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Ver productosGeorge Weigel, biógrafo de Juan Pablo II, analiza en ‘The Washington Post' la crítica del papa a los «proyectos prometeicos» que oscurecen la verdad del hombre

27 de mayo de 2026 - 5min.
George Weigel. (Baltimore, 1951) Escritor y periodista católico. Columnista de Newsweek y analista del Vaticano para NBC News. Fue presidente de la Fundación James Madison. Es el autor, entre otros libros, de dos best-sellers sobre Juan Pablo II: Testigo de la esperanza (2001) y Juan Pablo II. El final y el principio (2011).
Avance
Esta «magnífica humanidad que Dios ha creado» se encuentra hoy ante una encrucijada decisiva, indica León XIV en su primera encíclica: «Levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos». El periodista y escritor George Weigel resalta ese aspecto medular de la Magnifica Humanitas en el análisis que publica en The Washington Post.
Como buen «hijo de san Agustín» (según recordó al ser nombrado papa), León XIV hace referencia a la célebre reflexión del obispo de Hipona en su libro La ciudad de Dios: «Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial».
Y frente a la IA, sostiene el papa que «La primera elección no es entre un sí o un no a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna».
Babel, detalla Weigel, fue «la torre de ladrillos construida a partir de una arrogancia tecnológica que se saldó en caos, conflicto y una humanidad fragmentada y dispersa. La Jerusalén a la que se refiere el pontífice es la ciudad santa reconstruida por Nehemías en el siglo V a. C. tras su destrucción y el exilio babilónico de la población judía». Levantarla, escribe León XIV, fue «responsabilidad compartida de todos: hombres, mujeres, sacerdotes, artesanos, cabezas de familia y jóvenes», una empresa que «reconstruye las relaciones antes de reconstruir con piedras».
Ante la amenaza que entraña el mal uso de las nuevas tecnologías, el papa sostiene que «allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que “el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”», (como señala la constitución Gaudium et spes, del Concilio Vaticano II).
Media un abismo entre la máquina y la magnífica humanidad: «Debemos evitar la idea errónea de equiparar este tipo de “inteligencia” con la de los seres humanos. Estos sistemas simplemente imitan ciertas funciones de la inteligencia humana» indica el pontífice.
Las inteligencias artificiales carecen de «conciencia moral, puesto que no juzgan el bien y el mal, no comprenden el significado último de las situaciones ni asumen la responsabilidad de las consecuencias. Pueden imitar el lenguaje, el comportamiento y las habilidades analíticas, o incluso simular la empatía y la comprensión, pero no entienden lo que producen, pues carecen de la perspectiva afectiva, relacional y espiritual a través de la cual los seres humanos crecen en sabiduría».
Por lo tanto, ni ChatGPT, Gemini, Claude y otros agentes de IA replican «la experiencia de aquellos que se dejan moldear por la vida y crecen con el tiempo a través de las elecciones, los errores, el perdón y la fidelidad».
Lo importante será evitar lo que el papa llama «el síndrome de Babel», es decir «la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos».
No significa esto que León XIV sea «ludita», señala Weigel (en alusión a los artesanos ingleses que a principios del siglo XIX se rebelaron contra las máquinas). Al contrario, de formación científica, pues se licenció en Exactas, el papa Prevost entiende de algoritmos y «celebra que las redes digitales puedan construir solidaridad superando las antiguas barreras de la distancia». Pero, «como pastor experimentado», insiste en que «ni la promesa de progreso inherente a la IA, ni los proyectos transhumanistas y posthumanistas prometeicos que él mismo critica con vehemencia pueden reemplazar la verdad bíblica de que la humanidad florece no a pesar de las limitaciones, sino a menudo a través de ellas».
Es en el límite —«la incapacidad, la enfermedad, la vejez, el sufrimiento, la vulnerabilidad»— donde paradójicamente aprendemos lo que verdaderamente ennoblece nuestra humanidad: «la compasión, así como una sincera preocupación por las necesidades de los demás; una generosidad que puede surgir incluso en medio de la oscuridad y el fracaso; la experiencia espiritual y la adoración a Dios». Así, subraya Weigel, «los que se han unido más gracias a la presencia de un niño con síndrome de Down, psiquiatras que han ayudado a almas heridas a recuperar la salud mental y quienes ofrecen una atención personalizada excepcional a los ancianos debilitados por la demencia, reconocerán la verdad contracultural pero humanizadora que León enseña».
La encíclica suscitará en el debate público todo tipo de reflexiones, e incluso controversias, pero es preciso no perder de vista, varios puntos cruciales. El periodista destaca tres. El primero es que «la dignidad humana es inalienable e inherente, no un privilegio otorgado por el Estado ni derivado del estatus socioeconómico».El segundo, relacionado con el anterior, que por confuso o desorientado que se vea, en ocasiones, el hombre contemporáneo, «la creación lleva la impronta de una bondad original» que debemos «llevar a su plenitud». Finalmente, que «el verdadero progreso siempre surge de un corazón abierto a los demás, una inteligencia dispuesta a escuchar y una voluntad que busca lo que une en lugar de lo que separa».
En contraste con el «cacofónico discurso público de estos tiempos», León XIV habla en Magnifica Humanitas con madurez y serenidad, concluye George Weigel. Y hace resonar «una voz que apela a nuestras más altas aspiraciones en lugar de complacer nuestros peores prejuicios o de alimentar los miedos más virulentos».
El artículo de George Weigel, publicado en The Washington Post el 25 de mayo de 2026, se puede consultar aquí. Los textos que en este Avance de Nueva Revista aparecen en negrita corresponden a la encíclica Magnifica Humanitas.
Imagen de cabecera: La torre de Babel, (1563), de Bruegel el Viejo. El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.