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Ver productosSería injusto pasar por alto el mérito que ha tenido Wolfram Eilenberger a la hora de presentar en su libro, Tiempo de magos (Taurus, 2020), una época muy concreta de la historia de la filosofía como una contienda casi pugilística entre dos pesos pesados del pensamiento, Martin Heidegger y Ernst Cassirer. Aunque hay que reconocer que el interés por el combate se va desinflando cuando el lector constata que no hay pelea si uno de los contendientes se niega a calzarse los guantes. Y, en ese encuentro mitificado por la historiografía y la nieve que tuvo lugar en Davos, durante la primavera de 1929, Cassirer no estaba por la labor.

La cita entre un filósofo de corte atávico como Heidegger y otro aparentemente más gris y anodino, como Cassirer, constituye la última parada de un apasionado viaje por un tiempo en el que el genio y la leyenda filosófica se encontraban a la orden del día. Eilenberger tenía donde elegir y no hay razón objetiva para poner la lupa sobre quienes lo hace, en lugar de hacerlo sobre otras figuras. Así decide que en este ensayo coral, considerado por The Economist uno de los más interesantes de 2020, Benjamin y Wittgenstein sean los ángeles tutelares de los antes mencionados y con sus vidas aclaren el contexto en el que irrumpió, como muy pocas veces en la historia, el elixir del pensamiento. Estos cuatro jinetes emprendieron, cada uno a su modo, un viaje hacia ninguna parte y el destino hizo que se encontraran en su camino.
Una época de crisis
Sabemos que las épocas más fértiles para la filosofía son las críticas, es decir, aquellas en que parece que el tiempo se detiene. O que la historia estalla en pedazos. Pero, en realidad, es la filosofía la que alimenta la explosión. Sócrates tumbó a la caterva sofística y se cuenta que Hegel, Hölderlin y Schelling, cobijados en una misma habitación durante su estancia en el seminario de Tubinga, bailaron alrededor del árbol de la libertad, mientras los franceses hacían lo propio para festejar su revolución.
Las épocas más fértiles para la filosofía son las críticas, es decir, aquellas en que parece que la historia estalla en pedazos. Pero, en realidad, es la filosofía la que alimenta la explosión
No sabemos si en Heidegger, Wittgenstein, Cassirer y Benjamin prendió la chispa cuando el mundo se había venido abajo y no había atisbos de esperanza entre los escombros, o si fueron ellos los que lo abocaron a la destrucción. Sea como fuere, es en esa situación, explica el filósofo y periodista alemán Wolfram Eilenberger en Tiempo de magos, en la que decidieron asumir su destino, cargando con un fardo enorme: el de sustituir el “mundo de ayer” (Stefan Zweig) y lo periclitado por otro paisaje, sin echar mano de remedios fáciles o consuelos simplistas.
Eran cuatro pensadores muy diferentes entre sí. Incluso antitéticos. Pero compartían, además de una misma vocación por desterrar los rescoldos del mundo que quedaban, el interés por ensayar formas de vida más modernas y atrevidas. Todos, salvo Cassirer, presentan rasgos atrabiliarios, inconformes, extraños. O sea, vivieron bordeando la sinrazón. Quien mejor encarnó ese espíritu fue Wittgenstein, convencido de que su obra debía mostrar los límites del pensamiento y que, para ello, inexorablemente, columpiarse por la región de lo impensable.
Hartazgo de la razón
Eilenberger no ha inventado este género tan exitoso y lucrativo que narra la filosofía con el ritmo trepidante de una novela. El maestro en esas vicisitudes es Safranski, que ha conseguido colocar la biografía filosófica en el lugar de los libros más vendidos. Es justo reconocer las deudas. Con independencia de ello, Tiempo de magos ayuda a reflexionar sobre el punto de no retorno al que llegan estos cuatro aventureros de la inteligencia y del que todavía no nos hemos recobrado. Los cuatro vivieron en un momento histórico en el que, por decirlo así, comenzaba la resaca posterior al festín de la razón.
Cabría decir que la cuadrilla está formada por los hijos respondones de la Ilustración. Renegaban de ella con la misma violencia y convicción con que apostataban de las costumbres y tradiciones burguesas. También tuvieron – todos, otra vez, salvo Cassirer- problemas sexuales, laborales y familiares, mostrando una renuencia enfermiza cuando se trataba de incorporarse al sistema. Por ejemplo, Wittgenstein renunció a una cuantiosa herencia para no mancillar sus manos. Con su desarraigo existencial contribuyeron a dar más pábulo al mito del filósofo extravagante.
Estos cuatro jinetes del pensamiento emprendieron, cada uno a su modo, un viaje hacia ninguna parte y el destino hizo que se encontraran en su camino
Heidegger se presentó como un nuevo Heráclito y juró vengar el curso tomado por la metafísica en su larga y atribulada historia. Sin restar mérito a la lectura que hace de ella -aunque sin aceptarla tampoco al cien por cien-, ni rebajar la importancia de Ser y tiempo -la posmodernidad no es sino un corolario heideggeriano, una entusiasta discusión entre los discípulos más distinguidos de esa escuela-, Eilenberger traza un perfil del pensador que despierta pocas simpatías. Heidegger fue un revulsivo para la filosofía académica y ayudó a redescubrir la pregunta originaria que yacía sepultada tras siglos y siglos de filosofía burocrática: la pregunta por el ser. Ahora bien, ¿qué derecho tenía para autoproclamarse su sagrado heraldo? Este es el motivo por el que uno se siente tentado a pensar que en el agreste titán de la Selva Negra había un ego de un tamaño supino y que, en él, el personaje vencía a la persona. Tiempo de magos no oculta, en este sentido, sus miserias.
Si Heidegger rescata al ser del olvido, el sufriente Wittgenstein expone lo que el hombre tiene derecho a decir de él. El pensador austriaco era tan exótico como inteligente y su fría capacidad lógica guardaba una extraña y paradójica correspondencia con su vena mística. Solo una mirada superficial puede convertir a quien estaba tan obsesionado con lo que se encuentra más allá de nuestro alcance en un empirista recalcitrante. Su deseo, al mostrar las fronteras de nuestro lenguaje, no es estrechar el horizonte que se extiende ante la mirada humana, sino abrirla a ese otro lado, más profundo y trascedente, que se tiende a obviar.
La pasión por el lenguaje de Wittgenstein y Heidegger, para quien el ser nos habla principalmente a través de las palabras, la comparte Walter Benjamin, que mariposeaba de trabajo en trabajo y de mujer en mujer. Empezó numerosos proyectos, pero la mayoría los dejó inacabados. Probablemente le hubiera sonreído mucho más la vida de haber seguido los consejos de su amigo Scholem. Benjamin, atrapado también por la seducción mágica del lenguaje, casi elevó el oficio de traductor a la altura de la vocación sacerdotal, puesto que, a su juicio, las lenguas que existen son piezas que componen el lenguaje divino y no cabe duda que está más cerca de descifrar este último el que es capaz transitar sin solución de continuidad por el espectro de las que existen.
Hay dos razones por la que estos pensadores nos resultan tan fascinantes. De un lado, por su obra, de una increíble capacidad sugestiva. Poética. Siempre enigmático, su lenguaje es una mina para intérpretes de toda naturaleza y condición. Pero también nos impulsa a acercarnos a ellos su vida tan singular y creemos que han sido tocados por una varita divina.
Cassirer, el contrapunto
Ernst Cassirer, heredero de la filosofía neokantiana y con una trayectoria académica intachable, constituye el contrapunto de todos estos taumaturgos de la filosofía. Esta es la impresión, pero quedarnos en ella sería superficial. Detrás de su apariencia burocrática, este honesto profesor de la Universidad de Hamburgo es otro coloso de la filosofía, más humilde, pero de una talla comparable a la de sus compañeros de libros. El problema, pienso, es que no se daba importancia a sí mismo y le disgustaba la afectación. Eilenberger consigue que uno termine cogiendo cariño a este discípulo de Hermann Cohen, defensor a ultranza de la modernidad filosófica y de la República de Weimar, y valore sus importantes aportaciones a la historia de la cultura.
No sabemos si en Heidegger, Wittgenstein, Cassirer y Benjamin prendió la chispa cuando el mundo se había venido abajo o si fueron ellos los que lo abocaron a la destrucción
La dedicación a su tarea docente y su fidelidad en el cumplimiento del deber quizá evitaron que Cassirer se viera a sí mismo como un genio, pero también le hicieron darse cuenta del terrorífico futuro al que conduce la filosofía ataviada de mesianismo. Si alguien fracasó en el encuentro en Davos, donde la templanza de Cassirer tuvo que hacer frente a la virulencia del “nuevo pensar” heideggeriano, no fue el autor de la monumental Filosofía de las formas simbólicas, sino Europa como proyecto.
Por eso es tan importante rememorar aquella cita, que no fue una simple reunión filosófica. Quienes se vieron las caras en abril de 1929 fueron dos formas diversas de ver el mundo: una, nihilista, para la que el hombre aparecía como un ser radicalmente libre enfrentado a la nada (Heidegger); y otra, en la que el ser humano no renegaba del sentido espiritual e incluso era capaz de articularlo culturalmente, mediante símbolos (Cassirer). En un caso, la filosofía implicaba destrucción; en el otro, exigía conservar una herencia incalculable.
Tiempo de magos nos sitúa en el momento de esa trágica disyuntiva, cuando ante Occidente se abría el umbral del sinsentido y se dejaba atrás el de la razón. Sabemos de sobra lo que ocurrió apenas cuatro años después Alemania, justamente la tierra en que nacieron tres de los cuatro protagonistas de este ensayo. Y, sin querer suscitar alarmismo, hay bastantes semejanzas entre nuestros días y aquella tercera década del siglo XX. Al hilo de ello, quizá convenga recordar lo que muchos intelectuales pierden de vista y que es la lección principal que cabe extraer de Tiempo de magos: que las ideas tienen consecuencias.
El historiador Jaime Cosgaya publica la biografía política de Antonio Fontán, un personaje clave para entender la España de la segunda mitad del siglo XX y, especialmente la oposición liberal al franquismo, y la Transición a la democracia.
Fue precisamente un número especial que Nueva Revista le dedicó a Fontán en 2003, con motivo de su 80 cumpleaños, lo que empujó a Cosgaya a estudiar su figura y su trayectoria, en una tesis doctoral que se publica ahora en forma de libro, Antonio Fontán (1923-2010) una biografía política (Eunsa). El investigador tuvo acceso al archivo personal de Fontán, que incluía una correspondencia con más de cuatro mil remitentes y destinatarios distintos.

El autor divide el estudio en seis capítulos: Años de formación (1923-1949); Catedrático y periodista (1950-1956); Católico e intelectual (1956-1967); Un monárquico liberal (1967-1974); Un político de centro (1974-1982); y Después de la política (1983-2010).
Nacido en Sevilla, en 1923, Fontán estudió Filología Clásica y obtuvo la cátedra de Latín en la Universidad de Granada. Después fue catedrático de Filología en la Universidad de Navarra (1956) y en la Complutense (1976); y decano de Filosofía y Letras en Navarra. Prestigioso latinista siempre tuvo como referente el legado cultural de Roma -que plasmaría en obras como Humanismo romano-. El autor subraya la conexión de este perfil con sus vocaciones política y periodística, porque su clasicismo trasluce “su voluntad de examinar el pasado con la mirada puesta en el presente”. Eso explica su querencia por autores con proyección pública, como Séneca o Cicerón.
Calvo Serer aspiraba a convertir el diario «Madrid», que él presidía, en una empresa política
La primera iniciativa periodística de Fontán fue el semanario La Actualidad Española, en 1952. Aprovechó la circunstancia de que el recién creado Ministerio de Información y Turismo permitía a particulares editar publicaciones no diarias, por primera vez desde la Guerra Civil. Teniendo como referencia Life o Paris Match, La Actualidad Española llegó a ser uno de los semanarios más influyentes del país desde los años 50 hasta los 70.
Dos años más tarde, pone en marcha otra publicación, Nuestro tiempo, de cuestiones de actualidad pero de carácter más reflexivo, una revista-libro cultural “mas de biblioteca que de hemeroteca”, que posteriormente pasó a ser editada por la Universidad de Navarra. Fontán y su amigo el catedrático de Historia de la Filosofía, Rafael Calvo Serer, tantearon, además, la compra del vespertino Informaciones, y la entrada en la prestigiosa pero deficitaria revista francesa La table ronde.
Fontán aprovechó su perfil académico y sus contactos con los pioneros de estudios periodísticos en Europa para fundar el Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra (1958), primer centro universitario en España dedicado a ese tipo de enseñanza, y germen de la actual Facultad de Comunicación.
El periodismo sería el catalizador de su vocación política, a través del diario Madrid -que dirigió entre 1967 y 1971-. Su presidente, Rafael Calvo Serer, “aspiraba a convertir el Madrid en una empresa política” -apunta el autor- El País señalaba en 2001 que «la línea editorial que marcaban Calvo Serer y Fontán demolió la apariencia de orden del franquismo, hasta provocar tal sensación de corrosión al régimen, que éste impuso el cierre del periódico en 1971». El fracaso de aquella aventura fue solo aparente, ya que sembró la semilla de lo que un lustro después sería la Transición a la democracia.
Por su trayectoria al frente del Madrid recibiría años después el título de Héroe de la Libertad de Prensa, concedido por The International Press Institute, galardón que obtuvieron, entre otros, Indro Montanelli, Hubert Beuve-Mery -director de Le Monde– o Katharine Graham -editora de The Washington Post-.
A través de la UCD de Suárez, Fontán pudo colaborar en la construcción del Estado moderno y democrático que anhelaba hacía tiempo
Destaca Cosgaya que las sanciones que le impuso el franquismo cuando dirigía el diario Madrid reforzaron una tendencia ideológica que no era predominante en él e hizo del liberalismo su propio proyecto político -junto con Joaquín Garrigues Walker-. Integrado, a través de la Federación de Partidos Demócratas y Liberales, en la UCD de Adolfo Suárez, Fontán pudo colaborar en la construcción del Estado moderno y democrático que anhelaba hacía tiempo.
Lo hizo como presidente del Senado constituyente y como ministro de Administraciones Territoriales. En el diseño de Estado, defendió una propuesta de Estado autonómico asimétrico, “proclive a un reconocimiento diferenciado de las nacionalidades históricas más acusadas, que no encontró eco en el Consejo de Ministros”.
Tras la dimisión de Adolfo Suárez y el naufragio de UCD, Fontán deja la política activa, pero no renuncia a seguir sirviendo a España. Aglutina a un grupo de jóvenes políticos a través de su última aventura cultural, Nueva Revista (fundada en 1990). Esta publicación fue un vivero de líderes y de ideas para el refundado Partido Popular de José María Aznar, aportando savia centrista y liberal a ese proyecto político y a las dos legislaturas en las que estuvo en el Gobierno (1996-2004).
Fontán veía en la Corona la fórmula para salir de la crisis de la España del siglo XX
El otro gran referente en la trayectoria de Fontán fue la monarquía. Veía en la Corona la fórmula para salir de la crisis de la España del siglo XX. De ahí que “reivindicase la restauración de la Monarquía como una manera de cerrar el paréntesis abierto por la Guerra Civil”. Miembro del Consejo Privado de Don Juan, participó activamente en la formación del futuro rey, Juan Carlos, llegando a diseñar parte de su plan de estudios universitarios. Fue él quien entregó a éste la carta en la que Don Juan reconocía le entregaba la legitimidad dinástica. Por todo ello, Don Juan Carlos le concedió en 2008 el título de marqués de Guadalcanal
Recorrer la trayectoria de Fontán equivale a recorrer “la España de la segunda mitad del siglo XX, en toda su complejidad” afirma Cosgaya. Su figura encarna el espíritu de concordia que era preciso para restañar las heridas del enfrentamiento civil y modernizar España, lo que él mismo llamaba “el desafío histórico de su generación”.
Resulta significativo que a su muerte en 2010, a los 86 años, Fontán recibiera elogios unánimes de personalidades de todo signo, algo que no suele ser frecuente en la política española “tan proclive a la polarización y el encono”, subraya el autor.
¿Qué pensadores influyen más en la sociedad actual? Frente a la profusión de los llamados influencers, Nueva Revista intenta en su último número responder a la pregunta. Presentamos a seis intelectuales de tres culturas diferentes (la norteamericana, la alemana y la española), que si no son los más influyentes sí que se encuentran entre los que gozan de mayor crédito. En esta primera entrega de una serie, no están todos, pero sí son todos los que están.
Los norteamericanos Michael Sandel y Martha Nussbaum; los alemanes Ferdinand von Schirach y Thilo Sarrazin; y los españoles Fernando Savater y Mario Vargas Llosa han sido los elegidos para abrir esta selección de influyentes que se irá completando en próximos números así como en la página web.
La mejor forma de presentarlos es a través de sus propios textos, a los que se acompaña de un perfil biográfico y un análisis de su obra. Hemos seleccionados extractos significativos de los autores, en los que se abordan temas tan diversos como esenciales: el valor de la educación, el papel del intelectual, el bien común, el invierno demográfico, la emigración, el populismo o la culpa heredada.
Empezamos por Estados Unidos. Nadie puede negar el gran logro de Michael Sandel: convertir la filosofía en un fenómeno viral. En su último ensayo, recientemente publicado por Debate, exhorta a recuperar la conversación sobre la vida buena y los ideales morales, así como a redescubrir el bien común que nos emparenta con nuestros semejantes. De su libro publicamos el extracto “El bien común: remedio contra la meritocracia y el populismo”.
Martha Nussbaum, la segunda elegida, representa lo más granado de la filosofía americana. Ha sabido conjugar su interés académico con su pasión por la discusión pública, convirtiéndose en una referencia intelectual. Su primera gran obra, La fragilidad de bien (1986), no solo sirvió para catapultarla a la fama, sino también para ampliar la noción de vida buena, en la que, a su juicio, intervenían factores externos. En su último ensayo, La tradición cosmopolita (Paidós, 2020), al que pertenece el fragmento que ofrecemos, resume su teoría sobre las capacidades humanas básicas, identificando aquellas áreas en las se decide el progreso y desarrollo del hombre.
Entre los influyentes alemanes, hemos seleccionado uno de los hombres de letras más importantes del país: Ferdinand von Schirach (Múnich, 1964). Son ya numerosos su reconocimeintos, pero también gestos como el que haya sido el orador para inaugurar el Festival de Salzburgo en 2017, situándole junto a los intelectuales más respetados del espacio germánico en el último siglo. El texto que se ha seleccionado lo publicó con ocasión de su muy aplaudida novela «El caso Collini» (Salamandra, 2013). En él explica por qué no tiene que responder por los crímenes de su abuelo, un alto cargo del régimen nazi, responsable del exterminio de los judíos de Viena.
A Thilo Sarrazin se le puede considerar polémico o desafiante, pero nadie puede poner en duda su influencia. Economista, ex senador de Finanzas de Berlín y ex miembro del consejo del banco central alemán, fue expulsado del SPD por sus controvertidas opiniones. Con su primer libro, Deutschland schafft sich ab, 2010 («Alemania se autodestruye», provocó una controversia nacional cuyo fuego aún no se ha apagado. En el extracto elegido denuncia la «mala política alemana» en demografía, en especial por lo que respecta a la inmigración turca, pero también en economía (gastos sociales, por ejemplo) y en educación (caída en picado de la calidad de la enseñanza), que, según Sarrazin, reducirán su país a la insignificancia.
Por lo que respecta a los influyentes españoles, el filósofo Fernando Savater (San Sebastián, 1947) es bien conocido y sus opiniones sociales, políticas y culturales gozan de amplio crédito, Ejerce su influencia, sobre todo, por la buena pedagogía de su amena literatura, siempre con una conciencia muy viva de la dimensión pública del pensamiento riguroso. Nueva Revista ha escogido, entre su vastísima obra, un texto de El valor de educar (Ariel, 2008), que trata y muestra la esencial imbricación entre enseñanza, naturaleza humana y realidad social.
Acompaña a Savater en esta propuesta Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936), cuyo inmenso prestigio literario, cimentado en novelas majestuosas como Conversación en la catedral (1969), está además aureolado con premios como el Nobel, el Cervantes o el Príncipe de Asturias. Pese a su muy consolidada posición, cree en el deber ético del intelectual, tal y como defiende, firme y melancólicamente, en el texto que se publica, extracto de La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012).
El último número de 2020 de Nueva Revista incluye una clarificadora reflexión del profesor Jorge Tamames sobre la llamada cultura de la cancelación. En su intento de desenmarañar su inspiración y sus postulados, el autor concluye que estamos ante un movimiento tan difuso como amplio y que permea al conjunto de la sociedad.
En “Una propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo” (Taurus), el periodista y escritor Álex Grijelmo analiza, con rigor y ánimo de «acercar posturas muy distantes». uno de los debates más candentes del momento. El latinista Emilio del Río desmenuza la obra y detecta números puntos de acercamiento,
La nueva biografía de Keynes convertida en best-seller en Estados Unidos, el paso de la era del storytelling a la era del enfrentamiento, el desmoronamiento de la sociedad americana, la historia olvidad del liberalismo o las consecuencias demográficas de la pandemia son otros temas que el lector podrá encontrar en el nuevo número de Nueva Revista.
El número se completa con las reseñas de cuatro libros deliciosos publicados en los últimos meses, muy recomendables para aquellos que disfruten del gozo de la lectura: El infinito en un Junco, de Irene Vallejo; Encuentros con libros, de Stefan Zweig; Los europeos, de Orlando Figes y Opresión y libertad, de Simone Weil.
Grégor Puppinck es doctor en Derecho, especialista en derechos humanos, derecho internacional y derecho de familia. Es director del Centro Europeo para la Ley y la Justicia (Estrasburgo), entidad que forma parte de la iniciativa europea One of us (federación europea que agrupa diferentes organizaciones que defienden la vida en todas sus formas y manifestaciones). Pero sobre todo es uno de esos juristas intelectuales, rara avis, capaz de ir más allá de la pura letra de la ley, contracorriente, sin miedo a las consecuencias que pueda acarrearle la exposición pública de sus opiniones mayoritariamente minoritarias.

Sus análisis se apoyan, no solo en sus consolidados conocimientos jurídicos, sino en su amplia experiencia personal ante instancias internacionales, como el Tribunal Europeo y las diferentes instituciones de Naciones Unidas.
«Mi deseo es la ley» es un libro para cualquier persona preocupada por la crisis de la civilización occidental una obra de lectura obligada en un momento histórico y social en el que nos encaminamos hacia la destrucción del espíritu de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 con la aprobación de una legislación que resulta a todas luces contraria a la dignidad humana; como sucede en el caso de España con la recientemente aprobada Ley de Eutanasia o con la próxima Ley estatal de transexualidad que implica sin pudor y de forma perversa y obscena a la infancia en esa estrategia colectiva, enloquecida y sin sentido, que es la ideología de género.
Esta obra nos refleja sin adornos la crisis actual de la concepción del ser humano; la mutación antropológica que estamos viviendo; la alteración de nuestros principales códigos simbólicos, elaborados a lo largo de siglos y sustentados sobre la tradición judeo-cristiana, la filosofía occidental iniciada con los greco-latinos y el derecho entendido, según palabras de Santo Tomás de Aquino, como el uso de la razón para la consecución del bien común. Este libro analiza la transformación de la concepción del hombre a través de la transformación de sus derechos.
Cumplidos más de setenta años desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, los derechos inalienables e imperecederos de la persona —deducidos de la propia naturaleza humana— se ven amenazados por la propia organización que los consagró. Naciones Unidas, convertida en autora de una «nueva ética mundial», está comenzando a poner en tela de juicio las verdades antropológicas esenciales del ser humano. Ciertos grupos de presión con una poderosa influencia sobre esta organización pretenden incluso la modificación de la declaración inicial por una «nueva declaración de los derechos emergentes del siglo XXI», entre los que se incluiría el derecho a la libre opción de género y de identidad sexual; el derecho al hijo; a la eugenesia; derecho al aborto; al suicidio asistido; a la eutanasia. Nuevos derechos que ofrecen al individuo la libertad de negar la naturaleza, la vida, el cuerpo, la familia, la religión, la moral… Derechos, como los califica el autor, «ofensivos, nihilistas, narcisistas y violentos», independientes de toda idea de bien o de justicia exterior al individuo. Todo ello en un marco de omisión voluntaria de Dios, de las raíces cristianas de Occidente y de la misma naturaleza humana.
En la actualidad, estamos experimentando el paso de los derechos humanos de 1948, a los derechos del individuo singular y autoreferencial. Se ha impuesto una moral universal basada en los derechos individuales, a través de la trama de una red de instituciones encargadas de garantizar su respeto a cada ser humano. Como expone Puppinck, «mientras los derechos de 1948 reflejaban derechos naturales, la afirmación del individualismo ha generado nuevos derechos antinaturales, tales como el derecho a la eutanasia o al aborto, que conducen a su vez a la aparición de derechos transhumanos que garantizan en nuestros días el poder de redefinir la naturaleza».
En este marco, el autor expone, sobre la base de casos reales planteados ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, cómo tanto la legislación de los países occidentales, como la jurisprudencia del Tribunal Europeo, muestran que el único y verdadero criterio a tener en cuenta es la voluntad de la persona; el individuo es la fuente de sus propios derechos. El respeto de la voluntad individual se ha convertido en el criterio del respeto a la dignidad. Estamos ante el dominio de la voluntad sobre el ser, en una cultura que pierde su inteligencia metafísica. Entre estos nuevos derechos del individuo Puppinck hace referencia al derecho a disponer del propio cuerpo y a su mercantilización; el derecho a morir voluntariamente (suicidio asistido); el derecho a abortar como forma de liberar a la mujer de la servidumbre de la maternidad o la tiranía de la procreación (con su potencial extensión al infanticidio neonatal o aborto posnatal); el derecho a la eutanasia (muerte de un tercero con o sin su consentimiento); el derecho a la libertad sexual (libre elección de la identidad sexual al margen de la corporeidad, así como de las modalidades de sexualidad aunque sean física o moralmente perjudiciales o peligrosas); el derecho al hijo (deshumanización de la procreación, tráfico de seres humanos, mercantilización de la vida y dinamitación de la familia)…
Esta evolución de los derechos humanos refleja una transformación profunda en el concepto de dignidad humana que, según el autor, tiende a ser reducida exclusivamente a la «voluntad individual» que considera toda negación de la naturaleza y de sus condicionamientos como una liberación y un progreso. El aborto, la eutanasia, el eugenismo, prácticas prohibidas tras la II Guerra Mundial, son ahora derechos. Se trata en palabras de Puppinck de «derechos de la voluntad sobre el cuerpo», garantizan el ejercicio de un poder contra el cuerpo y no apuntan a la equidad, sino al poder. Todo acto realizado sobre uno mismo es bueno porque ha sido querido libremente; humanismo desencarnado y materialista que reduce a la persona a su voluntad. Cada uno es juez de su dignidad individual, que deja de ser inherente y absoluta, y pasa a ser subjetiva y relativa. Estamos ante lo que Eric Voegelin ha denominado la «egofanía» (Sciences, politique y gnose, 2004).
Se ignoran y desprecian las verdades antropológicas esenciales, y sobre todo se ha perdido la idea de una verdad sobre el hombre, cuya psicología se muestra fragmentada e impulsiva, carente de todo vínculo social. Como señaló Guzmán Carriquiry Lecour, en la Lectio inauguralis del año académico 2012: «Este es el callejón sin salida de la soberbia auto-referencial del individuo, sin vínculos, normas y límites, alimentada por una cultura relativista y hedonista por la que los propios deseos pretenden ser convertidos en derechos, aunque se trate de crímenes abominables contra la vida como es el caso del aborto» (Guzmán Carriquiry Lecour, La dignidad, razonabilidad y belleza de ser cristiano. Implicaciones para la Universidad).
La cuestión del hombre se ha transformado en la cuestión tabú de la cultura contemporánea moderna que es incapaz de dar una respuesta a esta pregunta antropológica que no sea relativista. Se cumple así la afirmación de Juan Pablo II: «La nuestra es una época en que más se ha escrito y hablado sobre el hombre, la época de los humanismos y del antropocentrismo. Sin embargo, paradójicamente, es también la época de las más hondas angustias del hombre respecto de su identidad y destino, del rebajamiento del hombre a niveles antes insospechados, época de valores humanos conculcados como jamás lo fueron antes» (Discurso inaugural, III Conferencia general del episcopado latinoamericano, Puebla. 1979).
Esta imposibilidad de responder a la pregunta del hombre, esta desaparición histórica del ideal del hombre, verdadero crepúsculo, es una crisis metafísica, de la que solamente se puede salir mediante una reconstrucción de la idea racional del hombre.
En el ámbito jurídico hemos superado incluso la proclamación que, en el Leviathan, hacía Thomas Hobbes sobre el derecho, «no es la verdad, sino la autoridad la que hace la ley»; porque hoy no es la verdad sino el deseo individual el que hace la Ley. Estamos ante el reino del individuo. Esto unido a un positivismo individualista exacerbado hace posible la sumisión «legal» de la sociedad a las ideologías. Pero no debemos olvidar que es precisamente el monopolio de la legalidad en manos del Estado al margen de toda moral lo que llevó en el siglo XX a la imposición de las dictaduras.
Este tipo de Leyes confían la biología del cuerpo humano a la libertad individual creadora, condicionada por los sentimientos y las emociones más básicas, junto a la técnica. Este tipo de leyes se nutren de una mezcla del marxismo freudiano y del liberalismo individualista que nos conduce, en definitiva, a lo que recientemente se ha venido a llamar tecno-nihilismo. Se trata de la sumisión de las personas por un poder totalitario que, en nombre de la libre voluntad individual, pretende abolir cualquier norma moral que impida el imperio de la libertad absoluta de la técnica sobre el cuerpo. Pero el concepto de libertad previsto en estas leyes aboca a un pensamiento totalitario: la absolutización de la voluntad que pretende ser la única creadora de la propia persona y la absolutización de la técnica —capaz actualmente de transformar exteriormente un hombre en mujer y viceversa— convertida en un poder prometeico e ideológico.
En palabras del autor: «La sociedad ha acometido la tarea de hacer efectivo el primado del individuo ofreciendo a su voluntad la capacidad de trascender todos sus condicionamientos… de este modo, algunas medidas contra la familia, la religión o la patria son consideradas como liberaciones». Así la ley se convierte en un instrumento narcisista. Estamos ante la negación misma del Derecho considerado como organizador del vínculo social y favorecedor de la relación a partir de las realidades objetivas y universales.
Las leyes que favorecen lo indiferenciado, destruyen la base antropológica sobre la que se asienta nuestra sociedad. La consecuencia es la desprotección de la persona, como hombre y como mujer, con sus específicas características, inquietudes, prioridades, necesidades y exigencias vitales; lo que supone un atentado contra la ecología humana.
Estas leyes se nutren de deseos individuales e ignoran y desprecian la razón. Lo cual es propio de personas inmaduras o infantilizadas. El deseo se ve revestido de legitimidad y no puede ser puesto en tela de juicio porque entran dentro del ámbito de lo que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) denomina la esfera personal, ámbito sagrado e intraspasable pues, en palabras del propio Tribunal, «cada uno tiene la facultad de llevar su vida como él entienda»; de manera que puedes abortar, suicidarte o cambiar a tu hijo de sexo sin que nadie ose inmiscuirse en tus asuntos privados. Estos nuevos derechos tienen en común, como señala el autor, elevar al rango de libertad unas acciones hasta entonces generalmente prohibidas.
Pero ignorar la razón nos hace retornar, como señaló Pierre Lecomte du Noüy, a la animalidad, a la obediencia ciega a las órdenes fisiológicas, al desconocimiento por lo tanto de la dignidad humana (La dignité humaine, 1944). Es lo que Puppinck denomina el retorno a la «dignidad desencarnada» consistente en que cada cual es el creador de uno mismo y los derechos son expresión de su voluntad narcisista y autoreferencial. En esta situación, nos vemos obligados a defendernos frente a la propia ley que ha perdido su dimensión universal y que confunde la verdad objetiva con la verdad individual y subjetiva.
Estamos presenciando la existencia de una «bulimia» de legislar a propósito de la más mínima reivindicación individual, sin analizarla, sin confrontarla con la historia de la sociedad y de las mentalidades y sobre todo con una concepción antropológica del ser humano. Esto es muestra evidente de que hemos perdido el sentido de la ley y que no sabemos interpretar los comportamientos y acontecimientos.
En este tipo de leyes, al relativismo moral se une un radical positivismo jurídico, pues, a pesar de ser claramente perjudiciales para el desarrollo integral de la persona, al atentar contra su propia esencia, se consideran justas por el mero hecho de haber sido aprobadas por el Estado. En definitiva, lo importante, como dijera Niklas Luhmann, es la funcionalidad de la norma, y no la rectitud de sus contenidos.
Esto sucede porque, como advierte Puppinck, se ha subjetivizado una realidad que hasta ahora era objetiva. De este modo, cada individuo puede crear una realidad paralela o segunda a su imagen y semejanza, según sus deseos y caprichos que además se convertirán, solo por emanar de su voluntad, en derechos (derecho a tener hijos por parejas de homosexuales, derecho al cambio de sexo incluso en menores, derecho a la muerte por pura voluntad…). Se trata de crear cada uno su propia realidad superpuesta a la realidad humana, entre otros medios, por medio de la creación de un nuevo lenguaje para ser descrita. Pero la subjetivización es más bien una idealización (lo que refleja a su vez la profunda inmadurez y confusión sobre la que se asienta): el mundo no es percibido sino querido según la idea que nos hagamos de él. Como afirma el autor, «la subjetivización permite mentirse a uno mismo con toda buena fe». Lo terrible es que el derecho pretende hacernos obligatoria e imponernos esta falsa realidad. Y quien niegue la existencia de esta nueva realidad individual y subjetiva será despreciado por no ser capaz de comprender los avances y el desarrollo que implica en la evolución humana.
La realidad no puede reducirse a los sentimientos o deseos de cada cual. Y el Estado no puede erigirse en poseedor del sentido último. No puede imponer una ideología global, ni una religión (tampoco laica), ni un pensamiento único. Y el Derecho no puede ignorar las verdades antropológicas y científicas elementales sobre el ser humano. Pues construir conceptos normativos de espaldas a la ciencia e incluso al sentido común da pie a enunciados disfuncionales. Cuando las premisas son falsas, la lógica lleva irremediablemente al absurdo. La ley que ha permitido la transformación de los deseos y emociones en derechos no ha medido honestamente sus consecuencias sobre el individuo y sobre el completo tejido social al haber perdido los puntos de referencia esenciales; afectando a sus raíces antropológicas.
Es urgente devolver al Derecho y a la sociedad los fundamentos antropológicos extirpados; necesitamos recobrar los puntos esenciales de referencia para «rehumanizar» el ordenamiento jurídico y devolver a la persona humana —hombre y mujer— al centro de gravedad de la tarea legislativa como le corresponde, acabando con el relativismo jurídico que, paralelo al relativismo moral, impregna la regulación de los últimos años.
La autonomía del hombre desnaturalizado es una ilusión patética y mortífera impuesta desde el poder público. Pero cuando desde las altas instancias del poder se siguen tomando decisiones sin buscar coherencia alguna con los fundamentos antropológicos del sentido del hombre que se han construido a lo largo de los siglos, el Estado pierde su función primigenia y deja de ser el garante del bien común. Cuando el Estado desprecia aquellos valores que se apoyan sobre fundamentos antropológicos, se convierte simplemente en el gestor de reivindicaciones y tendencias dispersas, expresadas por grupos de presión o individuos (vemos actualmente la fuerza inmensa de ciertos lobbies) perdiendo de este modo su credibilidad.
En estos momentos se hacen más vigentes que nunca las palabras pronunciadas por Benedicto XVI, dirigiéndose a la Asamblea General de las Naciones Unidas, en la conmemoración del 60.° Aniversario de la Declaración Universal: «Los derechos humanos se basan en la ley natural inscrita en el corazón del hombre y presente en las diferentes culturas y civilizaciones. Arrancar los derechos humanos de este contexto significaría restringir su ámbito y ceder a una concepción relativista, según la cual el sentido y la interpretación de los derechos podrían variar, negando su universalidad en nombre de los diferentes contextos culturales, políticos, sociales e incluso religiosos». Ley natural entendida como aquella ley grabada en el corazón del ser humano y accesible a la razón (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica) que existe independientemente de la voluntad de los legisladores y que se encuentra en el origen de los derechos humanos, reconociendo a cada uno su derecho a realizarse en plenitud según su naturaleza humana. Estos derechos inalienables y universales deberían ser, por su propia naturaleza, inmutables, y por lo tanto, indisponibles para el poder político.
Sin embargo, como denuncia Puppinck, existe una intolerancia absoluta hacia todos aquellos que se pronuncien o manifiesten contra esta nueva concepción «progresista» de los derechos humanos que no acepta ninguna crítica por muy racional que sea, ni oposición alguna por mucha base científica que la sustente. Las ideologías se defienden tanto más ferozmente cuanto más vulnerables son. Y al crítico se le trata como una amenaza, un enemigo de la sociedad. A aquellos que no apoyan esta visión se les considera retrógrados, ultraconservadores, «retardatarios»; personas que no merecen ningún respeto, perjudiciales para el progreso de la humanidad, por lo que estaría justificada la limitación de sus derechos, entre otros, el derecho a la libertad de expresión (la censura se ejerce ahora por intimidación). Como afirma Roger Scruton, «la herejía no se debate, se extirpa” (R. Scruton, Cómo ser conservador, 2018). Y no faltan entre los nuevos inquisidores personas con puestos de alta cualificación profesional, política e incluso académica.
Todos aquellos que creemos firmemente en la necesidad de defender las raíces de nuestra civilización occidental, cristiana, demócrata y liberal y que estamos convencidos de la existencia de ciertas verdades antropológicas del ser humano inamovibles y universales, debemos ejercer lo que Roger Scruton denomina un «conservadurismo metafísico», basado en la creencia en cosas sagradas y el deseo de defenderlas frente a su profanación. «Las cosas por las que se luchó y murió no deberían derrocharse en vano. Porque son la propiedad de otros, de los que todavía no han nacido». La elaboración y reconocimiento de los derechos humanos reconocidos en la Declaración del 48 ha supuesto cientos de años de luchas y sacrificios (muertes incluidas). Sin embargo, su destrucción está siendo rápida, fácil y euforizante. Este es uno de los motivos, como señala Scruton, por los que los conservadores se enfrentan a una situación de desventaja ante la opinión pública y el imaginario social: su posición es correcta pero aburrida, mientras que la de los supuestos progresistas es emocionante pero absolutamente falsa.
Soplan vientos de desprecio intelectual y social alrededor de aquellos que defendemos la conservación de los cimientos de la civilización occidental (la tradición clásica greco-romana, la tradición judeo-cristiana) y los derechos inalienables de la persona, pero merece la pena luchar por la verdad como disidentes que conocemos el valor de la memoria, de nuestras raíces, y luchar por la libertad frente a las insolentes pretensiones de quienes desean rediseñarnos. En este momento histórico, los conservadores (siguiendo el concepto de Scruton), debemos abandonar la discreción, el silencio, las melancolías paralizadoras y el pesimismo resignado. Es tiempo para la acción. La labor es ingente y urgente. Está en juego el ser humano.
Manuel Carmona Rodríguez, profesor de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos, nos ofrece un libro revelador y necesario que parte de una premisa que no es nueva en su pensamiento: la pertinencia de las respuestas que aporta la filosofía de José Ortega y Gasset y Julián Marías a las complejas circunstancias de nuestro tiempo.

Carmona parte del ejemplo de Marías en su actitud de “vivir y convivir con la verdad y desde la verdad” (p. 14), y recuerda en este sentido la función iluminadora y clarificadora de la universidad (pública o privada es lo mismo) en un momento en el que la institución parece haber renunciado a su esencia. Puesto que de aportar luz se trata, de la mano de Marías, que valora la herencia de los ilustrados, añade con buen criterio el nombre de José María Blanco White a la nómina seleccionada en varias de sus obras (Jovellanos, Feijoo, Cadalso o Moratín), y siguiendo la estela marcada por el compromiso de los principales representantes del Siglo de las Luces, nos recuerda cómo reivindicaba el maestro la influencia de los intelectuales comprometidos en la construcción de una brecha eficaz en la censura franquista.
A la luz del rechazo a los nacionalismos que suscribían Ortega y Marías, observa Carmona que el acendramiento de los nacionalismos, tan perniciosos para las relaciones oficiales entre estados, fue un elemento determinante en las disensiones que condujeron a la Segunda Guerra Mundial, que culminó con expectativas de influencia y poder muy diversas por parte de las potencias vencedoras. Carmona relaciona todas estas tensiones y su evolución con el problema del yihadismo y la necesidad de construir lo que él denomina un “ecumenismo cívico y espiritual” (p. 33) y analiza los acontecimientos históricos transcurridos desde 1960 hasta nuestros días para entender las claves que alumbran el nuevo milenio, incidiendo con perspicacia en el necesario equilibrio (y consiguiente dialéctica) entre los conceptos de seguridad y libertad y en la necesidad de romper las inercias sustrayéndose al axioma del “esto es lo que hay”.
Carmona recuerda las dificultades superadas por Marías y Ortega durante el franquismo, desde su prestigio y su imagen ante el poder establecido hasta su supervivencia
En un sentido próximo a Ortega, partidario de vivir personalmente la libertad, interpretarla, realizarla, compartirla y sentirla con autenticidad, optando a veces por la soledad que propicia el autoconocimiento y asumiendo la necesidad de completar la vida que nos es otorgada, Marías se centrará en la trayectoria personal de cada individuo. Carmona nos expone de forma muy pertinente cómo se sustancia esta trayectoria en su vocación personal, y nombra con afecto a sus maestros universitarios, tan importantes en la construcción de su perfil académico (y en este punto debo reconocer cuánto me honra su amable mención). La reflexión de Marías y Ortega se completa con la necesidad de “proyectar y prever lo cotidiano” (55) que apunta Harold Raley, estudioso aventajado de la filosofía de los autores de referencia, y salpimenta constantemente su análisis con la conversación entre Ikeda y Marinoff en El filósofo interior (editado en español en 2014), relacionándola con la propuesta de Marías en el sentido de superar el rencor con el poder del perdón.
En esta misma línea de ahondamiento en las peripecias del individuo, no se le escapan al autor la dificultades que se desprenden de las complejas situaciones de ruptura vital, tanto en el seno de la pareja como en el de la familia (para las que encuentra ilustradoras respuestas en el cine de nuestro tiempo), ni la condición magistral de la mujer como guía de la paz y de la vida de cada día, siempre a la luz de la fecunda experiencia de Ortega y Marías en su colaboración con mujeres de extraordinario prestigio intelectual.
Ortega y Gasset pone el foco en la necesidad del equilibrio de poderes como una de las bases fundamentales de Occidente en La rebelión de las masas (1929)
Carmona nos recuerda las dificultades superadas por Marías y Ortega durante el franquismo, desde su prestigio y su imagen ante el poder establecido hasta su supervivencia. La razón parece clara: “resurgió entre los españoles el rencor y la envidia hacia toda aquella persona que intentara hacer una vida digna y que mereciera la pena vivirla, que pretendiera hacer algo excelente” (p. 75). En todo momento, el autor proyecta estos hechos en su biografía y en el ejemplo edificante de su familia, y en ese diálogo con sus mayores se puede intuir fácilmente la necesidad de la amistad intergeneracional, que ejemplificaron Ortega y Marías en grado de excelencia tanto con sus maestros como con sus discípulos, necesidad que Carmona reclama y hace suya desde su crecimiento personal, aprovechando para repasar la nómina de algunos de sus amigos más próximos e influyentes. Partiendo de estas premisas, el autor valora la amistad intersexuada y la convivencia intergeneracional, y dedica un epígrafe de extraordinario interés al análisis de la situación del amplio porcentaje de la población adulta mundial que no mantiene una relación de pareja.
Siguiendo el hilo de la España invertebrada (1921) de Ortega, Carmona se pregunta las causas que explican la falta de vertebración de Europa y el mundo, cuestión que le permite enlazar con el último capítulo de su revelador estudio. Es evidente que la desvertebración de nuestra sociedad se aprecia en el espacio difuso que comparten áreas aisladas de la población (compartimentos estancos, en fin) incapaces de sustraerse a sus intereses y a sus zonas de confort, y esta carencia se refuerza, por elevación, por la posible falta de un concepto sólido de sociedad occidental, toda vez que los intereses de determinadas minorías priman sobre el interés común. A ello contribuyen seriamente la vieja bipolaridad que motivó los principales conflictos bélicos de la primera mitad del siglo XX, la escasa participación de la ciudadanía en las elecciones europeas y el auge de los populismos. No podemos olvidar las urgencias de la sanidad y las pensiones, las amenazas que los abusos de Internet suponen para la seguridad internacional, la desinformación y las falsas noticias propagadas por lo que Carmona denomina con acierto “redes insociales”, elementos todos que merman la confianza en el proyecto comunitario.
Marías propone con meridiana claridad que la identidad del individuo trasciende lo inmediato, objeto preferente de interés de las políticas locales, autonómicas o nacionalistas
Una vez más, el autor encuentra la respuesta a estas inquietudes en la filosofía de Marías y de Ortega. En su ensayo Persona (1966), el primero propone con meridiana claridad que la identidad del individuo trasciende lo inmediato, objeto preferente de interés de las políticas locales, autonómicas y, en su caso, indisimuladamente nacionalistas, y el segundo pone el foco en la necesidad del equilibrio de poderes como una de las bases fundamentales de Occidente en La rebelión de las masas (1929).
En la reflexión final de su ensayo, y con una actitud edificante que conviene reconocer con admiración, Carmona encuentra el lugar para la esperanza, el compromiso, y la resistencia al desaliento que necesita el mundo de nuestros días. Un ejemplo más, en fin, de la impregnación de la actitud estimulante y magistral de Ortega y Marías en nuestro autor, que demuestra con autoridad y entusiasmo su vocación de discípulo aventajado más allá de las barreras del tiempo.
En un mundo erizado de estereotipos, Alain Finkielkraut (nacido en París en 1949) encarna el caso del pensador reacio a ser etiquetado, denunciado por los nuevos inquisidores (multiculturalistas, neofeministas, proislamistas, populistas, como Dieudonné, Alain Soral…), atacado físicamente durante las protestas de los “chalecos amarillos al grito de “sionista”, y tachado de converso y de traidor a unos ideales rebasados por la realidad. La influencia de su obra reside tanto en la calidad de su escritura y lo afilado de sus análisis cuanto en su peripecia biográfica, muestra ilustrativa del sino de una generación incrustada en los abismos de la Historia reciente.
Ya en la década de los años 80 vislumbró el panorama actual, un ambiente mediático reaccionario, relativista, que somete la razón común a la sentimentalidad y los particularismos
Judío ateo, izquierdista desencantado, progresista desengañado, ilustrado crítico, es de los pocos que ya en la década de los 80 vislumbró el panorama actual, un ambiente mediático reaccionario, relativista, que somete la razón común a la sentimentalidad y los particularismos (en los medios apenas hay espacio para el análisis, saturados de buena conciencia y moralina). Avivó los debates intelectuales y se posicionó a la contra, como prueba la polémica sobre el velo islámico en Francia. Es precisamente por ello un autor de referencia en los debates del cambio de siglo, con mucha presencia en los medios, muy influyente, tanto por las adhesiones como por los rechazos que sus intervenciones generan.
Su figura presenta la peculiaridad biográfica de pertenecer a la estirpe de los judíos franceses ateos de izquierdas, arrasados por la memoria de un pueblo singular en conflicto con la historia de Europa y Francia y con las mutaciones de una intelectualidad arrojada a las sombras de su reflejo en el espejo del tiempo. Esa condición hace de Finkielkraut un testigo excepcional de los vericuetos por los cuales el pensamiento de una generación a caballo entre dos milenios transita, sacudida por la perplejidad, la incertidumbre y las paradojas de una realidad que en su aparente novedad repite cíclicamente los vicios del pasado.
Nacido en París en 1949, es hijo único de judíos fugados de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial. Su padre era superviviente del campo de Auschwitz, adonde había sido deportado en 1941. Su formación intelectual es filosófica. Profesor de Historia de las Ideas en la Escuela Politécnica de París, ha impartido también clases en Berkeley. Desde los años 70 publica ensayos de crítica social y política que han suscitado encendidas polémicas.
Los autores en los que se apoya en sus obras son, por ejemplo, Condorcet, Tocqueville, Renan, Péguy, Lévinas, J. Benda, Lévi-Strauss, Kundera… Y, a la contra, disputa con los reaccionarios de ayer y hoy, los defensores del Antiguo Régimen del pasado y de los nuevos privilegios identitarios del presente, frente a la igualdad ante la ley y la ciudadanía, los que llevarían la etiqueta con orgullo, De Maistre, Barrès, y los que repudiarían tal condición, especialmente Régis Debray.
Esta secuencia intelectual y biográfica puede recorrerse en sus puntos más decisivos a través de la lectura de tres obras esenciales del autor: El judío imaginario (1980), La derrota del pensamiento (1987) y, unas tres décadas luego, La identidad desdichada (2013) y En primera persona (2020).
EL JUDÍO IMAGINARIO O LA TRAMPA DE LA ASIMILACIÓN
En El judío imaginario, (1981), Finkielkraut afronta la paradójica identidad del judío, que es la suya como hijo de inmigrantes judíos del Este en la ilustrada Francia tras la Segunda Guerra Mundial. En tal tesitura, el judío francés se topa con un privilegio inverso, según Finkielkraut, con un regalo inmerecido capaz de situar al titular en la nobleza de la era de la victimización, y su identidad consiste en un paradójico desarraigo, en una carencia de anclajes. Acaso lo más sugerente de su apuesta filosófica sea el reconocimiento explícito pero inquietante de ser, como judío asimilado, un nómada sin identidad, una perplejidad errante: «judío sin sustancia, (…) en estado de ingravidez, despojado de lo que había podido ser su universo simbólico. (…) La judeidad es lo que me falta y no lo que me define; es la quemadura ínfima de una ausencia.»
En el judaísmo, la precariedad de la condición humana produce una identidad errante, en diáspora, que da el paradójico ejercicio de la forja de una identidad que nada en la nada.
Ante el vacío dejado por el declive de las grandes narrativas tras la caída del Muro de Berlín, las generaciones en ciernes necesitaban viejos mitos actualizados: «La adolescencia del 68 tenía la cabeza repleta de relatos legendarios»
Pero Finkielkraut, vástago del izquierdismo sesentayochista al mismo tiempo que judío imaginario, formaba parte de una identidad hecha a un tiempo de vacío histórico y de opulencia social, de mitologías revolucionarias y anticolonialismo colonial. Esa fractura generacional, abierta en toda su crudeza unas décadas más tarde, cuando la alternativa parecía ser el revisionismo del converso o el empecinamiento nostálgico de la rebeldía juvenil, muestra la vía de fuga que la Europa del siglo XXI habría de padecer. Ante el vacío dejado por el declive de las grandes narrativas tras la caída del Muro de Berlín, las generaciones en ciernes necesitaban viejos mitos actualizados: «La adolescencia del 68 tenía la cabeza repleta de relatos legendarios.»
Así, el pensamiento de Finkielkraut se va configurando en disputa con su condición de judío sin Dios y de izquierdista sin Revolución, empeñado en el intento por escudriñar las peculiaridades de la identidad como síntoma que atraviesa los tiempos postilustrados. Esa identificación se materializa en el lenguaje y en su ritualización, fuerza capaz de dotar de sentido a base de vocablos sagrados, como revolución, democracia, libertad, progreso (palabras-espejo, las llama Finkielkraut), que garantizan la solidez de los lazos de comunión con los cuales los sujetos desamparados se identifican y hallan amparo en un mundo simbólicamente indestructible, pues «son vocablos que no se eligen por su contenido: nos dejamos seducir por su magnificencia.»
LA DERROTA DEL PENSAMIENTO O EL FRACASO ILUSTRADO
En La derrota del pensamiento (1988) Finkielkraut destaca por detectar los síntomas de una crisis que hacía patente el fracaso del proyecto ilustrado: La eclosión de identidades (tribalismos, localismos, orgullos sexuales, folclóricos, feminismo, ideología woke, populismos, nacionalismos étnicos…), la erupción de identidades disgregadoras de la razón común y, por tanto, de los lazos de ciudadanía, de las bases objetivas del saber, el desprestigio del conocimiento bajo el imperio de los afectos, el narcisismo generacional, la persistencia bajo formas renovadas de viejas fobias, como el antisemitismo. La denuncia de esas reacciones a los principios de la Ilustración relegó a Finkilekraut a los márgenes del proscrito por los biempensantes, señalado -como él mismo afirma- con la letra escarlata.
Para entender ese proceso a gran escala, Finkielkraut disecciona las transformaciones sufridas por Europa y sus peripecias hasta las dos grandes guerras a raíz de la sacudida histórica generada por la Revolución francesa y la constitución de los Estados-nación. El vacío de trascendencia abierto trastrueca las dinámicas de poder y deja a expensas de nuevas fuerzas un sujeto político nuevo, las masas, el pueblo, al que costará dar forma cultural e ideológica, como trasunto operativo de una religiosidad obsoleta. Pero Finkielkraut no cedió a la tentación del populismo ni condescendió con la demagógica alabanza de las masas para evitar caer antipático mediáticamente.
La cuestión que se atrevió a dilucidar, a trasmano de las modas intelectuales de la postmodernidad, fue el papel de la tradición, que entendió críticamente, es decir, ni santificando el pasado ni glorificando el futuro, ni repudiando la herencia ni sublimando la innovación, pues la presunta ruptura con la herencia se materializa en una herencia legitimada en cierto modo por su novedad. Los mecanismos de dominación se sofistican y consolidan, no se eliminan. Cambian las modas retóricas a la hora de buscar legitimidad, pero no se produce una inversión real del poder que haga de las elites subordinados de las bases. La disolución del derecho divino en derecho humano no podía fundarse en la inmanencia el poder político. La Humanidad, plural y multiforme, cuando no mera abstracción metafísica, resultó inasequible a un proyecto político global. Finkielkraut confronta, en este punto, las diatribas de Joseph de Maistre contra los espasmos revolucionarios para desvelar sus pulsiones idealistas. Los tradicionalistas, desde su sesgo ideológico, denunciaban las inercias del nuevo ideal, lo cual no deja de resultar amargo para el ilustrado crítico que Finkielkraut trata de ser.
He aquí la aporía fundante de la política contemporánea: la aspiración a una universalización por la vía de los derechos humanos que reemplace la globalización ecuménica de la vieja religión se demuestra inviable y, en su lugar, el enraizamiento en un fondo nacional actualiza en términos políticos las deudas étnicas supuestamente superadas. ¿Cómo resuelve la Historia semejante paradoja? Según Finkielkraut, por la vía de la identidad nacional, condensación histórica, social, demográfica y cultural, con implantación política histórica que, una vez entrada en fase de debilitamiento orgánico en los inicios del siglo XXI, romperá en particularismos, populismos y nacionalismos étnicos, fragmentando los ya de por sí precarios vínculos comunes que, cada vez con menos fuerza, sostienen la civilización.
Finkielkraut nos muestra la secuencia: De la identidad nacional al Volkgeist y la raza. De la raza, deslegitimada tras Auschwitz, a las culturas, nuevo revestimiento de las identidades triunfantes, alentadas por los vientos espirituales del romanticismo en su variante postmoderna, bajo las cuales perecen los principios de la racionalidad común históricamente cristalizados en la civilización occidental, sospechosa por colonialista a partir de ahora: «En cuanto la palabra raza pasa a ser tabú en la Unesco, el modo de pensamiento tipológico y el fetichismo de la diferencia se reconstituyen al amparo del irreprochable concepto de cultura.»
La cultura es la nueva máscara de la raza, pero «no basta reemplazar raza por cultura para terminar con el racismo.»
La cultura es la nueva máscara de la raza, pero «no basta reemplazar raza por cultura para terminar con el racismo.» Por eso, la perspicacia de Finkielkraut se demuestra al detectar el latido del romanticismo en estas formas de la identidad del tercer milenio. La soñada liberación anticolonial -insiste Finkiekraut- acaba, pues, en asfixia identitaria, en dispersión étnica, y la palabra cultura, fuente sagrada de legitimidad, hace de coartada inexpugnable.
De modo que la ideología anticolonialista oficial (UNESCO, ONU…) quizá no sea tanto producto de una suerte de cargo de conciencia del Occidente colonial cuanto el cauce por el cual garantizar la perpetuación de nudos de poder investidos de una renovada legitimidad mediática y política, en una monstruosa confluencia de Joseph de Maistre y Marx. Sin embargo, Finkielkraut atina al indicar que las décadas de final de siglo XX enfilan hacia una fase más allá en la cual Marx también ha quedado rebasado. La obsolescencia histórica del marxismo, consumada a escala política con la caída de la URSS, queda sellada por el relativismo postmoderno, hecho de atomismo étnico, indigenista, narcisista y pequeñoburgués. Lo que habría triunfado es un romanticismo pertinaz, un idealismo trivial, un voluntarismo miope, encogido hasta sus átomos folclóricos o subjetivos (en aras de la Cultura) al servicio de los amos de la nueva sociedad feudal digitalizada.
En este paraíso ilusorio, una de las instituciones destinadas a ser arrasadas por los nuevos tiempos es la escuela republicana, asunto de extrema gravedad que Finkielkraut examina en profundidad también en otros textos. La suplantación de la cultura como formación e instrucción por la cultura como origen, como raíz, como sustrato étnico, como privilegio tectónico, folclórico, abre la vía segura para la difusión global de la incompetencia, para la pauperización del saber, repudiado por imperialista. Lo que no deduce Finkielkraut de esto, aunque sí lo apunta recientemente en La identidad desdichada, es que esta deriva constituye la vía populista hacia la privatización del alto saber por unas elites, una feudalización de la escuela pública de masas. El elitismo del conocimiento y su transmisión no es reemplazado gloriosamente por una igualdad plena, sino por un elitismo miserable, degradante.
Al calor de este dogma, se priorizan los saberes “ancestrales”, indígenas, primitivos frente a los saberes universales, científicos, académicos. Como si la hechicería pudiese explicar la filosofía y las ciencias, y no al revés. Como si la homeopatía fuera superior a la medicina. Los vástagos del tercermundismo y los gurús de la postmodernidad encarnan las versiones actuales de la dialéctica entre poetas y sofistas que acabó con Sócrates.
Bajo la denominada “cultura de la cancelación” el uso de los contenidos culturales del otro es condenada por la santa inquisición woke como invasión ilegítima
Pero este aspecto, propio de la era de la exaltación postmoderna de lo exótico y del mestizaje, ha claudicado en la segunda década del siglo XXI. Bajo la denominada “cultura de la cancelación” el uso de los contenidos culturales del otro es condenada por la santa inquisición woke como invasión ilegítima, como “apropiación cultural” de lo que sólo a los miembros de rancio abolengo de las minorías pertenece. La cultura de la cancelación es la fase superior de la postmodernidad. El postmodernismo se ha hecho tercermundista, los sofistas del nuevo milenio se repliegan al papel de profetas de la defensa de los rasgos culturales que no les pertenecen, en un acto continuado de contrición y espíritu de enmienda por el pecado original de colonialismo occidental. El cliente-rey, el consumidor de tradiciones ajenas se ha convertido en un masoquista o en un penitente que se flagela por usurpar la cultura de las minorías victimizadas. Le queda apenas su defensa folclórica y racista y su consecuente ataque a la objetividad de la razón común, timbre de honor de la civilización agonizante.
LA IDENTIDAD DESDICHADA O EL NARCISO MARCHITO
Treinta años después, la identidad diagnosticada como patología histórica ha entrado en fase de expansión global. En La identidad desdichada (2014), Finkielkraut se reafirma en sus posiciones fundamentales y ajusta el análisis corrigiendo y matizando algunas de sus claves y completándolo en función de los fenómenos históricos de la segunda década del siglo XXI.
Con la perspectiva del tiempo, la supuesta conversión del intelectual se revela más bien como el resultado de la mutación de un mundo que le ha dejado expuesto a retóricas y campos simbólicos, en los cuales el significado de las palabras ha sido trastocado o vaciado. Habrían cambiado las circunstancias más que los principios morales o vitales del intelectual etiquetado ahora de neorreaccionario. Las resistencias del pensador no se deben tanto a la furia del converso cuanto a la pérdida de un universo de sentido conceptual al hilo de las transformaciones políticas, sociales y culturales. Apegarse a una fidelidad tenaz, si bien crítica, a los principios de la Ilustración deja a Finkielkraut, como a otros pensadores de su generación, a los pies de los caballos de la acusación de alta traición a unos ideales que nunca fueron suyos. Recibiendo la etiqueta de revisionista, se enfrenta a los mitos del progreso desde un enfoque que se quiere progresista, ilustrado. La confusión es irremediable mientras el debate no se libre de las distorsiones de la identidad, de la hemiplejía daltónica de las etiquetas.
Que nacionalismos étnicos o lingüísticos, integrismos (como el islámico), indigenismos, tercermundismos, infantilismos y relativismos pasen por ser hoy reivindicaciones de la “izquierda” no impugna la trayectoria de estos pensadores, que se han negado a obstinarse en la nostalgia ideológica, sino que desmiente la autenticidad de tal impostada izquierda, medalla hueca que, como ilusorio circo de espejismos y luces de neón moralizantes, contribuye a aumentar la cuenta de ingresos de multinacionales 2.0. y grandes potencias emergentes. El fenómeno denota la debilidad del modelo de la democracia liberal occidental y explica la renuncia, o la mera incapacidad material, a su expansión por las antiguas colonias o los territorios dominados por otras estructuras de poder.
En esta sacudida histórica se encuadra la crisis de la escuela republicana a partir de los años 70, la consecuente exaltación demagógica de la juventud como valor en sí mismo
En esta sacudida histórica se encuadra la crisis de la escuela republicana a partir de los años 70, la consecuente exaltación demagógica de la juventud como valor en sí mismo, glorificado como consumidor preferente en la inmediatez del consumo compulsivo, y la condición de sospechoso o de obsoleto del saber y, por extensión, de la vejez.
Es otro de los síntomas de la derrota de la Ilustración, acaso uno de los más lacerantes, y de sus fragilidades históricas, las que la abocan al sino de consigna pervertida o corrompida, de arcaísmo obsoleto, barrido por los vientos furiosos de la Historia. La Europa que edificó la venerable tradición de la anti tradición sucumbe rendida ante sus propias contradicciones. Bajo la explosión de las diferencias identitarias, desfallece, como Narciso, hipnotizada por su propio reflejo falaz.
Como describe Saramago en su Ensayo sobre la ceguera, la pérdida de visión es característica de toda pandemia; no se ve (o no se quiere ver) la enfermedad hasta que explota, incluso se niega su existencia o su importancia, y eso hace que las medidas cuando se adoptan resulten tardías. Es lo que ha ocurrido en España: empezamos tarde a enfrentar la enfermedad, y además con medios escasos, o quizás empezamos tarde porque teníamos medios escasos. Al principio, las mascarillas no se consideraban necesarias, no por una equivocada percepción de su utilidad, sino simplemente porque no las había.
Se empezó tarde a combatir la pandemia y además no se hizo bien. Según la académica americana Rachel Kleinfeld, los principales factores que determinan el éxito de una nación para contener la COVID-19 son:
– La experiencia previa del gobierno para gestionar crisis similares.
– El nivel de confianza social de la gente.
– La capacidad de actuación del Estado.
El éxito de la acción de un gobierno frente a la pandemia depende más del cumplimiento voluntario de las disposiciones que de las propias medidas
De esta manera, Taiwán, Corea del Sur, Hong Kong o Singapur aprendieron de la epidemia del SARS de 2002- 2003 y desarrollaron medidas rápidas de contención. En esos y otros países que han combatido con eficacia la COVID-19, la gente tiene altos niveles de confianza en sus instituciones. Y es que el éxito de la acción de un gobierno frente a la pandemia depende más del cumplimiento voluntario de las disposiciones que de las propias medidas. China, Corea del Sur o Singapur están entre los diez primeros países del mundo en cuanto al nivel de confianza de la sociedad en sus gobiernos, por cierto con sistemas políticos bastante diferentes. Por el contrario, en Irán o Italia, la escasa credibilidad de la sociedad en sus instituciones ha provocado contestación e incumplimientos de las normas, de una manera especial tras el prolongado confinamiento (Kleinfeld señala una situación parecida para EE.UU). La capacidad del Estado (coordinación, buena comunicación, suministro de productos sanitarios, atención adecuada a colectivos de riesgo) es finalmente un factor determinante del éxito de la respuesta ante la crisis.
El sencillo modelo de Kleinfeld ayuda a entender la situación española, que no ha tenido ante la pandemia la respuesta necesaria. Se empezó tarde; una buena parte de la sociedad y los partidos políticos de la oposición han manifestado desconfianza ante las decisiones del Gobierno y este no ha actuado precisamente con la eficacia necesaria para afrontar la crisis. La carta a Lancet de catorce especialistas defendiendo la necesidad de una evaluación independiente de la respuesta del Gobierno a la COVID, es significativa.
Así, España se encuentra entre los países más afectados por la pandemia cuyas consecuencias van a resultar dramáticas. Primero, en el plano sanitario. Después en el económico. Y en realidad en todos los aspectos de la vida social de nuestro país.
Hay ya bastantes análisis económicos que ponen de manifiesto la gravedad del problema. Yo quiero tratar las consecuencias demográficas, de muchísimo alcance en un país donde la población presenta ya una situación preocupante.
LA SITUACIÓN DEMOGRÁFICA ANTES DE LA COVID-19
Estos eran los rasgos básicos de nuestra población:
– Teníamos algo más de 47 millones de habitantes.
– Un número de nacimientos (360.000) inferior al de defunciones (417.625).
– Un crecimiento vegetativo negativo (-57.000personas).
– Una tasa muy baja de fecundidad, con 1,23 hijos por mujer.
– Un saldo migratorio positivo (451.391 personas). La población extranjera alcanzaba los 5,2 millones (11,4% de la población española).
– Un crecimiento real positivo gracias a la inmigración.
– 9,2 millones de mayores de 65 años, casi un 20% del total de habitantes.
– 2,8 millones de octogenarios, equivalentes a un 30% de la población mayor.
LAS CONSECUENCIAS DE LA PANDEMIA
a) Todas las variables demográficas están siendo afectadas: la mortalidad, la nupcialidad, la natalidad, las migraciones, la estructura por edades y sexos, la distribución territorial
b) Es pronto para dar cifras definitivas, pero, al menos, se pueden señalar tendencias.
c) La pandemia sigue viva al escribir estas líneas y los datos cambian, todavía de manera significativa, cada día. El análisis que aquí se hace tiene como fecha final de referencia la del 8 de septiembre, cuando terminé de escribir el trabajo. Ese día había 534.513 contagiados y 29.594 fallecidos «oficiales». Evidentemente medio millón de contagiados son muchos, pero quizás convenga relativizar algo la cifra ya que, sobre la población del país, solo suponen el 1,12 %.
La mortalidad. Es el componente más afectado por el momento. En su evolución cabe distinguir tres períodos. Uno de fuerte intensidad relativa que abarca los meses de marzo y sobre todo abril (9.053 y 15.530 muertes). Un segundo de aumento moderado y muy bajo al final (mayo, 2.584 muertes, junio 1.228 y julio, 82). Un tercero de repunte de la mortalidad (agosto 731 fallecidos y desde el 1 al 8 de septiembre alrededor de 500), sin llegar ni de lejos a las cifras del momento álgido de la pandemia.
Una guerra de cifras. He dado hasta ahora los datos oficiales del Ministerio de Sanidad, pero estas cifras han sido discutidas con la información procedente de otras fuentes. El tema se suscitó cuando el INE publicó el exceso de fallecidos sobre los del año anterior para el período 1-1 al 24-5. El volumen fue de 43.945 que contrasta con el que entonces dio el Ministerio de Sanidad (alrededor de 27.000 óbitos y una diferencia de 17.000. No todos fueron provocados por el virus, pero sí muchos porque la mayoría de fallecimientos correspondieron entonces a los mayores de 70 años (86%), que fueron los más afectados por la pandemia.
No es aventurado afirmar que la COVID-19 deja por el momento un panorama de más de 40.000 fallecidos suplementarios (la proyección 2020-2070 da para 2020, 466.583 muertos, 51.500 más que en 2019).
Todos recordamos el período álgido de la pandemia. La «semana trágica» sanitaria fue la del 30 de marzo al 5 de abril, que acumuló un 155% más de muertos que el año anterior y casi el 50% de todos los fallecidos hasta el 24 de mayo. En este período se fueron personas de cualquier edad y condición, pero sobre todo gente de 55 años y más, y especialmente por encima de los 85. Son las generaciones nacidas en los años treinta y cuarenta del siglo pasado que vieron la luz en los años difíciles previos a la Guerra Civil, durante ella o en los tiempos de escasez de la postguerra que han perdido ahora la vida a manos de un enemigo invisible, pero implacable. La muerte se cebó en personas de este perfil:
a) Mayores, especialmente a partir de los 80 años.
b) Con dolencias previas.
c) Viviendo en residencias (casi 20.000 personas, que suponen más de la mitad de los fallecidos).
Hasta los 84 se mueren más varones, mientras que por encima de esa edad se fueron más mujeres, ya que en esos tramos hay más personas del sexo femenino. En cambio, por debajo de 55 se produjo un número bajo de óbitos y apenas diferencias con los ocurridos en años anteriores.
Después de los datos ofrecidos con referencia final al 24-5, el INE siguió ofreciendo sus estadísticas de defunciones, las últimas correspondientes al período 1-1 al 12-8 de 2020. El exceso de fallecidos con relación al último período del año anterior fue de 46.357 óbitos. Como las defunciones «oficiales» en el mismo período fueron 28.579, la diferencia se cifró entonces en 17.778, un poco más de la existente a 24-5.
LA INCIDENCIA EN LOS JÓVENES
Ahora el virus se contagia con más intensidad entre los jóvenes. En las últimas semanas epidemiológicas las personas de 15 a 29 años han acumulado casi un cuarto de los contagios. En cambio, los mayores de 70 años solo contabilizan el 5%. Pero eso no evita que la mortalidad, aunque reducida, siga afectando a los mayores. La de los jóvenes de 15 a 29 es del 0,5% del total de fallecidos; la de los mayores, del 66%.
Es preciso reiterar la llamada a la responsabilidad de los menores de 30 años. Tenemos ahí un nuevo escenario para la solidaridad intergeneracional. Primero la ejercieron los mayores durante los años de la crisis económica anterior. Ahora deben ser los jóvenes con comportamientos que ayuden a salvar la vida de sus abuelos (menos botellones, más distancia de seguridad, más mascarillas…).
Hay tres grandes trasmisores del virus: esos jóvenes menores de 30 años; los llamados negacionistas que ponen en entredicho la gravedad del virus y algunos su propia existencia; y los necesitados, las personas que anteponen su necesidad imperiosa de trabajar a cualquier otra consideración, incluida la posibilidad de estar contagiados (y contagiar a los demás). Contra los negacionistas no caben actuaciones que modifiquen sus comportamientos, convencidos como están de la bondad de sus argumentos. Con los insolidarios o los necesitados sí son posibles medidas de concienciación que amortigüen ese papel protagónico que juegan en la propagación del virus. A todos, instituciones o personas, nos compete esa labor pedagógica de concienciación.
Suponiendo que el coronavirus haya podido causar más de 40.000 muertos, la cifra queda lejos de los 120.000 fallecidos (datos de 2018) por enfermedades del aparato circulatorio o los 112.000 por tumores, pero supera las enfermedades del sistema nervioso, los trastornos mentales, las enfermedades del sistema digestivo o las causas externas de mortalidad (suicidios, accidentes de tráfico, etc.)
Descendiendo al detalle y a título comparativo, en el año 2018 la demencia produjo 21.629 fallecidos, el Alzheimer 14.929, la diabetes 9.921, el cáncer de mama 6.621 y el de próstata 5.841. Y qué lejos quedan los muertos por el virus de los suicidios (3.359) o los accidentes de tráfico (1.896).
La natalidad. Si sobre la mortalidad hay guerra de cifras, sobre la natalidad solo caben pronósticos basados en situaciones previas y el sentido común. Es demasiado pronto para tener datos fidedignos, aunque determinadas informaciones procedentes de hospitales ponen de manifiesto la disminución del número de gestantes. Algunos han vaticinado un rebrote fruto del confinamiento prolongado. Se aducen ejemplos sostenidos o puntuales anteriores, pero creo que no son comparables. No habrá «corona-boom», como sí hubo baby-boom y varias generaciones de «boomers».
La natalidad, que ya está de capa caída (de 2009 a 2019 se redujo en 135.000 nacidos vivos), va a retroceder más. La superación de la crisis de 2008 no supuso una recuperación. El índice de fecundidad es de 1,23 hijos por mujer y la edad a la que se tiene el primer hijo es superior a los 32 años.
La natalidad va a disminuir por dos razones:
– La crisis económica va a posponer nacimientos. Así lo reflejan algunas encuestas a mujeres en edad de procrear (Italia).
– El temor a las posibles consecuencias que para la salud de la madre y el feto pueden deparar los embarazos.
Va a continuar la desigualdad entre hijos deseados (dos para padres y madres) e hijos habidos (1,23).
Solo podría aliviar esta situación la tan deseable y conveniente política de ayuda familiar que la COVID va a retrasar por la necesidad de atender otras urgencias. Haría falta que el Gobierno estableciese acciones para favorecer:
– El acceso a la vivienda de las parejas jóvenes.
– Guarderías en buenas condiciones de precio y horario.
– Medidas de conciliación de vida laboral y familiar.
– Permisos de maternidad y paternidad.
– Subvenciones por hijo.
– Políticas como la francesa o la sueca, desde hace tiempo reclamadas, que probablemente van a sufrir un nuevo retraso.
Y también es más que probable una caída de la nupcialidad, acentuando una tendencia que ya la ha llevado a valores reducidos.
En 2019 se registraron 165.000 matrimonios, unos 12.000 menos que en 2009 (177.000), aunque la cifra más baja fue la de 2013 con solo 156.000. Es posible que en lo que queda de 2020 y a lo largo del año 21 los matrimonios se acerquen a esos mínimos. Quizás lo que puedan aumentar son las parejas de hecho conviviendo juntas ante el temor de nuevos confinamientos, ahora se- guramente parciales.
El aumento de la mortalidad (año 20) y la disminución de la natalidad (año 21) van a provocar una acentuación del crecimiento natural negativo
El aumento de la mortalidad (año 20) y la disminución de la natalidad (año 21) van a provocar una acentuación del crecimiento natural negativo. En 2019 fue de unas 57.000 personas que pueden llegar hasta más de 112.000 en 2020 (hipótesis de la proyección de población 2020-2070 del INE).
La COVID ha afectado a la movilidad, tanto la interna como la externa. La migración internacional venía siendo en los últimos años el factor que corregía el crecimiento interno negativo y nos permitía aumentar la población. A lo largo de 2020 se han interrumpido prácticamente las corrientes internacionales legales (según los datos de la proyección 2020-2070 el saldo de 2019 cifrado en 4.551.391 personas se reduciría en 2020 a 110.000). Además se han parado las cadenas migratorias. Los extranjeros ya instalados aquí no traerán a sus familiares ante el panorama laboral y sanitario que tenemos. Incluso algunos inmigrantes se han ido, buscando otros destinos pretendidamente más seguros y menos golpeados por la crisis económica.
Las corrientes irregulares también han descendido. De enero a julio se redujeron casi un 35% (10.077 entradas frente a las 15.466 de 2019, año en el que ya habían sido menores que en 2018).
Muchos de estos inmigrantes, más los que ya estaban aquí, son los temporeros que trabajan en la recolección de productos agrícolas en diferentes zonas del país. Son personas que han protagonizado brotes de contagio y han sufrido episodios de discriminación. Según un estudio de Cáritas, no tienen días libres y trabajan más de cuarenta horas a la semana, suelen cobrar en negro y reciben un trato a veces humillante. No tenemos datos precisos de estos trabajadores, pero sí sabemos que una buena parte son extranjeros no comunitarios sin permiso de trabajo.
Menos madres extranjeras potenciales supondrán un retroceso en el número de sus hijos, que en la actualidad suponen el 22% del total
La casi desaparición de la inmigración regular y la clara disminución de la irregular van a reducir las remesas hacia los países de origen. A nivel global, el Banco Mundial estima que caerán en un 20% aproximadamente. Eso aumentará la pobreza en las áreas de partida y provocará el aumento del clientelismo político. Además, las restricciones pueden afectar negativamente a la movilidad de refugiados y demandantes de asilo y la sospecha, fundada o no, de que son portadores del virus (algunos pueden serlo) alimentan los episodios de rechazo. La movilidad internacional de todo tipo (una manifestación de la globalización) ha expandido el virus por todas partes y ahora el virus actúa de freno a esa movilidad por las restricciones de entrada. Unos movimientos de tipo económico, pero también una movilidad turística que se ha visto seriamente afectada. España es un claro ejemplo de esta situación. Algunas estimaciones calculan la pérdida de turistas en 54 millones, un 65% respecto a 2019.
La caída en la llegada de inmigrantes extranjeros repercutirá de forma negativa en la natalidad. Menos madres extranjeras potenciales supondrán un retroceso en el número de sus hijos que en la actualidad suponen el 22% del total (80.131 nacimientos de los 360.000 que hubo en España).
ENVEJECIMIENTO Y ESPERANZA DE VIDA
La COVID va a provocar un descenso en la esperanza de vida al nacer no muy significativo, pero sí apreciable (en 2020, 0,9 años, en el caso de los varones y 0,8 en el de la mujeres; esta situación se corregirá en 2021).
Los fallecimientos de mayores de 65 años supondrán un alivio pequeño del envejecimiento (al ser las edades más afectadas), pero esta situación pronto se va a corregir por tres razones:
a) La previsible caída de la natalidad reducirá los porcentajes de población joven, sobre todo a partir del año que viene.
b) El freno del movimiento migratorio reducirá la población adulta-joven.
c) Los fallecidos mayores pronto serán sustituidos por los nacidos en la etapa del «baby-boom», que se inició a mediados de los cincuenta.
El envejecimiento continuará siendo un rasgo característico (y preocupante) de la evolución de la demografía española
Así pues, el envejecimiento continuará siendo un rasgo característico (y preocupante) de la evolución de la demografía española. El porcentaje de personas de 65 años, que en 2019 fue del 19,4% será en 2030 del 24%.
¿Una ruralización posible? La despoblación es un fenómeno preocupante de la realidad española. De los municipios con menos de 5.000 habitantes han perdido población ocho de cada diez. Y de los menores de 1.000 habitantes, nueve de cada diez. Casi la mitad de la superficie del país está en situación de riesgo demográfico (menos de 12,5 habs./Km2) y ocho de cada diez municipios tienen más fallecimientos que nacimientos. Además en los municipios de menos de 5.000 habitantes una de cada cinco personas tiene más de 65 años.
LAS ZONAS RURALES FRENTE A LAS URBANAS
Algunos analistas han señalado un aumento de personas en zonas rurales que por la COVID huyen de los espacios urbanos. Hay provincias de la España interior donde se ha producido un aumento de los empadronados en municipios de menos de 5.000 habitantes de un 10% o algo más. Evidentemente, las zonas rurales tienen algunas ventajas sobre las ciudades para el confinamiento o una movilidad reducida: alojamientos más grandes, menos congestión… Pero tienen algunas desventajas: presencia de una población de riesgo más numerosa, escasez de servicios sanitarios y para los que tienen que trabajar en oficios no rurales, escaso y mal funcionamiento de las conexiones telefónicas e informáticas.
Es verdad que se ha producido un aumento de la demanda de residencias en zonas rurales próximas a las ciudades. Serían zonas semirrurales o semiurbanas. La cercanía a la ciudad permite más y mejores servicios para teletrabajar. Pero no se ha producido una repoblación significativa y generalizada de zonas rurales más alejadas de los núcleos urbanos con pocos habitantes y servicios deficientes. Así pues, el coronavirus ha sido un tímido factor de ruralización y de corrección del despoblamiento con repercusiones estadísticamente poco apreciables.
En resumen. La pandemia ha provocado numerosas crisis: la sanitaria, la gravísima crisis económica, una crisis política, una crisis internacional ante la debilidad que hemos demostrado para combatir la pandemia. A todas ellas tenemos que añadir la demográfica, de la que se habla menos, pero que va a ensombrecer aún más la complicada situación de la población española.
Ojalá llegue pronto una vacuna y remedios eficaces que permitan revertir estas tendencias. Luego habría que hacer algo más porque nuestra evolución demográfica es preocupante.
HITOS MÁS SIGNIFICATIVOS
– El aumento de la mortalidad y la irrupción de un episodio significativo de mortalidad exógena en un país en el que la gente se muere por causas endógenas.
– La acentuación de la caída de la fecundidad y natalidad.
– El retroceso de la nupcialidad y en general de la formación de parejas.
– La intensificación del crecimiento natural negativo.
– La reducción tanto de la inmigración regular como de la irregular
En cambio, el coronavirus no va a modificar sustantivamente el envejecimiento; y en cuanto a la población rural volverán al campo algunos centenares de personas, pero la tendencia no será ni significativa ni generalizada.
De “ensayo de aventuras” ha calificado Luis Landero El infinito en un junco (Siruela), que con 20 ediciones en menos de un año, se ha convertido en un fenómeno editorial. Y como un relato de aventuras comienza: grupos de jinetes, enviados por el rey Ptolomeo de Egipto recorren el mundo conocido en el siglo III a.C, a la búsqueda de libros. El monarca quiere poner el colofón póstumo al sueño de Alejandro Magno. El conquistador macedonio había levantado una ciudad en el delta del Nilo, “la síntesis de Oriente y Occidente”, y quería instalar allí la primera biblioteca del mundo.

El infinito en un junco cuenta la invención del libro en el mundo antiguo, “corredor de fondo” que ha superado la prueba del tiempo. Y aunque el ensayo se refiere a Grecia y Roma, dialoga constantemente con el lector del mundo contemporáneo. La autora lleva años haciéndolo, a través de sus columnas de Heraldo de Aragón -y desde hace unos meses de El País-. Doctora en Filología Clásica por las universidades de Zaragoza y Florencia, Irene Vallejo, es capaz de hacer tremendamente ameno su conocimiento de Grecia y Roma e interpelar al hombre de hoy, al traer al presente los ecos de un mundo solo aparentemente extinguido.
Ya desde el principio, deja clara esa conexión, al emparentar la biblioteca de Alejandría con la World Wide Web de Tim Berners-Lee y con la Biblioteca de Babel de Borges, “alegoría profética del mundo virtual, de la desmesura de internet (…) donde nos extraviamos como fantasmas en un laberinto”.
En el Nilo encuentra Ptolomeo la materia prima de su sueño: el junco de papiro, que “como el coltán de nuestros teléfonos era entonces un bien estratégico”.Tan estratégico que los reyes de Egipto lo convirtieron en monopolio (y no en vano los egiptólogos creen que la palabra papiro tiene la misma raiz que faraón).
La cultura griega y sus signos distintivos -explica la autora- eran como los «McDonald’s y los productos de Apple que uniformizan el mundo».
Foco de la cultura en el mundo antiguo, al que acuden grandes filósofos y matemáticos, Alejandría era la avanzadilla del helenismo, antecedente de la globalización. El griego era el inglés de ahora -explica la autora-; y la cultura griega y sus signos distintivos eran como “los McDonald’s y los productos de Apple que uniformizan el mundo”. Y hasta el Faro de Alejandría, “la última de las siete maravillas de la Antigüedad”, desempeñaba en el siglo III a. C. “la misma función simbólica que las Torres Gemelas”.
Vendrán después los romanos a engrandecer la Biblioteca. Cuenta Vallejo que Marco Antonio puso, como regalo, a los pies de Cleopatra 200.000 volúmenes para la Gran Biblioteca y comenta que “en Alejandría, los libros eran combustible para las pasiones”. Desfilan ante el lector los grandes autores latinos; Vallejo es capaz de sintetizar e interpretar lo mejor de Virgilio o de seguir la peripecia del hispanorromano Marcial (nacido en Bilbilis, Calatayud) que dejó muestra de su genio satírico en los epigramas. Y apunta que hasta el tema de “Fahrenheit 451, de Bradbury”, era ya una realidad en el mundo romano: “un compañero de Agustín de Hipona recitaba todos los poemas de Virgilio -miles y miles de versos-”.
EL ALFABETO, DURADERA PARTITURA DEL LENGUAJE
Nada relacionado con el libro y la escritura escapa al microscopio de la autora. Así, explica el origen fenicio del alfabeto, “las más perfecta partitura del lenguaje y la más duradera”. Y da noticia de la evolución del libro, del papiro al kindle, pasando por la imprenta de Gutenberg. Sin olvidar la tecnología de la escritura, del cálamo al bolígrafo, “genial invento del periodista húngaro Laszló Biró” que tuvo la idea al ver jugar a niños con un balón y comprobar que dejaba rastro al rodar tras haber pasado por un charco de agua.
Vallejo concluye con la desaparición del mundo antiguo, tras la caída del Imperio Romano de Occidente, y la amenaza que para la cultura representaban los bárbaros. Pero cuando el ocaso de los libros parece inevitable, “las fábulas, ideas y mitos de Roma encuentran un paradójico refugio en los monasterios”. Cada monje copista alberga un destello del Museo de Alejandría.
Ese legado ha llegado a los lectores del tercer milenio. Como dice Umberto Eco, el libro “pertenece a la misma categoría que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez inventados no se puede hacer nada mejor”.
El infinito en un junco es un Nilo de información y erudición, tan largo como divertido, con meandros amenos y variopintos -como las experiencias de la propia autora, en Florencia o en la biblioteca Bodleiana de Oxford-. Sin olvidar historias sobre los lazos humanos que trenzan las letras, “signos muertos y fantasmales”: como la de un ebanista llamado Zimmer, tan enamorado de la novela Hiperión, que sacó a su autor, el poeta Hölderlin, de la clínica mental en la que estaba ingresado, y lo cuidó y alimentó durante 36 años.
El amor es uno de los hilos del tapiz tejido por Vallejo. Desde los poemas de Safo hasta ‘El arte de Amar’ de Ovidio.
Precisamente el amor es uno de los hilos del tapiz tejido por Vallejo. Desde los poemas de Safo hasta El arte de Amar de Ovidio. El amor de las madres, el amor de las mujeres, “tejedoras de lazos y de historias”. El infinito en un junco rinde un homenaje a las eternas silenciadas que, sin embargo, tenían mucho que decir. La autora habla de su propia madre que le descubrió la magia de los cuentos; o de Pilar Iranzo, su profesora de Griego del Instituto, que le hizo entender al traducir Antígona o Medea que “las obras clásicas se habían escritos para nosotros”. Tejedoras de historias: desde Madame de Stäel hasta Harper Lee, pasando por Virginia Woolf, Teresa de Avila o Flannery O’Connor, o las patricias romanas como la poetisa Sulpicia o Julia Agripina, esposa de Claudio y madre de Nerón, cuyas memorias perdidas solo conocemos por alusiones.
Las mujeres también son focos de cultura, como la pagana Hipatia de Alejandría, seguidora de Platón, que a finales del siglo IV escribió sobre álgebra y astronomía y fue una intelectual respetada por su sabiduría. Tuvo un trágico final, cuando se produjeron luchas entre cristianos y judíos: una muchedumbre exacerbada, a las órdenes del obispo Cirilo, la secuestró acusándola de bruja, la mataron a golpes, y quemaron los restos. Aunque las sospechas recayeron sobre el obispo Cirilo, como instigador del crimen, no está clara su responsabilidad. Vallejo explica que “las pruebas de lo que hoy llamaríamos autoría intelectual son siempre muy huidizas” y consigna: “no se llevó a cabo una verdadera investigación”.
LIBREROS Y EDITORES, OFICIO DE RIESGO
Vallejo se detiene en las librerías y en los libreros, cuyo trabajo escondido califica de “oficio de riesgo”, entre otras razones por la amenaza de la censura, desde los copistas y libreros que llegaron a ser crucificados por el emperador Domiciano, hasta los que sufrieron la persecución de Hitler. Y apostilla, siguiendo al poeta Heine, que “allí donde queman libros, se acaba quemando personas”.
En su afán por esbozar una enciclopedia informal sobre el libro, la autora llega a hablar de los títulos (“si el libro es un viaje, el título es la brújula”) Desde los de la antigüedad, que se limitaban a titular por las primeras palabras del texto (tradición que siguen los papas en las encíclicas) hasta los títulos “irónicos, poéticos o expresivamente densos” del siglo XX. Aunque Vallejo subraya el carácter “destellante” en su sencillez de Los trabajos y los días, de Hesíodo; Vidas paralelas de Plutarco, o Ciudad de Dios, de Agustín de Hipona.
«El mito platónico de la caverna regresa en ‘Alicia en el país de las Maravillas’ y en ‘Matrix’; ‘Frankenstein’ de Mary Shelley fue imaginado como un moderno Prometeo; ‘Edipo’ se reencarna en ‘rey Lear’; Gilgamesh en Supermán o Séneca en Montaigne», se puede leer en el libro
Y es que todo el libro es un puente entre la filosofía y la vida de la Antigüedad y la del mundo contemporáneo, entre ellos y nosotros. Como en las Metamorfosis de Ovidio, la cultura grecolatina se transforma y sigue palpitando bajo distintos ropajes: Heráclito es “el padre de Proust, con sus oraciones laberínticas llenas de recovecos; de Faulkner y sus monólogos confusos, y de Joyce”. Y su máxima “nadie se baña en el mismo río, imagen acuática de un mundo siempre cambiante remite a Manrique -nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar- y Bauman y su modernidad líquida”.
Y sigue diciendo Vallejo: “El mito platónico de la caverna regresa en Alicia en el país de las Maravillas y en Matrix; Frankenstein de Mary Shelley fue imaginado como un moderno Prometeo; Edipo se reencarna en el desgraciado rey Lear; Gilgamesh en Supermán o Séneca en Montaigne”. Y la autora recuerda que hasta “la Guía Michelin” tiene un sabroso antecedente en la Antigüedad: un ensayo del siglo II incluye a los Siete Grandes Cocineros griegos, cada uno con su especialidad (pescado, lentejas etc.). Y con “una ironía muy actual” aquel librito apunta que “de todos los condimentos, el más importante en la cocina, es la fanfarronería”.
No parece exagerado el elogio del premio Nobel Mario Vargas Llosa ante la declaración de amor de Irene Vallejo al libro, más allá del espacio y del tiempo: “Tengo la seguridad absoluta de que El infinito en un junco se seguirá leyendo cuando sus lectores de ahora estén ya en otra vida”.