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Ver productosEl autor, Max F. Perutz, nacido en Viena, doctorado en Cambridge, ha dedicado su vida a la investigación científica en los campos de la biología molecular y de la medicina. Pero también ha reflexionado en una serie de campos, que no son susceptibles de una comprobación experimental en el laboratorio. Y, fruto de esas reflexiones, ha surgido este libro. Se trata de una serie de ensayos, agrupados en cuatro grandes epígrafes: «¿Es necesaria la ciencia?», que da título al libro; «La ciencia en la guerra», «Grandes científicos» y «Sobre la ciencia». En «Grandes científicos» se hacen unos retratos humanos de cuatro importantes científicos: Fleming, Rutherford, Planck y Weizmann.
Particularmente sugerente es el ensayo «La Influencia humanizadora de la ciencia». Se trata de explorar hasta qué punto nuestra sociedad podría prescindir de los conocimientos científicos. Evidentemente, éstos conllevan una contrapartida, que puede resultar, en ocasiones, espantosamente cara. Pero la respuesta es clara y tajante. Sin la ciencia, nuestra sociedad no podría mantener un nivel de vida aceptable. Y el autor cita el caso de la Revolución Cultural en China. «Los científicos eran enganchados al arado; los institutos de investigación eran cerrados o se paralizaba su trabajo por interminables discusiones sobre sus objetivos políticos». El resultado no fue, en modo alguno, la vuelta, como predicó Rousseau, a una sociedad primitiva pero feliz. Este roussonianismo de café o de pub, al que tan aficionados son ahora muchos ecologistas, se mostró imposible y llevó al país al borde del colapso económico, «porque los problemas que plantea tener a la gente alimentada, vestida y con una salud razonable, y de proteger a) país de una invasión extranjera, no pueden resolverse sin la ciencia». Evidentemente, nos encontramos muy lejos de aquellos ingenuos progresistas del siglo XIX, que pensaban que la ciencia era capaz de traer la felicidad a la humanidad. Esta postura carece por completo de sentido. La felicidad constituye un problema personal. Jamás puede ser consecuencia de una teoría científica. La ciencia solamente puede aportar un nivel de vida razonablemente confortable. Y esto no es poco. Es cierto que la ciencia encierra también muchos peligros y no pocas tragedias. Como ejemplo, basta citar Chernobil. Posiblemente, uno de los temas cruciales de nuestro tiempo sea el de saber hacer un uso ético y razonable de los conocimientos científicos.
Muy interesantes son los párrafos que el autor dedica a la creatividad. Nos encontramos aquí ante un fenómeno tan difícil que nadie es capaz de describir con alguna precisión. En esta línea Popper ha escrito «que no existe, en absoluto, un método lógico de tener nuevas ideas, ni una reconstrucción lógica de este proceso. Puede expresarse mi parecer diciendo que todo descubrimiento contiene «un elemento irracional» o «una intuición creadora» en el sentido de Bergson». Pero el trabajo parece estar siempre presente en el acto de la creación y, además, la imaginación, que ocupa el primer lugar tanto en la creación artística como en la científica.
En el ensayo «ciencia y política», Perutz se pregunta si la ciencia puede hacer algo para disminuir las tensiones, nacionales o internacionales. En líneas generales, y después de relatar una serie de hechos, algunos espeluznantes, como las matanzas planeadas y organizadas durante la época nazi, por unas trescientas personas en el Instituto de Neurología del Hospital Charite en Berlín, el autor concluye, siguiendo a Popper, que la ciencia puede hacer, por lo menos, una modesta contribución, en el sentido de disminuir las tensiones políticas, si sabe orientar a la gente hacia una aptitud científica en los problemas políticos.
En definitiva, un libro lleno de experiencias vitales, de conocimientos personales, de vida, escrito por un hombre que se define como un biólogo molecular, «que ha pasado su vida buscando qué aspecto tienen y cómo funcionan las grandes moléculas, que son los caballos de carga de la célula viva».
A medida que transcurre el tiempo me confirmo más en la idea de que la reforma fiscal española de 1977-78 no fue especialmente brillante. No critico que sus autores aportaran pocas cosas nuevas y se limitaran casi a reproducir modelos ya existentes en otros países. Todo lo contrario. La prudencia en estos casos es siempre loable, y en cuestiones de hacienda suele ser preferible pecar de falta de originalidad antes que de afán innovador al margen de la realidad.
El mayor defecto de esta reforma es otro. Se trata de que, nos guste o no, nació anticuada. Sus puntos de referencia estaban en el pasado, no en el futuro. Y los principios que la inspiraron se basaban en una serie de ideas que, dominantes durante bastantes años en el mundo occidental, empezaron a perder terreno en la década de 1980. por haber dado origen a sistemas fiscales excesivamente complicados, poco eficientes y desincentivadores de la actividad económica.
Un sistema fiscal nuevo no arraiga con rapidez. Hace falta, en cambio, un período de tiempo relativamente largo para que las empresas y los consumidores se habitúen a él y adapten sus comportamientos. Esta adaptación era precisa también naturalmente en España. Y, poco a poco y con esfuerzo, se fue realizando. Pero resultó que, precisamente en los años en los que nuestro nuevo sistema debería haber sido aceptado y asimilado por la opinión pública española, uno de sus principios más importantes —la existencia de un impuesto sobre la renta personal fuertemente progresivo— empezó a ser objeto de duras críticas por parte tanto de la economía académica como de los programas políticos en países tan significativos como Estados Unidos o Gran Bretaña. Pensemos, por citar algunas fechas representativas. que la ley y el reglamento del impuesto español sobre la renta de las personas físicas fueron aprobados en 1978 y 1979. Y muy pocos años más tarde se defendía ya abiertamente en América una nueva política impositiva basada en una sustancial reducción de la progresividad y una notable simplificación del impuesto. En pocas palabras, como tantas veces ha sucedido a lo largo de nuestra historia, mientras nosotros íbamos los otros ya estaban de vuelta.
No parece, sin embargo, que la lección haya sido aprendida. Tenemos hoy una excelente ocasión para rectificar el camino equivocado. Pero, por desgracia, el proyecto de reforma del impuesto español sobre la renta de las personas físicas adolece, en este y en otros aspectos, de un conservadurismo y una timidez que tienen poca justificación en los momentos actuales.
La progresividad de los impuestos personales debe necesariamente constituir un tema de discusión fundamental en cualquier proceso de reforma fiscal. La razón es que, aunque sometida a todo tipo de ataques, la progresividad ha cobrado tal carta de naturaleza en los sistemas tributarios que. para mucha gente, ni siquiera su conveniencia puede ser sometida a debate. La propia Constitución de 1978 ha recogido este principio en su artículo 31. en el que se establece que el sistema tributario ha de ser justo e inspirado en los principios de igualdad y progresividad. Por ello cuando empieza a criticarse seriamente la idea misma de la progresividad de los tipos de gravamen y se comienzan a defender tarifas próximas a la proporcionalidad, mucha gente reacciona como si se estuviera atentando contra un principio básico de la democracia.
Y esto claramente no es cierto. Pero resulta. además, que aun en el caso en el que se estableciera un impuesto sobre la renta de tipo proporcional, en el que cada uno pagara un porcentaje fijo de sus ingresos, el principio constitucional podría quedar a salvo. Lo que la Constitución dice es que el sistema tributario debe basarse en el principio de progresividad, no que los tipos hayan de ser progresivos. En pocas palabras, es fácilmente concebible un impuesto progresivo con tipos proporcionales. Basta para ello establecer un mínimo exento de renta, y el tipo medio crecerá ligeramente a medida que los ingresos aumenten.
No creo, sin embargo, que éste sea el problema más importante a debatir. La cuestión fundamenta] es que la progresividad ha fracasado tanto desde el punto de vista de la eficiencia como de la equidad en nuestro sistema fiscal. Y, curiosamente, más en lo que a la equidad que en lo que a a la eficiencia se refiere. En vez de lograr que los grupos de ingresos elevados paguen una proporción mayor de su renta, lo que se ha conseguido en España es que quienes obtienen su renta del trabajo o de determinados bienes de capital paguen más que los profesionales independientes o los empresarios. Y si, en lo que respecta a la eficiencia, los efectos no han sido muy importantes, se debe fundamentalmente al propio fracaso del impuesto, no a su éxito. Cuando es posible evitar el pago del tributo, la actividad económica no se reduce. Simplemente se desplaza a sectores donde el control no existe o es menor.
Si las supuestas ventajas de los tipos progresivos no aparecen, sí hemos visto, en cambio, muchos de sus inconvenientes. El más evidente de todos ellos es un fuerte crecimiento de la presión fiscal —sobre todo para las rentas medias— como consecuencia del juego conjunto de la inflación y los tipos progresivos. En efecto, uno de los grandes defectos de estos tipos es que, si no se reajustan perfectamente cada año para evitar las distorsiones causadas por el alza de los precios, una persona con unos ingresos reales constantes paga cada vez un mayor porcentaje de su renta como impuesto. Sólo esto ya sería suficiente motivo para reconsiderar la estructura misma de la tabla de los tipos de gravamen.
Los períodos de reforma son buenos momentos para hacer cosas que rompen con la tradición. El mantenimiento de la actual tarifa del impuesto sobre la renta tiene hoy poco sentido. Y dentro de algunos años tendrá aún menos. Bueno sería no perder esta oportunidad de modificarla sustancialmente.
El impuesto sobre el Patrimonio ha ido ganando en aceptación en España desde su establecimiento en 1977 a propuesta de la Unión de Centro Democrático. La consideración de los tributos como un sistema permite reequilibrar la físcalidad gravando con un impuesto específico al patrimonio, justificado por la mayor estabilidad y seguridad que ofrecen, en genera!, sus rendimientos en comparación con los derivados de las actividades laborales, profesionales y empresariales. No resulta ya necesario apelar a su función censal y de control del Impuesto sobre la Renta, atribución más psicológica que real, dados los mecanismos que éste tiene para servir a estas finalidades.
Por otra parle, los tipos de gravamen moderados propios de aquel impuesto y una progresividad muy extendida han terminado por acallar casi todas las voces que han protestado tradicionalmente por la sobreimposición que supone gravar la renta, por una parte, y su fuente (el patrimonio), por otra. Resulta interesante, en esta línea de aceptación, la enmienda a ta totalidad presentada por el Partido Popular, y cuya justificación dice así: «Por considerar inadecuada a la realidad de la economía española la formulación que hace el Proyecto de Ley del Impuesto sobre el Patrimonio». Es decir, no se contesta el impuesto, y sí se enmienda, en cambio, la «formulación», es decir, la forma y la estructura de la figura impositiva a que nos referimos.
El principal rechazo teórico y potencialmente práctico del impuesto puede venir de la existencia de otros tributos (también impuestos) que gravan elementos patrimoniales aislados y que puede llevar a los ciudadanos a la idea de que la doble imposición excede a lo que sería admisible como consecuencia de un ajuste de distintos sistemas fiscales (central y local); por ejemplo, un inmueble ocupado por su propietario puede tributar por el Impuesto sobre el Patrimonio, por el aue grava la renta de las personas físicas (a través de la ficción de la renta imputada) y por el municipal (que incide sobre el inmueble mismo). Aunque la cuota de este último se integra en el impuesto general sobre la renta, lo hace sólo parcialmente, continuando en buena medida un fenómeno de sobreimposición.
El proyecto de ley, en su actual trámite parlamentario, tiene como aspecto más discutible su relación con el principio constitucional de seguridad jurídica; en mi opinión, varios de sus artículos pueden colocar al contribuyente más riguroso en el cumplimiento de sus obligaciones en una situación de duda o de inseguridad, que es, justamente, lo que el citado principio quiere evitar. Veamos algunos ejemplos:
a) En primer lugar, en cuanto a la imputación de patrimonios. El artículo 7, párrafo 4, dispone: «Cuando no resulte debidamente acreditada la titularidad de los bienes o derechos, la Administración Tributaria tendrá derecho a considerar como titular a quien figure como titular en un Registro fiscal u otros de carácter público». La expresión «debidamente acreditada» es imprecisa, pero lo importante es el establecimiento de una presunción (ya prevista con otro alcance y para otros supuestos en el artículo 119 de la LGT) que choca con la establecida en el artículo 1,361 del Código Civil: «Se presumen gananciales los bienes existentes en el matrimonio mientras no se pruebe que pertenecen privativamente al marido o a la mujer».
La cuestión es importante no sólo porque el impuesto es progresivo, sino también porque la imputación de determinados elementos patrimoniales supone la imputación de su renta. ¿Se podrá oponer a la Administración la presunción civil obligándole a que pruebe el carácter privativo del bien? Numerosos bienes pueden quedar sometidos a esa presunción por subrogación rea!, dado que la prueba de que los recursos con que fueron adquiridos eran gananciales será muy difícil. Por otra parte, ¿la presunción se aplicaría sólo a la titularidad en el momento de la inspección o a todas las que se hayan producido en el plazo de prescripción? Si fuese así, la imputación se extendería a los bienes que en base a la subrogación real han sustituido a los inscritos en los registros de carácter público.
b) En segundo término, la valoración de tos bienes inmuebles plantea también algunas dudas. La regla general está contenida en el artículo 9,1: «Constituye la base imponible de este impuesto el valor del patrimonio neto del sujeto pasivo». En relación con los inmuebles, sin embargo, se da también entrada al precio (concepto distinto del valor) y se distingue entre dos valores administrativos (el catastral y el comprobado por la Administración a efectos de otros tributos). En resumen, la base no está constituida por un valor, sino por la mayor magnitud entre tres: dos valores administrativos distintos y el precio o contraprestación de la adquisición. Llama la atención que después del poder jurídico y los mecanismos de valoración que la Ley 39/88 ha otorgado a la Administración para fijar y mantener el valor de los inmuebles (recuérdense las normas que sobre revisión, modificación y actualización establece la citada disposición legal) se baya renunciado a que el Impuesto sobre Inmuebles sea el verdadero y único arbitro de las valoraciones, llevando a él todo el debate Administración-contribuyente y facilitando datos, posteriormente, a los demás impuestos. En resumen, si la base imponible del impuesto es el valor (como dice el artículo 9.1), nada más propio que extraer del citado impuesto municipal todas las posibilidades que el mismo ofrece.
Dos cuestiones concretas plantea la redacción actual de la determinación de la base imponible en inmuebles. Primera: si prevalece el valor comprobado por la Administración a efectos de otros tributos, ¿incidirá sobre las declaraciones de patrimonio anteriores a partir de la adquisición obligando a su revisión o limita sus efectos a la declaración que corresponda después de notificado el valor comprobado? Segunda: este mismo resultado de la comprobación cuando es superior al valor catastral declarado, ¿podría entenderse como una infracción del contribuyente? La respuesta parece claramente negativa, ya que el valor comprobado es un dato sucesivo y, al igual que en otros impuestos, el valor catastral juega como valor suficiente en relación con la responsabilidad del contribuyente.
c) La valoración de los objetos de arte, de colección antigüedades, joyas, pieles de carácter suntuario, vehículos, embarcaciones y aeronaves se efectuarán, según el proyecto de ley, por el valor de mercado en la fecha de devengo del impuesto. Esta regia, con antecedentes parciales en la legislación anterior (para los objetos de valor superior a 250.000 pesetas), plantea en teoría —y hay que esperar que en la práctica— serias fricciones con el principio de seguridad jurídica por la dificultad de referirse a un mercado homogéneo ante la ausencia de tipificación de los objetos y de no poder considerar los diversos matices que puede presentar cada uno de ellos, y que inciden de manera importante en su precio. No todos estos bienes ofrecen las mismas dificultades, por lo que parece conveniente una desagregación:
a’) Automóviles, determinados vehículos, embarcaciones, aviones, avionetas, etc. Son lo que ofrecen menos dificultades por su mayor tipificación, por la existencia de un número manejable administrativamente de marcas, por la posibilidad de aplicar coeficientes de reducción por envejecimiento, etc. Acertadamente dice el artículo 18 del proyecto que «los sujetos pasivos podrán utilizar las tablas de valoración de vehículos usados aprobadas por el Ministerio de Economía y Hacienda.,.». Cualquiera que sea su entidad económica, su identificación permite una valoración independiente y una tasación homogénea y por grupos.
b’) En relación con los demás bienes cita dos por el artículo IR, habría que buscar una solución que evite la valoración (en ausencia de una adquisición próxima al devengo), todos tos anos, de joyas, pieles, grabados, estampas, litografías, dibujos realizados a mano, etc. Valoración prácticamente imposible (salvo que hubiese que recurrir en la fecha del devengo a diversos expertos) por la falta de tipificación apuntada, por el carácter usado de buena parte de los objetos, por el acusado subjetivismo de otros y por otras razones que sería prolijo exponer. La dificultad de cumplir con esta norma y ta indefensión del contribuyente ante una verificación administrativa son evidentes. La pretensión implícita del legislador de mantener anualmente tasado (valorado) un frente tan amplísimo parece imposible a la vista de la realidad fiscal actual.
La solución habría que buscarla dando entrada al precio de adquisición y manteniendo el gravamen de los bienes personales y los efectos del hogar (el llamado ajuar doméstico). Un precio de adquisición de cada bien realista y actualizado (en la legislación actual anclado en 250.000 pesetas desde 1977), en relación con el cual podría exigirse la prueba documental, permitiría separar lo que es efecto personal y del hogar de los bienes que no tienen ese carácter. Los primeros serían valorados en un porcentaje progresivo del total patrimonio del contribuyente (sistema actual, con todas las modificaciones cuantitativas que se quiera). ¿Es que los efectos personales y dei hogar no constituyen patrimonio? Es claro que sí. La tónica fiscal ha encontrado siempre la forma de gravar los bienes de difícil valoración; en última instancia, a través de valoraciones indiciarías y permitiendo al sujeto pasivo la opción por ta determinación directa. La idea de que el valor de estos bienes está en relación con el totai del patrimono es bastante exacta y respaldada por la experiencia. La concreción de esta relación, en términos de tanto por ciento, es, lógicamente, convencional y será siempre discutible; pero parece preferible tal convencionalismo al desconocimiento de la realidad del carácter patrimonial de tales bienes y al servicio que pueden prestar a la valoración de algunos (pieles, determinadas joyas, dibujos a mano, litografías, cuadros, objetos de colección, antigüedades, etc., de valor individual reducido o medio) y cuyo precio en el mercado sin realizarse una transacción es de muy difícil conocimiento, dado su carácter usado o su notable atipicidad, como ya he indicado anteriormente.
c’) La cuestión más complicada es la valoración de aquellos bienes (citados en el apartado anterior) que superen el límite que para cada bien individualizado fije la ley. Su precio puede conocer un abanico amplísimo, y los elementos (objetivos y subjetivos) que lo determinan son muy diversos en el caso de objetos de arte, de colección y antigüedades. En ausencia de transacción no parecen quedar más que dos opciones: tasación anual por el sujeto pasivo, que podría terminar en tasación pericial contradictoria, si no se aceptase otra valoración superior de la Administración, o valor de adquisición actualizado cada año por medio de una norma general con facultad de la Administración de ordenar una tasación y sin que un mayor valor se estimase por sí solo como infracción. Esta segunda parece la solución más conforme con el principio de seguridad jurídica de obligada observancia por la nueva ley.
Los Proyectos de Ley en materia fiscal que el Parlamento está a punto de aprobar no suponen una reforma global, sino simplemente el retoque del Impuesto sobre la Renta y del Impuesto sobre el Patrimonio más unas ligerisimas modificaciones del Impuesto sobre Sociedades. Pero ni siquiera con tan limitado horizonte. el Gobierno ha sabido navegar con acierto. Porque el Proyecto de Ley ni resuelve el problema de la familia, ni diseña un sistema fiscal competitivo, ni corrige los defectos técnicos de nuestra actual fiscalidad internacional.
El Proyecto de Ley concibe el impuesto como un gravamen individual, pero permite, a las familias que lo deseen, hacer una declaración conjunta. Eso es lo que ordenó el Tribunal Constitucional, y en eso acierta. En lo que no acierta es en la forma de instrumentar la declaración conjunta y la declaración separada.
En el caso de declaración separada, las rentas del capital pueden dividirse entre los cónyuges que hayan optado por el régimen de gananciales; pero las rentas del trabajo no, siendo así que pertenecen por mitad a marido y mujer desde el mismo momento en que ingresan en la cuenta corriente.
En el caso de la declaración conjunta, la promediación (o el splining) se aplica hasta los tres millones de pesetas, pero no después, con lo que se sigue perjudicando a las familias que viven de un sueldo respecto de las que viven de cortar el cupón o respecto a las que tienen dos trabajos.
Nosotros hemos querido corregir dos entuertos. Por eso hemos propuesto que las rentas del trabajo se pueden dividir por dos cuando el régimen elegido sea el de gananciales y que la promediación se aplique cualquiera que sea la cuantía de la renta y el régimen económico del matrimonio.
Socialistas y no socialistas estamos de acuerdo en que el ahorro nacional es insuficiente para financiar las inversiones que necesitamos.
Las divergencias surgen cuando hay que decidir quién tira del carro. Los socialistas creen que la forma más operativa de aumentar el ahorro nacional es aumentar el ahorro público. Nosotros creemos más en el ahorro privado.
Con estas premisas, a nadie puede extrañar que el Proyecto establezca que los intereses de los préstamos invertidos en activos muebles o inmuebles ni son deducibles como gastos ni son considerados como parte de su coste de adquisición, es decir, que considere que es lo mismo gastarse el dinero en un casino que endeudarse para comprarse una casa, unas acciones o unas obligaciones. El Proyecto trata también bastante mal los incrementos del patrimonio, porque se empeña en gravar plusvalías de hasta 21 años, siendo así que la mayoría de los países europeos las tratan con guante de seda, porque saben que su régimen fiscal es vital a la hora de traer capitales. Bélgica, los Países Bajos y Grecia declaran exentas las plusvalías. Alemania, Dinamarca, Italia y Luxemburgo sólo gravan las plusvalías especulativas. Francia, Irlanda y el Reino Unido establecen mínimos exentos o los gravan a tipos reducidos.
El Proyecto de Ley se empeña en que sigamos diferentes. Y en esta materia no hay bromas. Si lo que nosotros ofrecemos es más caro que lo que se ofrece en la tienda de al lado, nos quedamos sin clientes.
El Proyecto obliga a los residentes en España a declarar aquí todas sus rentas. Los no residentes sólo tienen que declarar aquí sus rentas españolas. Eso está bien.
Lo que no está tan bien es que el Proyecto se empecine en estirar absurdamente los conceptos para intentar abarcar todo.
Y eso es lo que hace cuando dice que son residentes los que estén en España más de 183 días al año y, además, quienes no estando aquí ni un solo día tengan intereses económicos, es decir, una casa, unas acciones o una cuenta corriente. Esta pretensión es contraria a lo que dice la OCDE, es un semillero de conflictos internacionales y, sobre todo, es inútil, porque lo único que se va a conseguir es que los extranjeros transfieran sus ahorros fuera.
En el caso de los no residentes, el Proyecto también sigue empeñado en que no se ponga el sol en nuestros dominios, y, así, la compañía aérea americana que traslada un paquete de Nueva York a Tokio por cuenta de una empresa española, el astillero de Norfolk que repara un pesquero español o la aseguradora japonesa que cubre los riesgos de un mercante nuestro están teóricamente sujetos al impuesto español.
Con todas estas normas ¡o único que podemos hacer es espantar a potenciales inversores extranjeros, poco dados a arriesgar su dinero en el peligroso juego de azar en que puede convertirse la interpretación de normas tan aleatorias.
La reforma llega tarde y mal, porque se inspira en principios claramente superados por los tiempos y porque no tiene en cuenta que el «ser diferentes» se puede traducir en una masiva salida de fondos cuando sea realidad la libre circulación de capitales.
Por eso esta reforma morirá al primer soplo del viento europeo. Pero nadie nos devolverá el tiempo perdido.
No se trata, a mi juicio, de que el pensamiento sea débil, como adoctrina Vattimo i. desde su cátedra de Torino, sino que está mal visto —no se lleva— ejercitar y desarrollar el pensamiento. En nuestro país parece que no hay lugar para los argumentos de peso elaborados con sosiego y la necesaria paz interior: sólo gustan las sensaciones fuertes en oferta y las emociones descontroladas y pintadas de colorines. El entorno social es algo así como un magma anónimo, liviano y volandero que huye de los grandes problemas y cuestiones. A la vida española del chándal y las adidas le falta espesor y consistencia.
Sí bien son de encomiar muchos aspectos de la vitalidad actual de la sociedad española, se hace perceptible que el desprecio a lo raigal —los temas de fondea lleva aparejado el que, entre otras cosas, se elimine la lectura demorada y exigidora. Esa alocada carrera hacia el tener —en lugar de hacia el ser— que es el existir de hoy parece limitarse a un neurótico apretar el mando a distancia del televisor. Y el resultado está a la vista de todos: unos seres homogeneizados y conformistas —nueva versión de los pancistas de antaño, tan censurados no sin razón— que aceptan en sus digestiones señalizadas los cánones de la vulgaridad y los tópicos fáciles que imponen tan machacona como agresivamente ios chamanes de los medios audiovisuales, y sin tener en cuenta en ningún momento el medio y largo plazo, Y como telón de fondo del frágil pacto social, un poder político que utiliza todos los recursos a su alcance para mantener narcotizada a la sociedad a fin de controlarla de manera hegemónica y a perpetuidad por medio de subvenciones y subsidios, creándose así una relación perversa de vasallaje en lugar de ciudadanía.
Hay que tener mucho valor —y no menos salud— para rechazar el dictado del mensaje uniforme y acrítico. Al cabo, abandono la tentación de la inercia comunitaria y me arriesgo a hablar de literatura, exigiendo para ello la colaboración del lector reposado e inquieto, esa flor rara del paisaje español casi siempre zarandeada por vientos cuajados de imágenes vanas e inocuas, modas ridículas, modos impresentables y modelos de nuevo rico.
Una voz pesimista del corazón europeo —la de Botho Strauss— resonó hace poco con las palabras siguientes: «El escritor es la voz débil en la caverna bajo el estruendo. Un quedo, eterno estar impasible, el susurro del recuerdo». Ciertamente, las estridencias continuas y los chanchullos esperpénticos al uso de este final de siglo hay que pararlos con los silencios del alma, tan lejana de la vanidad exhibicionista como del éxito inmediato. El empeño se me aparece harto complicado pero no imposible. Aun siendo consciente de que nado a contracorriente —contamos con 11 millones de analfabetos funcionales y con unas tiradas de periódicos y libros propios de país subdesarrollado—T resulta obligado el intentarlo; el escritor es nadador de fondo y está habituado a arar en el mar.
El escritor, sea narrador o poeta, va levantando su obra a golpe de prolongados silencios, de ímprobas renuncias. La soledad y el silencio requeridos para componer un soneto o redactar un manojo de párrafos no son una manía o un vicio oculto, sino que constituyen una exigencia tan vital como profesional. Escribir es oficio de solitarios en el que el esfuerzo físico y la tensión interior contribuyen por igual a tan concentrada tarea, si bien se desconoce con exactitud cuál es la tecla misteriosa que dicta la orden de comenzar y determina el ritmo de las pulsiones que aparecerán plasmadas sucesivamente en la virginidad de la cuartilla. Hace bien en afirmar Octavio Paz que «la literatura es soliloquio y diálogo, con otros y con nosotros mismos, con el mundo de aquí y con el de allá». Nada más cierto que de la ausencia de ruidos devienen los mejores diálogos y los más lúcidos consejos.
La vida, para el escritor, es literatura. Y sus latidos, hondos y tenaces como el cauce de un rio, quedan reflejados en palabras. La creación literaria está compuesta de palabras: éstas, unas veces subliman el discurso escrito, y en otras transgreden el texto, lo provocan, lo subvierten. Las palabras del escritor se convierten, según el timbre de sus latidos, en símbolo o en signo; también adquieren la condición de testimonio o de mensaje; no hay tabulación, en prosa o en verso, que no contenga siempre una cosmovisión y un mensaje subjetivo, sean tácitos o explícitos. Esta imbricación se produce porque el origen de las palabras, o mejor dicho, antes y detrás de las palabras —de todas y cada una de ellas— se halla un ser humano con los ojos muy abiertos y la sensibilidad a flor de piel, (También el lector forma parte del juego literario: no le preocupan las ideas generales, sino que le interesa la visión particular del que escribe.) Todo ello sin perder de vista, como dice el novelista mexicano Carlos Fuentes, que «la literatura se formula a sí misma como conflicto incesante».
La voz propia del escritor—en definitiva, la percepción personal e intransferible de la realidad por medio de sus palabras— no proviene de las enseñanzas de preceptiva literaria, que tal vez aprendió hace tiempo, sino de la capacidad de captar y fijar con su mirada: esa mirada que se extiende minuciosa y morosamente sobre la realidad que tiene a su alcance o intuye. Es claro que la mirada del escritor no puede sustraerse a la realidad que circunda y, a veces, sacude. Y el acarreo paciente de los materiales oteados —a los que añaden los presentidos o imaginados— terminarán luego siendo hilvanados, incluso airadamente, por el escritor en sus largas y apasionadas vigilias. Porque la literatura es además quehacer que quema: sin pasión no hay verdadero creador literario; sin pasión emocionada no brota el poema ni la narración auténticos. Miguel Delibes lo dip hace tiempo: en una novela debe haber un hombre, una pasión, un paisaje. Por ello, la obra creada es resultado directo de la dura pelea del escritor con las palabras, con sus propias palabras. En ella el creador se desdobla y su voz —sus palabras— es plural, múltiple, tanta como los personajes que dibuja en el texto.
Realidad, obsesiones, fantasmas, intuiciones y sueños se agavillan para bosquejar la combinación apretada que genera la tensión sostenida del escritor. Este debe tener la habilidad de ordenarlos y articularlos; ésa es su imprescindible contribución al redactar el manuscrito definitivo. El escritor con su imaginación busca el tema, el tono y la forma adecuados. Un texto literario es la transformación —la «recreación»— por medio de palabras de una realidad en otra nueva y distinta. Después de cientos de horas gastadas y de otras tan tas hojas rotas, el mayor goce del escritor lo encuentra en el instante de poner el punto final que cierra su discurso literario: la palabra última que signa el desmesurado esfuerzo de días, meses o años. (La acogida favorable de su obra, la hora del terrible veredicto, se producirá siempre y cuando haya sabido manejar con talento y técnica los diversos materiales e incitaciones que tuvo a su disposición ilusionada).
El autor de Madame Bovary. Gustavo Flaubert, reconocía un cierto desasosiego cuando afirmaba que «la humanidad nos aborrece: no servimos para ninguno de sus propósitos; y nosotros la aborrecemos porque nos hiere». Sin caer en un pesimismo irredento, es cierto que el escritor, los escritores en general, no se exceden en amabilidades.
El ojo del narrador, de suyo, es crítico; juzga lo que le rodea, tal vez lo repudie. Su palabra resulta indócil y expresa una insatisfacción esencial, ya que aspira a la verdad total y, por lo tanto, confía en sacudirse de encima la sumisión y el conformismo. Por ello, la injusta, por asimétrica y desequilibrada, realidad latinoamericana ha sido, y es, motivo de preocupación íntima y principal de los creadores que nacen, viven y escriben en ella. Aun cuando sus numerosas y variadas palabras sigan atajos diferentes, el sentir de sus latidos suele ser común a todos ellos: la realidad golpeada, miseria y hambre, los hombres y mujeres desempleados o explotados, los recursos naturales deficientemente distribuidos y malgastados —cuando no arrebatados con violencia—, sus propios países fragmentados, discriminados internacionalmente y sin la imprescindible cohesión nacional. Son muy conscientes los escritores latinoamericanos de que la historia antigua de sus patrias padece un sucesivo traspaso de dependencias o vasaiíajes imperialistas, ninguno de ellos querido ni deseado: unas ingentes Deuda Externa, deuda social y deuda cultural son el resultado de sus padecimientos históricos.
Es en El Libro de Arena donde Borges hace la siguiente formulación: «…pero sé que el hábito literario es asimismo el hábito de intercalar rasgos circunstanciales y de acentuar los énfasis».
No puede, por tanto, extrañar que las palabras del escritor latinoamericano excedan a veces los esquemas formales y las modas estilísticas al uso en otras latitudes industrializadas: su mirada es puro llanto y sus palabras más que lamentos son y restallan como gritos de rebeldía. Francisco Morales Padrón señala que lo que identifica y distingue la novela latinoamericana de la europea ha sido y es la presencia de la realidad geo histórica, ya desde los primeros intentos narrativos de la época virreinal.
Hace bien en decir Uslar Pietri que la literatura no tiene por misión resolver problemas reales y concretos, pero si plantearlos e Iluminarlos.
Ocurre que las palabras del escritor latinoamericano, dejando al margen en este momento las corrientes y los movimientos literarios habidos en casi dos siglos, abandonan muchas veces la etiqueta del costumbrismo, del mero testimonio y de la tímida denuncia, para pasar a constituirse en verdaderos alegatos contra la desigualdad socioeconómica o en juramentos de compromiso con militancias concretas. Ya lo dejó escrito Azorín: «La literatura es expresión de la historia y de la sociedad». Un narrador reaccionario y monárquico del siglo pasado, Honoré de Balzac, tan gustado, por otra parte, por un lector antiburgués como Carlos Marx, sentenció que «la ficción es la historia privada de las naciones». Y la historia privada de la sociedad latinoamericana está plagada de brutalidades y corrupciones decepcionantes.
Los paisajes literarios que ofrezco como botones de muestra, al término de estas incitaciones, han sido escritos por autores latinoamericanos: el verso o el párrafo acotados no persiguen —sacándolos del contexto— manipular los discursos respectivos en dirección a un iluminismo revolucionario o hacia el dogmatismo maniqueo. El terrorismo literario, ejercido con el panfleto o la octavilla, es parcela que no sólo encubre a un mal escritor, sino que además deforma la realidad de los paisajes que otros han cultivado veraz y afanosamente en su jardín interior. Es harto sabido que la presentación sesgada o reductora de la realidad no busca hacer literatura, sino hacer simplemente propaganda política. Proust, cuya mirada era muy larga, enseñó que el arte auténtico no tiene nada que ver con las proclamas, y aconsejaba siempre el silencio.
Aun aceptando que las voces latinoamericanas elegidas puedan tal vez rechinar fuera del tiempo en que aparecieron escritas, estimo que en ellas se aprecia, con carácter de constante histórica, el compromiso humano del creador: lo ético y lo estético no sólo coinciden en la ocasión, sino que, además, se complementan para reforzar su intencionalidad expresiva. Se trata, en realidad, de un conjunto de voces dispares y dispersas con ejemplar afinidad en la sensibilidad y en el modo de detectar los problemas latinoamericanos. Mi pluma se limita a clasificarlas por materias para, así, dar a conocer a cabalidad sus claves literarias: el estado de ánimo de los autores en un momento dado y expresado con una belleza formal reconocida.
Me permito subrayar que el desglose temático viene dado, en primer lugar, por las anomalías estructurales todavía vigentes —el ingreso per cápita en 1989 es equivalente al de 1976 y la inversión cayó el 40 %—, y, en segundo, por entender que los autores ofrecidos forman parte del acervo literario universal, es decir, son patrimonio común. Sus trazos, en su forma y en cuanto al fondo, pueden, por otra parte, hacer dudar de lo que se entiende por ficción literaria y de lo que es la realidad latinoamericana de boy. Desgraciadamente, las numerosas situaciones trágicas —individuales y colectivas— que se presentan actualmente en las sociedades latinoamericanas superan en mucho el barroquismo verbal o imaginativo de los creadores. De esto no hay la menor duda. Entiendo que mi palabra busca intencionadamente, con el apoyo literario de los creadores latinoamericanos víctimas de una historia desgarrada, que el lector español se sienta incómodo ante el durísimo desajuste global de la región y se ponga a trabajar generosa y solidariamente para la mejora de la dolorida realidad latinoamericana, tan propia como la nuestra. Entiendo que es el modo más eficaz y duradero con que un escritor cuenta para echar a rodar un empeño que exige, aparte de voluntad política, indeclinable aliento. De no colaborar en ese afán la ficción y la realidad latinoamericanas acabarán hundiéndose, abrazadas y con una mueca en el rostro, en el hondón de una pesadilla sin fin: los paisajes latinoamericanos, con sus gentes dentro, arderían en el infierno. Es algo que no debemos consentir que suceda.
Que las palabras de los autores latinoamericanos no se las lleve el viento, es mi deseo; que el eco producido por estas transcripciones no se ahogue en el silencio, es mi esperanza. Estas palabras suyas, que hago mías, quieren contribuir a edificar una realidad latinoamericana más digna y más justa, es decir, superan con creces el listón del mítico y cercano año de 1992.
Una de las paradojas más conocidas y famosas está ligada al nombre de Epiménides de Cnossos, un cretense que según la tradición afirmaba que todos los cretenses eran mentirosos. Han sido muchos los que la han interpretado como un gran problema lógico que podía tener múltiples soluciones, algunas de ellas nada simples. Es posible, sin embargo, que, como en otros muchos casos, la contradicción no fuera más que aparente y que el problema no consistiera en que Epiménides mintiera si y sólo si decía la verdad, o que dijera la verdad si y sólo si mentía; sino sencillamente en que fuera un gran embustero y hubiera en Creta al menos un cretense que no fuera mentiroso.
Si ahora traemos a cuento al mentiroso Epiménides se debe a que en los últimos tiempos se han planteado reiteradamente situaciones que en el fondo presentan el mismo problema: mentirosos que parecen decir la verdad.
Esto es lo que ocurre, a mi entender, en El péndulo de Foucault de Umberto Eco y en Juegos de la edad tardía de Luis Landero, dos novelas de notable éxito. Tanto Eco como Landero nos sitúan en ese impreciso y ambiguo territorio en el que el lenguaje, los signos (es decir, el mundo de lo verosímil, como ya advirtiera Aristóteles) y lo real se confunden. Sus personajes construyen una ficción, es decir, mienten de forma consciente. Pero llega un determinado momento en que la farsa adquiere naturaleza propia y su lógica arrastra y engulle a sus inventores.
Estas historias merecen nuestra atención porque nos permiten descubrir los mecanismos comunicativos que hacen posible que una ficción se haga realidad. Como veremos, estos mecanismos operan de la misma forma en estas narraciones ficticias, pero verosímiles, que en la comunicación real.
El protagonista de la obra de Landero, Gregorio Olías (alias Augusto Faroni) es un ingenuo aprendiz de brujo que descubre demasiado tarde que, como ya nos advirtiera el filósofo inglés J. L. Austin, pueden hacerse cosas con palabras. Olías es un insatisfecho y soñador oficinista en un almacén de vinos y aceitunas. Por razones de trabajo conoce a Gil Gil Gil (alias Dacio Gil Monroy), representante de estos productos y con el que sólo tiene comunicación telefónica. Alentado inconscientemente por Gil, que desea tener contacto con hombres famosos, Olías se va creando una identidad falsa, la de Faroni, un famoso escritor.
Olías va mezclando ficción y realidad hasta tal punto que llega un momento en que él mismo es incapaz de distinguirlas. Cuando Gil pretende conocer a su admirado Faroni, todo se precipita. La ficción ha de pasar por la dura prueba de la contrastación con la realidad. Pero Olías-Faroni se resiste a que Gil descubra su verdadera identidad y decide seguir adelante. Sus mentiras son cada vez más intrincadas, porque «la mentira sólo resulta verosímil si tiene algo de intrincada, de incomprensible como la vida misma».
Como era de esperar, termina siendo victima de sus embustes. Pero aun cuando la realidad se fe va imponiendo «ni siquiera tiene claro que haya mentido». Es más, se asombra de que los demás (como ocurre en un periódico que habla de sus andanzas), incapaces de entender el galimatias que ha ido tejiendo, hagan interpretaciones que no coinciden con la suya. A pesar de todo ello, después de numerosas penalidades encuentra la forma de reconciliarse con la realidad y con sus propias historias.
Sin embargo, la realidad no es siempre tan benigna. Y esto es lo que ocurre en la novela de Eco. Sus personajes aparecen obsesionados por descubrir un hipotético plan de proporciones tan colosales que las principales sociedades secretas que en la historia han sido parecían estar implicadas en él. Al no conseguir hacer compatibles las distintas piezas del rompecabezas, deciden inventarse un plan en el que todo lo que antes aparecía confuso adquiere sentido.
Pero llega un momento en que esos personajes pierden «esa lucidez intelectual que nos permite distinguir siempre entre lo similar y lo idéntico, entre la metáfora y la cosa». Su castigo no es, sin embargo, la locura, sino la muerte. Uno de ellos, Diotavelli, muere de cáncer; aunque la verdadera causa de su muerte es otra y él lo sabe: «Muero porque he convencido a mis células de que no existe una regla, de que con un texto se puede hacer lo que se quiera. He dedicado mi vida a convencerme de eso, yo, con mi cerebro. Y mi cerebro debe haberles transmitido ese mensaje a ellas. ¿Por qué he de pretender que sean más prudentes que mi cerebro? Muero porque nuestra fantasia ha superado todos los límites».
Los otros dos personajes, Belbo y Casaubon, mueren a manos de aquellos que se consideran herederos de secretos arcanos. Casaubon llega a la siguiente conclusión: «Nosotros inventamos un Plan inexistente, y Ellos no sólo se lo tomaron en serio, sino que también se convencieron de que hacia mucho tiempo que formaban parte de él, o sea, que tomaron los fragmentos de sus proyectos, desordenados y confusos, como momentos de nuestro Plan, estructurando conforme a una irrefutable lógica de la analogía, de la apariencia, de la sospecha. Pero si se inventa un Plan y los otros lo realizan, es como si el Plan existiese, más aún, ya existe».
Ocurre lo mismo que con las conspiraciones y secretos. «El verdadero iniciado es el que sabe que el secreto más poderoso es un secreto sin contenido, porque ningún enemigo logrará hacérselo confesar, ningún fiel logrará sustraérselo». Así muere Belbo; lo matan porque quieren hacerle confesar un secreto sin contenido alguno. Por fin, a Casaubon también le aguarda ¡a misma suerte. Le buscan porque creen que también él conoce el secreto. Al final ha comprendido: su destino es una burla. Aquel documento que parecía guardar la clave de todo no era más que una lista de lavandería; no había en él nada que comprender.
Historias como éstas son ficciones, simulacros, productos de la imaginación creadora. Pero son verosímiles porque la lógica que encadenan los hechos que allí se narran es semejante a la que gobierna la realidad. Su análisis nos permite comprender esa lógica. Pero como se trata además de historias donde los textos, los signos o, si se quiere, la significación y la comunicación juegan un papel fundamental, estos análisis, de ios que se ocupa la semiótica, nos permiten conocer aquellos procesos en los que simulación y realidad llegan a confundirse.
Como es sabido, semiótica significa etimológicamente ciencia de los signos, Pero los semiólogos han pretendido que fuera algo distinto, entre otras razones porque, por una parte, muchos signos suelen ser fácilmente recognoscibles, pero ha resultado bastante difícil definirlos teóricamente; y, por otra, hacen falta algo más que signos para que podamos llegar a entendernos. De ahí que muchos prefieran decir que la semiótica se ocupa de cualquier proceso real o posible de significación o, según prefieren algunos, de comunicación.
Pero quiéranlo o no los semiólogos, al final se encuentran siempre con signos o con textos formados de signos. Y aunque los signos sean unos muy diferentes de los otros, siempre son realidades que nos remiten a otras cosas, es decir, se trata de realidades que no son lo que parecen. Ya el viejo Heráclito sugería en una bella frase que los signos ocultan y manifiestan al mismo tiempo. Se les ha comparado con Jano, el dios de las dos caras. Pero la verdad es que casi nunca sabemos cuántas caras puede tener un signo. No puede sorprendernos, pues, que Eco haya definido la semiótica como «la disciplina que estudia todo lo que puede usarse para mentir».
En la semiótica, contrariamente a lo que ocurre en la ética, la doblez, el disfraz o la simulación no son categorías negativas, sino que pertenecen a la naturaleza de las cosas. Lo que ocurre es que en muchas ocasiones creemos conocer el secreto que encierra la simulación. Pero lo cierto es que frecuentemente nos vemos sorprendidos. Uno de los objetivos de la semiótica es llegar a saber por qué los signos, o los textos que con ellos tejemos, unas veces nos engañan, mientras que otras nos dicen la verdad. Le interesa, pues, la razón de su eficacia y también del fracaso de las intenciones que en ellos van encerradas.
La eficacia de los signos se sustenta en dos pilares: el cumplimiento de las reglas que rigen su uso y su interpretación. Del primer aspecto se han ocupado desde antiguo la gramática y la retórica; del segundo, la hermenéutica. Pero ambas se han visto modificadas con los nuevos enfoques de la semiótica Algunos de los supuestos más ampliamente compartidos hasta no hace mucho, relativos a los signos y la comunicación que ellos nos permiten, han tenido también que ser revisados. Así por ejemplo, difícilmente puede sostenerse hoy que el proceso comunicativo consista simplemente en la transmisión de un significado objetivo de una mente a otra; es decir, en un proceso de codificación realizado por un emisor, seguido de un proceso de descodificación realizado por el receptor. La misma terminología suponía ya una actividad creativa por parte del emisor, y otra, más bien pasiva, por la del receptor.
Sin embargo, no parece ser eso lo que ocurre. Los procesos de comunicación son procesos de inferencia en los que el que interpreta un mensaje no sólo ha de conocer las reglas del código utilizado por el autor, sino todo un conjunto de datos que no han sido codificados explícitamente y, en ocasiones, ni siquiera implícitamente. El sobreentendido es tan necesario que de no ser por él, la mayor parte de nuestras comunicaciones serían prácticamente imposibles. Ello obliga al emisor a adoptar estrategias que tengan en cuenta ese hecho. Si lo que desea es ser comprendido, debe dar pistas seguras que puedan ser correctamente interpretadas sin necesidad de un gran esfuerzo. Sí por el contrario lo que desea es dejar zonas oscuras o en penumbra, podrá lograrlo siendo menos explícito. En cualquier caso, debe contar con lo que él supone que su receptor sabe, porque sólo desde lo que sabe con anterioridad puede entender sus mensajes.
El receptor está obligado a rellenar las lagunas que continuamente se encuentra. Esta tarea, que muchas veces es automática, exige en otras una actividad enormemente creativa; sólo inventando hipótesis puede realizarse. Para ello debe contar tanto con las reglas del código abstracto que es toda la lengua, como con los indicios semánticos y pragmáticos que el mismo texto le ofrece. Esto le permitirá contrastar su hipótesis. Su creatividad tiene, pues, un doble riesgo: si le faltan datos o no llega a acertar con la regla adecuada, no comprenderá suficientemente; si, por el contrario, se extralimita en su función de poner lo que el texto no dice explícitamente, habrá añadido un plus de significación que el texto no le autoriza.
Estos mecanismos pasan bastante desapercibidos en la comunicación dialógica normal, pero se hacen más explícitos en situaciones problemáticas como las que nos describen las obras citadas. En ellas podemos apreciar cómo unos personajes construyen sus ficciones aprovechándose de la capacidad creativa de aquellos que las interpretan.
Landero nos plantea estos problemas fundamentalmente bajo la forma narrativa, mientras que Eco nos los plantea además envueltos en consideraciones teóricas. Al fin y al cabo, el primero es ante todo un autor de historias, un «literato», como se decía antes. El segundo es un semiólogo, un experto en la teoría de los signos y de la comunicación. Existe además otra diferencia que ahora interesa subrayar. El personaje de Landero es, como su inventor, un urdidor de historias, por lo que la perspectiva es fundamentalmente la de un emisor. Los de Eco, por el contrario, primero pretenden interpretarlas y. tras fracasar en su intento, se deciden a inventarlas; pero seguirá siendo la perspectiva interpretativa la que realmente determine los hechos.
A pesar de todo, tienen algo en común; todos cometen excesos en el uso de los signos y las reglas que deben gobernarlos. A algunos de esos excesos vamos a referirnos de forma expresa, aunque con la mirada puesta más en los procesos reales que en los que se desarrollan en esas historias.
La comprensión del fenómeno comunicativo ha puesto de manifiesto que en todo mensaje existe un componente subjetivo irreductible. No se trata ya del viejo problema de si el lenguaje se adecúa o no a la realidad. Es ya aceptado unánimemente que la realidad se da en el lenguaje y es inconcebible fuera de él. Esto nos ha permitido vahar la perspectiva y centramos en la comunicación intersubjetiva. Advertimos ahora que el mensaje no se constituye como tal hasta que no es recibido o interpretado, y en el acto de interpretación intervienen elementos exteriores al mensaje desde los cuales es interpretado. Uno de estos elementos lo constituye el conocimiento y la visión de! mundo de aquel que lo interpreta. En otros términos, en la práctica resulta muy difícil, por no decir imposible, distinguir la información de la opinión.
Hay que añadir además que, al interpretar el mensaje, el receptor lo hace desde e¡ conocimiento que tiene del emisor y contando con la información que éste le ha suministrado con anterioridad. Como dice Eco en algunas de sus obras teóricas, si el emisor, al elaborar el mensaje, tiene en cuenta lo que él denomina un «lector modelo», un sujeto ideal para su mensaje, el intérprete real también se construye su «autor modelo». En su novela, Landero domina con maestría estos mecanismos durante e! proceso en que Olías se transforma en Faroni.
Pero hay que tener en cuenta también las especiales circunstancias que suelen rodear las situaciones comunicativas porque tienen enorme trascendencia. El hombre siempre ha vivido rodeado de signos. Sin embargo, este hecho ha adquirido proporciones gigantescas —es posible incluso que en algunos momentos puedan ser consideradas como hipertróficas— en las sociedades desarrolladas, gracias sobre todo a tos medios masivos de comunicación.
Uno de los efectos de este hecho lo constituye la imposibilidad de determinar en muchas ocasiones lo que es real frente a lo meramente verosímil. Los medios de comunicación han hecho más esquiva aún la realidad y, por tanto, el concepto de verdad, sobre el que nunca anduvimos muy de acuerdo, se ha vuelto ya prácticamente inutilizable en estos contextos. En muy pocos casos es posible la verificación de lo que los mensajes transmiten. Los criterios tienen, pues, que modificarse. Pero el problema se complica aún más cuando observamos que los criterios son aportados por los mismos medios que transmiten la información. Así, por ejemplo, la preeminencia de los medios audiovisuales ha llevado a aceptar —por más que se haga bastante inconscientemente— que sólo es verdad aquello que aparece certificado por las imágenes o, en menor medida, por la escritura.
Estos criterios no sólo son adoptados por aquellos que interpretan las noticias, sino que son utilizados por aquellos mismos que las elaboran. Resulta algo más que anecdótico que un «conductor» de un programa informativo de televisión, al presentar las noticias en los primeros días de la guerra del Golfo, afirme: «No hay imágenes de esta guerra. Es una cuestión de fe». No se trata ya de que resulte cierta la afirmación que asevera que el medio es el mensaje, sino que no resulta exagerado afirmar que el significante es el significado.
Pero como decíamos antes, el receptor no es un sujeto pasivo. En ocasiones va más allá de los mensajes interpretando lo que no dicen. Así por ejemplo, en los días inmediatamente anteriores a la declaración del conflicto del Golfo, se genera una cierta psicosis que conduce a reacciones sorprendentes, como el acaparamiento de alimentos, sin que las noticias hayan sugerido siquiera la escasez. Otras veces demanda determinados mensajes. Las noticias acaban retirándose de los medios de comunicación o recibiendo una atención mucho menor, no porque ya no se produzcan o tengan menor Importancia los hechos a los que se referían, sino porque ya los destinatarios se han saturado y no muestran el mismo interés por ellos. La información se convierte entonces en un objeto de consumo, y los medios, que se mueven también por criterios económicos, tienen que responder a esas demandas.
Para explicar estos hechos resulta pertinente una frase celebrada: la realidad imita al arte. Con ella se ha querido aludir a que, por mucho que el arte parezca estar alejado de la realidad, ésta termina por parecerse a aquél. Pero también es posible una segunda lectura. Frecuentemente se pierde de vista que «arte» es artificio, construcción y también simulación. De ahí que cuando parece que es la realidad quien imita al arte, el mundo se nos vuelve del revés: los significados se vuelven significantes, y los significantes, significados. O lo que es lo mismo, la simulación es lo real, y lo que antes entendíamos como real se nos ha convertido en simulación. Y eso es lo que ocurre no sólo en las dos novelas a las que venimos haciendo mención, sino en la realidad misma.
Concluyendo: la determinación de lo que es rea) (o de lo que un sujeto cree real) y lo que es ficticio se encuentra difuminada tanto por los mecanismos que rigen la comunicación como por las circunstancias que la rodean. Nos encontramos asi con que nuestros mensajes, más que hacer referencia a hechos que pudieran ser considerados reales, se refieren a otros mensajes. Desconocer cuándo nos encontramos en una situación u otra puede conducir a graves errores de apreciación.
Algunos de estos efectos indeseados de la comunicación adquieren enorme trascendencia en la sociedad hipercomunicativa en la que vivimos. Cuando nos resulta difícil llegar a saber qué es lo que oculta el signo partiendo de lo que muestra, sólo nos queda hacer hipótesis que muchas veces no podemos contrastar. En estos casos nuestra acción, sea simplemente comunicativa o no, adolece de falta de criterios que le sirvan de guía y, consecuentemente, está expuesta a apreciaciones que conducen al error.
En los análisis que desde esta perspectiva se han realizado sobre los grandes cambios ocurridos en la esfera internacional en los últimos años, pueden apreciarse este tipo de fenómenos.
A pesar del gran distanciamiento entre las dos superpotencias durante el periodo de la guerra fría, el enfrentamiento armado entre ellas, que hubiera sido fatal para todos, nunca llegó a producirse. Algunos autores consideran que, examinada la situación desde la perspectiva comunicativa, la guerra no era posible. Y no lo era porque la amenaza de una destrucción total no era un simple simulacro, sino algo que los interlocutores consideraban como muy real. El diálogo, especialmente tenso en situaciones como la crisis de los misiles que la URSS pretendió instalar en territorio cubano en 1962, acabó por imponer una solución que evitara el enfrentamiento.
Todo lo contrario de lo que parece haber ocurrido en el conflicto del Goifo. A pesar de que en esta cuestión tengamos que operar con demasiadas conjeturas, no parece descabellado aventurar alguna explicación que haga comprensible un enfrentamiento tan descabellado. Algunas revelaciones como las que Pierre Salinger y Eric Laurent hacen en su libro La guerra del Golfo, el dossier secreto son especialmente significativas, por más que no tengamos forma de confirmarlas. Por una parte, ni los países árabes reunidos en Bagdad el 28 de mayo de 1990, ni la embajadora estadounidense en Irak poco después, tomaron en serio las amenazas, bastante explícitas, de Sadam Husein.
Pero una amenaza, sí es tal, no es una simple declaración lingüística; tiene unos efectos que los expertos llaman perlocutivos o prácticos. Como lo es, por ejemplo, el que un juez pronuncie una sentencia condenatoria, o un sacerdote «yo te absuelvo». En el caso que comentamos, es posible que la amenaza tuviera implícitamente otra función: presionar para conseguir unos objetivos de carácter político y económico. Pero a veces, bien sea por «incompetencia» —de carácter interpretativo, se entiende— por parte de aquel al que va dirigido el mensaje o por el error estratégico o de cálculo por parte del autor, el mensaje implícito no es interpretado correctamente. En tales situaciones, a su autor no le queda más remedio que hacer efectiva su amenaza si quiere mantener su credibilidad.
Se dan además en este caso otras circunstancias. Una vez que se ha producido la invasión de Kuwait, liega un momento en que el diálogo se convierte en espectáculo gracias a la televisión. Se involucra asi a más intérpretes. Sadam Husein no sólo se dirige a Bush, sino que, en una huida hacia adelante, trata de ganarse a la opinión pública árabe convirtiéndose en el abanderado de las reivindicaciones palestinas. Esa misma función parece tener el ingrediente religioso que cada vez se hace más evidente en sus proclamas. Sus intérpretes musulmanes oyen lo que quieren oir y Sadam se convierte en un líder admirado. Si ha llegado o no más allá de lo que quería llegar, probablemente no lo sabremos. Lo cierto es que, como les ocurre a los personajes de los que nos hemos venido ocupando, ha llegado a un punto de no retorno: ha de seguir adelante con la imagen, posiblemente ficticia, que se ha creado. Por lo demás, es también probable que sus interlocutores políticos se hayan dado cuenta demasiado tarde: cuando llegaron a la conclusión de que no había más solución que el enfrentamiento.
Tanto en este caso, tan real, desgraciadamente, como en las ficciones de Eco y tandero, los signos terminan vengándose de aquellos que los utilizan sin freno alguno. La venganza de los signos puede ser doble. En ocasiones se da una inflación de signos: la acumulación de información es tan desmesurada que es imposible su interpretación. Se produce entonces un desorden en el que los signos producen el efecto de un ruido ensordecedor que impide una recepción correcta. En otras, los signos dicen más de lo que es deseable. En estos casos de desenfreno interpretativo, un signo puede decir cualquier cosa. La imaginación se ve intoxicada hasta el punto de que toda hipótesis interpretadora es posible. A partir de ese momento es imposible la comunicación porque la coincidencia de los interlocutores es producto del azar.
En los casos que hemos examinado nos encontramos con personajes que creen que lo que dicen es falso; es decir, por una u otra razón, mienten. Su estupor puede llegar al paroxismo cuando descubren que lo que ellos creían falso es real debido a que sus intérpretes así lo creen. Descubren demasiado tarde que, a veces, decimos la verdad cuando mentimos
Hay dos modos de trivializar las intervenciones de Juan Pablo II a propósito de la guerra del Golfo. Uno es ver sus llamadas a favor de la paz como el simple cumplimiento de un deber de oficio: así como un general debe arengar a sus tropas, lo que se espera de un Papa es que predique la paz. El otro es identificar su rechazo de la guerra con un aval al pacifismo a cualquier precio: de este modo, algunos han visto su actitud como una postura unilateral, incluso antiamericana, en la que coincidía con algunos sectores izquierdistas. Para despejar estos equívocos hay que tener en cuenta los principios que han inspirado la actividad del Vaticano ante el conflicto. Desde el primer momento, Juan Pablo II afirmó que la solución exigía la retirada iraquí de Kuwait. Calificó la invasión de «violación brutal de la ley internacional».
Y mantuvo que cuando un país quebranta de este modo el derecho «es toda la coexistencia entre las naciones la que se cuestiona». Lejos de contemplar este hecho con resignación, reconoció que la comunidad internacional no podía eludir «el imperioso deber de preservar el derecho internacional».
¿Era lícito utilizar las armas para expulsar a Sadam de Kuwait? Juan Pablo II no ha negado el derecho de la alianza internacional a recurrir a la fuerza. Si los kuwaitíes tienen derecho a defender su tierra, tampoco se puede negar el de la comunidad internacional a correr en su ayuda. Pero si no ha negado ese derecho. tampoco lo ha alentado, y ha sugerido que debían buscarse otros caminos para lograr ese fin. El Papa no se ha parado a discutir si la guerra era justa o injusta. Lo que ha asociado es la justicia y la paz. «No queremos la paz a cualquier precio, sino una paz justa», aclaró, como para desmarcarse de cualquier postura simplemente «pacifista». En esa búsqueda de una solución justa al conflicto, el diálogo y la negociación debían prevalecer sobre el recurso a las armas.
Pues, en un momento en que lo que preocupaba a ambas partes era si podían ganar la guerra, Juan Pablo II llamaba la atención sobre las consecuencias que provocaría el conflicto en cualquier caso: devastaciones, víctimas humanas, posible extensión del conflicto, mayor enfrentamiento entre los pueblos de la región y entre Occidente y los árabes. Por eso, en la carta que dirigió a Bush, recordaba que «la guerra no puede solucionar adecuadamente los problemas internacionales». Y advertía que aunque con ella «pudiera solucionarse momentáneamente una situación de injusticia», sus consecuencias «podrían ser devastadoras y trágicas».
Tras el alto el fuego, quedan dos países destrozados. En la coalición internacional se respira satisfacción por haber ganado la guerra con un mínimo de bajas en sus filas. Pero, a no ser que uno considere que la vida de un occidental vale más que la de un árabe, no puede ver las decenas de miles de iraquíes muertos —el balance es aún desconocido— como una mera estadística.
La tozudez y el aventurerismo de Sadam están en el origen del conflicto. Pero esto no excusa la pregunta de si no era posible otra estrategia de presiones y negociaciones para defender el derecho sin caer en la violencia.
Uno de los temores del Papa es que el conflicto pudiera ser interpretado como una guerra de religión entre islam y cristianismo. De hecho, Sadam se apresuró a disfrazar su causa con los oropeles de la «guerra santa», esperando capitalizar en su favor el empuje del fundamentalismo islámico. Por eso, una de las preocupaciones principales de Juan Pablo II ha sido aclarar que la guerra tenía razones políticas, no religiosas. Ha rechazado el concepto mismo de «guerra de religión», pues los valores «que se derivan de la fe en Dios llaman a la concordia y el diálogo», no al enfrentamiento.
También motivada por el deseo de preservar el futuro de las minorías católicas en la región —un islote de cuatro millones en un océano de población musulmana—. Estas minorías, diezmadas desde hace tiempo por un éxodo masivo, son reconocidas, toleradas o excluidas de la vida pública, según los casos. Y el Papa temía que la guerra provocara una mayor intolerancia contra estos árabes cristianos, riesgo más probable por el auge del fundamentalismo islámico y por los rencores que suscita un conflicto bélico. De ahí su deseo de evitar toda ruptura en el siempre difícil diálogo entre cristianismo e islam.
Tanto antes como después de la guerra. Juan Pablo II ha insistido en que la búsqueda de una paz duradera exige también solucionar los focos permanentes de tensión en Oriente Medio. Esto no significa que el Papa justificase la vinculación interesada que hizo Sadam Husein entre la invasión de Kuwait y el problema palestino. Pero no cabe duda de que el apoyo que ha encontrado entre las masas árabes se debe también a! resentimiento por la inhibición de Occidente ante otras injusticias de la región, como el incumplimiento por parte de Israel de las resoluciones de la ONU sobre los territorios ocupados. La convicción de que hay dos pesos y dos medidas no favorece el respeto al derecho internacional.
Frente a esta situación, el Papa ha recordado lá «injusticia» sufrida por el pueblo palestino, «en estado errante desde hace cuarenta años». Y el hecho de que la existencia del Estado de Israel sea «discutida y amenazada». A este respecto, ha lamentado que «demasiado a menudo se haya respondido negativamente a propuestas (…) que hubieran permitido iniciar un proceso de diálogo con vistas a garantizar las justas condiciones de seguridad al Estado de Israel y sus derechos indiscutibles al pueblo palestino». Tampoco se puede cerrar los ojos ante la suerte de! Líbano, que desde 1975 vive «una larga agonía» y está «ocupado por fuerzas no libanesas». En el plano económico, ha señalado que las desigualdades existentes en la región son tan grandes que ponen automáticamente en peligro la paz.
Si no se resuelven estas cuestiones de fondo, la paz estará siempre amenazada. La Iglesia no tiene una solución milagrosa que proponer. Pero advierte que el fin de la guerra no trae consigo automáticamente la paz. La paz sólo puede venir de la reconciliación. Y ésta depende de la justicia, no de la ley del más fuerte.
Ahora la diplomacia se ha puesto en marcha, para tratar de arreglar lo que se ha postergado durante mucho tiempo. La Iglesia católica quiere contribuir a esta pacificación, como se ha demostrado en la reunión celebrada en Roma en torno a Juan Pablo II por los patriarcas de las iglesias católicas de Oriente Medio y a los presidentes de las conferencias episcopales de los países de Occidente más implicados en la guerra. Con la autoridad moral que le da el no haber adoptado una postura de parte, Juan Pablo II está en las mejores condiciones para tender puentes entre Oriente y Occidente, entre cristianos y musulmanes.
Hay que empezar recordando que la cohesión y estabilidad de cualquier organización política descansa en un sistema de valores y convicciones que la legitiman ante los ciudadanos y a cuyo servicio se dedican las instituciones políticas. Sólo en estos valores compartidos encuentran las instituciones sociales su Fundamento y razón de ser. No existe sociedad política en la que no sea preciso el ejercicio de un determinado poder que se imponga a los ciudadanos. Pero en una sociedad democrática el poder y su ejercicio hay que justificarlos: tienen que servir para preservar determinados derechos y alcanzar objetivos que no se lograrían, o se lograrían deficientemente, si ese poder supraciudadano no existiese. Es muy deseable, ciertamente, que el poder político se ejerza de forma moderada, pero lo que no es posible es prescindir de él.
Y en una comunidad política que sea democrática en algún grado —porque, evidentemente, la democracia admite grados—, ¿qué valores o bienes ha de tratar de garantizar el poder político? Como no partiéramos de un arquetipo democrático admitido por todos, sería difícil enumerar de forma exhaustiva y detallada la lista de valores que deben garantizarse en una sociedad democrática. Pero para nuestro discurso es suficiente con acudir a los que suelen consagrarse en declaraciones de derechos comúnmente aceptadas o a las que suelen recoger los textos constitucionales como derechos fundamentales. Nuestra propia Constitución vigente declara en este sentido que el respeto de los derechos «es fundamento del orden político y de la paz social» (art. 10.1). Así es, y ninguna persona sensata dejará de reconocerlo. Pensemos qué quedaría de la sociedad en que vivimos si fueran negados en la práctica, de forma sistemática, algunos de esos derechos fundamentales. ¿Qué sería de la convivencia social en la que, por ejemplo, no existiera el derecho a la propiedad, donde este derecho no estuviera jurídicamente protegido o fuera impunemente violado? O donde no se diera el derecho a la libertad personal. O donde no se pudiera ejercer la libertad de asociación, de expresión o de resistencia, etc. No cabe duda que una sociedad así resultaría en alto grado asfixiante, opresiva, inhumana e intolerable.
Claro que se podría pensar que aunque la ley no los protegiera, el contenido de esos derechos se respetaría espontáneamente, en alguna medida, por los ciudadanos. Si eso fuera así, lo que se pondría de manifiesto sería una conciencia ciudadana que llevaría el respeto de tales derechos sin la coacción de la ley. En ese caso, tanto mejor, porque se revelaría que para el común de los ciudadanos la protección legal de los derechos fundamentales resultaba hasta cierto punto innecesaria. Sin embargo, sabemos bien que las cosas no ocurren así. Que los derechos fundamentales necesitan reconocimiento y protección legal, so pena de que, primero por algunos y luego por muchos, se destruya la convivencia pacífica y de cooperación al bienestar general que es lo propio de una sociedad política organizada.
Debemos añadir que, en el terreno de los valores sociales fundamentales, postular un relativismo radical es de todo punto insostenible, por democrático que parezca. ¿Cómo se puede argumentar, pues, en defensa de los derechos fundamentales? Un método poco utilizado y que me parece que puede resultar de convincente eficacia para el común de tos ciudadanos, sea cual sea su ideología o creencias, podría ser el basado en la consideración del daño que la conculcación sistemática y sin trabas de cualquiera de los derechos fundamentales acarrearía a la sociedad y por lo tanto a todos los ciudadanos. La hipótesis tiene más fuerza si se supone que no se trate de una transgresión de derechos esporádica o incluso relativamente frecuente, sino sistemática y generalizada.
La relación de los hombres en una comunidad política es mutuamente interdepcndienle y solidaria, para bien o para mal. Una conducta ciudadana egoísta o solidaria será siempre negativa o positiva para la sociedad, téngase o no conciencia de ello. Es falsa e ilegítima, por tanto, la invocación que a veces se hace del derecho que se tiene de actuar como se quiera bajo la falaz alegación de la propia libertad y de que con ello no se perjudica la solidaridad a que nos referimos y descalifica la pretendida autonomía de la propia conducta: «Yo con mi cuerpo, o con mi dinero, o con lo que sea, hago lo que quiero». Hablar así es tanto como negar la existencia de la sociedad que nos protege y a la que nos debemos y la que hace posible el ejercicio de los demás derechos, y hasta incluso la misma actitud antisocial.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos, a la que nuestra Constitución hace una remisión interpretativa de los derechos que en ella se formulan, dice en este sentido que «el individuo tiene deberes hacia la comunidad sólo en la cual es posible el libre y pleno desarrollo de la personalidad» (art. 29.1).
No me parecen ociosas las consideraciones precedentes para destacar la importancia social del derecho a la vida que nuestra Constitución consagra de forma rotunda y sin restricciones en su artículo 15 y que el Tribunal Constitucional se ha permitido restringir legal y abusivamente, Porque ocurre que al referirse al aborto no se suele tomar en consideración el atentado que supone no sólo contra el derecho a la vida, cosa que es evidente, sino también contra la sociedad. Quisiera resaltar la dimensión antisocial del aborto. Una auténtica lacra de la solidaridad social a la que tendría que ser sensible cualquier persona reflexiva.
Pongámonos en la hipótesis de las consecuencias que traería para la vida social la impunidad total de todo tipo de prácticas abortivas invocando el consabido principio de la indeseabilidad de la vida humana concebida en el seno de la madre. La primera y fundamental consecuencia sería sin duda alguna la depreciación de la vida humana «no deseada» con un inmediato efecto difusivo hacia otros supuestos de vidas humanas indeseadas o indeseables y. en general, de la vida ajena e incluso de la propia. Y de ello se derivaría el consiguiente embotamiento y degradación moral en relación al valor primario y presupuesto para cualquier otro como es el respeto a la vida. Sigamos imaginando et efecto que llevaría consigo —con el paso del tiempo— ta impune agresión a la vida del no nacido y la progresiva implantación en las conciencias y en la opinión social del principio de las vidas no deseadas como razón práctica para eliminarlas. El abajamiento moral general que traería consigo el permisivismo en este terreno ofrece pocas dudas.
Dada la unicidad de la vida humana: tenemos una sola vida, donde todo lo que nos ocurre tiene una incidencia positiva o negativa; ¡a degradación moral a que aludimos afectaría con mayor razón a otros ámbitos de la vida social. Al de la convivencia familiar —si es que verdaderamente continuase existiendo como reducto básico de transmisión de valores y de cooperación humana—. Al de las relaciones más diversas de tipo profesional o social, cuyo ejercicio honrado quedaría sin fundamento; sin fundamento en la valoración social y a merced de la conveniencia de cada uno. A las relaciones de los ciudadanos con las instituciones, donde se buscaría el propio provecho ignorando las obligaciones de solidaridad y cooperación que exige toda colectividad organizada. Admitido como normal el atentado contra la vida, la transgresión de otras normas o el incumplimiento de otros deberes resultarían faltas menores y sin excesiva importancia…
Yo invito al lector a pensar sin prejuicios en la razón que puede existir para perseguir el tráfico de estupefacientes, el robo y la extorsión, las agresiones físicas o verbales, el enriquecimiento por cualquier medio, la violencia de cualquier tipo, etc., etc., si se admite el aborto como «un derecho democrático».
Quienes profesan un relativismo a ultranza en punto a valores sociales, tal vez si trataran de imaginar las consecuencias que se seguirían en breve plazo —y que ya se están operando en grado progresivamente creciente dentro y fuera de nuestro país— de la impunidad abortista, posiblemente reconsiderarían sus actitudes. Y acaso percibirían ta inanidad como argumento justificativo de «lo que hacen en otros países», sin reparar en los corrosivos efectos que del permisivismo abortista se siguen inexorablemente para la vida personal y social.
Una última consideración que juzgo pertinente para terminar. A lo largo de la Historia, a la Humanidad siempre la han hostigado calamidades diversas y graves, y de las que se ha defendido con mejor o peor fortuna, individual y colectivamente. Con variantes mínimas, siempre se ha tratado, en síntesis, de la temible trilogía: «De fame, peste et bello». Cualquiera de estos azotes de la Humanidad que se considere, y desde luego de los actualísimos droga, sida y aborto, todos son en esencia reductibles a formas diversas de atentar contra el valor fundamental de la vida humana, contra su existencia y su calidad. Y para paliar estos males sociales se impone. antes de nada, percibir la vinculación esencia! que existe entre ellos, su radical unicidad. Todos atenían contra la vida y todos se derivan de la valoración que de la vida se tenga. Todos se reconducen a esta permanente pregunta que hay que contestar antes de cualquier terapéutica: ¿qué hacer con la vida humana?