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1945 y todo eso

Andrew Roberts

La división de opinión de los conservadores británicos en el tema de la Unión Europea es consecuencia directa de la obsesión nacional existente respecto a la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué está orgulloso de ser británico? (deténgase aquí si no lo está; este artículo no le gustará nada). Posiblemente sea mejor preguntar: ¿Por qué cree usted que tiene mejores razones para sentirse orgulloso de ser británico que, por ejemplo, un suizo de ser suizo o un sueco de ser sueco? Dado que Gran Bretaña, al contrario que algunos individuos británicos, no ha destacado en prácticamente ningún campo desde la guerra, ¿por qué sigue usted creyendo, de forma instintiva, en esa vieja idea de que le ha tocado el gordo en la lotería de la vida? No hemos ganado el Mundial en nuestro deporte nacional desde hace casi tres decenios. No ocupamos más que los puestos medios en las clasificaciones de indicadores económicos que merecen alguna confianza, por detrás de varios países del Extremo Oriente. Nuestro puesto en el Consejo de Seguridad, si es que somos capaces de mantenerlo por mucho tiempo, se debe íntegramente al pasado. El carácter exclusivo de nuestra calidad de miembros del club nuclear se ha visto devaluado por la intrusión de los israelitas, indios, paquistaníes, sudafricanos, coreanos del norte y, probablemente, a estas alturas, de los árabes. Hoy en día nuestra monarquía es ridiculizada ampliamente en el extranjero y es menos respetada que las Casas Reales de Japón y España. Si nuestro idioma se ha generalizado tanto en el mundo de hoy es tan solo porque hace doscientos años fue adoptado como lengua oficial por un país que está a miles de kilómetros de distancia. En todo aquello que destacamos hay siempre otros países que lo hacen mejor, más barato o de forma más eficiente. Hay pocas excepciones a esta regla, pero se supone que entre ésas se encuentran la industria de la música rock y pop, el teatro y ciertas áreas de investigación científica. No obstante, miremos en el interior de nosotros mismos, ¿realmente se siente usted orgulloso de ser británico porque Paul McCartney, Kenneth Branagh e incluso la doctora Dorothy Hodgkin lo son? No. La pregunta sobre qué ha ocurrido desde la guerra para que usted se sienta más orgulloso de ser británico que de ser italiano o francés tiene truco, ya que es la Segunda Guerra Mundial en sí la que proporciona la respuesta. Admítalo. El orgullo en la memoria Gran Bretaña fue la única nación que luchó de principio a fin, desde septiembre de 1939 hasta el 15 de agosto de 1945, Día de la Victoria sobre Japón, casi seis años más tarde. Ese período, y en especial el año en que resistió sola, desde el 18 de junio de 1940 hasta el 22 de junio de 1941, es aunque normalmente permanezca en el subconsciente la verdadera razón de que sigamos estando orgullosos, a pesar de todas las humillaciones de carácter imperial, político, estratégico, industrial y económico que hemos soportado desde 1945. Todos los pueblos tienen su Annus mirabilis, el período crucial de su historia que les define, que les otorga la Raison detre de su raza: grandes actuaciones políticas o constitucionales, como la de 1776 para los americanos o la de 1789 para los franceses, o importantes acontecimientos militares como en 1812 en Rusia (a pesar del largo y engañoso amanecer de 1917) o 1813 en Prusia. Los italianos que se oponen al Risorgimento de 1870 se vuelven hacia las ciudadesestado del Renacimiento, o incluso hacia la antigua Roma. Los griegos siempre tendrán la Atenas del siglo v a. c. para despertar el orgullo nacional. Las naciones necesitan de esa edad de oro, de ese tiempo en que disfrutan de una buena situación, de un período en el que, como dijo Hitler respecto de la Operación Barbarroja, el mundo contiene la respiración y las vigila. Dinamarca tuvo a los vikingos, Suecia la Guerra de los Treinta Años, y 194041 fue el momento de Gran Bretaña; como escribiera entonces T. S. Eliot en Little Gidding, el momento en que la Historia es Inglaterra y ahora. Es difícil, confuso, embarazoso y deprimente que los mitos y leyendas del momento que más nos define se hayan mezclado con nuestros recuerdos. Nuestro mejor momento no es un hecho histórico, sino que prácticamente forma parte del presente. Da color a nuestras perspectivas de futuro, fomenta el nihilismo, arroja una sombra sobre todo aquello que hacemos. Es también, en parte, la razón de que la guerra siga siendo noticia. Las disputas respecto del número de víctimas ensombrece la ceremonia de Dresden, el proyecto para Auschwitz abre viejas heridas, los pubs de EE.UU. recuerdan a Churchill, los veteranos se enfurecen por la proyección del bombardeo de Hiroshima, los polacos critican algunos aspectos de la liberación de Varsovia y los veteranos condenan el veto oficial de la celebración del Día de la Victoria sobre Japón, todos estos han sido titulares del Times en los últimos quince días. Ninguno se debe exclusivamente a la industria que se está desarrollando en torno al cincuenta aniversario del final de la guerra. Las cuestiones y mitos del período 193945, al igual que los de 1776 y 1789, seguirán influyendo en el sentimiento nacional y alimentando la autoestima de la nación mucho después de que el último veterano de guerra muera hacia el 2030. Con el 50 aniversario llega el momento de enterrar algunos viejos mitos, mientras que otros, simplemente por el hecho de que algo adquiera el rango de mito no significa necesariamente que no contenga algo de verdad, deben realzarse aún más. No deberíamos tener nada que temer en este proceso, con independencia de lo doloroso que pueda resultar en ocasiones. Los aniversarios de este año empezaron con el de la liberación de Auschwitz. Entre el 4 y el 11 de febrero, tuvo lugar el de la Conferencia de Yalta. Iwo Jima fue tomada el 19; en marzo el ejército olvidado conquistó Mandalay. El 28 de marzo, el último cohete cayó en suelo británico y Franklin Delano Roosevelt murió el 12 de abril; le siguieron la muerte de Mussolini el 28 y la de Hitler dos días más tarde. Mientras, el Ejército Rojo llegó a Berlín el 20 de abril y se reunió con el ejército americano en Torgau el 26. Berlín se rindió el 2 de mayo. Apenas se celebre el Día de la Victoria en Europa, el 8 de mayo, las cabezas se volverán, al igual que lo hicieron cincuenta años atrás, al escenario de Extremo Oriente. Si pueden tomarse como referencia las celebraciones del Día D del pasado año, la atención de los medios de comunicación será inmensa, habrá cuestiones polémicas y ceremonias solemnes e impresionantes. Pero, ¿qué será de los mitos? ¿Cómo sobrevivirán? ¿Se frenará Gran Bretaña en seco, como un septuagenario artrítico hojeando un periódico deportivo de hace cincuenta años en busca de escenas que confirmen sus viejas glorias, para descubrir finalmente que los recuerdos de carreras brillantes en partidos de cricket locales no están a la altura de los fríos hechos de papel impreso? Podría desvelarse que los recuerdos y las viejas historias entrañables nunca fueron totalmente ciertas. Las naciones, al igual que los individuos, pueden borrar recuerdos que les resultan dolorosos, embarazosos o inquietantes. En la Francia ocupada y de Vichy, así como en los propios países del Eje, fue necesaria una amnesia colectiva para que la vida pudiese continuar. Lo mismo puede ser cierto para algunos recuerdos de los vencedores. El hecho de no haber experimentado nunca una ocupación otorga a los británicos un sentido de limpieza moral que no puede darse en ningún otro lugar de Europa. Nunca hemos sido sometidos a esa prueba definitiva. Tuvimos la esperanza de que ocho siglos de independencia conferirían más firmeza a nuestras gentes de la que demostraron otros países, pero el ejemplo de los únicos británicos que experimentaron de hecho la opresión no es esperanzador. El último libro sobre la ocupación de las Islas Normandas muestra un inquietante grado de colaboración y, en el mejor de los casos, una aceptación con resentimiento. Bien es cierto que Saint Helier no podía, como dijo Churchill de Londres, engullir todo un ejército invasor, pero los burócratas británicos no tardaron en comenzar a identificar judíos para su deportación a Auschwitz y cientos de niños fueron engendrados por madres de las Islas Normandas y padres alemanes. Los franceses tenían una expresión para ello: collaboration horizontale. La ignorancia de la historia El desconocimiento de muchos de los hechos básicos sobre la Segunda Guerra Mundial es endémico, incluso entre aquellos que lucharon en ella. A continuación se expone una versión de los primeros dos años de guerra con la que el británico medio, dejando a un lado a sus hijos, podría estar bastante de acuerdo: Hitler invadió Polonia, y Gran Bretaña y Francia declararon inmediatamente la guerra. (De hecho, transcurrieron dos días y medio antes de que se respetase el compromiso de declarar la guerra inmediatamente.) Su objetivo era destruir el nazismo, suprimir todas las modificaciones del Tratado de Versalles introducidas por Hitler y, si fuera posible, salvar a los judíos. (Los tres son incorrectos). Una vez iniciada la lucha, el impopular (todavía era popular) Primer Ministro Neville Chamberlain perdió una votación en la Cámara de los Comunes (ganó por 281 frente a 200 votos) y Winston Churchill se convirtió en líder de los conservadores (no se convirtió en líder). Traicionada por los belgas (no) y defraudada por los franceses (no exactamente), la Fuerza Expedicionaria Británica se retiró ordenadamente (bueno…) a Dunquerque desde donde fue evacuada, en gran parte en pequeñas embarcaciones (que de hecho solo transportaron a una pequeña minoría). Solo la actuación de los pilotos británicos (polacos, checos, canadienses, neozelandeses) que ganaron la Batalla de Gran Bretaña gracias al importantísimo (no) descubrimiento del radar evitó que Hitler llevase a cabo su plan para invadir Gran Bretaña inmediatamente después de Dunquerque. Mientras se libraba la batalla, Londres era objeto del bombardeo alemán (no ocurrió hasta más tarde), que prácticamente paralizó la ciudad (incorrecto). Durante este extraordinario período los miembros del Parlamento mantuvieron todos sus antiguos derechos y privilegios (Archibald Maule Ramsay, miembro del Parlamento, fue encarcelado sin ser juzgado). Si Gran Bretaña hubiese sido invadida, el gobierno, la Familia Real, las reservas de oro del Banco de Inglaterra y la Marina de guerra habrían sido acogidos por Roosevelt en el continente americano. (Este le comunicó al embajador británico que no creía que fuesen acogidos, y Churchill le hizo saber que la Marina podría no ir). Si Gran Bretaña hubiese sido invadida no habría colaborado como lo hizo Francia, sino que habría luchado hasta la muerte. (Quién sabe, la experiencia de las Islas Normandas no es un precedente alentador). Es casi un tópico señalar el efecto de la crisis de Renania de 1936 sobre la entrega de Suez por parte de Edén 20 años más tarde, y la palabra Munich es todavía un dardo certero que la derecha puede lanzar contra un apaciguador Foreign Office, pero las comparaciones con la época de la guerra parecían estar perdiendo fuerza a finales de los setenta y en los ochenta, hasta que surgió la cuestión que permitió volver a ellas con renovados bríos. Europa y nuestra historia Es probable que nuestra relación con la Unión Europea sea el tema principal en la política británica durante varias décadas. Evoca una cacofonía de ecos y resonancias del período de 193945, que van desde lo sutil a lo enormemente ordinario. La Unión Europea iba a ser un hijo de la guerra, fuese quien fuese el bando que venciera. Los nazis lo utilizaron en los territorios occidentales ocupados como una hoja de parra con que esconder la desnudez de su imperio. De igual forma, los padres fundadores de la Comunidad la promovieron como la fuerza que podía desterrar para siempre la guerra del continente europeo. Esta esperanza aparece de forma regular en los discursos de Sir Edward Heath. El mensaje subliminal es que si la Alemania Unida después de todo es difícil dirigir el temor hacia España o Grecia se mantiene estrechamente ligada a la Comunidad, no volverá a estar tentada de luchar por su Lebensraum. Edward Heath no es tan mal educado (al menos con los extranjeros) como para sugerir que la arrepentida y democrática Alemania de hoy en día es una amenaza potencial para la paz en Europa, pero, con todo, este es el mensaje sotto voce. El Ministro de Asuntos Exteriores de antes de la guerra, Lord Halifax, comparaba a Alemania con un caballo al que había que encajar en su establo de tal forma que no pudiese cocear. Su razonamiento daba por sentado (equivocadamente) que la Alemania nazi daba prioridad al engrandecimiento económico sobre la hegemonía territorial y racial. Los dirigentes del movimiento británico en pro de una Europa Unida, hombres como Healey, Heath, Duncan Sandys, Ian Gilmour, Julián Amery, poseen todos ellos buenos historiales bélicos. Tanto ellos como los padres fundadores de la Comunidad Europea, hombres como Robert Schumann, Jean Monnet, el conde Coudenhove Kalergi y Couve de Murville, llegaron a creer que las nacionesestado propiciaban el nacionalismo, el cual engendraba el nacionalismo a ultranza, que a su vez desembocaba en fascismo y, tal y como concluyeron los intelectuales franceses de 1936: Le fascisme, cest la guerre!. Predicaban por tanto que a ninguna nación debería concedérsele el derecho de acción ilimitado ni el de autodeterminación. La naciónestado había sido la perdición de Europa. Pero esta aseveración no tenía en cuenta que la naciónestado fue, en 1940, el factor clave que representó la salvación de Gran Bretaña. Si sobrevivimos, fue en gran medida gracias a la naciónestado. Esta dicotomía explica en gran parte la profunda división de opiniones de la clase política británica con respecto a Europa. La división de la opinión británica Las discusiones de hoy en día tratan, en parte, de las diversas interpretaciones y conclusiones que deben extraerse de la Segunda Guerra Mundial. Los historiadores tienen un papel vital que desempeñar en la lucha de los mitos. Han usurpado el puesto que Shelley reclamó un día para los poetas, el de ser los legisladores no reconocidos del mundo. Para la generación de euroescépticos de más edad recurrí también a las lecciones de los años treinta y cuarenta. Los recuerdos de la guerra afectan claramente a Margaret Thatcher y a Norman Tebbit. Thatcher tenía 19 años, edad a la que uno es altamente impresionable, cuando finalizó la guerra; Tebbit, futuro piloto, se estremecía con los bombardeos de la RAF entre los 9 y los 14 años. El encendido lenguaje que Nicholas Ridley utilizó en su entrevista con The Spectator en 1990 la unión monetaria era una trampa de Alemania para tomar toda Europa muestra la furia que le produjo como ministro de comercio visitar países como Hungría o Checoslovaquia solo para descubrir que los alemanes ya se habían acomodado en los sectores más atractivos de las economías de los países del Este. La generación más joven de escépticos, hombres como Michael Portillo, Peter Lilley (los padres de ambos lucharon contra el fascismo) y John Redwood, aborda el problema de Europa de una forma menos visceral y más influida por los fantasmas de la guerra. Su objeción a la pérdida prácticamente total de soberanía que comporta la moneda común se deriva de un análisis de posguerra más racional, sobre las intenciones y ambiciones alemanas. Es, por supuesto, imposible ser totalmente racional en estos temas tan emotivos, pero la diferencia generacional total implica que la sombra de la opresión nazi no se cierne sobre su visión de una Europa Unida. La odian y la temen por razones más actuales. Jonathan Aitken, quien hace poco consiguió sus credenciales como principal oponente del Gabinete a una moneda única europea, está en una categoría completamente distinta. Aunque proviene de la generación más joven, es también historiador; el sobrino nieto de uno de los grandes confidentes y lugartenientes de Churchill, así como propietario de la casa de la que Churchill partió con Brendan Bracken para condenar Munich. Algunos rebeldes irreparables, en particular Teresa Gorman, se consuelan abiertamente con la experiencia de los rebeldes de los años treinta, que fueron también condenados al ostracismo (aunque continuamente fustigados) por parte del partido conservador, hasta que se acabó demostrando que tenían razón respecto a Munich. Bill Cash y Nicholas Budgen, los propagandistas euroescépticos más efectivos, perdieron a sus padres en acto de servicio durante la guerra. Aunque su oposición a un superestado europeo se basa en motivos impecables desde un punto de vista intelectual, no es de extrañar que desconfíen ante la perspectiva de que los eurofanáticos presenten el Lebensraum en bandeja a una Alemania unida. Enoch Powell es un veterano de guerra y habla alemán con fluidez. Aunque su oposición a la unidad europea se deriva de una filosofía sobre Inglaterra anterior a la Reforma o incluso a la Antigüedad, ni siquiera este quisquilloso filósofo de la derecha conservadora está un poco por encima de la postura ¿y qué pasa con la guerra?. La semana pasada, en una reunión del Bruges Group, dijo: si Alemania hubiese ganado la guerra, Hitler no habría impuesto controles más estrictos al Reino Unido de los que le fueron impuestos con la Ley de la Comunidad Europea de 1972. De hecho, tal y como estableció el mariscal Waither von Brauchitsch en su directiva del 9 de septiembre de 1940, de vencer Alemania, ia población británica masculina y sana con edades comprendidas entre los 17 y los 47 años sería recluida y enviada al continente a menos que circunstancias especiales exigiesen que se dispusiese de otro modo. Incluso los euroescépticos aceptarán que esto es más dramático que las peores propuestas de Jacques Santer para la unión monetaria. El pasado es un terreno pantanoso Pero el premio por el ejemplo más escandaloso de citas fraudulentas y fuera de contexto y de creación de mitos debe ser para Michael Heseltine, por la obra de trapacería histórica perpetrada en el Sunday Times en su artículo Gran Bretaña debe marchar tras Churchill hacia Europa del pasado fin de semana. Citó lo que según éldijo Churchill en Zurich en 1946: Por mi experiencia en grandes empresas, he descubierto que a menudo es un error intentar disponer todo inmediatamente. Sabemos donde queremos llegar, pero no podemos prever todas las etapas de una Europa unida en la que nuestro país desempeñará un papel decisivo… Es responsabilidad de todos los hombres de estado, que tienen en sus manos la autoridad para conducir los hechos y para actuar, diseñar y forjar la estructura. Encantado de poder citar a su héroe desde la derecha conservadora, Heseltine terminó diciendo Como tantas veces en el pasado, sería inteligente por parte del partido conservador escuchar sus palabras. Mis sospechas inicialmente surgieron de la oportuna utilización por parte de Heseltine de los puntos suspensivos. ¿Habría dicho Churchill algo banal o aburrido que necesitase ser suprimido? Seguramente no. Busqué entonces el discurso (que de hecho pronunció en el Albert Hall el 14 de mayo de 1947) y descubrí lo que Heseltine había suprimido. Eran unas pocas frases que contradecían completamente el argumento de todo el artículo. En los puntos suspensivos Churchill decía: la Europa unida constituirá una gran entidad regional. Están los Estados Unidos con todas sus dependencias; está la Unión Soviética; está el Imperio Británico y la Commonwealth; y está Europa, con la que Gran Bretaña se encuentra intimamente entremezclada. He aquí los cuatro pilares del Templo mundial de la Paz. Churchill, como sí dijo en Zurich, pretendía que Gran Bretaña fuese amiga y patrocinadora de la nueva Europa, pero no parte integrante de la misma, y así lo dejó claro en Zurich, La Haya y el Albert Hall, y se lo confirmó sin ningún género de dudas a Montgomery cuando Gran Bretaña negociaba su entrada en 1961. Fue por ello por lo que Gran Bretaña no contribuyó con tropas al Ejército Europeo propuesto en 1954. Como demuestran la hipérbole de Powell, la dislexia histórica de Heseltine y los mitos populares del período 194041, el pasado es un terreno pantanoso que los políticos eligen para izar sus estandartes. Es peligroso que nuestro futuro se decida por referencias a percepciones de la historia excesivamente desvirtuadas, distorsionadas e incorrectas. La célebre crítica de J. M. Keynes sobre la gente práctica que se cree exenta de influencias intelectuales y que son normalmente esclavos de algún economista fallecido es también aplicable a los políticos que son esclavos de algún historiador fallecido como Arthur Bryant. Es vital para nosotros entender nuestra propia historia reciente; solo entonces podremos construir un futuro que la merezca * • (Traducción: Lucía Ortiz Martín) * Artículo reproducido por cortesía del autor y The Spectator (Feb. 1995). El último libro de Andrew Roberts, Eminent Churchillians, ha sido publicado por Weindenfeld Nicolson.

Textos beligerantes

Julio Martínez Mesanza

La guerra, la literatura y el arte actuales, el sentimiento estético a partir de la moral y el conflicto entre ley y conciencia son algunos de los temas que el autor trata en estas páginas. Lo irreal, lo real y lo verdadero Nunca he estado delante del Guernica de Picasso. Eso sí, es como la música para Kant (Crítica del Juicio, § 53), al final, aunque no quieras verlo, te lo acabas encontrando por todas partes. Los detalles de esta obra me son familiares, por más que mi indiferencia ante su compleja simbología iguale en magnitud el interés de toda la nación, que un día formó colas más largas que las del racionamiento para contemplarla y que ahora discute sobre su ubicación, inviniendo en algo tan trivial sus menguadas energías intelectuales. Sí que he estado delante de un cuadro de V. Pero en el que un lento caballo tira de un trineo: una madre lleva las riendas y sus dos hijos se acurrucan detrás, junto a un ataúd. La mirada de la hija se ha perdido para siempre en un dolor intemporal y el hijo, aterido, parece estar entre el sueño y la muerte. El quinto personaje es un perro; el sexto puede ser el padre de los niños, al que encierran los pobres maderos que forman su ataúd. Y el mismo día que tuve delante de mí este cuadro vi también a una mujer joven, hermosa y elegante, que cuando pasó ante la verdadera imagen de la Santa Virgen, Nuestra Señora de Vladimir, se persignó y se arrodilló, permaneciendo en oración junto a las flores que había a los pies del icono. Y todo esto no ocurría en una iglesia, sino en un museo: la galería Tretiákov de Moscú. Lo que es un hecho habitual en las iglesias de Occidente, al verlo en un museo, produjo en mí una fuerte impresión. El arte, entre nosotros, se ha contaminado irremisiblemente de laicismo, hasta llegar a perder su carácter sagrado y convertirse en un producto solo intelectual avalado por una crítica pretenciosa y ridicula. Se habla de materia, textura, revolución, originalidad, riesgo, etc., pero no de sentimiento. Primero, echaron a Dios del arte, y luego, como consecuencia lógica, al hombre. Si acaso, queda de este último lo peor, su orgullo, expresado no solo por las obras, sino por los mismos artistas, entre los que hay verdaderos bufones. Poesía y moral Ninguna teoría estética ha logrado desentrañar la razón por la que el arte o la poesía ejercen su influjo sobre los sentimientos del hombre. Para hacer más difícil su propia tarea, la Estética se perdió hace tiempo, y de forma irremediable, en la definición de un concepto, el de belleza, que abordó desde posiciones idealistas o naturalistas, multiplicando sus opiniones sobre lo que, en el fondo, tiene un pobre significado. Si nos fijamos bien, los sentimientos que llamamos estéticos no tienen que ver con lo que, de un modo u otro, se considera bello, ni con lo sensual, ni con lo sensitivo, aunque parezca etimológicamente paradójico, sino con el alma del hombre. Somos receptivos ante una obra de arte o un poema porque tenemos una historia personal cuyas vicisitudes se reflejan en la historia general de las alegrías y desdichas del hombre, y esta receptividad supone un acto de identificación moral. En el terreno de la moral nos movemos, o deberíamos movernos, con mayor seguridad que en el terreno de las opiniones estéticas. Dios nos ha dotado del suficiente sentido para poder discernir entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto; nos ha dado la libertad y, con ella, la felicidad y el sentimiento de culpa; nos ha dado un alma cuyos actos y sufrimientos son actos y sufrimientos estéticos en estado puro. Solo desde un punto de vista moral, no necesariamente moralista (y es una pena tener que hacer todavía este tipo de aclaraciones), puedo acercarme a la raíz del sentimiento artístico, porque solo lo humano, lo que tiene que ver con este valle de lágrimas despierta en mí la emoción que llaman artística. Guerras actuales Las guerras que tienen lugar en el mundo de hoy son guerras entre ciudadanos; sus actores principales son ciudadanos, y la mayoría de sus víctimas también lo son. Los ejércitos, regulares o no, están formados por ciudadanos y los objetivos son exclusivamente civiles. Los excesos de los guerreros, con sus aberraciones, y también con sus virtudes, han desaparecido: ahora, el exceso, la brutalidad, es cosa de civiles, y sus efectos son más devastadores que nunca. Antes solo cuando el teatro de la guerra era desbordado, las poblaciones sufrían la violencia, la muerte y el pillaje; ahora, el teatro de la guerra es la ciudad, y el objetivo no consiste solo en una victoria estratégica o en la obtención de unas ventajas políticas o diplomáticas, sino en el exterminio. Proyecciones La atención que presta Cernuda a la poesía de Francisco de Aldana es de alabar, sobre todo si tenemos en cuenta que lo hace en una época en que la obra del gran poeta muerto en Alcazarquivir era. si cabe, más ignorada que ahora. También es acertado, en líneas generales, el análisis que Cernuda hace de la tensión a que se ve sometido Aldana por su condición de soldado y sus aspiraciones espirituales. Pero olvida, no sé si interesadamente, que esas aspiraciones son cristianas y están cifradas en la salvación, y se equivoca, tal vez por ignorancia, en la valoración que Aldana hace de la profesión de las armas. Los Pocos tercetos escritos a un amigo y el soneto que empieza Otro aquí no se ve que, frente a frente … sirven, mejor que el soneto en alabanza de Felipe II que cita Cernuda, para hacernos una idea de la alta opinión que Aldana tenía de la vida de soldado. Y por eso la tensión en la que vivía era más cruel. Al final la imagen que Cernuda nos da de Aldana tiene más de deseada que de real. Quiere ver en éste un alma gemela a la suya y. para que los lectores crean lo mismo, soslaya todo lo que no favorece esa imagen falsa. Después de todo, ¿cómo Cernuda, tan sensible a la inmortal reacción española, iba a reconocer de buen grado que en su admirado Aldana se encuentra también una visión fuerte de la vida, realista e incompatible con su espíritu? Contradicciones Las consignas morales del laicismo contradicen su esencia liberal: son frenos que pone la conciencia, porque ésta, en su intimidad, recuerda aún al Creador. ¿Cuál es el objetivo de la sociedad no creyente? ¿La conservación del género humano y su felicidad en la tierra? ¿Y cómo se consigue esto? No, desde luego, con un vacío voluntarismo. ¿Pueden las leyes de los hombres hacer hombres buenos? Y más aún, ¿están obligados los hombres a aceptar estas leyes solo porque las hayan promulgado especialistas en la materia o personas elegidas o porque la mayoría de la población haya decidido que son buenas? ¿Conoce un legislador mejor que cualquier otro hombre el corazón humano? No, los hombres saben de forma natural lo que está bien y lo que está mal. Se puede legislar en materias administrativas, pero las grandes cuestiones de la moral, el pecado, la vida y la muerte, la actitud ante nosotros mismos y ante nuestro prójimo, no competen en nada al legislador, que lo único que puede hacer es fijar la cuantía de las penas, pero no decidir por los demás lo que es o no es delito. En estas cuestiones el hombre sabe, sin que se lo diga la ley, si se conduce bien o mal. Quienes legislan tenían ya que haberse dado cuenta de que la reacción de la gente ante una ley económica injusta no es comparable a la respuesta visceral ante una ley que tenga que ver de manera radical con la conciencia, como la de la despenalización del aborto o la eutanasia. Una ley de este tipo siempre va acompañada por una serie de justificaciones que descubren su esencia antinatural. Tanto los que exigen la ley como los que la promulgan se ven en la necesidad de justificarla, y esto solo ocurre cuando la conciencia todavía recuerda lo que es bueno y lo que es malo. Y esta justificación lleva a menudo a la contradicción. Veámoslo. El argumento principal de los que piden una ley de despenalización del aborto es el de que la mujer es dueña de su cuerpo. Se dice esto desde posiciones progresistas y, si nos fijamos bien, lo único que se ve en tal argumento es un peregrino, si no egoísta, sentido de la propiedad y un repugnante micrototalitarismo, una forma pavorosa de totalitarismo, pues ¿qué no será capaz de hacer alguien que considera normal este despiadado gobierno que decide así sobre lo que le molesta si tuviera en su mano el destino de seres que no son de su misma sangre? No vale la pena recordarle a esta gente lo obvio, es decir, que nadie es tan monstruoso como para tener todos sus órganos duplicados. Y además, todo esto lo saben. Saben que se trata de otro ser humano, pero necesitan una justificación. Una justificación que se convierte en contradicción en boca de los que, finalmente, promulgan la ley. Estos se ven obligados, para apaciguar el resto de su conciencia (lo que solo engañándose a sí mismos conseguirán), a poner límites a la insensata aspiración de los que reclaman la ley. Y entonces nos encontramos con que un hombre puede ser asesinado en el seno materno a los tres meses de ser concebido y no a los tres meses y un día. ¿Por qué? Porque se legisla contra las creencias más arraigadas, contra creencias que no despiertan ninguna duda en la conciencia de los hombres, y esto no puede hacerse sin caer en la contradicción. La ley recoge las aspiraciones de un número determinado de personas, que solo por ese hecho, el de ser un número, merece ser escuchado, aunque sea aberrante lo que pidan. El argumento principal que he citado viene a veces acompañado de otros argumentos no menos odiosos. Uno pone la angustia de la madre por encima de cualquier otra consideración. Otro, los problemas económicos. Otro, también de inspiración totalitaria, las posibles malformaciones del feto o sus limitaciones intelectuales. Otro, lleno de cinismo, alude a la condición de no personas, por no nacidas, de esos hombres. Y el legislador, atento según parece a impedir las manipulaciones genéticas en los embriones, porque es algo que repugna a la conciencia, permite, oyendo estos argumentos, no ya la manipulación, sino la eliminación sin más de estos hombres. La llamada moral o ética laica no puede escapar de esas contradicciones, porque por una parte escucha la conciencia de los hombres y por otra, oponiéndose a todo lo que significa culpa el hombre nace para ser feliz (¿?), se acomoda a las circunstancias. Es una moral de los derechos y no de los deberes. Una moral pasiva y no activa. (El deber es activo y creador; el derecho, pasivo). Reclamemos todos los derechos del mundo: lo único que lograremos es lo que a la vista está, el agigantamiento del egoísmo. Cumplamos todos nuestros deberes: no habría necesidad de exigir derechos. Perplejidad de lector ¿Por qué algunos poetas que en su juventud demuestran grandes dotes para transmitir emociones de una forma sencilla y directa, se empeñan después, hasta convertir el medio en un fin, en una reflexión estéril sobre la poesía, que llevan a su misma obra? Pienso en Góngora y en Juan Ramón Jiménez. Las primeras obras de ambos en verso castellano tienen la emoción y la ternura de la mejor poesía; después viene la complejidad, la pueril complejidad. En el caso de Góngora, referida al lenguaje; en el de Juan Ramón, a los conceptos. Tempestades de acero Si hay un libro impío e inmisericorde ése es Tempestades de acero, de Ernst Jünger. Se puede leer de manera frenética, como los acontecimientos que describe, porque, pese a que todo lo que en él se cuenta parece siempre lo mismo, pocas obras tienen su plasticidad, una plasticidad que sojuzga, que nos obliga a permanecer con el autor dentro de las trincheras. Es un libro desesperanzado. Mejor dicho, en él no hay ni esperanza ni desesperanza. Pero lo peor es que es un libro sin caridad. A lo sumo, y pocas veces, el autor transmite una piedad que podríamos llamar pagana, semejante a la de los héroes griegos. Ya sé que el alma del siglo está más cerca de lo que expresa Jünger que de otros modelos más voluntaristas; sus símbolos deberían ser el Somme y Auschwitz, pero, ¿ha de ser el testigo tan terrible, aséptico y frío? ¿Necesitamos, sin más, saber los hechos o queremos también que el testigo tiemble con nosotros ante ellos y que nos transmita, si no un dictamen o una reflexión moral, un ligero, un humilde estremecimiento por el que podamos reconocer en él al hermano que sufre? Poesía e inmoralidad Existe una corriente en la poesía actual caracterizada por el énfasis que pone en el fracaso de la palabra como vehículo de comunicación y en el silencio. Si examinamos poemas de los autores adscritos a ella, veremos que, bajo una expresión abstrusa, esconden una pobre visión del mundo, una filosofía palabrera y deshumanizada. Pero lo que más me llama la atención en este tipo de poesía son sus pretensiones místicas. Han tomado como abanderado de su causa, entre otros, a San Juan de la Cruz, ellos, que son en su mayoría recalcitantes ateos o, al menos, gentes que, en cuanto pueden, abominan públicamente de la Iglesia. Naturalmente, del Cántico Espiritual les interesa el no sé qué…, y soslayan el comentario en prosa de San Juan, para subrayar el misterio que es lo que les apasiona, o el erotismo, porque así, ellos, tan incautos, tan pueriles, se creen transgresores (algo, lo de ser transgresor, que no sé por qué motivo está muy bien visto). Si solo se tratase de una impostura sentimental, nos encontraríamos sin más ante una literatura falsa, pero aquí se esconde también una falacia de tipo intelectual, consistente en apropiarse de las palabras por el prestigio de que gozan y en adulterar su sentido. Solo un necio o alguien que obra de mala fe puede poner en circulación la idea de una mística sin Dios. Ya que consideran prestigiosa la idea de profundidad, al no tenerla, tratan de aparentarla, y de ahí el embrollo teológico, metafísico y lingüístico de sus teorías y de sus poemas. Incoherencias ¿Por qué razón una persona descreída emite opiniones apasionadas sobre asuntos internos de la Iglesia? ¿Qué le importa a un ateo que las mujeres no puedan recibir el sacramento del Orden en el catolicismo? ¿Por qué protestan los que no creen para nada en la comunión de los santos ni en la vida después de la muerte ni en dogma alguno cuando se anuncia un proceso de beatificación?

La imprudencia como sistema

LA IMPRUDENCIA COMO SISTEMA ELOGIO DE LA AUDACIA Y CRÍTICA DEL MÉTODO EN EL PENSAMIENTO CIENTÍFICO
Gustavo Villapalos

La imprudencia es un riguroso método científico; y la historia de la ciencia viene a ser un mantenido ejercicio de audacia imaginativa de los científicos, que compromete todo su pensamiento, hasta teñirlo de filosofía.

Uno de los mejores alumnos del físico Niels Bohr presentó a su maestro una teoría que, aparentemente, resolvía la disimetría formal de un universo escindido en dos tipos de leyes, las cuánticas para explicar el mundo de los objetos subatómicos, y las clásicas para el mundo macroscópico. Bohr desautorizó el intento de complementariedad de su discípulo con palabras parecidas a éstas: su hipótesis no tiene ninguna posibilidad de ser real. No es lo bastante loca. La imaginación es una conditio sine qua non de la investigación, porque el oficio de desvelar las opacidades del mundo consiste en conocer lo que otros han aprendido y en pensar lo que nadie ha pensado todavía. Por eso afirma Popper que la historia de la ciencia no es una historia de inventos puramente técnicos de nuevos instrumentos, sino, por el contrario, una historia de ideas. En fin, me enfeudo a Gastón Bachelard para concluir este exordio con una ley que él acuñó: en el mundo del pensamiento la imprudencia es un método. Y sobre eso, principalmente, propongo esta reflexión, la de la imprudencia como sistema. ¿Al dictado de qué lógica dibuja el viento sus arabescos en la epidermis del agua? ¿Qué ley regula la morfología de los encajes de la escarcha en los cristales? ¿Hay alguna gramática subyacente en los sueños? ¿Cuál es la relación de causaefecto entre el batir de alas de una mariposa en Nueva York y un tifón devastador en el Pacífico? ¿Por qué los objetos subatómicos viajan por los abismos infinitesimales de la materia sin brújula, sin agenda y con absoluta ignorancia de los códigos de circulación? Y sobre todo, ¿existe el mundo como algo más que una visión del mundo impuesta al mundo? Hasta donde yo sé éstas son, por el momento, preguntas para las que la ciencia no tiene una respuesta. Y no la tiene porque, frente a la soberbia de un PierreSimon Laplace que profetizó el imperio del determinismo absoluto, de un Universo sometido a severas leyes, de una razón todopoderosa que destronaba a un Dios entretenido en jugar a los dados, frente a la soberbia, digo, del sueño cartesiano y de tutti quanti iluminados de las Luces que celebraron la apoteosis de Prometeo y el triunfo del cerebro humano sobre los arcanos del mundo, hoy es la propia ciencia la que ha invitado a su cerrado huerto a conceptos como azar, caos, catástrofes, complejidad, incertidumbre y demás nombres de lo imprevisible. El misterio, concepto teológico, vuelve a ser un concepto asimismo científico. El desconcierto de lo real La revolución de los quanta destrozó todos los modelos tradicionales del pensamiento en física. Incluso acogiéndose desesperadamente a la solución propuesta por Rutherford del átomo planetario, era necesario admitir que las órbitas no eran tales órbitas en el sentido de las que describen los planetas en el sistema solar. Era también necesario convenir que las diversas partículas, que se descubrían en número cada vez más creciente, tampoco eran corpúsculos en el sentido tradicional del atomismo, y que las fuerzas que reinan en el corazón del átomo no tienen análogos en el mundo de la cosmología tradicional. O sea, que era realmente un mundo nuevo el que se había descubierto, un mundo desconcertante en el que la naturaleza funciona por saltos, un mundo que introduciendo la incertidumbre abolía la tranquilidad del determinismo. En el volúmen primero de sus Escritos, De Quincey barrunta un severo orden que subyace bajo el caos aparente de las cosas. Lo hace con hermosas palabras. Escribe De Quincey: hasta los sonidos irracionales del globo deben de ser otras tantas álgebras y lenguajes que de algún modo tienen sus llaves correspondientes, su severa gramática y su sintaxis. A esta escuela parecen apuntarse los neurofisiólogos que afirman que el cerebro es el secreto mejor guardado del universo. ¿Insinúan que hay una ecuación, un silogismo, un eureka que reduce a un esquema inteligible lo que se presenta como proteico o irreductible? Si eso es así tendría razón el Azorín que postulaba que vivir es ver volver, porque semejante intuición parece estar más enfeudada al pasado que al pensamiento emergente. La ecuación de Max Planck y su ulterior desarrollo por Heisenberg ponen en crisis el construccionismo racionalista, esa moda intelectual inaugurada por Galileo, consagrada por los parusiacos de las Luces y reivindicada por Mach, por Comte o por Darwin. Contra el barrunto, bellísimo, de De Quincey, el Universo se nos presentaba como un ingenio caprichoso, como si Dios jugara a los dados. El cerebro humano se defiende del vértigo ante ese desorden con el dogos, con una manera de mirar; pero la phvsis, la naturaleza de las cosas, se muestra refractaria al orden que la razón quiere imponer sobre ella. El azar, dijo el poeta, es el seudónimo que usa Dios cuando no quiere poner su firma. ¿Cómo encarar esta nueva evidencia? Tal vez la única respuesta posible es contribuir en la medida de nuestras posibilidades a la voladura de los paradigmas de la investigación que ha denunciado Thomas Kuhn, esos grupos ideológicos que han colocado la ciencia al margen del pensamiento. Asumiendo que la complejidad es la figura constitutiva de los fenómenos, debemos oponer, frente a la soberbia de la especialización, la humildad del escepticismo y pensar globalmente, reivindicar la fusión entre ciencias humanas y ciencias exactas. Derrumbar, pues, los muros que fragmentan el conocimiento. Todavía en 1934 pudo escribir Bergson: a la ciencia, la materia y a la metafísica, el espíritu. Me propongo proclamar exactamente lo contrario. No hay ciencia digna de tal nombre sin metafísica. Y a documentar este aserto me empleo a renglón seguido. ¿Ciencia sin metafísica? Suele darse por bueno que el pensamiento científico ha influido sobre las grandes obras filosóficas del pasado. Pero nos interrogamos mucho menos sobre el papel jugado por la filosofía en la evolución y desarrollo del pensamiento científico. A los ojos de muchos funciona con eficacia una leyenda absurda. En tiempos antiguos, se dice, la filosofía habría no solo influido, sino dominado sobre la ciencia. A esta influencia habría que imputar, se añade, la esterilidad de la ciencia antigua y medieval. Pero con la revolución científica del xvn la ciencia se habría divorciado de la filosofía y de su presunta tiranía. Su progreso habría coincidido con esta emancipación que llega a la apoteosis en nuestros días. El rechazo de la metafísica y la conversión al simple empirismo de los hechos estaría en el origen de la era moderna y sus epifanías tecnológicas. Pero la ciencia aristotélica, precisamente por estar fundada sobre la percepción sensible, era realmente empírica y estaba en mejor acuerdo con la experiencia que la de Galileo y Descartes. ¿Habría entonces que atribuir esta revolución, como se ha dicho, a la conversión de la ciencia en algo activo y no contemplativo como en la Edad Media? ¿Se había constituido la ciencia moderna separándose de la teoría en beneficio de la praxis? ¿Tal vez prohibiéndose a sí misma la pregunta ¿por qué? para sustituirla por la de ¿cómo? de las cosas? Se asegura, efectivamente, que su fecundidad deriva de esta autorrestricción, porque desde entonces en vez de extraviarse en la especulación, se habría asignado como tarea la de establecer la correlación de secuencias de hechos o acontecimientos por medios matemáticos o lógicos. Pues bien, sobre la base de la coherencia lógica y de la verificación experimental podríamos buscar los orígenes de la ciencia moderna en la Edad Media, por ejemplo en el nominalismo de Guillermo de Occam, que ya enunció idénticos preceptos en términos similares. Alexandre Koyré, en su obra Del mundo cerrado al universo infinito ha demostrado, textos originales en mano, que la revolución de Galileo es el resultado de un cambio en el modo de pensar. Se llega al final de un largo proceso de emancipación del aristotelismo que determinaba el campo de preguntas y el catálogo de respuestas vigentes desde siglos, no solo en relación a la naturaleza, sino también en materias de ética y política. Es la vuelta a cierto platonismo la que permite a Galileo considerar las matemáticas no ya como un simple medio de clasificar los hechos, sino como la clave misma de comprensión de la naturaleza. Así pues, a despecho de mitos y leyendas, la novedad del pensamiento galileano no reside en su preocupación por la experiencia, sino en su convicción del carácter matemático de la estructura de la naturaleza. Podemos, pues, concluir que la revolución científica del XVII es, en primer término, una revolución teórica. Que haya tenido consecuencias profundas sobre la concepción y sobre la práctica de la experimentación no desmiente que haya sido de naturaleza filosófica. Mucho se ha glosado, igualmente, la frase de Newton cuando, renunciando a explicarse acerca de la naturaleza de la gravedad, escribió: no trabajo con hipótesis (Hypotheses nonJingo). No hacía falta nada más para que se viera en la expresión un rechazo de la metafísica, es decir otro paso adelante por el camino del triunfante empirismo. Pero esta interpretación no solo ignora las numerosas hipótesis que llenan la obra de Newton, sino que conduce además a despreciar el papel central en la ciencia newtoniana de los conceptos de espacio y de tiempo absolutos, los cuales, claro, no son objeto de ninguna observación sensible. En la misma perspectiva se desbarata la lógica misma del arranque de Newton, que exige una causa actuante (Dios) para ligar estos elementos. Se silencia también que no creía en la atracción como una fuerza física real. Tampoco Descartes podía admitir que la materia pudiera actuar a distancia a través del vacío. Extraño empirismo, pues, el de ambos, que postulaban la existencia de una fuerza real transfísica. Para quien objete que son episodios fósiles de la historia de las ciencias, no tengo inconveniente en evocar el juego filosófico subyacente a la revolución einsteniana. El apasionado rechazo de Einstein del espacio y del tiempo absolutos de Newton no hay que confundirlo con una proscripción de los absolutos en sí. ¿Qué otra cosa son si no la velocidad de la luz y la energía total del universo? Para pensar juntos, en la unidad de un mismo pensamiento, el continuo y lo discontinuo, hubo de realizar un poderoso esfuerzo matemático bajo el aguijón de lo que llamó una feroz audacia especulativa. El pretendido positivismo de Einstein es una fábula cultivada por filósofos y sabios (los miembros del Círculo de Viena) que intentaban cubrir su programa ideológico con el manto de su autoridad científica. Pero Einstein escribió: yo sostengo vigorosamente que la religión cósmica (esta forma superior de religión) es el móvil más poderoso, el más generoso de la investigación científica. De la historia de las revoluciones científicas podemos al menos extraer esta lección: cuando ensancha de manera decisiva las fronteras del conocimiento, el pensamiento científico, compromete todo el pensamiento. En esto, se quiera o no, se tiñe de filosofía. Sin embargo, la leyenda del divorcio entre la ciencia y la filosofía que habrá sido emancipador para la primera continúa ejerciendo su poder sobre los cerebros, incluso sobre los cerebros sutiles. Alguna culpa tiene la filosofía de que demasiadas veces se haya convertido en un género literario. Se afana casi exclusivamente en cuestiones de ética y estética, cuando no con interrogarse sobre su propio lenguaje. La preocupación por las ciencias se deja a una magra escuadrilla de epistemólogos que suelen contentarse con reflexiones formalistas, más o menos sofisticadas, sobre la estructura de las teorías vigentes. Se trata de un control a posteriori que algunos han denunciado como una manera de policía del pensamiento. La inflación experimental Pero la cuestión decisiva es que la leyenda que estoy glosando contribuye a torcer la investigación fundamental. Esta desviación se traduce por lo que René Thom denuncia en términos rudos como una inflación experimental, que enmascara una grave deficiencia teórica en la actividad científica actual. Podemos enunciar la tesis de la apoteosis del experimento: la inflación de datos de observación es directamente proporcional a la deflación de los cerebros. Los datos llenan bibliotecas enteras, duermen en archivos llenos de polvo y nadie se ocupa de ellos. De ahí la ilusión de un progreso acelerado de la ciencia: verdadera ilusión óptica, pues si el progreso es cuantitativamente innegable, es también cualitativamente dudoso. Denunciando el fetichismo de los hechos, René Thom, que reclama un vigoroso esfuerzo teórico, llega a hablar de la esterilidad del pensamiento científico contemporáneo. Esterilidad entendida como carencia de concepciones teóricas generales. Es momento pues, de reanudar los hilos rotos entre ciencia y filosofía, porque el sistema que ha impuesto una concepción tecnologista de la ciencia, una concepción experimentalista de la investigación básica y una concepción literaria de la filosofía está sobradamente amortizado. Estoy refiriéndome a una de las cuestiones neurálgicas, o si se quiere estratégicas, de la modernidad. Este reto necesario exige que nos emancipemos del positivismo que domina la ciencia y que liberemos la técnica de concepciones tecnicistas que enmascaran la extraordinaria aventura humana intelectual, cultural y social en que consiste el oficio de pensar. La especulación, la imaginación, la filosofía son invitaciones a un juego que nos incardina en el infinito. Se afirma que la ciencia se define por su capacidad de previsión racional, pero se olvida que la previsión científica se efectúa siempre sobre un fondo de audacia especulativa. Podría ilustrar con cientos ejemplos lo que quiero decir. Elegiré uno entre todos ellos. En 1927, Paul Dirac buscaba la ecuación susceptible de explicar el comportamiento del electrón, lo que satisfaría a la vez a la teoría cuántica y a la teoría de la relatividad. Encontró esta ecuación. Pero se apercibió de que tenía dos soluciones y no una sola: la primera correspondía a los estados de energía cinética positiva, al comportamiento efectivamente observado del electrón; la segunda, a los estados de energía cinética negativa. Pues bien, tales estados no tienen ningún sentido en la mecánica clásica; por ello, Dirac supone que esta solución de la ecuación debe corresponder a una partícula desconocida cargada positivamente y con la misma masa que el electrón. En 1932 se prueba experimentalmente la existencia de esta partícula establecida teóricamente por los cálculos de Dirac. Es el positrón. Hoy la cámara de positrones es una realidad industrial de la técnica experimental, y desempeña un papel muy importante precisamente en la exploración de las estructuras del cerebro. Sin embargo esta magnífica aptitud para la previsión no aparece como el distintivo primero de la investigación científica. Por el contrario, está subordinada a otra de sus capacidades: su apertura a lo imprevisible, su capacidad de pensar lo imprevisto saltando por encima de los esquemas vigentes como hizo Planck con la teoría electromagnética dominante, para permitir que, veinticinco años después, Heseinberg inventara la mecánica cuántica partiendo del tesoro de imaginación invertido por Planck. El método científico es un fetiche, un mito. Solo cambiando de métodos la ciencia se convierte en más metódica. La idea misma de método, que sugiere un trayecto determinado, se aviene mal con un pensamiento que por esencia viaja sin mapa, intenta una dirección, báscula sobre un obstáculo, vuelve sobre sus pasos sacando lecciones de su fracaso y vuelve a empezar por otro camino. Paul Feyerabend se forjó una reputación internacional escribiendo páginas agrias contra la metodología general de las ciencias avanzada por Karl Popper. En cuanto a la idea de que este supuesto método único, universal, equivale al método experimental, René Thom ha declarado que la idea de método experimental es un monstruo intelectual. Que la inteligencia nos acompañe No entraré, por cuestiones de espacio, en esta polémica intelectual. Quiero terminar asegurando que detrás del objeto técnico más elemental, como la rueda, como del más sofisticado, como el ordenador, se encuentra un pensamiento o, más bien, una red de pensamientos. Cada gesto técnico, incluso el más pequeño, inserto en la vida cotidiana, reactiva toda una cultura. Esta cultura, este sistema de valores que nos abre hacia unos u otros horizontes, es obstinadamente despreciado o negado. No se consulta a los valores, no se les interroga. La técnica sirve para blanquear las miserias y los sufrimientos de las poblaciones, pero no puede dejar de enseñarnos su sucia pata por sus efectos sobre el paisaje, sobre la naturaleza, sobre nuestros escenarios cotidianos. Es, insisto, el momento de uncir el sistema cienciatecnología a la necesaria brújula de la filosofía. Uncir es una dolorosa operación a la que no podemos ni debemos sustraernos. En un libro lleno de sugerencias, con un título asimismo sugerente (El infinito en todas direcciones), el físico Freeman Dyson aventura que la ingeniería genética, la inteligencia artificial y la colonización del espacio, que son las tecnologías derivadas de la biología molecular, de la neurofisiología y la ciencia de la información y de la física espacial, cambiarán las condiciones de vida en el siglo venidero y extenderán la vida por todo el sistema solar, tal vez más allá. Será el cuarto gran paso de la humanidad. El primero se dió hace cuatro millones de años en el Africa Oriental. Fue el paso de los árboles a los prados. Para el cambio se requirieron dos nuevas habilidades: caminar y cargar. El segundo paso llevó a los protohombres a los habitats. generalmente hostiles, de otros continentes. Este paso comenzó aproximadamente hace un millón de años, y las nuevas habilidades que se necesitaron fueron cazar, hacer fuego y quizá hablar. El tercer paso fue irse de la tierra hacia el mar abierto. Este paso comenzó hace tres mil años y las nuevas habilidades requeridas fueron saber construir barcos, navegar y ciencia. El cuarto paso va de la Tierra a las estrellas. Está comenzando ahora y nos mantendrá ocupados los próximos dos siglos como poco. Las cualidades que hemos de desarrollar serán el pensamiento que nos permita descubrir los nuevos valores necesarios para gestionar la expansión de la vida. La única forma que tiene la vida para salir de la Tierra es el desarrollo de la inteligencia. Del mismo modo que a los peces les nacieron patas y se hicieron anfibios para colonizar la tierra, y a los reptiles se les formaron alas y se hicieron aves para poblar el cielo, a los mamíferos se les ha desarrollado el cerebro y se han hecho inteligentes para viajar por el espacio. Es, pues, la inteligencia el invento más formidable, después del de la vida, no para vencer y resistir el paso del tiempo, sino para hacer que la vida pueda existir más allá de los confines del planeta azul. Somos quizá producto del azar, pero todo sucede como si una musa cosmológica urdiera un plan determinado para sembrar el cosmos de espíritu. Esto es lo que se llama principio antrópico, que tan poco gusta a los científicos que rechazan asignar una función a los propósitos en el universo. Bien, independientemente de lo que sea la vida y de lo que sea el universo, estamos obligados a dar un sentido a las cosas, a hacer de la Historia un proyecto humano. Que la musa cosmológica nos inspire. Solo tiene una forma para hacerlo: permitir que nuestra inconclusa evolución actúe sobre el cerebro humano para grabar en su estructura la absoluta, imperiosa y vital necesidad de contemplar los fines, de actuar sobre la realidad sin ignorar jamás los efectos de los que nosotros y nuestros pasos sobre la tierra son las causas. La comprensión debe madrugar Funciona en el ámbito mostrenco de los lugares comunes, y por lo tanto comúnmente aceptados, la especie de que los hombres solo usamos en nuestra vida cotidiana una fracción menor de las capacidades de nuestro cerebro. Desconozco el fundamento científico de este y de otros similares Idola tribu. Sé, sin embargo, que somos incapaces de incorporar a nuestro comportamiento mucho de lo que ya sabemos. Conocemos mucho, pero entendemos poco, como si existiera un gap entre nuestro ritmo de aprendizaje y nuestro ritmo para aplicar lo que hemos aprendido. La afirmación de Hõlderlin de que el hombre es un mendigo cuando piensa y un rey cuando sueña, podríamos reformularia asegurando que el hombre es una liebre cuando aprende y una tortuga cuando actúa. Todo sucede como si funcionara un cerebro marcopolo, descubridor, y otro cerebro gestor que sería, a juzgar por el tiempo en que da sus frutos, cronológicamente nieto del primero. Es terrible, porque comprender demasiado tarde equivale a no haber comprendido. Eso explica en parte nuestra infelicidad, nuestro desasosiego y nuestra desorientación. Es decir, nuestra neurosis. Espero que los investigadores de la mente humana encuentren pronto una explicación a este extraño fenómeno y también un remedio. Sobre todo, espero que la musa cosmológica, el azar, las catástrofes o cualquiera sea el cofre que atesora nuestros designios no nos hurte la posibilidad de seguir desarrollando nuestra capacidad de imaginar, de concebir, de proyectar universos posibles y morales. Espero, pues, que no nos hurte la filosofía y que, desde ella, construyamos mundos mejores para mayor gloria de la estirpe de los hombres y para mejor fortuna de cuantas especies comparten con nosotros la suerte de estar sintiendo el fluir de la vida bajo el sol y ante las estrellas. li

Las elecciones eran generales

Unas elecciones en las que vota todo el mundo son siempre unas elecciones generales. Igual da que se elija el parlamento nacional que los ayuntamientos y los gobiernos regionales. En las del 28 de mayo sólo se dejaban de votar cuatro (de diecisiete) asambleas autonómicas y, además, en el País Vasco se renovaban las Juntas Generales de los tres «territorios históricos» o provincias. Es decir, estaban llamados a las urnas todos los españoles, y el sesenta por ciento de ellos dos veces. Eran, por lo tanto, elecciones generales y elecciones políticas. Esto último en mucho mayor medida que en los comicios precedentes de los mismos ámbitos. Porque eran unas votaciones de «gobierno, sí» o «gobierno no».

Al no haber sido elecciones al parlamento nacional, el ejecutivo no está deslegitimado. Está, simplemente, desautorizado. Los españoles han dicho que el partido en el poder no los representa. Pero tampoco los representaría aunque alguna persona de Convergencia y Unión pasara a sentarse en el Consejo de Ministros. Ya es tarde para eso. Y los «independientes» que pudieran entrar en el gobierno sólo se representarían a sí mismos, como ocurrió con algún efímero secretario de Estado, o habrían de ser considerados como unos psoes más, igual que los miembros del gabinete de ahora que dicen que no tienen carné del partido. La situación sería muy enojosa para el país si se prolongara indefinidamente. No digo hasta el final de la legislatura, porque eso no lo cree posible nadie.

Se ha repetido en estas últimas semanas que el Rey Alfonso XIII se marchó por unas elecciones municipales que habían perdido los monárquicos en las principales capitales y en otras ciudades importantes. (No en el conjunto de la nación ni en número total de concejales). Ciertos comentaristas deducen de ello que el presidente tendría que marcharse, no de España por supuesto, sino del poder. Lo ocurrido no le obliga a ello, pero sí a reconocer que su gobierno conserva el poder legal, pero ha perdido manifiestamente la justificación política que le daba ser la «mayor de las minorías». Ahora ya se sabe que no es la «minoría mayoritaria», sino la más numerosa de las «minoritarias». Lo cual es importante, pero no basta.

La respuesta del gobierno habría de ser la que los británicos expresan con la frase go to the country, acudir a las urnas. Es lo que mejor se ajusta al espíritu del sistema. Es lo que hizo, con menos motivo, el presidente Leopoldo Calvo Sotelo. Algunos de su partido le pedíamos que esperara. No había perdido la confianza del Parlamento. Había superado con éxito dos pruebas de evidente trascendencia: el juicio por el 23 de febrero y el ingreso en la OTAN, con la oposición de los que gritaban «de entrada, no», o sea «de entrada, ni hablar» (antes de los bombardeos de los Balcanes). Pero Calvo Sotelo acudió al país, puso a prueba el sistema y los españoles vieron que aquello, todavía tan reciente, funcionaba. Se antepuso el interés nacional al interés del gobierno y de su partido.

No es bueno para España presidir la Unión Europea con un gobierno «desautorizado», ni negociar la pesca, ni intentar acuerdos con grupos sociales, ni tratar de imponer sacrificios a los ciudadanos, ni dejarse engañar por una cierta mejora de la economía, que es fruto de la coyuntura internacional y nos viene llovida del cielo, ni renovar los pactos autonómicos y los estatutos. Ni es bueno que el gobierno siga «bloqueado», sin saber qué hacer y sin que se le ocurre nada.

No se halla España en un segundo noventa y ocho, que, por cierto, fue un momento en que no pasó casi nada de lo que es evocado por esa fecha, tras la cual prosiguió la modernización de España y las letras y las artes vivieron una Edad de Plata. España es un país con vitalidad, en el que abundan las gentes emprendedoras y en la que en casi todos los asuntos se está al día de las naciones que van por delante de la nuestra. España no se ha quedado sin pulso. Es el gobierno el que no se lo encuentra. Y la gente duda de que sepa contar los latidos si da con ellos, o teme que diga un número por otro. Por lo tanto es más que razonable que se acuda al país, es decir, a las urnas.

Desde tribunas oficiales se dice que Major también pierde elecciones y no disuelve. Pero han sido by-elections o elecciones locales parciales, que en el Reino Unido tienen una tradición y una significación distintas de las nuestras. Allí llevan siglos votando con regularidad. Aquí, menos de veinte años. Por eso lo votamos todo junto cada vez. Nuestras elecciones suelen ser elecciones generales. Y particularmente así han sido éstas de ahora.

Pujol se apunta a la crisis

En las Elecciones Municipales y Autonómicas de 1995 se han superpuesto dos planos políticos muy diferentes: la propia elección de alcaldes y diputados autonómicos y la consideración de que estas elecciones debían servir para resolver o enfocar la crisis política que vive el país mediante el ejercicio legítimo y democrático de una moción de censura colectiva dirigida al partido gobernante causante de la situación. El Partido Socialista y sus coaligados CIU y PNV han sido defensores de la primera tesis, y el PP e IU de la segunda. Al final, el Partido Popular ha impuesto su postura política capitalizándola en las grandes ciudades y en determinados sectores de núcleos urbanos y/o industriales importantes, y el Partido Socialista ha extendido su criterio en localidades medianas y muy especialmente en los pequeños núcleos rurales. Estos son los dos prismas que han combatido duramente durante toda la campaña. El Partido Socialista ha realizado una campaña muy selectiva reforzando sus puntos fuertes: núcleos rurales donde la perspectiva de la gestión del alcalde referencia el voto, y determinados centros de poder con fuerte contenido simbólico (p.ej.: Barcelona, La Coruña, Gijón, Comunidad Autónoma de Extremadura, Castilla-La Mancha y Asturias), o en los que se ha hecho una buena gestión (p.ej.: el cinturón industrial de Barcelona). La campaña del Partido Popular ha sido más general, con un mensaje más unitario y homogéneo, sin fisuras, dirigido a todos los españoles.

Conviene recordar que el PSOE empezó la campaña intentando crear una contraposición «demócratas franquistas»; luego otra «ricos-pobres»; vulneró el pacto de las pensiones utilizándolo en campaña, decidió que el Partido Popular iba a bajar los impuestos a los ricos y asimismo denunció que ese Partido se disponía a implantar el despido libre. En la recta final de campaña, sin embargo, Felipe González pidió el voto de la izquierda real para agruparlo en torno al PSOE, y remarcó que se elegía el alcalde de la ciudad y no otra cosa.

La polémica generada el día después de las elecciones, al hilo de las consideraciones voto urbano (PP) /voto rural (PSOE) no es del todo cierta, ya que en muchos núcleos rurales la gente mayoritariamente ha votado la gestión del alcalde que ya era en muchos casos del PSOE. Por contra, permanecen alcaldes como Francisco Vázquez en La Coruña y Cuerda en Vitoria, y no hay demasiadas dudas de que en unas elecciones generales -o incluso autonómicas- ganarían el Partido Popular en La Coruña y la suma del Partido Popular y de Unidad Alavesa en Vitoria, tal y como ya se ha producido en las últimas consultas.

La campaña de IU, por último, no debe tomarse en consideración: se desconoce si ha existido realmente o si ha sido una contracampaña dedicada a relatarnos las excelencias de la Revolución del 17.

El Partido Popular puede gobernar en 39 capitales de provincia y en 9 Comunidades Autónomas, ya que en Asturias es muy improbable.

En 1979, el Partido Socialista, a través de los denominados «Pactos Municipales de la Izquierda», logró el gobierno de las grandes ciudades y empezó a conformar sólidamente su alternativa, que cristalizaría en la apabullante victoria electoral de 1982. En estos 3 años, además, se produjo la concentración política de toda la izquierda en torno a la opción socialista, desapareciendo prácticamente el PCE. El impulso político que dio el PSOE a la gestión de los ayuntamientos, desarrollando una determinada política, ha sido durante muchos años una de las bases firmes de ese partido. La clara y nítida victoria del Partido Popular le permite afrontar un proyecto político sobre una base más sólida que la que tenía hace sólo unos días.

El PSOE puede gobernar en 6 capitales de provincia y en 3 Comunidades Autónomas. Es un partido, por 10 tanto, al que ya no se puede considerar como esencialmente municipalista: la conformación de su base electoral prima sobre su implantación municipal. Cuando se constituyan en Julio los ayuntamientos y las Comunidades Autónomas se notar la magnitud de la derrota.

IU debe gobernar en Córdoba y Málaga y en Extremadura y Asturias: su importancia parece decisiva. Su presencia electoral se fortalece allí donde actúa con una estrategia política de confrontación o de diferenciación neta con el PSOE: Andalucía, Cataluña, Valencia y Extremadura. En el País Vasco va configurándose como una fuerza política sólida. En Asturias, Murcia y Madrid es una fuerza mediocre, y en el resto deja mucho que desear. Los votantes de IU tienen una posición política muy crítica respecto al PSOE; si se producen pactos post-electorales con el Partido Socialista, entendidos como meros repartos de poder, la posición de IU en el futuro quedará muy comprometida.

CIU baja una media de 3,3% en el conjunto de Cataluña. Conserva Tarragona, y pierde muchas posiciones en el cinturón industrial de Barcelona. Se encuentra con una posible pinza sociológica -no política-, por parte de la vertiente nacionalista de ERC, y con el Partido Popular en la componente no socialista. Por lo tanto, se ha quedado atrapado en medio y puede tener una posición política muy arriesgada si mantiene su apoyo al PSOE.

El PNV es la quinta fuerza de San Sebastián, con la mitad de los votos que tiene el Partido Popular. Mantiene Vitoria por el prestigio de Cuerda, pendiente de las coaliciones. En Bilbao hay muchas dificultades para formar gobierno. Garaicoechea y su EA están siendo triturados por el tripartito, quedándose fuera de los ayuntamientos de Vitoria y Bilbao.

G.K. Chesterton

Luis Alberto de Cuenca

En estas mismas páginas (núm. 31, octubre 1993), decía yo a propósito de José Hierro que se daban en él todas las cualidades que adornan a un poeta verdadero, entre ellas las dos imprescindibles sin las cuales la poesía se convierte en un mero ejercicio capaz de agotar la paciencia del mismísimo Job: buen oído no existe poesía sin música y claridad la oscuridad en poesía no es más que defecto de expresión. La mejor poesía española de las últimas décadas del siglo xx escrita en castellano ha sido una poesía de línea clara, por emplear un marbete tomado del lenguaje de los tebeos, sobre todo del cómic francobelga, el que tiene en Hergé (Tintín) y en Edgar Jacobs (Blake y Mortimer) a sus indiscutibles maestros. ¿Quiénes son, a su vez, los maestros de los poetas españoles de línea clara? En primer lugar, Borges. Luego, Pessoa, Cavafis, JuanEduardo Cirlot. Y Gilbert Keith Chesterton, cuyo poema Lepanto es sumamente representativo de esa manera de entender la poesía. Quiero iniciar esta sección poética con una traducción de la espléndida pieza chestertoniana, recuperando y corrigiendo la versión que hace muchos años publicamos mi admirado amigo Julio Martínez Mesanza y yo en las páginas de la Nueva Estafeta de Luis Rosales. Ustedes juzgarán si he elegido bien. A mí Lepanto me parece uno de los poemas más bellos de las letras universales. «LEPANTO» Las blancas fuentes manan en los patios del sol, y el Sultán de Bizancio ríe al verlas correr. Y es su risa otra fuente en su temible rostro, una risa que agita la selvática sombra de su barba y enarca la sangrienta media luna de sus labios, porque hasta el más remoto mar de la tierra lo estremecen sus naves. Han desafiado a las blancas repúblicas por los cabos de Italia, han estrellado el Adriático contra el León del Mar, y el Papa ha tendido sus brazos a todas partes ante la agonía y la perdición, y ha reclamado a los reyes de la Cristiandad espadas para defender la Cruz. La fría reina de Inglaterra se mira en el espejo; la sombra de los Valois bosteza en Misa; desde las fantásticas islas del ocaso se oyen apenas los cañones de España, y el Señor del Cuerno de Oro sigue riendo al sol. Las colinas mitigan el batir de confusos tambores allí donde sólo un príncipe sin corona se ha conmovido en un trono sin nombre, allí donde, surgiendo de dudoso solio y afrentado sitial, el último caballero de Europa descuelga las armas del muro, el último trovador rezagado que escuchó el canto del pájaro, que otro tiempo marchara cantando hacia el Sur cuando el mundo era joven. En aquel enorme silencio, por el sinuoso camino asciende poco a poco y sin miedo el clamor de la Cruzada. Entre el gemido de los fuertes gongs y el retumbar de los cañones, Don Juan de Austria marcha a la guerra, y hay rígidas banderas que forcejean con las heladas ráfagas de la noche, y oscura púrpura en la sombra, y oro viejo que brilla, y carmesí de antorchas en los atabales de cobre, y clarines, y trompetas, y cañones, y él, que llega. Don Juan ríe a través de su airosa barba rizada, y los estribos son para él como todos los tronos del mundo, y yergue su cabeza como bandera de todos los libres. ¡Luz amorosa de España, hurra! ¡Luz de muerte para África! Don Juan de Austria cabalga hacia el mar. Mahoma está en su paraíso sobre el lucero de la tarde (Don Juan de Austria marcha a la guerra) y reclina el poderoso turbante en el regazo de la hurí eterna, su turbante tejido por los crepúsculos y los mares. Espanta del jardín a los pavos reales cuando despierta de la siesta, y camina entre los árboles, y es más alto que los árboles, y su voz, a través del jardín, es un trueno que invoca al negro Azrael, y a Ariel, y a Ammón en el viento, a los Gigantes y a los Genios de alas y ojos múltiples, cuya firme obediencia rompió el cielo cuando Salomón era rey. Se precipitan, de rojo y púrpura, desde las rojas nubes de la mañana, desde los templos donde los dioses amarillos cierran sus ojos con desprecio, y, vestidos de verde, suben rugiendo desde los verdes infiernos del mar, donde hay cielos caídos, y colores perversos, y criaturas sin ojos; sobre ellos se arraciman los moluscos y se rizan las grises selvas del mar, salpicadas de un espléndido mal, el mal de la perla; surgen en humaradas de zafiro por las azules grutas de la tierra, se agolpan, y se maravillan, y rinden culto a Mahoma. Y él dice: Trizad las montañas donde se ocultan los ermitaños; cerned las arenas rojas y plateadas hasta que no quede vestigio de santo, y perseguid volando a los infieles día y noche, sin darles descanso, pues lo que fue nuestra aflicción vuelve otra vez desde el Oeste. Hemos impreso el sello de Salomón en todo lo que existe bajo el sol, de sabiduría, y de tristeza, y de dolor de las cosas hechas, pero un clamor se oye en las montañas, en las montañas, y reconozco la voz que hizo temblar nuestros palacios, hace ya cuatrocientos años: él es quien no dice Kismet, el que ignora el Destino; es Ricardo, es Raimundo, es Godofredo a nuestras puertas; el que se ríe cuando las apuestas le son desfavorables: ponedle bajo vuestro pie, para que nuestra paz reine en la tierra. Escucha el redoblar de los tambores y el retumbar de los cañones (Don Juan de Austria marcha a la guerra). Resuelto y sereno, ¡hurra!, ¡rayo de Iberia!, Don Juan de Austria sale de Alcalá. En las rutas marinas del Norte, San Miguel está en su Montaña (Don Juan de Austria está dispuesto y parte), donde los grises mares brillan y las agudas mareas cambian, y la gente del mar trabaja y se izan las rojas velas. Empuña su lanza de hierro y bate sus alas de piedra. El clamor atraviesa Normandia; el clamor marcha solo; el Norte está lleno de cosas confusas, y de textos y ojos dolientes, y ha muerto la inocencia de la ira y de la sorpresa, y el cristiano mata al cristiano en una estrecha y polvorienta estancia, y el cristiano teme a Cristo, que tiene un nuevo rostro sentenciador, y el cristiano detesta a María, a quien Dios besó en Galilea, pero Don Juan de Austria cabalga hacia el mar. Don Juan llama a través del viento y del eclipse, grita con la trompeta, con la trompeta de sus labios, la trompeta que dice Domino gloria! Don Juan de Austria arenga a las naves. El rey Felipe está en su aposento con el Toisón de Oro al cuello (Don juán de Austria está armado en cubierta), tapiza las paredes un terciopelo negro y suave como el pecado por el que enanos se deslizan, con el que enanos juegan. Sostiene un pomo de cristal del color de la luna, que acaricia, y el pomo vibra, y él tiembla, y es su rostro como un bulbo dé leproso blanco y gris, como plantas en altas casas privadas de la luz del día, y la muerte está en ese pomo, y el fin del noble empeño, pero Don Juan de Austria ha hecho fuego sobre el Turco. Don Juan está cazando, y sus lebreles han ladrado. Como un estampido, el rumor de su ataque recorre Italia. Cañón sobre cañón, cañón sobre cañón, ¡hurra! Don Juan de Austria ha desatado el cañoneo. El Papa estaba en su capilla antes de que rompiera el día o la batalla (Don Juan de Austria está oculto entre el humo), en el lugar oculto de la casa del hombre donde Dios mora todo el año, en la secreta ventana desde donde el mundo parece pequeño y muy querido. Ve como en un espejo sobre el mar monstruoso del crepúsculo la media luna de las naves crueles cuyo nombre es misterio; las naves que proyectan grandes sombras y oscurecen la Cruz y el Castillo, cubriendo los alados leones de las galeras de San Marcos; y sobre las naves hay palacios de morenos caudillos de negras barbas, y bajo las naves, prisiones, donde con numerosos sufrimientos se quejan los cautivos cristianos enfermos y sin sol, raza afanosa, como una estirpe en ciudades subterráneas, como una nación en las minas. Están perdidos como aquellos extenuados esclavos que en el cielo de la mañana colgaron las escalas de los más altos dioses, cuando la tiranía era joven. Son incontables, mudos, desesperados, como los que cayeron o escaparon ante los caballos de los grandes reyes en las canteras de Babilonia. Y más de uno ha enloquecido en su mudo aposento en el infierno, donde le espía un rostro amarillo a través de la reja de su celda, y ha olvidado a su Dios, y ya no espera una señal. (¡Pero Don Juan de Austria ha roto la línea de batalla!) Cañonea Don Juan desde la popa pintada con la matanza, volviendo púrpura el océano, como el ensangrentado bajel de un pirata, haciendo correr el escarlata de la sangre sobre los platas y los oros, rompiendo las escotillas y reventando las bodegas. Surgen entonces en tropel los miles de cautivos que se afanaban bajo el mar, blancos de dicha, y ciegos de sol, y aturdidos de libertad. Vivat Hispania! Domino gloria! ¡Don Juan de Austria ha liberado a su pueblo! Cervantes, en su galera, vuelve la espada a su vaina (Don Juan de Austria regresa con una guirnalda). Y ve sobre una tierra fatigada una senda perdida en España, por la que en vano cabalga eternamente un insensato caballero flaco, y ríe, pero no como los Sultanes, y toma el acero a su funda… (Pero Don Juan de Austria regresa de la Cruzada.)

Bases para una politica teatral en libertad

Eduardo Galán

Se camina decididamente hacia un modelo en el que la sociedad sustituya al Estado en el protagonismo del hecho teatral, sin la coacción de los políticos de turno, o se apoya el actual modelo de intervencionismo y de estatalización del teatro.

El descenso espectacular de espectadores en los últimos diez años, el aumento del paro entre los profesionales del teatro, la desaparición de numerosos locales escénicos, la pérdida de actividad económica en el sector, la crisis que sufre la empresa privada, el predominio del teatro de iniciativa pública, la marginación de los autores españoles vivos, el muy criticado sistema de subvenciones, la inexistencia de vías alternativas de financiación para el teatro en España, el intervencionismo, la progresiva estatalización y las acusaciones de clientelismo en la programación de los teatros públicos y en la concesión de las subvenciones, son índices elocuentes del fracaso de la política teatral del gobierno socialista. Intervencionismo y estatalismo En el campo de las artes escénicas, el Estado controla casi por completo la actividad teatral, de tal manera que la intervención del Poder se manifiesta por medio de la subvención y del fomento de los teatros públicos. La mayor parte de los espectáculos profesionales que se exhiben en España lleva el sello del Estado (administraciones central, autonómica y municipal) a través de las subvenciones o de las producciones de los teatros públicos. Son escasísimas las producciones profesionales que no reciben una ayuda económica de las administraciones. De ahí que no pueda negarse que nos hallamos ante un teatro fundamentalmente estatalizado, en el que el poder político ejerce un férreo control presupuestario. Las consecuencias de esta estatalización han sido negativas para la actividad escénica. La empresa privada (productores y compañías) se ha visto envuelta en una situación de inferioridad económica y de difícil competencia con respecto a la empresa pública. Tanto los locales privados como las empresas o compañías de producción deben competir con las magníficas instalaciones de los teatros públicos (con infraestructras excelentes y equipos técnicos y personal, cuyo número es al menos cuatro veces superior a los de los teatros privados) y con las superproducciones de la empresa pública (número de actores, escenografías, vestuario, publicidad, etc.). La empresa privada, pues, produce sus espectáculos en desigualdad económica con respecto a la empresa pública, pues ésta puede disponer de unos presupuestos más elevados y no asume en ningún caso el riesgo del fracaso. La empresa privada necesita de la participación de los espectadores (de la aprobación de la sociedad) mientras que el teatro público programa independientemente de los gustos o intereses de los ciudadanos, pues ni el balance económico del teatro ni la estabilidad financiera de sus gestores dependen de los ingresos de taquilla. En esta situación, los empresarios privados apenas si se arriesgan a una producción si no cuentan con la ayuda económica que concede el Estado a través de las subvenciones. Por otra parte, la proliferación desmedida de teatros públicos resta oportunidades de exhibición de sus espectáculos a las compañías privadas, a pesar de la reciente creación de la Red Española de Teatros y Auditorios. Entre las consecuencias generadas por la estatalización del teatro no debemos olvidar la marginación de la dramaturgia nacional. Los teatros públicos, en general (existen excepciones como el Centro Cultural de la Villa de Madrid y el recientemente desaparecido Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas), ni producen ni programan obras de autores españoles vivos. Han sido y continúan siendo los empresarios privados los que apuestan por la cultura viva, por el teatro de hoy para el espectador de nuestro tiempo. Pero estos carecen de las posibilidades económicas de los teatros públicos para llevar a cabo superproducciones, lo que incide en la difícil promoción del teatro de autor español vivo. Además, el autor español se ha visto obligado a realizar una serie de concesiones artísticas para poder estrenar: evita las complicaciones escenográficas y procura reducir al mínimo el número de personajes. No parece, pues, que el intervencionismo y la estatalización sean convenientes para el teatro en España. Sin embargo, cuenta con numerosos defensores, que propugnan la intervención del Estado para poder llevar a cabo un denominado teatro de arte, que contraponen al denominado teatro comercial. Se trata de una falsa dialéctica que pretende otorgar al primero la patente del buen gusto, la ética y el arte, mientras que se reserva para el segundo los apriorismos del mal gusto, la comercialidad y el mercantilismo. Sin embargo, se olvida que a menudo los defensores de ese intervencionismo del Estado no pretenden más que vincularse al Poder para obtener el dinero con el que poder afrontar sus espectáculos, sin tener en cuenta el interés social de sus propuestas ni la respuesta de los espectadores. Naturalmente que debe haber un teatro de investigación y de renovación de las artes escénicas, ayudado por los poderes públicos, pero con criterios bien distintos a los de la actual discrecionalidad del político de turno. No podemos caer en un falso debate entre mercantilismo y teatro de arte, entre una política que responda exclusivamente a criterios de mercado y taquilla y una política que prescinda de estos criterios so pretexto de favorecer la renovación de las artes escénicas. Aunque debemos caminar hacia un modelo de predominio de la taquilla, lo que supone dejar en manos de la sociedad y no del Estado (es decir, de los políticos de turno) la actividad teatral, no podemos caer en el error de dejar todo el teatro en manos del mercado. Las condiciones económicas y la estructura de la industria (o artesanía) cultural no son las apropiadas para que la actividad teatral pueda funcionar libremente mediante la ley de la oferta y la demanda. Se requieren, en la actualidad, criterios correctores que eviten la desaparición del teatro alternativo, la marginación de la dramaturgia nacional o el estancamiento del teatro para niños, por citar tres ejemplos de un teatro que el Estado sí debe fomentar. Ahora bien, estos criterios correctores no pueden ni deben suponer intervencionismo y control directo por parte de los poderes públicos. Deben ser criterios que estimulen la creación, la producción y la respuesta social. No resulta admisible mantener por más tiempo la cultura del fracaso subvencionado. Existen otras fórmulas alternativas alejadas del intervencionismo del Poder de alentar la investigación escénica, de fomentar el denominado teatro de arte y de favorecer la creatividad y el resurgir del teatro de todo tipo de teatro en España. Y siempre desde presupuestos que salvaguarden la libertad de expresión y la igualdad de oportunidades para todos. ¿Podemos admitir en tiempos de crisis que con el dinero de todos el Estado asuma como una obligación escénica la de fomentar con 290 millones de pesetas un tipo de teatro al que sólo acuden durante un año 8.333 espectadores (temporada 199394 en el Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas)? (1). No se trata de reducir el gasto en cultura, como afirman algunos políticos, sino de invertir con criterios de rentabilidad social, objetividad, neutralidad, transparencia y justicia. Se trata, en definitiva, de redistribuir los presupuestos del Estado con unos criterios que eviten la competencia desleal entre teatros públicos y privados y que eviten el clientelismo y la arbitrariedad del Poder. No parece que el balance de los doce años de política teatral socialista sea halagüeño. Si bien debemos reconocer el fuerte impulso económico que se ha prestado a la política de rehabilitación de locales escénicos por toda la geografía española (a través de los acuerdos de inversión con el MOPU) y la creación de una Red Española de Teatros y Auditorios, lo cierto es que se ha conseguido el efecto contrario al perseguido: el teatro ha dejado de ser un fenómeno popular y se ha convertido en un acontecimiento elitista y minoritario. El número de espectadores ha descendido de once a cinco millones en 1990 en el conjunto del territorio español (2). Por lo que se deduce de los estudios de Moisés Pérez Coterillo, Madrid por ejemplo continúa perdiendo espectadores: 300.000 en la temporada 199394. Téngase en cuenta, además, que en los últimos diez años Madrid ha perdido un millón y medio de espectadores (3). Además, se ha arrebatado a la sociedad española la capacidad de producir espectáculos y se ha dejado este poder de decisión en manos de la clase política. Y, en fin, el intervencionismo ha desembocado en el control artístico de la actividad teatral por parte del Poder. Esta voluntad de control se manifiesta en los Presupuestos del Ministerio de Cultura. Así, en 1994, el INAEM dedicó al capítulo de subvenciones al teatro privado la cantidad de 370 millones de pesetas de un total de 2.591 millones. Lo que significó un 14% del presupuesto de teatro. Si comparamos estas cifras con las destinadas en 1992 por el gobierno francés, las conclusiones son obvias. En este sentido, Pérez Coterillo apunta: El ministerio francés de Cultura destinó al teatro en 1992 la suma de 27.326 millones de pesetas, de los que el 26% corresponde a los teatros públicos, mientras que el 74% restante respalda iniciativas privadas (4). Podría resumirse lo dicho hasta aquí afirmando que la política de la administración central ha preferido invertir en la oferta antes que en la demanda. Frente a esta práctica política, que ha conducido a una de las crisis teatrales más complejas, debe plantearse una filosofía política basada en una libertad de creación sin control del poder político. Una filosofía política que evite la intervención de los poderes políticos e impida el clientelismo; que propugne el control del dinero público por parte de la sociedad: que sea ésta libremente la que pueda determinar de qué manera deben invertirse sus impuestos. Esta defensa de la libertad de la sociedad no debe suponer una abstención del poder político de sus obligaciones con la cultura española en general y con el teatro en particular. El poder político tiene la obligación de crear el clima adecuado y propiciar las circunstancias que posibiliten el fomento y desarrollo de las artes escénicas. Para ello es imprescindible llevar a cabo una revisión de la política fiscal, un desarrollo más generoso de la Ley de Mecenazgo, una revisión de la política de subvenciones, una adecuación de los medios de comunicación de titularidad pública a las necesidades culturales del país y la inclusión de las artes escénicas en los planes de estudio de los diferentes niveles de la enseñanza. La financiación del teatro Durante los doce años de gobierno socialista nos hemos acostumbrado a que sea el Estado a través de sus administraciones central, autonómica y municipal el que financie en gran medida el teatro en España. El Estado se ha convertido en el primer empresario teatral, que no repara en gastos a la hora de producir sus propios montajes ni en el mantenimiento de sus espacios escénicos e infraestructuras. Como hemos visto, basta una ojeada a los presupuestos del INAEM para constatar que el gobierno socialista ampara el teatro público y descuida el teatro privado. Las ayudas al teatro privado en 1994 alcanzaron la cifra de 370 millones de pesetas (de un presupuesto de 2.591 millones). En el mismo año, el INAEM destinó 563 millones al Centro Dramático Nacional, 660 millones a la Compañía Nacional de Teatro Clásico y 290 millones al Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas. Por otro lado, no deja de sorprender que el 52% (1.402 millones de pesetas) del presupuesto general se dedicara a gastos del personal. Cifras que debieran hacernos reflexionar sobre el papel que juega el Estado en el mundo del teatro. Lamentablemente, no es sólo la administración central la que alienta el protagonismo del Poder frente al derecho de la sociedad de decidir cómo y a quién deben dirigirse sus impuestos. También las administraciones autonómicas y municipales alimentan fundamentalmente el teatro público. Incluso el Ayuntamiento de Madrid lleva a cabo una política teatral basada, casi exclusivamente, en los teatros municipales. Si bien es cierto y ello debe aplaudirse que el Centro Cultural de la Villa no es una unidad de producción, sino un centro de exhibición de producciones privadas en el que la dramaturgia nacional ha encontrado un apoyo esencial. Debemos consignar que se llevó a cabo la privatización de la gestión del Teatro Madrid, pero en estos momentos desconocemos los datos y cifras de su gestión (no sabemos si han cumplido lo pactado en cuanto a número de representaciones anuales del género lírico y las otras condiciones estipuladas por el Municipio). En cualquier caso, el Ayuntamiento no considera oportuna la ayuda directa a la empresa privada. En la financiación del teatro debemos distinguir, lógicamente, entre teatros públicos (a cargo de los correspondientes presupuestos de las administraciones) y privados. Estos últimos se apoyan en los ingresos de taquilla, en la inversión del productor y en las ayudas que las administraciones (central y autonómicas, fundamentalmente) conceden. Sin embargo, esta política de subvenciones ha sido objeto de todo tipo de descalificaciones por su carácter arbitrario y discrecional. No existe un baremo objetivo que permita al poder político conceder dichas ayudas, sino que las concesiones se basan en el criterio individual y subjetivo del Director General del INAEM y del Consejo Nacional de Teatro. Por más que los responsables de Cultura aleguen la existencia de una serie de requisitos objetivos en la concesión de dichas ayudas, los escándalos han saltado a la prensa en numerosas ocasiones. Se ha llegado al extremo de que los propios miembros del Consejo de Teatro se han autoconcedido generosas subvenciones. Esta falta de ética y de respeto profesional con la colectividad teatral han llevado a Alberto Miralles, Presidente de la Asociación de Autores de Teatro, a solicitar la disolución del Consejo de Teatro (5). Ya en otra ocasión, Miralles había expresado, una opinión respecto a ese Consejo compartida por muchos profesionales del teatro: Yo no creo que los representantes de los colectivos teatrales que lo componen (empresarios, autores, directores, actores, etc.) deban decidir a quién dar subvenciones, porque eso es tanto como determinar quién va a sobrevivir y quién va a desaparecer, sobre todo desde que las subvenciones son la única fuente de financiación. Esta es una labor que chocará con sus intereses y les rebajará a la categoría de verdugos. (…) ¿Cómo no va a ser escandaloso que los miembros del Consejo de Teatro salgan de las reuniones llevándose las subvenciones más cuantiosas? ¿Qué opinan sus representados? ¿Cómo no pensar que las ayudas a los demás se conceden después de pactar las propias? ¿Cómo creer en la objetividad, en la justicia, en la independencia de los miembros del Consejo, si en él hay autores y actores que desean ser contratados por los empresarios que también presentan proyectos?(6). Parece ser que la política de subvenciones no sólo es escasa e injusta (por su desproporción con las cantidades destinadas a los teatros públicos), sino que resulta, además, arbitraria, conflictiva y una fuente de clientelismos. Seguramente, la mejor fuente de financiación sería la de una taquilla eficaz. Ello supondría la libertad absoluta de creación y producción y la eliminación del control que ejerce en la actualidad el Poder. Sin embargo, hoy por hoy la taquilla no puede hacer frente a los costos de producción, incluidos derechos de autor, sueldos de personal, medios técnicos, así como el pago de los impuestos y de la seguridad social, el pago de locales o el mantenimiento de los mismos. Por todo ello, la financiación del teatro debería llevarse a cabo mediante: Io) El mantenimiento de las subvenciones, cuyos criterios de concesión habrán de ser objetivos, neutrales y transparentes. O se modifica la actual normativa y el marco legal en el que se opera, o todos los políticos podrán caer en el amiguismo y en el clientelismo. Toda subvención deberá responder a dos condiciones básicas: objetividad y respuesta de los espectadores (protagonismo de la sociedad frente al despotismo ilustrado del Estado). En este sentido, debiéramos acercarnos a fórmulas de porcentaje según recaudación de taquilla y eliminar, por tanto, las subvenciones anticipadas a proyectos (en los que se conceden arbitrariamente las ayudas a nombres), en las que la sociedad (el espectador) queda relegada. Debería arbitrarse una fórmula de crédito anticipado con una posterior liquidación (a favor del empresario o a favor del Estado) según resultados de taquilla. Con este sistema se prima el éxito, pues se busca la recuperación del público. Aunque el riesgo, para algunos, será el de la posible frivolización del teatro (¿es que nuestro público es mayoritariamente frivolo?), se consigue que sea la sociedad quien decida cómo se fomenta el teatro y se priva a los políticos de turno del control arbitrario (y a menudo viciado por compromisos y amistades) de las actividades artísticas. No obstante, la normativa debiera tener en cuenta una serie de peculiaridades propias del hecho escénico, a fin de evitar su retroceso y de fomentar su práctica. En este sentido, debiera considerarse de manera especial el fomento del teatro de autor español vivo, el fenómeno del teatro alternativo y del teatro para niños. También podría acudirse a fórmulas de teatros concertados por un plazo de tres años y renovable siempre y cuando se cumpliesen una serie de requisitos (entre ellos, el de una asistencia mínima de espectadores por temporada). 2o) Un sistema de matching o inversión del Estado en proyectos en los que el productor asegure una inversión determinada. 3o) Una política de desgravación fiscal. 4o) La mejora de la Ley de Mecenazgo, de manera que pueda surtir efectos benéficos en la producción teatral. 5o) Una política a largo plazo, no electoralista, que requeriría una acción de gobierno en televisiones y radios públicas, la inclusión del juego dramático y del teatro en los planes de estudio de las enseñanzas primaria, secundaria obligatoria y bachillerato, y un plan para la dotación y mejora de las infraestructuras de los teatros. 6o) La modificación del funcionamiento de la Red Española de Teatros y Auditorios. Todo ello supone, por lo tanto, una revisión de los actuales criterios de financiación del teatro. Los teatros públicos deberán reducir sus cantidades presupuestarias para poder invertir y contribuir con mayor efectividad a la recuperación del teatro privado y al mantenimiento del teatro alternativo. Conviene, además, replantearse el actual sistema de teatros públicos, tanto en sus facetas de unidad de producción como en su calidad de espacios de exhibición. Teatros públicos ¿Puede afirmarse que en las condiciones actuales el Estado ayuda al teatro haciendo teatro? ¿Deben existir los teatros públicos? Muchos de los que se escandalizarían por la simple formulación de esta pregunta se expresan con virulencia al hablar de la competencia actual entre teatro privado y teatro público. Muchos son también los que censuran el actual funcionamiento de los teatros públicos, al considerarlos cotos privados de sus directores. Resulta sorprendente y tal vez, inconcebible que algunos directores de teatros públicos puedan dirigir otros espectáculos fuera de sus teatros en producciones ajenas (cobrando por ello, además, normalmente de la empresa privada o de otra empresa pública) y que luego se atrevan a programar dichos espectáculos en los teatros públicos que dirigen. Las corruptelas de los teatros públicos y su desnortado funcionamiento debiera corregirse lo antes posible. Una política de regeneración ética no puede permitir semejantes actuaciones, a no ser que los responsables políticos asuman la complicidad con los directores que así se comportan. En cualquier caso, los teatros públicos deben existir siempre y cuando obedezcan a una necesidad social y artística. Siempre y cuando sus objetivos no puedan ser cubiertos por la iniciativa privada. Pero, en ningún caso, deben sustituir a la iniciativa privada: no pueden ni deben operar con los mismos criterios y objetivos que la empresa privada. Un teatro público debiera ser un centro de expresión y comunicación escénica con los espectadores, un espacio de libertad en el que se fomentase la afición teatral, se favoreciese el intercambio de experiencias escénicas, se desarrollase la investigación teatral y se alentasen aquellas formas teatrales que, por sus dimensiones o características, no recibieran la atención oportuna de las empresas privadas. Su relación con el Poder tendría que estar limitada por una normativa que estableciese el marco de actuación del equipo directivo del teatro público, en cuyas decisiones artísticas no pudieran inmiscuirse los cargos políticos de las administraciones correspondientes. Si el teatro público como unidad de producción se limita a producir espectáculos, sin otras actividades esenciales para el fomento del arte escénico (laboratorios, conferencias, convenios con centros educativos, coloquios, exposiciones, concursos, seminarios y cursos de especialización profesional, intercambios con otros teatros, etc.), estará suplantando a la empresa privada y ejerciendo con ello una competencia desleal. Un teatro público debe velar por conjugar sus finalidades artísticas y escénicas con la imperiosa necesidad de contar con la respuesta del público. Un teatro público debe arriesgar en sus propuestas escénicas, de manera que pueda ofertar a los espectadores un teatro ligado a la modernidad (sin olvidarse de la tradición) y susceptible de recorrer Europa e Iberoamérica. Un teatro público, en fin, debe estar abierto al progreso de las artes escénicas y a las novedades del panorama artístico internacional. Sin embargo, en la actualidad muy pocos teatros públicos se diferencian, en esencia, del funcionamiento de los teatros privados. Deberían mantenerse, en mi opinión, aquellas unidades de producción que cumpliesen con las características anteriormente reseñadas. Y debiera avanzarse hacia una situación de mayor colaboración entre la empresa pública y la privada, de manera que fuesen más habituales las coproducciones y las compañías invitadas en los teatros públicos. Los teatros públicos debieran asumir, además, el compromiso de fomentar la dramaturgia nacional. Nada más sencillo que incluir en las convocatorias de los diferentes Premios de Teatro la cláusula de estreno en el teatro público dependiente de la entidad convocante (municipio, autonomía o gobierno central) o una ayuda económica para la producción del espectáculo. Dado el intervencionismo del Poder y sus graves consecuencias, y el actual despilfarro del dinero de los contribuyentes (premiando al teatro público y castigando al teatro de iniciativia privada) sería preferible evitar la proliferación desmedida de los teatros públicos. ¿Sería conveniente, pues, avanzar hacia una situación de concertación de los teatros con las empresas privadas en detrimento de los teatros públicos? ¿Sería preferible devolver a los profesionales del teatro los locales teatrales cuya titularidad está en manos del Estado? ¿Se podría avanzar hacia un sistema en el que la sociedad, de forma indirecta, y los profesionales, de forma directa, gestionasen la mayoría de los teatros en España, sin que descendiese la calidad artística de los espectáculos, los locales se mantuviesen en buenas condiciones y aumentase el número de espectadores? He aquí un motivo de reflexión para los profesionales del teatro y para los responsables de las políticas teatrales de las diferentes administraciones. Los profesionales del teatro tienen la palabra. La alternativa consiste en apoyar el actual modelo estatal intervencionista del teatro en España o caminar paulatina y decididamente hacia un modelo en el que la sociedad sustituya al Estado en el protagonismo del hecho teatral. En este segundo modelo serían los espectadores los que decidirían qué teatro quieren apoyar y serían los profesionales del teatro los que gestionarían directamente el teatro en España sin la mediación ni la coacción de los políticos de turno. Y ello no quiere decir insisto que el mercado condicione toda actividad escénica, lo que supondría con bastante probabilidad la desaparición de algunos fenómenos teatrales. Habría que arbitrar medidas que garantizasen la supervivencia de todas las manifestaciones de las artes escénicas, pero sin el control del Estado. Ojalá el miedo a la libertad no nos llene de prejuicios y tópicos viejos, ojalá seamos capaces de decidir nuestro propio futuro en defensa del teatro, de todo tipo de teatro.

1) Curiosamente, los cuatro espectáculos de la temporada 199394 representados en Madrid a los que han asistido más espectadores han tenido lugar en los teatros privados: Los miserables (223.550 espectadores) en el Nuevo Apolo, Las de Caín (126.743) en La Latina, Siempre en otoño (74.196) en el Reina Victoria, y El canto de los cisnes (73.745) en el Alcázar. FUENTE: Moisés Pérez Coterillo.

2) Fuente: Fermín Cabal (Realidad en el teatro español. Ponencia en el I Congreso de la Asociación de Autores de Teatro, publicada en La república de las letras, n° 35, octubre de 1992).

3) Consúltense los artículos que durante 1994 ha publicado Moisés Pérez Coterillo en El Mundo, y el estudio que publica en la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales.

4) El Mundo, 5 de marzo de 1994 {La Esfera, pág. 3)

5) Declaraciones recogidas en El Mundo, 4 de octubre de 1994. 6) Boletín de la ACE, n° 18, noviembre de 1993, pág. 15.

El deslinde de las colecciones del Prado y del centro de arte Reina Sofia

Alfredo Pérez de Armiñán

La propuesta de deslinde de las colecciones de los Museos del Prado y Centro de Arte Reina Sofía presentada recientemente al Ministerio de Cultura por la Comisión técnica nombrada para tal fin, tras el acuerdo alcanzado en la Comisión de Educación y Cultura del Congreso en junio del pasado año, intenta resolver un problema que viene arrastrándose desde la supresión en 1968 del antiguo Museo de Arte Moderno, al crearse el hoy desaparecido Museo Español de Arte Contemporáneo (MEAC). as colecciones de pintura y escultura del Estado correspondientes a los siglos XIX y XX han experimentado a lo largo de Leste último siglo diversos intentos de sistematización y encuadramiento, todos ellos fallidos. El último de ellos fue precisamente el que tuvo lugar con ocasión de la adscripción al MEAC en 196970 de los fondos que se consideraron pertenecientes, en principio, al siglo XX, con la consiguiente asignación al Museo del Prado de los restantes, correspondientes al siglo XIX. No se formularon entonces de manera clara los criterios cronológicos ni estilísticos en que tal división se basaba, y ni siquiera fue publicada la Orden Ministerial por la que se asignaban al Prado las obras decimonónicas del antiguo Museo de Arte Moderno. Existía toda una zona de sombra, constituida por la obra de artistas nacidos principalmente a comienzos de la segunda mitad del siglo XIX, que habían hecho buena parte de su carrera en esa centuria, pero que tuvieron un papel destacado en los orígenes de la modernización del arte en España en torno al cambio de siglo. Algunos de estos artistas, incluso, podían ser considerados como los más ilustres representantes en el terreno plástico de movimientos culturales tan ligados en la crisis española del siglo XX como la Generación del 98. A pesar de que el montaje de la colección permanente del MEAC realizado hacia 198182 bajo la dirección de Álvaro Martínez Novillo contenía una representación de estos artistas, junto con los de los principales creadores del siglo XX en España, lo cierto es que persistía una gran ambigüedad en relación a la función del propio Museo y la presencia en sus colecciones de esas obras. No estaba claro el criterio de deslinde de estos fondos respecto de los del Casón del Buen Retiro, ni tampoco el papel que podían cumplir dentro del MEAC. La creación del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS) en 1988 agravó, si cabe, el problema. Fundamentalmente, porque el nuevo Museo tendía claramente a la representación de los movimientos que habían constituido las vanguardias del siglo XX y de aquellas otras corrientes que, sin ser estrictamente vanguardistas, mantenían un diálogo con ellas o significaban un contrapunto notorio. Por así decirlo, el espíritu con el que se organizó la exposición de arte español en París en 1987 bajo el título El siglo de Picasso, cuyos comisarios fueron Tomás Llorens primer director del CARSy Francisco Calvo Serraller, estuvo presente en la fundación del Reina Sofía. Se trataba pues, de resaltar la conexión con las vanguardias del arte español, más que de plantear un Museo de Arte de nuestro siglo de carácter esencialmente histórico pese a ser el Reina Sofía el sucesor directo del MEAC. Sin embargo, el arte español del siglo XX presenta un panorama más complejo y difícil de sistematizar, sobre todo en su conexión con el de fines del siglo XIX, como demuestra la mencionada zona de sombra. Es cierto que lo más representativo de nuestro siglo se encuentra en el espíritu de vanguardia, pero también puede decirse que los orígenes del arte moderno y las propias manifestaciones de éste a lo largo del tiempo derivan de fuentes de inspiración muy variadas y constituyen algo más amplio que la sucesión canónica de los movimientos de las vanguardias parisina y norteamericana. Esta opinión, reforzada hoy considerablemente por la revisión crítica e historiográfica de las artes plásticas contemporáneas, tenía forzosamente que reflejarse en el Museo Centro de Arte Reina Sofía y en el deslinde de sus colecciones respecto de las del Museo del Prado, sobre todo una vez que el Estado ha saldado su deuda con el arte moderno realizado fuera de España gracias a la adquisición de la colección ThyssenBornemisza. Diversas alternativas Por su parte, la incorporación de los llamados fondos del siglo XIX al Museo del Prado ha planteado a éste un considerable problema, especialmente de orden práctico. El conjunto de las pinturas y esculturas que constituyen estos fondos suma alrededor de 3.500 obras. De ellas sólo una pequeña, aunque muy escogida parte puede mostrarse de manera permanente en las salas del Casón del Buen Retiro (menos de 500 obras). El resto se encuentra depositado en diversas instituciones, sobre todo fuera de Madrid. La exposición La pintura de historia en España en el siglo XIX, celebrada en el antiguo edificio del MEAC en 1992, demostró a las claras este hecho. Gran parte de los cuadros expuestos, entre los que se contaban piezas esenciales del arte de esa época, no podían ser albergados en las salas del Museo del Prado por falta de espacio, a pesar de pertenecer a sus colecciones. Es más, la excesiva duración de los depósitos crea situaciones difíciles, con auténticas discusiones acerca de la capacidad del Prado para disponer de las obras y trasladarlas al Museo. Este ha sido, por ejemplo el caso del cuadro de Ramón Casas La carga, depositado actualmente en Olot, que no pudo ser recobrado por el Museo del Prado al terminar esa exposición, pese a su notable importancia artística e histórica. Resultaba, por lo tanto, patente la necesidad de despejar el panorama, atribuyendo al Reina Sofía la gestión de fondos hoy pertenecientes al Prado y aclarando definitivamente cuál debía ser la misión de cada uno de estos dos Museos en relación a las obras de artistas nacidos en el siglo XIX, que han trabajado también en el XX. A lo largo de los últimos años, como reconocía el Informe sobre necesidades del Museo del Prado elevado en junio de 1994 por el Real Patronato de este Museo al Ministerio de Cultura, se han formulado diferentes propuestas para reorganizar las colecciones estatales contenidas hoy en el Prado y en el Reina Sofía. Las principales de ellas han sido las tres siguientes: a) Fusión del Museo del Prado, incluidos los fondos del siglo XIX español, con el Museo Centro de Arte Reina Sofía, que pasaría a ser la sección de Arte Moderno del Prado. b) Creación de un museo de los siglos XIX y XX totalmente independiente del Museo del Prado. c) Delimitación del contenido de los Museos del Prado y Centro de Arte Reina Sofía por parte de un Comité especialmente designado para este fin. Todas estas propuestas han admitido diversas variantes, la principal de las cuales consistió en la posibilidad de crear un museo con los fondos del siglo XIX y los del XX que responden a la persistencia de la tradición académica, manteniendo separados los fondos artísticos del siglo XX de otro carácter. Esta variante fue sugerida en 1988 por el comité científico del Museo del Prado, sin que después se llegara a precisar con detalle su contenido. Así las cosas, el acuerdo logrado en junio de 1994 entre la Ministra de Cultura Carmen Alborch y los principales grupos parlamentarios representados en la Comisión de Educación y Cultura del Congreso ha permitido avanzar en este terreno, superando la inacción que se había mantenido desde hacía veinte años. Este acuerdo partía de la evidente necesidad de delimitar con claridad el contenido del Museo del Prado antes de poder afrontar su ampliación, siendo para ello imprescindible replantear la ordenación de sus colecciones en relación con las del Reina Sofía. Propuesta de la Comisión De las tres aludidas propuestas, solamente cabía considerar la primera y la última, pues la segunda de la cual es simplemente una variante la formación de un nuevo Museo con los fondos del XIX y los correspondientes a la continuidad en el siglo XX de la tradición académica resultaba inviable en la práctica por razones presupuestarias y por carecerse del espacio adecuado en el entorno del Prado. Por otra parte, la segunda propuesta planteaba, tanto al Museo del Prado como al Centro de Arte Reina Sofía, cuestiones teóricas de difícil resolución. Al Prado le privaba de fondos completamente integrados ya en sus colecciones muchos de los cuales habían ingresado en él en pleno siglo XIX, antes de la creación en 1894 del Museo de Arte Contemporáneo, llamado después de Arte Moderno, al cual habían sido trasladados. Al Reina Sofía, o bien se le privaba de su condición de Museo de Arte Moderno, al incorparar a sus colecciones los fondos de la primera mitad y de la parte central del siglo XIX, desde el Neoclasicismo y el Romanticismo, o bien se le sustraía una buena parte del arte del siglo XX caso de entroncar el siglo XIX con la persistencia del realismo y de ciertos aspectos de la tradición en el XX, creando un tercer Museo entre el Prado y el Reina Sofía, con el consiguiente empobrecimiento de la visión del arte español de nuestro siglo. En la disyuntiva entre la fusión de los Museos del Prado y Centro de Arte Reina Sofía o la delimitación precisa de las colecciones respectivas y del espacio de la historia del arte que a cada uno toca cubrir, la Comisión técnica nombrada por el Ministerio de Cultura para estudiar la cuestión optó por la segunda vía. Apoyaba esta decisión el hecho de que el Reina Sofía se ocupa, como Museo y como Centro de Arte, de creaciones del arte contemporáneo que todavía no están consolidadas por el paso del tiempo en su estimación crítica, pese a que posee también obras del arte moderno que podrían figurar con todo merecimiento en las colecciones de un Museo como el Prado, si se decidiese ampliar su espacio cronológico. La más destacada de esas obras es, sin duda, el Guernica, acompañada de las restantes del llamado legado Picasso. Todas ellas, no lo olvidemos, están depositadas por el Prado en el Reina Sofía, y la fusión de ambos Museos hubiera tenido la ventaja de resolver cualquier problema que pudiera plantearse en torno a ese depósito. Aún así, la Comisión técnica ha estimado que se debe mantener la distinción entre ambas instituciones, dada la diferente función que hoy cumple cada una y la conveniencia de mantener y reforzar la personalidad cultural y el peso específico del Reina Sofía, como Museo Nacional de Arte Moderno Partiendo de esta decisión de fondo, la Comisión ha tenido que encontrar un criterio de delimitación de las colecciones que, a la vez, resulte sencillo de aplicar y sea fácil de comprender y de encajar dentro de la misión específica que se atribuye a cada institución: al Prado como Museo de pintura y escultura hasta la aparición del arte moderno y al Reina Sofía como Museo de Arte Moderno. Este criterio se ha basado, en primer lugar, en un punto de referencia de tipo cronológico: el año 1881, fecha de nacimiento de Pablo Picasso. Ya en la época en que desempeñaban la dirección de ambos Museos Alfonso E. Pérez Sánchez y Tomás Llorens se propuso y acordó este criterio de delimitación, que luego no llegó a llevarse a la práctica, siendo sustituido por una asignación al Prado de obras pertenecientes al Reina Sofía, correspondientes a la llamada zona de sombra, como consecuencia del traslado del Guernica en 1992. Ahora, de nuevo, una propuesta de Tomás Llorens, que recogía la división cronológica en torno al año de nacimiento de Picasso, ha vuelto a servir de base para la delimitación de las colecciones de los dos Museos. El establecimiento de un criterio cronológico de deslinde de las colecciones en torno al nacimiento de Pablo Picasso, siendo por definición algo convencional, se justifica, no obstante, por el valor de la figura de este artista, que polariza alrededor de su obra el arte del siglo XX en mayor medida quizá que ningún otro. Picasso es también el creador español de nuestra época de mayor influencia y resonancia en el mundo, comparable en este orden a las grandes figuras del pasado, por lo que su fecha de nacimiento tiene una especial significación simbólica dentro de la cultura española. Los casos de excepción Sin embargo, la aplicación rígida del deslinde de las colecciones del Prado y del Reina Sofía tomando el año 1881 como punto de referencia, de manera que las obras de artistas nacidos después de esa fecha sean las que hayan de asignarse al Reina Sofía, tiene algunos inconvenientes. El más grave es la separación de este último Museo de buena parte de los artistas que contribuyeron de forma importante a la modernización de nuestra plástica, tales como los principales modernistas y postmodernistas catalanes y los artistas representantes de la renovación de la pintura en el País Vasco y en Madrid relacionados con tendencias postimpresionistas. Los nombres de Anglada Camarasa, Canals, Casas, Ciará, Hugué, Mir, Nonell, Rusiñol, Sunyer, Arteta, Baroja, Echevarría, Iturrino, Regoyos y Zuloaga son suficientemente expresivos para hacerse una idea del problema. El sacrificio que impondría al Reina Sofía, como Museo que debe ofrecer un panorama del arte moderno en España desde sus orígenes, la exclusión de sus colecciones de la obra de estos artistas y de otros comparables, por el simple hecho de haber nacido todos ellos antes del año 1881, tenía que evitarse. La manera de conseguirlo, obviamente, era establecer una lista de artistas, cuya obra, como excepción a la aplicación del criterio cronológico, se adscribiría al Reina Sofía y no al Prado. La lista de artistas elaborada conforme a este criterio por la Comisión técnica no es muy larga. Comprende 31 artistas, pintores y escultores, nacidos entre 1859 y 1880, todos ellos representativos en España de las corrientes artísticas que han asistido ya a la consagración del impresionismo y que tienen alguna relación con las diversas tendencias postimpresionistas y con los movimientos intelectuales, que arrancan de 1898. La incorporación a las colecciones del Reina Sofía de otros artistas nacidos antes de 1881 cuyas obras pudieran adquirirse en lo sucesivo sería decidida por una Comisión mixta de los dos Museos, cuya constitución se ha propuesto en el informe de la Comisión técnica. El Reina Sofía se abre así con una importante representación del arte español en torno al cambio de siglo, con lo que su carácter de Museo de Arte Moderno ligado a la historia cultural de España queda considerablemente reforzado. Por su parte, el Museo del Prado recibirá obras de artistas nacidos antes de 1881 que pertenecían hasta ahora al Reina Sofía y que, sin embargo, tienen más relación, en principio, con la persistencia de la tradición académica que con otros movimientos. Este es el caso de las obras de Benedito o Alvarez de Sotomayor, por señalar dos ejemplos destacados. Con el deslinde así establecido, el Prado termina, por decirlo de forma un tanto simplificada pero expresiva, con la renovación del paisaje y del naturalismo de finales del siglo XIX, representada por las obras de Beruete, Pinazo y Sorolla. Muchas de las obras de estos artistas tienen ecos del impresionismo y están conectadas con los movimientos de renovación estética representados en España por la Institución Libre de Enseñanza y la primera generación de la Restauración, la muy plural de Giner, Galdós, Clarín, Menéndez Pelayo y Pereda. El arte y los artistas pertenecientes al siglo XIX, que todavía no pueden llamarse modernos, en el sentido más estricto del término, quedan, pues, reservados al Prado, que terminará así con las manifestaciones artísticas que colindan con el surgimiento de la Generación del 98 y la gran crisis de la conciencia española contemporánea.