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Ver productosRafael Termes analizó la compatibilidad de la ética cristiana con el sistema capitalista

18 de mayo de 2026 - 7min.
Avance
Las relaciones del cristianismo con el comercio, con el mundo de los negocios y la riqueza, no han sido siempre fluidas; aunque la modernidad no ha hecho sino acentuar la compatibilidad entre la doctrina cristiana y las economías de mercado. Un experto, el banquero católico y estudioso del capitalismo Rafael Termes, se ocupó con detalle de esas relaciones. No solo sostenía que la práctica cristiana es compatible con el capitalismo, sino que el cristianismo debe informar el capitalismo para que este dé sus mejores frutos.
Lo que se necesita, sostenía Termes, es que los empresarios posean las virtudes morales que aseguren, a través de su comportamiento ético, que los resultados del sistema sean satisfactorios también moralmente, es decir que conduzcan al bien común. Es en esa premisa donde se hace patente el papel del cristianismo en la economía.
ArtÍculo
El cristianismo primitivo no mantuvo buenas relaciones con el comercio, los negocios y el enriquecimiento de quienes practicaban cualquier actividad lucrativa. Es lo que Antonio Escohotado (en Los enemigos del comercio. Historia de las ideas sobre la propiedad privada) llama el pobrismo de la Iglesia. Una secta del complejo conglomerado del cristianismo primitivo era la de los ebionitas, que significa hombres pobres; y un apologista como Minucio Félix, recuerda Escohotado, escribió que «ser llamados pobres no es nuestra desgracia sino nuestra gloria». Ese pobrismo fue cambiando con el tiempo, con jalones como la Escolástica y la Escuela de Salamanca.
El comercio no dejó de desarrollarse al paso de los siglos y la modernidad asistió al nacimiento del capitalismo (o el capitalismo alumbró la modernidad). Con antigüedades muy distintas, el cristianismo y el capitalismo son realidades insoslayables de nuestro tiempo que, independientemente de las creencias o los capitales que se tengan, permean la sociedad en que vivimos. Sus relaciones no han dejado de ser estudiadas y debatidas. El banquero español Rafael Termes, católico, miembro de las academias de Ciencias Económicas y Financieras y Ciencias Morales y Políticas, fue un estudioso del capitalismo (véase su famoso e importante Antropología del capitalismo) que se ocupó también de las relaciones de este sistema económicosocial con el cristianismo. Lo hizo, por ejemplo, en una conferencia pronunciada, unos años antes de la publicación del libro citado, en el Forum Deusto de dicha Universidad. «El papel del cristianismo en las economías de mercado» era su título, cuyas ideas esenciales reproducimos a continuación.
En aquella charla, Termes se apoyaba en lo dicho por el papa Juan Pablo II. Así, recordaba que el papa polaco, proveniente del ya extinto campo socialista, sostenía que en la raíz del sistema capitalista está aquello que se echa en falta en el sistema socialista, el respeto a la libertad de la persona.
Termes defendía la superioridad del capitalismo desde un triple punto de vista: antropológico (por responder a la naturaleza humana), económico (por su eficacia) y moral, por ese basamento en la libertad.
Sentadas esas consideraciones previas, entraba a preguntarse por la relación entre cristianismo y capitalismo y por el posible papel que pueda jugar el primero en el segundo. Yendo más allá, se preguntaba si el cristianismo puede —«o, todavía más, debe»— informar el capitalismo.
Recordaba Termes que ya la citada Escuela de Salamanca consideraba lícito el beneficio conseguido en el libre mercado, en ausencia de coacción, fraude o dolo, siempre que el objeto del negocio fuera moralmente bueno y correcta la intención del negociante.
Y, mucho más cercano en el tiempo, el Concilio Vaticano II sostenía que los laicos han sido llamados a santificarse en la recta ordenación de los asuntos terrenos, entre los cuales ocupan lugar primordial los de carácter económico y, concretamente, la economía capitalista o de libre empresa.
Es sabido que Max Weber, en un célebre trabajo, había establecido una relación de dependencia entre el desarrollo del capitalismo y la ética protestante. Termes, apoyándose en el filósofo católico norteamericano Michael Novak —autor de un libro significativamente titulado La ética católica y el espíritu del capitalismo—, sostenía que no es necesario ser protestante para ser capitalista y que el capitalismo democrático encaja perfectamente con la tradicióncultural y religiosa judeo-católica. Más aún: no es solo, decía Rafael Termes que el cristianismo anterior a la Reforma hubiera podido tener más papel que la doctrina protestante en la génesis histórica del capitalismo; es que la ética protestante descrita por Weber —caracterizada por una «filosofía de la avaricia» y por la ganancia de dinero como fin de la vida— difícilmente puede aceptarse como un ideal cristiano.
Porque lo que importa a la hora de enjuiciar e intentar informar el funcionamiento de la economía, como de cualquier actividad humana, es su dimensión espiritual. Y, añadía Termes, «sin intentar interferir en el núcleo invariante de las leyes económicas, es decir, renunciando a la intervención gubernamental de los mercados, podemos y debemos intentar mejorar, desde el punto de vista ético, los resultados del proceso económico de asignación de recursos, mejorando el sistema de valores y mejorando el sistema institucional».
Es lo que había señalado Juan Pablo II en la Encíclica Sollicitudo rei Socialis, que la Iglesia ni propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos u otros, siempre que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida. Pero la Iglesia, «experta en humanidad», tiene una palabra que decir y cuenta con el instrumento de su doctrina social. Y el documento pontificio con el que Juan Pablo II cerró, por el momento, cien años de doctrina social de la Iglesia y culminó la evolución del pensamiento pontificio en materia económica es la encíclica Centesimus Annus. En ella se afirma, «aunque con clarísimas precisiones», la aceptación por parte de la Iglesia del modelo capitalista de organización de la economía.
¿Es, por tanto, el capitalismo el modelo a proponer a los países, como los del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil? La respuesta, añade Termes siguiendo a Juan Pablo II, es compleja. «Si por capitalismo se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva». Pero si por capitalismo se entiende un sistema en el que la libertad económica no está encuadrada en un sólido contexto jurídico y puesta al servicio de la libertad humana integral, entonces la respuesta es absolutamente negativa. «La economía de mercado no puede desenvolverse en medio de un vacío constitucional jurídico y político», dice claramente Juan Pablo II en su encíclica.
Es decir, las críticas, advertencias o cortapisas que se puedan poner al capitalismo no tienen tanto que ver tanto con un sistema económico en sí, como con un sistema ético-cultural en el que prima el poseer y gozar frente a ser y valer. En definitiva, la economía es sólo un aspecto y una dimensión de la compleja actividad humana. Sí se convierte en un absoluto, si la producción y el consumo de las mercancías ocupan el centro de la vida social o se convierten en su único centro, no subordinado a ningún otro, la raíz del problema estará no tanto en el sistema económico mismo, sino en el hecho de que todo el sistema sociocultural se ha debilitado, limitándose únicamente a la producción de bienes y servicios. Es ese sistema sociocultural e institucional el que, llegado el caso, sería necesario regenerar.
El papa reclamaba una serie de virtudes que podían resumirse en creatividad y cooperación; y esas, añadía Termes, son justamente las virtudes propias del capitalismo. La justificación moral del sistema capitalista no radica en que, aun con sus imperfecciones, sirva mejor a la libertad; ni en que sea la manera más práctica de realizar la «opción por los pobres» al elevar su nivel de vida más que ningún otro. La verdadera fuerza moral del capitalismo, sostenía Rafael Termes, «radica en su capacidad para promover la creatividad humana mediante la cooperación».
Lo que se necesita, añadía, es que los empresarios, los hombres estimulados a la creatividad y a la cooperación, posean las virtudes morales que aseguren, a través de su comportamiento ético, que los resultados del sistema sean satisfactorios también moralmente, es decir que conduzcan al bien común. Y es aquí donde se hace patente el papel del cristianismo en la economía.
«Si los cristianos que operan en el sistema capitalista, cualquiera que sea el lugar que en él ocupen, viven, en el ejercicio de su respectiva actividad, las virtudes cristianas; si los no cristianos viven las virtudes morales de acuerdo con la ley natural que a todos obliga», el sistema funcionará y funcionará satisfactoriamente. Si los empresarios actúan de acuerdo con el espíritu del cristianismo, los frutos del capitalismo serán plenamente satisfactorios, concluía Termes.
La foto que encabeza el artículo muestra el monumento a Adam Smith en Edimburgo. El autor es Andraszy y tiene licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International. Puede consultarse aquí.