aparece puede ser cualquiera de la época es el que se veía en la película Bienvenido Mr. Marshall o en el cualquier NODO de aquellos tiempos. La presentación externa es tan sencilla como eficaz, tan descripción de paisaje como indicio revelador de una sociedad.

La primera casa, a mano izquierda, era la botica. Anexas estaban las cuadras, las magníficas cuadras de D. Ramón, el boticario-alcalde, llenas de orondas, pacientes y saludables vacas. A la puerta de la farmacia existía una campanilla, cuyo repiqueteo distraía a D. Ramón de sus afanes municipales para reintegrarle, durante unos minutos, a su profesión.

Siguiendo varga arriba, se topaba uno con el palacio de don Antonino, el marqués, preservado por una alta tapia de piedra, lisa e inexpugnable; el tallercito del zapatero; el Ayuntamiento con un arcaico escudo en el frontis; la tienda de las Guindillas y su escaparate recompuesto y variado; la fonda, cuya famosa galería de cristales flanqueaba dos de las bandas del edificio; a la derecha de ésta, la plaza cubierta de boñigas y guijos y con una fuente pública, de dos caños, en el centro; cerrando la plaza, por el otro lado, estaba el edificio del Banco y, después, tres casas de vecinos con sendos jardinillos delante. (EC, pág. 32).

El clima moral del pueblo se refleja también nítidamente en páginas memorables. Cuando la Guindilla menor vuelve «deshonrada» al pueblo, su hermana mayor la esconde como primera providencia y ello provoca la siguiente actitud de las convecinas, nombradas, como se ve, por el apodo correspondiente que funciona como patronímico de uso:

La Guindilla mayor cortó.

– Toma, la sal.

La Lepórida miró de nuevo al techo, olisqueó el ambiente con insistencia y, ya en la puerta, se volvió:

– Lola, sigo oyendo pisadas arriba.

-Está bien. Vete con Dios.

Pocas veces la tienda de las Guindillas estuvo tan concurrida como aquella tarde y pocas veces también, de tan crecido número de clientes, salió una caja tan mezquina.

Rita, la Tonta, la mujer del zapatero, fue la segunda en llegar.

-Dos reales de sal -pidió.

– ¿No lo llevaste ayer?

Quiero más.

Al cabo de una pausa, Rita, la Tonata, bajó la voz:

Digo que tienes luz arriba. Estará contando el contador.

¿Vas a pagármelo tu?

– Ni por pienso.

– Entonces déjalo que corra.

Llegaron después la Basi, la criada del Boticario; Ñuca, la del Chano; María, la Chata que también tenía el vientre seco; Sara, la Moñiga; las otras cuatro Lepóridas; Juana el ama de don Antonino, el marqués; Rufina, la de Pancho, que desde que se casó tampoco creía en Dios ni en los Santos y otras veinte mujeres más. (pág. 77)

En este contexto las notas eternas de la sentimentalidad adolescente o la aparición de la ternura no dejan de presentarse inextricablemente unidas al todo, configurando un realismo ajeno a los prejuicios de esa perspectiva realista en que la obligatoriedad de lo sórdido o la presunta determinación de las estructuras sociales obligan a borrar el amor.

Para el protagonista de El Camino, Daniel, el Mochuelo, cuando la Mica regresaba:

Se hacía mas incitante el verde de los prados y hasta el canto de los mirlos adquiría, entre los bardales, una sonoridad más matizada y cristalina. Acontecía entonces, como un portentoso renacimiento del valle, una acentuación exhaustiva de sus posibilidades, aroma, tonalidades y rumores peculiares. En una palabra, como si para el valle no hubiera ya en el mundo otro sol que los ojos de la Mica y otra brisa que el viento de sus palabras.

La ternura, unida al mundo, también recurrente de los niños (y que a algunos parecerá ternurismo), está ya en esta obra primeriza para nunca desaparecer y embarga la escena final a punto de la partida de Daniel para cursar sus estudios en Madrid.

-Mochuelo, ¿sabes? Voy a La Cullera a por la leche. No te podré decir adiós en la estación.

Daniel, el Mochuelo, al escuchar la voz grave y dulce de la niña, notó que algo muy íntimo se le desgarraba dentro del pecho. La niña hacía pendulear la cacharra de la leche sin cesar de mirarle. Sus trenzas brillaban al sol.

-Adiós, Uca-uca -dijo el Mochuelo. Y su voz tenía unos trémolos inusitados.

-Mochuelo, ¡te acordarás de mí?

Daniel apoyó los codos en el alféizar y se sujetó la cabeza con las manos. Le daba mucha vergüenza decir aquello, pero era ésta su última oportunidad.

-Uca-uca… -dijo, al fin-. No dejes a la Guindilla que te quite las pecas, ¿me oyes? ¡No quiero que te las quite! (pág. 223)

Sin duda, estas sensaciones pertenecen a lo claramente intemporal como pertenece al recuerdo histórico de la guerra civil la cicatriz de Roque, el Moñigo.

«Cinco horas» es históricamente la novela de la época posterior al Concilio Vaticano II. Temáticamente se podría resumir en la oposición entre la actitud del católico conciliar que es Mario tal como aparece al hilo del monólogo interior de Carmen ante su cadáver, y la moral tradicional desde la que ésta denuncia

2. También la guerra civil está presente en Cinco horas con Mario (pero con Higinio, tu dirás, un muchacho que en la guerra se portó estupendamente), gravitando sobre el presente, tanto por la interpretación contradictoria que atribuyen al hecho Carmen y Mario como por la anécdota del episodio a propósito de los italianos alojados en casas particulares.

Con todo, Cinco horas es históricamente la novela de la época posterior al Concilio Vaticano II. Temáticamente se podría resumir en la oposición entre la actitud del católico conciliar que es Mario tal como aparece al hilo del monólogo interior de Carmen ante su cadáver, y la moral tradicional desde la que ésta denuncia.

El ambiente provinciano de estos años del desarrollismo incipiente y emigración de trabajadores («a Alemania») aparece en detalles menudos y aparentemente irrelevantes, pero muy caracterizadores de la superficialidad de las pautas que marcan un estilo de vida:

Me río sólo de pensar lo que hubiera sido esta casa si te dejo elegir a ti los nombres, no quieras saber, un Salustiano, un Eufemiano y una Gabina, cualquier cosa, con tus aficiones proletarias no quieras saber, como lo de poner a los chicos los nombres de la familia, habráse visto costumbre menos civilizada. ¿Quieres decirme qué hubiese hecho yo en casa con un Elviro y un José María, cosa más vulgar, por mucho que les hubieran matado? (pág. 88)

Lo tremendo de esta vaciedad es que preside todas las relaciones humanas incluso las que los personajes han de suponer importantes como el noviazgo y el matrimonio:

que el matrimonio será un Sacramento y todo lo que tú quieras, pero el noviazgo,  cariño, es la puerta de ese Sacramento, que no es una nadería, y hay también que formalizarlo, que ya sé que fórmulas hay muchísimas, montones, qué me vas a decir a mí, desde el «te quiero» al «me gustaría que fueses la madre de mis hijos» con  todo  lo cursi que sea, figúrate, de sorche y de criada, pero, a pesar de todo es una fórmula y, como tal, me vale. (pág. 128)

Las convenciones acríticas dominan férreamente la vida de Carmen (Y si te decía que llorase es por la misma razón que no dejo bañarse a los niños después de comer) y, por lo que se ve, de toda la sociedad provinciana en la que el matrimonio vive. Mario se encuentra en un verdadero dilema: o actuar de acuerdo con su conciencia cristiana y ser radicalmente incomprendido o someterse a la tradición sólo oficialmente católica traicionando su conciencia. La oposición entre catolicismo tradicional y catolicismo conciliar se convierte en Cinco horas en la controversia profunda entre fariseísmo y cristianismo y en el profundo conflicto de un hombre bueno (que si hablar de caridad en ese lenguaje a personas que no entendían la caridad era faltar a la caridad, un galimatías, hijo, crucigramas…).

Esa contradicción, expresada frecuentemente por el autor implícito mediante la ironía, alcanza a la moral sexual y, de un modo particularmente intenso y reiterativo, a la moral social en todos sus órdenes.

Desde luego, en lo que hace a la cuestión social:

«Aceptar eso es aceptar que la distribución de la riqueza es justa», habráse visto, que cada vez me dabas un mitín, cariño, con que si la caridad solamente debe llenar las grietas de la justicia pero no los abismos de la injusticia, que lo que decía Armando, «buena frase para un diputado comunista», a ver, que a los pobres les estáis revolviendo de más y el día que os hagan caso y todos estudien y sean ingenieros de caminos, tu dirás donde ejercitamos la caridad, querido, que ésa es otra, y sin caridad, ¡adiós el Evangelio! (…). (pág. 83)

Pero también en lo referente a las consecuencias públicas de la integridad ética:

pero que tú, Mario, un don nadie, para qué nos vamos a engañar, te vayas a morir porque los locos vivan en un manicomio feo, o porque te dé una torta un guardia, o porque Josechu no cuenta los votos, o porque Solórzano te quiere hacer concejal, o porque los paletos no gasten ascensor, es algo que no me cabe en la cabeza, las cosas como son. (pág. 210)

Según se ve, en esta novela es particularmente sencillo mostrar el componente temático de la cultura católica, ya que argumentalmente se presenta como un metadiscurso sobre dicho tema. Más arduo resultaría aducir ejemplos de ternura, justamente por la misma razón discursiva. No obstante, en el trasfondo de cada una de las ironías autoriales ocultas en el monólogo interior de Carmen se adivina, quizá más que en ninguna otra novela, esa condición humana como característica básica en este texto del protagonista reflejo que irremediablemente (lógico, diría Carmen) se encontraba siempre «solo».

Las novelas de Delibes deben ser valoradas por la capacidad fabuladora que muestran. Los problemas que abordan son, en cuanto humanos,  eternos

3.  No muy distante de la anterior, refiriéndonos al tiempo histórico recreado, habríamos de situar la peripecia de Los Santos inocentes. Ahora, sin embargo, volvemos a la fórmula tradicional de la gran novela. Los hechos cuentan (y cantan) sin necesidad de mayor reflexión. Las relaciones de clase aparecen de un modo tan palmario como sencillo:

Ivancito, ojo, la barra por la derecha, y el Ivancito se armó en silencio, tomó los puntos y, en un decir Jesús, descolgó dos perdices por delante y dos detrás, y no había llegado la primera al suelo, cuando volvió los ojos hacia Paco y le dijo con gesto arrogante, de hoy en adelante, Paco, de usted y señorito Iván, ya no soy un muchacho, que para entonces ya había cumplido el Ivancito dieciséis años y fue Paco, el Bajo, y le pidió excusas y, en lo sucesivo, señorito Iván por aquí, señorito Iván por allá (…). (pág. 95)

Esos tiempos del desarrollismo son evocados en cuanto a las campañas de alfabetización con suaves ironías como ésta:

la B con la A hace BA, y la C con la A hace Za.

Y, entonces, los señoritos de la ciudad, el señorito Gabriel y el señorito Lucas, les corregían y les desvelaban las trampas, y les decían, pues no, la C con la A, hace KA y la C con la I hace CI y la C con la E hace CE y la C con la O hace KO, y los porqueros y los pastores y los muleros, y los gañanes y los guardas se decían entre sí desconcertados (…). (pág.34)

Pero también con desoladores sarcasmos servidos en imágenes plásticas (luego recreadas en el cine) de indudable eficacia:

lo creas o no, René, desde hace años en este país se está haciendo todo lo humanamente posible para redimir a esta gente,

y el señorito Iván,

¡chist!, no le distraigáis ahora

y Paco, el Bajo coaccionado por el silencio expectante, trazó un garabato en el reverso de la factura amarilla que el señorito Iván le tendía sobre el mantel, comprometiendo sus cinco sentidos, ahuecando las aletillas de su chata nariz, una firma tembleteante e ilegible y, cuando concluyó, se enderezó y devolvió el bolígrafo al señorito Iván (…) (pág. 105)

La contradicción entre aceptar la cultura católica y sustentar acciones anticristianas aparece no sólo por medio de la ironía que se advierte en el narrador, sino en personajes concretos como Mario en «Cinco horas»

La misma resistencia a la justicia descrita en la ciudad, aparece en el campo. El Paco y la Régula habían abrigado, al trasladarse de destino, la esperanza de mandar a su hija Nieves a la escuela. Enseguida, sin embargo, aparece la razón del traslado, el administrador (don Pedro, el Périto) necesita una criada en casa. El parlamento con el que justifica esta decisión que quiebra las aspiraciones del matrimonio lo presenta el narrador diciendo (en pocos casos es tan explícito) que «empezó a desbarrar»:

ahora todos te quieren ser señoritos, Paco, ya lo sabes, que ya no es como antes, que hoy nadie quiere mancharse las manos, y unos a la capital y otros al extranjero, donde sea, el caso es no parar, la moda, ya ves, tú, que se piensan que con eso han resuelto el problema, imagina, que luego resulta que, a lo mejor, van a pasar hambre o a morirse de aburrimiento, vete a saber, que otra cosa, no, pero a la niña en casa, no le ha de faltar nada, no es porque yo lo diga… (pág. 46)

La «necesidad» expresada por Carmen en Cinco horas de un cierto tipo de «caridad» para vivir el Evangelio aparece, con toda la carga de ambigüedad propia de los hechos frente a las reflexiones, en la práctica de la limosna que reparte la Señora Marquesa.

Sí, señora, a mandar, para eso estamos (…)

toma, para que celebréis en casa mi visita (…)

La señora es buena para los pobres, decían contemplando la moneda en la palma de la mano, y, al atardecer, juntaban los aladinos en la corralada y asaban un cabrito y lo regaban con vino y en seguida cundía la excitación, y el entusiasmo y que ¡viva la señora marquesa! y ¡que viva por muchos años! Y, como es de rigor, todos terminaban un poco templados (…). (pág. 108)

El Concilio Vaticano II aparece en el mismo contexto de significación que en la obra anterior, mencionado por Iván, el personaje sin duda más sombríamente caracterizado. El niño mayor de Iván, Carlos Alberto, ha hecho la primera Comunión en la finca y a Nieves, la criadita, se le despierta el deseo de comulgar ella también:

¡qué ocurrencias! (…)

y cada vez que la conversación languidecía o se atirantaba, doña Purita señalaba para la Nieves con su dedo índice sonrosado, pulcrísimo y exclamaba: pues ahí tienen a la niña, ahora le ha dado conque quiere hacer la Comunión ( …) y en la esquina, una risa sofocada, y tan pronto salía la niña, el señorito Iván: la culpa de todo la tiene este dichoso Concilio. (pág. 51)

La ternura es el principal ingrediente de Los Santos inocentes desde el punto de vista artístico. Tal vez la novela no traspasa la caracterización convencional de un relato de drama rural hasta que aparece el subnormal Azarías acariciando a la milana:

Milana bonita, milana bonita.

El «inocente» Azarías encarna el bien en su sencillez, en el cariño que le une con su sobrina, subnormal profunda («la niña chica»), en su amor a la naturaleza. Así también su hermana encarna la caridad auténtica al acogerlo: ae, mientras yo viva, un hijo de mi madre no morirá en un asilo.

Frente a este mundo, la exterioridad inconsciente de Iván se manifiesta como frivolidad que llega a producir estupor:

¡no tire, señorito, es la milana!

Pero el señorito Iván notaba en la mejilla derecha la dura caricia de la culata (..).

¡señorito, por sus muertos, no tire!

No pudo reportarse, cubrió el pájaro con el punto de mira, lo adelantó y oprimió

el gatillo (…)

¡es la milana, señorito! ¡me ha matado a la milana!

Y el señorito Iván tras él, a largas zancadas, la escopeta abierta, humeante, reía (…)

pero el Azarías (…) sollozaba mansamente:

milana bonita, milana bonita. (págs. 170-171)

La última escena, el «ajusticiamiento» de Iván a manos de Zacarías supone un final tremendo e insólito en toda la serie narrativa de Delibes, pero no altera su identidad en la composición temática básica: el hecho de que Azarías sea un inocente aproxima el desenlace más a un castigo providencial que a una venganza. Por lo demás, la huella de la guerra civil no deja de estar presente en esta obra con la mención de las alucinaciones sobre el Ireneo que Franco mandó al cielo.

La novelística de Delibes es un monumento de la cultura católica. Sin atender a este extremo sería imposible entender el resultado

4.  La guerra civil (y sus antecedentes) es la base de Madera de héroe. Argumentalmente, la cuestión que se plantea inquiere sobre la clave de todo enfrentamiento, para llegar a una conclusión descalificadora de cualquier maniqueísmo.

Se nos presenta una estampa muy de época en el interior y el exterior de una casa de las «de toda la vida». Los rezos domésticos que contrastan con El Friné, local de alterne de la acera de enfrente, la vieja criada Sra. Zoa mandada al asilo, la lavandera externa, Amalia la doncella y su novio el Anselmo Llorente, el campeonato de resistencia en el baile entre el alemán Herman Breslau y el español Rodolfo Francisco, la memoria de la catástrofe del teatro Novedades en el año 1927…

El conflicto religioso presente en la contienda se presenta en toda su ambigüedad. La paliza que le han dado a Gervasio García de la Lastra por llevar prendida una pequeña cruz de plata no tiene justificación a pesar de las cavilaciones del padre, papá Telmo, médico naturista y descreído por el que rezaba toda la familia:

– ¿Duele, hijo, duele?

Estaba muy excitado y, al oír los tacones de mamá Zita, se volvió hacia la puerta desabrido:

-Es preciso evitar provocaciones, Zita -le flexionaba las rodillas, el tronco, pulsaba una a una las apófisis de las vértebras-: al niño le han dado una paliza de muerte a causa de esta cruz.

Mamá Zita, los pandos ojos bovinos arrasados en lágrimas, besó la frente del niño y se encaró con su marido:

– ¿Crees de veras Telmo, que llevar esa cruz en el pecho es una provocación»

Papa Telmo titubeo.

-Bien, tal vez no lo sea, Zita, quizá tengas razón. Tal vez esto no sea fruto de una provocación sino de la temperatura ambiente -movió el cabeza disgustado y agregó con tristeza-: todos estamos incurriendo en graves equivocaciones en estos días. (pág.181)

Junto a la constatación del clima de persecución religiosa por parte de un bando, se describe, antes de llegar a la barbarie del asesinato de los tíos Norberto y Adrián, el carácter antidemocrático y sectario del jesuita P. Rivero que intenta influir así en las elecciones:

Tomarás un taxi de confianza a las 9 de la mañana y visitarás uno por uno los conventos que figuran en esa relación. Una vez en ellos preguntarás por la Madre Superiora a la que dirás simplemente: «Me envía el P. Rivero», ellas ya saben; luego (tomó de la mesa cinco sobres con las diferentes direcciones y se los pasó a Gervasio) entregaras a cada una el sobre que lleva su dirección y ellas te indicarán qué personas, de entre las  que tienen a su cargo, debes trasladar a los colegios electorales respectivos, a qué hora y en qué orden. (pág. 219)

La contradicción entre aceptar la cultura católica y sustentar acciones anticristianas aparece no sólo por medio de la ironía que se advierte en el narrador (y más, en el autor implícito) sino en personajes concretos como Mario en Cinco horas y Papá Telmo aquí. El siguiente fragmento resume un modo de actuar que Papa Telmo no comprende»:

Pero la señora Zoa quedó atrás en la historia de Gervasio, como quedó atrás la Amalia, que víctima de su primavera febricitante, acabó embarazada y el Anselmo Llorente, responsable de su estado, desapareció sin dejar rastro. Mamá Zita la reprendió en el Salón Verde, haciéndole ver que aquel vientre turgente no sólo era un grave pecado sino piedra de escándalo para los niños, por lo que no podía continuar en la casa. La Amalia, pese a sus cejas altivas, rogó, imploró, se humilló en vano  y por último, sin otro allegado en la ciudad que el desertor Anselmo Llorente, cumplió inexorablemente su destino: se puso al tren, viejo recurso de los desesperados en la ciudad. Mama Zita, conocedora de su horrible fin, encargó un novenario de misas a don Urbano por la muchacha. (pág. 149)

En cuanto a los sentimientos de comprensión, de amistad, de ternura, están continuamente encorsetados en Madera, por el prejuicio del «heroísmo», esa cualidad que habían descubierto sus familiares en el niño Gervasio al comprobar que se horripilaba ante la audición de marchas militares, así como ante algún paso de Semana Santa, lo que solo al final, Gervasio, convertido en “héroe”, embarcado como marinero para hacer la guerra, descubre que es síntoma del miedo.

La aparición de la lucidez como conclusión tiene por eso en Madera de héroe mucho de emoción:

-Y ¿no podría ser al contrario? -apuntó-.

¿No podría ser el hombre que muere generosamente el que ennoblece a la causa a la que sirve?    .

La mirada de Peter se hundió en la noche, se posó en el Castillo de Bellver apenas iluminado:

-Tal vez tengas razón -dijo caviloso.

-Y ¿los otros? -añadió tercamente Gervasio-. Mis tíos Norberto Y Adrian, los de la moto, ¿también han sido unos héroes?

– ¿Por qué no?

– ¿Lo mismo que el tío Fadrique y sus amigos en el Cerro de los Ángeles? -imploró Gervasio a punto de llorar. (pág. 439)

5.  El arco histórico de la novela de Delibes se cierra con la muerte del general Franco. Contando los pródromos de la guerra, la historia sobre la que se fabula es concretamente la del franquismo. Ana se está muriendo en Señora de rojo a la vez que Franco. Y no deja de ser significativo que la escena sirva para mostrar cómo la trepidante actualidad histórica deja bastante indiferente cuando alguien, como Ana, está en el lecho de muerte.

Primitivo llegó una mañana con la noticia de que Franco se estaba muriendo, de que había sido operado a la desesperada en las caballerizas de El Pardo. Los de San Julio lo confirmaron una hora más tarde: Ana todavía puede llegar, dijeron. Se estableció un macabro pugilato a ver quién terminaba antes. Nadie expresaba esta idea, pero gravitaba en el ambiente. Mas las horas de la muerte son lentas. Y, en aquella prolongada incertidumbre, decidí ir a verte para darte cuenta de su estado. No despegaste los labios; no dijiste una palabra. Únicamente te bajó el brillo de la mirada, los ojos se te pusieron  mates y sumidos como los de los reos en capilla. Al marcharme, apenas tenías voz: Por favor, cuida de la niña, me dijiste. (pág. 108)

La presencia de la cultura católica reviste en esta obra una singularidad muy especial. En las anteriores, la exposición de las inautenticidades y debilidades habían sido expresadas en la ironía más o menos patente del autor implícito y, así, la posibilidad de un cristianismo auténtico se había  mostrado siempre como un negativo de lo que aparece como mentalidad dominante en la sociedad que se pinta. En ésta, Ana representa la presencia rotunda de una vida cristiana. Sus ingenuidades son positivamente presentadas (fuera de todo sarcasmo o ironía) y su actuación reviste tintes de protagonista absoluto, bien lejos del carácter marginal con que asoma el catolicismo  auténtico  en  boca del narrador o de Mario o de papá Telmo.

Ana no es objeto de burla cuando se cuenta sus cavilaciones teológicas infantiles:

A los nueve años, tu madre tuvo un problema en torno a la integridad de Cristo en cada partícula de la hostia que dice mucho de su sensibilidad. Así, la primera vez que el capellán del colegio dividió una forma en cuatro fragmentos para dar de comulgar a cuatro compañeras rezagadas, ella lloró por la noche imaginando que don Tomás le había mutilado (…). (pág. 12)

Igualmente se trata con un positivo desenfado su modo de burlarse de disposiciones legales injustas:

El día que tú le pediste unos papeles para renovar tu contrato en la Universidad, ella se apresuró a llevártelos a la cárcel, pero los celadores se negaron a admitirlos (…). Al salir de la cárcel se metió en un portal para llorar a gusto. Pero allí mismo, entre lágrimas, decidió no rendirse a la brutalidad y, tan pronto llegó a casa, firmó los papeles por sí misma, imitando tu letra, y los entregó personalmente en la Universidad. Ni el grafólogo más exigente hubiera advertido la suplantación. Tu madre sonreía divertida. No le remordía la conciencia. Delitos eran violar, matar, robar; la firma indebida de documentos era para ella un simple pasatiempo. (pág. 31)

Finalmente, parece de santoral moderno el modo de describir su misericordia:

Esta paciente actitud ante los enfermos adoptaba formas preceptivas con los viejos. En su trato con ellos nunca pretendió ser clemente. Primitivo Lasquetti simplificaba despiadadamente su abnegación: A Ana, decía, le divierten los viejos (…), los acompañaba al médico, los abastecía para que fueran sobreviviendo, les hacía la tertulia y, una tarde a la semana, la pasaba con ellos jugando al palé. (pág. 43)

No sería difícil mostrar que el autor que implícitamente se deduce de la lectura de todas y cada una de estas obras es uno y el mismo. Quizás es una obviedad en la medida en que pueda identificarse con el autor de carne y hueso, el empírico que dicen los teóricos, que se llama Miguel Delibes. En todo caso, en el narrador de esta novela, como decía antes, se produce la trasmutación por la ternura concreta del que se encuentra ante la mujer de su vida, la mujer ideal que es para él Ana. En el fondo está muy de acuerdo con la conclusión que recoge de un interlocutor:

Entonces experimenté, por primera vez, una rara invalidez y le dije torpemente:

Habíamos soñado con envejecer juntos. Algo le irritó: me echó encima su pesada mirada miope con manifiesta arrogancia: Olvídalo, dijo. Las mujeres como Ana no tienen derecho a envejecer. (pág.111)

Las novelas de Delibes deben ser valoradas por la capacidad fabuladora que muestran. Los problemas que abordan son, en cuanto humanos, eternos. Desde luego, la capacidad de elevar la anécdota a categoría, la impresión a gozo no reside en que su tema sea éste o el otro. Cabe decir, no obstante, que el material con el que se ha construido la serie narrativa es el que hemos mostrado con esta pequeña antología de sus textos.

En suma, la novelística de Delibes es un monumento fabricado con estos materiales, y, muy específicamente, un monumento de la cultura católica 5. Sin atender a este extremo sería imposible entender el resultado.

 (Texto publicado originalmente en 1997 en el volumen «Homenaje al Profesor Antonio Roldán Pérez» de la Universidad de Murcia, pp. 727-728).

 

NOTAS

1 Cfr. A REY, La originalidad novelística de Delibes, Santiago de Compostela, Universidad, 1975; A. GULLÓN, La novela experimental de Miguel Delibes, Madrid, Tauros, 1980; M. ALVAR, El mundo novelesco de Miguel Delibes, Madrid, Gredos, 1982.

2 La resurrección de la temática como línea de investigación queda palmariamente expuesta en el número 64 de Poétique. Vers une thématique (París, Seuil, novembre 1985) y Communications. Variations sur le theme (Paris, Seuil, 1988).

3 Me refiero a elementos temáticos básicamente constituyentes y no exclusivos. Hay muchos otros. Véase, por ejemplo, J. RODRÍGUEZ, El sentimiento del miedo en la obra de Miguel Delibes, Madrid, Pliegos, 1974.

4 A efectos de brevedad hemos seleccionado cinco obras suficientemente representativas del conjunto (señalamos entre paréntesis la edición consultada). El Camino (Destino, 1950,1994, 20ª ed.), Cinco horas con Mario (Destino, 1966, 1989, 9ª ed.), Los Santos inocentes (Planeta, 1981), 377A. Madera de héroe (Destino, 1987, 1994, 4ª ed. con el guarismo del título originario suprimido), Señora de rojo sobre fondo  gris (199l, 1993, 2ª ed.).

5. Es preciso evitar la confusión entre monumento DE la cultura católica y monumento A la cultura católica. Se trata de lo primero: con los elementos culturales católicos se ha construido el mundo de ficción según se ha mostrado (hubiera sido ocioso acudir al Nuevo Testamento o al Catecismo para confirmarlo). El carácter apologético o simplemente de tesis que configuran la llamada novela católica son, a mi juicio, totalmente ajenos aquí. Cfr. M. García Viñó, “Notas sobre la novela católica en España”, Reseña 19, 1967, págs. 257-266.

El anillo de la verdad

Hay un tiempo fuera del tiempo que hace posible la Historia. Sobre esta regla metafísica, que apela al sentido de lo sagrado, Richard Wagner compuso una de las obras cumbres de la historia de la música: El anillo del nibelungo.


Roger Scruton: El anillo de la verdad. La sabiduría de «El anillo del nibelungo» de Richard Wagner. Acantilado, 2019 (Traducción de Juan de Lucas)


Fuera del tiempo se asienta la morada de los dioses. Dentro del tiempo, en cambio, deambula la humanidad caída. El nudo gordiano que enlaza esas dos realidades –su punto de intersección, diríamos– es ese espacio donde lo divino se encuentra con lo humano.

Wagner con el Anillo –sostiene Scruton– se propuso contar ≪la historia de la civilización de principio a fin≫. Y para ello se sirvió de personajes mitológicos y de símbolos arquetípicos

El filósofo inglés Roger Scruton indaga, con estos materiales, la tetralogía operística del compositor alemán en un libro esencial publicado por la editorial Acantilado: El anillo de la verdad. Y lo hace entre la fascinación y el asombro, consciente de que en esta magna obra reside un misterio inefable acerca del poder y el amor, de la eternidad y la caída de los dioses, de la libertad y sus consecuencias.

Wagner con el Anillo –sostiene Scruton– se propuso contar ≪la historia de la civilización de principio a fin≫. Y para ello se sirvió de personajes mitológicos y de símbolos arquetípicos. Nada resulta evidente de entrada, pero todo resuena en nosotros con una fuerza que nos empuja hacia lo desconocido. «El Anillo –continúa Scruton– iba a desarrollar un mito que abarcaba el mundo entero a través de dramas humanos íntimos. Sus personajes fueron concebidos a la vez como personas verosímiles y como símbolos de potencias universales. Al seguir sus destinos, el público sería llevado por empatía natural hacia una visión de la redención en la que los seres humanos se sitúan por encima de los dioses». Hablamos, por tanto, de una sensibilidad profundamente religiosa que subyace en la cosmovisión wagneriana, aunque con innegables aristas anticristianas. Es importante prestar atención a este punto, crucial en la lectura del Anillo que plantea el filósofo inglés y en la que resuena la pugna entre el paganismo y el monoteísmo. «La doctrina cristiana –explica Scruton– afirma que el hombre fue redimido por Dios cuando Dios asumió nuestra condición humana. Wagner sugiere más bien que Dios es redimido por el hombre, que expía los crímenes que conlleva la pretensión de un gobierno entero. Los dioses están sujetos por las leyes que nos imponen. Pero nosotros, humanos, pertenecemos al flujo del tiempo y el cambio, y podemos actuar fuera de la ley». La tensión entre el poder y el amor, como auténtica fuerza trágica y liberadora, constituye de hecho el gran leit motiv de la tetralogía. «Wagner –prosigue– pensaba que el amor más elevado es una relación entre seres que mueren, y también la única potencia redentora. No hay una redención desde la muerte, pero hay una especie de redención en la muerte. De ahí que solo a través de la encarnación en un ser humano, y por medio del goce de una libertad humana, los dioses pueden ser rescatados de su inmortal lejanía, bajando de sus altares para morir junto a los mortales».

El arte –explica Scruton haciéndose eco de las teorías wagnerianas– debe mostrarnos la libertad en su forma inmediata, contingente y humana, recordándonos el significado que tiene para nosotros

En el viejo debate entre san Pablo –es Dios quien salva– y Nietzsche –Dios ha muerto, el hombre debe rescatarse a sí mismo–, Wagner se sitúa en el lado de su amigo filósofo, a pesar de que este terminaría distanciándose de él y acusándolo de negar la pulsión primordial de la vida. La conjetura del compositor bávaro es que el hombre vive ya sin dioses ni religión, enfrentado en soledad a la muerte y al destino. Y esa conciencia aguda de la pérdida de Dios (un acérrimo católico de la misma época, Léon Bloy, dirá que «Dios se retira») precisa de un sustituto que redima al hombre. Como buen romántico, Wagner mantendrá que esa misión le corresponde al gran arte.

«El arte –explica Scruton haciéndose eco de las teorías wagnerianas– debe mostrarnos la libertad en su forma inmediata, contingente y humana, recordándonos el significado que tiene para nosotros. Aunque vivamos en un mundo donde los dioses y los héroes han desaparecido, podemos, al imaginarlos, dramatizar las profundas verdades de nuestra condición, y renovar la fe en aquello que somos». El problema de esta posición resulta obvio y es la misma insuficiencia del arte cuando se encierra en sí mismo y cede a la potencia de la imaginación. El hombre, el arte, la Historia, siempre necesitan la realidad del Otro para salvarse.

Lo cual no excluye la grandeza del logro musical wagneriano, capaz de trascender la filosofía en que se sostiene para adentrarse en el mensaje implícito del Anillo: «la ilimitada compasión por el sufrimiento inocente, sea cual sea la víctima». Se diría que la compasión que alimenta el amor incondicional rompe cualquier confinamiento. Porque solo en el amor descubrimos que nuestra verdad no es suficiente, sino que necesitamos más realidad, más vida, más Verdad. Una de las escenas más poderosas del Anillo es precisamente la confesión de Wotan a su hija Brunilda, con la que se cierra La walkiria, la segunda de las óperas que conforman la tetralogía. En esa escena Wotan, el todopoderoso dios de los germanos, descubre su debilidad interior, sus dudas y miedos. «En cierto sentido –escribe Scruton–, el Anillo es la historia de la búsqueda de Wotan del autoconocimiento, incluido el conocimiento de que la ley, sin un amor capaz del autosacrificio, concede tan solo una libertad ilusoria y nada más que una alegría hueca». El Dios cristiano no se encuentra, en efecto, muy lejos de esta creencia.

Obra compleja como pocas, de una riqueza musical asombrosa, no conozco ninguna introducción tan brillante como la de Roger Scruton para acercarse a la monumental composición del maestro alemán. Por supuesto, El anillo del nibelungo no necesita de mayor explicación para ser disfrutada. ¡La música se basta! Pero, al mismo tiempo, partiendo de la tetralogía como base para la reflexión filosófica, nos abre una ventana a los grandes temas de la condición humana: el amor, la muerte, el sacrificio, la belleza y la verdad. Vale la pena hacer ese esfuerzo.