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El servicio militar

Una de las cuestiones vitales que afectan a la sociedad española y a la de los países democráticos que someten a debate todas las cuestiones importantes relacionadas directamente con la vida de los ciudadanos, es sin duda el servicio militar, Las razones de su existencia, su duración, la edad de cumplirlo, las características de las Fuerzas Armadas, como marco en el que se ven obligados a pasar unos meses de su vida, la conveniencia de que el servicio militar sea obligatorio o voluntario, en tiempo de paz, o bien un sistema mixto. También la objeción de conciencia, las novatadas, los suicidios y la droga en los cuarteles, todos éstos son temas de cada día en los medios de comunicación.

La escasa divulgación de las razones aportadas por el Gobierno para justificar el art. 30 de la Constitución de 1978, en el que se habla del servicio militar obligatorio y del «derecho y el deber de los españoles de defender a España», sumado a la abundante prosa solicitando disminución del tiempo en filas, o la sustitución del sistema obligatorio por el voluntario, han dado lugar a mucha confusión entre los jóvenes y a radicales posturas en contra del precepto constitucional.

La Ley Orgánica de la Defensa Nacional 6/1980 en su artículo 14, después de afirmar de forma concluyente que «la base fundamental de la defensa nacional son los propios ciudadanos», le insta al Gobierno que «cuide de desarrollar el patriotismo y los principios y valores reflejados en la Constitución». Esta es una misión típica de las administraciones de todos los países democráticos, que especialmente en la escuela, instruyen y educan a los niños y que, con las diferentes modalidades y sistemas educativos, consiguen que los franceses se sientan franceses; los ingleses, ingleses; los alemanes, alemanes; etc., con unas normas de convivencia y educación cívica que en el mundo de hoy se han convertido en indispensables para, con un sentimiento patriótico común, intervenir con éxito en las relaciones internacionales, ya que las actividades de los estados cada día son más interdependientes en el campo de la política, la defensa, el comercio, la energía, la economía, la ciencia, la investigación, etc. La agresión de Irak a Kuwait es un ejemplo de que decisiones de un solo país afectan a toda la comunidad internacional, que lo ha rechazado unánimemente, salvo contadas excepciones.

Asimismo, nunca España se ha encontrado más integrada en organismos internacionales ni ha mantenido relaciones diplomáticas con más países que en estos momentos, después de haber superado un pertinaz aislamiento de casi doscientos años con crueles guerras civiles, causa directa de nuestro retraso en el desarrollo, y sin embargo, a un problema mundial se le ha aplicado una óptica limitada y local. A lo largo de la historia de España, cuando los soldados y los barcos movilizados iban a participar en una guerra ya declarada, no se produjeron reacciones análogas a las que nos han presentado en los últimos meses de agosto y septiembre los medios de comunicación, con motivo de las tres naves enviadas al Golfo Pérsico, en «misión de paz», para vigilar y controlar el tráfico marítimo en una zona conflictiva, pero todavía no bélica, aunque pudiera llegar a serlo.

El juicio sobre si los sucesivos gobiernos en España desde la publicación de la Ley en 1980, han cumplido con el cometido señalado en el artículo 14, lo dejamos a la reflexión del lector.

Si en la vida no hay nada estático y la evolución sociológica puede ser apreciada perfectamente durante un cuarto de siglo, en el campo de la seguridad y ia defensa esta evolución es mucho más rápida y cada década trae sus novedades y cambios, que afectan a las características del servicio militar.

Guerra y paz

La guerra es el fenómeno sociológico más importante en la vida de los pueblos: el que más trastoca la vida de los ciudadanos y de las instituciones, y tal vez, el que más influye en la historia de las naciones cuya vida está jalonada por los hechos bélicos que enmarcan luchas, invasiones, ocupaciones, imposiciones religiosas y culturales, etc. Esto ha ocurrido hasta el momento actual y, además, el siglo que va a finalizar va a pasar a la historia como uno de los más sangrientos. La agresividad humana no parece encontrarse en un proceso regresivo. Sin embargo, la irracionalidad de la guerra hace que sea rechazada por todo hombre culto y civilizado.

La paz, como contraposición a la guerra, se encuentra íntimamente ligada a la misma, ya que, como precisaba nuestro Cervantes «El fruto de la guerra, en la paz felicísima se encierra». Pero la paz, cualquiera que sea la forma en que un Estado la alcance y mantenga: como consecuencia de guerras o de tratados internacionales, es en si misma «tal bien que no se puede desear otro de mejor, ni poseer uno de más útil», en conocida frase de San Agustín.

Los días 6 y 9 de agosto de 1945 fueron trascendentes en la vida internacional de los Estados, que son sus sujetos activos en las relaciones internacionales. ¿Por qué causa? Sencillamente, porque dio comienzo la era nuclear y, como consecuencia, los medios de comunicación hicieron ver a la opinión mundial que existe una real y nueva peligrosidad de destrucción masiva, que los ingenios nucleares son capaces de alcanzar y puede afectar, incluso, a la supervivencia de la especie humana.

La peligrosidad radica, en palabras del premio Nobel de Física (1921), padre de la Teoría de la Relatividad y de la energía atómica, Alberto Einstein (1879-1955), en que «el poder desencadenado del átomo lo ha cambiado todo, menos nuestra manera de pensar, y en consecuencia avanzamos hacia catástrofes sin precedentes». Por su parte, nuestro premio Nobel de Medicina de 1906, Santiago Ramón y Cajal, dedujo de sus investigaciones que las células del sistema nervioso evolucionan con tanta lentitud que los hombres de hoy tenemos las mismas reacciones que los de épocas prehistóricas.

Erradicar la guerra

Ante el hecho, no querido, de la guerra, los hombres se han planteado las posibilidades de erradicar este fenómeno de la vida internacional.

Según Platón (428 a 347 a.C.), desde que el hombre se une con otros para su convivencia en sociedad y surge el Estado, puede encontrarse, en el desarrollo y evolución de éste, el origen de la guerra, entendiendo por tal la desavenencia y rompimiento de la paz entre dos o más naciones. Pero la guerra y la agresividad humana ya existían en épocas muy anteriores a la cultura griega, y el hombre primitivo vivía en perenne lucha contra los elementos de la naturaleza, los animales y con otros hombres. La esclavitud nace el día que cambió la costumbre de matar a los prisioneros de guerra por la de traficar con ellos y dedicarlos a trabajos serviles. Grecia y Roma aceptaron la esclavitud en sus formas jurídicas. Dos mil años de civilización cristiana aún no han conseguido eliminarla, pues existe en algunas partes de África y Asia.

Hasta el momento el hombre ha sido impotente para erradicar la guerra, y ha dirigido sus esfuerzos a tratar de controlarla por el Derecho, por considerarla un hecho anormal y contrario a la razón. Francisco de Vitoria, creador de la escuela clásica española sobre la guerra justa, y el también teólogo y jurisconsulto holandés Hugo Grocio (1583-1645) son los precursores del Derecho internacional actual.

El Derecho de la Guerra se ocupa del hecho real del enfrentamiento entre la agresividad y la razón, ya que el acto bélico entraña la necesidad de daño y el hombre civilizado tiene el deseo y la aspiración de limitar ese daño.

Hay dos criterios principales para evitar la guerra: «Prepararse para la guerra», con el fin de disuadir y atemorizar al potencial contrincante, ante la reacción posterior, y «Prepararse para la paz», que busca fórmulas para evitar que los conflictos estallen.

Prepararse para la guerra

La preocupación de los dirigentes políticos y militares en el siglo actual, en todo lo relativo a la guerra, ha tenido una transformación cuantitativa que queda reflejada en tres frases que muestran la evolución del problema.

Ante la Primera Guerra Mundial de 1914, la del presidente francés Ciemenceau (1841-1929): «La guerra es una cosa demasiado seria para dejarla en manos de los militares. También deben ocuparse los políticos». Naturalmente, recibió una réplica de un insigne militar francés en el sentido de que: «La paz es una cosa demasiado seria para dejarla sólo en manos de los políticos».

En la década de los años setenta los militares soviéticos ante el temor a un conflicto nuclear, dijeron: «La guerra es una cosa demasiado seria para dejarla sólo en manos de los políticos. En las más altas decisiones también deben participar los militares».

En la década de los años ochenta: «Los problemas de la paz y de la guerra son demasiado serios para dejarlos en manos de los políticos y de los militares. También debe ocuparse el hombre común, todos los ciudadanos» (Papa Juan Pablo II, el 12 de agosto de 1982 en Castelgandolfo).

Nuestro pensador Ortega y Gasset reflexionó sobre la guerra y todos los factores con ella relacionados, y así escribió: «Medítese un poco sobre la cantidad de fervores, de altísimas virtudes, de genialidad, de vital energía que es preciso acumular para poner en pie un buen ejército. ¿Cómo negarse a ver en ello una de las creaciones más maravillosas de la espiritualidad humana? La fuerza de las armas no es fuerza bruta, sino fuerza espiritual. Esta es la verdad palmaria, aunque los intereses de uno y otro propagandista les impidan reconocerlo. La fuerza de las armas, ciertamente, no es fuerza de razón, pero la razón no circunscribe la espiritualidad. Más profundas que ésta fluyen en el espíritu otras potencias y entre ellas las que actúan en la bélica operación. Así el influjo de las armas, bien analizado, manifiesta, como todo lo espiritual, su carácter predominantemente persuasivo».

El prepararse para la guerra con la finalidad de evitarla y lograr la adecuada disuasión, requiere como condición necesaria que las Fuerzas Armadas que se organicen tengan, además de los medios técnicos necesarios, la instrucción y adiestramiento para su empleo, y una total compenetración con el pueblo del que se nutren y al que defienden. De no ser así, su moral se quebranta y su eficacia disminuye notablemente.

Prepararse para la paz

El Estado Mundial ha sido una de las soluciones que los tratadistas han planteado para evitar la guerra y Teilhard de Chardín (1881-1955) decía: «La era de las naciones ha pasado y, si no queremos perecer, se trata de olvidar viejos prejuicios y construir la Tierra».

El pacifismo aparece al celebrarse en Bruselas el Congreso Pacifista Internacional en 1848, y es el conjunto de doctrinas encaminadas a mantener la paz entre las naciones.

Desde que Nobel creó su Premio a la Paz en 1896 existe una corriente orientada hacia instituciones internacionales. La diplomacia, la cooperación, las negociaciones, el arbitraje jurídico y las conferencias internacionales trabajan con esos fines. La importante cumbre Bush-Gorbachov (9-9-90) puede lograr la paz en el Golfo Pérsico, un nuevo orden en la región y evitar una guerra que tendría consecuencias mundiales.

También han existido movimientos pacifistas no institucionales. Como reacción a la Primera Guerra Mundial, en los años treinta, surgió un movimiento entre estudiantes, especialmente ingleses, que realizaban «el juramento de Oxford», por el que se comprometían a no empuñar las armas para defender a su Patria y a su Rey. Pero en la Segunda Guerra Mundial muchos se presentaron voluntarios y murieron defendiendo el cielo de las Islas o en el Alamein.

Otros movimientos pacifistas adoptaron un carácter político y contestatario. En fa década de los ochenta hemos asistido, en todos los países democráticos occidentales europeos, a frecuentes y numerosas manifestaciones pacifistas que, con hábil propaganda y eficaz sugestión, lograba organizar el denominado «Consejo Mundial de la Paz». Este «consejo», integrado por 137 países, desde su sede en Helsinki, fue capaz de sorprender y atraer a miles de personas amantes de la paz, que con entusiasmo se manifestaban a finales de 1983 contra la instalación de los misiles nucleares norteamericanos Pershing y Crucero, que apuntaban a objetivos soviéticos. Sin embargo, permanecieron impasibles y mudos cuando varios años antes los soviéticos desplegaron sus misiles nucleares SS-20 apuntando hacia sus propios países y, especialmente, a la Alemania Federal. Esta manipulación de los sinceros pacifistas fue denunciada en España por El País (22 de junio de 1983) en un artículo titulado «El equívoco de la paz» en el que descubrió la trama del Consejo. Aunque la situación actual de la URSS ha cambiado profundamente desde entonces, ya que Gorbachov gobierna desde el 11 de marzo de 1985, resulta interesante recordarlo.

La objeción de la conciencia

Cuando en España aparecen en 1959 los primeros objetores, pertenecientes a los «Testigos de Jehová», pusieron en difícil situación a los jurídicos militares españoles al no estar regulada esta actitud personal motivada por sus convicciones religiosas. El reclutaobjetor era arrestado por no aceptar vestir el uniforme; cumplido el arresto y ante una nueva negativa se producía una nueva sanción. En 1977 aparece el «Movimiento de Objeción de Conciencia» (MOC), que presenta un claro viraje pleno de contenido político como se desprende de sus monografías publicadas en diciembre de 1981 con el título «El antimilitarismo desde la objeción de conciencia», y en textos posteriores. Según el MOC: «El ser objetor de conciencia, el no tomar las armas y negarse a vestir el uniforme, es un símbolo de algo más profundo: la critica a lo que el ejército es y el servicio militar representa».

La Constitución española en su art. 30.2 regula la objeción de conciencia, a la que se han dedicado posteriores decretos y leyes, pero el MOC rechaza el servicio civil sustitutorio para los que se niegan a prestar el servicio militar por razones religiosas, de conciencia, morales o humanitarias. En los países de la OTAN existe también esta regulación. En los pertenecientes al Pacto de Varsovia está/estaba regulado en la República Democrática de Alemania, Polonia y Checoslovaquia. En las demás naciones la prohíben. En la URSS el art. 63 de su Constitución señala: «Constituye un deber y un honor para los ciudadanos soviéticos el servicio militar en las Fuerzas Armadas de la URSS»

al deber o, mejor dicho, hiciese renuncia del derecho de empuñar las armas, estaría haciendo. sabiendo o sin saberlo, en términos de pura y consecuente Teoría del Estado, implícita dejación de sus propios títulos de ciudadanía soberana», y añadía que el objetor de conciencia tendría que perder congruentemente «el derecho al voto, con las correspondientes de inelegibilidad para cualquier cargo público e incapacitación para tomar oficio alguno en la Administración central, local o autonómica, quedando su estatuto civil más o menos equiparado a todos los efectos al de extranjero residente, con la sola excepción, a diferencia de éste, de no poder ser expulsado, como persona non grata» (publicada por la Asociación de Periodistas Europeos,1 de diciembre de 1983; págs. 59 y 63).

En 1984 se publicó la nueva Ley del Servicio Militar, por la que se redujo la duración del servicio militar de 18 a 15 años; el servicio en filas o situación de actividad, que antes duraba de 15 a 18 meses, se redujo a 12 meses; el servicio se cumplirá a la edad de 19 años y otras ventajas para los futuros soldados, como es la regionalización, que alcanza a más del 70 por 100 del contingente.

Sin embargo, desde 1985, se produjeron continuos ataques a la institución militar y a sus miembros, que no pretendían realizar una crítica de denuncia objetiva a fallos existentes con la finalidad de que fueran corregidos, sino lograr el importante objetivo de presentar a la opinión pública una imagen distorsionada de las FAS. S. M. el Rey pronunció estas palabras en la Pascua Militar, el 5 de enero de 1985: «Sabe el pueblo que sus Fuerzas Armadas están tensas, serenas, dedicadas con entusiasmo y sin fatiga a crear y sostener la cobertura civilizada y moderna que ampare a la sociedad y a la patria. V sabe también el pueblo que, sin unas Fuerzas Armadas a la altura de nuestro tiempo, tendríamos que renunciar a la salvaguardia de los intereses morales, al marco geográfico y propio, y a la vitalidad de nuestra presencia internacional. Las Fuerzas Armadas constituyen por ello un mecanismo indispensable para el desarrollo de la propia sociedad nacional, y asumen, en consecuencia, la responsabilidad de nuestra civilización, de nuestra libertad y de nuestra cultura».

El servicio militar

Con carácter obligatorio, voluntario o mixto son las tres formas en que los hombres, de la práctica totalidad de los 165 Estados soberanos que forman la comunidad internacional, cumplen con la primera cuota social para atender a las necesidades defensivas que cada Estado ha de realizar, ya que a pesar de los buenos deseos de la UNESCO, las posibilidades de erradicar la guerra por medio de la educación, la ciencia y la cultura son aún muy remotas, y la ONU, con sentido realista, admite la legitima defensa, en el art. 51 de su Carta Constitutiva de 1945.

Llevamos 45 años en que activas conferencias sobre desarme van consolidando jalones en este camino hacia la paz. Pero solamente un desarme mutuo y global de armas nucleares, químicas y convencionales puede aumentar la distensión y contribuir seriamente a la paz. La actual conferencia de Viena está dando pasos muy significativos e importantes para el futuro inmediato, pero no llegará a afectar a todas las armas existentes en Europa. Se reducirán los ejércitos, pero seguirán existiendo. Los Estados en el aspecto de la defensa, son celosos de lograr y mantener su seguridad individual, mientras no quede garantizada por un sistema de seguridad colectiva que las Naciones Unidas no han podido ofrecer. Y, como consideran, hasta el momento, que las armas son el instrumento de la guerra, y ésta el último recurso de su propia seguridad individual, no admiten, de una forma total, la pérdida de las armas que significa el desarme y mucho menos la desaparición de los ejércitos, que además de tener la misión constitucional de defender a la nación de los enemigos exteriores, también son el instrumento político para la defensa del orden interno, institucional y constitucional.

Por ello, en el futuro inmediato habrá ejércitos y servicio militar. Las modalidades y duración del mismo varían según los países. En los occidentales de la OTAN: Grecia, 17 meses; Turquía ,18 meses; Portugal, 16 meses; Alemania Federal, 15 meses; Holanda, 14 a 16 meses; Francia, Bélgica, Noruega, Italia y España, 12 meses y Dinamarca, de 9 a 12 meses. En algunos neutrales, como Austria, son 6 meses; Finlandia, de 8 a 11 meses; Suecia, de 8 a 15 meses; y Suiza, 4 meses y luego 6 meses en diversos periodos.

En los del Pacto de Varsovia y otros comunistas, antes de los grandes cambios producidos este año, la duración era la siguiente: Hungría y RDA, 18 meses; Rumania, 16 meses; URSS, Polonia, Bulgaria y Checoslovaquia, 24 meses; China, 24 meses el Ejército, 4 a 5 años la Marina y 36 meses Aviación; Cuba, 36 meses. En países del área del Golfo: Irak, 21 a 24 meses; Irán, 24 a 30 meses; Jordania, 24 meses; Siria, 30 meses; Egipto, 36 meses; Israel, 36 meses los hombres y 24 las mujeres.

La cuestión que preocupa a los jóvenes españoles es la forma de realizarlo. Algunos de los que defienden el servicio obligatorio, 10 hacen desde una óptica política vinculada a los países del Este, antes de la caída del Muro de Berlín, que en este sentido eran directos herederos de Carnot, el organizador militar de la Revolución Francesa que proporcionó a Napoleón el instrumento de sus victorias. Ven siempre con temor a los pretorianos, eligiendo emperadores, a elementos involucionistas o a los golpistas instauradores de «dictaduras de derecha». Otros, entre ellos militares profesionales, lo consideran el mejor sistema, por razones de equidad y participación social, si bien estiman que la formación de un moderno combatiente especializado requiere unos mínimos plazos de tiempo que no pueden reducirse sin grave quebranto de la eficacia, máxime con los 19 años actuales de los soldados, cuya formación personal y profesional es muy incipiente.

El establecimiento de unas Fuerzas Armadas totalmente profesionalizadas, en tiempo de paz, a semejanza de las existentes en Gran Bretaña, Canadá y Estados Unidos, tiene partidarios entre los jóvenes y también entre los profesionales militares. Algunos han escrito artículos y libros sobre ello, y llegan a afirmar que estos ejércitos no son más caros, ya que la profesionalidad y el alto grado de instrucción de sus soldados permite unas drásticas reducciones de efectivos en tiempo de pa2; en caso de guerra se moviliza a reemplazos forzosos si son necesarios. Suelen emplear el ejemplo de la guerra de las Malvinas.

El sistema mixto, de servicio obligatorio con creciente número de especialistas voluntarios, permite reducir el tiempo de permanencia en filas sin detrimento de la capacidad combativa de las unidades, ya que las armas y puestos clave de combate están continuamente cubiertos por los soldados profesionales. Este es el criterio dominante en la OTAN y la tendencia que se apunta en la futura línea del nuevo servicio militar que el Gobierno quiere adoptar este año para cumplir su promesa electoral de reducirlo a 9 meses. Los voluntarios especíales parece aumentarán en número e incentivos para que resulte una oferta atractiva, en la nueva legislación que prepara el Ministerio de Defensa.

A este respecto, creemos que el Estado debe plantearse el abonar a cada soldado de reemplazo el salario mínimo interprofesional, al que se le descontara la manutención, para evitar la paradoja de ser las únicas personas a sus servicios que no cobran remuneración alguna por su prestación, ya que el haber en mano que percibe el soldado de 945 pesetas al mes ha quedado totalmente desfasado para atender a los «pequeños gastos». Que los capítulos de personal y de Defensa son cada día más caros, no puede extrañar a nadie. Durante años hemos tenido ejércitos cuantitativamente numerosos, con deficiente remuneración a todos sus miembros, y con dudosa eficacia operativa. La sociedad actual demanda otro tipo de Fuerzas Armadas.

Independientemente de otras consideraciones, el legislador político no puede olvidar su responsabilidad de disponer, en todo momento, del instrumento disuasorio y defensivo que garantice el éxito en las primeras acciones, ante el desencadenamiento imprevisto de un conflicto, que nos afecte individual o colectivamente. Y es bien sabido que con la instrucción inicial básica del soldado y marinero no se tienen ejércitos, no se tienen unidades con capacidad combativa, ni en España ni en ningún país.

Para que los ejércitos sean permanentemente operativos han de contar con efectivos instruidos, lo que significa que haya soldados y marineros preparados para combatir sin dudas ni «improvisaciones sobre la marcha».

Primero es necesario instruir al ciudadano. Y esta instrucción precisa varios meses, pues no se trata sólo de que aprenda a manejar el fusil y la granada de mano, que lo conoce en unas horas. Como recluta y en un primer periodo básico de instrucción, le enseñarán todos los conocimientos necesarios para que se convierta en soldado o marinero, tales como: las leyes penales militares, la instrucción individua! del combatiente, obligaciones del centinela y de las guardias, forma de realizar los servicios, etc; después jurará la bandera y será destinado a un cuerpo como soldado o marinero. Entonces tiene que integrarse en un equipo y manejar un arma colectiva en una pequeña unidad, y a su vez ésta, dentro de una unidad más elevada hasta llegar a los escalones de Brigada, Unidades Navales y Aéreas, cuyo empleo táctico, estratégico y logístico es complejo. Además, ha de adquirir la formación moral y física que la guerra moderna exige a los combatientes para superar las fatigas y sacrificios que lleva consigo.

Pero una vez instruidas las unidades, es preciso que estén listas, que sean operativas. Es gracias a la presencia y participación del ciudadano como España puede disponer en todo momento de un instrumento de disuasión y defensa, en alerta constante y capaz de intervenir rápidamente donde y cuando sea necesario. Lógicamente, se comprende que todo ello no puede lograrse reduciendo el servicio a unos pocos meses. El conseguirlo en un año o nueve meses es un desafío para los métodos de instrucción de las Fuerzas Armadas que deben ser intensos, eficaces y aprovechar al máximo el tiempo de estancia del soldado en el cuartel. Por ello, la permanencia en filas, independientemente de la mayor o menor actividad personal que se realice en cada momento, nunca constituye una pérdida de tiempo.

Sabemos que el ejército de tierra va a llevar a la práctica el nuevo Plan General de Instrucción y Adiestramiento (PGIA) con el contingente de 1990, incorporado a filas a fines de enero. Sabemos que el Plan se divide en tres periodos: básico, de dos meses; específico, de cinco meses; adiestramiento, de cinco meses. Y que en estos periodos se establecen cinco niveles de instrucción: elemental, individual, colectivo, de unidades y operativo. Sabemos que la jornada del soldado comprende siete horas diarias: cuatro de instrucción de combate, tiro, etc.; tres de instrucción físico-militar, técnica y de formación militar (por la tarde se dan dos clases teóricas: una de instrucción técnica, otra de educación moral y formación militar y otra hora para preparar los elementos de la jornada del siguiente día).

Sabemos que los soldados con pase de «pernocta» duermen en sus domicilios cercanos por la «regionaJización de) servicio» y se incorporan a las unidades para comenzar a las 8,30 horas. Si esto lo realizan más del 50 por 100 de los soldados, es un experimento cuyos resultados habrán de comprobarse, en todas sus consecuencias, al igual que las evaluaciones finales señalarán la bondad o deficiencia del Plan. Pero también sabemos que sobre este plan, teóricamente bien concebido, incidirán no pocos elementos perturbadores del mismo; el que puedan ser superados es un auténtico reto para los militares del ejército, y algo análogo puede decirse de los marinos y aviadores en sus respectivos campos.

Nueva ley del servicio militar

Saltan a la calle periódicamente noticias de alcoholismo, droga, autolesiones y suicidios en los cuarteles que no deben atribuirse exclusivamente a la actividad militar de los soldados. Las FAS han sido, son y serán un fiel reflejo de la sociedad y de la juventud española en cada momento, y ahora llegan a filas alcohólicos jóvenes, drogadictos, marginados de distinto signo y personas con depresiones psíquicas que no han sido observadas en el reconocimiento médico o que se han agudizado por la presión de la vida en colectividad, frente a lo cual no todos reaccionan por igual. Comunicar esa situación al médico de la unidad por el interesado o por los compañeros que hayan observado una conducta irregular, puede evitar estos accidentes. Hasta las novatadas han cambiado de signo, ya no son las graciosas situaciones que le permitían al soldado veterano «presumir» y demostrar su «superioridad» ante el recluta que todo lo desconoce, o el «clásico manteo» intrascendente. Ahora presentan signos de mal gusto, con ánimo de humillar a la persona, crueles o peligrosas, y no están permitidas en los cuarteles. Políticos y militares tienen interés en que estas situaciones extremas no tengan lugar y se ha creado un «Plan para la Prevención de Accidentes, Suicidios y Agresiones en el servicio militar».

La actualización del servicio militar se realiza periódicamente en todos los países de la OTAN para adaptarla a los elementos que condicionan la seguridad y la defensa, e influyen tanto el estado de distensión dominante en las relaciones internacionales como los avances del desarme, o la evolución de la sociedad a la que defienden las FAS. Y los gobiernos informan directamente a sus ciudadanos —no solamente a las Comisiones de Defensa del Congreso y Senadoproporcionando a los soldados libros análogos ai de Español, conoce a tus Fuerzas Armadas, ya que es obvio que no se puede valorar y querer lo que no se conoce; además presentan a las FAS en sus aspectos más destacados en los medios de prensa, radio y televisión, para que el ciudadano sepa que sus FAS tienen determinadas posibilidades y limitaciones para realizar su defensa.

El año 1990 va a conocer una nueva ley del servicio militar para lograr la modernización operativa de las Fuerzas Armadas, iniciada con la transición democrática en 1976. El proyecto es mantener el sistema de recluta universal complementado con voluntarios especiales y según el ministro de Defensa se procurará que la permanencia en filas sea «lo menos gravosa para los jóvenes». A la vista de los acontecimientos, es probable que se plantee en el Congreso un debate sobre la conveniencia o no de tener un ejército profesional.

Lógicamente, la puesta en práctica de la ley tendrá que aprovechar el tiempo al máximo para garantizar el cumplimiento de la finalidad de las FAS durante el servicio militar, que no es otra que formar combatientes aptos para el desempleo de sus misiones específicas y no realizar actividades encomendadas a otros organismos de la administración, como en épocas pasadas ocurría con la Promoción Profesional en el Ejército (PPE) dependiente del Ministerio de Trabajo.

Las protestas de algunos padres de marineros forzosos enviados al Golfo pueden ser formuladas en un régimen con libertad de expresión como el nuestro, e incluso se ha creado una «Coordinadora» para organizar manifestaciones públicas, actuaciones en televisión, etc. Pero al igual que se suele confundir la duración del servicio militar (15 años, de los 19 a los 34 años de edad), con la duración del servicio en fiías o situación de actividad (12 meses), aigunos creen que si el servicio militar obligatorio en tiempo de paz, es sustituido por voluntarios profesionales, sus hijos no tendrían que ir a la guerra en caso de producirse y esto es falso. Si estalla un conflicto, a poco que dure, los jóvenes de reemplazo forzoso serán llamados a filas, ya que los profesionales sólo serían suficientes para las jornadas Iniciales y pronto habría que movilizar a los reservistas que con escasa instrucción tendrían que ser enviados al frente, como ha sucedido en todas las contiendas. La existencia de un ejército profesional, no garantiza a los padres, en ningún país, que sus hijos no habrán de ir a la guerra; la única garantía es la no existencia del conflicto.

Por ser la seguridad y la defensa un tema de Estado que afecta a todos con carácter permanente, no sólo a las FAS, la legislación sobre ella tiene la característica de ser consensuada por los partidos políticos, y todos debemos desear y contribuir a que con su puesta en práctica resulte «España defendida».

La crisis del Golfo y de la bolsa

La invasión de Kuwait por parte de Irak ha puesto de manifiesto, una vez más, cómo la economía mundial contemporánea es un complicado juego de equilibrios que en cualquier momento se puede quebrar cual castillo de naipes que cae ante un leve soplo. El problema de la deuda externa de los países del Tercer Mundo, preocupación central en los círculos económicos del mundo occidental a lo largo de los últimos años, ha pasado a un segundo plano momentáneamente. Los economistas se han apresurado a desempolvar de sus archivos los estudios que en su día hicieron con motivo de las anteriores crisis petrolíferas, y que en los últimos años habían caído en el olvido, ante el paulatino y prolongado abaratamiento de tan preciada materia prima.

Los mercados bursátiles, como termómetros de las economías que son, también han reaccionado de forma inmediata. La situación de las bolsas se caracteriza en estos momentos por la preocupación, el miedo y los nervios. Tras las recientes crisis bursátiles de 1987 y 1989, a más de un inversor le ha venido a la mente aquel dicho de «a la tercera va la vencida». Todavía están frescos en el recuerdo los días vividos en ambos «eras/tes», y para aquel que tenga problemas cardiacos parece que son muchos sustos juntos.

El recuerdo de 1987 y 1989

El «crack» de octubre de 1987 se desencadenó a raíz de la publicación de la cifra mensual del déficit comercial estadounidense, que por entonces alcanzaba niveles récord. Este desequilibrio, que en principio no tenía por qué afectar más que a la Bolsa americana, se extendió como un reguero de pólvora al resto de las Bolsas mundiales.

El «minicrack» de octubre de 1989 se produjo como consecuencia del desplome de la Bolsa de Tokio, motivado por la persistente debilidad del yen, que obligó a las autoridades monetarias a subir en repetidas ocasiones los tipos de interés japoneses. Nuevamente nos encontrábamos ante una crisis estrictamente doméstica que, debido a la actual globalización de los mercados financieros mundiales, se convirtió en fenómeno universal.

La evolución posterior de los acontecimientos demostró que, en ambos casos, la reacción negativa de los mercados había sido excesiva y no estaba suficientemente justificada. Las aguas volvieron a su cauce y la mayoría de las Bolsas recuperaron los niveles anteriores a dichas crisis.

Las economías financiera y real se reconcilian

En esta ocasión, todo ha sido distinto. Para empezar, la caída bursátil no se ha producido en octubre, mes tradicionalmente negativo para las Bolsas (también el crack de 1929 se produjo en octubre), sino en agosto, mes tradicionalmente alcista para las Bolsas en el que parece que éstas quieren trasladar a sus índices las subidas que se producen en los termómetros, a causa del calor propio de la época.

Esto, que no deja de ser pura anécdota, nos da paso para la segunda y principal diferencia de esta crisis con respecto a las recientes de 1987 y 1989. Los beneficios empresariales, uno de los principales parámetros a considerar para justificar unos mayores o menores niveles en los índices bursátiles, no se resintieron tras las anteriores crisis, pues como tantas veces se dijo por aquel entonces «la economía financiera marchaba al margen de la economía real». Sin embargo, las secuelas de la situación actual ya se van a hacer visibles en los resultados de las empresas de éste y próximos ejercicios.

Porque, querámoslo o no, aproximadamente la mitad del consumo de energía primaría en todo el mundo tiene su origen en derivados de) petróleo. Y dado que la energía es un componente importante de coste para buena parte de industrias, una subida en el precio de ésta, como la que se está produciendo, tiene consecuencias nefastas. Las empresas tratan de repercutir este aumento de costes en los precios finales de sus productos: si lo consiguen, generan tensiones inflacionistas, con las nocivas consecuencias que ello trac consigo; si no lo consiguen, cosa bastante probable en un entorno de actividad económica en declive, sus márgenes se estrechan y, consecuentemente, caen los beneficios empresariales.

Otro punto importante a considerar será la evolución futura de los tipos de interés: en fa medida que éstos subieran, los inversores tratarían de refugiarse en títulos de rentabilidad segura, huyendo de la renta variable. Aún es pronto para saber qué ocurrirá con los tipos de interés; pero a juzgar por las declaraciones de las principales autoridades económicas mundiales, parece que la principal preocupación de éstas va a ser atajar el peligro inflacionista. Por lo tanto, cabría esperar, en el mejor de los casos, un mantenimiento de los niveles actuales; y no sería extraño que alcanzaran mayores cotas si la situación empeora.

Alcance de la crisis

Todas las Bolsas mundiales han reflejado con fuertes bajas estas inciertas perspectivas. Si bien puede quedar aún un rayo de esperanza en que la situación se normalice, parece claro que estos sucesos no pasarán a la historia como una incómoda pesadilla de una noche de verano. En cualquier caso, es importante tratar de evaluar cuál será el alcance de todo esto, en qué medida afectará a la economia mundial y a la española en particular.

Esta crisis ha llegado en un momento en el que ya se empezaban a detectar signos recesivos en la economía americana, e importantes desequilibrios en algunas economías occidentales, en especial la británica. Por tamo, no ha hecho otra cosa que añadir más problemas a tos ya existentes. Sin embargo, el mundo occidental ha aprendido algunas lecciones de tas anteriores crisis petrolíferas. Los niveles de dependencia del petróleo son progresivamente menores. En los últimos años se han descubierto nuevos yacimientos en áreas distintas del Golfo y la puesta en explotación eficiente de las reservas soviéticas puede aumentar la producción global de crudo. Por otro lado, existe suficiente tecnología como para poner en marcha energías alternativas, siempre que el coste comparativo con el petróleo las haga rentables.

Impacto sectorial desigual

En esie entorno, no todas las empresas se verán afectadas de igual forma. Los grandes consumidores de energía (siderúrgicas, papeleras y cementeras) serán los que más inmediatamente sufran un importante aumento de sus costes de producción, que no podrán repercutir íntegramente en sus precios finales dada la previsible caída de la demanda. También es de esperar que se acentúe la reducción de ventas de automóviles ya experimentada en los primeros meses de este año.

Entre los sectores menos afectados, destaca el petrolero que, a corto plazo, se beneficiará de la subida del crudo, pues podrá revalorizar sus stocks y obtendrá en el tercer trimestre de este año mejores resultados de los previstos inicialmente, gracias a las subidas de precios de las gasolinas. Bancos, eléctricas (sólo el 3 por 100 de su producción tiene su origen en fuel-oil) y alimentarias también se verán menos afectadas a corto plazo, por lo que es de esperar que tengan un mejor comportamiento bursátil.

Por tanto, si hubiera que «pintar» el panorama futuro, de alguna forma, me atrevería a hacerlo de gris, pero nunca de negro. Las Bolsas, que suelen reaccionar convulsivamente ante acontecimientos como el que estamos viviendo, llegarán a un punto de equilibrio a partir del cual reiniciarán su evolución normal, para seguir sirviendo de instrumento de financiación para empresas y de instrumento de inversión para instituciones y particulares.

La crisis del Golfo

Cuando el equilibrio entre los poderes de los estados comienza a quebrarse ante la aparición de una fuerza-estado prepotente y agresivo, aparece la «situación de crisis» intermedia entre la paz y la guerra que es preciso manejar o controlar para evitar que el desequilibrio aumente —escalada— y volver al equilibrio pacifico. Si ese control de la crisis, esa «maniobra de crisis» falla se llegará al choque armado cuya finalidad es restaurar el equilibrio perdido por medios violentos para crear una nueva situación de paz.

Así, pues, toda crisis internacional, como la provocada por Irak mediante la agresión y conquista de Kuwait, supone una alteración del equilibrio de fuerzas geopolíticas que conviene analizar para intentar llegar al fondo del problema.

Cuando la Geopolítica, como ciencia de la relación entre el poder político y el espacio geofísico —la «sangre y el suelo» en incisiva expresión de Ratzel— se hermana con otras ciencias que también estudian otras formas de poder como la economía, la estrategia, la cultura o la historia, nacen nuevas ciencias derivadas de la Geopolítica, madre de todas ellas, como son la Geoeconomía, ¡a Geoestrategia, la Geocultura o la Geohistoria.

La raíz geopolítica de la crisis

Vamos a intentar un esfuerzo analítico de la Crisis del Golfo Pérsico a la luz de las teorías de la Geopolítica y de sus dos más importantes derivaciones científicas teóricas: la Geoeconomía y la Geoestrategia.

Una de las leyes fundamentales de la Geopolítica se encuentra en las teorías de las hegemonías, sean éstas mundiales o regionales. La Crisis del Golfo tiene, como vamos a ver, su raíz en un intento de alcanzar por parte de Saddam Hussein —típico caso de «perturbador continental»— una hegemonía en el espacio claramente geopolítico —y también geoeconómico y geoestratégico— de Oriente Medio manejando la enorme fuerza política del panarabismo islámico.

Todo estado en crecimiento tiende hacia la expansión geográfica de su territorio a costa de los estados fronterizos que juzga más débiles. Cuando tal estado expansionista alcanza un elevado nivel de potencia política, económica, militar, ideológica, religiosa, etc., corre el riesgo (o la fortuna si no es derrotado) de que en él surja un Jefe, un caudillo, un conductor, un «fuhürer», con ansias de aspirar a la hegemonía, en principio regional y más tarde, si no es frenado por los estados oponentes, mundial.

Esta clara ley geopolítica de «los hegemones» tiene una aún más clara confirmación histórica (geohistórica para mayor precisión) en la figura de las grandes naciones imperiales en su periodo —casi siempre efímero— de hegemonía. La Grecia de Alejandro Magno, la Roma de César Augusto, la Turquía de Solimán el Magnífico, la Rusia de Pedro el Grande, la Francia de Napoleón y la Alemania de Hitler, son ejemplos paradigmáticos, entre otros muchos, que confirman esta ley fundamental de la geopolítica, que subyace en las famosas teorías de tan famosos tratadistas como el norteamericano Mahan, creador de la teoría hegemónica del Poder Naval (Sea Power), el británico Mackinder, teórico del Poder hegemónico Terrestre (Land Power), y el sintetizador de los dos anteriores, el francés Castex, quien formuló la figura geopolítica del «perturbador continental», aplicable perfectamente al agresivo Saddam Hussein.

Esta ley geopolítica de la tendencia a la hegemonía de los perturbadores continentales tiene un corolario, una consecuencia axiométrica que consiste en la «automática reacción» que contra el perturbador continental se provoca por la potencia hegemónica marítima apoyada por los estados amenazados directamente por el ambicioso «perturbador».

Si aplicamos estas esquemáticas formulaciones geopolíticas al caso del actual estado-fuerza iraquí, dominado férreamente e hipnotizado por el perturbador Saddam Hussein —(el perturbador continental, dice Castex, siempre hipnotiza a su pueblo que !e sigue ciegamente)— observamos que desde la toma del poder en 1979 —hace tan sólo 10 años— Saddam ha planeado con fría minuciosidad un plan de hacer de Irak la potencia hegemónica del mundo árabeislámico mediante la agresión y la conquista. El objetivo, el grandioso objetivo de este plan era ir conquistando paso a paso y golpe a golpe los países de su entorno comenzando por el que, en su opinión, fuese el más débil, para continuar con los demás hasta hacerse el dueño de todo el Oriente Medio, reinstaurando, por así decirlo, el Gran Califato Árabe de Oriente de la Edad Media. En este sentido, el primer gran envite lo lanza Saddam contra el vecino que él suponía —con aparente razón— el más débil en aquel momento: el Irán de 1980 convulsionado por la sangrienta revolución del feroz e iluminado Jomeini. El astuto Hussein ataca por sorpresa a Irán pensando en conquistar la antigua Persia en un «paseo militar», Pero se equivoca porque el maltratado pueblo iraní y su desmembrado ejército, diezmado por las sangrientas purgas de Jomeini, reacciona de una forma increíble contra el invasor de su patria —reacción semejante a la del pueblo español ante la invasión napoleónica de 1808— y hacen frente, con éxito, a Saddam durante una guerra durísima y tenaz que dura ocho años.

Este primer fracaso de Hussein, que hábilmente él presenta como victoria a su pueblo, no le hace desistir de llevar a cabo su plan de expansión hegemónica, sino, muy al contrario, extrae enseñanzas de su fallida aventura contra Irán, fallo que, no sin razón, atribuye a la debilidad técnica de su ejército y se rearma frenéticamente, empleando en ello su gran potencial geoeconómico —el petróleo— y la ayuda imprudente de Francia más la ayuda interesada de la Unión Soviética. Dueño el «perturbador» (pero en absoluto «perturbado») Hussein de un poderoso ejército continental —Irak carece prácticamente de Marina— con enorme capacidad ofensiva aero-terrestre —un millón de hombres, 5.000 carros de combate y más de 500 aviones— cree llegado el momento de lanzar su segundo gran envite, eligiendo de nuevo ¡a víctima más débil a su alcance, el minúsculo y casi inerme estado de Kuwait, al que conquista, sin la menor resistencia, en horas. Kuwait era el primer objetivo inmediato, el primer paso en el plan de Hussein; el segundo era Arabia Saudita, que una vez conquistada pondría en sus manos una inmensa capacidad geoeconómica —más petróleo— que le permitiría dar los pasos sucesivos, emprender las sucesivas conquistas: Egipto, quizá Jordania por «anexión voluntaria» hasta llegar a enfrentarse, cara a cara, con el gran y odiado enemigo: Israel, que debería desaparecer del mapa de Oriente Medio —siempre la geografía presente— por aniquilamiento total. Y, si nadie le detenía, tras el aniquilamiento de Israel, la fácil conquista del Líbano y las últimas anexiones, por anexión o por conquista de Siria e Irán. Todo hace pensar que éste era, aunque parezca fantástico, el plan de expansión hegemónica de Saddan Hussein, pues para conformarse con Kuwait no necesitaba n¡ la décima parte de la fuerza militar que posee. Y así lo percibieron, afortunadamente, sus presuntas siguientes y sucesivas víctimas, y así lo percibió, más afortunadamente todavía, la potencia hegemónica marítima encargada de velar por el equilibrio geopolítico mundial: los EE.UU.

Y, una vez más en la Historia, el corolario de la ley de la tendencia hegemónica del perturbador, la «reacción automática» contra él de sus víctimas se produjo de manera fulminante. Arabia Saudita con los Emiratos que la rodean fueron, por ser los más amenazados, los primeros en reaccionar contra la ambición hegemónica del perturbador Saddam, y tras ellos quienes, más que temerosos, aterrorizados por la tremenda amenaza que representaba Hussein para el mundo árabe, se le han opuesto con decisión: Egipto, Siria y desde el otro extremo del mundo islámico, Marruecos. Pero la reacción más vigorosa, la más eficaz y la más resolutiva, con la que quizá no contaba Sadam Hussein, ha sido la de la potencia hegemónica marítima; los EE.UU. que en modo alguno podían consentir el nacimiento de una hegemonía panárabe, impuesta por la fuerza y por la violencia en un ámbito de tan elevado valor geoeconómico y geoestratégico, como enseguida veremos, que es el Oriente Medio.

La gran amenaza ha sido, pues, frenada, pero no eliminada y no lo será hasta que se cumplan dos condiciones. La primera, la retirada de Irak de Kuwait restituyendo lo arrebatado por agresión y la segunda, y no menos insoslayable, la creación en ese espacio geopolítico de un sistema de seguridad eficaz y operativo que evite la posible repetición de una futura aventura hegemónica en la zona desencadenada por este mismo o por otro ambicioso perturbador. En colaborar al cumplimiento de estos dos objetivos que garanticen la paz en ese ámbito geográfico tan sensible, tan delicado y tan atormentado como es Oriente Medio estamos comprometidas todas las naciones tanto de Occidente como de Oriente y tanto del Norte como del Sur, que defendemos un orden internacional que no puede ser violentamente alterado por la ambición, la agresividad y la desmedida megalomanía de quien, como Saddam Hussein, pretende mediante el empleo de la fuerza, imponer su voluntad por encima de la ley y del derecho de los demás. Acuñando en beneficio propio y en contra de los intereses del resto del mundo, intereses que, en el caso de la crisis del Golfo Pérsico, se concretan en dos aspectos o dos valoraciones derivadas de la raíz geopolítica que hemos expuesto y que son el aspecto geoeconómico y el geoestratégico.

Aspectos geoeconómico y geoestratégico de la crisis

Toda potencia expansionista que aspira a la hegemonía sobre un ámbito geopolíticamente definido, como es, en nuestro caso, Oriente Medio, precisa contar, ante todo, con una fuerte capacidad económica para construir y alimentar el instrumento indispensable que ha de servirle para alcanzar sus ambiciosos fines: el instrumento militar. Todos los imperios que en el mundo han sido se han creado y sobre todo, se han mantenido, mediante un enorme esfuerzo militar respaldado por una poderosa capacidad económica. La famosas frase de Napoleón de que las tres condiciones para hacer la guerra con éxito son: dinero, dinero y dinero, es elocuente en este sentido. El Imperio Español se creó y sobre todo se mantuvo con el oro «amarillo» extraído de América. El Imperio Portugués con el oro «verde» que eran las especias de la India, el Imperio Británico con el oro «gris» que eran las materias primas minerales extraídas de sus colonias, y el Imperio Arabeislámico que pensaba crear y mantener el perturbador Saddam era el oro «negro», el petróleo del que cuenta con gran cantidad en su propio territorio y le ha permitido crear un poderoso ejército para iniciar su plan de conquista hegemónica; pero que no sería suficiente para continuarla y mantenerla.

Por ello, Saddam tamo en su primer intento contra Irán, como en el segundo, y esperamos que sea el último, contra Kuwait y Arabia Saudita, su objetivo, geoeconómico, era adueñarse de las enormes reservas de petróleo que existen en el subsuelo de esos países. Saddam ha atacado hacia el este y hacia el sur de su territorio, donde hay petróleo, no hacia el norte —Siria—, ni hacia el oeste —Jordania, Israel y Egipto— donde casi no lo hay. Si Saddam Hussein hubiera triunfado en su plan hegemónico, se habría apropiado, por la fuerza, la agresión, la violencia y el desprecio al Derecho Internacional, de casi el SO por 100 de las reservas petrolíferas del mundo, provocando una catástrofe económica universal cuyas primeras víctimas habrían sido los EE.UU., Europa, Japón y en general todos los países industrializados del mundo,

Y nos queda por considerar el aspecto geoestratégico de la Crisis del Golfo. Una de las más claras y más decisivas influencias de la geografía sobre la estrategia es la defensa y ataque de las comunicaciones, tanto terrestres como marítimas y aéreas; pero muy en especial las comunicaciones marítimas por ser el mar, ante todo y sobre todo, la vía de comunicación estratégica más importante y de la que depende el comercio de las naciones de condición geopolítica marítima que son todas las de Occidente y las del Extremo Oriente.

En la estrategia de las comunicaciones marítimas los «puntos focales», es decir, los puntos en los que se acumula el tráfico marítimo —que es para el comercio mundial ¡o que Ja circulación sanguínea es para el cuerpo humano— son los estrechos, hasta el punto que es axiomática la afirmación de que «quien controla los estrechos, controla el tráfico y con ello el comercio mundial» (de aquí la gran importancia que para la estrategia española tiene el Estrecho de Gibraltar). El valor estratégico, ciertamente enorme, de Oriente Medio es que en esa región geográfica existe un «rosario» de estrechos marítimos por donde circula un elevadísimo caudal del tráfico marítimo mundial y que son, en primer Jugar el Canal de Suez, verdadera puerta del Mediterráneo ai Indico, el Mar Rojo, en su conjunto, donde están muy acertadamente operando nuestras corbetas «Cazadora» y «Descubierta», el Estrecho de Bab-el-Mandeb, puerta del Indico al Mediterráneo, y el Estrecho de Ormuz, donde opera nuestra fragata «Santa María», entrada al Golfo Pérsico.

Pero eso, con ser mucho, no es todo ya que en cuanto a las comunicaciones aéreas, la zona geoestratégica de Oriente Medio, supone un espacio aéreo de una densidad de tráfico de muy alto valor pues por él circulan infinidad de líneas aéreas que unen Europa con el subcontinente asiático. Y lo mismo puede decirse de las comunicaciones terrestres —ferrocarril y carretera— que a partir de Turquía, el Líbano, Israel y Egipto, cruzan esa zona hacia el continente asiático. En resumen, el Oriente Medio constituye una encrucijada de líneas de comunicación marítimas, terrestres y aéreas de un valor estratégico de primera magnitud, no sólo en el plano regional, sino en el mundial. Si una potencia hegemónica, en nuestro caso Irak, llegase a dominar, por la fuerza y Ja agresión violenta, esa encrucijada, tendría en sus manos la posibilidad de yugular a su antojo el comercio mundial y las relaciones económicas internacionales.

Por último, una brevísima consideración sobre España frente a la Crisis del Golfo en el ámbito geopolítico, geoeconómico y geoestratégico. En el aspecto geopolítico, España mantiene grandes intereses recíprocos con el mundo árabe: intereses políticos, culturales, históricos y económicos. Una profunda desestabilización en el seno de ese ámbito geopolítico árabe-islámico, como la que pretendía desencadenar Saddam Hussein con su plan de dominio hegemónico de Oriente Medio, habría perjudicado, en su raíz, todos esos intereses, En el aspecto geoeconómico, España, la muy vulnerable economía española, que energéticamente depende en gran medida del petróleo —una dependencia exagerada que sería muy conveniente reducir— el monopolio de las inmensas reservas petrolíferas del Golfo Pérsico por una hegemonía omnipresente nos causaría, como a todos los países industrializados, una verdadera catástrofe económica con sus secuelas políticas y sociales fáciles de imaginar.

Y, por último, en el aspecto geoestratégico, España está situada en la primera línea de defensa y seguridad y también de cooperación y entendimiento de la Europa Occidental frente al Magreb. Mientras el Magreb, que constituye un espacio geoestratégico de valor extraordinario, se mantenga, como está ahora, estabilizado políticamente, no existe amenaza alguna desde el Sur hacia España ni hacia Europa, sino muy al contrario, existe un compromiso de leal y efectiva cooperación entre España y Europa con las naciones del vecino magrebi. Pero si se produce una desestabilización política, o ideológica, o religiosa, o económica en una o en todas las cinco naciones que integran el Magreb, la amenaza del Sur hacia Europa sería grave, quizá gravísima. España, en esta indeseable, pero no imposible situación se encontraría, repelimos, en primera línea frente a tan grave amenaza. Saddam Hussein, de haber triunfado en sus propósitos, habría sido, sin la menor duda —la reacción marroquí ha sido elocuente—, capaz de perturbar todo el Magreb, desestabilizándolo, creando un foco de amenaza bélica a una docena de millas de nuestras costas andaluzas.

En resumen, España puede considerarse desde el punto de vista geopolítico, geoeconómico y geoestratégico, directamente amenazada por la agresión de Irak a Kuwait y los propósitos del perturbador Saddam Hussein y, en lógica consecuencia, España debe actuar, como lo está haciendo, oponiéndose activamente y resueltamente a los turbios designios del agresor en firme solidaridad con nuestros amigos y aliados tanto del mundo occidental como del mundo árabe, que es quien está sufriendo en su propio ser tas más graves consecuencias de esta crisis a la que todos deseamos una solución pacífica y justa.

Para acabar de una vez con el ladron de Bagdad

Cada hora que pasa, la llamada crisis del Golfo cambia, se complica.

De modo que escribir sobre ella resulta un ejercicio un tamo gratuito, casi una provocación. Lo que se dijo ayer puede ser, hoy, una majadería.

Son malos tiempos para los profetas, los agentes de inteligencia, los estrategas, los pacifistas y los astrólogos.

Hacen su agosto, en cambio, los vendedores de armas, tas compañías petroleras, los agentes de cambio y bolsa, los diplomáticos antaño ociosos, los fanáticos de toda laya.

El apocalipsis (regional) puede ser mañana. O puede, simplemente, no ser.

  • Al principio, apenas una invasión. En cuatro horas las hordas de Nabucodonosor redivivo se hicieron con la situación. Claro que la mitad de la población de Kuwait estaba de vacaciones en la costa Azul, en Marbella, en Londres o en California.

La población «legal» (los ciudadanos), porque el resto, la real, no contaba. Ahora empieza a contar.

  • Irak se tragó Kuwait como el caimán a la mariposa. Invasión y anexión. Un extraño gobierno militar sustituyó al emir y a su familia. Al cabo de unos días se produjo la «unificación» a la mayor gloria de Saddam Hussein que entonces era, ya, «Satán».
  • Nadie o casi nadie fuera del mundo árabe aplaudió. Algunos la explicaron, hubo quien la justificó por la corrupción, la insultante riqueza, el despilfarro del emir y sus conciudadanos.

Sólo los palestinos, los beduinos jordanos y los fundamentalistas salieron a la calle, regocijados. ¿Había nacido un nuevo «Rais»?

  • El mundo, casi todo el mundo, también estaba de vacaciones, de modo que la expedición sin retorno agarró a todos desprevenidos.

No hubo satélites espías, ni grandes agencias de espionaje, ni observadores y expertos que lo hubiesen previsto.

Occidente estaba en calzoncillos. O en traje de baño, tomando el sol.

Hasta para organizar un zafarrancho se necesita un plazo razonable.

De modo que la respuesta militar —preventiva— y la reacción diplomática —retrospectiva— empezaron con retraso.

Cuando los tanques de Saddam penetraron en ta tierra de nadie con Arabia Saudita (o Saudí: los académicos se afanan en resolver esta duda fundamental) se produjo un nuevo escalofrío.

«El ladrón de Bagdad» no parará hasta llegar a la Meca, se dijo. Pero, ¿era la «Meca» de Saddam, precisamente, la Meca o era el petróleo?

  • Súbitamente también Saddam se convirtió en protector de los santos lugares musulmanes. Saddam el laico, el revolucionario, el enemigo acérrimo de imanes y clérigos, de barbas y abluciones, helo aquí transformado en un nuevo Jomeini sunnita.

Los árabes, como siempre a la greña.

La guerra iba a ser un paseo militar, se decía. Como en Panamá: en tres horas, concluida,

  • Pero Saddam no es Noriega. Ni Irak el país del canal.
  • Saddam tiene 5.000 tanques, varios miles de misiles con carga química y radio de acción considerable, casi un millón de hombres, mejor o peor preparados, pero en pie de guerra…

Saddam puede ser el «nuevo Hitler», pero no se parece a un traficante de drogas ni a un corrupto notorio. Las masas árabes (esa abstracción para uso de Arafat…) lo apoyan porque odian a Occidente, a Estados Unidos, al infiel… La guerra, dice su portavoz bigotudo, será entre Occidente y el Islam, el imperialismo y la liberación nacional, la fe y el vicio…

Al fin la ONU toma la palabra. El Consejo de Seguridad se reúne una y otra vez. Hay consenso, insólito consenso. La ONU ya no es «le machin», «la cosa» de la que hablaba De Gaulle con desprecio y melancolía. ¿Será cierta tanta belleza?

Todos los miembros permanentes del Consejo (con derecho a veto) apoyan una primera resolución insólitamente severa contra Irak. Yemen y Cuba se abstienen. ¿Podía ser de otro modo?

Mientras en el gran cubículo de Nueva York se habla y se habla, en el desierto de Arabia Saudí varios miles de soldados americanos intentan acostumbrarse a temperaturas que superan, a diario, los 40 °C.

La tropa pasa inevitablemente del entusiasmo a la perplejidad y después, al tedio.

Prohibido beber cerveza, comer embutidos, saludar a las chicas. 20 litros de agua por cabeza, obligatorios. Y prácticas cotidianas con máscara contra el «gas mostaza». El termómetro sube y sube.

Saddam inventa, entonces la «guerra de los rehenes». Todo extranjero, por el mero hecho de serlo, se convierte en su prisionero. Para el tirano iraquí no se trata de un secuestro masivo: los rehenes son invitados.

Saddam ha hecho carne. Lo sabe. Toda la tecnología militar occidental no vale un higo ante la realidad de más de 10.000 personas detenidas, secuestradas, «retenidas», lo que se quiera…, pero que actuarán, en un momento dado, de «escudo» y garantía contra el poder militar de americanos, ingleses, franceses..

  • Hay un ten-con-ten entre la intimidación y la negociación. O, si se prefiere, entre la arrogancia y el sentido común.

La UEO «coordina» los esfuerzos de los países miembros que en su mayoría han enviado buques al Golfo. Salvo Portugal.

  • España es solidaria con los aliados y defiende sus intereses. Pero el Gobierno se explica mal. O no se explica.

Hay consenso parlamentario —y por tanto, popular— en la necesidad de «hacer un gesto», aunque sea simbólico. Se hace sin aspavientos. La comedia la organizan comunistas, pacifistas, insumisos y padres de reclutas, lógicamente malhumorados porque al chico le tocó ir a la guerra.

En la Comisión de Defensa y Exteriores del Congreso, Fernández Ordóñez se explica, Serra se explica. Ante el pleno de la Cámara, días después, el presidente hace lo mismo. En muy pocas ocasiones hubo tanta unanimidad, un consenso tan amplio. ¡Hasta el CDS apoyó el envío de los barcos!

El éxito de las manifestaciones pacifistas en varias ciudades es perfectamente descriptible. Unos llaman simple y llanamente a la deserción (¿otro acorazado Potemkin?), otros recurren a la ONU, al Consejo de Seguridad…

Mala referencia, sin duda. Porque cada resolución de Naciones Unidas es más tajante, más expeditiva.

  • Negociemos, negociemos, dicen todos. Hasta los americanos, un tanto calmados tras los primeros días de «rambismo» militante.

Pero, ¿cómo se negocia con alguien que antes de hablar coloca ta pistola encima de la mesa?

Con una pistola mayor, responden «gringos» y británicos. Y de pie.

  • Se espera que Saddam pierda los estribos. Que asalte, por ejemplo, la embajada de Estados Unidos en Kuwait o dé orden a sus barcos de impedir la inspección de cargamentos.

Hace exactamente lo contrario. Impone un orden arbitrario en el antiguo emirato, aconseja a sus capitanes mercantes que permitan las inspecciones, aparece acariciando niños y consolando rehenes en las televisiones occidentales, concede entrevistas a enviados especiales fascinados por la estatura (física) y las amenazas del líder máximo…

Y, de repente, anuncia que liberará a una parte de los rehenes o «invitados»: las mujeres y los niños antes, por favor.

  • Todo el mundo, salvo algunos países árabes y otros del Tercer Mundo, coincide en que «Satán» es un peligro, una permanente provocación. Pero, ¿cómo se acaba con un adversario tan astuto para quien los principios generales con que se rige la sociedad humana son simples referencias humorísticas?

Bush y Gorbachov se reúnen en Helsinki. Acuerdo en casi todo. Dicen que «Gorby» garantiza la caída del nuevo «Rais» «en unos días». ¿Cómo podría hacerlo? Al líder soviético lo que le preocupa de verdad ahora son los asuntos domésticos, las colas del pan y los enfrentamientos entre razas y tribus.

Cada día llegan más contingentes militares a la zona. Cada día Saddam suelta a cuentagotas nuevos rehenes, y amenaza a los americanos con represalias tremebundas.

  • La negociación se estanca. Pérez de Cuéllar fracasa en Anman, el pequeño rey Hussein recorre el mundo explicando lo obvio y —también— lo inexplicable: porque no puede darse el lujo de romper con Saddam sin perder la corona.

En los campos de refugiados de Jordania miles de personas se hacinan en condiciones patéticas: pakistaníes, filipinos, egipcios, que lo han perdido todo en esta guerra que ni entienden ni siquiera rechazan. Simplemente, la sufren.

La solidaridad internacional funciona, desde luego, pero se concentra en Turquía, en Egipto y en Jordania.

  • La narración escueta de lo sucedido hasta hoy concluye aquí: veremos qué puede pasar más adelante.

Hay tres hipótesis razonables. Las irracionales son muchas más. Precisamente por eso, tal vez, resulten más probables.

  • Primera hipótesis: estallan, al fin, las hostilidades. La nueva Armada Invencible aplasta de forma instantánea al nuevo Saladino. O no tan instantáneamente (lo que es más probable y será más costoso). La duración de la guerra dependerá de esta pregunta: ¿cuántos miles de muertos aceptará pagar Occidente y los países árabes «moderados» en este Lepanto, tal vez interminable? ¿Cómo reaccionarán los árabes en su inmensa mayoría? ¡Acordaos de Vietnam!
  • Segunda hipótesis: la negociación. Súbitamente tocado por la gracia, «Satán» decide negociar ciertas reivindicaciones territoriales con el vecino Kuwait, Hay varias alternativas: una federación irako-kuwaití, ciertas cesiones territoriales por parte del emirato acompañadas de suculentas indemnizaciones… Mírese desde donde se mire esta hipótesis es bastante poco realista. Saddam ha dicho hasta la saciedad que la anexión de Kuwait no es negociable. Que Kuwait es ya —¡y para siempre!— la provincia número 19 de Irak. ¿De qué otra cosa podría negociarse si no es precisamente sobre Kuwait?
  • Tercera hipótesis: todo sigue igual, es decir, los barcos en el Golfo, las tropas americanas, inglesas y francesas en el desierto, los iraquíes en Kuwait y los rehenes en Irak. El embargo se mantiene, por supuesto. Pero, ¿sirve acaso para acabar con el régimen de Saddam? Es también poco probable- Muy pocos bloqueos han acabado con las dictaduras que pretendían rendir por hambre. Un ejemplo, Fidel Castro. Estaba detrás la URSS, claro. Pero en los alrededores de Irak hay dos países (Irán y Jordania) que por razones diversas parecen dispuestos a echarle una mano al «ladrón de Bagdad».

Cualquiera de las tres hipótesis o escenarios resultan a estas alturas aventuradas y no es seguro que conduzcan al objetivo principal que es, dicho en tono rimbombante, «restaurar la legalidad internacional».

Cualquiera de ellas podría encabezar un «manual de instrucciones» para acabar con Saddam. Pero este ejercicio de redacción se parecería bastante a esos folletos explicativos de un ordenador de tercera generación escrito por un japonés, traducido al inglés por un malayo y para uso de angoleños.

  • Así están las cosas, por ahora. Aunque dentro de una hora pueden ser distintas. Es inútil, pues, poner tienda de zahori o de experto, porque tras el 2 de agosto pasado algo quedó claro: toda previsión sobre ciertos asuntos internacionales y en ciertas latitudes (la caída del muro de Berlín fue otra prueba) está condenada al fracaso.
  • El futuro, como dicen los árabes, está escrito, seguramente. Pero nadie entiende su caligrafía.

La sombra del PRI llega hasta Leguina

Una de las polémicas políticas más sonadas del año ha sido la provocada por el escritor Mario Vargas Llosa al declarar en México, en un rutilante congreso sobre la libertad como gran experiencia del siglo XX, tras la caída de los regímenes comunistas en el este de Europa, que la mexicana es «la dictadura más perfecta». El brillante intelectual Vargas Llosa, que acababa de pasar por el trance amargo de ser derrotado en unas elecciones democráticas por un político desconocido y demagógico, ha decidido volver a la literatura como novelista y a la precisión como escritor. Pero decir del PRI lo que se ha dicho, ante un anfitrión contemporizador como Octavio Paz —que, a pesar de sus viejas cuentas con el partido hegemónico de México, cree que el presidente Salinas de Gortarí puede conseguir una cierta democratización del sistema que ha garantizado más de medio siglo de estabilidad al país del Anahuac—, constituyó para los observadores un pecado de grave impertinencia. Esas cosas no hay que decirlas.

Ei problema es que el Partido Revolucionario Institucional quiere hacer su renovación y eliminar sus tics más autoritarios con la mirada puesta en España. ¿Adivinan cuál es el modelo de programa para el futuro en que se han fijado quienes se proclaman herederos de la justiciera Revolución Mexicana? Efectivamente, han acertado: el llamado «Programa 2000», ese prontuario de respuestas para todos los retos futuros, critico dentro de un orden, mitad monje socialdemócrata, mitad soldado de los radicalismos pendientes, elaborado por los viejos izquierdistas del PSOE que, dirigidos por Alfonso Guerra, siguen fielmente una de sus primeras manifestaciones nada más ocupar el poder, tras la espectacular victoria socialista en las elecciones de 1982: «A mi izquierda, el abismo».

México y España

La aproximación entre México y España, en materia política, se ha utilizado por algunos comentaristas, en ocasiones, con tono crítico hacia el Partido Socialista Obrero Español. El PSOE aspiraba, según ellos, a parecerse al PRI: un poder cerrado, sin apenas oposición ni dentro ni fuera de un partido cada vez más caudillista, utilizando una frase inventada al parecer por el histórico líder sindical Fidel Velázquez —que en alguna medida es como un Pablo Iglesias del PRI, el abuelo de una Revolución de cuya ideología dice nutrirse—, «el que se mueve no sale en la foto». Si ahora los renovadores del PRI quieren aproximarse ideológicamente al PSOE, el camino se acorta. La sombra del PRI ya está entre nosotros.

Por lo pronto, algunos de los métodos de cooptación y cese de los dirigentes empiezan a parecerse alarmantemente en las dos fuerzas. La defenestración de Rodríguez de la Borbolla, que de secretario general del Partido Socialista Andaluz y presidente de la Junta de Andalucía ha pasado a ser un político en paro forzoso convertido en aplicado alumno de cursos de verano, por decisión del «aparato» del PSOE, ese que maneja perfectamente Alfonso Guerra desde la madrileña calle Ferraz, ha sido toda una exhibición de poder. Borbolla, que había mantenido un prudente silencio durante la sonada crisis del hermano de Alfonso Guerra, fue barrido sin compasión, y ahora espera de la magnanimidad del «felipismo» un destino que, si bien a él le parecerá siempre inferior a sus merecimientos, compensará al menos su franciscana actitud frente a la adversa tendencia oficial. Después de todo, aquel sonriente político que se llamó José Solís, la sonrisa del régimen franquista, enseñó antes que nadie que en política, cuando se quiere, hay más puestos que hombres.

Ante el éxito de la «Operación Borbolla», presentada en plena crisis de devociones guerristas como un aviso para navegantes, el «guerrismo» puso en marcha la «Operación Leguina», una especie de «remake» del triunfal episodio andaluz con decorados madrileños y otros intérpretes, pero con el mismo argumento: primero, cuestionar la posibilidad de que Joaquín Leguina pudiera seguir siendo secretario general de la Federación Socialista Madrileña. Después, una vez eliminado el actualmente máximo responsable del primer puesto orgánico del partido en Madrid, hacerle ver la imposibilidad de que fuera candidato a la presidencia de la Comunidad. Otro aspirante a díscolo pasaría así a engrosar la legión de cursillistas veraniegos.

Madrid y Sevilla

Pero Leguina no es Borbolla, ni Madrid es Sevilla. Su relación, con el clan andaluz que controla el PSOE desde el Congreso de Suresnes, de 1974, es de cordialidad distante y de respeto mutuo. Leguina, con su aspecto de geógrafo troskista, sus pinitos literarios, su pasado de asesor de Allende durante el Gobierno de la Unidad Popular en Chile y su reconocida habilidad para exhibir cierto talante pluralista —cosa muy necesaria en Madrid, donde la gente es de fuera y lo madrileño es sólo una síntesis de resignación ante el hecho de vivir sin señas de identidad en un incómodo poblachón manchego elevado a la categoría de capital— tiene seguidores, como el Real Madrid, y muchos amigos: algo infrecuente en la vida política. Algunos, incluso, en el Consejo de Ministros. Ante los primeros indicios de que el presidente de la Federación madrileña, José Acosta, desconocido político de origen bancario, movía los hilos para quitarle de la escena, en un calco de la «Operación Borbolla», Leguina reaccionó. Primero, denunció el acoso del «aparato». Después, reivindicó para el partido un estilo más tolerante y más aperturista. Y, finalmente, dio el mitin. En plena «rentrée» y con la crisis del Golfo mandando en los periódicos, Leguina reunió en un hotel a mil personas, entre ellas a tres ministros y varios altos cargos del PSOE.

Este acto de afirmación leguinista consiguió la máxima publicidad y adquirió categoría de símbolo sobre el futuro del guerrismo. Leguina se enfrentaba a cuerpo limpio al «aparato» y denunciaba las maniobras que intentaban desplazarlo, confirmando ante la opinión pública la falta de democracia interna del partido. «Primera victoria frente a Guerra», titularon algunos periódicos, confundiendo quizá los deseos de muchos con la realidad. Pero a los inspiradores de Acosta no les quedó más remedio que pactar, siguiendo los deseos de Felipe González, que, preocupado por el cariz que lomaban los acontecimientos, exigió a lodos un acuerdo. Lo hubo tras dos reuniones presididas por José María Benegas, número tres del PSOE, entre Leguina, Acosta, varios miembros de la Ejecutiva federal y un personaje que cada vez se perfila más como el árbitro de la situación: el hasta ahora leguinista, Juan Barranco, ex alcaide de Madrid. De ese acuerdo alcanzado a regañadientes, y bajo el recordatorio amenazante de que los trapos sucios tienen que lavarse en casa, no ha salido más que algo seguro: que Leguina encabezará la delegación madrileña al XXXI I Congreso del PSOE, que se celebrará en noviembre, al frente de una lista equilibrada de acostistas y leguinistas. Sólo eso. El puesto de secretario general de la Federación madrileña está en el alero, y su posibilidad de repetir candidatura como presidente autonómico, también.

«He resistido contra la burocratización de las ideas. El debate tiene que ser sobre la cultura política, la necesidad de desburocratizar el partido, oxigenarlo y hacerlo más operativo y agradable», explica este economista en peligro, que confiesa a los amigos que de lo que se trata es de ganar tiempo, como aquel condenado a muerte que le pidió a un rey un año para enseñarle a hablar a su caballo y que, cuando le preguntaron qué pretendía con ello, contestó: «En un año puede morirse el rey, puede morirse el caballo y hasta puede hablar el caballo».

En el «aparato» de este PSOE mexicanizado, el visir del rey González es Alfonso Guerra. ¿Se habrá ido, empujado por los jueces, cuando Leguina haya agotado su tiempo como iluso instructor de caballos? Madrid cobra por todo ello un valor emblemático ante las próximas batallas que va a vivir el partido socialista. Acosta ha cumplido fielmente su misión de mensajero y quizá como los shakesperianos Rosencrantz y Guildenstern esté ya políticamente muerto. Hamlet-Leguina ha sabido cambiar los nefastos mensajes que lo condenaban a ser degollado «sin entretenerse siquiera en afilar el hacha». Pero ya sabemos, desgraciadamente. el final de Hamlet, que, de haber reinado, como dijo Fortimbrás al homenajear su cadáver, hubiera sido un gran rey.

Juan Pablo II de nuevo en Africa

Con su séptimo viaje africano, en el que ha visitado Tanzania, Burundi y Ruanda, además de hacer una escala en Yamoussoucro (Costa de Marfil), Juan Pablo II ha estado ya en 30 de los 54 países del continente. Lo cual muestra que, lejos de tratar a las iglesias africanas como «parientes pobres», está muy atento a su desarrollo y a su futuro.

No en vano van a contar cada vez más en el porvenir de la Iglesia. Los católicos africanos son 75 millones, poco más del 13,1 por 100 de la población total. Pero África es el continente donde el catolicismo registra un crecimiento más rápido: un 50 por 100 en los últimos 10 años. Y, junto con Latinoamérica, forma parte del hemisferio sur, que probablemente contendrá la mayoría de los católicos en el siglo XXI.

Nuevo marco

En casi todos los países africanos la Iglesia apenas tiene 100 años de antigüedad. Pero, aunque se trate de iglesias jóvenes, Juan Pablo II ha hablado a menudo de una «nueva era en la evangelización» de África. El acceso de estos países a la independencia ha cambiado el marco en que se desenvuelve la tarea de la Iglesia. Durante el período colonial, la evangelización fue obra exclusiva de los misioneros. Hoy, las tres cuartas partes de los 487 obispos son nativos: y el sostenido crecimiento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa hace que la evangelización dependa cada vez más de los propios africanos.

Otro factor importante de este nuevo período es la competencia del Islam, que no excluye el uso del poder político y económico para sustituir la influencia cristiana en muchos países. Por otra parte, el fracaso del desarrollo hace que ya no se pueda seguir echando todas las culpas al pasado colonialismo y tras la decepción de los «socialismos africanos», hoy se buscan nuevas soluciones políticas, económicas y sociales, que conjuguen la libertad con el desarrollo.

En este nuevo contexto, un tema central del mensaje del Papa ha sido el impulso a la evangelización permanente de África que, como dijo en Tanzania, «no puede reducirse a mantener lo que ya se ha logrado». Una tarea que compete no sólo al clero y a los religiosos, sino también a los laicos, «que deben desempeñar un papel directo en la transformación del mundo en que viven, que han de llevar la fe a la realidad de la vida diaria».

Al mismo tiempo, animó a difundir el Evangelio «en manera auténticamente africana», teniendo en cuenta las costumbres y tradiciones del país. Para el Papa, estos elementos de la vida local «representan una maravillosa riqueza» , siempre y cuando sean «iluminados y purificados por el Evangelio y asumidos en la unidad católica».

Una de las mejores tradiciones africanas es el valor de la familia, entendida como familia «extensa» con lazos de solidaridad con todos los parientes. Para conservar estos valores familiares, Juan Pablo II ha insistido a los matrimonios africanos en los mismo s aspecto s que proclama en otras latitudes: respeto reciproco, fidelidad durante toda la vida y rechazo de los métodos de control de la natalidad «contrarios a la verdad del amor».

El Papa se ha referido en diversas ocasiones a la lucha contra el Sida, enfermedad muy difundida en estos países. Además de recordar la obligación de asistir a estos enfermos, ha insistido en la responsabilidad moral para combatir el origen del mal: «Informar de los riesgos de infección y organizar una prevención desde un punto de vista exclusivamente médico, no sería digno del hombre si no se le invitase a respetar las exigencias de la madurez afectiva y de una sexualidad ordenada».

Relaciones con el Islam

Como es habitual en los viajes del Papa a África, a las ceremonias acudieron no sólo católicos, sino también muchos miles de animistas y también musulmanes. Juan Pablo II aprovechó estas ocasiones para invitar a cultivar relaciones constructivas entre las diversas religiones. En Tanzania, donde los musulmanes representan el 32 por 100 de la población, frente a un 44 por 100 de cristianos (22 por 100 católicos), ambas comunidades conviven pacíficamente, si bien en los últimos tiempos se observa una intensificación de la propaganda islámica. Al «padre de la patria», el católico Julius Nyerere, ha sucedido como jefe del Estado y jefe del partido único el musulmán Alí Hassan Mwinyi.

Dirigiéndose allí a los seguidores del Islam, el Papa reconoció que el diálogo entre cristianos y musulmanes «tiene una importancia creciente en el mundo de hoy» y es a la vez «una cuestión delicada, al estar ambas religiones profundamente empeñadas en la difusión de su fe». Sin embargo, es posible el diálogo y la colaboración, siempre que «en el fervor de proclamar las propias creencias y en los métodos usados, se respete el derecho de cada persona a la libertad religiosa».

La llamada a la unidad y a la paz fue una idea dominante en los discursos en Burundi, país que ha conocido sangrientos choques entre las etnias Hutu y Tutsi. El nuevo gobierno de unidad nacional, instaurado en 1988, está siguiendo una política de pacificación étnica. También la Iglesia puede jugar un papel importante a este respecto, ya que el 60 por 100 de la población es católica. Aunque las heridas estén todavía abiertas, Juan Pablo II pidió a los burundeses que consolidasen su unidad a través de! perdón y de la reconciliación. «Apoyaos —dijo— en la justicia y en el principio de la igual dignidad de cada hombre», por encima de las diferencias étnicas y culturales.

Pobreza

Todo viaje a África supone también para Juan Pablo II un encuentro con la pobreza. Tanzania está reponiéndose a duras penas del fracaso de un «socialismo africano», fundado sobre la colectivización de la tierra y la autarquía. Las guerras civiles en Burundi han acentuado su atraso económico. Ruanda, país de escasas reservas naturales y mal utilizadas, está entre los más pobres del mundo.

Como en su anterior viaje a África a principios de este año, Juan Pablo II señaló el riesgo de que las nuevas relaciones de los países desarrollados con la Europa del Este dejen en un segundo plano la pobreza del Sur. Por eso apeló a la solidaridad internacional, de modo «que el mundo no olvide las urgentes necesidades de los pueblos de África».

Pero la mera ayuda financiera no basta. Ya actualmente, tanto Tanzania como Burundi y Ruanda dependen en buena parte de las ayudas exteriores, sin que esto les haya permitido alcanzar un desarrollo sostenido. Donde no existe un verdadero Estado de derecho es fácil que la ayuda se dilapide o sirva sólo para enriquecer a una clase privilegiada.

De ahí que el Papa recordara que el apoyo de organismos internacionales, aun siendo indispensable, «no puede lograr el mejoramiento de las condiciones de vida de los más necesitados sin la participación activa de los beneficiarios». Así, a los campesinos de Ruanda, cuyas tierras están amenazadas por la erosión, les animó a organizarse para afrontar unidos el problema. Al mismo tiempo, el Papa subrayó la necesidad de una mayor cooperación a escala regional entre los países vecinos, a fin de desarrollar proyectos en común.

Pocas semanas antes del viaje se ha publicado el documento preparatorio del Sínodo de los Obispos africanos, anunciado en 1989 y que no tendrá lugar antes de 1993. Un acontecimiento que marcará unas nuevas coordenadas para proseguir la evangelización en África.

De una sociedad ancestral a una sociedad moderna

Señala A. Fontán, en una glosa de J. Ortega y Gasset, que «la cultura es un conjunto de hábitos intelectuales y morales que liberan al hombre de la prisión semianimal de la pura naturaleza y le permiten entrar en el ámbito humano de la libertad». Una «libertad» que, paradójicamente, sólo se logra con una previa sumisión, consentida y sublimada, a una serie de principios. La libertad como hecho cultural se ejerce en función de la existencia previamente admitida de una serie de valores, que no son sino estructuras de la conciencia sobre las que se construye el sentido de la vida en sus diferentes aspectos.

La vida y la muerte como fin particular de la misma no se nos muestran sino como facetas de la existencia. Matamos para vivir y no comemos nada sin destruirlo. Y la vida, que parte en cada uno del nacimiento, está destinada en cualquier caso a la muerte individual. La existencia es colectiva y nuestra vida es sólo individual. Pero lo que introduce lo individual en lo colectivo es el hecho de la reproducción. Algo en lo que genéticamente, en el caso de la especie animal humana, participan tanto el macho como la hembra, pero que a la hora de pasarlo al campo del sentimiento indiscutiblemente está ligado de manera muy predominante a la madre. Se podría decir que mientras la mujer es un «ser para la vida», el varón es un «ser para la muerte». Si uno vive su vida en la continuidad, el otro lo hace en el enfrentamiento, lo que tiene repercusiones en todos los ámbitos de la existencia de ambos.[[wysiwyg_imageupload:1357:height=180,width=200]]

Como «ser para la muerte», el hombre vive de manera más intensa la agresividad física. Él es el guerrero, el que lucha por hacerse notar y con tener el premio de cubrir con más facilidad a las hembras, aliviando de esta manera sus pulsiones vitales. No hay que olvidar que mientras la mujer nace con  decenas de miles de ovocitos en su overa, y una vez alcanza la madurez va soltando sus huevos mensualmente, el varón sólo entonces empieza a producir el líquido seminal que ha de transportar su semilla o esperma. Y ese líquido seminal se acumula en las correspondientes vejigas o vesículas de manera constante, lo que le hace vivir en una tensión —de la que se puede ser más o menos consciente, pero que nunca falta—

El combate lleva a la jerarquización social. Y el actor dominante tiende naturalmente a imponer los ritmos de conducta a los otros miembros de su grupo. Será el que regule el acceso a las hembras, tanto el acceso propio desde luego, como, por necesidades de cohesión del grupo de guerreros, la de los demás. Será su virtus, su valor personal, el que los demás tengan que seguir, transformándolo de esta manera en valor social. Puede suceder, con el paso del tiempo y el desarrollo de comunidades estables, que los demás miembros tengan que verse en la práctica obligados a interiorizar, en un proceso reactivo, las virtudes ajenas como elemento de la propia vida. Es lo que hoy tendemos a llamar «valores» en abstracto.

Admitida la supremacía del jefe, y con ella las órdenes dirigidas al mantenimiento de la estabilidad del grupo (por ejemplo, en el campo de la economía, el trabajo), el individuo terminará por aceptar como virtud el dominar sus propias tendencias o pulsiones naturales, algo que es perfectamente observable cuando se desarrolla el mundo político («de la guerra») y el guerrero va perdiendo progresivamente su individualidad para transformarse en combatiente de la comunidad. Se irán desarrollando así un número importante de virtudes al servicio de los valores, de las cuales habrá que destacar, en nuestra civilización y como propias de un jefe, la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza (aunque el jefe tienda a huir de las restricciones puestas a los otros), y por tanto como las principales a la hora de ser imitadas como base del desarrollo de todas las demás. Se trata de valores, en principio impuestos, que se desarrollan como marco imprescindible de una vida social que vaya más allá de lo puramente exigible a una comunidad natural, o sea una vida social que se desarrolle en el marco de una cultura.

En cualquier caso, los valores fundamentales de una comunidad serán siempre los tendentes a controlar la vida y la muerte dentro de la misma. El principio de «no matarás a tu prójimo» es general, y sólo en circunstancias muy bien delimitadas del bien superior de la comunidad  podrá ser transgredido.

En cuanto al control de la transmisión de la vida, es sabido que es el hombre quien tiene mayor interés por establecer reglas acerca del reparto de las hembras, porque estableciendo cuáles son los límites de po- sesión de cada uno se evita a nivel interno una agresividad que puede destruir al grupo (y con ello dañar los objetivos del jefe) y se puede desviar igualmente hacia el exterior del grupo el desorden natural que implica el deseo continuo de aliviar las pulsiones sexuales marcadas por la biología. Será pues el hombre el que imponga las virtudes del matrimonio y organice, a través de un elaborado sistema de tabúes (el principal, el del incesto), quién puede acceder al sexo y en qué condiciones. Se crearán así los sistemas de parentesco, en los cuales la mujer juega un papel muy importante en principio pero siempre subordinado.

¿Qué ventaja obtiene ella? En principio, su papel como transmisora de la vida antes de la propia muerte (puede seguir sintiendo que sigue viva aunque muera, porque una parte física de ella, la cría, así lo hace) no le fuerza a generar cultura de la misma manera que al varón, que sólo puede pervivir en el recuerdo de una sociedad que adquiere el carácter de estable (la épica —e incluso la historia— es, fundamentalmente una necesidad masculina). Sin embargo, el sometimiento a unas reglas que le son extrañas también puede beneficiarla, en cuanto que el reparto de los machos y las hembras libera tensión dentro del grupo y le da seguridad al mismo, lo que es favorable para el desarrollo de las propias crías. El instinto de posesión de los machos respecto a sus hembras —derivado más del concepto de propiedad— hará que ellos estén dispuestos a luchar por ellas, al tiempo que imprimirá un carácter «virtuoso» a la educación de la descendencia. La transmisión de los valores civilizadores masculinos se hará más fácil a traves del control de la reproducción, no sólo física sino también de esquemas intelectuales, que efectúa la hembra. Con lo cual se crea una especie de equilibrio desigual que favorece a ambos elementos de la dualidad del ser humano en el marco de unas relaciones sociales culturizadas.[[wysiwyg_imageupload:1358:height=138,width=200]]

En todo caso, el desarrollo de la cultura humana se verá, como siempre, sobre todo a través de los desarrollos realizados en el marco de la lucha. Del combate singular se irá poco a poco pasando a la guerra organizada en torno a jefes estables o al menos a comunidades de identidad bien definida. La técnica de matar se irá poniendo cada vez más al servicio de la comunidad, en su forma política, y el combate individual irá perdiendo progresivamente sentido para subsumirse en una idea más general de destrucción del enemigo. Cuando la idea de progreso se impone sobre la de regreso, cuando la economía se libera de la moral a partir del siglo XVIII y la técnica se hace tan avanzada que implica una tecnología científica que sólo se puede desarrollar a nivel social, el combate personal queda reducido al mínimo y avanza el sentido de matanza generalizada (bombardeos aéreos, artillería pesada, armas de destrucción masiva…), al tiempo que se separa la fuerza y el arrojo físico de la utilización del nuevo armamento, que puede ser utilizado incluso por personas frágiles. El lugar del hombre como portador básico de la agresividad va desapareciendo, y con ello el sentido del patriarcado. Se puede decir, sin gran riesgo de error, que si hay que poner una fecha simbólica a la desaparición del patriarcado esa es la del 6 de agosto de 1945, fecha en que se lanza la primera bomba atómica sobre Hiroshima: el combate ha dado paso a la matanza indiscriminada.

Así, la mujer, más fuerte que el hombre (el 75% de los pacientes de los pediatras son de sexo masculino) aunque más frágil (como las ánforas de barro frente a los pellejos de cuero), tiende a ocupar el lugar del hombre en los esquemas sociales, en un proceso de creciente individualización, y la autoridad paterna sufre gravemente en el marco de la reproducción familiar. Protectora de sus hijos por encima de todo, como no puede ser de otro modo según la propia tendencia biológica —sobre todo protectora de los varones, más débiles—, los valores represivos propios del patriarcado tienden a diluirse. Y, no lo olvidemos, la cultura tradicional era la consecuencia de una actitud represiva frente a las tendencias naturales, que se intentan forzar en un sentido distinto al que habrían tenido si no existiese la acción intelectual humana. Dejando aparte el hecho comprobado de que ello va acompañado de un descenso vertiginoso entre nosotros en la capacidad genésica masculina, el resultado es que tienden a desaparecer los valores típicamente masculinos (como el trabajo o la sumisión a reglas: un ejemplo claro puede verse en la escuela, donde se tiende a hacer desaparecer el trauma de los exámenes) y una tendencia a desarrollar una cultura más lúdica, con menos represión en los aspectos sexuales y que detesta el hecho básico de la muerte (tan ligada al carácter del hombre-guerrero) como si fuese oponente de la vida, de la que no es en realidad más que su puerta de salida individual. El macho ya tiende a no aparecer como el dueño que protege a su hembra y su camada (al ser innecesario en el nuevo sistema socioeconómico desarrollado) y la nueva juventud, perdido el rumbo marcado por las antiguas virtudes y valores, sin que se haya desarrollado aún el sentido de otro sustitutivo, se encuentra perdida y desconcertada después de haber estado sobreprotegida. Ello nos lleva, en el marco de nuestra cultura occidental, ante el umbral repetido una y otra vez de la decadencia relativa (la decadencia de forma objetiva no existe en los procesos históricos) por falta de adaptación a nuevos modelos necesarios tras un periodo de desarrollo. Como ello no sucede de la misma manera en otras culturas coetáneas, es de esperar que la nuestra se vea fecundada por otras que no hayan llegado a producir los mismos desequilibrios, posiblemente más atrasadas en los aspectos organizativos o técnicos, pero dotadas de un rumbo claro.

La importancia de los gobiernos intermedios

El Estado de las Autonomías era, hasta 2004, el fruto de un amplio y continuado acuerdo. Todos los Estatutos entonces vigentes habían sido aprobados y sucesivamente reformados con el acuerdo, siempre, de las dos principales fuerzas políticas nacionales y, casi siempre, de manera unánime. Es más, siempre las reformas -que fueron muchas- descansaron sobre pactos políticos previos.

Tras el incierto arranque del modelo a finales de los años setenta del pasado siglo, la primera década de gobiernos socialistas sirvió para asentar y consolidar las líneas básicas del Estado autonómico. A comienzos de los noventa, era ya clara la demanda de generalización y eso llevó a firmar los conocidos acuerdos de 1992, entre los partidos socialista y popular, que multiplicaron las competencias regionales y homogeneizaron mucho el modelo.

Esta realidad fue asumida y expresada cabalmente por Rodríguez Zapatero en una intervención parlamentaria, comenzado ya el primer mandato de Aznar: «Si analizamos con cierta serenidad lo que ha sido el desarrollo [del Estado de las Autonomías] desde la aprobación de la Constitución de 1978, no parece adecuado pensar que estemos al borde de la necesidad de dar un impulso nuevo o un gran salto, no se sabe muy bien hacia dónde. Hay que reconocer que a pesar de las críticas y de las insuficiencias objetivas, el Título VIII ha permitido provocar, en un cierto marco de estabilidad, la mayor transformación en profundidad que se puede pensar en un Estado tan centralista, como era el nuestro, a un Estado tan descentralizado como es hoy el Estado actual».

Sin embargo, tras estas afirmaciones el modelo siguió desplegándose, llevando la responsabilidad en la gestión del sistema educativo, primero, y sanitario, después, a todos los gobiernos regionales. Ambos traspasos fueron realizados al amparo de un renovado acuerdo entre PP y PSOE que hizo posible una oleada de reformas consensuadas de doce Estatutos, y fue seguida por decenas de acuerdos bilaterales con todas las comunidades. Casi la mitad de las competencias actualmente atribuidas a los gobiernos regionales, tanto si las medimos por su coste como si lo hacemos por el número de empleados públicos asignados, tienen su origen en traspasos realizados a lo largo de los ocho años que estuvo gobernando el Partido Popular.

Tras este enorme esfuerzo político de transformación pactada del modelo de Estado, culminado en el año 2001, se pretendió acabar de definir el modelo mediante la negociación y aprobación unánime de un sistema de financiación solidario y estable que le sirviese de soporte financiero permanente. También esto se hizo y quedo así completado, en apariencia, el esquema autonómico apuntado por la Constitución.

En opinión de muchos, una de las mayores carencias de nuestro modelo de organización territorial estuvo siempre en el insuficiente y confuso desarrollo de la autonomía local. Si comparamos la distribución del gasto público en España con la de otros países descentralizados o explícitamente federales, llama la atención un claro sobredimensionamiento de las responsabilidades regionales de gasto y una evidente atrofia de lo local.

Puede haber algunas explicaciones históricas para este desequilibrio. Es cierto que algunas comunidades autónomas españolas son pequeñas en relación a lo que habitualmente se denomina región en otros países; además, las uniprovinciales (La Rioja, Cantabria, Asturias, Navarra, Murcia y Madrid; Baleares es un caso distinto) ejercen de manera indiferenciada sus competencias propias con las que correspondían a las antiguas diputaciones que vinieron a sustituir. Es también cierto que los más de 8.100 municipios españoles ofrecen muy distintas capacidades de gestión y, en consecuencia, un gran número carece de los recursos humanos y de la población suficientes como para ser un centro eficaz para la administración de los asuntos públicos.[[wysiwyg_imageupload:1117:height=145,width=200]]

Una evidente imprecisión constitucional sobre el alcance de la autonomía local explica, también, su debilidad institucional. El Título VIII no arroja mucha luz sobre qué constituye el núcleo del interés local protegido (137 CE: «El Estado se organiza territorialmente en municipios, en provincias y en las comunidades autónomas que se constituyan. Todas estas entidades gozan de autonomía para la gestión de sus respectivos intereses»), y los títulos competenciales del Estado y de las comunidades autónomas, en esta materia, son notablemente ambiguos.

La consecuencia de todo lo anterior ha sido una larga pugna entre gobiernos locales y autonómicos, con independencia de ideologías y regiones. En el País Vasco, con otras connotaciones que ahora nos dispersarían, la defensa de las diputaciones forales frente al gobierno autonómico estuvo en la raíz de la escisión del Partido Nacionalista Vasco que dio lugar a Eusko Alkartasuna y sigue siendo un motivo constante de fricción institucional. Una tensión similar existe en Canarias con los cabildos insulares y, en menor medida, en Baleares con sus consejos. Las diputaciones provinciales nunca han terminado de encontrar su papel en el nuevo modelo, y sólo su notable debilidad explica que no hayan entrado con más frecuencia en conflicto a lo largo de toda España.

Los choques entre los grandes municipios y los gobiernos de las comunidades autónomas donde se sitúan han sido una constante en los últimos treinta años. Aunque el caso más notable sea el de Barcelona, donde Ayuntamiento y Diputación en manos del partido socialista hayan sido un contrapeso a los gobiernos nacionalistas de la Generalidad, tampoco han sido nunca fáciles las relaciones entre estas instituciones en otras regiones, estuvieran gobernadas por representantes de distintos o de un mismo partido.

La necesidad de perfeccionar nuestro modelo constitucional de autonomía local y las ventajas de establecer un mayor equilibrio entre las responsabilidades de los tres niveles básicos de gobierno llevaron al Partido Popular a propugnar en su congreso nacional de 2002 la llamada «segunda descentralización». Era esta una idea surgida de los trabajos de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP), asumidos por todos los partidos nacionales, y que encontraba pleno sentido y oportunidad una vez completado el desarrollo del modelo regional. Se trataba de ampliar y precisar el núcleo de competencias propios de los gobiernos locales, al tiempo que se buscaba un modelo de financiación justo y sólido que garantizase su autonomía. Ahí estaba situado el debate.

Nada justificaba pues, antes de las elecciones de marzo de 2004, un cambio de calado en el modelo territorial surgido de la Transición, un modelo que había sido considerado un éxito dentro y fuera de nuestras fronteras. Sin embargo, los hechos han puesto de manifiesto que Zapatero, a pesar de sus palabras de 1996, no asumía la España que habíamos construido entre todos.

El partido socialista nunca ha querido en esta etapa hacer explícito el modelo que ahora persigue. Sus vagos argumentos parten de la necesidad de actualizar permanentemente el ordenamiento para adecuarlo a las circunstancias cambiantes de la realidad y se apoyan en proclamas vacías de contenido que afirman que nada sustantivo está siendo modificado.

Ante la falta de razones expresas que pudieran explicar por qué se han roto los fundamentos del pacto constitucional, sólo dos circunstancias nos arrojan alguna luz para entender la estrategia seguida por el gobierno. De un lado, una coyuntura electoral trajo a finales de 2003 el Pacto del Tinell y llevó a los socialistas de Cataluña a comprometerse con comunistas e independentistas republicanos a «dejar sin efecto el conjunto de normas contrarias a la plurinacionalidad, de cualquier rango, aprobadas durante el periodo gobernado por el Partido Popular».

Salta a la vista que ese conjunto de normas al que se referían no habían sido aprobadas por el Partido Popular, sino que eran el fruto de un consenso continuado que había permitido configurar el modelo de Estado vigente hasta 2004. Cuando Zapatero aceptó respaldar el Estatuto de Autonomía que fuese aprobado por el Parlamento de Cataluña sabía exactamente lo que quería decir, que lo aprobaría aunque contase con la oposicion del Partido Popular o chocase con la Constitucion. Y así lo hizo.

La segunda clave está en ese «nuevo marco de convivencia» que comprometió Zapatero en el momento de anunciar su «proceso de paz», cuyo alcance y contenido, por supuesto, tampoco se da a conocer. Es también aquí evidente que se intenta empezar desde cero, con una hoja en blanco; se pretende negociar sin incómodas restricciones.

El inmenso fraude radica en que su acuerdo no pretende ser alcanzado entre todos, no aspira a incluir a la gran mayoría que desde hace décadas avala nuestro modelo constitucional. Es un acuerdo para una parte; un acuerdo que necesariamente excluye, al menos, a la mitad de los españoles. Un acuerdo en el que sobra no ya el Partido Popular, sino todo lo que éste representa y defiende hoy en la sociedad española, aspectos que en muchas ocasiones se proyectan bastante más allá de nuestras filas partidarias o electorales.

Falta poco para las elecciones locales y autonómicas del 27 de mayo. Hay muchos asuntos propios que decidir, casi todos aquellos que afectan de manera más cotidiana a la vida de los españoles. No son la primera vuelta de las elecciones generales pero se celebrarán en unas circunstancias políticas que les dan una proyección que va mucho más allá de su particular carácter. En mayo los españoles no tendrán en su mano cambiar el Gobierno de España, pero sí tendrán la ocasión de expresar a través del voto su firme rechazo a tantos y tan graves errores.

Es imprescindible y urgente un cambio político en España. Todos los problemas tienen solución, pero exigen un nuevo liderazgo y un nuevo proyecto. Es posible, además, recuperar un amplio grado de acuerdo con una izquierda renovada tras una derrota electoral. Creo, incluso, que será fácil regresar a ese acuerdo.