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Ver productosUn año después de la muerte de Alasdair MacIntyre, sus reflexiones sobre las virtudes, la educación y el bien común adquieren una relevancia inesperada

19 de mayo de 2026 - 10min.
Péter Heltai. Investigador predoctoral en Filosofía de la Educación en la Universidad de Navarra. Su trabajo se centra en la integración de la inteligencia artificial en la educación superior.
Alasdair MacIntyre (1929-2025). Filósofo británico-estadounidense principalmente conocido por sus contribuciones a la filosofía moral y a la filosofía política, pero también por sus obras sobre historia de la filosofía y teología.
Avance
Un año después de la muerte de Alasdair MacIntyre, sus preguntas siguen siendo incómodamente actuales. ¿Por qué se ha vuelto tan difícil mantener conversaciones racionales sobre política, moral, educación o el sentido de la vida? ¿Por qué incluso sociedades aparentemente cohesionadas parecen fragmentarse en grupos incapaces de comprenderse entre sí?
Lejos de limitarse a la filosofía académica, MacIntyre interpretó esta crisis como una consecuencia cultural profunda de la modernidad: la pérdida de tradiciones compartidas, de criterios comunes para discutir racionalmente y, en última instancia, de una idea común sobre qué significa vivir bien. Frente a una sociedad dominada por el individualismo, el emotivismo y la lógica utilitarista, el filósofo escocés defendió la necesidad de recuperar una concepción más comunitaria y ética de la vida humana basada en las virtudes.
En un contexto marcado además por la irrupción de la inteligencia artificial y la creciente crisis de la universidad contemporánea, sus reflexiones sobre las virtudes, la educación y el bien común adquieren una relevancia inesperada. Quizá entender por qué ya no sabemos dialogar exija volver a leer a uno de los grandes críticos de nuestro tiempo.
ArtÍculo
¿Por qué ya no somos capaces de hablar entre nosotros? La gran mayoría de nosotros podemos recordar momentos en los que no solo «sentíamos», sino también pensábamos, que se había vuelto casi imposible mantener una conversación o un debate genuino con al menos cierta esperanza de llegar finalmente a un acuerdo.
No se trata únicamente de las discusiones acaloradas sobre el gobierno en la cena de Navidad, sino a cuestiones más amplias e importantes. Son los asuntos que importan y que moldean cómo entendemos el mundo que compartimos a un nivel más profundo: el sentido de la vida, el trabajo, la familia, la comunidad, la identidad o el futuro (y también el pasado) del país y de las tradiciones que supuestamente compartimos.

Este malestar y esta incomprensión aparentemente inexplicables tienen sus raíces en debates filosóficos que preceden nuestra realidad actual por siglos. Una de las razones por las que el libro de Alasdair MacIntyre After Virtue (Tras la virtud) provocó (y sigue provocando) tanta reflexión y debate es que señaló explícitamente esta crisis e intentó ofrecer una explicación coherente de ella. El filósofo moral escocés, que pasó la mayor parte de su extraordinariamente larga vida en Estados Unidos, falleció exactamente un año antes de la publicación de este artículo, a los noventa y seis años.
MacIntyre no llegó a estas conclusiones siendo un joven académico. Comenzó como un joven marxista en Gran Bretaña, se afilió al Partido Comunista y más tarde, como muchos intelectuales de su generación, la Revolución húngara de 1956 y las noticias que llegaban del bloque soviético le llevaron a concluir que el estalinismo no solo había fracasado, sino que representaba exactamente lo contrario de las «promesas del socialismo» en las que muchos en Occidente habían creído.
Su largo recorrido intelectual, desde el trotskismo hasta su conversión al catolicismo y su posterior identificación como «aristotélico tomista», lo convierte en una figura fascinante, cuyo pensamiento evolucionó en medio de las complejidades del siglo XX. A finales de los años sesenta se trasladó a Estados Unidos, donde pasó el resto de su vida enseñando en varias universidades hasta llegar a la Universidad de Notre Dame, donde, salvo algunos periodos más breves, permaneció como profesor de filosofía.
After Virtue comienza con un diagnóstico de la fragmentación moral de la sociedad moderna. MacIntyre sostiene que la moral se ha desintegrado y fragmentado y que, dado que carecemos de un marco compartido para la investigación filosófica y moral, esta crisis se ha vuelto interminable. Debido al carácter emotivista de nuestras discusiones morales, los juicios morales ya no pueden evaluarse realmente, pues son tratados simplemente como expresiones de preferencias personales. Todo argumento parece igualmente válido porque es «personal». En otras palabras, vivimos en un mundo lleno de opiniones, pero cada vez más indiferente a la verdad.
Por supuesto, este proceso de desintegración no comenzó con el emotivismo en sí mismo, que es más bien un producto tardío de un desarrollo mucho más largo. MacIntyre sitúa sus raíces en la Ilustración, cuando los filósofos intentaron justificar racionalmente la moral separándola del cristianismo y de las tradiciones filosóficas que habían precedido a la modernidad. Su ecuación es sencilla: la moral moderna equivale a ciertos fragmentos de la moral cristiana occidental menos la teleología y el mandato divino.
Tras el diagnóstico llega el tratamiento propuesto, cuyo ingrediente principal es el retorno a Aristóteles. MacIntyre considera la ética de las virtudes aristotélica como un antídoto frente a la confusión de la modernidad. Aristóteles se convierte, en sus palabras, en una especie de protagonista frente a la modernidad liberal, porque su concepción de las virtudes y del florecimiento humano ofrece una respuesta coherente a la fragmentación moral.
El hombre moderno es productivo y capaz de correr más rápido que nunca, pero cuando se le pregunta hacia dónde corre realmente, le cuesta dar una respuesta más allá de «tengo que entrenar para correr todavía más rápido».

MacIntyre desarrolló posteriormente este proyecto filosófico en obras como Whose Justice? Which Rationality? (1988) y Three Rival Versions of Moral Enquiry (1990). Apoyándose profundamente en Aristóteles y también en Tomás de Aquino, elaboró un marco de justificación racional fundamentado en las tradiciones: formas coherentes e históricamente prolongadas de investigación que compiten entre sí mientras buscan respuestas inteligibles a los problemas de su tiempo. La supervivencia de una tradición depende de su capacidad para ofrecer respuestas integradas y convincentes a los desafíos filosóficos dentro de su propio marco.
También explica cómo las transiciones entre tradiciones tuvieron lugar a lo largo de la historia y cómo distintas tradiciones fueron, en ocasiones, integradas unas en otras. Aristóteles, por ejemplo, fue incorporándose gradualmente a los currículos de las universidades medievales, mientras que santo Tomás de Aquino se convirtió en un caso singular al lograr reconciliar el cristianismo agustiniano con la filosofía aristotélica.
Para MacIntyre, uno de los principales problemas de los últimos siglos es precisamente que los pensadores de la Ilustración abandonaron este enfoque basado en las tradiciones, dejando tras de sí un panorama moral fragmentado dominado por la preferencia individual y el moralismo subjetivo.
Aunque muchos de los textos de Alasdair MacIntyre son densos, él no concebía la filosofía como una disciplina meramente teórica. De hecho, una de sus críticas a la filosofía moral contemporánea era que había dejado de importar a la gente corriente. Los filósofos, en su opinión, se habían retirado a torres de marfil y habían comenzado a hablar un lenguaje que nadie fuera de la academia podía entender. Por eso consideraba la educación, y especialmente la universidad, como elementos centrales para cualquier recuperación de las virtudes.
MacIntyre sostiene que las universidades sirvieron históricamente como los principales espacios de investigación intelectual en el mundo occidental. Su crisis actual y su creciente irrelevancia como centros intelectuales se derivan en gran medida de la propia fragmentación académica. La universidad clásica, un lugar de investigación intelectual compartida donde las distintas disciplinas podían relacionarse entre sí en la búsqueda de una comprensión universal y donde los estudiantes eran formados como razonadores prácticos independientes, fue dando paso gradualmente a la universidad liberal moderna.
Aunque la universidad moderna ha producido indudablemente extraordinarios logros científicos e intelectuales, también tiende a formar especialistas cada vez más estrechos, educados por profesores que trabajan en disciplinas aisladas, a menudo sin estándares compartidos de investigación racional ni siquiera acuerdo sobre el propósito último de la propia institución.
MacIntyre sostiene además que la eliminación de la teología del currículo contribuyó significativamente a esta fragmentación, ya que no es posible buscar la plenitud de la verdad excluyendo siquiera la posibilidad de una dimensión trascendente.
MacIntyre también veía en John Henry Newman una figura fundamental por dos motivos. En primer lugar, Newman mostró cómo los debates teológicos en torno a la Trinidad durante los primeros siglos del cristianismo representaron un ejemplo exitoso de una tradición filosófica y teológica capaz de superar racionalmente sus desacuerdos internos. En segundo lugar, sus escritos sobre la educación y la universidad ofrecieron una poderosa defensa de la educación liberal y del conocimiento liberal frente a un modelo utilitarista cada vez más dominante.
Si los estudiantes se convierten en clientes y las universidades en meros proveedores de servicios que responden únicamente a las demandas inmediatas del mercado laboral, entonces la verdadera misión de la educación superior queda socavada. Los estudiantes pueden adquirir habilidades técnicamente útiles sin llegar nunca a comprender el panorama intelectual más amplio.
Las facultades y los profesores se convierten en transmisores de información en lugar de educadores capaces de formar lo que Alasdair MacIntyre denominaba miembros de un público educado: personas que, más allá de su especialización profesional, sean capaces de comprender las relaciones entre disciplinas, evaluar argumentos contrapuestos y pensar de manera independiente.
La universidad debería ser un lugar donde las mentes se transforman, y no simplemente un espacio donde se acumula información. Mientras tanto, la investigación se vuelve cada vez más dependiente de gobiernos y corporaciones, porque esa suele ser la única manera de justificar la existencia de la universidad. La búsqueda de la verdad o el papel de brújula intelectual de la sociedad pasan a verse como un idealismo ingenuo, incluso por parte de muchos administradores universitarios. La misión original de la universidad sobrevive sobre todo como lenguaje ceremonial en documentos oficiales.
La llegada de la inteligencia artificial puede obligar a las universidades a redescubrir esa misión, y esta posibilidad debería tomarse en serio. Cuando las máquinas pueden generar ensayos, completar exámenes y proporcionar tutorías mediante chatbots disponibles las veinticuatro horas del día, la dimensión relacional de la educación y la formación del juicio y de la sabiduría podrían volver a convertirse en algo central.
El profesor puede volver a ser una autoridad que introduce a los estudiantes en una tradición, les desafía a pensar y les enseña a argumentar bien. Los seminarios reducidos podrían volver a convertirse en el centro vivo de la vida universitaria. Porque, de lo contrario, ¿por qué molestarse? El chatbot siempre será más rápido y eficiente.
Pero ¿nos ayudará a pensar con sabiduría? ¿Nos ayudará a desarrollar los criterios necesarios para el juicio independiente y la auténtica expresión personal sin una asistencia tecnológica constante? Para una generación cada vez más incapaz de leer textos largos o de sostener esfuerzos cognitivos exigentes, la educación puede convertirse en una cuestión de supervivencia intelectual.
Lo mismo ocurre con el propio mercado laboral. Muchas de las «habilidades» y rasgos de carácter que hoy demandan los empleadores no se cultivan eficazmente en las universidades contemporáneas. El pensamiento crítico e interdisciplinar, la colaboración y la capacidad de analizar y sintetizar situaciones complejas que abarcan distintas áreas del conocimiento, nos devuelven precisamente al tipo de educación que defendían Alasdair MacIntyre y John Henry Newman.
Sin embargo, antes de recuperar una educación así, primero debemos ponernos de acuerdo sobre por qué hacemos todo esto. ¿Cuál es el propósito de la vida humana? ¿Dependemos unos de otros y estamos llamados a buscar un bien común para poder florecer? ¿O los seres humanos son simplemente competidores movidos por el poder y el interés, para quienes la comunidad y la confianza no son más que acuerdos temporales?
Para responder a estas preguntas, quizá debamos empezar por leer más a MacIntyre.
El retrato que acompaña este texto muestra a Alasdair MacIntyre en el University College de Dublín en 2009. Foto: Sean O’Connor. La fuente es Britannica.com y se puede consultar aquí. El archivo original se encuentra asimismo en Wikimedia Commons con licencia CC-BY-2.0.