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Ver productosLa batalla legal por el control de OpenAI (ChatGPT) ha terminado con una clara victoria para el CEO de la compañía

19 de mayo de 2026 - 6min.
Avance
Estaban en juego 150.000 millones de dólares y un duelo de egos monumental entre el hombre más rico del planeta y el responsable de la empresa privada más valiosa. Al fondo, también se dirimía el futuro de la inteligencia artificial. El juicio entre Elon Musk y Sam Altman por el control de OpenAI (empresa creadora de ChatGPT) ha terminado, al menos en primera instancia, con una clara victoria para el segundo, CEO de la compañía.
Un jurado federal de 9 personas deliberó durante menos de dos horas en Oakland (California) antes de decidir por unanimidad que el demandante esperó demasiado tiempo para presentar su denuncia, según informa AP. El juicio se decidió por detalles técnicos y no resolvió el fondo del asunto. Elon Musk, cofundador de OpenAI en 2015, sostenía que la organización había traicionado su misión original: desarrollar la IA sin ánimo de lucro y «en beneficio de la humanidad».
El propietario de Tesla, SpaceX, X y xAI recurrirá, pero los expertos consideran improbable que pueda darle la vuelta a esta batalla legal. Para OpenAI es una victoria evidente: podrá preparar una posible salida a bolsa, atraer inversión y reestructurarse.
Para los simples seres humanos, las consecuencias están menos claras. No es una fuente fiable, como sabemos bien, pero incluso ChatGPT admite algunos de los riesgos que genera el veredicto a favor de su dueño: «Concentra muchísimo poder económico, político y tecnológico en muy pocas manos» y existe un «claro incentivo a priorizar crecimiento sobre seguridad». Todo esto ocurre en el contexto de una «opacidad evidente», mientras se crea algo parecido a un monopolio, con una influencia cultural e informativa gigantesca, que va más allá de su capacidad de ganar dinero.
ArtÍculo
La batalla judicial por el control y el futuro de OpenAI ha durado apenas tres semanas. Se enfrentaban dos magnates de Silicon Valley, con el mundo entero como testigo y, por supuesto, sin derecho a voto. Nueve miembros de un jurado tenían la responsabilidad de resolver un caso en el que se decidían algunas de las líneas maestras del futuro de la inteligencia artificial, una tecnología que nació envuelta en promesas idealistas y que hoy avanza impulsada por cantidades gigantescas de capital privado, infraestructuras industriales y rivalidades geopolíticas.
El jurado federal falló a favor de OpenAI y de su consejero delegado, Sam Altman, y rechazó las acusaciones, pero no porque fueran infundadas, sino porque se presentaron fuera de plazo. Elon Musk sostenía que la compañía había traicionado su misión original, creada en 2015 como una organización sin ánimo de lucro orientada al «beneficio de la humanidad». Según declaró, OpenAI se había acabado transformando en una empresa comercial dominada por intereses económicos, estrechamente vinculados a Microsoft.
Más allá del componente personal del conflicto —agravado por la creciente hostilidad entre los dos magnates— el caso planteaba una cuestión mucho más profunda: quién debe controlar la infraestructura intelectual del futuro. Y si hablamos de dinero, Wall Street, «siempre recelosa ante la agitación y la incertidumbre, probablemente suspiró con alivio», como informa The Guardian. La profesora Sarah Kreps, directora del Instituto de Política Tecnológica de la Universidad de Cornell, calificó la sentencia como «un reflejo de la dura realidad: desarrollar IA de vanguardia es costoso y mantener la condición de organización sin ánimo de lucro no es viable ante una competencia feroz, que requiere grandes inversiones de capital».
En efecto, la historia de OpenAI es aleccionadora. La organización nació hace una década bajo un discurso casi filantrópico, evitar que la inteligencia artificial avanzada fuera monopolizada por grandes corporaciones o gobiernos. Entre sus fundadores figuraban Musk, Altman (consejero delegado), Greg Brockman (presidente) y otros empresarios e investigadores preocupados por el posible impacto de la IA.
El desarrollo de modelos cada vez más sofisticados transformó rápidamente aquel idealismo en una carrera industrial. Entrenar sistemas como GPT-4 requiere enormes centros de datos, chips muy costosos, miles de ingenieros y cantidades ingentes de energía. La investigación en IA se ha convertido en una actividad reservada a compañías capaces de movilizar decenas de miles de millones de dólares.
Mientras se abría este abismo entre ellos, Altman y Musk fueron desarrollando una rivalidad tremenda, en la que profundiza The Washington Post. El artículo de Gerrit De Vynck define al primero con una frase de un antiguo mentor: «Podrías lanzarlo en paracaídas a una isla llena de caníbales, volver cinco años después y él sería el rey».

Algunas de las fuentes consultadas también cree que su victoria judicial tendrá efectos secundarios. James Rubinowitz, un abogado de Nueva York norelacionado con el caso, advirtió hace días que, aunque el fundador de Tesla y SpaceX perdiera el juicio, como ocurrió, «Altman ha perdido la batalla pública: no se puede llevar al estrado a tu científico jefe, a tu director técnico y a dos antiguos miembros del consejo de administración para que te tachen de mentiroso y salir indemne de ello».
Pese a todo, la batalla legal avala con claridad las tesis de Altman, quien defiende que desarrollar inteligencia artificial avanzada exige un nivel de inversión incompatible con un modelo de negocio sin beneficios. Según su visión, la comercialización de productos y la entrada masiva de capital privado no representan una traición, sino una necesidad práctica. El veredicto fortalece dicha posición. OpenAI sale reforzada y obtiene margen para profundizar en su expansión empresarial, atraer nuevas inversiones e incluso preparar su salida a bolsa. Ahora, podrá consolidar un negocio a escala gigantesca.
La victoria de Altman ha reactivado una preocupación creciente entre expertos, reguladores y parte de la comunidad tecnológica: la concentración de poder alrededor de la inteligencia artificial. Es un debate económico, con implicaciones más profundas. Las grandes plataformas de IA empiezan a convertirse en intermediarios del conocimiento, en asistentes laborales y en recursos esenciales para el entorno educativo. Su influencia sobre la información, la productividad, la cultura y la política es cada vez más grande e inevitable.
Preocupa, por tanto, que los modelos más avanzados estén controlados por un número muy reducido de empresas: OpenAI, Google DeepMind, Anthropic, Meta y xAI. Todas ellas, no por casualidad, tienen infraestructuras multimillonarias y operan bajo fuertes incentivos competitivos.
El riesgo principal que ha nutrido durante décadas la ciencia ficción era la rebelión de las máquinas, pero el peligro inminente es mucho más prosaico: la gradual consolidación de oligopolios tecnológicos capaces de influir sobre el acceso al conocimiento y la economía digital.
Es curioso, porque si les pides un resumen de lo ocurrido a ChatGPT y a Grok, inteligencias artificiales dirigidas por las empresas de Elon Musk y Sam Altman, ambas citan una expresión repetida por algunos expertos: la «carrera armamentística» de la IA. Grok advierte: «Musk seguirá compitiendo agresivamente con xAI, y otros jugadores (China incluida) acelerarán. Esto puede llevar a menos colaboración y más secreto, lo que paradójicamente aumenta riesgos de seguridad».
ChatGPT corrobora, lo que quizá sorprenda: «En un entorno así, la presión comercial puede empujar a lanzar modelos antes de tiempo, minimizar riesgos o reducir los márgenes de prudencia». Pero también matiza a su rival: «Paradójicamente, incluso quienes critican el modelo dominante participan de esa misma dinámica. Musk acusa a OpenAI de haber abandonado sus principios fundacionales, pero su propia compañía, xAI, compite agresivamente por desarrollar modelos frontera y captar inversiones multimillonarias».
Los abogados de Elon Musk anunciaron enseguida que recurrirán la sentencia. Una hora después de conocerla, el empresario arremetió en las redes sociales contra la jueza Yvonne González Rogers. La calificó de «jueza activista, que simplemente utilizó al jurado como excusa» para una decisión que «sienta un precedente terrible». No obstante, los expertos consideran improbable que pueda conseguir resultados positivos con la apelación.
En un gesto significativo, ni Elon Musk ni Sam Altman estaban en la sala cuando se leyó el veredicto.
La imagen de Elon Musk fue tomada por Gage Skidmore en el homenaje a Charlie Kirk en Glendale (Arizona). Tiene licencia Wikimedia Commons y se puede consultar aquí.
La fotografía de Sam Altman es de una charla TED. Fue realizada por Steve Jurvetson el año pasado y puede encontrarse en este enlace.
Este artículo fue elaborado por Federico Marín Bellón, con información publicada en The New York Times, The Washington Post, The Guardian, TechCrunch y la agencia AP.