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Ver productosCarlos Rodríguez Braun se remite al investigador Nima Sanandaji para refutar la tesis de que la riqueza y la cohesión social sean fruto de impuestos elevados y un Estado omnipresente

12 de mayo de 2026 - 4min.
Avance
El prestigio de la socialdemocracia sueca parecía incontestable durante la segunda mitad del siglo XX. Era «el estándar global del Estado de bienestar: impuestos altos, servicios públicos universales y un gobierno omnipresente. En los años 70 y 80, los socialdemócratas suecos presumían de haber creado el sistema más igualitario del mundo», glosa el catedrático de Economía Carlos Rodríguez Braun en el artículo Normalidad escandinava, publicado en Expansión. Pero la crisis que padeció el país nórdico, a comienzos de los años 90, fue tan profunda que el gobierno tuvo que desmantelar gran parte del Estado de bienestar y adoptar reformas de libre mercado.

La tercera vía socialista no funcionaba. Lo explica el investigador sueco de origen kurdo Nima Sanandaji en su libro Scandinavian Unexceptionalism. Culture, Markets and the Failure of Third-way Socialism, a cuyos argumentos se remite Rodríguez Braun. Pero también lo dijeron los resultados económicos, lo dijeron las urnas (los socialistas acusaron el golpe en los comicios suecos, pero también sufrieron la debacle homológos suyos de países como Alemania, Francia e Italia), y lo dijeron hasta los intelectuales de izquierda, como el catedrático de Sociología Goran Therborn, que detalló la crisis de identidad del socialismo democrático en New Left Review
Por una extraña inercia, algunos sectores siguen presentando a Suecia como un caso de éxito socialdemócrata, cuando en realidad abandonó ese modelo hace tres décadas, y hoy es un «país más capitalista que muchos europeos, con privatizaciones, impuestos reducidos y un sector privado dinámico». Tom Fearless ha llegado a afirmar recientemente en The Wall Street Journal que Suecia ha protagonizado «la transformación capitalista más sorprendente del mundo». Sin embargo, en el imaginario colectivo, cunde la idea de que es posible la prosperidad económica y la cohesión social gracias a un modelo de altos impuestos, intervencionismo estatal y políticas redistributivas, y que siempre será más eficaz, más justo y solidario un Estado fuerte que el mercado. Rodríguez Braun lo refuta: «Como dice el tango: mentira, mentira. La tercera vía socialista, como cualquier vía socialista, tampoco funcionó allí. Los escandinavos, alabado sea Dios, son normales»
Siguiendo a Nima Sanandaji, desmiente que la prosperidad y la cohesión suecas fueran fruto del intervencionismo. Una parte de esos éxitos son atribuibles a valores como la ética del trabajo y la responsabilidad individual, tan acendrados en los países nórdicos desde hace siglos —«y los hemos visto reflejados cuando emigran, por ejemplo, en las películas de John Ford»— apunta Braun. Lo cual rindió apreciables frutos que precedieron al Estado de bienestar: «El éxito de los países escandinavos es el éxito del mercado libre durante el periodo anterior a los años 1970, y nuevamente en años más recientes», indica Sanandaji. «No se hicieron ricos gracias al socialismo: eran ricos antes, gracias al capitalismo», apostilla Braun.
Y el ensayo de la fórmula socialdemócrata entre los años 70 y 90, se saldaría, a la larga, en «una catástrofe»: «Ninguna de las 100 mayores empresas por número de empleados fue fundada en Suecia después de 1970. Y entre 1950 y 2000, aunque la población del país pasó de 7 a casi 9 millones, la creación de empleo neta en el sector privado fue prácticamente cero». Los indicadores económicos, sociales, sanitarios, etc., empeoraron: «el grueso de las conquistas de mayor igualdad tuvo lugar antes de la introducción de grandes sectores públicos y elevados impuestos». Lo que sí generó el modelo sueco fue absentismo laboral y fraude en las prestaciones públicas. A todo ello se añadió después la mala integración de los inmigrantes, cuyo desempleo es superior al de los nativos, en todos los niveles educativos.
Es precisamente «el fracaso del socialismo lo que ha impulsado el cambio en tiempos recientes, con reformas liberalizadoras en diversos campos, desde la enseñanza hasta las pensiones, pasando por el mercado de trabajo», observa Braun. Aunque los impuestos siguen siendo elevados, como reconoce Sanandaji, ya no son mucho más gravosos que la media de la Unión Europea, mientras que la liberalización de los mercados ha evolucionado a más velocidad que en los demás países desarrollados. Y el país se ha convertido en un bastión de la innovación, un supermodelo de futuro para otros, como indicaba The Economist en 2013. De esta forma, la «decadencia nórdica ha sido revertida», concluye Braun.
Este artículo de Nueva Revista sintetiza los argumentos principales que expone Carlos Rodríguez Braun en el artículo Normalidad escandinava, publicado en Expansión el 9 de mayo de 2026, y que reproducimos por gentileza del autor. Se completa con ideas de Goran Therborn en New Left Review; Tom Fairless en The Wall Street Journal; y The Economist.
Foto: Muelle de Estocolmo, de Øyvind Holmstad, archivo de Wikimedia Commons con licencia CC BY-SA 3.0 Se puede consultar aquí.