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[Este es el tercer perfil de la serie «Influyentes», una selección de algunos de los pensadores que más huella están dejando en nuestra sociedad].

Fernando Savater fue escogido en 2013 entre los 65 pensadores más influyentes del mundo por la revista británica Prospect, que computó 10.000 votos de más de cien países. Pero lo peculiar de nuestro filósofo es que su influencia no se debe ni a sus cátedras (que él siempre se ha tomado cum grano salis: «He vivido de la Universidad, pero nunca para la Universidad ni siquiera realmente en ella») ni al abrumador peso cuantitativo de sus muchas decenas de libros ni siquiera al sinfín de premios y reconocimientos que jalonan su trayectoria.

Su influencia nace de la claridad de su juicio, expresada en una prosa excelente, puesta además en práctica biográfica en vibrantes compromisos públicos. De entre todos los contagiosos libros de ética de Savater, su vida es el principal y el más vigorosamente argumentado.

Su defensa de la prosa clara y útil frente a los experimentalismos de ciertas narrativas vanguardistas (léase La infancia recuperada, 1976), al margen de las demagogias pedagógicas (El valor de educar, 1997) y siempre contra el alambicamiento filosófico de campanillas (Mira por dónde, 2003), le han ganado el agradecimiento de muchos lectores aliviados. Sus libros no sólo se han vendido muy bien, sino que se han leído de verdad. Savater sirve, por tanto, de contrapeso a la añoranza del intelectual influyente que Mario Vargas Llosa detecta como signo de nuestro tiempo.

No habría llegado a tanto público si no hubiese encontrado un cauce natural en el ensayo periodístico

No habría llegado a tanto público si no hubiese encontrado un cauce natural en el ensayo periodístico. Ha contribuido a mantener viva la llama del columnismo español de alta calidad literaria y densidad filosófica, en la estela de un Ortega y Gasset.

A la vez, por su compromiso político, ha sido un émulo de Unamuno, como él mismo se ha descrito: «“ni de los hunos ni de los otros”. Sólo los que fusilan, los que torturan, los que buscan aterrar y desdeñan convencer, me han tenido siempre visceralmente en contra». El peso de su activismo podría llegar a eclipsar, a ojos del observador precipitado, su influencia como pensador, pero eso significaría olvidar el orden de sus factores: «No concibo que el pensamiento facilite la vida; la arriesga, la compromete». Su actividad pública es el corolario de su pensamiento, y éste el precipitado de una manera muy quijotesca de leer. No ha dejado de reconocerse (La tarea del héroe,1982) como un personaje salido de sus novelas y cómics.

Una consecuencia de su optimismo congénito ha sido la generosidad intelectual

Ha denunciado lo que el pesimismo tiene de atajo a la comodidad: «Nunca faltan quienes están deseando escuchar de fuente autorizada que este mundo es una mierda sin remedio para confirmar que hacen bien en no molestarse». Con talante ortodoxamente chestertoniano (cosmovisiones aparte), sostiene: «La alegría no es la conformidad alborozada con lo que ocurre en la vida, sino con el hecho de vivir»; y ha añadido: «Mientras dure la vida y el dolor resulte soportable, no hay que dar por perdida la aventura». Cioran se dio cuenta y en una dedicatoria le escribió: «A F. S., agradeciendo los esfuerzos que hace por ser pesimista». Una consecuencia de su optimismo congénito ha sido la generosidad intelectual. Nadie ha admirado mejor que él, a Voltaire y a Cioran, claro, pero también a tantos escritores en sus antípodas ideológicas: Chesterton, Borges, y Nicolás Gómez Dávila, a los que ha dado un salvoconducto intelectual entre nosotros.

Desde la muerte de su mujer, Sara, no tiene que hacer ningún esfuerzo para fingirse pesimista. Se muestra desolado. Sin embargo, ese amor inmortal no deja de ser un testimonio involuntario, pero impresionante, de la permanencia de lo mejor del espíritu humano. Tiene un centro secreto e inalterable de alegría y esperanza. Como toda su obra y su vida.

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La educación como ejercicio sustancialmente solidario

(Extractos de “El valor de educar”) 

"El valor de educar". Fernando Savater. Ariel, 2018, 232 págs.
“El valor de educar”. Fernando Savater. Ariel, 2018, 232 págs.

«El hombre llega a serlo a través del aprendizaje. Pero ese aprendizaje humanizador tiene un rasgo distintivo que es lo que más cuenta de él. Si el hombre fuese solamente un animal que aprende, podría bastarle aprender de su propia experiencia y del trato con las cosas. Pero si no tuviésemos otro modo de aprendizaje, aunque quizá lográramos sobrevivir físicamente todavía nos iba a faltar lo que de específicamente humanizador tiene el proceso educativo. Porque lo propio del hombre no es tanto el mero aprender como el aprender de otros hombres, ser enseñado por ellos. Nuestro maestro no es el mundo, las cosas, los sucesos naturales, ni siquiera ese conjunto de técnicas y rituales que llamamos “cultura”, sino la vinculación intersubjetiva con otras conciencias.

El destino de cada humano no es la cultura, ni siquiera estrictamente la sociedad en cuanto institución, sino los semejantes

En su choza de la playa, Tarzán quizá puede aprender a leer por sí solo y ponerse al día en historia, geografía o matemáticas utilizando la biblioteca de sus padres muertos, pero sigue sin haber recibido una educación humana que no obtendrá hasta conocer mucho después a Jane, a los watuzi y demás humanos que se le acercarán… a la Chita callando. (…) El destino de cada humano no es la cultura, ni siquiera estrictamente la sociedad en cuanto institución, sino los semejantes. Y precisamente la lección fundamental de la educación no puede venir más que a corroborar este punto básico y debe partir de él para transmitir los saberes humanamente relevantes.

Por decirlo de una vez: el hecho de enseñar a nuestros semejantes y de aprender de nuestros semejantes es más importante para el establecimiento de nuestra humanidad que cualquiera de los conocimientos concretos que así se perpetúan o transmiten. De las cosas podemos aprender efectos o modos de funcionamiento, tal como el chimpancé despierto —tras diversos tanteos— atina a empalmar dos cañas para alcanzar el racimo de plátanos que pende del techo; pero del comercio intersubjetivo con los semejantes aprendemos significados.

(…)  No es lo mismo procesar información que comprender significados. Incluso para procesar información humanamente útil hace falta adquirir ni sostener en aislamiento, sino que depende de la mente de los otros: es decir, de la capacidad de participar en la mente de los otros en que consiste mi propia existencia como ser mental. La verdadera educación no sólo consiste en enseñar a pensar, sino también en aprender a pensar sobre lo que se piensa y este momento reflexivo —el que con mayor nitidez marca nuestro salto evolutivo respecto a otras especies— exige constatar nuestra pertenencia a una comunidad de criaturas pensantes. Todo puede ser privado e inefable —sensaciones, pulsiones, deseos…— menos aquello que nos hace partícipes de un universo simbólico y a lo que llamamos “humanidad”.

Hasta tal punto es así que el primer objetivo de la educación consiste en hacernos conscientes de la realidad de nuestros semejantes. Es decir: tenemos que aprender a leer sus mentes, lo cual no equivale simplemente a la destreza estratégica de prevenir sus reacciones y adelantarnos a ellas para condicionarlas en nuestro beneficio, sino que implica ante todo atribuirles estados mentales como los nuestros y de los que depende la propia calidad de los nuestros. Lo cual implica considerarles sujetos y no meros objetos; protagonistas de su vida y no meros comparsas vacíos de la nuestra.

El sentido de la vida humana no es un monólogo, sino que proviene del intercambio de sentidos, de la polifonía coral

El poeta Auden hizo notar que “la gente nos parece ‘real’, es decir, parte de nuestra vida, en la medida en que somos conscientes de que nuestras respectivas voluntades se modifican entre sí”. Ésta es la base del proceso de socialización (y también el fundamento de cualquier ética sana), sin duda, pero primordialmente el fundamento de la humanización efectiva de los humanos potenciales, siempre que a la noción de «voluntad» manejada por Auden se le conceda su debida dimensión de “participación en lo significativo”. La realidad de nuestros semejantes implica que todos protagonizamos el mismo cuento: ellos cuentan para nosotros, nos cuentan cosas y con su escucha hacen significativo el cuento que nosotros también vamos contando… Nadie es sujeto en la soledad y el aislamiento, sino que siempre se es sujeto entre sujetos: el sentido de la vida humana no es un monólogo, sino que proviene del intercambio de sentidos, de la polifonía coral. Antes que nada, la educación es la revelación de los demás, de la condición humana como un concierto de complicidades irremediables.»

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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.