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Doctrina social de la Iglesia

El 30 de diciembre de 1987, el Papa Juan Pablo II publicaba en Roma el texto de la encíclica Sollicitudo reí socialis, que supone la actualización en las circunstancias presentes del cuerpo de doctrina iniciado por el Papa León XIII con la Rerum novarum hace justamente un siglo. Un siglo intenso en acontecimientos, marcado por las grandes revoluciones sociales y las guerras más sangrientas y encarnizadas que recuerda la historia. Un siglo que ahora, en su década final, nos ofrece el caudal de experiencias y errores reconocidos que pueden ayudar a no volver a repetirlos.

La encíclica objeto de estudio no es muy extensa, 42 páginas ocupa en la presente edición, poco si la comparamos con las 700 páginas de los diversos comentarios sobre el texto básico.

Sin embargo, su riqueza de contenido y la profundidad de los planteamientos admitiría varios cientos de páginas más, sin que el tema quedara, ni mucho menos, agotado.

Planteamiento moral

En este volumen se incluyen 25 trabajos sobre la Sollicitudo rei socialis, elaborados por un equipo de expertos en las diversas materias relacionadas con la encíclica: sociales, jurídicas, económicas, políticas, filosóficas, psicológicas, morales, teológicas e históricas. Los autores pertenecen a sectores de la investigación, la universidad, el pensamiento o la moral que se relacionan con varios de los campos desarrollados por el Papa Juan Pablo II en su encíclica. Bastará citar algunos nombres significativos para comprender la importancia del trabajo en su conjunto: José Andrés Gallego. Antonio Argandoña, Enrique Colom Costa. Fernando Fernández (que es además coordinador de los estudios), Rafael Gómez Pérez, José Luis Illanes, Javier Irastorza, Menéndez Ureña, Andrés Ollero Tassara. Aquilino Polaino, Leonardo Polo, José T. Raga, Federico Rodríguez, Rubio de Urquía y Rafael Termes.

Resulta difícil el intento de resumir las líneas maestras desarrolladas a través de cada uno de los estudios, aunque todos ellos se refieren con fidelidad al sentido inspirador del documento pontificio, respetando un hecho fundamental: la Iglesia se muestra como «experta en humanidad», es decir, reconocedora de los caracteres propios de hombres y mujeres «únicos e irrepetibles» cada uno de ellos, y por tanto merecedores de un trato acorde con la dignidad de personas.

La Iglesia expone los principios que deben regir ¡a vida social y las relaciones de trabajo en el mundo de la producción. Así lo hace el Papa Juan Pablo II en la Sollicitudo rei socialis, con una claridad y firmeza que la hace asequible a todos los hombres, de cualquier raza, religión o país. Según se aclara reiteradamente en el documento y reconocen varios de los comentaristas, las cuestiones se afrontan desde un planteamiento moral, puesto que la Iglesia no aporta «soluciones técnicas» a los problemas sociales y económicos que plantea. Como se afirma en los capítulos finales y en las conclusiones de ta encíclica: «La doctrina social de la Iglesia no es, pues, una «tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista sino que tiene una categoría propia…». Es una dimensión específica que corresponde a su misión evangelizadora, destinada a orientar las conciencias y, así, la conducta de cada uno.

Es evidente que se trata de una doctrina y de una misión que muchos no comparten y otros combaten abiertamente. No obstante, a todos conviene estudiar los supuestos y analizar las razones esgrimidas, que son válidas para toda la humanidad, antes de incurrir en descalificaciones nacidas del desconocimiento y de supuestos apriorísticos.

La aportación documental presentada en este volumen ofrece interés por el rigor metodológico y la profundidad con que se analizan aspectos fundamentales, que afectan al individuo como persona y a su papel dentro de la sociedad en que vive, como sujeto de relaciones humanas, familiares y económicas.

Igualdad ante la ley

No es frecuente encontrarse con estudios sobre la jurisprudencia de nuestro Tribunal Constitucional (en adelante, TC) que ofrezcan análisis y valoraciones tan reflexivamente elaborados y tan sugerentes como el realizado por el profesor Ollero Tassara, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Granada. En esta ocasión nos encontramos con la obra de un verdadero especialista en jurisprudencia constitucional, que ha abordado con decisión el análisis de una de las doctrinas más ricas desarrolladas por dicho Tribunal: el principio de igualdad en la aplicación de la ley, el cual «impone que un mismo órgano no puede modificar arbitrariamente el sentido de sus decisiones en casos sustancial mente ¡guales, y que cuando el órgano en cuestión considere que debe apartarse de sus precedentes tiene que ofrecer para ello una fundamentación suficiente y razonable» (STC 49/1982, de 14 de julio).

En una primera parte, el autor nos ofrece un planteamiento general donde esboza los elementos básicos del principio que se propone estudiar, su fundamento lilosófico-jurídico y sus consecuencias prácticas, así como los principales problemas técnico-jurídicos que plantea.

Sin embargo, es en la.segunda parte de su trabajo donde analiza ya en profundidad la doctrina constitucional sobre la igualdad en la aplicación de la ley y su evolución en la jurisprudencia del TC, desde sus inicios hasta diciembre de 1988, poniendo de relieve tanto los aciertos como las incongruencias de las diversas sentencias que abordan la aplicación de dicha doctrina.

Así, el autor resalta cómo la misma supone un reconocimiento explícito de que la igualdad junto a la libertad son los ingredientes básicos de la justicia, la cual diseña su ajustada dosificación; así como de «la historicidad inseparable de la tarea jurídica de hacer justicia» (p. 31). En definitiva, esta brillante línea jurisprudencial reconoce cómo «lo que el juez hace, quiera o no, es interpretar exigencias jurídicas reales y buscarles apoyo en la norma disponible», cumpliendo una función dinamizadora del derecho, dando solución a los problemas del presente mediante la adecuada interpretación de normas del pasado. «Cambia, pues, el derecho, permaneciendo la ley. y nadie debe escandalizarse de ello» (p. 34).

Sin embargo, el profesor Ollero Tassara nos pone también de manifiesto cómo nuestro más alto Tribunal comenzó, ya desde la misma STC 49/1982, al establecer una serie de mecanismos autoinhibitorios, a optar por una dimensión formalista del principio, en un intento de darle satisfacción sin invadir las competencias judiciales de los Tribunales ordinarios. La primera, y decisiva, cesión autoinhibitoria consistió en la exigencia de que las resoluciones desiguales hubieran emanado de un mismo órgano, como si el hecho de provenir de distintos Tribunales eliminara la desigualdad que dichas resoluciones conllevan.

Ayudar a la URSS

Recientemente se publicó en la URSS, Estados Unidos y Francia un libro significativamente titulado ¿Debemos ayudar a los rusos?, en el que varios economistas liberales soviéticos (y, por tanto, disidentes) se pronunciaban sobre la urgencia, la necesidad y la conveniencia de una ayuda directa por parte de Occidente como prueba de solidaridad con los cambios impulsados por Mijaii Gorbachov y su perestroika. La respuesta casi unánime de estos economistas era simplemente «no»: mientras la Unión Soviética y sus Repúblicas no se comprometan en una verdadera reestructuración política y económica, la ayuda occidental «ciega» servirá solamente para mantener el sistema que condujo al país a una situación crítica. De modo que el mejor modo de ayudar a los rusos puede ser, paradójicamente, no ayudarlos.

La edición francesa de este libro singular se abre con una introducción del economista y escritor francés Guy Sorman, del que publicamos algunos extractos:

«En diciembre de 1990, Mijail Gorbachov declaraba ante el Congreso de los Diputados: «La propiedad privada de la tierra será inmoral; estableció la dominación de los ricos sobre los pobres». La perestroika no es, pues, el abandono del socialismo, sino la creencia ilusoria de que el socialismo puede hacerse eficaz al precio de algunas reformas de detalle».

«La ayuda occidental será entregada a las autoridades soviéticas y distribuida por las milicias, el KGB o el ejército, según criterios que, evidentemente, no serán morales, sino de servidumbre política. Pues —y esto es lo esencial— ¡no se muere de hambre en la URSS! ¡No se muere por falta de cuidados! Se muere por la injusticia del sistema, por la desigualdad ante el poder político. ¡Seamos más explícitos! No todos los soviéticos hacen cota ante los almacenes vacíos, no todos los soviéticos están sometidos a racionamiento, no a todos los soviéticos les faltan medicamentos. La penuria no afecta más que a algunos de entre ellos, relacionados por el sistema».

«La URSS actual no es una democracia, sino un despotismo atemperado por la anarquía. No es una economía libre, sino un Estado omnímodo atemperado por el mercado negro. ¿Por qué un futuro Gobierno sería necesariamente peor que el actual, salvo para idealizar absurdamente lo que existe hoy? Se puede ser escéptico respecto del argumento según el cual el sucesor de Gorbachov sería peor que él. ¿En qué está garantizado?,^^ se puede imaginar, por el contrario, un sucesor que liberase de la tutela de Moscú a las naciones que constituyen el imperio soviético? ¿No se puede esperar de un sucesor que interrumpa la producción delirante de armas ofensivas que no han cesado de fabricar las fábricas soviéticas desde el principio de la perestroika? ¿No cabe esperar que un sucesor renuncie por las buenas al socialismo, lo considere irreformable e introduzca al país en la vía capitalista?»

«Las soluciones liberales para la URSS pasan por la restitución de la propiedad al pueblo, por la libre iniciativa de los individuos; en una palabra, por el capitalismo. Los liberales en la Unión Soviética son auténticos revolucionarios, adeptos de una revolución liberal única, según ellos, que podrá acabar realmente con el comunismo en las cabezas y en las estructuras… Los liberales son competentes, lo que no es el caso en los economistas en el poder. Tienen un proyecto, lo que tampoco ocurre con los equipos de la perestroika. Lo que sin embargo falta a los liberales soviéticos es nuestra solidaridad y ayuda, precisamente. La increíble paradoja de la ayuda occidental, que se dirige a sostener a los que quieren salvar el socialismo, el monopolio del Partido Comunista y la dictadura del imperio sobre los bálticos y los georgianos. Por contra, los dirigentes occidentales no escuchan y, sobre todo, no quieren escuchar a los que se proclaman liberales a la occidental y declaran que quieren ser «como nosotros», libres y prósperos.»

«Hace falta que los occidentales subordinemos nuestra eventual ayuda a actos concretos de liberalización, y que no apuntalemos el socialismo a perpetuidad. Sepamos elegir a nuestros aliados y nuestros amigos. Están presentes en las páginas del libro».

Libertad y justicia

La obra de John Rawls Teoría de la justicia, publicada ahora hace exactamente veinte años, se ha convertido en uno de los principales centros de atención y de reflexión de la filosofía política y moral contemporánea. Este monumental esfuerzo constructivo del profesor de Harvard fue objeto de importantes críticas, a las que Rawls ha venido contestando, a veces matizando sus ideas originales, a veces replicando las objeciones de sus comentaristas. Sobre las libertades es el título de una reciente edición castellana de parte de las «Tanner lectures» que Rawls pronunció, en las que se ocupaba de las críticas y comentarios y, muy especialmente, de los de Hart y Kalven.

El libro desarrolla principalmente la base filosófica en que descansa su «teoría de la justicia» que arraiga en la concepción ilustrada y liberal de la persona expuesta a partir de Locke y Montesquieu. Pero Rawls trata de fundar su idea de justicia no en una versión utilitaria de la felicidad, el bien o la libertad humana, sino en una base formal, válida en sí misma y que conecta expresamente con la noción kantiana de «deber moral». No se trata de un recetario para conseguir la felicidad práctica de las personas a partir de la organización recíproca de las libertades individuales, sino de cómo establecer el conjunto de relaciones armónico para que la persona sea digna de ser feliz.

Desde el punto de vista práctico, la diferencia no es importante, ya que la concepción de la libertad se desarrolla de modo muy similar, de acuerdo con la tradición liberal, es decir, el pensamiento ilustrado moderado, cuya culminación, y también su punto de inflexión, se encuentra en Kant. Puede decirse que la obra de Rawls se podría interpretar, como tantas otras del pensamiento contemporáneo, por ejemplo Popper, como una vuelta a Kant y un abandono de los excesos cometidos tras la recepción radical del hegelianismo.

La idea que tiene Rawls de la justicia se basa en una previa idea de la libertad personal. El filósofo es explícito acerca de que no es posible separar el desarrollo de una organización racional y democrática del Estado de una previa concepción de la persona. En cierto modo, la principal objeción de Hart, a la que trata de responder Rawls, consiste en reprocharle que no hay modo de explicar, si se parte de la ficción contractualista de la sociedad que Rawls acepta, por qué las partes o ciudadanos fundantes de la organización política adoptan libertades y establecen una relación de preferencia entre ellas.

Ciertamente, no hay manera de desembarazarse de ese reproche, y, en suma, Rawls acepta un concepto de «persona» que en realidad no es otro que el del reconocimiento de la autonomía moral, es decir, de la conciencia personal, la gran aportación de la tradición cristiana. A partir de este supuesto se diseña un núcleo de libertades básicas entre las cuales las de pensamiento y expresión son fundantes. Pero ¡o importante, y en contra del radicalismo ilustrado, es que Rawls concibe, como Locke, que la sociedad es de hecho pluralista en cuanto a los fines y bienes morales que los individuos se proponen satisfacer. El reconocimiento del pluralismo no implica el relativismo moral, sino más bien al contrario: la firmeza en la convicción. Únicamente Rawls presume, sin razón aparente al menos, que el pluralismo es en sí mismo preferible al acuerdo social sobre moralidad.

En una adecuada introducción, Victoria Camps relaciona el «principio de diferencia» (según el cual la sociedad debe beneficiar a los económicamente menos favorecidos) con el denominado «óptimo de Pareto» y subraya que Rawls se ocupa de la objeción marxista que distingue entre «libertades formales» y «materiales» con cierto desdén. Las «Tanner Lectures» se pronunciaron en 1981 cuando todavía era imprevisible la perestroika y la ruina de los países comunistas. Aun con todo, Rawls trata el asunto con seguridad y suficiencia. Incluso hace algunas concesiones a planteamientos socialdemócratas o propuestas del «socialismo liberal».

En suma, Rawls distingue y separa los ámbitos de la política, restringido por principio, y de la sociedad, irrestricto por principio, ya que, aunque no sea explícito, la política es el dominio de la voluntad general impositiva, y la sociedad, el de la realización personal libre y asociativa. Esto separa radicalmente su concepto de la justicia del democratismo socialista que invierte los términos a partir del momento en que configura la acción política como un instrumento para resolver las situaciones de injusticia que se producen en la sociedad. Esa inversión es el origen de los totalitarismos modernos, hoy, por fortuna, en trance de demolición.

Etica laboral. Antes y ahora

La gente próspera se queja normalmente de que sus subordinados, los menos privilegiados, no trabajan duro y han perdido la ética del trabajo. Una encuesta realizada a miembros de la Asociación de Empresarios Americanos mostró que un 79% opinaba que «la productividad de la nación se ve afectada por el desgaste de la tradicional ética laboral norteamericana». Pero esto ya es agua pasada, Harold Wilesnsky señala que en el año 1495 el Parlamento inglés aprobó una ley sobre las horas laborales y la justificó con el siguiente preámbulo: «Algunos artesanos y obreros… derrochan gran parte de la jomada… llegando con retraso a la faena, abandonándola antes de tiempo, tardando mucho en desayunar, en comer y en cenar, y durmiendo una larga siesta por la tarde».

La idea de que la gente debería trabajar duro —porque es prueba de virtud, porque favorece al bien común o incluso porque les permite acumular riquezas— es relativamente reciente. Como el trabajo requiere esfuerzo, la cuestión no es por qué la gente es remolona, sino por qué trabajan tan duro si nadie les obliga. Los soviéticos, tos habitantes de la Europa del Este y muchos pueblos del Tercer Mundo lo saben. Gorbachov sigue intentando, incluso ahora, crear una ética del trabajo.

Perspectiva histórica

La antigua historia de la raza humana habla elocuentemente sobre el rechazo inherente al trabajo. Los griegos lo consideraban una maldición. Tal como Tilgher ha observado, Homero escribió que los dioses «odian al ser humano y por despecho le condenaron al duro trabajo». El trabajo manual era para los esclavos, y tanto los griegos como los romanos se burlaban de los que, siendo libres, lo practicaban. La Biblia, según comenta el catedrático británico Michael Rose, define el trabajo como -una maldición tramada por Dios expresamente para castigar la desobediencia e ingratitud de Adán y Eva», «un trabajo fatigoso» exigido por el pecado original. También el Talmud, observa Tilgher, predica que «si el hombre no se encuentra los alimentos, como les pasa a los animales y los pájaros, sino que tiene que trabajar para conseguirlos, es porque ha pecado». Los judíos cambiaron drásticamente su interpretación de la voluntad divina, pero no hasta más tarde.

El cristianismo antiguo compartía la visión hebrea del trabajo- Lo único que podía justificar la acumulación de riqueza era la práctica de la caridad. Dado el desprecio del cristianismo medieval por el trabajo, el interés, la usura y el beneficio, ¿cómo era posible hacer que la gente trabajara duro, que acumulara capital, que aceptara la lógica del capitalismo?

El protestantismo llevó a un cambio importante en la actitud hacia el trabajo. Martín Lutero, como los primeros herejes, afirmaba que el hombre podía servir a Dios mediante su trabajo; decía que los oficios eran útiles, que las personas debían intentar trabajar con esmero. Pero despreciaba los negocios, el comercio y las finanzas porque no pensaba que exigieran un esfuerzo real. Por consiguiente, Lutero no preparó directamente el camino hasta un sistema económico tradicional orientado hacia el lucro. Además, continuó apoyando la rígida estructura feudal de clases, enfrentándose a las personas que intentaban mejorar su posición en la vida.

Max Weber opinaba que el calvinismo fue responsable de una nueva actitud hacia el trabajo. Según la óptica calvinista, es la voluntad de Dios que todo funcione; el trabajo es, por consiguiente, algo metódico, racional y que exige disciplina. Tiene justificación moral aunque esté orientado hacia el lucro y la movilidad. Los calvinistas también llegaron a la conclusión de que las ganancias había de ser reinvertidas ad infinitum. Weber vinculó esta visión revolucionaria a la doctrina de la predestinación: el único modo de saber si uno estaba predestinado al cielo era triunfando en la tierra y así demostrar que era uno de los elegidos. Por lo tanto, ser caritativo y ayudar al prójimo a prosperar contradecía la voluntad de Dios.

Estas creencias se secularizaron, comenta Robert Merton, desembocando en un sistema de «intereses, motivaciones y comportamientos que respondía a patrones sociales», que estaban funcionalmente vinculados a un énfasis en la racionalidad, el trabajo duro y la acumulación de riqueza. Estos valores, a su vez, conducían a un aumento de la productividad y el capital. Los principales exponentes del nuevo comportamiento eran las sectas protestantes y no la Iglesia oficial, que incorporaba las normas de la jerarquía medieval. Y un país importante que ha estado dominado por las sectas protestantes es precisamente Estados Unidos. En su obra La moral protestante y el espíritu del capitalismo, Weber encuentra el ejemplo principal del espíritu capitalista en los escritos de Benjamín Franklin. Weber y otros han subrayado el papel que desempeñaron los calvinistas, como los puritanos ingleses, los hugonotes franceses y los reformistas suizos y holandeses a la hora de fomentar el crecimiento económico en otros lugares; de estos grupos, sólo los reformistas holandeses constituían una mayoría en su país.

Pero, ¿sigue habiendo en Estados Unidos la misma ética laboral que había cuando lo visitó Max Weber en 1893? Hace una década y media, un estudio titulado El trabajo en América, obra de un grupo de trabajo del Departamento de Sanidad, Educación y Seguridad Social, popularizó la noción de que la ótica laboral había disminuido. En el informe se afirmaba que «un número considerable de norteamericanos estaba insatisfecho con la calidad de sus vidas laborales. Las tareas aburridas, monótonas y aparentemente sin ningún sentido provocan el descontento entre los trabajadores en todos los niveles ocupacionales».

Los datos de que se dispone no respaldan esta conclusión. Aunque me caben pocas dudas de que la ética laboral tiene hoy menos importancia de la que tenía en el siglo XIX, pienso que los hechos concretos no justifican el que la critiquemos. Según publicó Psichology Today en su edición de marzo de 1989, algunos sociólogos predijeron en los años 50 que los norteamericanos tenderían gradualmente a aumentar el tiempo de ocio y a disminuir el tiempo de trabajo, y el tiempo ha demostrado que estaban totalmente equivocados. Según George Harris y Robert Trotter, «el trabajo se ha convertido en nuestra droga y los norteamericanos están trabajando aún más que antes. En los últimos 15 años, el tiempo de ocio normal para un adulto se ha visto reducido en un 40%, es decir, de 26,6 a 16,6 horas por semana. Y la semana laboral, después de haber disminuido gradualmente durante algunas décadas, de repente ha pasado a ser un 15% más larga». Señalan que «el adulto medio pasa 46,8 horas de la semana en la escuela, en el trabajo y en el medio de transporte, bastante más que las 40,6 horas registradas en 1973». También es verdad que en 1990 se trabajaba cincuenta y tres horas semanales, mientras que hoy el promedio es de treinta y nueve. Pero este número apenas ha variado desde 1945.

Actitudes respecto al trabajo

Una de las razones por las que muchos norteamericanos no han sustituido el trabajo por el placer podría ser que a la mayoría nos gustan nuestros trabajos. En una encuesta de Roper realizada en 1973, el 85% de los consultados afirmó que estaba satisfecho con su campo profesional mientras que sólo el 14% estaba descontento. Las cifras correspondientes a 1980 y 1985 no muestran prácticamente ningún cambio. El Centro Nacional de Investigación de la Opinión (The National Opinión Research Center – NORC) presenta resultados casi idénticos en respuestas a la pregunta «¿Está usted satisfecho con el trabajo que realiza?». Desde 1972 hasta 1982, el mismo porcentaje medio (85) respondió que estaba satisfecho. De hecho, el porcentaje subió un poco en 1988, cuando un 87% dio esta respuesta. NORC también ha planteado otra pregunta más difícil; «Si tuviera suficiente dinero para vivir todo lo cómodamente que desee el resto de su vida, ¿seguiría trabajando o dejaría de trabajar?». Un promedio del 70% de los encuestados durante el período 1972-1982 afirmó que continuaría trabajando; el promedio aumentó hasta el 74% en el período 1983-1987, y en 1988 ascendió hasta el 85%. Daniel Yankelovích obtuvo resultados similares.

Casi todas las encuestas indican que la amplia mayoría de los norteamericanos —más del 80%— está satisfecha con sus trabajos. Esta cifra no ha variado sensiblemente con el tiempo. Obviamente, muchas personas tienen algo que objetar sobre algunos aspectos de sus trabajos: monotonía, sueldo, perspectivas de promoción, distribución de las tareas, etcétera.

Yankelovich informa que casi el 90% de todos los trabajadores norteamericanos piensa que es importante esforzarse en el trabajo; el 78% siente la necesidad de esforzarse al máximo. Su estudio también muestra que los motivos por los que se trabaja han cambiado. Ha disminuido el número de los que afirman que trabajan exclusivamente por dinero, mientras que los más jóvenes y de nivel cultural más elevado dan más importancia al aspecto creativo del trabajo. En resumen, Yankelovich concluye que estos trabajadores estiman que el trabajo, y no el ocio, puede brindarles lo que buscan: una salida para poder expresarse, a la vez que una recompensa material. Roper señala que, a la pregunta «¿Qué es más importante, el trabajo o el ocio?», muchos más encuestados responden en 1985 que el trabajo (46%), en detrimento del ocio (33%). La cifra apenas ha variado desde los años 70: la relación fue de 48% a 36% en 1975 y en 1980.

Curiosamente, los resultados no varían según el nivel ocupacional o cultural, aunque sí confirman otros supuestos tradicionales: los protestantes valoran el trabajo más que los católicos (53%/43%), los conservadores más que los liberales (55%/ 39%) y los ancianos más que los jóvenes.

Ni siquiera los jóvenes parecen despreciar el trabajo. El informe de un estudio internacional sobre la juventud llevado a cabo en 1983, y patrocinado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), concluye que «los temores de que los jóvenes rechazan la ética laboral no parecen tener ningún fundamento». Anteriormente, en 1978, un sondeo de opinión realizado en once países bajo los auspicios de la Agencia para la Juventud Japonesa concluyó que los jóvenes entre 18 y 24 años estaban muy satisfechos con sus trabajos.

Comportamiento en el trabajo

Las respuestas a los sondeos quizá no sean los mejores indicadores de los sentimientos subyacentes porque la gente podría preferir doblegarse a las normas establecidas a invitar a que le planteen una pregunta embarazosa. En Estados Unidos, donde se da mucha importancia a la elección individual, el encuestado podría temer que le preguntaran: «Si no le gusta su trabajo, si no está satisfecho. ¿por qué sigue usted en él?». Sin embargo, los datos sobre la productividad, la jubilación y el absentismo deberían reflejar la actitud hacia el trabajo con bastante exactitud.

Tales estadísticas confirman los resultados de los sondeos de opinión. Según un estudio, indican «un periodo sostenido de fuerte crecimiento de la productividad» entre 1948 y 1973, con un incremento anual del 2,5% en la productividad laboral en el sector industrial. También es cierto que esta tasa cayó drásticamente entre 1973 y 1979 hasta el 1,5%, y que durante el mismo período, en lo referente a la economía, era solamente del 0,6%. Pero la preocupación sobre esta caída, tema de numerosos libros y artículos, estaba mal dirigida.

Aparentemente, el descenso fue el resultado de un aumento de la proporción de trabajadores jóvenes y sin experiencia. Pero los cambios en la relación capital-trabajo y en la composición de la mano de obra (con la contratación de trabajadores más experimentados y cualificados) invirtió la tendencia en poco tiempo.

Desde 1979 hasta hoy, la tasa de crecimiento de la productividad se ha recuperado, sobre todo en el sector industrial, donde «ha superado los índices anteriores a 1973». El promedio del aumento fue del 3,4% de 1984 a 1987, aproximadamente el mismo que en Japón; solamente Gran Bretaña arrojó un porcentaje mayor entre los países desarrollados.

El descenso durante los años 70 en Norteamérica tampoco parece haber estado causado por factores internos. El crecimiento de la productividad en casi todos los países industrializados disminuyó a partir de 1973. De hecho, según observa un equipo de investigadores, «únicamente Estados Unidos y el Reino Unido han registrado tasas de crecimiento en la productividad a partir de 1979 iguales o mayores a los registrados antes de 1973».

Los análisis sobre el absentismo muestran el mismo patrón que los relativos a la productividad. Los datos recopilados en Norteamérica entre 1960 y 1980 indican una variación insignificante en las tasas de bajas por enfermedad. Con toda seguridad no respaldan las tesis del debilitamiento de la dedicación al trabajo. Evidentemente, las tasas varían según la edad y la ocupación: entre los trabajadores jóvenes se registran menos bajas por enfermedad (y de menor duración) que entre los de mediana edad; los profesionales y ejecutivos tienen menos bajas por enfermedad que los empleados de oficina, que, a su vez, se ausentan menos que los no cualificados. Los datos comparativos correspondientes a los últimos años de la década de los 70 indican que las tasas de absentismo son más bajas en Estados Unidos que en otros países industrializados, salvo Japón. Además, las diferencias entre Japón y Estados Unidos son comparativamente pequeñas; la tasa de Japón es un 2%, mientras que la de Estados Unidos es un 3,5%. En comparación, la tasa de Alemania Occidental es un 8%, igual que la de Francia; la de Italia es un 11 %, la de los Países Bajos es un 12% y la de Suecia es un 14%. Tampoco los estudios norteamericanos revelan ningún aumento en la tasa de absentismo.

Los índices de jubilación constituyen otra estadística relevante. Se han realizado estudios entre los años 60 y los 80 en cinco países —Gran Bretaña, Francia, Alemania Occidental, Japón y Estados Unidos— que revelan un aumento sostenido en cada país del porcentaje de jubilados o trabajadores en paro. Estados Unidos ocupa la segunda posición, detrás de Japón —aunque por un margen considerable— en cuanto al porcentaje de gente de 65 o más años de edad que continúa trabajando: un 18% en Estados Unidos, mientras que en Japón es un 41 %. Pero el porcentaje es mayor en Estados Unidos que en Gran Bretaña (9%), Alemania (6,5%) o Francia (6%). Estos índices, por supuesto, varían según los sistemas de pensiones. Japón es el país con peores planes de jubilación para los ancianos. Éstos se enfrentan a unas limitaciones económicas mayores que las de los norteamericanos.

Naturalmente, con el tiempo se han producido algunos cambios. Mientras que hasta el presente siglo la moral protestante puede haber motivado a gran parte de la población para esforzarse en el trabajo, las necesidades y la falta de recursos también han desempeñado un importante papel. La prosperidad en Norteamérica y el Norte de Europa ha reducido el impacto de las necesidades. Y el aumento del número de empleos que requieren mayor preparación puede haber erosionado la moral de los trabajadores no cualificados, muchos de los cuales pertenecen a minorías o son inmigrantes. De todos modos, Reworkíng the Work Ethic (Reconstruyendo la ética laboral), el extenso libro de Rose, concluye que no ha habido un debilitamiento general en el apoyo a dicha ética. Rose argumenta que el aumento de la creencia en el debilitamiento proviene de las actitudes (que se remontan a los años 60) de estudiantes e intelectuales que desprecian el trabajo no cualificado. Igual que Yankelovich, Rose observa una reconstrucción diferencial de los valores del trabajo, con un énfasis mayor en actividades más interesantes, en una participación mayor y un control empresarial menor, En palabras de Harold Wilensky, «la sociedad orientada hacia el ocio es un mito. A pesar de los comentarios sobre el declive de la ética profesional y ante la prosperidad de la mayoría, las poblaciones siguen activas, algunos grupos en mayor medida, y otras, en cambio, condenados al ocio forzoso». Herbert Gans, presidente de la Asociación Sociológica Americana, también observa que las investigaciones muestran que «cada vez más trabajadores realizan sus actividades con mayor esmero»

Evidencia económica

Dada la naturaleza e importancia del déficit comercial y el éxito en nuestros mercados de los japoneses y los nuevos países industriales del Este de Asia, mi optimismo podría parecer cuestionable. Pero estoy hablando de la ética profesional, no del comercio, las inversiones o el ahorro americanos. Cierto es que Jos japoneses han mantenido o incrementado su cuota de mercado, a pesar de que el coste de producción relativo de sus productos en dólares se haya disparado. Pero esto se debe a que el objetivo de los japoneses es aumentar al máximo su cuota de mercado; prefieren privarse de beneficios ahora, si ello supone un beneficio a largo plazo. Su proporción nacional de ahorro en relación con et producto interior bruto es dos veces mayor que la nuestra; pagan dividendos más bajos, sus ejecutivos reciben salarios más bajos en relación con la renta de los trabajadores y, no menos importante, su gobierno y empresas actúan con el fin de mantener las importaciones a un nivel bajo. (Estados Unidos y Canadá, en cambio, son las dos economías más abiertas a las importaciones y las que más se acercan a la política de libre comercio).

Pero Estados Unidos no está fracasando. De lo contrario, naciones como Japón, Gran Bretaña, Canadá y otros no habrían realizado inversiones importantes en el país y la tasa de inversiones internas durante la década de los 80 no rebasaría la media de los últimos cuarenta años. Estados Unidos sigue teniendo la renta per cápita en términos reales más alta del mundo, a excepción de algún país árabe productor de petróleo. En cualquier caso, tal como Charles Morris comentó en The New York Times Magazine, «los norteamericanos han ganado al año alrededor de 20.000 millones de dólares más en activos en el extranjero que los extranjeros en activos norteamericanos», Gran parte de nuestra sensación de malestar proviene de ciertas prácticas de contabilidad que conducen a subestimar nuestros activos nacionales.

Esto no significa que no tengamos auténticos problemas. Una parte considerable de la población vive en la pobreza; una proporción cada vez mayor de nuestros hijos sufre la escasez; nuestro sistema de educación tiene grandes lagunas; la financiación para la reconstrucción de nuestra carcomida infraestructura no se encuentra fácilmente, y la adición a las drogas está aumentando. Pero esto son consecuencias de nuestros sistemas sociales, políticos y económicos, no de un descenso de la productividad laboral o de un debilitamiento de la ótica profesional.

Evidentemente, dicha ética ha evolucionado. Si comparamos los datos con los del siglo xix o incluso con los de los años 20, la sociedad norteamericana (al igual que otras sociedades prósperas) se ha vuelto más orientada hacia el ocio. La proporción de mano de obra no cualificada y en la industria ha disminuido considerablemente, mientras que los sectores científico, tecnológico, de comunicaciones y de educación han crecido enormemente. Pero algunas de estas tendencias (incluyendo la inmigración de millones de personas firmemente decididas a trabajar) implicarán un aumento de la productividad.

A pesar de que la antigua ética protestante se ha debilitado, sigue siendo más fuerte en Estados Unidos que en cualquier otra parte. De los países cristianos industrializados, Estados Unidos sigue siendo el más religioso y practicante, con el mayor número de fieles en doctrinas fundamentalistas y evangélicas.

Si la movilidad social es buena para esforzarse en el trabajo, los datos objetivos indican que las oportunidades para prosperar son también mejores que nunca, como consecuencia de los cambios ocupacionales y de la prosperidad económica que dominó durante casi toda la posguerra. Los sondeos de opinión concluyen que la aplastante mayoría de los norteamericanos piensa que ellos mismos o sus hijos (o ambos) pueden mejorar y que el esfuerzo y el estudio se ven recompensados. Estas convicciones son más firmes que nunca.

Para terminar, como señala Samuel Huntington, la economía norteamericana en general no se ha portado tan mal, incluso comparándola con la de Japón, De hecho, «el descenso más notable (registrado recientemente) en la tasa de crecimiento del Producto Interior Bruto se ha producido en Japón: el promedio de su tasa de crecimiento anual entre 1980 y 1986 representa el 58,7% del que se registró entre 1965 y 1980. En cambio, en Estados Unidos el promedio de la tasa de crecimiento anual entre 1980 y 1986 representa el 110,7% del registrado entre 1965 y 1980».

Entre 1970 y 1987, la participación norteamericana en el Producto Mundial Bruto se ha mantenido estable (entre el 22% y el 25%), lo mismo que su participación en las exportaciones mundiales (alrededor del 10%) y de productos de alta tecnología (alrededor de la cuarta parte).

No puedo confirmar los temores (o esperanzas) de tos pesimistas. Los datos respaldan las conclusiones del sabio inglés R. E. Phal: «La ética del trabajo sigue viva y goza de buena salud: la gente disfruta trabajando y no faltan cosas que hacer».

Las ciencias y las creencias

Entre las muchas cosas que dijo un biólogo alemán casi contemporáneo, Ernesto Haeckel (murió en 1919), hay una afirmación que le ha hecho célebre: la ontogenia, es decir, el desarrollo de cada individuo desde una originaria célula hasta su culminación en un organismo acabado, es una recapitulación de la filogenia, es decir, del proceso de milenios y milenios de la evolución tal como es explicada por Darwin. Pongámoslo en el caso que más de cerca nos afecta: el organismo de cada uno de nosotros durante el tiempo de gestación en el seno materno, ha ido rápidamente recorriendo más o menos resumidamente, uno tras otro, toda la escala de seres vivientes que la Teoría de la Evolución describe como extendida sobre tiempos cósmicos.

¿Por qué ocurrirá que una tesis tan audaz como poco o nada argumentada se nos presente como algo tan verosímil? ¿Qué ocultas resonancias la acompañan que seducen nuestro asentimiento? Desde luego que a nadie se le ocurriría argumentar el proceso de la propia gestación mediante los recursos teóricos del darwinismo como la acumulación de pequeñas variaciones somáticas, la lucha por la supervivencia de los más aptos, etc. Mirada desde este punto de vista, la afirmación de Haeckel sobre la generación del individuo vivo parece una tesis descabellada. Nuestra momentánea y casi instintiva aceptación —sea o no sea ésta cientificamente fundada— viene a corroborar una experiencia personal más íntima, más profunda: la propia vida del espíritu se escinde también en dos etapas: la una es de un esforzado y largo aprendizaje, y la otra, de una posesión luminosa, ágil y placentera del resultado mismo de este aprendizaje. Hay una grabación de una sinfonia de Mozart contenida en dos discos y dirigida por Bruno Walter al frente de una orquesta deliberadamente mediocre; las tres caras de los discos registran los ensayos y la cuarta cara ofrece la audición resultante. He aquí una forma personal de aprehender una forma particular del tránsito desde la filogenia a la ontogenia: en el largo ensayo pueden escucharse las atinadísimas observaciones de Bruno Walters, las reiteradas correcciones, las repeticiones, los retrocesos, es decir, las fases del trabajoso, duradero e interesantísimo aprendizaje por parte de una orquesta que opone sus resistencías al inspirado propósito de la obra. He aqui la filogenia, el largo proceso evolutivo. Al final, en la cuarta cara a parece la sinfonía liberada de todas estas vacilaciones, espontánea, fluida como una transparente cascada: la ontogenia.

La intima experiencia personal de cada uno registra multitud de trances que obedecen a análogos esquemas por variados y diversos que sean los objetivos a alcanzar. Es muy importante el señalar que cada una de estas etapas tiene su propio interés; demanda la aportación de aptitudes adecuadas. Es más, cada etapa tiene un propio y autónomo estatuto, una sustantiva independencia, una manera propia de ser comprendida.

Quizá podría resultar de algún interés el transponer estas breves observaciones sobre los modos de evolución de la ciencia para así intentar comprender en qué puede consistir el espíritu que anima algunas de sus más importantes etapas, especialmente en la ciencia contemporánea.

Cálculo Infinitesimal

Conviene comenzar por una doble y quizá no suficientemente atendida afirmación referida a la Matemática. Si se mira el proceso de formación del saber matemático desde los tiempos gnegos hasta hoy, habremos de reconocer que este largo tránsito contiene un solo momento que es gigantescamente superior a todo lo que le precede y gigantescamente superior a todo lo que le sigue. Se trata de la aparición en el siglo XVII del Cálculo Infinitesimal. Nada tan renovador, tan eficaz, tan audaz, de tan colosal y progresivo alcance en el seno de la producción cientifica. Todo lo que se hizo antes, todo lo que se ha hecho después sobre este terreno de la ciencia matemática, son monumentos más o menos elevados, dominados por la altísima e imponente Acrópolis del Cálculo mencionado.

Hemos señalado primeramente el carácter excepcional de este momento de la creación científica. Ahora bien, si el lector quiere percatarse de otro aspecto de la originalidad de este momento en la historia de la ciencia, ha de comenzar por representarse uno de estos Castillos de Hadas que se sostienen flotando en el espacio. Algo así fue y siguió siendo durante más de un siglo el Cálculo Infinitesimal: un grandísimo edificio sin base, y que. carente de cimientos, se iba. sin embargo, ampliando con nuevas y espaciosas estructuras.

En efecto, la sacudida causada por el estallido de la nueva Idea Grande hizo tambalear las exigencias tradicionales de la razón. Así, el obispo y filósofo Jorge Berkeley venía a decir por su parte: «Estas gentes que no creen en Dios, cuya existencia puede probarse, creen, en cambio, en este nuevo cálculo cuya existencia es un absurdo». Esto decían los detractores. El marqués de l’Hospital, que defendía dicho cálculo y que ha dejado su nombre en un digno rinconcito de la Matemática, encarecía a sus alumnos con estas palabras: «¡Practiquen, practiquen este cálculo; la fe les irá viniendo!». Las liturgias de esta nueva fe científica exigían ciertamente extraños sacrificios a la razón. Pero, sin embargo, la cosa iba funcionando, la cosa iba creciendo, la cosa se iba diversificando con siempre renovada fecundidad.

Asi pues, una primera y quizá sorprendente conclusión: una de las más grandes creaciones del espíritu científico se desarrolló durante más de un siglo mediante la fuerza de un conjunto de actividades intelectuales que, en última instancia, descansaban sobre convicciones más que sobre razones.

El mérito original de esta legión de hombres de matemáticas de los siglos XVIJ y XVIII reside en esta fidelidad al desarrollo de una inspiración nueva, aunque esta fidelidad comportara la renuncia a la tierra firme de las razones últimas.

Moraleja

Éste fue durante toda una época el estado de la cuestión. Pero, ¿cuál es la moraleja que de esta cuestión deriva? La forma más superficial del rigor Godofredo Guillermo. científico contemporáneo sentenciaría: «Es que Barón de Leomiz empezaron la casa por el tejado». La fórmula de este tipo de menosprecio, tan usual en nuestro tiempo, es casi siempre, cuando se aplica a cualquier empresa, una injusta y esterilizante condenación. Las casas de la razón minuciosamente lógica a la que son muy adictos algunos profesores contemporáneos, resultan casas tan bajitas que hay que agacharse para entrar.

La verdadera moraleja la suministra cualquier buena historia de la Matemática. Pero conviene aquí proceder con cuidado al valorar la obra de los grandes matemáticos de verdadero genio a lo largo del siglo pasado: Gauss, Cauchy, Weierstrass, Abel, Dirichlet, etc. Se trata de matemáticos creadores de ideas propias que en conjunto llevaron el Análisis Matemático a una altura estelar. Pero al hablar de esta época se dice, además —y esto es lo que aquí interesa—, que tales matemáticos, en especial Cauchy y Weierstrass, asentaron la ciencia matemática de los siglos precedentes sobre bases firmes y sólidas.

Es aquí donde ciertas estrechas ortodoxias del espíritu contemporáneo inducen a un decisivo y esencial error en la general valoración de la creación científica. Porque una manera muy actual de interpretar esta afirmación y consolidación del análisis matemático del siglo XIX consiste en esto: «Salvemos a Newton y a Leibniz (de palabra}. Los matemáticos que les sucedieron fueron una legión de obreros cuyos nombres figuran en humildes mármoles del cementerio de la historia. Estos artesanos construyeron como pudieron y con los materiales más a mano, todo un poblado de barracones llenos de goteras y grietas hasta que, ¡por fin!, en el siglo XIX, los matemáticos de genio, en posesión de una maquinaria racional adecuada y venidos de no se sabe dónde, desmantelaron este campamento, y sobre el terreno bien barrido diseñaron el Análisis, que es lo único que hoy se estudia en la más completa ignorancia respecto de la ciase de labor que llevaron a cabo los antiguos pobladores del territorio y de los recursos que emplearon».

Alguien podría leer estas cortas páginas como siendo una bienpensante exhortación a! estudio de la Historia de la Ciencia para así poder comprender mejor sus manifestaciones actuales. ¡Error! No es esto lo que aquí se pretende. Lo que se intenta sugerir es la conveniencia de legitimar de modo particular la Matemática de los siglos XVII y XVIII como creencia en pie de igualdad al lado de la Matemática del siglo XIX como fundamentación y, en general, sugerir la ampliación de las actitudes del espíritu científico al exterior de todo un conjunto de limitaciones que lo tienen envarado y rígido y le impiden no sólo hallar soluciones sino que le obstruyen la visión de problemas de la máxima importancia.

Teoría de la evolución

Sirva lo dicho hasta aquí como una preparación para ofrecer ahora una base de comprensión de la Biología cuyo moderno desarrollo se presenta como una contrapartida de lo más arriba expuesto.

El título de la obra de Osborn suministra aquí la clave, Desde los griegos hasta Darwin, donde resume así: «Los griegos dejaron al mundo que les siguió frente a frente del problema de la causalidad en tres formas: primera, sí el Designio Inteligente está operando constantemente en la Naturaleza; segunda, si la Naturaleza está bajo la acción de causas naturales, originariamente implantadas por un Designio Inteligente, y, tercera, si la Naturaleza está bajo la acción de causas naturales debidas desde el principio a leyes fortuitas, sin contener ideas de designio, ni siquiera en su origen».

Mírese desde cualquier punto de vista, la Teoría de la Evolución responde al tercero de estos tres planteamientos y constituye el acontecimiento capital y definitivo de toda la Biologia. Todo lo anterior y todo lo posterior queda abrazado dentro de su horizonte. La Biología contiene como la Matemática una consecución crucial. Pero obsérvese ahora que el presupuesto que va a movilizar todos los hallazgos que quedan bajo su advocación resulta de la eliminación de la componente de creencia en una causa creadora —en un designio inteligente, como dice Osborn— que orientaba la biología anterior.

Así comienza el Sistema de la Naturaleza de Linneo: «O Jehova! Quam ampia sunt opera tua! Quam sapienter fecisti! Quam plena est terra possesione tua!».

Después de Darwin, también aquí generaciones de biólogos se aplican a orientar sus nuevos métodos a la fundamentación de la evolutiva formación de las especies. También aquí tropezará con dificultades ingentes la sumisión a los principios darwínianos. Aquí se tratará, sin embargo, de una fidelidad de carácter opuesto a la que orientó la matemática. Ahora es la primacía del fundamento teórico la que dirige la investigación. Habrá que demostrar que lo que ha ocurrido ha ocurrido según exigen los principios de la racionalidad teórica, y esta demostración a veces triunfante será también a veces penosa y poco convincente. Pero la práctica de la metodología evolucionista será una progresiva y esforzada imposición de los principios teóricos a los resultados d e una observa – ción a veces extremadamente refractaria. Para poner un ejemplo a este respecto, resulta de sumo interés la lectura de los trabajos de Richard Goldschmidt (La base material de la evolución) en torno al circunstanciado estudio de la Lymantria dispar, este lepidóptero (que en tierras extremeñas llaman «la lagarta») y que el gran biólogo alemán ha estudiado recorriendo la Siberia. Estudios que han establecido contacto entre Evolución y Genética.

También aquí resulta quizás oportuno el preguntar si el evolucionismo ha conducido a la superación o a la eliminación de los métodos que acompañan al Creacionismo precedente. Sólo una estrechez de ortodoxia podría concluir así. No se trata solamente de argumentar a favor de una tests filosófica como La evolución creadora de Bergson, tesis por sí sola de gran peso. Ha de haber, ha de subsistir una orientación estrictamente científica respecto de los seres vivos ejercida desde el horizonte creacionista, orientación que llevó la Taxonomía a un grado de perfección en muchos aspectos insuperado. La biología creacionista comporta una manera de mirar, de observar, de comparar que, por ejercerse al margen de toda presuposición teórica, se lleva a cabo con una libertad, con una sagacidad que la conducen a conclusiones al margen y a veces por encima de todos los presupuestos que el evolucionismo impone.

Obsérvese a título de conclusión que a lo largo de toda la historia de la Ciencia jamás se ha dado un caso de predominio tan espectacular de las más multiformes creencias como el que informa de arriba abajo los conceptos fundamentales de la Biología contemporánea. Es el propio Jacques Monod quien, en su conocido iibro El azar y la necesidad, recoge esta observación de François Mauriac, quien, después de haber escuchado sus conferencias sobre Biología, le viene a decir: «Las creencias que tenemos nosotros como cristianos son mucho más sencillas que lo que creen ustedes como biólogos».

En tiempos ya pasados decia Leibniz que la física de Descartes era como una novela, quizás algo escandalizado por la ingente variedad de pequeñas y medianas bolitas, limaduras, agujeros, torbellinos, etc., que figuran como actores en las explicaciones de la física cartesiana. En la Biología contemporánea, esta proliferación de recursos explicativos ha llegado a desbordar todo limite previsible. Hemos de creer —un ejemplo entre mil— en un ácido nucleico llamado «mensajero», y que, ciertamente como tal, penetra en el núcleo de su célula, se hace allí con un mensaje, sale del núcleo, se va donde el ribosoma, le comunica el mensaje, que este ribosoma lee e interpreta. Al lado de este actor, el ángel que pinta Fra Angélico… «Plena gratia, Dominis tecum…», representa una humilde simplificación de este arcángel bioquímico instalado en el seno de la ciencia.

La Biología actual descansa sobre un credo que hace palidecer las creencias conjuntas de todas las religiones, pero, a ejemplo del Cálculo, la Biología funciona, se desarrolla, multiplica sus objetivos sin referirse ni invocar ni depender de un fundamento preestablecido, movilizando así formas de la vocación científica que en épocas no muy lejanas no habrían tenido más destino que el de consagrarse a la más audaz fantasía narrativa.

No es de extrañar, pues, que el biólogo Monod halle dificultades serias a la aceptación de creencias religiosas como las de François Mauriac. Se trataría de discurrir por una difícil vía de simplificación de las creencias propias.

Hay, sin embargo, entre los dos Premios Nobel Mauriac y Monod, uno literato y otro biólogo, una muy significativa coincidencia: para ambos es la Vida, junto con el Camino y la Verdad, el norte de su vocación. Porque hay que reconocer que así como la luz no es el objeto del pintor sino que es aquello que hace posible que el pintor pinte, análogamente la vida no es el objeto de la Biología, sino también aquello que hace posible que el hombre sea biólogo. V esto quizás se ve mejor ahora, a la venida de la Primavera, cuyo estallido de vida tanto el biólogo como el poeta reconocen que «nadie sabe cómo ha sido».

Una cruz sobre los kurdos

Sin duda alguna, Sadam Husein habrá sido el último dirigente del siglo XX en intentar unificar por la fuerza una parte del mundo árabe. Su estruendoso fracaso acaba con el panarabismo, al menos en su variante más agresiva y militante: el baasismo. Esta ideología fue el motor original de la actuación política del amo de Bagdad. Todos sus actos criminales —ya se trate del linchamiento colectivo de judíos en 1969, de la masacre de los kurdos, de la guerra contra Irán o de la invasión de Kuwait— derivan, en último término, de esta su concepción nacional-socialista del mundo. En sus grandes líneas eran previsibles, incluso fueron predichas por el mismo Sadam Husein; no han sorprendido a los que analizaban de cerca sus dichos y sus gestos, como los lectores atentos de Mein Kampf no se extrañaron de ver cómo Hitler aplicaba, hasta el final, sus ideas. Pero, en uno como en otro caso, no se ha querido creerles ni tomar al pie de la letra sus declaraciones.

El anuncio a los kurdos

Un día los historiadores podrán contar con precisión la génesis del pensamiento de Sadam Husein; hacer un inventario de los métodos que utilizó para hacerse con el poder e instaurar su dictadura; describir sus métodos de gobierno y explicar el porqué y el cómo de sus alianzas secretas o públicas, con frecuencia cambiantes, dentro y fuera del país. A la espera se puede ya trazar el Itinerario de este dictador para comprender mejor su conducta reciente, la naturaleza de su régimen y la situación actual de Irak.

Para empezar, he aquí un testimonio que pudimos recoger de fuentes de primera mano.

Tres días después del golpe de estado baasista del 17 de julio de 1968, el hombre fuerte del nuevo régimen, Sadam Husein, recibiendo a una delegación de la resistencia kurda, declaró de entrada: «Sabed que esta vez estaremos en el poder por mucho tiempo, al menos hasta fin del siglo. Contamos con los medios humanos y materiales de nuestra política panárabe. La sangre puede manar a raudales, arrastrar como un torrente cientos de millares de cuerpos; nada, ninguna fuerza interior, ninguna potencia extranjera, nos hará desviarnos de nuestro camino. ¡Meteos bien esto en la cabeza y actuad en consecuencia! Será mejor para todos».

Erróneamente, los dirigentes kurdos debieron creer que estas palabras brutales del joven vicepresidente iraqui eran una fanfarronada más, en una región acostumbrada a las declaraciones demagógicas y a la verborrea belicosa. Resumían empero las líneas maestras del gran designio del que, al cabo de los años, se iba a convertir en el amo de Irak y aspirante a líder de todo el mundo árabe.

Hombre poco instruido, de convicciones rotundas pero hábil táctico, más astuto que inteligente, determinado, sin escrúpulos ni piedad, la versión árabe de Hitler o de Stalin, Husein se creía sin duda investido de esta misión histórica: realizar por la fuerza la unidad del mundo árabe, del Golfo Pérsico al Atlántico. Hombre realista, se dedicó desde el principio a forjar el núcleo de su poder sobre la base de las solidaridades familiares y de los clanes, más que sobre la fidelidad siempre fluctuante y conflictiva, luego incierta, de sus compañeros de partido. Este núcleo debía aglutinar a su alrededor una nomenclatura reclutada sobre todo entre la minoria sunnfta árabe (15% de la población), primero en la villa natal de Tikrit. Irak podía ofrecerle los medios para conseguir sus ambiciones. Este país es, en efecto, el único del mundo árabe que dispone de tas dos bazas indispensables para llevar a cabo una política de poder: el dinero y la demografía. Por otro lado, el recuerdo siempre vivo en la memoria colectiva árabe de los esplendores del imperio abásita y de su capital, Bagdad, podía dar una cierta consistencia histórica al mesianismo panárabe.

Ceguera voluntaria de Occidente

La historia reciente está ahí para dar prueba de tas ruinas y de las desgracias que han traído a ¡a humanidad las empresas pan-nacionalistas de este siglo. La aventura pangermanista ha costado a Europa más de 60 millones de muertos. Su equivalente turco, el panturquismo, condujo durante la I Guerra Mundial al hundimiento del imperio otomano, al genocidio de) pueblo amerio, a la masacre de más de 700.000 kurdos y a la expulsión hacia Grecia de más de un millón de griegos de Anatolia.

A pesar de estos precedentes siniestros, ninguna gran potencia se ha preocupado del carácter peligroso de la ideología nacional-socialista profesada abiertamente todo el santo día y durante años en los medios de comunicación por el régimen de Sadam Husein. Todo el mundo parecía considerar que se trataba de una retórica para ser usada internamente, sin consecuencias notables en la estabilidad regional. Y después, en la época de la guerra fría, la esperanza de corromper a un rico aliado de la URSS justificaba a los ojos de algunos países occidentales, como Francia, todo tipo de apaños con el régimen de Bagdad; durante mucho tiempo, estos países se contentaron con cambiar armas por petróleo, sin tan siquiera preguntarse por la situación interna de Irak y el calvario de su población, al tiempo que no paraban de protestar con clamor y con razón por el arresto de sindicalistas en Polonia o por el rechazo a conceder visados de salida a disidentes soviéticos.

Sadam Husein había llegado ya a la conclusión de que podía comprar todo con dinero. Llegó a pensar, como Lenin, que los occidentales estaban dispuestos a vender, si era preciso a crédito, la soga para ahorcarlos, y que sus discursos altisonantes no tenían mayor alcance práctico que las proclamas «intemacionalistas» de los países del Este.

A menos que se considerase al dictador de Irak como un loco versátil e imprevisible, que cambiaba de política según el capricho de su humor —o, como ha hecho Jean-Pierre Chevénemení, cortar en tiras arbitrarias su política, «muy dinámica y positiva» en una época y nefasta recientemente—, hay que tener en cuenta siempre su proyecto panárabe, hito conductor de todos los pasos de Sadam Husein, y no olvidar nunca su profundo desprecio por un Occidente mercantil e hipócrita.

Todo sueño, para convertirse en realidad, necesita de un mínimo de condiciones objetivas y de una fuerte dosis de voluntarismo. B régimen baasista iraquí, al que no le falta ardor combativo, se ha dedicado con todas sus fuerzas a reunir, una a una, estas condiciones, poniendo en su provecho una coyuntura internacional marcada por el conflicto Este-Oeste, las rivalidades comerciales desenfrenadas de los occidentales y el alza considerable del precio del petróleo.

La primera de estas condiciones era estabilizar el régimen, haciendo del partido Baas un instrumento monolítico consagrado todo él a Sadam Husein. Éste, en la sombra de su primo y presidente de nombre, Ahmed Hassan al-Bakr, llevó a cabo guerras sangrientas, eliminó físicamente a todos los que por su saber, su inteligencia, prestigio o pasado militante, podían hacerle sombra, y compró, mediante prebendas generosas, el silencio de los demás, relegados al papel de meros valedores. En una primera oleada de ejecuciones, durante el verano de 1969, murieron intelectuales prestigiosos, así como los principales responsables del aparato policial y militar del Baas, Una vez que el partido fue controlado por el círculo familiar y el clan de Sadam, el régimen comenzó a reorganizar la policía política y el ejército, con la ayuda de expertos de la Stasi de Alemania Oriental y de consejeros militares soviéticos.

La liquidación de los partidos de oposición en Irak, un país creado por los británicos en 1920 por la anexión de dos provincias árabes de mayoría chífta —Bagdad y Bas ora— y la provincia kurda de Mossoul, rica en petróleo y cereales, había conservado de la época del mandato inglés una vida pública rica y diversificada, así como costumbres políticas que, sin ser auténticamente democráticas, eran relativamente tolerantes comparadas a tas de otros países árabes. Un dirigente comunista iraquí, poco sospechoso de simpatías monárquicas, nos hacía ver recientemente que «durante los 37 años de la monarquía iraquí (1921- 1958} sólo se había ahorcado a 7 opositores» y que «a pesar de las restricciones a la libertad de expresión, existía entonces un cierto Estado de Derecho: uno podía esperar ser juzgado conforme a la ley, recibir en prisión periódicos y libros y salir después de haber purgado su pena. Hoy en día, no solo no puede esperar salir vivo de las prisiones y de las salas de tortura, sino que ni siquiera se puede saber si nuestros hijos, nietos o parientes lejanos van a ser detenidos y ejecutados por nuestras actividades».

Los partidos creados en la época de la monarquía tenían todavía cierta influencia en la población en el momento del golpe militar del partido 8aas, muy minoritario en el país. Las dos fuerzas principales eran el Partido Democrático del Kurdistán de Musraja Raszani, que llevaba la lucha armada desde septiembre de 1961 para conseguir la autonomía de las regiones kurdas, y el Partido Comunista Iraquí, dirigido por otro kurdo, Aziz Mohamed, que era todavía la primera formación política del país y el partido comunista más poderoso del Cercano Oriente. Un ala disidente y prochina de este partido hacía la guerrilla en los terrenos pantanosos. Otras agrupaciones —nacionalistas, nasserianos, liberales o conservadores— actuaban sobre todo en los centros urbanos. El método usado por el régimen baasista para meter en cintura a la oposición es muy instructivo. En un primer momento, los grupos y partidos desprovistos de aparato militar fueron desmantelados y reducidos al silencio por una serie de ejecuciones y por las acciones terroristas de la policía política. La guerrilla maoísta fue sometida por las armas; muchos de sus dirigentes sometidos a tortura aceptaron renegar de sus convicciones y unirse al régimen. Incluso su jefe, Azir al Haj, fue nombrado representante de Irak en la UNESCO para asegurar mejor la propaganda del régimen en los circuitos intelectuales de la izquierda francesa, tarea que realizó con un cierto éxito.

Quedaban dos bastiones de resistencia: el Partido Comunista Iraqui (PC/) y el movimiento autonomista kurdo. La táctica usada fue diferente. El Baas, durante su breve paso por el poder (de febrero a noviembre de 1963) había acordado un alto el fuego con la resistencia kurda para concentrar sus fuerzas y poder liquidar físicamente a más de 10.000 cuadros y militantes comunistas; esta vez buscó atraerse las bendiciones del PCI para combatir mejor a los iraquíes kurdos. Para conseguirlo, fomentó las relaciones económicas y políticas con Moscú y propuso la participación simbólica de los comunistas en el Gobierno y en el Frente Nacional Patriótico, considerado como el órgano que agrupaba a las «fuerzas nacionales y progresistas del país». El PCI, que a raíz de la persecución de 1963, se había refugiado en el Kurdistán para asegurar su supervivencia, se distanció progresivamente de la resistencia kurda y fue neutralizado provisionalmente por el poder. Al mismo tiempo, el régimen baasista hizo que la policía eliminase a gran parte de los cuadros intermedios del PCI, sembrando así la confusión entre sus fieles y desacreditando a su dirección.

El martirio kurdo

El «tratamiento» de la oposición kurda fue en primer lugar militar. De julio de 1968 a marzo de 1970, Bagdad usó sus fuerzas armadas, Incluida la aviación, para aplastar a los 170.000 guerrilleros del general Barzani. Pero sin éxito. Estos últimos controlaban la mayor parte de su territorio y tenían en jaque a las divisiones iraquíes. Conseguir una victoria militar se reveló imposible, debido sobre todo a la debilidad del ejército iraquí, que en esa época contaba apenas con 100.000 soldados poco motivados. Para ganar tiempo, Bagdad tuvo que recurrir a la astucia; Sadam Husein fue personalmente a ver a Barzani y le dijo: «Hasta ahora, bajo la influencia de elementos retrógrados y nacionalistas de nuestro pueblo, hemos cometido graves errores en su contra. Perdónenos. Considéreme como uno de sus hijos. He aquí una hoja de papel: escribid en ella todas vuestras peticiones: las acepto tal cual. Vamos a firmar la paz en interés de nuestros dos pueblos».

Así, el 11 de marzo de 1970 se firmó un acuerdo de paz que reconocía el derecho de los kurdos a disfrutar de una amplia autonomía regional. Incluso se introdujo en la Constitución el principio según el cual Irak estaba formado por dos naciones, árabe y kurda, unidas libremente y disfrutando ambas de igualdad de derechos. El Gobierno central se modificó para incluir cinco ministros kurdos. El kurdo se convirtió en la segunda lengua oficial de! país. Faltaba por definir el equilibrio territorial de la autonomía, en particular la suerte de las provincias kurdas de Kirkout y Khaniqui, donde estaban situados la mayoría de los yacimientos petrolíferos de Irak. Se previo un retraso de cuatro años para la puesta en marcha de instituciones autónomas y la organización de un censo para conocer exactamente la composición étnica de las zonas en las que Bagdad discutía el carácter kurdo.

El régimen iraquí aprovechó esta tregua para reforzar considerablemente su ejército, aislar el movimiento kurdo en el ámbito internacional, intentar debilitarlo mediante una serie de atentados y asesinatos y proceder a la arabización forzosa de las provincias kurdas ricas en petróleo. En abril de 1972, Irak firmó con la URSS un tratado de amistad y cooperación que le permitió aprovisionarse de grandes cantidades de armas soviéticas. Moscú, que tras la represión anticomunista de 1963 y el refugio ofrecido por el general Barzani a los comunistas iraquíes perseguidos había acordado un apoyo discreto al movimiento kurdo, cambió de alianza. Los kurdos de Irak, sintiéndose aislados y cercados, buscaron el apoyo de Irán y, por mediación de éste último, el de Washington.

En marzo de 1976, Bagdad, habiendo multiplicado por cuatro el efectivo de las tropas y sintiéndose en una posición de fuerza, lanzó contra la resistencia kurda una «guerra total» extremadamente mortífera que duró un año, sin que ello significara, sin embargo, tomar la delantera. A pesar de tener un armamento sofisticado, el ejército iraquí, que contaba con cerca de 400.000 soldados pero que no disponía todavía de armas químicas y bacteriológicas, fue incapaz de vencer a los 40.000 partisanos kurdos. Si en esa época las democracias occidentales hubieran respondido a la petición de ayuda de Mustafá Barzani, si le hubieran concedido aunque soto fuera una décima parte de la ayuda que darían más tarde a la resistencia afgana o si a) menos se hubieran abstenido de vender armas y helicópteros a Bagdad, la guerrilla kurda habría podido provocar la caída de la dictadura de Sadam Husein y contribuir a la instauración de un régimen pluralista en este país. Se hubiera evitado entonces el conflicto irano-iraquí y el millón de muerto que conllevó, la invasión de Kuwait, la guerra del Golfo y sus consecuencias. La Francia de Valéry Giscard d’Estaing fue el primer país europeo que se comprometió en una política sin escrúpulos de venta de armas. Otras le pisaron los talones.

En marzo de 1975, tras un año de intensos combates, dándose cuenta de la imposibilidad de conseguir una victoria militar sobre los kurdos, Sadam Husein decidió cercar a éstos últimos aliándose con el Sha de Irán y otorgándole importantes concesiones políticas y territoriales. Se firmó entonces el acuerdo de Argel, de 5 de marzo de 1975, por el cual Irak aceptaba la soberanía de Teherán sobre la mitad de las aguas de Chatt el Arab. Aislado, abandonado y traicionado tanto por Irán como por el Gobierno norteamericano de Nixon, el general Barzani se sumió en el pesimismo y ordenó el fin de la resistencia armada. Este viejo luchador, nacido en una prisión otomana, que en los años 30 había luchado contra las tropas británicas encargadas de la defensa de Irak, que en 1946 se convirtió en ¡efe de los ejércitos de la efímera República Kurda de Mahabad, en el Kurd¡stán iraqui, y que había pasado trece años exiliado en el Asia central soviética, tuvo que refugiarse en Estados Unidos, donde murió cuatro años más tarde de un cáncer.

El fin provisional de la resistencia armada kurda no llevó en absoluto al régimen iraquí a poner en marcha una política de reconciliación nacional. Muy al contrario, obnubilado por su voluntad de transformar Irak en una tierra exclusivamente árabe, desembarazado de las demás minorías, Sadam Husein aceleró la arabización forzosa de las provincias kurdas. En las ciudades petrolíferas como Kirkuk y Khangin se prohibió comprar y vender tierras y casas y vender sus tierras a otros kurdos, mientras que los árabes que deseaban instalarse allí recibían fuertes primas de los poderes públicos. Se instaló un «cordón sanitario» de 20 kilómetros a lo largo de las fronteras con Irán y con Turquía; las ciudades situadas en esta zona de seguridad se evacuaron y se arrasaron desde 1976. Se arrestó a millares de patriotas kurdos, a los que se ejecutó como medida ejemplar, siguiendo la buena tradición terrorista de esta república del terror. Se deportó a más de 150.000 civiles kurdos a los desiertos del sur de Irak.

Como reacción a esta represión masiva, la guerrilla reanudó sus actividades en el Kurdistán iraquí. Pudo retrasar la ejecución del plan de evacuación y destrucción de los campamentos kurdos, pero no pudo impedirlo. En abril de 1979, acompañado por un equipo de la televisión francesa, pude entrar de forma clandestina en este «cordón sanitario», cerca de la ciudad de Qala Dizeh. La vista de aquellas ciudades dinamitadas, con sus escuelas, mezquitas e iglesias reducidas a ruinas, sus fuentes de agua contaminadas, la vegetación destruida, era un motivo suficiente para indignar incluso a periodistas que habían conocido Vietnam y tantos otros teatros de guerra y devastación. Aquellos valles, antaño risueños y prósperos, que viajeros franceses y británicos como Hamilton y Thomas Bois habían descrito como un país de jauja, parecían paisajes lunares. Las imágenes que filmamos fueron transmitidas por televisión y en la prensa. La emoción que suscitó en la opinión pública no fue seguida por ninguna toma de postura de los gobiernos, sin duda muy absorbidos por la búsqueda frenética de contratos jugosos con el amo de Bagdad.

La máquina Infernal

En septiembre de 1980. tras más de un año de preparativos, Sadam Husein se embarcó en su aventura militar contra irán. Objetivo anunciado: provocar la caída del régimen jomeinista o, en su defecto, obtener la revisión de los acuerdos de Argel, para reafirmar la soberanía de Irak sobre la totalidad de Chatt el Arab. En una palabra, Bagdad quería anular las concesiones que había tenido que hacer al Sha como intercambio por su cooperación en la represión de la resistencia kurda. Un problema que al principio no era sino «interno y local» se encontraba así en el origen del conflicto más largo y más mortífero del Cercano Oriente desde la I Guerra Mundial. En julio de 1988, Irak salía exangüe de esta dolorosa prueba, sin haber conseguido ningún éxito militar o político tangible. Víctima de graves problemas económicos y sociales, el país iba a lanzarse a la conquista de Kuwait, primera etapa det grandioso proyecto de Sadam Husein: la unidad árabe.

La guerra contra Irán permitió al régimen iraquí lograr algunas ventajas estratégicas: el debilitamiento militar de Irán durante una decena de años, meter en cintura a la resistencia turca gracias a la utilización masiva de gases químicos y a la destrucción casi total de sus pueblos y, sobre todo, gracias a las transferencias de tecnología que habían tenido lugar durante los años de guerra, la construcción de una máquina de guerra formidable que hizo del ejército iraquí et más poderoso del mundo árabe y del Cercano Oriente.

Hasta aquí, y a pesar de algunos errores, Sadam Husein había jugado bastante bien sus cartas. Al igual que Hitler, consiguió éxitos importantes desde las primeras etapas de su empresa. Siguiendo el ejemplo del Führer, tuvo propagandistas afanosos por todo el mundo, incluyendo, claro está, Francia. Unos, pagados como Dios manda, otros invitados a viajar a gastos pagados al país de las «mil y una noches». En todos los países árabes, los estudiantes y los intelectuales que aceptaban colaborar con el régimen iraquí recibieron becas y subdisíos generosos; otro tanto ocurrió con numerosos periódicos y revistas árabes publicados en Europa o en el Cercano Oriente. Al ser la pasión ciega, estos defensores se hacían lenguas de las virtudes «republicanas, laicas y modernas» de un régimen que sin embargo había destruido el Kurdístán iraquí —un país dos veces mayor que Suiza—, masacrado más de 200.000 de sus habitantes, 25.000 de los cuales lo fueron con armas químicas, internado en campos a cerca de dos millones de campesinos kurdos y obligado a medio millón a exiliarse en Irán y en Turquía.

Reforzado por este apoyo y dándose cuenta de que la comunidad internacional se había contentado con hacer algunas protestas verbales a raíz del gaseamIento de los kurdos, Sadam Husein pensó, a principios de agosto de 1990, que podría anexionar Kuwait sin grandes problemas. Gracias a los recursos considerables de este emirato, habría conseguido reforzar su arsenal militar y su máquina de guerra antes de lanzarse dos o tres años más tarde a la conquista de toda la Península Arábiga, realizando así buena parte de su designio panárabe. Es claro que un dictador que dispusiera de la mitad de las reservas mundiales —dotado, a la larga, de armas nucleares— habría podido sin grandes dificultades convertirse en el soberano del mundo árabe. Según ciertos tránsfugas del régimen, el plan de Sadam Husein sería apoderarse primero de los Emiratos del Golfo y de la costa oriental y petrolífera de Arabia, dejando al rey Hussein de Jordania, convertido ya en su vasallo, lasoberanía del Hedjaz y los Santos Lugares; Jordania estaba destinada a ser un Estado palestino que incluyera a Cisjordania, lo que habría permitido a Sadam Husein situarse frente a los occidentales y particularmente frente a los norteamericanos como un hombre de Estado responsable, preocupado por los intereses legítimos de todos y por la estabilidad regional.

En plena guerra fría, durante el conflicto iranoiraqui, la invasión del pequeño emirato kuwaltí por Irak quizá habría sido tolerada por las grandes potencias. Pero el fin de la confrontación Este-Oeste y el comienzo de una cooperación entre Estados Unidos y la URSS no dejaron ninguna oportunidad, ningún margen de maniobra al dictador de Bagdad, al que todo se le había perdonado hasta ese momento. Por no haber percibido a tiempo este cambio radical en la situación política internacional, el hombre que soñaba con convertirse en el unificador de los árabes e interlocutor privilegiado de los norteamericanos ha mordido el polvo de Kuwait, arrastrando en su aventura insensata la ruina de su ejército y de su país, el naufragio del baasismo y el panarabismo.

La derrota de las tropas de Bagdad provocó en todo Irak vastos levantamientos populares, que expresaban, por encima de la diversidad étnica, religiosa y política de sus protagonistas, el rechazo de la dictadura y una aspiración general por la democracia.

Desde el sur del país, esta comente de opinión llegó rápidamente al Kurdistán, donde, sin embargo, durante la guerra los kurdos habían demostrado una gran prudencia. Para evitar la acusación de colusión con los enemigos de Irak, los movimientos guerrilleros kurdos habían congelado sus operaciones militares desde agosto de 1990, Sin embargo, bajo el doble efecto de los primeros éxitos de los insurgentes en el Sur, los llamamientos a la revuelta contra Sadam Husein lanzados a partir del 15 de febrero por el presidente Bush, la población kurda decidió creer que había llegado la hora de su liberación. El 7 de marzo los habitantes de la pequeña ciudad de Ranya, que el régimen había prometido destruir, se levantaron y se apoderaron, casi sin derramamiento de sangre, de los puestos y cuarteles militares. Su rápida victoria tardó poco en prender en las demás ciudades del Kurdistán. Gracias a la adhesión de las milicias kurdas puestas en pie por el Gobierno a raíz de la guerra Irán-Irak, y gracias también a la valiosa ayuda de miles de desertores del ejército, las fuerzas kurdas han podido en pocos dias controlar el iwiiiintn rtol territorio del Kurdistán. De modo general, el ejército iraqui, muy desmoralizado, no ha luchado con garra contra los kurdos; por lo que se refiere a las unidades especiales y a otras milicias del Partido Baas, ni siquiera tenían talla para hacer frente a los combatientes kurdos.

Pero a partir del 27 de marzo Bagdad, tras haber aplastado la insurrección del Sur, lanzó su gran ofensiva contra el Kurdistán. Se utilizaron muchos helicópteros militares y bombarderos Sukhof en los combates contra las ciudades kurdas, desprovistas de cualquier sistema de defensa antiaérea, y esto ocurrió a pesar de que tras el alto el fuego del 27 de febrero el comandante americano había declarado en numerosas ocasiones que prohibirla su utilización. De hecho, en un viaje político tan espectacular como cínico, Washington había señalado el 22 de marzo que esta prohibición no estaba en realidad prevista en el acuerdo de alto el fuego provisional y que no se oponía a la utilización por Irak de helicópteros en la guerra civil. La población kurda, ametrallada día y noche por los helicópteros, sometida a un bombardeo intensivo de la artillería de largo alcance, decidió abandonar las ciudades para evitar su destrucción total e impedir una hecatombe. Pero, a diferencia de las retiradas tácticas de! pasado, esta vez ya no había refugio posible en el Kurdistán iraquí, puesto que todos los pueblos habían sido arrasados por Bagdad. Asimismo, cientos de miles de civiles, probablemente dos millones de civiles kurdos, se lanzaron a las carreteras y senderos que conducían a las fronteras turcas e iraníes.

Así, la coalición internacional se encontró de súbito enfrentada a la tragedia de todo un pueblo, víctima, como el de Kuwait, de la dictadura de Sadam Husein. Éste, cualquiera que sea su destino futuro, tiene asegurado desde ahora el paso a la historia como el dirigente político que desde las invasiones mongolas del siglo XIII, habrá traído más desgracias, guerras, destrucciones y dramas a su país y a su pueblo —a pesar de haber contado con recursos humanos y materiales excepcionales para conseguir su felicidad y prosperidad. El futuro del «nuevo orden internacional basado en el derecho y la justicia», evocado tan a menudo durante los últimos meses, dependerá —no lo dudemos— de la forma en que la comunidad internacional sepa tratar la tragedia kurda.

La caja fuerte del Estado

La perplejidad que me produjo una respuesta de Felipe González, en diciembre de Í976, en una reducida reunión organizada por un semanario a la que tuve la suerte de ser invitado, aún subsiste. La única pregunta que le hice al hoy presidente González —entonces en pleno furor de federalismo, autonomías y autodeterminación— fue la siguiente; «¿Qué sistema de financiación ha diseñado el PSOE para ese Estado federal?». Felipe González, después de unas breves palabras en voz baja con Miguel Boyer, que le acompañaba, me respondió: «Ésa es una cuestión técnica de carácter secundario». El tiempo ha demostrado, como es de sentido común, que ni la cuestión es solamente técnica ni mucho menos secundaria.

Hace unos meses se intentó zanjar el problema del endeudamiento en las entidades locales asumiendo el Gobierno central la deuda acumulada. Ha pasado el tiempo, y no sólo los Ayuntamientos y Diputaciones han vuelto a atcanzar unos niveles de déficit y de endeudamiento alarmantes, sino que las autonomías han seguido igual camino y con mayor rapidez. Las cifras no dejan lugar a dudas: según datos del Banco de Crédito Local, la deuda de las autonomías —incluyendo la que tienen con la Banca pública y privada, la contraída en el extranjero y la procedente de sus emisiones— ha pasado de 226.945 millones de pesetas en 1985 a 872.899 millones el pasado año. Con la excepción del año 1987, en que su incremento sobre el año anterior fue del 7,8%, y del año siguiente, que se acercó al 22%, en el resto de los años los incrementos anuales de esa deuda oscilaron entre el 35% y el 53%. En concreto, en 199(1 el incremento fue del 41%.

No es mejor la situación en la que se encuentra la deuda de las corporaciones locales, También según el Banco de Crédito Local, la deuda total de estas entidades se situaba al terminar el pasado año en 1.370.600 millones de pesetas, es decir, un 20% más que en 1989. El grueso de la misma, en torno a un billón de pesetas, corresponde a los Ayuntamientos. Evidentemente, este proceso de endeudamiento creciente es una locura. En mi opinión, los factores políticos, que quizá en muchos casos habría que calificar simplemente de partidistas, tienen buena parte de la culpa del endeudamiento autonómico y local. En el caso concreto de los Ayuntamientos, la desafortunada supresión de la «advertencia de ilegalidad» del secretario ha sido un factor determinante del descontrol presupuestario, por no decir de la vuelta a un caciquismo de la más rancia tradición española. Por muchas inexactitudes o exageraciones que haya en las informaciones sobre tráfico de influencias, comisiones y la larga lista de irregularidades que ustedes quieran, es evidente que el despilfarro del gasto público no central se ha generalizado por España como una epidemia en el último decenio.

Realmente, el Gobierno socialista no puede llevarse las manos a la cabeza, por muchas que hayan sido las tensiones entre el ex-secretario de Estado, Borrell, y los responsables económicos de las Administraciones de las Autonomías y de las Entidades locales en los dos últimos años. El respeto a la verdad es siempre inexcusable, y nada mejor que los textos escritos. Las resoluciones de los Congresos del PSOE están ahí, (os cantos a las nacionalizaciones y el mantenimiento del programa máximo de Pablo Iglesias también; la insistencia en los efectos benéficos del déficit público por parte de los socialistas y los comunistas figura abundantemente en los diarios de sesiones del Congreso, etc. Y no estoy hablando de la prehistoria: las afirmaciones a que me refiero son todas posteriores a 1975 y pueden encontrarse en boca de hombres como Boyer, Solcbaga, Nicolás Redondo, los comunistas, por supuesto, y, naturalmente, de Felipe González y Alfonso Guerra.

Todavía hoy sigue en pie por parte del Gobierno la defensa del «Estado del bienestar», no sé si en su pura o en su aguada versión socialista. Para comprobarlo bastaría acudir a las hemerotecas y ver la defensa del principal responsable directo del sistema fiscal español, tanto por el lado de los ingresos como por el de los gastos, el ex-secretario de Hacienda, Borrell. Veamos algunos datos tomados de la publicación de la OCDE The public sector issues for the 1990. Entre 1979 y 1989 España ha sido el país, con la excepción de Grecia, en que más ha crecido la participación del gasto público en el PIB. En 1979 nuestro gasto público se situaba cerca de 15 puntos porcentuales por debajo del promedio de la OCDE. mientras que diez años después esa diferencia se había reducido a 3,7 puntos. Al mismo tiempo, nuestros gastos corrientes, en términos de PIB, crecían casi tres veces más que los destinados a inversión, siendo sólo superados en esta errónea evolución por Italia —paradigma del despilfarro público—, Dinamarca y Grecia. Naturalmente, este crecimiento desaforado del gasto público sólo ha podido financiarse en parte —ya que hemos rozado tasas de déficit público del 7% de! PIB— mediante un crecimiento acelerado de la presión fiscal en este decenio, que pasó del 28,5% al 38,5% del PIB. Es decir, un aumento de 10,1 puntos en diez años, frente a casi 3 de media en la OCD E y algo menos en los países europeos de la organización.

Los servicios públicos

Evidentemente, se ha extendido el número de beneficiarios de la existencia sanitaria o la educación, aunque nadie ponga en duda que ha empeorado notablemente la calidad de las mismas. También ha aumentado considerablemente el número de pensionistas y el de perceptores del seguro de desempleo, aunque también en este caso haya que reconocer que al menos las percepciones de los jubilados son a todas luces insuficientes.

Si nos fijamos en otros servicios públicos: carreteras, ferrocarril, correos, teléfonos, etc., me parece que los comentarios sobran, ya que de una u otra manera lodos nos hemos formado nuestra opinión como usuarios de los mismos. Estos razonamientos apresurados no son más que apuntes en los que baso la siguiente afirmación: España es un país industrializado, pero cuyo PIB per cápita hace imposible que el Estado pueda seguir manteniendo el monopolio o cuasimonopolio de esos servicios públicos que he citado. Y los datos, en este caso, tampoco dejan lugar a dudas: el PIB por habitante en España se situaba en el 59,2% del correspondiente a la media comunitaria en 1%0, subía hasta el 80,4% en 1975, descendía hasta el 71,8% diez años después y volvía a crecer hasta el 76% al final del boom económico en 1989. En resumen, si se tiene en cuenta este dato a 1a hora de analizar la presión fiscal en España y/o la capacidad y posibilidades de nuestro sector público para conseguir un nivel de servicio sociales, prestados exclusiva o casi exclusivamente por el mismo, similar a los de la media de la CEE , conducirá a concluir que resulta imposible.

Este dato es una realidad de la que no se puede prescindir. Y si insisto tanto en la incapacidad del sector público español, por la distancia que nos separa de la media de) PIB por habitante en la CEE , es porque, básicamente, el mismo planteamiento vale para el desarrollo económico y social de cada una de nuestras diecisiete autonomías. Esto no supone negar las posibilidades que ofrece a las mismas la entrada en vigor del Mercado Único tanto por la vía de unas transferencias mucho más intensas de fondos estructurales como por la reconversión de la política agraria comunitaria, tendente a ser competitiva en los mercados internacionales y a elevar el nivel de vida de los agricultores comunitarios por la vía de las rentas. Ahora bien, el proceso de desarrollo económico convergente será imposible de conseguir si no se sustituye «al tópico y a la intuición en el análisis y en Sa discusión colectiva de los criterios que deben informar la política regional española en el marco de los objetivos de conexión social de la Europa comunitaria» (Papeles de Economía, n.u 45, 1990). Esta publicación constituye una auténtica joya para el análisis económico de las autonomías en España, y de ella procede la mayoría de los datos y los gráficos que acompañan a estas líneas.

Reflexión final

Finalmente, tres consideraciones. Primera: la reducción del papel del sector público, la desregulación de la economía y la reforma fiscal, en línea con las que se han realizado en la década de los ochenta en los países más desarrollados, son condiciones indispensables tanto para la economía española como para las autonomías. Al «sector mercado», como al campo, una vez que se suprimen las limitaciones a su actividad, no se le puede poner puertas. Inútil, por tanto, la pretensión de España, Francia e Italia de una libertad de movimientos de capitales que no afecte a sus respectivos sistemas fiscales.

Segunda: personalmente pienso, a la vista de la experiencia de estos últimos años, que mientras la economía española no alcance un PIB por habitante similar, como mínimo, a la media de la CEE, la financiación de una estructura autonómica o federal será imposible y tenderá al deterioro económico y financiero de las distintas autonomías.

Y tercera: que las previsiones de déficit público global para este año empeorarán notablemente y superarán a las de 1990. Por una parte, porque es muy dudoso en este momento que el déficit de caja del Estado se quede en el 0,9% del PIB, y, por otra, porque el déficit de las Administraciones autonómicas y locales, que ya superó el 1% del PIB el pasado año, volverá a agravarse en el actual. Ha sido un error del Gobierno socialista gastar tanta pólvora en algo que es cierto en los Presupuestos de las Administraciones centrales: que el gasto de las mismas crecerá este año lo mismo que el PIB nominal, y decir con ia boca pequeña, o no decirlo, que el gasto público consolidado total crecerá en torno a dos puntos más que el PIB en términos corrientes: 10,8% del gasto frente a 8,9% del Producto Interior Bruto.