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¿Quién necesita una Europa Oriental?

El papel histórico de Polonia se ha relacionado con el establecimiento de unas estructuras europeas en los territorios que se hallaban en el confín oriental del continente. El proyecto polaco de civilización se había alineado con la cristiandad latina y asociado con la tradición que traían los pueblos de Occidente. Sin embargo, siempre fue un proyecto propio. La originalidad de Polonia, expresada por su apertura hacia Occidente durante muchos siglos, determinaba su posición en Europa y aseguraba su habilidad para participar en el diálogo europeo.

Más de quinientos años de historia polaca -en los que reinaron los Piast1 y los Jagellones2 (siglos XXVl)- transformaron esta región de la «Europa Menor» y consolidaron su participación plena en la civilización de Occidente.

Así fue la Polonia que se desarrolló durante la Edad Moderna entre el mar Báltico y el mar Negro. Mientras duró su vinculación más estrecha con los epicentros culturales occidentales, Polonia dirigía sus acciones muy lejos, hacia el este y el sur, durante el siglo XVI. La expansión lituana más temprana trazó las posteriores fronteras polacas en los territorios rutenos3, pero fue la República Polaca la que ofreció a los vecinos del este y del sur los niveles de civilización europeos. Desde este punto de vista superaba a la oferta magiar.

La originalidad de este proyecto, que en 1569 se vió favorecido por la unión estatal de Polonia y Lituania, consistía tanto en guardar el carácter particular de religión y leyes, como en crear perspectivas para unos procesos de adaptación autónomos. La República Polaca llegó a consolidarse más como la idea de Europa en el este que como un modelo de lo polaco. El espacio europeo en el este no se determinó por un acontecimiento histórico particular. Las irrupciones mongólicas del siglo XIII provocaron manifestaciones de solidaridad, pero no consolidaron la resistencia. El avance turco de los siglos XV y XVI tampoco provocó un resultado semejante. Al este de las tierras del Imperio Romano podemos encontrar, ya entrada la Edad Media, la cultura europea, la organización municipal, la clausura, la misma estructura de Estado. Polonia apenas se integró en Europa creó su propio modelo, abierto y dinámico. Relevante fue sobre todo el hecho de que en el norte funcionara un eje de integración que unía la ciudad de Nóvgorod con las ciudades de la Hansa y los Países Bajos. Ése fue un proyecto independiente del polaco, aunque no por ello opuesto.

En el sur, asimismo, existió en el siglo XV un centro europeo de colonias genovesas en el mar Negro. Desde allí partían las rutas comerciales hacia la ciudad de Lvov (Leópolis), formando un eje que unía el Báltico con el Golfo Pérsico, alrededor del cual iba formándose Polonia. La herencia rutena -en realidad la griega y ortodoxa-, entraba en contacto con influencias latinas y católicas. No había diferencias reales entre esas experiencias y la proposición que venía de la unión política de Polonia y Lituania.

CULTURA Y RELIGIÓN DE FRONTERAS

Exactamente esos fenómenos, así como la ubicación en la zona fronteriza -en confrontación con el islamismo que avanzaba- crearon las perspectivas adecuadas para la formación de la Europa del Este. Esas perspectivas incluían dos diferencias fundamentales: la división del cristianismo y el carácter diferente de la Administración. Ambos rasgos definieron la Europa del Este, que se diferenciaba del oeste por las soluciones sociales y económicas que iba encontrando, pero que conservaba al mismo tiempo estructuras paralelas de una misma civilización. Ello fue así porque la iglesia ortodoxa permaneció como fundamento de identidad, gracias a que en Polonia no existía la amenaza de que la ortodoxia llegara a dominar el poder estatal. La frontera de la civilización no se trazó así tanto por criterios de religión o de creencia, como por la relación del país hacia el Estado y el respeto de éste a la libertad personal. No hay que olvidar que en los reinos occidentales los reyes observaban desde 1433 la máxima «neminem captivabimus nisi iure victum» («no capturaremos a nadie salvo a los vencidos por derecho»), mientras que en los orientales el despotismo esclavizaba incluso a la nobleza.

A caballo entre los siglos XV y XVI no existía todavía una frontera clara entre Europa y el otro mundo. La idea de Asia propagada por los geógrafos antiguos seguía constituyendo para los científicos un punto de referencia, cuando apenas había empezado a crearse el Asia de los modernos descubridores. Las dos concepciones existían en la mente de los europeos de un modo doble. En Europa occidental nadie conocía el carácter de aquellos territorios lejanos en el Oriente y, no obstante, se buscaban allí posibles relaciones políticas. Los Habsburgos, por ejemplo, encontraron un contrapeso a la creciente potencia de Polonia en el principado de Moscú. La creación de la Europa del Este como una síntesis de culturas habría significado la dominación persistente de los Jagellones no sólo en las orillas del Vístula, sino también en las del Danubio. Sin embargo, la derrota de las fuerzas cristianas en 1526, en la batalla de Mohacz, significó el fracaso del concepto político jagelloniano, y los Habsburgos se hicieron con el mando.

Al considerar las obras del pensamiento del siglo XVI -las de Maciej Miechów, Marcin Kromer, Maciej Stryjkowski y otros- podemos observar que estaban vinculados de una manera significativa a la percepción medieval de la unidad del mundo cristiano. La frontera entre Rutenia y Moscú era para un geógrafo polaco de principios del siglo XVI una frontera precisamente política, mientras que la línea divisoria entre Moscú y Escitia4 se asociaba con la diferenciación entre el cristianismo y el paganismo. Los avances de Moscú en el este significaban la liberación de los cristianos de la esclavitud mongólica. En 1517, Maciej Miechów identificó la civilización europea con el cristianismo. No obstante, merece la pena observar que en su descripción los despoblados lugares esteparios, detrás del río Dnieper («Campos salvajes»), dividían y unían a la vez civilizaciones distintas. La frontera que iba desde el río Don hasta la Puerta de Smolensko, y que nunca había sido marcada con precisión, no dividía a la gente, sino que oponía a los organismos estatales.

CRONOLOGÍA DE LA HISTORIA DE POLONIA

966 BAUTIZO DE MIESZKO I (960-992)

1000 OTÓN III VISITA A BOLESLAO I EL VALIENTE (992-1025) GNIEZNO. ARZOPISPADO DE GNIEZNO

1138 TESTAMENTO DE BOLESLAO III DE BOCA TORCIDA. POLONIA DIVIDIDA EN VARIOS DUCADOS

1320 CORONACIÓN DE LADISLAO I OKIETEK

1333 CASIMIRO EL GRANDE (1333-1370)

1364 FUNDACIÓN DE LA UNIVERSIDAD DE CRACOVIA

1386 MATRIMONIO DE SANTA EUDIVIGIS (JADWIGA, REINA DE POLONIA) CON LADISLAO JAGELLÓN (JAGIE O) GRAN DUQUE DE LITUANIA

1410 BATALLA DE GRUNWALD

1493 CONSTITUCIÓN DEFINITIVA DEL PARLAMENTO POLACO

1569 UNIÓN DE LUBLIN ENTRE EL REINO DE POLONIA Y EL GRAN DUCADO DE LITUANIA

1573 PRIMERA ELECCIÓN LIBRE DEL REY DE POLONIA

1596 UNIÓN DE BRZE (BREST) -NACE LA IGLESIA UNIATA

1648 INSURRECCIÓN DE CHMIELNICKI

1683VICTORIA DE VIENA DE JUAN III SOB1ESKI (1674-1696)

1773 COMISIÓN DE EDUCACIÓN NACIONAL

1791 CONSTITUCIÓN DEL 3 DE MAYO

1795 TERCERA REPARTICIÓN. POLONIA DESAPARECE DEL MAPA DE EUROPA

1830 INSURRECCIÓN DE NOVIEMBRE DE 1830

1863 INSURRECCIÓN DE ENERO DE 1863

1918 POLONIA RECUPERA LA INDEPENDENCIA. SEGUNDA REPÚBLICA (1918-1939)

1939-45 SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

1989 TERCERA REPÚBLICA (RZECZPOSPOLITA POLSKA)

En la historia de esas tierras, luego llamadas por los polacos «Confines» (Kresy), encontramos dos procesos entrelazados. En el primero, la frontera quedaba constituida por un espacio abierto, claramente dividido pero que, a la vez, permitía un flujo fructífero de gente, productos e información. Al sur y sudeste, la frontera que discurría entre la cristiandad y el islam separaba la dominación de la república de polacos, lituanos y rutenos de la dominación turca. En esta frontera se formaba Ucrania, otra de las zonas fronterizas de Europa.

Según el segundo proceso, cuando Moscú consolidaba su dominación territorial, definía al mismo tiempo la base de un Estado cuyo carácter iba a oponerse en todos los aspectos al modelo de la república polacolituana. Cuando el Khan de los tártaros de Crimea propuso al rey polaco, en el siglo XVI, dividir la estepa según la regla de equilibrio de fuerzas, no deseaba más que botín y cautivos. El Gran Príncipe de Moscú solamente ofreció rendirse, ya que la dominación, en su concepción, abarcaba todos los aspectos de la vida.

Entre Polonia y el mundo islámico floreció un intercambio comercial que dio lugar a la llamada orientalización de los gustos polacos. Sin embargo, la diferencia religiosa, por otro lado estrechamente vinculada a un concepto completamente distinto de la vida pública, excluía cualquier compromiso. La guerra o la paz, las relaciones políticas y culturales eran una realidad de la zona fronteriza. Por lo tanto, los polacos, al denominarse como Antemurale Christianitatis, se aprovecharon libremente de la cultura material del mundo islámico, desde Turquía hasta Persia. Jamás hubieran imaginado que ese papel de honor pudiera tratarse en el futuro como una prueba de autoeliminación de la civilización europea.

En el este, la frontera expresaba solamente el alcance de las influencias culturales. Dividía las tierras rutenas y a una población bajo todo punto de vista idénticas. La república polacolituana no era vista como un sistema de defensa europeo. Consideraba las tierras en el este como el espacio de unas conquistas potenciales, similares a las efectuadas por los conquistadores españoles en América. La dominación sobre toda Rutenia era considerada como una herencia proveniente de las conquistas lituanas, que preservaron esas tierras de la subyugación mongólica. La independencia de la iglesia ortodoxa se trataba como un patrimonio de la Rutenia de Kíev, pero no se anunciaba ningún programa para unificar todas las tierras y a todos los creyentes de la iglesia ortodoxa ni en Vilna ni en Cracovia. Tanto Polonia como Lituania tuvieron mucho interés, en los siglos XVIXVII, en mantener la autonomía de la iglesia ortodoxa de Kíev, frente a las aspiraciones de los metropolitanos de Constantinopla y Moscú.

El programa civilizador que se ofrecía a los rutenos pareció muy atractivo a la nobleza. El proceso de polonización, que adelantaba la conversión de los boyardos a la fe católica, se hacía como consecuencia de haberse adherido a la noble nación política. Parecía, aunque éstas son solamente ilusiones de historiadores, que se efectuaba entonces un proceso que constituía un tipo de la cristianización seguida de la Rutenia de Kiev. No se consideraba allí que la tradición griega fuese definitivamente opuesta a la latina. En el proyecto de la república polaca se asumía que la diversificación religiosa no podía amenazar la libertad,sino que suponía más bien una oportunidad para resolver unas oposiciones que sin duda existían.

FRUSTRACIÓN DEL PROYECTO POLACO

Pero este programa fracasó. Desde hace 400 años se viene debatiendo sobre esta decepción y sus importantes consecuencias para Europa. El motivo no fue el poder invencible de Rusia o la «anomalía del régimen» polaco intransigente. Lo cierto es que Polonia no logró construir una Europa del Este según su propio concepto. Conforme a él, la libertad era capaz de superar todos los prejuicios políticos y de clase social, asegurando así la tolerancia religiosa. La Unión de Brest (1596), que aspiraba a incitar a la iglesia ortodoxa para ponerse de acuerdo con Roma, fracasó. La Unión de Hadziacz (1658), que otorgaría a Ucrania iguales privilegios que los que gozaba Lituania en la República, llegó tarde. Los cosacos no fueron reconocidos por la nobleza ni se otorgó a la jerarquía grecocatólica el lugar prometido en el Senado. Los polacos no resolvieron la situación con el dilema esencial de su proyecto: ¿cómo defender un Estado que, por norma, ha de ser barato y supeditado a los ciudadanos? Poco importó en la República el régimen, pero sí importaron las leyes.

El proyecto polaco de la Europa del Este nunca surgió como un concepto político homogéneo. No llegó a ser un programa que se deseara o se propusiera con todas sus consecuencias. En lugar de realizar una gran República, el siglo XVII trajo consigo las llamadas guerras de cosacos. Se ahogó en sangre la oportunidad de una unión política de «libres con libres, iguales con iguales». Las esperanzas incumplidas, so capa de defender a la iglesia ortodoxa y unificar las tierras rusas, fueron reemplazadas por la voluntad de los zares. Los cosacos aceptaron la supremacía de Moscú en Pereyeslav, en 1654, como defensa ante el islamismo turco y el catolicismo polaco. La República tuvo que reconocer el status quo en la tregua de Andruchów, en 1667. Se podía renunciar a la iglesia ortodoxa a favor de un imperialismo motivado de cualquier manera y que las tierras rusas se extendieran hasta el Vístula. Desde aquel entonces, a los polacos no les gusta la noción de la Europa del Este y no aceptan de ninguna manera que se les incluya en ella.

No se trata, sin embargo, de juzgar la rivalidad por la dominación, ni siquiera la dominación en la parte oriental de Europa. La cuestión verdaderamente sustancial es la del retroceso de la civilización europea, pues a partir del siglo XVII se inició un proceso lento, pero ininterrumpido, de eliminación de Europa en el este.

El problema no es en absoluto de carácter histórico. Las circunstancias de la derrota, y de la amenaza que le siguió, resultó del prejuicio de que una diferencia civilizadora es consecuencia de una diversidad religiosa. Este dogma sobrevivió incluso a la aniquilación de la religión en la Unión Soviética, y parece generalmente reconocido.

LA VISIÓN RUSA

En Polonia, ya desde fechas relativamente tempranas, se empezó a propagar la tesis de que Moscú y luego Rusia no eran formaciones europeas. Si omito los elementos de la propaganda negativa, que hacían uso del ridículo o de las amenazas, los argumentos polacos tenían fundamentos racionales, pues lo que estaba en juego era la libertad, un valor esencial europeo. Moscú y luego Rusia suponían para la nobleza polaca elementos totalmente ajenos a su idiosincrasia propia, a causa del principio de la omnipotencia zarista. Los polacos observaban también cómo el principio de colectividad, tan importante para la civilización rusa, era opuesto a la interpretación europea de los derechos del individuo. Cuando esa conciencia pudo contar con una aceptación más amplia ya era demasiado tarde para cambiar algo, el Estado dejó de existir. Las causas de los repartos de Polonia (1772, 1793, 1795) fueron muy complejas, pero ¿no se puede decir que, en cierto momento, tuvieron su causa en la defensa de la libertad? se perdió el sentido fundamental de la responsabilidad.

La libertad interpretada como respeto a los fueros y a la responsabilidad por el propio comportamiento individual estaba en Polonia en contradicción con las relaciones serviles que seguían vigentes. Para los observadores europeos, éste fue siempre un argumento que ponía en duda el enlace civilizador con Polonia. No puede omitirse ese problema. Podemos decir, con razón, que incluso no se pueden comparar las relaciones serviles en la República de antes de los repartos con la realidad rusa de aquel tiempo y la posterior. Asimismo, diremos razonablemente que los derechos en la Europa Occidental, bajo gobiernos absolutos, eran completamente ilusorios. Al fin y al cabo, la proverbial anarquía polaca es, en gran medida, producto de la propaganda en su contra. Si admitimos todo esto y tenemos en cuenta que la situación económica de los campesinos, por lo menos hasta cierto momento, no fue tan difícil en Polonia como en la mayoría de los países europeos, tendremos que aclarar entonces la relación entre la falta de solución al problema social y el fracaso del proyecto político.

Los polacos mostraron también su perplejidad respecto a las actitudes de Europa Occidental hacia Rusia. La despreocupación de los europeos, que tanto irritaba a los polacos contemporáneos, y su ceguera política ante la amenaza por parte del imperialismo ruso, tienen una relación muy clara con el fracaso al que nos referimos. Empleo el tiempo presente a propósito, ya que sigue existiendo en Polonia el convencimiento de que esa experiencia tan dolorosa con Rusia debería ser reconocida y premiada. Sin embargo, ocurre todo lo contrario. La pérdida del proyecto de la República no significa haber abandonado el concepto mismo. Rusia, tras haber entrado por encima del cadáver de Polonia en el concierto europeo del siglo XVIII, sí encarnaba la Europa del Este ante Occidente.

Además, para los europeos modernos, esa versión rusa era más simple y fácil de aceptar que la de la anomalía polaca. El absolutismo saludaba al despotismo, admirando su poder y creyendo que aquél no amenazaba de ninguna manera a los países que gozaban del triunfo de la Ilustración. La colaboración de Austria y Prusia al repartirse Polonia favoreció decididamente la aceptación de semejante concepto. Escribiese lo que escribiese un tal De Custine, lo que realmente importaba era la opinión de los filósofos franceses, apoyada con el oro y el poder de los zares. Hay que admitir, pues, que si existía alguna Europa del Este, ésta era fruto del producto ruso. Los polacos no querían pertenecer a ella y se aferraban a la esperanza de ser reconocidos por la sociedad de Occidente. Lo que adquirieron, en cambio, fue el desprecio de ésta. Consideraron entonces que el carácter oriental de Polonia, una de las características más originales de nuestra cultura, era una cosa vergonzosa. La propensión polaca a imitar a Occidente, tan irritante en los siglos XIX y XX, es la cualidad de una nación esclavizada y con la columna vertebral partida, de una nación despojada de la fe en su capacidad de crear una civilización.

Además, la caída de Polonia no significa la aniquilación de lo polaco. Los territorios orientales de la antigua República llegaron a ser el escenario de la lucha de los polacos por su supervivencia. A lo largo de unos cien años, tras el Congreso de Viena, la defensa de los intereses de los terratenientes en la zona fronteriza del este de Polonia fue la defensa de lo polaco, identificado con lo europeo. La liquidación final de lo polaco se produjo a consecuencia de la revolución de 1917 y definitivamente tras el pacto entre Stalin y Hitler (23·VIII·1939). Lo más importante es que el pueblo ruteno y ortodoxo, también esclavizado, reconoció a los polacos como enemigos. La esencia del proyecto inicial consistía en apoyar el contrato político en la libertad innata del ciudadano, independientemente de su origen y religión. La restricción de la libertad determinó entonces la flaqueza del concepto polaco de Europa en el este.

Al parecer, en la segunda mitad del siglo XX, y a consecuencia del pacto de Yalta, la asociación única de la Europa del Este llevó el nombre oficial de campo socialista. El mensaje del I Congreso de Solidaridad en 1981 se dirigió a las naciones de la Europa del Este; en la práctica se trataba de la Unión Soviética y sus satélites. Occidente era un mundo libre, mientras que los polacos soñaban con liberarse del este. No es de extrañar que, después de 1989, se adoptara un concepto geopolítico de la Europa Central y del Este. Su imperfección estriba en el supuesto tácito de que detrás del río Bug existe una Europa del Este a la cual Polonia, por supuesto, no pertenece. Esa opinión niega toda la historia de dicho país. A decir verdad, el futuro de los vínculos civilizadores de Ucrania y Bielorrusia parece indeterminado, pero por eso, en lugar de separar, hay que unificar esos países con Europa. No se puede dudar del carácter europeo de Lituania, Letonia y Estonia, de nuevo independientes.

La discusión sobre los nombres y la falsificación de la realidad mediante la formación de términos que sirven de fórmulas mágicas son procederes que reflejan cierto permisivismo para que se vuelva a dar en el futuro el proceso de arrancar Europa de los territorios del este. Después de 1945, Polonia fue obligada a desplazarse hacia Occidente, pero a la vez, contra su voluntad, a traición, fue encerrada en el «campo» del este. Dar la espalda a los nuevos vecinos habría sido una gran equivocación. Esto era precisamente lo que deseaba Stalin. Al plantearlo de una manera maquinal, queda abierta la cuestión acerca de la pertenencia de Rusia a Europa. Ésta en absoluto depende de las opiniones de sus vecinos. No obstante, el punto de vista polaco del problema no debería depender mucho de los juicios que se expresan en Francia, Inglaterra o Estados Unidos. Aquí surge un peligro bien conocido. Separarse de la Europa del Este significa aceptar la existencia de una zona indirecta, una zona de intereses opuestos. A costa de desprenderse de la influencia de Rusia, mostramos una disposición tácita a abandonar a nuestros nuevos vecinos del este. Mientras que en una configuración así, Europa del Este solamente puede ser rusa. Seguimos acentuando que las aspiraciones polacas de entrar en la Unión Europea no van a construir un «muro nuevo» en nuestra frontera oriental. Sin embargo, ¿hasta qué punto estamos dispuestos a declarar que las relaciones con Ucrania son más importantes que el hecho de aceptar los compromisos del tratado de Schengen?

ROMPECABEZAS DEL INTERMARIUM

Volvamos a las preguntas planteadas. Es obvio que hoy en día Polonia no construye su política sobre la base del concepto de la Europa del Este. Quizá esto sea consecuencia de las malas experiencias vividas con los proyectos federales después de 1918 y de la Segunda Guerra Mundial. Después de 1989, en la política polaca no se ha planteado la cuestión de los intereses comunes de los países del Intermarium, como si existiera el miedo de acusar a Polonia de querer «volver a la doctrina jagellona», es decir, a una visión de la dominación polaca entre el mar Báltico y el Negro. Imputaciones similares proceden de muchas partes, aunque están infundadas.

A decir verdad, no se trata de un imperialismo polaco. El núcleo del problema reside en la respuesta polaca a los avances de la presión rusa. Esa respuesta tiene un carácter dual cuyas dos partes, desafortunadamente para nosotros, son erróneas. A veces los polacos opinan, probablemente a consecuencia de sus propios complejos, que no se puede excluir a Rusia del ámbito de la civilización europea. Apenas entienden que para los rusos la pertenencia a su propia civilización no es una fuente de complejos de inferioridad, sino una razón para sentirse orgullosos.

A menudo también les parece a los polacos que cabe arreglar las relaciones con Rusia a través de un reparto de tierras, de una negociación de las fronteras. Aquí reside una contradicción con la tradición polaca, que permitía reconocer el carácter particular de Rutenia. El proyecto polaco significaba la unificación de Rutenia con los ideales latinos al preservar, por supuesto, su individualidad religiosa. Esa situación tenía que provocar una confrontación y dio como resultado, más adelante, la formación en Ucrania de una identidad nacional distinta a la polaca. Un proceso semejante tuvo lugar, bastante tarde y de manera sangrienta en las tierras rutenas (denominadas como la Galicia del Este), que se habían incorporado al imperio austríaco en el siglo XIX. Una verdad difícil para los polacos es que Ucrania pudo alcanzar el nivel de nación solamente contraponiéndose a Polonia. Asimismo, a principios de su existencia, Polonia creció resistiéndose a Alemania. La expansión de Rusia nivelaba las expectativas ucranianas de construir unas estructuras nacionales.

El rechazo de cualquier unión con Moscú fue para los polacos una reacción sobreentendida. Los intentos de encontrar un plano de acuerdo en el siglo XIX solían ser intelectualmente rebuscados, y políticamente lamentables. Intentos semejantes en el siglo XX tuvieron ya solamente el carácter de farsa. Cualquier justificación podía pensarse después de 1944 para legitimar la dominación rusa; la realidad, sin embargo, nos impidió cegarnos con quimeras: Polonia llegó a ser un país esclavizado. Las circunstancias que acompañaron al desplazamiento de Polonia hacia Occidente (a consecuencia de los acuerdos de Yalta y Potsdam en 1945) deberían tomarse en cuenta si se considera la perspectiva europea en el este. La posibilidad y necesidad de arreglar las relaciones entre polacos y rusos requieren, tal y como sucede en el caso de las relaciones polacoucranianas, conocer la verdad sobre el pasado. No obstante, por ambos lados sobresalen ilusiones y prejuicios.

Es difícil conocer por qué se produjo una equivocación a la hora de estimar las oportunidades en la lucha por el Intermarium. Desde hacía mucho tiempo, quizá a lo largo de su historia, ese espacio solamente podía existir como una unidad. La cuestión estribaba en si dicho espacio iba a ser europeo o no. Pero el Intermarium repartido entre Polonia y Rusia no tenía ninguna oportunidad de salvarse. Hay que añadir que esa ilusión polaca de arreglar las relaciones con Rusia a costa de sus vecinos fue siempre la causa de su fracaso. La pérdida de Polonia no surgió de un exceso de pretensiones imperiales, ni se produjo únicamente por egoísmo; parece que el error polaco respecto al Intermarium consistió en querer permanecer, aunque sólo hasta cierto punto, fuera de aquel espacio. El error de no llevar a término las acciones iniciadas, de un compromiso incompleto con la causa, va a acompañar, como un remordimiento, a muchas generaciones de polacos; el dolor de esa conciencia fue tan grande que la opción comunista de olvidarlo se recibió con alivio.

El concepto de la Europa del Este como un participante igual económico y político, es decir, de una incuestionable relevancia civilizadora, apareció en unos momentos desesperados. Tenía entonces la gracia de una utopía desinteresada. Eso pasó en los círculos de la emigración política después de la Segunda Guerra Mundial, por lo menos a principios de la «guerra fría». Las ideas de Intermarium proponían como fin la necesidad de colaborar o incluso unirse en federación con los países esclavizados por el comunismo entre el Báltico, el Adriático y el mar Negro5. Entre ellos, por supuesto, se incluían también Bielorrusia y Ucrania. En el pensamiento polaco de la emigración política ése fue un intento, aunque más bien esporádico, de solucionar el dilema de la soberanía entre Alemania y Rusia, conservando a la vez la pertenencia a Europa. El desarrollo de la Unión Europea y luego la unificación de Alemania excluyen un concepto similar de las considerables reflexiones geopolíticas. ¿Se hace inútil, por lo tanto, la idea de una Europa del Este?

EL FACTOR SEGURIDAD

Al mirar la visión americana de la política global que formula Zbigniew Brzezinski6, observamos que la seguridad continental se construye sobre el eje que une Francia, Alemania, Polonia y Ucrania. Es una buena prueba que indica que los Estados Unidos no sienten interés por una Europa del Este rusa. Esa perspectiva hace volver a la memoria las desgraciadas soluciones de Versalles. Ello ocurre porque en cada idea de la Europa del Este los americanos ven un intento de contraponerse tanto a Rusia como a Alemania. Por otra parte, desde el punto de vista de la OTAN, el sentido tiene solamente carácter Europeo, es decir, la ampliación hacia Occidente. Cualquier otra fórmula será percibida como un intento de volver a oponer el este al Occidente. Por lo tanto, resulta extraño que Brzezinski haya omitido Madrid en su visión. Solamente una comunidad que vaya desde Gibraltar hasta Crimea tiene oportunidades de crear una seguridad continua en Europa.

Al constatar el désintéressement polaco ante el concepto de la Europa del Este, que por otra parte es teórico, también deberían tomarse en consideración los guiones desfavorables para Polonia. Uno de ellos presupondría la posibilidad de reconocer en Rusia un factor estabilizador a costa de volver a controlar su antiguo imperio. Aunque el colapso en Rusia alcanza proporciones catastróficas, al final continuará siendo un actor necesario de la política global. Rusia tiene delante de sí unas variantes divergentes del camino de desarrollo. La democratización parece la solución menos probable. De cualquier modo que se juzgue el programa de Putin, se aprecia que él no permite hacerse ilusiones en cuanto a la manera de realizar la vuelta de Rusia a la condición de potencia. Hay que considerar un guión en el cual se permita a Rusia crear una Europa del Este. De este modo se referiría al concepto de la Europa del Este tras el Congreso de Viena; sin embargo, la Rusia de aquel entonces era una potencia evidente. La dominación de Rusia e Inglaterra, es decir, de los imperios «extra Europeos», iba a expresarse en una Europa del Este específicamente interpretada. Hoy en día ello volvería a suponer un intento de crear Europa en Rusia, pero sin aquellas oportunidades para la europeización del imperio que se perfilaron durante el mandato de Alejandro I. No hubo y no habrá sitio para una Polonia soberana en la siguiente versión de una Europa del Este rusa.

Polonia no dispone de medios para disuadir a alguien de que acepte un concepto así. No podrá hacerlo ni como miembro de la OTAN, ni como candidato para el ingreso en la UE. El argumento principal de que una nueva anexión de Ucrania desviaría a Rusia hacia un talante imperial no asusta a nadie. No se trata de meras quimeras de polacos o ucranianos, sino de la previsión de Rusia como potencia.

Brzezinski presenta la visión de una Rusia únicamente posible: democrática, nacional, realmente moderna y europea. Este es un guión requerido, probablemente, no sólo desde la perspectiva de los intereses de América. Sin embargo, el guión no toma en cuenta sus posibilidades de realización. No está claro cómo la europeización y la modernización llevarán a Rusia a la democracia. La analogía con Turquía es poco convincente. Casi setenta años de modernización cambiaron Turquía, sin duda alguna, permitiendo pasar de la tradición imperial a un Estado moderno. Pero, a pesar de todo, Turquía se sigue viendo como un país extra europeo y eso no ocurre debido al sistema de gobierno o al papel del islam. En la Europa secular, que se embriaga con una visión de la utopía posmoderna, la reserva hacia Turquía es el resultado de una diferenciación de los modelos de cultura y de los sistemas de valores. Merece la pena subrayar que esa actitud relativista respecto a otras civilizaciones, la renuncia a la propagación de los propios modelos, llega a ser un factor que hace imposible una aceptación definitiva. Los casi setenta años de modernización comunista aniquilaron los modelos de civilización rusos y consolidaron las posturas xenófobas respecto a Europa.

Podemos registrar que, debido a la falta de disposición por una Europa del Este, con Polonia o sin Polonia, el interés nacional polaco debería concentrarse en la tarea de formar una Europa en el este. He intentado demostrar que ésas fueron las directrices polacas en épocas y situaciones diferentes. Merece la pena considerar las conclusiones de esas experiencias.

El historiador polaco Henryk Samsonowicz concluyó con acierto cuando dijo: «el desarrollo de la Europa Central y del Este tuvo lugar en los tiempos en que Occidente la necesitó». Vale la pena preguntarse, ¿en qué estriba el interés de Occidente? ¿Hasta qué punto la participación y actividad polacas llegan a ser un elemento de seguridad y desarrollo para Europa?

EL INGREDIENTE POLACO

Ser participante y miembro de una comunidad europea requiere preguntarse no sólo por «la contribución» aportada. Para prevenir continuamente esa tendencia que viene de la pérdida del siglo XVII, es decir, del rechazó del papel de las periferias, hay que crear una Europa propia que realice los intereses de Polonia. La afiliación a la UE va a ayudar mucho a ello. Si se habla, pues, de formar una Europa en el este, hay que recordar que ésta empieza en Polonia. El éxito en este campo va a ser el único argumento capaz de convencer a los socios y vecinos de que hay que tomar en cuenta los intereses de Polonia.

De largo alcance geopolítico, en la próxima década, la creación de una Europa en el este significaría también el reparto del papel que van a desempeñar los países de este territorio. Se supone que las potencias globales adjudicarán esos papeles. Al tomarlo en consideración hay que recordar que se sacrifica a los peones para obtener unos fines estratégicos. Las preguntas formuladas aquí tienen como propósito buscar soluciones, de modo que los países pequeños de la zona fronteriza no servirán de peones. Polonia va a desempeñar su papel siendo un elementó favorable al proceso de integración. El alcance del proceso no está precisado, pero al analizar los intereses resulta que el proceso puede abarcar a los países orientados hacia la UE, pero que en un futuro previsible van a permanecer fuera de ella. Polonia posee el potencial de abogar por la integración, lo cual le permite definir su posición dentro de la UE.

Si aparece en Polonia el miedo a las variantes de la Europa del Este ya conocidas, surge entonces la necesidad de actuar en pro de la integración europea. Por lo tanto, no hay que dudar más sobre la integración de Polonia con la Unión Europea. Nadie quiere que Polonia juegue el papel de baluarte de Occidente expuesto a la deflagración y la devastación. Tampoco les conviene a los polacos el papel de una Polonia como puente entre Occidente y el este, ya que parece que a lo largo de su historia sirvió de paso de tropas ajenas. Al desear la seguridad dentro de la Unión y al ver su futuro en crear una civilización europea, Polonia debería contar con ella misma. Polonia ha podido y puede ser una puerta para y hacia Europa.

A lo largo de los siglos, los polacos estuvieron construyendo la originalidad de su historia en el eje que iba del Báltico al mar Negro, pero hoy en día ese eje ya no existe. La configuración resultante de los años 1989-1991 supone una nueva oportunidad histórica. Polonia es el único país que está realmente arraigado en la tradición europea y tiene una experiencia natural respecto al este. Diría metafóricamente que Silesia y la costa de Gdansk constituyen las bisagras de nuestra puerta europea. Ellas unen Polonia con la Europa Central y con la del Este, pero a la vez permiten también abrir de par en par su propio espacio nacional. Otros países modernos de la Europa del Este carecen de esta oportunidad.

Creo que, a pesar de las opiniones expresadas, la identidad nacional tendrá una importancia decisiva en el proceso de la integración europea. Esto no se refiere sólo a los vecinos polacos del este. El enlace nacional permanece como elemento imprescindible de toda la civilización europea. En Polonia esto no es sólo cuestión de unos sentimientos abstractos. Los polacos forman parte de Europa como una nación y desde ese punto de vista son capaces de crear en el este unas relaciones de colaboración. Cualquier visión de una versión global y mundial del europeísmo hay que catalogarla como peligrosa. Tanto hoy en día como en el futuro, lo más importante para Polonia será su aptitud para participar en el diálogo europeo y de entablarlo con el este. Esta última tarea requiere una confrontación, una identidad fuerte sin desvanecimiento ninguno. O los polacos apoyan los procesos nacionales y lo europeo en el este o Rusia introducirá allí su versión de relaciones humanas. Alguien nombrará esa realidad como una Europa del Este, pero ¿seremos capaces de darnos cuenta de su carácter irónico? Por consiguiente, Polonia tiene interés en crear una Europa del Este.

RETOS DE LA AMPLIACIÓN EUROPEA

La disposición de abrirse hacia el este será real si una Europa nueva se enfrenta a los desafíos del futuro. Esto no implica, obviamente, la expansión, sino el afianzamiento de la competencia económica. En el siglo XXI esto va a significar la posesión de un potencial adecuado de ciencia7. El dinamismo de una civilización significa también su habilidad para mantener un potencial demográfico, es decir, las relaciones de equilibrio con los territorios donde la población crezca más ágilmente. El problema de la seguridad en el futuro consistirá, en gran medida, en detener las migraciones desde los países extra europeos. Es necesaria una intensa actividad a favor del sur, mucho más pobre. Las fronteras cerradas y el proteccionismo no son métodos eficaces. El olvido sobre la propia identidad a favor de cualquier versión de globalismo constituye, en cambio, un remedio eficaz para realizar las prognosis de la decadencia de la civilización europea.

Al disponer de los medios de comunicación actuales, la vecindad no parece un factor que decida sobre el papel civilizador. No obstante, es en los flancos del sur y del este donde la cuestión de las migraciones resultará muy importante desde el punto de vista europeo. El papel de Polonia en esta situación no puede limitarse a detener las oleadas migratorias. Al contrario, el interés común debe consistir en actuar a favor de una frontera abierta. Ello implica una reconstrucción económica y unas reformas democráticas en los países vecinos de Polonia. Sobre todo, significaría la vuelta de esos países al papel de zona fronteriza que, como una parte de la civilización dinámica, queda abierta a las influencias exteriores, recibe y trata la información que viene de fuera. Parece que en este proceso el carácter fronterizo sostiene el dinamismo y la autenticidad de las transformaciones. La modernización necesaria, el desarrollo económico y la democracia forman Europa. Hay que encontrar, también, unos valores europeos en la propia herencia, puesto que no se pueden importar los valores fundamentales. Todo esto confirma la suposición de que los procesos de integración se realizan en las estructuras nacionales. Como consecuencia de un nuevo descubrimiento de Europa y de una estimulación de las estructuras nacionales, la frontera de la civilización europea se desplazaría muy lejos al este y al sur. Los conflictos que nos han perseguido en la última década no son el resultado de la existencia o el renacimiento de las naciones.

POLONIA EN EL VIEJO CONTINENTE

El papel de Polonia va a desarrollarse en la zona fronteriza de la civilización. Esta Europa del Este va a ser un mundo fronterizo y el espacio de un encuentro animado entre civilizaciones. No va a ser un choque o mero contacto, sino un encuentro, es decir, una relación basada en el equilibrio de interacciones. El modelo civilizador para el Intermarium va a ser el Mediterráneo, un mundo basado en la realidad de varios encuentros.

El papel de la zona fronteriza estriba, en este caso, en arreglar de nuevo las relaciones con Rusia y con los otros países vecinos, sobre todo en el Cáucaso. No se puede sobrestimar la influencia de Polonia en Rusia. Además, el florecimiento europeo puede constituir un elemento de transformaciones en Rusia.

La civilización europea sigue siendo una oportunidad para construir, a partir de elementos comunes, unas identidades diferenciadas según modelos originales. Una Europa del este así no diferiría de la occidental más de lo que lo hace la Europa mediterránea de la escandinava. Sin tener una forma política, sin buscar una cooperación económica más estrecha, fuera de las estructuras de la UE, la Europa del Este constituiría solamente un original espacio civilizador. Significaría la negación de divisiones -Oriente frente a Occidente-, o pondría a esa relación su sentido inicial. ¿Es posible todo eso?

En todo caso, ¿cabe reconocer una variante así como algo deseable? La tarea de construir una Europa en el este pertenece a Polonia, pero se ve claramente que eso exige unas interacciones intensas. Una oportunidad para esto sólo aparecerá cuando se extienda Europa desde Gibraltar al Cáucaso. Esto, en cambio, significa la resignación del concepto de expulsar el este y la vuelta a las actividades llevadas con una frontera abierta. Una decisión así la puede tomar solamente una Europa segura de su identidad y determinada en defender su particularidad. Esto se refiere también a Polonia. La Europa del Este sigue siendo un símbolo de división; no obstante, puede resultar deseada no sólo como una designación geográfica, sino también como un permiso para que existan papeles diferentes e imprescindibles dentro de una civilización indivisible y unificada de nuevo.

NOTAS
1 Los Piast: primera dinastía reinante de Polonia. El primer representante histórico de la familia fue el Duque Mieszko 1 (alrededor de 960-992); el último rey de Polonia de esta dinastía fue Casimiro el Grande (1333-1370).
2 Los Jagellones: dinastía de origen lituano que ocupó los tronos de Polonia, Lituania (1386-1572), Bohemia (1471-1526) y Hungría (1440-44, 1490-1526). Su nombre proviene del Gran Duque de Lituania, Ladislao Jagellón, quien, tras haber sido bautizado, se casó con la reina de Polonia Santa Eudivigis (1386). El mismo año fue coronado como rey de Polonia (1386-1434).
3 El término «rutenos» se utilizaba para designar a los eslavos orientales que vivían dentro de las fronteras del Reino de Polonia (hasta 1795) y en particular a los eslavos orientales (ucranianos), que vivían en la parte oriental de Galicja (Galitzia), región autónoma de AustriaHungría formada por la repartición austríaca de Polonia.
4 Escitia: zona al norte del mar Negro, entre los Cárpatos y el río Don, poblada desde el siglo VIII a. C. por los Escitas, pueblo iranio.
5 Véase J. Kieniewicz, «Del Báltico al mar Negro: Intermarium en la política europea», Política Exterior nº 61, XII (enero-febrero, 1998), pp. 5973.
6 Z. Brzezinski, The Grand Chessboard. American Primacy And Its Ceostrategic Imperativas, Harper-Collins Publishers, 1997.
7 L. C. Thurow, The Future of Capitalism, 1996.

El poder de las letras

Presentar esta obra de Antonio Fontán constituye, de por sí, una enorme satisfacción; hacerlo en esta su casa, en esta Biblioteca Nacional que tanto quiere y a la que dedica tantos y tan generosos esfuerzos, es un verdadero honor.

Como dice el propio Antonio Fontán en el prólogo, el libro que hoy presentamos «trata de cosas muy antiguas, pero de cosas nuestras». Trata de la antigua Roma y trata, al cabo, de los hombres de hoy que se miran en los hombres del pasado para comprender y aprender.

Yo añadiría que este libro trata también de la excelencia: de la excelencia de unos autores y de la excelencia de sus obras, que han servido de guía a decenas de generaciones. Trata también, y en profundidad, de muchos aspectos de las disciplinas que componen las Humanidades, y lo hace desde la generosidad intelectual, desde la entrega y el reconocimiento de la labor llevada a cabo por los filólogos e historiadores de todas las épocas, incluidos los que son más jóvenes que el autor.

Antonio Fontán es un sabio y, al mismo tiempo, un hombre de acción. En su persona, estos términos no se excluyen. Ni siquiera se encuentran en un equilibrio inestable.

La actividad científica y el servicio del político a la sociedad pueden ser dos caras de una misma moneda, y en su caso lo son. No descubro nada que no sepa cualquiera que le conozca: que el periodista, el político, el profesor y el hombre de cultura forman una unidad indisoluble en la persona de Antonio Fontán. Cada una de esas facetas necesita de las otras y, a la vez, las enriquece.

Las páginas de Letras y poder en Roma que, a primera vista, podrían quedar reservadas exclusivamente al estudioso, al filólogo, al profesor, dan cabida también al incisivo ensayista, que descubre aquí y allá lo que hay de común a todas las épocas y a todos los hombres, y con él, al político de altura, atento siempre a recibir la lección de la Historia.

Letras y poder en Roma recoge artículos y ensayos escritos a lo largo de cincuenta años de actividad investigadora. Estos constituyen algunos de los frutos de una vida entregada a la filología clásica, al estudio y a la interpretación del mundo romano, de su historia y de su literatura. La variedad de estos textos y su profundidad los convierten casi en una guía con la que desplazarse a lo largo y ancho de la cultura latina, desde sus orígenes hasta sus desarrollos posteriores, cuando dicha cultura comienza a caminar de la mano del cristianismo.

«Letras y poder en Roma», de Antonio Fontán, EUNSA, 2001. 436 págs.

Estos escritos proporcionan además un conocimiento amplio y coherente de algunos de los hitos fundamentales de la Antigüedad. Les resultarán de mucho provecho a los estudiosos e investigadores de la lengua y la literatura latinas, así como a todos los lectores cultos interesados en ampliar sus conocimientos en una de las raíces del saber occidental.

De manera intencionada, Antonio Fontán abre su libro con unos ensayos dedicados a los autores clásicos y a lo que éstos representan en la historia de nuestra cultura. Los clásicos son la expresión de valores que, de alguna manera, son permanentes y, desde luego, ejemplares. Unos valores de tipo estético y también de índole moral, que ayudan a la comprensión del mundo. Leemos a los autores clásicos porque, después de tos siglos, nos seguimos reflejando en ellos, y también porque su lectura aporta nuevas y variadas perspectivas a nuestro entendimiento.

En palabras de Antonio Fontán, «un clásico merece ser leído porque enriquece la personalidad y multiplica la experiencia humana de quien dedique unas horas a la tarea de hacerlo». Es la actitud más noble, la del verdadero, la del desinteresado estudio, la que renuncia a los criterios puramente utilitarios y hace de ese enriquecimiento de la personalidad su principal objetivo.

Hablar de literatura clásica no es sólo hablar de literatura: es hablar de la excelencia, porque eso es, en última instancia, un clásico: alguien excelente, alguien que sobresale, que puede ser una referencia, alguien que ha trazado un camino, en principio propio, que habrá de ser transitado por los demás hasta convertirse en un elemento insustituible del paisaje intelectual.

Por eso he apuntado hace un momento que esta obra trata de la excelencia, porque estudia algunas manifestaciones de esa excelencia. De la excelencia de la literatura latina, de los poetas, oradores e historiadores de Roma, y de la excelencia de los humanistas que nos han transmitido su visión de esa literatura. Son páginas dedicadas al estudio de lo mejor entre todo lo que es bueno y provechoso.

La erudición de Antonio Fontán no es, digamos, «presumida»: está al servicio de la reflexión, al servicio de las ideas. La lectura de cada uno de estos ensayos nos lleva de lo particular a lo universal. En ellos no sólo encontramos preciosos datos, sino también brillantes hipótesis, sugerentes conjeturas y esclarecedoras imágenes.

La prosa del autor aúna claridad expositiva y tensión ideológica. En ella se respira ese ritmo espiritual del que sólo son capaces los buenos ensayistas. Ya trate del pensamiento de sus autores preferidos, de Livio, de Séneca, o de cuestiones estrictamente filológicas, su prosa siempre transmite altura y dignidad: excelencia, en suma.

Los que hemos tenido la suerte de contar con su consejo desinteresado y oportuno, sabemos de la generosidad de Antonio Fontán. Esa generosidad, como también apunté al principio, se trasluce en muchas páginas de Letras y poder en Roma. Antonio Fontán sabe admirar y reconocer, y ésa es una virtud tan rara como necesaria en la comunidad científica.

Estoy segura de que todos nosotros hoy, en este acto, queremos devolverle, con nuestra admiración y reconocimiento, algo de lo mucho que ha dado, como sabio y como hombre de acción, a la sociedad española. En nombre de todos, quiero felicitarle también por la publicación de este libro y por ese medio siglo dedicado a la investigación, al estudio y a la generosa comunicación del saber. Muchas gracias.

Los riesgos para América Latina

POPULISMO E INDIGENISMO

América Latina es el continente con las mayores desigualdades del mundo y la pobreza se extiende como un reguero de pólvora en la mayoría de los países, especialmente en los que los gobiernos son populistas. Venezuela, por ejemplo, ha pasado de un 35 % de pobreza a casi el 60 % en los ocho años que Chávez lleva en el poder. Se ha quebrado la confianza en el sistema democrático en todos los países en los que se ha producido un importante auge del populismo: 1) se cuestiona a la clase política, 2) como consecuencia de su pérdida de prestigio y credibilidad se produce un cuestionamiento de los partidos políticos y 3), al final, se pone en duda el sistema democrático en su conjunto. El Latinobarómetro de los últimos quince años lo viene reflejando de manera clara y la democracia, aunque sigue siendo el sistema político mejor valorado, recibe un menor nivel de apoyo.

Los partidos de izquierda y cierta parte del mundo académico han logrado instalar con mucha fuerza el argumento de que todos los males socioeconómicos del continente se deben exclusivamente a las recetas del FMI y del Banco Mundial conocidas como «los consensos de Washington». Sin embargo, las fórmulas impuestas por los organismos económicos internacionales enderezaron las destrozadas economías de buena parte de los países de América Latina. El problema fue que la bonanza económica y el crecimiento macroeconómico no fueron aprovechados para combatir la pobreza en la dimensión microeconómica.

El populismo se puede definir más por sus métodos que por su inexistente pensamiento. Más que una base teórica es un conjunto de fobias, rechazos, resentimientos y heridas sin curar. Se trata además de un movimiento — véase el ejemplo venezolano— más bien de corte filofascista por su afán expansivo, por sus métodos violentos, por la profusa utilización de la coacción y la amenaza, la utilización de los símbolos militaristas e incluso la creación de milicias uniformadas, etcétera.

El populismo necesita de la confrontación constante con los enemigos internos y externos. Los partidos políticos tradicionales son culpabilizados de la corrupción, el desgobierno, el caos y la pobreza de sus países. Sin embargo, la realidad es que la pobreza ha aumentado de manera exponencial bajo los regímenes populistas y que la corrupción —lejos de mejorar— se ha agravado hasta límites insospechados.

Los enemigos exteriores suelen ser los Estados Unidos de América, las primeras potencias occidentales y, desde luego, las antiguas potencias coloniales a las que desde el indigenismo militante se responsabiliza de todos los males. El ejemplo más claro de lo último es el discurso simplista y machaconamente antiespañol de Evo Morales. Chávez, asimismo, con el discurso antiamericanista, lo que busca es una confrontación con el «Imperio» que los regímenes populistas aprovechan demagógicamente con enorme habilidad.

Por último, conviene destacar el peligroso expansionismo del populismo: su intervencionismo en otros países y la intensa ingerencia en los asuntos internos de otras naciones del continente. El chavismo ha financiado y apoyado a Daniel Ortega en Nicaragua, en El Salvador ha intervenido en el seno del FMLN, en Colombia apoyan al ELN y, sobre todo, a las FARC. En Ecuador, su aliado ha sido el partido indigenista ultrarradical Pachacutic, mientras que en el Perú fue el dirigente golpista, indigenista y de extrema derecha, Ollanta Humala, su protegido. En Bolivia, financió íntegramente la campaña de Evo Morales.

LA ALIANZA ANTISISTEMA

Empezó a surgir casi inmediatamente después de la caída del muro de Berlín. Las izquierdas más radicales y las facciones más antioccidentales de algunos partidos socialdemócratas, sintieron un cierto vértigo por la desaparición del que había sido su principal soporte ideológico, la dialéctica marxista. Paralelamente, surge un fenómeno en los primeros años que siguen al final de la Guerra Fría: la globalización, a la que las izquierdas del mundo entero definen como algo perverso, cuando puede crear oportunidades para los más desfavorecidos.

Los principales elementos de esta alianza parecen ser los siguientes: las izquierdas más radicales y los elementos socialdemócratas especialmente antioccidentales, los movimientos antisistema y las organizaciones y movimientos antiglobalización, a los que hay que sumar la enérgica irrupción del populismo y el indigenismo. Para batir al enemigo común, Occidente, no dudan en aliarse con los más extraños compañeros de viaje, lo que explica la creciente cercanía con el islamismo radical con el que coinciden en sus fobias.

No obstante, es importante subrayar que para el islamismo radical y su brazo terrorista — e l yihadismo— se trata sólo de una alianza coyuntural y táctica. Los ideólogos del islamismo radical son tan críticos o más con las bases doctrinales de la izquierda como lo son con la democracia y el capitalismo. Detestan al socialismo y al comunismo más incluso que a las ideologías de centro y centroderecha, pues consideran que su ateísmo y su materialismo son frontalmente contrarios al islam.

CRIMEN ORGANIZADO Y TERRORISMO YIHADISTA EN AMÉRICA LATINA

Seguramente una de las peores lacras que sufre el continente es la inseguridad ciudadana general. La incidencia de la pobreza en esas sociedades, los devastadores efectos de los cárteles de la droga y su creciente tráfico, han favorecido el arraigo de los sindicatos del crimen. Además, en muchos casos son los mal llamados grupos guerrilleros los que se han transformado en las principales organizaciones del crimen común (véase el ejemplo de las FARC).

También en América Latina hay una creciente presencia del islamismo. No es un fenómeno reciente. Desde hace un lustro existe una fuerte presencia de chiíes en la zona de la frontera tripartita de América del Sur, Argentina, Brasil y Paraguay. En Buenos Aires hubo dos brutales atentados, muy probablemente cometidos por Hizbulá, siguiendo instrucciones de Teherán contra la embajada israelí en esa capital, causando más de treinta muertos; y otro, contra el centro cultural judío AMIA, causando noventa y nueve víctimas.

No se trata de incidentes aislados. El carácter expansivo y la ambición que el yihadismo tiene de conquistar el mundo afectan también a Iberoamérica. El análisis de los riesgos debe empezar a hacerse de inmediato y las medidas preventivas en el ámbito de la seguridad deben tomarse cuanto antes.

La nueva ola de integración comercial en la región

 

La integración regional, entendida como el proceso de integración comercial entre países, ya sea mediante la creación de una unión aduanera (ej. Unión Europea) o a través de la firma de tratados de libre comercio (ej. NAFTA 1), es un fenómeno que se ha venido dando en las últimas décadas en diferentes áreas del mundo como parte del proceso de globalización mundial. Varios académicos han estudiado este proceso y, en especial, la nueva ola de integración regional que tuvo lugar en la última década del siglo xx y que presenta ciertas diferencias en relación a la de épocas anteriores. En este periodo se suscribieron varios acuerdos importantes en América Latina como MERCOSUR, NAFTA, Comunidad Andina de Naciones o CAFTA 2.

Al analizar este proceso de integración regional económica es necesario contestar varias preguntas: la primera y más importante es si estos acuerdos son beneficiosos para los países en vías de desarrollo o si, en su defecto, acarrean a la postre más pérdidas que ganancias. Cabe también interrogarse sobre si estos acuerdos son determinantes en el crecimiento económico y, finalmente, hay que clarificar si los países en vías de desarrollo se benefician más de los tratados comerciales con sus vecinos del hemisferio Sur (tratados Sur-Sur), o si sacarían mayor partido de la firma de tratados de libre comercio con países más desarrollados (integración Norte-Sur).evolucion.png

Nuestro propósito, en este artículo, es estudiar si los acuerdos económicos que se están produciendo en América Latina ayudan a la integración entre estos países y sus efectos en el crecimiento económico. Para ello, haremos un análisis de los principales acuerdos de integración en las Américas, con especial atención a MERCOSUR, Comunidad Andina y NAFTA.

ACUERDOS COMERCIALES EN LAS AMÉRICAS

La década de los noventa fue escenario de la firma de numerosos acuerdos comerciales en el continente americano. Estas iniciativas buscaban incrementar el flujo de comercio en la región, la apertura al mercado mundial, incrementar la influencia del sector privado en la economía y, en general, mejorar su desarrollo tecnológico y económico. Como se puede apreciar en el gráfico, esta tendencia en el continente americano se enmarca dentro de la mundial de incrementar el número de tratados regionales.

Según estimaciones del gobierno estadounidense, NAFTA incrementó las inversiones directas norteamericanas en México de 16.000 millones de dólares a 58.000 millones en diez años. El Banco Mundial ha estimado que sin NAFTA, los ingresos per cápita de los mexicanos hubiesen sido un 5 % inferior a lo que fueron en 2003. Otros economistas han estimado que el impacto de NAFTA ha sido de hasta un 11 % de incremento en el PIB per cápita mexicano 5.

Como complemento a este proceso de globalización de los países latinoamericanos y los numerosos acuerdos comerciales, también se han producido numerosos acuerdos bilaterales de comercio. En concreto, Estados Unidos ha mostrado un gran dinamismo a la hora de entablar relaciones comerciales bilaterales con países centro y suramericanos. También fue el impulsor ideológico del Área de Libre Comercio de las Américas, que ha encontrado la oposición de ciertos países latinoamericanos. Aunque Estados Unidos mantiene importantes relaciones comerciales con los miembros de MERCOSUR, especialmente Brasil 6, en la actualidad no hay un tratado bilateral de comercio con sus integrantes. Se debe resaltar el importante acuerdo comercial suscrito entre Estados Unidos y Chile, que sirvió de inspiración para posteriores acuerdos comerciales y cuya firma en enero de 2004 supuso la liberalización del 90 % del comercio.

Estados Unidos también ha firmado acuerdos comerciales con los países centroamericanos (CAFTA) 7, República Dominicana, Colombia, Perú y un acuerdo de libre comercio con Panamá, que está pendiente de ratificación en el Congreso norteamericano.

Una característica común de estos tratados bilaterales es el alto nivel de protección que se aplica aún a ciertos productos agrícolas, en pos de proteger algunos sectores estratégicos de la industria norteamericana. Productos como el azúcar, la leche, el pollo, la carne y otros relacionados reciben, a menudo, excepciones al libre comercio.

Como conclusión a este apartado, se debería mencionar que los tratados comerciales implementados en las Américas en la década de 1990 forman parte de la llamada «nueva integración regional» que está definida por una clara vocación de apertura al comercio global, un nivel de eficiencia más alto en la producción y, en el caso de uniones aduaneras, la progresiva determinación de reducir el arancel externo común.

Tanto MERCOSUR como NAFTA y la CAN han experimentado una apertura comercial importante. Estos acuerdos han producido significativos resultados de crecimiento de las exportaciones entre sus distintos miembros firmantes y, en consecuencia, han ayudado al desarrollo económico de los países de la región.

QUÉ NOS DICE LA TEORÍA ECONÓMICA

Tras el extraordinario incremento en los acuerdos regionales de comercio en la década de 1990, hay una cuestión que la teoría económica se ha preguntado en numerosas ocasiones, si tales acuerdos están generando crecimiento y desarrollo, especialmente en los países en vías de desarrollo. Para intentar arrojar luz sobre este tema, vamos a analizar las distintas opiniones de varios académicos.

Partiendo de la teoría de David Ricardo, un país se beneficia del libre comercio si exporta aquellos productos en los que tiene ventaja comparativa. Aplicando este modelo al comercio internacional, todos los países deberían ser «vendedores» en el libre comercio. Podemos concluir que un alto grado de apertura en el comercio propicia un crecimiento económico más rápido, especialmente generando una mayor inversión, innovación y economías de escala y transferencia de tecnología. La apertura de un país al comercio le permite tener acceso a nuevas tecnologías que pueden facilitar una dinámica de innovación. Por las razones esgrimidas podemos concluir que la liberalización del comercio es beneficiosa para el crecimiento económico, pero la pregunta sigue en el aire: ¿qué tipo de liberalización?, ¿liberalización a nivel global, a nivel regional, o ambas?

El economista Paul Krugman explica la diferencia entre la creación de comercio y la diversión de comercio en un acuerdo comercial entre dos o más países. U n área de libre comercio impulsa el comercio entre los países involucrados cuando existe eficiencia económica. Pero también puede crear diversión de comercio. Es decir, los productos que con anterioridad al acuerdo comercial se compraban a un tercer país, una vez firmado el área de libre comercio, se importan del socio comercial en el acuerdo de libre comercio y no del tercer país. En ocasiones, puede ser que el consumidor termine pagando más que antes, ya que el país socio puede producir el producto con una menor eficiencia que el tercer país. Paul Krugman argumenta que MERCOSUR, en gran medida, no creó comercio, sino que desvió comercio que con anterioridad se realizaba con terceros países.

Son varios los economistas que han tratado esta posible vinculación entre regionalismo y crecimiento económico intentando encontrar una respuesta. La teoría más generalizada es que los acuerdos de libre comercio entre países de renta alta generan convergencia, mientras que los tratados regionales entre países de renta baja generan divergencia. En la literatura económica presente, varios economistas 8 subrayan los beneficios para un país que comercia con otro que dispone de un mercado más grande y abierto. Parecería que los países pequeños en vías de desarrollo se beneficiarían más firmando acuerdos de libre comercio con países desarrollados, es decir, acuerdos norte-sur, ya que se beneficiarían de mercados más grandes y de la transmisión de tecnología.

En la década de 1990, la situación económica global cambió y tras los ejemplos de crecimiento de los países asiáticos, las economías de Latinoamérica abandonaron el proteccionismo arancelario por la competencia comercial y la apertura a la globalización. Se empieza a observar, tanto en el caso de MERCOSUR como en el de la CAN, una relación directa y significativa entre la existencia de un tratado regional de libre comercio y un crecimiento económico tangible. Estos resultados están en sintonía con la teoría de que la integración en el comercio genera crecimiento cuando las economías integrantes son heterogéneas. En el caso de MERCOSUR, hay una exitosa combinación entre grandes economías, como Brasil, y economías más modestas, como Paraguay. A su vez, MERCOSUR forma parte de la llamada nueva integración regional, en la que los estados miembros abren sus economías al comercio global, lo cual también contribuiría, en gran medida, a su crecimiento.

En un reciente estudio del Banco Mundial 9, se reconoce el atractivo de estos acuerdos regionales de comercio, ya que propician un acceso preferencial a mercados vecinos. Sin embargo, también señala los inconvenientes que la integración regional puede generar, como la posibilidad de desviar el comercio. También apunta la conveniencia para los países en vías de desarrollo de firmar acuerdos comerciales con otros más desarrollados y aprovechar los beneficios tecnológicos y de innovación.

ALGUNAS REFLEXIONES FINALES

No parece haber dudas en la teoría económica sobre la relación positiva entre la apertura de una economía y el crecimiento. Mientras que los acuerdos comerciales norte-norte y norte-sur parecen producir siempre crecimiento, la situación no resulta tan clara en los tratados sur-sur, en los que las pequeñas economías podrían perder.

En el caso de las Américas, como se describe en el primer apartado del estudio, parece claro que tanto los acuerdos entre países del mismo nivel de desarrollo, como el caso de MERCOSUR o la CAN, como los acuerdos entre países de distinto nivel de desarrollo, como NAFTA, han producido resultados económicos positivos, y así lo atesoran las cifras de comercio recogidas en el artículo. Estos acuerdos no sólo han producido un gran incremento en el comercio interregional, sino que también han aumentado considerablemente el flujo de comercio con el resto del mundo.

América Latina es una región donde se han hecho, y se están haciendo, constantes esfuerzos de integración y de apertura al comercio mundial. Muchos de estos acuerdos de integración han traído beneficios económicos importantes para los países de la región. Sin embargo, todavía falta encontrar la fórmula económica adecuada para que la integración regional latinoamericana beneficie a todos los países de la región y a todos los sectores económicos de estos países. En la actualidad, la nueva ola de integración regional y globalización ha traído y, sin duda, puede traer resultados económicos importantes para el desarrollo de esta región.

 

N O T A S

1 Siglas en inglés «North America Free Trade Area», «Area de Libre Comercio de América del Norte».

2 Siglas en inglés «Central America Free Trade Area, «Área de Libre Comercio para América Central».

3 Tras la crisis Argentina, la media subió ligeramente hasta el 13,5%.

4 Fuente: Naciones Unidas.

5 Deardorf, A., D. Brown, R. Stern.

6 El comercio bilateral entre Estados Unidos y Brasil llegó a los 40.000 millones de dólares en 2005.

7 El acuerdo uniría en un tratado de libre comercio a Estados Unidos con Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica.

8 Entre otros, Athanasius Vamvakidis, Sam Laird, Tony Venables, Alessia de Turco y Matias Berthelon.

9 Trade policies, Developing Countries and Globalization, Banco Mundial, 2001.

El otro diálogo transatlántico

La historia de las relaciones entre la Comunidad Europea y los países latinoamericanos se remonta a mediados de los años ochenta. La primera reunión entre la entonces Comunidad y el Grupo de Río (integrado por 19 países latinoamericanos) se celebró en 1987 en Nueva York, durante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Desde entonces, España y Portugal han sido los principales motores del acercamiento transatlántico. Prueba de ello es la «Declaración Común de Intenciones» para la intensificación de las relaciones con Latinoamérica, aneja al Tratado de Adhesión de ambos países a la CE.

El diálogo eurolatinoamericano se institucionalizó, unos años más tarde, con la Declaración de Roma, en diciembre de 1990. Hasta entonces, la Comunidad Europea había suscrito con esos países acuerdos comerciales no preferenciales, denominados «de primera generación».

LAS CUMBRES REGIONALES

Desde que en 1999 se iniciara en Río de Janeiro el proceso de cumbres regionales, la relación estratégica entre la Unión Europea y América Latina y Caribe ha experimentado un progreso relativo.

Esta primera cumbre congregó a 48 mandatarios europeos y 33 iberoamericanos y obtuvo como resultado la firma de la Declaración de Río y un Plan de Acción, destinados ambos a forjar una asociación estratégica en materia política, económica y sociocultural.

En la segunda cumbre, celebrada en mayo de 2002 en Madrid, se ratificaron los compromisos adquiridos en Brasil, poniendo especial atención a la lucha contra el terrorismo, la defensa de las libertades y la negociación económica multilateral.

En la tercera cumbre, celebrada en Guadalajara (México) en 2004, participó una Unión Europea ampliada a 25 Estados miembros. En esa ocasión se estableció como prioridad lograr una mayor integración económica intrarregional para luchar contra la pobreza en América Latina y Caribe.

En mayo de 2006 tuvo lugar, en Viena, la cuarta cumbre eurolatinoamericana. En su declaración final se subraya el deseo de los participantes de seguir promoviendo y reforzando la asociación estratégica birregional, con la finalidad de consolidar los compromisos adquiridos.

Actualmente, las relaciones se rigen por acuerdos subregionales (con Mercosur, Comunidad Andina, Centroamérica y Caribe) y bilaterales (con México y Chile).

En materia de acuerdos regionales, la UE y Mercosur negocian, desde 1999, un acuerdo de asociación Mercosur reclama un mayor acceso de sus productos agropecuarios al mercado europeo y la UE, primer socio comercial de Mercosur, persigue una mayor apertura comercial en materia de bienes industriales y servicios. Las negociaciones avanzan lentamente, debido, entre otras razones, a algunos factores externos a la propia negociación, como es el caso de los nuevos escenarios políticos en América Latina.

Respecto a la Comunidad Andina, en la Cumbre de Viena se adoptó la decisión de iniciar, durante 2006, la negociación de un acuerdo de Asociación, que considere el diálogo político, la instrumentación de programas de cooperación y un acuerdo comercial. Además de los posibles acuerdos de asociación, los países de la CAN gozan de un régimen de privilegios arancelarios denominado Sistema de Preferencias Generalizadas Plus (SPG +), que permite la entrada de un importante número de productos de estos países sin la imposición de derechos arancelarios.

En cuanto al Caribe, la UE firmó en 2000 el Acuerdo de Cotonú con la finalidad de canalizar de forma óptima la ayuda europea al desarrollo. Además, la u e negocia desde 2004 un acuerdo de colaboración económica con quince países caribeños con la meta de promover una apertura comercial más intensa. Cuba es el único miembro del grupo a c p que no ha firmado el Acuerdo de Cotonú ni participa, por tanto, de la cooperación y el diálogo con la UE. .

Con relación a los acuerdos bilaterales, México y Chile han podido desarrollar una sólida relación con la Unión Europea gracias a la firma de los acuerdos de asociación de «cuarta generación», los cuales prevén la liberalización progresiva del comercio y los servicios, el diálogo político y cultural e incluyen prácticamente todos los ámbitos de cooperación económica y científica.

ESTABILIDAD ECONÓMICA Y DEMOCRACIA

Del contenido de los distintos acuerdos entre la Unión Europea y América Latina se deduce el protagonismo de la economía en la configuración de la relación transatlántica. Pero aunque las relaciones económicas son fundamentales en el fortalecimiento de la relación estratégica entre ambas regiones, es necesario también articular mecanismos de gobernanza económica para poder obtener el máximo rendimiento de las relaciones birregionales. El propio Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial han señalado la importancia de intensificar la acción política para paliar los desajustes que pueda ocasionar la desaparición de barreras comerciales (1).

La apertura de mercados y el aumento del comercio han producido un importante incremento de la riqueza mundial, mientras que, según la CEPAL (2), el 44 % de la población latinoamericana vivía, en 2003, en condiciones de pobreza (3). El fracaso de las políticas de cohesión social puede afectar a la confianza en las instituciones (4), lo que podría explicar que más de la mitad de la población latinoamericana pueda estar dispuesta a sacrificar un gobierno democrático a cambio de avances económicos y sociales. Desde el punto de vista de la UE, no se entiende la estabilidad económica sin la profundización en los procesos de consolidación democrática, lo que constituye un pilar fundamental del diálogo político birregional.

Por otra parte, aunque en los últimos años la relación eurolatinoamericana se ha desarrollado en extensión e intensidad, las actuales prioridades europeas en materia de política exterior se dirigen fundamentalmente hacia la asimilación de la gran ampliación de 2004, el posicionamiento de Europa entre los dos bloques de poder económico mundial (Norteamérica y Asia) y el desarrollo de las relaciones privilegiadas con sus ex colonias (países ACP ) y países fronterizos, incluyendo los de Europa central y oriental, los países del sudeste de Europa (ex-Yugoslavia) (5) y los de la cuenca del Mediterráneo y Oriente Próximo.

EL TRABAJO DE INVESTIGACIÓN

En el marco de un proyecto de investigación de la Comisión Europea, el Instituto Universitario de Estudios Europeos de la Universidad c e u San Pablo ha realizado un análisis de la relación estratégica entre la Unión Europea y América Latina y Caribe. Los resultados de esta investigación serán publicados próximamente por la editorial Biblioteca Nueva.

En esta monografía se recogen las aportaciones de profesores e investigadores, europeos y latinoamericanos, de reconocido prestigio. Los catorce capítulos analizan, en su dimensión política, económica y social, el amplio contenido de las relaciones transatlánticas, que abarcan desde la defensa de la democracia y los derechos humanos hasta materias como la energía y el medio ambiente.

La publicación analiza la importancia que ha adquirido la relación eurolatinoamericana en un nuevo contexto internacional, en el que la emergencia de nuevos escenarios y prioridades, tanto para Europa como para América Latina, está asociada al reto de contribuir a la estabilidad y prosperidad de la comunidad internacional.

La solidez del diálogo eurolatinoamericano, fundamentado en las raíces comunes de carácter histórico y cultural, puede servir de base para el desarrollo de nuevas formas de diálogo en el marco de la sociedad internacional contemporánea, así como para dar un salto cualitativo en las relaciones entre la Unión Europea y América Latina y el Caribe, con el fin de desarrollar plenamente el contenido de tan alianza.

 

N O T A S

1 Synopsis of World Development Reports (1995 – 2002). IMF. Annual Report, 2004

2 CEPAL, Panorama Social de América Latina 2003 – 2004, Santiago de Chile, noviembre de 2004.

3 COM ( 2 0 0 5 ) 6 3 6 Final, C o m u n i c a c i ó n de la Comisión al C o n s e j o y al Parlamento Europeo, «Estrategia para una Asociación reforzada entre la Unión Europea y América Latina: presentación detallada».

4 Véase «Informe Regional Gobernabilidad en América Latina 2004» , de FLASCO CHILE y «La democracia en A m é r i c a Latina: hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos», del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Ambos informes destacan la fragilidad de la democracia en Latinoamérica.

5 Los países balcánicos ocupan un lugar de primera importancia en las relaciones exteriores comunitarias. Albania, Bosnia-Herzegovina, Croacia, la República Federal de Yugoslavia, Kosovo, Macedonia, Montenegro y Serbia están insertos en el Proceso de Estabilización y Asociación, que se propone crear las condiciones internas para que los mismos se conviertan en países miembros.

En busca de un nuevo modelo de enseñanza común

Este mes de octubre de 2006 se cumplen treinta años de la creación de FELAFACS (Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación), un organismo internacional de carácter no gubernamental que agrupa en la actualidad a más de trescientas facultades y escuelas de comunicación, pertenecientes a diferentes instituciones universitarias de veintiún países de América Latina.

En aquel momento, octubre de 1981, se constituyó la Federación agrupando cuatro Asociaciones Nacionales, las de Brasil, Colombia, México y Perú, país en cuya capital, Lima, se instaló la sede central con el reconocimiento del Estado peruano como Organismo de Cooperación Técnica Internacional. El número de facultades era entonces de setenta y dos, la mayoría de México, Brasil y Argentina, aunque también estaban presentes otros doce países: el anfitrión Perú, Bolivia, Colombia, Costa Rica, Chile, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá, Paraguay y Uruguay.

En el momento de su constitución, los objetivos se orientaron fundamentalmente a la «contribución al desarrollo de la enseñanza de la Comunicación y de su práctica profesional, en sus diferentes áreas y especialidades». Especialidades que en algunos casos se definen y desarrollan en licenciaturas específicas de «Periodismo», «Publicidad y relaciones públicas» y «Comunicación audiovisual», como ocurre en nuestro país, siguiendo la tradición de las aplicaciones profesionales clásicas. El espíritu y los perfiles dominantes entonces de los integrantes de FELAFACS eran de tipo académico, de universitarios y de investigadores, manteniéndose en la actualidad esa misma cultura federativa. De todos modos, aunque la enseñanza de la Comunicación constituye el eje central de la actividad de FELAFACS, se tienen asumidas como líneas complementarias todas aquellas acciones o iniciativas que contribuyan a mejorar las especialidades de la comunicación desde la perspectiva del desarrollo integral en América Latina.latn_4.png

Así, entre los excesos de una teoría excesivamente alejada de las realidades profesionales, a veces abstrusa y en ocasiones grotesca y con tintes ideológicos marxianizados por la moda universitaria, y una práctica sin calado, sin sustancia, más cercana a la formación profesional que a las exigencias académicas del ámbito universitario, el modelo de las facultades de comunicación en Latinoamérica se ha debatido en muchas ocasiones entre extremos poco fecundos, sin avanzar a la velocidad y con la profundidad esperada cuando se constituyó la Federación.

Como podemos apreciar, vuelven a ser México y Brasil los países con mayor número de postgrados, tanto doctorados como maestrías, seguidos de Argentina. A gran distancia Chile, Bolivia, Perú, Venezuela y Puerto Rico, y algunos otros testimoniales como ese doctorado cubano.

En definitiva, el X II Encuentro Latinoamericano de Facultades de Comunicación que celebra FELAFACS ahora para conmemorar su trigésimo aniversario, debe servir para consolidar un camino lleno de dificultades pero factible, el de encauzar el nuevo modelo de enseñanza superior universitaria de ciencia experimental para la comunicación. España debe participar y unir nuestra experiencia a la suya antes de desembocar de forma precipitada en el modelo impuesto por Bolonia, que puede alejarnos de nuestra vocación, de nuestros logros y de nuestros hermanos de América.

De una sociedad ancestral a una sociedad moderna

Señala A. Fontán, en una glosa de J. Ortega y Gasset, que «la cultura es un conjunto de hábitos intelectuales y morales que liberan al hombre de la prisión semianimal de la pura naturaleza y le permiten entrar en el ámbito humano de la libertad». Una «libertad» que, paradójicamente, sólo se logra con una previa sumisión, consentida y sublimada, a una serie de principios. La libertad como hecho cultural se ejerce en función de la existencia previamente admitida de una serie de valores, que no son sino estructuras de la conciencia sobre las que se construye el sentido de la vida en sus diferentes aspectos.

La vida y la muerte como fin particular de la misma no se nos muestran sino como facetas de la existencia. Matamos para vivir y no comemos nada sin destruirlo. Y la vida, que parte en cada uno del nacimiento, está destinada en cualquier caso a la muerte individual. La existencia es colectiva y nuestra vida es sólo individual. Pero lo que introduce lo individual en lo colectivo es el hecho de la reproducción. Algo en lo que genéticamente, en el caso de la especie animal humana, participan tanto el macho como la hembra, pero que a la hora de pasarlo al campo del sentimiento indiscutiblemente está ligado de manera muy predominante a la madre. Se podría decir que mientras la mujer es un «ser para la vida», el varón es un «ser para la muerte». Si uno vive su vida en la continuidad, el otro lo hace en el enfrentamiento, lo que tiene repercusiones en todos los ámbitos de la existencia de ambos.[[wysiwyg_imageupload:1357:height=180,width=200]]

Como «ser para la muerte», el hombre vive de manera más intensa la agresividad física. Él es el guerrero, el que lucha por hacerse notar y con tener el premio de cubrir con más facilidad a las hembras, aliviando de esta manera sus pulsiones vitales. No hay que olvidar que mientras la mujer nace con  decenas de miles de ovocitos en su overa, y una vez alcanza la madurez va soltando sus huevos mensualmente, el varón sólo entonces empieza a producir el líquido seminal que ha de transportar su semilla o esperma. Y ese líquido seminal se acumula en las correspondientes vejigas o vesículas de manera constante, lo que le hace vivir en una tensión —de la que se puede ser más o menos consciente, pero que nunca falta—

El combate lleva a la jerarquización social. Y el actor dominante tiende naturalmente a imponer los ritmos de conducta a los otros miembros de su grupo. Será el que regule el acceso a las hembras, tanto el acceso propio desde luego, como, por necesidades de cohesión del grupo de guerreros, la de los demás. Será su virtus, su valor personal, el que los demás tengan que seguir, transformándolo de esta manera en valor social. Puede suceder, con el paso del tiempo y el desarrollo de comunidades estables, que los demás miembros tengan que verse en la práctica obligados a interiorizar, en un proceso reactivo, las virtudes ajenas como elemento de la propia vida. Es lo que hoy tendemos a llamar «valores» en abstracto.

Admitida la supremacía del jefe, y con ella las órdenes dirigidas al mantenimiento de la estabilidad del grupo (por ejemplo, en el campo de la economía, el trabajo), el individuo terminará por aceptar como virtud el dominar sus propias tendencias o pulsiones naturales, algo que es perfectamente observable cuando se desarrolla el mundo político («de la guerra») y el guerrero va perdiendo progresivamente su individualidad para transformarse en combatiente de la comunidad. Se irán desarrollando así un número importante de virtudes al servicio de los valores, de las cuales habrá que destacar, en nuestra civilización y como propias de un jefe, la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza (aunque el jefe tienda a huir de las restricciones puestas a los otros), y por tanto como las principales a la hora de ser imitadas como base del desarrollo de todas las demás. Se trata de valores, en principio impuestos, que se desarrollan como marco imprescindible de una vida social que vaya más allá de lo puramente exigible a una comunidad natural, o sea una vida social que se desarrolle en el marco de una cultura.

En cualquier caso, los valores fundamentales de una comunidad serán siempre los tendentes a controlar la vida y la muerte dentro de la misma. El principio de «no matarás a tu prójimo» es general, y sólo en circunstancias muy bien delimitadas del bien superior de la comunidad  podrá ser transgredido.

En cuanto al control de la transmisión de la vida, es sabido que es el hombre quien tiene mayor interés por establecer reglas acerca del reparto de las hembras, porque estableciendo cuáles son los límites de po- sesión de cada uno se evita a nivel interno una agresividad que puede destruir al grupo (y con ello dañar los objetivos del jefe) y se puede desviar igualmente hacia el exterior del grupo el desorden natural que implica el deseo continuo de aliviar las pulsiones sexuales marcadas por la biología. Será pues el hombre el que imponga las virtudes del matrimonio y organice, a través de un elaborado sistema de tabúes (el principal, el del incesto), quién puede acceder al sexo y en qué condiciones. Se crearán así los sistemas de parentesco, en los cuales la mujer juega un papel muy importante en principio pero siempre subordinado.

¿Qué ventaja obtiene ella? En principio, su papel como transmisora de la vida antes de la propia muerte (puede seguir sintiendo que sigue viva aunque muera, porque una parte física de ella, la cría, así lo hace) no le fuerza a generar cultura de la misma manera que al varón, que sólo puede pervivir en el recuerdo de una sociedad que adquiere el carácter de estable (la épica —e incluso la historia— es, fundamentalmente una necesidad masculina). Sin embargo, el sometimiento a unas reglas que le son extrañas también puede beneficiarla, en cuanto que el reparto de los machos y las hembras libera tensión dentro del grupo y le da seguridad al mismo, lo que es favorable para el desarrollo de las propias crías. El instinto de posesión de los machos respecto a sus hembras —derivado más del concepto de propiedad— hará que ellos estén dispuestos a luchar por ellas, al tiempo que imprimirá un carácter «virtuoso» a la educación de la descendencia. La transmisión de los valores civilizadores masculinos se hará más fácil a traves del control de la reproducción, no sólo física sino también de esquemas intelectuales, que efectúa la hembra. Con lo cual se crea una especie de equilibrio desigual que favorece a ambos elementos de la dualidad del ser humano en el marco de unas relaciones sociales culturizadas.[[wysiwyg_imageupload:1358:height=138,width=200]]

En todo caso, el desarrollo de la cultura humana se verá, como siempre, sobre todo a través de los desarrollos realizados en el marco de la lucha. Del combate singular se irá poco a poco pasando a la guerra organizada en torno a jefes estables o al menos a comunidades de identidad bien definida. La técnica de matar se irá poniendo cada vez más al servicio de la comunidad, en su forma política, y el combate individual irá perdiendo progresivamente sentido para subsumirse en una idea más general de destrucción del enemigo. Cuando la idea de progreso se impone sobre la de regreso, cuando la economía se libera de la moral a partir del siglo XVIII y la técnica se hace tan avanzada que implica una tecnología científica que sólo se puede desarrollar a nivel social, el combate personal queda reducido al mínimo y avanza el sentido de matanza generalizada (bombardeos aéreos, artillería pesada, armas de destrucción masiva…), al tiempo que se separa la fuerza y el arrojo físico de la utilización del nuevo armamento, que puede ser utilizado incluso por personas frágiles. El lugar del hombre como portador básico de la agresividad va desapareciendo, y con ello el sentido del patriarcado. Se puede decir, sin gran riesgo de error, que si hay que poner una fecha simbólica a la desaparición del patriarcado esa es la del 6 de agosto de 1945, fecha en que se lanza la primera bomba atómica sobre Hiroshima: el combate ha dado paso a la matanza indiscriminada.

Así, la mujer, más fuerte que el hombre (el 75% de los pacientes de los pediatras son de sexo masculino) aunque más frágil (como las ánforas de barro frente a los pellejos de cuero), tiende a ocupar el lugar del hombre en los esquemas sociales, en un proceso de creciente individualización, y la autoridad paterna sufre gravemente en el marco de la reproducción familiar. Protectora de sus hijos por encima de todo, como no puede ser de otro modo según la propia tendencia biológica —sobre todo protectora de los varones, más débiles—, los valores represivos propios del patriarcado tienden a diluirse. Y, no lo olvidemos, la cultura tradicional era la consecuencia de una actitud represiva frente a las tendencias naturales, que se intentan forzar en un sentido distinto al que habrían tenido si no existiese la acción intelectual humana. Dejando aparte el hecho comprobado de que ello va acompañado de un descenso vertiginoso entre nosotros en la capacidad genésica masculina, el resultado es que tienden a desaparecer los valores típicamente masculinos (como el trabajo o la sumisión a reglas: un ejemplo claro puede verse en la escuela, donde se tiende a hacer desaparecer el trauma de los exámenes) y una tendencia a desarrollar una cultura más lúdica, con menos represión en los aspectos sexuales y que detesta el hecho básico de la muerte (tan ligada al carácter del hombre-guerrero) como si fuese oponente de la vida, de la que no es en realidad más que su puerta de salida individual. El macho ya tiende a no aparecer como el dueño que protege a su hembra y su camada (al ser innecesario en el nuevo sistema socioeconómico desarrollado) y la nueva juventud, perdido el rumbo marcado por las antiguas virtudes y valores, sin que se haya desarrollado aún el sentido de otro sustitutivo, se encuentra perdida y desconcertada después de haber estado sobreprotegida. Ello nos lleva, en el marco de nuestra cultura occidental, ante el umbral repetido una y otra vez de la decadencia relativa (la decadencia de forma objetiva no existe en los procesos históricos) por falta de adaptación a nuevos modelos necesarios tras un periodo de desarrollo. Como ello no sucede de la misma manera en otras culturas coetáneas, es de esperar que la nuestra se vea fecundada por otras que no hayan llegado a producir los mismos desequilibrios, posiblemente más atrasadas en los aspectos organizativos o técnicos, pero dotadas de un rumbo claro.

La importancia de los gobiernos intermedios

El Estado de las Autonomías era, hasta 2004, el fruto de un amplio y continuado acuerdo. Todos los Estatutos entonces vigentes habían sido aprobados y sucesivamente reformados con el acuerdo, siempre, de las dos principales fuerzas políticas nacionales y, casi siempre, de manera unánime. Es más, siempre las reformas -que fueron muchas- descansaron sobre pactos políticos previos.

Tras el incierto arranque del modelo a finales de los años setenta del pasado siglo, la primera década de gobiernos socialistas sirvió para asentar y consolidar las líneas básicas del Estado autonómico. A comienzos de los noventa, era ya clara la demanda de generalización y eso llevó a firmar los conocidos acuerdos de 1992, entre los partidos socialista y popular, que multiplicaron las competencias regionales y homogeneizaron mucho el modelo.

Esta realidad fue asumida y expresada cabalmente por Rodríguez Zapatero en una intervención parlamentaria, comenzado ya el primer mandato de Aznar: «Si analizamos con cierta serenidad lo que ha sido el desarrollo [del Estado de las Autonomías] desde la aprobación de la Constitución de 1978, no parece adecuado pensar que estemos al borde de la necesidad de dar un impulso nuevo o un gran salto, no se sabe muy bien hacia dónde. Hay que reconocer que a pesar de las críticas y de las insuficiencias objetivas, el Título VIII ha permitido provocar, en un cierto marco de estabilidad, la mayor transformación en profundidad que se puede pensar en un Estado tan centralista, como era el nuestro, a un Estado tan descentralizado como es hoy el Estado actual».

Sin embargo, tras estas afirmaciones el modelo siguió desplegándose, llevando la responsabilidad en la gestión del sistema educativo, primero, y sanitario, después, a todos los gobiernos regionales. Ambos traspasos fueron realizados al amparo de un renovado acuerdo entre PP y PSOE que hizo posible una oleada de reformas consensuadas de doce Estatutos, y fue seguida por decenas de acuerdos bilaterales con todas las comunidades. Casi la mitad de las competencias actualmente atribuidas a los gobiernos regionales, tanto si las medimos por su coste como si lo hacemos por el número de empleados públicos asignados, tienen su origen en traspasos realizados a lo largo de los ocho años que estuvo gobernando el Partido Popular.

Tras este enorme esfuerzo político de transformación pactada del modelo de Estado, culminado en el año 2001, se pretendió acabar de definir el modelo mediante la negociación y aprobación unánime de un sistema de financiación solidario y estable que le sirviese de soporte financiero permanente. También esto se hizo y quedo así completado, en apariencia, el esquema autonómico apuntado por la Constitución.

En opinión de muchos, una de las mayores carencias de nuestro modelo de organización territorial estuvo siempre en el insuficiente y confuso desarrollo de la autonomía local. Si comparamos la distribución del gasto público en España con la de otros países descentralizados o explícitamente federales, llama la atención un claro sobredimensionamiento de las responsabilidades regionales de gasto y una evidente atrofia de lo local.

Puede haber algunas explicaciones históricas para este desequilibrio. Es cierto que algunas comunidades autónomas españolas son pequeñas en relación a lo que habitualmente se denomina región en otros países; además, las uniprovinciales (La Rioja, Cantabria, Asturias, Navarra, Murcia y Madrid; Baleares es un caso distinto) ejercen de manera indiferenciada sus competencias propias con las que correspondían a las antiguas diputaciones que vinieron a sustituir. Es también cierto que los más de 8.100 municipios españoles ofrecen muy distintas capacidades de gestión y, en consecuencia, un gran número carece de los recursos humanos y de la población suficientes como para ser un centro eficaz para la administración de los asuntos públicos.[[wysiwyg_imageupload:1117:height=145,width=200]]

Una evidente imprecisión constitucional sobre el alcance de la autonomía local explica, también, su debilidad institucional. El Título VIII no arroja mucha luz sobre qué constituye el núcleo del interés local protegido (137 CE: «El Estado se organiza territorialmente en municipios, en provincias y en las comunidades autónomas que se constituyan. Todas estas entidades gozan de autonomía para la gestión de sus respectivos intereses»), y los títulos competenciales del Estado y de las comunidades autónomas, en esta materia, son notablemente ambiguos.

La consecuencia de todo lo anterior ha sido una larga pugna entre gobiernos locales y autonómicos, con independencia de ideologías y regiones. En el País Vasco, con otras connotaciones que ahora nos dispersarían, la defensa de las diputaciones forales frente al gobierno autonómico estuvo en la raíz de la escisión del Partido Nacionalista Vasco que dio lugar a Eusko Alkartasuna y sigue siendo un motivo constante de fricción institucional. Una tensión similar existe en Canarias con los cabildos insulares y, en menor medida, en Baleares con sus consejos. Las diputaciones provinciales nunca han terminado de encontrar su papel en el nuevo modelo, y sólo su notable debilidad explica que no hayan entrado con más frecuencia en conflicto a lo largo de toda España.

Los choques entre los grandes municipios y los gobiernos de las comunidades autónomas donde se sitúan han sido una constante en los últimos treinta años. Aunque el caso más notable sea el de Barcelona, donde Ayuntamiento y Diputación en manos del partido socialista hayan sido un contrapeso a los gobiernos nacionalistas de la Generalidad, tampoco han sido nunca fáciles las relaciones entre estas instituciones en otras regiones, estuvieran gobernadas por representantes de distintos o de un mismo partido.

La necesidad de perfeccionar nuestro modelo constitucional de autonomía local y las ventajas de establecer un mayor equilibrio entre las responsabilidades de los tres niveles básicos de gobierno llevaron al Partido Popular a propugnar en su congreso nacional de 2002 la llamada «segunda descentralización». Era esta una idea surgida de los trabajos de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP), asumidos por todos los partidos nacionales, y que encontraba pleno sentido y oportunidad una vez completado el desarrollo del modelo regional. Se trataba de ampliar y precisar el núcleo de competencias propios de los gobiernos locales, al tiempo que se buscaba un modelo de financiación justo y sólido que garantizase su autonomía. Ahí estaba situado el debate.

Nada justificaba pues, antes de las elecciones de marzo de 2004, un cambio de calado en el modelo territorial surgido de la Transición, un modelo que había sido considerado un éxito dentro y fuera de nuestras fronteras. Sin embargo, los hechos han puesto de manifiesto que Zapatero, a pesar de sus palabras de 1996, no asumía la España que habíamos construido entre todos.

El partido socialista nunca ha querido en esta etapa hacer explícito el modelo que ahora persigue. Sus vagos argumentos parten de la necesidad de actualizar permanentemente el ordenamiento para adecuarlo a las circunstancias cambiantes de la realidad y se apoyan en proclamas vacías de contenido que afirman que nada sustantivo está siendo modificado.

Ante la falta de razones expresas que pudieran explicar por qué se han roto los fundamentos del pacto constitucional, sólo dos circunstancias nos arrojan alguna luz para entender la estrategia seguida por el gobierno. De un lado, una coyuntura electoral trajo a finales de 2003 el Pacto del Tinell y llevó a los socialistas de Cataluña a comprometerse con comunistas e independentistas republicanos a «dejar sin efecto el conjunto de normas contrarias a la plurinacionalidad, de cualquier rango, aprobadas durante el periodo gobernado por el Partido Popular».

Salta a la vista que ese conjunto de normas al que se referían no habían sido aprobadas por el Partido Popular, sino que eran el fruto de un consenso continuado que había permitido configurar el modelo de Estado vigente hasta 2004. Cuando Zapatero aceptó respaldar el Estatuto de Autonomía que fuese aprobado por el Parlamento de Cataluña sabía exactamente lo que quería decir, que lo aprobaría aunque contase con la oposicion del Partido Popular o chocase con la Constitucion. Y así lo hizo.

La segunda clave está en ese «nuevo marco de convivencia» que comprometió Zapatero en el momento de anunciar su «proceso de paz», cuyo alcance y contenido, por supuesto, tampoco se da a conocer. Es también aquí evidente que se intenta empezar desde cero, con una hoja en blanco; se pretende negociar sin incómodas restricciones.

El inmenso fraude radica en que su acuerdo no pretende ser alcanzado entre todos, no aspira a incluir a la gran mayoría que desde hace décadas avala nuestro modelo constitucional. Es un acuerdo para una parte; un acuerdo que necesariamente excluye, al menos, a la mitad de los españoles. Un acuerdo en el que sobra no ya el Partido Popular, sino todo lo que éste representa y defiende hoy en la sociedad española, aspectos que en muchas ocasiones se proyectan bastante más allá de nuestras filas partidarias o electorales.

Falta poco para las elecciones locales y autonómicas del 27 de mayo. Hay muchos asuntos propios que decidir, casi todos aquellos que afectan de manera más cotidiana a la vida de los españoles. No son la primera vuelta de las elecciones generales pero se celebrarán en unas circunstancias políticas que les dan una proyección que va mucho más allá de su particular carácter. En mayo los españoles no tendrán en su mano cambiar el Gobierno de España, pero sí tendrán la ocasión de expresar a través del voto su firme rechazo a tantos y tan graves errores.

Es imprescindible y urgente un cambio político en España. Todos los problemas tienen solución, pero exigen un nuevo liderazgo y un nuevo proyecto. Es posible, además, recuperar un amplio grado de acuerdo con una izquierda renovada tras una derrota electoral. Creo, incluso, que será fácil regresar a ese acuerdo.