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Ver productos“¿Me recomiendas entonces que yo no desee retener los recuerdos sino dejarlos caer?”. Pronuncia estas palabras, postrada en una cama de hospital, Ruth Klüger, prestigiosa académica especializada en literatura alemana afincada en Estados Unidos, que ha vuelto a Alemania como directora del Centro de Estudios Californianos de la universidad de Gotinga. Estamos a finales de los 80, ha sufrido un accidente –alguien en bici la ha atropellado– y habla con una amiga en el idioma cruel y amoroso de la amistad. Anneliese, que ha venido de Manchester ante la gravedad del accidente, la llama rencorosa y le recomienda “aprender a perdonar, a perdonarte a ti y a los demás”. Y concluye: “entonces estarías mejor”.

Ruth Klüger: Seguir viviendo. Editorial Contraseña, 2020 (Traducción de Carmen Gauger)
Sabemos de estas conversaciones porque tiempo después Ruth Klüger comienza a escribir el libro que llevaba una vida esquivando. El libro de sus recuerdos de infancia en Viena, cuando la ola del nazismo estaba a punto de invadir y extenderse por media Europa, llevándose la vida de millones de personas. La obra que daría cuenta de su paso por tres campos de concentración y de su viaje de huida a Estados Unidos para Seguir viviendo, ese sería el título escogido: “Yo también quería que la vida continuase, no quería volver la cabeza para mirar la ciudad muerta y convertirme en estatua de piedra, como la mujer de Lot. Yo quería alejarme de los que habían tenido parecidas experiencias a las mías”.
La obra que da cuenta del paso de Ruth Klüger por tres campos de concentración y de su viaje de huida a Estados Unidos para Seguir viviendo, que ese sería el título escogido para sus memorias
Seguir viviendo narraría asimismo la frustración de ese empeño porque es posible poner tierra de por medio con los lugares que uno ha pisado, pero es inútil echársela a los recuerdos que uno se lleva de esos mismos lugares. “Más pronto o más tarde le pasan a uno la cuenta de cada plato, lo hayamos comido o dejado sin tocar. La comida de la infancia estaba encima de la mesa y se volvía cada vez más incomestible”.
Preguntas sin respuesta
Primero fueron los profesores los que desaparecieron, más tarde los alumnos. Los lugares de recreo les fueron vedados a quienes eran niños en la Viena de finales de los años 30 y finalmente no se podía salir de casa: “Esa Viena de la que no pude llegar a huir era una prisión, la primera, una prisión en la que se hablaba constantemente de huida, es decir, de emigrar”. Y dentro de casa la atmósfera era asfixiante también. Un espacio cerrado donde se hablaba entre dientes, donde los adultos mentían y mandaban a los niños callar y no hacer preguntas.
Ruth Klüger había nacido en 1931 en una familia judía y hacía muchas preguntas, entre ellas, que dónde estaba su padre. Y su padre, ginecólogo, había sido encarcelado tras practicar un aborto ilegal, había regresado, había huido y había sido finalmente detenido y asesinado. Las preguntas de aquella niña quedaban sin responder al tiempo que crecía su desconfianza.
Una visión particular
En 1942 fue ella misma la que, junto con su madre, fue deportada a Theresienstadt, un gueto en el noroeste de Checoslovaquia, al que siguieron Auschwitz-Birkenau y Christianstadt. Quien quiera relatos convencionales sobre la penosa existencia en los campos debe huir de este libro: Klüger se detiene en ellos, pero su objetivo no es el relato puntillista, sino sentar las bases de su posterior reflexión. “Cada pasado es personal –escribe al final del libro–, concierne solo al que tiene que arrastrarlo consigo”.
“Yo también quería que la vida continuase –escribe-, no quería volver la cabeza para mirar la ciudad muerta y convertirme en estatua de piedra, como la mujer de Lot. Yo quería alejarme de los que habían tenido parecidas experiencias a las mías”
Tras la liberación, Klüger arrastró el pasado hasta Nueva York, donde se mudó junto con su madre en 1947. Allí comenzó una fructífera y exitosa carrera académica por diversas universidades: Cleveland, Kansas, Princeton, Virginia, California… Mientras, el pasado seguía allí y volvía en forma de relatos de supervivientes, de libros publicados. Volvía también como proceso configuración de estereotipos macizos que no dejaban espacio ni los matices, ni siquiera a las palabras que podían abrir una grieta en las robustas conclusiones que cada uno parecía haber fabricado sobre “lo que pasó”.
Klüger lo experimentaba a menudo en las reuniones y en su libro lo personaliza en el discurso de alguien a quien llama Gisela, alguien a quien acusa de “dar a todo lo sucedido el lugar debido dentro del limitado conjunto de sus ideas”. Y saca sus propias y dolorosas conclusiones: “Yo pensaban en aquel entonces que, después de la guerra, tendría cosas interesantes o importantes que contar. Pero la gente no quería oírlo, o solo con una cierta pose (…)”.
Muy especialmente le ofendía la extendida opinión que afirmaba que en los campos “solo se fomentaba el más brutal egoísmo”, lo que dejaba intuir que solo los más depravados habían sobrevivido. “Nada me parecía tan lleno de prejuicios, tan errado”. Klüger recuerda el verdadero sentimiento de comunidad que experimentó y aprendió en Theresienstadt a pesar del hambre, del desprecio –de los niños que hablaban checo a los que hablaban la lengua del enemigo– y del infierno del hacinamiento: “los diecinueve o veinte meses que pasé allí hicieron de mí un ser social”.
“En los círculos de supervivientes se ponía todo el orgullo en haber ‘padecido’, o ‘soportado’, más que los otros (…). (‘Dejadlo, por favor. Vamos a hablar de otra cosa. Yo quiero por fin empezar a vivir como se vive en la paz’)”
Uno de los momentos más bello de la narración es el recuerdo del momento en que una reclusa, ayudante de un SS que pasaba lista y hacía una revisión para cualquiera de sus macabros objetivos, se acercó para susurrarle al oído una recomendación que le salvó la vida: decir que tenía quince años. “Me vio en la cola, una niña condenada a muerte, vino a mí, me dio las palabras adecuadas, y me defendió y me pasó a la otra orilla”. Son ese otro tipo de cosas que también sucedían allí y que algunos preferían pasar por alto o no dar la suficiente importancia.
Pero a Klüger le habían salvado la vida cuando perfectamente podrían haberla empujado a la muerte de modo que insiste: “Eso lo he vivido yo, el acto puro. Escuchad y, os lo ruego, no le busquéis más peros al asunto, sino tomadlo como está aquí y retenedlo en la memoria”. Y lanza uno de sus reproches: “¿Por qué no preferís asombraros conmigo?” .
Ante su visión particular, sus detalles que hacen tambalear el edificio de lugares comunes sobre el que se iba a asentando la revisión del Holocausto, Klüger se calla o protesta: ¿por qué los demás sí tienen derecho a hablar de su guerra, mientras ella no? Años después, al recordar esas sesiones y reflexionar sobre ellas, Klüger escribirá en Seguir viviendo este texto esclarecedor:
“En los círculos de supervivientes, o bien se contaban a porfía los padecimientos y atrocidades sufridas, o bien se quería dejar atrás ‘todo aquello’ para concentrarse en el porvenir. O bien se ponía todo el orgullo en haber ‘padecido’, o ‘soportado’, más que los otros (…). (‘Dejadlo, por favor. Vamos a hablar de otra cosa. Yo quiero por fin empezar a vivir como se vive en la paz’)”.
Un libro también sobre el presente
Buscando vivir en paz había emigrado, pero el bullir de los recuerdos seguía en su sitio, ajeno a la distancia física, y creciendo. Klüger regresó a Alemania venciendo el temblor que se apoderaba de ella cada vez que pisaba el suelo de ese país y que describe como “un leve mareo, unas náuseas apenas perceptibles, un incipiente dolor de cabeza”. Allí sufrió su atropello, la conmoción con la que se iniciaba este artículo: “(…) el choque, Alemania, un instante como una lucha cuerpo a cuerpo, esta batalla la pierdo, metal, otra vez Alemania, qué hago yo aquí, para qué he vuelto”.
Quizá las respuestas haya que buscarlas en el libro que apareció en 1992: Seguir viviendo. No era otro libro más sobre el Holocausto. Aparte de la narración de su particular visión, Klüger añade su reflexión y su crítica sin esquivar temas controvertidos como la asimilación de Alemania de su pasado nazi o papel de la mujer en el judaísmo. Y siguiendo con el papel de las mujeres, el libro se abre al presente ofreciendo una innovadora perspectiva feminista en el relato de la historia, como cuando trata el tema de las violaciones de mujeres alemanas por parte de las tropas de Stalin. Escribe Klüger: “Violación como una usurpación de los derechos de propiedad masculina, en el sentido más o menos de ‘a Fulanito le han violado a la mujer’ (…). Y las mujeres, convertidas en objeto, callan (…). El lenguaje está de parte de los hombres, al poner el pudor de la víctima al servicio del violador”. Y concluye: “Las guerras pertenecen a los hombres. Incluso como víctimas de la guerra les pertenecen a ellos”.
Seguir viviendo obtuvo numerosos premios y distinciones y una repercusión pública que no decae. En 2008 fue seleccionado como parte de la campaña «Eine Stadt ein Buch» (Un libro. Una ciudad) de Viena, que cada año desde 2002 distribuye gratuitamente en la ciudad 100.000 ejemplares de novelas significativas. En España existía la versión de Galaxia Gutenberg, de 1997, pero lo reeditó Contraseña el pasado otoño con traducción de Carmen Gauger y una magnífica ilustración de portada de Elisa Arguilé. El libro vio la luz pocos días antes de la última y definitiva huida de Ruth Klüger. Murió el 6 de octubre en su casa de California, a los 88 años de edad.
La historia del liberalismo no se corresponde exactamente con la historia de la libertad, sino con una ideología –hija de la Ilustración– que situó la autonomía del individuo en el centro del tablero político. Como a todas las ideas revolucionarias –y el liberalismo lo fue y lo sigue siendo–, la polémica lo ha perseguido desde sus inicios.
«Unos lo ven como un regalo de la civilización occidental a la humanidad –escribe Helena Rosenblatt en La historia olvidada del liberalismo– y otros como la razón de su decadencia. Una lista interminable de libros lo critican o lo defienden, y casi nadie puede mantenerse neutral. Sus detractores lo acusan de una larga lista de pecados. Dicen que destruye la religión, la familia, la comunidad. Es moralmente laxo y hedonista, cuando no racista, sexista e imperialista. Sus defensores son igual de categóricos. Afirman que el liberalismo es el responsable de lo mejor de nosotros: nuestras ideas de equidad, justicia social, libertad e igualdad».

Indagar su curso a través de la historia e intentar clarificar su sinuoso sentido programático a lo largo de los siglos es el propósito de la profesora Rosenblatt en este meticuloso ensayo publicado por la editorial Crítica y que, junto con los ya clásicos Inventing the Individual: The Origins of Western Liberalism de Larry Siedentop y, sobre todo, la Historia del pensamiento liberal del francés Pierre Manent, constituye el punto de partida ideal para adentrarse en el complejo significado de una ideología indispensable para entender el mundo moderno.
CICERÓN Y LA “LIBERALITAS” ROMANA
Rosenblatt arranca su libro antes del liberalismo, analizando el sentido del concepto romano de liberalitas (liberalidad) que resultaba, de algún modo, indisociable del de humanitas. Así, ya Cicerón observó en Sobre los deberes que la liberalitas representaba el «vínculo de la sociedad humana», el fundamento de la amistad, que conlleva la ayuda mutua y la generosidad. La liberalitas romana, por tanto, tenía mucho de virtud y requería, en la lectura que plantea la autora americana, «razonamiento correcto y fortaleza moral, autodisciplina y control».
El mundo medieval y renacentista –el mundo cristiano, en definitiva– asumió como propia esta concepción. San Ambrosio, obispo de Milán y uno de los padres de la Iglesia, observó que la justicia y la buena voluntad forjan los cimientos de cualquier comunidad saludable. La preocupación por los métodos educativos fue en aumento y en el Renacimiento abundaron los tratados sobre la instrucción de los niños. De Erasmo de Rotterdam a nuestro Juan Luis Vives, la clave era enlazar el poder con la verdad, y la libertad con el bien. Las artes liberales reflejaban los principios de una educación aristocrática basada en la lectura de los clásicos, la generosidad, la prudencia y la moderación. La nobleza del alma y la liberalidad del príncipe se identificaban así de un modo ideal.
Locke puso un énfasis especial en el concepto de la tolerancia, que relacionó inmediatamente con la liberalidad
Fue la Reforma protestante, con su nueva interpretación de la relación del hombre con Dios, la que extendió con mayor radicalidad la llamada universal a la nobleza: todo cristiano, todo hombre, debía poner el bien común por encima de cualquier otra consideración. Ya en el siglo XVII, dos autores británicos, Thomas Hobbes y John Locke, serán considerados los padres fundadores del liberalismo, a pesar de sus marcadas diferencias. Curiosamente, el autor de Leviatán parte de una visión muy negativa. «Hobbes –explica Rosenblatt– sostenía que los seres humanos eran incapaces de gobernarse a sí mismos o de convivir pacíficamente sin un líder poderoso “que los mantenga en el temor y dirija sus acciones al beneficio común”. Sólo un gobierno fuerte e indivisible en manos de un monarca absoluto podía evitar una “guerra perpetua de cada hombre contra su vecino”».
Locke, en cambio, asoció con el término clásico de liberalitas su visión optimista de la condición humana. Para Locke, resume Rosenblatt, «la sociedad dependía del “intercambio de bondad”. Sin ella, la sociedad apenas podía “mantenerse unida”». Como reflejo de este nuevo espíritu, Locke puso un énfasis especial en el concepto de la tolerancia, que relacionó inmediatamente con la liberalidad. «Locke –puntualiza la autora– afirmaba que la tolerancia no sólo era “aceptable para el Evangelio de Cristo”, sino que era “la característica principal de la verdadera Iglesia”. En este sentido, Locke convertía la tolerancia en un deber cristiano. Pero también sostenía que no bastaba simplemente con tolerarse: los cristianos estaban obligados a ser liberales unos con otros». Y añade a continuación: «Locke amplió mucho el mandato de ser liberal, al menos para su época. Incluía a todas las sectas protestantes e incluso a los paganos, los musulmanes y los judíos. Pero la liberalidad para Locke seguía teniendo límites; dejaba fuera a la mayoría de los católicos o ateos».
EL PRIMER PAÍS NITIDAMENTE LIBERAL
Sobre esta noción de liberalidad y tolerancia religiosa, se construyó la independencia de los Estados Unidos que, con las famosas cartas del presidente Washington de 1770, se extendió a los católicos y los judíos. Muy pronto, Estados Unidos se convertiría en el primer país nítidamente liberal. Liberal, que no democrático, subraya Rosenblatt. Su constitución reflejaba la imagen ejemplar de hombres «amantes de la libertad, generosos y cívicos, y que comprendieran su conexión con los demás y su compromiso con el bien común». Al mismo tiempo, empezaba a emerger un cristianismo liberal, menos dogmático y más tolerante y optimista, que enfatizaba el comportamiento cívico y moral –la praxis– por encima de las disputas metafísicas o las diferencias litúrgicas. Ya antes de la Revolución Francesa, un nuevo espíritu soplaba sobre Occidente.
Para Burke, los acontecimientos de Francia tenían muy poco de liberales y sí mucho de “iliberales”
La Revolución de 1789 se realizó en nombre de la libertad, aunque derivó rápidamente en el Terror. Asombrado por los acontecimientos, un joven diputado británico, Edmund Burke, escribió sus Reflexiones sobre la revolución en Francia, uno de los ensayos fundamentales sobre el conservadurismo político y una de las más potentes refutaciones de la nueva ideología. Para Burke, los acontecimientos de Francia tenían muy poco de liberales y sí mucho de “iliberales”. Tras la caída de Robespierre en 1794, llega a París el suizo Benjamin Constant, que se convertirá en el principal teórico del liberalismo moderno. La pregunta que se plantea será recurrente a lo largo de la historia de esta ideología: ¿por qué la deriva hacia el terror, por qué el iliberalismo? La respuesta que ofrecerá Constant será la necesidad de adjudicar contrapesos al poder y mejorar la educación. Consideraba que el catolicismo era una religión retrógrada y supersticiosa que debía ser reformada o sustituida. Se acentuaba así la difícil relación entre el catolicismo y los principios liberales, dando paso a un conflicto que duraría más de un siglo.
Los postulados de Constant llegaron a ser enormemente influyentes con el paso del tiempo, pero al iniciarse el siglo XIX conocieron otra decepción: la causada por el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte. «Napoleón –comenta Rosenblatt– pisoteó los principios liberales de diversas maneras». Centralizó el poder en su persona, manipulaba las elecciones a su favor y se hizo coronar emperador en presencia del papa. «En realidad –continúa–, Napoleón creó un nuevo tipo de régimen autoritario que se mofaba de todo aquello por lo que Constant y Madame de Staël habían luchado y en lo que creían».
CONFLICTO ENTRE LIBERALISMO Y REACCIÓN
Muy pronto, las guerras asolarían Europa y el conflicto entre liberalismo y reacción se recrudecería. Y en este enfrentamiento, las propias ideas liberales se fueron depurando. Así, resumiendo los Principios de política aplicables a todos los gobiernos de Benjamin Constant, Helena Rosenblatt anota que uno de los objetivos irrenunciables de cualquier constitución liberal sería «impedir que una dictadura basada en la soberanía popular se hiciera pasar por un régimen liberal. La primera frase de los Principios enuncia claramente que la nueva Constitución reconoce formalmente el principio de soberanía popular. Sin embargo, Constant defiende muy poco después la necesidad de limitar dicha soberanía. Escribe que el poder ilimitado, ya sea ejercido en nombre de un pueblo, un rey o una asamblea es algo muy peligroso. […] Enumera una serie de instituciones intermedias y garantías necesarias que deberían limitar la autoridad del gobierno, independientemente de en qué manos esté. Entre ellas destacaban las que se llegarían a conocer como las libertades liberales esenciales: la libertad de pensamiento, la libertad de prensa y la libertad religiosa».
Con el surgimiento de la proletarización, el liberalismo empezó a ser atacado también por la izquierda
Y remacha con otra idea que sigue teniendo actualidad: «Constant escribió que importaba menos la forma de gobierno que la cantidad. Monarquías y repúblicas podían ser igualmente opresivas. Lo importante no era a quién se otorgaba la autoridad política, sino cuánta autoridad se concedía». Estos principios continúan siendo hoy el abecedario básico de cualquier democracia que merezca el nombre de liberal. Al mismo tiempo, empezaba a desarrollarse una lectura no ya política sino económica del liberalismo que, al igual que en nuestros días, circulaba por una doble vía: una más cercana a los postulados clásicos del laissez faire y otra más cercana a criterios que hoy consideraríamos socialdemócratas. El potente desarrollo de la revolución industrial a lo largo del siglo XIX acentuaría este debate y pondría en primer plano las dificultades de la cuestión social. Con el surgimiento de la proletarización, el liberalismo empezó a ser atacado también por la izquierda. No olvidemos que el Manifiesto comunista fue publicado en Londres poco antes de la revolución de 1848 en París.
1848, de hecho, ilumina la segunda gran derrota del liberalismo. La ausencia de reformas reales, el empobrecimiento de las masas y la corrupción generalizada obligó a los liberales a preguntarse de nuevo por sus errores. La respuesta, una vez más, se dirigió hacia las virtudes previas. «La degradación de la moral pública os traerá pronto, muy pronto tal vez, nuevas revoluciones», aseveró profético Alexis de Tocqueville en enero de aquel año convulso. «La mayoría de los liberales –sostiene Rosenblatt– rechazó la idea de que la culpa recaía en un sistema social injusto. En su lugar, se convencieron de que el fracaso de 1848 era el resultado de una catastrófica descomposición de la moral pública».
Los pueblos, la ciudadanía, requerían un sentido noble del patriotismo, ilustración y carácter. El enemigo principal seguía siendo el catolicismo, al que se acusaba de perseguir la razón ilustrada y de fomentar la superstición y el sentimentalismo. Para John Stuart Mill, uno de los grandes teóricos británicos del liberalismo, era imprescindible cambiar la mentalidad de las naciones, lo cual exigiría intervenir decididamente en las escuelas, en la familia, en la prensa y, por supuesto, en la religión. El triunfo del liberalismo requeriría un credo religioso progresista y modernizador, más centrado en la praxis moral que en los dogmas. El surgimiento del cristianismo liberal, que choca directamente con las formulaciones ortodoxas tanto del catolicismo como del protestantismo, corresponde a esta época. El papel de la masonería –y su estrecho pacto con el liberalismo– se afianza también en el XIX. Y la Iglesia católica, en su esfuerzo por preservar el depósito de la fe, se verá obligada a condenar la francmasonería en ocho ocasiones a lo largo del siglo, según explica la autora.
El desarrollo de las ideas, sin embargo, va por un lado y el ejercicio del poder por otro. Cuatro son las figuras políticas fundamentales que surgen de la revolución de 1848: Napoleón III, Lincoln, Gladstone y Bismarck, figuras carismáticas más que ideológicas, con notables rasgos cesaristas. Un caso especialmente interesante es el del canciller Otto von Bismarck, artífice de la unificación alemana, que «destruyó a los partidos políticos y a cualquier individuo que pusiera en peligro su autoridad, y utilizó la demagogia para promover sus intereses». A pesar de su iliberalismo y de «dejar una nación sin la más mínima educación política» –en palabras de Max Weber–, lo cierto es que el gran desarrollo industrial alemán tiene lugar bajo su gobierno y que es él quien impulsa las políticas de protección social más avanzadas de su época. En 1870 humilla a Francia y derroca a Napoleón III. Una rebelión socialista deja a París sitiado y proclama la Comuna bajo la insignia roja. De nuevo, todos los equilibrios europeos empiezan a ceder y el liberalismo entra en estado de shock.
Atrapado entre la reacción conservadora –El liberalismo es pecado es el titulo de un libro escrito en 1886 por el sacerdote español Félix Sardá y Salvany– y la revolución socialista, el liberalismo parece encontrarse en un callejón sin salida. En su análisis, la educación de las masas sigue siendo un problema pero ya no sólo el problema. «Los liberales –argumenta Rosenblatt– achacaron gran parte de la culpa de la derrota francesa en la guerra franco-prusiana a la mala calidad de su sistema educativo y a la influencia negativa de la doctrina de la Iglesia. No obstante, también se percataron de que había otras razones para la humillación de Francia. No costaba advertir que los soldados alemanes eran más fuertes físicamente y estaban más sanos que sus homólogos franceses. El ejército francés perdió durante la guerra el equivalente a toda una división a causa de la viruela, y registró un número de enfermos hasta cinco veces superior. El ejercito prusiano estaba vacunado, por lo que sufrió muchas menos bajas. Se trataba de una prueba evidente de los beneficios de la intervención pública».
Para la sorpresa de los liberales, el autoritarismo bismarckiano resultaba más eficiente que el relativista laissez faire francés. El canciller germano había impuesto programas de vacunación masivos y seguros obligatorios de enfermedad, accidente laboral, jubilación y discapacidad, entre otras medidas innovadoras. Su éxito no dejó de impactar entre los liberales, que empezaron a replantearse algunos de sus postulados básicos. «A lo largo de las décadas siguientes –prosigue Rosenblatt–, cada vez más liberales británicos empezaron a preferir un nuevo tipo de liberalismo que abogaba por una mayor intervención del gobierno en favor de los pobres. Pedían al Estado que adoptara medidas contra la pobreza, la ignorancia y las enfermedades, así como la excesiva desigualdad en la distribución de la riqueza».
EL ORIGEN DE LA SOCIALDEMOCRACIA MODERNA
Surgió entonces, primero en Alemania –impulsada por la figura de Eduard Bernstein– y a continuación en el resto de Europa, una nueva modalidad de socialismo que asumía y reformulaba los principios liberales, desligándose del marxismo y dando origen a la socialdemocracia moderna. Pero las contradicciones liberales seguían presentes en temas clave como el derecho al sufragio femenino –al cual el liberalismo era hostil en gran medida– o la tentación eugenésica, que adquirirá protagonismo en muchos países y se extenderá hasta bien entrado el siglo pasado. Para entonces, el liberalismo constituía ya una ideología polisémica que compartía rasgos comunes pero que divergía en cuestiones decisivas como el voto universal, la mayor o menor intervención del Estado o su relación con las distintas religiones.
«El discurso liberal procolonial –escribe Rosenblatt– estaba saturado de un lenguaje abiertamente racista. Abundaban las referencias a las “razas inferiores”, “razas sometidas” y “razas bárbaras”».
El siglo XX fue ya el siglo estadounidense, por lo que no podemos concebir el liberalismo contemporáneo sin el influjo norteamericano. Se intensificó aún más, por ejemplo, su deriva imperialista. La defensa de un imperio anglosajón pasaba por llevar la civilización a todo el globo. «El discurso liberal procolonial –escribe Rosenblatt– estaba saturado de un lenguaje abiertamente racista. Abundaban las referencias a las “razas inferiores”, “razas sometidas” y “razas bárbaras”».
Las dos guerras mundiales y el enfrentamiento con las otras ideologías dominantes del momento –el fascismo y el comunismo– afianzaron a los Estados Unidos como auténtico baluarte liberal de la civilización. Perduraba, eso sí, el debate entre las dos variantes del liberalismo: la de matriz nítidamente socialdemócrata (que se asentó de forma principal en los Estados Unidos con las políticas que adoptó Franklin. D. Roosevelt para hacer frente a la Gran Depresión de 1929 y que se conocen como New Deal) y la que hoy denominamos “neoliberal”, muy influida por la escuela austríaca, cuyas figuras principales fueron autores como Friedrich Hayek o Ludwig von Mises, los cuales negaban la posibilidad de un socialismo liberal que conduciría, en última instancia, a considerar a los ciudadanos como siervos y no como hombres libres.
Para Rosenblatt, parte del problema se centra en la deriva individualista que llevó a olvidar el sentido moral y cívico que han promovido históricamente los liberales
El curso sinuoso de las ideas nos muestra su polisemia. ¿Reconocerían el liberalismo actual sus padres fundadores? Seguramente sí, aunque se sorprenderían de los distintos meandros por los que ha transitado. Tras el hundimiento del fascismo y del comunismo durante la década de los noventa se pensó que el triunfo del liberalismo era definitivo. La Historia habría resuelto sus contradicciones, de acuerdo con la famosa tesis de Francis Fukuyama. No fue así. Para Rosenblatt, parte del problema se centra en la deriva individualista que llevó a olvidar el sentido moral y cívico que han promovido históricamente los liberales.
«Los liberales distaban mucho de ser perfectos –leemos en el epílogo–. Pese a verse a sí mismos como agentes desinteresados de la reforma, esto no era más, en el mejor de los casos, que una vana ilusión. A menudo era el fruto de la ceguera. Fueron capaces de excluir a grupos enteros de personas de su visión liberal: las mujeres, los negros, los pueblos colonizados y aquellos a los que se referían como los “no aptos”.
Sin embargo, cuando lo hacían siempre había otros liberales que los acusaban de traicionar sus principios liberales y les instaban a ser fieles al significado esencial de “liberal”, que no sólo denotaba ser amante de la libertad y tener conciencia cívica, sino también ser generoso y compasivo. Ser liberal era un ideal, algo a lo que aspirar». Asediado por el retorno de los populismos y la fractura social, la autora sugiere que el futuro del liberalismo depende de su retorno a su alma compasiva, asumida en su lectura más socialdemócrata e intervencionista.
A pesar de trazar una completa genealogía del liberalismo a lo largo de la historia, Rosenblatt no logra del todo reflejar con la profundidad suficiente el desafío intelectual que le plantea el cristianismo y las corrientes conservadoras, ni los matices que surgen en el diálogo entre ley y libertad. Tampoco era la función de esta obra. «Hay quienes sostienen –concluye– que el liberalismo contiene en sí mismo los recursos que necesita para articular una concepción del bien y una teoría liberal de la virtud. Los liberales deberían reconectarse con los recursos de su tradición liberal para recuperar, comprender y asumir sus valores fundamentales. El objetivo de este libro es relanzar ese proceso». Un proceso, en definitiva, indisociable de la buena salud democrática de los países.
[Este es el tercer perfil de la serie «Influyentes», una selección de algunos de los pensadores que más huella están dejando en nuestra sociedad].
Fernando Savater fue escogido en 2013 entre los 65 pensadores más influyentes del mundo por la revista británica Prospect, que computó 10.000 votos de más de cien países. Pero lo peculiar de nuestro filósofo es que su influencia no se debe ni a sus cátedras (que él siempre se ha tomado cum grano salis: «He vivido de la Universidad, pero nunca para la Universidad ni siquiera realmente en ella») ni al abrumador peso cuantitativo de sus muchas decenas de libros ni siquiera al sinfín de premios y reconocimientos que jalonan su trayectoria.
Su influencia nace de la claridad de su juicio, expresada en una prosa excelente, puesta además en práctica biográfica en vibrantes compromisos públicos. De entre todos los contagiosos libros de ética de Savater, su vida es el principal y el más vigorosamente argumentado.
Su defensa de la prosa clara y útil frente a los experimentalismos de ciertas narrativas vanguardistas (léase La infancia recuperada, 1976), al margen de las demagogias pedagógicas (El valor de educar, 1997) y siempre contra el alambicamiento filosófico de campanillas (Mira por dónde, 2003), le han ganado el agradecimiento de muchos lectores aliviados. Sus libros no sólo se han vendido muy bien, sino que se han leído de verdad. Savater sirve, por tanto, de contrapeso a la añoranza del intelectual influyente que Mario Vargas Llosa detecta como signo de nuestro tiempo.
No habría llegado a tanto público si no hubiese encontrado un cauce natural en el ensayo periodístico
No habría llegado a tanto público si no hubiese encontrado un cauce natural en el ensayo periodístico. Ha contribuido a mantener viva la llama del columnismo español de alta calidad literaria y densidad filosófica, en la estela de un Ortega y Gasset.
A la vez, por su compromiso político, ha sido un émulo de Unamuno, como él mismo se ha descrito: «“ni de los hunos ni de los otros”. Sólo los que fusilan, los que torturan, los que buscan aterrar y desdeñan convencer, me han tenido siempre visceralmente en contra». El peso de su activismo podría llegar a eclipsar, a ojos del observador precipitado, su influencia como pensador, pero eso significaría olvidar el orden de sus factores: «No concibo que el pensamiento facilite la vida; la arriesga, la compromete». Su actividad pública es el corolario de su pensamiento, y éste el precipitado de una manera muy quijotesca de leer. No ha dejado de reconocerse (La tarea del héroe,1982) como un personaje salido de sus novelas y cómics.
Una consecuencia de su optimismo congénito ha sido la generosidad intelectual
Ha denunciado lo que el pesimismo tiene de atajo a la comodidad: «Nunca faltan quienes están deseando escuchar de fuente autorizada que este mundo es una mierda sin remedio para confirmar que hacen bien en no molestarse». Con talante ortodoxamente chestertoniano (cosmovisiones aparte), sostiene: «La alegría no es la conformidad alborozada con lo que ocurre en la vida, sino con el hecho de vivir»; y ha añadido: «Mientras dure la vida y el dolor resulte soportable, no hay que dar por perdida la aventura». Cioran se dio cuenta y en una dedicatoria le escribió: «A F. S., agradeciendo los esfuerzos que hace por ser pesimista». Una consecuencia de su optimismo congénito ha sido la generosidad intelectual. Nadie ha admirado mejor que él, a Voltaire y a Cioran, claro, pero también a tantos escritores en sus antípodas ideológicas: Chesterton, Borges, y Nicolás Gómez Dávila, a los que ha dado un salvoconducto intelectual entre nosotros.
Desde la muerte de su mujer, Sara, no tiene que hacer ningún esfuerzo para fingirse pesimista. Se muestra desolado. Sin embargo, ese amor inmortal no deja de ser un testimonio involuntario, pero impresionante, de la permanencia de lo mejor del espíritu humano. Tiene un centro secreto e inalterable de alegría y esperanza. Como toda su obra y su vida.
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«El hombre llega a serlo a través del aprendizaje. Pero ese aprendizaje humanizador tiene un rasgo distintivo que es lo que más cuenta de él. Si el hombre fuese solamente un animal que aprende, podría bastarle aprender de su propia experiencia y del trato con las cosas. Pero si no tuviésemos otro modo de aprendizaje, aunque quizá lográramos sobrevivir físicamente todavía nos iba a faltar lo que de específicamente humanizador tiene el proceso educativo. Porque lo propio del hombre no es tanto el mero aprender como el aprender de otros hombres, ser enseñado por ellos. Nuestro maestro no es el mundo, las cosas, los sucesos naturales, ni siquiera ese conjunto de técnicas y rituales que llamamos «cultura», sino la vinculación intersubjetiva con otras conciencias.
El destino de cada humano no es la cultura, ni siquiera estrictamente la sociedad en cuanto institución, sino los semejantes
En su choza de la playa, Tarzán quizá puede aprender a leer por sí solo y ponerse al día en historia, geografía o matemáticas utilizando la biblioteca de sus padres muertos, pero sigue sin haber recibido una educación humana que no obtendrá hasta conocer mucho después a Jane, a los watuzi y demás humanos que se le acercarán… a la Chita callando. (…) El destino de cada humano no es la cultura, ni siquiera estrictamente la sociedad en cuanto institución, sino los semejantes. Y precisamente la lección fundamental de la educación no puede venir más que a corroborar este punto básico y debe partir de él para transmitir los saberes humanamente relevantes.
Por decirlo de una vez: el hecho de enseñar a nuestros semejantes y de aprender de nuestros semejantes es más importante para el establecimiento de nuestra humanidad que cualquiera de los conocimientos concretos que así se perpetúan o transmiten. De las cosas podemos aprender efectos o modos de funcionamiento, tal como el chimpancé despierto —tras diversos tanteos— atina a empalmar dos cañas para alcanzar el racimo de plátanos que pende del techo; pero del comercio intersubjetivo con los semejantes aprendemos significados.
(…) No es lo mismo procesar información que comprender significados. Incluso para procesar información humanamente útil hace falta adquirir ni sostener en aislamiento, sino que depende de la mente de los otros: es decir, de la capacidad de participar en la mente de los otros en que consiste mi propia existencia como ser mental. La verdadera educación no sólo consiste en enseñar a pensar, sino también en aprender a pensar sobre lo que se piensa y este momento reflexivo —el que con mayor nitidez marca nuestro salto evolutivo respecto a otras especies— exige constatar nuestra pertenencia a una comunidad de criaturas pensantes. Todo puede ser privado e inefable —sensaciones, pulsiones, deseos…— menos aquello que nos hace partícipes de un universo simbólico y a lo que llamamos «humanidad».
Hasta tal punto es así que el primer objetivo de la educación consiste en hacernos conscientes de la realidad de nuestros semejantes. Es decir: tenemos que aprender a leer sus mentes, lo cual no equivale simplemente a la destreza estratégica de prevenir sus reacciones y adelantarnos a ellas para condicionarlas en nuestro beneficio, sino que implica ante todo atribuirles estados mentales como los nuestros y de los que depende la propia calidad de los nuestros. Lo cual implica considerarles sujetos y no meros objetos; protagonistas de su vida y no meros comparsas vacíos de la nuestra.
El sentido de la vida humana no es un monólogo, sino que proviene del intercambio de sentidos, de la polifonía coral
El poeta Auden hizo notar que «la gente nos parece ‘real’, es decir, parte de nuestra vida, en la medida en que somos conscientes de que nuestras respectivas voluntades se modifican entre sí». Ésta es la base del proceso de socialización (y también el fundamento de cualquier ética sana), sin duda, pero primordialmente el fundamento de la humanización efectiva de los humanos potenciales, siempre que a la noción de «voluntad» manejada por Auden se le conceda su debida dimensión de «participación en lo significativo». La realidad de nuestros semejantes implica que todos protagonizamos el mismo cuento: ellos cuentan para nosotros, nos cuentan cosas y con su escucha hacen significativo el cuento que nosotros también vamos contando… Nadie es sujeto en la soledad y el aislamiento, sino que siempre se es sujeto entre sujetos: el sentido de la vida humana no es un monólogo, sino que proviene del intercambio de sentidos, de la polifonía coral. Antes que nada, la educación es la revelación de los demás, de la condición humana como un concierto de complicidades irremediables.»
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[Este es el segundo perfil de la serie «Influyentes», una selección de algunos de los pensadores que más huella están dejando en nuestra sociedad].
¿Purgan los hijos la culpa de los padres? Una parte de la tradición bíblica afirma que no. Ezequiel (18,20), por ejemplo, subraya: «El que peca es el que morirá; el hijo no cargará con la culpa del padre, ni el padre cargará con la culpa del hijo». Ferdinand von Schirach (Múnich, 1964) se apunta a esa escuela y lo expresa de esta forma: «No hay castigo colectivo, no hay culpa heredada, y cada persona tiene derecho a su propia biografía».
Pero las tinieblas de la Alemania de Hitler enredan hasta extremos insospechados y del propio fragmento de lectura seleccionado en estas páginas [véase este número impreso: Nueva Revista número 175] se desprende que Ferdinand von Schirach le ha dado muchas vueltas a su linaje. Durante años ha examinado lo que ocurrió con el nacionalsocialismo y, en especial, ha escudriñado la biografía de su abuelo. Podemos convenir en que «no hay culpa heredada». Más difícil es defender que no hay trauma heredado.
Nuestro autor afirma que no volverá a escribir sobre quien fue jefe de las juventudes del Reich (su abuelo). Sin embargo le interesan los relatos sobre la justicia en la República Federal, la parte de Alemania que existió desde 1949 hasta la reunificación con la República Democrática, en 1990. Así sucede en su novela El caso Collini. Dice Schirach: «Estoy más interesado en nuestro mundo de hoy. Escribo sobre el sistema de justicia de la postguerra, sobre los tribunales de la República Federal que dictaron sentencias crueles, sobre los jueces que impusieron solo cinco minutos de prisión por cada asesinato de un criminal nazi».
La complicidad con el nazismo se ha convertido en un lugar común dentro de la tradición literaria de postguerra
¿No es lo anterior un reflejo de la inquietud relacionada con el delito y la expiación por la Alemania de Hitler? La complicidad con el nazismo se ha convertido en un lugar común dentro de la tradición literaria de postguerra. Dos premios Nobel alemanes de Literatura, Heinrich Böll (1917-1985) y Günter Grass (1927-2015), LINK han mostrado en su obra la perplejidad por los subterfugios nazis en la vida de la República Federal.
En el caso de Grass, hay que añadir el desdoro de que señaló a muchos y ocultó hasta el final de sus días que él mismo había sido un nazi auténtico. El canciller de la reunificación, Helmut Kohl (1930-2017), confesaba con alivio que había nacido en 1930, y que por lo tanto no había podido ser seguidor de Hitler de ninguna manera. Llamaba a eso «la gracia de haber nacido tarde». El nacionalsocialismo pervive como conmoción emocional gigantesca de alemanes y austriacos.
¿A qué se debe el éxito de Ferdinand von Schirach?, se preguntaron los críticos alemanes cuando con Verbrechen (2010) saltó a la fama. Desde luego, a que escribía bien. Pero también al efecto de la combinación de las palabras «Von Schirach» (nazismo y glamur de apellido) con Verbrechen («crímenes», una temática que vende).
Durante cierta velada le pidieron a Gustave Flaubert (1821-1880) que redactara unas letras a un amigo enfermo, que no había podido ir a saludarlo. El escritor se retiró a una habitación y permaneció allí una hora. Salió y entregó la carta. Había anotado solo una frase: «¡Que te mejores!». No se le ocurrió nada mejor.
Es significativo que esa anécdota la cuente Schirach. En literatura se aparta decididamente del manierismo y de los adornos. Es seco y directo. Su estilo quedó definido en el ya mencionado Crímenes. Son once relatos cortos, con frases breves y claras. 190 páginas que se leen de un tirón. Incorpora en cada historieta, en un momento dado, al abogado penalista que es él, el «yo» de la historia. Mezcla realidad y ficción. A esos patrones de estilo permanece fiel, ahora en dos géneros más: el teatro y el ensayo.
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«A los doce años comprendí por primera vez quién era mi abuelo. Había una foto de él en nuestro libro de historia: «Baldur von Schirach, jefe de la juventud del Reich«. Es como si lo viera ahora: mi nombre estaba en nuestro libro escolar. La otra página se ilustraba con una foto de Claus von Stauffenberg, y debajo: «Combatiente de la resistencia». Combatiente sonaba mucho mejor. A mi lado se sentaba un Stauffenberg, un nieto como yo, todavía somos amigos hoy. Él tampoco conocía más que yo de todo esto. Pasó algún tiempo más antes de que el nacionalsocialismo fuera explicado. Para entonces también había un Speer, un Ribbentrop y un Lüninck en mi clase. Descendientes de los perpetradores nazis y de la resistencia, todos en la misma aula. Mi primer gran amor fue una Witzleben. La historia parecía una cosa, mi vida parecía otra muy distinta.
(…) El padre de mi abuelo era director artístico en el Teatro de Weimar y su madre, estadounidense. Poseo una foto de ella, una mujer hermosa de cuello estrecho. Descendía de los inmigrantes del Mayflower; uno de sus antepasados había firmado la Declaración de Independencia de Estados Unidos, otro era gobernador de Pensilvania. Los Schirach habían sido jueces, historiadores, científicos y editores. La mayoría de ellos sirvieron al Estado y publicaban libros desde hacía cuatrocientos años. Mi abuelo creció en este mundo de clase alta, un niño protegido y suave. En las primeras imágenes parece una niña. Hasta los cinco años solo hablaba inglés. Tenía diecisiete años cuando conoció a Hitler. A los dieciocho se unió al NSDAP.
¿Por qué él, que disfrutaba escribiendo sobre Goethe y que convirtió a Richard Strauss en el padrino de un hijo, no se daba cuenta cuando la quema de libros de que estaba del lado de los bárbaros?
¿Por qué alguien que sale a dar un paseo por un jardín inglés por las mañanas mientras estudia, se entusiasma tanto con lo sórdido y lo ruidoso? ¿Por qué le atraen los matones, los hombres con cuellos afeitados como de toro y las bodegas de cerveza? ¿Por qué él, que disfrutaba escribiendo sobre Goethe y que convirtió a Richard Strauss en el padrino de un hijo, no se daba cuenta cuando la quema de libros que que estaba del lado de los bárbaros? ¿Era demasiado ambicioso, demasiado inestable, demasiado joven? ¿Y cuál era el sentido de lo que hacía? «¿Qué me pasó?», dicen que fueron sus últimas palabras. Una buena pregunta, pero sin respuesta.
Más tarde, durante mis estudios, leí todo sobre los Juicios de Núremberg. Traté de comprender los mecanismos de esa época. Pero los intentos de explicación de los historiadores son inútiles si se trata del propio abuelo. El mío iba a su palco en la Ópera de Viena, todo un hombre de la cultura como se dice, y al mismo tiempo ordenaba el bloqueo de la Hauptbahnhof [una de las estaciones de trenes de Viena] para que se transportara a los judíos. En 1943, en Posen, escuchó el discurso secreto de Heinrich Himmler sobre la aniquilación de los judíos; sabía sin duda alguna que los estaban matando.
Me han preguntado por él innumerables veces. (…) Creen que me evado, y tienen razón. No puedo contestar: no lo conocía, no podía preguntarle nada y no lo entiendo. De ahí este texto. Es la primera vez que escribo sobre él y será la última.
Los crímenes se investigan en los tribunales. El juez comprueba si el acusado fue el autor, tras lo cual sopesa su culpabilidad. La mayoría de los convictos no son muy diferentes de nosotros. Tropezaron, se salieron de la sociedad normal, creían que su vida no tenía salida. A menudo es solo una casualidad que una persona se convierta en un agresor o en una víctima. El asesinato de un ser querido y el suicidio están muy cerca. Lo que hizo mi abuelo es completamente diferente. Sus crímenes fueron organizados, sistemáticos, fríos y precisos. Se planificaron en el escritorio, hubo para ello memorandos, reuniones y él siguió tomando sus decisiones. El transporte de los judíos de Viena fue su contribución a la cultura europea, dijo él entonces. Después de una frase como esa, es ya superflua cualquier pregunta adicional y cualquier juego psicológico. (…) Hoy nos preguntamos en un proceso penal si el acusado era consciente de lo que hacía, si entendía, si aún podía distinguir el bien del mal. Todo esto se responde rápidamente para mi abuelo y por eso su culpa pesa mucho. Procedía de una familia con cargos de responsabilidad desde hacía siglos. Su infancia fue feliz, había recibido una buena formación, el mundo estaba abierto para él y fácilmente podría haber elegido otra vida. No era inocentemente culpable. Siempre son los requisitos previos de una persona los que, en última instancia, determinan la medida de su culpa.
La culpa de mi abuelo es la culpa de mi abuelo. No hay castigo colectivo, no hay culpa heredada, y cada persona tiene derecho a su propia biografía
La culpa de mi abuelo es la culpa de mi abuelo. El Tribunal Federal de Justicia la tipifica como lo que se puede achacar personalmente, a un ser humano. No hay castigo colectivo, no hay culpa heredada, y cada persona tiene derecho a su propia biografía. En mi libro [El caso Collini] no escribo sobre él o su generación. No sé nada de estos hombres que no se haya dicho e investigado mil veces. Estoy más interesado en nuestro mundo de hoy. Escribo sobre el sistema de justicia de la postguerra, sobre los tribunales de la República Federal que dictaron sentencias crueles, sobre los jueces que impusieron solo cinco minutos de prisión por cada asesinato de un criminal nazi. Es un libro sobre los crímenes en nuestro Estado, sobre la venganza, la culpa y las cosas en las que todavía hoy fracasamos. Creemos que estamos a salvo, pero ocurre lo contrario: podemos volver a perder nuestra libertad. Y con ella lo perdemos todo. Se trata ahora de nuestras vidas y es nuestra responsabilidad.
Al final de mi novela [El caso Collini], la nieta del nazi le pregunta al joven abogado defensor: «¿También yo soy todo eso?». Él le contesta: «Tú eres quien eres». Es mi única respuesta a las preguntas sobre mi abuelo. Me ha llevado mucho tiempo comprenderlo».
[Traducción del alemán: José Manuel Grau Navarro]
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(Este es el primer perfil de la serie «Influyentes», una selección de algunos de los pensadores que más están influyendo en la sociedad actual)
A comienzos de los años ochenta, Michael J. Sandel (Mineapolis, 1953) tuvo la osadía de cuestionar los principios en los que se sustentaba Teoría de la justicia, de John Rawls, una de las obras de filosofía moral y jurídica más relevante del siglo XX. Sandel presentaba una objeción decisiva sosteniendo que, frente a lo que suponía Rawls, la justicia social no es independiente de las convicciones morales, sino que depende de ellas. Esta apreciación le valió para ser incluido en la nómina de los comunitaristas, es decir, de quienes, como Charles Taylor o incluso Alasdair MacIntyre, buscaban superar las deficiencias del contractualismo liberal constatando que el hombre no es un ser aislado ni un mero maximizador de intereses egoístas, sino un animal arraigado en el seno de una comunidad y conformado por un sinfín de tradiciones culturales y costumbres.
La misión del intelectual no es tanto ser un remedo del filósofo rey de Platón y guiar a la muchedumbre, como recuperar el aguijón socrático para zarandear nuestras seguridades
Desde aquel tiempo, aunque ha intentado desembarazarse de la etiqueta de comunitarista, ha insistido en la necesidad de regenerar el debate y la discusión públicas. Como intelectual, sabe que su misión no es tanto ser un remedo del filósofo rey de Platón y guiar a la muchedumbre, como recuperar el aguijón socrático para zarandear nuestras seguridades.
En este sentido, su contribución más relevante es sin duda la de devolver la moral a la esfera pública, destruyendo esa divisoria falaz entre lo público y lo privado que levantó la Ilustración. Enseña, por tanto, que ni la democracia ni la libertad tienen sentido fuera de un contexto de valores. No se puede ser libre en el vacío. Eso no implica dogmatismo alguno, sino el profundo convencimiento de que la política es algo más noble y alto que la gestión: de lo que se trata es de formar un nosotros, no de saldar demandas identitarias.
Pero nada de lo anterior se puede lograr sin confiar en el hombre, sin fiarse del potencial de la razón, tal y como muestra en sus clases. No parece que a este profesor, galardonado hace un par de años con el premio Princesa de Asturias, se le haya subido el éxito a la cabeza: además de impartir el curso más demandado de la historia de Harvard (más de mil alumnos solicitaron participar en el de Justicia, cuyas lecciones recogió más tarde en forma de libro), sus videos son célebres, especialmente en el Este asiático, porque siempre desciende del estrado para preguntar a una audiencia multicultural su opinión sobre dilemas morales contemporáneos y conquistar, junto a ella, algo más de claridad ética.
La obra de Sandel anima a pensar sobre la dimensión ética de acciones cotidianas o de hechos recientes
La obra de Sandel funciona a la manera de una vacuna, tanto para protegernos de la superficialidad actual como para llamar la atención acerca de los peligros de abandonar el avance científico a su propia suerte. Anima a pensar sobre la dimensión ética de acciones cotidianas o de hechos recientes. Por ejemplo: ¿es bueno recompensar económicamente a los alumnos para que lean? Cuando parece que la sociedad busca dinero y comodidades, él llama la atención sobre la virtud. Al explicar que el fetiche del utilitarismo carcome los valores y empobrece nuestra existencia está ofreciéndonos un antídoto para superar la crisis de sentido.
Por otro lado, hay que destacar sus reflexiones en el campo de la bioética, donde ha alertado sobre la posibilidad de que la ciencia, aliada con el mercado, soslaye las exigencias que dimanan de la dignidad humana.
En su último ensayo, «La tiranía del mérito», Sandel recupera la idea clásica de bien común
En su último ensayo, La tiranía del mérito, Sandel recupera la idea clásica de bien común. Y vuelve a repetir su mantra: lo importante es discutir y hablar, de todo, sin cortapisas, para descubrir un proyecto común, compartido, que vaya más allá de nuestros intereses materiales.
El bien común no solo exige que repartamos entre todos la riqueza para lograr la igualdad, sino averiguar los valores imprescindibles para una vida digna. El ambiente polarizado y la virulencia populista nos devuelven a todos a la fría caverna de las ideologías. Sandel nos anima a salir de una vez por todas de su oscuridad.
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«Vista desde abajo, la soberbia de la élite es mortificante. A nadie le gusta que se le mire por encima del hombro, pero la fe meritocrática añade sal a la herida. La idea de que nuestro destino está en nuestras manos, de que «puedes conseguirlo si pones empeño en ello», es una espada de doble filo: inspiradora por uno de sus bordes, pero odiosa por el otro. Congratula a los ganadores, pero denigra a los perdedores y afecta incluso a la percepción que estos tienen de sí mismos. Para quienes no pueden encontrar trabajo o llegar a fin de mes, es difícil rehuir la desmoralizadora idea de que su fracaso es culpa suya, de que todo se reduce a que carecen del talento y el empuje necesarios para tener éxito.
La política de la humillación difiere en este sentido de la política de la injusticia. La protesta contra la injusticia se proyecta hacia fuera; uno se queja de que el sistema está amañado, de que los ganadores han engañado o han manipulado para llegar arriba. La protesta contra la humillación tiene una mayor carga psicológica. En ella la persona combina el rencor hacia los ganadores con la irritante desconfianza hacia sí misma; quizá los ricos sean ricos porque se lo merecen más que los pobres; quizá los perdedores sean después de todo cómplices de su propio infortunio.
La política de la humillación es un potente ingrediente del volátil caldo de ira y resentimiento del que se alimenta la protesta populista
Esta característica de la política de la humillación le confiere una naturaleza más combustible que la de otros sentimientos políticos. Es un potente ingrediente del volátil caldo de ira y resentimiento del que se alimenta la protesta populista. Pese a ser un millonario, Donald Trump comprendió y supo explotar ese malestar. A diferencia de Barack Obama y de Hillary Clinton, que hacían constantes referencias a las «oportunidades», Trump rara vez mencionó esa palabra; prefirió hablar sin ambages de ganadores y perdedores. (Curiosamente, Bernie Sanders, un populista social-demócrata, tampoco habla casi nunca de oportunidades ni de movilidad, y se centra más bien en las desigualdades de poder y riqueza.)
La élite ha llegado a atribuir tal valor a un título universitario –como una vía de acceso tanto al desarrollo profesional como a la estima social– que le cuesta entender la soberbia a la que una meritocracia puede dar lugar y la dureza con la que esta puede hacer que se juzgue a quienes no han estudiado en una universidad. Y esas actividades son factores fundamentales de la reacción populista y de la victoria de Trump. (En referencia a la victoria de 2016.)
Una de las fracturas políticas más profundas en el Estados Unidos actual es la que separa a quienes tienen estudios universitarios de quienes no los tienen. En las elecciones de 2016, Trump consiguió dos terceras partes de los votos de electores blancos sin titulación universitaria, mientras Hillary Clinton se impuso rotundamente entre los votantes con carrera. Una división parecida se observó en el referéndum sobre el brexit en Gran Bretaña. Los votantes sin estudios universitarios se decantaron masivamente por la salida del país de la Unión Europea, mientras que la inmensa mayoría de los que tenían algún título de posgrado (un máster o un doctorado) votaron a favor de quedarse en ella.
Donald Trump supo captar esa política de la humillación. Desde el punto de vista de la equidad económica, su populismo era falaz, plutocrático incluso. Propuso un plan de sanidad que recortaba la atención sanitaria para muchos de sus partidarios de clase trabajadora e impulsó un proyecto de ley fiscal que pretendía concentrar los recortes de impuestos en los más ricos. Aun así, si nos centrásemos solamente en la hipocresía de su mensaje, estaríamos perdiendo de vista la cuestión central».
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Keynes es, para los políticos, un recurso que nunca falla: cada vez que hay crisis, se apela a sus enseñanzas para sacar a la economía del atolladero. También la actual pandemia ha hecho que se recuerden sus propuestas. El economista británico viene a ser una especie de salvavidas de la política económica, al que se echa mano cuando el barco está hundido o a punto de precipitarse en lo más profundo del océano.
Pero no es lo mismo Keynes que el keynesianismo. ¿Qué es lo que realmente propuso? Tal y como explica Zachary D. Carter, periodista político y económico, en un best-seller recientemente publicado, The Price of Peace, lo cierto es que, si no debemos negar a Keynes el éxito a la hora de enderezar el curso del desarrollo económico tras la II Guerra Mundial, por otro lado, quienes se preciaban de ser sus herederos parecen finalmente haber traicionado los postulados básicos de sus propuestas.
Las ideas de Keynes responden a un contexto histórico marcado por las desastrosas consecuencias de los conflictos bélicos y, especialmente, la pérdida del predominio inglés sobre la economía
En resumen: lo que plantea Carter es que, desde Galbraith a Solow, sin olvidar a otro economista americano importante como Paul Samuelson, autor del manual de economía más recomendado de todos los tiempos, estos supuestos seguidores del brillante autor de la Teoría general del empleo, el interés y el dinero lo que hicieron fue transigir con el mercado, dando lugar a esa vía intermedia entre intervención y libertad económica que ha caracterizado en gran parte la política de la segunda mitad del siglo XX. Y lo que llevamos del XXI.

Para Carter, esa entente cordial entre capitalismo y keynesianismo no ha sido suficiente a la hora de capear las crisis, como la última tormenta, la de 2007-2008. Pero tampoco ha servido para poner de manifiesto la revolución que inspiró una de las mentes más brillantes de la historia, como lo fue Keynes a juicio de otro británico de Cambridge, tampoco falto de inteligencia: Bertrand Russell. Al final, ese keynesianismo descafeinado que llegó a Estados Unidos fue fácilmente reemplazado por el embate de los neoclásicos. Y el neoliberalismo, tan criticado en la última recesión, ha provocado mayor desigualdad y marginalidad, por lo que es imprescindible, según quienes suscriben esta lectura de la historia económica, volver al Keynes primigenio.
Eso es lo que pretende Carter. Nada más y nada menos. En este sentido, no puede entenderse al personaje que se encuentra detrás de Las consecuencias económicas de la paz sin adentrarse en su apasionante biografía. Keynes era el hijo de una acomodada familia y un adicto a la buena vida y los placeres intelectuales. Fue integrante del círculo de Bloomsbury, un grupo en el que se había conciliado el hedonismo con el elitismo cultural. Nada de esto último es intrascendente, sino muy importante para entender sus aportaciones, ya que en gran parte sus medidas económicas responden a la necesidad de democratizar ese estilo de vida privilegiado y sublime que Keynes disfrutaba.
Carter considera a Keynes un intelectual en quien los intereses prácticos, el progreso, la moral y la economía están muy vinculados y van de la mano
Ahora bien, en términos económicos, ¿en qué consiste la revolución keynesiana? Como trata de poner de manifiesto Carter en esta biografía intelectual, imprescindible para entender la evolución de la política y la economía de la historia reciente, las ideas por las que conocemos a Keynes, y que aparecen reflejadas en sus obras, no nacieron en la década de los 30, sino que responden a un contexto histórico marcado por las desastrosas consecuencias de los conflictos bélicos y, especialmente, la pérdida del predominio inglés sobre la economía. Por otro lado, no es solo un economista: Carter lo considera el último ilustrado, es decir, un intelectual en quien los intereses prácticos, el progreso, la moral y la economía están muy vinculados y van de la mano.
Keynes hizo de los juegos de lógica un placer y pasó los veranos que interrumpían su frenética vida laboral urdiendo un tratado de probabilidad. Comprendió en profundidad los secretos de la estadística y, desde esta óptica, trata de ofrecer una respuesta a lo que no se puede controlar. Aludió a los “espíritus animales”, para hacer referencia a esos factores que ni el economista más versado puede formalizar o racionalizar, pero que en muchas ocasiones explican la actitud de los consumidores.
En la época en que Keynes escribió, Gran Bretaña perdió músculo financiero como consecuencia de la I Guerra Mundial; el centro bursátil se trasladó de la City a Wall Street y el mundo pasó a depender, desde entonces, del Tío Sam. Keynes buscó contrarrestar este desplazamiento, pero el desarrollo histórico posterior -la II Guerra Mundial y, especialmente, los acuerdos de Bretton Woods, en los que se estableció definitivamente la paridad de las divisas nacionales con el dólar- fue por otros derroteros, aunque sin desviarse por completo de los que él aconsejaba, como veremos.
Hoy parece que vivimos en circunstancias distintas, pero el ensayo de Carter, aun no traducido al castellano, revela que no tanto como cabe suponer. Existirá, ciertamente, una disputa entre los partidarios de apretarse el cinturón y quienes, en contra de la austeridad, piensan de un modo más cortoplacista, proponiendo, en línea con su magisterio, aumentar el gasto público para estimular la demanda. Sea como fuere, sin embargo, el mercado tiene sus deficiencias y, en ocasiones, es necesaria la intervención para corregir sus desviaciones. Hasta qué punto hay que hacerlo y en qué sentido es lo que se discute desde entonces.
Sin embargo, en época de Keynes la necesidad de intervenir no estaba tan clara. Y es esto precisamente lo que resulta tan revolucionario, porque Keynes fue un hereje para quienes vivían todavía amparados por la constelación de la economía clásica. Vino a decir que, a diferencia de lo que suponían los economistas, de Adam Smith en adelante, la mano invisible del mercado no era suficiente para sostener el equilibrio. O, lo que es lo mismo, que no había ningún automatismo por el que la búsqueda del interés privado reforzara la eficiencia económica y el reparto equitativo de la riqueza. Esta era la razón por la que el futuro de la economía -en resumen, la viabilidad de un país-, exigía que la política fuera en su rescate, ayudando a paliar las secuelas de las posibles desestructuraciones.
LA ECONOMÍA, EL PRIMER ASUNTO DE LA POLÍTICA
En realidad, desde su ensayo sobre los efectos de la primera conflagración mundial en la economía, se puede resumir la enseñanza de Keynes diciendo que su principal contribución fue la de convertir la economía en el primer asunto de la política. Su certeza de que detrás de todo político se encuentra un economista difunto no ha podido ser más verdadera. Por ejemplo, en su participación en la conferencia de paz, creyó que el principal objetivo tenía que ser el de cancelar la deuda. Buscaba, así, aliviar el peso de la reconstrucción y facilitar la pacificación del continente, puesto que esa medida reduciría la “ansiedad” de las partes en liza y, como explica Carter, habría recursos para los programas de ayuda.
Junto a ello, y aunque se mostró hostil al mantenimiento del patrón oro, que desapareció finalmente tras la II Guerra Mundial, Keynes fue partidario de las reparaciones de Alemania, pero planificándolas, evitando que este país cayera en recesión. Pero quería evitar, sobre todo, que pudiera hacer sombra al predominio económico inglés. Se ha dicho que Keynes pretendía evitar que Alemania se adentrara en la espiral de la crisis y, por tanto, que de haber seguido sus consejos tal vez se hubiera evitado lo que sabemos por la historia que ocurrió en 1933. El objetivo del británico era económico, más que moral: lo que deseaba era anular al posible competidor continental de Gran Bretaña. El peligro, sin embargo, estaba al otro del lado del Atlántico.
EL ESTADO DEL BIENESTAR
Si en Keynes la economía se convierte en la principal preocupación política, también se puede decir que la economía se profesionaliza. En este sentido, no está de más señalar que su obra más conocida, la Teoría general del empleo, el interés y el dinero se publicó en 1936, tras la llamada Gran Depresión, en la que el desempleo alcanzó cotas históricas. El libro trataba de proponer una solución a la crisis diferente a la tradicional. Para Keynes el empleo no estaba relacionado con el precio del trabajo, sino que tenía que ver con la demanda y, por tanto, lo importante era que el sector público estimulara esta última para superar el estancamiento y dotar de liquidez al sistema.
Su teoría era también, y así se interpreta en estas páginas, un ataque frontal contra el imperialismo. En efecto, Keynes ofrece de alguna manera los instrumentos políticos para mantener a flote las finanzas de un país, sin necesidad de contar con la ayuda de sus poderosos vecinos. También su trabajo en la creación del Fondo Monetario Internacional -junto con su homólogo estadounidense, Harry Dexter White- muestra su interés por asegurar la supervivencia autónoma de los países, sin necesidad de contar con el respaldo de un Estado que los salvaguarde. Aunque dependemos todavía mucho de EE.UU., ahora la rivalidad con China y el poder internacional que la UE se niega a ceder están compensando la balanza. La estabilidad es la mejor receta contra cualquier tipo de tutelaje, podría haber dicho Keynes.
Keynes no era enemigo del capitalismo. Pensaba que se había desarrollado sin control y que era necesario incidir en el impacto que determinadas medidas políticas podían tener en la economía
Asimismo, al enfrentarse con habilidad y pericia técnica a las deficiencias de la economía de mercado, explicando que no se trata de inestabilidades inexorables, sino de respuestas a determinadas decisiones de orden político, también ayudó a comprender que la desigualdad no era el precio a pagar por el progreso, como se pensaba. Es por ello por lo que, a pesar de los años transcurridos, su obra no deja de suscitar nuevamente interés, ya que hay en la actualidad más sensibilidad ante las injusticias. Si algo ha enseñado el economista británico es que la inequidad económica puede ser solventada por correcciones.
Carter sitúa las aportaciones de Keynes en un amplio contexto económico y político, sin olvidar su sempiterna rencilla con Hayek ni la suerte que deparó al keynesianismo administraciones consideradas progresistas. Pero conviene precisar que, a diferencia de comunistas y aun de socialistas, Keynes no era enemigo del capitalismo, sino que se consideraba un defensor del mismo. Pensaba que, hasta entonces, este sistema económico, tan beneficioso como se había mostrado, se había desarrollado sin control y lo que creía es que era necesario incidir en el impacto que determinadas medidas políticas podían tener en la economía.
El libro de Carter es una biografía intelectual, por lo que es necesario dar unas breves pinceladas también acerca del personaje. La vida de Keynes fue interesante y frenética, ya que, si como economista participó de los principales acontecimientos de la primera parte del siglo XX, desde los Tratados de Paz hasta las grandes reuniones diplomáticas, fue un exquisito amante del arte y un enamorado de la cultura. Carter consigue ofrecer un perfil de Keynes, una figura trascendente sin la que es imposible entender el curso posterior de la centuria. Así, por ejemplo, aunque el principal artífice del Estado de Bienestar fue William Beveridge (1879-1963), el desarrollo de un capitalismo social en el que se articula la libertad económica con intervención para corregir los fallos del mercado y el reconocimiento de derechos sociales beben directamente de sus enseñanzas.
El autor apunta a que el verdadero keynesianismo puede ayudar a superar las amenazas políticas que se ciernen sobre los países desarrollados, como el populismo
Pero si hay consenso a la hora de señalar la conveniencia de reconsiderar las enseñanzas keynesianas, no es menos cierto que de acuerdo a los expertos eso no tiene por qué implicar la vuelta a las mismas. La situación económica mundial ha cambiado y a raíz de las crisis sucesivas se está poniendo en entredicho el sistema que Keynes ayudó a articular en Bretton Woods. Vamos hacia una economía menos institucionalizada, más volátil, por lo que se ha de debatir hasta qué punto tenemos que seguir confiando en el alcance de las decisiones políticas.
Carter no plantea ninguna solución concreta, pero apunta a que el verdadero keynesianismo puede ayudar a superar las amenazas políticas que se ciernen sobre los países desarrollados, como el populismo. Ahora, la crisis del COVID también hace que se plantee la posibilidad de una mayor estimulación e incluso conservadores como Trump vuelven a recetas extrañamente cercanas a las que propuso el genial economista británico.
Lo que está claro es que, sea cual sea la postura sobre su herencia, estamos lejos de haber comprendido y asimilado sus enseñanzas.
«Exien lo ver mugieres e varones, burgeses e burgesas por las finistras son», dice el Libro del Mio Cid (I, 3,3). En español actual. «Salían a verlo (al Cid) mujeres y varones, burgaleses y burgalesas están en las ventanas».
¿Tan avanzados eran en el siglo XII que utilizaban la duplicación inclusiva en el lenguaje citando el femenino y el masculino, «burgalesas y burgaleses»? ¿Era la sociedad de entonces feminista para que esa obra capital de nuestra literatura recogiera esas duplicaciones?
Pues no, obviamente no. Es un ejemplo magistral, que Álex Grijelmo –Burgos, 1956– recoge en su libro Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo (Taurus, 2019), que muestra que los dobletes de género han estado en el idioma español desde siempre, y que su uso no está directamente relacionado con la igualdad entre mujeres y hombres en la sociedad.

El autor ni acepta todas las propuestas del feminismo ni da por válidos todos los tópicos que se han ido imponiendo
En una España tan crispada como la de 2020, en la que hasta la lengua se utiliza como arma arrojadiza, es especialmente bienvenido este libro de Álex Grijelmo. Un libro en el que analiza de forma serena, sin descalificar, con ánimo conciliador, el debate excesivamente apasionado sobre el lenguaje inclusivo.
UN ANÁLISIS SOSEGADO
El número 56 de Nueva Revista (abril, 1998), se dedicó al «sentido común» (como se apostilla habitualmente, el menos común de los sentidos). Veintidós años después nuestro país necesita más que nunca que se aplique el sentido común a los ámbitos políticos, sociales y hasta lingüísticos. El libro de Grijelmo es una extraordinaria contribución al sentido común y un modelo a seguir para otras áreas. ¿Por qué?
En primer lugar porque realiza un análisis sosegado de las distintas posiciones sobre un tema, en este caso, sobre el lenguaje inclusivo, algo que en sí mismo es extraordinario por hacerlo sin descalificaciones, con serenidad, y buscando siempre lo aprovechable de cada propuesta, por muy disparatada que sea (que a veces lo es) o muy cavernaria que sea la respuesta (que lo es a veces también). El autor ni acepta todas las propuestas del feminismo ni da por válidos todos los tópicos que se han ido imponiendo.
Y en segundo lugar porque analizar todo el mundo puede hacerlo (aunque demasiados análisis dejan mucho que desear), pero además hace propuestas sensatas y razonables sobre el uso del masculino y el femenino en el lenguaje: ¡se atreve a proponer! Estando como estamos escasos de propuestas equilibradas, conciliadoras y ecuánimes en la vida pública, el libro de Grijelmo es todo un ejemplo, y no me refiero solo a lo lingüístico o a lo académico, sino en general, es un ejemplo cívico. El subtítulo del libro es «Una argumentación documentada para acercar posturas muy distantes». Y es lo que hace el autor en el libro, que comienza explicando de una forma extraordinariamente didáctica (todo el libro lo es) el origen de los géneros –todo empezó en el indoeuropeo– y explica y desmonta los mitos que se han construido sobre el origen del masculino y «la supuesta ocultación de la mujer». Después analiza con rigor y detalle la creación del léxico identitario del feminismo y termina haciendo las propuestas concretas, que parten de los «argumentos documentados» que se exponen a lo largo de los diez capítulos del libro.
Se creó el género femenino no como fruto de la dominación masculina «sino como consecuencia de la visibilidad femenina»
En «El origen de los géneros» explica cómo todo empezó con el indoeuropeo. Lo hace siguiendo al maestro Rodríguez Adrados, recientemente fallecido. No había inicialmente distinción entre género masculino y femenino, sino entre animado e inanimado. Y después se creó el género femenino, «como consecuencia de la importancia de la mujer y de la hembra en las antiguas sociedades», no como fruto de la dominación masculina «sino como consecuencia de la visibilidad femenina». In principium fuit femeninum genus.
¡EL MASCULINO NO EXISTE!
Al incorporarse a la lengua palabras expresadas en femenino, el genérico inicial (que distinguía entre lo que se movía y lo que se estaba quieto) se convirtió, por exclusión, en masculino, además de representar al genérico animado cuya función tenía desde el principio. Grijelmo pone un ejemplo clarificador: «de la palabra genérica trabajador –que valdría inicialmente para masculino y femenino– surge trabajadora, pero ello no obliga a crear trabajadoro. El masculino y el genérico se quedaron con ese morfema cero que fue ocupado por una a para el femenino». No se creó una terminación más porque se aplicó algo que es fundamental en la lengua (y en la vida, en todo), la economía del esfuerzo. Es decir, y esto es genial, ¡el masculino no existe!
Señala Grijelmo que si se cumpliera la relación entre el predominio social masculino y el idioma, «las sociedades que hablan lenguas notoriamente inclusivas deberían ser menos machistas». Por ejemplo el magiar (lo hablan nueve millones de personas) no tiene género en los nombres, ni en los adjetivos ni en los pronombres y usa un artículo invariable ante el nombre. ¿Es por eso la sociedad húngara más igualitaria que la española, cuyos idiomas –el español, el catalán, el gallego y el euskera– tienen género en los nombres, pronombres, artículos y en muchos adjetivos? Está claro que no.
Los idiomas con ausencia de masculino genérico se hablan en sociedades «tan patriarcales como las demás»
Algo parecido pasa con la lengua turca y con el persa (que se habla en Irán y en Afganistán): sin duda alguna ni Turquía, ni Irán, ni Afganistán son países más igualitarios que España. Es decir, los idiomas con ausencia de masculino genérico se hablan en sociedades «tan patriarcales como las demás». Y en los casos citados, mucho más patriarcales.
Pone otro ejemplo muy gráfico: si lleváramos al extremo la relación de causa-efecto en el uso de los géneros, serían más igualitarias las sociedades de aquellas zonas donde se incurre en el laísmo, y obviamente no es así. En Valladolid –donde es frecuente el laísmo– no son más igualitarios que en Zaragoza –ciudad en la que no se da este uso impropio–.
TREINTA Y SEIS PROPUESTAS
El último capítulo, «Borrador de propuestas de acuerdo sobre lenguaje inclusivo», incluye treinta y seis propuestas sensatas y razonadas que pretenden, como afirma el autor, acercar posturas, no establecer unas reglas de obligado cumplimiento. Recuerda que el genérico es masculino en el significante pero no en el significado, y que el contexto es fundamental, porque muchos de los ejemplos que figuran en las guías favorables a la duplicación son «de laboratorio», pero cuando se dan en la realidad, se resuelve ese problema inventado (el contexto es un principio básico de la comunicación humana). Además, «lo que no se nombra sí existe, y además se deduce del enunciado». Hay que tener muy en cuenta que no hay que identificar ausencia del género femenino en el significante con invisibilidad de las mujeres en el significado, como señala Grijelmo. Por ejemplo, en «los compradores de esta cocina recibirán gratis una caja de vino de Rioja» está claro que se considera también a las mujeres compradoras, no solamente a los hombres.
Reivindica el autor algo fundamental, que «no se debe censurar ningún uso del pasado a la luz de los criterios de hoy», censura que es uno de los males de nuestro tiempo.
Sin ser necesarias las duplicaciones, no siquiera las moderadas, hay que reconocer que su uso ha conseguido llamar la atención sobre las desigualdades entre mujeres y varones
Junto a todo lo expuesto, señala también que las duplicaciones no están en contra del sistema de la lengua, de hecho se emplean desde los primeros textos en español (hemos recogido al empezar el ejemplo en el Mio Cid), y una moderada duplicación –sobre todo en el lenguaje público y administrativo– servirá como símbolo de que se comparte esa lucha por la igualdad, «siempre que esto no implique considerar machista a quien prefiera emplear el genérico masculino por creerlo igualmente inclusivo»; y además como básico para la economía del lenguaje (que es otro principio básico fundamental de los y de las hablantes –aquí estoy utilizando una duplicación–). Es decir, comenzar una intervención diciendo señoras y señores o todos y todas es una cuestión de cortesía que no va contra el uso de lengua. Sin ser necesarias las duplicaciones, ni siquiera las moderadas, hay que reconocer que su uso ha conseguido llamar la atención sobre las desigualdades entre mugieres e varones (sigo con el Cid).
Una cosa es el uso moderado y otra muy distinta muchas de las duplicaciones que se proponen en las guías de uso no sexista del lenguaje, que las hacen sencillamente inaplicables en la realidad. Estas duplicaciones obsesivas «pueden desatar un efecto opuesto a lo pretendido por sus impulsores». Y es que utilizarlo todo el rato sería agotador para quienes escuchan y haría que se desconectaran de lo que se dice. De la misma manera desaconseja la utilización del signo de la @ para escribir «ciudadan@s» o de la «x», «ciudadanxs» (entre otras razones porque no se pueden pronunciar), o el morfema –e para el genérico para indicar duplicación. Y es que las lenguas –y este es un principio fundamental– «no se modifican ni construyen desde arriba (ya se trate de los medios de comunicación, la administración pública, la enseñanza o la política), sino por abajo: entre la gente»,
Además, las mujeres tienen la oportunidad de apropiarse del masculino genérico. ¿Qué es esto de apropiarse del masculino genérico? Sí, palabras como homenaje, patrimonio o patria potestad, apadrinar se referían originariamente solo a los hombres, y se aplican también a las mujeres. Y es que «la mujer es tan dueña del genérico como el varón». Si las mujeres se apropiasen del genérico, las duplicaciones carecerían de sentido.
LA EXPRESIÓN «VIOLENCIA MACHISTA»
Son reveladoras las páginas dedicadas a la expresión violencia de género, que en realidad es un eufemismo inglés, siendo preferible la expresión violencia machista. Este es un tema, el de la violencia machista que hay que abordar, según Grijelmo, con mucha atención en los medios para evitar presentar los celos o el alcohol como atenuantes, o la expresión crimen pasional como justificación de la violencia machista.
Dicho lo anterior sobre el masculino genérico, se pueden utilizar recursos para evitar el abuso del mismo, sin cansar al oyente ni forzar el sistema lingüístico, por ejemplo, en lugar de los derechos del hombre es mejor utilizar derechos humanos, aunque el hablante entiende que en derechos del hombre están incluidas mujeres y varones. Se puede también usar, sin obsesionarse, genéricos abstractos como la ciudadanía en lugar de todo el rato los ciudadanos y las ciudadanas; es preferible también quien en lugar de los que; todo el mundo en lugar de todas y todas o alguien en lugar de el que o la que. Igualmente hay que evitar el androcentrismo (en lugar de decir «Antonio Banderas y su mujer llegaron juntos», decir «Antonio Banderas y Melanie Griffith llegaron juntos») o expresiones que tanto se usan en el lenguaje privado y que revelan un tufillo machista (esto lo digo yo, no Grijelmo), como mandona, consolador, lío de faldas, cabeza de familia o ama de casa.
Reivindica el autor algo fundamental, que «no se debe censurar ningún uso del pasado a la luz de los criterios de hoy», censura que es uno de los males de nuestro tiempo
Como señala en su penúltima propuesta, «cuando todos los problemas de la desigualdad entre sexos estén resueltos, el género gramatical perderá toda trascendencia, porque la lengua es una proyección de la sociedad». Y, claro, «cuando ese momento llegue, cuando el objetivo se alcance, quizá a nadie le importe ya la gramática. Los accidentes gramaticales se quedarán en meras herramientas para la comunicación, sin que se otorgue mayor trascendencia a la coincidencia o no entre el género y el sexo».
Álex Grijelmo es uno de los más grandes referentes sobre la lengua española, escritor y periodista, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, es autor de más de una decena de ensayos sobre la lengua española entre los que destacan Defensa apasionada del idioma español (1998), la magistral La gramática descomplicada (2006), coordinador del Libro de Estilo de El País (desde la primera edición que se distribuyó en librerías, en 1990), autor de una magnífica novela policíaca que va sobre el estilo y la lengua –ahí es nada–, El cazador de estilemas (2019) y ha publicado en Nueva Revista en el número 164 (2018) el artículo «Escribir y hablar bien en la era digital».
OPINIONES CON ARGUMENTOS
Grijelmo ha escrito obras reconocidas como maestras sobre el español y no tendría por qué arriesgar. Pero lo ha hecho, es un valiente que se ha atrevido a meterse en el fragor de la batalla del lenguaje inclusivo, y mientras se arrojan con dureza las palabras unos a otros y unas a otras, todos y todas entre sí, ha sido capaz de, en medio del ruido y la furia, plantear a los hispanohablantes esta propuesta de acuerdo para que dejemos de tirarnos a la cabeza el género de las palabras al hablar. En la introducción señala que espera que el libro sirva «para serenar alguna discusión y aunar las voluntades de quienes deseen terciar en este espinoso asunto, origen de tantos conflictos diarios, sin descalificar las posiciones de los demás y escuchando todas las opiniones». Y exactamente eso lo que ha hecho, porque «una opinión no vale de nada si no va seguida de un argumento», citando al filósofo Gustavo Bueno.
A pesar de lo que pueda parecer, cuando a alguien le recomiendan un libro sobre el lenguaje, no hay que ser ni mucho menos un especialista para leer este y disfrutarlo. Está escrito con un estilo fluido y ágil, se nota el oficio de periodista de Grijelmo, y se lee fácilmente, con mucho gusto, se podría decir de este libro lo que García Márquez escribió sobre El estilo del periodista, también de Grijelmo: «es un libro didáctico que se lee con la pasión de una novela». Sí, esta Propuesta se lee también como si fuera una novela.
La Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo marca un antes y un después, es una propuesta conciliadora, sobre el lenguaje inclusivo que deberían tener en cuenta todas las administraciones, universidades, medios de comunicación, empresas, instituciones o asociaciones al redactar cualquier texto. Pero sobre todo, debería ser de lectura obligatoria no sólo para matemáticas, filólogos, ingenieras, maestros, periodistas, abogados, jueces, funcionarios o políticos, sino para todas las personas que estén mínimamente interesadas en cómo hablamos (he escrito «todas las personas interesadas en…» en lugar de «todos aquellos interesados en…», porque hago caso a las recomendaciones de Grijelmo).
NO SE PUEDE IMPONER POR DECRETO COMO HABLAR
No hay nada más democrático que la lengua. La lengua la deciden cada mañana los hablantes, y es que no se puede imponer por decreto cómo hablar, no es el resultado de una decisión tomada en los despachos del poder. Desde el poder siempre se quiere imponer cómo hablar. Bueno, es de primero de parvulario que la primera batalla por el poder es la del lenguaje: establecer el marco mental a partir del lenguaje utilizado es el primer paso para hacerse con el poder y una vez conseguido, para mantenerlo. «Cuando todos seamos iguales, cosa que por el momento está lejos de ocurrir, cuando se hayan resuelto las diferencias salariales, la violencia machista, la discriminación de la mujer, cuando haya desaparecido todo eso y la igualdad sea plena, el lenguaje dejará de ser una batalla», afirma Grijelmo. Esa es la cuestión, hay quienes quieren cambiar el lenguaje pensando que así cambian la realidad, pero la realidad sigue igual. Lo que hay que hacer es cambiar la realidad, una realidad en la que la mujer sale perdiendo con respecto al hombre por el hecho de ser mujer. Y entonces cambiará el lenguaje. «Será la realidad la que acabe cambiando la percepción del lenguaje». Por eso cuando el machismo desaparezca y haya una igualdad real entre mujeres y hombres, no se le echará la culpa a la lengua. De esto va el libro.
En el prefacio de Leaves of Grass, Walt Whitman, quizá el más genuino entre todos los poetas americanos, discernía en 1855 que esencialmente los Estados Unidos son en sí mismos el mayor de los poemas. Sin llegar a esos niveles de hipérbole lírica, George Packer viene dedicando su ejemplar carrera como periodista y escritor a la idea de que Estados Unidos es una de las mejores historias posibles, de inagotable interés e influencia. Y, por supuesto, merecedora con creces de ser explorada, analizada y contada.

Seguir, entender y explicar la evolución de un país tan complejo de Estados Unidos no es fácil. Ante las profundas contradicciones del gigante americano, muchas veces se tiende colectivamente a llevarse las manos a la cabeza por falta de anticipación e incredulidad ante la pregunta sin respuesta de cómo es posible que ocurran cosas así en esa pionera democracia. De este fracaso colectivo de imaginación, una de las excepciones más preclaras es George Packer con el esfuerzo pre-pandemia y pre-Trump por presentar en el El desmoronamiento los antecedentes de un país que cada vez funciona peor, con élites de capa caída y desigualdad en alza, instituciones disfuncionales y demasiados ciudadanos de a pie abandonados a su suerte.
El libro describe una sociedad cuyas referencias culturales han quedado ensombrecidas por nuevos dioses domésticos
Esa profunda soledad, tan de Estados Unidos, figura de forma destacada entre los múltiples personajes que habitan esta narrativa caleidoscópica. El libro refleja la saga de una serie de personas tan reales como terriblemente aisladas, que no encuentran ni atención ni ayuda a sus dolorosos problemas agravados por una economía capitalista con mínima regulación y muy poca red de protección social, que tiende a comportarse como un niño malcriado. Sobre todo, cuando el libre mercado se apalanca en lo peor de la globalización y la especulación tan irresponsable como la que provocó la penúltima crisis financiera del 2008.
La clave del éxito de Mr. Sam, creador de Walmart
Para ahondar en este problemático frente económico, George Packer incorpora entre otros el perfil de Sam Walton (1918- 1992), el creador de la gran cadena comercial americana Wal-Mart. A la luz de su excelencia casi innata como vendedor, la gran epifanía de Mr. Sam fue darse cuenta de que el negocio de una gran superficie no pasa por acumular grandes márgenes comerciales. Sin estudios formales pero marcado por la Gran Depresión, con una obsesión por aprender y prosperar como empresario, su case study consistió en empezar a vender medias de satín para señoras en un modesto almacén situado en la localidad de Newport, Arkansas. A la vista de esta experiencia, su resultante business plan y la clave de su éxito no fue otro que comprar productos baratos, vender a precios baratos, en grandísimas cantidades y a un ritmo acelerado.
Sam Walton contaba con la debilidad de los consumidores ante lo que perciben como un chollo. Lo que funcionaba después de la Segunda Guerra Mundial en pequeñas localidades sureñas, racialmente segregadas, de Arkansas, Oklahoma y Missouri era aplicable al resto de Estados Unidos. Con el eslogan/ promesa de «Todos los días precios bajos», para mitad de los años ochenta, Mr. Walton se había convertido oficialmente, con una fortuna personal cercana a los 3.000 millones de dólares, en el hombre más rico de Estados Unidos, a pesar de su mentalidad más barata que nunca. Como recuerda Packer, el multimillonario seguía frecuentando una peluquería local, a 5 dólares el corte y sin dejar nunca propina.
La otra cara, de mucho mayor impacto para el desmoronamiento económico de Estados Unidos, es que el imperio empresarial construido por Mr. Sam con tan mínima responsabilidad social corporativa también abarató al máximo sus costes laborales, ayudando a la preocupante consolidación de esa categoría del precariado conocida como the working poor, es decir trabajadores empleados a tiempo completo pero que con sus mínimos salarios no cubren sus gastos básicos.
Otro coste asociado a la expansión de Wal-Mart será la destrucción del comercio tradicional, que a pesar de su valiosa función de vertebración social será incapaz de competir en precios. Aunque con diferencia, la obsesión por lo barato de Sam Walton ayudará a la expansión de China, que empezará como fábrica mundial de productos de baja calidad para convertirse en el gran rival hegemónico de Estados Unidos. Un ejemplo de globalización en el que la clase trabajadora americana saldrá especialmente mal parada al no poder competir con los mínimos costes asiáticos.
De acuerdo a la conclusión de George Packer: «Con los años, América se parecía cada vez más a Wal-Mart. Se había vuelto barata. Los precios eran más bajos y los salarios eran más bajos. Existirían menos trabajos industriales protegidos por sindicatos y más mini-trabajos como saludadores de grandes superficies. Los pequeños pueblos donde Mr. Sam había visto su oportunidad se empobrecían, lo que significaba que sus consumidores eran cada vez más y más dependientes de bajos precios diarios, y hacían todas sus compras en Wal-Mart, y quizá trabajaban allí también. La deslocalización del corazón americano era buena para la cuenta de resultados de la compañía. Y en partes del país que se estaban haciendo más ricas, en las costas y algunas grandes ciudades, muchos consumidores percibían con horror Wal-Mart con sus pasillos llenos de productos hechos en China defectuosos, si no peligrosos, y en su lugar adquirían sus zapatos y su carne en boutiques caras como si pagar extra les inoculara contra el contagio de lo barato, mientras grandes almacenes como Macy’s, los bastiones de la antigua economía de la casa blanca, desaparecían, y América empezaba a parecerse una vez más al país en el que Mr. Sam había crecido».
Con el agravante de que tan solo seis de los herederos del señor Walton, fallecido en 1992, terminarán teniendo tanto dinero como la suma del 30 por ciento de los ciudadanos de Estados Unidos con menores ingresos. Disparidad aumentada por el gran negocio que Wal-Mart ha conseguido hacer durante la pandemia con su estrategia de «tan barato y tan caro».
Un collage de 30 años de Estados Unidos
Para ilustrar su intenso collage sobre treinta años de la historia de Estados Unidos (1978-2012) que llevan hasta justo antes del trumpismo, Packer no duda en mezclar montajes con titulares, eslóganes publicitarios, letras de canciones, discursos políticos y noticias. El libro está construido a partir de las historias de personas más o menos anónimas y también un puñado de celebridades y personajes de la política, las finanzas y la cultura popular. En este sentido, la estructura de El desmoronamiento está inspirada por la trilogía U.S.A., escrita en los años treinta por John Dos Passos. El representante de la llamada «generación perdida» combinó en esas tres novelas (The 42nd Parallel, Nineteen Nineteen y The Big Money) largas narrativas de sus personajes con pequeños perfiles de figuras con influencia en aquellos años también traumáticos y transformadores para Estados Unidos.
Los protagonistas individuales utilizados por George Packer, con algunas historias publicadas en el prestigioso semanario The New Yorker, son en realidad una excusa para abordar el impacto que han tenido (y tienen) en Estados Unidos grandes cuestiones como la crisis de las hipotecas subprime, el declive en la producción industrial americana y la transformación a una economía de servicios y subempleo; y la influencia cada vez más tóxica de grandes intereses financieros y empresariales en la política de Estados Unidos. Como decía el senador Bill Bradley, el dinero en la política es como quien tiene hormigas en la cocina, o se tapan todos y cada uno de los agujeros o las hormigas encontrarán siempre la forma de volver.
Entre el grupo de ciudadanos anónimos figura Dean Price, hijo de granjeros del tabaco sureños, que intenta reconvertirse en un abanderado de la nueva economía con un negocio de biodiésel. Su historia es la saga quijotesca de un pequeño empresario de Carolina del Norte que intenta hacer frente a los conglomerados empresariales que quitan más que suman a las economías locales de Estados Unidos. Frente a la idea elitista de que América necesita más programadores de ordenadores o ingenieros financieros, la solución quizá pase por emprendedores en serie como Dean Price que intentan salvar sitios no precisamente famosos.
Este libro está dedicado a la mayoría de los americanos cuyas vidas se han vuelto más atomizadas y económicamente inseguras durante la última generación
Figura también la afroamericana Tammy Thomas, una obrera del cinturón industrial americano que reencarnándose en activista social intenta hacer frente al colapso económico de su ciudad, Youngstown, en Ohio, especializada en la ya no rentable producción de acero. Cada año, Thomas era despedida después de noventa días de trabajo para que su empresa no tuviera que pagarle el seguro médico. Recuerda que, cuando era joven, todo el mundo trabajaba en las industrias de Ohio y eran capaces de ganarse la vida. Ahora, malviven con trabajos precarios que no pagan más de ocho dólares la hora en una ciudad donde las oportunidades vienen asociadas al crimen y las drogas.
En este reparto también figura Jeff Connaughton, miembro del círculo político de Joe Biden en Washington, que oscila entre el idealismo romántico y el brutal poder del dinero. Ya que de joven ayudante del senador Biden termina convirtiéndose en lobista dispuesto a capitalizar sus conexiones políticas. Por cierto, Biden antes de llegar a candidato presidencial en 2020 es presentado como un político tan decepcionante como desagradecido. Todo este elenco es completado por Peter Thiel, primer inversor en Facebook convertido en un multimillonario de Silicon Valley, políticamente conservador pero con una visión radical del futuro; y otra serie de pequeños inversores implicados en el especulativo mercado inmobiliario de Florida.
Entre todas estas detalladas historias, George Packer intercala retratos de variados personajes con un alto perfil como Newt Gingrich, político republicano (y posterior aliado incondicional de Donald Trump); Colin Powell, general jefe del Estado Mayor y secretario de Estado con la Administración de Bush hijo; el rapero Jay-Z; Robert Rubin, banquero y secretario del Tesoro con la Administración Clinton; Andrew Breitbart, emprendedor conservador de medios de comunicación; y Alice Walker, la chef y activista de la alimentación.
Televisión, el ocaso de Oprhah Winfrey
Dentro de esta lista de personajes selectos abordados en El desmoronamiento, destaca el nombre de Oprah Winfrey, la afroamericana de origen humilde que terminó exprimiendo hasta la última gota el sueño americano al convertirse en la reina incondicional de la televisión para mujeres, «haciéndolas sentir que no estaban solas» según Packer. Durante cinco tardes a la semana, su programa era seguido por 40 millones de personas en Estados Unidos, además de la audiencia internacional acumulada en 145 países. A pesar de llegar a ser la mujer negra con mayor fortuna en el mundo, realmente nunca perdió su capacidad para conectar con su público incondicional.
En esta historia de éxito trascendental, Oprah habría intentado aprovechar su condición de über-celebrity para enseñar a su audiencia muchas y relevantes cosas: a decir que no; a leer grandes libros y meditar; a luchar contra el sobrepeso; a destruir la mentalidad dependiente de los subsidios públicos relacionada con la resignación y el acomodo a la pobreza; a superar el problema racial. Como dice Packer, «ella quería ayudar a que la gente viviera su mejor vida posible». Y como ejemplo, todas las Navidades regalaba al público congregado en su estudio de Chicago sus «cosas favoritas», desde grandísimas televisiones hasta cruceros pasando por coches de lujo.
Quizá por tomarse demasiado en serio a sí misma, en su multimillonario egocentrismo Oprah terminó creyéndose sus grandes pretensiones y empezó a desarrollar un peligroso pensamiento mágico que habría llegado a su paroxismo con Trump. Según la estrella de la televisión, las vacunas provocaban autismo y los pensamientos positivos generaban riqueza y éxito. Al final, su audiencia no estaba a su altura. Como elocuentemente explica George Packer: «A pesar de ver a Oprah siempre haciendo más, haciendo más negocio, no todos sus televidentes empezaron a vivir sus mejores vidas. No tenían nueve casas, o quizá ninguna; no podían considerar a John Travolta como su amigo; las leyes del universo les dejaban más vulnerables a ser atracados en la calle; no sintonizaban siempre con su interior divido; nunca fueron todo lo que podían ser. Y puesto que no existe sufrimiento aleatorio en la vida, Oprah les dejó sin ninguna excusa». Dejando atrás un lujoso y contradictorio reguero de mucha tontería y sin sentido.
Realmente, este libro está dedicado a la mayoría de los americanos cuyas vidas se han vuelto más atomizadas y económicamente inseguras durante la última generación. Y como si hablara de la ascensión política de Trump, el libro describe una sociedad cuyas referencias culturales han quedado ensombrecidas por nuevos dioses domésticos: «Celebridades que solo se enaltecen más a medida que otras cosas se alejan».
Apocalipsis sin trompetas
El desmoronamiento arranca con el tono de una novela de terror, tal y como han catalogado el libro de Packer algunos críticos en Estados Unidos al reconocer lo certero de su narración. Siempre hay un interés casi forense por determinar cuándo las crisis dejan de ser pasajeras para convertirse en irreversibles. De hecho, el libro comienza así: «Nadie puede decir cuándo comenzó la liberación, cuándo la rosca que mantenía a los americanos unidos en su seguro y a veces sofocante agarre cedió por primera vez».
“Los ganadores ganan más que nunca –escribe Packer– y los perdedores tienen un largo camino para caer antes de tocar fondo, y a veces nunca lo hacen”
El antes y el después en esta crónica del declive americano sería la década de los sesenta. Al calor de la contracultura, Vietnam y ese 1968 que nunca ha acabado realmente para Estados Unidos, muchas cosas tradicionales e importantes han terminado para los americanos. En esa relación de bajas, Packer incluye entre otros las pequeñas granjas, el paisaje urbano y suburbano, el sistema de educación público y un cierto sentido de la dignidad, las buenas maneras y la moral. Con premonición, el autor insiste en que todas esas instituciones desaparecidas han sido reemplazadas por lo que él denomina como el «dinero organizado», así como una sociedad en la que «los ganadores ganan más que nunca, flotando como dirigibles hinchados, y los perdedores tienen un largo camino para caer antes de tocar fondo, y a veces nunca lo hacen».
Entre los pocos héroes que contiene El desmoronamiento destaca Elizabeth Warren, senadora por Massachusetts y aspirante frustrada a la nominación presidencial del Partido Demócrata para las elecciones de 2020. En su lucha parlamentaria por regular los abusos de instituciones bancarias y financieras, Warren es descrita como parte de una intensa tradición americana de populismo progresista: «Parecía haber entrado en la sala de audiencias y tomado su asiento en el estrado del pasado, de la época en que la pradera americana criaba furiosos y elocuentes campeones entre la gente común, William Jennings Bryan y Robert La Follette, George Norris y Hubert Humphrey. Su sola presencia inquietaba a los que estaban dentro porque les recordaba la acogedora corrupción que se había convertido en la forma normal de hacer negocios en el Capitolio. Y eso era imperdonable».
Packer insiste, con escalofriante anticipación, en referirse al declive de Estados Unidos como una enfermedad, una plaga, una infección e incluso un nuevo virus
La Administración Obama también planea sobre este libro tan doloroso de leer. Las referencias limitadas sobre la presidencia de Obama indican una larga distancia entre las promesas realizadas y los logros conseguidos. Además de confirmar la existencia de un cierto establishment progre que con su sofisticación percibida como arrogancia defrauda a muchos votantes, haciéndoles vulnerables a la venganza populista perpetrada por Donald Tump en el 2016. Si George Packer escribiera la segunda parte de El desmoronamiento, debería analizar el ajuste de cuentas en que ha degenerado la política de Estados Unidos. Y debería explicar el alto precio que los votantes de Trump están dispuestos a pagar por participar en este ajuste de cuentas. Lo peor es que todos los gravísimos problemas que describe Packer permanecen sin solución a la vista.
Si había muchas cosas que no funcionaban en América entre 1978 y 2012, la pandemia no ha hecho más que exacerbarlas. Por eso llama tanto la atención la insistencia de Packer a la hora de hablar con escalofriante anticipación sobre el declive de Estados Unidos como una enfermedad, una plaga, una infección e incluso un nuevo virus.