Compartir:

(Este es el sexto perfil de la serie Influyentes  una selección de algunos de los pensadores que más huella están dejando en nuestra sociedad)

En Cartas de a un joven novelista (1997), Mario Vargas Llosa comienza advirtiendo a su interlocutor que los premios y los reconocimientos no tienen nada que ver con la literatura. Debe de pensarlo, porque ha puesto muchas veces en el tablero mediático su renombre para defender causas que no eran las mayoritarias.

No ha dudado en abordar, desde su impoluto liberalismo clásico, asuntos tan controvertidos como los talleres de masturbación de la Junta de Extremadura, la nueva adicción a las pantallas, la prohibición del velo islámico en Francia, la retirada del crucifijo en Baviera, la primavera árabe y la fiebre de los nacionalismos, etc., sin ponerse nunca de perfil.

Cree que «la cultura debe ejercitar una influencia sobre la vida política, sometiéndola a una continua evaluación crítica e inculcándole valores y formas que le impidan degradarse»

Es más: arrostró y perdió una campaña electoral a la presidencia del Perú, que le dejó los lógicos sinsabores, como ha recogido en sus memorias El pez en el agua (1993). La periodista Emilia Landaluce al describir las vicisitudes que le supuso participar como orador en la manifestación del 8 – O del año 2017 nos ha pergeñado una imagen paradigmática de lo que supone ese compromiso: «Llegó a la tribuna de oradores de milagro, tuvo que abrirse paso entre la gente, a lo largo de un kilómetro, ¡a su edad!»

Vargas Llosa defiende al intelectual comprometido con la realidad social, con una clara vocación de servicio. Cree que «la cultura debe ejercitar una influencia sobre la vida política, sometiéndola a una continua evaluación crítica e inculcándole valores y formas que le impidan degradarse». Tiene claro, en consecuencia, que la actividad pública no debe implicar un relajamiento de las exigencias literarias: «Que el escritor “se comprometa” no puede querer decir que renuncie a la aventura de la imaginación, ni a los experimentos del lenguaje, ni a ninguna de las búsquedas, audacias y riesgos que hacen estimulante el trabajo intelectual, ni que riña con la risa, la sonrisa o el juego».

Para Vargas Llosa, el intelectual ni puede rebajarse a dejar de serlo para intervenir en la vida pública (entonces ya no estaría cumpliendo su función como intelectual) ni debe acomodarse en su torre de marfil. Ambas posturas «desarman moral y políticamente a la cultura de nuestro tiempo». Él reconoce que su fe en el compromiso exigente le convierte —dice— en un dinosaurio, pero en uno que se resiste a la extinción.

En la afilada crónica de una presentación parisina de su antiguo compañero de estudios el filósofo Jean Braudillard, recogida en La sociedad del espectáculo, aplica sus excepcionales dotes de escritor a la crítica de prácticamente todo el Mayo del 68. Disecciona hasta la sátira la pretensión del posmodernismo de negar la realidad. El final es un prodigio de finura literaria: «No me acerqué a saludarlo ni a recordarle los tiempos idos de nuestra juventud, cuando las ideas y los libros nos exaltaban y él aún creía que existíamos».

Se puede aplicar a Vargas Llosa lo que le admira de Borges (Medio siglo con Borges, 2020): «El escritor latinoamericano había olvidado algo que, en cambio, nuestros clásicos, como el Inca Garcilaso o Sor Juana Inés de la Cruz, jamás pusieron en duda: que era parte constitutiva, por derecho de lengua y de historia, de la cultura occidental», pero llegó Borges y ejerció su occidentalidad sin extrañezas.

Apenas ha habido inquietud intelectual, conmoción cultural o debate político de nuestro mundo en que Vargas Llosa no haya ejercido su pleno derecho a voz y a voto, sin atenerse a los eslóganes de marketing literario ni a las ideologías prêt-à-porter del novelista profesionalmente latinoamericano ni a las opiniones estereotipadas. Gracias a ello, él, contra su propio pesimismo, ha sostenido en vilo la figura del gran intelectual influyente.

__________________________________________________

El eclipse del intelectual 

(Extractos del primer capítulo de “La civilización del espectáculo”, libro reseñado en el número 138 de Nueva Revista por nuestro editor Miguel Ángel Garrido)

La civilización del espectáculo. Vargas Llosa. Alfaguara. 2012. 232 págs.
La civilización del espectáculo. Vargas Llosa. Alfaguara. 2012. 232 págs.

«Tampoco es casual que, así como en el pasado los políticos en campaña querían fotografiarse y aparecer del brazo de eminentes científicos y dramaturgos, hoy busquen la adhesión y el patrocinio de los cantantes de rock y de los actores de cine, así como de estrellas del fútbol y otros deportes. Éstos han reemplazado a los intelectuales como directores de conciencia política de los sectores medios y populares y ellos encabezan los manifiestos, los leen en las tribunas y salen a la televisión a predicar lo que es bueno y es malo en el campo económico, político y social. En la civilización del espectáculo, el cómico es el rey. Por lo demás, la presencia de actores y cantantes no sólo es importante en esa periferia de la vida a cargos tan importantes como la presidencia de Estados Unidos y la gobernación de California. Desde luego, no excluyo la posibilidad de que actores de cine y cantantes de rock o de rap y futbolistas puedan hacer estimables sugerencias en el campo de las ideas, pero sí rechazo que el protagonismo político de que hoy día gozan tenga algo que ver con su lucidez o inteligencia. Se debe exclusivamente a su presencia mediática y a sus aptitudes histriónicas.

 En la civilización del espectáculo, el intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón

Porque un hecho singular de la sociedad contemporánea es el eclipse de un personaje que desde hace siglos y hasta hace relativamente pocos años desempeñaba un papel importante en la vida de las naciones: el intelectual. Se dice que la denominación de «intelectual» sólo nació en el siglo XIX, durante el caso Dreyfus, en Francia, y las polémicas que desató Émile Zola con su célebre «Yo acuso», escrito en defensa de aquel oficial judío falsamente acusado de traición a la patria por una conjura de altos mandos antisemitas del Ejército francés. Pero, aunque el término «intelectual» sólo se popularizara a partir de entonces, lo cierto es que la participación de hombres de pensamiento y creación en la vida pública, en los debates políticos, religiosos y de ideas, se remonta a los albores mismos de Occidente.

Estuvo presente en la Grecia de Platón y en la Roma de Cicerón, en el Renacimiento de Montaigne y Maquiavelo, en la Ilustración de Voltaire y Diderot, en el Romanticismo de Lamartine y Víctor Hugo y en todos los períodos históricos que condujeron a la modernidad. Paralelamente a su trabajo de investigación, académico o creativo, buen número de escritores y pensadores destacados influyeron con sus escritos, pronunciamientos y tomas de posición en el acontecer político y social, como ocurría cuando yo era joven, en Inglaterra con Bertrand Russell, en Francia con Sartre y Camus, en Italia con Moravia y Vittorini, en Alemania con Günter Grass y Enzensberger, y lo mismo en casi todas las democracias europeas. Basta pensar, en España, en las intervenciones en la vida pública de José Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno (…)

Conscientes de la desairada situación a que han sido reducidos por la sociedad en la que viven, la mayoría ha optado por la discreción o la abstención en el debate público. Confinados en su disciplina o quehacer particular, dan la espalda a lo que hace medio siglo se llamaba «el compromiso» cívico o moral del escritor y el pensador con la sociedad. Hay excepciones, pero, entre ellas, las que suelen contar —porque llegan a los medios— son las encaminadas más a la autopromoción y el exhibicionismo que a la defensa de un principio o un valor. Porque, en la civilización del espectáculo, el intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón.

 ¿Qué ha conducido al empequeñecimiento y volatilización del intelectual en nuestro tiempo? Una razón que debe considerarse es el descrédito en que varias generaciones de intelectuales cayeron por sus simpatías con los totalitarismos nazi, soviético y maoísta, y su silencio y ceguera frente a horrores como el Holocausto, el Gulag soviético y las carnicerías de la Revolución Cultural china. (…)

Otra característica de ella es el empobrecimiento de las ideas como fuerza motora de la vida cultural. Hoy vivimos la primacía de las imágenes sobre las ideas. Por eso los medios audiovisuales, el cine, la televisión y ahora Internet han ido dejando rezagados a los libros, los que, si las predicciones pesimistas de un George Steiner se confirman, pasarán dentro de no mucho tiempo a las catacumbas».

_________________________________________________


Compartir:

Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.