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Simone Weil: la verdad antes que la propia vida

No es de extrañar que Simone Weil (París, 1909-Ashford, Reino Unido, 1943) deslumbrara a Albert Camus e incomodara a Simone de Beauvoir. Como no es de extrañar que a medida que se desentierran textos menos conocidos o difundidos se atice una curiosidad inusitada. Su innegociable libertad a la hora de pensar y debatir está aquí intacta, y resulta tan estimulante como esclarecedora. Aunque se había publicado en Argentina en 1957 por la Editorial Sudamericana, estaba descatalogada esta gavilla que, bajo el epígrafe Opresión y libertad, recoge “ensayos de crítica social y política”. Con una nueva y límpida traducción de Luis González Castro, a partir de la edición de Gallimard de 1955, estos textos fueron en su mayoría escritos entre 1933 y 1934, salvo el último, inacabado, ya que está datado el año de su muerte, cuando al parecer se dejó morir como protesta ante el alto mando aliado, que se negó de plano a que fuera arrojada en paracaídas para unirse a la resistencia francesa. Hubiera sido otro tipo de suicidio, dada su precaria condición física y su mermada salud. Su mente, sin embargo, seguía hirviendo de verdad.

 

Simone Weil: Opresión y libertad.
Página indómita 2020. Traducción: Luis González Castro. 192 pág. 19 €

Este pequeño volumen atrae desde su portada, con una fotografía de Simone Weil en plenitud y con un fondo azul celeste, aunque mucho me temo que no sería de su agrado: por poner su imagen como reclamo, algo contrario a su sentido del pudor, y por ese azul tan grato que no es precisamente lo que busca su pensamiento. Pero el lector contemporáneo lo agradece.

Es imprescindible señalar que los textos más vibrantes fueron escritos en una época especialmente crítica en Europa, a comienzos de los años 30, con el irresistible ascenso del nacionalsocialismo en Alemania y el afianzamiento de la Revolución de Octubre con la política atroz de Stalin. Es en ese escenario donde Simone Weil aplica con una lucidez pormenorizada su análisis de las esperanzas políticas del marxismo y sus falacias científicas. Como lo que pretende esta breve reseña es sobre todo invitar a leer y a que el lector juzgue por sí mismo, me limitaré a levantar acta de algunos de los hallazgos de una lectura en la que la “filósofa, mística y activista social” (así la califican en la solapa) se esmera sobre todo en hacerse entender con un lenguaje claro y asequible a quien esté dispuesto a prestar atención. Se trata de nueve ensayos de diferente extensión. Los más jugosos publicados en La Critique Social y La Révolution prolétarienne. Si algo engloba todo el volumen es la cita que abre el primer texto, ‘Perspectivas: ¿Nos dirigimos hacia la revolución proletaria?’, de sus amados clásicos griegos. Pertenece a la tragedia Áyax, de Sófocles: “Desprecio al mortal que se anima con esperanzas vanas”. Si hay algo que buscará la autora con denuedo, contra todo y contra todos, es la verdad.

Crítica con la revolución comunista

En los primeros compases ya ofrece también una de las deducciones de su pensamiento radical. Tras reconocer que a lo largo de toda la historia los hombres han “luchado, sufrido y muerto para emancipar a los oprimidos”, cuando han tenido éxito “no han tenido otro resultado que el de reemplazar un régimen de opresión por otro”. Aunque en más de una ocasión manifiesta su admiración por Karl Marx, mucho antes que la mayoría de los intelectuales que se dicen de izquierdas (1933) dice lo que sabe sobre la Revolución de Octubre: “desde hace unos quince años, reina sobre una sexta parte del globo un Estado tan opresivo como cualquier otro, y que no es ni capitalista ni obrero. Ciertamente, Marx no previó nada similar, pero amamos la verdad incluso más de lo que amamos al propio Marx”.

Leer a Simone Weil es como asistir con asombro a un pensamiento en acción, un cerebro hirviendo. Sus reflexiones sobre la tecnología y la burocracia resultan hoy tan pertinentes como entonces, una burocracia (sindical, industrial y del Estado) que en su deshumanización del obrero es igual de despreciable tanto en el territorio capitalista como en el llamado socialista. Brilla a la hora de desmantelar la forma de razonar de Lenin: un método que “consiste en reflexionar para refutar, estando ya dada la solución antes de la investigación”. ¿Dónde radica la solución? En “el Partido, del mismo modo que para el católico viene dada por la Iglesia”. Tras reiterar (en el ‘Examen crítico de las ideas de revolución y progreso’) que “si la Revolución de Octubre en Rusia parece haber creado algo nuevo, se trata simplemente de eso: una apariencia; tan solo ha reforzado los poderes que eran los únicos reales bajo el zarismo: la burocracia, la policía y el ejército”, pero de forma mucho más eficaz e implacable, es en los dos últimos textos donde hallamos ideas dignas de ser atendidas y examinadas. Si en ‘Fragmentos, Londres, 1943’, señala que de “la interpretación marxista de la historia, no se puede decir nada el respecto, porque no existe”, en ‘¿Existe una doctrina marxista?’, subraya que “la única contribución real de Marx a la ciencia social consiste en haber postulado la necesidad de tal ciencia”, porque respecto a la cara expresión para la feligresía comunista de “socialismo científico”, el adjetivo científico “no es más que una ficción. O quizá habría que decir más crudamente que es una mentira”. Simone Weil piensa que Marx era “incapaz de realizar un verdadero esfuerzo de pensamiento científico, porque no le interesaba el asunto. A este materialista solo le interesaba la justicia. Estaba obsesionado con ella”. A Simone Weil también le obsesiona la justicia, pero no a costa de la verdad.

Así conformó el ferrocarril la conciencia europea

Cuando estalla en París la revolución de 1848, el joven escritor Iván Turguénev, de apenas treinta años, escribe en su cuaderno: “¡Una revolución sin mí!”. “En media hora estaba vestido y camino de la estación para subirse a un tren con destino a la capital francesa”. Lo cuenta el historiador Orlando Figes, y esa imagen de Turguénev yendo en tren a la revolución sintetiza bien la importancia del ferrocarril, que está en la base de los cambios ocurridos en la segunda mitad del siglo XIX, cambios (sobre todo culturales) que son el objeto de su último libro.


Orlando Figes: Los europeos. Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita. Taurus, 2020


Profesor en la Universidad de Londres, Orlando Figes (1959) se ha especializado en historia de Rusia. En este campo, su obra más importante es una muy galardonada historia de la revolución rusa. Pero es también autor de El baile de Natacha. Una historia cultural de Rusia y de un curioso trabajo sobre la represión estaliniana, Los que susurran, muy basado en las vidas privadas y testimonios personales de quienes la sufrieron (todos, disponibles en español en Edhasa).

El que presenta ahora (Los europeos. Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita, Taurus) se puede emparentar con facilidad con los dos últimos: se trata de historia cultural de tono narrativo y tiene como hilo argumental las tres vidas del subtítulo. Estas son las del escritor Iván Turguénev (1818-1883) y el matrimonio compuesto por la cantante de origen español Pauline Viardot (1821-1910; de soltera, García) y el multifacético Louis Viardot (1800-1883). Los tres, además de formar un triángulo amistoso y amoroso, constituyeron el núcleo de un entramado de relaciones y contactos que dio excelentes resultados culturales a lo largo del siglo XIX.

UNA NUEVA ERA DE LA CULTURA EUROPEA

Su madurez personal coincidió con la llegada del ferrocarril, invento representativo del siglo que es el otro gran protagonista del relato, sin el cual nada de lo que ocurrió y pormenorizadamente recoge Figes hubiera sido posible. Los ferrocarriles trajeron una nueva era para la cultura europea. Al acortar drásticamente los tiempos de los viajes acercaron a unos europeos a otros, facilitaron intercambios, abrieron mercados (para los libros, los cuadros o las partituras), permitieron giras de orquestas y lograron, en fin, que un número considerable de europeos reconociera sus rasgos comunes, “su propia europeidad, los valores e ideales que compartían con otros pueblos de Europa, por encima de su nacionalidad particular”. La era del ferrocarril trajo el primer periodo de la globalización cultural. La conclusión es también una premisa del libro, ya que en sus páginas se contempla a Europa como un todo.

Sin el ferrocarril, invento representativo del siglo XIX, nada de lo que ocurrió -recoge Figes pormenorizadamente-hubiera sido posible

Alrededor de la columna vertebral que es la cronología y la trayectoria vital de los tres protagonistas –que, sin ser omnipresentes, nunca desaparecen del relato-, Los europeos toca multitud de asuntos, referidos especialmente a la ópera, la música, el arte y la literatura, pero también el ocio y los viajes, relacionándolos siempre con el mercado y los aspectos económicos, deteniéndose muy a menudo en los precios de las obras o los sueldos de los artistas.

Trabajo de más que notable erudición, combina los datos y argumentos que sustentan la tesis principal (la formación de esa cultura europea o cosmopolita) con una gran cantidad de información que no excluye detalles curiosos, poco conocidos del lector medio, como el punto de partida que La educación sentimental tiene en la propia biografía de Flaubert o que la primera vez que se interpretó el dueto amoroso de la segunda parte de Tristán e Isolda fuera a cargo del propio Wagner y Pauline Viardot en la casa parisina de esta. Sirvan estos dos ejemplos como mínima muestra de la erudición y el tono del libro, así como de lo que le cabe esperar al lector.

También serán muchos los lectores que descubran en estas páginas al atractivo matrimonio Viardot. Hermana de la cantante María Malibrán, ella pertenecía a una de las varias familias de cantantes, bailarines o instrumentistas existentes a la sazón; sólo que la suya fue “la de más talento, la más prolífica y la que mayor éxito alcanzó”, o, al decir de Franz Liszt, “una familia donde el genio parecía ser hereditario”. Para George Sand, que la tomó como modelo de uno de sus personajes, encarnaba el ideal feminista de libertad y autonomía artísticas. Él, una de las principales figuras de los círculos intelectuales de París a finales de los 30, fue un activista republicano con una filosofía cultural internacionalista, editor, director de ópera, investigador especializado en España, crítico, escritor, traductor, experto en arte, coleccionista, lo más parecido a un hombre del Renacimiento en el siglo XIX. De carácter apacible, llevó con elegancia las relaciones de su joven mujer con Turguénev, del que nunca dejó se ser amigo. Alrededor del trío, aparecen con mayor o menor intensidad nombres como Rossini, Schumann, Meyerbeer, Offenbach, George Sand, Chopin, Wagner, Gounod, Flaubert, Courbet, Dickens, Berlioz, Victor Hugo, Dostoievski, Henry James…

REVOLUCIONES CULTURALES Y CAMBIOS TECNOLÓGICOS

Figes, que toca muy de pasada las importantes revoluciones políticas del periodo (las Jornadas de 1830 que acabaron con la Restauración y entronizaron al rey burgués Luis Felipe, la primavera de los pueblos del 48 o la Comuna de París del 71, si bien constata que la segunda pasó de parisina a europea por los periódicos, el telégrafo y el tren), entra a fondo en las revoluciones culturales, propiciadas por cambios tecnológicos, que le interesan y son objeto de su trabajo. El primero de los cambios tecnológicos –queda dicho- fue el ferrocarril, que hizo que circularan con más rapidez las mercancías, pero también las personas y, junto con el telégrafo, las cartas, las noticias y la información, todo lo cual produjo un mayor sentido general de pertenencia a Europa y el desarrollo de una cultura paneuropea. El ferrocarril impulsó la circulación internacional de la música, la literatura y el arte europeos, hizo que los costes del transporte de libros experimentaran una reducción drástica y que surgieran librerías en las ciudades de provincias. El ferrocarril rediseñó el mapa cultural de Europa. Otro invento importante fue la litografía, que creó la industria de las partituras, la cual cambió a su vez la forma en que los compositores se ganaban la vida, y abrió un mercado internacional para las reproducciones baratas de libros y cuadros. Junto a estos cambios tecnológicos hubo otros de distinto tipo, como el aumento de la alfabetización que influyeron también en el aumento de las ventas de libros.

Al acortar los tiempos de los viajes, el tren facilitó intercambios, abrió mercados… sirvió para que un número considerable de europeos reconociera sus rasgos comunes, “su propia europeidad”

Con todo, ese camino a una nueva conciencia europea no fue lineal. El ideal europeísta tuvo siempre enfrente a ese otro invento del siglo, el nacionalismo. La guerra franco-prusiana de 1870 supuso un primer batacazo para la cultura cosmopolita que estaba cuajando (“¡Qué prueba para la civilización europea!”, escribió George Sand); y, ya en la siguiente centuria se hizo añicos en los campos de batalla de la Gran Guerra. Pero, tras la paz de 1918, se hizo realidad la idea de una “cultura europea como síntesis de estilos artísticos y obras de todo el continente y como identidad basada en unos valores e ideas comunes”.

Jalones y aspectos de ese camino son las exposiciones universales, el desarrollo y el poder de la prensa, la identificación de la música clásica (Beethoven, Haydn, Mozart) que, en las décadas centrales del siglo, empieza a distinguirse de la música popular; las leyes sobre derechos de autor, la moda de la fotografía y su influencia en la pintura y las novelas; o los viajes, que popularizan lo que, antes del tren, era un elitista Grand Tour, dando origen a la palabra turista.

LAMENTOS DECIMONÓNICOS POR LA GLOBALIZACIÓN

Es difícil no sonreír ante los lamentos decimonónicos por las “botellas rotas y fragmentos de The Daily Telegraph” que alfombran zonas verdes antes no holladas o (este, del poeta Heine) por “encontrar turistas ingleses pululando por todas partes”. No fue el único fenómeno que empezó entonces y se mantiene hoy (en el caso del turismo, muy aumentado y sustituyendo –digamos- ingleses por japoneses). Las imposiciones de las leyes del mercado sobre la cultura también son muy reconocibles. La necesidad de que la cultura fuera rentable llevó, concretamente en el campo de la ópera, a que los programas se fueron centrando cada vez más en los éxitos probados, dando lugar a un creciente conservadurismo musical y a que descendiera la producción de óperas nuevas. Surgió así un repertorio operístico estándar de alcance mundial, de modo que se podía escuchar la misma selección de óperas en París, Londres, Milán, Nápoles, Madrid, Berlín, Viena o San Petersburgo. Un canon de hecho –Don Giovanni, El barbero de Sevilla, Lucia de Lammermoor, Norma, Rigoletto, La Traviata– que hoy se mantiene en buena medida.

Figes sostiene que se llegó a una uniformidad por el auge de la traducción, que todas las novelas nacionales eran imitaciones de la francesa, y que toda Europa estaba leyendo los mismos libros

El repertorio estándar o el canon es otra de las conclusiones del libro. Se dio también en la novela (Antonio Muñoz Molina ha rechazado recientemente el término novela del XIX, defendiendo el plural por considerar que las novelas del XIX fueron muy distintas entre sí). Figes sostiene que se llegó a una uniformidad por el auge de la traducción, que todas las novelas nacionales eran imitaciones de la francesa, y que toda Europa estaba leyendo los mismos libros. Las ediciones masivas de obras clásicas en series coleccionables y las bibliotecas que seleccionaban libros populares (de nuevo el mercado) también contribuyeron. Se dio en el urbanismo, las reformas de Haussmann fueron el modelo para la renovación de otras capitales. Y se dio en el campo del arte, apoyado en las populares guías de museos, los libros ilustrados y la reproducción de obras de arte. Y al asimilar la estética impresionista (son jugosas las páginas dedicadas a este movimiento y cómo se abrió paso contracorriente, con el apoyo del mecenas y marchante Paul Durand-Ruel), empezó a surgir por primera vez en la historia un estilo de arte genuinamente europeo.

Todo lo dicho no agota los contenidos de un trabajo lleno de información y sugerencias. La figura de Turguénev, un cosmopolita europeo, es otro de sus pilares. Turguénev fue el gran intermediario que dio a conocer la literatura rusa en Europa y viceversa. Alguien que, como el Potugin de su novela Humo, “creía solo en la civilización europea”. Un recordatorio muy pertinente que añade interés al libro de Figes.

Vargas Llosa, un literato comprometido con la realidad social

(Este es el sexto perfil de la serie Influyentes  una selección de algunos de los pensadores que más huella están dejando en nuestra sociedad)

En Cartas de a un joven novelista (1997), Mario Vargas Llosa comienza advirtiendo a su interlocutor que los premios y los reconocimientos no tienen nada que ver con la literatura. Debe de pensarlo, porque ha puesto muchas veces en el tablero mediático su renombre para defender causas que no eran las mayoritarias.

No ha dudado en abordar, desde su impoluto liberalismo clásico, asuntos tan controvertidos como los talleres de masturbación de la Junta de Extremadura, la nueva adicción a las pantallas, la prohibición del velo islámico en Francia, la retirada del crucifijo en Baviera, la primavera árabe y la fiebre de los nacionalismos, etc., sin ponerse nunca de perfil.

Cree que «la cultura debe ejercitar una influencia sobre la vida política, sometiéndola a una continua evaluación crítica e inculcándole valores y formas que le impidan degradarse»

Es más: arrostró y perdió una campaña electoral a la presidencia del Perú, que le dejó los lógicos sinsabores, como ha recogido en sus memorias El pez en el agua (1993). La periodista Emilia Landaluce al describir las vicisitudes que le supuso participar como orador en la manifestación del 8 – O del año 2017 nos ha pergeñado una imagen paradigmática de lo que supone ese compromiso: «Llegó a la tribuna de oradores de milagro, tuvo que abrirse paso entre la gente, a lo largo de un kilómetro, ¡a su edad!»

Vargas Llosa defiende al intelectual comprometido con la realidad social, con una clara vocación de servicio. Cree que «la cultura debe ejercitar una influencia sobre la vida política, sometiéndola a una continua evaluación crítica e inculcándole valores y formas que le impidan degradarse». Tiene claro, en consecuencia, que la actividad pública no debe implicar un relajamiento de las exigencias literarias: «Que el escritor “se comprometa” no puede querer decir que renuncie a la aventura de la imaginación, ni a los experimentos del lenguaje, ni a ninguna de las búsquedas, audacias y riesgos que hacen estimulante el trabajo intelectual, ni que riña con la risa, la sonrisa o el juego».

Para Vargas Llosa, el intelectual ni puede rebajarse a dejar de serlo para intervenir en la vida pública (entonces ya no estaría cumpliendo su función como intelectual) ni debe acomodarse en su torre de marfil. Ambas posturas «desarman moral y políticamente a la cultura de nuestro tiempo». Él reconoce que su fe en el compromiso exigente le convierte —dice— en un dinosaurio, pero en uno que se resiste a la extinción.

En la afilada crónica de una presentación parisina de su antiguo compañero de estudios el filósofo Jean Braudillard, recogida en La sociedad del espectáculo, aplica sus excepcionales dotes de escritor a la crítica de prácticamente todo el Mayo del 68. Disecciona hasta la sátira la pretensión del posmodernismo de negar la realidad. El final es un prodigio de finura literaria: «No me acerqué a saludarlo ni a recordarle los tiempos idos de nuestra juventud, cuando las ideas y los libros nos exaltaban y él aún creía que existíamos».

Se puede aplicar a Vargas Llosa lo que le admira de Borges (Medio siglo con Borges, 2020): «El escritor latinoamericano había olvidado algo que, en cambio, nuestros clásicos, como el Inca Garcilaso o Sor Juana Inés de la Cruz, jamás pusieron en duda: que era parte constitutiva, por derecho de lengua y de historia, de la cultura occidental», pero llegó Borges y ejerció su occidentalidad sin extrañezas.

Apenas ha habido inquietud intelectual, conmoción cultural o debate político de nuestro mundo en que Vargas Llosa no haya ejercido su pleno derecho a voz y a voto, sin atenerse a los eslóganes de marketing literario ni a las ideologías prêt-à-porter del novelista profesionalmente latinoamericano ni a las opiniones estereotipadas. Gracias a ello, él, contra su propio pesimismo, ha sostenido en vilo la figura del gran intelectual influyente.

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El eclipse del intelectual 

(Extractos del primer capítulo de “La civilización del espectáculo”, libro reseñado en el número 138 de Nueva Revista por nuestro editor Miguel Ángel Garrido)

La civilización del espectáculo. Vargas Llosa. Alfaguara. 2012. 232 págs.
La civilización del espectáculo. Vargas Llosa. Alfaguara. 2012. 232 págs.

«Tampoco es casual que, así como en el pasado los políticos en campaña querían fotografiarse y aparecer del brazo de eminentes científicos y dramaturgos, hoy busquen la adhesión y el patrocinio de los cantantes de rock y de los actores de cine, así como de estrellas del fútbol y otros deportes. Éstos han reemplazado a los intelectuales como directores de conciencia política de los sectores medios y populares y ellos encabezan los manifiestos, los leen en las tribunas y salen a la televisión a predicar lo que es bueno y es malo en el campo económico, político y social. En la civilización del espectáculo, el cómico es el rey. Por lo demás, la presencia de actores y cantantes no sólo es importante en esa periferia de la vida a cargos tan importantes como la presidencia de Estados Unidos y la gobernación de California. Desde luego, no excluyo la posibilidad de que actores de cine y cantantes de rock o de rap y futbolistas puedan hacer estimables sugerencias en el campo de las ideas, pero sí rechazo que el protagonismo político de que hoy día gozan tenga algo que ver con su lucidez o inteligencia. Se debe exclusivamente a su presencia mediática y a sus aptitudes histriónicas.

 En la civilización del espectáculo, el intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón

Porque un hecho singular de la sociedad contemporánea es el eclipse de un personaje que desde hace siglos y hasta hace relativamente pocos años desempeñaba un papel importante en la vida de las naciones: el intelectual. Se dice que la denominación de «intelectual» sólo nació en el siglo XIX, durante el caso Dreyfus, en Francia, y las polémicas que desató Émile Zola con su célebre «Yo acuso», escrito en defensa de aquel oficial judío falsamente acusado de traición a la patria por una conjura de altos mandos antisemitas del Ejército francés. Pero, aunque el término «intelectual» sólo se popularizara a partir de entonces, lo cierto es que la participación de hombres de pensamiento y creación en la vida pública, en los debates políticos, religiosos y de ideas, se remonta a los albores mismos de Occidente.

Estuvo presente en la Grecia de Platón y en la Roma de Cicerón, en el Renacimiento de Montaigne y Maquiavelo, en la Ilustración de Voltaire y Diderot, en el Romanticismo de Lamartine y Víctor Hugo y en todos los períodos históricos que condujeron a la modernidad. Paralelamente a su trabajo de investigación, académico o creativo, buen número de escritores y pensadores destacados influyeron con sus escritos, pronunciamientos y tomas de posición en el acontecer político y social, como ocurría cuando yo era joven, en Inglaterra con Bertrand Russell, en Francia con Sartre y Camus, en Italia con Moravia y Vittorini, en Alemania con Günter Grass y Enzensberger, y lo mismo en casi todas las democracias europeas. Basta pensar, en España, en las intervenciones en la vida pública de José Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno (…)

Conscientes de la desairada situación a que han sido reducidos por la sociedad en la que viven, la mayoría ha optado por la discreción o la abstención en el debate público. Confinados en su disciplina o quehacer particular, dan la espalda a lo que hace medio siglo se llamaba «el compromiso» cívico o moral del escritor y el pensador con la sociedad. Hay excepciones, pero, entre ellas, las que suelen contar —porque llegan a los medios— son las encaminadas más a la autopromoción y el exhibicionismo que a la defensa de un principio o un valor. Porque, en la civilización del espectáculo, el intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón.

 ¿Qué ha conducido al empequeñecimiento y volatilización del intelectual en nuestro tiempo? Una razón que debe considerarse es el descrédito en que varias generaciones de intelectuales cayeron por sus simpatías con los totalitarismos nazi, soviético y maoísta, y su silencio y ceguera frente a horrores como el Holocausto, el Gulag soviético y las carnicerías de la Revolución Cultural china. (…)

Otra característica de ella es el empobrecimiento de las ideas como fuerza motora de la vida cultural. Hoy vivimos la primacía de las imágenes sobre las ideas. Por eso los medios audiovisuales, el cine, la televisión y ahora Internet han ido dejando rezagados a los libros, los que, si las predicciones pesimistas de un George Steiner se confirman, pasarán dentro de no mucho tiempo a las catacumbas».

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Thilo Sarrazin: Un pensador “explosivo” y a contracorriente

[Este es el quinto perfil de la serie Influyentes, una selección de algunos de los pensadores que más huella están dejando en nuestra sociedad.]

El libro Alemania se autodestruye es perturbador por varias razones. La más sobresaliente se relaciona con la demografía. Thilo Sarrazin cita que las mujeres alemanas (autóctonas) apenas dan a luz, si es que dan, mientras que las musulmanas proporcionan familias numerosas. Como la tendencia se sostiene ya desde los años sesenta, el poder real alemán baja aceleradamente.

Sarrazin subraya que no defiende la eugenesia ni se considera racista. Lo que propone son políticas para promocionar el índice de fertilidad entre las mujeres «más inteligentes». Porque si las «menos inteligentes» (las musulmanas) tienen más hijos que las «más inteligentes» (las alemanas), Deutschland seguirá decayendo. Alemania ya habría ido considerablemente a menos por este y dos motivos más: los gastos sociales del Estado y la pérdida de la calidad de enseñanza. Se estaría «autodestruyendo», con sus 16 millones de inmigrantes, de los cuales unos cuatro millones son de origen islámico.

«Mujeres alemanas inteligentes». «Musulmanas no tanto». Afirmaciones como estas han provocado que muchos se preguntaran si esconden un gen nazi. Sarrazin argumenta de otra forma: la inteligencia es una cualidad del ser humano con un componente hereditario muy fuerte. «La ciencia coincide en que la inteligencia medible, entre el 50 y el 80 por ciento, se transmite de padres a hijos». Cuando se le reprocha que parece echar de menos a Hitler, responde: «Menuda bobada. Las pruebas de inteligencia fueron prohibidas por los nazis porque sus resultados refutaban el mito de la superioridad de la raza germánica». Se recurre con gran facilidad y sin argumentos, añade, al insulto personal asociando a quien sea con la simpatía por el nacionalsocialismo.

“Cuando sostengo que muchos de los inmigrantes turcos abandonan la escuela y son pocos los que terminan el bachillerato, no discrimino. La enunciación de hechos no debería herir a nadie

Sarrazin ha insistido en el carácter científico de sus afirmaciones. «Ningún investigador trabaja sin hipótesis, la investigación ha de tener una dirección. Soy una persona orientada a los números. No he construido mi opinión sobre los turcos […] paseando por aquí y exclamando: “Vaya, otro hiyab (velo islámico) y otro cochecito con un bebé”. Estudio las estadísticas […]. He tenido que reflexionar sobre cómo financiamos realmente todo esto».

Ante la sospecha de que haya difamado y herido a los musulmanes, contesta que no lo entiende. «En mi libro especifico y diferencio por todas partes. Cuando sostengo que muchos de los inmigrantes turcos abandonan la escuela y son pocos los que terminan el Bachillerato, no discrimino. La enunciación de hechos, como tales hechos, no debería herir a nadie». (Las citas textuales hasta aquí son de una larga conversación suya con el diario Die Welt, 29-08-2010).

Lo que se relata en Alemania se autodestruye no ha sido Sarrazin el primero en tratarlo, evidentemente. Pero sus formulaciones sí son novedosas, precisas y concienzudamente respaldadas. Sarrazin es, además, intransigente en la condena de la ideología islamista, como la holandesa (de origen somalí) Ayaan Hirsi. Algunos musulmanes —observan—, o si se quiere la mayoría de los musulmanes, no tienen por qué defender ni el terrorismo ni la caída de Occidente. Pero tan islamistas son los que defienden el terrorismo y la caída de Occidente como los que no, porque la doctrina musulmana permite, incluso estimula, la versión bélica y en todo caso el sometimiento de la mujer.

Sarrazin ha formulado en voz alta lo que pensaban muchos pero no se atrevían a decirlo, por el predominio de lo políticamente correcto, según sus defensores. Tras una larga batalla legal, el Partido Socialista de Alemania (SPD), al que pertenecía Sarrazin, lo ha expulsado. No solo el SPD, la clase dirigente al completo ha puesto el grito en el cielo con ocasión de «Alemania se autodestruye». La canciller, Angela Merkel, en más de una ocasión ha declarado que el islam es «parte de Alemania».

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Las políticas que nos borrarán del mapa

(Extractos de «Alemania se autodestruye»)

Deutschland schafft sich ab. Wie wir unser Land aufs Spiel setzen, (“Alemania se autodrestruye. Cómo nos estamos jugando nuestro país”. Deutsche Verlags-Anstalt, Múnich, 2010, pp. 7-13 Traducción de José Manuel Grau Navarro.
Deutschland schafft sich ab (“Alemania se autodrestruye»). Deutsche Verlags-Anstalt, Múnich, 2010, pp. 7-13.

Thilo Sarrazin

«¿Alemania se autodestruye?». Qué absurdo temor, podrían pensar muchos, si se contempla a este sólido país en el centro de Europa, con sus 80 millones de habitantes, sus ciudades, industria, automóviles, comercio y cambio, vida y bullicio… Pero un país es lo que es por sus habitantes y por sus tradiciones vivas, espirituales y culturales. Sin los seres humanos sería solo una referencia geográfica. Y, en efecto, los alemanes se están autodestruyendo gradualmente.

Una tasa de reproducción neta de 0,7 o menos, como la que hemos tenido durante 40 años, significa que la generación de los nietos será la mitad que la de los abuelos. El número de nacimientos en Alemania pasó de más de 1,3 millones anuales en la primera mitad de la década de los sesenta a 650.000 en 2009. Si esto continúa así —¿y por qué debería cambiar esta tendencia, que dura más de cuatro décadas?—, el número de nacimientos en Alemania será de entre 200.000 y 250.000 dentro de tres generaciones, es decir, en 90 años. Como máximo la mitad de ellos descenderán de la población que vivía en Alemania en 1965. (…) No hemos debatido juiciosamente sobre el desarrollo demográfico en Alemania en los últimos 45 años.

Durante décadas no se ha podido decir nada sobre las consecuencias del descenso de la tasa de natalidad, si no se quería caer bajo la sospecha de seguir la ideología nacionalista. Mientras tanto esto ha cambiado porque la generación de los sesenta y ocho ha empezado a temer por su pensión. Pero ya es demasiado tarde: 40 años de retraso. 

(…)  «Quien no estudia, no sabrá. Quien come demasiado, engorda». Decir tales verdades se considera políticamente incorrecto, insensible, incluso inmoral, o al menos imprudente si se quiere ser elegido para un cargo político. El discurso políticamente correcto tiende en gran medida a que las personas no carguen con la responsabilidad de su comportamiento, al señalar las circunstancias por las que han sido desfavorecidas o incluso han fracasado:

—Si un alumno no puede seguir las clases, se debe al poco interés de los padres por la educación.

—Si los niños con condiciones de vida modestas sufren de sobrepeso como resultado de la falta de ejercicio, eso no se debe a la negligencia de sus padres, sino a la difícil situación social de la familia.

Si los hijos en familias monoparentales experimentan dificultades pedagógicas, es responsable la sociedad, que no brinda suficiente apoyo a esas familias. Sin embargo, habría que preguntarse qué circunstancias sociales y disposiciones individuales conducen al hecho de que haya tantas familias monoparentales y cómo actuar al respecto.

Si la tercera generación de inmigrantes turcos no habla alemán correctamente, entonces el entorno es hostil a la integración. ¿Pero por qué —se pregunta uno— no se observan esas dificultades en casi todos los demás grupos de inmigrantes?

(…) Baso mis afirmaciones en datos empíricos, pero argumento directamente y sin florituras. Trato sobre todo de ser claro y preciso, por lo que el dibujo es fuerte, no difuso ni garabateado. He renunciado a edulcorar temas aparentemente delicados, pero he tratado de ser objetivo. Los resultados son suficientemente escandalosos por sí mismos.

Alemania se encuentra en la última fase de una edad de oro que comenzó alrededor de 1950 y que poco a poco está llegando a su fin

Desde el punto de vista económico, Alemania se encuentra en la última fase de una edad de oro que comenzó alrededor de 1950 y que poco a poco está llegando a su fin. El ingreso real de los asalariados no ha aumentado desde hace 20 años, caerá en 10 años a más tardar, y la caída será una tendencia sostenible debido a los cambios demográficos. Tales previsiones no parecen encajar con los éxitos actuales de exportación de la economía alemana, ni con la iniciativa de excelencia en las universidades alemanas ni con las muchas buenas noticias con que nos podemos alegrar cada día. Pero nada de eso sirve si consumimos las bases del crecimiento de la prosperidad futura, y es exactamente lo que estamos haciendo, cuantitativa y cualitativamente:

—Cuantitativamente, porque desde hace 45 años cada nueva generación ha sido alrededor de un tercio más pequeña que la anterior, mientras que la esperanza de vida aumenta al mismo tiempo.

—Cualitativamente, porque la capacidad de formación y los requisitos para la educación de los recién nacidos se deterioran continuamente, y porque parece languidecer la mentalidad que es la base de todo empuje productivo.

(Traducción del alemán: José Manuel Grau Navarro)

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“Sobre el arte de leer” de Gregorio Luri: diálogo con los grandes autores de la literatura

Este libro del filósofo y pedagogo Gregorio Luri (Azagra, Navarra, 1955), Sobre el arte de leer. 10 Tesis sobre la educación y la lectura, revisa y amplía la conferencia pronunciada por el profesor en julio de 2019, en el marco del IV Forum Edita. La editorial Plataforma, con buen criterio, ha publicado la disertación en forma de breve y sustancioso libro. La ponencia original de Luri, titulada, “Sin educación no hay lectura”, apuntala una hipótesis principal: “leer es el arte de encajar un texto en un contexto”. En unas palabras de presentación del volumen, el editor, Jordi Nadal, enfatiza la importancia de abordar hoy el tema de la enseñanza de la lectura: “Porque entre tanta amenaza tecnológica y a pesar de la velocidad con la que surgen —supuestas— nuevas formas de leer, lo cierto es que sin educación no hay lectura ni lectores”.

Sobre el arte de leer. Gregorio Luri. Editorial Plataforma. 105 págs, 9’50 € (papel) / 4’27 € (digital)

Si como escribe Alberto Manguel, la lectura tiene una historia, la didáctica de la lectura tiene muchas historias y muchas ramificaciones. Creemos que Luri es el pensador y divulgador adecuado para centrar el tema sin irse por las ramas. La tarea de Gregorio Luri viene siendo, a través de muchos de sus libros, una reflexión analítica y constante sobre el aprendizaje de los estudiantes, en sus diferentes niveles escolares. Y, por tanto, también examina el lugar, en nuestra época, del maestro o profesor en la formación global de los alumnos.

El niño que crece sin libros presenta al terminar su escolaridad obligatoria un retraso de un año y medio en conocimientos con respecto al que tiene cien libros en casa

En La escuela no es un parque de atracciones (Ariel, 2020) afirmaba Luri una de las ideas centrales de su concepción sobre la educación: «el maestro consciente de su papel de magister no es el guardián celoso de la autonomía infantil, sino el amante celoso de lo mejor que un niño puede llegar a ser».  Nos encontramos, pues, ante un humanista que defiende de manera desacomplejada que la función central del profesor no puede ser sustituida por las pantallas y las tecnologías.

El pedagogo aclara al inicio de su libro que cuando habla de lectura se está refiriendo a la lectura del libro de papel, puesto que, a su entender, es didácticamente superior. Enseguida nos aclara que tenemos una predisposición biológica al habla, pero que dicha facilidad natural no existe con respecto a la lectura: “Nuestros cerebros están diseñados para el dominio del lenguaje oral, pero la lectura requiere el control del cuerpo (del aparato fonador, de la dirección de la mirada, de la postura), de la atención y, sobre todo, de conocimientos previos (…) la lectura es una destreza compleja que requiere años de ejercicio. No basta con aprender a coordinar grafemas y fonemas. Para animar a leer se necesita un maestro que conozca su oficio, y para asentar la lectura, un medio rico en conocimientos”.

Fundamental, entonces, para Luri el entorno en el que se desarrolla cada alumno: “El niño que crece sin libros presenta al terminar su escolaridad obligatoria un retraso de un año y medio en conocimientos con respecto al que tiene cien libros en casa, y de 2,2 años con respecto al que convive con más de quinientos”. El estímulo del maestro será fundamental para equilibrar esta terrible desventaja de partida.

Podríamos decir que lo que le interesa especialmente al profesor es que los alumnos aprendan no sólo a leer -existen, nos dice, muchos métodos para enseñar a leer-, lo que le importa es que los alumnos aprendan a leer literatura, y, naturalmente, se refiere a buena y exigente literatura, la que sirve para hacer que el niño alcance los estados más altos de su llegar a ser. Afirma que en España no existe una didáctica de la literatura que merezca tal nombre. “La didáctica de la literatura ha de capacitar para escuchar con los ojos —recuerden a Quevedo— la imperecedera conversación que las mentes más grandes, desde Homero a nuestros días, vienen manteniendo entre sí por medio de sus libros”.

Gregorio Luri es también el autor de El deber moral de ser inteligentes (Plataforma Editorial), por tanto hace una defensa de ese encadenamiento de mentes privilegiadas, tan borgiano, que es la literatura.  Sostiene en ese sentido que para aprender verdaderamente a leer hay que estar en disposición “de participar como oyentes en el diálogo continuamente renovado que mantienen entre sí los grandes autores de la cultura occidental”.

El fluir del pensamiento de Luri en estas páginas, es claro e inteligible, no olvidemos que se parte de una disertación oral, con comentarios coloquiales y las estadísticas necesarias para sostener su tesis, sin recargar un texto que tiene algo de manual revelador y profundo envuelto en frases sencillas. En el siglo XIII, un copista anónimo escribió en los márgenes de una crónica monástica: “Cuando leas libros deberías adoptar el hábito de fijarte más en el sentido que en las palabras, concentrarte más en el fruto que en la hojarasca”.  Leer este pequeño ensayo del pedagogo humanista Gregorio Luri es dejar de lado toda hojarasca, por interesante que esta pueda ser, y descubrir ideas como bengalas, iluminadoras y sencillas, pero con un alcance instructivo que va más allá de la transparencia de la forma.

El pedagogo no está hablando en absoluto de una visión coercitiva de la lectura.  Al revés.  Invita a que los pedagogos aprendan a comunicar a los estudiantes el placer de leer en toda su extensión. Da cuenta del descenso de la competencia lectora de los jóvenes europeos —especialmente entre los chicos— tal como muestran las estadísticas. Y puesto que dichos jóvenes son la primera generación de la historia que lee más a sus contemporáneos que a los adultos, el profesor Luri llega a la conclusión de que “la adolescencia parece vivir un proceso acelerado de independencia del mundo y de la cultura adulta”.

La conclusión del autor concuerda con la de tantos defensores de las bondades de la lectura desde la aparición de la imprenta: “Si hemos de convencer a los adolescentes de la conveniencia de la lectura, solo tenemos un medio: permitirles descubrir sus ventajas “.

Martha Nussbaum: una pensadora comprometida con la justicia social

[Este es el cuarto perfil de la serie «Influyentes», una selección de algunos de los pensadores que más huella están dejando en nuestra sociedad].

No se puede decir que exista oposición entre los intereses más tempranos de Martha Nussbaum (Nueva York, 1947), de índole filosófica, y los últimos, de naturaleza social, sino una clara continuidad, como si la preocupación por la vida buena que mostraba en el ensayo que la catapultó a la fama, La fragilidad del bien, no pudiera separarse de la obsesión por mejorar las condiciones de vida de quienes la rodean.

De ahí que, como buena aristotélica, la ética no solo sea para esta pensadora americana indisociable de la política, sino que no pueda imaginarse directriz moral más alta que la que nos conmina a no desprendernos nunca de la suerte del prójimo.

Es indudable que esta certeza la convierte en una especie de timonel moral en un mundo que atraviesa borrascas y tempestades y en el que escasean los filósofos con propuestas constructivas y capaces, por tanto, de capear el temporal. Su compromiso con la justicia social y su implicación en la promoción del desarrollo humano constituyen, en este sentido, una respuesta realista al derrumbe de los valores morales y, sobre todo, un revulsivo que trata de restablecer la solidaridad desgastada por la corrosión individualista.

Como intelectual, ha sido pionera a la hora de detectar injusticias, así como a la de idear soluciones para paliarlas 

Nussbaum está considerada una académica seria y reputada, pero se ha resistido siempre a encerrarse en su torre de marfil. Como intelectual, ha sido pionera a la hora de detectar injusticias, así como a la de idear soluciones para paliarlas. Antes del MeToo y del Black Lives Matter, ya hablaba de que había llegado la hora de desbancar jerarquías y privilegios. De raza inconformista, Nussbaum, a diferencia de los estoicos, está convencida de que el hombre es un ser vulnerable, necesitado de auxilio, y de que no somos inmunes frente a los avatares de la fortuna. De ahí nace sin duda su interés por la igualdad, los derechos humanos y la democracia.

Resulta muy interesante su alianza con el economista Amartya Sen y su teoría sobre las capacidades humanas, porque le permite poner el dedo sobre la llaga al descubrir que el desarrollo no depende solo de la tendencia alcista de los índices macroeconómicos, sino de cambios efectivos que posibilitan el ejercicio real de la libertad.

Junto a la faceta más activista de Nussbaum, que la ha llevado a abanderar todas las luchas contra la discriminación, pero también se ha situado casi siempre, en el bando de la corrección política, es de destacar la defensa que ha hecho de la formación humanística. Sin fines de lucro condensa una importante lección al revelar que la salud democrática de un pueblo depende en gran parte de la educación de sus ciudadanos y que esta nunca puede ser sustituida por los beneficios económicos o los avances de la ciencia. Se trata de una idea que entronca directamente tanto con otra de sus pasiones -la literatura- como con su propia metodología, ya que ha mostrado con sus libros que las obras clásicas enseñan más sobre el ser humano, su dignidad y sus emociones que exhaustivos y milimétricos análisis sociológicos.

Hay, por último, otra aportación de esta profesora de la universidad de Chicago que merece la pena destacar: su defensa del universalismo. Sin negar las diferencias de cultura, ni las idiosincrasias regionales, cree que la dignidad humana y la igualdad son valores irrenunciables y que superan fronteras.

Es la conclusión a la que llega en su último ensayo, La tradición cosmopolita, en el que, de nuevo, se adelanta a combatir una amenaza que la irrupción del populismo solo apuntaba, pero que ahora, en medio de la pandemia, se ha convertido en un peligro real: el retroceso de la globalización y el robustecimiento de los bordes geográficos. El auténtico cosmopolitismo, sostiene Nussbaum, es el que descubre que todos somos iguales. Un aviso para navegantes que no podemos permitirnos pasar por alto.

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Necesidades básicas, capacidades y derechos

(Extractos de «La tradición cosmopolita»)

"La tradición cosmopolita". Marta Nussbaum. Paidós, Barcelona, 2020, pp. 255-260.
«La tradición cosmopolita». Marta Nussbaum. Paidós, Barcelona, 2020, pp. 255-260.

«Yo he distinguido entre tres tipos diferentes de capacidades. En primer lugar, están las ‘capacidades básicas’, que son el equipamiento innato de la persona que sirve de base para su desarrollo adicional. En segundo lugar, están las ‘capacidades internas’, que son las aptitudes de una persona desarrolladas mediante la atención y la crianza que haya recibido. El desarrollo de las capacidades internas ya requiere de recursos sociales. Pero una persona puede tenerlas dentro, por así decirlo, y no estar aún plenamente facultada para elegir y actuar; podría ser capaz, por ejemplo, de articular un discurso político, pero tener negada al mismo tiempo la oportunidad de actuar políticamente. Por ello, el tipo de capacidad individual que es verdaderamente importante garantizar para que una sociedad pueda considerarse aceptablemente buena es la que yo llamo ‘capacidades combinadas’, que son las capacidades internas que llevan añadidas las condiciones externas que posibilitan la libertad de elegir.

Hasta aquí, las capacidades especifican un espacio para la comparación y, de hecho, esa ha sido la principal utilidad que la obra de Sen [1] ha dado al enfoque; véanse, por ejemplo, los Informes de Desarrollo Humano (del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), de lo que él ha sido un destacado arquitecto. Pero, en línea con mi interés por las teorías de la justicia y el por el diseño constitucional, yo he ido más lejos y he usado el concepto de capacidades para describir un enfoque parcial de la justicia básica. (…)

LAS CAPACIDADES HUMANAS BÁSICAS 

1. VIDA: Para poder vivir hasta el término de una vida humana de su duración normal; no morir de forma prematura o antes de que la propia vida se vea tan reducida que no merezca la pena vivirla.

2. SALUD FÍSICA: Poder mantener una buena salud, incluida la salud reproductiva; recibir una alimentación adecuada; disponer de un lugar apropiado para vivir.

3. INTEGRIDAD FÍSICA: Poder desplazarse libremente de un lugar a otro; estar protegidos de los ataques violentos, incluidas las agresiones sexuales y la violencia doméstica; disponer de oportunidades para la satisfacción sexual y para la elección en cuestiones reproductivas.

4. SENTIDOS, IMAGINACIÓN Y PENSAMIENTO: Poder utilizar los sentidos, la imaginación, el pensamiento y el razonamiento, y hacerlo de un modo ‘verdaderamente humano’, un modo formado y cultivado por una educación adecuada que incluya (aunque ni mucho menos esté limitada a) la alfabetización y la formación matemática y científica básica. Poder usar la imaginación y el pensamiento para la experimentación y la producción de obras y actos religiosos, literarios, musicales o de índole parecida, según la propia elección. Poder usar la propia mente en condiciones protegidas por las garantías de libertad de expresión política y artística, y por la libertad de práctica religiosa. Poder disfrutar de experiencias placenteras y evitar el dolor no beneficioso.

5. EMOCIONES: Poder sentir apego por cosas y personas externas a nosotros mismos; poder amar a quienes nos aman y se preocupan por nosotros, y sentir duelo por su ausencia; en general, poder amar, apenarse, sentir añoranza, gratitud e indignación justificada. Que no se malogre nuestro desarrollo emocional por culpa del miedo y la ansiedad. (Defender esta capacidad significa defender a su vez ciertas formas de asociación humana que pueden demostrarse cruciales en el desarrollo de aquella).

Poder formarse una concepción del bien y reflexionar críticamente acerca de la planificación de la propia vida

6. RAZÓN PRÁCTICA: Poder formarse una concepción del bien y reflexionar críticamente acerca de la planificación de la propia vida. (Esta capacidad entraña la protección de la libertad de conciencia y de observancia religiosa).

7. AFILIACIÓN: (A) Poder vivir con y para los demás, reconocer y mostrar interés por otros seres humanos, participar en formas diversas de interacción social; ser capaces de imaginar la situación de otro. (Proteger esta capacidad implica proteger instituciones que constituyen y nutren tales formas de afiliación, así como proteger la libertad de reunión y de expresión política).

(B) Disponer de las bases sociales necesarias para que no sintamos humillación y sí respeto por nosotros mismos; que se nos trate como seres dignos de igual valía que los demás. Esto supone introducir disposiciones que combatan la discriminación por razón de raza, sexo, orientación sexual, etnia, casta, religión u origen nacional.

8. OTRAS ESPECIES: Poder vivir una relación próxima y respetuosa con los animales, las plantas y el mundo natural.

9. JUEGO: Poder reír, jugar y disfrutar de actividades creativas

10. CONTROL SOBRE EL PROPIO ENTORNO: (A) Político. Poder participar de forma efectiva en las decisiones políticas que gobiernan nuestra vida; tener derecho a la participación política y a la protección de la libertad de expresión y de asociación.

(B) Material. Poder poseer propiedades (tanto muebles como inmuebles) y ostentar derechos de propiedad en igualdad de condiciones con las demás personas; tener derecho a buscar trabajo en un plano de igualdad con los demás; estar protegidos legalmente frente a registros y detenciones que no cuenten con la debida autorización judicial. En el entorno laboral, ser capaces de trabajar como seres humanos, ejerciendo la razón práctica y manteniendo relaciones. (….)

Siguiendo las ideas tanto de Aristóteles como de Grocio, yo sostengo que la razón práctica y la afiliación son capacidades especialmente fundamentales, pues se extienden a todas las demás y las organizan».

[*] Se refiere a Amartya Sen, economista indio, y uno de los principales teóricos del desarrollo, que ha aportado una noción nueva de las capacidades, al entenderlas como aquello que permite convertir los derechos de la persona en libertades concretas y positivas.

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«Encuentros con los libros», el taller literario de Stefan Zweig

Tiene razón Knut Beck, editor y compilador del fantástico volumen titulado Encuentros con libros, compuesto por comentarios literarios, reseñas para periódicos y revistas, prólogos y otros textos dispersos que dejó escritos Stefan Zweig, al decir que su incesante actividad, paralela a la publicación de obras propias, tenía el carácter de un auténtico “taller literario”.

Encuentros con libros. Stefan Zweig. Acantilado. Barcelona, 2020, 258 págs. 20’90 euros (papel) / 10’99 euros (digital) Traducido por Roberto Bravo de la Varga
Encuentros con libros. Stefan Zweig. Acantilado. Barcelona, 2020. 258 págs. 20’90 euros (papel) / 10’99 euros (digital) Traducido por Roberto Bravo.

¿Acaso hubo algún género literario que le fuera vedado o en el que no dejara de indagar el gran autor de El mundo de ayer? La pasión de Zweig fue siempre concentrar, bien en pinceladas en medio de un artículo, o bien en libros más extensos y monográficos, el misterio y significado profundo, así como “los paralelos” con otras literaturas, de esa conjunción de destino y valor artístico en un buen número de obras y autores. Un ánimo enciclopédico, un “osado proyecto” como recordará Knut Beck que Zweig algún día tuvo en mente, con visos a publicar “toda la literatura universal en una serie sinóptica, desde Homero hasta La montaña mágica, pasando por Balzac y Dostoievski”.

La lectura “nos conecta con el mundo”, como explicará Zweig en su bello texto «El libro como acceso al mundo»

Zweig no dejó nunca de penetrar e investigar tercamente, “estableciendo vínculos entre unas realidades y otras”, con todos los recursos que ofrecía la escritura y al mismo tiempo esa lectura que “nos conecta con el mundo”, como explicará en su bello texto El libro como acceso al mundo. Un texto que muy bien podría ser uno de aquellos espléndidos relatos o novelas breves que le dieron la fama, desde Carta de una desconocida, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Ardiente secreto, Novela de ajedrez y Noche fantástica a Mendel, el de los libros.

En un viaje por el Mediterráneo, en un buque italiano “prácticamente vacío”, Zweig descubre por primera vez en su vida de vienés culto e ilustrado, el misterio insondable del analfabetismo. Al conocer a un joven camarero italiano, que un día se le presenta con una carta de su novia “para que se la lea”, Zweig, atónito, se pregunta cómo se puede vivir sin leer las páginas del mundo, ese mundo cada día abierto, para todos, a la espera de ser absorbido, comprendido y disfrutado; ese “mundo contemplado desde múltiples perspectivas, más allá de la propia experiencia”. En ese momento Zweig conecta con Europa, el continente de la cultura, de la civilización grecolatina, de la riqueza del arte, la poesía y la belleza emanada de tantas y tantas obras: “Puse a todo mi empeño en imaginar la existencia de quien no sabe leer, de quien ha quedado excluido del mundo intelectual, pero no conseguía meterme en la cabeza de un hombre, de un europeo, que jamás había leído un libro”.

De repente, también, en una rápida y emocional asociación de ideas, se acuerda de que toda su existencia había corrido paralela a la lectura previa de algún libro: “Me acordé de las importantes decisiones que había tomado después de leer un libro; de los encuentros con autores, fallecidos hace mucho tiempo, que habían significado para mí mucho más de los que había mantenido con algunos amigos o con algunas mujeres; de las noches de amor con libros, horas dichosas, en vela, ebrio de placer”.

Porque los encuentros en su vida, con autores fallecidos o no, contemporáneos o de siglos anteriores, no fueron escasos, como de nuevo mostrará esta recopilación. Biógrafo y retratista de escritores, además de amigos, como Romain Rolland, Hermann Hesse, Joseph Roth o Rabindranath Tagore; de otras grandes figuras con las que se reunió ocasionalmente como el médico Albert Schweitzer o como el fundador del sionismo moderno Theodor Herzl; de escritores admirados como Balzac, Dickens o Dostoievski, o de músicos como Mahler, Zweig sería un especialista sin igual en mezclar obras y escritores “atrapados” en su época. Su pasión fue concentrar, bien en pinceladas, o en libros más extensos y monográficos, el misterio y significado profundo, el carácter y cualidades, que definieron y guiaron el camino de cada creador analizado.

El autor vienés reflexiona en diversas piezas críticas sobre Freud, «Ulises» de Joyce o «Carlota en Weimar» de Thomas Mann

En uno de sus mejores textos (sobre la biografía de Kleist llevada a cabo por Friedrich Gudolf) establece de forma magistral la diferencia entre dos grandes autores estudiados por Gudolf (“el crítico literario más clarividente y agudo de nuestro tiempo”). Dos autores que no podían ser más distintos, representando “una antítesis perfecta”: por un lado, Kleist, “un hombre aislado, un anacoreta nato, a quien un destino aciago le niega encontrar la forma de ligarse íntimamente con su tiempo, con su patria, con sus hombres y también con sus escritores”. Alguien que, en soledad, debido a su “aspereza y obstinación” se fue apartando de todo y de todos, “incapaz de compartir las grandes ideas de su tiempo”.

Por el otro lado, la figura imponente de Goethe, “un autor que abarca toda una época, implicándose en ella profundamente, una figura que atraviesa la historia alemana”. No hay que decir que el mismo Zweig se estaba autorretratando al hablar de un autor que se caracteriza por “la diversidad de sus intereses y la versatilidad de las formas”; y que, a la vez, está íntimamente conectado con su tiempo y con los máximos representantes de ese tiempo. ¿Influyó Goethe en la suerte de Kleist, como deja entender ese gran sismógrafo de psicologías que es Zweig, de misterios del corazón y de pasiones devastadoras que muchas veces sellaban fatalmente el destino de autores y obras? Un autor que “con la intensidad de su naturaleza volcánica y sus excesos sentimentales” fue capaz –recuerda Zweig- de escribir unas obras de “un dinamismo inigualable, de una energía que un genio más equilibrado como Goethe no ha alcanzado jamás en el ámbito dramático”.

Hay que resaltar sin duda en la excelente recopilación de lecturas muy diversas llevada a cabo por Knut Beck, gran especialista en la obra de Zweig, varias piezas críticas, realmente memorables, del volumen. Piezas de excepcional significado e importancia, que emociona leerlas ahora, por su enorme agudeza, lucidez y espíritu de trascendencia de la época precisa en la que fueron escritas: por una parte, está su reflexión acerca de Job, la novela más judía, y una de las suyas mejores, de Joseph Roth, grandísimo amigo de Zweig, reseñada de forma espléndida en el momento de su aparición, en 1930; otra acerca de  El malestar de la cultura de Freud, también de 1930; una más acerca de la majestuosa irrupción en Alemania de Joyce, “genial acróbata que cruza de un lado a otro de la cuerda floja a la velocidad del rayo, saltando por encima de abismos inimaginables” y su Ulises recién traducido (“pido desde hoy respeto para esta novela apasionada, provocadora e inigualable, ¡respeto, respeto para James Joyce!”), de 1928; y, por fin, un sobrecogedor comentario acerca de la gran obra de Thomas Mann, Carlota en Weimar, aparecida en 1940, el año en que su autor, ya en el exilio desde hacía tiempo -como los más grandes nombres de la literatura alemana de su tiempo- incluido Zweig, llegaría a Nueva York:  “En el futuro se recordará como algo absurdo que este libro, Carlota en Weimar, tan alemán, el mejor y el más perfecto que se ha escrito desde hace años en nuestro idioma, se prohibiera nada más publicarse y quedara vetado para ochenta millones de alemanes”.