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Roberto Fernández: “Hay que revisar la participación de los estudiantes en las elecciones a rector”

“No puede ser que los estudiantes estén decidiendo las elecciones a rector. Habría que hacer que el voto de los estudiantes valiera según su participación” ha afirmado Roberto Fernández, expresidente de la Conferencia de Rectores (CRUE).

Catedrático de Historia Moderna y exrector de la Universidad de Lleida, Fernández ha participado en una nueva sesión de Los futuros de la universidad, seminario de reflexión académica, organizado por Nueva Revista, y dirigido por Rafael Puyol, presidente de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

Entre las reformas pendientes de la Universidad propone reforzar “la figura de los rectores, para que puedan elegir a los decanos”, y para que tengan capacidad de maniobra para “poder hacer política de personal, de precios y de grados”.

Sostiene que en la elección de órganos colegiados de la universidad deben participar también los estudiantes, pero “no con la capacidad de decisión que en estos momentos tienen”.  Es un error, añade, porque “en algunos casos, no están capacitados para entender la enorme complejidad de la universidad”. “No puede ser -apostilla- que el voto de un estudiante acabe decidiendo toda la vida política de la Complutense o de la Politécnica”.

UNIVERSIDAD PRESENCIAL Y EN LÍNEA, PARADIGMAS DISTINTOS 

Respecto a la digitalización de la universidad, el expresidente de la CRUE distinguió entre “digitalización y virtualidad”. Una cosa es que las universidades hayan hecho un esfuerzo por digitalizar la vida académica, debido a la pandemia, indicó; y otra distinta que “toda universidad deba ser presencial y paralelamente virtual. No veo beneficios, al menos en las públicas”. Señaló, además, que se trata de dos paradigmas distintos, el de la universidad presencial y la universidad online, con metodologías distintas; y dos paradigmas distintos en la misma institución le parece algo “difícil de sostener”.

«Debemos concebir la universidad española no como un privilegio sino como un deber imprescindible para sostener el Estado de bienestar«

En su exposición, el profesor Fernández partió de la base de que “debemos concebir la universidad española no como un privilegio sino como un deber imprescindible para sostener el Estado de bienestar», dado que es la institución que “quiere luchar con las desigualdades a través de la economía del conocimiento y la innovación». En este sentido, la universidad persigue dos objetivos. Uno es individual: «Aumentar la renta de las personas y asegurar su proyecto vital»; y otro colectivo: «la construcción de la ciudadanía y el progreso económico y social del conjunto de los ciudadanos».

El expresidente de la CRUE considera que España cuenta con “el mejor sistema universitario de toda su historia”. Y se pregunta retóricamente: si la economía y la sociedad españolas han progresado de forma exponencial en los últimos cuarenta años ¿algo ha tenido que ver la universidad en ello?

En el ranking de Shanghai “España ha tenido siempre a cuarenta de nuestras universidades entre las mil mejores del mundo”. Dio el dato de que un joven español tiene un 17% más de posibilidades de ir a una universidad bien situada en los rankings que un alemán.

Añade que el sistema universitario ha resultado ser un elemento decisivo de “cohesión y equidad social”: España ha pasado de los 700.000 estudiantes de los años 70 al millón y medio actual, “manteniendo un tono muy positivo de excelencia docente”.

Pero ha perdido “el 24% de financiación pública, y miles de plazas universitarias, por las políticas restrictivas tras la crisis de 2008”. Las restricciones presupuestarias han supuesto también importantes recortes en investigación: “entre 2008 y 2018 la financiación en investigación ha descendido un 30% por parte de la privada, y un 21% por parte de la pública, según datos de la CRUE”.

 “Hace falta una ley orgánica de universidades, reformista e innovadora capaz de durar en el tiempo”

Considera Roberto Fernández que “hace falta una ley orgánica de universidades”, con una “perspectiva reformista e innovadora”. Pero añade que toda ley de universidades debe mantener el equilibrio entre el acceso de estudiantes y la excelencia académica; y sobre todo la capacidad de durar en el tiempo, porque “no se puede hacer una ley y que otra mayoría parlamentaria la quite”. “Es preciso -subrayó- despolitizar la universidad”.  Una ley de este tipo debe basarse no en principios de partido, sino en “la búsqueda de un consenso amplísimo del arco parlamentario”.

Recordó que «la universidad no es propiedad de los universitarios, sino de los ciudadanos”. De ahí la necesidad de “combatir el corporativismo y sustituirlo por una actitud colaboracionista. Tampoco la Universidad es del Gobierno. Pero sí es responsabilidad del Estado».

El ponente explicó que la universidad española tiene por delante seis retos y cinco metas:

Los retos son los siguientes:

-Más y mejor financiación;

-más autonomía;

-más horizontalidad y menos verticalidad;

mayor adaptación entre oferta y demanda de los estudios;

-mayor internacionalización;

-más preocupación por la ocupabilidad de egresados.

Y las cinco metas son:

-Sostener el crecimiento económico con desarrollo social y territorial;

-sostener el Estado de bienestar, a través de la creación de conocimiento;

-garantizar la sociedad del conocimiento, “una nueva revolución económica que no podemos perder”; “no quedar derrotados en la galopante globalización”;

-y mantener la cohesión social, a través del mérito.

El seminario Los futuros de la Universidad ha contado en anteriores sesiones, con las intervenciones de Juan Vázquez, exrector de la Universidad de Oviedo; Federico Gutiérrez-Solana, exrector de la Universidad de Cantabria; y Adelaida de la Calle, exrectora de la Universidad de Málaga.

Haneke, ante la culpa, la mentira y la violencia

(Este es el tercer perfil de una serie de tres autores que reflejan en su obra el impacto del cristianismo)

Michael Haneke (Múnich, 1942) se estableció en 1970 como guionista y director teatral y cinematográfico. Desde entonces su carrera ascendente ha sido constante, hasta conseguir dos premios en Cannes por Caché (2005) y La cinta blanca (2009), y el Óscar a la mejor película en lengua no inglesa con Amor (2012).

Caché («Escondido») es un filme sobre la mentira como medio de supervivencia y sobre la venganza inesperada del engaño en forma de sentimientos de culpabilidad. No es infrecuente que alguien trate de guardar en secreto algo poco confesable de su pasado y que elija la senda del olvido, sin procurar sanar el agravio. Sucede que luego la culpa brota, con consecuencias muchas veces devastadoras.

«Siempre soy yo el que decide portarse bien o mal con alguien. Si el otro es un idiota, nada me obliga a serlo a mí también»

La cinta blanca narra la historia de un pueblecito alemán hechizado por una serie de incidentes macabros perpetrados por niños. Los chicos observan cuidadosamente a sus padres y concluyen que no viven la moral que predican. Pero Haneke no redime a los niños. Al contrario, los muchachos amplifican los delitos de los padres. La acción se desarrolla poco antes del estallido de la Primera Guerra Mundial y del ascenso del nacionalsocialismo. Haneke preanuncia el Tercer Reich, sin nombrarlo, a base de retratar con meticulosidad la disciplina, el principio de autoridad y el protestantismo luterano.

En Amor, Haneke rueda a dos octogenarios en el hogar común. El ictus que sobreviene a la señora transforma progresivamente la relación de la pareja y con la hija emancipada, que los visita de vez en cuando. Prácticamente la mitad de la civilización occidental se puede ver reflejada en Amor. Nada en este drama es espectacular y a la vez todo resulta sobresaliente. Hay ternura que se materializa en servicio y un resultado final, sin embargo, muy perturbador.

Prácticamente la mitad de la civilización occidental se puede ver reflejada en «Amor» 

La pregunta que nos planteábamos en este número de Nueva Revista era sobre la huella cristiana en creadores teóricamente al margen del cristianismo. En el caso de Haneke, el surco es profundo.

La madre de Haneke, en su día una actriz famosa austriaca, era católica, y su padre, un célebre actor alemán, protestante. Michael Haneke no es ni uno ni lo otro. A él no lo criaron sus padres, que se divorciaron pronto, sino su tía. Con todo, «la religión –expone el cineasta– no se puede ignorar como artista dramático. Siempre ha sido uno de los pilares de la civilización y siempre lo será de una forma u otra».

El núcleo del mensaje cristiano se resume en el seguimiento de Jesús de Nazaret, una persona humana que reclama ser Dios, y en intentar imitar su ser (amor) y cumplir sus leyes.

«Todo lo posmoderno es de una gran pobreza»  

Sobre lo primero (Cristo, persona y Dios), Haneke es un buscador  al que no le convence nada el panorama actual de soluciones. Afirma: «Todo lo posmoderno es de una gran pobreza. Si tanto desean distraerse significa que el nivel de frustración es enorme». ¿Un aguafiestas? Él no se ve así. Subraya: «La realidad es compleja, contradictoria y no necesariamente agradable. Si ahora me preguntasen si soy pesimista, les contestaría que soy realista».

En cuanto al amor (querer el bien del otro), llama la atención que Haneke combata decididamente los tópicos de la justicia social y defienda el servicio práctico al ser cercano. «Si todos fuéramos amables –declara–, el mundo sería muy diferente. Siempre soy yo el que decide portarse bien o mal con alguien. Si el otro es un idiota, nada me obliga a serlo a mí también».

Por último, sus temas recurrentes (la culpa, las calamidades consecuencia del embuste, la violencia y la represión) proceden de lo que Haneke mismo llama pecado original.

Las relaciones entre el mercado, el Estado y las instituciones

(En la cuarta sesión de El futuro del capitalismo, organizado por el Consejo Social de UNIR, que preside el exministro Jordi Sevilla, y dirige Rafael Pampillón, catedrático Emérito de Economía por la Universidad CEU-San Pablo, intervino como ponente Juan María Nin)

Hasta la fecha, el capitalismo es el sistema que más exitosamente ha logrado ofrecer a los individuos el que, como bien vio Unamuno en su Del Sentimiento trágico de la vida, es uno de sus objetivos vitales: la supervivencia.

Y la supervivencia no sólo se logra teniendo recursos para saciar las necesidades básicas; sino también pudiendo desarrollar otras facetas de la vida imprescindibles para el alma humana.

«La libertad sin apoyatura material que permita hacerla efectiva es una cualidad coartada»

Cuando me aproximo al capitalismo desde la ética, lo hago porque la Historia nos ha demostrado que la libre decisión, delimitada por la norma legal que debería a su vez incoordinarse en el Derecho Natural, es la base de cualquier ética generalizable en términos sociales; más en sociedades complejas como las nuestras porque éste toma como base de su dimensión social el hecho de la propiedad y la libertad individual. La libertad sin apoyatura material que permita hacerla efectiva es una cualidad coartada, incluso hay quienes sostendrían que no sería libertad. Por tanto hay que dar soporte al sistema que mejor promueve esta apoyatura.

En todo caso, el capitalismo ha sido una fuente de libertad. Basta con recurrir a la Historia, a la sociedad en la que nació del gran salto adelante del sistema capitalista a partir del siglo XVIII, cuando la revolución industrial potenció este sistema, las hambrunas, las muertes jóvenes y las enfermedades fueron suavizando sus dolorosas apariciones en la vida del hombre hasta alcanzar la situación en la que hoy vivimos.

El segundo punto que se añade a la supervivencia y que quiero esgrimir aquí es el de la igualdad. Y en este seré más breve, por lo evidente que resulta el hecho de que antes de la producción en masa, los productos culturales, por ejemplo, o de cualquier otro tipo, eran de circulación escasa y reducida a un sector minoritario de la sociedad, y después de la revolución industrial, pasaron a ser de uso común. Pensemos en nuestros propios días y en cómo hoy, los avances tecnológicos más punteros están al alcance de todas las capas sociales, o cómo las últimas tecnologías biomédicas podrán ser empleadas para la curación de todos los enfermos sin importar su condición social.

La industrialización primero, y ahora la transformación a un mundo de industrias inmateriales, informatizadas y algorítmicas, contribuyeron -y contribuyen- a la producción masiva de bienes que ofrecen enormes posibilidades económicas pero y no más importante: también espirituales, formativas, lúdicas.

Esta producción masiva que fomenta la igualdad de acceso a los bienes es y opera como si fuera un camino de ida y vuelta, proporciona herramientas materiales para ejercer la libertad. No de golpe…en lo que sería un escenario utópico pero sí de manera muy rápida y acelerada.

«Si algo nos ha demostrado la pandemia es que esa afición tan nuestra a la predicción ya sea económica, política o deportiva, no es más que eso: una afición»

Toda interrogación acerca del futuro, especialmente si éste es lejano, siempre corre el riesgo de caer dentro de los predios de la imaginación y la fantasía. ¿Por qué no? Es legítima. Si algo nos ha demostrado la pandemia es que esa afición tan nuestra a la predicción ya sea económica, política o deportiva, no es más que eso: una afición, un hobby y que la realidad es mucho más imprevisible de lo que pudiera pensarse.  El futuro se construye desde la libertad de cada persona, individual o colectivamente. Los cisnes negros nos salvan del determinismo. También la Física actual.

De hecho, la pandemia ha roto esa creencia casi religiosa que poco a poco iba tomando cuerpo: la de que la transformación tecnológica que desde hace algunos años estamos viviendo, y que conocemos como IV Revolución Industrial, iba a ser la panacea de la que obtener la solución a todos nuestros problemas, también los económicos.

Lo creíamos o lo empezábamos a creer, hasta que un virus desconocido llegó a nuestras casas, infectó a nuestros amigos, a nuestras familias y en muchos, muchísimos casos, les causó la muerte.

Ahora bien, ¿era irracional esa fe en el cambio tecnológico? Yo creo que no. Creo sinceramente que las nuevas fronteras de la técnica y la ciencia pueden llevarnos a descubrir nuevos horizontes económicos y de generación de riquezas y que, de hecho, son esos nuevos horizontes los que más certeramente pueden acercarnos a la respuesta que buscamos sobre el futuro del sistema capitalista.  Así lo he propuesto como punto de reflexión.

TRES BASES DEL SISTEMA CAPITALISTA

Tanto así, que sobre ese cambio tecnológico, creo que podemos identificar tres de los elementos sobre los que, a mi juicio, se asienta el crecimiento del sistema capitalista:

1) el conocimiento como nuevo factor de producción;

2) la innovación;

y 3) la capacidad de adaptación.

Los tres, como insistimos, en el marco de valores éticos que conducen a una sociedad justa.

1) Cuando hablo del conocimiento como nuevo factor de producción, me estoy refiriendo exactamente a la incorporación del conocimiento —que es esa mezcla entre experiencia, sabiduría e información— al proceso productivo que hasta ahora protagonizaban casi en exclusiva la maquinaria y el trabajo.

En las sociedades preindustriales la producción dependía fundamentalmente del trabajo y la tierra. Con la llegada de la Revolución Industrial, y la mecanización que trajo consigo, la maquinaria cobró protagonismo en el proceso productivo desplazando en importancia a la tierra. La llegada de los microprocesadores y el desarrollo de las telecomunicaciones producirá, está produciendo ya, algo similar con el conocimiento como factor de producción. Del mismo modo en el que el capital físico desplazó a la tierra en los orígenes del sistema capitalista, ahora será el capital humano el que desplazará a éste.

Y esto supondrá un enorme cambio que solo hemos empezado a ver: participar en el ámbito económico será cada vez más asequible. Piensen en lo que era necesario a principios del siglo XX para iniciar un proyecto empresarial y en lo que se necesita hoy en día. De hecho, hemos visto multinacionales por todos conocidas fundadas en garajes, algo impensable décadas atrás.

Esto será posible gracias a dos motivos con un origen común: el enorme crecimiento de la productividad industrial que, por una parte, ha generado una reducción sostenida del coste de la tecnología; y que, por otro lado, ha permitido que las economías reasignen sus recursos desde la industria hacia el sector de los servicios.

Los pesimistas, o quienes simplemente buscan una excusa para atacar al sistema capitalista, observan estos cambios con preocupación. A nadie le es ajeno el debate sobre cómo afectará el desarrollo tecnológico al empleo. Por citar a un conocido economista “estamos siendo afligidos por una nueva enfermedad, de la cual algunos lectores pueden no haber oído el nombre, pero de la cual oirán mucho en los años venideros, a saber, el desempleo tecnológico”.

Es una preocupación lógica, pero tampoco en esto es nueva esta IV Revolución Industrial. Sin ir más lejos, la cita que les acabo de leer pertenece ni más ni menos que a John Maynard Keynes. Pensemos, por ejemplo, en las preocupaciones de los artesanos durante la I Revolución Industrial que nos trajo la mecanización del proceso productivo; las de los criadores de caballos con la llegada del motor de combustión durante la II Revolución Industrial; o en las de las mecanógrafas con la llegada de los ordenadores personales durante la III Revolución Industrial.

EL DESARROLLO TECNOLÓGICO REASIGNA EL EMPLEO

La realidad, si observamos el pasado con la frialdad de los datos, es que el empleo no se ha reducido en los últimos 150 años pese al enorme avance tecnológico que la humanidad ha experimentado. El desarrollo tecnológico, en fin, no destruye empleo, sino que lo reasigna.

Pero todas las oportunidades tienen sus riesgo o si, como yo, son optimistas, sus retos. Y es que la IV Revolución Industrial implicará una creciente necesidad de formación que los Estados tienen que poder satisfacer. Es esta la mayor —y quizá única— diferencia sustancial con respecto a las revoluciones tecnológicas que hemos vivido en el pasado.

La mecanización permitió que los trabajadores poco cualificados formarán parte de un proceso productivo casi monopolizado hasta la fecha por los artesanos cualificados. Ya no era necesario saber fabricar una mesa, tan solo completar una de las etapas del proceso de fabricación.

«Es imprescindible que los sistemas educativos sean capaces de formar a los individuos en lo que los humanos tenemos una ventaja comparativa: encontrar soluciones para problemas nuevos»

En cambio, la IV Revolución Industrial traerá —está trayendo— una tecnología capaz de hacer muchas de las tareas que hoy en día llevan a cabo los trabajadores menos cualificados. Por ello es imprescindible que los sistemas educativos sean capaces de formar a los individuos en aquello en lo que los seres humanos tenemos una ventaja comparativa: encontrar soluciones para problemas nuevos.

2) En segundo lugar, la innovación. Claro está que este segundo punto está íntimamente relacionado con el primero, aunque no sea exactamente lo mismo. Podríamos decir que el primero es condición de posibilidad para el segundo.

La innovación -en los términos en los que la entiendo- no es más que la suma de la imaginación, el conocimiento y la experiencia aplicada a un fin económico: la transformación de los procesos de generación de riqueza para adaptarlos a las circunstancias en las que estos se dan; y garantizar, como siempre ha hecho el sistema capitalista, que la riqueza no tiene porqué ser redistribuida, porque no es finita, sino que depende directamente del ingenio humano y de la libre socialización de los individuos.

Hoy existe una brecha, que es perceptible en nuestro país, como en otros, en torno a la capacidad de innovación que tienen las empresas y los actores económicos. Las grandes compañías pueden invertir grandes presupuestos en transformar sus procesos; las medianas y pequeñas, no. Y esto, en un país cuyo sistema productivo está mayoritariamente protagonizado por pequeñas y medianas empresas, genera un problema más que relevante y que, como digo, es generalizable a otras naciones y regiones económicas.

Ahora bien; démosle la vuelta al argumento: las grandes empresas tienen sus propias dinámicas y aunque son importantes, no son representativas de la fuerza productiva de una sociedad occidental media, especialmente en Europa. Vayamos pues a las pymes: ¿no podrá solucionarse su problema de acceso a la innovación gracias a otras pymes cuyo negocio principal sea, precisamente, la prestación de servicios de esta clase? ¿Acaso la mecanización de la I Revolución Industrial no trajo consigo la creación de fábricas de fábricas?

La gran diferencia respecto a otras etapas del sistema capitalista es la naturaleza intangible de muchas de las innovaciones que protagonizarán la economía del futuro. El conocimiento, a diferencia de las máquinas o las herramientas, es lo que conocemos como un bien público: su uso por parte de un agente no impide su uso por parte de otro. Es fácil de replicar y prácticamente gratuito de distribuir. Además, cualquier conocimiento nuevo contribuye a la generación de nuevas ideas, a su vez replicables y fácilmente distribuibles.

Si, como hemos dicho antes, el nuevo factor de producción es el conocimiento, las innovaciones que cambiarán nuestra realidad también se basarán en él. Estamos, por tanto, ante una etapa en la que la innovación no se tratará tanto del qué sino del cómo.

Además la IA (Inteligencia Artificial) conduce a un crecimiento exponencial de innovación que harán las máquinas.

3) Finalmente, la capacidad de adaptación. Si el primer factor era condición para el segundo, el tercero es la consecución lógica de ambos.

Decíamos que la afición por la predicción es eso: una afición y nada más que eso; que la pandemia ha demostrado lo cambiante que puede llegar a ser la realidad en la que nos movemos. Y no solo me refiero a catástrofes o pandemias. Incluso aquello que a nosotros se nos presenta como una certeza puede luego no llegar a ser una realidad. Quizás todos compartamos la sensación de que el progreso tecnológico se ha acelerado en las últimas décadas y que continuará acelerándose en el futuro. Pero pensemos, por ejemplo, en la velocidad de la aviación comercial, que no ha variado desde la aparición del Boeing 707 en 1958.

Sin embargo hay motivos fundados para pensar, que la velocidad a la que acontecen los cambios económicos se está acelerando. Y las claves las acabamos de mencionar. Por un lado, que la distribución del conocimiento es (prácticamente) gratuita e inmediata. Por otro, que el conocimiento puede ser usado para producir nuevos conocimientos e ideas.

Es decir, el elemento fundamental para generar nuevas ideas —para innovar al fin y al cabo— estará disponible de forma inmediata y de manera global, llegando a más actores económicos y multiplicando así su capacidad de reproducción.

Todas las revoluciones tecnológicas que hemos vivido han traído consigo profundos cambios económicos y sociales. Las nuevas tecnologías desplazan a las tecnologías existentes, y con ellas, a quienes fundamentan su trabajo en ellas. Esto no es más que la idea de “destrucción creativa” de Schumpeter. Y aun siendo “creativa”, no deja de ser “destructiva”. Por eso, todas las Revoluciones Industriales se han caracterizado por épocas de tensión social que el poder político ha tenido que afrontar.

La mayor velocidad en los cambios que pronostico, pues, requerirá de una mayor capacidad de adaptación. Y ahí, de nuevo, el sistema educativo jugará un papel clave. Necesitaremos formar profesionales capaces de adaptarse a una realidad que cambiará a una velocidad desconocida hasta la fecha.

Voy terminando. Y querría hacerlo volviendo al inicio: a la libertad.

Para alertar sobre uno de las más graves amenazas que tiene la libertad, base para la creación de capital, de riqueza que el capitalismo necesita. Insisto, una vez más, en el marco de valores éticos, naturales subyacentes. Una relectura de Isaiah Berlin y su análisis conceptual de libertad negativa y positiva siempre ayuda.

DOS MODELOS DE GESTION. En el cuadro sinóptico aparecen el modelo de las políticas de demanda; y el modelo de las políticas de oferta. (Pinche en la imagen).

Desde la caída del Muro se creyó que allá donde germinara el capitalismo, tarde o temprano germinaría la libertad. La economía fue una herramienta principal en la lucha por la caída de regímenes liberticidas. Y en muchos, muchos casos, muy efectiva.

Daro Acemoglu y James A. Robinson, en su famoso Por qué fracasan los países hablan sobre cómo el capitalismo y la libertad individual generan los incentivos necesarios para construir buenas “instituciones” en algunos países, y cómo eso explica las diferencias que se ven hoy en día.

«Al final del siglo XX, Corea del Sur multiplicó su PIB per capita por 6, mientras que Corea del Norte lo redujo a la mitad»

Un ejemplo muy claro son las dos Coreas. Hasta mediados del siglo XX, Corea del Norte y Corea del Sur era prácticamente iguales en PIB per capita. Corea del Sur empezó a proteger la propiedad privada y la protección legal de los productores, y al final del siglo XX, Corea del Sur multiplicó su PIB per capita por 6, mientras que Corea del Norte lo redujo a la mitad. Todo ello pese a partir de circunstancias muy parecidas.

Otro ejemplo que mencionan es el de la localidad de Nogales, una ciudad partida por la mitad por la frontera de EEUU-México. Y exponen cómo la parte mexicana de dicha localidad es pobre y la parte estaodunidense es rica. La diferencia fundamental entre una y otra es la existencia de malas instituciones (falta de protección a la propiedad privada, discrecionalidad en las expropiaciones, concesión de permisos, etc.) en la primera; y de buenas en la segunda, con un origen histórico en la presencia británica, que estableció mecanismos de protección de la propiedad privada. Recuperemos el trazo grueso liberal que va de nuestra Escuela de Salamanca a los británicos y a los austriacos.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte esa creencia está en cuestión. China lo ha propuesto; el capitalismo de Estado promovido por un Gobierno que coarta las libertades civiles hace posible participar del mercado sin necesidad de libertades individuales. Por el momento…, la pregunta es quién es el propietario de los medios de producción, la élite gobernante ¿de facto? ¿Cuánto aguantará?

Y no sería extraño ni contrario a la experiencia histórica, que cundiera el ejemplo, sobre todo en países de Latinoamérica o África, con grandes recursos naturales que cada vez cobran una mayor importancia geoestratégica.

En cualquier caso, capitalismo, libre, individual o de Estado (unos pocos, élites) pero capitalismo.

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ANA M. LOPEZ: EFECTOS COLATERALES DEL CAPITALISMO

En la cuarta sesión del seminario Los futuros del capitalismo intervino como panelista, Ana M. López, profesora de Economía Aplicada en la Universidad Autónoma de Madrid, que indicó que el capitalismo se ha enfrentado en el siglo XXI a “una crisis inmensa (2008-2019), que ha supuesto una enorme desigualdad”; agravada por la pandemia. Y que en la etapa que se inicia ahora, importantes desafíos como el del medio ambiente vuelven a cuestionar el sistema capitalista”.

Ana M. López.

“El capitalismo tiene que evitar daños colaterales, como las desigualdades”, sostiene la profesora. La tecnología puede servir de ayuda: “una Inteligencia Artificial bien utilizada puede servir para anticiparse a situaciones de crisis”. “En el nuevo capitalismo de la era 4.0, las tecnologías juegan un papel muy importante. El paso de lo analógico a lo digital, de lo individual a lo colectivo, son las grandes enseñas de este cambio de modelo”.

López considera que “es posible un capitalismo sostenible, pero hace falta liderazgo y colaboración público-privada. Hay que apostar por la educación como palanca de cambio y fomentar la formación continua –reskilling y upskilling– [entrenamiento laboral para optimizar el desempeño o reciclarse en nuevos puestos respectivamente]”

BEATRIZ REGUERO: ¿CUANTA REGULACIÓN QUEREMOS?

Finalmente intervino en la sesión Beatriz Reguero, directora de Área de Cuenta del Estado en CESCE (Compañía Española de Seguros de Crédito a la Exportación)  y técnico comercial y economista del Estado. Subrayó que  “el capitalismo es el único sistema que es compatible con la democracia”.

Beatriz Reguero.

A la hora de definir los modelos de capitalismo, afirmó que “la regulación es un tema crucial. Hay que repensar cuál es el volumen de regulación necesario, si no nos hemos pasado de frenada en Europa” En consecuencia, agregó hay que plantear dos cuestiones: “¿Cuánta regulación queremos tener? y aprender a regular de forma diferente aspectos que son diferentes o nuevos”.

La economista del Estado puso el ejemplo de las criptomonedas, que no pueden ser “nichos de desregulación”. Añadió que “es necesario reducir la intervención del Estado, pero hacerla mucho más potente: digitalizar la Administración y conseguir un personal bien formado y remunerado. Un transvase entre el sector público o privado es claramente imprescindible. Se debe elegir en qué parcelas debe el Estado ser potente y en cuales no debe estar tan presente”.

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Carrère: el fenómeno cristiano convertido en novela de no-ficción

(Este es el segundo perfil de una serie de tres autores que reflejan en su obra el impacto del cristianismo)

Cuando le otorgaron a Emmanuel Carrère (París, 1957) el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances el jurado señaló: «Es capaz de releer y comentar la Biblia con la erudición que exhibe en un libro como El Reino. Heredero de Montaigne y de Rousseau, lo autobiográfico adquiere en su escritura una dimensión crítica que le permite pintarse sin concesiones y explorar arriesgadamente zonas de sombra de la condición contemporánea».

Obtuvo el Prix des Prix 2011, que se elige entre las obras ganadoras de los ocho premios más prestigiosos de Francia (incluido el Goncourt) por Limónov, biografía novelada de un escritor ruso y excombatiente en la guerra de los Balcanes. Carrère se metió en la piel de Edvard Limonov para reconstruir su peripecia y, de paso, dejar trazas de la suya propia.

En su primera novela de no-ficción, «El adversario» narraba la historia real de Jean-Claude Romand, que había engañado a todo el mundo desde los 18 años

En su primera novela de no-ficción, El adversario (1999) narraba la historia real de Jean-Claude Romand, que había engañado a todo el mundo desde los 18 años y fingía trabajar en la OMS. Cuando estaba a punto de descubrirse la falsedad, mató a sus padres, su mujer y a sus dos hijos, e intentó suicidarse. Carrère lo entrevistó en la cárcel, igual que Truman Capote había entrevistado a los asesinos de A sangre fría. «He intentado comprender lo que en una experiencia humana tan extrema me ha tocado tan de cerca y que nos afecta, creo, a cada uno de nosotros».

Para su aproximación al cristianismo no necesitó entrevistarse con nadie, porque fue él mismo quien transitó de la increencia a la fe en un viaje de ida y vuelta: se convirtió en 1990 y dejó el cristianismo en 1993. Aunque no del todo. Años más tarde, usó los cuadernos en los que relató sus vivencias de católico como punto de partida de una investigación sobre el origen del cristianismo.

El resultado es El Reino (2015), novela de no-ficción de más de 500 páginas, en la que dedica las 115 primeras a contar su conversión y su trienio religioso; y las 401 restantes al nacimiento del cristianismo, siguiendo a Pablo –su conversión, sus viajes y sus epístolas–; a Lucas –y su papel como evangelista y «reportero» de los Hechos de los apóstoles–; y a Juan –autor del cuarto evangelio y el Apocalipsis.

«Ha sido realmente apasionante –explica– hacer una especie de reconstrucción lo más coherente y verosímil posible de las personas que fueron, que son al mismo tiempo los héroes de una historia. Me dio también la sensación de que llegada cierta etapa de mi vida, recién pasados los cincuenta, no podía ser una pérdida de tiempo preguntarme dónde me encontraba yo en relación a esa historia y obligar al lector a que se hiciera la misma pregunta».

EL INVESTIGADOR Y EL CREYENTE

El camino que recorrió como «creyente», lo volvió a recorrer como «investigador», siguiendo la estela del historiador Ernest Renan, autor de una Vida de Jesús (1863) que «suscitó un enorme escándalo». Carrère piensa como Renan que «para escribir la historia de una religión, lo mejor era haber creído y no creer ya en ella».

Carrère es un agnóstico que considera el cristianismo como «una religión laica, sin trascendencia, como el budismo o el yoga». De hecho, practica este último y lo ha convertido en el tema de su libro Yoga (2021).

Pero a pesar de su distanciamiento y su ironía (compara a Pedro con Buster Keaton, cuando el apóstol salta vestido al agua en Tiberíades ante Jesús resucitado; y ve en Santiago, Pedro y Juan al Politburó del Partido Comunista soviético frente al revisionista Pablo), Carrère sigue encontrando en el Evangelio «muchas palabras de una profundidad y de una veracidad inmensas»: se conmueve ante el ejemplo de católicos como su tía Jacqueline, y cuando asiste a un retiro en la Comunidad del Arca, fundada por Jean Vanier, en contacto con los más débiles, escribe: «por un instante, vislumbré lo que es el Reino». Cierra su libro dudando de su increencia. Como él mismo dice, con su gusto por lo paradójico: «no soy lo bastante creyente para ser ateo»

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La huella del cristianismo en un agnóstico

(Fragmentos de El Reino, editado por Anagrama pags. 11-12, 99, 352)

El Reino. Carrère. Anagrama. Barcelona, 2015. 520 págs.
El Reino. Carrère. Anagrama. Barcelona, 2015. 520 págs.

Nietzsche, de quien leo algunas páginas con el café de cada mañana, después de haber llevado a Jeanne a la escuela, expresa en estos términos el mismo estupor que Patrick Blossier:

 “Cuando en una mañana de domingo oímos repicar las viejas campanas, nos preguntamos: ¿es posible? Esto se hace por un judío crucificado hace dos mil años, que decía que era Hijo de Dios, sin que se haya podido comprobar semejante afirmación. Un dios que engendra hijos con una mujer mortal; un sabio que recomienda que no se trabaje, que no se administre justicia, sino que nos preocupemos por los signos del inminente fin del mundo; una justicia que toma al inocente como víctima propiciatoria; un maestro que invita a sus discípulos a beber su sangre; oraciones e intervenciones milagrosas; pecados cometidos contra un dios y expiados por ese mismo dios; el miedo al más allá cuyo portón es la muerte; la figura de la cruz como símbolo en una época que ya no conoce su significado infamante… ¡Qué escalofrío nos produce todo esto, como si saliera de la tumba de un remoto pasado! ¿Quién iba a pensar que se seguiría creyendo en algo así?”.

Farfullan el credo porque es algo habitual, al igual que nosotros los bobos  para quienes el curso de yoga de la mañana del domingo ha sustituido a la misa, farfullamos un mantra imitando al maestro

Se cree, sin embargo. Muchas personas lo creen. Cuando van a la iglesia recitan el credo, del que cada frase es un insulto a la cordura, y lo recitan en francés, que se supone que es una lengua que comprenden. (…) Farfullan el credo porque es algo habitual, al igual que nosotros los bobos (1) para quienes el curso de yoga de la mañana del domingo ha sustituido a la misa, farfullamos un mantra imitando al maestro, antes de empezar los ejercicios. En ese mantra, no obstante, deseamos que las lluvias caigan en el momento oportuno y que todos los hombres vivan en paz, lo que sin duda representa un voto piadoso pero no ofende a la razón, lo cual supone una diferencia notable con el cristianismo.
Aun así, debe de haber entre los fieles, junto a los que se dejan acunar por la música sin prestar atención a las palabras, algunos que las pronuncian con convicción, con conocimiento de causa, tras haber reflexionado sobre su sentido. Si se les pregunta, responderán que creen de verdad que hace dos mil años un judío nacido de una virgen resucitó tres días después de ser crucificado y que volverá para juzgar a los vivos y a los muertos. Responderán que estos acontecimientos constituyen el centro de su vida. Sí, ciertamente es extraño». […]

Se puede decir que Dios es la respuesta que damos a nuestra angustia, pero también que nuestra angustia es el medio del que él se sirve para darse a conocer ante nosotros

He leído a Dostoyevski, sé lo que dice Iván Karamazov, y que Job dijo antes que él, sobre el sufrimiento de los inocentes, ese escándalo que prohíbe creer en Dios. […] He leído a Nietzsche y no puedo negar que me sentí señalado cuando dice que la gran ventaja de la religión es que nos hace interesantes ante nosotros mismos y nos permite huir de la realidad. No obstante yo pensaba: sí, claro, se puede decir que Dios es la respuesta que damos a nuestra angustia, pero se puede decir también que nuestra angustia es el medio del que él se sirve para darse a conocer ante nosotros. Sí, claro, puedo decir que me convertí porque estaba desesperado, pero también puedo decir que Dios me ha concedido la gracia de la desesperación para convertirme. (…)

Yo me identifico con el joven rico. […] De una manera general, cada vez que me detengo para hacer balance desde ahora hace siete años, es para felicitarme por haber llegado a ser, contra todo pronóstico, un hombre feliz. Es para maravillarme de lo que he conseguido, figurarme lo que aún voy a conseguir, repetirme que estoy en el buen camino. Una gran parte de mis ensueños sigue pendiente, y me abandono a ellos invocando la regla fundamental tanto de la meditación como del psicoanálisis: consentirse pensar lo que se piensa, ser atravesado por lo que se atraviesa. No decirse: está bien, o está mal, sino: está, y debo establecerme en lo que hay.

Sin embargo, una vocecita testaruda viene a perturbar periódicamente estos conciertos de autosatisfacción farisea. Esta vocecita dice que las riquezas de que disfruto,
la sabiduría de que me jacto, la esperanza confiada que tengo de estar en el buen camino, todo esto es lo que me impide el logro verdadero. Estoy ganando siempre, cuando para ganar realmente habría que perder. Soy rico, talentoso, elogiado, tengo mérito y soy consciente de mi mérito: ¡por todo esto, ay de mí!

Cuando se hace oír esa vocecita, las de la meditación y el psicoanálisis tratan de acallarla: basta de dolorismo, basta de culpabilidad mal emplazada. No hay que flagelarse. Hay que empezar por ser más cool y me conviene más. Sin embargo, creo que la vocecita del Evangelio dice la verdad. Y como el joven rico, me voy pensativo y triste porque tengo grandes bienes.

(1) Bobo: Neologismo norteamericano que fusiona las palabras bourgeois y bohemiabn 

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Tom Holland y el «dominio» del cristianismo en Occidente

(Este es el primer perfil de una serie de tres autores que reflejan en su obra el impacto del cristianismo)

Tom Holland es un historiador británico, novelista y guionista radiofónico, especializado en la historia de Occidente. Como historiador es muy riguroso, pero a la vez su estilo y forma de contar la historia se acercan al de un novelista, circunstancia que explica que sus obras hayan salido del ámbito de los especialistas para llegar al gran público culto.

“Por mucho que los bancos de las iglesias estén cada vez más vacíos, Occidente permanece amarrado con firmeza a su pasado cristiano”

En Dominio. Una nueva historia del cristianismoHolland estudia la influencia histórica del cristianismo en la configuración de nuestra civilización. Así lo expresa en el prólogo: «Vivir en un país occidental es vivir en una sociedad completamente saturada de suposiciones y conceptos cristianos […] Por mucho que los bancos de las iglesias estén cada vez más vacíos, Occidente permanece amarrado con firmeza a su pasado cristiano […] Tan profundo ha sido el impacto del cristianismo en el desarrollo de la civilización occidental que ha llegado un punto en que pasa desapercibido. Las que se recuerdan son las revoluciones incompletas; el destino de las que triunfan es convertirse en la normalidad.»

Holland ha llegado al convencimiento de que nuestro mundo está impregnado de valores, ideas y conceptos cristianos a partir de su estudio de la historia de Occidente pues, como él mismo confiesa, aunque fue educado de niño en el cristianismo, pronto perdió la fe: «hay muchos en Occidente que se niegan a contemplar la posibilidad de que sus valores, e incluso su misma falta de religión, tenga orígenes cristianos. Lo afirmo con cierta confianza porque, hasta hace bastante poco, yo mismo compartía esta reticencia. Aunque de niño mi madre me llevaba todos los domingos a misa y cada noche rezaba solemnemente, a una edad muy temprana tuve lo que ahora califico como una crisis de fe casi victoriana».

Tom Holland explica en el prefacio de esta obra que ha recuperado una profunda admiración por el cristianismo como revolución triunfadora a partir de su trabajo como historiador. Holland muestra tanto lo revolucionaria que fue esta religión cuando apareció como que nuestro mundo sigue impregnado de los valores y las evidencias cristianas que inspiran incluso a quienes rechazan y atacan al cristianismo, especialmente en todo lo que afecta al compromiso contemporáneo con la ciencia, la dignidad humana, la libertad o la igualdad.

«No hace falta creer que un hombre resucitó de entre los muertos para asombrarse de la formidable influencia del cristianismo»

Dice Holland que «estudiando la antigüedad fui consciente de lo profundamente cristianos que son los cimientos de Europa. No hace falta creer que un hombre resucitó de entre los muertos para asombrarse de la formidable influencia del cristianismo». Con esa percepción escribió Dominio, obra en la que relata siglo a siglo cómo el cristianismo alumbró lo mejor de nuestra civilización que, afirma, no se funda en el mundo greco-romano sino en la Edad Media cristiana. Vivimos hoy del cristianismo y, aunque las cifras de cristianos decaen en Europa, nuestros valores y nuestros prejuicios siguen siendo cristianos.

Holland nos recuerda que el manantial de valores humanistas no surgió de la razón ilustrada ni del razonamiento basado en hechos, sino de la historia bíblica pensada por teólogos cristianos.

HEREDEROS DE LA MISMA REVOLUCIÓN

«La muestra de lo cristiana que sigue siendo esta sociedad es –nos dice Holland refiriéndose a los totalitarismos del siglo XX– que el asesinato de masas provocado por el racismo todavía se considera algo mucho más aborrecible que el asesinato en masa provocado por la ambición de llevar a las masas a un paraíso sin clases sociales».

Concluye Holland su libro diciéndonos que «somos herederos de la misma revolución, una revolución que tiene como corazón la imagen de un dios muerto en una cruz». Incluso los estándares conforme a los cuales hoy tantos critican al cristianismo son profundamente cristianos.

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Angela Merkel ante el dilema moral de los refugiados

(Extracto de Dominio, publicado por la editorial Ático de los Libros, págs. 515-522)

Dominio. Tom Holland. Ático de los libros. Barcelona, 2020. 624 págs.
Dominio. Tom Holland. Ático de los Libros. Barcelona, 2020. 624 págs.

«Desde los mismos inicios de la Iglesia, siempre había existido tensión entre el mandamiento de Cristo a sus seguidores de que viajaran por el mundo y predicaran la buena nueva a toda la creación y su parábola del Buen Samaritano. Merkel conocía muy bien ambos. Su padre había sido pastor y su madre, una mujer muy devota, y había pasado su infancia en un hostal para personas discapacitadas, personas no muy distintas de Reem Sahwil [una palestina nacido en un campo de refugiados]. «El mensaje diario era: Ama a tu prójimo como a ti mismo. No solo a los alemanes. Dios ama a todo el mundo». Durante dos milenios, los cristianos se habían esforzado en poner en práctica estas enseñanzas. Al ofrecer refugio a las víctimas de la guerra en Oriente Medio, Merkel no estaba haciendo nada que no hubiera hecho Gregorio de Nisa dieciséis siglos antes. Este había instado a su congregación a mostrar caridad, pues el espectáculo de refugiados que vivían como animales era una deshonra para todos los cristianos. «Su tejado es el cielo. Se refugian en los pórticos, callejones y rincones desiertos de la ciudad. Se ocultan en las grietas de los muros como lechuzas».

Sin embargo, cuando Merkel buscó una justificación para la apertura de las fronteras de su país –un cambio de opinión todavía más radical por lo poco propio de ella que parecía– se negó en repetidas ocasiones a presentarla como un acto de caridad cristiana. Seis semanas después de decir a una chica llorosa que Alemania no podía ser la Buena Samaritana del mundo entero, su nueva postura fue insistir en que solo hacía lo que cualquiera en su lugar habría hecho. Su fe había sido irrelevante a la hora de tomar la decisión. Existía una moralidad que iba más allá de cualquier diferencia cultural o religiosa. Con este argumento, Merkel buscaba desviar la objeción de Orbán de que un influjo de musulmanes en Europa conllevaba el riesgo de transformar el carácter cristiano del continente. La esencia del islam no difería mucho de la del cristianismo. Ambos podían encajar perfectamente dentro de los límites de un Estado liberal y secular. El islam, insistió la canciller –acallando a cualquier miembro de su propio partido que se atreviera a sugerir otra cosa–, tenía cabida en Alemania.

Era mucho más sencillo conseguir que se aceptase una doctrina como la de los derechos humanos si se ocultaba que tenía sus orígenes en los abogados de Derecho canónico de la Europa medieval

Sin embargo, esta posición no estaba, como parecía, en las antípodas de la de Orbán. Dentro de las ansiedades del primer ministro húngaro sobre «una nueva Europa mixta e islamizada» iba implícita la creencia de que, si los musulmanes estaban dispuestos a aceptar el bautismo, podrían ocupar su lugar en el orden cristiano del continente. Un par de generaciones después de la batalla del Lech, el rey de Hungría había recibido del papa una réplica de la Santa Lanza. Los visados de residencia rara vez eran tan santos. Pero Merkel no quería saber nada de lanzas sagradas; como líder de un país que en el pasado reciente había acabado con la vida de seis millones de judíos, no deseaba –comprensiblemente– que pareciera que estaba determinando en qué consistía la identidad europea.

Sin embargo, no había forma de escapar a la historia. En sus suposiciones sobre cómo debía estructurarse una sociedad, Alemania todavía era profunda y claramente cristiana. Igual que el siglo XIX, cuando los judíos habían obtenido la ciudadanía prusiana, los musulmanes que desearan integrarse en la sociedad alemana no tenían más opción que convertirse en practicantes de ese concepto decididamente cristiano que era una «religión». El islam, que tradicionalmente había significado para aquellos que lo practicaban una mera actividad de sumisión, debía moldearse, rehacerse y transformarse en algo muy distinto; aunque, por supuesto, este no era un proceso que hubiera empezado en 2015. Durante un siglo y medio, desde el apogeo del colonialismo europeo, se había acelerado. Su progreso podía medirse por el número de musulmanes en el mundo que aceptaban que las leyes escritas por humanos estaban por encima de las leyes de Dios; que la misión de Mahoma había sido religiosa y no política, y que la relación de los creyentes con su fe era, esencialmente, algo privado y personal. Al insistir en que Alemania era el hogar del islam como lo era del cristianismo, Merkel solo parecía ecuánime. Elogiar a una religión por su compatibilidad con una sociedad secular no era en absoluto un gesto neutral; el secularismo era un producto de la historia cristiana como lo eran las alambradas de Orbán.
Naturalmente, para que funcionara como sus partidarios deseaban, este era un hecho que jamás podría admitirse. A lo largo de su hegemonía global, Occidente se había convertido en un experto en rediseñar conceptos cristianos para públicos no cristianos».

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El reflejo del cristianismo en siete autores contemporáneos

Son muchos los autores contemporáneos que reflejan en su obra, consciente o inconscientemente, la herencia del pensamiento cristiano en el siglo XXI. La búsqueda de la transcendencia; la necesidad de interrogarse por el problema del mal; y el legado de la tradición judeo-cristiana en la filosofía, los derechos humanos, el arte, la literatura, son algunas constantes que cabe detectar en algunos de esos autores. Seleccionamos a siete de los más representativos.

VÍCTOR LAPUENTE: DIOS Y LA PATRIA, LAS IDEAS MÁS PROGRESISTAS

Doctor en Políticas por la Universidad de Oxford e investigador en el Instituto de Calidad de Gobierno (Gotemburgo, Suecia), Víctor Lapuente (Chalamera, Huesca 1976) aborda el tema de la transcendencia, desde una postura agnóstica.

En su libro Decálogo para el buen ciudadano (Atalaya 2021) afirma que “Dios y la patria, dos conceptos que suenan rancios y viejos, son las ideas más progresistas de la historia de la humanidad, las lanzas más certeras que hemos diseñado para atacar el corazón de nuestros problemas colectivos: nuestra proclividad a sentirnos superiores, a los demás a endiosarnos”.

La mano izquierda de Dios

(Fragmentos de un artículo publicado en El País. 25.V.2021)

Víctor Lapuente

A los políticos de izquierdas que, como Gabriel Rufián, se ríen de las «serpientes que hablan» y las «palomas que embarazan», les sorprenderá saber que, hoy día, los dos líderes progresistas más influyentes del mundo son, curiosamente, devotos católicos: el Papa Francisco y Joe Biden. Ambos se parecen más a nuestras abuelas que al moderno urbanita de izquierdas, pues siempre llevan el rosario en el bolsillo. (…)

«El Papa y el presidente norteamericano ofrecen un menú espiritual elaborado con los dos ingredientes que comparten la cocina católica y la progresista»

En su esencia desnuda, el catolicismo, y el cristianismo en general, es una llamada a amar al prójimo, basada en el libre albedrío individual; y el progresismo una súplica a la justicia social, fundada en la acción del Gobierno. Son dos objetivos a menudo difíciles de casar, pero, si se articulan con maña, como intentan Francisco y Biden, el mensaje resultante es robusto. En una sociedad herida por los surcos del individualismo radical, con creciente desigualdad económica y sensación de orfandad, donde los hogares sin ingresos crecen al mismo ritmo que las recetas de ansiolíticos, el Papa y el presidente norteamericano ofrecen un menú espiritual elaborado con los dos ingredientes que comparten la cocina católica y la progresista: la igualdad y el sentido de comunidad. (…)

Ni Francisco ni Biden lo tienen fácil. Nadan entre dos aguas muy diferentes, pero por eso marcan un rumbo tan firme.

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MICHAEL J. SANDEL: LA ÉTICA POR ENCIMA DEL MERCADO

Profesor de Filosofía de Derecho de Harvard, premio Príncipe de Asturias, Michael J. Sandel (Mineapolis, 1953) es autor de diversos ensayos que engarzan la teoría política y la filosofía jurídica con la ética. Es el caso de El liberalismo y los límites de la justicia; La tiranía del mérito ¿qué ha sido del bien común?; Justicia; o Lo que el dinero no puede comprar: los límites morales del mercado.

En Lo que el dinero no puede comprar -de la que reproducimos un fragmento- aborda la diferencia entre valor y precio, critica los aspectos más inhumanos del capitalismo y como el mercado ha impuesto sus normas, sin consideraciones éticas, invadiendo ámbitos humanos, como lo sagrado.

El precio de lo sagrado

(Fragmento de Lo que el dinero no puede comprar (págs. 44-45), editado por Debate)

¿Por qué unos ejemplos de adelantamientos en las colas, de suplencias en ellas y de reventa de entradas los consideramos objetables y otros no? La razón es que los valores del mercado corroen ciertos bienes, pero son idóneos para otros. Antes de que podamos decidir si un bien puede ser repartido por los mercados o las colas, o de cualquier otra manera, tenemos que decidir qué clase de bien es y cómo debería valorarse. […]

«Cuando apareció la inevitable venta –una entrada vendida online costaba más de 200 dólares–, representantes de la Iglesia condenaron esta práctica»

He aquí otro ejemplo de conflicto de los valores de mercado con un bien sagrado: cuando el papa Benedicto XVI hizo su primera visita a Estados Unidos, la demanda de entradas para sus misas en los estadios de la ciudad de Nueva York y de Washington excedió en mucho el número de plazas –incluso en el Yankee Stadium–. Las diócesis y parroquias católicas locales distribuyeron entradas gratuitas. Y cuando apareció la inevitable venta –una entrada vendida online costaba más de 200 dólares–, representantes de la Iglesia condenaron esta práctica arguyendo que la participación en un rito religioso no debe comprarse ni venderse. «No puede haber un mercado de entradas –dijo una portavoz de la Iglesia–. Nadie puede pagar por celebrar un sacramento.»

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MARCELLO PERA: LA REVOLUCIÓN DE LA DIGNIDAD, LA IGUALDAD Y EL AMOR

Filósofo y político socialista, ex presidente del Senado italiano, Marcello Pera (1943), es un prestigioso intelectual que ha ejercido como investigador en la Universidad de Pittsburgh; el MIT y la London School of Economics.

Agnóstico confeso, reconoce, desde una posición laica y liberal, el valor de la cultura cristiana y reivindica sus raíces, como sustrato de la civilización europea. Lo describe Francisco José Contreras en su libro Liberalismo, catolicismo y ley natural.

Cristianos aunque no lo sepan

(Fragmentos de Francisco José Contreras en Liberalismo, catolicismo y ley natural (págs. 119-120), editado por Ediciones Encuentro).

Marcello Pera.

«El liberal –escribe [Marcello] Pera– es cristiano. Lo es aunque no lo sepa». Lo es porque sus valores liberal-democráticos no son más que valores cristianos secularizados, aunque él a veces no sea consciente de esa filiación. Y, como indican Pera y Habermas, la preservación del liberalismo no será posible sin una cierta recristianización de Europa. «Recristianización» que no tiene por qué consistir necesariamente en una recuperación masiva de la fe religiosa, pero sí en la conciencia general de que los europeos solo podemos ser «cristianos culturales». «Cristiano cultural» es aquél que, tenga o no fe religiosa, valora la aportación insustituible del cristianismo a la identidad occidental.

“Admirador del cristianismo es aquél que sabe que el cristianismo ha cambiado el mundo, que nos ha traído una revolución moral de amor, igualdad y dignidad sin precedentes”

Es la posición del propio Pera, que se define como un admirador del cristianismo que no posee el don de la fe: «Admirador del cristianismo es aquél que sabe que el cristianismo ha cambiado el mundo, que nos ha traído una revolución moral de amor, igualdad y dignidad sin precedentes, y que esa revolución despliega todavía hoy sus efectos; que sin esta revolución el mundo sería peor, la vida entre los hombres más salvaje, los derechos menos garantizados, la esperanza menos fundada. […] Ambos [cristianos religiosos y “cristianos culturales”] tienen un don. Para los creyentes en el primer sentido, el “don de Dios” es la gracia, la gratuita y misteriosa esperanza de un encuentro, de una presencia: la Suya. Para los creyentes en el segundo sentido, el “don de Dios” es un patrimonio de virtudes, costumbres, cultura, civilización: la nuestra».

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ROB RIEMEN: SABIDURÍA FRENTE A CIENTIFISMO 

Rob Riemen (Países Bajos, 1962) es filósofo, ensayista y fundador del Nexus Instituut, un foro que fomenta el debate filosófico y cultural. Entre sus obras destaca Nobleza de espíritutraducida a dieciocho idiomas, en la que apela a los valores clásicos del humanismo y a figuras clave del pensamiento y la literatura occidentales como Thomas Mann, Sócrates, Goethe o Albert Camus. Ha merecido estas palabras de Vargas Llosa: «Una valiosa guía para orientarnos entre los grandes problemas políticos y culturales -y las confusiones ideológicas- del mundo en que vivimos.»

En Para combatir esta era -de la que reproducimos un fragmento- Riemen pone en valor el papel de la sabiduría frente al cientifismo y del espíritu frente a las cosas materiales, dos legados del humanismo cristiano.

La ciencia olvida el valor de lo espiritual

(Fragmento de Para combatir esta era (págs. 66-67), editado por Taurus)

[…] La ciencia se ha convertido en una ideología, una idea, un engaño, en el que estamos atrapados. Estamos atrapados porque en nuestro mundo solo hay cabida para las cosas materiales, todo se ha convertido en dinero, todo es calculable y reducido a un número. (…)

«El nuevo conocimiento, con la ayuda del conocimiento científico, quiere que todo sea inteligente. Pero ya nadie busca la sabiduría, y la ciencia nunca podrá encontrarla»

La ciencia nos ofrece conocimiento, pero ni un atisbo de autoconocimiento. Pascal –quien no lo olviden, era matemático– tenía razón: «Le coeur a ses raisons que la raison ne connaît point». El corazón tiene razones que la razón no entiende. El nuevo conocimiento, con la ayuda del conocimiento científico, quiere que todo sea inteligente. Pero ya nadie busca la sabiduría, y la ciencia nunca podrá encontrarla. Toda forma de educación superior ha de ser científica, es decir llena de teorías, definiciones y pruebas. Sin embargo, la literatura, la historia, la filosofía y la teología no saben de teorías, definiciones o pruebas. Estas disciplinas cuentan historias, historias sobre lo que implica ser humanos, sobre las limitaciones humanas, las mismas que nos definen como personas. Su verdad no es científica, pues la verdad que ofrecen es metafísica, la cual nos ha sido arrebatada y ya no es enseñada en ninguna parte. ¿Quién, en estos días, nos enseña a leer la vida?

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IRENE VALLEJO: LA HUELLA CULTURAL

Filóloga clásica, Irene Vallejo (Zaragoza, 1978) es Premio Nacional de Ensayo por El infinito en un junco (2019), best-seller cultural, traducido a más de 30 lenguas. Describe la aparición y desarrollo del libro en el mundo antiguo y el eco que ha dejado en la cultura contemporánea. Una cultura indisociable de la huella filosófica y humana del cristianismo, como ella misma recoge brevemente en alguna de sus pasajes, como los que reproducimos a continuación.

Lectores furtivos

Fragmento de El infinito en un junco (págs. 324-325), publicado por Editorial Siruela.

Sabemos que el códice fue ganando terreno frente al rollo gracias a la decidida preferencia de los cristianos. Víctimas de persecuciones durante siglos, obligados a buscar escondites y a interrumpir bruscamente sus reuniones, se organizaban en grupúsculos clandestinos. El libro de bolsillo resultaba más fácil de esconder a toda prisa entre los pliegues de la túnica. Permitía localizar más rápido un determinado párrafo de texto –una epístola, una parábola evangélica, una homilía– y comprobarlo para tener la seguridad de que era correcto, pues un error podía poner en peligro la salvación del alma. Se podían hacer anotaciones al margen y dejar marcapáginas en los pasajes importantes. Además, estos libros eran cómodos de transportar con disimulo en viajes de apostolado. Ventajas todas ellas enormes para comunidades de lectores furtivos. Por otra parte, los cristianos deseaban romper con el simbolismo judío y pagano del rollo, y afirmar su identidad peculiar.

«Los ligeros libros de páginas empezaron a circular en abundancia por las manos ávidas de un público de cultura media o media-baja, allí donde el mensaje cristiano encontraba más prosélitos»

Los ligeros libros de páginas empezaron a circular en abundancia por las manos ávidas de un público de cultura media o media-baja, allí donde el mensaje cristiano encontraba más prosélitos. El nuevo formato favoreció la lectura individual secreta, así como la lectura en voz alta durante las peligrosas reuniones comunitarias. Los fieles desarrollaron un vínculo muy profundo con esos textos religiosos, cuidadosamente seleccionados. De hecho, siglos más tarde el Corán describirá a los cristianos como «gentes del libro» (ahl al-kitâb), con una mezcla de respeto y asombro.

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ANA IRIS SIMÓN: ESCRIBIR SOBRE DIOS SIN DARSE CUENTA

La periodista y escritora Ana Iris Simón (Campo de Criptana, 1991) ha irrumpido en el panorama cultural con un libro de recuerdos biográficos sobre su familia y su infancia en La Mancha: Feria (Circulo de Tiza, 2020), que ha tenido un inesperado éxito. La crítica ha destacado la frescura y la originalidad de sus páginas, y la personalidad de la joven autora, que reivindica de forma desacomplejada valores como la familia, la tradición, la tierra y se interroga por Dios.

Nieta de comunistas,  la autora ha descubierto la trascendencia y la fe de manera autodidacta, como ha dejado constancia en las páginas de «Feria» y en distintas entrevistas

Nieta de comunistas, Ana Iris Simón ha descubierto la trascendencia y la fe de manera autodidacta, como ha dejado constancia en las páginas de Feria y en distintas entrevistas. “He terminado escribiendo un libro sobre Dios pero sin darme cuenta. Que, a lo mejor, es la única manera de hacerlo. O la única manera de la que soy capaz”.

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BYUNG-CHUL HAN: EL SECRETO DEL JARDÍN

Surcoreano afincado en Alemania, el filósofo Byung-Chul Han (Seul, 1962) imparte docencia en la Universidad de las Artes de Berlín. Considerado uno de los pensadores más destacados de Europa, ha investigado -y escrito- sobre el narcisismo del hombre contemporáneo, la agonía del eros, la hipertransparencia, el trabajo, el capitalismo o el poder.

En Loa a la tierra indaga sobre la belleza y la libertad a través de la naturaleza, y concretamente de la jardinería, y explora las conexiones entre la creación y la mano de Dios.

Una revolución divina

Fragmentos de Loa a la tierra (págs. 11-12), editado por Herder Editorial.

Un día sentí una profunda añoranza, e incluso una aguda necesidad de estar cerca de la tierra. Así que tomé la resolución de practicar a diario la jardinería. Durante tres primaveras, veranos, otoños e inviernos, es decir, durante tres años, estuve trabajando en un jardín que bauticé con el nombre de Bi-Won, que en coreano significa «Jardín secreto» […]

El trabajo de jardinería ha sido para mí una meditación silenciosa, un demorarme en el silencio. Ese trabajo hacía que el tiempo se detuviera y se volviera fragante. Cuanto más tiempo trabajaba en el jardín, más respeto sentía hacia la tierra y su embriagadora belleza. Desde entonces tengo la profunda convicción de que la tierra es una creación divina. (…)

«El trabajo o el rendimiento destruyen el juego. Es un hacer ciego, vacío, que ha perdido el habla»

Pasar tiempo en el jardín florido me ha devuelto una devoción piadosa. Creo que existió y que existirá el Jardín del Edén. Creo en Dios, en el creador, en ese jugador que siempre empieza de nuevo y que así lo renueva todo. También el ser humano, por ser criatura suya, está obligado a participar en el juego. El trabajo o el rendimiento destruyen el juego. Es un hacer ciego, vacío, que ha perdido el habla.

Algunas líneas de este libro son plegarias, confesiones, incluso declaraciones de amor a la tierra y a la naturaleza. No existe la evolución biológica. Todo se debe a una revolución divina. Yo he tenido esta experiencia. La biología es, en último término una teología, una enseñanza sobre Dios.

Pensar el cristianismo en el siglo XXI

La llegada a la presidencia de Estados Unidos de un católico como Joe Biden deja un dato muy significativo. No solo no le ha sido afeada o criticada su adscripción religiosa, sino que la opinión pública ha ido mucho más allá de la indiferencia o de la tolerancia. El catolicismo de Biden ha sido expresamente celebrado en amplios sectores, como no se recordaba desde la presidencia de John Fitzgerald Kennedy. No se nos escapa que confluyen otros condi- cionantes ideológicos o partidistas, pero hace solo unos pocos años ¿era concebible una celebración a nivel global del cristianismo confeso de un líder mundial?

En la misma línea, el tratamiento mediático al Papa Francisco ha sido más generoso que el que recibieron sus predecesores, tal vez con la excepción de Juan Pablo II. Los medios más oficiales le jalean como figura pública y, más aún, se le felicita calurosamente cuando interviene para dar su opinión en asuntos públicos y hasta políticos. Antaño se habría pedido al Sumo Pontífice que no interfiriese. Ahora se le escucha y –todavía más– se le pide, incluso, que intervenga más.

En el siglo XXI hay algunos síntomas que parecen delatar un renovado interés por lo trascendente, en general y, en particular, por las aportaciones del cristianismo a la sociedad occidental

En el siglo XXI hay algunos síntomas que parecen delatar un renovado interés por lo trascendente, en general y, en particular, por las aportaciones del cristianismo a la sociedad occidental. Incluso en aquellos casos (la cabeza del Estado más poderoso del mundo, y la cabeza de la religión más influyente y extendida) que, en el pasado reciente, hubiesen levantado suspicacias y críticas o simplemente se hubieran ignorado.

El mundo de la cultura, que por su propia naturaleza sirve para tomar el pulso a los tiempos que corren, muestra una llamativa apertura al fenómeno del cristianismo. Desde posiciones que nada tienen que ver con la religión, se percibe un renovado interés y, en muchas ocasiones, una profundización en su realidad y en su mensaje.

Fijémonos en Greyhound (2020), la película producida por Apple y protagonizada por Tom Hanks. Es cine bélico, de trepidante acción y sin la intención declarada de hacer cine religioso (que es un compartimento estanco entre los géneros de cine), pero, sin embargo, muestra sin ningún complejo a un comandante de la Armada norteamericana que reza y que resulta, consciente o inconscientemente, un modelo de caballero (moderno) y, además, cristiano.

Otra prueba más explícita, si cabe, del nuevo ambiente es la película Vida oculta (2019), de Terrence Malick. Aunque el aclamado director de cine siempre ha demostrado un gran interés por la trascendencia de sus argumentos y por la vida interior de sus personajes, nunca había sido tan transparente como en esta película. Narra la vida real de Franz Jägerstätter, un granjero austríaco que se opuso a los nazis, que lo ajusticiaron, y que fue declarado beato por Benedicto XVI.

En las series, con tanta o más influencia hoy que el cine, se puede observar la misma apertura hacia el fenómeno cristiano. John Adams (Kirk Ellis, 2008), por ejemplo, revaloriza la historia y el legado del más cristiano de los padres fundadores de Estados Unidos. Un político que defendió una idea que alcanza hasta hoy: las democracias necesitan un sustrato moral –en este caso, de honda raigambre cristiana– para poder levantar su edificio de libertades civiles.

Como comenta el profesor de la Universidad de Navarra, Alberto Nahum García, la influencia cristiana en las series requeriría, tan amplia es, de un estudio pormenorizado. Incluso en su vertiente más friki, como puede ser la reciente 30 monedas (Alex de la Iglesia, 2020) se observa un acercamiento respetuoso y comprensivo al hecho espiritual. Hay, para este profesor,  un elemento esencial en la nueva narrativa televisiva que es la culpa y la redención que bebe muy directamente de la herencia cultural y antropológica del cristianismo.

En este mismo 2021 se ha estrenado en Madrid por la Compañía Nacional de Teatro Clásico la obra de Calderón de la Barca, El príncipe constante (1609). A pesar de ser una de las grandes obras de nuestro Siglo de Oro, que cuenta con el aval de que el mismísimo Goethe declarase que, si se destruía toda la poesía del mundo, solo con que se salvase El príncipe constante se podría reconstruir, y a pesar de la hondura y la grandeza de su personaje principal, llevaba muchísimo tiempo sin representarse. El olvido puede ser por múltiples razones, pero no es aventurado decir que, entre ellas, se encuentra su carácter confesional. El siglo XXI, dando de nuevo muestra de una novedosa apertura, ha roto esa barrera de cristal. La obra ha obtenido un éxito desprejuiciado de crítica y público.

En el campo de la narrativa, tendremos ocasión de hablar más tarde de obras como El  Reino (Anagrama, 2014) de Emmanuel CarrèreFeria (Círculo de Tiza, 2020) de Ana Iris Simón, el libro revelación de la joven autora manchega (Campo de Criptana, 1991).

El historiador de las religiones Odon Vallet hace una confidencia: “Ha habido pioneros de la ecología entre los cristianos desde principios de los años 70 y yo fui uno de ellos”

Más allá de la cultura, también en la propia vida social y política puede verse esta creciente presencia del cristianismo. Acerca de las confluencias cada vez más manifiestas entre cristianismo y ecologismo, destaca la página web católica Aceprensa que el político francés «Luc Chatel advirtió la fuerte presencia de cristianos entre los activistas medioambientales desde los años setenta, en contra de apariencias más o menos superficiales. Publicó sus conclusiones en Le Monde. El historiador de las religiones Odon Vallet hace una confidencia: “Ha habido pioneros de la ecología entre los cristianos desde principios de los años 70 y yo fui uno de ellos”. En fin, la encíclica Laudato si [2015] ha puesto fin a toda ambigüedad entre antropocentrismo y ética ambientalista, y consolida otros puntos comunes entre cristianos y militantes ecologistas: no-violencia, preocupación por los países pobres, formas de vida comunitaria, o crítica del materialismo». En esa misma línea, podría añadirse el hecho de que una organización no gubernamental tan influyente hoy en la lucha por los derechos humanos, como Amnistía Internacional, fuera fundada por un abogado católico inglés como fue Peter Berenson (1921-2005).

En este mismo año, ha sorprendido la vitalidad de un inesperado debate sobre el papel y la función de los intelectuales cristianos. El joven filósofo Diego S. Garrocho, profesor de Ética y Filosofía Política en la Universidad Autónoma de Madrid, lo inauguró con un artículo en el diario El Mundo: «¿Dónde están los cristianos?». Ha recibido un número extraordinario de contestaciones. Ya sea mediante artículos de, entre otros, Miguel Ángel Quintana Paz, Miguel Brugarolas, Vicente Niño, Estrella Fernández-Martos o Ricardo Calleja; o por debates públicos organizados por revistas digitales y universidades. Otra señal más de un resurgimiento del interés general.

Tal vez ese fenómeno se deba a una corriente que el escritor y columnista Manuel Hidalgo destacaba en su artículo «La gente tiene ganas de resucitar», publicado en El Español. «Se percibe un cierto retorno de la religiosidad de un tiempo para acá –escribe–, debido a motivaciones variadas y con caras poliédricas. En ciertos estratos del cuerpo social, tanto conservadores como liberal-progresistas en sentido amplio, ilustrados ambos, se viene advirtiendo un hartazgo y una pérdida de ilusión respecto a las ideologías (políticas o no) cerradas, que está dando lugar a un deslizamiento hacia la espiritualidad, la valoración preferente de la bondad y el refugio en la experiencia estética».

«En esta línea –continúa Hidalgo–, incluso entre laicos no practicantes y muy vagamente creyentes, la atracción hacia un cristianismo esencial y originario, seguramente impreciso, está abriéndose un hueco. Se trata, en muchos casos, creo, de un cristianismo a la carta, como de libre examen (algo protestante, en ese sentido), quizás más abundante en esperanza que en fe, que obvia buena parte de la dogmática, del magisterio y de la historia de la Iglesia (controvertidos) y que se atiene tanto al deseo de una cierta excelencia moral como al aprecio del legado cultural y estético de la religión».

Y el columnista termina por ofrecer algunos ejemplos de lo que él llama «cristianismo a la carta». «El prestigio reciente y creciente del silencio, la meditación, el eremitismo y el franciscanismo rurales (dieta, ejercicio, paseo, austeridad) –explica– conectan bien con la estima tanto de determinadas propuestas evangélicas como con la consideración positiva de la herencia civilizatoria de las catedrales, los monasterios, las ermitas, la pintura, la música, la arquitectura, no poca literatura y pensamiento cristianos».

El libro «La planètte catholique. Une géographie Culturelle», de Jean-Robert Pitte (Tallandier, 2020), sobre la influencia católica en el mundo de hoy, ha tenido una gran acogida por la crítica más diversa en Francia

Estos fenómenos, tan palpables, fueron anunciados en God is Back: How the Global Revival of Faith Is Changing the World de 2009, escrito por John Mickle- thwait y Adrian Wooldridge. Son confirmados y estudiados por el reciente La planètte catholique. Une géographie culturelle de Jean-Robert Pitte (Tallandier, 2020). Lo sociológicamente interesante de este libro sobre la influencia católica en el mundo de hoy, todavía no traducido al español, es la buena acogida entre los críticos de los medios más diversos. Todo este clima de opinión puede ser resumido por la observación del filósofo Michel Onfray, reconocido ateo, que, en Décadence. Vie et mort du judéo-christianisme (Flammarion, 2017), admitió que debía cambiar de criterio: «Las religiones habían vuelto a ser –constató– una fuerza histórica mayor».

La relación más abierta del siglo XXI con el cristianismo se observa y se comprende muchísimo mejor en la frontera que delimita el mundo de los creyentes y el mundo de los ateos o agnósticos. Es cada vez más permeable, y permite el comercio intelectual e histórico, también incluso cierto contrabando de ideas y de imágenes, de sentimientos y de memorias o propuestas sociales. También aquí, como defienden para la economía los partidarios del libre comercio, la riqueza aumenta a ambos lados de la frontera gracias al intercambio incesante.
En esa línea fronteriza centraremos nuestra atención, sin obviar que existen, por supuesto, interesantes pensadores confesionalmente cristianos. Muchos de ellos teólogos de interés o apologetas o escritores sociales o políticos o críticos culturales.

A modo de recordatorio, se pueden citar a François-Xavier Bellamy, Rémi Brague, Fabrice Hadjadj, Pierre Manent, Chantal Delsol, Alasdair MacIntyre, Peter Kreeft, Richard Swinburne, Nicholas Walterstorff, John Finnis, Patrick Deneen, Chris Smith, Robert Spaemann, entre otros. También hay autores de enorme relevancia social que critican muy directamente al cristianismo como Sam Harris (El fin de la fe, 2004), Richard Dawkins (El espejismo de Dios, 2006) o Christopher Hitchens (Dios no existe, 2009).

Sin embargo, han venido a sumarse otras posiciones a ese intercambio entre el cristianismo y las realidades más propias del tiempo. En esa frontera, se observa un hecho muy interesante. No hace falta ser cristiano para echar en falta las enseñanzas y los criterios morales que el cristianismo sostenía.

La actitud preponderante en este espacio es descrita por Tom Holland en una entrevista con Ángel Vivas: «No me pregunto si existe Dios o si es el Dios de los cristianos, sino que me centro en los actos de los seres humanos. Pero tampoco pretendo ser como Voltaire, criticando las creencias en lo sobrenatural, porque esa creencia es el motor de la cristiandad y hay que tomársela en serio para entender la historia del cristianismo».

En el libro de Víctor Lapuente Decálogo para el buen ciudadano (Atalaya, 2021), pueden encontrarse referencias al asunto. El periodista Vidal Arranz las resume: «Préstese atención al hecho de que Lapuente ni entra ni sale en la realidad metafísica última de Dios, sobre la que no se pronuncia. Él se queda en el más acá de reconocerlo como una formidable “creación cultural hu- mana”. Si detrás de ello hay una mano divina que guía esa creación o si es un fruto exclusivamente del hombre es materia en la que nuestro autor no se mete. Ni falta que hace, podríamos añadir, porque el suyo no es libro confesional y esa neutralidad le permite construir un territorio de encuentro».

Lapuente hace, en efecto, una argumentación brillante a favor, no de la fe, pero sí de la utilidad de las creencias. Es una advertencia muy siglo XXI contra la suficiencia del escepticismo que puede llevarnos a despreciar demasiado rápido las religiones. Su línea argumentativa tiene ilustres precedentes, a ambos lados de la fe. Marvin Harris, desde el materialismo, o G. K. Chesterton, desde el cristianismo. Juan Luis Redondo en el artículo «El auge de las religiones civiles: del nacionalismo al movimiento “woke”» cita a Yuval Harari y su libro Sapiens que «también describe la ventaja competitiva de la especie humana basada en “construir relatos” que unen a grandes grupos en proyectos comunes. Esa fue la labor de la religión durante milenios».

Según narra Rémi Brague en Manicomio de verdades (Encuentro, 2020) esa frontera puede cruzarse en distintas direcciones. Brague cuenta el desconcierto entre la intelectualidad francesa cuando el Papa Benedicto XVI, el 12 de septiembre de 2008, en París, les propuso como ejemplo la vida monacal de la Edad Media. Incluso el sabio y sagaz Brague confiesa que ha tenido que leer varias veces aquel texto para entender qué quería decir el romano pontífice. Con aquella mención, el Papa apuntaba a un hecho de primerísima importancia histórica, que proponía como modelo para este siglo. Los monjes medievales no intentaron influir en la política ni hacer filología clásica ni promover la civilización occidental. Solo aspiraban a dar gloria a Dios. Pero de aquel empeño nacieron frutos involuntarios que aún nos iluminan. Podemos llamarlos -usando una
terminología económica– subproductos de la vida monástica. Lo que Benedicto XVI quería sugerir es que los cristianos solo pueden cambiar el mundo de este modo indirecto, como quien no quiere la cosa. La coincidencia con el objeto de estudio de este artículo es llamativa. Pues propone al mundo o al siglo que acoja, no la fe en primera instancia, sino sus subproductos culturales, sociales o intelectuales.

MÁS NECESIDAD QUE VIRTUD

Como en un espejo, el mundo actual también reconoce la especial necesidad de esos subproductos. No es la virtud teologal de la fe lo que busca del cristianismo, sino aquellos fundamentos sociales que, con la secularización del mundo, ha aprendido, con sorpresa, a echar de menos. El nuevo interés por el cristianismo se desarrolla en los dos sentidos de la palabra «interés», por una pura curiosidad intelectual, más libre de prejuicios que en otras épocas; y también por conveniencia (por una legítima conveniencia) al sentir la necesidad de ciertos fundamentos filosóficos, límites éticos y respuestas existenciales.

Julien Ries recordó en «Lo sagrado en la historia de la humanidad», («Ensayos» 54, Encuentro) que «Mircea Eliade y Paul Ricoeur han dicho que “el hombre no es posible sin lo sagrado”»

No le extrañaría a Julien Ries, que en Lo sagrado en la historia de la humanidad(«Ensayos» 54, Encuentro) recordó que «Mircea Eliade y Paul Ricoeur han dicho que “el hombre no es posible sin lo sagrado”». Y el his- toriador de las religiones está forzado a constatar que desde hace miles de años, en las creencias y en el comportamiento del homo religiosus, todo ocurre como si el hombre no pudiera vivir en un mundo desacralizado». El hombre secularizado del siglo XXI occidental parece no haber cambiado mucho. También necesita, a su modo, de lo sagrado.

Miguel Lluch Baixauli, en el ensayo titulado «Cristianos en Europa después de la cultura secularizada», recogido en Visión cristiana del mundo (Eunsa, 2015), ofrece una explicación más enfocada a este tiempo: «Esa cultura secularizada, que ha sido la dominante desde hace siglos ha entrado en crisis y ya no tiene fuerzas para inaugurar nuevas eras. No estamos asistiendo al alumbramiento de una era postcristiana sino que asistimos a los funerales de la era neopagana y secularizadora. Afirmar esto es repetir algo ya reconocido para quien quiere reconocerlo». Y en apoyo de esta tesis tan atrevida ofrece una serie apabullante de referencias de primer nivel que funcionan como una batería al servicio del principio de autoridad.

La joven escritora Ana Iris Simón responde a la pregunta «¿Hablas de Dios como si fuese necesario en la sociedad de la eficacia?» de Álvaro Sánchez León en una entrevista de Aceprensa en términos que inciden con enorme fuerza en la idea de la necesidad de Dios: «En el discurso público se replica siempre el mismo patrón: quememos lo viejo, porque lo que crearemos nosotros después será mejor solo por ser nuevo… Don José Luis, un párroco de Ávila, que es donde vivo ahora, me decía el otro día que la presunta muerte de Dios ha generado que fuésemos politeístas creando un montón de dioses: el trabajo, el dinero, el deporte, el ocio… La ideología es uno de esos diosecillos a los que rendimos culto. Cada vez tengo más claro que el ser humano es un ser espiritual. Viktor Frankl, en La presencia ignorada de Dios, habla de cómo Dios está, aunque no lo queramos ver. La manera de enfrentarse a la muerte de los ateos revela que no son tan ateos, al menos eso he visto en mi familia. Pensábamos que matar a Dios iba a ser intrínsecamente positivo, un avance y la liberación absoluta… Y el intento tampoco ha sido para tanto… […] La vacuna que nos ayudará a ser más humanos: Acordarnos de reparar en aquello que nos trasciende. Mirarnos, mirar hacia abajo –a las raíces– y mirar hacia arriba –a Dios, creamos o no en él–».

Concuerda con Víctor Lapuente en la advertencia de una nueva sacralización de menos calidad: «Las tiendas hípster de alimentos y los mercadillos urbanos se han convertido en el equivalente de los templos religiosos para la progresía laica». Que para Lapuente tiene una explicación: «Las personas que en su esfera privada creen más explícitamente en un dios o una patria, en su faceta pública son más pragmáticas que las ateas que, para llenar su vacío espiritual, han convertido la política en una religión. Es más fácil, por tanto, que los ateos queden atrapados en ideologías sacras. Porque el sentimiento religioso no se crea ni se destruye, solo se transforma».

Como consecuencia, Lapuente coincide de nuevo con Ana Iris Simón en subrayar la conveniencia de una visión trascendente para la sociedad, con independencia de la fe estricta que se tenga o no: «Dios y la patria, dos conceptos que suenan rancios y viejos, son las ideas más progresistas de la historia de la humanidad, las lanzas más certeras que hemos diseñado para atacar el corazón de nuestros problemas colectivos: nuestra proclividad a sentirnos superiores a los demás, a endiosarnos». Esa necesidad puede verse en varios campos más concretos.

NECESIDAD INTELECTUAL

Occidente, como se reconoce unánimemente, está formado por la conjunción de la herencia griega, la herencia judía y la herencia romana; pero el crisol en el que se funden la filosofía griega, la trascendencia judía y el derecho ro- mano es el cristianismo. De modo que para conocer bien el proceso y el resultado final (esto es, quiénes somos) es necesario un acercamiento comprensivo a la cristiandad.

Uno de los grandes éxitos del último ensayismo mundial, Dominio (Ático de los libros, 2020)de Tom Holland, parte de esa necesidad. En palabras del periodista Ángel Vivas«El libro estudia cómo se extendió el cristianismo en el mundo antiguo, sus conexiones con el judaísmo y la filosofía griega, la importancia de las cartas de San Pablo, y el impacto de orden humano, social y cultural que su- puso, hasta el punto de configurar el mundo tal como lo conocemos».

Víctor Lapuente hace una argumentación a favor de la utilidad de las creencias. Una advertencia contra la suficiencia del escepticismo que, según él, puede llevarnos a despreciar demasiado rápido las religiones

Michael Sandel nos ofrece una aplicación concreta en La tiranía del mérito (Debate, 2020). Recogiendo las enseñanzas de Max Weber, Sandel nos explica cómo fue una variación teológica la que dio origen al concepto actual de la meritocracia: «La ética protestante del trabajo, pues, no solo da origen al espíritu del capitalismo, sino que también promueve una ética de la autoayuda y de la responsabilización personal por el destino propio que casa muy bien con los modos de pensar meritocráticos».  Con independencia de las discusiones históricas y doctrinales a las que pueda dar lugar tal afirmación, interesa subrayar hasta qué punto una cuestión en apariencia apenas teológica tiene consecuencias prácticas actuales.

Uno de los novelistas más representativos de las zozobras de nuestro tiempo, Michel Houellebecq, también recurre al cristianismo impelido por una necesitad intelectual para encarar uno de los grandes problemas de la humanidad: «Escribir implica tomar sobre sí lo negativo, todo lo negativo del mundo, […] y efectivamente esto tiene una relación con Cristo, cargando sobre Sí mismo todos los pecados de la humanidad». A las grandes preguntas sobre el origen del mundo y el destino del hombre, la respuesta del cristianismo puede ser verdadera o no (de hecho, Houellebecq se considera agnóstico); pero tiene una potencia y una coherencia que hacen indispensable escucharla y sopesarla.

Señala Víctor Lapuente: «La producción artística contemporánea, desprovista de referencias a lo trascendente (en literatura, en música, pintura o cine, no ha existido una época en la historia con menos menciones a Dios) transita entre la superficialidad liviana y la depresión existencialista, entre la embriaguez del entretenimiento perpetuo y la soledad eterna del espíritu». Cada vez hay más creadores que no se conforman con esto.

NECESIDAD SOCIAL

En su citado reciente artículo, Juan Luis Redondo recordaba que «la religión siempre ha jugado un papel clave a lo largo de la historia de la humanidad. Esta necesidad de “creer” hace tiempo que despertó el interés de la ciencia, que suele dar dos explicaciones: la primera indica que la especie humana necesita una relación causa-efecto para todo lo que le rodea. Si la respuesta no la da la ciencia, el hombre precisa una respuesta sobrenatural, y por tanto tiene predisposición a creer en dioses.

La segunda explicación propone que las creencias religiosas han contribuido a la cohesión de los grupos humanos y, por ello, han ayudado a su supervivencia y, en último término, al éxito evolutivo. La religión como elemento de cohesión también responde a una clara necesidad humana. En este artículo […] pretendo abordar […] el segundo [punto], relaciona- do con el renacer de las religiones civiles en el siglo XXI». El mismo autor recuerda que «en el libro El pasillo estrecho, Daron Acemoglu y James A. Robinson proporcionan numerosos ejemplos de cómo la religión permitió crear Estados fuertes que dejaron atrás la etapa de guerras continuas para resolver los conflictos entre diferentes grupos. Las religiones han sido uno de los grandes motores de la creación de Estados a lo largo de la historia».

En el apéndice de La idea de una sociedad cristiana (1939) del premio Nobel T. S. Eliot ya se señalaba una llamativa paradoja, atestiguada por la historia. Los cristianos están más profundamente comprometidos con la consecución de los ideales de paz, de felicidad y de bienestar de la gente –aunque los consideran medios y no fines– que aquellos que los consideran fines absolutos.

El francés Houllebecq es todavía más extremado y, desde su agnosticismo, cita al filósofo cientificista por excelencia: «Comte es interesante desde muchos puntos de vista: es el que expresa, de la manera más total y sistemática, el hecho de que después de la Revolución la sociedad ha perdido sus bases, y que no va a poder aguantar, a largo plazo, sin religión». Ya en los años treinta, el novelista Evelyn Waugh, autor de Retorno a Brideshead, había declarado: «Me parece que en la fase actual de la historia europea la problemática esencial no está ya entre el catolicismo, de un lado, y el protestantismo, de otro, sino entre el cristianismo y el caos… La civilización (y con esto no me estoy refiriendo al cine sonoro y la comida enlatada, ni siquiera a la cirugía y las casas higiénicas, sino a la organización moral y artística de Europa en su conjunto) no tiene en sí misma el poder de sobrevivir. Llegó a existir a través del cristianismo y sin él no tiene ni relevancia ni poder para demandar lealtad».

NECESIDAD POLÍTICA

Esa necesidad social del cristianismo implica una necesidad política en la que cada vez coinciden más autores. El cristianismo desactiva la tentación de sacralizar al Estado, las ideologías o los partidos. Lo advierte Philippe Nemo: «¡No hay nada más cristiano que la laicidad! […] Para el pueblo de la Biblia, el Estado no será jamás una fuente de verdad ni un modelo moral: el Estado será desacralizado para siempre […]. Incluso en el momento de su influencia histórica más intensa, la Iglesia se abstuvo de ejercer un poder temporal directo. […] Son los regímenes anticristianos fundados sobre ideologías materialistas o paganas los que han resacralizado el Estado o han creado ideologías de Estado fanáticas».

Desde posiciones explícitamente no confesionales, Víctor Lapuente y Juan Luis Redondo insisten en esa necesidad política del cristianismo para moderar las tendencias al individualismo de la sociedad y para bloquear la sacralización de modas ideológicas y del pensamiento políticamente correcto hasta extremos inquisitoriales. «Una política basada en religiones civiles no es compatible con la democracia», advierte Redondo con contundencia.

Entre los grandes méritos del ensayo histórico Dominio, de Tom Holland, está su capacidad para mostrar hasta qué profundidad el cristianismo permea las sociedades y la política actual en Occidente. El texto que recogemos en estas páginas del historiador británico subraya con eficacia hasta qué punto la cristiandad late en los principios más elementales de nuestra convivencia política.

Habermas: «El universalismo igualitario (…) es un heredero directo de la ética judía de la justicia y de la ética cristiana del amor»

El mismísimo Jürgen Habermas, desde su ateísmo, lo ha reconocido igualmente: «Para la autocomprensión normativa de la modernidad, el cristianismo ha representado más que un mero precedente o catalizador. El universalismo igualitario –del cual derivaron las ideas de libertad y solidaridad social, conducción autónoma de la vida y emancipación, conciencia moral individual, derechos hu manos y democracia– es un heredero directo de la ética judía de la justicia y de la ética cristiana del amor. Este legado ha sido objeto de una constante apropiación e interpretación crítica, sin sufrir transformaciones sustanciales. Al día de hoy, no existe ninguna alternativa a él. […] Seguimos alimentándonos de esa fuente. Todo lo demás son chácharas postmodernas».

LA HISTORIA TIENE FUTURO

Todas las necesidades seculares de aprovechar los sub- productos del cristianismo hacen que se haga posible otro acercamiento histórico al cristianismo. ¿Cuál ha sido la trayectoria de esa creencia que aparentemente tanto aporta todavía? Y para recibirlo, ¿cómo fue la recepción en el pasado?

Desde una visión global de la antropología, el siglo XX dejó en herencia al XXI la obra del francés René Girard (Veo a Satán caer como el relámpago, Anagrama, 1999) donde se hace un estudio científico de las aportaciones del cristianismo, tan indispensables como invisibles, al mundo secularizado.

Tom Holland: «Cuando Merkel deja entrar a los inmigrantes en su país está obedeciendo a sus raíces luteranas, ahí está el espíritu del buen samaritano»

En esta misma línea, el empeño más sistemático y con más eco ha sido el libro ya citado Dominio, de Tom Holland, cuyo subtítulo es toda una declaración de intenciones: «una nueva historia del cristianismo». Es nueva en el mismo espíritu con el que estamos escribiendo este artículo. Además de rendir al cristianismo los homenajes del estudio riguroso, el estilo diáfano y la comprensión desprejuiciada, pone especial empeño en mostrar cómo ha configurado el mundo, no solo el antiguo y, por su- puesto, el medieval, sino también el moderno y el con- temporáneo. Declara el autor: «Los padres peregrinos, Mandela, Desmond Tutu… Las historias de Jesús siguen siendo muy poderosas e influyendo en nosotros. Cuando Merkel deja entrar a los inmigrantes en su país está obedeciendo a sus raíces luteranas, ahí está el espíritu del buen samaritano».

Para dar testimonio de la permeabilidad de la fe rinde un homenaje casi cabalístico en el índice del volumen, construido a partir de divisiones del tres y del siete. Él mismo lo explica: «Es una estructura simbólica para un tema muy amplio y que abarca mucho tiempo. El tres es la Trinidad y el siete, los sacramentos, los pecados capitales. A su vez, cada capítulo está dividido en tres partes. Es un intento de imponer la idea de la cristiandad en el libro, de ver cómo Dios se impone en las estructuras normativas del universo». Como sabía Dante, que exactamente hizo lo mismo, no se trata de un juego literario, sino de un eco nu- mérico a ciertas constantes trascendentes. Que Holland haya querido recogerlo muestra hasta qué punto estamos ante un libro permeable.

Señala Irene Vallejo que Pablo de Tarso “pronunció quizá el primer discurso igualitario cuando dijo: “No hay judío ni griego, ni esclavo ni hombre libre, ni hombre ni mujer”

Resulta especialmente interesante observar que esta nueva actitud ante la historia del cristianismo no se encuentra solo en los libros que estudian la materia en concreto. Irene Vallejo, en su aclamadísima historia del libro, El infinito en un junco (Siruela, 2019), ensayo en principio ajeno al cristianismo, pues se centra en el mundo antiguo, reconoce y honra la huella del cristianismo. Lo hace al incluir el poderoso e indispensable alegato por la igual- dad de San Pablo de Tarso entre los grandes valores que nos han legado los libros («a ese griego cristiano, Pablo de Tarso, que pronunció quizá el primer discurso igualitario cuando dijo: “No hay judío ni griego, ni esclavo ni hombre libre, ni hombre ni mujer”»). Entre otras aportaciones cristianas, agradece la aparición del cómic en los márgenes de los manuscritos iluminados y, sobre todo, su aportación esencial a la depuración del concepto de canon literario. También, en el fragmento que recogemos, la decisiva aportación del cristianismo a la consagración del libro en la forma actual de código o volumen frente a la más común hasta entonces del rollo de pergamino.

EN LA TRASTIENDA, LA TRASCENDENCIA

Hemos sostenido a lo largo de este artículo un enfoque principalmente sociológico y muy pegado a la vida pública, pero nuestro análisis no estaría completo si no reconociésemos en paralelo que hay un interés más íntimo en el cristianismo, especialmente atestiguado en la literatura.

Este interés puede verse en Michael Houellebecq. En la revista literaria Leer por leer el profesor Domingo González ha advertido: «Desgraciadamente, las alusiones religiosas de su obra se han visto salpicadas por las reiteradas polémicas sobre el islam, sofocando una apertura a la trascendencia menos ruidosa». Porque ciertamente el polémico novelista francés tiene un interés más hondo en el cristianismo. Él se confiesa sin fe, entre el ateísmo y el agnosticismo, con accesos cíclicos de esperanza y con un perenne interés. Pero a la vez ha declarado: «Entonces, sí: soy católico en el sentido de que expreso el horror de un mundo sin Dios… pero únicamente en ese sentido». Que es el sentido, precisamente, que está articulando nuestra línea argumental.

Hay un autor que realiza un acercamiento a la vez más sistemático y más introspectivo: es Emmanuel Carrère. Su libro El Reino (Anagrama, 2017) es paradigmático, porque no solo se pregunta con una total minuciosidad de investigación periodística qué creen realmente los cristianos que creen desde esa posición de frontera que nos interesa, sino que lo hace cruzando él mismo la frontera en ambos sentidos varias veces. El libro, escrito desde una fe nuevamente perdida, se encara con la conversión fervorosa que experimentó en su pasado y recupera el diario donde recogía sus impresiones y reflexiones de entonces. Por ese vaivén, además de por su calidad literaria, El Reino se convierte en un documento singular para estudiar la existencia de la fe en el cristianismo en las dos orillas de la creencia y de la increencia. Adquiere la condición de documento único, en cuanto que presta una especial atención a la dificultad para entender la posición del otro. Lo que resulta fascinante desde el punto y hora en que quien no entiende la posición del otro es el mismo Carrère que fue otro. Esto es, el agnóstico no entiende al hombre de fe, y viceversa. El juego de espejos abre interesantes perspectivas a un lado y otro de la línea, que permiten una mayor comprensión mutua.

Un libro que está a la misma altura literaria y que ofrece una misma fascinación al lector interesado en las relaciones entre el mundo y el cristianismo es Loa a la tierra. Un viaje al jardín (Herder, 2019) del celebérrimo filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han. Es libro con mucho amor (declarado sin ambages), con muchísima alegría, rebosante de realidad y de vida. Parece mentira que su autor sea el mismo que nos introdujo al budismo. Con un lírico apólogo contesta al budismo: «Nabi: “¿Por qué hay algo y no más bien nada? El árbol… La mariposa…” “Namu: La mariposa existe para que el árbol no se sienta tan solita- rio”. Nabi: “¿Y el árbol? Namu: Para que la mariposa pueda descansar de su vuelo”». El cuidado de un jardín le da al normalmente vaporoso filósofo coreano ganas de ponerse a tener hijos, incluso. Al leerlo se entiende mejor su aplaudido libro La desaparición de los rituales (Herder, 2020). No deja de ser un ensayo filosófico también, como corresponde a su autor, que retoma viejos temas suyos: la defensa de la lentitud, el recelo a la tecnología, el amor al rito; pero todo nimbado por un halo de descubrimiento y reconocimiento.

Véase: «Pero el medio digital destruye la tierra, esta maravillosa creación de Dios. Amo el orden terreno. Nunca lo abandonaré. Experimento una sensa- ción de profunda fidelidad, de hondo apego a este preciado regalo de Dios. Pienso que la religión no significa otra cosa que esta profunda compenetración que, sin embargo, me hace libre. Ser libre no significa vagar ni estar libre de compromisos. En estos momentos libertad significa para mí pasar el tiempo en el jardín».

No debemos terminar este repaso a aquello que se salva del cristianismo en el siglo XXI, sin referirnos a un libro de una representante de la más joven generación, porque estamos interesados en el siglo XXI y todavía queda mucho de él y los jóvenes adquirirán un protagonismo creciente y principal. Se trata del inesperado éxito de Feria (Círculo de Tiza, 2020) de Ana Iris Simón. Si este libro de recuerdos biográficos no es un ensayo, no será porque no tenga una densidad de ideas que ya quisiera un catedrático, sino porque su modo de pensar (y de vivir) son los relatos y porque contienen más preguntas que respuestas. Por ejemplo, esta desazón: «A veces, sin casa, sin hijos, en nombre de no sé muy bien qué pero también como consecuencia de no tener en el horizonte mucho más que incertidumbre, daría mi minúsculo reino, mi estantería del Ikea y mi móvil, por una definición concisa, concreta y realista de eso que llamaban, de eso que llaman progreso».

Ana Iris Simón: “He terminado escribiendo un libro sobre Dios. Pero sin darme cuenta que lo mejor, es la única manera sincera de hacerlo. O la única manera de la que yo soy capaz»

El libro recoge los recuerdos de infancia manchega de la autora y de sus dos familias, la paterna arraigada en el campo y de convicciones comunistas, la materna de feriantes. Presta especial atención a su interés infantil por la fe o no de sus mayores y también por su propia creencia, que le hacía escaparse de casa para asistir a misa o hacer la primera comunión por su cuenta y riesgo. Puede parecer, con todo, que esas historias se funden con todas las demás, pero no. La preocupación por la trascendencia es fundamental en todo el libro. Tanto, que Ana Iris Simón ha confesado: «Empecé a preguntarme por Dios a raíz de la muerte de mi abuela paterna y de mi tío Hilario. Y sí, he terminado escribiendo un libro sobre Dios. Pero sin darme cuenta. Que, a lo mejor, es la única manera sincera de hacerlo. O la única manera de la que yo soy capaz».

Su manera de acercarse a la fe parece evocar también un significado generacional que tiene que ver con esas necesidades nuevas de las que hemos venido hablando. Como ha reconocido la joven autora, el ser humano necesita «mirar hacia arriba –a Dios, creamos o no en él–»

Enrique García-Máiquez es poeta, crítico literario, traductor, columnista y editor.

“El cambio climático tiene una dimensión ética” afirma Gonzalo Sáenz de Miera, director de Cambio Climático de Iberdrola

“El cambio climático tiene una dimensión ética”, ya que si no lo afrontamos “estamos dejando un mundo peor a las generaciones venideras” indicó Gonzalo Sáenz de Miera, director de Cambio Climático y Alianzas de Iberdrola, en la cuarta sesión del seminario de reflexión académica Pensar el siglo XXI.

El ciclo de conferencias está dirigido por el catedrático emérito de Sociología y académico de Ciencias Morales, Emilio Lamo de Espinosa, y organizado por el Consejo Social de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), que preside el exministro Jordi Sevilla, con la colaboración de Nueva Revista.

Lamo de Espinosa destacó, en la presentación, que “el cambio climático y la pandemia ponen de manifiesto la dimensión global” de los retos actuales. Y que ante el primero “carecemos de instrumentos para poder gestionar” ese desafío, aunque «el Acuerdo de París supone un gran paso adelante».

En su ponencia, Sáenz de Miera desarrolló cinco puntos: el problema del cambio climático y la calidad del aire; el sector energético, por ser la causa del cambio climático; la ruta óptima de descarbonización en Europa; implicaciones y oportunidades; e instrumentos y políticas para lograr un modelo energético sostenible.

“España va a ser uno de los países de Europa más afectados por el cambio climático”

Explicó que “el cambio climático va a tener graves consecuencias económicas y sociales”, incluidas pobreza, hambre y emigraciones. Y advirtió que “España va a ser uno de los países de Europa más afectados”.

Citó al Foro de Davos, que señaló que los “principales riesgos para el sistema financiero internacional están relacionados con el cambio climático, la biodiversidad y con conflictos derivados de la escasez de recursos hídricos”.

Para reducir las emisiones de CO2 es preciso pasar de “un modelo energético basado en combustibles fósiles a otro más eficiente, en el que se consuma menos energía y que esta no genere CO2”. La buena noticia -subrayó el ponente- es que a través de las renovables “es posible cambiar el modelo energético a uno más limpio y más barato”. Y puso el ejemplo del vehículo eléctrico frente al de combustión interna, que va a suponer una revolución en el transporte y en la economía.

Señaló que la transición energética, que la presidenta de la Unión Europea Ursula von der Leyen se fijó como palanca de liderazgo, supone “una revolución industrial y una oportunidad económica” para Europa; y que España está inicialmente bien posicionada -“tenemos tecnologías y sol”-, pero advirtió que es preciso “aprovecharla” porque hay “una fuerte competencia global”.

Se trata de “un reto ambicioso y complicado pero es posible”. Actualmente “hay empresas dispuestas a invertir, y bancos dispuestos a financiar” apuntó Sáenz de Miera. Solo faltan “políticas”, incluidas las fiscales, de forma que quien “contamine, pague”. Y va tener beneficios en economía, en empleo y en salud.

FERNANDO RUIZ: CAMBIO CLIMÁTICO, PROBLEMA GLOBAL

Participó como panelista Fernando Ruiz, director de Sostenibilidad de Repsol, que calificó al cambio climático de “problema global”, un reto de tal magnitud que solo se puede afrontar y gestionar “mediante una gobernanza global”.

Subraya que “no estamos sabiendo gestionar el reto que se nos viene encima”, pero no es el único. Tenemos también “los retos del agua, la biodiversidad, el plástico”.

Fernando Ruiz.

CRISTINA RIVERO: HOJA DE RUTA PARA UN PLANETA MEJOR

También intervino Cristina Rivero, directora del Departamento de Industria, Energía, Medio Ambiente y Clima de la CEOE, que expuso algunas razones para el optimismo.

Destacó el carácter de proyecto país de la Ley de Cambio Climático; la apuesta que supone “la agenda 2030, hoja de ruta para conseguir un planeta mejor”; el Green Deal y la oportunidad que suponen los fondos de la Next Generation, remarcando que “la sostenibilidad es uno de los condicionantes para acceder a los fondos europeos”; así como la entrada de la banca y de los agentes inversores.

Cristina Ribero.

ASUNCIÓN RUIZ: DERECHO HUMANO AL MEDIO AMBIENTE

Finalmente participó en la sesión Asunción Ruiz Guijosa, directora ejecutiva de SEO/BirdLife, que alertó de que estamos en un “momento de emergencia ecológica”. Se trata de “una emergencia social no un capricho naturalista”; y debemos plantearnos qué “tipo de sociedades queremos en el siglo XXI”. Porque “nos estamos jugando el futuro de la humanidad”.

Asunción Ruiz Guijosa.

Apuntó que “el crecimiento ilimitado no es posible”, y que “un simple virus ha hecho tambalearse al modelo”. Explicó que “más del 70% de las enfermedades infecciosas del mundo tienen que ver con zoonosis -que pasan de animales a humanos-“. Y ello refleja “el desequilibrio que estamos provocando en la naturaleza”.

Asunción Ruiz abogó, finalmente, por establecer “un nuevo derecho humano: el derecho al medio ambiente”, necesario en este momento, como lo fue la Declaración de 1948 después de la Segunda Guerra Mundial. Y planteó la necesidad de poner la política ambiental en el centro -como ya ocurre en España-, para que las democracias afronten la amenaza contra la naturaleza y se conviertan en “ecocracias”.