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Ver productosEn algunos casos, los intelectuales estarían dispuestos a cuestionar muchas opiniones políticamente correctas, pero muchos se autocensuran para evitar ser juzgados en los nuevos tribunales. Es más fácil y efectivo crear una especie de imagen inmoral del enemigo y arrojar etiquetas a las cabezas de los ciudadanos, que argumentar y aportar ideas en un debate. Los juicios éticos implícitamente anulan la «autonomía moral» del ciudadano, y esta autonomía, que se ejercita con la libertad de pensamiento y opinión, es básica para el fundamento de toda sociedad liberal, y para superar la «moral de la obediencia», o la obediencia ciega, un debate del que se ocuparon autores como Kant o Arendt.
Isaiah Berlin creía que cada persona y cada época tiene, por lo menos, dos planos: «Una superficie superior, pública, iluminada, fácilmente perceptible, claramente descriptible», y por debajo de esta superficie, una «senda hacia características menos evidentes, pero más íntimas y profundas, mezcladas demasiado estrechamente con sentimientos y actividades como para ser fácilmente distinguibles de ellos». Ahora bien, este segundo plano de conocimiento, que se basa en la propia subjetividad y complejidad de la esfera social, a veces es ignorado o cancelado, porque a menudo es revelador de nuestras propias contradicciones.
Defender unas determinadas ideas no autoriza a nadie para imponer una calidad moral y unos agravios contra quien expresa una opinión diferente
Defender unas determinadas ideas no autoriza a nadie para imponer una calidad moral y unos agravios contra quien expresa una opinión diferente. Cuando el individuo cree que solo hay unas ideas moralmente aceptables, una única etiqueta de buen ciudadano que el partido de la buena gente le otorga, a su vez hace una renuncia: cede, alegremente, su autonomía moral.
Lo políticamente correcto, así como lo políticamente incorrecto, es una construcción muy cuidada que solo puede mantenerse gracias al pensamiento homogéneo, a una visión compartida pero muchas veces limitante, y simplista, en tanto que anula percepciones disonantes. Lo difícil es no eludir esas disonancias cuando aparecen, sino confrontarlas para construir una opinión real, no ajustada a un relato. Los intelectuales, que se reclutan muchas veces de las filas de los políticamente correctos, o los intelectuales que aspiran a unirse a la de los indeseables, ignoran a veces que las dinámicas son parecidas. Ambos compran un paquete de ideas y las suscriben hasta las últimas consecuencias.
El reto, decía Paul Valéry, es dejar de abolir las ideas disonantes. «La mayoría de nuestras percepciones suscitan en nosotros, cuando suscitan algo, lo necesario para anularlas. […] Existe en nosotros respecto a ellas una propensión constante a volver cuanto antes al estado en el que estábamos antes de que se impusieran».
El mimetismo basado en las identidades e ideologías nos protege en el espacio protegido de nuestras certezas. Mantenerse dentro de este espacio protegido tiene un efecto de cohesión grupal que tiende al dogmatismo, al antintelectualismo y al pensamiento de cruzada, todo ello conduce a la alienación del individuo.
El hombre desconectado de su propia percepción y sensibilidad acaba escribiendo literalmente lo que su audiencia quiere oír, y ese es el peligro del clima de la cancelación, sentirse encadenado a unas ideas o a un movimiento político, a un grupo social. Hay un arte de caminar, y hay un arte de opinar libremente. Al lado de una fe en declive, surgen otras religiones seculares que destruyen el arte y el enigma del libre pensamiento. Poseen la misma o mayor pretensión que la Iglesia de antaño a la hora de imponer su moral a la sociedad en su conjunto. En este entorno, rápidamente, se produce una indignación moral, se establece un «habría que» o «hay que», que en realidad significa lo siguiente: debemos pedir que el resto asuma «mis valores» y haga de mis preferencias morales norma pública.
Asistimos a la edad de oro del moralismo. El cargo de mala conciencia de nuestra civilización occidental, la incomprensión de nuestra naturaleza humana y la obsesión con el buenismo hacen que pongamos límites a todos los ámbitos del pensamiento
El problema no es que haya personas que elijan pensar siguiendo estas pautas, sino que aspiren mediante códigos de conveniencia social o moral a imponer la censura, controlando el debate público, desterrando la acción de la palabra. En lugar de dejar que otros creen ficciones sobre quiénes somos, sobre cuál es la moral correcta, debemos apostar por una visión más individualista y amplia, perder el miedo al uso de la palabra.
Asistimos a la edad de oro del moralismo. El cargo de mala conciencia de nuestra civilización occidental, la incomprensión de nuestra naturaleza humana y la obsesión con el buenismo hacen que pongamos límites a todos los ámbitos del pensamiento. La nueva cultura tiende a ocupar el espacio vacío que dejó la Iglesia, con sus sacerdotes, profetas, santos. Paralelamente, nos encontramos en un punto crítico del debate sobre el lugar y el precio de la libertad de expresión, que experimentan aquellos que rechazan pasar por el tamiz del juicio moral. Son muchos los que se han sumado a la «fila de los intocables» (Finkielkraut), y muchos los que se han vuelto ridículos, pues un intelectual se vuelve ridículo si se disfraza de cura, y más aún cuando moviliza para sus fines de adoctrinamiento el aparato de la cultura.
No se puede discernir ninguna verdad, ningún valor, sin abrazar las contradicciones y sin ir más allá de las apariencias, los relatos maximalistas y las identidades colectivas. Quizás uno de los retos de nuestro tiempo sea gestionar el dilema entre la conciencia individual y la dependencia hacia los colectivos identitarios. Para romper estos esquemas tan rígidos y estos modelos de pensamiento inflexible las personas debemos abrazar las propias contradicciones, desarrollar el pensamiento crítico.
«El hombre es dueño de las contradicciones, estas existen gracias a él y, por consiguiente, es más noble que ellas», escribió Thomas Mann
«El hombre es dueño de las contradicciones, estas existen gracias a él y, por consiguiente, es más noble que ellas», escribió Thomas Mann. La historia nos muestra que hay épocas en las que el hombre occidental no sabe cabalgar las contradicciones y no sabe vivir sin alguna máscara, sin adoptar una identidad que corresponda a la euforia del presente, la agitación de la opinión pública, o sin adoptar una identidad política. Todo es política, y en un mundo politizado, hasta la cultura corre la misma suerte que la moral, al ser supeditada a una ideología determinada.
Sabemos que una de las causas de la politización es estar conectados permanentemente al ruido, a «la actualidad », a respirar nuestra dosis diaria de propaganda. En la vorágine actual, a los temas difíciles les cuesta encontrar la calma y el tiempo necesarios para permitir que el pensamiento se exprese, para que haya un debate más exigente y cada cual pueda formarse su propia opinión. Algunos malogran ser ellos mismos y confunden la participación en el debate en redes sociales con la pertenencia a un colectivo identitario, confunden la deliberación y la crítica del debate con la adhesión a una ideología.
Estas dinámicas se ven hoy acompañadas por la cultura de la cancelación y el bloqueo de otras opiniones. Ya no es el poder político sino la sociedad la que ejerce la censura y cancela a los oponentes, con lo cual se han invertido los roles. Cualquier triunfo de la razón es temporal y reversible y cualquier esfuerzo utópico de construcción de una sociedad libre ha de convivir con estallidos de irracionalidad, con revoluciones y sentimentalismos varios. Las dinámicas actuales fragmentan a nuestras sociedades en grupos que buscan el refuerzo constante de sus prejuicios. Todavía estamos intentando comprender estos movimientos que parecen no tener precedentes en su nebulosidad ideológica, pero que también parecen anticipar el fin, o al menos el peligro de erosión de las democracias liberales.
LA ALTERNATIVA ES LA CULTURA HUMANISTA
Ahora debemos someternos a las modas identitarias de sobrerregulación de las conductas del mundo que viene o buscar una alternativa. La alternativa es la cultura humanista. Es necesario tener un pensamiento individualista para defender los valores occidentales. El pensamiento crítico, la independencia y la rebelión, que se oponen a todas las modas establecidas, son necesarios para la buena salud de un grupo. La buena salud de cualquier grupo social se mide por el número de sus detractores.
«Soy un individualista, es decir que considero que mi papel como individuo es oponerme a cualquier restricción causada por los intereses del bien social. Los intereses del individuo se oponen a los del bien social. Al querer servir a ambos al mismo tiempo, nos conducimos a la hipocresía y la confusión», escribió uno de los artistas más lúcidos del siglo XX, Jean Dubuffet.
¿Asistimos a un estrechamiento del espacio público y de las libertades que lo componen, empezando por la de expresión, como resultado de ataques a izquierda y derecha realizados más desde un sentimiento de ofensa permanente que desde la razón pública que edifica el suelo de los consensos compartidos en un Estado democrático? ¿Se estrechan nuestras democracias a causa de la emergencia, en la derecha, de gramáticas iliberales que invisibilizan o legitiman distintas formas de desigualdad y, en la izquierda, por una suerte de neo puritanismo moralista que no es capaz de acoger en el debate público la ironía, el humor, la crítica directa o la mera diferencia pluralista, y que acaba queriendo imponer ofuscadamente sus propios y restrictivos dogmas, sus estrechas visiones del mundo?
¿O este escenario dibujado por la supuesta existencia de una cultura de la cancelación —heredera directa de lo que unas décadas atrás se definió como la dictadura de lo políticamente correcto—, antes que un buen reflejo de nuestras sociedades y algunas de sus tendencias sociales de fondo, es resultado de una impotente denuncia, fruto del miedo o el temor y, por tanto, un síntoma de la profunda transformación del espacio público, de su composición y funcionamiento, de los suelos morales que lo componen, de las relaciones de poder que refleja, de la emergencia en ese espacio público de sujetos, voces, demandas, necesidades y actores sociales antes ignorados o despreciados, invisibles en cualquier caso, y que estarían por tanto adquiriendo poder público y disputando el sentido heredado de lo normal y lo excepcional, de lo aceptable y lo descartable, de lo universal y de lo particular?
Me preguntaré si estaríamos asistiendo, en paralelo, a un complejo desplazamiento de la denuncia de los privilegios y de las desigualdades heredadas hacia lo que podríamos identificar como un discurso de la víctima
Es decir, y por resumir hasta el absurdo, ¿asistimos a un estrechamiento de los marcos democráticos y de sus libertades o, bien al contrario, a su ampliación dada la incorporación de nuevas voces, nuevas identidades o nuevos sujetos? Dicho, si se prefiere, en forma de eslogan, ¿cultura de la cancelación o crisis de los privilegios? Esta es, creo, una forma, quizá exagerada pero con todo ilustrativa, de sintetizar y por tanto ubicar el debate al que nos enfrentamos cuando exploramos el sentido de la existencia de una supuesta cultura de la cancelación contemporánea.
Adelanto que en estas líneas sostendré la segunda de las opciones que vengo a contraponer, es decir, que este debate refleja, en última instancia, un cambio social que se describe mejor desde la hipótesis de una ampliación de los marcos democráticos y de los sujetos con voz (y voto) en el espacio público, de una crisis de los consensos y, por tanto, de los privilegios en los que se asientan, es decir, los que habían definido a las sociedades democráticas salidas de la Segunda Guerra Mundial (un privilegio masculino, de clase media, blanco, heterosexual, apegado a los orígenes nacionales de los Estados de los que forman parte, por ejemplo).
Pero estando convencido o, en cualquier caso, inclinado a sostener esta segunda lectura de lo que subyace a los discursos de la cancelación, y por tanto a ver en ellos el lamento de una pérdida, la de un privilegio cultural más que la cancelación a la que estarían arbitrariamente sometidos, y a cuya argumentación dedicaré el grueso de este texto, necesitaré, antes de concluirlo, mostrar alguna que otra duda o preocupación que ensombrece o matiza la perfecta simetría de la contraposición que vengo a esbozar. Es decir, me preguntaré si, además de una crisis democráticamente saludable de las posiciones (culturales, sociales, económicas y políticas) que, tras el manto de la neutralidad o la naturalidad, no hacían sino esconder una forma privilegiada de acceso al espacio público hoy puesta en cuestión, si además de este fenómeno no estaríamos asistiendo, en paralelo, a un complejo desplazamiento de la crítica social, de la denuncia de los privilegios y de las desigualdades heredadas hacia lo que podríamos identificar como un discurso de la víctima antes que como una práctica de la emancipación. O, más precisamente, como un discurso que, buscando la emancipación, quedaría en ocasiones atrapado en el repliegue victimista de esos sujetos, colectivos y movimientos políticos y sociales. Un desplazamiento o repliegue que, en ningún caso, permite dar la razón a los discursos que denuncian la existencia de una cultura de la cancelación, pero que nos pone trabas a los que quisiéramos ver simplemente en ellos la negación de una prístina revolución democrática.
CANCELACIÓN, CENSURA Y CRÍTICA
Antes de abordar estas preguntas conviene quizá empezar por aclarar los conceptos con los que trabajan. Empecemos con la noción misma de la cancelación porque, exista o no como práctica o cultura, no significa ni mucho menos lo mismo que la censura o la crítica, y suele confundirse con ellas. Mientras la censura es asunto propio de Estados y poderes públicos, la cancelación sería, y esto no deja de ser un primer síntoma de lo que podría operar bajo su denuncia, el ejercicio de minorías ofendidas. ¿La censura sería cosa del poder y la cancelación de aquellos que apenas lo tienen? Para aclarar esta molesta pregunta cabría traer a escena la vieja noción de crítica, pues es harto probable que lo que ejercen esas minorías, ofendidas o no, sea, fundamentalmente, una crítica. De los chistes sobre los homosexuales; de los relatos sobre la debilidad o incapacidad femenina; de las narraciones que dan por sentada una libertad sin responsabilidad masculina; de la asunción acrítica de una mirada blanca, europea u occidental sobre los otros, sobre su historia e identidad; o de la naturalización de un lenguaje que no deja de ser histórico y, por tanto, reproductor de las desigualdades que cristalizan en la historia, por poner algunos conocidos ejemplos.
Así las cosas, irrumpe inmediatamente otra pregunta, no menos molesta, acerca de la naturaleza y el sujeto de la ofensa: ¿son los que supuestamente cancelan, esas minorías tildadas de dogmáticas o moralistas, los sujetos que responderían ofendidos, o tendríamos que valorar otra posibilidad, la de que sean los sujetos criticados por esas minorías los que estén reaccionando desde un sentimiento que, precisamente por no aceptar la crítica ni, sobre todo, el valor social de quien la emite, acaban por transferir y proyectar en esas minorías críticas un sentimiento de ofensa que les es propio?
EL PODER Y EL ESPACIO PÚBLICO
Para responder mejor a esta última pregunta conviene quizá atender a una paradoja habitual en la denuncia de la cancelación: el hecho en absoluto baladí de que quienes la suelen realizar sean intelectuales, políticos, actores, académicos o cómicos con gran visibilidad pública, y de que lo hagan desde espacios mediáticos que, a su vez, gozan de no menor visibilidad y poder.
¿Conocemos casos de cancelaciones culturales a sujetos con gran poder social y mediático realizados desde medios de comunicación, tribunas o espacios públicos de gran visibilidad social?
¿Cancelan minorías desde espacios minoritarios (manifiestos, cuentas en redes sociales, charlas, protestas en universidades) a personajes públicos de renombre que denuncian estos hechos desde medios de difusión masiva (tribunas y columnas en periódicos de tirada nacional, debates o entrevistas en cadenas de televisión con gran audiencia, discursos en espacios institucionales varios) a los que esas minorías no suelen tener acceso? Porque, ¿conocemos realmente casos de cancelaciones culturales a sujetos con gran poder social y mediático realizados desde medios de comunicación, tribunas o espacios públicos de gran visibilidad social? Hagan memoria, al menos para el caso español, porque yo no los conozco.
LIBERTAD DE EXPRESIÓN O DE LIBERTAD DE CRÍTICA
¿Asistimos, pues, a este estrechamiento del espacio público que se derivaría de la cultura de la cancelación, y a una consiguiente puesta en cuestión de la misma libertad de expresión, o se trataría, más bien, del ejercicio de una libertad de expresión ampliada para la puesta en cuestión de los valores que habrían definido nuestro espacio público? Es bien posible que estemos, en efecto, asistiendo a una redefinición de los contenidos de lo que valoramos como negativo y positivo, de aquello que aceptamos o rechazamos y, huelga recordarlo, toda sociedad, por pluralista que sea (o precisamente por serlo), emite constantemente juicios de valor sobre las prácticas culturales que, al cabo, son aceptadas y normalizadas, o sobre aquellas otras que quedan excluidas o marginadas. Una redefinición, sí, del valor de los contenidos del debate social y de los consensos que así acaban fraguando o cristalizando en un momento histórico dado, pero también del valor de los sujetos mismos que pueden emitir esos juicios críticos.
¿Es, pues, posible que lo que unos llaman cultura de la cancelación, intransigencia, moralismo –«aquí ya no se pueden hacer chistes como antes», «muchas novelas, películas o canciones hoy no serían permitidas»–, sea para otros el simple acceso al espacio público, en el ejercicio de la libertad de expresión, para señalar críticamente el valor de unas expresiones, unas novelas, unas películas o unas manifestaciones artísticas que hoy ya no son tan universalmente aceptadas?
¿Deberíamos aceptar que la libertad de expresión es siempre el resultado de una disputa, un conflicto, una redefinición constante del valor de sujetos?
¿Debería la libertad de expresión de unos, los nuevos llegados al espacio público, ser limitada en favor de la libertad de expresión de otros, los ya instalados desde hace décadas en el espacio público? O, al contrario, ¿deberíamos aceptar que la libertad de expresión es siempre el resultado de una disputa, un conflicto, una redefinición constante del valor de sujetos, contenidos y prácticas, y que cuanto más viva sea esa disputa mayor será la diversidad y calidad de nuestros discursos y productos culturales, pues estarán sometidos a una crítica plural ante la que no podrán sino responder desde la innovación formal, narrativa, discursiva? ¿No es esta la mejor garantía de una ampliación de los marcos democráticos mismos, esa por la que se ensancha el espectro de sujetos con voz crítica, con capacidad de emitir juicios de valor en el espacio público?
Quizá la noción de la cultura de la cancelación, y la concepción asociada que tiene de la libertad de expresión, estén sostenidas en una imagen de la libertad sin responsabilidad, esto es, en un decir libre, pero libre en la medida en que no se hace cargo de las consecuencias sociales de lo que dice, como tampoco del lugar de enunciación desde el que lo dice. Esa libertad sin otro, sin responsabilidad o sin asunción del poder del que dice es, seguramente, el resultado, hoy, de un proceso histórico en crisis: el de la falsa universalidad del discurso liberal aceptado. Es decir, el hecho contumaz de haber confundido una determinada configuración del espacio público, de su reparto de posiciones de poder y de discursos, prácticas y sentidos aceptados, con la universalidad misma del cuerpo político y cultural.
La aparición de nuevas voces y sujetos, de nuevas prácticas, identidades y posiciones muestra, precisamente por su marginación histórica del espacio público, que la universalidad estaba lejos de ser neutral, que era más bien el resultado de un juego de poder, es decir, de inclusiones y exclusiones, valores aceptados y negados, sujetos con valor y sin él. Es esta crisis de la universalidad la que se asoma, seguramente, en los actuales debates sobre la cultura de la cancelación: sujetos aferrados a los valores de una vieja universalidad cuestionados por esas nuevas minorías, por esos sujetos antes excluidos del espacio público, que con la exigencia de su inclusión acaban poniendo en cuestión el poder, los contenidos y el valor de lo que había sido aceptado como normal, neutral o universal hasta la fecha.
CONCLUSIÓN ABIERTA
Cabe, con todo, preguntarse por las formas que está tomando la irrupción de estos sujetos que no formaban parte del espacio público, de esta parte que no tenía parte en él, por jugar con la formulación de Rancière sobre la democracia. De si está consiguiendo no solo ampliar, que sin duda, los márgenes de lo aceptable y, con ellos, del espectro de sujetos y valores con los que debemos contar, sino si está siendo capaz de definir nuevos consensos, nuevas concepciones de lo universal –o de algo que pueda ocupar ese lugar de la universalidad en nuestras sociedades actuales–.
Pues cabe preguntarse, por el contrario, si la irrupción de estas nuevas demandas, sujetos y voces críticas no queda en ocasiones atrapada en un juego de espejos identitario por el que se denuncia con éxito la operación que tiene lugar en esa falsa conversión de lo particular en universal (señalando así el juego del poder por el que bajo la universalidad de los discursos liberales no se encontraba el ser humano genérico, ni unos derechos abstractos universales sino, por ejemplo, un hombre blanco, de clase media, heterosexual y occidental que definía desde sí mismo lo válido y lo despreciable, lo incluido y lo excluido, lo aceptable y lo descartable), pero que no siempre ha tenido la capacidad de articular su propia identidad minoritaria con otros actores, otros sujetos y otros colectivos, y de hacerlo con el objetivo de construir nuevas formas de universalidad o, en cualquier caso, de una normalidad ampliada. Este desvelamiento de la identidad del otro se habría realizado desde la propia afirmación de la identidad, donde ha sido habitual una crítica (eso que el criticado tiende a llamar cancelación) que funcionaba más como denuncia de una injusticia, y por tanto como afirmación de un daño recibido (la figura de la víctima) que como discurso y práctica capaces de buscar la erradicación de las condiciones sociales o históricas que habrían generado esa injusticia y ese daño.
Cuando la crítica no busca, en su denuncia del privilegio, una forma de ampliación de lo aceptado, es decir, alguna forma de universalidad todo lo parcial o situada que se quiera, puede quedar atrapada en la afirmación de su propia identidad, es decir, de su papel como víctima de una injusticia. Y esto puede llevar a que ya no se busque tanto la erradicación de la injusticia (la emancipación) como la sola, sin duda necesaria pero del todo insuficiente, búsqueda del reconocimiento, el del daño sufrido. Concluyo así con este peligro, con este juego de espejos identitario, pues matiza o ensombrece la quizá demasiado cristalina contraposición que vengo a establecer entre la cultura de la cancelación y la crisis de los privilegios.
El vocablo inglés woke ha pasado a estar cada vez más presente socialmente, especialmente en el contexto norteamericano -de donde proviene-, si bien está aumentando su presencia en el espacio europeo e hispánico. No obstante, abundan las dudas sobre su significado, pues según una encuesta del año pasado en Reino Unido -elaborada por el King’s College- los entrevistados no tenían claro si se trataba de un término elogioso (26%), o insultante (24%), mientras que más de la mitad de los entrevistados desconocían su significado. Una contradicción más aparente que real porque el término es reivindicado por unos como signo de avance social en defensa de minorías identitarias históricamente agraviadas, a la par que es denostado por otros, como una nueva tiranía que somete a la dictadura de una “corrección política” asfixiante bajo condena de “cancelación” -o muerte civil- del discrepante. En cualquier caso, la polarización está servida.
Lo woke no alude a una sola sino a varias ideologías, con la particularidad de estar alineadas con un discurso progresista de izquierdas
Por tanto, vamos a intentar arrojar algo de luz sobre esta cuestión comenzando por los aspectos filológicos y concluyendo por los filosóficos. Su significado literal equivale al pasado simple de la palabra “despierto” en el inglés de los afroamericanos estadounidenses -African-American Vernacular English (AAVE)-; aunque su raíz verbal también se emplea desde hace décadas con la expresión compuesta “stay awoke”: permanece despierto; o también “great awokening” -gran despertar-.
Pero el término simple woke ha experimentado un auge, principalmente desde 2010, para aludir entre sus defensores a un necesario “estado de alerta” o de despertar ideológico frente a las discriminaciones y prejuicios raciales, que se ha extendido “interseccionalmente” -en la terminología woke– a las cuestiones llamadas de género, del colectivo LGTBI, vinculándose a su vez todos estos temas con una nueva “justicia social”, muy lejana ya de la cuestión social obrera, o del subdesarrollo económico.
Pero este movimiento, lejos de limitarse a un pasivo “estado de alerta”, conlleva un intenso activismo social, normalmente movilizado desde grupos sociales o de presión –como el movimiento Black Lives Matter (BLM)-, especialmente en calles, redes sociales, medios de comunicación, cines, universidades, empresas (woke-capitalism) o despachos gubernamentales y de organismos internacionales. Todo ello orientado a promover un cambio social efectivo en retroalimentación con su trasposición en políticas públicas nacionales e internacionales.
No alude, por tanto, a una sola sino a varias ideologías, con la particularidad de estar alineadas con un discurso progresista de izquierdas. Por lo que más que una ideología stricto sensu, se trataría de un movimiento para-ideológico, es decir, de un movimiento social llamado a potenciar y vertebrar “interseccionalmente” las estrategias de determinados planteamientos o contenidos ideológicos (progresistas) para maximizar su efectividad social y política, minimizando a su vez las posibilidades de disidencia -o “cancelando” a sus disidentes -.
Asimismo, es frecuente referirse a este término como “ideología woke”, así como “movimiento”, “cultura”, o incluso como “filosofía”. Ciertos críticos la asocian igualmente a una especie de “religión” laica -o laicista-, en el sentido que han atribuido diversos autores como George Steiner o Dalmacio Negro a los movimientos ideológicos contemporáneos. No olvidemos que la presencia de lo religioso en la esfera pública ha venido siendo mucho más intensa en EEUU que en el contexto europeo, si bien dentro de un esquema fundacional de libertad religiosa y de expresión que pretende “superarse” desde los planteamientos woke, en cierta mímesis con antiguos confesionalismos estatales.
En el extremo de las posiciones críticas, se asocia este movimiento con cierto sectarismo neo-inquisitorial, o fanatismo ideológico propio de una “woketopia”, neologismo que recuerda el carácter utópico, o más bien distópico, con el que se impusieron determinadas ideologías totalitarias en el pasado, justificando sus sacrificios de libertad precisamente en aras de nobles ideales como el de progreso, justicia o equidad. Otros elementos proto-distópicos que se asocian al fenómeno woke serían: el de la revisión ideológica de la historia y del canon de obras del cine y la literatura, así como la creación de un nuevo lenguaje –“neolengua”- o jerga de términos cargados ideológicamente; o el señalamiento de los disidentes como enemigos a los que odiar en las redes, a través de las llamadas “shitstorms” (literalmente: “tormentas de mierda”) o linchamientos digitales -algunos de los cuales han devenido en suicidio-. Sin olvidar la muerte civil que supone la “cultura de la cancelación”. Todo ello, elementos que pueden encontrarse en novelas distópicas como 1984, Un mundo feliz, o Fahrenheit 451.
No es lo mismo defender la equidad racial que defender la “teoría crítica racial”, o no es lo mismo defender la causa de la mujer que (tener que) defender necesariamente la versión queer sobre el género
Pero cierta precaución que señalan varios de sus analistas es la de distinguir entre los asuntos morales que hay detrás de estos movimientos -su fondo- (anti-racismo, defensa de la mujer, o de las personas LGTBI, etc.) y el carácter más o menos impositivo con el que estos eventualmente se defienden desde el mismo -sus formas-. Así como la distinción entre estas causas morales y las particulares versiones radicalizadas de anti-racismo, o de feminismo, que los activistas woke eventualmente defienden, tales como la “teoría crítica racial”, o el feminismo queer, respectivamente. Efectivamente, no es lo mismo defender la equidad racial que defender la “teoría crítica racial”, o no es lo mismo defender la causa de la mujer que (tener que) defender necesariamente la versión queer sobre el género.
De hecho, hay encendidos debates o pulsos incluso en el seno del feminismo progresista sobre determinadas interpretaciones queer, (véase la polémica Martha Nussbaum vs. Judith Butler, o las argumentaciones de Amelia Valcárcel). El caso de la autora de Harry Potter, J. K. Rowling, que sigue canceladísima y bajos constantes amenazas de muerte, tiene mucho que ver con su defensa en un tweet de un feminismo centrado en el sexo femenino, lo cual le valió la etiqueta homofóbica de TERF (feminista radical trans-excluyente). La identificación entre una cuestión moral y alguna de sus versiones ideológicas se torna más problemática cuando se considera que discrepar de dichas versiones de feminismo o de racismo, supone oponerse u “odiar”, a la mujer, o a las personas negras; problema extensible respecto a las personas LGTBI y otras minorías.
De hecho, también están surgiendo otras versiones ideológicamente exacerbadas de causas nobles como las de los derechos de las personas con discapacidad. En este sentido, ha surgido la “teoría crip” -del término inglés “crippled”, que significa tullido-, una variante de la “teoría queer” pero aplicada a la discapacidad, en función de la cual no habría “personas con discapacidad” sino personas con “diversidades funcionales”, como tampoco hay “enfermedad” sino “condición de salud”, etc. Todo ello hace necesario combatir las concepciones “capacitistas” del “cuerpo normativo” mediante un activismo que comienza por un “salir del armario crip”, combatir el lenguaje contrario, movilización social, etc. Así, una discapacidad física -como sordera, ceguera…- no tiene ya base biológica, sino que pasa a ser un rasgo, incluso positivo, de identidad, deviniendo sus eventuales dificultades en un asunto de justicia social. Consecuentemente, la mera designación “discapacidad”, o “enfermedad”, podría pasar a considerarse una expresión de odio hacia dicha identidad.
Pero esto no es nuevo, en el año 2002 el diario El País -nada sospechoso de conservadurismo-, bajo el título “Sordera de encargo” editorializaba como “aberrante” el hecho de que una mujer sorda de EE.UU. hubiera escogido a un donante sordo en su inseminación artificial para así aumentar las probabilidades de que su hijo fuera igualmente sordo, en la convicción de que ser sordo no era ninguna enfermedad o discapacidad, sino algo positivo. Días después, una airada representante de la Confederación Nacional de Sordos replicaba en el mismo diario: “¿Qué es lo aberrante, que por un cálculo de probabilidades resulte sordo? Entonces, ¿lo aberrante es que ellas, y nosotros, pensemos que ser sordo es algo positivo, al menos tan positivo como puede serlo ser negro o blanco, mujer u hombre, heterosexual u homosexual? Porque, efectivamente, eso es lo que pensamos.” (F. Pino, “¿Sordera de encargo?”, El País, 22.4.2002). De este editorial sobre un hecho que entonces tildaba de aberrante y huxleyano, probablemente hoy se desdeciría el mismo diario que lo publicó, y, ni que decir tiene, de la crítica añadida de que la pareja en cuestión fuera de lesbianas, ya que según el editorial ello suponía: “privar al niño de una de las dos referencias, masculina y femenina, que conforman la estructura psíquica del ser humano. Algo que plantea dudas de legitimidad.” (“Sordera de encargo”, El País, 10.4.2002).
REVISIONISMO HISTÓRICO
Uno de los ámbitos de las polémicas woke se refiere al revisionismo histórico sobre los colonialismos, o al esclavismo norteamericano, con el subsiguiente derribo o ataque a las estatuas de Colón, san Junípero Serra, Cervantes, o de padres fundadores norteamericanos como George Washington o Thomas Jefferson. En cuanto a la revisión del canon de grandes obras del cine y de la literatura, ha llevado a la cancelación total o parcial, de numerosas obras, afectando a autores clásicos como Platón, Aristóteles, Kant, Dante, Shakespeare, etc.
La Academia de los Oscar ha abierto cierta polémica woke por la aprobación de nuevos criterios para la concesión de mejor película a partir de 2025
Por supuesto, también a películas como Lo que el viento se llevó, retirada de la plataforma HBO, y Canción del Sur, retirada de Disney, por su «racismo sistémico». La Academia de los Oscar ha abierto cierta polémica woke por la aprobación de nuevos criterios para la concesión de mejor película a partir de 2025, a saber: al menos un protagonista que no sea blanco; 30% de personajes secundarios mujeres, minorías LGBTQ o discapacitados; o que el tema de la película trate sobre alguna de estas minorías; criterios extensibles a los equipos de producción de las películas. La polémica en películas de Disney lleva tiempo abierta y se ha agudizado al introducirse una escena lesbiana en Buzzlightyear –última entrega de Toy Story–, así como por la batalla del gobernador anti-woke de Florida por retirar a Disney sus privilegios fiscales en dicho estado.
Otra polémica anti-woke, protagonizada por el gobernador de Florida, además de la ley para impedir hablar sobre identidad de género en las escuelas a niños menores de ocho años, fue su rechazo a reconocer el primer puesto en una competición de natación femenina a una persona transexual, a cuya holgada victoria se opusieron igualmente sus competidoras –encabezadas por la medallista olímpica E. Weyant–, que propusieron un podio alternativo al considerar una victoria injusta la de L. Thomas.
La American Library Association señala que, durante 2021, se retiraron 729 obras en bibliotecas públicas de EE.UU. Entre los libros más censurados está «Un mundo feliz», de Huxley, así como «Matar a un ruiseñor», o «El guardián entre el centeno»
Recientemente, el informe de la American Library Association relativo a las obras censuradas en bibliotecas públicas de Estados Unidos durante 2021, señala 729 títulos retirados. Entre los libros más censurados en EE.UU. está paradójicamente Un mundo feliz, de A. Huxley, así como Matar a un ruiseñor, o El guardián entre el centeno, De ratones y hombres, de John Steinbeck. Es cierto que entre los motivos de censura también contempla su potencial influencia perjudicial sobre niños y jóvenes al contener sexualidad, violencia, o drogas, lo cual apunta a cuestiones fuera de este análisis. Pero también hay libros infantiles o juveniles retirados por promover o atacar la visión sobre el género LGTBI; por problemas raciales, como en la quema de libros de Tintín en el Congo en colegios de EE.UU. Pero lo que es inequívocamente relevante para nuestro tema es la prohibición, censura o incluso destrucción, de libros para el público adulto por su contenido sexual, por lenguaje ofensivo, por oponerse al movimiento LGTBI, etc.
EL CALDO DE CULTIVO DE LAS UNIVERSIDADES
La Universidad también está en el ojo del huracán woke, pues para muchos el caldo de cultivo de esta mentalidad se ha cocinado lentamente en aulas, cursos y publicaciones académicas, con la promoción de teorías posmodernas y de la teoría crítica, primero, y la teoría crítica racial, o del feminismo de tercera ola y la teoría queer, en las últimas décadas. En cualquier caso, son numerosas las polémicas suscitadas a partir de la cancelación de profesores por denuncias de colectivos woke, las cuales van desde un chiste supuestamente misógino –«woke joke»–, como el que puso al Nobel de Química Tim Hunt (University College, Londres) en el punto de mira; o el caso del célebre profesor John Finnis de las Universidades de Notre Dame y Oxford, por supuestas afirmaciones homofóbicas (véase su artículo Law, Morality, and Sexual Orientation, 1994).
Asimismo, ciertas universidades de EE.UU. están siguiendo a rajatabla la aplicación del programa woke aplicando la «teoría crítica racial» a través de comités de «Diversidad, Equidad e Inclusión» e impartiendo programas con cursos y talleres obligatorios de «sensibilización racial», como narra Jodi Shaw, del Smith College de Massachussets. En ellos, se le obligaba a confesar su «privilegio blanco» y a exponer actos de racismo llevados a cabo en su vida, así como a superar los prejuicios de la «blancura» (whiteness), o a evitar la «apropiación cultural» por parte de los blancos (como disfrazarse con elementos de otras culturas, cantar hip-hop, o incluso llevar trenzas).
La propia negativa a participar en estos cursos –muy frecuentes en grandes empresas–, o a confesar dentro de ellos sus supuestos antecedentes biográficos racistas, según afirma Shaw, era interpretable como un caso de «fragilidad blanca» y como una agresión racial, con la consecuencia del despido. También en colegios y universidades se están creando lo que en terminología woke se denomina «espacios seguros», lugares reservados para la autoafirmación identitaria de miembros de un grupo racial (A. Barro, «Doctrina «woke» (I): fundamentalismo identitario y hostilidad racial en los campus de EE.UU.», 2021; y «Doctrina «woke» (II)» en El Confidencial).
CRECIENTE POLARIZACIÓN SOCIAL
La situación viene generando una creciente polarización social, por lo que incluso referentes progresistas negros como Barack Obama han mostrado sus reticencias ante los excesos dogmáticos del movimiento woke, si bien otros líderes, como el británico Boris Johnson, que se ha mostrado muy crítico e incluso sarcástico en otras ocasiones contra los snowflakes –copitos de nieve, en la terminología anti-woke–, ha defendido más recientemente que no hay nada malo en ser woke, cuando le preguntaron por el presidente Biden.
Trump se convirtió en todo un icono anti-woke, lugar que en la actualidad está asumiendo Elon Musk, con sus críticas a Netflix y Twitter por su deriva woke y la reciente compra de esta última para, según él, garantizar en ella la libertad de expresión
Ni que decir que el anterior presidente Donald Trump se convirtió en todo un icono anti-woke, posición que en la actualidad está asumiendo el empresario Elon Musk, con sus críticas a Netflix y Twitter por su deriva woke y la reciente compra de esta última, para, según él, garantizar en ella la libertad de expresión. Ciertamente, hay una fuerte polémica sobre los criterios ideológico-morales que aplican redes sociales como Twitter, YouTube, o Instagram, para censurar cuentas o contenidos de sus usuarios.
Una manifestación de esta polarización fue la famosa carta abierta de 2020 por parte de intelectuales, escritores y periodistas de talante liberal –como Noam Chomsky, F. Fukuyama, o la propia J. K. Rowling– denunciando el clima reinante de rígida falta de libertad y de cancelación. Aunque una contracrítica es que el movimiento contra-woke lo que ha hecho es criminalizar o ridiculizar una serie de protestas legítimas que además estaban consiguiendo recuperar la importancia de cuestiones morales en la vida pública (véase, Lucía Lijtmaer, Ofendiditos, Anagrama, 2019).
En cuanto a la raíz de la filosofía woke, mientras que para algunos autores se trata de una mayor toma de conciencia pública de problemas sociales, para otros autores, como Jordan B. Peterson, se trata de un discurso que llama a una nueva lucha de clases, cuya raíz última está en el denominado marxismo cultural o izquierda identitaria. Por su parte, el filósofo John Gray ha comparado a los activistas woke con los bolcheviques comunistas de 1919 -viendo raíces comunes en los milenarismos medievales y en el anabaptismo radical- (J. Gray, “The woke have no vision of the future”, Unherd, 2020). En este mismo sentido, el autor James Lindsay considera la cultura woke como una fusión entre marxismo cultural y posmodernismo, bautizándolo como un “leninismo 4.0”, en continuidad con los de Lenin, Stalin y Mao -especialmente el de la “Revolución Cultural”-; y a su vez ha creado el sitio web New Discourses para su análisis ideológico.
EL LENGUAJE, CAMPO DE BATALLA
Como buen posmodernismo aplicado, la “filosofía woke” se nutre de presupuestos existencialistas de Foucault, Derrida y Lyotard, así como de otros planteamientos constructivistas desde los cuales se cuestiona la idea de realidad, esencia, o naturaleza de las cosas -especialmente de naturaleza humana-, borrándose las fronteras entre los conceptos y en última instancia la verdad. Todo es objeto de construcción social y por tanto de de-construcción y de re-construcción, haciendo del lenguaje un campo de batalla, ya que este es una mera expresión del poder ideológico. También cabría recurrir a la teoría de Scheler sobre el “resentimiento en la moral” para explicar su peculiar filantropía basada en un cierto resentimiento, que además no sabe perdonar, como ha señalado Remi Brague.
Incluso en padres del liberalismo clásico, como John Locke podemos encontrar gotas de intolerancia respecto a determinados grupos sociales que se consideran peligrosos
Otra línea de analistas, apuntan en cambio a su posible origen en el liberalismo progresista, o a en todo caso a un origen híbrido como alianza estratégica entre el liberalismo progresista y el progresismo de izquierdas, para lograr así una mayor “interseccionalidad” en la aplicación de lo que Anthony Giddens denominó “agenda progresista”. No olvidemos que incluso en padres del liberalismo clásico, como John Locke podemos encontrar gotas de intolerancia respecto a determinados grupos sociales que se consideran peligrosos. En su Ensayo sobre la tolerancia, respecto a los católicos -a los que denomina despectivamente “papistas”-, Locke considera que “no se les debe tolerar que propaguen sus opiniones” para lo cual cabe emplear todos los medios necesarios ya que “como ocurre con las serpientes, nunca puedes prevenirte contra el veneno que esparcen usando medios amables”, señalando algo después en alusión al eventual empleo de métodos crueles contra los católicos que “menos que nadie pueden merecer piedad” (J. Locke, An essay concerning Toleration, 1667). Un argumento similar de que no cabe tolerancia para ciertos grupos fue aplicado por la teoría crítica de Herbert Marcuse a los movimientos de derecha. Como afirma en su Tolerancia represiva (1965): “Liberar la tolerancia, en consecuencia, significaría intolerancia contra los movimientos de derecha y tolerancia de los movimientos de izquierda”.
Pensadores de la tradición de la libertad, como Benjamin Constant, Alexis de Tocqueville, o John Suart Mill, ya nos advirtieron sobre el peligro de la tiranía social de las mayorías. Aunque, en este caso, se trataría de una tiranía de las minorías; o mejor dicho, de quienes se erigen en sus representantes y defensores. Cuando el tirano forma parte la sociedad, esta puede ejercer una tiranía más peligrosa contra la libertad que la opresión política porque esta tiranía puede penetrar hasta la médula social y extenderse hasta las ideas, el corazón y el alma de toda la sociedad.
Este cuaderno monográfico, que sigue al que Nueva Revista publicó sobre la Universidad en Colombia, aborda el importante papel del país iberoamericano como uno de los principales exponentes de la cultura en español. Ocho destacados especialistas analizan, desde distintos ángulos, la riqueza de las manifestaciones literarias y artísticas de Colombia, la obra de sus grandes creadores y su proyección internacional. El cuaderno está coordinado por Miguel Ángel Cortés, director de la Fundación Iberoamericana Empresarial, y exsecretario de Estado para la cooperación internacional y para Iberoamérica y exsecretario de Estado de cultura del Gobierno español.
Un primer apartado del monográfico, dedicado al patrimonio de la lengua, cuenta con las firmas de Juan Carlos Vergara Silva, director de la Academia Colombiana de la Lengua; y de Julio Bernal Chávez, investigador del Instituto Caro y Cuervo.
En el ámbito de la creación literaria, se reproduce el texto que el Darío Jaramillo Agudelo leyó en la inauguración de la Feria del Libro de 2021, dedicada a Colombia. Y publicamos un artículo del periodista y escritor español Juan Cruz, en el que evoca sus experiencias en aquel país a lo largo de tres décadas y sus encuentros con sus grandes figuras literarias: desde Gabriel García Márquez a Héctor Abad Faciolince.
El investigador Germán Rey escribe sobre la internacionalización de los distintos sectores de la cultura colombiana desde el teatro o la música a las artes plásticas, pasando por el cine o la televisión.
De la presencia de Colombia en el mundo, a través de la cultura, se ocupa Enrique Vargas, coordinador en la Secretaría General Iberoamericana del Espacio Cultural Iberoamericano.
La colombiana afincada en España Pilar Reyes, directora editorial de Alfaguara, reflexiona sobre la idea de la realidad colombiana, sus habitantes y su historia, que se forjan los lectores españoles a través de las obras literarias más relevantes.
Por último, el historiador Manuel Lucena resalta la importancia de la herencia hispana en el desarrollo histórico y social de Colombia.
Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948) nos acerca a Las mil y una noches en El árbol de los sueños, ya que presenta una novela con una estructura similar a la historia de Scherezade y los relatos con que cada noche deleitaba al sultán. Así, el narrador es un hijo que descubre a su madre a través de los cuentos que les contaba a él y a su hermana «cuando los sábados por la noche nos dejaba acostarnos con ella, porque al día siguiente no teníamos colegio».

El amor es el protagonista de las más de cien historias que componen esta novela, que se divide en dos partes y que tienen como tronco común la vida de la hija de un embajador español que antes de cumplir los catorce años «ya había recorrido prácticamente todo Oriente Próximo, gran parte de Sudamérica y casi toda Europa». La primera parte recoge la década de viajes por «las ciudades perdidas» en las que acompaña a su gran amor Namir, un joven perteneciente a una de las familias más importantes de Irán, en sus tareas diplomáticas. La segunda parte, se centra en los dos años que pasó junto a la princesa Habibah sufriendo «las tribulaciones del amor» tras haber traicionado a Namir en la Ciudad de los Desaparecidos.
‘El árbol de los sueños’ son 106 apartados breves que podrían formar y considerarse un tratado sobre el amor en las distintas etapas de la vida (el enamoramiento de los jóvenes, la madurez y la vejez)
El narrador relata que sus padres se conocieron en León. Él dirigía el Hotel La leonesa dónde ella se alojaba cuando visitaba la ciudad. Tras el noviazgo, él le propuso matrimonio y ella le impuso como condición para aceptar que mantuviera intacta la habitación en la que conserva los recuerdos de sus viajes.
Martín Garzo compara esta habitación con el horno en el que se suicidó Sylvia Plath porque fue en esta habitación, «la habitación del opio» como se la conocerá en la novela, donde ella se aislaba durante varios días con la intención de que desapareciera el sufrimiento y la culpa por haber traicionado a Namir, su gran amor. «Tenía una doble vida, la que tenía con nosotros y la de sus viajes y la de aquella habitación», dice el narrador.
Tras el matrimonio, nacieron sus dos hijos: el narrador, un chico, y a continuación, una chica llamada Fátima. Sin embargo, siendo todavía joven se relata: «ya estaba muy enferma, solo le quedaban unas semanas de vida, pero seguía siendo una mujer muy bella. Era como esas plantas que dan poco antes de morir su flor más hermosa». A su muerte es cuando sus hijos se adentran en la habitación del hotel y descubren una serie de cuadernos en los que se recogen sus aventuras con Namir, las historias que él le contaba, sus viajes y el tiempo que pasó junto a su amiga la princesa Habibah.
Una de las historias, que a modo de una de las ramas que nacen del tronco de El árbol de los sueños de la que a su vez crecen otras, es el cuento de las reinas y hermanas Makeba y Aduna. Los protagonistas son el rey Salomón y la reina de Saba; aparece citado El cantar de los cantares, y se visita la ciudad de Jerusalén. Martín Garzo relata al lector que los ángeles llegaron a la tierra y «gracias a su inclinación por los asuntos humanos se produjo un hecho que modificaría para siempre el orden de las cosas: la invención del amor».
El narrador de esta historia presenta también la suya, que se entremezcla con la trama central: «años después, estando ya en la facultad recordaría este momento y la historia…», para hablarnos de Aquiles o de los unicornios, y relatarnos sus vivencias siempre en relación con los elementos que marcaron su infancia: su madre y las historias que ella les narraba. El autor también juega con los mundos de realidad, con el de las historias y los personajes mitológicos y de la tradición judeocristiana (Abraham, Sara, Agar, Isaac y Rebeca) o del Nuevo Testamento (Jesús, san Juan, Marta y María).
Sobre la percepción femenina gira cada historia de las 480 páginas de la novela
El árbol de los sueños son 106 apartados breves que podrían formar y considerarse un tratado sobre el amor en las distintas etapas de la vida (el enamoramiento de los jóvenes, la madurez y la vejez) y de las emociones que con él experimentan, como la alegría de ver su amor correspondido o el dolor que ocasiona su pérdida ante la muerte. El lector se encuentra ante un libro que remueve directamente sus sentidos, porque las descripciones, tanto de personajes como de lugares y objetos, evocan un rico imaginario sensorial.
En definitiva, la protagonista de las 480 páginas que componen esta última novela de Martín Garzo es la mujer: sobre la percepción femenina gira cada historia y son ellas quienes experimentan el amor, pero también, y a modo de conclusión, se puede decir que esta novela es una representación de la vida de la madre y de la hermana del narrador, capaces de condicionar su visión sobre la experiencia vital y la forma de desenvolverse en el mundo.
«No deberíamos hablar del capitalismo sino del libre mercado en el que los individuos tienen ideas que pueden triunfar o fracasar” manifestó Pedro Schwartz, catedrático de Economía en la Universidad Camilo José Cela y académico de Ciencias Morales y Política, en una conferencia impartida en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).
La sesión, organizada por Nueva Revista y la Escuela de Humanidades de UNIR, se enmarcaba en el seminario “El futuro del capitalismo”, dirigido por el catedrático emérito de Economía Francisco Cabrillo, que presentó al ponente.
“No es la cantidad de capital la que ha hecho más rica a la sociedad. El motor no es la acumulación del capital, sino los individuos, los inventores”
Pedro Schwartz puntualizó que “no es la cantidad de capital la que ha hecho más rica a la sociedad. El motor no es la acumulación del capital, sino los individuos, los inventores. Las personas y sus ideas». Y puso el ejemplo de Amazon, “que nació como una librería por internet”. Primero “surge la idea, y luego, los capitalistas aportan dinero; pero esa idea puede tener éxito o fracasar”.
Negó que “haya sistemas sociales, de los que hablaba decía Karl Marx, o que la historia avance por etapas”. Ese fue -añadió- “el error de Marx, que no entendió la historia, y que creía que el socialismo era científico”. El pensador alemán consideraba que “la historia de la humanidad debe analizarse en términos del progreso de un sistema a otro, del imperio romano al feudalismo, y luego al mercantilismo, la Ilustración, el capitalismo burgués, y por fin el socialismo y comunismo”.
En esta última etapa -agregó el ponente- “se llegaría, según Marx, a una utopía, en la que todos serían rentistas, una sociedad perfecta, sin conflictos entre personas y clases”. La realidad es que “la Unión Soviética exprimió a los trabajadores para acumular capital y crear grandes industrias”.
LAS IDEAS Y LA AUDACIA DE LOS EMPRENDEDORES
Por el contrario, la sociedad “ha prosperado por las ideas y la audacia de los emprendedores”. En Occidente vino gracias a “los intercambios comerciales, la conversión de los mercaderes en financieros; y el hecho de que en el siglo XVII, tanto en Holanda como en Inglaterra, las clases negociantes accedieron a la dignidad burguesa, una forma que para ser respetado ya no era necesario vivir de las rentas y obtener un título nobiliario”, como explica Deirdre McCloskey.
Citó Schwartz a David Hume que señaló tres condiciones para que las sociedades se civilizaran: “el respeto de la posesión, la transmisión voluntaria de las propiedades y el cumplimiento de las promesas”. A lo que es preciso añadir una cuarta: “que los individuos respondan a los cambios de precios en vez de intentar congelarlos, y resistirse a la transformación”.
Por último -agregó- “la gran transformación económica ha sido posible gracias a la división del trabajo, la extensión de los mercados y la innovación técnica, como apuntaba Adam Smith”. Todo ello genera competencia, que definió como “una forma de cooperación, que nos transporta a planos de mayor productividad”. Y “que los socialistas detestan, y la comparan con la guerra”.
La economía libre de mercado ha impulsado “una prosperidad increíble. Su inmensa productividad ha permitido crear el Estado de bienestar”
La economía libre de mercado ha impulsado “una prosperidad increíble. Su inmensa productividad ha permitido crear el Estado de bienestar”. Sin embargo, advirtió el catedrático, “el sistema de bienestar tiene en sí semillas de destrucción”. Así, por ejemplo, “las pensiones de reparto dan lugar a dispendios financieros que no pueden seguir acumulándose sin peligro para las libertades y la propia productividad de las sociedades democráticas”.
Otro peligro “nace de la utilización de la economía como un arma de poder y de muerte”. Se vio en “la Alemania de Bismarck y el Kaiser Guillermo; y lo estamos viendo ahora con Rusia y China”.
“El futuro no está escrito” apostilló Pedro Schwartz. El sistema es “frágil y en cualquier momento puede romperse, como lo demuestran los casos de México, Colombia o Chile”.
Los hechos, afortunadamente, nos dicen que la universidad española está lejos de ser inmovilista. En el pasado, ha sabido adaptarse a los cambios –vertiginosos– que ha sufrido nuestra sociedad y ha salido reforzada. Y los antecedentes inmediatos son igualmente positivos. La súbita irrupción de la COVID-19 ha sido un test de estrés en toda regla para la universidad, que ha vuelto a confirmar su resiliencia ante escenarios sobrevenidos e inéditos.
Hemos demostrado que somos una estructura en constante transformación, asumiendo a lo largo de los años funciones –como el emprendimiento, la transferencia del conocimiento, la empleabilidad o el impulso cultural– que iban más allá de las que estrictamente nos asignaban las leyes estatales y autonómicas. Y no solo hemos acreditado solvencia para impartir conocimientos y fomentar valores (nunca olvidemos que estos últimos son sello distintivo de la Universidad); sino, también, para facilitar la adquisición de las competencias transversales y nuevas materias que reclama un mercado laboral muy dinámico. Frente a quienes nos acusan de no preparar para las profesiones del futuro, me gustaría recordar que cuando nadie formaba en disciplinas como la informática, fueron matemáticos, ingenieros o físicos de la Universidad los que adaptaron sus conocimientos para atender esa demanda.
La Universidad de la próxima década será muy diferente a la que ha evolucionado en estos mil años de existencia. La autocomplacencia no tiene cabida en la academia y debemos asumir que es el momento de abordar los retos de la Universidad del 2030
Pero no debemos anclarnos en nuestra zona de confort y obviar que estamos ante una encrucijada trascendente. Porque la Universidad de la próxima década será muy diferente a la que ha evolucionado en estos mil años de existencia. La autocomplacencia no tiene cabida en la academia y debemos asumir que es el momento de abordar los retos de la Universidad del 2030. Hemos sido, somos y queremos seguir siendo vector de transformación en una verdadera sociedad del conocimiento.
Con ese horizonte, en 2019, CRUE Universidades Españolas se propuso que las universidades fuesen agentes proactivos de ese cambio. De ahí surgió el proyecto «Universidad 2030. Qué sociedad queremos dentro de una década», presentado el 10 de octubre de 2020 en un acto virtual que contó con la participación de los ministros de Universidades y de Ciencia e Innovación, Manuel Castells y Pedro Duque. Aquel documento inicial, completado con aportaciones de las universidades, se cerró en nuestra Asamblea General del 26 de enero de 2021 para ser enviado al Gobierno, grupos parlamentarios y agentes sociales.
En la estrategia Universidad 2030 se plantean cuáles son los retos de la Universidad en el ámbito de sus misiones clásicas (docencia, investigación y transferencia) y, también, cómo afrontarlos desde los enfoques transversales de la sostenibilidad, la transformación digital, la internacionalización y la igualdad y cómo reforzar el rol de la comunidad universitaria (personal docente e investigador, de administración y servicios y estudiantado). Por último, se habla de la financiación de las universidades públicas. Porque, aunque el dinero no lo es todo, sin recursos es más difícil conseguir avances.
Con los retos del Sistema Universitario Español claramente identificados, hemos pedido al Gobierno que escuche a la comunidad universitaria y elabore una nueva Ley de Universidades –LOSU Ley Orgánica del Sistema Universitario– con visión de futuro y vocación de permanencia. También nos hemos puesto a disposición de los diputados para ayudar a la aprobación de una norma que concite el mayor consenso posible.
I LOS RETOS RELATIVOS A LAS MISIONES CLÁSICAS DE LA UNIVERSIDAD
1. Docencia.– Nuestros egresados deben enfrentarse a un mercado laboral muy cambiante. Y, precisamente, ese dinamismo justifica aún más nuestro papel. La combinación de conocimientos teóricos, habilidades y competencias prácticas y desarrollo del pensamiento crítico que adquieren en la universidad explica su reconocida capacidad de adaptación ante cualquier situación.
En un escenario laboral tan volátil como el actual, las universidades estamos apostando por un aprendizaje más centrado en el estudiante y con un enfoque más interactivo, en el que el docente pasa de ser transmisor de conocimiento a guía y tutor en la adquisición del marco teórico y de las competencias y habilidades demandadas. Estamos volcadas en racionalizar la oferta académica y adaptarla a las necesidades del tejido productivo y de la Administración y, sobre todo, a las demandas de la sociedad, a la que, en última instancia, nos debemos. De haber hecho caso a las «exigencias» del mercado hace 20 años, hoy no tendríamos titulaciones de Matemáticas, una de las más demandadas en la era del big data.
Somos conscientes de que la universidad del 2030 necesita hacer cambios con rapidez, especialmente en el Grado y que, con respecto a la formación complementaria reglada, debemos impulsar la certificación y acreditación de currículos más abiertos. Por eso hemos propuesto aumentar la flexibilidad en las etapas iniciales de cada título para que el estudiantado pueda seguir itinerarios académicos abiertos para dos o más titulaciones de Grado de la misma rama o de diferentes ramas de conocimiento. El problema es que estos Grados innovadores son, actualmente, difíciles de implantar por los distintos criterios de las agencias de evaluación. Además, el obsoleto marco normativo en el que las universidades españolas estamos obligadas a movernos, nos impide avanzar en la misma dirección que los mejores sistemas universitarios.
La universidad del futuro debe apostar, también, por el desarrollo de enseñanzas integradas, especialmente en Ingeniería y Arquitectura, e impulsar la formación dual de Grado y Máster –combinando ejercicio profesional y formación académica– y la formación a lo largo de la vida. Pero para ello necesitamos la acreditación institucional y que se pase de un sistema de verificación y acreditación de titulaciones a otro de acreditación de centros, basado en la autonomía y la confianza, con la obligada rendición de cuentas.
Con estas propuestas, la universidad del 2030 mejoraría la empleabilidad. Una formación de Grado que profundice en un núcleo teórico de materias disciplinares y en destrezas prácticas conseguirá profesionales más solventes y versátiles que contarán con los conocimientos propios de la profesión, con las competencias digitales y transversales del actual entorno tecnológico y con las habilidades necesarias para la cooperación en un mundo sin fronteras.
Es importante puntualizar aquí que para desarrollar las titulaciones conjuntas de carácter internacional que demanda una economía globalizada, necesitamos impulsar consorcios y alianzas transnacionales en el marco de la iniciativa Universidades Europeas. Y para ello, nuevamente, es imprescindible flexibilizar el rígido marco normativo actual.
Empresas y profesionales deben reciclar constantemente sus conocimientos. Es el aprendizaje durante toda la vida, cuyo objetivo es satisfacer una demanda de formación en conocimientos específicos
Por otra parte, empresas y profesionales deben reciclar constantemente sus conocimientos. Es el aprendizaje durante toda la vida, cuyo objetivo es satisfacer una demanda de formación en conocimientos específicos por parte de personas que ya tienen una preparación y experiencia previas y ahora reclaman enseñanzas adaptadas a sus necesidades concretas y expectativas personales.
Estos alumni que regresan a la Universidad esperan que con la «actualización» de su formación puedan asumir mayores responsabilidades. Por esta razón, valoran que la universidad certifique la calidad del módulo cursado en formato presencial, online o híbrido. Flexibilidad, utilidad, calidad y reputación son las claves de esta creciente modalidad de formación, cuyo mejor ejemplo es el éxito de los cursos de posgrado de las escuelas de negocio de prestigio.
Y, por supuesto, la universidad del futuro no puede olvidarse de otro elemento esencial para transformar España en un país de vanguardia: la creatividad. Una enseñanza con disciplinas altamente especializadas limita la inventiva y estrecha los márgenes de libertad del estudiante. Por ello, los nuevos programas deben enfatizar el conocimiento integrado entre las humanidades y las ciencias para abrir su horizonte y facilitar la inserción en un sector productivo que, después, marcará su especialización.
2. Investigación.–Sin universidad no hay investigación y no hay universidad sin investigación. Las universidades representan el 70% del Sistema de Ciencia y Tecnología español, e incluso más, si hablamos de indicadores de calidad y colaboraciones internacionales o publicaciones en revistas científicas de prestigio. Pero la anterior crisis económica y la tasa de reposición que se impuso han provocado un preocupante envejecimiento de los equipos de investigación. El fortalecimiento a nivel institucional es clave para que las universidades puedan mantener el actual potencial investigador y captar y retener talento en el futuro.
La actual rigidez del sistema contractual y el laberinto burocrático de las acreditaciones en la universidad española convierte en tarea casi imposible el fichaje de primeras figuras de la docencia y la investigación
Para aumentar la competitividad internacional, necesitamos mayor capacidad de gestión y de autonomía, como tienen las mejores instituciones europeas, y un sistema de acreditación de la investigación rápido y flexible para atraer talento. La actual rigidez del sistema contractual y el laberinto burocrático de las acreditaciones en la universidad española convierte en tarea casi imposible el fichaje de primeras figuras de la docencia y la investigación.
3. Transferencia del conocimiento.–El conocimiento por sí solo, no hace progresar. De ahí la importancia de esta tercera misión. La universidad tiene el reto de transferir su saber hacia la sociedad. Y, una vez más, el papel de la comunidad universitaria es esencial. Al igual que en su momento la implantación del sexenio de investigación supuso un fuerte empujón a esta actividad entre el PDI (personal docente e investigador), el recientemente aprobado sexenio de transferencia –impulsado desde CRUE Universidades Españolas– podría significar otro punto de inflexión. Pero para consolidarlo y equipararlo al de la investigación en la carrera académica, y obtener así el mismo éxito, es necesario un apoyo institucional más fuerte.
En cuanto a la implicación con el tejido productivo, la universidad no rechaza la colaboración. Y prueba de ello son los casos de éxito que existen, tanto de empresas cuya génesis se encuentra en la universidad (spin-off) como de cátedras de empresa orientadas a la cooperación entre ambos entornos. Cierto es que se podría hacer más mediante acciones bilaterales que mejoren la capacidad innovadora del conocimiento, el fomento del emprendimiento y la creatividad e implicación de la universidad en el territorio. Pero el sector productivo español, formado en un 90% por pymes y micro-pymes, por mucha transferencia que haya desde las universidades, tiene una capacidad muy limitada de invertir en I+D+i.
En cualquier caso, es importante destacar que el principal elemento de transferencia son nuestros estudiantes. Este impacto, difícil de cuantificar, es sumamente beneficioso para la sociedad. ¿O alguien duda de que los profesionales que han descubierto las vacunas de la COVID-19 se formaron en la Universidad?
Y, por último, recordar que la transferencia no se limita solo al conocimiento y a la investigación, sino también a la cultura y a la responsabilidad social, en los que somos referente y motor de nuestro entorno.
II ENFOQUES TRANSVERSALES
1. Sostenibilidad.–La globalización no es un fenómeno exclusivamente socioeconómico. La forma en que tratamos nuestro planeta tiene un impacto cada vez más visible. Y ya antes de que los Objetivos de Desarrollo Sostenible se pusieran encima de la mesa, las universidades trabajábamos para liderar el cambio hacia una sociedad y un sistema de producción sostenible que cree valor para las futuras generaciones. La universidad es una potente plataforma de desarrollo sostenible e inclusivo en sus relaciones con las administraciones públicas, empresas y entidades profesionales o distintos grupos de la sociedad civil. Los compromisos de las universidades en este ámbito (incremento de al menos el 0,5% del presupuesto universitario con destino a la sostenibilidad; medidas para fomentar una universidad inclusiva, igualitaria, libre de violencia y acoso, tolerante, solidaria y comprometida; o el compromiso con la Agenda 2030) son prueba de ello.
2. Transformación Digital.–La digitalización es el mayor cambio que está abordando la universidad. Pero no desde la perspectiva de la automatización o digitalización de los procesos, sino como auténtica transformación cultural de las instituciones, de su modelo organizativo y de cómo acometer las misiones universitarias. A nivel interno, trabajamos en la capacitación en competencias digitales de nuestro personal, así como en tecnologías educativas, formación y evaluación online, administración electrónica, ciberseguridad, certificaciones académicas de títulos y competencias, acceso a contenidos 24×7, itinerarios curriculares personalizados o aprovechamiento de tecnologías disruptivas, como la Inteligencia Artificial o la tecnología Blockchain. A nivel externo, estamos ayudando a las empresas a formar a sus empleados en competencias digitales específicas.
3. Internacionalización.–La capacidad de participar en dinámicas globales será clave para las universidades del futuro. Incluso aquellas que se mueven a escala regional, se verán afectadas por competidores internacionales. La emergencia de las universidades asiáticas es un fenómeno que requiere de una estrategia de internacionalización a nivel estatal que sea transversal y que vaya más allá de guías de buenas prácticas, orientadas fundamentalmente a movilidad e idiomas. Las universidades españolas tienen buena reputación y son una marca Españaque se debería potenciar. Es imprescindible un nuevo marco normativo que nos permita competir en igualdad de condiciones con los mejores sistemas universitarios; algo inviable con la actual y deficitaria financiación pública y el extenuante laberinto burocrático de acreditación y contratación que sufrimos.
4. Igualdad.–Las universidades estamos comprometidas a ser ejemplo de principios y valores. Hemos aceptado eliminar progresivamente la brecha de género en las disciplinas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingenierías y Matemáticas), romper el techo de cristal que dificulta a las mujeres ejercer el liderazgo en la universidad, avanzar en la conciliación corresponsable o consolidar la cultura de la igualdad en nuestras instituciones. Trabajamos cada día para que la igualdad entre hombres y mujeres sea una realidad en nuestros campus.
III LAS PERSONAS DE LA UNIVERSIDAD
La gestión y mejora de la situación de las personas que conforman la comunidad universitaria constituye uno de los mayores desafíos de la universidad de la próxima década. El personal docente e investigador y de administración y servicios, y el estudiantado, son el motor de las universidades y requieren una estrategia ambiciosa.
A nivel de recursos humanos, hay que fomentar el sentido de pertenencia a la institución para que la tarea docente trascienda más allá del aula y el profesorado sea consciente del relevante papel que juega formando a las generaciones futuras. También es muy importante dotar a las universidades de mayor autonomía para que puedan decidir la estructura y perfil de las plantillas necesarias para alcanzar sus objetivos. El Sistema Universitario Español es muy homogéneo en cuanto a su calidad, somos uno de los más equitativos del mundo y uno de los que más universidades tiene entre las 1.000 mejores, pero muy heterogéneo en tamaño y singularidades. Con una normativa flexible se facilitaría a las universidades adaptarse según sus condicionantes particulares.
Junto a estas acciones de largo recorrido, hay otras urgentes y específicas, como la eliminación de la tasa de reposición y el desarrollo de una carrera profesional predecible y estable, con pasarelas fluidas entre la Universidad y los Organismos Públicos de Investigación. Así conseguiremos incorporar y retener jóvenes con talento y rejuvenecer nuestras plantillas.
Sobre el estudiantado, protagonista fundamental del proceso de aprendizaje, el principal reto es la aprobación de una Ley de Convivencia que ponga fin al Régimen Sancionador de 1954 al que, incomprensiblemente aún estamos sujetos, y coloque la mediación como método principal de la resolución de conflictos. Al margen de la nueva ley, se necesita también diseñar un Bachillerato más generalista y, sobre todo, garantizar un verdadero acceso universal a la universidad mediante una potente política social de precios públicos y un régimen jurídico que establezca las becas como un derecho. El apoyo a la empleabilidad y el emprendimiento, con la creación de un Observatorio de Inserción Laboral, cerraría este apartado de mejoras para los y las estudiantes.
IV FINANCIACIÓN
El Sistema Universitario Español lleva más de una década padeciendo una infrafinanciación que amenaza su desempeño. Hasta ahora hemos conseguido compartir posición en los ránquines internacionales con universidades que tienen presupuestos dos o tres veces superiores. Pero todo tiene un límite.
La financiación de las universidades ha caído un 22% desde 2008 y España solo gasta en educación superior un 1,3% de su PIB frente al 1,5 de la media de la OCDE
Las universidades han perdido el 4% del personal, su financiación ha caído un 22% desde 2008 y España solo gasta en educación superior un 1,3% de su PIB (ya de por sí inferior al de los países de nuestro entorno) frente al 1,5 de la media de la OCDE.
Si no se habilita para las universidades públicas una financiación basal, plurianual, suficiente y estable, y basada principalmente en resultados, perderemos irremediablemente competitividad y seremos incapaces de garantizar el principio de igualdad de oportunidades, elemento esencial de nuestra misión.
A MODO DE EPÍLOGO: LA GOBERNANZA COMO COLOFÓN DE LA REFORMA
El último asunto –no por ello menos importante– que la universidad del 2030 tiene que abordar es el de la gobernanza. La revisión del modelo de gobierno de las universidades debe coronar la reforma, nunca precederla. Sin una normativa y unos recursos adecuados, la discusión sobre el modelo de elección del rector o rectora corre el riesgo de convertirse en un debate bizantino.
El problema de la autonomía de la universidad española y su gobernanza reside en el reducido margen de actuación de nuestras universidades y sus responsables. Las universidades públicas españolas, al igual que la mayoría de las europeas, cuentan con un sistema de gobierno de tipo colegial participativo, basado en el Consejo de Gobierno, el Claustro y el Consejo Social, que en nuestro caso tienen un número de miembros muy superior al de nuestros vecinos y eso dificulta su eficiencia.
Otro debate recurrente es la elección del rector o rectora. El sufragio universal ponderado por sectores y durante mandatos de cuatro años –con posibilidad de una reelección– ha demostrado ser un sistema eficaz, lo que no cierra la puerta a añadir al sufragio universal una ponderación según la participación de cada estamento, cambiar a un mandato único de seis años –como propone el anteproyecto de la LOSU– o incluso optar por un sistema de elección por claustro, algo ya contemplado en la legislación vigente. Todo tiene ventajas e inconvenientes.
Donde no hay discusión es en que el rector o rectora, como máximo representante académico de la institución, tiene que pertenecer al cuerpo de catedráticos y catedráticas de universidad y contar con una carrera académica y de gestión universitaria consolidada. Lo contrario sería ir contra el espíritu de excelencia de la universidad.
Respecto al Consejo Social, su labor tiene que centrarse en la conexión universidad-sociedad. Lo ideal sería que el Consejo de Gobierno propusiese al Gobierno Autonómico un panel de candidatos que aporten valor a la gestión universitaria y representen a la sociedad a título individual, no colectivos o sectores. Además, sería conveniente que el Consejo Social contase con un representante de cada Administración (autonómica, provincial y local) y que el rector o la rectora, así como el secretario o secretaria general y el o la gerente de la universidad, junto con un representante del PDI, PAS y estudiantado, fuesen miembros natos del mismo. La composición del Consejo Social debería ser paritaria entre miembros externos y miembros de la universidad y, también, por un único periodo de seis años.
Los países más desarrollados no son los que tienen las mejores universidades, sino que los países que confían y apuestan por sus universidades son los que se convierten en los más desarrollados
Los miembros de la Academia sabemos dónde queremos ir. Pero la universidad es de los ciudadanos y ciudadanas, que deben decidir lo que quieren llegar a ser. Si la respuesta es «una sociedad del conocimiento», entonces tienen que exigir a sus responsables políticos que comiencen a construir la Universidad del 2030. Porque los países más desarrollados no son los que tienen las mejores universidades, sino que los países que confían y apuestan por sus universidades son los que se convierten en los más desarrollados
El feminismo tiene un papel crucial en la lucha por los derechos de las mujeres y el objetivo de la igualdad, y no está en contra de la otra mitad de la población, sino que se trata de una causa inclusiva y global. Estas son algunas de las ideas expuestas en un seminario sobre “Los muchos futuros del feminismo”, en el que intervinieron Inés Alberdi, catedrática de Sociología de la Universidad Complutense; María Solanas, directora de programas del Real Instituto Elcano; y Octavio Salazar, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba, y especialista en igualdad de género y democracia paritaria.

La sesión forma parte del ciclo de conferencias Pensar el siglo XXI, organizado por el Consejo Social de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y dirigido por el catedrático emérito de Sociología, Emilio Lamo de Espinosa.
Este introdujo el seminario subrayando que “una de las revoluciones de más calado del mundo contemporáneo es la de la mujer”. Citó a Concepción Arenal, que señalaba la fecha histórica del 21 de febrero en 1869, en la que se proclamaba que “la mujer es un ser racional, un ser inteligente, capaz de recibir educación y elevarse a las regiones del pensamiento, y de mejorarse perfeccionándose”.
Inés Alberdi: “Hemos asistido en los últimos siglos a una revolución profunda y original”
Inés Alberdi resaltó la relevancia que ha tenido la batalla por la igualdad de hombres y mujeres: “hemos asistido en los últimos siglos a una revolución profunda y original. Profunda, porque ha producido un cambio histórico de enorme alcance; y original porque se ha producido sin violencia”.
“Apenas ha usado los enfrentamientos ni la fuerza” explicó, ya que no ha tenido otras “armas que la razón, la reivindicación, las manifestaciones populares y la tenacidad en las exigencias”.
La catedrática de Sociología añadió que el feminismo se define como “la defensa de los derechos de las mujeres”. En ese sentido “es una ideología y a la vez una acción política”.
Trazó una síntesis histórica del feminismo y sus distintas olas, desde “sus primeras manifestaciones en el siglo XVIII, con Condorcet y Mary Wollstonecraft”, hasta el momento presente, destacando hitos como “la lucha por el sufragio femenino en el siglo XIX y comienzos del XX”, o “las revoluciones de los años 60 en EE.UU., y Europa”, en las que el feminismo “se orientó a cambiar la vida de la mujer”.
En el caso español, subrayó la importancia que tuvo “la Transición a la democracia, con el impacto que en el estatus de la mujer tuvo la igualdad de oportunidades y el trabajo remunerado”.
“Los gobiernos deben ofrecer estrategias efectivas para conciliar familia y trabajo: flexibilidad laboral y de horarios, permisos de maternidad y paternidad, guarderías, centros de mayores”
Actualmente afirmó, parafraseando a Moisés Naim, “a las mujeres les va mejor que nunca pero en demasiados aspectos les va muy mal”. Recordó que millones de mujeres en el mundo siguen careciendo de derechos elementales.
Respecto al futuro del feminismo, señaló Alberdi tres campos decisivos en donde es preciso seguir luchando por los derechos de la mujer. En primer lugar, “el trabajo remunerado de las mujeres y que por el mismo trabajo que los hombres se cobre lo mismo”. En segundo lugar, “que la mujer pueda compaginar familia y trabajo, y para ello los gobiernos deben ofrecer estrategias efectivas: flexibilidad laboral y de horarios, permisos de maternidad y paternidad, guarderías, centros de mayores”. Finalmente, erradicar “la violencia contra la mujer”: hay que acabar “con las muertes, agresiones y los malos tratos”; y también con el estereotipo de “la superioridad del hombre frente a la mujer”, porque esta idea es “el origen de la violencia”.

Por su parte, María Solanas coincidió con Alberdi en afirmar que “el feminismo no está en contra de la otra mitad de la población, sino que se trata de una causa inclusiva y global”, en la que también salen ganando los hombres.
Citando datos del Banco Mundial, indicó que ya “hay 144 países (el 76% del total) que tienen leyes contra la violencia de la mujer”. Pero, al mismo tiempo, “una de cada tres niñas sufre la mutilación genital en treinta países; las mujeres carecen de los mismos derechos que los hombres en tres cuartas partes del mundo; sólo doce países tienen paridad jurídica -España entre ellos-; en 86 países se enfrentan a restricciones laborales”; y “la brecha entre los ingresos esperados a lo largo de la vida de hombres y mujeres, a nivel mundial, es de 172 billones de dólares, casi el doble del PIB anual mundial”.
Respecto a la conciliación de familia y trabajo, “sólo en 118 economías avanzadas cuentan con licencia remunerada para madres” agregó.
OCTAVIO SALAZAR: UN NUEVO PACTO SOCIAL
Finalmente intervino el catedrático Octavio Salazar, que destacó que el feminismo es “un marco intelectual que también interpela a los hombres y propone un modelo alternativo de sociedad y un nuevo pacto social”. En su opinión, “la desigualdad de sexos tiene una dimensión estructural, de relaciones de poder”.

Afirmó que “la igualdad siempre está por hacer” y que implica “un proyecto de transformación democrático”, una transformación “que no se contente sólo con reformas legales puntuales”. El feminismo puede jugar un papel esencial como “una forma de humanismo”, agregó, citando a Clara Campoamor.