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Ver productosVivimos una época decisiva para la educación. Los métodos acostumbrados en todos y cada uno de los niveles de la enseñanza tradicional están siendo socavados por una crisis sanitaria sin precedentes. Las escuelas primero tuvieron que cerrar temporalmente y después se vieron obligadas a poner en marcha la educación 100% online de un día para otro. En el ojo del huracán, el maestro se encuentra en una encrucijada.
Hay una contradicción inherente al rol del profesor durante toda esta crisis. Por un lado, se enfrenta al reto de mantener un alto nivel en la enseñanza. Una educación de excelencia incluye transmitir un plan de estudios definido, al tiempo que se fomenta una mentalidad de aprendizaje, y todo ello adaptándose a las necesidades de cada alumno.
El profesor ideal sabe guiar el aprendizaje individual de cada alumno a través de la reflexión y el intercambio de ideas. Todos hemos conocido a ese profesor tan especial que realmente nos cambió la vida con sus consejos, con su manera de motivarnos y de guiarnos en un momento crucial. Y en este momento crucial, los profesores deben seguir ejerciendo en circunstancias imprevistas.
No se trata de reemplazar la enseñanza tradicional cara a cara por ordenadores. Se trata, más bien, de sacar el mayor partido posible de la tecnología
En el otro lado de este desafío se encuentra el imperativo de proporcionar continuidad en la enseñanza a pesar del confinamiento. Con el cierre forzoso de los centros, no hay duda de que los estudiantes están experimentando interrupciones en la educación (algunos incluso se ven abocados a estudiar por su cuenta o a cancelar tristemente sus programas).
No hay duda de que internet y la tecnología estarán en el corazón de dicha reinvención. Pero no se trata de reemplazar la enseñanza tradicional cara a cara por ordenadores. Esta afirmación no es ni adecuada ni deseable. Se trata, más bien, de sacar el mayor partido posible de lo que la tecnología puede ofrecer a la hora de reducir la brecha y mejorar la experiencia de aprendizaje.
¿Cómo pueden usar los profesores internet para afrontar el reto actual e incluso mejorar la calidad de la educación? Hay muchas oportunidades en lo que se refiere a tecnología online para el mundo de la educación. Por nombrar algunas, internet favorece la disponibilidad permanente de contenido (clases, conferencias, etc.) así como la posibilidad de ajustarse al máximo a las características personales de cada alumno. Asimismo, permite también el conveniente y continuo seguimiento del progreso de estudio. Finalmente, facilita nuevas vías de debate con el profesor, y entre los propios alumnos, para atender más fácilmente las inevitables preguntas que surgen durante cualquier proceso de aprendizaje.
Lejos de reemplazar el vínculo profesor-estudiante, la tecnología lo refuerza, proporcionando experiencias de aprendizaje mejoradas para los estudiantes
Lejos de reemplazar el vínculo profesor-estudiante, la tecnología lo refuerza, proporcionando experiencias de aprendizaje mejoradas para los estudiantes y ventajas para los profesores, que resistirán el paso del tiempo más allá de la resolución de la crisis sanitaria. La inserción de herramientas online en la educación a todos los niveles y en todos los puntos del globo supone un resquicio de esperanza en estos tiempos revueltos.
EDUCACIÓN ACCESIBLE
Mi empresa, OpenClassrooms, es una escuela online que proporciona formación profesional a los estudiantes de todo el mundo. Durante veinte años hemos desarrollado un modelo educativo 100% en línea. Nuestro modelo pedagógico combina la enseñanza virtual con un alto grado de personalización a través de expertos, tutorías individuales y aprendizaje basado en proyectos. Trabajamos en estrecha colaboración con un gran número de instituciones de educación superior. Nuestra misión es conseguir una educación accesible.
En OpenClassroms nos sentimos en una posición única para ayudar en estos tiempos de crisis. Cuando comenzó el confinamiento, decidimos ofrecer nuestra ayuda a instituciones educativas de todo el mundo. Estamos poniendo a disposición de centros de enseñanza superior, programas públicos y organizaciones de capacitación nuestro Spark product gratis durante el período de confinamiento.
Spark pone a disposición de los estudiantes 600 cursos de las competencias sociales y técnicas más demandadas por el mercado, con seguimiento de los progresos por parte de instructores –todo completamente online–. Nos sorprendió y nos impresionó la respuesta de la comunidad educativa. Más de dos mil centros respondieron a nuestro ofrecimiento de ayudar a un millón de estudiantes.
MIRANDO AL FUTURO
La crisis sanitaria ocasionada por la COVID-19 ha puesto el foco sobre la educación online. Nuestros profesores tienen la oportunidad de superar el reto de proporcionar continuidad y calidad en la enseñanza durante este tiempo a través de la adopción de tecnologías de internet y educativas. La clave del éxito será emplear nuevas herramientas y modos de comunicación que pongan de relieve el elemento más valioso de su profesión: el factor humano, los propios profesores.
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Fundada en París por Mathieu Nebra, OpenClassroom ofrece cursos, tanto gratuitos como de pago, sobre diversas materias, pero abiertos a todos los sectores de la población. Posteriormente Pierre Dubuc se sumó al proyecto, como cofundador, y la plataforma llegó a ser uno de los líderes del sector en Europa, con más de un millón de estudiantes.
Ofrece programas de educación universitaria en línea pero a un costo menor que una universidad tradicional. El objetivo es que esa formación sea accesible e inclusiva.
La plataforma tiene, por un lado, docentes que diseñan e imparten los cursos y evalúan a los estudiantes; y por otro lado, mentores, profesionales externos que apoyan al alumno y le enfocan hacia la salida laboral, poniendo el acento no sólo en conocimientos y cualificación sino también en las habilidades blandas. «Sabemos que en los próximos años la tecnología hará surgir nuevos empleos y hará desaparecer otros muchos, de manera que se deben adquirir nuevas habilidades», apostilla Pierre Dubuc.
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No sé si hay mucho que se pueda decir sobre la universidad que no sea mera repetición, pero es bastante, en cambio, lo que queda por hacer. Tengo la impresión de que en los discursos sobre las políticas de reforma universitaria hay más de prescripción que de pensamiento y más de diagnóstico que de verdadera acción. Suele, además, dominar un tono quejumbroso que tiene seguramente que ver con cierta parálisis que nos hace dar vueltas sobre los mismos problemas sin abordarlos con determinación. Y, aun así, las universidades se mueven, avanzan y tenemos un sistema mucho mejor que el de unas décadas atrás.
Necesitamos combinar acción y reflexión, uniendo el pensamiento estratégico a los afanes cotidianos, y a ello me gustaría que contribuyesen modestamente estas páginas, en las que aludiré primero a algunas de las tendencias que se perciben en el escenario universitario global, para centrarme después en los elementos principales que podrían componer una agenda reformadora de la universidad española.
¿CONDUCIMOS MIRANDO POR EL RETROVISOR?
Las cosas están cambiando profundamente en el mundo universitario. Ante eso, no podemos conducirnos «mirando por el retrovisor» a viejos y arraigados problemas y lo que se requiere, más que continuidad, es mucha y permanente innovación. Tanto en la definición de sus objetivos estratégicos como en el desarrollo de sus políticas, nuestras universidades no pueden ignorar las tendencias y nuevos escenarios globales que se perfilan en la educación superior, que resumo brevemente a continuación.
– El primero de esos escenarios nos sitúa del lado de una demanda educativa que continuará creciendo en los próximos años y tendrá un mayor componente transnacional. Pero lo más significativo son los cambios en la composición de esa demanda, en tres direcciones principales.
Por un lado, en un cambiante esquema de cualificaciones, con reforzamiento de las relacionadas con la empleabilidad y las nuevas tecnologías y orientado hacia una mayor flexibilidad, diversidad y calidad de los programas, que obliga a revisar profundamente el qué y el cómo de las enseñanzas, para adaptarlas tanto a nuevos contenidos como a innovadores soportes y modos de organizarlas y ofrecerlas.
Por otro lado, en las formas de participar en la educación, con cambios en la presencialidad y dedicación residencial y a tiempo completo, en la propia duración de los estudios, con extensión a una formación a lo largo de toda la vida, y con estudiantes que tomarán cursos en diversas instituciones y con diferentes modalidades.
Por lo demás, en la naturaleza de las credenciales, que podrían diluir la importancia de los títulos formales que otorgan las universidades, con la emergencia de patrones alternativos que tendrán más relevancia para más estudiantes en más partes del mundo. Los títulos académicos corren el riesgo de perder importancia frente a credenciales que contarán para los empleadores con un valor similar al de las certificaciones universitarias.
– El segundo de los escenarios se sitúa desde el lado de la oferta, con la emergencia de nuevos proveedores y una recomposición tanto hacia nuevos mercados como hacia las enseñanzas online. Lo más significativo de estos cambios se pueden condensar en dos elementos fundamentales.
De una parte, en la aparición de más, nuevos y distintos agentes proveedores de la educación, que están rompiendo el tradicional monopolio universitario y amenazan incluso su hegemonía, bajo el reclamo de mejorar su función de utilidad para el empleo.
A ese elemento se suma, de otra parte, la tendencia a una creciente movilidad de las enseñanzas, impulsada por formas de educación transnacional que llevan a «exportar» la educación, a través de programas internacionales y de la oferta online y de nuevos cauces como los campus y universidades multinacionales, alterando antiguas concepciones y modelos organizativos.
– El tercer escenario de esos cambios es el de una mayor presión de la competencia, guiada por un mercado principal basado en la reputación, asentada en una mayor diferenciación de las universidades y soportada por instrumentos como los rankings, convertidos en elementos de institucionalización de esa competición.
Esa competencia se está plasmando en todos los terrenos: en el reclutamiento de estudiantes y profesores, en la intensificación de la carrera por la excelencia y la atracción de talento, en el impacto de la investigación en el prestigio de la institución.
El aumento de la competencia está conduciendo, además, a una progresiva diferenciación de las instituciones y a un sistema que será cada vez más de «unidiversidad», con procesos que conducirán a una «convergencia nominal» y, al mismo tiempo, a una notoria «divergencia real» entre las universidades que, en muchos casos, se verán abocadas a la necesidad de «cooperar para competir» mediante alianzas y redes de cooperación.
– El cuarto de los escenarios es el que dibuja la irrupción del componente online. Las nuevas tecnologías suponen un hecho disruptivo que, a la vez que amplía el acceso a la enseñanza, cambia el discurso de una educación superior que no se encuentra ya atada a una específica localización y cuya provisión se desacopla de restricciones relacionadas con el espacio y con el tiempo.
Los recursos docentes se encuentran en abierto en la red, la gente desea estudiar a la carta, dónde, cuándo y cómo quiere, las experiencias de aprendizaje están tanto dentro como fuera de las aulas. Y ello conduce a cambios radicales en todos los ámbitos del mundo educativo, en los sistemas pedagógicos, las funciones del profesorado, la estructura y la organización universitaria.
Las nuevas tecnologías online suponen un hecho disruptivo que, a la vez que amplía el acceso a la enseñanza, cambia el discurso de la educación superior
Al lado de las ventajas de estas enseñanzas, existen también riesgos relacionados con la posible generación de desigualdades, la privación de las vivencias que ofrecen las universidades como lugares de interacción, o la amenaza para la calidad que supondría un crecimiento extensivo sin instrumentos de control.
– Y el quinto escenario remite a transformaciones de alcance en las estructuras universitarias, facilitando el desarrollo de nuevos modelos y esquemas organizativos, que priman los objetivos de eficiencia y las técnicas gerenciales, las estructuras más descentralizadas y flexibles, generan nuevas funciones, e imponen la urgente necesidad de revisar la actual configuración de los sistemas de gobierno universitario.
Asimismo, se aprecian tendencias hacia una mayor participación de la financiación privada o soportada por los usuarios que, al tiempo que amenaza el carácter de la educación superior como bien público, obliga a las universidades a diversificar sus fuentes de financiación y obtener mayores rendimientos de sus actividades y servicios.
Las nuevas tecnologías online suponen un hecho disruptivo que, a la vez que amplía el acceso a la enseñanza, cambia el discurso de la educación superior
Este conjunto de profundas transformaciones comporta indudables riesgos para las instituciones que no consigan adaptarse a los cambios, pero ofrece igualmente valiosas oportunidades para las que sean capaces de desarrollar las estrategias adecuadas de adaptación.
ELEMENTOS PARA UNA AGENDA DE REFORMAS
En esas tendencias globales se enmarcan los principales retos de adaptación de la universidad española, en la que conviven el aplazamiento de reformas ineludibles con el avance y las innovaciones en las propias universidades. Ese marco general, en todo caso, cobra en España especificidades vinculadas a la situación de nuestro sistema universitario que merecen un mayor detalle, como trataré de hacer a continuación a través de diez ámbitos de temas que, de un modo ni exclusivo ni excluyente, podrían componer elementos para una agenda de reforma universitaria en nuestro país.
1. Adaptar las enseñanzas: ¿estímulos de oferta o de demanda?
La necesidad de revisar el qué, el contenido y la oferta de nuestras enseñanzas, constituye una de las tareas ineludibles para adaptarnos al rápido cambio de cualificaciones y tratar de superar la brecha existente entre formación y mercado de trabajo. Desde luego que habrá que plantearse la adecuación del número, a veces excesivo, la repetición, indebida, y la demanda, en ocasiones muy menguada, de muchas de esas titulaciones y repensar el mercado de unos másteres que parecen haberse convertido en requisitos indispensables para acceder al empleo.
Habrá que analizar cuestiones como esas para superar un esquema de titulaciones que da muestras de rigidez y obsolescencia y, para ello, será preciso salvar las insuficiencias de nuestro sistema para responder con agilidad a la transformación en las cualificaciones, para establecer mecanismos de captación de la demanda, o para corregir una situación en que la planificación de los programas parece responder exclusivamente a estímulos de oferta, como si toda oferta crease su propia demanda.
Pero son otros, además, los nuevos retos que se encaran en el ámbito de las enseñanzas, en un contexto en que los vínculos entre formación y empleo se han vuelto más inciertos, inestables y cambiantes. Será necesario, por eso, incorporar una mayor flexibilidad en los programas, adentrarse en nuevas concepciones educativas, atreverse a imaginar titulaciones que no existen, impulsar programas abiertos y duales, y dar el paso de integrar de forma transversal en nuestras enseñanzas nuevos saberes imprescindibles, como los relacionados con el análisis de datos o el pensamiento y las herramientas computacionales, que preparen a nuestros estudiantes, en todas las disciplinas, para manejarse en un mundo de tecnologías disruptivas.
2. La renovación de los métodos: ¿nuevos modos o «nuevas modas»?
Esa necesaria renovación afecta además al cómo de nuestras enseñanzas, a la innovación en las metodologías, en los soportes que ofrecen las nuevas tecnologías y en las capacitaciones para pensar, crear y emprender. Las universidades han acometido iniciativas reseñables en este ámbito, con unos resultados, en general, positivos pero desiguales y, en ocasiones, atrapados en dinámicas que confunden la introducción de nuevos «modos» de transmitir las enseñanzas con el seguimiento acrítico de cualquier «nueva moda» (y de algunos de sus excesos).
Para avanzar de modo consistente y realista en esa dirección, hay una cuestión pendiente en la que apenas se han logrado resolver problemas bien arraigados. Se trata de la dignificación del papel de la docencia, relegada en un mercado con incentivos invertidos para impulsar ese objetivo, y contar con instrumentos adecuados para proceder a su rigurosa evaluación y garantizar su calidad y permanente mejora.
Pero creo que el reto de mayor envergadura en el presente está en avanzar en el aprendizaje personalizado y en superar las viejas concepciones de un homogéneo plan de estudios para todos, a través de la utilización de plataformas de aprendizaje adaptativas y personalizadas, que facilitan nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial. De no hacerlo, las universidades correrán el riesgo de quedar relegadas y de producir egresados en buena medida analógicos en un mundo digital.
El reto de mayor envergadura está en avanzar en el aprendizaje personalizado y en superar las viejas concepciones de un homogéneo plan de estudios para todos
Esa imprescindible dinámica de renovación de los métodos formativos no habría de abordarse sin algunas cautelas: la de no confundir el impulso innovador con el pulso que marcan las modas; la de no imponer el necesario sentido práctico al sacrificio de todo fundamento teórico; la de no procurar una especialización sin el respaldo de unos saberes básicos; la de no trastocar las ventajas de la no presencialidad en los inconvenientes de la ausencia de todo contacto con el magisterio de profesores y la falta de vivencias universitarias. La de no dejarnos arrastrar por la convicción de que «enseñamos más» sin preguntarnos si ¿«educamos mejor»? y evitar programas con más conocimiento pero menos educación, concebidos como producto y no como proceso, con fecha de vencimiento y no como conocimiento útil para toda la vida.
3. Reorientar los sistemas de evaluación: ¿meritocracia o «metritocracia»?
La garantía de la calidad constituye el otro elemento indispensable que ha de acompañar al diseño de la oferta y el desarrollo de las enseñanzas. En este terreno se han dado pasos importantes y registrado uno de los principales cambios del sistema universitario español en las últimas décadas. Sin embargo, hay varios aspectos que cabría repensar a la luz de la experiencia de estos pasados años, para reorientar un sistema cuyo foco principal está puesto ahora en los procesos, operación y funcionamiento, más que en los aspectos verdaderamente académicos y de rendimiento social.
A mi modo de ver, el principal problema del sistema vigente remite a cuestiones relacionadas con la naturaleza de procesos en que lo formal se impone a lo fundamental y que a veces parecen conducir a un «viaje hacia ninguna parte»; y que recomiendan una reorientación de los esquemas de garantía de calidad hacia los aspectos más estratégicos, con menos burocracia evaluativa, con más elementos de diferenciación, con consecuencias más visibles y con mayor conexión externa hacia un mercado social que será finalmente el gran evaluador de los resultados de la actividad universitaria.
Hay, además, otras carencias fundamentales como las que derivan, por un lado, del hecho de que todo se evalúe por igual, sin tener en cuenta las especificidades propias de cada ámbito disciplinar o de cada proceso; y, por otro lado, de la circunstancia de que la evaluación de las titulaciones se base principalmente en cuestiones de verificación del cumplimiento de los planes y no en la capacidad y flexibilidad para introducir innovaciones y adaptarse al cambio, con la vista puesta más hacia atrás que hacia adelante, de nuevo como si condujésemos mirando por el retrovisor.
4. Mejorar la situación del profesorado: ¿vamos a probar algo nuevo?
En el profesorado se encuentra el elemento más decisivo de todo el proceso universitario y que afronta mayores desafíos. Entre otras, hay tres cuestiones principales que deberían ser repensadas en las políticas de profesorado: ¿cómo disponer de los adecuados sistemas de selección y acceso?, con el objetivo de atraer talento; ¿cómo mejorar las condiciones de la carrera y el trabajo de los profesores?, con el fin de motivarlos; ¿y cómo implicarlos en la asunción de nuevas funciones?, con la intención de sumarlos a la renovación del sistema universitario.
En el profesorado se encuentra el elemento más decisivo de todo el proceso universitario y que afronta mayores desafíos
El punto crucial está, sin duda, en la selección y promoción. El actual sistema de acreditación que realiza la ANECA ha incorporado elementos positivos de exigencia que, en cualquier caso, merecen una serena consideración para superar algunas de sus deficiencias. El problema mayor, con todo, me parece que está en la «segunda vuelta», en los concursos en las universidades y en las «bolsas de acreditados» y el modo en que se están resolviendo las cosas en esta fase, con dos consecuencias principales. Por un lado, por esta vía se está contribuyendo a recortar la ya escasa capacidad de las universidades para gestionar estratégicamente sus plantillas, agudizando desequilibrios e impidiendo las necesarias reasignaciones de recursos. Por otro lado, cabe al menos pensar si el modo en que se está aplicando el sistema no conduce, en manifiesto contraste con otro tipo de organizaciones, a una situación de proliferación excesiva de puestos en la cúspide, es decir de catedráticos, que pudiese desvirtuar esa figura y el papel de liderazgo académico que le corresponde.
En el profesorado se encuentra el elemento más decisivo de todo el proceso universitario y que afronta mayores desafíos me atrevo a enunciar tres premisas. La primera se centra en la necesidad de afinar los procesos de acreditación que realiza la ANECA, para que sin merma alguna del rigor se descargue de aspectos formales en favor de los académicos; se tomen más en cuenta las especificidades de las grandes áreas disciplinares y se contemple más ampliamente el conjunto de funciones que desarrolla el profesorado.
La segunda premisa apela a la responsabilidad de las propias universidades para hacer frente a la actual inercia de una «segunda vuelta», convertida prácticamente en un trámite formal y un acceso casi automático de los acreditados. Si las universidades quieren responder a sus verdaderas necesidades y garantizar los mayores niveles de calidad de su profesorado, no tienen otro remedio que afrontar este serio problema, decidiendo la oferta de plazas en función de sus objetivos estratégicos para las políticas de plantilla e incorporando mayores niveles de competitividad y de contenidos de valoración y adecuación académica a las pruebas de los concursos. Comprendo las presiones a las que están sometidos los equipos rectorales y no creo, por tanto, que esto sea factible sin modificar el actual sistema de gobierno universitario.
Y la tercera premisa lleva a considerar la necesidad de otorgar más flexibilidad y autonomía a las universidades para la captación de talento en el profesorado, que resultará imposible si todo lo que se puede ofrecer es «ponerse a la cola» para esperar unas oportunidades de progresión académica por las vías convencionales, en vez de disponer de alguna fórmula específica o vía y figura complementaria de contratación.
Las políticas de profesorado adolecen de otra serie de problemas que no pueden dejar de abordarse. De una parte, y mientras se llena la cúspide, se vacía la base del profesorado, haciendo cada vez más urgente desplazar la atención hacia eficaces medidas de rejuvenecimiento de las plantillas y de oportunidades para la atracción de los jóvenes de mayor talento al inicio de carreras universitarias.
De otra parte, el actual sistema conduce a prolongados períodos de provisionalidad en la progresión académica del profesorado y parecería conveniente incorporar sistemas que permitiesen acortar los plazos para conseguir un primer reconocimiento. Finalmente, la presión a que se ven sometidos los profesores en su carrera universitaria condiciona un comprensible comportamiento que antepone ese objetivo a cualesquiera otros relacionados con el desempeño cotidiano de sus funciones, en un marco en el que, además, han caído en el olvido las medidas destinadas a promover apoyos y estímulos al profesorado a lo largo de toda su trayectoria académica.
Más allá de cuestiones como esas, las políticas de profesorado no pueden dejar de atender la tarea de redefinir sus perfiles y funciones en el nuevo contexto de cambios en los contenidos, los métodos y los soportes, que comportan más diversas, complejas y exigentes tareas.
5. Valorizar la investigación: de las ideas con valor a dar valor a las ideas
Las potencialidades y carencias de la investigación son tan conocidas que me limitaré a aludir, muy sucintamente, a solo cuatro cuestiones puntuales.
La primera se relaciona con el estrangulamiento cada vez mayor que supone la burocracia administrativa y la necesidad de ampliar las plantillas de personal de apoyo. La segunda remite al indispensable reforzamiento de la cooperación entre agentes del sistema y, específicamente, a una articulación más eficaz entre el CSIC y las universidades. La tercera idea propugna un nuevo impulso para fomentar las vocaciones investigadoras y propiciar la cultura y el ambiente de innovación en las universidades.
Y la cuarta se cifra en un reto fundamental: aumentar los rendimientos y valorizar la investigación universitaria. Las universidades son lugares de «ideas con valor» que tienen ante sí el desafío de «dar valor a sus ideas», potenciando instrumentos para rentabilizar los resultados de la investigación y fórmulas para alentar el emprendimiento y el capital-riesgo.
6. Mejorar la inserción laboral: ¿para qué empleos formamos?
La contribución a la inserción laboral de los titulados es otro reto ineludible, porque si la universidad abandona a su suerte a los titulados, serán ellos quienes acaben por abandonar a su suerte a la propia universidad. Los desequilibrios existentes son múltiples; las incertidumbres sobre para qué empleos formar, enormes; los cambios de cualificaciones, veloces, y los vínculos entre formación y empleo, inestables.
En ese complejo escenario, las vías que están a nuestro alcance son limitadas: la de agilizar los procesos de adaptación de nuestros programas formativos frente a la velocidad de transformación de las cualificaciones y el despliegue de políticas de orientación activas desde el lado de la demanda, porque no se trata solo de aumentar el número de plazas o titulaciones, sino de conseguir atraer a los estudiantes hacia ellas. Los problemas de sobre cualificación, en cambio, dependen más de agentes externos, ya que no se deben a que sea demasiado grande nuestro sistema universitario, sino a que es demasiado estrecho nuestro sistema productivo.
La financiación del futuro debe ser «mayor, mejor y distinta», con fuentes más diversificadas, captación de más recursos privados y mayores rendimientos de las actividades universitarias
Pero hay algo más que podríamos hacer: incorporar nuevos mecanismos, insuficientes en la actualidad, orientados a generar cauces de estímulo a la creatividad, el emprendimiento y las iniciativas estudiantiles, para aprovechar un talento e ideas que puede acabar desarrollándose fuera de la universidad, como ha ocurrido en conocidos casos de fracaso académico y éxito empresarial.
7. Renovar los enfoques de la internacionalización: ¿universidad sin fronteras?
Las universidades se enfrentan igualmente a la necesidad de renovar los enfoques de la internacionalización, con visiones que llevan simultáneamente a intercambiar y compartir, a competir y forjar alianzas, a combinar la movilidad de los estudiantes (y sus nuevas fórmulas) con la de las enseñanzas.
La financiación del futuro debe ser «mayor, mejor y distinta», con fuentes más diversificadas, captación de más recursos privados y mayores rendimientos de las actividades universitarias
Las estrategias para responder a esos cambios escapan a la brevedad obligada de estas páginas, pero tienen dos vertientes. Una interna a las propias universidades, orientada a impregnar la cultura de toda la institución y capacitar a los estudiantes para un mundo abierto y para la adquisición de competencias globales. Y otra externa, dirigida a la proyección de las capacidades de las universidades españolas, para no continuar siendo «mejores productores que vendedores», y a mejorar el posicionamiento en un entorno global condicionado por unos rankings que se han convertido en árbitros de la excelencia académica universal.
8. Adaptarse al mundo digital: ¿el online nos dejará offline?
La irrupción de las enseñanzas online, cuyo crecimiento no sé si amenaza con una «burbuja universitaria», está borrando las fronteras entre las enseñanzas presenciales y a distancia y sus impactos son de tal alcance que solo me permiten aludir a un par de cuestiones significativas.
La primera, se relaciona con las enormes potencialidades que ofrecen para agilizar procesos y explorar nuevos formatos de microcursos, programas modulares e itinerarios de aprendizaje personalizados. En las estrategias universitarias de futuro, no bastará con ampliar esos recursos, si no se orientan hacia la personalización de las enseñanzas, decisiva para la viabilidad de las universidades presenciales tradicionales.
Y la segunda, se refiere a la imprescindible adecuación de la normativa universitaria, para adaptarse a una nueva realidad que altera las funciones, condiciones de trabajo y estructuras organizativas, y para procurar la indispensable garantía de calidad de los centros y programas online.
9. Responder al reto de la eficiencia: ¿nórdicos o americanos?
No cabe duda de que la financiación del futuro debe ser «mayor, mejor y distinta», con fuentes más diversificadas, captación de más recursos privados y mayores rendimientos de las actividades universitarias. Quizá haya también que cambiar los enfoques de la financiación, porque no podemos seguir concibiéndola como siempre en esta era digital.
Nos enfrentamos, además, a algunos fundamentales dilemas. Por un lado, a sensibles disparidades de los precios públicos, basados exclusivamente en razones territoriales y no en el coste de producción o el valor y calidad del producto universitario, que recomiendan restaurar la relación entre coste, valor y precio. Y, por otro lado, convendría afrontar una seria reflexión para saber si queremos ser «nórdicos o americanos», contar con una importante aportación privada o con el respaldo de una financiación soportada en el sistema fiscal, o en qué medida se habrían de combinar ambas.
Será ir a contracorriente, pero no soy partidario de la disminución de las matrículas universitarias, no solo por razones de suficiencia sino también de equidad, que creo que se atiende más eficazmente a través del reforzamiento de la política de becas y de un adecuado sistema de préstamos.
10. La receta… ¿y el guiso?: la reforma del gobierno universitario
Las recetas importan, pero el guiso, la gestión del cambio, resulta ser la clave más decisiva. Podemos tener las recetas, pero ¿cómo hacer el guiso? de las reformas. No tengo una respuesta simple para esa pregunta, aunque la falta de visión, de oportunidad o de coraje para abordarlas, el desentendimiento social y político de las cuestiones universitarias, la falta de estrategias de las administraciones y los intereses corporativos universitarios, pueden aportar algunas explicaciones.
Pero en la estructura del gobierno universitario, que no proporciona cauces ni incentivos adecuados para la gestión del cambio, está otra de las claves fundamentales que no puede soslayarse. No dispongo aquí de espacio para desarrollar ese tema, más allá de apuntar que la modificación del sistema ha de responder a criterios de profesionalidad, mérito y adecuación en la selección de los responsables universitarios; otorgarles mayores capacidades de actuación; deslindar convenientemente las esferas de representación y gestión; y revisar el funcionamiento de los órganos universitarios.
En fin, el conjunto de cuestiones planteadas a lo largo de este texto, dejan abiertos al debate algunos elementos para la agenda de reformas pendientes en la universidad española. No será posible abordarlas todas ni al mismo tiempo, pero puestos a elegir me guiaría por el ejemplo de las universidades de más prestigio, 3 que se caracterizan por reunir una alta concentración y atracción de talento, abundantes recursos y financiación y una gobernanza ágil y profesional.
La universidad española vive desde hace años en una permanente dicotomía: tiene a muchas personas que se ocupan de ella, que reflexionan sobre ella, que analizan con rigor sus diversos aspectos, que proponen innovaciones para su progreso, pero no parece tener en cambio una dirigencia política que se ocupe suficientemente de su presente y su futuro. Más allá de declaraciones retóricas de la importancia de la institución para el futuro del país, lo cierto y verdad es que la mayor atención se ha producido para efectuar severos recortes en su financiación y en su personal a partir del contexto de la crisis económica de 2008. Se hace, pues, muy difícil resultar original en una materia que tantos y tan buenos expertos tiene en los diversos ámbitos de la vida universitaria, y que tan certeros análisis han proporcionado sobre la misma en los últimos veinticinco años.
Una materia de gran trascendencia para la vida nacional en la que hay instituciones velando por su desarrollo integral, como la CRUE, o tratando de analizar su realidad, como la Fundación Conocimiento y Desarrollo, el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas de la Universitat de València, el Observatorio del Sistema Universitario de la Universitat de Barcelona o la Fundación BBVA, entre otros.
Por todo ello, me permitirán que más que un análisis pormenorizado, para el que además no hay espacio en este formato de artículo, realice unas someras reflexiones personales después de mis cuarenta años en la Academia y de mi paso por un rectorado y por la presidencia de la CRUE.
Muchas de las veces en las que se habla mal de la universidad española es porque existe un gran desconocimiento, que da lugar a tópicos que parecen imposibles de desarraigar de la opinión pública
Y lo haré tratando de evitar dos actitudes que, a mi entender, hacen daño a la universidad española por igual: hablar siempre mal de ella y hablar siempre bien de ella. Muchas de las veces en las que se habla mal es porque existe un gran desconocimiento de la universidad española que da lugar a tópicos que parecen imposibles de desarraigar de la opinión pública; mientras que en las ocasiones en que se habla demasiado bien a menudo se oculta una cierta resistencia para efectuar cambios de un cierto calado en la institución.
PROPIEDAD DE LOS CIUDADANOS
Me gustaría empezar haciendo dos precisiones que, a menudo, no se tienen suficientemente en cuenta. La primera es que la universidad no es un gasto ni un privilegio, sino una inversión social imprescindible para construir un Estado del bienestar que luche contra las desigualdades a través de la economía del conocimiento. Por eso, la universidad debe ser una institución al servicio de la renta individual pero también para la construcción de la ciudadanía y para el progreso del conjunto de una sociedad.
Y la segunda precisión tal vez puede parecer una obviedad, pero creo que es preciso recordarla: la universidad española no es propiedad de los universitarios, ni de los gobiernos, sino de los ciudadanos. Por eso debemos defender su autonomía y combatir el corporativismo adoptando siempre una actitud reformista proclive a la innovación y al cambio que deben identificar a la cultura académica y científica.
La universidad española actual vive en una triple realidad. La primera nos dice que disponemos del mejor sistema universitario que hemos tenido a lo largo de la historia de nuestro país. Un sistema labrado desde hace siglos pero que, en los últimos cuarenta años, ha experimentado un avance histórico exponencial situándose entre los mejores del mundo. La prosperidad de la sociedad española en las últimas cuatro décadas no se puede explicar sin la contribución de la universidad que la ha nutrido de millones de profesionales de todo tipo y condición. Un avance en el que han participado tanto los gobiernos y la sociedad española como, muy especialmente, las comunidades universitarias. Por eso no me parece casualidad que en todas las encuestas de opinión los universitarios aparezcan entre los colectivos mejor valorados por los ciudadanos.
La posición de la universidad española en los rankings internacionales más reconocidos es la razonable y aquella que le corresponde en función de los recursos que recibe y el entorno sociotecnológico en el que se encuentra y, contrariamente a lo que en ocasiones se afirma, muestra que la calidad del conjunto de nuestro sistema universitario es relativamente buena, aun cuando no se cuente con universidades en los primeros puestos en algunos de estos rankings globales que, como todos sabemos, tiene de suyo un mar de posibles matizaciones a realizar acerca de sus intenciones y sus resultados.
Si bien es cierto que este año tampoco ninguna de las universidades españolas se ha podido situar en el top 100 del ranking de Shanghái (obvio aquí las numerosas críticas que se pueden hacer a la naturaleza y contenido de este ranking), también es preciso recordar, en cambio, que se vienen ubicando en los últimos años unas 40 de nuestras 50 universidades públicas en el top 1.000 de este ranking y 13 en el top 500, lo que supone que un 80% de nuestro sistema universitario público se encuentra en el rango de las que se hallan entre el 5% de las mejor posicionadas del mundo, recordando que el número total de las existentes en el planeta se cifra en unas 20.000.
En una publicación del Foro Económico Mundial en la que se habla de «los países que ofrecen a sus ciudadanos la mejor educación superior», su autor, Kai Chan, identifica en ella a España como el séptimo país del mundo por el porcentaje de su número de universidades en el top 1.000 de las mejores universidades del planeta. De hecho, en el último ranking de Shanghái de 2020, de las quince mayores economías por PIB del mundo, solo Australia y el Reino Unido tienen más universidades en ese top que España (39 públicas y una privada).
En este punto conviene recordar, una vez más, que es bien clara la correspondencia entre las mejores universidades según los rankings internacionales y el nivel de los recursos con los que cuentan. Como se señalaba en una publicación al respecto en la revista Interciencia, las universidades situadas entre las ciento cincuenta mejores en el ranking de Shanghái disponen de unos presupuestos por estudiante significativamente mayores que los que tienen nuestras universidades, del orden de 4 a 5 veces mayores. Siendo una triste realidad que España invierte un 20% menos en estudiantes que la UE-23 y la OCDE.
Un joven español tiene el 20% más de posibilidades que un estadounidense de estudiar en una de las mil mejores universidades del mundo
En cualquier caso, un joven español tiene un 17% de posibilidades de ir a una universidad bien situada en los rankings, mientras que un alemán dispone de un 13% y un estadounidense de un 8% (los británicos son los primeros con un 25% y los españoles los séptimos). Es decir, un joven español tiene el 20% más de posibilidades que un estadounidense de estudiar en una de las mil mejores universidades del mundo. De hecho, el 93% de los estudiantes de las universidades públicas están en esa élite de universidades. Y como bien dice igualmente Kai Chan: «Lo más importante para el ciudadano promedio de un país no es si tiene universidades entre las diez primeras del mundo, sino más bien la calidad de las universidades a las que probablemente sus hijos asistan». En definitiva, tenemos uno de los diez sistemas más equitativos del mundo, y eso creo que todos lo debemos celebrar aunque, desde luego, no esté exento de importantes mejoras.
Estos datos vienen a constatar dos evidencias importantes. La primera es que en España hemos sabido afrontar con éxito la equidad social en el acceso de nuestros jóvenes a una vida universitaria de calidad. Hecho que, como todo el mundo reconoce, es uno de los más eficaces mecanismos de ascenso en nuestras democracias. En los últimos cuarenta años, la universidad española ha experimentado un gran crecimiento y ha contribuido claramente a la necesaria cohesión social y territorial de España. Hemos pasado de los apenas 700.000 universitarios de los años 70 a los cerca de millón y medio que actualmente se forman en nuestras 84 universidades (50 públicas y 34 privadas). Esta vertebración académica del territorio nos ha permitido ayudar sobremanera al desarrollo regional y a superar el objetivo de tener un 40% de la población entre 30 y 34 años con estudios superiores que marcaba el programa europeo 2020. Aun así, debemos reconocer que tenemos un 7% menos de jóvenes que acceden a la vida universitaria que la OCDE y un 6% menos que la UE-23.
La segunda evidencia es que también vamos consiguiendo una mayor excelencia docente, como bien lo prueba que nuestros egresados y nuestros investigadores sean muy bien aceptados en todas las partes del mundo y que en general sean bien acogidos por profesionales y empresas según las sucesivas encuestas de empleabilidad de La Caixa. Ello demuestra que, en general, existe una formación más que aceptable en nuestras universidades.
Los rigurosos informes que anualmente presenta CRUE sobre la universidad española en cifras, testimonian un claro avance en la mejora del rendimiento académico en nuestras instituciones académicas en todas las ramas del conocimiento del orden del 20% en el transcurso de los últimos cinco años. Y esa mejora notable de la formación con la metodología de Bolonia ha tenido lugar pese a tener menos dinero que antes de esa nueva realidad académica y mucho menos que otros países que han puesto bastantes más recursos para aplicarla.
En resumen, las universidades españolas han vivido un amplio y profundo proceso de transformaciones durante el período democrático. Han aumentado significativamente su número. Se han duplicado los estudiantes. La investigación ha crecido a niveles nunca alcanzados en nuestra historia contribuyendo claramente al progreso económico, social y territorial de España. La calidad académica es cada vez mayor. Y, finalmente, todo ello lo han realizado al mismo tiempo que democratizaban sus estructuras y órganos de gobierno y de participación. Siendo mérito de muchos, no tengo duda alguna de que el mayor protagonista de estos cambios ha sido el personal universitario.
La segunda gran realidad en la que vive la universidad española es bastante menos complaciente porque nos dice que en los últimos años la situación se ha ido deteriorando cada vez más. No es esta la ocasión para levantar un memorial de agravios, pero en aras de que resulte creíble mi afirmación, es preciso establecer cuatro constataciones.
La primera es que hemos perdido en financiación pública un 21% entre 2008 y 2019. Es verdad que no todo es dinero, pero todavía es más cierto que casi nada importante se puede hacer sin dinero. Como nos recordaba en uno de sus últimos informes la Fundación CyD, España dedica un 18% menos de recursos a la educación superior en términos de porcentaje de su PIB (1,28) que la media de la OCDE (1,56).
Una segunda constatación es que hemos tenido en los últimos ocho años una enorme baja de efectivos en las plantillas de las universidades públicas que urge recuperar para poder renovarlas con savia nueva y rejuveneciéndolas. Entre 2008 y 2019 hemos perdido un 4% del personal universitario. Y como consecuencia de esta lamentable situación, en el ámbito del profesorado las universidades se han visto obligadas a utilizar de forma incorrecta las figuras del asociado o del visitante, creando una gran bolsa de jóvenes profesores con remuneraciones vergonzosas, a quienes además no se les ofrece ningún futuro académico.
Un tercer testimonio nos dice que, en referencia a los precios de las matrículas de las universidades públicas, somos el cuarto país más caro de Europa detrás de Gran Bretaña, Irlanda y Holanda, teniendo en contrapartida un gasto en ayudas al estudio que únicamente llega al 40% de la media de los países de la OCDE. O, dicho de otra forma, las ayudas al estudio representan un 0,11% del PIB en España frente a una media del 0,31% del PIB en la OCDE.
Después de Portugal, somos el país de la UE que menos gasta en I+D, y eso significa menos investigación, menos innovación, menos competitividad, menos empleo
De esta manera, la elevación del precio de las matrículas de los últimos años, sin la correspondiente elevación en las becas y ayudas al estudio, ha hecho que en la financiación universitaria el peso de la aportación de las familias y de las propias universidades se haya elevado, alejándonos del modelo de menores tasas y más becas y ayudas al estudio de la Europa continental y del norte en el que nos veníamos situando. Modelo que se fundamenta en la aceptación de la educación superior como un bien social colectivo y no solo para los individuos, idea central que pretende facilitar una mayor igualdad de oportunidades. Esperemos que las medidas de mejora que ha introducido el actual Gobierno español en este asunto hayan venido para quedarse, aunque nos parece que, en general, todavía existe mucho camino por recorrer en precios de matrícula y en ayudas al estudio, especialmente en el caso de algunos gobiernos autonómicos. Y, en cualquier caso, la posible reducción de las tasas académicas no debe ir nunca a costa de los presupuestos universitarios porque sería desvestir un santo para vestir otro.
Y una cuarta prueba se refiere al retroceso en ingresos para la investigación en nuestras universidades, que está siendo abrumador. Según el último informe de la CRUE, entre 2008 y 2015, tales ingresos han descendido en un 30% en la financiación privada y 21% en la pública, cifras que no parecen haber mejorado en absoluto en los últimos cinco años. Después de Portugal, somos el país de la Unión Europea que menos gasta en I+D. Y eso significa menos investigación, menos innovación, menos competitividad, menos empleo y la puesta en peligro de numerosos grupos de investigación de excelencia después de los años y esfuerzos que ha costado construirlos.
Pero hay también una tercera realidad que hemos de abordar con urgencia: la reforma de la universidad española. Como toda institución centenaria, precisa mejorar la calidad de sus prestaciones. Y ello debemos hacerlo teniendo presente tres frentes de actuación: las personas, las funciones a realizar y la manera de organizar la universidad.
Y no menos presente debemos tener que dicha reforma debe hacerse despolitizándola con respecto a los intereses partidistas, evitando el cortoplacismo y construyendo un consenso en torno a un modelo que devenga estructural y ampliamente aceptado para que dure en el tiempo y tenga estabilidad suficiente para dar sus frutos. Un modelo que debe ser construido acertando en el diagnóstico, dejando a un lado los falsos problemas, acordando estrategias comunes y poniendo a trabajar conjuntamente a todos los agentes: universidades, gobiernos, empresas y sindicatos.
Creo que nuestra universidad debe ser la columna vertebral del progreso de España al ser capaz de aumentar y sostener la calidad de vida de los españoles. Lo que significa que debe contribuir a las siguientes funciones: conseguir un crecimiento económico inteligente, sostenido e integrador; lograr aumentar el empleo de calidad; luchar contra las desigualdades sociales; fomentar el mérito y la igualdad de oportunidades; ayudar a la cohesión social y a conseguir el equilibrio territorial; y colaborar en detener el cambio climático y alcanzar la sostenibilidad energética.
Me parece muy importante que seamos conocidos por nuestras universidades y no solo por tener buenos cocineros y buenos deportistas
Pero también me parece muy importante que la universidad española contribuya a mejorar la reputación internacional de España y a que seamos conocidos por nuestras universidades y no solo por tener buenos cocineros y buenos deportistas. Me gustaría pensar que no es una utopía que España sea reputada en el mundo entero por ser un centro mundial de una rigurosa investigación y de una formación de calidad.
Para responder a todos esos ambiciosos objetivos que la sociedad nos señala, los universitarios debemos situarnos ante nuestras propias responsabilidades de crear ciencia, tecnología y cultura; de generar talento con una formación de calidad, permanente y polivalente; de fomentar un espíritu ciudadano crítico, creativo, riguroso y emprendedor, capaz de levantar empresas, dirigir las instituciones y desarrollar los derechos humanos gestando una ciudadanía comprometida con la sociedad.
Desde esta perspectiva, hay que poner con urgencia sobre la mesa bastantes cuestiones que los universitarios debemos mejorar en el funcionamiento interno de nuestras instituciones. Déjenme que señale solo algunas que considero más importantes. Precisamos más financiación pública y privada. Se necesita un plan plurianual de financiación que atienda a las necesidades de cada universidad, así como a los resultados logrados sobre los objetivos señalados. Un plan que permita una adecuada planificación estratégica a nuestras universidades, garantizando la debida suficiencia financiera para el desarrollo de su actividad, y que facilite en especial la necesaria captación y atracción de talento, lo cual, sin los recursos debidos, resulta imposible. En este sentido, creo que debemos explorar con mayor detalle los contratos-programa con financiación basal y por objetivos a conseguir.
Debemos igualmente seguir adaptando mejor nuestras ofertas curriculares a la demanda social para aumentar la inserción laboral de nuestros egresados. Es necesario un razonable ajuste de nuestra oferta de títulos buscando una respuesta más adecuada a las demandas de la sociedad y de un mercado mucho más dinámico y cambiante, es decir: a las peticiones de los ciudadanos, las instituciones y las empresas.
Ello requiere pensar en intensificar la flexibilidad de los currículos y en mejorar y definir mejor las prácticas internas y externas; al igual que las competencias transversales, como, por ejemplo, el trabajo colaborativo en grupos, la estrategia multidisciplinar o el dominio de otras lenguas. Elementos de un conjunto cuyo fin último es la construcción de unos títulos que contengan métodos didácticos que incorporen la enseñanza virtual, la online y la dual a partir del concepto de aula extensiva capaz de ofrecer diversos servicios pedagógicos a los alumnos. También precisaremos abordar la transformación digital como un cambio sustancial en lo organizativo y en lo cultural dentro de la vida universitaria.
En este objetivo de revisión de la oferta académica bueno es recordar, sin embargo, el esfuerzo que en esta dirección se ha venido realizando y que sin duda debe continuar e intensificarse. Con la implantación del Espacio Europeo de Educación Superior, nuestras universidades lograron mejorar el ajuste de su oferta de títulos con la demanda de los mismos, reduciendo el porcentaje de títulos que se ofertaban con menos de veinte alumnos, que pasó de un 18% de las titulaciones ofrecidas en el curso 2008- 2009 al 12% en el curso 2015-2016. Por último, en este asunto de la oferta y demanda de estudios, no debemos olvidar la necesidad de aumentar el número de graduados que continúen con sus estudios de máster: España, con menos de un 15%; UE-23, con un 21%; y OCDE, con un 23%. Todo ello, por supuesto, recordando que hay una serie de estudios estratégicos que deben estar a salvo de la demanda empresarial o social concreta porque se consideran en sí mismos esenciales para el armónico desarrollo de la Humanidad.
Necesitamos un gran acuerdo consensuado sobre un nuevo estatuto del Personal Docente Investigador (PDI) que lleve a cabo una ambiciosa reforma para mejorar la política de profesorado
Y no menos necesitamos un gran acuerdo consensuado sobre un nuevo estatuto del Personal Docente Investigador (PDI) que lleve a cabo una ambiciosa reforma por parte de las autoridades gubernamentales para mejorar la política de profesorado consiguiendo que sea global, moderna y dinámica, capaz de forjar unas plantillas potentes de docentes e investigadores que puedan liderar la necesaria modernización permanente de las instituciones universitarias y formar a los dirigentes del mañana. En buena medida, las universidades han estado prisioneras de la falta de una mejor definición de una adecuada carrera profesional para el profesorado y, sobre todo, de los recursos económicos que les permitieran asumir su plena corresponsabilidad para diseñar sus propias políticas con respecto a las plantillas académicas.
El resultado final es bien conocido: progresivo envejecimiento del conjunto del profesorado permanente que impide el necesario relevo generacional; pérdida dramática de talento nacional; precarización de determinados colectivos de profesorado (especialmente los falsos asociados) que han llegado a formar un verdadero proletariado académico; enormes dificultades para atraer talento internacional; y, por último, numerosas trabas a la movilidad de docentes e investigadores entre las universidades de la propia geografía española.
Pues bien, ante esta poco halagüeña situación, la iniciativa que parece poner en marcha el Ministerio me parece que representa una gran oportunidad. A saber: la posibilidad de fijar una nueva carrera profesional que continúe siendo transparente, basada en el mérito y la capacidad, que se articule mediante una entrada de gente joven doctora, con ganas de construir su propio proyecto como docentes e investigadores y que disponga de oportunidades de inserción en los claustros universitarios que no dependan de su capacidad de resistencia económica para conseguirlo sino de su esfuerzo y talento.
Ello permitiría el necesario relevo generacional, así como la forja de buenos profesores con el tiempo suficiente de dedicación a la docencia y a la investigación. Igualmente, se daría solución al problema de la inmoral situación de determinados ámbitos del profesorado y al hecho lamentable de llegar a la consolidación académica a edades demasiado provectas. Finalmente, se posibilitaría la concurrencia de profesores extranjeros en nuestras aulas.
La entrada de estas nuevas adquisiciones, con concursos públicos abiertos y transparentes, debe permitir a cada universidad asumir su propia responsabilidad, producto de su autonomía, a la hora de seleccionar las mejores candidaturas para su propio proyecto académico e institucional.
Aquí, a mi juicio, como sucede en la gran mayoría de los países europeos, resulta muy importante que el inicio de la carrera académica no exija una acreditación previa para presentarse a los concursos, pues ello ha sido, en parte, lo que ha conducido al callejón sin salida actual. Esta figura de entrada en la carrera profesional me parece absolutamente necesaria y por ello debe tener unas condiciones laborales dignas y un futuro posible, siempre sujeto al interés objetivo de cada universidad, que debe ser, en última instancia, la que se arriesgue en la selección de un profesorado con el que deberá competir por el prestigio académico en un marco universitario global.
Como sucede en otros entornos europeos, necesitamos asimismo un significativo aumento de la inversión pública y privada en investigación
A partir de este inicio en la carrera académica, la consolidación debe continuar exigiendo una acreditación externa previa, rigurosa y homologable a la del resto de países de nuestro entorno por lo que se refiere a las exigencias de capacidad tanto docente como investigadora. Esta acreditación debería permitir la consolidación como profesor titular de universidad. Soy de los que defienden que el núcleo del profesorado de nuestras universidades públicas debe estar formado por profesores permanentes, porque ello garantiza mejor la libertad de cátedra y la continuidad de los proyectos docentes e investigadores que vertebran cada institución universitaria. Finalmente, el reconocimiento de una amplia y contrastable labor de calidad en la formación de estudiantes y de excelencia en la producción y transferencia de conocimiento, debe conllevar a que los profesores titulares de universidad puedan presentarse a un concurso público, igualmente abierto y transparente, de catedrático.
En cuanto a la empleabilidad de los egresados, las universidades hemos asumido progresivamente un mayor protagonismo, pero debemos todavía aumentarlo mucho más. Es bien cierto que no tenemos que ser el INEM, pero adquirimos sin duda una clara responsabilidad sobre el futuro laboral de nuestros estudiantes. La formación universitaria proporciona una mayor facilidad de empleo, por lo que la universidad, lejos de alejarse de la cultura del emprendimiento, se configura en la actualidad como uno de los ecosistemas que favorecen su mayor calidad con mejores valores. Una formación de nuestros universitarios que debe ser obviamente integral para la creación de ciudadanos y no meramente utilitarista pensando solo en el ejercicio de una profesión.
Como sucede en otros entornos europeos, necesitamos asimismo un significativo aumento de la inversión pública y privada en investigación. Cuando el objetivo para Europa tras la cumbre de Lisboa es que se alcance el 3% del PIB en investigación (1% público y 2% privado), por el momento en España únicamente llegamos al 1,21, representando solo un 57% de la UE-28 que es del 2,07, cuando el sistema universitario supone casi el 75% del total de la investigación española. Y precisamos también mejorar en nuestro mecenazgo, para lo cual es imprescindible una ley que lo regule adecuadamente y una cultura empresarial que vea en la universidad una forma de invertir en su propio progreso y de obtener mayores beneficios para el mañana.
Precisamos también reforzar con urgencia nuestra capacidad de transferencia de conocimiento hacia el tejido productivo e institucional. Debemos fomentar la transferencia de conocimiento para una mayor innovación. Necesitamos más patentes, más spin-offs y más start-ups. Nuestros buenos indicadores en investigación no tienen todavía una correspondencia mínima con la transferencia de conocimiento que desarrollan nuestras entidades académicas.
Somos la décima potencia investigadora del mundo y ocupamos el lugar veintidós en innovación. Así, por ejemplo, si hablamos de producción de patentes no llegamos a representar el 1% de la producción mundial. Ahora bien, para contextualizar debidamente este dato, hemos de recordar que está muy relacionado con el nivel y las características del entorno tecnológico y del tejido productivo en el que nuestras instituciones desarrollan su labor, ya que si bien en nuestro país el peso de las actividades basadas en el conocimiento ha ido creciendo en nuestra economía productiva –como bien indican diversos informes–, todavía dista de los países más desarrollados, donde el peso de estas actividades es mayor, siendo por ello más fácil transferir y valorizar el conocimiento que producen sus instituciones académicas. Esperemos que los tramos de transferencia para el PDI que CRUE y el Ministerio aprobaron hace más de un año, ayuden a una mayor transferencia de conocimiento de la universidad a la sociedad porque este es uno de los grandes problemas que España tiene para continuar progresando y no perder el ritmo de los países más punteros.
Hemos de reconocer sin ambages que la internacionalización de nuestra universidad no está al nivel que le correspondería
Hemos de reconocer sin ambages que la internacionalización de nuestra universidad no está al nivel que le correspondería. Es verdad que en el programa Erasmus somos el destino más atractivo para los estudiantes europeos y el tercer país por número de envío de discentes a otros países continentales, pero nuestra movilidad académica hacia el exterior es más baja que la de otras naciones desarrolladas. De este modo, el porcentaje de estudiantes extranjeros en sus aulas es superior al nuestro, especialmente en los grados, donde el diferencial es importante si nos comparamos con otros países europeos como Reino Unido o Francia. Eso significa que debemos aumentar nuestra capacidad de atraer estudiantes extranjeros, especialmente latinoamericanos, y mejorar la salida de los estudiantes españoles.
Y para ambas cosas debemos incrementar y mejorar nuestra docencia en inglés, pero también facilitar en mucha mayor medida las estancias de profesores españoles en centros foráneos y captar más talento internacional aumentando la presencia de profesores de otros mundos académicos y creando las condiciones laborales necesarias.
Solo diez universidades españolas superan el 5% de profesores extranjeros, mientras Francia tiene como media un 14% y Reino Unido un 20%. Se trata, por tanto, de una tarea de Estado de carácter pluridisciplinar que requiere un nuevo marco normativo para poderse desarrollar.
Debemos, finalmente, reformar nuestro sistema de gobierno para hacerlo más ágil y operativo, teniendo como bases la transparencia y la rendición de cuentas. No debemos confundir autonomía con autogobierno. Según el último informe de la Asociación Europa de Universidades, elaborado en 2017 para 29 países europeos, España ocupa el lugar 24 en autonomía universitaria referida a financiación, gestión académica, organización y personal. Hemos de ganar en autonomía y perder en regulación para que los claustros universitarios sientan la presión de tener que tomar decisiones acertadas para el futuro de sus instituciones. Ahora, como casi todo viene regulado, en realidad los claustros no sienten que el futuro de su universidad dependa de ellos y de su trabajo orgánico-institucional. Ahora todo parece ser «culpa» de los gobiernos cuando hablan los rectores, y «culpa» de los rectores cuando habla la comunidad universitaria.
Necesitamos más autonomía en la contratación del profesorado, captación de talento, contratación de Personal de Administración y Servicios (PAS), selección de nuestra oferta de estudios y retribución de nuestro personal. ¿Saben ustedes cuánto le queda a un rector de libre disposición en sus presupuestos para hacer política universitaria propia? Pues no más allá del 5% en cualquier universidad pública española.
MÁS AUTONOMÍA REAL Y MENOS REGULACIÓN
Así pues, manteniendo un marco legal mínimo a nivel estatal y autonómico, debemos permitir que cada universidad pueda definir su modelo de gobernación ajustándolo al tipo de universidad que quiera ser mediante la reforma de sus propios estatutos. Creo que hay una hipótesis que puede formularse así: más autonomía real y menos regulación es igual a más responsabilidad y más implicación de los universitarios.
Actualmente, rectores y comunidades universitarias saben que casi todo depende en última instancia de los políticos y sus políticas. Durante mi ejercicio de rector, a menudo me he sentido más el vicerrector de los secretarios generales de universidades que el máximo dirigente de mi comunidad, a pesar de haber sido elegido por voto popular ponderado. La autonomía universitaria debe pasar de estar consagrada en la Constitución a ser una realidad en la vida académica. Debemos ir hacia un sistema de gobierno menos tutelado que mantenga la participación de la comunidad universitaria y de la sociedad (soy un firme defensor de los consejos sociales si cumplen sus funciones, como, entre otras, buscar recursos); sin tener que sacrificar por ello la eficacia, la eficiencia, la operatividad y la agilidad de gestión, cualidades que se precisan para enfrentarse con éxito a la actual misión académica en un marco de competencia con otros sistemas universitarios mundiales que se muestran bastante más ágiles. No hay sistema de gobierno perfecto, pero el nuestro es sin duda mejorable.
En resumen: más y mejor financiación; más personal docente e investigador con reconocibles horizontes profesionales y buenas retribuciones; más autonomía, calidad y flexibilidad en la gobernación; mayor adaptación entre oferta y demanda de titulaciones; más docencia polivalente; más transferencia de conocimiento; mayor preocupación por la empleabilidad de los egresados y mayor internacionalización. De hecho, si hasta la fecha la universidad española ha ido manteniendo el tipo ha sido gracias al esfuerzo de las familias haciendo frente al aumento de las matrículas y al esfuerzo de las universidades y los universitarios dedicándose a suplir las bajas de personal para ofrecer la misma calidad y los mismos servicios a la sociedad y a los estudiantes, además de múltiples ayudas complementarias para estos últimos.
No se puede pedir que juguemos en la Champions League y que los presupuestos sean de equipos de tercera división
Todos sabemos que esta situación es difícilmente soportable y que la universidad española no puede esperar ni un día más. No podemos alcanzar una democracia de calidad y mantener nuestro Estado del bienestar con una universidad precarizada en inversiones, en financiación basal y en personal. Se debe exigir a los universitarios el puntual cumplimiento de sus esenciales funciones, pero para ello se necesita dotar a la universidad de los recursos precisos más allá de la retórica política habitual sobre su capital importancia, que contrasta palmariamente con la poca atención que recibe.
No se puede pedir que juguemos en la Champions League y que los presupuestos sean de equipos de tercera división. No debería ser necesario seguir repitiendo que no habrá un buen futuro para España si no hay un buen futuro para nuestra universidad. No debería ser necesario volver a repetir que precisamente por eso la universidad es una cuestión de todos y por eso la universidad es una cuestión de Estado.
Sí, una cuestión de Estado, porque los universitarios debemos ayudar a alcanzar las metas que considero que son las más importantes para el progreso futuro de España. Primero: sostener un crecimiento económico inclusivo, así como el desarrollo social y el auge territorial de España. Segundo: continuar la senda de progreso civil de los principales países de Europa a través de asegurar el Estado del bienestar. Tercero: afrontar con garantías la sociedad del conocimiento y no quedar derrotados por la galopante e imparable globalización. Y cuarto: mantener la cohesión social asegurando la promoción social a través del mérito y la igualdad de oportunidades.
Creemos que es necesaria una nueva Ley de Universidades, como solicitó la CRUE en el Congreso, con la anuencia de los principales agentes sociales
Por todo ello, creemos que es necesaria una nueva Ley de Universidades, tal y como solicitó la CRUE en el Congreso de los Diputados hace dos años con la anuencia de los principales agentes sociales. A mi criterio, esa nueva ley debería consensuar el mantenimiento de los siguientes equilibrios desde una perspectiva reformista de la universidad española.
Primero: mantener el equilibrio entre el acceso de los estudiantes y el aumento de la excelencia académica del sistema universitario español. Segundo: preservar la participación de la comunidad universitaria, pero aumentando y mejorando la presencia de la sociedad. Tercero: promover la participación de la comunidad universitaria, pero con un rectorado con más poder y una gestión con menos horizontalidad y más verticalidad. Cuarto: aumentar la eficacia y la eficiencia de la universidad española, pero manteniéndola como un sistema dedicado al bienestar que no deje de lado la lucha contra las desigualdades, la promoción de los individuos, la cohesión social y el desarrollo regional. Y quinto: aspirar a un mayor prestigio internacional, pero sosteniendo la idea de que es más importante la calidad del conjunto del sistema universitario español que el hecho de que haya dos o tres universidades entre las cien primeras.
En definitiva, no estamos tan mal, pero debemos y podemos estar mucho mejor porque tenemos potencial para ello y no existe ninguna maldición bíblica que lo impida. Y, sobre todo, porque el progreso sostenido de la sociedad española lo demanda. Después de mucho tiempo en que ha sido la propia universidad la que lo ha solicitado, pienso que ha llegado la hora del acuerdo social para pedir a la política, es decir, a nuestros parlamentarios, que consensúen sin más dilaciones un Pacto de Estado por la enseñanza superior en España. Creo que con ello ayudaremos a asegurar el futuro de las próximas generaciones de españoles.
“La desigualdad no es rentable, ni desde el punto de vista macroeconómico ni desde el punto de vista microeconómico” ha afirmado Emilio Ontiveros, presidente de AFI (Analistas Financieros Internacionales) y catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid, en la primera sesión del seminario El futuro del capitalismo, organizado por el Consejo Social de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y Nueva Revista.
Se trata de un ciclo de conferencias, presentado por Jordi Sevilla, exministro de Administraciones Territoriales y actualmente presidente del Consejo Social de UNIR, y dirigido por Rafael Pampillón, catedrático de Economía y profesor del IE Business School.
En la presentación del ciclo, Jordi Sevilla enmarcó la cuestión, señalando que “el capitalismo tiene futuro, porque su esencia es cambiar”, y que ha ido mutando con el tiempo. Así, la “dinámica maximizadora del beneficio, en la que estaban de acuerdo tanto Marx como Friedman” se ha ido modulando cuando han surgido problemas nuevos, como las tensiones sociales provocadas por las desigualdades, o el reto de la sostenibilidad medioambiental.
Y actualmente el llamado capitalismo inclusivo o “capitalismo de las stakeholders (o partes interesadas)”, ya no tiene como objetivo exclusivo “ganar dinero”. También destaca Sevilla el impacto de la revolución digital y la llamada economía de los algoritmos que puede cuestionar el papel del dinero, del precio y del mercado.
En su intervención, sobre El papel de las empresas en el capitalismo inclusivo: la importancia de los stakeholders, Emilio Ontiveros constató que el sistema capitalista está dañado, aunque no de forma irreparable, y se refirió a la necesidad de que se reoriente, corrigiendo “los excesos que amenazan al sistema”. Entre estos excesos, sobre los que escribió el libro del mismo título (reseñado por Nueva Revista), destaca “la concentración de poder de mercado que amenaza a la libre competencia, la elusión fiscal, el deterioro del medio ambiente, el exceso de financiarización de las economías, y el aumento de la desigualdad o, lo que es lo mismo, la reducción de la igualdad de oportunidades que es el genoma fundamental del sistema económico”.
Blackrock, el principal gestor de carteras del mundo, ha advertido que va a desinvertir en “aquellas empresas cotizadas que no garanticen en 2050 la desaparición de la huella de carbono”
Añade que ya se está dando un cambio de rumbo de las empresas, impensable hace solo unos años. Así, resulta muy significativo que “el lobby empresarial más tradicional de EE.UU., Business Roundtable, que agrupa a los 181 principales ejecutivos del país, haya entonado el mea culpa” porque desde hace cincuenta años ha asumido como único criterio en la gestión maximizar la riqueza del accionista, como preconizaba Milton Friedman en el libro Capitalismo y libertad (1970).
O que el consejero delegado de Blackrock, el principal gestor de carteras del mundo, haya advertido que va a desinvertir en “aquellas empresas cotizadas que no garanticen en 2050 la desaparición de la huella de carbono”.
En lo que Ontiveros califica como un “corrimiento de tierras” en la cultura empresarial, se imponen otros factores a tener en cuenta, además de la búsqueda del beneficio, como servir a la comunidad, cuidar de los empleados y velar por los stakeholders (o partes interesadas), tal como ha señalado Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial.
La pandemia -subraya Ontiveros- ha acelerado la necesidad de “atribuir objetivos adicionales a las empresas”, porque se ha revelado la interconexión de los distintos agentes económicos, y porque han aumentado las tensiones provocadas por la desigualdad.
La crisis sanitaria está teniendo un impacto negativo sobre el crecimiento. Ontiveros cree que en 2021 volverá a contraerse el PIB de España (entre un 2’5 por ciento y un 3’5 en este primer trimestre), aunque considera que la economía puede crecer en torno al 5%. Sostiene que uno de los factores de riesgo es que las autoridades relajen demasiado pronto las medidas de control de la pandemia y eso comprometa la campaña turística de verano.
EL PAPEL DE LAS MEDIANAS Y PEQUEÑAS EMPRESAS
En la sesión intervino como panelista Alicia Coronil, economista jefe de Singular Bank y exdirectora del departamento de Economía del Círculo de Empresarios. Subrayó el papel que también juegan en el capitalismo “las pequeñas y medianas empresas”; y recalcó que estas “han tenido en su ADN el propósito hacia el retorno social de su actividad”; y el “cuidado de lo común”, a través de la formación del talento o la innovación. Coronil considera que se ha difuminado el concepto de empresario, y “ya no se distingue a un empresario de un directivo”.
Respecto al impacto de la pandemia, la economista cree que se puede llevar por delante a empresas que eran rentables y estaban bien gestionadas: “vamos a tener perdedores que no han sido culpables de ninguna fiesta, a diferencia de lo que ocurrió en crisis anteriores”. De suerte que este es “un momento crítico para el capitalismo”.
Coronil coincide con Ontiveros en que es preciso apostar por “un capitalismo con propósito y sostenibilidad”, con nuevas variantes y nuevos marcos laborales y fiscales. Así como por la colaboración público-privada entre políticos y empresarios.
Finalmente, participó en la sesión como panelista José Luis Jiménez Guajardo-Fajardo, profesor del IE Business School y director general de Inversiones de Mapfre. Recordó que en Mapfre ya se planteó “la responsabilidad social corporativa en 1965″. Y destaca la relevancia que tiene, en la actual mutación del sistema capitalista, el papel del propósito en la cultura empresarial: “La gente es más feliz trabajando en algo cuando existe un propósito”.
Al capitalismo -añadió- le pasa lo mismo que a la democracia, según la famosa observación de Churchill “el peor sistema a excepción de todos los demás”. No tiene alternativas “pero necesita ciertos arreglos” comenzando por “una mayor justicia social”.
A la hora de afrontar esos cambios -alerta José Luis Jiménez- es importante no recurrir a las recetas básicas y mágicas de “ideólogos y populistas” que pueden resultar contraproducentes y suponen un riesgo para la libertad, en un proceso que, en algunos aspectos, recuerda al que denunciaba Friedrich Hayek en su libro Camino de servidumbre.
La siguiente sesión del seminario El futuro del capitalismo tendrá como ponente a Josep Piqué, economista y exministro de Industria y Asuntos Exteriores, que hablará sobre “Nuevos escenarios geopolíticos y sociales, la equidad económica, la reducción de la pobreza y la paz social”.
“Ahí están: Georg y su hermano mayor Walter, y la hermanita Dora, sentada sobre una mullida piel”. El primer capítulo de Los Benjamin. Una familia alemana (Editorial Trotta), nos invita a fijarnos en la fotografía de la portada del libro. El retrato de los tres niños esta tomado hacia 1905, y su imagen nos indica que provienen de una familia de la alta burguesía de Berlín. Una acomodada familia judío-alemana. Este último dato revela que estamos ante una historia de desintegración. Los hermanos Benjamin sufrieron el horror del nacionalsocialismo y ninguno de los tres sobrevivió a la devastación del nazismo.

El autor de esta biografía familiar y coral, Uwe-Karsten Heye (1940), diplomático y escritor, colaborador de Willy Brandt y Gerard Schröder, inserta a cada uno de los Benjamin en su tejido familiar, y también lo sitúa en su contexto histórico. Estamos ante una saga familiar y también ante la Historia con mayúsculas: “Escribir sobre los Benjamin significa sumergirse en el sangriento siglo XX. Significa también encontrar la propia posición en un periodo marcado por dos guerras mundiales y la dictadura nazi”.
Georg, médico pediatra, fue arrestado inmediatamente después del incendio del Reichstag, como diputado del Partido Comunista alemán. Inhabilitado profesionalmente, ya no dejaría de ser acosado como comunista y como judío; murió en 1942, lanzándose contra la cerca electrificada, en el campo de concentración de Mauthausen, según los documentos del campo.
“Escribir sobre los Benjamin significa sumergirse en el sangriento siglo XX (…), un periodo marcado por dos guerras mundiales y la dictadura nazi”, dice el autor de la biografía
El biógrafo dedica un capítulo intenso a la muerte de Walter Benjamin, ensayista, crítico literario y filósofo, el más reconocido de la familia, que vivió un duro exilio en París. En 1940, Walter Benjamin quiso cruzar los Pirineos para huir de la Francia ocupada y dirigirse hasta Portugal, allí pensaba tomar un barco rumbo a América, pero fue detenido en Portbou por agentes españoles franquistas. Recibió la orden de presentarse al día siguiente en el cuartel de la policía para ser entregado a las autoridades francesas, bajo el mando de Vichy. Esa deportación le hubiera llevado a un campo de exterminio alemán. En la pensión en la que habría de pasar su última noche tomó la decisión de suicidarse con pastillas de morfina. Heye escribe que “su muerte sigue planteando numerosos enigmas”.
La hermana pequeña, Dora, pedagoga y socióloga, cuya tesis doctoral investigaba “la situación social de las trabajadoras berlinesas en el sector de la confección”, vivió exiliada en París, casi siempre en la miseria, mecanografió textos de Walter y trabajó como sirvienta. Fue detenida en el Velódrome d´Hiver, e internada en el campo de Gurs, en los Pirineos; consiguió escapar a Lourdes y más tarde a Suiza, allí murió de cáncer en 1946, pocos meses después de la derrota de los nazis.
Puesto que Walter Benjamin es el más estudiado de los tres hermanos, Uwe-Karsten Heye hace hincapié en la figura de los menos conocidos, Dora y Georg. Dora Benjamin, “minusvalorada por los biógrafos, para los que Walter era el único centro de atención”, no sólo colaboró con su hermano Georg que trabajaba como médico infantil en los barrios depauperados, después de la Primera Guerra, sino que presentó a Georg a su gran amiga Hilde Lange. El matrimonio de Georg con Hilde Benjamin, dará continuidad a la saga, con su hijo Michael, y los hijos de éste, Simone y Georg. Es extraño que el biógrafo apenas mencione al único hijo de Walter, Stephan Raphael, fruto de su unión con Dora Pollack.
El autor de este tejido familiar, engarzado en el contexto de un catastrófico siglo alemán, afirma que reconstruir la historia de la saga de los Benjamin ha sido posible gracias a Hilde Benjamin, la esposa de Georg, que vivió hasta 1989, y custodió, conservó y ordenó los documentos familiares. Puesto que Hilde disponía de un certificado de arianidad, después de la detención de su marido, pudo salvaguardar a su hijo Michael del destino de sus mayores.
Hilde Benjamin, una jurista prestigiosa, fue en los años 50 y 60 ministra de Justicia de la República Democrática Alemana, y una de las principales responsables de la persecución penal de los criminales nazis. Su fama de implacable con la desnazificación hizo que en la Alemania Occidental se la conociera como “Hilde la roja”. Según este biógrafo, las reacciones de Alemania Occidental contra las reformas judiciales de la RDA, estaban relacionadas con la política del primer canciller de la República Federal: “Konrad Adenauer renunció a una depuración análoga de los altos miembros del partido nazi, los altos cargos de las SS y los funcionarios nazis en la justicia, la administración, la economía y los medios de comunicación”.
Esto lleva a Heye a reflexionar largamente sobre las consecuencias de la división de Alemania en dos estados y en dos sociedades. Pese a la reunificación en 1990, las injusticias y las humillaciones llegaron hasta mucho después de la desaparición de Walter Benjamin, con la propuesta de un memorial escultórico en recuerdo de la muerte del filósofo. Una serie de desencuentros políticos y críticas por parte de algunos medios retrasaron el proyecto durante dos años, finalmente fue inaugurado en Portbou, en 1994. Michael Benjamin, el sobrino de Walter, su esposa Ursula y sus hijos estaban allí. Lisa Fittko, la activista que ayudó a Walter Benjamin a cruzar los Pirineos, también estuvo presente. La emoción de Michael, tal como relata el biógrafo, fue encontrarse con antiguos presos del campo de concentración de Mauthausen, donde su padre, Georg, había sido asesinado.
Esta prolija biografía de un legado genético y político, supone la revelación de una familia que luchó contra el terror del Estado nazi en distintos periodos de la historia de Alemania, y al mismo tiempo es un estremecedor recorrido del autor por la geografía más dolorosa de la saga de los Benjamin.
«Café y cigarrillos» es una colección de cuarenta y ocho relatos breves aún no traducidos al español. Contiene autobiografía y al menos dos capítulos que bien habrían podido formar parte de Crímenes (2009), la obra con la que Ferdinand von Schirach (Múnich, 1964), abogado penalista, se dio a conocer en la literatura alemana y obtuvo de paso un éxito mundial, luego consolidado con otras creaciones. Crímenes la ha publicado la editorial Salamandra en España.

Ferdinand von Schirach, Kaffee und Zigaretten («Café y cigarrillos»), btb Verlag, 2020 (la primera edición es de 2019).
Unas pocas referencias sustentan el entramado literario de Ferdinand von Schirach (Múnich, 1964) en «Café y cigarrillos». La primera es la huella del nacionalsocialismo. Baldur von Schirach, el abuelo paterno de Ferdinand, fue un alto dirigente nazi, condenado por los aliados en los juicios de Núremberg a 20 años de cárcel por haber ordenado la deportación de los judíos de Viena, durante la Segunda Guerra Mundial. Los otros puntos temáticos de «Café y cigarrillos» son el divorcio de los padres de Ferdinand, su paso por un internado jesuita a partir de los diez años y la reflexión sobre el sentimiento de culpa.
A Ferdinand von Schirach le gustan los haikus. Intenta imitar con su prosa la brevedad, claridad y aparente sencillez de esos poemas japoneses. Posee, además, grandes dotes de observación para señalar rápido y bien aspectos relevantes de lo que trata, como el caso de la vendedora del bar de un hospital que toma por enfermo mental a un médico (capítulo 27). A veces, con una frase retrata a un personaje, por ejemplo, a la señora que cambiaba de asunto cada «cuarenta segundos» (p. 179).
Ferdinand von Schirach mezcla literatura y vida de forma análoga, aunque no tan intensa, al escritor español Enrique Vila-Matas. Es significativa la común cita de Von Schirach y de Vila-Matas a Hemingway y a ese París que no se acaba nunca. Otro paralelismo entre vida y vida de artista es la amistad de Von Schirach con el Nobel de Literatura Imre Kertész (1929-2016), vecino suyo en Berlín un tiempo, y a quien le dedica un capítulo sobre el difícil arte del aguante y la paciencia. Kertész sobrevivió al campo de concentración de Auschwitz. Mención especial merece su admiración por el cineasta Michael Haneke (Múnich, 1942), en especial por la película Caché. «En algún momento ya no se tienen modelos. Se sabe demasiado. Sobre uno mismo y sobre los demás. Michael Haneke es para mí la excepción», se puede leer en «Café y cigarrillos» (p. 79). Finalmente, Ferdinand von Schirach refleja en «Café y cigarrillos» que se codea en Inglaterra con amigos representantes de la alta nobleza y, por motivos profesionales, con banqueros poderosos de varias partes del mundo.
El historiador muniqués Golo Mann (1909-1994) publicó en 1989 un volumen titulado Wir alle sind, was wir gelesen («Todos somos lo que hemos leído»). Según Von Schirach, somos más bien nuestros recuerdos y ningún libro es la causa de que desesperemos, porque «buscamos los libros que han sido escritos para nosotros» (p. 122). «Café y cigarrillos» bien podría ser una de esas obras «escritas para nosotros».
En lo que sigue, habla el propio Ferdinand von Schirach. Nos limitamos a traducirlo del alemán (con aclaraciones entre corchetes si son necesarias y puntos suspensivos si suprimimos texto del original), a agrupar según un cierto orden y a veces resaltar en negrita.
El internado
«Poco antes de cumplir los diez años, ingresó [Ferdinand von Schirach, escribiendo en tercera persona] en un internado jesuita. El lugar está en un valle oscuro y estrecho de la Selva Negra. Seis meses de invierno. La ciudad próxima grande queda muy lejos. El conductor lo lleva a gran distancia de su casa, de las porcelanas chinas, del papel de seda pintado y de las cortinas con loros de colores» (p. 8).
«Cuando llegan, se siente intimidado por la enorme cúpula de la iglesia, los edificios barrocos y las sotanas negras de los jesuitas. Su cama está en un dormitorio con otras treinta más. En el baño los lavabos se sitúan en la pared, uno al lado del otro. Solo hay agua fría. Durante la primera noche piensa que pronto se volverá a encender la luz y alguien dirá: “Has sido valiente, se acabó, puedes volver a casa”» (pp. 8-9).
«Una vez le muestra al sacerdote que enseña alemán los poemas que escribe sobre… colores. El señor, ya mayor, llama a su madre y le dice que el niño está «en peligro”. Pero no ocurre nada. Cuando le devuelve los poemas, solo los errores ortográficos están marcados en rojo» (p. 9). [Por entonces, Ferdinand von Schirach tenía algo así como un problema de sinestesia: sensación propia de un sentido determinada por otra sensación de un sentido diferente. La última línea de «Café y cigarrillos» dice: «La felicidad es un color y siempre solo un momento» (p. 187).]
«El sacerdote [otro padre jesuita] daba Latín y Griego. Nadie lo había visto nunca enojado, nunca gritaba. Había servido como soldado, él y su hermano, un abogado de Múnich. Habían estado en la resistencia contra Hitler. Más tarde, unos años después de la guerra, se hizo jesuita… Afirmaba que un hombre solo necesita tres cualidades: debe ser valiente, gallardo y amable. Debe comenzar las cosas audazmente, soportar sus fracasos con gallardía y ser afable. Murió cuando yo tenía doce años. Lo velamos en la capilla de la casa del internado. Su cara era de un blanco azulado… Me caía bien aquel señor» (pp. 106-108).
La figura del padre
«Su padre muere cuando él tiene 15 años [de nuevo Ferdinand von Schirach en tercera persona]. No lo había visto desde hacía mucho. Sus padres se separaron pronto. Su padre le enviaba postales al internado: vistas de las calles de Lugano, París y Lisboa. Una vez llegó una tarjeta de Manila. Un hombre con un traje ligero de lino se halla de pie frente al palacio blanco de Malacañang. Imagina que su padre se parece a ese hombre» (p. 9).
«De repente, pensé en mi padre… Era el verano que estábamos junto al río pescando truchas y creía que nada cambiaría. Hoy soy mayor que mi padre. Murió temprano… Ha pasado medio siglo desde entonces y todo ha cambiado. Las grandes domicilios se disolvieron. Con ellos desparecieron las chicas del servicio y las cocineras, los jardineros, los conductores y el guardabosques con sus perros, que tanto me gustaban. El parque verde oscuro en el que crecí, hace tiempo que se vendió. Los estanques con los nenúfares y el puente de madera curvado, la pista de tenis con la tierra roja que se pegaba a los pantalones y zapatos blancos, la piscina con hojas flotando en el agua azul clara… Todo eso ya no existe. Harold tenía razón: los días lentos de mi infancia, el humo de los cigarrillos de mi padre, la luz ámbar de las suaves noches de verano: ese mundo está solo dentro de mí» (pp. 62-64).
«La patria no es un lugar, es nuestra memoria» (p. 62).
«A los16 años, tras la muerte de mi padre, mi tío me regaló un librito de Epicteto sobre moral… Mi tío fue soldado de la Armada durante la Segunda Guerra Mundial. Una granada le arrancó el brazo izquierdo y tres dedos de la mano derecha. Después de la contienda bélica, mi tío estudió Derecho y se hizo juez… El libro que me regaló lo llevaba en el bolsillo de su abrigo durante la guerra; en el hospital lo dejaba en la mesita de noche. Luego, tras la guerra, lo ponía en su banco de juez» (p.150-151).
El abuelo y el nacionalsocialismo
«El 13 de marzo de 1997, Schily [Otto Schily (Bochum, 1932), abogado, ex ministro del Interior alemán] se dirige al Congreso con motivo de la exposición “Guerra de exterminio. Crímenes del Ejército alemán de 1941 a 1944”. Schily apenas puede pronunciar palabra. Vacila, se disculpa, está a punto de llorar. Luego habla de sus hermanos, de las víctimas de la guerra y de los nazis. No recuerdo un discurso que me haya afectado tanto» (pp. 26-27).
«Conversamos sobre nuestras familias [Ferdinand von Schirach, por motivos profesionales, en Berlín, con una abogada ucraniana de origen judío]. Sus abuelos judíos fueron deportados de Viena por los nazis y luego asesinados. Su madre pudo huir. Encontró refugio con parientes lejanos, agricultores, en Ucrania. La abogada creció en Kiev… Mi abuelo Baldur von Schirach era entonces el jefe nazi de Viena. «Todo judío que opere en Europa es un peligro para la cultura europea», dijo en un discurso en 1942. Fue responsable de la deportación de los judíos de Viena, también del destino de la familia de la abogada. Eso fue «una contribución activa a la cultura europea», afirmó mi abuelo. Quizás debido a la rabia y a la vergüenza por sus frases y acciones me he convertido en quien soy» (pp. 73-74).
«Tengo una cita con un historiador del arte. Un periódico publicó que en 1938 los nazis habían robado todo a una familia en Viena y que mi bisabuelo posteriormente «compró» un cuadro de esa familia. Tras la guerra, los aliados confiscaron el patrimonio de mi bisabuelo y de mi abuelo. Pocos años después, a mi abuela se le permitió comprar el cuadro mencionado a las autoridades en Múnich, por poco dinero. Pasaron solo unos días, según el periódico, y lo revende con grandes ganancias. Los descendientes de la familia de Viena ahora viven en Nueva York. Nunca recuperaron la pintura» (p. 134).
La culpa
«Aquella tarde vi por primera vez la película Caché, de Haneke. Yo era ya abogado penalista desde hacía más de diez años, pero fue entonces, en ese momento en el cine, cuando entendí por primera vez, completamente, qué era realmente la culpa» (p. 82).
«Las películas de Haneke son valiosas porque nos cuestionan. Muestran que no hay respuestas. Esta es quizá nuestra única verdad. He necesitado mucho tiempo para entenderlo» (pp. 83-84).
«Después de todos estos años he comprendido que la pregunta de si una persona es buena o mala es un sin sentido completo. El ser humano puede ser todo» (p. 85).
Los autores, dos de los economistas más afamados en la actualidad, premios Nobel de Economía 2019, junto con Michael Kremer, debutaron en su faceta de divulgadores del desarrollo con su libro Repensar la pobreza: Un giro radical en la lucha contra la desigualdad global.

Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo: Buena economía para tiempos difíciles.Taurus, 2020.
Con la humildad propia de los grandes pensadores, Duflo y Banerjee aspiran, con Buena economía para tiempos difíciles, a divulgar los impactos positivos que tienen la teoría económica, que se publica en los libros y artículos de investigación, en las medidas concretas que mejoran la vida de gente que habita nuestro planeta.
Es por ello un libro imprescindible y fácil de leer, repleto de citas de otros grandes economistas. Además, los autores repasan algunos axiomas del pensamiento económico convencional, con el máximo respeto, pero también con espíritu crítico, con el fin de construir una “caja de herramientas” que sea realmente útil para la elaboración de la política económica. Siendo capaces de demostrar que la ciencia económica puede abordar los problemas y las realidades importantes de nuestro mundo: populismo, racismo, descarbonización, crecimiento económico, redistribución de la renta, avance tecnológico, libre comercio, etc.
En esta reseña nos vamos a centrar en cuatro aspectos del libro que pueden relanzar el crecimiento económico de los países: la inmigración, el desarrollo económico, el crecimiento de la población y la discusión sobre el proteccionismo.
El debate sobre el crecimiento
Una de las grandes preguntas que se plantean los autores es si hemos llegado al fin del crecimiento, es decir, si la economía global ha alcanzado el estado estacionario. En el capítulo 5º, titulado ¿El fin del crecimiento (económico)?, se comparan las teorías de los que piensan que la economía está y seguirá estancada (crecimiento 0%) frente a los que creen que el progreso económico seguirá avanzando. Así, citan al economista y profesor universitario Alvin Hansen, que acuñó la teoría del “estancamiento secular», en el marco de la Gran Depresión, cuando se desató la mayor crisis económica del siglo XX y que dejó grandes secuelas en los años posteriores. La percepción de Hansen era que “la economía estadounidense nunca volvería a crecer porque todos los factores del crecimiento ya habían tenido lugar. En particular, pensaba, el progreso tecnológico y el crecimiento de la población habían terminado” (pág. 191).
El término estancamiento secular fue retomado en el año 2013 por Larry Summers, quien buscaba encontrar una explicación a la lenta recuperación de la economía tras la Gran Recesión iniciada en 2008. Afortunadamente, la historia ha demostrado lo contrario: la mayoría de quienes crecimos en Occidente, en las últimas ocho décadas, lo hicimos con un rápido crecimiento o con padres acostumbrados a aumentar su bienestar. ¿Qué es lo que ha hecho posible este crecimiento? Sin duda, el aumento de los factores de la producción: capital, trabajo, recursos naturales y conocimientos. Sobre todo, el avance tecnológico y su difusión. Así, a medida que crece el desarrollo científico, lo hace también la frontera del conocimiento. En este sentido, Paul Romer, premio Nobel de Economía en 2018, y uno de los economistas más citados en el libro, asegura que el cambio tecnológico permite rendimientos crecientes en la economía.
Además, y gracias a la Industria 4.0 (4ª Revolución Industrial), se produce con más rapidez la difusión de la innovación mediante el aumento de la transferencia internacional de la tecnología y del comercio internacional. Esos intercambios de información tecnológica permiten que se produzca un efecto similar al del incremento de la población, es decir, cuando el número de individuos aumenta, la capacidad de desarrollar ideas innovadoras también lo hace y con ello el crecimiento económico. El desarrollo tecnológico favorece, por tanto, economías de escala que producen rendimientos crecientes.
Las evidencias sugieren que incluso los grandes episodios de inmigración casi no tienen un efecto negativo en los salarios o en las perspectivas laborales de la población a la que llegan los inmigrantes
En este sentido los autores afirman que los países emergentes están actualizando sus tecnologías con mayor rapidez que los países desarrollados. “Por supuesto, las innovaciones más vistosas, los coches sin conductor y las impresoras 3D de cada época, siempre estarán en los países más avanzados, pero gran parte de la actualización tecnológica consiste en pasar de la tecnología de anteayer a la de ayer. Normalmente esto es más fácil que flanquear la frontera, porque ya se ha hecho y sabemos exactamente cómo hacerlo. Es cuestión de utilizar lo que está disponible en lugar de concebir algo nuevo” (pág. 301).
La aportación de los inmigrantes
Precisamente uno de los factores que permite el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico, que vimos en el aparatado anterior, es la aportación de los inmigrantes. De ahí que el libro desmitifique algunos sofismas que una parte de los ciudadanos en general, y los políticos en particular, dan por ciertos. Para ello utilizan trabajos empíricos y experimentos económicos que se han ido realizando en las últimas décadas y que demuestran, por ejemplo, que los inmigrantes no quitan puestos de trabajo a los nacionales de un país y, en cambio, añaden valor a la economía. Se aborda, literalmente, “un intenso debate en la profesión económica, pero las evidencias sugieren que incluso los grandes episodios de inmigración casi no tienen un efecto negativo en los salarios o en las perspectivas laborales de la población a la que llegan los inmigrantes” (pág. 35).
Según la crítica, el libro sabe dar respuestas sencillas y convincentes a problemas graves de la actualidad económica: desde el fenómeno del estancamiento económico hasta el equilibrio ecológico
Además, muchos de los inmigrantes o sus descendientes han sido grandes emprendedores. En 2017, de las quinientas compañías estadounidenses con mayores ingresos (lista Fortune 500), el 43% habían sido fundadas o cofundadas por inmigrantes o por sus hijos. Los ejemplos son numerosos, baste destacar algunos: Henry Ford era hijo de inmigrante irlandés, el padre biológico de Steve Jobs era natural de Siria, Sergey Brin (cofundador de Google junto a Larry Page) nació en Rusia, y el apellido de Jeff Bezos (Director Ejecutivo de Amazon), proviene de su padrastro, el inmigrante cubano Bezos. Sin embargo, durante la presidencia de Donald Trump, la idea dominante en EEUU era que “los inmigrantes no solo se quedan con nuestros trabajos, son criminales y violadores que amenazan la supervivencia misma de los blancos” (pág. 142). Se trata de una ira declarada hacia los extranjeros, que va mucho más allá del puro resentimiento económico. Resulta curioso que en EEUU cuantos menos inmigrantes viven en un estado (caso de Wyoming, Alabama, Virginia Occidental, Kentucky y Arkansas), menos aceptados son. Como toda clase de discriminación, la historia del racismo está llena de odio, y se basa en la ignorancia (falta de educación) y en el temor a lo distinto. El temor es la emoción más fácil de usar y manipular en la política. Ese temor que amenaza una supuesta posición económica o social.
El crecimiento de la población
Junto con la inmigración, los autores no se olvidan de un factor íntimamente relacionado: la importancia del crecimiento de la población. Para ello ponen dos ejemplos: Japón y China. Así, señalan que, en 1979, Japón se iba a convertir en la primera potencia mundial, lo tenía todo para superar a los EE.UU. (en términos de renta per cápita): elevado nivel educativo, avanzado nivel tecnológico, buenas relaciones laborales, baja criminalidad, sector público competente, etc. Sin embargo, la tasa de crecimiento se estancó. ¿Cuál fue la causa? Banerjee y Duflo muestran como la “baja tasa de fertilidad y la ausencia casi completa de inmigración hicieron que Japón empezara a envejecer rápidamente” (pág. 249). Así, a finales de la década de 1990, la población en edad de trabajar alcanzó su máximo histórico, y, desde entonces, ha ido descendiendo, lo que significa que para mantener una elevada tasa de crecimiento deberían tener un avance tecnológico aún más rápido. En definitiva, que para que Japón hubiera alcanzado a los EEUU, debería haberse producido algún milagro que lograse que su fuerza laboral fuera o más abundante y/o más productiva.
Los autores quieren mostrar que la fecundidad genera progreso. Para que haya un gran tenista, argumentan, debe haber antes cientos de niños jugando al tenis
El ejemplo de Japón es importante porque China quizá, en el futuro, se podría enfrentar a los mismos problemas que Japón. Y aunque ahora, ciertamente, está creciendo muy rápido para ponerse a la altura de EEUU (en términos per cápita), sin embargo, los resultados de la política del hijo único podrían generar una ralentización del crecimiento. En concreto China está pasando de una tasa anual de crecimiento del 10% en los últimos 40 años a una del 5%. Entonces si, por ejemplo, EEUU sigue creciendo al 1,5% China tardará al menos 35 años en igualar a EEUU en términos de ingreso per cápita (pág. 250).
Con estos dos ejemplos, los autores quieren mostrar que la fecundidad genera progreso técnico. Esto puede sorprender a algunos, pero es lo que se constata empíricamente. Para que haya un gran tenista debe haber antes cientos de niños jugando al tenis y, consecuentemente, padres que los traigan al mundo y que les animen a hacerlo. Lo mismo ocurre con los profesionales de la ingeniería, la investigación y el desarrollo: hay que crear cantera.
¿Librecambio o proteccionismo?
También el comercio internacional es un factor que contribuye poderosamente a aumentar el crecimiento de los países. Hace más de 200 años que dos británicos (que fueron precisamente los padres de la economía) Adam Smith y David Ricardo, demostraron los beneficios que genera el comercio internacional sobre el crecimiento de las economías. De ahí que la mayoría de los economistas defiendan la libertad de comercio como un instrumento que mejora las condiciones de vida y de trabajo de la población mundial. A pesar de las discrepancias que suele haber entre los economistas, sin embargo, su opinión sobre el proteccionismo es casi unánime. Así, Mankiw, G. y Taylor, M. en su libro Economía (Paraninfo, 2017, pág. 33), recogen una encuesta en la que el 93% de los expertos coinciden en que los aranceles sobre las importaciones normalmente reducen el bienestar general. No se puede olvidar que proteger es eliminar el mejor estímulo que tienen las empresas y los países para mejorar la competitividad.
Todos los antecedentes históricos han sido malos para el proteccionismo; en América Latina, la estrategia de Sustitución de Importaciones (políticas que sustituyeron las exportaciones por la producción interna) tuvo consecuencias económicas fatales; la URSS, que parecía que era uno de los países más ricos del mundo, colapsó económicamente, entre otros motivos, porque los bienes y servicios que producía eran incapaces de competir en los mercados internacionales; China en la época de Mao (una economía cerrada al exterior) obtuvo resultados económicos desastrosos; en España los veinte años de autarquía (1939-59) generaron un aparato productivo ineficiente.
Todos los países que liberalizaron el comercio, según los autores, tuvieron un crecimiento económico más rápido que aquellos que defendieron sus economías de las importaciones procedentes del exterior
En cambio, cuando las economías se abren al comercio internacional, consiguen resultados muy alentadores: asignan mejor sus recursos. Los autores muestran como los cambios de estrategia de algunas economías hacia una mayor apertura les permiten alcanzar un elevado nivel de crecimiento económico. Ejemplos no faltan: India desde 1990; algo muy parecido ocurrió en Chile a partir de 1973, con la llegada de Pinochet; en China, con las reformas de Deng Xiaoping, a partir de 1979; en Corea del Sur, cuando se convirtió en un país industrializado a comienzos de la década de 1960, y en Vietnam en la década de 1990. Pero al mismo tiempo, en estos países junto con el trigo de la mejor asignación de recursos y la reducción de la pobreza, aparece la cizaña de la desigualdad.
En todas estas historias de éxito, la desigualdad (que no la pobreza) se ha incrementado de manera drástica. ¿Entonces para que abrirse al exterior? Es evidente que el tipo de control estatal extremo en el que muchas de esas economías operaban antes de la liberalización era muy efectivo a la hora de reducir las desigualdades, “pero tenía un elevado coste por lo que respecta al crecimiento económico” (pág. 80).
Los autores señalan que, para responder a este tipo de preguntas (¿Librecambio o proteccionismo?), los economistas suelen comparar países y también, dentro de un país, su evolución histórica. Se intenta contrastar así y de forma empírica las hipótesis. La idea básica que se obtiene de esta comparación es sencilla; todos los países que liberalizaron el comercio tuvieron un crecimiento económico más rápido que aquellos que defendieron sus economías de las importaciones procedentes del exterior. Los resultados son favorables al comercio.
A modo de conclusión
En resumen, este nuevo libro de Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo propone políticas públicas claras y operativas dirigidas a los profesionales de la economía, empresarios, y en general, a los ciudadanos interesados por la situación económica del mundo. Ha tenido críticas muy positivas que proceden de personas de formación económica muy dispar y de los más prestigiosos medios de comunicación. Bill Gates, Yanis Varoufakis, William Easterly, Financial Times, The Economist, The Wall Street Journal, etc. señalan que el libro sabe dar respuestas sencillas y convincentes a problemas graves de la actualidad económica: desde el fenómeno del estancamiento económico hasta el equilibrio ecológico, pasando por la política de identidad. El libro es especialmente seductor cuando los autores están dispuestos a ir más allá de los límites de su disciplina.
La buena economía, hecha de forma honesta y no al servicio de otros propósitos, puede ser muy útil para mejorar la vida de la gente. Este libro es buen ejemplo de ello.
En 1980, hace cuarenta y un años, el Parlamento aprobó la Ley Orgánica de Libertad Religiosa, sin ningún voto en contra. Promovida por el ministro de Justicia del Gobierno de UCD, Íñigo Cavero, la voluntad de la ley fue contribuir a la concordia de los españoles bajo la estela de la Constitución de 1978, que en su artículo 16, garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades.

Un libro, editado por la Fundación San Pablo reúne quince estudios de otros tantos especialistas, acerca de la génesis de aquella norma y sus elementos más significativos. El volumen está coordinado por Eugenio Nasarre, director general de Asuntos Religiosos en aquel Gobierno; y Jaime Rosell, catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado.
Después de un prólogo de Alfonso Bullón, presidente de la Fundación Universitaria San Pablo CEU, Eugenio Nasarre describe sus líneas maestras. Subraya que, por primera vez, una cuestión tan espinosa en el pasado no se abordó bajo el signo del enfrentamiento sino de la concordia, el mismo que caracterizó “el espíritu de la Transición”.
Ello fue posible por el cambio de actitud hacia la Iglesia Católica de partidos que en la II República se habían caracterizado por su anticlericalismo. Los líderes del PSOE, PSP y Partido Comunista (Felipe González, Tierno Galván y Santiago Carrillo respectivamente) supieron abrirse a fórmulas de entendimiento basadas en una concepción moderna de la libertad religiosa, que implicaba el reconocimiento del catolicismo como un sujeto significativo de la vida nacional.
La laicidad no debe caer en beligerancia u hostilidad antirreligiosa, puesto que eso rompería su neutralidad
El artículo 16 de la Constitución y la ley de libertad religiosa están informados por el principio de laicidad. Nasarre precisa que esta es una cualidad del Estado que implica una autolimitación que se impone a sí mismo al servicio de la libertad. La laicidad excluye la identificación del Estado con una confesión religiosa, pero también excluye su identificación con una determinada cosmovisión de carácter ideológico. Por lo tanto, la laicidad no debe caer en beligerancia u hostilidad antirreligiosa, puesto que eso rompería su neutralidad. Precisamente la “laicidad positiva” en materia religiosa es lo que caracteriza al modelo de Estado español.
Tres fueron los criterios principales que se fijaron para elaborar el proyecto de ley: debía ser una ley sobria y de intervención mínima por parte del Estado; debía lograr el mismo consenso parlamentario que el logrado en la Constitución, así como el apoyo de las confesiones minoritarias (judía, evangélica e islámica); y debía adoptar el modelo convencional para desarrollar el principio de cooperación plasmado en el artículo 16.
Se logró el consenso parlamentario y la ley fue finalmente aprobada en el Congreso, el 24 de junio de 1980, con el siguiente resultado: 249 votos a favor, 5 abstenciones, ningún voto en contra. Como había dicho el ministro Iñigo Cavero: “No estamos en presencia de una ley partidista sino que estamos estableciendo una de las columnas principales de convivencia dentro del Estado democrático”.
El volumen editado por el CEU incluye un trabajo de Jaime Rosell, sobre la ley de libertad religiosa en el contexto de la Unión Europea; y otro de Juan José González Rivas, presidente del Tribunal Constitucional sobre el contenido constitucional del artículo 16. Y José Francisco Serrano Oceja, profesor titular de San Pablo-CEU, analiza el fenómeno de la secularización.
Completan el libro los artículos de otros destacados especialistas: Lourdes Ruano, María José Roca, Zoila Combalías, José Luis Martínez López Muñiz, Silverio Nieto y Rocío López González.
Y escriben un bloque final los representantes de las confesiones religiosas, monseñor Luis Argüello, Isaac Qerub, Carlos López Lozano e Isabel Romero Arias -esta última como presidenta de la Junta islámica a la espera, cuando se escribió el artículo, de que se eligiera el sustituto del fallecido Riay Tatar en la Comisión Islámica de España-. Todos ellos reconocen el valor de la ley de Libertad Religiosa.