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Ver productosEl poder de los relatos ha servido para cautivar a los hombres de todos los tiempos y culturas. Así lo explicaba el ensayista francés Christian Salmon en el año 2008 en su libro Storytelling. El análisis se convirtió entonces en una suerte de biblia para el ejército de asesores y estudiosos de la comunicación política de todo el mundo. Doce años después, el autor que profetizó que los relatos harían milagros vuelve a saltar a la palestra para anunciar la eclosión de un nuevo paradigma comunicativo. Las historias ya no sirven. Las redes sociales y el déficit generalizado de atención han alumbrado otra era: la era del enfrentamiento. En ella no vence el que construye la versión narrativa más coherente y seductora, sino quien hace más ruido y actúa con más violencia. Es la era de los exabruptos de Donald Trump y del impacto irracional de las imágenes de los macroatentados terroristas.
En esta nueva era han caído los grandes relatos abanderados por las superpotencias y los organismos internacionales como la Unión Europea o Naciones Unidas. El mundo necesita hilar una trama para dotarse de sentido, pero hay quienes han descubierto que la llave del éxito es precisamente derribar esas tramas construidas por otros. Esta es la tesis principal del libro La era del enfrentamiento, recientemente publicado por Christian Salmon en Ediciones Península.

Christian Salmon (Marsella, 1951) es una voz más que autorizada para oficiar los funerales del storytelling. Escritor y reconocido ensayista francés, fue el primero en lanzarse a anunciar la aparición de un Nuevo Orden Narrativo, y ha analizado el devenir de dicho orden en casi una veintena de libros. Su obra Storytelling. La máquina de contar historias y formatear las mentes ha sido traducida a una docena de idiomas.
En su nuevo libro, Salmon advierte de que el mundo ha cambiado mucho en la última década. Ahora vive sumergido en internet, donde un imperio capitaneado por las grandes compañías tecnológicas (las llamadas GAFAM: Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) registra y analiza el comportamiento de las personas con el objetivo de prever la mayoría de los fenómenos sociales, gracias a la inteligencia artificial (IA). Es la era del big data. Los algoritmos nos observan y nos informan sin cesar. Nunca se había almacenado tanta información sobre las personas, sus gustos, decisiones o sus motivaciones.
Gracias a esos algoritmos el pensamiento calculador ha penetrado, uno tras otro, en todos los ámbitos de actividad, incluida la política, y en los procesos de toma de decisiones. Así, señala Salmon, «se crea un nuevo ambiente social, autoalimentado de modo permanente por sus propios datos: la conexión sustituye al contacto, la interacción a la relación, la adición a la concentración y la suma de informaciones al intercambio de experiencias».
La conexión sustituye al contacto, la interacción a la relación, la adición a la concentración y la suma de informaciones al intercambio de experiencias
Hasta ahora vivíamos en un mundo complejo, presa de las pasiones humanas. Había que resolver enigmas, deshacer lo andado y recuperar el tiempo perdido. A partir de ahora, según Salmon, «el camino está señalizado». Los algoritmos nos informan, nos aconsejan, conocen nuestros deseos y necesidades y despliegan sobre nosotros un hipercontrol al margen de las instituciones tradicionales (familia, Estado, organizaciones sociales, empresas). El «Imperio de las GAFAM», como lo llama Salmon, ha impuesto el cálculo para todo, eliminado la incertidumbre, y con ello la tensión narrativa, la esencia del relato. «Todo lo que alimentaba los relatos sobre el mundo, la parte problemática de la existencia humana, ha sido absorbido, adoptado y resuelto eficazmente por los algoritmos», señala. Las ambigüedades, añade, «se han disuelto en el flujo digital del big data».
Tras dibujar este nuevo contexto, el autor lo sitúa junto a un creciente fenómeno comunicativo: el discurso del odio, los mensajes que generan inestabilidad, los desafíos al sistema… El presidente de Estados Unidos entre 2016 y 2020, Donald Trump, encarna como nadie este nuevo estilo que sabe despertar los viejos demonios y el resentimiento de la población, que ridiculiza a las instituciones y al establishment para asentar su credibilidad en el descrédito del sistema. «Trump no cuenta historias, se limita a publicar tuits rebosantes de cólera. Es el germen de todos los resentimientos, no un storyteller (narrador). Es un especulador, un maestro de la inestabilidad».
¡CÓLERA CONTRA CÓLERA. GRITO CONTRA GRITO!
El autor toma pie de sucesos como la reunión organizada a través de Facebook en una decena de ciudades de Estados Unidos para «lanzar gritos de desesperación con ocasión del aniversario de la elección de Trump» para emitir un diagnóstico sobre el momento histórico actual: «una era de caos y de choques que deja poco espacio para la deliberación democrática, los relatos colectivos e incluso, simplemente, la palabra». El grito de los manifestantes anti-Trump era una respuesta al grito de los seguidores de Trump durante la campaña electoral del actual presidente. «Cólera contra cólera. Grito contra grito».
La victoria de Donald Trump en 2016, según Salmon, no solo constituyó una derrota para los demócratas, sino que cogió desprevenidos a todos, y «arruinó la credibilidad de los analistas y comentaristas». Nadie podía explicar lo que había ocurrido, tuviese el grado de erudición que tuviese. El acontecimiento, reflexiona Salmon, «no encajaba con ningún relato disponible».
Una era de caos y de choques que deja poco espacio para la deliberación democrática, los relatos colectivos e incluso, simplemente, la palabra
¿Por qué logró Trump el respaldo de la clase trabajadora? ¿Cómo consiguió que masas de obreros se arrojasen a sus brazos? El libro se refiere a una figura clave en el ascenso del presidente y de otras figuras internacionales de actitudes populistas: Steve Bannon, exbanquero de Goldman Sachs, asesor político de Trump e ideólogo. En una entrevista concedida a la revista New York Magazine en agosto de 2018, Bannon se remonta a la locura financiera de los noventa y a la crisis de 2008, que hizo añicos la credibilidad de los bancos. Regiones enteras se desindustrializaron y se disparó el desempleo y las desigualdades. La aparición del voto populista era solo cuestión de tiempo.
«Trump orquestó su resentimiento, despertó los viejos demonios sexistas y xenófobos, dio rostro y voz, visibilidad, a unos Estados Unidos desclasados tanto por la demografía y la sociología como por la crisis económica». El presidente entre 2015 y 2020, según Salmon, «hizo del odio una bandera y de la cólera, una marca con su nombre». De hecho, muchos electores le votaron pensando que no tenía ninguna posibilidad, como un mero acto de protesta. Y Trump «lanzó un desafío al sistema no para reformarlo o transformarlo, sino para ridiculizarlo».
La apuesta de Trump «se basó en una paradoja: asentar la credibilidad de su «discurso» en el descrédito del «sistema», especular a la baja con el descrédito general y agravar sus efectos». Trump no contaba historias.
Mientras Barack Obama ofrecía el relato épico encarnado en el «Yes, we can», y acabó su mandato enrolándose como productor en Netflix junto a su esposa Michelle, con Bannon y Trump «llega el triunfo de Twitter, de la estética de la telerrealidad y de la estrategia del big data, que de repente ha abierto un nuevo campo, además del mass marketing (mercadotecnia masiva): la particularización concebida por la sociedad Cambridge Analytica –la sociedad que se encargó del uso masivo de datos personales extraídos de Facebook para personalizar los mensajes de la campaña–, con un mensaje para cada uno; por primera vez el one to one (uno a uno) en una campaña presidencial».
LA EDAD DEL ORO DEL «STORYTELLING»
El libro recuerda la importancia adquirida desde hace décadas por los spin doctors, esos asesores de comunicación de los presidentes y líderes mundiales que trabajan en la sombra para modificar las percepciones de los ciudadanos. La confusión entre las fronteras entre realidad y ficción, y la conversión de los representantes políticos en auténticos personajes, protagonistas de proezas y hazañas sin cuento, es obra de estos modeladores de la comunicación política, cuya actividad dejó incluso sin contenido ideológico a los políticos, afanados en construir tramas y relatos admirables y apoyados en las nuevas técnicas del marketing y la comunicación.
Así, tras décadas de predominio de la imagen se pasó a las historias. «No bastaba con ver, había que hacer creer», considera Salmon. En la era de las historias, los storytellers lograron ganar terreno a los propios militantes y mandos de los partidos y reorientar políticas. «El storytelling se convirtió en la ideología espontánea de todos los actores del tablero político». La guerra de los relatos reemplazaba al debate de las ideas. Las campañas se convirtieron en duelos de historias, ganados por el candidato cuya historia conectaba con un mayor número de electores.
La campaña de Obama, por ejemplo, se propuso volver a dar crédito a la función presidencial con su mensaje central: la esperanza en un cambio creíble. Y logró «construir un gran relato político a partir de la biografía de Obama, en consonancia con la historia de Estados Unidos». El propio Obama afirmaba que «nunca habría llegado a presidente si no hubiera entendido la importancia de las historias al principio de mi carrera». La presidencia de Barack Obama, según Salmon, «pasará a la historia como la edad de oro del storytelling».
El storytelling se erigió como «una respuesta a la crisis de sentido en las organizaciones», como «una herramienta de propaganda», «un mecanismo de inmersión y el instrumento para establecer el perfil individual, así como una técnica de visualización de la información y una temible arma de desinformación». Se convirtió, en suma, en la panacea universal.
Pero, para el autor, «la promiscuidad misma de la idea de relato ha cavado su propia tumba. El storytelling para todo ha producido el descrédito de la palabra pública. Tras haber creado un entorno favorable a la producción y la difusión de las historias, las redes sociales han segregado una especie de incredulidad generalizada, de sospecha.
Así como la inflación monetaria arruina la confianza en la moneda, la inflación de historias ha arruinado la confianza en el relato y en los narradores».
El análisis de Salmon establece que la crisis de 2008 no fue solo financiera, sino también narrativa. Hizo estallar la burbuja financiera, pero también la burbuja de relatos. La distancia entre la experiencia directa de las personas y los relatos oficiales arruinaron su credibilidad.
Además, han ido cayendo las mediaciones tradicionales (medios de comunicación, partidos políticos, asociaciones, sindicatos…). Y «la aceleración de los intercambios en las redes sociales y su inestabilidad» han creado las condiciones de «una verdadera guerrilla de relatos. Sus medios consisten en la provocación, la transgresión y la competencia. Se está desarrollando una cultura del enfrentamiento comunicativo».
«CONMOCIÓN Y PAVOR»
La campaña de Trump en 2016 interrumpió la carrera de relevos que mantenían los sucesivos candidatos por apoderarse del relato público. Steve Bannon, el estratega de Trump, «no se molestó en contar una historia. Su estrategia, posnarrativa, se inspiraba en la doctrina militar puesta en marcha durante la invasión de Irak en 2003: Shock and Awe (Conmoción y pavor)». Se trata de una estrategia encaminada a paralizar al enemigo anulando toda percepción del campo de batalla mediante la potencia del fuego.
Y es que, para Salmon, «cuando la palabra política y el debate público han perdido toda credibilidad, la única manera de existir en los medios de información consiste en encadenar las provocaciones y las transgresiones. El relato, que exige cierta continuidad para desarrollar los giros y desvíos de una intriga, ha cedido el lugar a los enfrentamientos virales. A partir de ahora, viralidad y rivalidad, virulencia y violencia, enfrentamiento y guerra de relatos van de la mano». En el ruido de las redes sociales, el «myth maker (hacedor de mitos) cede su lugar al buzz-maker (hacedor de ruido)».
El relato, que exige cierta continuidad para desarrollar los giros y desvíos de una intriga, ha cedido el lugar a los enfrentamientos virales
«Ya no estamos en los tiempos del relato, que supone dominar la agenda y construir secuencias coherentes. Ahora un tuit hace olvidar el anterior. Se impone la lógica del enfrentamiento y sustituye a la construcción narrativa, tal como la transgresión reemplaza a la intriga», señala el autor. Esta lógica del enfrentamiento permanente «acaba devorando la narración de la política». Se trata ahora de crear un impulso inicial que genere una reacción en cadena, poner en marcha una acumulación de likes o retuits, de forma que las máquinas de Google las observen y las repitan, «creando entonces un verdadero vórtice mediático, como un fenómeno de aspiración capaz de atraer y devorar la atención de cientos de miles de internautas al instante».
De ahí el éxito de los discursos del odio y la rápida circulación de toda clase de rumores y teorías de la conspiración. De ahí la difusión de «choques incoherentes y espectaculares que polarizan y acrecientan la inestabilidad de los intercambios: insultos, pullas, fakes (falsedades), boaxes (fraudes)…».
De ahí también el crédito de personajes como Trump, quien se apoya precisamente en el descrédito del sistema. Las fake news se han convertido en sus manos en un arma contra los medios de información oficiales.
En esa pira funeraria donde arde desde hace una década el crédito de instituciones, del sistema financiero, de la clase política y de sus grandes relatos, el autor coloca también el crédito de los regímenes políticos occidentales, inmersos en muchos casos en una crisis de soberanía. Esa soberanía se ejerce mediante la potencia efectiva para actuar y mediante un dispositivo de representación, que va desde la capacidad para acuñar moneda hasta la simbología del Estado (protocolos, rituales, ceremonias, imagen).
Sin embargo, en la actualidad, «la pareja constituida por el poder y su dispositivo de representación se ha roto en dos: por un lado, un poder sin rostro, una burocracia anónima; por el otro, hombres de Estado desarmados. Por una parte, poderes sin rostro (bancos, mercados financieros, agencias de calificación, organizaciones transnacionales, a los que están vinculados los Estados); por la otra, caras impotentes».
PÉRDIDA DE SOBERANÍA
En este sentido, las grandes organizaciones supranacionales, como la Unión Europea, han asumido un alto poder ejecutivo en la gobernanza de los estados miembros, y han colocado a los países que las forman en una situación de pérdida de soberanía, y a sus líderes políticos los ha privado de numerosos poderes efectivos, reduciéndolos a la condición de personajes que atraviesan los contenidos de los medios de comunicación.
Ante la reducción de competencias de los Estados y el dominio que sobre su política tienen agentes como las agencias de calificación, son muchos los líderes que han resuelto recargar el dispositivo de representación que exhiben en los nuevos espacios de legitimación: las cadenas de información 24 horas, los medios de comunicación en línea y las redes sociales.
«Desde la crisis de 2008, todos los gobiernos padecen de descrédito. El ejercicio del poder consiste también en saber gestionarlo. Para captar la atención no basta con relatar una buena historia. Hay que crear y mantener una forma de suspense, sincronizar el tiempo político y el tiempo mediático, controlar las imágenes, hacer la «pedagogía del cambio», un cambio que en realidad no depende del gobernante que lo propone.
En este sentido, Salmon hace un recorrido por varios de los Estados de la Unión Europea como Italia, Grecia o Francia, al compás de acontecimientos como la elección del primer ministro italiano, Matteo Renzi, en el año 2014, la victoria de Emmanuel Macron en Francia, en 2016, o el referéndum celebrado en Grecia en junio de 2015 frente a los recortes impuestos al país por la Unión Europea.
Tanto Renzi como Macron hicieron del storytelling un pilar fundamental de su actividad política, construyendo relatos para recuperar la credibilidad perdida por sus respectivos Estados, relatos que finalmente saltaron en pedazos. El caso griego es algo distinto: Salmon recorre un episodio vivido en primera persona, cuando el referéndum al que el gobierno sometió los recortes impuestos desde Bruselas se convirtió en una prueba para la legitimidad de la Unión Europea, para el relato sobre la bondad de sus políticas y de sus instituciones.
En ese momento, desde la UE se reaccionó frente a la negativa griega con «una guerra especulativa, financiera y digital que empleó las nuevas tecnologías de la información y la comunicación para desacreditar, intoxicar, confundir, crear epidemias de pánico y desestabilizar un poder supuestamente soberano», el del pueblo griego.
«Era una guerra de medios asimétricos. Por un lado, la burocracia de Bruselas, con sus cabilderos, sus corresponsales de los grandes medios de información europeos y sus poderosos gobiernos, dotados de medios de propaganda incomparables con los de un país pequeño como Grecia; por el otro, un pueblo y un Estado que en ese combate parecía extrañamente desarmado, desprovisto de toda soberanía, que solo tenía sus valores, su coraje, su dignidad, para oponerse a una Europa que los había olvidado», subraya Salmon.
La crisis griega sirvió, a juicio del autor, «para arrancar la máscara de urbanidad y de cortesía a la Unión Europea». En adelante nadie podría ignorar que esta se comportaba «como un imperio con sus miembros debilitados, reducidos a la condición de Estados vasallos». De ahí el éxito de eslóganes como Recuperemos el poder en Grecia, germen de otros lemas rupturistas de la unidad europea como el Take back control que derivó en el brexit.
LA HORA DE LA REVANCHA
El libro concluye con una metáfora. «La zona cero del relato» es el título de la última parte, y una imagen gráfica del estado actual del hasta ahora incuestionable storytelling.
Como prueba última de su ocaso, el autor repasa la estrategia de comunicación de los grupos terroristas que han asolado los países de Occidente desde los inicios del siglo XXI.
El poder de actos terroristas como los atentados contra las torres gemelas de Nueva York, la matanza de la revista Charlie Hebdo en París o los vídeos con ejecuciones cinematográficas utilizados por Al Qaeda va más allá del hecho violento en sí. En realidad, se trata de un «desafío narrativo dirigido a desviar no aviones, sino lo más preciado por nuestras sociedades hipermediatizadas: la atención humana y su adhesión a los relatos que la captan».
El verdadero poder de un acto terrorista, según Salmon, «es su capacidad de perturbar el discurso público (mediático) », derivado de su carácter inexplicable, indescifrable. En esta guerra vence el que logra destruir el relato dominante, y de ahí que el foco esté puesto en desestabilizar el relato que había servido para la legitimación de las potencias occidentales. «Lo que ahora enciende la cólera de las masas –dice Salmon– es el poder de decir “no” a las verdades establecidas».
Así, la guerra simbólica del terrorismo global es similar a la guerra contra el establishment de los líderes populistas de todo el mundo. Es una rebelión contra el relato dominante. «Ha empezado una nueva era política», subraya Salmon en el epílogo del libro. Y en esa era, los líderes como Donald Trump han permitido a miles de ciudadanos descontentos con el sistema y sus historias concederse «una revancha histórica».
El espectro de la cultura de la cancelación recorre el Atlántico. En Europa y Norteamérica se publican manifiestos para combatir la costumbre, en teoría cada vez más arraigada, de boicotear a famosos o entidades reconocidas en actos públicos cuando realizan comentarios ofensivos (sexistas, racistas, homófobos, etcétera). La tendencia es más acusada en Estados Unidos, pero también se ha manifestado en países como España. Los observadores más creativos presentan este enfrentamiento como la brecha política definitiva en nuestras sociedades de cara al futuro.
El fenómeno, con todo, es etéreo. No está claro dónde y cuándo surge la cultura de la cancelación; tampoco qué figuras intelectuales la empujan. Ni siquiera es evidente en qué se diferencian las controversias vinculadas a la cultura de la cancelación con las de predecesores cercanos como la «corrección política», las llamadas «políticas de la identidad» o los «linchamientos» digitales, en los que un usuario de redes sociales es acosado y amenazado por expresar opiniones controvertidas. Los manifiestos publicados con el fin de combatirla, en los que se exhorta a tomar partido ante una amenaza existencial para la libertad de expresión, a menudo dan la sensación de intentar matar moscas a cañonazos.
Así, por ejemplo, la carta publicada recientemente en España –inspirada en un manifiesto similar publicado en la revista estadounidense Harper’s– denuncia «los abusos oportunistas del #MeToo o del antiesclavismo new age» y acusa a «líderes empresariales, representantes institucionales, editores y responsables de redacción» de plegarse a los designios de «conformidad ideológica» con la agenda que promueven los nuevos movimientos feministas o antirracistas. A diferencia de la primera carta, que señala y critica casos específicos en Estados Unidos, la española no abunda en detalles sobre el fenómeno.
La cuestión no es que los firmantes estén cargando contra molinos de viento, sino que persiguen a un gigante escurridizo. La cultura de la cancelación no es una ideología con preceptos y gurús intelectuales; tampoco es un movimiento con referentes institucionales o políticos. Se trata de una dinámica tan difusa como amplia, que permea al conjunto de la sociedad y responde a dos factores de fondo. Por un lado, al impacto de las tecnologías de la comunicación y el uso de redes sociales, que democratizan el acceso al debate público al tiempo que lo vuelven menos jerárquico pero también más convulso y crispado. Por otra parte, responde a la incapacidad de la política institucional para proveer soluciones a problemas socioeconómicos enquistados, de modo que el debate público degenera en guerras culturales libradas principalmente en Internet.
Son dos procesos que vienen de largo y se retroalimentan, de modo que no bastará con un manifiesto para revertirlos. Vista así, la cultura de la cancelación no tiene por qué considerarse una novedad, ni tampoco un desarrollo particularmente amenazante. La contraparte es que no va a desaparecer a corto o medio plazo. Solo cabe encajar sus aportaciones más constructivas y rechazar las más frustrantes. Para abordar el debate, no obstante, lo más útil es empezar explicando en qué no consisten las polémicas en torno a este fenómeno.
En qué consiste la «cultura de la cancelación»
El debate sobre la cultura de la cancelación o las políticas de la identidad, por más que así lo parezca, solo trata sobre la libertad de expresión de modo tangencial. Si se centrase en ella, adquiriría una expresión muy diferente a ambos lados del Atlántico. En Estados Unidos existe una fuerte cultura libertaria en lo que concierne a la libertad de expresión. La cultura y legislación estadounidenses son especialmente garantistas en lo que concierne a este derecho, que rara vez debe sopesarse frente a otras consideraciones, como el derecho a la privacidad en países europeos.
Los manifiestos recientes de Estados Unidos y España solo critican una manifestación concreta de un fenómeno mucho más extendido
Existen ocasiones en los que esta cultura se quiebra. El de las polémicas generadas en torno a episodios específicos de los nuevos movimientos feministas (el #MeToo) o antirracistas (Black Lives Matter) es uno de ellos, pero no el único. El más destacado hasta ahora tal vez haya sido el de académicos a quienes se ha negado la cátedra por expresar opiniones pro-palestinas, tergiversadas por sus críticos como antisemitas. Un caso que da cuenta de la dimensión del problema es la universidad de St. Thomas, que en 2007 intentó cancelar un discurso del activista surafricano y premio Nobel de la Paz, Desmond Tutu, alegando que sus críticas al gobierno israelí podían «ofender» a la comunidad judía del campus. Se trata de una forma de acoso que no ha recabado el mismo número de manifiestos militantes; es más, en ella han llegado a participar firmantes de la carta de Harper’s, como la ex editora de The New York Times Bari Weiss.
En Europa, por otra parte, la libertad de expresión se ve acotada por legislación que criminaliza determinadas expresiones, como la negación de genocidios en Francia o la apología del terrorismo en España. Es en estos ámbitos donde se producen las principales restricciones de la libertad de expresión, a veces con consecuencias penales, que sin embargo no se suelen percibir como una amenaza comparable a la que representaría la cultura de la cancelación. Aunque en ambas orillas del Atlántico existen excepciones que condenan los ataques a la libertad de expresión en todos estos ámbitos, los manifiestos recientes de Estados Unidos y España solo critican una manifestación concreta de un fenómeno mucho más extendido.
Tampoco se trata, por más que ambas cartas incidan en este aspecto, de un fenómeno vinculado principalmente a la izquierda. Existe una idea extendida según la cual el gusto por politizar cualquier acontecimiento mundano es monopolio de progresistas obsesionados con cuestiones simbólicas. Lo cierto es que a ambos lados del espectro político existen marcadores de identidad –género, raza, edad, orientación sexual– que estructuran el pensamiento político, al margen de las ideas individuales o la clase social a la que se pertenezca. Extraños en su propia tierra, el estudio sobre la Luisiana rural y empobrecida de la socióloga Arlie Russell Hochschild, muestra precisamente hasta qué punto muchos votantes de Donald Trump se guían por valores morales y comunitarios antes que por un cálculo pretendidamente racional de sus intereses. Es un principio extrapolable a los votantes de cualquier partido: en la medida en que los afectos son un componente esencial de la política democrática, no debería sorprender que las cuestiones identitarias figuren en el debate público y sirvan para apuntalar agendas más o menos pluralistas.
En ocasiones, de hecho, la izquierda estadounidense es atacada con las mismas tácticas que se le atribuyen. En 2016 las primarias del Partido Demócrata enfrentaron a una candidata moderada, Hillary Clinton, con el socialista Bernie Sanders. En esta ocasión fue Clinton quien empleó contra un rival más progresista todo un arsenal de tácticas «identitarias»: lo acusó de ser incapaz de asumir la candidatura presidencial de una mujer y sugirió –sin ningún sustento empírico– que los seguidores de Sanders eran jóvenes blancos machistas –por oponerse a Clinton– y racistas –porque criticaban el legado de Barack Obama–. El objetivo era descalificar a un rival político sin entrar en la sustancia de las ideas que planteaba: una táctica que funcionó con Sanders, pero no con Trump.
El auge de las nuevas tecnologías de comunicación ha coincidido con y reforzado la anomia de las organizaciones que en el pasado vertebraban a la sociedad civil
En tercer y último lugar, las cuestiones que se dirimen en torno al debate sobre la cultura de la cancelación no son nuevas. La figura del ostracismo y la muerte de Sócrates ejemplifican cómo la democracia griega podía lidiar con el disenso de manera expeditiva. Jesucristo expulsando a los mercaderes del templo, armado con un látigo y derribando las mesas de los cambistas, ofrece una escena de «cancelación» más contundente que la de los estudiantes universitarios que abuchean a ponentes. En El conde Belisario, Robert Graves describe un Bizancio desgarrado por el enfrentamiento entre Verdes y Azules –facciones ligadas a distinto equipos hípicos– y protestas iconoclastas que ya entonces se saldaban con destrozos de estatuas. También en Estados Unidos existe un amplio precedente de batallas culturales y pánicos morales. Algunos, como las polémicas sobre la «corrección política» en la década de 1990, resultan anecdóticos; otros, como el macartismo, bastante más graves que las controversias actuales.
Si lo que está en juego no es el futuro de la libertad de expresión, ni un enfrentamiento izquierda-derecha, ni tampoco la emergencia de un fenómeno novedoso, ¿de qué tratan las polémicas en torno a la cultura de la cancelación? Para entender lo que está y no está en juego es útil partir de un caso concreto, como el movimiento por las vidas negras (Black Lives Matter o BLM).
Cooptación o maximalismo
A Black Lives Matter se le atribuye la oleada más reciente de «cancelaciones» (la más conocida es la dimisión del jefe de opinión de The New York Times en junio tras su decisión de publicar la tribuna de un senador ultraconservador que emplazaba al ejército a reprimir las protestas afroamericanas). El movimiento BLM, surgido en 2014 tras la muerte a manos de la policía estadounidense de afroamericanos como Michael Brown y Eric Garner –cuyo estrangulamiento, como el de George Floyd en mayo, fue grabado en un vídeo que se volvió viral–, comenzó con una serie de protestas espontáneas, en las que en ocasiones se produjeron disturbios y saqueos. Si bien se trataba de un movimiento sin liderazgo claro, sus reivindicaciones terminaron por plasmarse en un programa que exigía reformas profundas en los servicios y cuerpos de seguridad del Estado para evitar la reincidencia de casos de brutalidad policial, así como mayor inversión pública en las comunidades negras históricamente discriminadas. El desembolso de reparaciones económicas a la América negra como compensación por los estragos pasados de la esclavitud figura como otra exigencia recurrente del movimiento.
Aunque existe una larga tradición de revueltas en barrios negros discriminaos, la aparición de BLM coincidió con la de una generación de intelectuales que incidían en la pervivencia del racismo sistémico en Estados Unidos; también –y de forma especialmente dolorosa– durante la presidencia de Obama. Figuras como la abogada y profesora Michelle Alexander, autora de The New Jim Crow, un influyente ensayo sobre la persistencia del racismo institucionalizado y la encarcelación masiva de afroamericanos incluso después de las leyes de desegregación. O el escritor Ta-Nehisi Coates, que se dio a conocer con artículos periodísticos en los que desgranaba el legado histórico del racismo en la América contemporánea. O la activista y profesora de Princeton Keeanga-Yamahtta Taylor, autora del primer ensayo detallado sobre el movimiento BLM.
Coates trabajaba en The Atlantic, Taylor escribe en The New Yorker y Alexandre es columnista de opinión en The New York Times. Pero ninguno de estos referentes intelectuales ha pedido la «cancelación» de figuras contrarias a los puntos de vista de BLM. Políticamente, los tres apoyaron con menor o mayor grado de entusiasmo las campañas presidenciales de Bernie Sanders en 2016 y 2020. Lo único que Taylor pidió «cancelar» recientemente fue el pago de alquileres, en el contexto de los confinamientos contra la Covid-19 y de su militancia en la izquierda socialista estadounidense.
Existe una masa crítica de ciudadanos exigiendo soluciones a problemas urgentes. Atender a sus reivindicaciones supondría un soplo de aire fresco en ambos lados del Atlántico
Hay autores que sí han abogado explícitamente por medidas que se asocian con la cultura de la cancelación. La activista Vicky Osterweil acaba de publicar un libro en el que aboga por los saqueos como método de reivindicación contra la brutalidad policial. El periodista freelance P. E. Moskowitz, en un ensayo publicado en 2019, hace una llamada «contra la libertad de expresión» en base precisamente a que el actual modelo de periodismo e intercambio de ideas encubre grandes asimetrías (de género, de raza, de clase) a la hora de determinar quién tiene el derecho –o privilegio– de expresarse en público. Pero ni Ostwerweil ni Moskowitz son figuras particularmente conocidas, más allá de las polémicas que han generado sus respectivos textos.
La erupción del fenómeno, por tanto, tiene poco que ver con la influencia de intelectuales específicos. Sí está relacionado con la una realidad tozuda: la persistencia de prácticas racistas y discriminatorias en las comunidades afroamericanas. En 2014 esa realidad era especialmente clamorosa porque convivía con la presidencia de un afroamericano, cuyas buenas palabras no se traducían en una mejora de las condiciones materiales para la América negra. En 2020, el trasfondo es un presidente abiertamente racista que ha hecho entre poco y nada para combatir la pandemia de la Covid-19, que se ha ensañado con muchas comunidades negras, con frecuencia más pobres y hacinadas que las blancas. En ambos casos, la visualización –y viralización– de agresiones policiales en redes sociales es clave para la movilización de colectivos que sienten indignación y rechazo ante las imágenes que contemplan. Como el movimiento feminista #MeToo, Black Lives Matter comenzó como un eslogan en redes sociales, popularizado por la activista Alicia Garza, a quien se considera, junto a Patrisse Cullors y Opal Tometti, una fundadora de BLM.
Tanto en 2014 como en 2020, la reacción del sistema político estadounidense ante un conjunto de reivindicaciones urgentes ha sido nula. La discriminación racial se une a otras tantas frustraciones de una sociedad crecientemente desigual, en la que el gobierno parece haber perdido la capacidad de intervenir de la que gozaba en el pasado. (Existe un contraste inmenso entre, por ejemplo, la New Deal de Franklin Roosevelt o los ambiciosos programas contra el racismo y la pobreza de Lyndon Johnson, por un lado, y por otro la tibieza de Obama y la disfuncionalidad de Trump.) El racismo no es el único problema enquistado y pendiente de solución: también lo son la precariedad y desigualdad económicas, la falta de acceso a la sanidad pública, la discriminación sexista y los estragos que causa el cambio climático.
En el caso de BLM, la incapacidad de poner en práctica los objetivos del movimiento a nivel nacional ha llevado a una bifurcación del movimiento. De un lado existe un grupo reducido de activistas hipermediáticos vinculados al Partido Demócrata, como DeRay McKesson, que dirigen al movimiento hacia parches modestos y en gran medida simbólicos. Una apuesta «interseccional» apta para que la adopten políticos al uso y multinacionales interesadas en lavar su imagen. El propio McKesson proporcionó un ejemplo insuperable del género en 2015 promocionando, a través de su cuenta de Twitter, una edición limitada de nachos Doritos color arco-iris como «una forma sabrosa de apoyar las causas LGBT». Estamos ante un activismo epidérmico, fácil de asimilar y digerir por los «líderes empresariales, representantes institucionales, editores y responsables de redacción» a los que señalaba la carta española contra la cultura de la cancelación.
Las redes sociales se han convertido en la principal plataforma de socialización política para muchos ciudadanos, empezando por quienes defienden las posiciones de BLM
En el otro extremo estaría el maximalismo en que han derivado algunas de las protestas de 2020, en las que la desfiguración de estatuas y patrimonio público se presentó como un modus operandi acertado para avanzar la causa de BLM. Hay que decir que, pese a recibir una cobertura mediática intensa, estas acciones han sido minoritarias y la mayor parte de las protestas en Estados Unidos se han desarrollado de forma pacífica, incluso ante escenas de fuerte violencia policial. Asimismo, la idea de abolir los cuerpos policiales, que a veces se identifica como una reivindicación clave del movimiento, guarda poca relación con la propuesta más extendida de reorientar su financiación –que actualmente consume la mayor parte de los presupuestos municipales a lo largo del país– en beneficio de programas de bienestar público e integración que sean más exitosos reduciendo la conflictividad social.
Consumidores de política
Tanto el activismo superficial como el maximalismo que genera más rechazo que adhesión son, pese a sus diferencias, caricaturizables como ejemplos de una política identitaria desvinculada de cuestiones materiales. Una concepción del activismo como performance, en la que importa más anular los puntos de vista que se consideran nocivos que de avanzar una agenda propositiva.
Que esta caricatura se ajuste a una minoría de casos, como suele ocurrir con los estereotipos, guarda relación con el hecho de que las redes sociales se han convertido en la principal plataforma de socialización política para muchos ciudadanos, empezando por quienes defienden las posiciones de BLM pero incluyendo al conjunto de la sociedad estadounidense (o, llegados al caso, la española). El auge de las nuevas tecnologías de comunicación ha coincidido con y reforzado la anomia de las organizaciones que en el pasado vertebraban a la sociedad civil, ofreciéndole un proceso de socialización política. Desde finales de los años setenta, coincidiendo con el fin de la era del New Deal, Estados Unidos es una sociedad crecientemente gobernada por las leyes del mercado, donde las instituciones que generaban lazos sociales alternativos –sindicatos, iglesias, asociaciones de vecinos o partidos políticos tradicionales– se encuentran cada vez más debilitados.
Como resultado de esta fragmentación social –documentada por politólogos como Peter Mair y Robert Putnam–, las redes sociales se han convertido en un vector clave a través del que expresar prioridades políticas. Desprovistos de anclajes sociales diferentes a los que proporciona el mercado, lo que queda son ciudadanos que expresan sus preferencias en los únicos términos en que consideran que les queda agencia política.
Y lo hacen como consumidores: «cancelando» a un pensador o artista en tanto producto cultural; pero también –como ha sido frecuente entre partidarios de Trump durante la pandemia– montando en cólera ante la idea de que los confinamientos restrinjan sus derechos como consumidores. El caso de Estados Unidos es especialmente acusado pero revelador, en la medida en que representa una tendencia hacia la que se encaminan las sociedades y economías europeas.
Lo que la caricatura revela es un fracaso de la política institucional y la reducción del debate público en una arena para librar escaramuzas culturales. En ese sentido, no es casual que el estallido más reciente del movimiento BLM, en junio, llegase tras el hundimiento de la segunda campaña presidencial de Bernie Sanders: un movimiento que generó una movilización sin precedentes de estadounidenses jóvenes en torno a un programa político de reformas concretas y tangibles, que hubiesen tenido un impacto claro y positivo sobre los colectivos que hoy se manifiestan con más o menos éxito. Lo que ignora la caricatura es que tanto en el caso de BLM como en el de #MeToo existe, al margen de estos extremos parodiables, una masa crítica de ciudadanos exigiendo soluciones a problemas urgentes. Atender a sus reivindicaciones supondría un soplo de aire fresco en ambos lados del Atlántico.
Víctor Gómez Pin (Barcelona, 1944), catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Barcelona, está considerado uno de los filósofos más interesantes, profundos y brillantes que están actualmente en activo, tanto por la hondura de sus ideas y la diversidad de los temas que aborda como por la sugerente manera de expresar su pensamiento.

Víctor Gómez Pin: El honor de los filósofos. Acantilado, 2020
Señalemos sólo, a modo de preámbulo ilustrativo, tres hitos concretos de su obra que nos parecen especialmente destacables:
Gómez Pin utiliza aquí el término “filósofo” en un sentido muy amplio, designando una “disposición de espíritu” que se orienta a interrogarse por el ser de las cosas y el ser del hombre
En el reciente El honor de los filósofos Gómez Pin reúne más de treinta casos históricos de filósofos –Sócrates, Aristóteles, Boecio, Galileo, Giordano Bruno, Miguel Servet, Tomás Moro, Spinoza, Leibniz, Simone Weil, etc– que por distintos motivos sufrieron la animadversión de sus contemporáneos o la condena de los poderes establecidos pero que siempre se mantuvieron fieles a las exigencias del pensamiento, al mandato de la lucidez (“tener abiertos los ojos”, bajo cualquier circunstancia), demostrando una entereza moral y una firmeza insobornables. Cada capítulo del libro nos explica en detalle el contexto histórico e ideológico del momento, las circunstancias personales del protagonista, el contenido de sus ideas y los problemas a los que tuvieron que enfrentarse. Todos ellos son ejemplos notorios de la nobleza de espíritu, que les llevó a alzarse contra el gesto que atentaba contra su dignidad (y, en el fondo, por tanto, contra la de todos los hombres).
En muchas ocasiones el motivo de la disputa fue el choque con la ortodoxia en materia moral o de costumbres de la época, así como el rechazo de ciertos postulados religiosos, políticos o científicos que contradecían el uso recto del juicio y a los que estos filósofos se oponían sin tener en cuenta la autoridad o la instancia de poder que los sostenía. Las consecuencias para estos héroes del espíritu podían ser de todo tipo: desde la marginación, el rechazo social o el exilio, hasta la prisión o incluso la pena de muerte. Todos estos pensadores “parecieron sentir que, si el pensar puede llevar a la hoguera, el no pensar quizá supone una amenaza mayor”, pues significaría renunciar a nuestra condición humana, arrojando la toalla “ante la dificultad que presenta estar a la altura de lo que esencialmente somos los seres humanos” (p. 12).
Pese a las circunstancias adversas, que les invitaban a hacer dejación de su obligación de pensar, estos filósofos quisieron ser fieles a su condición humana y supieron perseverar en el combate contra las inercias del tiempo y de los propios hábitos o intereses personales, ahondando en la simbolización y el conocimiento que nos definen como especie.
Tal y como se explica en la introducción, Gómez Pin utiliza aquí el término “filósofo” en un sentido muy amplio, designando una “disposición de espíritu” que se orienta a interrogarse por el ser de las cosas y el ser del hombre y que, por tanto, puede darse también en científicos y escritores de otras disciplinas. En definitiva, filósofo es aquel que, heredero de quienes intentaron hacer inteligible la naturaleza, se ve confrontado a interrogantes de distinto tipo: “unos relativos a la esencia misma del conocimiento (gnosis, gnoseología, y en particular epistemología); otros concernientes a la cuestión de si el ser que pretende conocer está determinado o no en su comportamiento (ethos, ética); unos terceros relativos al modo como el entorno es percibido por nuestros sentidos singulares (aisthesis, estética)” (p. 19); por último, interrogantes relativos al funcionamiento de la palabra o verbo (logos, lógica, desde los Analíticos de Aristóteles hasta las “lógicas borrosas” del presente, pasando por la Ciencia de la lógica de Hegel).
Los filósofos recogidos en el libro siempre se mantuvieron fieles a las exigencias del pensamiento, al mandato de la lucidez (“tener abiertos los ojos”, bajo cualquier circunstancia), demostrando su entereza moral
La filosofía es, por tanto, la cristalización de todo el esfuerzo humano, que incluye tanto el conocimiento de la naturaleza como la poesía, la ciencia o el arte. La fidelidad al pensamiento, entendido como amor a los símbolos, a los juicios, a los recursos literarios, a las fórmulas, a las figuras geométricas y, en definitiva, a cualquier fruto de las ideas, es patrimonio impar de la humanidad. Ya decía Aristóteles al comienzo de su Metafísica que todos los hombres por naturaleza desean conocer.
Mediante la articulación de datos y el relato de acontecimientos, Gómez Pin nos informa del contexto en el que se abre camino la vocación teorética de cada uno de los protagonistas, su apuesta radical a favor del pensamiento, sin detenerse ante las amenazas de persecución o muerte de las que eran objeto. También nos proporciona una exposición adecuada de sus ideas y del marco general de problemas filosóficos en que se mueven sus respectivos pensamientos. Gracias a todo ello, podemos entender –por ejemplo– la soledad radical que tiene que afrontar Leibniz en la etapa final de su vida, acusado injustamente de plagio por los newtonianos e inmerso en el obsesivo problema filosófico del infinito; la muerte de Miguel Servet en la hoguera, por mantenerse firme en su defensa de la teoría de la circulación de la sangre pese a las amenazas de Calvino; las condenas a Copérnico y Giordano Bruno, por negar el geocentrismo; la acusación de infidelidad a Tomás Moro, por no subordinar la causa del papado a los intereses de su monarca y protector; las contradicciones que laminan el proyecto emancipador de la Revolución francesa, acusando de traición a Condorcet y llevando al cadalso a Olympe de Gouges; el repudio de los restos de Descartes por parte de la Iglesia; la muerte por inanición de Simone Weil; etc. Los nombres que aparecen recogidos en este libro merecen ser honrados por haber demostrado el alto valor de virtudes como el rigor, la firmeza, la prudencia, la autoestima o la andreia.
Como explica Gómez Pin, “si bien la libertad es efectivamente el horizonte al que aspira todo proyecto humano, no hay sin embargo que esperar a que la libertad sea efectiva para reivindicar las facultades que hacen la especificidad de nuestra condición en el orden animal, y esforzarse en darles alimento” (p. 13). Ya decía Julián Marías que la libertad es algo que el ser humano se toma. De lo que se trata es de alcanzar grados cada vez mayores de enriquecimiento del espíritu, en una especie de creación continua de la humanidad, alimentando la capacidad de lucidez y no abandonándose nunca a la comodidad, la abulia, la pereza o el nihilismo.
En un corto espacio de tiempo se han publicado dos biografías dedicadas al escritor soviético Vasili Grossman (1905-1964). La más reciente ha sido escrita por Alexandra Popoff y lleva por título Vasili Grossman y el siglo soviético[1]. Se trata de una biografía muy completa y bien contextualizada en la que el exhaustivo repaso a la vida de Grossman va paralelo a la evolución política y militar de la URSS. También hace unos meses, se publicó Cartas y recuerdos de Vasili Grossman[2], libro preparado por Fedor Guber, hijo adoptivo de Grossman, que se sirvió de sus recuerdos personales y de pasajes de la correspondencia del autor con su madre, su mujer, sus hijos y amigos para trazar un recorrido por la biografía de su padrastro. Como escribe en el prólogo a esta edición el filósofo Tzvetan Todorov, uno de los artífices de la recuperación de Grossman en Occidente, el libro de Fedor Guber arroja “una nueva luz sobre diversos episodios que marcaron su existencia” y es “un retrato vivido y cercano” de un escritor que “representa el caso excepcional de un individuo que logró conquistar la integridad moral viviendo en un país sometido a la dictadura totalitaria”.

A la vez, acaba de publicarse una nueva edición de Stalingrado[3], novela que en otras ediciones llevaba el título de Por una causa justa y que fue concebida como la primera parte de Vida y destino. Esta edición recupera el título y el texto original, que sufrió muchos recortes por la censura.
Las dos biografías publicadas ofrecen un veraz retrato de la vida de un escritor que gozó de mucha popularidad en la Unión Soviética durante los años de la segunda guerra mundial y que luego fue proscrito por las autoridades comunistas. En los últimos años de su vida, apenas consiguió publicar un par de relatos y algunos pasajes de sus últimos libros, y se convirtió en un escritor invisible, aunque el KGB lo seguía vigilando. Después de su muerte, su literatura fue completamente olvidada hasta que en Occidente, primero en Fráncfort, en 1970, se publicó Todo fluye, su última novela que hasta 1989 no se publicó en la URSS, el mismo año que Archipiélago Gulag. Más tarde, en 1980, en Suiza, apareció Vida y destino, su gran obra, que fue requisada por el KGB en 1961; esta edición procede de uno de los manuscritos que había escondido Grossman y que entregó a su amigo Semión Lipkin; este manuscrito fue microfilmado con la colaboración del escritor Vladimir Voinóvich y del físico Andréi Sájarov y posteriormente pasado a Occidente. En 1983 apareció la primera edición en Francia y en 1985 en Londres y Nueva York. Hasta 1988, bajo el gobierno de Mijaíl Gorbachov, esta novela no se publicó en la URSS, aunque la censura volvió a eliminar algunos pasajes, los más controvertidos. En 1990 apareeció por vez primera la edición completa de la obra.
En Occidente, «Vida y destino», al igual que pasó con «Doctor Zhivago» y «Archipiélago Gulag», se ha convertido en todo un acontecimiento y ahora mismo está considerada una de las obras fundamentales del siglo XX
En España, se publico en 1983 una traducción del francés y hasta 2007 no apareció la primera edición directamente traducida del ruso por Marta Rebón. De esta edición se han vendido en España 250.000 ejemplares. A partir de ese momento, ha renacido el interés por su autor y por el resto de sus obras.
Vasili Grossman nació en 1905 en la ciudad de Berdíchev (Ucrania), en un clima en esos años de persecución gubernamental y continuos pogromos contra los judíos. A pesar de la contribución que realizaban a la sociedad en la economía, la vida pública y la cultura rusas, la población judía seguía enfrentándose a restricciones legales y recibía un trato peor que otras minorías. “La autocracia rusa –escribe Popoff- estaba empleando una fuerza brutal para implantar la política de un solo zar, una única religión y una sola nacionalidad”. A esto hay que sumar el fallido levantamiento contra el zar de 1905, que atravesó el imperio de terrorismo político, disturbios del campesinado y amotinamientos que obligaron al zar a hacer concesiones como la elección del primer Parlamento ruso, la Duma.
Sus padres, ucranianos asimilados, él ingeniero y ella profesora de francés, rechazaban el estilo de vida de los judíos, su religión y sus tradiciones. Aunque le pusieron un nombre judío, Iósif Solomónovich, que sólo aparecía en sus papeles oficiales, la familia le llamó Vasia, un nombre ruso. Tampoco su familia lo envió al jéder, la escuela judía. Ahora bien, como escribe Popoff en su biografía, “pese a que Grossman no era religioso, leyó la Biblia y no fue ajeno a la tradición bíblica. Recibió una influencia directa de la creencia judía en la importancia de la compasión, en la necesidad de amar la vida y resistirse a morir hasta el último minuto, en la necesidad y obligación de recordar el pasado y honrar a los muertos, e igualmente en la necesidad de dar testimonio”, aspectos que saldrán a la luz en su literatura especialmente a partir de la segunda guerra mundial.

Sus padres se separaron pronto y Grossman vivió en Berdíchev con su madre hasta que comenzó los estudios universitarios, primero en Kiev y luego en Moscú. Viviendo en Kiev, tuvo lugar el golpe de estado comunista y la llegada al poder del Partido Bolchevique y el posterior Terror Rojo.
Buen estudiante y amante de la lectura, el joven Grossman fue un apasionado de la ciencia. En 1923 lo aceptaron en el Departamento de Química, integrado en la facultad de Física y Matemáticas de la Universidad de Moscú. En sus años universitarios, participó activamente en la vida cultural y política, cuando la revolución comunista empezó a imponerse en todas las instituciones. Esta vida cultural le llevó a apasionarse por la literatura y a descuidar sus estudios científicos. En 1928, el mismo año de su boda con Anna Matsiuk, Galia, mujer ya casada, comenzaron sus colaboraciones periodísticas y comenzó a plantearse ser escritor.
En la Rusia actual, donde, como escribe Popoff, “la gravedad de los crímenes de Stalin no ha llegado nunca al conocimiento público y apenas se han erigido unos pocos monumentos a las víctimas del estalinismo”
En esos años leyó La muerte de Iván Illich, novela corta de Tolstói que le provocó un poderoso impacto: “me ha impresionado profundamente, no puedo dejar de pensar en él”. Tolstói fue uno de los escritores que más le influyó como escritor. Con él aprendió, además, el gran poder que tiene la literatura para condensar pensamientos y emociones.

Finalizó sus estudios universitarios en 1929 y comenzó una temporada de prácticas en una empresa de jabones; en 1930, el mismo año que nació su hija Katia, se trasladó a Donetsk para trabajar como químico en una mina de carbón del Dombás. Sirviéndose de su experiencia en esta mina, comenzó a escribir sus novelas Glückauf y Stepán Kolchuguin. Pero después de un año, mostró síntomas de tuberculosis y su padre consiguió que le trasladaran al Instituto de Patología e Higiene Laboral de Donetsk. Para recuperarse de la enfermedad, pasó una temporada en un sanatorio en Sujumi, la capital de Abjasia. A la vez, le llegan noticias de las dramáticas consecuencias que estaba viviendo la población ucraniana durante los años de la hambruna.
En 1932, dimitió de sus puestos en Donetsk, regresó a Moscú y rompió su matrimonio con Galia. Encontró trabajo en una fábrica de lápices y reanudó su actividad literaria en un año muy importante para la literatura soviética: en 1932 se acuñó el término “realismo socialista”, el único estilo de arte y literatura que gozaría de la sanción oficial, y se creó la Unión de Escritores Soviéticos, organización cuya dirección era elegida por el Partido Comunista. Gracias al apoyo de Gorki, consiguió publicar su primera novela, Glückauf, “la más floja de las obras de Grossman”, una novela “industrial” (tema que se puso de moda a partir de la puesta en marcha de los Planes Quinquenales) en la que el mensaje político “nubló su talento y originalidad”.
A pesar de todo, la novela tuvo un moderado éxito y Grossman entró a formar parte de la Sociedad de Escritores de Moscú. Comenzó a trabajar en su novela histórica Stepán Kolchuguin. Tras la publicación de su relato En la ciudad de Berdíchev (1934), que recibió muy buenas críticas, pasó a ser un empleado de la literatura del Estado y dejó su trabajo en la fábrica de lápices. Ese año se celebró el Primer Congreso de Escritores Soviéticos, que marcó las directrices del partido para la literatura. En 1937, ingresó en la Unión de Escritores, lo que le permitió disfrutar de las ventajas materiales de las que disfrutaban los escritores del estado. En estos años, apoyó fielmente las directrices del partido para la literatura.
A pesar de todo, su trayectoria pudo haberse torcido a raíz de sus afinidades con el grupo literario Pereval, que fue desmantelado en 1932. Este grupo era partidario de llevar la ideología socialista a las obras artísticas; sin embargo, fueron denunciados por rendir más culto al artista que al propio Partido Comunista. Sus miembros, bajo sospecha desde 1931, figuraron entre los autores políticamente sospechosos, también Grossman. En este círculo de amistades, conoció a Olga Mijáilova Gúber, Liusia, la mujer de Borís Gúber. Liusia tenía dos hijos, pero los abandonó para iniciar a partir de 1935 una relación con Grossman (Liusia y Borís se divorciaron en 1936).
En «Vida y destino» Grossman sometió a juicio al estalinismo, yuxtaponiendo los crímenes contra la humanidad que los soviéticos perpetraron con los cometidos por los nazis
En 1934 tuvo lugar el asesinato de Serguéi Kírov, el líder del Partido en Leningrado, suceso que desató numerosas purgas que también afectaron a científicos, escritores y artistas. Alexandra Popoff da la cifra de dos mil escritores arrestados en las purgas, de los que solo unos quinientos regresaron de las cárceles y los campos de trabajo[4]. En 1936, Nikolái Yezhov sustituyó a Yagoda en la comisaría de Asuntos Internos y desde que ocupó la jefatura del NKVD todavía fueron más numerosas las purgas y las detenciones. Entre el verano de 1937 y noviembre de 1938 se detuvo a cerca de 1,6 millones de personas y se ejecutó a unas 700.000. En julio de 1939 se aprobó la Orden nº 00447 contra los “elementos antisoviéticos”, por la que se asignaron cuotas de arrestos y ejecuciones para cada región y república.
En junio de 1937 detuvieron a varios antiguos miembros de Pereval: Gúber, Katáiev y Zarudin. Los tres fueron ejecutados. Seis meses después, el NKVD detuvo a Olga. Para que sus dos hijos –Fedia, de seis años, y Misha, de once- no fueran enviados a los orfanatos especiales del NKVD para menores “socialmente peligrosos”, Grossman obtuvo la custodia legal de ellos. Olga tuvo suerte y permaneció detenida pocos meses. En esas mismas fechas, algunos amigos muy cercanos que habían sido deportados le informaron de la extensión de los campos de concentración en Kolymá y de las condiciones en las que vivían y morían numerosos presos. Su fe en los ideales de la revolución y en el papel del Partido Comunista comenzó a decaer. Además, tampoco alcanzó a comprender el acuerdo que en agosto de 1939 firmaron Hitler y Stalin, el llamado Pacto de Ribbentrop-Mólotov. El 1 de septiembre, Hitler invadía Polonia y el 17 de septiembre lo hacía Stalin.
A finales de la década de los 30, terminó su novela Stepán Kolchuguin, que se publicó primero por entregas en la revista Znamia y luego en dos volúmenes en 1941. Pocos meses después, Hitler invadió la URSS y la guerra cambió radicalmente su vida. La ciudad ucraniana de Berdíchev, donde seguía viviendo su madre, fue ocupada en el mes de julio. Constantemente, le llegaban noticias de las masacres nazis contra los judíos en territorio ruso.
Por su mala salud, quedó excluido del servicio militar, pero pidió que lo enviaran al frente como corresponsal de guerra. Fue destinado al diario Estrella Roja, muy popular entre los soldados. Sus reportajes y crónicas le convirtieron en el corresponsal más apreciado. En ese periódico publicó en 1942 su primera novela sobre la guerra, El pueblo es inmortal, que se convirtió en un clásico soviético. (Esta novela suele incluirse en el volumen de sus reportajes bélicos, Años de guerra[5]).
En agosto de 1942, fue enviado a cubrir el asedio a Stalingrado, ciudad industrial a mil kilómetros de Moscú que se extendía por la abrupta orilla occidental del Volga. Esta batalla resultó determinante en el resultado de la guerra; fue la más cruel y sangrienta: los muertos, heridos y presos ascendieron a dos millones. Cuando se encontraba en Stalingrado, recibió la noticia de la muerte en un accidente de Misha, de dieciséis años, el hijo mayor de Olga y Borís Gúber.
«Antes creía –dice Grossman en una ocasión- que la libertad era libertad de palabra, de prensa, de conciencia. Pero la libertad se extiende a la vida de todos los hombres”
Grossman se convirtió en el cronista más famoso de esta batalla, que tanto influyó en sus posteriores escritos y en su manera de analizar el dramático alcance de la guerra. En una carta dirigida a Olga, escribió: “Lo que he visto aquí puede inspirar con justicia la admiración del mundo. El mundo no ha conocido nunca tanto coraje, tanta resistencia. Hay que inclinarse ante las personas que sacrifican la vida con tanta sencillez, en batallas feroces que se prolongan día y noche, sin descanso. Son días duros y sublimes: nunca los olvidaré mientras viva”. En el fragor de la batalla, consiguió escribir Apuntes de Stalingrado, para muchos, los reportajes más convincentes que se escribieron durante la guerra. Fue en esos meses cuando empezó a bosquejar su novela Stalingrado.
A medida que las tropas soviéticas avanzaban hacia Alemania, fue teniendo conocimiento de los numerosos crímenes que se cometieron contra los judíos, que aparecieron en reportajes y relatos, como el titulado Ucrania sin judíos, que sin embargo fue censurado por las autoridades. En estos años hay que destacar también su participación en la Comisión Literaria del Comité Antifascista Judío, creado para denunciar los crímenes nazis cometidos contra los judíos. Al principio, las actividades de este Comité sirvieron al Gobierno de Stalin para recaudar fondos para la reconstrucción nacional. Pero poco a poco las autoridades soviéticas frenaron sus actividades, pues algunos miembros, como el propio Grossman, estaban removiendo asuntos muy incómodos para el régimen, ya que el antisemitismo seguía instalado en la sociedad rusa y en sus gobernantes.
Desde 1943 hasta 1946, colaboró activamente en la recopilación de materiales (cartas, diarios, testimonios, documentos, artículos…) que luego deberían formar parte de El libro negro[6], volumen que preparó en colaboración con el escritor Ilyá Ehrenburg y que contenía diferentes trabajos y reportajes sobre lo acontecido en la URSS en aquellos años contra la población judía.
Llamativamente, y más después de los esfuerzos realizados para investigar sobre estos hechos, en 1947 el propio Stalin prohibió explícitamente su publicación. El Comité acabó disuelto en 1948 y trece de sus miembros, calificados de “espías sionistas-estadounidenses” y “cosmopolitas desarraigados” (eufemismos que se emplearon contra los judíos), fueron ejecutados por prácticas antirrevolucionarias. Una edición de este libro, incompleta, apareció en 1980 en Israel. En 1989 se autorizó la consulta de los materiales recopilados por el Comité, unos veintisiete tomos de documentación. En Rusia, hubo que esperar hasta 2015 para disponer de una edición.
En el avance de las tropas rusas, pasaron por Berdíchev, su ciudad natal, donde supo del asesinato de su madre, suceso que ya intuía pero que le dejó profundamente afectado. Además, vivió toda su vida con el peso en su conciencia de no haberse llevado a su madre a vivir a Moscú cuando empezó la guerra.
En 1944, en la revista Znamia publicó El infierno de Treblinka, la crónica que escribió cuando liberaron este campo de prisioneros judíos y que posteriormente sirvió de prueba en los juicios de Núremberg. Se trata, como escribe Popoff, “de una obra de periodismo de investigación, un ensayo histórico y filosófico, y un réquiem por las víctimas”. También fue testigo de la batalla de Berlín y de la rendición de Alemania.
Tras la guerra, se entregó a escribir una novela sobre la batalla de Stalingrado en la que intentó recordar a los millones de muertos soviéticos anónimos que habían fallecido durante el conflicto, pero este discurso no cuadraba con las intenciones del régimen, que creó una versión victoriosa de lo sucedido en donde no tenían cabida los difuntos. En este tiempo, incluso el Partido volvió a recuperar el control absoluto sobre la literatura y las artes, dejando poco margen para experiencias artísticas al margen de las premisas del realismo socialista. En 1946, fueron expulsados de la Unión de Escritores dos destacados y conocidos autores, Anna Ajmátova y Mijaíl Zoschénko, precisamente por no someterse al realismo socialista. El propio Grossman padeció personalmente esta actitud del régimen. Una obra de teatro aparentemente inocua, Si tuviéramos que creer en los pitagóricos, fue acusada de decadente y burguesa al contradecir el marxismo-leninismo.
Terminó de escribir Stalingrado en 1948, novela en la que el tema judío ocupaba un lugar destacado. Incluso su protagonista era un físico judío, Víktor Shtrum. Tuvo problemas para publicarla, pero apareció al final en 1952 por entregas en la revista Novi mir con el título de Por una causa justa[7], aunque tuvo que hacer muchos cambios a causa de la censura, en total cien fragmentos, algunos de un par de frases, otros de párrafos y hasta páginas enteras. Fue obligado a resaltar especialmente los méritos del partido y de Stalin en la victoria final.
La nueva edición que acaba de publicar Galaxia Gutenberg recupera el título, Stalingrado, y la redacción original, que modifica sustancialmente sus objetivos. Tras un recibimiento entusiasta, a partir de 1953, y tras un primer artículo muy crítico en Pravda, con lo que ello significaba, vio cómo se desataba una campaña en contra de su novela y su persona: pasó de golpe de héroe a ser un escritor incómodo para el régimen de Stalin. Esta campaña coincidió con el “Complot de los Médicos”, un grupo de médicos judíos a los que se les acusó de saboteadores y terroristas, que tuvo su fin con la muerte de Stalin en marzo de 1953.
El holocausto, la crítica al régimen soviético y las semejanzas entre los regímenes totalitarios de Hitler y Stalin son los temas de su novela Vida y destino, a la que dedicó diez años de trabajo y de investigación y para la que entrevistó a supervivientes de los Gulag, como el poeta Nikolái Zabolotski, acusado de trotskista en 1938, quien incluso publicó un libro con sus memorias, La historia de mi encarcelamiento, aparecido en 1956. A partir de 1955, la mujer de Nikita, Yekaterina, se convirtió en su amante y en 1956 se fueron a vivir juntos, aunque Grossman nunca rompió del todo con su familia y en 1958 puso fin a su relación sentimental con Yekaterina, aunque siguieron manteniendo una estrecha amistad.
Pensó que tras la muerte de Stalin en 1953 y los nuevos aires que trajo el ascenso de Nikita Jruschov a la secretaría general del Partido Comunista, se inauguraba una nueva época en la URSS de la que saldrían beneficiados él y su literatura. Pronto iba a comprobar el error de sus predicciones.
Vida y destino es un gran fresco sobre la Segunda Guerra Mundial. El argumento se basa en el cerco de Stalingrado y tiene como protagonista a Shtrum, un físico investigador, judío e intelectual involucrado sin desearlo en el estalinismo. La narración se multiplica al describir el autor la guerra desde todas las perspectivas posibles y, también, la proliferación de crímenes y de campos de concentración con muchos personajes tomados de la vida misma.
En esta novela denuncia abiertamente las consecuencias que los totalitarismos tienen para los individuos concretos, que son sistemáticamente despreciados en beneficio de un régimen inhumano fundamentado en la dictadura y la opresión. La novela es un impactante y demoledor cuadro histórico que explica mejor que muchos estudios el terror del nazismo y del estalinismo. A medida que fue escribiendo sobre el Holocausto, encontró más paralelismos con el régimen de Stalin. “Los dos –escribe Popoff- han descartado la noción de la humanidad. Las vidas individuales, sometidas a Hitler y Stalin, carecen de valor por sí mismas”. En el caso de la dictadura soviética, denuncia que los bolcheviques “fundaron un estado que prometía igualdad y justicia social, pero aniquilaron la libertad”. Además, es también un duro examen de conciencia personal, pues utilizó el argumento de este libro para reflexionar sobre su propia vida y su identidad de judío ruso.
En 1957 se pudo comprobar cómo el régimen seguía aferrado a sus posiciones ideológicas, sin admitir ninguna crítica y con un control absoluto de lo que se publicaba. Pero ese año se desató un terremoto literario y político. Pasternak, a través de la editorial italiana Feltrinelli, publicó en el extranjero Doctor Zhivago, que se utilizó por ambos bandos para alimentar la guerra fría. La demoledora respuesta del régimen soviético, que obligó a Pasternak a rechazar el premio Nobel en 1958, fue un aviso de lo que podía suceder a la novela de Grossman, que incluía críticas contra el estalinismo todavía más duras que la novela de Pasternak.
En 1960, intentó publicar Vida y destino, pero sólo recibió fuertes críticas y el explícito rechazo de la Unión de Escritores. Durante ese periodo es cierto que se dieron algunos cambios –por ejemplo, Solzhenitsyn publicó en 1962 Un día en la vida de Iván Denísovich-, pero las autoridades soviéticas volvieron a rectificar en su política aperturista ya que no querían que se repitiese lo que había sucedido con Boris Pasternak. La censura y el KGB volvieron a imponer su ley. El manuscrito que envió a la revista Znamia acabó en el Comité Central del Partido Comunista. El jefe de la sección cultural, Dmitri Polikárpov, la calificó como una “sucia calumnia contra la sociedad y el Estado soviéticos”. Otros miembros la vieron como una novela “ideológicamente dañina” y “políticamente desleal”. Incluso llegaron a decirle que su obra no se publicaría en la URSS hasta dentro de 250 años. Cuando conoció estas acusaciones, Grossman escondió varias copias de la novela.
En febrero de 1961, su novela fue confiscada. El KGB saqueó su apartamento y el de su mecanógrafa, llevándose hasta el papel carbón y las cintas de la máquina de escribir. Deprimido por todo lo sucedido, vio cómo se le cerraban todas las puertas. Si ya era calificado de escritor difícil y complicado, Grossman se convirtió en proscrito.
Como su situación económica pasó a ser delicada, para ganar algo de dinero aceptó la oferta de realizar un viaje a Armenia para trabajar en la traducción de la novela Los niños de la Casa Grande, del escritor armenio Rachía Kóchar. Con las cartas que desde Armenia escribió a un amigo contándole la estancia de dos meses en estas tierras, escribió unas memorias, Que el bien os acompañe, que han sido traducidas recientemente al castellano por vez primera por Marta Rebón.
El contacto con el pueblo armenio, perseguido por el régimen comunista, le lleva a comparar e identificar este sufrimiento con el que ha padecido el pueblo judío a lo largo de la historia y en el presente. El viaje resultó una sacudida interior al comprobar las costumbres, su historia y los ecos de las sucesivas persecuciones del pueblo armenio. Libro muy íntimo, que tampoco fue publicado en vida, en el que afloran las duras circunstancias personales que estaba atravesando, como la progresiva enfermedad y su obligado silencio como escritor.
Tras la celebración del Vigésimo Segundo Congreso del Partido Comunista a finales de 1961, en el que Jruschov volvió a defender la necesidad de “contar la verdad sobre el abuso de poder en la época de Stalin”, pensó que las cosas estaban cambiando en la URSS y que su novela, por fin, se podría publicar. Por eso, en 1962 escribió una larga carta al mismísimo Nikita Jruschov solicitando la publicación de su obra y reclamando que le devolviesen los originales que habían sido confiscados por el KGB.
En la carta, recuerda que “ha pasado un año. He pensado de forma prolongada e incesante sobre la catástrofe que ha sufrido mi vida como escritor y sobre el destino trágico de mi libro”. Y continúa: “Quiero compartir aquí mis pensamientos, con toda franqueza. En primer lugar, tengo que decir lo siguiente: no he llegado a la conclusión de que mi libro contenga falsedades. En este libro he escrito lo que consideraba, y sigo considerando, que era la verdad. Solo he descrito las cosas que he pensado, sentido y sufrido”. Para Grossman, “mi libro no es político. He hablado en él, tan bien como he sabido, de las personas, sus pesares, alegrías, prejuicios, muerte. He escrito sobre el amor y la compasión”.
Y lanza estas preguntas a Jruschov: “¿Por qué se ha prohibido mi libro, que de alguna manera puede corresponderse con las necesidades espirituales del pueblo soviético, y que no contiene ni falsedades ni calumnias, sino verdad, dolor y amor por las personas? ¿Por qué me lo han quitado, mediante la violencia administrativa, y se ha ocultado de mi vista como de la del pueblo, como si de un criminal o un asesino se tratara?”. En su parte final, haciendo referencia a las palabras de Jruschov en el Congreso de 1961, afirma que “creo imposible imaginar una nueva sociedad sin un crecimiento sostenido de la libertad y la democracia”. Y concluye con esta desesperada petición: “Os pido que dejéis mi libro en libertad; pido que mis editores, y no los agentes del KGB, hablen y debatan conmigo sobre el libro. No hay lógica ni verdad en la condición presente, en que yo esté materialmente en libertad cuando el libro al que he dado mi vida está en prisión: como yo lo he escrito, no he renunciado a él y no renuncio… pido que mi libro quede en libertad”.
No recibió ninguna respuesta de Jruschov, pero a los cinco meses fue recibido por Mijaíl Súslov, uno de los ideólogos del Partido Comunista, que desempeñó el cargo de director del Departamento de Agitación y Propaganda durante la época de Stalin. Súslov le expuso con dureza los argumentos del Gobierno para no autorizar la publicación de Vida y destino. “Tu novela no se puede publicar… Tu novela es un libro político (…) Es hostil, no solo al pueblo y el Estado soviéticos, sino a todo aquel que lucha por el comunismo fuera de las fronteras soviéticas, a todos los obreros progresistas del mundo capitalista, a todo el que lucha por la paz”.
Súslov le recriminó que no escriba “lo que es necesario para el pueblo y útil para la sociedad”. También que compare el comunismo con el hitlerismo: “Tu libro describe a los nuestros, a los comunistas, de una forma incorrecta y falsa”. Además, “tu libro habla positivamente de la religión, Dios, el catolicismo”. Y compara la publicación de su libro con el daño que ya ha ocasionado el libro de Pasternak. “Tu libro, dice Súslov, resulta incomparablemente más peligroso, para nosotros, que Doctor Zhivago”.
Los últimos años de su vida, muy duros también en el terreno familiar, pues se incrementaron sus problemas con su mujer, los consagró a escribir relatos y a terminar Todo fluye[8], su última novela, donde todavía son más explícitas sus críticas al régimen soviético. Escrita poco después de Vida y destino, aparecen sin ninguna censura todas sus opiniones políticas sobre el totalitarismo comunista.
Para que no cayeran en manos del KGB, los relatos que escribió entre 1953 y 1963 los distribuyó entre sus amigos y colaboradores. Algunos de ellos, ocho en total, se han publicado en España gracias a una selección realizada por el filósofo Tzvetan Todorov con el título de Eterno reposo y otras narraciones[9]. Todos ellos los escribió sin someterse, como así había sido en otros momentos de su vida, a los dictados del realismo-socialista.
Para Todorov, estos relatos muestran los peligros de la sumisión del destino individual a los proyectos políticos totalitarios. El punto de vista no son los héroes o los grandes protagonistas de la historia rusa sino personas corrientes que sobreviven como pueden a las penosas circunstancias que les ha tocado vivir. Grossman muestra la rebelión contra los regímenes totalitarios con unos sencillos y anónimos personajes con los que quiere representar la bondad del ser humano.
Por su parte, Todo fluye tiene similitudes con su narrativa anterior y, especialmente, con Vida y destino. Como en otras novelas, se inspira en personajes que conoció muy de cerca, en este caso en la vida de su cuñado, Nikolái Sochevets. Su protagonista es también un eminente científico que fue represaliado en los años treinta, en la época de las grandes purgas, por defender la libertad en una intervención en la universidad. Iván “declaró que la libertad era un bien igual a la vida misma, que la restricción de la libertad mutilaba a los hombres igual que los golpes de hacha, que cortan dedos y orejas, y que la destrucción de la libertad equivalía al asesinato”.
Después de aquel discurso, fue expulsado de la universidad y deportado por tres años a la región de Semilpalatinsk, aunque sucesivas condenas le obligaron a permanecer treinta años en Siberia en diferentes campos de concentración. Como recordaba años después, “había recorrido todos los círculos del infierno de las prisiones y todos los campos, y no había muerto porque el fuego de la fe, que desde la adolescencia ardía en sus entrañas, lo había protegido de los cuarenta grados bajo cero, del intenso frío nocturno y del viento despiadado, de la distrofia y del escorbuto”.
Años después de la muerte de Stalin en 1953, Iván, el protagonista de Todo fluye, regresa a Moscú. Así comienza la novela, con el viaje a Moscú en tren tras recuperar la libertad. La primera parte de la novela describe el complejo proceso de adaptación del protagonista a esa vida, el espinoso reencuentro con amigos y compañeros en Moscú y en Leningrado, la visita a los lugares más importantes de su vida… El peso de la memoria resulta lacerante, y más todavía la constatación de la dificultad de ubicarse en ese nuevo mundo, donde todo le recuerda su vida anterior.
Los años pasados en los campos de concentración le han dado otra visión del mundo y de las necesidades vitales marcada por la desconfianza y el escepticismo. Iván vive como puede en esta nueva realidad sabiendo que su vida es ya un fracaso y que, como tantas miles de víctimas, deberá soportar una existencia marginal, pues le seguirán rechazando en todos sitios y trabajos ya que su presencia es un mazazo para la conciencia de los demás. Como se lamenta en una ocasión, “es cierto, es espantoso vivir en libertad”.
En la novela, con un tono ensayístico, reflexiona sobre los males del comunismo, la extensión del terror como sistema político, la denuncia de la ausencia de las libertades más necesarias y la evolución histórica del comunismo hasta la obscena unión entre los intereses del Partido y del Estado. Denuncia abiertamente la generalización de la represión y la extensión de los gulag. Y la falta de libertad, aspecto que subraya en muchos momentos en esta obra: “Antes creía –dice en una ocasión- que la libertad era libertad de palabra, de prensa, de conciencia. Pero la libertad se extiende a la vida de todos los hombres. La libertad es el derecho a sembrar lo que uno quiera, a confeccionar zapatos y abrigos, a hacer pan con el grano que uno ha sembrado, y a venderlo o no venderlo, lo que uno quiera. Y tanto si uno es cerrajero como fundidor de acero o artista, la libertad es el derecho a vivir como uno prefiera y no como le ordenen”.
La imposibilidad de ver publicada en la URSS Vida y destino, la obra a la que había dedicado tantas energías (aunque al final de sus días aceptó que se pudiese publicar en el extranjero), le pasó factura, además de que para él esta novela era el mejor homenaje a su madre muerta, a quien está dedicada la obra.
En la biografía de su hijastro, Fedor Guber, se reconstruye cómo vivió en la intimidad todos estos sucesos, que le provocaron un gran sufrimiento y le llevaron a perder muchos amigos al ser señalado por el régimen, amigos que incluso se cambiaban de acera cuando se encontraban con él en la calle. Este libro cuenta de manera detallada su enfermedad y muerte. Como consecuencia de un cáncer de estómago y de los numerosos problemas que le ocasionó su enfrentamiento con la maquinaria del poder, falleció el 14 de septiembre de 1964. “Me han estrangulado en el umbral de casa”, escribió.
En Occidente, Vida y destino, al igual que pasó con Doctor Zhivago y Archipiélago Gulag, se ha convertido en todo un acontecimiento y su prestigio no para de crecer, ya que ahora mismo está considerada una de las obras fundamentales del siglo XX. No ocurre lo mismo en la Rusia actual, donde, como escribe Popoff, “la gravedad de los crímenes de Stalin no ha llegado nunca al conocimiento público y apenas se han erigido unos pocos monumentos a las víctimas del estalinismo”. En la actualidad, Stalin suele aparecer exclusivamente como el gran vencedor de la guerra contra los alemanes y responsable de la modernización del país. Putin, además, le ha rehabilitado. Como opina esta autora, Stalin respalda la imagen de que la Rusia de Putin es heredera del imperio ruso y del imperio de la Unión Soviética. En 2017, una encuesta destacó a Stalin como el personaje más señero de todos los tiempos, por delante de Putin y de Pushkin.
Ni antes ni ahora ha habido por parte del estado ruso un deseo de investigar los crímenes cometidos durante el comunismo. Más todavía, escribe Popoff, el estado “nunca ha asumido la responsabilidad por haber asesinado a millones de personas y nunca ha admitido de forma clara y definitiva sus crímenes”. En la Rusia postsoviética –afirma-, el sistema comunista no ha sido sometido a un juicio merecedor de tal nombre”. Por todo ello, Grossman no encaja con la actual propaganda oficial que asume de alguna manera el relato que el Partido Comunista hizo tanto de la segunda guerra mundial como del estalinismo en general.
Todo lo contrario a lo que Grossman buscaba con sus libros. “En Vida y destino Grossman sometió a juicio al estalinismo, yuxtaponiendo los crímenes contra la humanidad que los soviéticos perpetraron con los cometidos por los nazis”.
¿Y cuáles fueron estos crímenes? La autora destaca el trabajo realizado por Alexander Yákovlev, autor del libro Un siglo de violencia en la Rusia soviética. Yákovlev fue un destacado funcionario del Partido Comunista en los años de Brézhnev que llegó a dirigir el Departamento de Propaganda del Comité Central y que, desde 1989, presidió la Comisión de Rehabilitación de las Víctimas de Represión Política. Con el material que consiguió recopilar durante años, describe extensamente estos crímenes que, por otra parte, han ido apareciendo con cuentagotas en los estudios que se han hecho sobre el comunismo soviético y en las memorias y recuerdos de muchas víctimas de estos crímenes, que muchas veces no consiguieron publicar sus obras en Rusia por la censura y circularon en samizdat (copias clandestinas) o se publicaron e el extranjero, como sucedió con las obras de Solzhenitsyn, Pasternak, Siniavski, Voinóvich y otros muchos escritores.
Sirviéndose de Yákovlev, Popoff detalla estos crímenes: “los documentos hablan de ejecuciones colectivas, sin juicio, habituales en tiempos de Lenin y Stalin; de los campos de concentracion soviéticos, incluidos campos para niños; de las represalias que aplastaron a la intelectualidad; de la destrucción del campesinado, los clérigos y los partidos socialistas no bolcheviques; de las brutales deportaciones de nacionalidades enteras, antes, durante y después de la segunda guerra mundial y de los prisioneros de guerra a los que, al ser liberados de los campos de concentración nazis, se enviaban directamente al Gulag”.
A los que habría que sumar las hambrunas provocadas, como la de Ucrania, con casi cuatro millones de muertos, y las muertes como consecuencia de los trabajos forzados de los prisioneros en las obras faraónicas diseñadas por Stalin. Para el Partido Comunista soviético, el fin justificaba los medios y tanto el régimen como sus líderes principales “estaban dispuestos a cometer cualquier crimen contra la humanidad para consolidar su monopolio del poder, la ideología y la propiedad y crear un rebaño sumiso”.
Para cambiar la percepción actual que tiene la sociedad soviética de la etapa estalinista (y de todo el régimen comunista), escribe Popoff siguiendo a Hannah Arendt, se debería facilitar el acceso a toda la información sobre esta época, lo que no están dispuestos a hacer los dirigentes rusos actuales, que siguen controlando estos documentos.
Y rescata Popoff una respuesta de la pensadora judía en una entrevista de 1974: “Lo que posibilita que haya un gobierno totalitario, o cualquier otra forma de dictadura, es la falta de información. ¿Cómo se puede tener una opinión propia si se carece de información?”. El régimen ruso actual ha hecho su opción: “es más fácil creer en un pasado glorioso que admitir que estalinismo y nazismo fueron un espejo el uno del otro”.
[1] Vasili Grossman y el siglo soviético. Alexandra Popoff. Crítica. Barcelona (2020). 512 págs. Traducción: Gonzalo García.
[2] Cartas y recuerdos de Vasili Grossman. Fedor Guber. Galaxia Gutenberg. Barcelona (2019). 406 págs. Traducción: Jorge Ferrer Díaz.
[3] Stalingrado. Vasili Grossman. Galaxia Gutenberg. Barcelona (2020). 1.200 págs. Traducción: Andrëi Kozinets.
[4] Un estudio sobre la represión soviética contra los escritores puede verse en Cien años de literatura a la sombra del Gulag. Adolfo Torrecilla. Rialp. Madrid (2017). 490 págs.
[5] Años de guerra. Vasili Grossman. Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg. Barcelona (2009). 640 págs.
[6] El libro negro. Vasili Grossman y Ilyá Ehrenburg. Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg. Barcelona (2012). 1.232 págs.
[7] Por una causa justa. Vasili Grossman. Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg. Barcelona (2011). 1.100 págs. Traducción: Andrëi Kozinets.
[8] Todo fluye. Vasili Grossman. Círculo de Lectores/Gallaxia Gutenberg. Barcelona (2008). T.o.: Vsio techiot. Traducción: Marta Rebón.
[9] Eterno reposo y otras narraciones. Vasili Grossman. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Barcelona (2013). 252 págs, Traducción: Andréi Kozinets.
Axel Kaiser, chileno-alemán de amplia formación académica y muy presente en las redes como analista de la actualidad socio-política, ha escrito un libro de actualidad e interés general bajo el título agresivo de La Neoinquisición. Persecución, censura y decadencia cultural en el siglo XXI.

Como confiesa en la introducción a esta obra, Kaiser pretende “combatir ese reino de la oscuridad cultural donde el argumento racional y el respeto por el oponente están desapareciendo del discurso público (…), donde gobierna la intolerancia, el irracionalismo y el pensamiento único” (pág. 27). Desde las primeras páginas del libro, Kaiser, declarado defensor del pensamiento liberal del economista austriaco Friedrich Hayek, pone de manifiesto lo que le preocupa y quiere denunciar en defensa de la libertad:
La nueva intolerancia
El valor de este libro es doble: aporta una abundantísima información muy actual de lo que está sucediendo en nuestras sociedades occidentales, especialmente en Estados Unidos, que ilustra con fuentes contrastables esa neoinquisición liberticida o nueva intolerancia que crece en nuestro mundo; y, a la vez, analiza los fundamentos intelectuales y raíces teóricas de ese preocupante fenómeno que amenaza las libertades públicas de que tan seguros nos sentíamos hasta no hace mucho tiempo.
Kaiser pretende “combatir ese reino de la oscuridad cultural donde el argumento racional y el respeto por el oponente están desapareciendo del discurso público”
La obra de Kaiser ayuda a ser conscientes de forma documentada del surgimiento y crecimiento entre nosotros de una grave amenaza o peligro para nuestras libertades y a la vez nos ilustra sobre sus orígenes intelectuales; es decir aporta las claves intelectuales que permiten identificar y diagnosticar el virus que cercena y carcome hoy la libertad en las sociedades democráticas, aportando así también los mimbres para desarrollar una vacuna que defienda la salud de la libertad… ¡si queremos vacunarnos!
Leyendo este libro de Kaiser surge inevitablemente el pensamiento de lo fácil que es para nosotros -los humanos- acostumbrarnos y normalizar –banalizándolas- auténticas aberraciones cuando se adecúan a los tópicos de nuestra época. En cada época nos escandalizamos de las aberraciones que admitían como normales nuestros abuelos, a la par que convivimos con naturalidad con las objetivas aberraciones inhumanas de nuestros días… que escandalizarán a nuestros nietos. Por no hablar del aborto hoy, quiero recordar como ejemplo cercano en el tiempo lo que nos pasó con la esclavitud.
Me tomo muy en serio las advertencias de Kaiser sobre el declive de la razón y las libertades en las modernas democracias porque tengo memoria histórica y sé de lo que somos capaces los humanos. Basta releer (lo he hecho estas últimas semanas) La cabaña del tío Tom de Harriet Beecher-Stowe , o Raíces, de Alex Haley, para volver a recrear en nuestra conciencia lo que fue la esclavitud de los negros en Estados Unidos hasta mediados del siglo XIX, es decir, prácticamente hasta antes de ayer: seres humanos convertidos en cosas explotables, violables, torturables, vendibles y destruibles a voluntad por sus amos; y esto en una sociedad presuntamente moderna e ilustrada. Irene Vallejo acaba de recordarnos también en su magnífica obra El Infinito en un junco (págs. 270 a 276) lo que significa la esclavitud al hablarnos de esta práctica en la Roma clásica. Si la esclavitud o el genocidio han sido posibles en los tiempos modernos de la civilización occidental tan presuntamente humanista ella, no podemos tomarnos a broma las pulsiones liberticidas que rebrotan en la actualidad y que son el objeto del análisis del libro de Kaiser que comentamos.
El autor muestra cómo los males que denuncia ya son práctica habitual en universidades, editoriales, galerías de arte, academias científicas, revistas de prestigio, etc.
Muchos autores hablan hoy ya del riesgo de que la democracia liberal en un Estado de derecho, que levamos disfrutando desde la II Guerra Mundial, pueda no ser más que un breve paréntesis histórico. La eficacia económica de dictaduras como la de la China actual, la crisis económica y la destrucción de las clases medias que lleva asociada, el escaso aprecio a las libertades por parte de cada vez más occidentales intoxicados por las ideologías que Kaiser denuncia, los nuevos populismos y nacionalismos radicalizados y el declive de la religión cristiana y su influjo humanizador, son factores –entre otros- que avisan del peligro.
Kaiser critica también en muchos lugares de su libro, y de forma singular en las páginas 335 a 351, otro de los dogmas autodestructivos del occidente actual: el autoflagelo contra la propia historia y la pasada influencia de nuestra cultura en todo el mundo. Cada vez más occidentales ven con horror las propias tradiciones intelectuales y religiosas y se alejan voluntariamente de ellas como de algo malo de lo que huir. Este es otro de los factores autodestructivos de las actuales sociedades libres.
Relativismo, victimismo y políticas identitarias
En el primer capítulo (págs. 29 a 91), Kaiser hace la radiografía del fenómeno que le preocupa y quiere denunciar: la progresiva prevalencia en las sociedades democráticas actuales de valores, actitudes y políticas que no entienden la libertad y se rebelan contra ella con aparente eficacia en nombre de ideales objetivamente irracionales, pero de gran aceptación general, por su apariencia propagandística, como causas progresistas. Con evidente fuerza dialéctica, el libro comienza recordando la historia de las brujas de Salem -popularizada por la obra teatral de Arthur Miller, de fama universal- para hacer patente que hoy estamos asistiendo a procesos que responden a la misma lógica de aquella irracionalidad escandalosa e inhumana.
La denuncia de Kaiser se extiende a
Kaiser identifica (pags. 75 y ss.), siguiendo la estela del filósofo inglés Roger Scruton, el origen intelectual de estos ataques a la libertad en el irracionalismo del posmodernismo de Foucault y Derrida, que tanto han influido en el pensamiento político de izquierdas en las últimas décadas. Todo el capítulo segundo de la obra (págs. 93 a 217) está dedicado a “la decadencia de occidente”. que provoca el pensamiento de autores como Levi-Strauss, Derrida, Lyotard y Foucault, que han introducido el relativismo cultural absoluto y la crisis de la razón generando las nuevas intolerancias que están destruyendo la libertad democrática clásica; y cuyos efectos están socavando la libertad académica en las universidades, la libertad editorial (con la creación, por ejemplo, de la figura de los lectores de sensibilidad, es decir, la censura previa en las editoriales), la autocensura de los propios escritores, la dictadura de la teoría de la apropiación cultural, que impide a los autores occidentales hablar o escribir sobre otras razas o culturas, el culto a la fealdad en las artes recientes y la extensión, incluso, al pensamiento científico de estas nuevas formas de censura y represión de la libertad de investigación (el nuevo lisenkoismo, según el autor).
Hay una renuncia al compromiso con la verdad para evitar ofender a cualquiera; pues “la verdad no tiene la obligación de ser emocionalmente agradable”, asegura Kaiser
El autor pone múltiples ejemplos concretos de todos estos males en la sociedad actual y muestra cómo los males que denuncia ya son práctica habitual en nuestras universidades, editoriales, galerías de arte, academias científicas, revistas de prestigio, etc. Aunque Kaiser analiza especialmente la sociedad norteamericana y toma de ella la mayor parte de sus ejemplos, es evidente que se refiere a un fenómeno global, que se está dando en todo Occidente, y del que en España podríamos poner también múltiples ejemplos.
Junto a la negativa influencia de esos autores que niegan toda verdad objetiva y hasta la misma realidad, Kaiser identifica otra corriente de pensamiento igualmente coadyuvante en el proceso de construcción de la “neoinquisición” que nos amenaza: el neomarxismo de la escuela de Frankfurt, cuya aportación a la destrucción de la libertad analiza en las págs. 190 y ss., deteniéndose especialmente en el pensamiento de Marcuse y su influencia en los ambientes universitarios norteamericanos.
Concluye Kaiser esta parte segunda de su obra constatando con triste preocupación que “la libertad de expresión está muriendo en el mundo occidental”, en la medida en que “la cultura de la intolerancia que infecta a Occidente se convierta en medidas legales, regulatorias y de presión que significan un retroceso en términos de libertad de expresión” (pág. 203).
La parte final del libro (capítulo 3, págs. 219 y ss.) está dedicada a “los dogmas de la nueva doctrina” y, como tales, analiza la ideología de género y el feminismo inspirado en esa ideología, los tópicos de moda en materia de inmigración y la autoflagelación de los occidentales, que rechazan su propia historia y su aportación positiva a la humanidad junto con la denominada por Elvira Roca “imperiofobia”.
Cuando se cuenta una historia de amor las fechas son importantes y en Madrid esta aventura comenzó el 4 de mayo de 1971 porque, en palabras de Andrés Trapiello, “el día que decidí venir a Madrid fue el más importante de mi vida. No sé de nadie que no recuerde el primer día que conoció Madrid, ni a ningún madrileño que haya olvidado el barrio donde nació”.
Trapiello llegó por segunda vez a Madrid con 17 años y se dedicó durante unos meses a la venta ambulante de libros y colecciones por las calles Serrano y Gran Vía. Así, yendo a trabajar desde Carabanchel Alto es como empieza a conocer tan bien este Madrid que, con el tiempo, y la llegada de la edad adulta, se fue convirtiendo “en algo íntimo” y que resume como “aquel antiguo Madrid que cabía en la cerca que se vino abajo en 1868” con el Rastro, el Retiro, el Prado, o el Museo Romántico, a los que dedica distintos apartados del libro.

El autor, nacido en 1953 en la localidad leonesa de Manzaneda de Torío, se convierte en nuestro guía y nos lleva de paseo por la ciudad porque Madrid no es una crónica académica y lineal del paso del tiempo por la ciudad ni una autobiografía donde el autor es centro de universo. Trapiello reconoce que las referencias que tenía para buscarse las castañas a su llegada eran las del juego del Palé (el Monopoly de entonces) y así supo por dónde tenía que moverse. Es lo que le ocurrió al pisar la calle Leganitos: “Comprendí que en el Palé valiera sesenta pesetas”.
“El día que decidí venir a Madrid fue el más importante de mi vida. No sé de nadie que no recuerde el primer día que conoció Madrid”, asegura Trapiello
Además, él, que en varias ocasiones reconoce que es de pueblo, explica que lo del “Mantua Carpetanarorum, o madre de los carpetanos” que aparece en una gran orla en los planos antiguos de la ciudad viene a ser una invención o que detrás de la Casa de Fieras del Retiro hubo “durante el romanticismo una zona de duelos y suicidios, antes de que hicieran el primer viaducto, el de 1874”.
En esta nueva publicación se habla del agua de Madrid, de sus caños y fuentes y de que es un agua “sagrada” porque la ciudad no tiene un gran río (también se despacha con el Manzanares) y hasta 1850 no llegó el agua del Lozoya. Y es así, a través de la llegada del agua a Madrid, cómo cuenta la leyenda “extraordinaria y poética” de San Isidro.
También recuerda que, después de haberse dedicado a redactar críticas creativas sobre exposiciones, durante La Movida trabajó como redactor de un programa de arte moderno para TVE del que le echaron, y “acudíamos en procesión a ver las exposiciones, pero daba igual, porque casi todo el mundo iba ciego y al final era como en la época del feróstico, que entre lo que uno no veía y lo que imaginaba, se iba tirando”.
El escritor leonés presenta Madrid como es porque quiere la ciudad y porque es un madrileño más
Trapiello utiliza más de 125 veces el adjetivo “bonito” para referirse al nombre de las calles, a la Plaza Mayor, a las esculturas ecuestres, a una primavera, la iglesia de San Cayetano o un desfile militar. Sin embargo, habla de la dureza de su estar en la ciudad con cariño, delicadeza y, lo que no parece fácil, sentido del humor. Por ejemplo: “No tenía a nadie con quien hablar, no había dejado atrás a nadie tampoco, no tenía tratos con mi familia ni había dejado amigos en ninguna parte. Bueno sí, tenía a los mendigos y las estatuas. En Madrid hay bastante de las dos cosas. Son los únicos, estatuas y mendigos, a los que no les extraña que hables con ellos”.
Siempre es amable consigo mismo, con la ciudad y con quienes le acompañan en esta aventura en Madrid y reconoce que “ha llegado uno a tener por amigos a aquellas personas que más admiraba, y en cambio no creo haber tenido un solo enemigo importante”. También, muestra su incertidumbre ante el porvenir cuando le suspendieron su colaboración en La Vanguardia (“adiós a mi único ingreso fijo; ¿Cómo hará uno para llegar a fin de mes y a la jubilación? La verdad, no lo sé”). Ahora, desde el mes de septiembre, se le puede leer en El Mundo.
Los Retales madrileños es la segunda parte de este libro que viene a ser un conjunto de fichas, anotaciones, historias que complementan las narraciones de la primera parte “Madrid y…” (la historia, los reyes, la arquitectura, la gastronomía, la literatura, la música, el arte, los sucesos, etc.). También, presenta a varios personajes: Galdós quien, por cierto, es inseparable en este viaje; Gómez de la Serna; Gutiérrez-Solana; Juan Ramón Jiménez; Clara Campoamor, o Edgar Neville. Finalmente, cuenta con un interesante y “breve repertorio madrileño”, que viene a ser un diccionario, de fragmentos de Madrid, donde explica qué son, por ejemplo, las acacias (el pan y quesillo), el aire de Madrid (que “después del agua, es el aire de Madrid su mayor timbre de gloria”), la chulería madrileña, los callos, lo cursi, la Inclusa, lamentos, la madrileñofobia, mentideros, el Pueblo de Madrid, tócame Roque (la casa de) y, también, las zarzuelas como expresión del gusto cultural.
Un paseo por Serrano nos ayuda a descubrir que antes de un Corte Inglés estuvo un Sears y antes aún el palacio Larios, que el tramo de Metro por el exterior de la Casa de Campo se llamó “suburbano” o que hubo un tiempo en el que “no era costumbre abandonar los barrios obreros para venir al centro a divertirse”.
Trapiello presenta Madrid como es porque quiere la ciudad y porque es un madrileño más, porque, como él señala, “alguien quería saber el nombre que les dan algunos aborígenes a los que han ido a trabajar a Cataluña o al País Vasco desde otras regiones españolas: charnegos, maquetos… ¿Y en Madrid a los que aquí nos hemos aclimatado? Madrileños, desde el primer día, como también nos lo dicen, por lo general con cierta desconfianza o retintín, allá donde vamos”.
El historiador Enrique Martínez Ruiz, autor de la biografía Felipe II Hombre, rey, mito (La Esfera) pertenece a la escuela de los investigadores que gustan de explicar antes de juzgar, y que creen que los hechos históricos deben mirarse siempre en el espejo de su propio tiempo.
Catedrático de Historia Moderna de la Universidad Complutense, Martínez Ruiz se atiene a los hechos, dando fe de ellos, porque como él dice «el historiador es una especie de notario de lo que ha ocurrido y lo que tiene que hacer es intentar comprenderlo y explicarlo, pero no pretender justificarlo». Rechaza la idea de revisar el pasado a la luz de las inquietudes políticas del presente, como si las certezas de nuestra contemporaneidad no estuvieran sometidas, a su vez, al escrutinio del tiempo, y a la revisión de los que vendrán.

La biografía que Martínez Ruiz le ha dedicado a Felipe II tiene su propia intrahistoria, una especie de ‘tras las cámaras’ que nos lleva al origen de todo: al estupor que produjo en el añorado maestro don Manuel Fernández Álvarez el calificativo de abismal que Martínez Ruiz aplicó a Felipe II. El adjetivo ha hecho luego fortuna, porque revela la complejidad de un monarca que no sólo no fue tan monolítico como sus detractores le presentaron, sino que, en algunos aspectos de su vida y su actuación pública, puede llegar a parecer, incluso, contradictorio. Martínez Ruiz cita dos ejemplos.
El monarca da un distinto trato paternal a su primogénito Carlos, rebelde y desequilibrado, frente al que dispensa a su hija Clara Eugenia
El primero, el muy distinto trato paternal que el monarca da a su primogénito Carlos, rebelde y desequilibrado, frente al que dispensa a su hija Clara Eugenia. En un caso se nos presenta como un padre hosco, seco, frío, que raras veces dispensa cariño a su vástago, y que no duda incluso en meterlo en prisión, mientras que en el segundo aparece el hombre afectuoso, tierno, capaz de mostrar agradecimiento y gratitud.
El segundo ejemplo nos sitúa ante un monarca que traduce su convicción católica en el empeño de que su imperio sea el reino de la justicia, pero que no duda en ejecutar sin juicio, y por razones oscuras, y aún hoy misteriosas, al barón de Montigny, y hacerlo, incluso, en contra del criterio de su mujer, que le rogó clemencia.
Su figura magna es también una figura controvertida a causa en gran medida de la leyenda negra antiespañola, que le convirtió en el centro de sus descalificaciones, exageraciones y mentiras. Una leyenda negra que se ha infiltrado también en la percepción de los propios españoles, y que es responsable del desapego que muchos sienten por el periodo más glorioso de la historia de su país. De todo esto hablamos con el investigador.
-No sé si habrá otro país en el mundo en el que el momento de su historia más cuestionado sea el de su mayor esplendor.
-Efectivamente es una paradoja. Y más si nos comparamos con otros países y vemos, por ejemplo, que Francia considera como los momentos culminantes de su historia Napoleón y Luis XIV. En el caso de Inglaterra, Isabel I, que fue coetánea de Felipe II, y la reina Victoria. Son momentos brillantes de la historia de los países, de los que sus habitantes se sienten orgullosos con total normalidad. Y nosotros no. Es posible que la historiografía liberal, que denigró tanto a esos periodos en el caso de España, contribuyera en parte a provocar ese desencanto o rechazo.
-Quizá esa paradoja tenga que ver con que, aunque Carlos V y Felipe II fueron hegemónicos en su época, los valores que ellos defendían fueron posteriormente derrotados por la historia.
-Es verdad que después de la paz de Westfalia hay una Europa distinta y la Guerra de los Treinta Años es la guerra que liquida dimensiones muy claras de la historia europea, entre ellas la implicación religiosa de la política. La autoridad pontificia, que había sido una especie de árbitro en los conflictos políticos de Europa, pierde su papel y en el desenlace de este conflicto ya no pinta nada. En esa guerra ya nadie recurre al Papa para que medie, y también en su autoridad terrena como jefe de Estado queda postergado. De Westfalia surge un mundo distinto en donde los estados se van a alinear por potencia, o por otro tipo de afinidades, pero ya no por compartir una creencia religiosa u otro tipo de valores; la religión queda ya relegada al ámbito meramente individual y surge una política que muchos creen que marca las directrices de la historia de Europa prácticamente hasta el siglo XX.
-Pero en las guerras de religión se enfrentaron dos religiones, el catolicismo y el protestantismo…
-A Felipe II se le reprocha ser martillo de herejes, pero eso no era una excepción en la época: no era más martillo de herejes que otros monarcas, era el signo de los tiempos. La defensa de unas convicciones religiosas no era algo privativo de la España imperial, era el contexto del momento. Es más, este periodo de intolerancia religiosa es crucial para explicar la emergencia de la tolerancia, que nace justamente de aquí, de la constatación de lo estériles que son los esfuerzos por eliminar al hereje, al que piensa distinto. De ese fracaso, y de todos los sufrimientos estériles que ha provocado, surge la idea de que quizá tengamos que aprender a aceptarnos y a conllevarnos con nuestros diferentes modos de pensar y distintas formas de creer.
-Siendo así, ¿por qué nos siguen pareciendo más culpables los católicos?
-Como consecuencia de la aparición de esta idea de tolerancia, la religión pasa a un segundo plano en la vida política y social, y se vuelve hacia el ámbito privado. En este contexto, al ser el catolicismo la única religión que mantiene una cabeza visible, y que impone unas normas a sus fieles, hace que parezca la más dogmática y excluyente, mientras que el protestantismo, al estar dividido en un gran número de sectas y de tendencias, parece más abierto. Por otra parte, la Ilustración es un movimiento intelectual que se opone a la creencia religiosa, y especialmente al Dios de los cristianos, pero que ataca, sobre todo, a la Iglesia católica, que había sido hasta ese momento el gran soporte del trono. En consecuencia, los católicos van a quedar postergados.
La leyenda negra se considera un disparate sin fundamento real, pero se ha instalado durante mucho tiempo en el imaginario popular
-Y a ello se añade el impacto de la leyenda negra, que todavía está muy vigente.
-En los ambientes historiográficos hoy la leyenda negra se considera un disparate sin fundamento real, pero las imágenes que crea son tan potentes, y se han instalado durante tanto tiempo en el imaginario popular, que erradicarlas va a ser muy difícil. Y no sé cuál sería el camino para lograrlo. Dedicarnos a poner de relieve las brutalidades de los otros –por ejemplo, las cometidas por EE.UU. con los indios- no sé si sería un camino muy eficaz. Y el trabajo intelectual requiere tiempo para asentarse.
-¿Hay algo que se pueda hacer para corregir esta distorsión?
-Reajustar la imagen de España en el imaginario cultural de los propios españoles requiere de una labor que tiene que iniciarse en la escuela primaria, con una enseñanza de la historia en la que se ponga de relieve lo que verdaderamente hizo España, y en la que se expliquen las distorsiones que ha ido extendiendo una propaganda adversa. Es el único modo de ir cambiando el chip respecto de la percepción de nuestro pasado, al menos entre nosotros. Pero en el contexto actual, con un país tan dividido y sometido a fuertes fuerzas centrípetas, me parece especialmente complicado. No soy nada optimista.
-Y a ello se suma esa tendencia tan de nuestro momento histórico a juzgar la historia desde el presente, que lleva a condenar episodios como la conquista de América.
-Ese es el gran error que un historiador debe evitar. El pasado no se puede analizar con los presupuestos del presente, porque no se puede utilizar el pasado para justificar algunas actitudes o tendencias de la actualidad. El historiador es una especie de notario de lo que ha ocurrido y lo que tiene que hacer es intentar comprenderlo y explicarlo, pero no pretender justificarlo o denigrarlo en función de intereses espurios.
-Volviendo a Felipe II, más allá de las exageraciones, ¿hay motivos para tanto rechazo?
-Tenemos que admitir que la figura de Felipe II en la Europa de su tiempo no era querida o admirada. En el mismo imperio, su primo y cuñado Maximiliano II no lo podía soportar porque Carlos V le privó de sus derechos sucesorios en favor de él. De ahí nació una rivalidad personal entre los dos. En el caso de Francia, los franceses se habían enfrentado muchas veces en guerra contra el emperador pero es que, además, Felipe II maniobra para intentar convertir a su hija Clara Eugenia en reina de Francia.
Con Inglaterra estamos en lo mismo. Después de la derrota de la Armada que los ingleses llamaron Invencible se inició una intensa propaganda sobre la propia armada y contra los españoles. Y en el mismo pontificado algunos papas querían escapar de lo que ellos consideraban que era excesiva tutela española. De ahí que promuevan algunas maniobras y alianzas contra el rey. Por otra parte, los embajadores venecianos -Venecia era la pieza italiana que se mantenía al margen de España y aliada con Francia- hablan en unos términos muy negativos del rey español, al que responsabilizan de la ruina de Castilla, citando una frase que ellos aseguraban que estaba muy extendida en esas tierras: “Si el rey no acaba, el reino acaba”. Era una frase que venía a decir que la única solución para Castilla era la muerte del rey y el inicio de otra era.
-¿Podría haber hecho algo el emperador para evitar este rechazo?
-Esta oposición es la que suscita siempre una potencia hegemónica. Combatir la hegemonía es una constante en la historia mundial y en aquellos momentos la potencia hegemónica era la monarquía hispánica. En unos casos eso se manifestaba por la fuerza de las armas, como las revueltas en los Países Bajos, y otros mediante una relación no sincera, como en el caso del Papado. Por otra parte, sí es verdad que hay una limitación personal del rey que no ayudó y es su limitado conocimiento de los idiomas, que le impedía relacionarse con sus súbditos en su idioma, lo que reforzaba su imagen de frialdad y distancia. A diferencia de su padre Carlos V, que hablaba inglés, francés, alemán e italiano además del español.
La historia de nuestra etapa imperial nos la han hecho los historiadores extranjeros, y eso ha facilitado la expansión de la leyenda negra
-Todos los países que han ocupado una posición hegemónica en el mundo han sufrido el ataque de leyendas negras, pero ¿por qué los españoles nos hemos creído tanto la nuestra?
–La historia moderna española, sobre todo la de los siglos XVI Y XVII, la de nuestra etapa imperial, nos la han hecho los historiadores extranjeros, y eso ha facilitado los clichés y la expansión de la leyenda negra, que los españoles nos hemos creído y hemos aceptado sin espíritu crítico. Y hay que reconocer que es un caso un tanto extraño.
-¿Por qué no hemos sido capaces de escribir nuestra propia historia?
-No tengo respuesta. No sé el motivo. No sé si es porque en el siglo XIX nos quedamos muy aislados del conjunto de Europa, y es una época en la que padecíamos muchos problemas internos. Todo esto quizás pueda explicar por qué no hemos atendido a nuestra historia con la atención que se merece. Es sorprendente que la pérdida de la gran mayoría de los territorios americanos, en los años 30 del siglo XIX, no despertara ningún eco en la España de Fernando VII. Llama la atención que se aceptara esa independencia, que fue un cataclismo, sin que produjera un trauma en la vida nacional, lo que sí ocurrió en 1898, con la pérdida de Cuba y Filipinas. Creo que eso generó un sentimiento derrotista, de abandono, que es posible que haya influido en que la historiografía española no progresara de la manera adecuada.
-Elvira Roca Barea sugiere en ‘Fracasología’ que el cambio dinástico impulsó la revisión crítica del periodo de los Austrias como un modo de legitimación de la nueva dinastía, y que de ahí arranca esa negación de la propia historia.
-La nueva dinastía borbónica tenía que magnificar su posición por contraste y para ello denigró la España anterior. Eso pudo contribuir a la situación que tenemos, pero lo más sorprendente es que, cuando el último Austria, Carlos II, muere, el imperio prácticamente se mantenía intacto, pese a las críticas que suelen hacerse a ese periodo, especialmente a los reinados que siguieron al de Felipe II. Es cierto que se separó Portugal, lo que estaba dentro de lo previsible, y que Holanda se independizó. Pero en las guerras contra Luis XIV España sólo había cedido pequeñas porciones territoriales. Quizás por ello, cuando llega Felipe V, el primer Borbón, se encuentra un gran rechazo dentro del país.
Felipe II tenía en su cabeza toda la globalidad del imperio, que conocía, asumía y controlaba
-Más allá de los excesos de uno y otro signo ¿cuál es el diagnóstico del historiador sobre el reinado de Felipe II?
-Si cogemos la figura de Felipe II como rey, tenemos que admitir que cumple los objetivos que le marcó su padre: mantiene sus dominios, derrota al hereje, pone coto a la expansión del protestante, construye el mayor imperio conocido hasta entonces… y, además, tenía en su cabeza toda la globalidad del imperio, que conocía, asumía y controlaba. En ese sentido, me parece un gobernante extraordinario en el contexto de su época y que además se esforzó por administrar una recta justicia.
Es verdad que era lento a la hora de tomar decisiones, pero hay que tener en cuenta que las dimensiones colosales del imperio, en una época sin comunicaciones rápidas, hacían que desde que un gobernante planteaba una cuestión, hasta que llegaba la respuesta podían pasar dos años, entre los viajes y el tiempo de estudio del asunto. Ello también contribuía a agravar problemas que, en otro contexto, hubieran podido resolverse mejor.
El mes de mayo pasado nos hemos reunido en el Congreso sobre El Español y sus Culturas, celebrado en Trujillo, profesores de 20 países (casi todos los que tienen el español por lengua oficial, más Brasil y Estados Unidos), dedicados al estudio de la lengua española, su literatura y su cultura y hemos analizado una vez más la línea que separa el bilingüismo (o dominio simultáneo de dos lenguas) de la diglosia (o manejo de dos lenguas, unas prestigiosa y otra subalterna). Me parece que las conclusiones que expuse allí y que fueron aprobadas por unanimidad pueden tener un alcance universal que conviene dar a conocer.
Hubo en la reunión un convencimiento generalizado acerca tanto de la innegable importancia del español, que permanece constante, como del deterioro que, por distintos motivos, está produciendo su eliminación como lengua de enseñanza (“vehicular”) en muy diversos y amplios sectores del mundo hispánico. Sin embargo, podemos afirmar que una lengua que no se usa en el sistema educativo termina por ser una lengua de segunda, termina por instaurar la diglosia y no el bilingüismo. Venimos hablando de la eliminación del español, pero, sensu contrario, es evidente, por ejemplo, que la práctica del castellano como única lengua de enseñanza en Cataluña durante el franquismo produjo unos resultados tremendamente negativos para el catalán. Los que aprendían historia, geografía, matemáticas… ¡todo! en castellano, y solo en castellano, terminaron muchas veces como semianalfabetos del catalán, incluso en casos de personas cuya primera lengua era de forma inequívoca la catalana. Convendría aprender de la experiencia que, en esta ocasión, como en otras, se nos muestra de manera contundente.
Una lengua que no se usa en el sistema educativo termina por ser una lengua de segunda, termina por instaurar la diglosia y no el bilingüismo
Pero el caso del español en Cataluña no es ni muchísimo menos el único que plantea interrogantes. Creerlo así supondría un eurocentrismo intolerable y actualmente anacrónico. Son muchos los lugares y diversos los hechos que amenazan con desplazar el uso del español como lengua de enseñanza, lo que llevaría a la consecuencia indeseable que venimos evocando.
Las conclusiones del Congreso de Trujillo que empiezan recordando la importancia del español, ponderan la importancia de su uso como lengua de enseñanza en las diversas circunstancias:
1. El español como lengua común de más de 500 millones de hablantes es una de las mayores riquezas, tanto en el orden cultural como en el económico y social, de la que disponen las personas de nuestras comunidades hispanohablantes.
2. El uso simultáneo con dominio pleno de otras lenguas no debe ir nunca en detrimento del también pleno dominio del español. Para conseguir ese pleno dominio se requiere su empleo como lengua de enseñanza y no solamente como materia enseñada.
3. Deben ser consideradas también como lenguas de enseñanza aquellas que compartan el carácter de cooficiales. Nunca se deberá considerar como menoscabo para el español la utilización en igualdad de condiciones de una segunda lengua materna.
4. La adquisición del bilingüismo en inglés que tienen actualmente como ideal determinados grupos sociales hispanohablantes no debe consentir programas de inmersión que adopten el inglés como única lengua de enseñanza, ya que, como demuestra ampliamente la experiencia, eso produce un deterioro del dominio óptimo deseable para la lengua o las lenguas propias. Resulta paradójico encontrarse con hispanohablantes con alto dominio del inglés y semianalfabetos en la propia lengua.
5. La adquisición, junto al español, de una segunda o de más lenguas, así como su utilización como lenguas de enseñanza, deberá programarse en la educación de acuerdo con las exigencias psicológicas y las capacidades de los alumnos, evitando que el deseo de enriquecimiento lingüístico conduzca a prácticas contraproducentes para la capacidad comunicativa que se procura.
6. Es de fomentar el interés por los dialectos, hablas, lenguas indígenas en peligro de extinción y demás supuestos lingüísticos, pero nunca se debe olvidar que las lenguas sirven a la comunicación y, por consiguiente, su extensión y viabilidad no deben ser propiedades indiferentes para la atención que se les otorgue.
Son las personas y no los territorios los que tienen lengua propia que hay que respetar
Nos damos cuenta de que estas reflexiones afectan a la llamada “lengua materna” con la que cada hablante mantiene una relación muy especial. Probablemente cada uno tenemos la conciencia de que aprenderla ha sido el primer y principal esfuerzo de nuestra vida y que, aprendida, llega a constituir una parte importante de nuestra personalidad. La lengua materna se constituye así como una parcela intocable de “lo propio” y da lugar a una actitud sentimental, irracional que hasta hace mirar con aprensión las innovaciones y el cambio. Como dicen Francisco Marcos y Amando de Miguel en Se habla español, “incluso los escritores miran con suspicacia la incorporación de nuevas palabras que, condescendientemente, consideran como ‘préstamos’ de otras lenguas. Los neologismos aparecen muchas veces como barbarismos pedantes y a menudo son objeto de algunas chanzas”.
Nada tiene de extraño que un fenómeno de tal calado emocional repercuta en numerosas iniciativas de los políticos a la busca del voto y que un dato, lingüístico en sí mismo, ofusque a veces el juicio de personas preclaras. Los supuestos que clasifican los hechos lingüísticos como lenguas o idiomas, dialectos, hablas, etc. generan, más allá de su inevitable indefinición de límites, un sinfín de apasionadas polémicas.
En todo caso, en las últimas décadas millones de personas han vuelto sus ojos hacia el estudio del español, que se convierte así en un bien económico para ciertos países que tienen la posibilidad de tratarlo como propio. La demanda de enseñanza del español ha aumentado de tal manera que se ha podido decir que en los países donde el inglés es lengua oficial, el español es la segunda lengua más demandada y en aquellos cuya primera lengua no es el inglés ni el español, este es la tercera lengua preferida, inmediatamente detrás del inglés.
El crecimiento en todos los sentidos de la población hispana de Estados Unidos reclama también nueva atención a la lengua, que no siempre se percibe ya como un bagaje que es preciso abandonar para no ser discriminado. Los candidatos a Presidente de los Estados Unidos se ven obligados a atender más y más el voto hispano (y su lengua). El tratamiento que se deba dar al español en los Estados Unidos es un problema político de no poca importancia.
De todas maneras, los puntos expuestos no tienen carácter político alguno. Van dirigidos a la reflexión de la comunidad educativa, padres, hijos, profesores, y a la sociedad en general. Los poderes públicos deberían limitarse a cubrir las necesidades que a este respecto manifiesten las personas, aceptando que son estas (las personas) y no los territorios los que tienen lengua propia que hay que respetar, lo cual habrá que aceptar también en aquellos casos de hablantes para quienes nuestras razones a favor del cultivo del español no resulten convincentes y personalmente no lo quieran utilizar de ninguna manera.