El fin del correo postal como pequeño fin del mundo

¿Qué perdimos cuando dejamos de escribir y remitir cartas? ¿Qué supone el fin del correo postal tradicional? La imposible unión de Anna Juul y Pedro Salinas trae algunas respuestas

«Señora escribiendo una carta» (1665-1666), de Vermeer. Archivo en Wikimedia Commons, licencia PD-Art
Pilar Gómez Rodríguez

Anna Juul. Guionista y novelista danesa. Con frecuencia echa mano del humor satírico en sus obras.

Pedro Salinas (1891-1951). Su faceta más conocida es la de poeta, uno de los representantes de la Generación del 27 española. En este artículo se trata, sin embargo, en su calidad de ensayista.

Avance

Anna Juul desde el futuro y Pedro Salinas desde el pasado vienen a hablarnos del significado de escribir cartas y de lo que se pierde cuando se pierde la posibilidad de hacerlo. Todo ello a colación del final del modelo de correo postal tradicional que ya ha puesto en práctica Dinamarca. Algunos ejemplos y anécdotas que comentaba la guionista y escritora danesa Anna Juul en un artículo para The Dial devuelven a la actualidad las palabras del Salinas menos conocido, el ensayista, que en su Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar escribió sobre «lo mucho que se regresa con el progreso».

ArtÍculo

Vengo del futuro para… Es una fórmula con la que muchos mensajes en redes lanzan advertencias sobre distintos hechos. El texto de la guionista, novelista y humorista danesa Anna Juul en The Dial —una revista digital sobre cultura, política e ideas que publica artículos de autores de todo el mundo— responde a ese esquema, pero con la profundidad que permite el medio y la extensión. A finales de febrero escribía Juul sobre la desaparición de los buzones y el fin del correo postal tradicional en su país: cierre que se había echado a finales del año pasado.

A base de ejemplos y anécdotas, recordaba el espaldarazo definitivo que esto suponía para una digitalización completada con supuesto éxito en un país al que le gusta presumir de ello. Como efecto colateral, recordaba también en su texto el surgimiento de una clase de «desfavorecidos digitales» compuesta por «personas mayores y vulnerables, como cabría esperar, pero también por personas con oficios donde la labor manual sigue siendo protagonista, y que, por lo tanto, no habían tenido la necesidad de compartir toda su vida en el espacio digital». Para todos ellos, para todo el mundo, la obligación de usar «las más de 100 plataformas digitales dedicadas a los servicios públicos que actualmente saturan nuestra sociedad» se puede convertir en una tortura, garantía de expulsión del sistema. «Cada danés tiene, por ejemplo, un ‘buzón digital’ que debemos revisar. Si no lo hacemos, somos castigados», explica la autora que relata un ejemplo de cómo, si te descuidas en la fecha y no solicitas la correspondiente devolución, el Estado decide quedarse con un dinero que va reteniendo del salario de cada persona en un concepto que tiene que ver con las vacaciones1.

Pero la empresa que antes se dedicaba al correo general no ha desaparecido por completo. Se dedica a la entrega de paquetes. La autora lo critica: «La mayoría de las veces no lo entrega porque ‘no estabas en casa’, algo fácil de decir si nadie toca el timbre». Explica el ejemplo de su novio, cuyas compras online jamás fueron entregadas por dicha empresa. Resultado: «Tuvo que volver a comprar los mismos regalos en una tienda física a un precio mucho más alto, así que quizás PostNord simplemente estaba haciendo su parte para apuntalar el maltrecho sector del comercio minorista tradicional».

Más consecuencias sobre las que advierte una autora que viene de un futuro donde el correo postal tradicional ha desaparecido. Existe una nueva empresa que se encarga de que nostágicos y frikis recalcitrantes puedan seguir enviando cartas de sello y se llama Dao, pero «conseguir un sello se ha vuelto tan complicado (y caro) que ya no merece la pena. Ahora cuesta al menos 23 coronas danesas (3,60 dólares) enviar una carta dentro de Dinamarca (210 coronas si quieres asegurarte de que se entregue correctamente), y 46 coronas si quieres enviar algo plano, como una postal, a otro país».

La autora mantiene a raya la nostalgia: ella tampoco escribe cartas, sabe que el mundo de ayer no va a volver y se llama hipócrita a sí misma porque, en realidad, le encanta su iPhone con el que escucha música, trabaja, paga compras y seguro que escribe sin parar —y como todos— esos mensajes que han arrumbado definitivamente la ya extraña costumbre de escribir cartas.

Apuntes desde el pasado: Pedro Salinas

Pedro Salinas: El defensor. Alianza editorial, 1983

Pero cartearse «no es hablarse», escribía Pedro Salinas en su no muy conocida faceta de ensayista. La practicó en el libro El defensor (1948), donde ejercía con vehemencia lo que prometía el título en el caso de la escritura epistolar. La carta es la nueva rueda, dice, porque inventa una manera distinta de comunicarse con uno mismo y con los demás. Es «un entenderse sin oírse, un quererse sin tactos, un mirarse sin presencia, en los trasuntos de la persona que llamamos recuerdo, imagen, alma. Por eso me resisto a ese concepto de la carta que la tiene por una conversación a distancia, a falta de la verdadera, como una lugartenencia del diálogo imposible […]. Asimilar escritura epistolar a conversación es desentenderse de la originalidad pasmosa, de la novedad absoluta, con que aumenta la carta este negocio de las relaciones entre persona y persona».

Para empezar, hay que tener en cuenta que, durante la inmensa mayoría de la historia, marcharse de la familia o el entorno donde hubieras nacido a buscar sustento, trabajo —buscarse la vida, al fin…— era morirse un poco. Hasta la aparición del sistema de correo postal nadie sabía si aquella distancia sería revocable. Pero un simple sobre y un sello traía de vuelta a la vida a aquellas personas que se habían separado, pero que de nuevo quedaban unidas… pese a la distancia. Todo un milagro.    

Una vez da cuenta en su ensayo de este contexto, Salinas va recorriendo distintos aspectos de la escritura epistolar. El primero se refiere al destinatario, que, en primer término, no es el tú al que se dirige la misiva, sino su autor. «Nosotros dirigimos una misiva a una persona determinada, sí; pero ella, la carta, se dirige primero a nosotros». Bien sabe el autor que escribir cartas independientemente del destinatario es una forma de autoconocimiento: «Cuántas veces se han dejado caer pensamientos en un papel, como lágrimas por las mejillas, por puro desahogo del ánimo, enderezados más que al destinatario al consuelo del autor mismo. Es esta la forma esencialmente privada de la carta, la privadísima».

Están alineadas con estas palabras las tesis más actuales que defienden la superioridad intelectual del escribir a mano tanto para la fijación de conceptos en el terreno educativo como para la aclaración personal en el campo psicológico. En tiempos de dispersión, una carta es el mejor ejercicio de atención. En tiempos de aceleración, la carta se rige por «la moral del ebanista». Y aquí Salinas cuenta una anécdota que desvela una imagen impagable; la del poeta que era urgiendo a quien se estaba retrasando en la entrega de algunos muebles que le había encargado… «Yo, con crueldad fría de intelectual, le acoso a raciocinios, le acorraló entre fechas. Y ya, por fin, como alumbrado desde la altura, él pronuncia su inmortal apotegma: ‘Misté, don Pedro, a los muebles hay que darles lo suyo’ […]. Me callé la boca y, vencido, me volví a mi casa desamueblada de trastos, sí, pero desde entonces enriquecida con esa joya de la humana sabiduría».

Pues sí, a las cartas hay que darles lo suyo y también, en otro sentido, a quienes alegan, como un mantra, no tener tiempo para nada, «haraganes, que nada hacen y nada tienen que hacer, se dan tono de no disponer de un minuto». Quienes ahora no son capaces de dejar el móvil cuando están en humana compañía le hubieran llamado la atención a Salinas, ya que en su tiempo recordaba la mezcla de cortesía y sabiduría que prohíbe «estando con amigos mirar descaradamente el reló. Es un buen indicio de que el hombre no ha perdido aún la vergüenza».

El Salinas más actual se fija también y escribe sobre las «cartas enlatadas» que encontraba, por ejemplo, en los hoteles, donde el remitente, a partir de una plantilla, solo debía subrayar las palabras que consideraba más adecuadas entre varias opciones y alguien se encargaba de rematarlas por él y enviarlas. Esta escritura a rayas y símbolos lleva a Salinas a pensar en los primeros símbolos gráficos. Frente a esta escritura originaria y básica, por un lado, y frente a los mensajes impersonales que ya se empezaban a transmitir en lo que el autor llamaba «la carta impresa» —algo seguramente parecido a las tarjetas de felicitación actuales, que se compraban «para ocasiones excepcionales, casi siempre jubilares: nupcias, bautizos, cumpleaños»—, Pedro Salinas hace un inesperado elogio de la errata y los errores humanos porque «no importaba, probablemente, la significación precisa y literal de cada vocablo, sino el mensaje, la voluntad de amor, significada en la totalidad del papel, en su color, en la sirena, en la forma versificada. ¡Cómo relumbra esta carta del analfabeto puro, con tanta chispa de antigua y eterna delicadeza espiritual, junto a la enlatada epístola, la de la raya, la del cavernícola!». Esa es exactamente la última excentricidad surgida al calor del uso de la IA: fingir errores para parecer y reivindicar la humanidad frente a la máquina.

No tan clarividente ni tan actual se muestra al analizar por qué las cartas son un género literario en el que las mujeres han destacado históricamente —dedica numerosas páginas a la correspondencia entre Madame de Sévigné y su hija— ya que afirma, por ejemplo, que «en su conversar son las mujeres amicísimas de variar de tema, y prefieren una cierta volubilidad en sus pláticas […], en lugar de insistir sobre uno, hasta el fondo, como suele suceder en los coloquios entre hombres. La carta sirve con docilidad a este tipo de discurso».

En su extenso análisis —más de cien páginas tiene el primer capítulo de El Defensor—, Pedro Salinas deja la aproximación sociológica y se mete también a crítico de arte. Allí, hace la obligatoria y gozosa parada en la obra de Vermeer. Que de unos 40 cuadros —da el dato Salinas— seis giren alrededor de las cartas (su llegada, la lectura, la escritura) delata el gran interés que el pintor tenía por representar el misterio de la correspondencia. «Todos los creyentes en la carta, en su culto, habríamos de ponernos humildemente bajo la guía de este patrono: que él nos dirija la mano que escribe, los ojos que leen, el alma que quiere, cuando deseemos vencer ausencias», escribe Pedro Salinas convertido en Cofrade Mayor de la hermanad del culto epistolar.

  1. Según la Consejería de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social en Dinamarca (Ministerio de Trabajo y Economía Social), si tienes un contrato por horas, no recibirás tu salario mientras estés de vacaciones, sino que recibirás una suma que se ha ido depositando por tu empleador en tu Feriekonto. Esa suma se denomina Feriepenge (paga de vacaciones), y equivale a un 12,5% de tu sueldo. ↩︎

La imagen del artículo es la obra de Vermeer Señora escribiendo una carta (1665-1666). Se conserva en la National Gallery of Art de Washington, EE. UU. El archivo está en dominio público bajo licencia PD-Art. Se puede consultar aquí, en Wikimedia Commons.