Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosAndrea Riccardi es un personaje polifacético: fundador de la Comunidad Sant´Egidio, exministro de Italia, historiador, implicado en labores humanitarias de resonancia internacional desde hace décadas y católico de amplia proyección pública como tal. En esta obra -cuyo título parte del incendio de la catedral de París en 2019, hecho que proyecta como imagen de la situación general de la Iglesia- Ricardi reflexiona sobre la Iglesia actual analizando el pontificado de Juan Pablo II, de Benedicto XVI y de Francisco.

El autor parte de la considerable reducción del número de católicos practicantes y de sacerdotes en toda Europa, sostenida en el tiempo; y de, a la vez, la disminución de la militancia anticristiana beligerante, así como del hecho de que perviven entre nosotros valores profundamente cristianos como el respeto a la persona que puso de manifiesto la crisis del Covid 19. Su repaso se detiene con especial detalle en Francia (págs. 30 a 44), Italia (págs. 45 a 53), España (págs. 53 a 61) y Alemania (págs. 61 a 66).
Riccardi analiza el «epicentro de la crisis» que ubica en la revolución antropológica de mayo de 1968, «la revolución más radical que la historia haya visto jamás en lo que a costumbres y ética sexual se refiere»
En el capítulo segundo estudia las presuntas soluciones intentadas en el pasado a la crisis del catolicismo; soluciones que denomina nacionalcatolicismo (ejemplos de Hungría y Polonia) y democracia cristiana (alemana e italiana) para constatar que han fracasado; y la apuesta por la evangelización del Vaticano II que tras setenta años «no ha frenado ni invertido la crisis» (pág. 100).
El capítulo tercero (págs. 103 a 141) es, en mi opinión, el más clarividente del libro; en él Riccardi analiza el «epicentro de la crisis» que ubica en la revolución antropológica de mayo de 1968, «la revolución más radical que la historia haya visto jamás en lo que a costumbres y ética sexual se refiere» cuyo centro es un feroz individualismo (pág. 116) que en la Iglesia generó una contestación al Magisterio en materia de sexualidad y contracepción, la crisis del sacramento de la confesión y su conexión con la eucaristía y la conversión del concepto subjetivo de cada uno en criterio de fe y moral: «el yo es el centro, sin maestros» (pág. 122). A partir de esa crisis del 68, se rompe la cadena de transmisión entre generaciones, los experimentos pastorales de clérigos jóvenes desarraigados de la tradición y la progresiva ruptura entre Iglesia y sociedad. (págs. 124 a 141).
Los capítulos 5 y 6 se dedican a los tres últimos papas con un reconocimiento de la excepcional personalidad y liderazgo de Juan Pablo II (págs. 143 a 162) cuyo pontificado se presenta bajo la duda de si fue «una ilusión o una excepción en el declive del cristianismo entre los siglos XX y XXI«, las dudas sobre el pontificado de Benedicto XVI (págs. 163 a 169) que el autor no aprecia mucho y cuya renuncia al ministerio petrino presenta Riccardi con claro sentido crítico pero respetuoso en las formas (respeto que se pierde en un comentario cruel sobre Benedicto en la pág. 209).
A partir de la pág. 169 el autor analiza la novedad de Francisco: un papado que se desprende de la sombra de una Europa decadente para hacerse más universal, que abandona la batalla sobre las raíces cristianas de Europa y apuesta por un pueblo que evangeliza frente a la apuesta de Ratzinger por las minorías creativas, y se caracteriza por un gobierno muy personal empeñado en iniciar procesos más que en proyectos y resultados y por la cercanía a los pobres
En la parte final del libro Riccardi se refiere con cierto detalle a la crisis de las vocaciones sacerdotales y de la estructura territorial de las parroquias como base de la pastoral de la Iglesia y a los nuevos movimientos de las poblaciones (migrantes y refugiados). Manifiesta una razonable preocupación por una Iglesia incapaz de garantizar la eucaristía a los fieles por falta de curas y pone de manifiesto cómo la estructura territorializada de la pastoral ya no se corresponde con la movilidad de las modernas poblaciones urbanas.
Me ha sorprendido la simpatía de Riccardi por la solución fácil de admitir el sacerdocio de casados para afrontar la disminución de sacerdotes y me ha gustado su apuesta final (pág. 238) por «la esperanza que viene del Evangelio», aunque quizá no haya mucha coherencia entre aquella y ésta.
Este libro de Andrea Riccardi es una interesante mirada a la actual crisis de la Iglesia, pero tiene una limitación conceptual muy italiana -o quizá, romana a secas-: concentrar la mirada en las estructuras eclesiásticas y obviar la consideración de los fenómenos pastorales que el Espíritu Santo viene suscitando en la Iglesia en el último siglo; y que ya están aportando soluciones fértiles y en clara coherencia con la tradición y el Vaticano II a muchos de los problemas que a Riccardi le preocupan. En todo caso es un libro que aporta luces y análisis dignos de consideración.
(Esta entrevista fue publicada inicialmente por el diario El Mundo)
Déjeme arrancar por una pequeña obsesión: ¿qué opina del lenguaje bélico para referirse a la pandemia?
Nunca me ha gustado la analogía de la guerra. No solo por la pandemia, sino porque la usamos para todo: guerra contra la obesidad, contra el mal gusto, las drogas. No me gusta tampoco cuando la usan políticos, a menudo incompetentes. Se venden y sostienen como líderes en tiempos de guerra, con todo lo que conlleva. Hay que tener mucho cuidado con las palabras. Dicho eso, en situaciones como la actual, al igual que ante los desastres naturales, nos podemos hacer una idea más o menos precisa de cómo se comportan las sociedades cuando es necesario un esfuerzo como el bélico. Y hay sin duda paralelismos en los recursos que se movilizan, en la ciencia y la empresa trabajando juntas como en los tiempos de guerra, pero soy más que reacia a usar la expresión.
Sabemos que cualquier sociedad puede acabar o empujar hacia la guerra, incluidas las más estables y prósperas. Y por desgracia, el peligro de una guerra está muy presente en nuestro mundo todavía
Termina su libro diciendo que tenemos que pensar mucho en la guerra, más que nunca antes. ¿Por qué?
Porque nos hemos convertido, como le ocurrió a parte de Europa antes de 1914, en demasiado complacientes y petulantes. Si vives en Occidente, en sentido amplio, es probable que pienses que eres diferente, nada que ver con esa gente de Oriente Medio y otras latitudes que son beligerantes y no están hechos para la paz. Y eso es muy peligroso. Sabemos que cualquier sociedad puede acabar o empujar hacia la guerra, incluidas las más estables y prósperas. Y por desgracia, el peligro de una guerra está muy presente en nuestro mundo todavía. Lo vemos cuando saltan divisiones profundas, en las fronteras o en el caso de los estados fallidos. ¿Es posible una guerra entre EEUU y China? En el último año se ha repetido mucho. O entre China e India. No se puede descartar una guerra, ni entre estados, que parece algo del pasado. Por eso debemos pensar mucho más sobre el tema.

Me gusta su analogía sobre el momento actual comparado con los Cahiers de doléances, los cuadernos de quejas que tanta importancia tuvieron en la Revolución Francesa. Cuando se verbalizan los descontentos y vemos que son muchos, algo prende, como en los esclavos de Roma.
Ahora, y en especial durante el confinamiento, somos más conscientes de las fracturas en nuestras sociedades. La división entre ricos y pobres, clases emergentes y emergidas, excluidos y élites, ha estado ahí durante décadas, pero ahora es más fácil verlas, con la polarización y los choques en las calles. Cada vez más gente deja de ver esperanzas para sus hijos. Los buenos trabajos desaparecen. Mire ahora en EE.UU. y Canadá. Allí donde los empleos se van por los tratados de libre comercio se dispara la epidemia causada por los opiáceos. Hay sensación de desesperación. Tenemos que asumir que hay serios problemas, estructurales, en nuestras sociedades y democracias, y no podemos ignorarlo. La frustración, el miedo, no va a desaparecer.
La revolución devora a sus propios hijos. La gente de Silicon Valley no sabe de lo que habla cuando celebra alegremente la destrucción creativa
Usted no compara, pero ve ciertas similitudes con la Francia de 1789, Rusia en 1917 o la Europa de los años treinta en el tejido social y el malestar. Ahí el resultado no fueron transiciones graduales.
La idea de revolución nos sigue pareciendo muy romántica, pero hay que tener presente que son tremendamente destructivas, rara vez acaban donde uno imagina y pocas veces se logra lo que uno deseaba. La revolución devora a sus propios hijos. La gente de Silicon Valley no sabe de lo que habla cuando celebra alegremente la destrucción creativa. Pero no todo tiene que llegar a ese extremo. Las sociedades, llegadas a determinado punto, también saben reaccionar, reconocer que necesitan cambios urgentes. Pasó en Inglaterra en los años treinta del siglo XIX, con la Gran Reforma. Con el New Deal un siglo después en EEUU. Con la llegada del Estado de Bienestar…
Pero ahora tenemos mucha más prisa. A diferencia de lo ocurrido con la pandemia de hace un siglo, estamos en una fase en la que creemos que podemos conseguirlo todo, arreglarlo todo y deprisa. Y no solo lo creemos, sino que lo exigimos. Si algo define a esta época es que no sabemos cómo lidiar con la incertidumbre.
Es así. ¿Por qué la pandemia de hace un siglo no dejó huella en el pensamiento, la escritura, de la época? Si mira los archivos, diarios, libros, memorias de los años siguientes, no hablan demasiado de ello. Saliendo de una guerra con decenas de millones de muertes la perspectiva era diferente. La gente estaba muy acostumbrada a la muerte, vivían con ella, en guerra y en paz. Gente mayor y niños. No sabían qué pasaría mañana. Nosotros estamos muy poco acostumbrados y asumimos que todo puede y debe ser curado. Y es peligroso porque genera frustración, impotencia, desaires. Necesitamos no resignación, ni derrotismo, pero sí perspectiva.
La guerra fue durante milenios algo razonablemente familiar para la gente. Ahora resulta muy ajeno en nuestra parte del mundo.
Es que ya ni las llamamos guerra, sino policy actions, conflicto de baja intensidad, operación quirúrgica. ¿Se ha dado cuenta de que las guerras ya no se declaran? No sé cuál fue la última vez. Yo creo que en Corea no hubo declaración, fue vía Naciones Unidas. Quizás la última vez sea Rusia declarando la guerra a Japón dos semanas antes de que concluyera la Segunda Guerra Mundial. Es significativo.
Usted dice que los tres grandes cambios en la guerra fueron los metales, los caballos y la pólvora. ¿Estamos ahora ante el siguiente paso con drones e inteligencia artificial?
Es posible, sí. En realidad, el cuarto cambio probablemente fue la aviación, pero sí, hay un giro enorme y tenemos un problema. ¿Cómo vamos a controlar la inteligencia artificial? Se discute ya, porque qué mundo será si hay dos IA luchando entre sí y los humanos no tenemos un papel principal. Necesitamos un debate profundo, porque lo que hace nada era ciencia ficción hoy es realidad. A pesar de que la mayoría de las guerras recientes se han librado todavía con armas antiguas, incluso machetes.
Sostiene que una de las verdades incómodas de la guerra es que puede traer cosas buenas. Tecnología, como el transistor o la informática. La penicilina, las transfusiones de sangre.
Hay gente a la que le resulta incluso ofensiva la posibilidad, pero es así. En la pandemia tenemos un buen ejemplo. ¿Quién pudo pensar en febrero de 2020 que se gastaría el dinero como se ha gastado? O las vacunas en un tiempo récord. A veces necesitamos grandes desafíos, enormes crisis, para romper ciertos tabúes. La guerra ha sido un agente de cambio social, a veces para bien.
¿Cree que la guerra es el gran igualador, como sostienen Walter Schneidel y otros?
Su libro está muy bien. Mi respuesta corta es que depende. A veces solo refuerza los desequilibrios previos, pero a veces sí que reequilibra y genera oportunidades para nuevos grupos. Las grandes guerras del siglo XX fueron únicas en muchos aspectos. En juntar a gente en las trincheras que de otra forma jamás se hubiera conocido. Uniendo en las fábricas a los empleados, que comprendieron que eran imprescindibles para la victoria y merecían mejores salarios. Los salarios suben, la protección laboral también. Ahora, si me pregunta por guerras recientes que hayan nivelado… no, no se me ocurren ejemplos buenos.
¿Lleva la guerra al cambio social o es al revés?
Ambas. La naturaleza de la sociedad afecta al tipo de guerra. Hubo épocas en las que ir a la guerra era parte del deber, era noble. Era de hecho muy caro. Luchaban las élites. Las guerras democráticas son diferentes. Cuando en el siglo XIX se populariza la idea de ciudadanía, si amas a tu país apoyas la guerra. Y las guerras se libraban con pasión. Pero tiene consecuencias terribles que conocemos muy bien. Moltke, el viejo, fue el que dijo como advertencia: «Estamos pasando de la guerra de gabinetes a la guerra de la gente». Y vaya si acertó.
Dice en el libro que la forma de librar batallas depende de los valores, la cultura, la historia. Y pone dos ejemplos interesantes. Prusia no era un estado con Ejército, sino un ejército con un Estado. Pero en cambio, en China los valores militares nunca fueron elevados por encima de los civiles. Y por eso no hay una ‘Iliada’ china.
Tenían grandes generales, guerreros, manuales conocidos como el de Sun Tzu. No eran precisamente amantes de la paz y conquistaron mucho. Pero no glorificaron las virtudes militares como en Europa. La élite eran los educados, los mandarines. Estudiantes, funcionarios. Dicho eso, hoy esos valores militares están más incorporados en la forma de pensar china que hace doscientos años. Al revés que en Occidente. Es casi paródico. La idea de que los jóvenes necesitan disciplina, que dormir en catres curte y forja, ya no está ahí. James Sheehan ha argumentado de forma persuasiva sobre cómo los valores culturales han cambiado enormemente en un poco tiempo. Los europeos ya no se ven a sí mismos como guerreros.
¿Puede Occidente sobrevivir sin ser guerrera? Lo pregunto en un sentido casi filosófico. Europa, y qué decir de EEUU, son lo que son en parte nada desdeñable por la violencia. Para mal y para bien.
La mayoría querríamos de forma abstracta que la guerra desapareciera, pero no va a pasar. Hemos visto movimientos consagrados a la paz, recordamos la Liga de la Sociedad de Naciones. O los grandes debates en universidades con jóvenes diciendo que no lucharían por el rey, Las protestas de Vietnam. Pero las ideas cambian cuando te ves amenazado.
La guerra es la mayor peste, pero al mismo tiempo ha generado durante siglos fascinación. ‘Dulce et decorum est pro patria mori’. Jünger, Mishima. Eso no puede pasar con drones y IA. No hay épica ni romanticismo.
No es lo mismo, no, pero mire un poco hacia atrás. La Primera Guerra Mundial fue algo industrial, cantidades impensables de armas y morteros. Recordamos bien las trincheras, pero la mayoría de los jóvenes murió por artillería, no por armas ligeras. No fue cara a cara. ¿Y quiénes son los héroes, los mitos de esa época? Aviadores, sobre todo. Heroísmo de nombres legendarios en medio de las masas anónimas. Lo mismo en la Segunda, en realidad. O francotiradores. Ahora la guerra son videojuegos, no sé si el espíritu cambiará o cómo.
Antes de la Primera Guerra Mundial la gente pensaba que la guerra era imposible, cosa del pasado, demasiado caras. Impensable entre hermanos socialistas. Hoy decimos que las democracias no luchan entre sí y que dos países con McDonalds no se enfrentan.
Hay que tener cuidado con la complacencia. Alemania y Reino Unido eran democracias en cierto modo en 1914, y lucharon. Tenemos que saber que como individuos y sociedades se nos da muy bien hacer cosas que van en contra de nuestros intereses. La irracionalidad es uno de nuestros rasgos más distintivos. El miedo, la ira. A veces es que no hay más remedio que luchar. Y se producen accidentes.
Las universidades cada vez más ven y tratan a los estudiantes como clientes, y claro, tienen que sentirse cómodos porque sabemos que el cliente siempre tiene la razón
Da la sensación desde este lado del Atlántico de que en las universidades, en EE.UU. o Canadá, cada vez es más difícil tener ciertos debates. Todo nos ofende y nos hace daño. Hablar de la guerra no debe ser una tarea fácil.
Las universidades cada vez más ven y tratan a los estudiantes como clientes, y claro, tienen que sentirse cómodos porque sabemos que el cliente siempre tiene la razón. Los estudiantes dicen que no se sienten seguros en las aulas por lo que escuchan, no se sienten seguros por las cosas que dice una persona y por tanto quieren prohibir que venga a decirlas. Toda la cultura se ha vuelto hiper protectora. Ahora animamos a expresarse, a decirlo todo, y hasta hace poco era lo contrario. Bien, pero me permitirá que eso de que adolescentes que van a universidades más que exclusivas digan que son vulnerables… A veces es excesivo. Debe de ser por mi edad pero no logro empatizar demasiado. Claro que hay situaciones dramáticas, pero…
¿Es una fase, una anécdota temporal o una deriva cada vez más peligrosa?
El expresar las propias vulnerabilidades y abrirse al dolor está muy bien, es necesario, pero también necesitamos resiliencia. Si no aprenden a discrepar y a vivir en un entorno con diferencias, ¿qué va a pasar cuando salgan al mundo real y vean que hay tantas?
¿Cree que tras las crisis económicas, las turbulencias políticas y la pandemia vamos a tener otros nuevos ‘Felices años veinte, con una eclosión de la fiesta, la creatividad, las artes?
Quizás. Es posible. Lo que noto es que yo quiero salir y beber con mis amigos, así que los jóvenes, imagine. La universidad es y debería ser una época para experimentar, enamorarse, aprender, probar. Me sorprendería que la gente no quiera compensar el tiempo perdido. Podríamos verlo, sí. Y es necesario, si me apura. Necesitamos esa creatividad, la reacción, que nos ayuden a reflexionar. Para muchos ha sido un trauma. Espero que la música, el teatro, la poesía, el cine nos ayuden a pensar lo que hemos vivido.
(Sobre la formación universitaria[1])
1. LA UNVERSIDAD APARENTE
Ryszard Kapuscinski escribió Los cínicos no sirven para este oficio[2]. Aplicaba esa afirmación al trabajo del periodista. Ese título puede perfectamente trasponerse al profesor universitario. A veces da la sensación de que el cinismo puede ser consecuencia de las graves dificultades con las que se encuentra el docente: dificultades para encontrar un puesto estable; dificultades de libertad de cátedra; dificultades a la hora de decidir qué materia dar o cómo darla; dificultades porque se tiene que investigar; dificultades de pluriempleo porque los sueldos son bajos y no basta con una cosa, y se acaba como un ‘repartidor’ del conocimiento entre facultades de universidades distintas.
Cuando uno habla de ‘universidad’ tiene que pensar en un ámbito ligeramente fuera del mundo y de las preocupaciones mundanas. Las universidades medievales no se regían por la ley del rey, sino por la ley del papa y de la Iglesia, lo que las dotaba de una independencia maravillosa en las que era posible hablar con libertad. Igual que se decía ‘’¡Me refugio en sagrado!’, uno podía refugiarse en el campus[3]. La universidad tiene la vocación de decir «Aquí dedicamos tiempo a cultivar el saber por el saber mismo». Quizá eso no esté ahora del todo claro, y podamos convertir nuestro trabajo en un oficio para cínicos. En ese caso nuestro trabajo no funciona.
La multiplicación de herramientas acaba exigiendo una pericia tecnológica ante la que el profesor puede verse perdido y prefiera dedicarse a cultivar su ciencia y a preparar muy bien sus clases
¿Qué es una universidad?, ¿qué es un universitario? En la vida práctica el fin es el principio de la acción. Lo más necesario no es que un arquero tenga flechas, sino que sepa hacia qué lado tiene que disparar, no vaya a matar a los suyos. Y cuando uno emprende una actividad, la pregunta del ‘por qué’, del ‘para qué’, del ‘sentido’, es la cuestión en torno a la cual se estructura toda esa actividad.
Necesitamos saber cuál es el fin de la institución universitaria para así saber si estamos viviendo, o no estamos viviendo, según ese fin. La búsqueda de lo esencial es el esfuerzo por lograr distinguir entre la apariencia y lo realmente real, por lograr separar las sombras o el movimiento de la caverna de las ideas, la quietud, la luz y el espacio. El mundo de la apariencia, del movimiento, es el mundo de las gestiones urgentes, el peligro de revolotear sin sentido. Esas pequeñas actividades que hacen de la vida algo pequeño y a las que El Cantar de los Cantares (2, 15) se refiere como «las raposas que devoran la viña».
Apariencia frente a realidad. ¿Qué es la apariencia universitaria? Evidentemente, la burocratización. Esta da lugar a un trabajo que a veces no es tanto resolver burocracia como multiplicarla. Y esta tarea tiende a caer sobre el profesor, quien es la víctima final que pasa lista, califica, mete notas en un programa, etc. Y encima tiene que dar clase. La burocratización puede ir carcomiendo los cimientos de paciencia y estudio. Y no es la vida universitaria[4].
Un efecto perverso en la vida universitaria de la cuantificación, del afán por medir todo como si todo fueran ciencias experimentales, es el incremento exponencial de publicaciones de vuelo corto o aspiraciones pequeñas
También pueden resultar ‘secantes’ las herramientas. La tecnología ha sido sin duda clave en la pandemia. Gracias a ella (Zoom, Canvas, Meet, Adobe Connect, Teams…) la vida docente de clases y pruebas ha seguido, con sus más y sus muchos menos, su curso. Pero la multiplicación de herramientas acaba exigiendo una pericia tecnológica ante la que el profesor puede verse perdido y prefiera dedicarse a cultivar su ciencia y a preparar muy bien sus clases.
Apariencia, probablemente, sea publicar o morir. A veces tenemos que asumir los efectos perversos que surgen inopinadamente de decisiones que a priori parecían más que correctas. Probablemente un efecto perverso en la vida universitaria de la cuantificación, del afán por medir todo como si todo fueran ciencias experimentales, es el incremento exponencial de publicaciones de vuelo corto o aspiraciones pequeñas. El nuevo universitario pasa todo el día mandando papers, corrigiendo papers, volviendo a mandarlos. Se piden acreditaciones, sexenios, organización de congresos, gestión (burocrática) de grupos de investigación, un gigantesco curriculum vitae. Y así no queda tiempo sereno para el estudio, para enfrentarse con las fuentes y los clásicos, para debatir y discutir, para seguir estudiando o para plantearse una obra ambiciosa porque tienen más peso las aportaciones pequeñas y múltiples. A menudo el profesor universitario se limita a escribir para publicar, no por amor al saber.
Ya en los años 40 preguntaba un profesor de Harvard: «Si tengo que preocuparme por los alumnos, ¿cuándo haré mi trabajo?»
Si miramos la universidad desde ese punto de vista, llega a ser masoquista dedicarse a ella. Los que tienen amor al saber, el idealismo de partida, se acaban viendo defraudados por no poder corresponder a lo que ese amor les exige. Y si uno sí tiene esa mentalidad pro–burocracia, o quiere seguridad y entra al juego, habría que ver si ya ha caído en el peligro del cinismo, si ya está en la fase de gran desinterés por el alumnado y de gran interés por sí mismo. Ya en los años 40 preguntaba un profesor de Harvard: «Si tengo que preocuparme por los alumnos, ¿cuándo haré mi trabajo?»[5].
2. PRIMERA REALIDAD: LA FACULTAD
En vez de la apariencia hablemos de la realidad. La obra de Santo Tomás de Aquino es admirable por su contenido, por su volumen, por su profundidad. En ella aparecen breves acotaciones, muy de vez en cuando, sobre educación. Es el marco en el que se puede entender el propósito de la Suma teológica (I, Prólogo): «En la presente obra nos hemos propuesto ofrecer todo lo concerniente a la religión cristiana del modo más adecuado posible para que pueda ser asimilado por los que están empezando».
También se refiere a esa educación en su obra Sobre la unidad del intelecto frente a los averroístas. Discute en ese opúsculo a los averroístas latinos (Siger de Brabante y la Escuela de Artes de París). Estos, siguiendo la interpretación de Aristóteles que proponía Averroes, defendían que el intelecto paciente era único para toda la especie humana. Tal doctrina, entre otras cosas, les llevaba a concluir que no había espacio para la responsabilidad individual pues cada uno no sería más que una ocasión de que el pensamiento universal conociera. Esta perspectiva, que puede verse como cierto preludio del hegelianismo, apasionó a la concurrencia universitaria del París del siglo XIII. El fragor de la discusión animó a que santo Tomás desarrollara una réplica en el De Unitate.
Termina su texto dirigiendo de modo severo una advertencia contra esos profesores que ponían su popularidad, su fama, su deseo de generar admiración, por delante de la formación intelectual serena de los alumnos. Santo Tomás no aceptaba ni que se les manipulara ni que nadie se aprovechara de ellos. Y por eso indica que «si alguno, gloriándose bajo el falso nombre de la ciencia, quiere decir algo en contra de esto que escribimos [la argumentación de Santo Tomás frente a los averroístas latinos, contenido del opúsculo], que no hable a escondidas por los rincones ni al corazón de los niños que no saben juzgar sobre cuestiones tan arduas; sino que escriba contra esto, si se atreve. Y no sólo me encontrará a mí, que soy el menor de todos, sino a muchos otros protectores de la verdad, por quienes su error será resistido y en su ignorancia será aconsejado»[6].
Esa universidad medieval era el «ayuntamiento entre profesores y alumnos», comunidad entre profesores y alumnos. Uso a propósito la palabra ‘profesores’ en plural. Porque la clave no se encuentra entre ‘el profesor y los alumnos’. La expresión no se refiere a la intimidad del aula. Esa frase indica que la comunidad, el ayuntamiento, el estar juntos, primero tendría que ser entre los mismos profesores: un conjunto de docentes, que vive en comunidad y desde ahí forma comunidad con los alumnos. En el mundo anglosajón se habla de the faculty, el cuerpo docente, el profesorado, el claustro.
Cuando decimos ‘la facultad’ en castellano, más bien pensamos en edificios, presupuestos, planes de estudios, reparto de aulas, de horarios y de despachos. Es una visión reduccionista. La facultad está formada por los maestros que la integran y que, coordinados, tienen un proyecto de alumno (un ‘perfil del egresado’) como causa final y formal, como proyecto, de sus diversas tareas. Para eso dialogan, discuten, disputan, sobre cómo consideran que debería ser tal proyecto. No se limitan a aceptar las directrices que ofrecen los gestores, los gerentes. A fin de cuentas, los estudiosos son ellos. Escucharán atentamente a gestores y gerentes, solo a condición de que ambas dimensiones, ambas partes, se introduzcan de verdad en la conversación. La facultad es un lugar de convivencia culta entre personas cultas. Su humus es intelectual. El tema ideal en torno al que se ha constituido esa comunidad es la formación. En otras palabras, el tema ideal es el bien de los alumnos, los medios que facilitarán a estos su crecimiento intelectual y su formación integral (como expertos en un grado, como ciudadanos, como personas). De esa convivencia –del estilo que nace de la capacidad de habla, de escucha, de disputa–, descendería la actitud intelectual y vital capaz de calar hasta las entrañas en los estudiantes.
Un recuerdo personal. Yo hice la carrera de filosofía en la Universidad de Navarra. Lo que más nos gustaba a muchos alumnos eran los llamados Seminarios de profesores. Ocurrían cada quince días. Allí, uno de nuestros docentes exponía ante the faculty un tema sobre el que anduviera investigando. Siempre eran asuntos ajenos a lo que nos ofrecían en clase. Y en ese momento no se encontraban ante jóvenes sin experiencia («los niños que no saben juzgar sobre cuestiones tan arduas», que decía Santo Tomás), sino entre iguales, expertos en descubrir saltos en la argumentación, licencias históricas, inconsistencias, incoherencias o razones para el halago. Reinaba la educación, pero nunca la neutralidad, el conformismo o el desinterés. A esos seminarios también íbamos los alumnos. Sobre todo esperábamos disfrutar del diálogo posterior a la ponencia, en el que los demás miembros de esa facultad ponían peros, pegas, a la exposición hecha por el profesor. La situación era análoga a lo se vivía en la disputatio medieval. Antes de comenzar su sesión, el conferenciante podía estar muy nervioso, pues sabía que iba a exponerse ante personas cuyas opiniones consideraba relevantes. Era una experiencia de vida universitaria, donde ‘vida’ implicaba formar parte de algo significativo, intenso, interpelante.
Si no hay convivencia entre los profesores, si no hay disputa, si no hay un diálogo, realmente la universidad ha devenido en otra cosa
Parece que hoy en la universidad, la institución que en cierta manera se salía de la norma del mundo, que no estaba sujeta al poder de los reyes, el lujo de contar con tiempo desaparece. Ya no hay tiempo: hay que hacer gestiones y redactar un curriculum normalizado, calificar, rellenar papeles. Si no hay convivencia entre los profesores, si no hay disputa, si no hay un diálogo, realmente la universidad ha devenido en otra cosa. Especialmente porque ya no hay búsqueda de nada: rellenamos casillas de dedicación y publicamos papers para pasar al siguiente nivel de acreditación. Se trabajan los temas publicables, no los profundos, no los importantes. Todo es procedimiento. Hay que cuidar del producto, lograr un certificado de calidad como el de quien fabrica helados o vende tornillos. Sin embargo, la universidad era precisamente eso: el islote de significatividad que flotaba sobre el mar de lo cotidiano e irrelevante.
¿Existe todavía la facultad? ¿El cuerpo docente forma un cuerpo? Es un reto para toda universidad, y para los docentes. Por ejemplo, buscar que no toda reunión sea de carácter administrativo burocrático. Que empiecen reuniones sobre el conocimiento, que empiece a perderse el tiempo y se tome conciencia sobre ‘la utilidad de lo inútil’[7].
Convivencia culta. El ideal tiene que ver con una cierta comunidad trascendente. Y la trascendencia no se entiende aquí como algo fantasmal, sino como lo más vivo. El aparcamiento, la cafetería, la calefacción o un mismo pagador, no constituyen comunidad. Las relaciones comunitarias son, estructuralmente, interpelantes y significativas.
3. SEGUNDA REALIDAD: ATENDER A LOS ALUMNOS
«Profesores y alumnos». El siguiente paso sobre qué es la universidad es pensar acerca de los alumnos. Depende de sus edades y del nivel de contacto que sea posible compartir con ellos. No es lo mismo dar clase a gente de 18 o 20 años que a gente ya formada, adulta, cuyo modo de pensar, imaginar, recordar, ha madurado y es más analítico. No es lo mismo la presencialidad que lo online o que lo híbrido, y menos aún si es docencia a los más jóvenes. No es lo mismo dar clase a un grupo de 10 que a un grupo de 200. Sería bonito ayudar a hacer pensar a los alumnos, recomendarles lecturas, sentarse a charlar con grupos de ellos, animarles a la expresión escrita, etc. Pero eso lo puede hacer un profesor que tenga pocos. Si tiene ochenta, si tiene trescientos, no puede sugerirles escribir pues le será imposible leer esos textos y conservar la frescura mental.
A menudo se puede tirar de generosidad, pero con frecuencia la estructura universitaria hace muy difícil el acceso personalizado al alumno. Antes hay que corregir, acreditarse, publicar, conseguir una estancia en el extranjero, preparar un congreso, redactar una comunicación, seguir las indicaciones del catedrático, etc. Si no, todo ese acercamiento al alumno alejará al profesor en ciernes de su carrera profesional. Eso significa que, en realidad, la carrera de un profesor universitario parece en buena medida ajena a la experiencia de enseñar.
Por otro lado, eso lo puede recibir un alumno que tenga un número limitado de asignaturas. Si estudia un doble grado, con título propio de la universidad que además incluye un máster, y cada cuatrimestre se enfrenta a 25 horas de clases semanales, laboratorio, prácticas de empresa, estudio de idiomas, labor social, varias horas diarias en transporte hacia/desde el lejano campus, pertenece a una asociación deportiva y, para ganarse un dinero, los fines de semana trabaja de dependienta en una tienda o pone copas, ¿cuándo va a leer?, ¿cuándo va a escribir?, ¿podrá pararse a pensar?
Quizá merezca la pena pensar si el trabajo de un profesor hacia el alumno tiene algo de misión. Durante la pandemia se ha aplaudido la entrega de médicos y enfermeras. Quizá no sean los únicos con vocación de servicio. ¿No ocurre lo mismo con el docente? ¿No es la docencia una manera de servir? ¿No se sirve invitando a participar y despertando la capacidad de asombro de los estudiantes? ¿Para cuándo el mirar cara-a-cara? La reflexión de la comunidad docente, de la facultad, puede debatir sobre estas cuestiones y realizar propuestas creativas, pertinentes y de urgencia, a la administración de cada grado.
Resulta por tanto conveniente preguntarse:
¿Qué significa formar?, ¿qué significa enseñar? Podríamos pensar que es dar una materia: derecho civil tema 1, tema 2, tema 3. Anatomía tema 1, tema 2, tema 3. Ese modelo docente podría ser sustituido por un crash course en YouTube. A ese tipo de docente le basta con limitarse a la lectura en voz alta de una presentación. Si formar y enseñar fuera ‘trasladar’ unos conocimientos, como quien mueve cacharros de una caja a otra caja, supondría pensar que los alumnos son cajas vacías y no fuentes de novedad, de creatividad, también en su capacidad de aprendizaje. En el traslado de contenido entre ‘cajones’ se adquiere información pero no se ‘vive’ el conocimiento.
El modo de enseñar a los alumnos, ¿les abre horizontes? Hay una indicación muy llamativa de Lewis en su libro Harvard, la excelencia sin alma. Por un lado, explicita cómo la educación no parece importar a la hora de hacer rankings que una persona de bien las clases. Les miden lo que publican. Es, sin embargo, curioso que, a pesar de eso, en Harvard haya una institución donde casi lo único que se valora es si se dan bien las clases. Se trata de la Harvard Business School, la escuela de negocios[9]. Mundialmente conocida, con un proceso de selección de alumnos muy exigente, carísima. ¿Por qué merece la pena? Porque los profesores dan clases excelentes, porque el aula es una experiencia insustituible, porque en esas lecciones la excelencia pedagógica es lo primero, porque todos los alumnos –y no por lo que han pagado sino por la emoción que nace de cada sesión– harían lo que fuera por no perderse ni una sola.
Ahora bien, ¿cuántas clases dan a la semana en la HBS?; ¿qué tiempo les lleva preparar cada una?; ¿cómo es la disposición de esas aulas que se adaptan a la escenografía del método del caso? Algunos profesores se toman la docencia en serio, pero deben luchar por defenderla. Si están en época de clases, que se olvide la universidad de todo lo demás, porque sus alumnos se merecen una dedicación plena. Pero, de cara a las agencias de evaluación y a la misma universidad, esta actitud constituye una opción de riesgo.
Mucha gente que ha estado doce años en un colegio, cuatro años en una universidad, a lo mejor no ha vivido la emoción de una buena clase. No han despertado, no han descubierto, no han decidido
Educar es una experiencia que probablemente nuestros alumnos apenas hayan tenido. Mucha gente que ha estado doce años en un colegio, cuatro años en una universidad, a lo mejor no ha vivido la emoción de una buena clase. No han despertado, no han descubierto, no han decidido[10]. Lo indica Lewis: «Harvard enseña a los alumnos, pero no los hace sabios. Pueden lograr una excelencia magnífica tanto en lo académico como en lo extracurricular, pero la totalidad de la experiencia educativa no resulta coherente. (…) Una buena universidad debería ayudar a sus estudiantes a comprender las complejidades de la condición humana –o al menos lo que otros, hombres y mujeres de reconocido prestigio, han pensado sobre las dificultades de vivir una vida dedicada al propio examen–. Una buena universidad reta a sus estudiantes a plantearse interrogantes que sean al mismo tiempo inquietantes y de profunda importancia. Una parte del proceso de llegar a ser un adulto educado en la mejor tradición del pensamiento humano es plantarse a fondo, de una forma personal, las cuestiones básicas de la vida»[11].
La comunidad profesores–alumnos, unificada en torno a la misión de formar a los alumnos, debería animar al profesional de la educación superior a convertirse en maestro. Eso no significa ‘trasladar’ un conocimiento, sino enseñar modos de pensar, enseñar una actitud ante la vida, el saber, la honradez o las posibilidades del trabajo humano. Los maestros cooperan a que cada alumno que lo desee se torne en fuente de inspiración, de creatividad y de visión magnánima de la vida.
La convivencia, el ayuntamiento, entre profesores y alumnos no se improvisa, ni surge de forma natural. Los campos de cultivo dan más trigo que los abandonados a la naturaleza precisamente porque se trabaja sobre ellos. Usan la tierra, pero la llevan más allá de sus posibilidades en solitario. Los ambientes fértiles ayudan a que esto ocurra: si en el espacio de trabajo hay presencia de la serenidad de la reflexión, convivencia culta, espíritu de equipo, diálogo académico, facultad. Sin embargo, la formación del ambiente fértil recomienza en cada instante: no se hereda, surge de la capacidad de la libertad humana por continuar en el esfuerzo de llevar la naturaleza más allá de ella. Y, como ocurre a la habilidad para tocar el piano con destreza, o de vivir la justicia, esa fertilidad se pierde por la falta de uso, por conformismo, o por dejadez.
Entrar en clase debe ser cada día un reto maravilloso porque a los alumnos les sorprenda una explicación, les interpele una pregunta
«Basta con un mes en cama para que los músculos se atrofien, se debiliten sistemas muy complejos o incluso se rompan si se les privan de estrés. Esto es un insulto a la antifragilidad de los sistemas: aquellos que sobreprotegen son muchas veces los que más nos dañan»[12]. Hay que imaginar justo lo contrario, y convertir el aula, la docencia, la materia que se imparte, en un campo de entrenamiento. Entrar en clase debe ser cada día un reto maravilloso porque a los alumnos les sorprenda una explicación, les interpele una pregunta, se les mande una lectura que les haga ver que precisamente aquello que se está compartiendo en esas lecciones, sin importar lo árido que resulte el contenido de la materia en cuestión, tiene mucho interés. Para eso se deja una cuestión abierta, no se contesta a otra porque no se pretende agotar el tema, se abandona la pretensión de abarcar todo el programa (que está en los libros) y se procura más bien hacer pensar y pensar juntos. Se vive en el reto de hacer que las clases sean ‘cajas de experiencia’ de convivencia culta vividos en comunidad.
¿Educamos para formar? Continúa la cita de Nassin Taleb: «Es verdad que el viento puede apagar una vela, pero también que es precisamente el viento el que aumenta la fuerza del fuego de la hoguera, el que provoca un incendio».
Hay que plantar cara al reto de lograr en toda universidad la convivencia intelectual entre los profesores y alumnos. Esto empieza entre los profesores. Y de ellos llega a los alumnos. Los alumnos en clase deberían ampliar sus horizontes intelectuales y existenciales. El profesor, si es maestro, será el motor de tal cambio.
NOTAS
1 Este texto nace de un seminario para profesores pronunciado en UNIR el 6 de octubre de 2021. De ahí su tono oral.
2 R. Kapuscinski, Los cínicos no sirven para este oficio: (Sobre el buen periodismo), Anagrama, Barcelona, 2006.
3 Cf. T. E. Woods, Jr., How the Catholic Church Built Western Civilization, Regnery History, Washington 2017, pp. 49–53.
4 Cf. B. Ginsberg, The Fall of the Faculty. The Rise of the All-Administrative University and why it Matters, Oxford UP, Oxford GB, 2013.
5 La pregunta la hacía R. W. Brown en 1948. Lo cita H. R. Lewis, Excellence without a Soul: How a Great University Forgot Education, PublicAffairs, US, 2006, p. 73.
6 Santo Tomás de Aquino, Sobre la unidad del intelecto contra los averroístas; Siger de Bravante, Tratado acerca del alma intelectiva, Eunsa, Pamplona 2005, nº 124, p. 130.
7 Cf. N. Ordine, La utilidad de lo inútil, Acantilado, Barcelona 2013.
8 Cf. S. González Iglesias, & A. Sastre Jiménez, «Una mirada a la empresa desde la lógica del encuentro», Relectiones. Revista Interdisciplinar de Filosofía y Humanidades, (3), 2016.
9 H. R. Lewis, o.c., p. 83.
10 Cf. AA.VV. Formar para transformar en comunidad, Universidad Francisco de Vitoria Editorial, Madrid 2021.
11 H. R. Lewis, o.c., p. 255.
12 N. Taleb, Antifrágil. Las cosas que se benefician del desorden, Paidós, Barcelona 2012. Citado por G. Lukianoff, J. Haidt, The Coddling of the American Mind: How Good Intentions and Bad Ideas Are Setting Up a Generation for Failure, o.c., p. 23
“Debemos conseguir que las universidades sean para todas las edades. Estamos centrados en la franja 18-29 años y solo tenemos un 6% de más de 30 años, cuando aquella va a ir decreciendo demográficamente” afirmó el ministro de Universidades Joan Subirats durante la presentación de “Universidad 2022”, que coordina el catedrático Rafael Puyol, presidente de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y edita Nueva Revista.

El ministro intervino en el coloquio “Los retos futuros de la universidad”, presidido por José María Vázquez García-Peñuela, rector de UNIR y moderado por Rafael Puyol; y en el que participaron Rosa María Aguilar, rectora de la Universidad de La Laguna; José Luján, rector de la Universidad de Murcia y presidente de la Comisión de Asuntos Estudiantiles de la CRUE; Amaya Mendikoetxea, rectora de la Universidad Autónoma de Madrid; y Margarita Villegas, directora de Tecnología e Innovación en UNIR.

En su intervención, el ministro Joan Subirats indicó que la universidad española tiene tres retos: “Mantener la capacidad de servicio público»; dirigirse “a toda la sociedad y no solo a un sector muy concreto”, e “impulsar la relación de la sociedad y la ciencia”.
Hay -subrayó- “una exigencia, en general en la sociedad, de flexibilidad, de adaptación» y las universidades, «por razones históricas, han ido siendo capaces de ser muy innovadoras hacia fuera y relativamente conservadoras hacia dentro».
“Las universidades sí van a tener futuro como instituciones”, pero “está en juego la capacidad de adaptación que el sistema pueda tener y su velocidad”
Añadió que “las universidades sí van a tener futuro como instituciones”, pero que «está en juego la capacidad de adaptación que el sistema pueda tener y su velocidad». Para ello debe ganar en “flexibilidad en la formación” para competir con los “agentes externos” que ofrecen formación más rápida.

El ministro indica que las universidades tienen «mucha capacidad instalada» y «mucha variedad disciplinar», pero «falta superar resistencias de adaptación» internas. «En el radar de los profesores, no figuran muchas de las cosas que estamos diciendo. Aún seguimos hablando de carga docente cuando nos referimos a la docencia o seguimos relacionando como premio y castigo… a mayor capacidad de publicación, menos docencia»,
En este sentido, añadió, la universidad debe ofrecer lo que actualmente demanda el mercado laboral: “innovación, creatividad, trabajo en grupo, competencias que no son de contenidos”, pero aportando, a la vez, “el valor de la experiencia”.
FINANCIACIÓN: NECESIDAD DE ALIADOS SOCIALES
Para ello es preciso mejor financiación. Ya que existe una relación “intensa” entre financiación y resultados; y subrayó que la nueva ley prevé un aumento de financiación del actual 0,7 por ciento del PIB al 1 por ciento.
Y ante el problema de “infrafinanciación que arrastra desde 2009”, es importante ”que las universidades tengamos aliados sociales”. La universidad debe dirigirse al mayor número posible de sectores de la población para conseguir que la “infrafinanciación” del mundo académico sea vista como “un problema compartido” y poder exigir una solución “acompañados” por otros sectores.
Por su parte, Rosa María Aguilar, autora del artículo La transferencia de conocimiento desde la Universidad 2030 indicó en el coloquio que el gran reto de las universidades pasa por «personalizar la digitalización, para ser capaces de predecir el comportamiento y ser más eficaces, poder gestionar los datos y que sirvan para resolver los problemas».

Según Aguilar, los retos son «unificar las fuentes de información, conseguir la intercomunicación entre administraciones públicas y no públicas, cumplir normativa de seguridad y tener cuadros de mando que nos permitan tomar decisiones» para poder gestionar la docencia.
Se refirió también a la necesidad de la interdisciplinariedad: «las universidades tienen que abordar los problemas desde un punto de vista interdisciplinar, dado que son tan complejos que una sola disciplina no los puede resolver”.
Para José Luján, autor del artículo Nuevas generaciones de universitarios: los centennials, las universidades están comprometidas con el cambio social: “tenemos un compromiso ineludible en la igualdad de hombres y mujeres”. Respecto a la internacionalización, recordó que «España es el primer país en recepción de estudiantes Erasmus» y «antes de la pandemia era el tercer país que más estudiantes movilizaba».
“Tenemos una situación de privilegio por ser UE, pero tenemos pasado y presente vinculado con Latinoamérica”
Añadió el rector de la Universidad de Murcia que “tenemos una situación de privilegio por ser UE, pero tenemos pasado y presente vinculado con Latinoamérica. Dos vías de colaboración. Si no hemos sido capaces de obtener mejores resultados es porque hace falta insistir en políticas de apertura”.

Pero para ello son necesarias “políticas públicas para aumentar la internacionalización; lo cual lleva aparejada una mejor financiación”.
Respecto a la brecha entre lo que ofrecen las universidades y las necesidades del mundo laboral, manifestó que “el problema no está tanto en la formación de grado como en la posgrado”.

Por su parte, Amaya Mendikoetxea sostuvo que “la función social de la universidad tiene que ver con la co creación de valor con los distintos sectores sociales”; en este sentido las universidades “están siendo clave en la transformación digital y ecológica”. Y así lo demuestra el hecho de que se haya incorporado “la responsabilidad social corporativa” a las universidades como algo irrenunciable.
Amaya Mendikoetxea apostó por un modelo de financiación “variable, por objetivos, y a poder ser de carácter estatal”
Respecto a la financiación aludió a la paradoja de que las universidades deben “mantener el carácter de servicio público con un entorno fuertemente competitivo”. Con el agravante de que “el actual contexto de inflación” va a entrañar mayores dificultades para “el sistema universitario español, que está en declive y bajo presión al no haber recuperado el nivel de financiación de antes de la crisis» De suerte, agregó, que es preciso ir hacia nueva fórmulas de financiación, así como el fomento de la público-privado. Apostó por un modelo de financiación “variable, por objetivos, y a poder ser de carácter estatal”. Puso el ejemplo de Irlanda, que ha apostado por financiar “una reinvención del currículum universitario para fomentar la innovación y la empleabilidad de los estudiantes”.

Finalmente, Margarita Villegas, directora de Tecnología e Innovación de UNIR , señaló que “la inteligencia artificial aplicada a la educación es el gran solucionador de problemas”, dada “su capacidad de analizar datos ingentes de datos”, como por ejemplo, la orientación en “la elección de carrera”. Así lo explica ella misma en el artículo Universidad 2022, sobre El personal shopper de la educación. Aunque matizó que “la fascinación por un buen profesor nunca podrá sustituir a la tecnología”.
«Estamos aún muy lejos de vivir en el mundo del metaverso» agregó y hay «mucha regulación» que elaborar antes de que los «avatares tengan vida».
Al acto de presentación de Universidad 2022 asistieron, entre otras personalidades, José Manuel Pingarrón, secretario general de Universidades; Juan Romo, presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE); Josefina García Lozano, rectora de la universidad Católica de Murcia; Mercedes Siles, directora de ANECA; Manuel Villa Celino, presidente del Consejo Rector de la Universidad Antonio Nebrija; Federico Morán, presidente de la Fundación madri+d; Fidel Rodríguez Batalla, viceconsejero de Universidades, Ciencia e Innovación de la Comunidad de Madrid; María Andrés Torres, ministra plenipotenciaria de la Embajada de Colombia; Emilio Lamo de Espinosa, vicepresidente de UNIR, y el exministro Jordi Sevilla, presidente del Consejo Social de UNIR.

UNA TREINTENA DE ARTÍCULOS SOBRE EL FUTURO DE LA UNIVERSIDAD
En el número de Nueva Revista, Universidad 2022, especialistas de reconocido prestigio de diversos países, analizan los retos a los que se enfrenta la educación superior en treinta y un artículos, agrupados en cinco grandes apartados.
El primero, dedicado a la transformación tecnológica y digital de las universidades, contiene artículos sobre cuestiones relacionadas con la revolución que supone. Un segundo bloque analiza las nuevas necesidades formativas. A los agentes del proceso formativo -profesores y estudiantes– va dedicado un tercer apartado, con artículos sobre el crecimiento de estudiantes universitarios en el mundo y en España; y la nueva generación de alumnos jóvenes (centennials). Un cuarto epígrafe, los cambios en las instituciones educativas, se ocupa de la colaboración público-privada en la enseñanza superior. El quinto, aborda la proyección externa de las universidades. El último apartado analiza la educación del futuro y el análisis de las experiencias educativas.
Cierra el número de Nueva Revista una reflexión de José Carlos Gómez Villamandos, ex presidente de la CRUE, sobre la universidad necesita España para convertirse en una sociedad del conocimiento.
El 19 de marzo de 1944, con el invierno en retirada en toda Europa, las tropas alemanas del III Reich invadieron Hungría sin necesidad de disparar un solo tiro. Ahora que los aliados avanzaban por todos los frentes de Europa al mismo tiempo, Hitler no podía permitir que sus aliados húngaros siguieran una política independiente. En cuestión de horas, las divisiones del ejército alemán penetraron en el territorio y se hicieron con el control efectivo de todas las grandes infraestructuras del país, instaurando un gobierno títere en la capital. Ese mismo día, la estación de tren de Budapest recibiría la visita del hombre encargado de orquestar la solución final en el país: Adolf Eichmann.
Al contrario que en otros países ocupados por los nazis, la Shoah llegaba con retraso a Hungría. Eichmann estaba impaciente por empezar a trabajar cuando llegó a su despacho en el hotel Majestic. En pocas semanas, el Sturmbannführer de las SS lograría poner en funcionamiento la maquinaria de exterminio, que había sido planeada y perfeccionada desde hacía años con exactitud matemática. Incluso en aquellos momentos en que la victoria nazi parecía más lejana, la intrincada burocracia de la maquinaria funcionaba con la misma precisión infalible para orquestar el exterminio. Todos los días se despachaban informes con las consignas acostumbradas: identificación, arresto y deportación de judíos a los campos de concentración de Auschwitz, Birkenau, Dachau o Mauthausen. La maquinaria alcanzaría su pico de rendimiento en los meses calurosos del verano, cuando las deportaciones alcanzaban el ritmo diario de diez mil o doce mil individuos. Eichmann sabía que debía completar su cometido con urgencia: la matanza se detendría con la llegada del Ejército Rojo, que avanzaba imparable hacia las puertas de Budapest.
Después de las atrocidades cometidas por uno de los países más avanzados de su tiempo, muchos se preguntaron si la civilización occidental no había alcanzado un punto de no retorno
Hoy en día cuesta imaginar la escala del horror que se produjo en Centroeuropa durante aquellos meses. Después de las atrocidades cometidas por uno de los países más avanzados de su tiempo, muchos se preguntaron si la civilización occidental no había alcanzado un punto de no retorno. En medio de la barbarie de los campos, muchos intuyeron, como Primo Levi, que la humanidad había tocado fondo. La humanidad había demostrado su capacidad para destruirse a sí misma. Años después, el filósofo judío alemán Theodor Adorno sentenciaría famosamente que “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. ¿Qué sentido tiene celebrar la belleza después de una carnicería tan absurda e inhumana?
El Holocausto suscita gran cantidad de preguntas como esta, pero pensar desde las ruinas de Auschwitz nos permite plantear cuestiones fundamentales desde su raíz: ¿dónde quedaron el bien, la verdad, la belleza, en un mundo arrasado por una crueldad sin límites? Quizás una de las preguntas más evidentes es la que atañe a la justicia. Al fin y al cabo, ¿qué justicia puede existir en un mundo que alcanza tal grado de refinamiento en el arte del exterminio? ¿Cómo podemos hablar de “justicia” en estas condiciones? La respuesta nihilista está al alcance de la mano: resulta difícil creer que exista tal cosa en un mundo enfermo de odio, corrompido en diversos grados a través de los siglos.
Una forma clásica de representar a la justicia es una balanza que equilibra el bien y el mal: la justicia consiste en equilibrar lo que se le debe a unos y otros por igual. La definición clásica de justicia –dar a cada uno lo que se debe– corrobora esta idea. Alterar el orden natural de las cosas produce injusticia y discordia. La restauración del orden perdido: eso es la justicia. Podemos imaginar a los seres humanos a lo largo de los siglos como una especie de fontaneros del universo, empeñados en devolver el equilibrio al cosmos para sacarlo de su caos insoportable. No por casualidad triunfa en nuestros días la idea de karma con facilidad. Es bien conocida, por ejemplo, la afición en internet a un subgénero de vídeos virales en los que ladrones, abusones, o criminales de poca monta reciben “karma instantáneo” tras cometer un delito. Las omnipresentes cámaras de seguridad nos permiten adentrarnos en esos dramas cotidianos: después de agraviar al inocente, los agresores reciben de forma inesperada su castigo. La restitución instantánea del bien perdido genera el efecto de justicia: se ha restituido lo que se debe a cada uno. Siguiendo una especie de ley del contrapaso dantesca, hoy en día solo concebimos la justicia como una especie de forma de restitución aquí y ahora.
Pero esa concepción tan genérica de la justicia no dista mucho de ciertas fórmulas arcaicas de la ley. El código de Hammurabi –“ojo por ojo, diente por diente”–, sería suficiente para resolver la asimetría de la justicia con facilidad. La justicia sería ese ideal hermoso, aunque siempre incompleto, por alcanzar el equilibrio exacto del bien entre las personas. Pero esta idea resulta contradictoria con la enseñanza tradicional de nuestros padres: para romper la espiral de la violencia, debemos dejar un agravio sin respuesta. ¿No es esto una ruptura del equilibrio propio de la justicia, de la ley de la compensación propia de una balanza? En este sentido, podríamos preguntarnos si la justicia no es algo más que una mera satisfacción de ofensas.
Cabría cuestionarse, por ejemplo, qué se nos debe exactamente a cada uno. Todos nuestros bienes, en estricta puridad, son transmitidos. No podemos decir que nada nos pertenezca por derecho propio. Al fin y al cabo, todo lo que poseemos es una herencia, hasta las mismas palabras con las que nos expresamos. Entonces, ¿en qué fundamos la razón de que se le pueda deber una cosa a un hombre como algo que le pertenece?
Existen muchas respuestas. Por una parte, podríamos pensar en una razón instrumental: es bueno respetar los pactos, leyes, contratos o promesas que generan bienestar en la sociedad y los individuos. Según esta idea, el principio de la compensación vertebra todas las relaciones sociales. En el centro mismo de las sociedades liberales se encontraría el respeto por el “contrato social”. La justicia, por tanto, se funda en el mutuo interés de los individuos, que cumplen con sus deberes contractuales. Sin embargo, esta interpretación de la justicia entraña una simplificación de la realidad, pues la justicia se refugia en los angostos límites de sí misma: la justicia conmutativa, que solo vela por los intereses contractuales y de mercado.
El caso del III Reich ilustra las formas en que el derecho, manipulado por el poder, transformó el Estado en un instrumento para la destrucción de la justicia
En realidad, la vida de las comunidades humanas entraña una riqueza mucho mayor que el mero esquema de relaciones contractuales. La historia reciente nos revela que las comunidades pueden velar por intereses radicalmente injustos. El caso del III Reich ilustra las formas en que el derecho, manipulado por el poder, transformó el Estado en un instrumento para la destrucción de la justicia. En su discurso al Parlamento Federal alemán en 2011, el Papa Benedicto XVI recordó a los diputados que la historia reciente del país era un despertador frente a este peligro. El Estado alemán se había transformado en una banda criminal muy bien organizada, capaz de amenazar el mundo entero y llevarlo hasta el borde del abismo. Los gobernantes habían pisoteado la justicia y convertido el derecho en un instrumento de dominio y sumisión. Por eso, el papa Benedicto advertía de que “servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia” sigue siendo el deber fundamental del político.
Pero existen otras formas de fundamentar la justicia. Una posibilidad radicalmente distinta consiste en fundar el derecho atendiendo a la naturaleza misma de las cosas. Según esta visión de la justicia, la deuda se funda en la naturaleza misma del ser a quien es debido. Es decir, que sólo puede deberse algo por derecho propio si hay algo que lo justifique en la propia naturaleza. Para ello, es necesario considerar que en la humanidad hay algo inviolable, algo que corresponde irrevocablemente a su naturaleza.
Sólo si reconocemos la condición espiritual del ser humano podemos justificar una “gran reverencia” por la persona, afirma Pieper
Para autores como Josef Pieper, nuestro mundo no está constituido de forma que se pueda establecer plenamente el equilibrio por la reparación y el pago de las deudas. La mera acción de la justicia no es capaz de poner al mundo en orden. Por eso, es necesario defender un derecho inviolable del ser humano, “que pueda defender contra cualquiera y que a todos obliga al menos a no lesionarlo”. Para Pieper, ese derecho se funda precisamente en la idea de que el ser humano es, ante todo, persona. Sólo si reconocemos la condición espiritual del ser humano podemos justificar una “gran reverencia” por la persona (Las virtudes fundamentales. p. 109).
Esta segunda concepción nos acerca a una consideración más profunda del sentido de la justicia. Podríamos entender la justicia como el difícil equilibrio de las partes, según el principio de compensación, al que tiende el conjunto de la humanidad. Pero como señala Benedicto XVI, en las cuestiones fundamentales del derecho, en las cuales está en juego la dignidad del hombre y de la humanidad, el principio de la mayoría no basta: en el proceso de formación del derecho, una persona responsable debe buscar los criterios de su orientación. Cada persona está obligada a buscar la justicia más allá del mero ordenamiento jurídico. Paradójicamente, la virtud de la justicia exige ir más allá de los límites estrictos de la justicia. El justo debe estar preparado no solo a dar lo que se debe, sino más de lo que debe. El mundo antiguo brinda abundantes ejemplos en los que se advierte que la justicia sin misericordia es crueldad. Como escribe Pieper, “el propósito de mantener la paz y la concordia entre los hombres mediante los preceptos de la justicia será insuficiente, si por debajo de estos preceptos no echa raíz el amor” (p. 201).
¿CÓMO ES POSIBLE REHABILITAR A LAS VÍCTIMAS DEL TERROR?
La justicia como mera compensación de deudas resulta insuficiente en el caso del Holocausto. ¿Cómo es posible “rehabilitar” a las víctimas del terror? ¿Qué justicia cabe esperar en un mundo en que triunfa el mal con tal impunidad? Podemos preguntar con Walter Benjamin, “¿qué hacemos con las víctimas de la violencia? ¿Qué pasa con los perdedores, con los vencidos, con los desechos de la historia? ¿Podemos concebir alguna esperanza para ellos? ¿Se ha pronunciado ya la última palabra sobre su dolor y su muerte?”.
Existe una experiencia aleccionadora en este sentido, si regresamos por un momento al caluroso verano de 1944. Mientras Adolf Eichmann despachaba con furiosa rapidez órdenes de deportación a los campos de exterminio, otros empezaron a trabajar con igual diligencia. Pero Eichmann no era el único que dictaba órdenes esos días: al poco de comenzar la persecución, el joven diplomático español Ángel Sanz-Briz empezó a trabajar en una dirección radicalmente contraria. Acogiéndose a un antiguo Real Decreto promulgado por el rey Alfonso XIII en 1924, empezó a conceder la ciudadanía española a judíos sefardíes para salvarlos de la deportación. Inicialmente, Sanz-Briz recibió autorización del gobierno húngaro para otorgar salvoconductos a 200 personas, un número que conseguiría burlar para admitir más refugiados. Sellando las cartas y los visados con números inferiores a 200, logró despistar a la burocracia húngara para conseguir pasaportes colectivos, permisos y cartas de protección a familias enteras. Para acoger a tantas personas, el diplomático alquiló edificios por toda la ciudad que protegió indicando su pertenencia a la legación diplomática española. Gracias a su trabajo, más de 5.200 personas lograron salvarse de una muerte segura.
En 1991, el diplomático español Sanz-Briz fue reconocido póstumamente por Israel como “Justo entre las Naciones”
Sanz Briz actuó con justicia más allá de los umbrales de la ley, procediendo en ocasiones sin el permiso explícito del gobierno español. Durante años, nadie reconoció su trabajo. Con el tiempo, la humanidad ha sabido reconocer el bien que hizo en aquellos meses terribles. En 1991, Sanz-Briz fue reconocido póstumamente por Israel como “Justo entre las Naciones”, un título con el que los israelitas reconocen el valor de aquellas personas de confesión no judía que han observado una conducta moral digna de respeto por haber actuado de acuerdo con los preceptos divinos. En la medalla conmemorativa se inscribe una frase del Talmud en la que resuena una sabiduría universal: “Quien salva una vida salva al mundo entero”.
En términos estrictamente cuantitativos, la escala del dolor y el sufrimiento del Holocausto es indescriptible. Pero, en medio del horror, muchas personas mostraron con sus vidas que no todo estaba perdido. Incluso en el reino de la injusticia y el mal, hubo personas justas que supieron defender al mundo de su propia destrucción. En una de las páginas más luminosas de la literatura reciente, el poeta Adam Zagajewski rememoraba cómo, a finales del siglo XX, podría afirmarse que “no son los verdugos quienes escriben la historia, no es Goebbels ni Mólotov, sino la gente honesta; a ella pertenece la última palabra”. Sería difícil creer esto en los años treinta y cuarenta, cuando casi toda Europa estaba envenenada por falsos ideales. Sin embargo, con el tiempo Zagajewski comprueba “la extraordinariamente paciente y constante labor del bien, que incluso en este siglo en general tan cruel no quedó del todo aniquilado. ¡El bien también existe!, no sólo el mal y el diablo y la estupidez. El mal es más enérgico, puede actuar como un relámpago, como la blitzkrieg; al bien, en cambio, le gusta, desconcertantemente extraño, demorarse. En muchos casos, esa fatal desproporción acarrea muchas pérdidas que jamás pueden recuperarse”.
A pesar de los desastres de la guerra, la injusticia y el terror, el bien siempre “regresa, tranquilamente, sin prisa, como esos caballeros-detectives de las antiguas novelas policíacas, que flemáticos, vestidos con elegancia y fumando una pipa se presentan en el lugar del crimen al día siguiente de haberse cometido”. Contra todo pronóstico, el bien regresa con lentitud, “sin prisa como un peregrino, inexorable como el alba” (Adam Zagajewski. En la belleza ajena. Valencia: Pre-Textos, 2003).
Han salido de caza, los dos, Dido y Eneas, pero una tormenta hace que se refugien en una cueva y allí hacen el amor. Dido, la reina de Cartago, está perdidamente enamorada de Eneas pero este tiene una misión que cumplir, llegar a Italia, asentarse en el Lacio donde sus descendientes fundarán una ciudad que será la capital de un Imperio que es todavía el Imperio, Roma. No puede quedarse con Dido, tiene que marcharse a cumplir su misión. Esta historia de un amor desolado protagoniza una de las grandes obras de la literatura universal, La Eneida de Virgilio. Pero, ¿quién era este Virgilio?, ¿qué más escribió?, ¿cómo pensaba?, ¿en qué momento histórico vivió?, ¿cómo influyó la época en que vivió en su obra?
«Mientras hablamos, el tiempo, envidioso, se habrá fugado. Carpe diem, aprovecha la vida, y no te fíes ni un pelo del futuro» escribió Horacio, pero, ¿quién era este Horacio?, ¿qué más escribió?, ¿qué quiere decir realmente su carpe diem?, ¿por qué su poesía ha marcado la literatura europea durante miles de años?
Si autores como Nuccio Ordine o Irene Vallejo o Mary Beard o Andrea Marcolongo han triunfado con su relectura de los clásicos no tendrán mala pinta
Borges escribió en su Biblioteca personal sobre una de las grandes obras de la literatura universal, La Eneida, de Virgilio: «Diecisiete siglos duró en Europa la primacía de Virgilio; el movimiento romántico lo negó y casi lo borró. Ahora lo perjudica nuestra costumbre de leer los libros en función de la historia, no de la estética. De los poetas de la tierra no hay uno solo que haya sido escuchado con tanto amor. Más allá de Augusto, de Roma y de aquel imperio que a través de otras naciones y de otras lenguas, es todavía el Imperio. Virgilio es nuestro amigo. Cuando Dante Alighieri hace de Virgilio su guía y el personaje más constante de la Divina Comedia, da perdurable forma estética a lo que sentimos y agradecemos todos los hombres». ¡Ay! Me temo que ya no leemos a los clásicos ni en función de la historia siquiera, como se lamentaba Borges.
UNA GUÍA DE LOS CLÁSICOS
Al no leerlos nos estamos perdiendo mucho. Si autores como Nuccio Ordine o Irene Vallejo o Mary Beard o Andrea Marcolongo han triunfado con su relectura de los clásicos no tendrán mala pinta, pero ¿por dónde empezar?, ¿de qué van estos autores?, ¿cuándo escribieron?, ¿de qué va lo que escribieron?, ¿me van a gustar?
Para contestar a estas preguntas necesitamos una guía que nos oriente, un google maps de la literatura latina que nos dé las coordenadas con una cierta fiabilidad, y que lo haga de una forma llevadera. Porque, a pesar de lo que parezca, no hay tantas guías ni manuales de esta literatura sobre la que se asienta la cultura occidental (casi nada), y los que hay son sesudos manuales que se manejan en la universidad.

Por eso, por todo eso, por la necesidad que tenemos de los clásicos, por la necesidad de que alguien nos oriente en su lectura, como Virgilio a Dante (precisamente este 2021 estamos celebrando los 700 años de la muerte del florentino universal), es especialmente bienvenida la traducción de esta visión general de la literatura latina del gran latinista francés Pierre Grimal.
Siruela acaba de editar, dentro de su Biblioteca de Ensayo, Serie Mayor, una traducción por Susana Prieto, en 137 páginas, del librito que publicó Pierre Grimal como breve guía, como introducción a la literatura latina. El libro se editó en 1965 en Que sais-je?, esa colección de libros de tapas blancas con una franja vertical de color en el centro y una cinta del mismo color en la parte inferior. Por cierto, se sigue editando y es una estupenda colección de divulgación (ha incorporado ya el diseño y la imagen a sus portadas). ¿Por qué no tenemos algo así en España?
Pierre Grimal, catedrático de Filología Clásica en la histórica Universidad de la Sorbona, en París, fue uno de los grandes latinistas del siglo XX, representante de una generación de gigantes que sabía de todo
Pierre Grimal (1912-1996), catedrático de Filología Clásica en la histórica Universidad de la Sorbona (una de las más antiguas del mundo), en París, fue uno de los grandes latinistas del siglo XX, representante de una generación de gigantes que sabía de todo («somos enanos a hombros de gigantes», como escribió Bernardo de Chartres en el XII, «nos esse quasi nanos, gigantium humeris incidentes»).
Autor de una inmensa bibliografía especializada sobre el mundo romano, fue traductor de los grandes autores romanos –Plauto, Terencio, Cicerón, Séneca, Tácito, Petronio, Apuleyo– presidente de la Academia de las Inscripciones y Lenguas Antiguas (unas de las cinco del Instituto de Francia, fundada en 1633), autor del imprescindible Diccionario de mitología griega y romana en el que tantos estudiantes de tantas generaciones y países nos iniciamos en el apasionado y apasionante mundo de la mitología. Estamos ante uno de los grandes.
OCHO SIGLOS DE LITERATURA
A su magisterio investigador unía una labor extraordinaria de difusión desde sus biografías noveladas, como Rome devant César. Mémoires de T. Pomponius Atticus, sin traducir al español, o las traducidas como Memorias de Agripina o El proceso a Nerón, a este librito, en el que es capaz de sintetizar su conocimiento de la literatura romana de forma magistral. En él, Grimal da una visión panorámica de las etapas de la literatura latina y de los grandes autores, bueno, y no tan grandes –los importantes están todos explicados–, en seis capítulos, desde la Primera poesía (el primero) al último, cuyo título es genial, Los supervivientes pasando por La formación de la prosa, La época de Cicerón, La época augusta y La época de los rétores.
Está escrito con un estilo ameno, contextualizando al autor y a sus obras, y destacando lo más relevante de una literatura que se desarrolla sin interrupción desde el siglo III a.C. hasta el V d.C. En esta privilegiada visión, percibimos cómo prosa y poesía no van de la mano ni siguen el mismo ritmo: en algunos momentos domina la expresión poética mientras que en otros la prosa ocupa el primer plano, aunque, en conjunto, prevalece la poesía.
Es magistral, por la capacidad de síntesis, la relación que hace de la época y la obra de cada autor (lo que hace que entendamos mejor las Bucólicas de Virgilio), o cómo, en una frase, nos describe al autor de una manera que nos permite entender mejor su obra: «Virgilio no contaba con las cualidades necesarias para afrontar los auditorios del foro. Tímido, torpe, de aspecto rústico, temía según nos dicen hasta la mirada de los transeúntes» (lo que recuerda al «torpe aliño indumentario» de nuestro Machado).
Y algo que hace a lo largo de todo el libro, Grimal condensa en una frase el pensamiento de cada autor, su visión del mundo, su pensamiento filosófico a partir de cada obra, por ejemplo, cuando de las Geórgicas de Virgilio escribe «pone frente a frente al hombre y la naturaleza y muestra que este es el medio físico y moral por excelencia para llevarlo a una felicidad bastante cercana a la que preconizaban los epicúreos». Hemos tenido que hacer un viaje de dos mil años y pasar una pandemia para volver a la casilla virgiliana de salida.
DEL EPICUREÍSMO AL PLATONISMO MÍSTICO
De igual manera, es capaz de sintetizar la evolución, por seguir con Virgilio, del gran poeta, «del epicureísmo al platonismo místico, que acepta la existencia de las almas que sobreviven al cuerpo. Virgilio lleva a cabo la síntesis de las principales corrientes espirituales de Roma, y muy pronto, Virgilio sería considerado como el portavoz de toda Verdad, directamente inspirado por los dioses».
«Para Horacio el Carpe diem no es tanto buscar el placer, sino descubrirlo en el simple hecho de vivir»
Es un placer leer sus páginas sobre Cicerón o lo que escribe de Horacio: explica su epicureísmo, por ejemplo, de una forma magistral: «para Horacio el Carpe diem no es tanto buscar el placer, sino descubrirlo en el simple hecho de vivir». Del poeta venusino señala la paradoja de que permaneciendo soltero toda su vida, sea uno de los poetas más maravillosos del amor, en todos sus matices, crueles o afectuosos. O cómo Horacio es la mejor demostración de que la moral epicúrea no está reñida con los valores tradicionales de Roma: moderación, sabiduría, respeto por la tradición, etc.
Del gran Séneca escribe: «es profundamente romano. La acción es el objetivo de la sabiduría, o al menos la acción sabia siempre es tomada en consideración: ¿una sabiduría que no actuase seguiría siendo sabiduría?». No se puede explicar mejor al hispanorromano (Séneca era de Córdoba).
Es extraordinaria por infrecuente, la reivindicación que hace de Lucrecio y su Sobre la naturaleza (De rerum natura), «una de las obras más admirables y sorprendentes de toda la literatura latina». Lucrecio, del que sabemos muy poco, más allá de que vivió entre el 96 y el 51 a.C., murió antes de terminar su poema, que Cicerón se encargó de publicar, casi nada. Como bien escribe Grimal: «Sobre la naturaleza de Lucrecio constituye una de las cimas de la poesía humana y, en todo caso, del pensamiento romano». Y en una frase resume una época: «Es como el grito de una conciencia humana frente a la inminente amenaza de la guerra civil».
PAPEL DE LA RETÓRICA EN LA EDUCACIÓN
Igualmente señala el papel estelar de la retórica en la educación y en la literatura romanas cuando al explicar la escuela de retórica de Rodas señala que «los nobles romanos se familiarizaron en Rodas con la teoría de la elocuencia: allí acabaría sus estudios Cicerón. El ejemplo de Rodas contribuyó en gran medida a vencer el prejuicio nacional contra la enseñanza de este arte, la retórica, que no tardaría en convertirse en fuente de toda cultura» (por eso no me cansaré de recomendar el Máster de Retórica de la UNIR). Se echa de menos un índice de nombres y obras, y hay algún fallo de edición (como Tibulio en lugar de Tibulo).
Todo lo que escribe Grimal hay que leerlo con la devoción debida a los grandes maestros. Era, además, amigo del fundador de esta revista, el latinista –y periodista y político y hacedor de la democracia y maestro querido– Antonio Fontán (Grimal era el Fontán francés, pero con novela), representantes los dos de esa generación de sabios de antes de la Wikipedia. Luis Alberto de Cuenca, que es uno de los últimos mohicanos, quiero decir, de nuestros últimos sabios (y miembro del Consejo de Redacción de Nueva Revista desde su fundación) debería contar sus conversaciones con los dos.
Ante un numeroso y expectante auditorio académico, mientras sacaba unas notas de su cartera –nos imaginamos esa sala universitaria de un College inglés, Winston Churchill dijo: «hoy no he tenido tiempo de preparar una intervención corta, así que les soltaré la larga». En esa broma del genial Churchill hay una gran verdad: hace falta mucho tiempo para hacer una buena síntesis, es más fácil hablar una hora sobre un tema que condensarlo en quince minutos. Es decir, hace falta saber mucho –como es el caso de Pierre Grimal– para hacer un resumen tan extraordinario como el que nos ofrece en estas páginas.
En Los placeres de la literatura latina nos hacemos una idea de la riqueza de las letras latinas, Grimal nos desentraña los secretos de esta literatura y nos hace ver su capacidad para establecer y mantener un diálogo de miles de años entre el escritor y el lector, la voluntad universal de persuasión de estas obras. Una literatura, la romana, sin la que no se puede entender no ya la literatura europea posterior, sino el pensamiento y la cultura de Occidente. Por eso, para entender nuestro mundo y entendernos a nosotros mismos, no podemos estar sin leer a los clásicos. Leer a los clásicos es un placer, leer este libro también. Los placeres de la literatura latina
Marmelada, licenciado en filosofía y ciencias de la educación, es conocido por su labor de divulgador y analista de las cuestiones científicas más punteras atinentes a ciencias de la vida y cosmología en diversos medios durante años. Publica ahora esta obra en la que, desde una perspectiva de expresa confesión cristiana cada vez más manifiesta según avanzan las páginas del libro, intenta iluminar la cuestión que indica el título: cómo hacer presente a Dios en una sociedad posmoderna, secularizada y descreída.

Aunque el libro no está dividido en partes, sino en capítulos, consta de tres partes diferenciadas por la temática que aborda aunque estén íntimamente unidas:
En la primera parte (págs. 11 a 130) se aborda el análisis del ateísmo actual. La tesis del autor, fácilmente aceptable, es que el ateísmo actual no es, a diferencia del clásico, intelectual, fruto de argumentos anti teístas; sino una cuestión de hecho: se ha decidido dar por supuesto que Dios ni existe ni interesa para nada. «El ateísmo moderno se caracteriza más por ser volitivo que por tratarse de un producto del intelecto» (pág. 52).
El ateísmo moderno es mera indiferencia frente a Dios, como si de cuestión del pasado y ya superada se tratase
Marmelada pone el ejemplo de la obra de Marx y Nietzsche, autores en los cuales el ateísmo es esencial a su pensamiento, pero que no dedican esfuerzo alguno a demostrarlo; se limitan a darlo por supuesto.
El ateísmo moderno es mera indiferencia frente a Dios, como si de cuestión del pasado y ya superada se tratase.
La segunda parte del libro (págs. 131 a 192) se dedica a tratar el gran argumento moderno contra Dios: la existencia del mal. En estas páginas, el autor reproduce todos los argumentos clásicos en la materia y pone el acento en una perspectiva sugerente: «la razón, recurriendo solamente a sus luces naturales, no puede dar una respuesta definitiva y acabada al problema de la existencia del mal, pero sí puede advertir que tampoco es de evidencia inmediata la incompatibilidad entre la existencia del mal y la existencia de Dios» (pág. 156).
La tercera parte (págs. 193 in finem) afronta la cuestión de la libertad y la respuesta del autor es la única posible y veraz: «el cristiano también es una persona que ama la libertad, entre otras razones porque es consciente de que sólo quien es libre puede amar a Dios» (pág. 247).
Esta libro del profesor Marmelada no es una obra cerrada y completa pues abre demasiadas materias y enfoques y no cierra parte de ellos. De hecho es frecuente encontrarse en el propio libro la referencia del autor a que las cuestiones que enuncia las tratará en ensayos posteriores. Es decir, estamos ante el comienzo de una obra editorial de ambiciones mayores que las que muestran estas páginas. Habrá que estar atentos a la continuación de la producción de este interesante autor.
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) marcan el camino hacia la Universidad 2030; todas las instituciones de educación superior hemos recogido el testigo de estos objetivos marcados por la ONU para construir nuestra propia hoja de ruta. Nos ha quedado muy claro que, como sociedad, nos enfrentamos a un reto común y muy evidente: la sostenibilidad en su triple hélice medioambiental, económica y social. Y en este punto, la universidad debe de estar a la vanguardia en ese liderazgo.
La Universidad 2030 tiene que seguir dedicada a su tradicional tríada de funciones: docencia, investigación y transferencia de conocimiento. Pero hacer lo de siempre no significa hacerlo como siempre. Y en este punto, somos muy conscientes de que solo siguiendo la senda marcada por los 17 ODS seremos capaces de liderar el cambio.
Nuestra alineación con los ODS en investigación pasa por el desarrollo de ciencia en abierto, diseño de una carrera investigadora profesional, reducción de la brecha de género, multidisciplinariedad y fortalecimiento de las redes de investigación
En la investigación estamos dando respuestas desde diversas áreas de conocimiento a diferentes problemas. Las universidades públicas creamos la gran mayoría del conocimiento nuevo que genera nuestro país, y eso no puede hacerse sin talento e innovación. Nuestra alineación con los ODS en investigación pasa por el desarrollo de ciencia en abierto, diseño de una carrera investigadora profesional, reducción de la brecha de género, multidisciplinariedad y fortalecimiento de las redes de investigación, todos ellos factores claves en este punto.
Además, las universidades debemos transferir conocimiento nuevo a la sociedad para ayudarla a progresar, y también queremos ser partícipes de la transformación del entorno. Por eso debemos ser motores de la innovación social. Aspiramos a una universidad digital, centrada en las personas y que ofrezca servicios de valor añadido. Pero también queremos ser una institución cercana, dialogante con sus públicos, comprometida con el entorno y responsable socialmente.
La innovación social y la creatividad comunitaria son elementos esenciales que la Universidad 2030 debe contener, ofreciendo soluciones originales a viejos problemas, contando con los protagonistas en la formulación de sus retos y trabajando desde lo colectivo. Para eso hay que salir a la calle, estar en los sitios donde se nos requiere para tejer relaciones; de nuevo, establecer alianzas, cercanía y compromiso. En definitiva, tenemos que hacer innovación social. Así es cómo se realiza la transferencia de conocimiento en la Universidad 2030.
GENERACIÓN DE CONOCIMIENTO
La investigación y generación de conocimiento nuevo es, y debe seguir siendo, la razón de ser de la universidad, pues este es el hecho diferencial que la distingue de otras entidades que también ofrecen formación. Este nuevo conocimiento no solamente servirá para el propio progreso de la disciplina en la que se enmarque o para ser transferido de algún modo al sector productivo y la sociedad en general, sino que también redundará en que la docencia impartida sea de mejor calidad, dado que el profesorado podrá ser capaz de transmitir de primera mano al alumnado sus descubrimientos. Es decir, el conocimiento más actualizado posible.
La materia prima para generar ese conocimiento es el personal investigador. Contar con personas adecuadamente formadas que desarrollan en nuestras instituciones una carrera como docentes-investigadores es uno de los elementos que aportan desde hace siglos prestigio y certifican la calidad y validez de nuestras instituciones.
La gestión de estos recursos humanos supone una serie de desafíos que determinarán la universidad del futuro. Por un lado, en un mundo globalizado, las universidades deberíamos ser capaces de atraer talento que viniera a nuestros centros y, de ese modo, favorecer su internacionalización. Pero, por otro, también deberíamos retener el talento formado en nuestras aulas mediante una adecuada estabilización del personal docente e investigador.
En el pasado, el número de universitarios era menor y el acceso a la carrera investigadora no era tan competitivo. En la actualidad, tenemos doctores con currículos internacionalizados que hace unas décadas habrían sobrado para obtener una plaza de cátedra y que ahora son insuficientes para obtener siquiera un mero contrato de investigación. El camino hasta la estabilidad es cada vez más tortuoso y exige en muchas ocasiones, auténticas peregrinaciones.
Estos investigadores probablemente estarán percibiendo retribuciones que no están a la altura de sus jornadas: dicho prosaicamente, queremos que unos mileuristas descubran la vacuna contra el cáncer
De este modo, muchas de las personas que hemos formado con nuestros medios acaban desarrollando sus carreras en otras latitudes, por lo que no se produce el lógico retorno socioeconómico: formamos investigadores de alto nivel para que produzcan resultados en otros sitios. Y hasta llegar a una posición laboral relativamente cómoda, estos investigadores probablemente estarán percibiendo retribuciones que no están a la altura de sus jornadas: dicho prosaicamente, queremos que unos mileuristas descubran la vacuna contra el cáncer.
Somos conscientes de que esta precarización está generalizada en todo el mercado laboral y que, por otro lado, es necesario asegurar que el personal docente e investigador sea realmente competitivo y capaz de producir resultados a la altura de las instituciones en las que trabajan. Pero todo ello debería ser compatible con mecanismos que puedan estabilizar la carrera investigadora sin perder pujanza y productividad.
Programas como el Ramón y Cajal, el Margarita Salas y el María Zambrano a nivel estatal, y los Agustín de Bethencourt o Catalina Ruiz en el ámbito canario, son herramientas útiles para poder atraer y retener ese talento y dotarlo de cierta estabilidad. Pero, en última instancia, ha de estar acompañado por buenas políticas de personal en las propias instituciones, con planes de ordenación docente que responda a las necesidades reales de cada institución, reflejadas en unas RPT realistas. Es decir, una mayor profesionalización de la gestión de nuestro personal. Y, claro, al final todo eso se traduce en un elemento primordial: financiación.
Hemos de contar con los fondos suficientes para disponer de las plantillas que creen ese conocimiento de vanguardia que toda la sociedad nos reclama. Además, es una necesidad imperiosa en un contexto demográfico como el actual, en el que la población española tiende al envejecimiento y, por tanto, en pocos años nos vamos a quedar sin los investigadores de excelencia con largas carreras. La renovación generacional en la ciencia es, sin duda, un desafío de futuro esencial.
Sobra decir que ese deseo de estabilización de una plantilla cualificada también es extensivo al personal de administración y servicios. Debemos tender a una administración más ágil y eficiente, compuesta por auténticos profesionales especializados que con su trabajo pueda asumir tareas de gestión burocrática y administración de recursos que en ocasiones recaen en los propios investigadores, restándoles tiempo para lo que verdaderamente deberían hacer. Contar con un adecuado apoyo en la gestión es, por tanto, esencial para poder avanzar en el futuro de nuestras instituciones.
Hoy la palabra clave es interdisciplinariedad, la colaboración, por lo cual el establecimiento de grupos sólidos dentro de la propia institución, y de redes y alianzas con entidades externas, es la directriz que lleva a los mejores resultados
Pero volviendo a los investigadores, en la actualidad, la imagen romántica del científico solo en su laboratorio es, simplemente, un tópico del pasado que, probablemente, nunca fue del todo verdad. Hoy la palabra clave es interdisciplinariedad, la colaboración, por lo cual el establecimiento de grupos sólidos dentro de la propia institución, y de redes y alianzas con entidades externas, es la directriz que lleva a los mejores resultados.
Fortalecer los grupos es una de las patas para ser más competitivos de cara a las diferentes convocatorias regionales, estatales e internacionales públicas y, en menor medida, privadas que nos permiten financiar las investigaciones. Otra de las patas es la publicación de los resultados de investigación en revistas especializadas, que supone una vía de difusión de novedades primordial y, además, son un elemento muy valorado en el currículo del personal investigador.
Sin embargo, en los últimos tiempos este sistema que prima la publicación en revistas científicas está siendo revisado porque, si bien es indudable su valor para difundir globalmente lo más innovador en las diferentes disciplinas, también hay críticas hacia el modelo vigente, que prima la publicación en ciertas áreas de conocimiento y, sobre todo, en revistas de pago que suponen grandes negocios editoriales, pero también una manera de restringir el acceso a ese conocimiento.
La Universidad de La Laguna es de las instituciones que se posiciona a favor de la ciencia en abierto y de buscar las vías necesarias para fomentar las publicaciones bajo este régimen de difusión más accesible. De hecho, en nuestro caso, en los últimos tres años hemos aumentado un 25% nuestras publicaciones en abierto. Sabemos que no es un asunto trivial, pues están de por medio la propiedad intelectual y las entidades de gestión de esos derechos, pero creo que ya existe una demanda no solo en la comunidad científica, sino en la sociedad, de apostar por este modelo menos mercantilizado de acceso a las publicaciones.
En una sociedad que cada vez reclama más transparencia institucional, creemos que es necesario redefinir el papel de las publicaciones científicas. No se trata de entablar una batalla contra editoriales y gestores de derechos que poseen cierta legitimidad sobre los contenidos, pero tampoco podemos perpetuar un sistema que, en la práctica, supone una barrera económica para la difusión pública de investigaciones que, no lo olvidemos, en muchos casos han sido generados por instituciones públicas y financiados con fondos públicos. Privatizar de facto así el último paso del proceso de la investigación (su difusión) carece de toda lógica y justicia. Esta es una conversación actualmente abierta, en la que todas las instituciones debemos participar y encontrar una solución satisfactoria.
Obviamente, el trabajo de los grupos en estos proyectos, que desembocan en las mencionadas publicaciones, precisa de las infraestructuras científicas necesarias para su desarrollo. Es otro asunto delicado porque hablamos no solo de instrumental e instalaciones de muy alto coste de adquisición y mantenimiento, sino que lleva aparejado también un personal altamente especializado para su gestión.
No es realista ni económicamente viable que todas las instituciones contemos con todo el equipamiento necesario. Por ello deberíamos explorar mejores fórmulas para la concentración de infraestructuras para usos comunes a escala regional o dinamizar los cauces de colaboración entre instituciones, que permitan a unas solicitar pruebas en las instalaciones de otras.
TRANSFERENCIA DE CONOCIMIENTO
La universidad tiene como una de sus misiones fundamentales la transferencia de conocimiento que se produce a partir de la investigación científica desarrollada en la institución, tanto hacia la propia esfera de la ciencia, retroalimentando su continuo avance, como hacia el conjunto social y otros ámbitos particulares, caso del marco empresarial. Para ello, se utilizan canales y métodos diferenciados, individuales y colectivos, especializados y divulgativos, académicos y profesionales, entre otros.
Tradicionalmente, la transferencia ha sido la misión universitaria con menor peso, frente a las más asentadas de docencia e investigación. Afortunadamente, ha ido ganando en importancia en los últimos tiempos y desde los poderes públicos se está intentando darle un mayor valor: la aparición de los sexenios de transferencia es un buen ejemplo de ello.
En líneas generales, podríamos distinguir dos tipos de transferencia: una más centrada en el conocimiento en sí, que se plasma en la elaboración de informes y otras labores de asesoramiento; y otra enfocada a la innovación, que genera valor añadido de cara al futuro y, a su vez, puede distinguirse entre una acepción más tradicional, enfocada a la creación de nuevos productos (la vacuna COVID-19, por ejemplo), y otra más social, para transformar diferentes aspectos de la sociedad. De todo ello vamos a hablar a continuación.
La tendencia creciente de la transferencia en la universidad española está dando lugar a una institución académica más cercana e imbricada con los problemas más inmediatos de su entorno
En cualquier caso, la tendencia creciente de la transferencia en la universidad española está dando lugar a una institución académica más cercana e imbricada con los problemas más inmediatos de su entorno: en el caso particular de la Universidad de La Laguna, lo hemos visto con la erupción del volcán en La Palma, que ha generado una respuesta casi inmediata de las personas que conforman nuestra comunidad científica, quienes cada una desde su disciplina, están poniendo su conocimiento al servicio de la resolución de los desafíos que está planteado esta emergencia.
Y es que si algo hemos aprendido de la experiencia de la COVID-19 –crisis en la que se ha comprobado que es posible descifrar el genoma de un virus desconocido en tres semanas y encontrar varias vacunas eficaces en 300 días– es la importancia de la interdisciplinariedad y la cooperación entre los distintos actores. Y ha puesto de manifiesto que solo desde una toma de decisiones más horizontal, que evite la verticalidad de las administraciones y fomente un acercamiento cultural y mayor confianza entre los diferentes agentes de la sociedad, será posible encontrar respuestas eficaces a los grandes retos presentes y futuros de la humanidad.
TRANSFERENCIA AL ALUMNADO FOMENTANDO EMPLEABILIDAD Y EMPRENDIMIENTO
Parece imperativo contar con más integrantes de la comunidad universitaria implicados en la transferencia de conocimiento, incluyendo el sector del alumnado, por lo que se debe considerar la necesidad de replicar en el aula los resultados de la praxis científica, preparando al alumnado para que pueda ser el adecuado agente multiplicador hacia el conjunto social y sus múltiples componentes. Se consigue así una proyección social mucho más amplia, llegando a más personas que habitualmente se mantienen al margen de la comprensión del logro científico y su importancia cotidiana.
Debemos insistir en el aprovechamiento del potencial de la acción docente, profundizando en las posibilidades que articulan las aulas como células para la propagación de los resultados científicos, tanto en las materias de investigación más consolidadas como en las más prometedoras. Esto tiene que ver con el desarrollo del resto de funciones universitarias ligadas a la transferencia de conocimiento, incluyendo asimismo la propia extensión universitaria, que supone otra vía fundamental para la diseminación.
TRANSFERENCIA A INSTITUCIONES Y EMPRESAS
La transferencia de conocimiento no estrictamente académica que se efectúa desde la universidad ha estado más asociada hacia su traslado a la esfera empresarial, recibiendo su tejido una fracción significativa de los beneficios del esfuerzo científico. También el marco institucional suele ser receptor del quehacer investigador, recuperando así parte de la inversión que se realiza para hacer ciencia. Se entiende que, desde dichas dimensiones, el conocimiento, integrado en respuestas de distinta naturaleza, llega finalmente al conjunto social, particularmente a través de soluciones, productos y servicios útiles.
Estamos en el gobierno de los datos, sin ellos vamos a ciegas, por lo que debemos ser capaces de medir y monitorizar lo que hacemos, integrar procesos, robotizar tareas rutinarias y profesionalizar aún más la gestión. No podemos tener a nuestro personal funcionario realizando labores repetitivas de escaso valor y que poco aportan a la autoestima y al crecimiento personal.
A través de convenios de colaboración para asesoría, así como de la formación a lo largo de la vida, la universidad puede ayudar al tejido empresarial a incorporar y aplicar en sus quehaceres cotidianos la innovación y el conocimiento de vanguardia desarrollado en la academia. Todavía existen ciertos reparos cuando se habla de la relación empresa y universidad, pero debemos ser capaces de establecer cauces que, sin comprometer la autonomía de la institución académica, permitan esta transferencia fluida.
En ese sentido, el contacto permanente con la sociedad civil, como organizaciones sectoriales y financieras, instituciones públicas, sindicatos y colegios profesionales, es fundamental para conocer mejor las necesidades reales de ese sector productivo. Las universidades podemos establecer diversos cauces para lograrlo; en nuestro caso, hemos apostado desde hace algunos años por un modelo de cátedras institucionales y de empresa que está dando visibilidad social a esa colaboración, a lo que se sumarían ya las actuaciones más tradicionales en ese ámbito como es la licencia de patentes. También sería oportuno recalibrar el papel de los consejos sociales para que verdaderamente cumplan esa función de mediación entre el mundo profesional y el académico.
Pero la institución también ha de ser capaz de ser más proactiva en lo referido al mundo empresarial, ya sea favoreciendo la creación de nuevas empresas a través de mecanismos como los parques tecnológicos y las incubadoras de empresas, como mediante la creación de empresas spin-off que emanen directamente de los resultados obtenidos por grupos de investigación intensivos en conocimiento.
INNOVACIÓN SOCIAL
El compromiso de las universidades con la transformación social debe ser pleno. Es la esencia de su naturaleza y se debe medir en términos de contribución al avance de una sociedad más justa, cohesionada y sostenible. De ahí la importancia de estimular la innovación como fuente de cambio y progreso, sumando en el proceso de su generación al mayor número de actores posibles, ahondando además en su capacidad como instrumento para la obtención de aprendizajes compartidos, lo cuales conseguirán asimismo incidir en una mayor autonomía y suficiencia de las comunidades a distintos niveles y escalas.
Menos frecuente es efectuar una transferencia más global y completa, integral, entroncando con una idea más comunitaria en la que el conocimiento adquiera un rol más transformador
En este sentido, la transferencia de conocimiento suele realizarse preferentemente de manera fragmentada, dirigida de modo particular a cada uno de los protagonistas de cada realidad, atendiendo a sus requerimientos y necesidades específicas. Menos frecuente es efectuar una transferencia más global y completa, integral, entroncando con una idea más comunitaria en la que el conocimiento adquiera un rol más transformador, favoreciendo además las interacciones positivas entre dichos protagonistas. Si hace unos años hablábamos de la necesidad de pasar de lo local a lo global, ahora debemos dar el paso de lo individual a lo colectivo. Ese es el gran desafío también de la Universidad 2030.