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El Golfo y la post-crisis

La imprevista rapidez con que se ha desmoronado el otrora temido Ejército iraquí está teniendo el efecto de una ducha escocesa entre unas masas árabes hasta hace poco enardecidas por la retórica belicista de Sadam Husein. Bien es cierto que su palabra caía en un terreno previamente abonado por sentimientos anti-occidentales (por pro-israelíes) y por las frustraciones derivadas de la incapacidad de la llamada Nación Árabe para organizar una convivencia ordenada sobre bases de justicia social participación económica y democracia política.

Tras los últimos acontecimientos, que han convertido a la madre de todas las batallas en la madre de todas las retiradas (o en una retirada desmadrada), un incrédulo abatimiento ha sustituido al enardecido revanchismo que Sadam Husein personificaba para el árabe de la calle. Desilusión acompañada de despecho, al comprobar ¡a magnitud del engaño en el que voluntariamente han vivido las masas árabes desde el pasado 2 de agosto. Sólo permanece inalterable el sentimiento de humillación colectiva con que buena parte de los árabes han recibido la intervención occidental en una guerra «originada entre árabes, hecha contra árabes y pagada con dinero árabe».

La organización del futuro debe, pues, partir de esta premisa y del foso de incomprensión que la resaca de este conflicto dejará entre el Norte y e) Sur y que dará lugar a una relación acomplejada, en la que el odio y la xenofobia serán reciprocados con incomprensión y temor, que pueden incluso dar lugar a brotes de racismo. El riesgo es. así. el de un desarrollo paralelo, en ambas riberas del Mediterráneo, de dos mundos que se dan recíprocamente la espalda. Y ello en la medida que las cosas no vayan a peor, con reacciones fanáticas propiciadoras de todo tipo de excesos. Por ahora lo que hay es un rechazo de los modos y modas occidentales en beneficio de un mayor ensimismamiento. Esperemos que sea algo pasajero.

En estas circunstancias es preciso hacer un esfuerzo serio por reorganizar una convivencia sobre bases sólidas y justas, pues sólo así podrá ser duradera, Pero no es fácil:

— En Oriente Medio y la zona del Golfo esto requerirá hacer frente a los múltiples problemas que hay planteados en esta región tan conflictiva.

— En el plano político, la situación en Líbano, el conflicto árabe-israelí y el drama palestino son. junto a las relaciones Irak-Kuwait, los asuntos principales, todos ellos de complicada solución. Una o varias Conferencias Internacionales de Paz serán necesarias para abordarlos debidamente, aunque no haya necesariamente que descartar otros enfoques más posibilistas y graduales, siempre que ninguna opción quede cerrada de antemano. El problema kurdo puede también plantearse en este contexto. En iodo caso, lo esencial será abordar sin demora el caso palestino. Si los árabes han reaccionado en esta crisis como lo han hecho, ha sido en buena medida por el agravio que para ellos supone la ocupación israelí de Cisjordania, Gaza, Golán y Jerusalén Este. Es preciso deshacer su impresión, no infundada, de que las Naciones Unidas le permiten hacer a Israel lo que no le consienten a Irak, y que las Resoluciones 242. 338, 425… y otras muchas no tienen el mismo valor que la 66(1 o la 678. Nuestra actitud ante este problema va a tener una influencia capital en la organización del futuro.

— En el plano de la seguridad, íntimamente vinculado al anterior, será necesario dotar a la región de unos esquemas y de unas garantías para los que habrá que contar con los países de la zona, pero probablemente también con fuerzas extrarregionales. Las Naciones Unidas y algunas grandes potencias (¿Europa?) deberán participar en este esfuerzo, que tendrá que completarse con acuerdos de desarme, de reducción de tropas, de creación de zonas libres de armas de destrucción masiva, etc. El resto del mundo podría también contribuir con un mínimo control de las exportaciones de armas a estas regiones, aunque las últimas noticias de ventas masivas de armas a algunos países de ¡a región casi al mismo tiempo que se producía ta derrota iraquí no auguran nada bueno para el futuro, y aquí no cabe eludir la propia responsabilidad: si en Oriente Medio sobran armas es porque unos las compran y otros las venden. No lo olvidemos. El 95% de las armas que hay hoy en Oriente Medio las han vendido los 5 miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

— En el terreno económico, las desigualdades de renta son flagrantes entre los distintos países y también dentro de cada país. Hay que dar mucha importancia a este problema y enfocarlo en el sentido en que lo han hecho los países del CCG y Egipto y Siria cuando se reunieron en El Cairo los días 15 y 16 de febrero de este año.

Otros problemas conexos, como aprovechamiento de aguas, explotación de recursos fronterizos, accesos a ¡as vías de comunicación. vigilancia de ecosistemas. .. deben ser también objeto de atención si se quieren prevenir problemas futuros. El agua, especialmente, se adivina como un recurso particularmente escaso a corto plazo que motivará apetitos contrapuestos.

Si este enfoque puede ser útil en Oriente Medio, no hay que olvidar el Magreb. que constituye la frontera Sur de Europa y donde la crisis del Golfo ha tenido un fuerte impacto emociona!, con repercusiones políticas y económicas que, si varían de país en país, tienen una gravedad común en todos ellos.

La guerra del Golfo se ha vivido con gran intensidad en el Magreb y ha sido aprovechada por los grupos políticos de oposición en cada país al servicio de sus objetivos de política interna. Para ello han contado con un fenómeno relativamente reciente en algunos de estos países, como es la aparición de una opinión pública con la que necesariamente deberán contar los Gobiernos a partir de ahora.

Argelia, Marruecos. Túne2 y. en menor medida, Mauritania y Libia, han pasado por tres fases desde que estalló el conflicto del Golfo:

— En un primer momento todos estos países condenaron la agresión a Kuwait y adoptaron una postura sobre la reacción internacional al respecto que estaba en función de sus intereses y de sus convicciones. En el Magreb hay cinco países y se produjeron cinco reacciones distintas.

— En un segundo momento, asistimos a la influencia de la opinión pública —expresada por medio de multitudinarias manifestaciones en muchos casos— sobre los Gobiernos, que no pueden ser insensibles y tratan de buscar una mayor «armonía» con la presión que les llega de la calle,

— En una tercera fase —la actual—, el momento de ebullición ha pasado, los ánimos se enfrían y se recupera el sentido del propio interés: los Gobiernos de los países magrebíes buscan el mantenimiento de una relación con Occidente —particularmente con Europa, y dentro de Europa con ciertos países—que les resulta esencial por razones políticas, económicas, financieras, comerciales, de transferencia tecnológica, etc.

España no es una gran potencia con asiento permanente en el Consejo de Seguridad (en el momento actual ni siquiera pertenece al Consejo) y sus intereses en Oriente Medio son importantes pero limitados. En cambio, España es una potencia regional apreciable, que constituye además la frontera sur de Europa con el Tercer Mundo, que, en este caso, es árabe e islámico.

La conveniencia de España y de Europa es favorecer en el Magreb el desarrollo económico, de forma que se facilite una paz social que garantice una estabilidad política dinámica en una zona tan próxima a nosotros. Y ello no sólo por razones de solidaridad humana, sino de puro interés estratégico: en el Magreb hay hoy algo más de 60 millones de personas de los 5 que trabajan ya en la CEE. En 20 años habrá 100 millones de magrebíes (mientras la población de Europa se habrá estancado), y 15 millones pretenderán trabajar en la Europa comunitaria. Por no hablar de los riesgos mucho más graves que se derivarían de la instalación en el Magreb de regímenes radicales de cualquier signo.

El objetivo es excesivamente ambicioso para que pueda acometerlo un país solo, a pesar de encomiables esfuerzos en el plano bilateral. Por ello, España procura rebasar este ámbito para, en un segundo nivel, coordinar su cooperación con la que hacen nuestros vecinos de Portugal. Italia y Francia: éste es el origen del llamado Grupo 4 + 5, que vincula a los 4 países del Mediterráneo noroccidental con los 5 países magrebíes y que está ya dando frutos prometedores.

Un tercer nivel de cooperación en este ámbito se produce en un doble marco comunitario: las relaciones CEE-UMA, que España trata de impulsar permanentemente. y la Nueva Política Mediterránea que impulsa con fuerza el comisario Abel Matutes. quien, a fuer de mediterráneo por ibicenco. tiene una especial sensibilidad al respecto.

El último marco de reí tren cía engloba tanto al Magreb como al Machreck: es la iniciativa hispano-italiana de CSCM, que trata de constituirse en una estructura de acompañamiento que —sin pretender sustituir a otros marcos de resolución específica de los conflictos existentes— contribuya a crear unas condiciones de distensión y de confianza que faciliten el planteamiento de esos problemas con vistas a su ulterior tratamiento en los distintos foros competentes en cada caso.

Lo que no se puede hacer es no hacer nada. Y si la tarea parece excesiva, sólo cabe recordar la máxima latina audentes fortuna iuvat. La suerte ayuda a los audaces. El éxito en esta tarea redundará en un espacio mediterráneo más justo, más solidario, más libre y más seguro paca todos. Vale la pena intentarlo. Todos saldremos ganando.

Diversos temas fronterizos

Este pequeño libro —pequeño por su extensión, 141 páginas— no tiene desperdicio. Se puede leer de un golpe, en una tarde de vacaciones. Y todavía sobra tiempo. Pero puede dejarnos una huella y una preocupación que no se desvanecerán, tal vez, en mucho tiempo.

Este autor aborda una serie de problemas fronterizos en los que están implicadas la religión, la filosofía y la ciencia. Porque, pese a los positivistas, el siglo XX ha demostrado que la ciencia tiene implicaciones filosóficas y, en última instancia, religiosas. En el prólogo se puede leer que «buena parte de la filosofía actual volvió las espaldas a cuestiones últimas como Dios, el sentido de la vida, del hombre, de la muerte, del mundo; cuestiones que habitualmente se designaban como «metafísicas». Pero mientras la filosofía las abandonaba, reaparecían, curiosamente, en la preocupación acuciante de los más grandes hombres de ciencia de nuestro tiempo. El demonio que se exorcizaba en una casa encontraba refugio en la otra. Es deseable que en esta apertura a la ciencia, la filosofía recupere su identidad hoy perdida, ésa que constituyó su grandeza desde Heráclito hasta Hegel». Había surgido, así, la filosofía del pensamiento débil, del pensamiento light, que no era nada más que un pensamiento deleznable.

Entre las muchas cosas que nos pueden sorprender en este libro, es que se habla, después de muchos años, de Bergson. Se habla del posible rescate del autor de La evolución creadora. No en vano, en Pensamiento y movimiento. Bergson afirmaba: «Nos gustaría estructurar una filosofía que se sometiera al control de la ciencia y que pudiera incluso hacerla avanzar,,. Hay que esforzarse por constituir una metafísica que tenga fronteras comunes con 5a ciencia y que pueda entonces, acerca de una infinidad de cuestiones, prestarse a una verificación». Cuando el filósofo francés habla de que «la realidad se nos presenta como un brote ininterrumpido de novedad», o que la realidad consiste en «un crecimiento perpetuo, una creación que se prosigue sin fin», o que «el Universo no está hecho, sino que se hace sin cesar», o tantas otras citas más que podríamos aportar, se aproxima al pensamiento profundo de los físicos de hoy.

Otor de los aspectos más sugestivos del libro es su interpretación del principio de CarnotClausius en el cual generaciones de científicos se han formado. Básicamente, la formulación más general del citado principio afirmaba que. esencialmente, las estructuras físicas, biológicas e intelectuales tienden, de forma espontánea, a degradarse y a descomponerse si no reciben información. Pero las investigaciones de Prigogine y Stengers, en los últimos veinte años, han aportado una nueva visión del Segundo Principio de la Termodinámica. Y, en esta línea, han llegado a la conclusión de que si bien es cieno dque «todo proceso de termodifusión debe pagar un precio entrópico, también lo es el hecho de que el «desorden» provocado permite crear un «orden», es decir, una diferencia entre distintos niveles de temperatura, Y esta diferencia se convierte en una «actividad permanente»».

Se pasa revista al pensamiento de Hawking, que, en el fondo, no sale muy bien parado. Las discrepancias con Prigogine y Stengers aparecen de una forma nítida. Lo que sucede es que las ideas del físico inglés y del belga sobre la física son opuestas. Para el inglés, la física aspira a «un conocimiento del orden subyacente del mundo». O sea, que conocer es «percibir un orden» que haga posible la predicción. En cambio, el belga concentra su atención en los fenómenos «lejos de equilibrio», que hacen difícil cualquier predictibilidad, lo que acentúa el carácter probabilístico de las leyes físicas.

El libro de Víctor Massuh se nos presenta como una fuente inagotable de sorpresas, procedentes además de la ciencia, en un mundo que parece oscilar entre el terror y el desencanto.

No se renuncia

María Aurelia Capmany es una mujer de recia personalidad que escribe y que hace política. En actitud muy hispánica, acaba de publicar un libro en el que se interroga sobre lo que significa hoy en día ser catalán; así, el «Dios mío, ¿Qué es España?» queda entrelazado con un «¿qué diablos es Cataluña?». Este trabajo va dedicado especialmente a «los otros españoles que no son de habla catalana»; Capmany quiere que «abran los oídos» y confía en que no se contenten con conocer mal o a medias todo lo que sea catalán.

Nuestra escritora pretende acotar los conceptos de catalanidad y catalanismo buscando una definición rigurosa de nación, una tarea con éxito harto improbable. Barcelona, nos dice, es la ciudad «más grande» de Europa entre las que no poseen el tirulo de capital de Estado», y es a partir de esta ciudad, tradicionalmente alejada del poder político. desde donde se ha construido la nación catalana. A lo largo de estas páginas se intenta describir los rasgos más característicos de la literatura catalana, una literatura de gran abolengo que experimentó largas centurias de decadencia y debilidad hasta la Renaixença del siglo pasado. Asimismo se rememora el fenómeno de la nova cançó y se reserva un capítulo a la situación de la mujer catalana. La autora, concejala del Ayuntamiento de Barcelona por el partido socialista. analiza también la composición del espectro político catalán y las pugnas de las diferentes administraciones en torno al poder municipal. En cuanto al President de la Generalitat, Jordi Pujol, reca ca jigo que sistemáticamente se procura disimular: el hecho de que «ostenta la representación ordinaria del Estado en Cataluña»; de él reconoce su capacidad para comunicarse pero también su «doble lenguaje», de modo que unas veces se ampara en la derecha sociológica y otras, afirma Maria Aurélia Capmanv, estimula «el reclamo separatista». Ella, lejos de posiciones angustiosas y «apocalípticas», se muestra confiada con respecto a la salud del idioma catalán y hasta cierto punto despreocupada acerca de su futuro, aun a pesar de considerar irreparable la ruptura que padeció la cultura catalana tras la guerra civil.

El nacionalismo que profesan esta mujer y su partido sabe reconocer la «perenne susceptibilidad catalana», rehúye inspirar lástima y rechaza cultivar cuidadosamente el desapego por lo español en general. Sin embargo, es precisamente en estas actitudes, que son en sí positivas, donde reside su debilidad, pues son sostenidas de manera pasiva y sin convicción. En efecto, envueltos por una niebla de palabras en la puja pueril de ver quién da más por una Cataluña nacional, tienen perdida la partida de antemano. Al partir del dogma de que Cataluña es una nación y suponer que esto es lo máximo que puede ser una comunidad. la frustración es obvia cuando dicha nación no es soberana. con un Estado independiente para sí sola. Y esto no se arregla diciendo cuando se tercia que España es una nación de naciones. ¿Alguien se cree que con naciones se hace otra nación más? Se acaba afirmando que España es una nación y Cataluña oirá {imagínese la cuestión trasladada a los países catalanes con Valencia, Baleares y Cataluña), o bien se omite el nombre de España y se emplea de forma grotesca el de Estado Español, fórmula usada cuando su jefe era Francisco Franco.

Va para veinticinco años que Maurici Serrahima escribió Realidad de Cataluña, libro en el que discrepaba de un excelente pensador europeo pero al que manifestaba su mayor afecto y del que elogiaba su «valentía y honradez». Citar el nombre y apellido de este pensador es mentar la bicha para «sabios y entendidos» nacionalistas de diferente cuño: se trata de Julián Marías, hombre profundo y respetuoso donde los haya. Pues bien, ya entonces Marías hablaba de una Cataluña «lingüísticamente dolorida» y de una Cataluña «barceIonizada», y propugnaba la cooficialidad del catalán y la «catalanización» de Barcelona (no sólo la lingüística). Digo esto porque desde distintos «canales» se pretende inculcar la idea de que «los demás no nos pueden entender» y que saberse y sentirse español es una renunciación, una renuncia de lo catalán que se hace con sacrificio. No deja de ser irónico que en los últimos años haya habido un cierto auge del independentismo entre los jóvenes que sólo han «vivido» democracia, justo cuando más cómodos hemos podido sentirnos los catalanes. como tales, en muchos años. María Aurelia Capmany evade este aspecto y se refiere escuetamente a los jóvenes que viven «entre la indecisión y la pereza espiritual».

El fomento de fobias conduce a la estupidez acompañada de agresividad. Asimismo, afirmarse extranjero y considerarse ajeno entre aquellos con quienes puedes «estar en casa» es empobrecedor y nada inteligente. La Europa que viene no va a constituir una nación, pero sí una comunidad «superior» a sus partes. No sólo hay intereses económicos en su construcción; vamos a poder hacer muchas cosas juntos, también proyectar nuestra historia v nuestra cultura desde hondas raíces comunes. Lejos de huecas retóricas, puedo decir que soy catalán y de madre catalana, pero no renuncio, por supuesto, a esa mi condición por ser español. Tampoco renuncio a mi ser español por ser europeo. Claro está que no sólo somos europeos…

Los errores del socialismo

Al borde de los noventa años, Hayek escribió su último libro, La fatal arrogancia, que Unión Editorial acaba de publicar en una excelente edición en lengua española, traducido por Luis Reig y prologado por Jesús Huerta de Soto. Han transcurrido ya seis décadas desde que el economista austríaco pronunció una famosa serie de conferencias en la London School of Economics que le abrieron las puertas del mundo académico de habla inglesa. En los años treinta el entonces joven catedrático alcanzó un prestigio tan grande que llegó a rivalizar con J. M. Keynes por ocupar el puesto de máxima figura de la ciencia económica mundial. Poco más tarde, sin embargo, el gran éxito de la obra de Keynes haría que sus teorías fueran paulatinamente olvidadas y quedaran relegadas al lugar de una curiosidad interesante, pero margina], con respecto a la corriente dominante en la economía. El Premio Nobel que recibió en 1974 fue un reconocimiento justo, aunque tardío, de una obra extensa y valiosa, que ocupa un lugar muy destacado en el mundo de las ciencias sociales de nuestro siglo.

A partir de la década de los cuarenta se registró un cambio importante en la orientación de los escritos de Hayek. Dedicado al principio a la teoría económica, y en especial al estudio de los precios, el dinero y el capital, siguiendo los caminos abiertos por la escuela austríaca y, más directamente, por su maestro Ludwig von Mises, pasó a centrarse más tarde en el estudio de las instituciones sociales y en la defensa de los principios de una sociedad libre. Así, su obra La teoría pura del capital, publicada en 1940, puede considerarse el último libro de la primera época, mientras su famoso Camino de servidumbre, cuatro años posterior, fue el primero de una larga serie de trabajos que concluye con el libro aquí reseñado.

Mont Pélerin

No se entendería la vida de Hayek a lo largo de los últimos cuarenta años sin conocer su dedicación a la sociedad Mont Pélerin. Esta organización, que él mismo contribuyó a fundar en 1947, ha desempeñado desde entonces un papel relevante en el desarrollo de los estudios de la economía y otras ciencias sociales. desde el punto de vista del liberalismo, y ha ejercido una influencia significativa en la evolución de las ideas sobre la organización social, que tanto han cambiado desde entonces. Fue precisamente en las últimas reuniones de esta sociedad a las que pudo asistir en donde el viejo economista expuso las ideas principales de La fatal arrogancia, libro que, tras sufrir algunos cambios con respecto al proyecto inicial, fue finalmente publicado con la colaboración del profesor W. W. Bartley.

Es éste el tomo primero de un ambicioso plan consistente en la publicación de las obras completas de Hayek, lo que supondrá la edición, a lo largo de los próximos diez o doce años, de veintidós volúmenes que incluirán no sólo todo lo publicado por el autor, sino también algunos manuscritos hasta ahora inéditos. El orden de aparición de los diversos volúmenes no es el cronológico de fechas de publicación de las versiones originales ^ d e hecho, la última obra constituye el primer tomo—, sino que se dejan para el final los libros más conocidos y se ofrecen antes recopilaciones de artículos, documentos y debates, algunos totalmente desconocidos y otros de muy difícil localización en la actualidad.

El libro que comentamos tiene un subtítulo muy significativo, «Los errores del socialismo». Nunca ha sido Hayek persona que haya acusado a sus adversarios de mala fe o de disfrazar sus propios intereses tras una ideología. A diferencia de otros estudiosos de las ideas políticas, no ha creído que quienes las defienden estén justificando su puesto en la burocracia o su poder en una organización. Piensa, por el contrario, que el socialismo es un error intelectual, en el sentido de que sus partidarios no son capaces de entender que una sociedad y una economía modernas no pueden funcionar al margen del mercado.

La economía centralizada fracasa. en su opinión, no sólo por la falta de interés o incentivos de ¡os burócratas, sino sobre todo porque es imposible que autoridad alguna pueda manejar la complejísima información que sirve de fundamento a los actuales sistemas económicos. El capitalismo, en cambio, es un modo de producción en el que las personas usan en su propio interés los fragmentos de información de que disponen. Y el resultado es que este sistema logra que la cooperación entre los hombres pueda tener lugar en forma tal que permita el progreso de la humanidad hacia el bienestar de todos sus miembros.

Capitalismo y selección

Piensa Hayek que la extensión del capitalismo se ha producido mediante un proceso de selección, en pugna con otras formas de organización social menos eficientes. El profesor austríaco es así un evolucionista, no en el sentido darwiniano del término, ciertamente, pero sí en su interpretación de las causas que motivan los cambios que experimentan la cultura y la vida social. En su opinión, la evolución cultural es incomparablemente más rápida que la biológica, y se debe principalmente a la transmisión de hábitos e información a las nuevas generaciones que realizan no sólo las generaciones inmediatamente anteriores, sino también una serie indefinida de antepasados, que han ido moldeando, poco a poco, las formas de la vida social.

Por ello, sus críticas más fuertes van dirigidas contra el racionalismo constructivista, que parte de la idea de que es posible diseñar, desde la razón, un sistema eficiente de organización social. Una de las citas que encabezan el libro, tomada del filósofo escocés David Hume, resume bien sus ideas a este respecto. Las reglas de la moralidad — escribía Hume— no son conclusiones de nuestra razón. Y Hayek añade que no podemos llegar a conocer un sistema de ética que tenga validez universal, ya que nuestra forma de civilización es el resultado de cambios graduales, no buscados, en los principios morales.

Su idea de que el mundo ha progresado sin que nadie pueda saber exactamente cómo, sin que ninguna autoridad haya tomado las decisiones adecuadas para ello, resultará, sin duda, sorprendente a muchas personas. El mensaje de Hayek es, ante todo, una llamada a la humildad, dirigida especialmente a aquellos que nunca han sido capaces de entender el funcionamiento del morcado, del comercio y del capitalismo, es decir, a aquellos que, con más voluntad que luces, piensan que cambiando según sus deseos de justicia el sistema económico tienen en su mano la clave para lograr el bienestar de la sociedad.

La aparición de la edición española de esta obra es oportuna, ya que coincide con el reconocimiento definitivo del fracaso del socialismo en la Europa del Este. Poca duda cabe de que. finalmente. la realidad ha dado la razón a Hayek en muchas cosas. Pero, pese a ello, este libro no dejará de ser polémico. Y lo será no sólo por las ideas que en él se defienden, sino también por las críticas que en él se formulan contra colectivos sociales y académicos prestigiosos. Sus observaciones, por ejemplo, sobre la crasa ignorancia que muchos intelectuales tienen de las más elementales cuestiones económicas. pese a lo que les gusta disertar ex cathedra sobre problemas sociales, irritará seguramente a más de un miembro destacado del gremio de las letras y de la filosofía, pero, esto no es mala cosa. A lo mejor con ello Hayek consigue que nuestros intelectuales estudien algo de economía. De ser así, todos deberíamos quedarle muy agradecidos.

Rigoletto

Todos los aficionados a la ópera saben que esta obra maestra de Verdi marca el inicio de lo que después se denominó o se denominaría drama musical.

La ópera del siglo XVIII y principios del XIX —así, por ejemplo, Glück, Mozart, Rossini, Bellini, Donizzetti, etc.— basaba el hilván de las arias, dúos, tercetos, cuartetos, etc., en el recitativo, o incluso en relatos sin música, como por ejemplo Fidelio de Beethoven o La flauta mágica de Mozart.

Las primeras óperas de Verdi responden a este esquema. Pero a partir de Rigoletto empieza a escribir este gran autor dramas musicales en donde se inserta como algo fluido todo el antiguo entramado. Y el conjunto es bien distinto. Este cambio lo siguieron después muchos compositores, dando lugar a la gran ópera del siglo XIX, que llega hasta el actual. (Independientemente de todo esto, Wagner hizo una función análoga, aunque bien diferente y distinta, en Alemania).

Por estas razones, Rigoletto, estrenada en 1851, es una ópera extraordinaria para su época, realmente genial. Y no sólo por la música de Verdi, sino también por el argumento, muy bien urdido por Francesco Maria Piave sobre un texto de Victor Hugo, Le roi s’amuse.

De todas las representaciones que he visto de Rigoletto, y son muchas, una de las mejores es la que acabo de presenciar en Bilbao en el ciclo de la ABAO.

Con otro tenor (por ejemplo, Alfredo Kraus) hubiera podido decir que es la mejor que he visto en mi vida. Es verdad que no esluvo a la altura, ni tampoco los coros y algunos personajes secundarios, pero a cambio la pareja protagonista redondeó una noche espléndida.

Alida Ferrarini parece que ha nacido para cantar el rol de Gilda. Esta extraordinaria soprano está totalmente identificada con este papel. Es Gílda en la misma medida que, por ejemplo, y sin salir de España, se puede decir que Montserrat Caballé es Norma; Teresa Berganza, Rosina; Alfredo Kraus, Edgardo; Plácido Domingo, Otelo, y José Carreras, Don Carlos.

La Ferrarini hizo una Gilda maravillosa, espléndida, sensacional en todo, en el canto y en la representación teatral. Quisiera transmitirles a ustedes la emoción que se siente en presencia de esta maravillosa artista, oyéndola en la canción de amor Caro nome. Unas veces es ingenua, otras la enamorada aunque en ocasiones despechada, en otras la hija, al fin la mujer que sacrifica su vida por el amado aunque rompa el corazón del padre. Y en todos estos matices del difícil papel mantiene una línea de canto en que no se sabe qué apreciar más, si los agudos, los graves o la zona media, La he oído y la he visto varias veces como Gilda; ésta es la mejor. El público, obviamente, se volcó. El comentario era unánime: «No se puede hacer mejor».

Paolo Gavanelli venía precedido de gran fama, parecía que al fin había surgido en Italia un barítono verdiano sucesor de los monstruos Tito Gobi, Ettore Bastianini, Giuseppe Tadei, Renato Bruson, etc. En mi opinión, en efecto, estamos en presencia de un barítono sensacional, al menos a juzgar por ta representación magnífica que hizo del protagonista de nuestra obra.

Desde la comprometida entrada («In testa que avete») del primer acto hasta la frase final («Ah la maledizlone!»), mantuvo Gavanelli una línea maravillosa de canto y de teatralidad, representando un personaje dificilísimo sin excederse en lo más mínimo. Su voz es preciosa, llena, perfectamente modulada, siempre a tono, siempre en su sitio, oyéndose siempre incluso en sus dúos con Gilda y en el famoso cuarteto. También se puede decir de él que no se puede hacer mejor.

El Duque fue representado por el tenor Giuseppe Morino, que sustituyó al final al que estaba anunciado. Confieso que no conocía a ninguno de los dos, y no puedo imaginar cómo hubiera cantado el previsto. El que vi y oí, sólo discreto. Tiene voz, incluso demasiada, pero carece de gusto para cantar, de la melodiosidad que exige el personaje. Se adelantó en su aria tan conocida del segundo acto, y en la comprometida Donna e móvile, regular. Con todo, he oído peores Duques. Algo tiene el papel que, salvo dos o tres genios como Alfredo Kraus, Luciano Pavarotti, etc., nadie puede de verdad con él.

Otro rol que parece imposible de lograr es el de Magdalena. Tal vez porque canta el cuarteto y poco más, las mezzos de postín no lo quieren. La de la otra noche, Gisella Pasino, no estuvo mal. Cantó a tono en todo momento. La pena fue que en el cuarteto la tapó por completo la Ferrarini.

Sparafucile fue Alfonso Echevarría, el conocido bajo español. Bien, pero se le notaba algo incómodo en la tesitura. De los personajes secundarios masculinos, sólo estuvo bien Monterone, espléndidamente interpretado por Pablo Pascual, magnífico barítono que merece papeles de más importancia. Borsa y Ceprano, discretos; Marullo, mal. De los femeninos, Arantxa Gallastegui como Giovanna, bien, y Lourdes Martínez, algo nerviosa en sus dos intervenciones, como la Condesa Ceprano primero y como Paje después.

El coro no termina de ajustarse. Cantan bien, pero cada uno por su lado, entre sí y respecto a la dirección. Se les oye individualmente, pero no hay empaste en el conjunto, lo que sorprende más tratándose de una coral vasca, que suelen ser excelentes.

La orquesta polaca Arturo Rubinstein, de Lodz, bien, salvo la breve obertura donde el viento apagó la cuerda. El director, Marcello Panni, bien.

La puesta en escena, muy buena. El montaje de carpintería del decorado de la segunda parte del primer acto obligó a representar los tres como si fueran cuatro, lo que hizo un poco morosa la representación, que se desarrolló completa, sin cortes; algunos habituales.

En suma, un Rigoletto inolvidable, con una paraje protagonista sensacional, que nos hicieron pasar a los aficionados una velada de embeleso.

Palomas sin palomar

No sé si la razón por la que «el oficio más viejo del mundo» ha sido por lo común un coto reservado a la condición femenina, tiene un origen biológico o se debe a motivos sólo sociológicos, psicológicos o, en fin, meramente culturales. Lo curioso es que Miguel Sierra, autor de Palomas intrépidas, no juzga que ha sido la manifestación de un privilegio, uno de los históricamente raros privilegios femeninos, sino que es la manifestación de una desigualdad porque si los hombres no ejercieron el oficio, las mujeres tampoco pudieron disfrutar de sus servicios. En el mundo moderno ya no ha lugar para esa distinción, de aquí que el autor Sierra imagine una situación en la que dos «palomas intrépidas» se hallen en tan asfixiante y desesperada necesidad que urdan una estratagema para procurarse un varón que remedie su irreprimible ansiedad fisiológica.

No son Paloma y Rosa, protagonistas de este juego cómico, sin nervio suficiente para que pueda calificársele de «vodevíl» o de «enredo», dos mujeres de su casa, sino dos profesionales liberadas, que ejercen su trabajo y viven independientes de todo vínculo afectivo y hogareño. Solteronas más por motivos técnicos que afectivos, entradas en años aunque todavía no en carnes, viven con egoísmo y en soledad su autonomía. Pero la vida pasa su factura. La ausencia de varón se deja notar más en el plano sexual que en el afectivo. La convivencia de ambas amigas en el domicilio de una de ellas compensa de la segunda carencia, pero sólo contribuye a alimentar la primera. Pues continuamente aburridas una de la otra, parece que no tienen otro tema de conversación ni otra cosa en qué pensar.

Como a grandes males grandes remedios, Paloma y Rosa, y más Paloma que Rosa, aunque aparentemente el ardor apriete más a Rosa que a Paloma, deciden cortar por lo sano. Pudieron haber recurrido a las páginas amarillas, o tal vez a los anuncios por palabras, pero a Sierra se le ocurre, para complicar algo más la trama, que en sí misma no deja de ser esquemática, otro procedimiento de búsqueda del puto (que así se le llama en la obra).

Con estos mimbres, el cesto reúne a tres personajes: las dos palomas, más voraces que torcaces, y el puto, que no lo es por profesión sino por aprovechar la ocasión. La combinación de estos elementos podría haber inspirado una fábula moral, una sátira de costumbres, una comedia de enredo, un vodevil moralizador. Pero a) autor le falta nervio e imaginación para construir un ovillo con el hilo y apenas se limita a tirar del hilo para ver lo que sale o medir dónde llega. Sale poco y llega menos. Apenas algún juego de palabras, algún equívoco que rápidamente se aclara, un diálogo que tiene cierta soltura pero al que falta densidad, algunas frases acertadas y otras que se limitan a prolongar la situación, ya que no la acción.

Dos actrices excelentes, Lola Herrera y Marta Puig, capaces por sí solas de resucitar a un muerto, consiguen que este medio vivo no sólo ande, sino que, además, funcione. El espectador reflexivo no puede impedir la interna desazón que le causa el derroche de facultades de estas dos espléndidas actrices ai servicio de tan rudimentario papel y tan menguada intriga. La dirección de Ángel García Moreno es lo suficientemente hábil, dentro de las escasas complicaciones, como para sacar partido a las cualidades de ambas actrices. Gracias a ello, y a una acertada colaboración de Miguel Ortiz, el puto Bernardo —que no lo es tanto—, Ja obra se mantiene en pie. No tanto como para que al final el espectador suspire cuando cae el telón por lo que pudo ser pero no fue.

El lento proceso de la unidad alemana

Pocos españoles había en el siglo XVII que conocieran tan profundamente a Alemania como Diego Saavedra Fajardo. Su larga estancia en tierras germanas, su asistencia a Dietas del Imperio, de Borgoña o de Suiza, su participación en la organización e intendencia militar durante la para nosotros mal llamada Guerra de los Treinta Años, su gran capacidad de observación como político y como escritor, lo situaron en una plataforma excepcional para poder penetrar en los entresijos más íntimos de la vida del pueblo alemán. Por eso es de indudable interés averiguar cuál fue la visión que Saavedra tuvo sobre el funcionamiento de la maquinaria política del Sacro Imperio Romano Germánico y de la manera de ser de aquel pueblo, que constituía, en frase del Conde Duque de Olivares, «la rueda mayor» de la monarquía de los Habsburgo.

No deja de sorprendemos —y es un dato de lo que debe la pluma de Don Diego a Alemania— el que la casi totalidad de las obras del escritor murciano fueran compuestas en Alemania: Las Empresas políticas, su obra maestra, sale en Múnich en 1640, después de siete años de estancia en el Imperio; La Corona Gótica, en Münster en 1646; el diálogo lucianesco Locuras de Europa, aunque se publicó después de su muerte, fue compuesto durante el Congreso de Münster; los Tratados de Ligas y Confederaciones, obra lamentablemente perdida, la envió él desde Münster en 1644 a Bruselas para su impresión; igualmente, Guerras y movimientos de Italia de cuarenta años a esta parte, también perdida, la empezó en Roma y la completó en Münster, según lo anuncia él mismo en carta de 3 de mayo de 1644. E incluso la República Literaria, escrita en su juventud, probablemente en Roma, fue retocada en Múnich, después de la aparición de Las Empresas.

Es decir, que prácticamente toda la producción literaria de Saavedra nace o renace bajo el benéfico influjo de las constelaciones germánicas.

Cuando Don Diego emprendió su viaje desde Roma a la Corte de Baviera no conocía la situación del Imperio más que por las múltiples noticias que llegaban constantemente a la Ciudad Eterna. Nunca había estado en contacto directo con el pueblo alemán. En cambio, desde su primera misión diplomática en Baviera en 1633 hasta poco antes de su muerte, la vida de Saavedra va a estar consagrada, con enorme tensión emocional, a fomentar la estabilidad política de Alemania y, por tanto, la paz de Europa.

Como buen diplomático, no era él amante de la guerra y creía que todo se podía lograr con la negociación. Tenía la convicción —y así lo expresó en la Empresa 74— de que «es la guerra una violencia opuesta a la razón, a la naturaleza y al fin del hombre, a quien creó Dios a su semejanza y sustituyó su poder sobre las cosas, no para que las destruyese con la guerra, sino para que las conservase. No lo creó para la guerra, sino para la paz. No para el furor, sino para la mansedumbre. No para la injuria, sino para la beneficencia». Pero sabía también que «no halla la paz quien la busca, sino quien la obliga», y que «no es menos gloria del príncipe mantener con la espada la paz que vencer en la guerra». Y declara dichoso a aquel reino donde la reputación de las armas conserva la abundancia, donde las lanzas sustentan los olivos y las vides, y donde Ceres se vale del yelmo de Belona para que sus mieses crezcan en él seguras». «Cuanto es mayor el valor», añade en otra parte, «más rehúsa la guerra»… «Y sí la guerra se hizo para la paz, ¿para qué aquélla, cuando se puede gozar de ésta?». No defiende, pues, la paz estática e inerte de la losa sepulcral, sino la paz dinámica y vital del roble erguido, es decir, la paz de la vigilancia y de la prudencia política.

Saavedra luchó con las armas de la negociación hasta el final, por la imposible y quijotesca aventura de promover la unión del Imperio entre sí y la del Imperio y de todos los príncipes alemanes con la Corona de España, porque sabía que la paz de Europa dependía de la unidad y estabilidad de Alemania. Ciertamente, él logró atraer y mantener largo tiempo al príncipe de Baviera dentro de la órbita hispano-imperial. Pero, por esas fatalidades que se abaten necesariamente sobre los pueblos, no se logró la meta final, o sea, ni la unión de los alemanes en una gran nación, ni la unión de Alemania con España.

El drama europeo

Él sintió como pocos, con una amargura indescriptible, la quiebra de esa monarquía habsbúrgica, y a) mismo tiempo el tremendo desgarrón que produjo la sublevación de Cataluña y de Portugal, golpe mortal al poderío militar y al prestigio y reputación de España, en el momento más crítico de una guerra internacional y lejana, que provocó la lenta e irremediable agonía de la hegemonía española.

Desde esa larga experiencia diplomática, Don Diego Saavedra Fajardo —así firmaba siempre en su correspondencia— tiene aún hoy día mucho que decirnos de su visión sobre la Alemania de la Guerra de los Treinta Años.

Una visión que no sólo por imperativo de la coyuntura internacional, sino por exigencias de la geopolítica española, tenía que enmarcarse forzosamente en el ámbito europeo.

Y quiero enlazar el problema de la Europa de ayer con el de la Europa de hoy, porque el fenómeno europeo, con todas sus connotaciones, sólo es plenamente inteligible cuando se lo contempla, no aislando los diversos tramos temporales de los que le preceden y le siguen, sino integrándolos todos dentro del lento proceso de la formación de esta ultra-nación que llamamos Europa.

Y otra razón más para esa conexión entre el ayer y el hoy es que nunca se puede discutir con suficiente comprensión el problema del futuro de Europa sin hacer constantes referencias históricas a nuestro pasado y, por tanto, sin cuestionar el terreno que pisamos. Al fin y al cabo, «el pasado es la navecilla donde se embarca el inquieto porvenir».

El tema Europa es hoy uno de los más recurrentes en los foros internacionales, en los congresos o simposios, y consiguientemente en los medios de comunicación social. Y así se habla de la unidad de Europa, de la Comunidad Europea, de la identidad de Europa, del pasado y futuro de Europa, de la misión de Europa y de la conciencia de Europa. Europa es la gran preocupación de los políticos de hoy como lo fue de los políticos de ayer.

Por eso es muy instructivo establecer un cierto paralelismo entre los planteamientos de ayer y los de hoy sobre el tema de Europa para evaluar la persistencia, a lo largo del tiempo, de los problemas que nos afectan incuestionablemente a todos los europeos.

Me voy a fijar sólo en dos momentos de reflexión que se han hecho sobre nuestro tema en nuestro mismo tiempo.

El primero fue en 1984. Hace cuatro años tema lugar en Roma el simposio anual de la prestigiosa fundación alemana Körber sobre !a división de Europa, Asistían a él el presidente de la República Federal, barón Von Weizsäcker; el ex-canciller Helmut Schmidt; el presidente del Senado italiano, hoy presidente de la República Italiana, Francesco Cossiga; el secretario de Estado del Vaticano, cardenal Casaroli; el cardenal de Viena, Franz König, más un grupo de profesores y diplomáticos europeos hasta una treintena. A él tuve yo el honor de ser invitado.

Los disertantes principales, o sea los que suministraban la materia para la discusión, fueron el cardenal König y el ex-canciller Helmut Schmidt, como representantes de dos naciones europeas de afta problematicidad.

Entre las ideas, problemas e interrogantes que alli se pusieron sobre el tapete y que daban por supuesto ¡a necesidad de la unidad europea, estaban los siguientes:

1) La historia de Europa es la historia de mil años de guerras intestinas. ¿Es la unidad europea la fórmula mágica que va a alejar definitivamente de nosotros todo peligro de guerra?

2) ¿Cuál es el ámbito geográfico de la Europa con que soñamos? ¿Va desde el Atlántico hasta los Urales, como proponía el Papa últimamente en Estrasburgo, o se debe reducir a la Europa Occidental?

3) El problema alemán no es sólo un problema alemán.

4) La conducción de Europa depende del entendimiento entre Francia y Alemania.

5) ¿Tienen los europeos una cultura común, como base para su propia identidad?

6) ¿Puede darse una auténtica unidad europea sin una lengua común?

He aquí algunas de las grandes cuestiones que allí se debatieron y que se plantean hoy en todo pensador que piense sobre esa realidad europea.

Todas esas cuestiones tienen un trasfondo histórico tan profundo que llega hasta las mismas raíces greco-latinas, cristianas y germánicas de que se ha ido alimentando el ser de Europa.

Y en el caso concreto de la Europa de Saavedra Fajardo, algunos planteamientos son no sólo tan parecidos, sino tan idénticos, que se puede decir que es el mismo problema, prolongado durante siglos, como, por ejemplo, el de que el problema alemán no es sólo un problema alemán, sino un problema europeo. Y el de que el entendimiento franco-alemán es la clave de la paz europea. Estos problemas tenían en el siglo XVII la misma vigencia que siguen teniendo en nuestro mismo tiempo.

Las raíces de Europa

Y, yendo un poco más atrás, hace 40 años, en 1949, todavía sobre las humeantes ruinas de la guerra, desarrollaba Ortega y Gasset un tema europeísta con una conferencia tenida en la Universidad Libre de Berlín con el título De Europa meditatio quaedam. Fue tal la expectación que el nombre del orador y el título de la conferencia despertaron en la masa estudiantil de la antigua capital alemana, que fue preciso habilitar con altavoces todas las aulas de la universidad para acoger al público que deseaba asistir. Y como muchos estudiantes no pudieron entrar, rompieron la gran puerta de entrada, quebraron los ventanales, causaron víctimas y fue inevitable una intervención de la policía. La prensa alemana, que durante varios días relató los incidentes ocurridos, puso a sus comentarios, como título humorístico, el de La rebelión de las masas, aludiendo al libro de Ortega, tan popular entonces en Alemania.

El fenómeno se repitió en Múnich en 1953, aunque sin la violencia de Berlín. Y yo fui testigo de la inmensa concurrencia que llenó el salón Hércules y aledaños de la Residencia Real, por donde tantas veces había paseado su figura el diplomático español Don Diego Saavedra Fajardo.

El tema de la conferencia fue Gibt es ein europäisches Kulturbewusstsein? («Hay una conciencia de la cultura europea?»), y venía a repetir los problemas planteados en Berlín

Entre esas dos fechas (1949-1953) —y permítaseme esta digresión—, Roberto Schuman, hombre de fronteras, nacido alemán en 1886, hecho francés en virtud de la transferencia de territorios alemanes a Francia al terminar la I Guerra Mundial, beneficiario de una doble cultura, militante católico sólidamente formado en el plano doctrinal y comprometido por su formación cristiana en la acción política, había lanzado a la vida pública su idea de asentar, sobre una base firme y sólida, fa tan deseada paz de Europa.

Fue precisamente el 9 de mayo de 1950 cuando él propuso, como ministro de Asuntos Exteriores de Francia, ía creación de una Comunidad Europea del Carbón y del Acero, gesto eminentemente político que iba a fundar la nueva Europa sobre ía reconciliación franco-alemana, fundiendo en una misma realidad externa lo que ya estaba unido en su alma, mitad germana mitad francesa.

Con razón otro gran hombre, de la misma talla moral y humana, Konrad Adenauer, lo saludaba como a un hombre hecho a la altura de los tiempos, se sentía feliz de poderlo llamar amigo y aceptaba la propuesta de aquel germano-francés con estas palabras: «El plan Schuman es un paso fabulosamente nuevo y audaz». Y con la grandiosa sencillez de las cosas decisivas se daba un paso inaudito en la construcción de Europa, se pasaba, como quien pasa la página de un libro, del final de una época trascendental de la historia al comienzo de una nueva era.

Pues bien, y volviendo a Ortega, su pensamiento se puede reducir a las siguientes conclusiones:

  1. Los alemanes en el siglo XVll no tenían aún conciencia de nación, y todavía entre 1800 y 1830 no sabían si eran una nación y cómo eran una nación.
  2. Las causas de esta evolución retardada en el proceso nacionalizante, según él, fueron dos: a) El no haber sido romanizados todos los alemanes; b) La Guerra de los Treinta Años, que hizo perder a Alemania un siglo en todos los órdenes.
  3. Lejos de ser la unidad europea mero programa político para el inmediato porvenir, es el único principio metódico para entender el pasado de Occidente.

Como se puede comprender, estas conclusiones inciden directamente sobre el modo como debemos entender hoy los problemas de la Europa del siglo XVll.

No vamos a entrar ahora en el análisis a fondo de las tesis de Ortega ni en los fundamentos de la doble causa del retraso de la conciencia nacional alemana. Pero si quiero precisar tres cosas sustanciales que hacen a mi propósito: primera, que no existía efectivamente una conciencia nacional en la Alemania del siglo XVll; segunda, que la Guerra de los Treinta años no es causa, como dice Ortega, sino efecto, de la carencia de sentido de nación en Alemania; si Alemania hubiera sido un bloque compacto nacional al modo de España o Francia, la Guerra de los Treinta Años no hubiera existido. Tercera, que el único principio metódico para entender el pasado de Occidente es efectivamente la unidad europea, o por lo menos el mejor método para comprender el proceso de la construcción de Europa.

Un feroz antagonismo

Estos dos puntos de referencia (la Fundación Kórber y Ortega) nos sitúan en la mejor perspectiva posible para entender la Europa de ayer.

La Europa de Saavedra Fajardo —hay que recordarlo— era la Europa de los más feroces antagonismos: antagonismo entre Francia y los Habsburgo, antagonismo entre católicos y protestantes, antagonismo entre los príncipes alemanes y el Emperador. Había otros antagonismos menores, que se aliaban con los unos o con los otros según las circunstancias.

Pero de todos ellos el antagonismo más pernicioso para la convivencia de Alemania y de Europa fue el antagonismo intraimperial, porque en él residía la clave del futuro de Europa y de Alemania, que efectivamente quedaba a merced de la eterna ambición humana de los que querían medrar a costa del Imperio.

Tengo la firme convicción de que, si se hubiera mantenido la autoridad que el Emperador había conseguido en 1629 —y no aludo al funesto Decreto de Restitución de bienes eclesiásticos que España rechazó por antipolítico— se hubieran logrado dos metas esenciales: 1) se hubiera acelerado el proceso nacionalizador de Alemania; 2} y se hubiera evitado la dinámica belicista posterior surgida de la Paz de Westfalia. Desde entonces acá la mayor parte de las paces de Europa fueron las premisas de otras nuevas guerras, por no haber resuelto en aquéllas las causas que generaban dichas guerras.

Entre los antagonismos no he querido mencionar el antagonismo entre Europa y la Media Luna, porque este antagonismo, sin los otros, hubiera fortalecido más bien los vínculos internos ante la amenaza común y hubiera empujado a Europa — lo que entonces era la Cristiandad— a recobrar su antiguo dominio del Mediterráneo, conviniéndolo de nuevo en el Mare Nostrum.

Este sueño dorado de los Reyes Católicos y del Emperador de Occidente, Carlos V, se desvaneció como una quimera por el pandemónium europeo de los clásicos antagonismos.

A Saavedra Fajardo le correspondió la noble tarea de luchar contra el antagonismo intra-imperial —ésa fue su gran aspiración— tanto desde su puesto de embajador de Baviera como desde el de plenipotenciario de la Paz de Westfalia. Y queremos repetir que mientras él estuvo en Baviera logró mantener la adhesión resuelta del Duque Maximiliano a la causa de los Habsburgo —que en definitiva era la causa del Imperio—, Pero la cohesión global y final de todos los príncipes alemanes bajo la autoridad efectiva del Emperador y en unión de España fue sólo una aspiración ideal que naufragó en el mar revuelto de los particularismos germánicos. La hora de la integración alemana no había sonado todavía.

Esperanzas truncadas

Merece la pena recordar el análisis finísimo que Saavedra Fajardo hace de la descomposición política de Alemania durante la gestación de la Paz de Westfalia, en que se decidiría lamentablemente la fragmentación del Sacro Imperio Romano Germánico en 350 principados independientes: una catástrofe para la construcción de Europa.

Don Diego se expresaba por boca de Mercurio en el diálogo de las Locuras de Europa.

Iba el dios Mercurio por el aire, según él, recorriendo todas las regiones de Europa, cubiertas del humo y del polvo que levantaban los escuadrones y el fuego de Marte, y entre todas le llamó la atención Alemania, señora de Europa, que la describe con estas densas pinceladas, señalando 21 agravios, en una enumeración donde no se puede decir más con menos palabras.

«Ninguna cosa me movió más a confusión que Alemania, viendo que era esclava de las naciones la que por Imperio del mundo, que en ella resplandece, debía ser señora de todas; que las haya llamado por auxiliares contra sí misma; que las sustente y asista para su ruina; que lo que adquieren y mantienen con la fuerza cree que es para su misma defensa y seguridad y no para su despojo; que tenga por protección lo que es tiranía y por libertad lo que es servidumbre; que la que ha de dar leyes a los extranjeros las reciba de ellos; que, pudiendo con la unión y concordia aspirar a ser una potencia hegemónica, se rinda por su división a la de sus enemigos; que piense obligarlos con separarse de la cabeza que la gobierna (Emperador) y con abandonar la amistad y confederación de los que son interesados en su misma conservación y comunes en la causa (España); que, a título de religión, la pierda y que hagan consejeros de la paz a los que le hacen la guerra. Lo que más me ha admirado es que para remedio de males tan graves se señalasen por congreso a Münster y Osnabúrg, lugares dispuestos por su situación y vecindad a fomentar las discordias de Alemania y disponer la guerra; que los mismos enemigos extranjeros convocasen con sus cartas a los príncipes y Estados del Imperio a venir a ellos contra sus antiguas constituciones y loables estilos; y que las obedeciesen sin conocer el artificio de sus promesas y la falsedad de sus pretextos, los cuales eran de unir el Imperio, y los juntaban para desunillo; de quitar gravámenes, y al mismo tiempo los hacían mayores; de restituir a cada uno en sus Estados y los despojaban de ellos; de ponerlos en libertad, y era por servidumbre; de hacer la paz, y ninguna cosa más opuesta a ella que llamar los Estados. ¿Quién jamás vio, en una provincia que padece guerras civiles, reducir en un lugar las cabezas de ellas, desunidas entre sí en religión, en parcialidades e intereses, para tratar con los mismos extranjeros que fomentaron las sediciones y las sustentan con sus armas para dominar a unos y a otros? Se duelen los franceses y suecos de las calamidades del Imperio, y son ellos la causa; exclaman que desean la paz, y ellos solos hacen la guerra; se quejan de la dilación de los tratados, y los embarazan con varias artes; y ya hoy están juntos los Estados y, aunque reconocen las artes y los peligros y que son burlados y maltratados de los mismos que los han llamado, vienen tan ciegos por sus pasiones internas [aquí está la clave], que no acaban de conocer que sólo su concordia será el remedio de tantos males.» Hasta aquí Saavedra.

La concordia del pueblo alemán, la concordia de todos los príncipes del Imperio, era la única fuerza que podía poner en forma, a la altura de tos tiempos, a todos los alemanes.

Y, por supuesto, la tesis de Don Diego de «correr juntos —españoles y alemanes— la misma fortuna», con lo cual se hubiera acabado antes, y con éxito, la guerra, se quedó en utopía caballeresca que, a medida que se alargaba la contienda, se alejaba más de entre las manos. Ahí estuvo la causa determinante del fracaso. Por eso el plenipotenciario español expresaba, el 10 de junio de 1645, desde Münster al Marqués de Castel Rodrigo, Gobernador de Flandes, su amarga decepción y profunda melancolía por la tremenda frustración de la política española en el Imperio.

Daniel Bell. El Estado nacional se ha quedado estrecho para el capital

El sociólogo Daniel Bell, colaborador de Nueva Revista (ver número 4: «Por una sociedad civil»), visitó Madrid, invitado por el seminario permanente Empresa y Humanismo. Este seminario fue fundado por un grupo de empresas (BBV, IBM, Iberduero, Compañía Sevillana de Electricidad e Hidroeléctrica) en colaboración con la Universidad de Navarra. Actualmente otras empresas de gran importancia figuran como asociadas al seminario.

Un miembro del Consejo Editorial de Nueva Revista participó en el seminario, asistió a la conferencia de Bell sobre «La empresa en la sociedad postindustrial» y conversó con el sociólogo de la Universidad de Harvard sobre aspectos de su disertación.

Según el profesor Bell, la crisis de! Golfo Pérsico ha puesto de manifiesto que se ha producido un importante cambio en el orden mundial cuyo aspecto más significativo es la unificación de criterios en las Naciones Unidas. La caída del comunismo está en el origen de ese cambio importantísimo, que modifica esencialmente el sentido de las relaciones internacionales. Para Bell, la guerra del Golfo Pérsico es el último ejemplo de conflicto bélico basado en el antiguo orden internacional de enfrenamiento entre bloques y el primer ejemplo de unificación de un nuevo orden en el que la acción política internacional deja de estar impulsada por la rivalidad ideológica para pasar a ser orientada por motivos de técnica económica. Pero —puntualiza— no habrá más conflictos bélicos causados por problemas energéticos.

El profesor Bell opina, en efecto, que la crisis petrolífera será pasajera. El Club de Roma —observa— estaba equivocado. Interpretó que el crecimiento y el desarrollo estaban subordinados a la explotación del petróleo y de otros recursos naturales que acabarían agotándose, pero no calculó la innovación de recursos promovida por la renovación tecnológica. «La importancia del petróleo bajará, pues será sustituido por otras energías. El petróleo es el último recurso natural que puede organizarse como un cártel».

«No es posible prever el futuro», dijo Bell, pero sí es posible interpretar las tendencias y orientarnos acerca del sentido del devenir. «Antes de la II Guerra Mundial el poder nacional de las potencias europeas dependía de su poder militar. Hoy Japón y Alemania tienen más poder que entonces; tienen más poder sin ejército que con ejército, porque el poder procede ahora de la economía, y la economía es la prolongación de la guerra por otros medios». El origen del poder tiene actualmente su fuente en la combinación de la actividad económica con la tecnología de la inteligencia. Estamos en la sociedad posindustrial, un tipo de organización cuyo dinamismo se basa en la sustitución de la tecnología mecánica por la tecnología intelectual. Actualmente ya no es necesario centralizar la producción, pues la antigua concentración urbana por recursos se sustituye por un sistema de distribución de la producción. Lo único que se necesita centralizar es la información. «El mercado se ha convertido en una red de comunicación»; ya no es un lugar, un sitio geográfico. Pero del mismo modo que cambia la naturaleza del mercado, también cambra el fundamento de la productividad, No estaba tan equivocado Marx en su época cuando pensaba que el capitalismo se fundaba en la explotación de la mano de obra; estaba equivocado al pensar que la plusvalía no podría tener otro origen. «Ahora la base de la productividad es el ahorro del capital». De hecho, la economía actual funciona según un nuevo principio, que puede definirse como «la libre circulación del capital». La economía no reconoce fronteras porque actualmente no es posible poner fronteras al capital, Las fronteras sólo actúan frente a las personas.

Economía e ideología

A la pregunta de si puede considerarse que la ideología actúa como un freno para la actividad económica, el profesor Bell consideró que ideología y economía siguen caminos separados, que los viejos conceptos se han quedado estrechos, y también las instituciones heredadas. «El Estado resulta demasiado pequeño para los problemas grandes y demasiado grande para los problemas pequeños». Con relación a los grandes problemas económicos, «el Estado ha perdido el control del sistema monetario. No puede modificar los flujos del capital, los cuales requieren una configuración supranacional, pero a la vez es demasiado grande para afrontar los problemas locales». En Europa se observa que hay una gran facilidad para integrar la actividad económica; sin embargo, la integración política tiene más dificultades. No hay una conciencia clara del Parlamento Europeo; muchos europeos no saben siquiera si está ubicado en Bruselas o en Estrasburgo.

«¿Es posible una integración ética del impulso económico?», preguntó NUEVA REVISTA a Bell. «Usted ha participado en un seminario del profesor Putnam en Harvard sobre la teoría de Habermas, ¿Qué le parece la distinción de Habermas entre acción comunicativa y acción estratégica?», «Soy muy amigo de Habermas y continuamente intercambiamos por escrito puntos de vista. Pero su planteamiento es, en efecto, como usted dice, normativo, trata de orientar normativamente la actividad humana. Ese punto de vista no es el mío, y tampoco lo es, en consecuencia, la metodología de cada uno». Actualmente, concluyó el profesor, la motivación económica sustituye a la motivación ideológica.

En su conferencia, el sociólogo de Harvard insistió en que la economía funciona actualmente sólo en algunas partes del mundo, Europa, América del Norte y Japón, principalmente a causa de que la gestión depende de un profundo refinamiento de las condiciones intelectuales. En el siglo XX los servicios humanos y profesionales se han convertido en uno de los productos económicos esenciales, lo cual constituye un rasgo característico de la sociedad postindustrial. El progreso económico depende de la tecnología intelectual, la cual se desarrolla principalmente en las Universidades. Los países que se quedan retrasados en el perfeccionamiento de la tecnología intelectual se encuentran en situación de inferioridad. Bell no manifestó mucho optimismo sobre la posible incorporación de sociedades preindustriales a la sociedad postindustrial.