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Ver productos“La crisis provocada por la guerra de Ucrania afecta a América Latina, en la vertiente económica pero, a la vez, puede ser una fuente de oportunidades, como posible exportadora de materias primas” afirmó Carlos Malamud, catedrático de Historia de América e investigador del Real Instituto Elcano, en una mesa redonda sobre El mundo latinoamericano en la geopolítica actual.
La sesión formaba parte del I Congreso Hispanoamericano, Mundo hispánico-mundo global: memoria y futuro, organizado por la Universidad Interncional de La Rioja (UNIR) y la Universidad Francisco de Vitoria (UFV).
Aunque «el interés de América Latina en la agenda global es parcial», esta vez la crisis de Ucrania «sí que ha tenido reflejo en la política y la economía de la región», añadió el catedrático.

Participaron, además, en la mesa redonda Rogelio Núñez, investigador senior del Instituto Elcano y Florentino Portero, profesor de Historia Contemporánea, e investigador del Instituto Elcano. Estuvo moderada por Carmen Isolina, profesora de la Universidad Francisco de Vitoria.
Para Rogelio Núñez “la crisis de Ucrania ha puesto de relieve que América Latina no es más que una expresión geográfica, con una posición periférica en la escena mundial”.
Florentino Portero: “La falta de respuesta de América Latina se debe a la falta de confianza respecto al papel de EE.UU.”
“Que Rusia haya invadido un estado soberano para América Latina es un precedente que le tiene que preocupar” señaló Florentino Portero. ¿Por qué América Latina no responde? Ello se debe “a la falta de confianza respecto al papel de Estados Unidos en el mundo, porque está sufriendo una crisis cultural muy profunda, que pone en duda su liderazgo». El papel mundial de EE.UU. «ya no es el que fue». La falta de respuesta también se debe «al giro profundo de América Latina a la izquierda”.

El vacío hegemónico dejado por la primera potencia mundial, es una oportunidad para Pekín: «Va a provechar la actual situación para hacer prevalecer sus intereses. China tiene muy claro que América Latina va a facilitar su penetración».
Carlos Malamud: “Los intentos de integración regional están llamados al fracaso”
Respecto a la integración, Malamud señaló que «hay una insistencia en la región, de derecha o de izquierda, en hacer de la integración regional una cuestión política ideológica»; pero esa labor «está llamada al fracaso», y puso el ejemplo de las distintas crisis de proyectos de la región.

Rogelio Núñez: “Además de los problemas que enfrenta cada uno de los países hay una inmensa desafección de la población hacia los políticos”
Para Rogelio Núñez hay, además otros factores: «Un exceso de nacionalismo; la falta de fondos para impulsar una integración; y los problemas internos que enfrenta cada uno de los países de la región, unido todo ello a una inmensa desafección de la población hacia los políticos”.
El I Congreso Hispanoamericano, Mundo hispánico-mundo global: memoria y futuro, organizado por la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y la Universidad Francisco de Vitoria (UFV), congregó entre los días 22 y 24 de junio a destacados especialistas de la historia, la literatura, el derecho y la geopolítica, de España e Hispanoamérica.
Ofrecemos a continuación una entrevista a Manuel Lucena después de intervenir en una ponencia en la mesa redonda Vigencia del pasado, del I Congreso Internacional Hispanoamericano.
[Transcritas y ligeramente editadas las respuestas de Manuel Lucena son las siguientes]:
Mi aportación sobre la vigencia del pasado ha tenido que ver con eso que llamamos pasado. Este forma parte del tejido del presente y en él existe una contaminación tóxica en torno al concepto de la hispanidad y del mundo hispano. Hay unos estereotipos o verdades cansadas, como las definió George Steiner, que tienen un origen histórico y tienen un comienzo y deberían tener también un final. Dentro de esos estereotipos o verdades cansadas que arrastramos en torno al mundo hispánico, destacaría unas palabras que los designan. Una es el victimismo: la culpa siempre es de otro. Nuestros sistemas políticos, nuestras élites, el votante medio, en una era neopopulista como la que padecemos a escala global, tiende a pensar que la culpa es de otro y que hay algún imperio, en algún momento, al cual echarle la culpa de las cosas que ocurren. El victimismo es un estereotipo y una manera de negar una realidad compleja y de no gestionarla.
Segundo estereotipo, la llamada fracasología: si miramos al pasado solamente es para recalcar que nos espera un futuro terrorífico, porque tenemos una especie de pecado original, una genealogía equivocada, una carencia de modernidad. Todos estas son invenciones de la leyenda negra de un modo u otro, y si miramos al pasado no es para recuperar un sendero de virtud o un protocolo de comunidad política democrática y organizada e institucionalizada, sino para sentirnos peor y sobre todo para desarmar las posibilidades de construir sociedades abiertas hacia el futuro, globales, que hagan las cosas como corresponde y que incrementen, entre otras cosas, el bienestar medio de la población.
Tercer estereotipo, la llamada porno miseria. La palabra porno miseria procede de Colombia en los años 70 y designa una categorización forzosa en la cual si podemos contar lo peor de nosotros mismos por qué quedarnos solo con lo malo. La porno miseria es todo lo que tiene que ver con la narco literatura, con el narco arte, con las teleseries que alimentan que en el mundo hispano todo lo peor está por venir. Hay en eso una lente deformada, estamos torcidos a la hora de definirnos. Alteramos y perdemos nuestra imagen de quiénes somos, la autoimagen y la hetero imagen: el cómo nos vemos y el cómo nos ven. Y al final, resulta que estamos condenados a una periferia de la historia; a ser explicados solo desde el excepcionalismo, la calamidad, el desastre y la falta de instituciones. Todo esto es una ficción. Fue inventada por literatos muy buenos… quizá nos hubiera ido mejor si hubiéramos tenido peores novelistas. Esto se tiene que terminar, tenemos que ponernos en el año 2022, la globalización es una enorme creadora de oportunidades y tenemos que estar a la altura de este reto.
Respecto a la memoria y la historia, que hemos tratado en la mesa redonda, hay que decir que, por definición, la memoria es una cosa y la historia es otra. La frase memoria histórica no existe; es un oxímoron desde el punto de vista de un historiador profesional. El historiador está obligado a mostrar la complejidad, a hacer crítica de fuentes, a discriminar la verdad de la mentira. Y ahí están las fuentes, en los archivos, en las bibliotecas o donde haga falta, como parte del aparato de argumentación, de explicación que constituye la narrativa historiográfica. Y, en ese sentido, es letal, es tóxico confundir la memoria con la historia. La memoria es una ficción, es una invención, no está basada en fuentes en el sentido historiográfico del término. Puede utilizar las fuentes, pero yo niego que la posibilidad de utilizar este término desde el punto de vista de la historia profesional.
El historiador puede imaginar a partir de las fuentes disponibles, pero no puede inventar nunca. Ese es el abrazo de la muerte del historiador. Desde el punto de vista de la teoría literaria, la historia pertenece a las disciplinas de no ficción. La antropología, la política, la economía, la historia no pueden contar mentiras, no pueden ser ficciones. Tienen que contar evaluaciones modestas, aproximativas de la realidad a partir de los datos disponibles. Hay que distinguirlo muy bien de lo que es la memoria, que es una fuente más de la historia y del historiador. Hay muchísima historia oral basada en la memoria de los contemporáneos de una batalla por decir algo. Pero la obligación del historiador es discriminar qué de todo aquello le sirve para hacer historia y qué de todo aquello es verdad o no puede ser verdad o sencillamente es mentira. La función de la historiador es discriminar lo que es verdadero y contarlo, y explicarlo a sus contemporáneos. El uso del término memoria histórica simplemente es una moda, incluso legislativa, pero no existe la memoria histórica, para un historiador profesional.
La cátedra del Español y la Hispanidad de las universidades de la Comunidad de Madrid en la Fundación Madri+d, tiene como objetivo fundamental poner en valor la experiencia de comunidad compartida que nos da el tener el segundo idioma global y el primer idioma global latino, que es el español. El proyecto fundamentalmente se dirige a valorar los esfuerzos de las universidades, a buscar horizontes prospectivos globales, y, por qué no decirlo, a contribuir en la creación de una autoestima del uso del hablante y de los tejidos innovadores asociados al valor del español. Y, en segundo término, tiene una vertiente histórica: que la historia no sea un componente negativo o negacionista de la existencia cívica de nuestras sociedades que comparten el español como herramienta, como protocolo de comunicación global.
Queremos acercarnos a los problemas y retos de la experiencia compartida, con una mirada global que entienda que hay un vaso medio lleno, además de un vaso medio vacío; y no solamente hablar del vaso medio vacío. Con mucha modestia y con muchas ganas de escuchar, la cátedra pretende poner en valor lo que las universidades de la Comunidad de Madrid hacen. E insisto, entender que somos globales porque hablamos español, nada menos pero tampoco nada más.
La historia tiene dos componentes cruciales es una ciencia y es un arte. Es una ciencia en el sentido en el que no hay historia sin fuentes, no hay historia sin cronología; es una flecha en el tiempo, es decir todo lo que tiene que ver con la evaluación científica de los hechos del pasado, con el acercamiento a las fuentes que son capaces de aportar información. Todo lo que la arqueología puede evidenciar de un paisaje cultural mediante una excavación; todo lo que nos puede contar un naufragio, un pecio, en el caso del patrimonio subacuático. Leer el pasado se tiene que hacer a partir de lo que la ciencia de aproximación al pasado permite calibrar.
Pero la historia es también una narrativa. La historia cuenta cosas, es una disciplina de no ficción y por lo tanto, cuanto mejor escribe un historiador, mejor será capaz de contar lo complejo que fue el pasado humano. Así que hay una correlación entre escribir bien y ser buen historiador, como me enseñó mi querido maestro John Elliott, y toda la escuela británica es muy tajante a la hora de educarte en la importancia de la narrativa. Un historiador es un escritor profesional. Es un contador de historias, en el sentido en que la historia es también una narrativa de interpretación de lo que ha ocurrido en el pasado.
Hay una vieja aproximación alrededor de la idea de que la historia la escriben los vencedores, pero también la escriben los vencidos. La historia oficial de lo que ocurrió en la América hispana en el siglo XIX la han acabado escribiendo más los vencidos que los vencedores. La historia de los vencedores está arrinconada a la historia de los patricios. La llamada historia oficial de la fundación de la república, la historia de los padres fundadores de las repúblicas hispanoamericanas actuales.
Creo que esto es una frase repetida muy del mayo del 68, pero la historia no la escriben los vencedores, es mentira, porque la escriben los historiadores y desde su perspectiva se ha recuperado la historia de un molinero del norte de Italia, como hizo Carlo Ginzburg [autor de El queso y los gusanos: el cosmos de un molinero del siglo XVI], o un soldado que está en una batalla, o también lo que piensa un general. Y en ese sentido, creo que el impacto de todo lo vinculado con la narrativa visual, ha ayudado mucho a que la historia adquiera perspectivismo. La historia de una batalla ya no se puede contar solo desde el punto de vista de un general, sino que hay contarla también desde el punto de vista de un soldado. Y ese perspectivismo ha diluido algo que (insisto, creo que nunca existió) y es la idea de que la historia la escriben los vencedores… la historia la escribe la sociedad civil.
La aproximación a la historia forma parte de la educación cívica en nuestras sociedades democráticas y, por lo tanto, la historia es lo que cada uno quiere interpretar en su intento por entender el mundo y por desarrollarse como ciudadano. Hay una correlación entre la ambición de entender las sociedades humanas y la capacidad de la historia para aportar ahí elementos cruciales.
Yo creo que existe una mirada al mundo hispana, particular; y los apologistas de cierto cine de Hollywood lo llaman el ser latino, el comportarnos como latinos. Eso es una identificación con unos elementos de conducta estereotípica previstos. Yo creo que sí existe esa mirada particular. La globalización tiene que ver con los imperios, y el imperio español, que fue la matriz de la primera globalización, definió elementos como el apego a la familia extensa; la comunicación emocional; la dificultad para crear instituciones perdurables, y la facilidad, en cambio, para crear redes sociales. Somos muy amigueros (utilizando una palabra del español americano), pero somos muy malos haciendo instituciones. Queremos enseguida empezar desde cero con otra Constitución, que es otra utopía imposible de cumplir, como si eso fuera a servir de algo. Y por supuesto, la matriz de comportamiento vinculada con el idioma, porque el idioma es una visión del mundo. Y la religión católica, el providencialismo cristiano y católico forma parte de la manera compartida de ver el mundo en el cual nos hemos formado.
Es cierto que los tópicos de la ficción distorsionan la imagen de Hispanoamérica. Las películas de Hollywood están llenas de mentiras, las teleseries sobre narcotraficantes están llenas de mentiras y la visión de la leyenda negra que nos convierte a los malos de la película por obligación, es mentira. En la creación de tramas y en la industria cultural de la ficción, para que haya un bueno tiene que haber un malo, para que haya luz tiene que haber oscuridad. En ese contexto, a un habitante del Medio Oeste de EE.UU. o a un señor del sur de Alemania le viene fenomenal pensar que en España somos gente malísima, gente que no paga las multas, gente que no va a votar y que somos Estados fracasados, porque así se siente mucho mejor. Es una operación de creación del exotismo. Y allí seguimos condenados porque no somos capaces de creernos que somos otra cosa y que estos son ficciones. Tendríamos que empezar por distinguir la mentira de la verdad, la ficción de la no ficción. No tenemos que ser reactivos en exceso, pero sí tenemos que ser capaces de contar nuestra propia versión. Las guerras culturales no se pueden perder por incomparecencia; hay que comparecer y contar nuestra versión de lo que ocurrió y en eso es en lo que estamos.
Respecto a libros que reflejen la realidad de Hispanoamérica, yo diría que si usted va a viajar a Colombia, no lea Cien años de soledad para preparar su viaje y hacer buenos negocios. Si quiere venir a España, no lea la Carmen de Mérimée pensando que esto es Andalucía… ya vale de que somos el país del abanico y la siesta, aquí se trabaja mucho. Hay que huir de las atmósferas tóxicas para preparar los escenarios.
Me permito recomendar Delirio americano del colombiano Carlos Granés. Es una historia cultural y política de los siglos XIX y XX en la América hispana, que actualiza muy bien los viejos problemas de lo utópico, del providencialismo, de la manía de hacer una revolución para empezar desde cero, que ya sabemos que es el camino directo al fracaso. Me permito recomendarlo como una gran sugerencia para acercarnos al día de hoy a la América hispana actual.
[Manuel Lucena Giraldo es doctor en Historia de América, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y profesor asociado del Instituto de Empresa/IE University y ESCP Business School Europe. Recientemente ha sido nombrado director de la Cátedra del español y la Hispanidad. Ha sido profesor visitante en la Universidad de Harvard, Lecturer BOSP en Stanford University e investigador y profesor visitante en Tufts University (Boston), Pontificia Universidad Javeriana (Colombia), IVIC (Venezuela), Universidad de los Andes (Chile y Colombia), Colegio de México y St. Antony’s College de la Universidad de Oxford.
Ha sido agregado de educación en la Embajada de España en Colombia y desempeñó cargos de gestión de educación superior. Es miembro de los consejos de redacción de Culture & History y Revista de Occidente. Forma parte del consejo asesor de National Geographic en historia global. Es miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia, de la Academia Colombiana de la Historia, y del comité de sección de la Academia Europea. Ha sido condecorado con la cruz de oficial de la orden del mérito civil y la cruz de plata de la orden del mérito de la Guardia civil.
Autor, entre otras obras, de Francisco de Miranda: el precursor de la independencia de Venezuela (1989); A los cuatro vientos. Las ciudades de la América Hispánica (2006); Ruptura y reconciliación: España y el reconocimiento de las independencias latinoamericanas (2012) y editor científico de Atlas of Spanish Exploration and Discovery (2017)]
Ofrecemos a continuación una entrevista a Francisco Javier González Errázuriz después de intervenir con una ponencia en la mesa redonda Vigencia del pasado, del I Congreso Internacional Hispanoamericano.
[Transcritas, y ligeramente editadas, las respuestas de Francisco Javier González Errázuriz son las siguientes]:
Cuando se habla de la vigencia del pasado en América no es fácil, porque para quien vive en Hispanoamérica, el pasado está tan presente, en lengua, costumbres. creencias, orden. A mí me dicen vigencia del pasado, pero si yo lo veo, está ahí, casi presente. Indudablemente se pueden decir cuáles son las manifestaciones de ese pasado que uno más puede resaltar. Por un lado, una herencia que es tradicional, y que es compartida por todo el mundo hispano, y que tiene que ver con un mestizaje, pero un mestizaje que no debe entenderse simplemente como lamentablemente lo es. No fue un asunto meramente racial, sino que fue un mestizaje, sobre todo cultural, de costumbres, de leyes, de creencias, de lenguas.
Está fundamentado, en el tema religioso; en el tema de la lengua y de un orden político que se traspasa desde la monarquía hispana y la institucionalidad que se da en la América española hacia el periodo republicano. Soy un convencido de que, aunque muchos digan que las independencias fueron una ruptura, no lo fueron en la práctica; fueron una separación que no es lo mismo.
Otro aspecto que me parece muy interesante destacar -que yo citaba en la ponencia, señalando el pensamiento del filósofo francés Gustave Thibon-, es que se piensa el mestizaje como unión, y la palabra unión no es exacta, porque unión de alguna manera implica la posibilidad de división. Thibon habla de unidad y en este caso el mestizaje nos puede llevar a algo que es mucho más fuerte que una mera unión de elementos. Es una fusión, es algo nuevo. Como decía un filósofo venezolano y ensayista, Arturo Uslar Pietri, lo que nace de Hispanoamérica es algo absolutamente nuevo. No es Europa, no es el mundo indígena, es algo nuevo que tiene esta característica de mestizaje étnico, pero sobre todo cultural.
Y a la par de eso hay que hacer otra distinción, que también uno puede ver una vigencia del pasado, no precisamente la herencia, sino la crítica. Los procesos de independencia se producen en prácticamente todos los países de Hispanoamérica, con una corriente muy crítica del pasado español. Es falsa pero, en parte, la puedo entender porque se trata de crear la idea de un Estado nación. Estamos creando algo nuevo y se rechaza un pasado. Pero es muy difícil rechazar un pasado cuando te estás rechazando a ti mismo. Tú eres lo que eres. Entonces ahí se produce una tensión que ha estado siempre presente en Hispanoamérica entre una realidad mestiza, étnica y cultural, frente a esta otra realidad de lo que no se quiere haber sido. Pero somos esta crítica frente a lo español y se habla de la leyenda negra y el dominio español en América, que son cosas estereotipadas y falsas. Y es lo que explica ciertos movimientos anti hispanistas que muestran una postura de rechazo al pasado. Pero vuelvo a insistir, como en la familia tú eres hijo de un padre. Tú lo puedes rechazar, pero jamás va a dejar de ser tu padre. En América pasa lo mismo. España nos dio algo y ese rechazo no tiene mucho sentido y es parte de esta búsqueda de nuevos modelo de respuesta. Por eso, América transita en esta tensión entre lo que es y lo que algunos quisieron que fuera.
Respecto a la responsabilidad de España en la pobreza de Latinoamérica, no creo que la riqueza o pobreza de las naciones se mida simplemente por un tema económico, hay muchas otras cosas importantes. Desde el punto de vista de los recursos, no se puede decir que América Latina sea pobre. Desde el punto de vista intelectual tampoco. España ahora está dentro de las grandes potencias, es un país desarrollado y lo ha hecho muy bien. América quizás no ha llegado a ese nivel, podría llegar. Y ahí viene de nuevo los efectos de esta tensión entre lo que América Latina es y lo que se querría hacer.
Si uno analiza la presencia del Estado español en América durante el Siglo XVII y sobre todo el XVII, uno ve una América muy desarrollada a nivel cultural, educativo, no vamos a decir industrial, pero sí agrícola. Uno ve después la América del siglo XIX, la América republicana, y ve una América sin un orden, con bastantes crisis, con la idea de que las constituciones son las que hacen la realidad, lo cual es falso. ¿Los problemas de América se deben a España o a nuestro propio problema republicano? Yo creo que se deben a nuestro propio problema republicano, precisamente porque quisimos cortar con un pasado que nos daba una identidad, una realidad, y se buscaron nuevos modelos. En el siglo XIX fueron modelos liberales, después modelos anglo-franceses, después incluso hubo cierto acercamiento con el modelo alemán, en el caso de. Chile. Y en el siglo XX tenemos el mismo problema: América que no se acepta a sí misma, y estamos continuamente mirando hacia afuera y buscando ideas que no calzan con la realidad de las naciones, su condición mestiza, su condición cultural, su propia idiosincrasia. Entonces la culpa de la pobreza no la tienen otros, la tiene el América al no aceptarse como es. Es ciencia-ficción o historia contrafactual, pero si no hubiera existido el fenómeno de la independencia me parece que el grado de desarrollo en América habría sido óptimo también. No niego que pueda llegar ahora a un desarrollo, pero a veces buscamos modelos que no son los que coinciden con la realidad.
Todo el mundo sabe que hubo abusos en la Conquista de América. La conquista fue hecha por seres humanos. Lo que no se puede hacer es darle un carácter institucional a problemas que tuvieron un rango particular, es decir personas que cometieron errores. Soy el primero en aceptar que, efectivamente hubo errores en la Conquista, como lo ha habido en toda la historia de la humanidad. Si tú me preguntas ¿hay algo que aceptar positivamente? Sí, hubo cosas buenas y también hubo cosas malas, hubo quienes actuaron bien y quienes actuaron mal. Lo que no acepto es darle el rango institucional a unos supuestos errores, porque en el fondo es culpar. Ante los problemas del presente, ¿hay que buscar el culpable en el pasado? No estoy de acuerdo con esta Historia revisionista que, por lo demás, no se asienta en las fuentes, Si uno va a las fuentes termina necesariamente hablando de una historia objetiva que muy distinta de la que quieren contar algunos con esta característica más bien revisionista y con mucho efecto político. Lo peor que hay, a veces, es un político hablando de historia… es algo bastante negativo o que puede terminar muy negativo.
Hispanoamérica es una identidad, una unidad, una realidad presente en la actualidad. Aunque muchas veces me cuestiono si es Hispanoamérica o Iberoamérica: la América hispana que habla español son 420 millones más o menos, pero tenemos un gran continente que es Brasil, una realidad lusitana. Por eso yo hablaría también de Iberoamérica, porque los portugueses tienen mucho que ver con la realidad americana y con la realidad de Península. Muchas veces Hispanoamérica se asocia al concepto historia, como algo pasado, pero Hispanoamérica es una realidad viva que tenemos que volver a potenciar. Tenemos que volver a unir, y cuando digo unir no significa no reconocer las diversidades. Somos distintos, como en Europa. Me topé con una persona en París y me dijo ¿usted vive en Chile?, y me dijo “yo tengo una hermana en Bogotá”. De acuerdo, pero usted comprenderá que son cosas distintas. A veces geográficamente se hace una amalgama, pero tenemos diversidad, y tenemos una unidad increíble.
España (la madre patria es una realidad) está llamada a liderar esta nueva convocatoria de resaltar lo hispanoamericano, o iberoamericano si se quiere, en términos más amplios. Somos en términos lingüísticos uno de los sectores más importantes, el cuarto o quinto en el mundo; en términos económicos de una potencia, lo que puede ser Europa a través de España y América algo muy importante. Hay mucho de lo hispanoamericano que puede aportar y no es que esté en contra el mundo anglosajón, pero creo que hemos estado demasiado tiempo callados, y podemos decir muchas cosas y aportar mucho en términos de realidad global actual.
Para conocer la realidad chilena a través de grandes lecturas, recomendaría a Gabriela Mistral, la obra completa. Ella hace un recorrido geográfico por Chile a través de la poesía, y es un premio Nobel y realmente notable. Y su poema Desolación francamente es algo que marca mucho. Como soy historiador, sería bueno que leyeran una historia contemporánea de Chile, para entendernos, porque no es fácil. Recomendaría La historia de Chile republicano del siglo XX de un historiador que se llama Gonzalo Vial. Y en términos literarios, la obra completa de Vicente Huidobro, un europeo chileno, que se rio de Chile, se rio de Europa. A mí me llama mucho la atención su obra en general.
Francisco Javier González Errázuriz es doctor en Historia por la Universidad de París I – Panthéon-Sorbonne. Actualmente ejerce la docencia como profesor titular de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de los Andes (Chile). Es, además, profesor de la cátedra de Historia de Chile contemporáneo y del Doctorado en Historia, donde imparte cursos de su especialidad y ha dirigido diversas tesis doctorales.
Sus investigaciones se centran fundamentalmente en la influencia europea en Chile e Iberoamérica durante el siglo XIX. Además de diversos artículos en revistas especializadas, recientemente ha publicado (en conjunto con el profesor Jon Martínez) el libro Familias empresarias y desarrollo económico en la Historia de Chile. Actualmente está trabajando en la elaboración de varios capítulos de la Historia de la República de Chile publicada y editada por la Academia Chilena de la Historia.
Ofrecemos a continuación la entrevista con el profesor mexicano Martín Federico Ríos Saloma, tras haber participado con una ponencia en la mesa redonda sobre La vigencia del pasado en el I Congreso Internacional Hispanoamericano.
[Transcritas, y ligeramente editadas, las respuestas de Martín Ríos son las siguientes:]
El pasado como tal está en el pasado y no existe. Pero sí que tenemos una serie de herencias que se pueden convertir en un tesoro compartido que debemos conocer, valorar y proyectar. En ese sentido, quizá la idea rectora sería que, a pesar de todo lo que parece que nos conocemos entre México y España, o entre España y la repúblicas latinoamericanas, aún hay un enorme desconocimiento marcado por los tópicos que aprendimos a ambos lados del mar en nuestras respectivas historias nacionales. De cara a los desafíos del presente y del futuro inmediato, lo que tenemos que hacer es traspasar esos tópicos y conocernos realmente en profundidad, porque más allá de esas diferencias de pronunciación, de acentos e incluso de comportamientos, hay una comunidad de sentimientos, de emociones, de formas de ser y estar en el mundo que compartimos a lo largo de América y por supuesto, con España.
¿Cómo podemos aproximarnos a la historia común de la conquista? De entrada, eliminando los prejuicios de todo signo, positivos y negativos. Segundo, acercándonos a las fuentes del siglo XVI, pero no sólo a las fuentes castellanas, sino también a las fuentes indígenas que en los últimos años han sido recuperadas por la comunidad académica. Y entender este proceso como un complejo proceso de negociación.
Me parece que hoy, después de todo lo que hemos averiguado a lo largo de este Bicentenario, estamos en posición de decir que lo que en principio ocurrió fue que en el actual territorio mexicano, existían dos grandes alianzas de pueblos, las del este y las del centro, en conflicto, por recursos, por sometimiento. Y en ese conflicto apareció la expedición cortesiana, que muy rápidamente supo entender la división y por lo tanto explotar esas divisiones. Y en sentido contrario, una de las alianzas supo reconocer la fortaleza que podría tener aliándose con Cortés. Y a partir de esos procesos complejos de negociación, en buena medida mediados por doña Marina, o Malintzin, se constituyó una gran alianza hispano-indígena que atacó a la Ciudad de México o Tenochtitlán. Y en esos complejos procesos de negociación fue donde se fue forjando la conquista y la futura Nueva España.
¿Cómo aprovechar las nuevas tecnologías para la difusión del conocimiento histórico? Estoy convencido que la pandemia ha dejado cosas buenas. Ciertamente, estas nuevas tecnologías ya no son tan nuevas. Tienen 20 o 30 años, pero la pandemia nos ayudó a explotarlas y ver su potencialidad. Como historiador profesional, estoy convencido de que uno de nuestros grandes desafíos es que no somos capaces de transmitir al conjunto de la sociedad los conocimientos generados al interior de la academia. Y esos vacíos son llenados por personas que no son especialistas en historia, pero que están respondiendo a la demanda de un público a ambos lados del mar por conocer su historia, su pasado. Y me parece que a ello obedece el auge de la novela histórica de todas las temporalidades.
Por lo tanto, el desafío sería cómo desde la Academia podemos generar productos de divulgación de alta calidad científica, con un lenguaje visual muy atractivo y que aprovechen estas nuevas tecnologías. Por supuesto, los videos serían la primera aproximación, lo cual implica una cierta producción. Pero tenemos otros medios. El podcast está siendo un magnífico medio para generar pequeños relatos, pequeños discursos que pueden ser escuchados en cualquier momento del día, en el automóvil en las horas de atasco; incluso los memes, se pueden hacer memes históricos; se puede utilizar Facebook como vía de construcción de conocimiento, lo cual implica también que el historiador aprenda nuevas formas de comunicación, porque no podemos hacer discursos de 20 minutos. Hay que ser muy sintéticos en las ideas y decir esto es lo que queremos transmitir. Además, tenemos que ser muy conscientes de que las nuevas generaciones están vinculadas a nuevas formas de aprendizaje y por lo tanto no sirve de nada lamentarnos. Antes leíamos más, pero ahora los muchachos están demandando esto y es a ese público juvenil al que tenemos que llegar. En su momento fueron los cómics, se podría retomar; pero creo que a través de Twitter, del tic toc, de los videos, podemos hacer mucho con estas generaciones.
El concepto de hispanidad es un concepto muy interesante, muy complejo, desarrollado a finales del siglo XIX y principios del XX, que en principio integraría a todas las naciones que comparten una historia con España. Hablamos prácticamente de la mayoría de las naciones latinoamericanas, quizás eliminando a Brasil, que pertenece más al mundo luso, y aquellos enclaves que fueron parte del imperio inglés y del imperio francés, como podría ser Belice.
Esa hispanidad está anclada en tres elementos fundamentales: primero, la lengua, que nos permite entendernos a ambos lados del mar y a lo largo de todo el continente. Segundo, la historia compartida a partir del siglo XVI. Y tercero, una serie de valores dados por el cristianismo y por la forma de entender el mundo a partir de ese cristianismo en su vertiente católica. Hoy día hay en América Latina una serie de iglesias de naturaleza evangélica, pero la mayoría de la población latinoamericana sigue siendo católica; y eso va a generar unas concepciones sobre el tiempo, un calendario festivo, unas formas de relación, unas festividades particulares que compartimos a ambos lados del mar.
El reto fundamental para integrar esa hispanidad, esa comunidad de sentimientos, es el mutuo conocimiento y un reconocimiento sincero a partir de la eliminación de los tópicos y los prejuicios. Y ello pasaría necesariamente por enriquecer los programas de estudio de todos los países, para darle un contenido importante al pasado previo a que estuviéramos integrados en la misma monarquía; a la propia monarquía hispánica; y a la historia que corre paralela a partir del siglo XIX. Y en segundo lugar, fomentar el turismo. Creo que el turismo es una de las mejores vías de conocimiento del otro, además de que genera riqueza, que genera ingresos para las poblaciones locales. Crear un turismo sostenible, por supuesto, bien organizado. Pero me parece que al conocer los espacios, los edificios, el patrimonio común haríamos mucho.
Y lo tercero, fomentar los intercambios de estudiantes y de profesores. Sin duda existen, pero ¿por qué no hemos logrado constituir un Erasmus hispanoamericano, por ejemplo, como el que se tiene en Europa? Eso significaría que tanto los alumnos latinoamericanos como los españoles le diesen la misma importancia a las instituciones educativas de nivel superior que se las dan al mundo anglosajón o en Francia. Y decir qué maravilloso sería que un chico de Madrid o de Zaragoza decidiera en lugar de ir a París o a Milán, venirse a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) o a la Universidad de Buenos Aires a pasar seis meses y conocer e interactuar con esa cultura. Últimamente se han limitado mucho los intercambios a nivel posgrado, másters y doctorados, pero creo que si lo hacemos desde bachillerato, sería una forma maravillosa de auto y reconocimiento como me ocurrió a mí.
Respecto a la relevancia de El libro de los conquistadores hablo por experiencia propia, pues es un libro que concebí cuando hacía el doctorado en Madrid en Historia Medieval y veía con mucha nitidez que en América era desconocida esta historia medieval peninsular. Había cuatro elementos (los Reyes Católicos, la Reconquista, Colón etc.), pero que no se conocían en profundidad las estructuras de la Castilla bajo medieval. Y me daba cuenta de que en mi departamento de medieval, era muy poco conocida la proyección de esas estructuras en el mundo americano… quizá lo tenían más claro los colegas de Historia Moderna. Entonces me planteé una idea muy sencilla, ¿por qué no hacer dialogar a medievalistas y americanistas de ambos lados del mar con el objetivo de poner en común esas experiencias académicas? Y la idea en el fondo era analizar los contextos a partir de los cuales los conquistadores que llegaron a América plantearon el conocimiento y el reconocimiento de la realidad americana. Y no podemos entender ese proceso de conquista cabalmente sin conocer qué aspectos de ese mundo castellano bajo medieval se proyectan en América.
Y no se trata sólo de elementos superficiales como el hecho de que Bernal Díaz recordara al Amadís de Gaula, sino cómo se están pensando las estructuras de poder, los vínculos de vasallaje, los vínculos de dominación, lo que significa reconocer un mundo que es nuevo en tantos aspectos geográfico, biológico, humano, cultural. Y eso permitiría comprender mejor la actuación de los conquistadores peninsulares, pero también de los propios grupos indígenas. Para ello congregue a medievalistas y americanistas de España, de Argentina, de Francia, de México. Quisiera resaltar que fue un volumen publicado, varios años antes del inicio de los centenarios. Es decir, que no fue un libro surgido al calor de la conmemoración, sino pensado a priori como un proyecto académico muy serio y riguroso.
Para comprender la realidad mexicana yo recomendaría, fundamentalmente la literatura. Comenzaría por alguna antología de los poemas de Sor Juana Inés de la Cruz, porque creo que es la que mejor representa esa mirada americana de la monarquía hispánica. Un segundo volumen sería el libro Los de abajo, de Mariano Azuela, una novela de la Revolución Mexicana que refleja muy bien los conflictos internos de ese México profundo de principios de siglo XX. Y sin duda, las novelas de Valeria Luiselli, una escritora mexicana contemporánea que refleja muy bien el problema de la migración, de los reacomodos y de cómo México se inserta ahora mismo en esos problemas complejos, problemas globales.
Martín Ríos Saloma estudió Historia en México, y se formó como medievalista en España (doctor por la Universidad Complutense de Madrid). Actualmente imparte cursos de licenciatura y posgrado en la Universidad Nacional Autónoma de México; y es investigador en su Instituto de Investigaciones Históricas.
Es autor, entre otras obras, de La Reconquista: una construcción historiográfica ; y coordinador de los volúmenes colectivos El mundo de los conquistadores , Historia y método en el siglo XX y Conquistas. Escenarios, actores y reflexiones. Nueva España.
“América es fusión, es mestiza» manifestó el historiador chileno Francisco Javier González Errázurriz (Universidad de los Andes) en el I Congreso Internacional Hispanoamericano, organizado por la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y la Universidad Francisco de Vitoria (UFV).
«Lo que nace allí es algo nuevo, es hispanoamericano, pero ese mestizaje no sólo es biológico o étnico, sino también cultural” añadió el historiador parafraseando al novelista y político venezolano Arturo Uslar Pietri.

González Errázurriz participó en una mesa redonda sobre La vigencia del pasado, junto con el profesor de Historia Global e investigador del CSIC, Manuel Lucena Gallardo, y el historiador mexicano Martín Ríos Saloma, moderada por Santiago de Navascués, profesor e investigador en UNIR.
Martín Rios: “La hispanidad es una comunidad de sentimientos compartidos, construida a lo largo de cinco siglos, en los que nos podemos reconocer”
“Desde la perspectiva científica de la historia, el pasado no existe, pero sí la herencia del pasado” señaló Martín Ríos, profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México. Pero en el caso de la América Hispana “esa herencia, el patrimonio común es aún muy desconocido”. Añadió que “la hispanidad es una comunidad de sentimientos compartidos, construida a lo largo de cinco siglos, en los que nos podemos reconocer. Entre esos sentimientos compartidos, destacan el tesoro de la lengua y la fe católica”.

Por su parte, el investigador Manuel Lucena puntualizó que “la historia es una narrativa, de no ficción, con sus reglas que tienen que ver con la verosimilitud, con las fuentes, con los hechos. Es una ciencia, y nada de eso tiene que ver con la memoria. La memoria es ahistórica o antihistórica”.
Manuel Lucena: “Sobre el pasado de la América hispana pesan prejuicios, estereotipos o verdades cansadas, como las llamaba George Steiner”
“Sobre el pasado de la América hispana, pesan -agregó- prejuicios, estereotipos o verdades cansadas, como las llamaba George Steiner”. Es el caso de “los estereotipos negro legendarios”, u otros como el “arcaísmo, el indigenismo, la pornomiseria (si puedo mostrar lo peor que somos, por qué mostrar solo lo malo) o el victimismo”.

Pero todo ello se puede contrarrestar, con el mundo que viene, que es “policéntrico y de redes paralelas”. La globalización, explicó el experto, “está basada en el intercambio, no en lo multicultural sino en lo intercultural”. “Hace falta una urgente globalización con acento hispano”, apostilló.
El I Congreso Internacional Hispanoamericano, Mundo hispánico-mundo global: memoria y futuro, organizado por la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y la Universidad Francisco de Vitoria (UFV), congregó entre los días 22 y 24 de junio a destacados especialistas de la historia, la literatura, el derecho y la geopolítica, de España e Hispanoamérica.
Ofrecemos a continuación una entrevista al escritor mexicano Juan Villoro, tras haber intervenido como ponente en la mesa redonda, El universo de las letras, del I Congreso Internacional Hispanoamericano
[Transcritas, y ligeramente editadas, las respuestas de Juan Villoro son las siguientes:]
Una de las cosas que pensamos que era interesante discutir en el encuentro es la relación entre la crónica, el periodismo y la literatura de ficción. Yo publiqué recientemente una novela, La tierra de la gran promesa, que trata de un documentalista, una persona que se dedica a cubrir la realidad en zonas de alto riesgo (por desgracia, en México casi todas las zonas son de alto riesgo); y él enfrenta un predicamento que es muy propio de todo cronista, de todo documentalista, que es ser testigo de algo en lo cual uno quiere tener una postura neutra; y de repente uno se ve involucrado en el suceso como testigo. Pero al ser testigo se puede convertir en denunciante y en cómplice de ciertas luchas de información. Él tiene la oportunidad de entrevistar a un capo del narcotráfico en una casa de seguridad, pero no todo el mundo te da facilidades para entrevistar a un capo del narcotráfico… ¿quién te facilita esa información? La persona que se lo facilita, obviamente tiene una agenda personal y, sin saberlo, el documentalista se vuelve representante, vocero de una causa que no es enteramente la suya; y al mismo tiempo se convierte en posible denunciante de este delincuente porque tal vez a causa de ese documental pueda ser detenido.
Entonces, una reflexión importante es los límites del periodismo, los desafíos que comporta en un país como México que es el más peligroso para cubrir noticias, de acuerdo con Reporteros sin Fronteras. ¿Cómo se puede trabajar esto desde la ficción? ¿Cómo la ficción puede complementar de manera subjetiva, de manera psicológica, las causas del periodismo?
Y el otro tema tiene que ver con la ciudad de donde yo soy, la Ciudad de México, porque escribí otro libro reciente, El vértigo horizontal, que es un retrato de la Ciudad de México. Es un mapa narrativo de esta inmensa ciudad. ¿Hasta dónde se pueden contar las ciudades de hoy? La experiencia humana ha hecho que sea algo único en la historia de la civilización que las ciudades hayan crecido de manera tan avasallante. Nunca, jamás en la historia de la humanidad habían crecido de esa manera ciertas metrópolis. Y la Ciudad de México no es la excepción. ¿Hasta dónde podemos narrarla, hasta donde podemos conocerla? ¿Qué puede hacer la crónica para dar cuenta de esta ciudad?
Respecto a los rasgos que permiten hablar de una comunidad, todos estamos hechos de identidades que son convenciones temporalmente aceptadas. Mi padre nació en Cataluña, mi madre en Yucatán, que son dos zonas culturales independentistas incluso. Las dos tienen características muy propias, no digo independentistas en su conjunto, pero mucha gente ha pensado que Yucatán debe ser otro país. De hecho, en México hablamos de la hermana República de Yucatán, un poco burlándonos de esta tendencia que tienen los yucatecos a ser muy suyos, a ser muy propios de sus propias raíces. Y Cataluña también tiene mucha gente que ha considerado que debería ser otra nación, otro país, tienen otra lengua. La mezcla de todo eso, en mi caso, se dio en México y yo creo que casi cualquiera de nosotros está integrado de un conjunto de mezclas culturales. La comunidad tiene que ver con esto y sobre todo la comunidad moderna debe ser una comunidad incluyente, tiene que reconocer que hay muchos modos de lo nacional.
No se trata de decir que un mexicano o un español prototípico debe ser sólo de una manera. Yo creo que el gran desafío de la modernidad es aceptarnos en esta diferencia y poder convivir justamente con estas riquezas que nos hacen más valiosos. Y ahí, en esa multiplicidad, hay algo muy rescatable. México tiene más de 60 comunidades indígenas, se hablan más de 60 lenguas originarias, muchas de ellas están en peligro. No hemos atendido lo suficiente a todas estas comunidades que son parte de nuestra riqueza y por ahí empieza este país multicultural y multinacional. Y por supuesto, toda la gente que ha llegado de lejos lo ha enriquecido.
Me gustaría pensar que lo que yo escribo tiene algo que ver con un escritor como Juan Rulfo, un narrador extraordinario, con escritores como Jorge Ibargüengoitia o Carlos Fuentes. [Este] fue un escritor muy importante para hablar de la Ciudad de México, su novela La región más transparente fue clave. Es imposible escribir literatura sin conocer los antecedentes. La originalidad no se trata de partir de cero, se trata de apropiarte de algo y transformarlo. Paul Valéry, el gran escritor francés, decía “originalidad, cuestión de estómago”. Todos nos alimentamos de otras cosas y lo importante es cómo las digerimos. Entonces todos estamos abrevando, alimentándonos de otros autores. Y me gustaría pensar que algunas de estas lecturas no han sido en vano en mi trabajo.
[Nacido en Ciudad de México en 1956, Juan Villoro estudió Sociología; trabajó como agregado cultural de la Embajada de México en la República Democrática Alemana y vivió en Berlín Oriental hasta 1984. Ha enseñado Literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México, y ha sido profesor invitado en las universidades de Yale, Boston, Pompeu i Fabra de Barcelona y Princeton.
Ha publicado libros periodísticos, como Palmeras de la brisa rápida: un viaje a Yucatán, Safari accidental, ¿Hay vida en la Tierra?, Dios es redondo, y El vértigo horizontal. Y colabora, entre otros medios, con Letras Libres, Reforma (México) y El País (España).
Como novelista, es autor de El disparo de argón, Materia dispuesta; El testigo, con la que obtuvo el Premio Herralde (Editorial Anagrama); Llamadas de Ámsterdam y Arrecife. Juan Villoro ha cultivado, además, el ensayo literario, el teatro, y la literatura infantil].
Ofrecemos a continuación una entrevista con Marcelo Gullo, que había participado en una mesa redonda sobre Francisco de Vitoria y la actualidad de la responsabilidad universitaria, en el I Congreso Internacional Hispanoamericano
[Transcritas, y ligeramente editadas, las respuestas de Marcelo Gullo son las siguientes:]
Cuando nos preguntamos sobre la actualidad del pensamiento de Francisco de Vitoria relacionado con la universidad y la responsabilidad que eso implica, es necesario reformular y preguntarse cuál fue el pensamiento y la clave axial del padre Francisco de Vitoria. Puede resumirse en una frase que dice “primero la verdad y después la caridad”. Y en otra clave de interpretación, se basa en decir que existe un orden natural que es reflejo de una ley divina. No hay derecho sin orden natural, y no hay orden natural sin ley divina, porque entonces se cae en un absoluto relativismo y subjetivismo. Hay que defender la verdad, y esta verdad debe ser defendida, como decía Vitoria, ante la autoridad religiosa o ante la autoridad política, si es que han fallado y no están en el camino de la verdad.
Y hoy la Universidad tiene que preguntarse cuál es su responsabilidad y su papel frente a un orden globalista que impone un pensamiento único, hegemónico, contrario al derecho natural.
Atribuyo el éxito del libro Madre patria, a que durante muchísimo tiempo España ha estado de rodillas ante un pensamiento único, hegemónico, que tiene como uno de sus pilares la hispanofobia, al decir que toda la historia de España ha sido un error, que la conquista de América ha sido un genocidio. Pero si uno comienza a analizar y ver la historia, se da cuenta de que, en realidad, la leyenda negra no es más que la obra más perfecta del marketing político británico, tendente a derrotar a España sobre el campo cultural, porque no había podido derrotarla sobre el campo militar. El éxito del libro se debe a esa cosa parecida que leíamos cuando éramos niños del cuento del rey estaba desnudo. Todo el mundo sabe que está desnudo, pero faltaba el coraje de decir “Señores, el rey está desnudo”. Es evidente que la leyenda negra es absolutamente una versión distorsionada de la historia de España, una versión mentirosa. Pero el temor a contrariar el pensamiento hegemónico, el pensamiento único ha llevado no a todos pero sí a muchos españoles al silencio. Mi obra está precedida de otras grandes obras, como la de María Elvira Roca Barea, y sale juntamente con el documental de López Linares, España, la primera globalización. Estas tres obras vienen a decir “El rey está desnudo”, y tienen éxito porque la gente dice sí, es evidente, “el rey está desnudo”, pero nadie se atrevía a decirlo.
Hay un rasgo principal que define la comunidad cultural heredada de España. La hispanidad no es una cuestión racial, nosotros no hemos creído nunca en la raza. La hispanidad está compuesta de hombres de color, de piel morena, de piel negra, de piel cobriza, con ojos redondos, con ojos oblicuos. ¿Y entonces qué es? Es la lengua, pero mucho más. La hispanidad es un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien a partir de la idea de libertad y justicia. Y cuando no se puede saber vivir practicando el bien porque no nos dejan, a saber morir con dignidad. Es decir, es una cultura que se basa en una idea fuerza de que todos los hombres son hijos del mismo Padre, hermanos en Cristo y que, por lo tanto, hay un sentido de trascendencia que conforma la cultura, como conforma la vida del hombre. En realidad podemos decir que la hispanidad no es otra cosa que el Verbo hecho carne. La catolicidad hecha se entiende pueblo.
Marcelo Gullo Omodeo (Rosario, Argentina, 1963) es doctor en ciencia política por la Universidad del Salvador y magíster en relaciones internacionales por el Instituto de Altos Estudios Internacionales (Universidad de Ginebra). Ejerce la docencia como profesor de la Universidad Nacional de Lanús, es investigador asociado del Instituto de Estudios Estratégicos de la Universidad Federal Fluminense (Brasil), y es asesor de la Cámara de Diputados argentina.
Es autor de numerosos ensayos, entre los que se puede destacar: La insubordinación fundante. Breve historia de la construcción del poder de las naciones; Insubordinación y desarrollo. Las claves del éxito y el fracaso de las naciones; y Madre patria (Desmontando la leyenda negra, desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán).
Ofrecemos a continuación el vídeo de la entrevista concedida por Enrique Krauze en el marco del I Congreso Internacional Hispanoamericano, celebrado en Madrid. Antes pronunció una ponencia titulada «Vigencia del mundo hispánico».
[Transcritas, y ligeramente editadas, las respuestas de Enrique Krauze son las siguientes]:
HE TRANSMITIDO dos ideas en esta conferencia inaugural del I Congreso Internacional Hispanoamericano, una relativa a la historia y otra a la lengua.
Yo no pongo en duda que nuestra historia compartida tuvo aspectos traumáticos, sobre todo en su nacimiento y en su origen. Traumáticos. Ponga usted los adjetivos que quiera. Toda conquista en la historia de la humanidad ha sido así. Pero al mismo tiempo, siempre he pensado que se trata de una historia compartida, porque a partir de esos hechos se construyó una cultura y hasta podríamos hablar de una civilización nueva. Y esta civilización o esta cultura, expresada en un haz de valores éticos, estéticos, intelectuales, culturales, literarios, religiosos, espirituales, vitales, de valores en general, es una construcción centenaria, es lo que nos ha llevado siglos.
Sin demeritar el aspecto dramático de ese nacimiento, de ese parto, ni tampoco sin dar valor a toda la grandeza de las civilizaciones que quedaron destruidas, yo he querido simplemente que no se olvide todo el aspecto constructivo. En primer lugar, de esa historia compartida reflejada en la lengua, pero sobre todo en el fenómeno cultural y social del mestizaje, que distingue a esta experiencia histórica de la anglosajona y que la distingue muy marcadamente de muchas maneras.
En la conferencia recordé que viniendo de una familia de inmigrantes que llegó a México de Polonia a principios de los años treinta, perseguidos ya por el régimen nazi, en México encontraron (mis abuelos, mis padres, mis bisabuelos) un espacio de libertad. Y esa libertad y esa posibilidad de integración y de convivencia es algo que también encontraron muchos otros refugiados en toda América Latina, incluidos los españoles desterrados de la guerra civil.
Esa vocación de libertad es muy antigua y tiene una raíz, una de sus raíces, en ese noble personaje que fue Francisco de Vitoria. Como historiador, he querido siempre que se recuerde también ese aspecto constructivo de nuestra historia, literatura y artes.
Hemos tenido muchos problemas en el ámbito de la política, en nuestro desencuentro con la democracia, en la desigualdad social y económica en tantos aspectos. Pero hemos sido muy fuertes culturalmente en las artes y en las letras, qué duda cabe. No veo un florecimiento similar en el siglo XX. Todos estamos todavía confundidos y preocupados por esta gran irrupción, no solo en Latinoamérica sino mundial, de la polarización de las redes sociales y de los populismos, de cualquier signo, de derechas o de izquierda. Estamos en un momento como de pasmo, como que todavía no encontramos los instrumentos para poder enfrentar, por ejemplo, la fuerza de la propaganda y de la mentira. ¿Cómo utilizar las redes sociales de manera creativa y constructiva? ¿Cómo volver a valorar el debate civilizado? Estamos en un momento, repito, oscuro, difícil. Pero a toda acción corresponde una reacción.
Espero que las nuevas generaciones vuelvan a confiar y a encontrar formas de hacer valer los valores esenciales de la convivencia, la civilidad y el debate. Yo le doy una enorme importancia a la palabra y a la práctica del debate, que no supone, desde luego, por esencia, estar de acuerdo, pero sí supone admitir la humanidad del otro; eso no se puede debatir. Nuestros pueblos han sufrido muchísimo por la incapacidad de debatir. No digo de comprenderse, de debatir. Muchas guerras civiles han tenido que ver con la incapacidad de debatir. ¡Ojalá inventemos formas nuevas de respetarnos y de debatir!
Lo fundamental de la historia o de la de la misión de la historia es conocer y ser objetivo. Sí, ante todo conocer. Imponerle a la historia de hace 500 años o 30 años la circunstancia o los valores del presente es una violencia. Para empezar, hay que pensar la circunstancia de aquel presente, con la incertidumbre que tenían aquellos protagonistas en aquel presente que no es este presente.
Hay tres variedades de la historia, decía un maestro mío muy querido, Luis González y González. Una es la historia de bronce. Otra es la historia crítica. Y otra la llamaba la historia anticuario. La historia del bronce es la historia de los héroes y las estatuas. Es la historia preferida de los gobiernos. Vamos a levantar estatuas a los héroes. Es generalmente una historia daltónica de buenos y de malos, de villanos y galanes. ¿Quién es el malo de la película? ¿Quién es el bueno de la película? Como en Hollywood, siempre tiene que haber uno malo y uno bueno. Esa historia no ayuda mucho. No ayuda al conocimiento.
Otra historia se empeña únicamente en criticar los acontecimientos del pasado. Confunde la historia con la Inquisición. Subraya sobre todo aquellos aspectos disruptivos y terribles en la historia. Es la historia favorita de los duros revolucionarios, de los guerrilleros. Tampoco ayuda al conocimiento. Esto no quiere decir que no haya que comprender la revolución francesa o la rusa.
La tercera variedad, que mi maestro modestamente llamaba anticuario, es aquella que lo que busca es entender el pasado en los términos del pasado. ¿Cómo fue? Comentaba Marc Bloch, un gran historiador francés, que le oía decir a su abuela cuando veía las querellas entre los que estaban a favor de Robespierre y en contra: «¿Por qué no me decís simplemente como era Robespierre?
Yo creo que el historiador tiene sobre todo que tratar de comprender cómo era. Esto es muy difícil. Requiere mucho estudio, mucha investigación. Nunca se llega a la verdad definitiva. Yo creo en ese tipo de historia y creo que nuestros gobiernos, y sobre todo los populistas, usan la historia para fines del poder. Y no me voy a referir a América Latina. Pienso que el uso de la historia que está haciendo Putin. Es una historia absolutamente mitológica. Kiev existió antes que Moscú, pero él está imponiendo una visión de la historia y transmitiéndola con el monopolio de información que tiene. ¿Y los rusos se lo creen o no? La de Putin es una combinación entre la historia de bronce y la historia disruptiva y crítica. Pero no tiene que ver con la verdad. El historiador debe perseguir la verdad.
Yo creo en la vigencia del mundo hispánico e hispanoamericano, pero no como una esencia, sino como una historia compartida. No creo en las esencias. Creo en la historia con sus vicisitudes y sus imperfecciones. Quiero decir, entonces, que nuestra historia compartida está llena de encuentros y desencuentros, de momentos traumáticos, terribles, dolorosos, que, por cierto, son además distintos en la experiencia de Colombia, de Perú y de Chile y de México. Porque tampoco es una esencia América Latina ni Hispanoamérica es una continente esencial. Pero sí creo que existen experiencias compartidas y valores compartidos.
Y subrayo mucho y he subrayado mucho, y me han criticado, el tema del mestizaje. Lo siento. Sigo creyendo en él. ¿Por qué? Porque es un dato inmediato. Cualquiera que vaya a los países iberoamericanos se da cuenta de que el mestizaje es una realidad. Y lo ha sido por siglos. Es una construcción de convivencia, no solo étnica y cultural, no solo en la comida, también en el trato.
Como hijo de inmigrantes recientes, emigrantes —yo nací en 1947 y solo 16 años antes habían emigrado mis padres desde Polonia—, soy un testigo y beneficiario de esa convivencia que implica el mestizaje. No puedo estar de acuerdo con equiparar, por ejemplo, los racismos que existen en la historia de Estados Unidos con la situación cultural y social de los países hispanoamericanos. Ahí tiene usted entonces un ejemplo de lo que yo llamo una cultura común, valores comunes en nuestra historia. En la lengua es donde habita, a veces en muy buena medida, ese espíritu y esos valores de convivencia.
Lo mejor del legado de España en América me sigue pareciendo —suena romántico muchas veces a ciertos historiadores de la economía o de la política— el espiritual. Viniendo de una familia judía, nadie me va a decir: «¡Este es un hombre de extrema derecha católica!». A mí me conmueve la espiritualidad del pueblo mexicano. A mí me conmueve la espiritualidad de las mujeres mexicana, me conmueve y es una espiritualidad que viene del siglo XVI y que plantaron los franciscanos cinco siglos. Está en las nanas que educaron a mis hermanos. Todavía existe y es una forma de convivencia. Y por eso en mi ponencia recordé cómo mis abuelos y bisabuelos no podían creer que podían caminar con libertad y hablar con libertad. Nadie se metía con él, ni por su religión, ni por el color de la piel. La población que venía de África, claro que sufrió esclavitud. Pero las aristas eran muy distintas que las de los Estados Unidos. El tema de la convivencia y de la convergencia étnica y cultural es el mejor legado de España en América. Y lo voy a defender siempre. No por ningún esencialismo católico hispánico. Yo he leído a Francisco de Vitoria y he leído a los clásicos del pensamiento español. Si usted me preguntara por el aspecto negativo del legado político español, le contestaría que la reverencia al poder absoluto no es una buena herencia. Pero social y culturalmente esa convergencia existe. Yo soy beneficiario. Mi familia es beneficiaria de esa convergencia. No puedo dejar de defenderla. Ha sido muy fiel a España y al legado de América.
En España, decía el historiador Hugh Thomas, quien solo conoce España, no conoce España. Y lo que me duele es que España, por razones muy complejas, entre ellas un sentimiento de culpabilidad, y la culpabilidad nunca sirve para la comprensión, ha estado muy centrada en los últimos decenios en Europa y muy ciega a lo que dijo y a lo que recibió de América. Yo creo que en España está todavía por descubrir todo lo que América le dio.
Desde la transición española comenzó a haber décadas de intercambio muy creativo y activo entre España e Iberoamérica. Para empezar, Iberoamérica despertó a la posibilidad de transición a la democracia cuando vio que España transitaba a la democracia. Pero además, hubo cada vez más presencia de empresas españolas en Iberoamérica, e iberoamericanas y mexicanas en España, y esto tenía una continuidad asombrosa. No tengo números, no soy un historiador de la economía, pero sí le puedo asegurar que era vertical el crecimiento y la presencia mutua.Y muy fecunda esto.
Algo ha pasado en el siglo XXI, a partir del 2004. España se concentró en Europa, se desentendió de América Latina, aunque las empresas han seguido. Ahora los populismos han hecho más difícil la convivencia y han querido incluso plantar la mala hierba de la discordia entre España y América, en particular en México. Fíjese usted que el quinto centenario del aniversario de la conquista (1521-2021), a pesar de la gran propaganda antiespañola oficial. No ocurrió gran cosa. No hubo una conmemoración como debió haberla habido, que no ocultara los aspectos duros, pero que hablara de nuestra historia compartida. Sin embargo, los pueblos seguimos visitándonos. Seguimos teniéndonos afecto y teniendo relaciones comerciales. Pero se están perdiendo años y oportunidades muy valiosas. Olvídese usted del poderío estadounidense. Los chinos están viendo muy claramente la posibilidad de ir avanzando en América Latina. Sí, España e Iberoamérica en lo económico, no pasan por un buen momento.
Mi revista cultural, Letras Libres, es un nicho, no es muy grande. Los escritores podemos muy poco. Pero los valores del pensamiento, del ensayo, de la crítica, los valores de la claridad, de la fundamentación… están ahí mes a mes.
Gabriel Zaid, escritor mexicano que yo admiro muchísimo, dice que la cultura es conversación. Esto es una conversación que se remite a la revista Vuelta, que fue nuestra antecesora, en la que trabajé con Octavio Paz. ¿Es una conversación muy influyente? No lo creo. ¿Es muy importante? Tampoco lo creo. Pero ocupa un lugar. Uno no hace una revista cultural para hacerse millonario. Uno hace una revista cultural para animar la conversación y las posibilidades de la libertad frente a caudillismo, populismo, dictaduras.
La libertad es como el aire. Se suele apreciar solo cuando se pierde. Muchos pueblos optan por populismos de cualquier signo. No importa la ideología. Lo importante ahí es el autoritarismo. Y la reverencia por el líder frente a las instituciones democráticas y la libertad. No cabe duda de que estamos en un momento muy difícil. Pero confío en la supervivencia de la democracia y la libertad en Chile, en Colombia, en Uruguay, en Argentina. Desde luego en Costa Rica. Porque Colombia tiene 200 años de tradición republicana.
Hay países más complicados. La vuelta de la democracia y la libertad en Venezuela es complicada. Perú y México tienen una situación de pronóstico reservado. No es fácil la situación del Perú. México no es un país particularmente con tradición republicana, democrática, liberal. Es un país muy autoritario. Solo tenemos 25 años de elecciones libres. Brasil pienso que va a preservar la libertad y la democracia. En el orbe iberoamericano la libertad padece, pero de distinta manera, en distintos lugares. Por lo tanto, mi diagnóstico no es enteramente pesimista.
Recomiendo, por último, una breve bibliografía que pudieran ser útil a un lector español para acercarse a América Latina. Hay un libro que se llama El continente olvidado, de Michael Reid, corresponsal de The Economist. Reid es observador y estudioso. Ha vivido en Brasil y en Perú. Conoce muy bien la región. Su libro es muy importante y está traducido al español. Hay otra Historia de América Latina, publicada por el Fondo de Cultura Económica, de Edwin Williamson, que es también el biógrafo de Jorge Luis Borges, el mejor biógrafo de Jorge Luis Borges. Esas son dos obras generales que yo recomiendo.
Infinito hablar de la literatura. Pero desde luego, sigo pensando que El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, es una obra esencial, escrita a mitad del siglo XX. El laberinto de la soledad sigue siendo una obra esencial.
Finalmente, un libro que seguro se conoce muy poco en España. El autor es mi maestro, el historiador Luis González y González. El libro se llama Pueblo en vilo . Es la historia de un pueblo en el occidente de México. Pero esa historia es una historia universal. Es toda la historia universal. Conociendo ese pueblo, uno conoce mucho lo que es la historia de México y creo que por extensión la historia de muchos pequeños pueblos en Hispanoamérica. Pero claro, estoy eligiendo el azar de un conjunto infinito.
[Enrique Krauze (Ciudad de México, 1947), ingeniero industrial por la UNAM (1969) y doctor en Historia por El Colegio de México (1974), ingresó en 1977 en la revista Vuelta (dirigida por el Nobel Octavio Paz) como secretario de redacción. En 1999 fundó la revista cultural Letras Libres, que recibió el Premio Nacional de Fomento de la Lectura en España en 2014. Ha sido profesor en las universidades de Oxford y Princeton. Es uno de los más importantes historiadores mexicanos de su generación.
Con el fin de presentar a las nuevas generaciones los valores, logros y aportaciones del mundo hispanoamericano, y para subrayar su extensión, importancia y proyección de futuro, la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y la Universidad Francisco de Vitoria (UFV) han organizado el I Congreso Internacional Hispanoamericano. Mundo hispánico-mundo global: memoria y futuro, que se ha celebrado los días 22-24 de junio de 2022 en Madrid].