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Ver productosCuando Johann Strauss decidió abordar el género de la opereta ya había sido coronado popularmente como «el rey del vals» y su música se escuchaba y se bailaba en todos los salones vieneses. Aconsejado por Jacques Offenbach, brillante triunfador en este campo, se dispuso a seguir sus pasos. Pero Strauss no era hombre de gran intuición teatral, a juzgar por su indiscriminada elección de los libretos. Tras dos intentos poco afortunados, compuso en 1874 su mejor obra escénica: El Murciélago. Y acertó plenamente, no sólo por el libreto sino por su elaboración y composición.
Un vals magistral encabeza toda una serie de vibrantes números musicales llenos de inventiva melódica. Los tres actos se suceden con gran movimiento escénico, como suele ocurrir en las operetas, enriquecido aquí con bellas melodías muy bien elaboradas y un aire de gran espontaneidad.
Johann Strauss era un compositor que conocía bien su oficio y cuya superficialidad tanto de su música como de su vida contribuía a acrecentar su fama. Lejos de un tratamiento superficial, consigue dotar a sus personajes de El Murciélago de personalidad musical propia. Esto es, los números musicales no podrían ser intercambiables, pues definen el carácter psicológico de los actores. Este es un aspecto que destaca especialmente en la obra de Strauss que nunca se caracterizó por su profundidad analítica.
Aunque su estreno en Viena (en el Theater art der Wien) fue recibido con frialdad y tuvo que ser retirada a los pocos días, hoy en día ha conseguido plena aceptación incluso entre los más ortodoxos aficionados a la gran Opera. Sobre todo después de que grandes voces de la lírica e importantes directores hayan incluido esta obra en su repertorio.
La magnífica grabación que nos ocupa, fue realizada en 1971 por Karl Böhm, uno de los mejores directores sinfónicos y operísticos de nuestro siglo y ante todo un sublime intérprete mozartiano. También los solistas como Gundula Janowitz, Wolfgang Windgassen, Waldemar Kmentt y Erich Kunz han sido grandes voces de óperas mozartianas. Y es que, salvando las distancias, El Murciélago podría ser comparada a las Bodas de Figaro de Mozart, por el desarrollo de la trama, la ingeniosidad y riqueza melódica y por la ágil sucesión de números musicales llenos de gracia y encanto.
Resulta muy entretenida su audición y más tratándose de una selección suficientemente amplia que suprime los momentos hablados o recitados. Una delicia.

El libro del Papa ha sido un acontecimiento editorial de dimensiones desusadas. En pocos meses habrá varios millones de ejemplares en multitud de lenguas corriendo por el mundo. No es habitual que los Papas escriban libros o mantengan entrevistas periodísticas destinadas al gran público. Los géneros literarios de un Pontífice son más bien las encíclicas, las constituciones apostólicas, las bulas y, si acaso, las homilías o los discursos.
Existían, ciertamente, los precedentes de los «Diálogos con Pablo VI» del filósofo francés Jean Guitton (1965) y las conversaciones del propio Juan Pablo II con André Frossard («¡No tengáis miedo!» , 1982). También a la muerte de Juan XXIII (1963) se había publicado un libro suyo. Pero era un diario espiritual que reflejaba su intimidad de hombre religioso, que no había sido pensado ni escrito para el público.
El libro de ahora, «Cruzando el umbral de la esperanza», se distingue netamente de los de Guitton y Frossard, en su concepción, en su estructura y en su misma finalidad. Sin embargo, después de leerlo atentamente y reflexionar sobre él, uno se inclina a contemplarlo como la tercera parte de una trilogía, que habría empezado con los de los escritores franceses. Los interlocutores cambian: Guitton, Frossard, Messori. Los papas también: Montini, Wojtyla. Pero el diálogo con el hombre continúa.
En el libro de Guitton, Pablo VI se proponía «dar a conocer el cristianismo al mundo de aquel momento». Años después de los «Diálogos», Guitton, en su «Diario», lo dice precisamente con esas palabras, puestas en labios del pontífice mismo. En los «Diálogos», Pablo VI hablaba al mundo del cristianismo y de la iglesia y hablaba también a la iglesia, evocando su misión -y su vocación- respecto del mundo y de la historia. En las conversaciones con Frossard, Juan Pablo II se dirigía a los cristianos con un grito que había lanzado ya en la plaza de San Pedro al tiempo de su elección, y que parece extraído de la declaración conciliar «Gaudium et spes», en cuya redacción Wojtyla había tomado parte, como han manifestado varios distinguidos padres conciliares. El «no tengáis miedo» del Papa, que es el título y la almendra de sus entrevistas con Frossard, es una invitación a la fortaleza y una palabra de aliento para los cristianos siete años antes de que cayera el muro. Mensaje al mundo, o un libro para el mundo, el de Guitton y Montini. Mensaje a los cristianos, o un libro para cristianos, el de Frossard y Wojtyla en el primer tramo del pontificado del papa polaco.
El libro de ahora, «Cruzando el umbral de la esperanza», es más general y menos ambicioso, o quizá más, según las perspectiva desde la que se lo considere. Está escrito (y de puño y letra del Papa) para los hombres de hoy, cristianos o no cristianos, creyentes de cualquier fe, indiferentes o ateos. Son palabras del Papa. Pero no se han pronunciado desde su autoridad de maestro universal de los cristianos o desde el trono pontificio, sino desde sus convicciones y, por así decir, desde la calle.
El Papa proclama ante los hombres en general cuáles son las respuestas que él, Juan Pablo II, desde sus propias convicciones y en el contexto cultural contemporáneo, ofrece a las preguntas más radicales, las que se hace la gente común en materia de religión. Nada menos que si existe Dios; si Jesús es Dios; qué es eso de la salvación; por qué existe el mal; por qué hay tantas religiones si Dios es uno solo; en qué se distingue cada fe o confesión de las otras o en qué se diferencia de las demás confesiones el cristianismo. Y ya entre los cristianos, ¿por qué Roma y una autoridad? ¿Existe o no la vida eterna? ¿Qué es eso de rezar que practica y recomienda el Papa? ¿Sirve para algo no sólo rezar, sino simplemente creer?, etc. etc.
La tarea del periodista ha sido elaborar las preguntas. El mismo declara en su presentación que ante la singular oportunidad de componer con toda libertad un cuestionario que el Papa estaba dispuesto a contestar, no quiso andarse por las ramas, ni perderse en menudencias de iglesia o sacristía. Optó por pedir al Papa respuesta a las interrogaciones que en el secreto de sus corazones y en la intimidad de sus conciencias se hacen millones de seres humanos, cristianos o no, de buena o menos buena voluntad, que en algún momento de sus vidas ven aflorar en el fondo de sus espíritus el «por qué» y el «para qué» que no dejan de acompañar a la existencia de los hombres. Messori sabe -y todo el mundo sabe- que esas grandes preguntas últimas no están siempre planteadas en todos los humanos como cuestiones vivas o punzantes y que la población del globo no se compone de seis mil millones de Kierkegaards o de Unamunos. Pero las preguntas están ahí, sobre la superficie del planeta y en el seno de la sociedad humana.
Las respuestas de Juan Pablo II son a la vez muy personales y de validez general. Empieza reconociendo que él mismo y su ministerio son un escándalo y una provocación. Pero es el ministerio histórico de Pedro y él lo asume como un servicio. No es fácil, pero es. Enseguida empiezan las grandes cuestiones en una especie de amplio itinerario circular que va desde la existencia de Dios hasta esa puerta que abre a la esperanza el temor filial de los que se sienten hijos de Dios, que permite superar el miedo a la vida y a la muerte, a los grandes misterios de la existencia personal, del bien y del mal, del mundo y de la condición humana. Me detendré sólo en un par de cuestiones.
Si Dios existe o no, es una interrogación que implica toda la existencia de cada uno de los hombres. No es tan sólo la primera «quaestio» de la Summa de teología de Santo Tomás, donde ocupa ese lugar por razones de sistema. Es una pregunta global y vital, no meramente intelectual. Las famosas cinco vías del teólogo de Aquino, que de un modo u otro no dejan de remontarse a Platón, a Aristóteles, a Cicerón y a San Agustín, son válidas como método de acceso a una respuesta, pero han de ser vistas dentro de un contexto. En la cultura moderna, además, resulta que -por la senda de la hermenéutica- el lenguaje simbólico a que apelan algunas filosofías no contradice sus conclusiones, sino que acaba confluyendo con ellas. Después, el reconocimiento de Dios traerá consecuencias, en las que no hay oportunidad ni espacio para detenernos aquí ahora.
En los capítulos 13 a 16, siguiendo el hilo de los planteamientos de Messori, Juan Pablo II habla de otras religiones, por las que muestra gran respeto, en el espíritu del encuentro de Asís. El budismo es también, «desde cierto punto de vista» dice el Papa, una religión de salvación. Pero, a diferencia de la cristiana, su soteriología, punto central «o único» de su sistema espiritual, es negativa. Parte de que el mundo es malo y fuente de sufrimiento. Hay que liberarse de él. Salvarse es hacerse indiferente al mundo. La mística cristiana es justamente lo contrario. El desprendimiento del mundo no es un ñn, sino un medio para la unión con Dios y para liberar y transformar el mundo. El islam es monoteísta, igual que el cristianismo, y su Dios es poderoso y ha creado el mundo. Pero no es un dios-en-el mundo, un Dios con nosotros. El islam no es una religión de redención.
El libro del Papa responde a muchas más preguntas y contiene muchas más reflexiones, que en no pocas de sus páginas están impregnadas de la emoción de experiencias personales: los jóvenes, Asís, el atentado y, como trasfondo de todos sus capítulos, los documentos del Concilio.
Quizá haya lectores que, al llegar al final, querrían encontrar todavía algo más en la línea de la esperanza que se abre en el último capítulo como un horizonte y un destino. Pero parece que el autor y el entrevistador han pretendido un libro abierto, como la cultura moderna en que se inscribe. Juan Pablo II es de seguro uno de los más grandes pensadores y «profetas» eslavos de este siglo. Dostoievski lo fue del XIX. Hace sesenta años el escritor alemán Karl Adam sacudió muchas conciencias cristianas y no cristianas de occidente empezando su libro «Jesucristo» con unas palabras de Aliocha Karamazov. Vienen a decir que la gran cuestión es si un hombre moderno, «un europeo de nuestros días», puede creer en la divinidad de Jesucristo. El libro de Juan Pablo II responde al personaje de Dostoievski con una sola palabra: puede.
La traducción española, del poeta y novelista Pedro Antonio Urbina, es elegante y precisa. Ya, en el acto de presentación del libro en Madrid, alguien especialmente autorizado la elogió diciendo que había servido de ayuda para la versión a otras lenguas.
Hace 34 años, Albert Camus fallecía en un accidente de automóvil cerca de París. Con su muerte, la lista gloriosa y dolorosa de genios malogrados quedaba engrosada con una de las plumas más lúcidas y brillantes de la posguerra. Marcado indeleblemente por el ascenso de los totalitarismos de entre guerras y por los trágicos acontecimientos de la II Conflagración Mundial, Camus compartió con su generación la filosofía existencialista, hija del nihilismo del primer tercio de siglo. Sin embargo, a diferencia de otros escritores franceses sometidos a la moda intelectual del momento, Camus marcó sus diferencias con todo aquello que juzgó inaceptable en el marxismo imperante. Su posición le enfrentó al sumo sacerdote de la Rive Gauche, Jean Paul Sartre y a buena parte de sus antiguos amigos y camaradas de izquierda. Tras dos años de militancia, había tenido el valor de abandonar el partido comunista francés y se había negado a hacer la apología de la tiranía soviética y a buscar justificaciones a la infamia en el presunto devenir ineluctable de la historia. En ese sentido, cabe hablar con JeanYves Guerin, autor de un reciente artículo aparecido en Le Nouvel Observateur, de revancha de Albert Camus. De ahí el interés de su obra y su permanente actualidad. Tras estos treinta años de silencio sobre su obra, se produce la publicación de Le Premier Homme, novela inacabada y rescatada en el momento en que los acontecimientos recientes demuestran la clarividencia del autor. La sobria y cuidada edición, a cargo de Catherine Camus, hija del escritor, ha sido publicada por Gallimard. Se nos presenta el esbozo de una novela de prosa brillante, no exenta de inconsistencias y sin el pulimento final del texto corregido. En notas a pie de página y en los anejos finales se apuntan caracteres, episodios y pensamientos que previsiblemente hubieran engrosado el libro definitivo. Lo que se ofrece al público es, en realidad, el armazón rico y prometedor de un proyecto novelístico mucho más ambicioso. Camus ha recogido en su última novela, cargada de señas autobiográficas, todas sus ideas fundamentales: su apego telúrico a la Argelia francesa de sus primeros años, su ubicación existencial entre la gente modesta, la recreación ni complaciente ni despectiva de su niñez pobre. Todas estas vivencias tienen el trasfondo histórico y social de Francia a lo largo del siglo XX. Resulta interesante observar cómo esta novela se emparenta con otra, escrita por uno de los grandes escritores antitotalitarios de nuestra época. George Orwell cedió en Corning Up For Air a la tentación literaria de adentrarse en el callejón de los recuerdos en búsqueda de un paraje idílico, hermoseado en la memoria del protagonista. Por el contrario, Jacques, protagonista de este relato y alter ego de Camus, inicia su evocación siguiendo el rastro de su padre, muerto en la batalla del Mame, al que no llegó a conocer. La recreación de la historia familiar sirve para exponer la dureza de la aventura colonizadora francesa en Argelia. Iniciada durante el reinado de Luis Felipe de Orleans, la aspereza del terreno, la inclemencia de las tierras africanas y la hostilidad de los beduinos diezmaron a los primeros colonos. Esta referencia es esencial para comprender la actitud reticente de Camus ante la guerra que a fines de los años 50 se libraba en la antigua colonia y que dividió profundamente a la opinión pública francesa. La precaria existencia del emigrante pobre, francés en su mayoría, pero también español, italiano o de cualquier otro lugar del Mediterráneo, se enmarca en el barrio de las afueras de Argel donde Jacques pasa los años de infancia en casa de su abuela, figura patriarcal que domina y vertebra a la vez a la familia desamparada tras la muerte del padre. La estrechez económica en que transcurre su vida es, ante todo, una realidad que se desgrana en un sinfín de pequeñas miserias que definen una existencia opaca, limitada y sin horizonte. La grandeza de Camus se manifiesta cuando recoge, con frases vibrantes de plasticidad mediterránea, las horas pasadas con los amigos del barrio en juegos callejeros o en la playa, o bien en esas salidas de caza (¿excursiones cinegéticas?) de la mano de su tío Ernest. Tonelero de profesión y hombre elemental y entrañable, Ernest es un prototipo de jovialidad y energía. Es también el contrapunto a la madre de Jacques, privada de su esposo en plena juventud por los designios incomprensibles de una metrópoli lejana, y sumida en una vida acabada cuando apenas comenzaba. La pobreza que describe Camus es real, no una categoría socioeconómica apta como arma retórica de unos cuantos intelectuales. Se trata de la vivencia de cada día, en una sociedad y en una época determinadas, en la que las escasas oportunidades vienen a menudo a través de la escuela laica y republicana, herencia de Jules Ferry. El protagonista, ávido de saber, utilizará esta vía para escapar al opresivo ambiente familiar. La aventura inconclusa de Jacques es la del hombre del siglo XX, desarraigado y sin Dios. Pero también es una historia de esperanza, de momentos de exaltación, de esfuerzo y de todo aquello que compone, en definitiva, el tejido de nuestra vida. Su amor al país en que nació y creció queda bien patente, y se identifica con la idea de patria de Barres, definida por la tierra y los muertos. El combate de Camus por la justicia y por la libertad engarza con una tradición de ética humanística transida de compasión hacia los más débiles. Antes que nada, su alegato y el orden de sus valores están perfectamente claros: el hombre primero.
Por Julio Pascual
El presente ensayo tiene por objeto reflexionar sobre una de las manifestaciones actuales del fenómeno nacionalista. Me estoy refiriendo al nacionalismo, autonomismo o regionalismo, que aparece o se exacerba en nuestros días en ciertos estados, en que tuvieron en los comienzos de la edad moderna un origen plural, basado en la fusión de monarquías medievales, y que hoy aparecen dotados de un sistema democrático alcanzado tras un período relativamente largo de ejercicio autoritario del poder político. El paradigma bien puede ser la España democrática de nuestros días. Permítaseme, antes de profundizar en la realidad española de hoy, hacer una breve referencia histórica. España, a fines del siglo XV, cobró la forma de uno de los estados nacionales que habrían de caracterizar a la época, gracias a la unidad matrimonial entre la reina de Castilla y el rey de Aragón. Fue éste, sin embargo, un estado nacional en el que durante siglos persistieron importantes diferencias entre las dos Coronas, sobre todo en el campo del derecho y en el terreno administrativo. Es tras la muerte sin descendencia del último monarca de la Casa de Austria, Carlos II, cuando cambia esta situación de modo importante. Efectivamente, entonces tiene lugar una guerra de sucesión entre dos pretendientes, cada uno de ellos con una gran potencia como aliada: el Archiduque de Austria apoyado por Inglaterra y el nieto de Luis XIV de Francia, con el respaldo de este último. Por lo que afecta al asunto que ahora nos ocupa, el hecho fué que, grosso modo, Cataluña y parte de algunas regiones con Fueros terminaron del lado del Archiduque. Ganada la guerra por los partidarios del Borbón, la política de vencedor que Felipe V sigue es, en términos generales, la de uniformización, imponiendo los decretos de nueva planta con el propósito principal de igualar la legislación en todo el territorio español. Es cierto, en este sentido, que la política uniformizadora borbónica del siglo XVIII acabó aplanando regímenes jurídicos originarios y Fueros en España, y en ello radica la legitimidad de su reclamación. Por eso y desde entonces, siempre que en España se ha iniciado un proceso de apertura hacia la libertad política ha aparecido una y otra vez, recurrentemente, la cuestión de los nacionalismos y los Fueros sobre la mesa. Sucedió en la primera República, sucedió en la segunda y volvería a suceder en la nueva democracia española inaugurada en junio de 1977. Pero, con todo, el fenómeno nacionalista o regionalista, que podría haberse manifestado de manera natural en el ámbito de la antigua Corona de Aragón, no ha tenido allí, por lo general, expresiones dramáticas. El paso de siglos de convivencia nacional acabó por cauterizar los sentimientos históricos diferenciales, parecía que de manera definitiva hasta mediados del siglo pasado. La cultura romántica y el desarrollo de la burguesía catalana en la segunda mitad del XIX, sin embargo, exacerbaron entonces el nacioLas guerras carlistas del siglo XIX, la tendencia a la supresión de los fueros por el nada liberal liberalismo jacobino que se impuso y la ausencia de disposición negociadora de los dirigentes, terminaron por despertar un lamentable victimismo nalismo catalán en el Principado, que era una porción del territorio otrora parte de la Corona de Aragón. En Vasconia, las cosas habrían de ser diferentes, porque nunca se había dado una identidad que rebasara lo cultural o idiomático, y ello en sólo una parte del territorio, ya que Vasconia había sido trilingüe, es decir, con unas comarcas de habla francesa, con otras donde siempre se habló el castellano desde los orígenes de éste como las Encartaciones, en Vizcaya, y con algunas muy pocas donde se hablaba el vascuence. Pero, además Vasconia era diferente a la Corona de Aragón en otros dos aspectos muy principales. Efectivamente: Vizcaya, Guipúzcoa y Alava se habían ido incorporando voluntariamente a la Corona de Castilla durante la baja Edad Media, dándose en Vizcaya la curiosa circunstancia de que su unión con Castilla se había hecho porque un Señor de Vizcaya, el infante don Juan, hijo de Enrique II, ocho años después de obtener por herencia el Señorío, heredó la Corona de Castilla de su padre. Es decir, que fué un Señor de Vizcaya, en 1 379, quien se hizo con la Corona de Castilla, y no al revés. El otro aspecto principal de la cuestión es que Vasconia nunca había tenido, como conjunto, una identidad política, ni, por consiguiente, se había dado jamás una soberanía política vasca. Las guerras carlistas del siglo XIX, la tendencia a la supresión de los fueros por el nada liberal liberalismo jacobino que se impuso y la ausencia de disposición negociadora de los dirigentes vascos de la época, terminaron por despertar un lamentable victimismo, que a fines del siglo fraguó en un sentimiento nacionalista vasco poco conectado con la Historia. Sin el extremismo federalista con que la primera República del último tercio del XIX había planteado la cuestión regional, la segunda República, en 1931, vuelve a la carga. Y es en esta nueva pretendida cita con la Historia, cuando ésta volvió a falsearse, como lo había sido en la primera República. Y lo que eran un par de casos excepcionales, aunque legítimos, uno de corte nacionalista en Cataluña y otro foralista en Vasconia, se extendió artificialmente por el territorio nacional, llegando a obtener Galicia en la segunda República, sin fundamentación histórica alguna, un estatuto autonómico propio. Una demanda que se reitera en la historia Lo primero que evidencia un análisis retrospectivo de los que llamaremos, para entendernos, nacionalismosregionalismos en España es, como se apuntó antes, que el fenómeno reaparece sistemáticamente cuando se abre un nuevo proceso democrático. Podría pensarse que ello es consecuencia de que las diferencias se admiten mal en los sistemas políticos autoritarios y, por eso, cuando un régimen de ese carácter es sucedido por otro democrático, las demandas diferenciadoras de los territorios afloran de inmediato. Ahora bien, ¿Por qué siempre que ésto sucedió han sido rebasados los ámbitos territoriales demandantes del reconocimiento de la diferencia? ¿Por qué en todos los procesos de apertura democrática que se han dado en España, los casos catalán y vasco, tan diferentes entre sí, pero, en todo caso con una justificación histórica ambos, han aparecido siempre enmarcados dentro de unas coordenadas de insatisfacción generalizada respecto a la organización territorial del Estado, o, dicho sin eufemismos, respecto al reparto territorial del poder? Entre los intelectuales de nuestro país preocupados por los asuntos políticos, el cartesianismo ha predominado generalmente sobre el empirismo Es interesante a estos efectos, haber tenido la oportunidad personal de constatar cómo, en los albores de la democracia española de 1977, la demanda del reconocimiento de las diferencias, que por doquier se manifestó en todas las regiones, no venía del pueblo, ni siquiera de las minorías ilustradas salvo en los territorios con aval histórico, sino que fué la clase política local la que, por decirlo humorísticamente y quizá exagerando, creó el problema regional para luego intentar resolverlo. A un amigo mío muy querido, aquella situación le hizo cínicamente afirmar: La única forma eficaz de resolver este problema es hacer ministros del gobierno de Madrid a los tres o cuatro políticos que en cada región abanderan el movimiento. Total, con medio centenar de carteras quedaría todo arreglado. Y, además, estoy seguro decía de que como ministros no lo harían peor que otros que pudieran ponerse. Ciertamente, mi amigo teñía su preocupación de sentido del humor, pero no es menos real que estaba apuntando al núcleo del problema. Es verdad que entre los intelectuales de nuestro país preocupados por los asuntos políticos, el cartesianismo ha predominado generalmente sobre el empirismo, y para asimilar los hechos regionales diferenciados en el sistema político general han solido exigir un modelo de reparto territorial del poder de carácter igualitario. Baste como ejemplo la posición de Ortega al respecto, durante la segunda República. Pero, con ser importante, esa actitud no hubiera bastado, en mi opinión, para que las aspiraciones de reparto generalizado se hubieran hecho tan firmes. Creo yo, sin embargo, que el combustible que ha mantenido en marcha la tensión generalizadora del reparto territorial del poder cada vez que se ha abierto un proceso democrático, tiene mucho que ver con la forma común en que los políticos operan en el mercado de votos. Efectivamente, en las aperturas democráticas, mucho más intensamente que cuando la democracia está ya consolidada, los políticos necesitan identificar ante los electores el producto que ofrecen, como simple necesidad mercadológica. Es ésta una tarea ardua, en la que no todos los políticos logran el éxito, y que lleva a segmentar artificialmente la oferta, llegándose a producir, por eso, la llamada sopa de letras frecuente en los comienzos democráticos; es decir, una abundancia excesiva de siglas partidistas, en la que cada sigla corresponde a un producto político pretendidamente distinto de los demás que se ofrecen en el mercado de votos. En este intento de diferenciación ante los electores, hay que tratar de ofrecer la cara más atractiva para el mayor número. Es decir, hay que procurar atraer la más amplia porción posible del electorado. Por eso, no puede sorprender que el ingrediente de identificación territorial sea utilizado activamente como instrumento de atracción de electores por abundantes políticos locales. Se piensa y, creo yo, no sin fundamento, que ése es un factor que acabará haciendo una aportación positiva neta de votos, contrariamente a lo que ocurrirá con los factores de tipo ideológico, que al sumar votos por un lado y restarlos por otro, no permiten a príori conocer si el saldo será positivo o negativo. El motivo electoral Esta conclusión, por otra parte, no se alcanza sólo desde la lógica; se llega también a ella mediante el análisis empírico: es lo que sucedió, con notable exactitud respecto al enunciado, en la apertura democrática española de 1977, cuando la coincidencia fue tan cabal, que la práctica totalidad de los partidos con resultados electorales relevantes jugaron a fondo la carta territorial, algunos como el partiLa inclinación de los políticos a maximizar los votos mediante el gasto público, tiende a equilibrarse porque los mismos políticos quieren evitar a los votantes unos impuestos muy altos do socialista (PSOE), haciendo violencia a su propia historia de manera tan notable que, de un acendrado centralismo en la segunda República, pasó a hablar de autodeterminación de los pueblos ibéricos en 1977. Es decir, la historia española pone en evidencia que, en el contexto histórico de un proceso de apertura democrática, la necesidad de atraer votos hacia opciones que no están aún bien diferenciadas para el electorado, puede y suele llevar a los políticos a incluir el factor de diferenciación territorial en su oferta política como medio para captar votos no ideológicos o incluso votos desorientados. Con ser ésta una conclusión que conduce a situaciones bien poco satisfactorias, el fenómeno de centrifugación política consecuente con semejante actitud, propia de períodos de transición, tendería a atenuarse con el paso del tiempo, a medida que la verdadera imagen de los partidos fuera asentándose en la ciudadanía y el voto fuera haciéndose con el paso del tiempo más ideológico. Sin embargo, sucede lo peor y el fenómeno no sólo no se atenúa sino que se agrava, cuando, como ocurre en la España de hoy, el sistema de financiación de las autonomías acentúa por sí mismo los regionalismosnacionalismos, y el paso del tiempo, en vez de reducir los elementos centrífugos artificiosos propios de los comienzos, los agranda hasta convertirlos en un problema grave, sin asiento alguno ni en la historia ni en la razón. Dediquemos, por eso, nuestra atención, siquiera sea brevemente, a este asunto de la financiación de la estructura territorial del Estado autonómico en España. La natural inclinación de los políticos a maximizar el número de votos mediante el gasto público tiende normalmente a equilibrarse por la necesidad de los mismos políticos de evitar un hostigamiento desmedido de los votantes con unos impuestos muy altos. Así, la tensión entre ambas tendencias acaba situando el gasto público y la fiscalidad reales en unas zonas de equilibrio en las que los políticos ganadores creen optimizar el número de votos obtenidos. Es evidente que el apuntado es un modelo interpretativo de lo que es normal en todas partes (modelo positivo public choice), más que su precisa y detallada descripción; no se trata de que hayamos de imaginar a los políticos democráticos, computador en mano, formulando y resolviendo simulaciones complejas con políticas fiscales alternativas. Lo relevante es que las cosas tienden a suceder en la práctica, más o menos, como si ese ejercicio fuera hecho. Este modelo universal funciona también en España en el ámbito esta tal, pero no opera, sin embargo, en el ámbito autonómico, o, para ser más precisos, no opera en las autonomías españolas sin concierto fiscal con la Hacienda central, que son todas menos la vasca y la navarra. En una autonomía española cualquiera, salvo en las dos mencionadas, el político tenderá a gastar en busca de votos, pero sin el freno que suponía en el ámbito estatal evitar que el contribuyente se enfadase, ya que esas autonomías financian su gasto público con los recursos que les proporciona la Hacienda central y no mediante impuestos propios. Es decir, resultará lógico que abunden políticos españoles de ámbito autonómico que, con las mismas ansias de gastar consustanciales con la profesión que cualquier colega de ámbito estatal, circulen en acelerados vehículos sin frenos: la aspiración a más votos alimentará permanentemente el deseo de velocidad, sin que el freno del enfado del contribuyente aparezca por ninguna parte. Además, lo que todavía empeora la cuestión, no sólo es que el político autonómico español consigue los recursos sin coste político alguno, sino que, si sabe adobar de victimismo regional o nacionalista sus demandas reivindicativas de recursos a la Hacienda central, no sólo maximiza los votos cuando gasta, sino que también los acrecienta cuando ingresa. O sea, que, acelerado y sin frenos, este coche terminará por estrellarse, si no se acierta en dotarle de un servofreno. Y urge actuar, porque este perverso mecanismo financiero exalta artificialmente el fenómeno regionalistanacionalista en nuestro país, y también por el tamaño económico que ya ha alcanzado el problema. Además, porque estamos en un momento en el que se está abriendo paso la idea quizá ya se ha abierto paso de que las reivindicaciones financieras de los políticos autonómicos pueden satisfacerse mediante la transferencia a sus Haciendas de un tanto por ciento de los recursos fiscales que la Hacienda central obtiene en las mismas autonomías por la aplicación de los impuestos estatales. Después de lo dicho, no parece necesario insistir sobre la inconveniencia de este último procedimiento, que abunda en la tendencia al gasto sin introducir ningún freno, que, obligando a los políticos autonómicos a asumir costes ante sus contribuyentes, impida al vehículo despeñarse por el precipicio del despilfarro permanente. Es por ello que pienso llegada la hora de orientar la reflexión en una dirección no explorada hasta la fecha en España, cual es la de federalizar la Hacienda pública, atribuyendo a las autonomías la capacidad de gravar fiscalmente, y de manera directa, a los contribuyentes de su ámbito geográfico; y con esos recursos, y sólo con ellos, subvenir al gasto público autonómico respectivo, lo cual, adicionalmente, crearía una competencia fiscal saludable entre las diferentes autonomías por atraer inversores y proporcionaría un banco de pruebas de la eficiencia de la política autonómica, hoy inexistente, pero tan necesario. Para instrumentar esta solución, se podría comenzar rebajando los tipos estatales de los impuestos sobre la renta de las personas físicas y de las sociedades en un 15 o un 20 por ciento, por ejemplo, y dándo a las autonomías capacidad para establecer recargos sobre los mismos, con un tope que vendría determinado por el mismo montante de la reducción.
Por Francisco Cabrillo
Suponga el lector que, en un momento de debilidad, ha dado rienda suelta a sus reprimidos instintos delictivos, con tan mala suerte que ha sido detenido por la policía en compañía de su cómplice. Las pruebas contra ambos son poco sólidas y, si ninguno de los dos confiesa, tanto usted como su compañero recibirán una condena pequeña, digamos seis meses de cárcel cada uno. La policía lo sabe y les interroga en habitaciones separadas, ofreciéndoles incentivos para obtener su confesión. Tras haber hablado con el comisario, se encuentra usted ante las siguientes cuatro posibilidades. Si acusa a su cómplice y proporciona a la policía pruebas contra él, y su cómplice, en cambio, calla, usted queda libre y su cómplice es condenado a dos años de cárcel. Si usted calla y su cómplice le acusa, él queda libre y es usted el que va a disfrutar de los dos años de cárcel. Si los dos hablan y se acusan el uno al otro, ambos son condenados a un año de cárcel. Y si los dos callan la condena es, como antes se indicó, de seis meses para cada uno.
Por si un día tuviera usted la desgracia de encontrarse en tan incómoda situación, sepa que se hallaría ante uno de los casos más típicos de la teoría de los juegos, el llamado dilema del prisionero. Y tal vez, en su momento, le sirva de consuelo saber que a partir de modelos semejantes, los economistas han construido toda una compleja teoría de comportamientos estratégicos que ha sido galardonada con el premio Nobel de economía de 1994.
Lo interesante de este supuesto, y de otros muchos juegos similares, es la gran cantidad de aplicaciones que tienen en la economía y en numerosos campos de las ciencias sociales. Imagine, por ejemplo, que, en vez de ser un detenido, es usted el gerente de una empresa oligopolista que tiene que diseñar una estrategia de ventas y de precios en función de lo que espera que hagan sus competidores. Aunque le parezca sorprendente, el detenido y el gerente enfrentados a estas situaciones razonarán de forma parecida y diseñarán estrategias similares. Los posibles resultados y estrategias son muy diversos. En nuestro caso del prisionero es posible señalar que, a falta de un acuerdo previo que ofrezca garantías, la estrategia óptima no será la de callar para limitar a seis meses la condena, sino la de delatar al cómplice para tratar de salir libre. Lo mismo, por desgracia, pensará su compañero. Y finalmente, ambos pasarán un año entre rejas. En otras palabras, su estrategia óptima particular no es la que maximiza los beneficios conjuntos de la sociedad de delincuentes. Sustituya la estrategia de delatar por la de rebajar los precios para expulsar a las demás empresas del mercado, que posiblemente aplicará como gerente de la empresa oligopolista, y podrá repetir el razonamiento con muy pocas variaciones.
La teoría de los juegos es una rama relativamente joven de la ciencia económica. Aunque suelen citarse precedentes importantes en el campo estrictamente matemático, como el teorema de Zermelo (1913) o el teorema del minimax de von Neumann (1928), la obra fundamental que introdujo el análisis de juegos en la teoría económica fue el libro de von Neumann y Morgenstern Theory of Games and Economic Behaviour, publicado el año 1944. Los dos autores, ambos centroeuropeos, habían coincidido en la Universidad de Princeton a finales de la década de 1930. No se habían conocido personalmente hasta entonces. Von Neumann, aunque nacido en Hungría, estaba relacionado desde el comienzo de sus estudios con los mejores matemáticos alemanes. Había sido un matemático precoz extraordinariamente brillante publicó su primer trabajo a los 18 años y se había establecido en Princeton en 1931, tres años después de publicar su artículo pionero sobre juegos.
Morgenstern, por su parte, era un economista formado en el ambiente de la escuela de Viena, de cuya universidad había sido catedrático entre 1935 y 1938. En dicho año la situación política le había obligado a abandonar su universidad y a aceptar una propuesta de Princeton, donde vivió el resto de su vida. Morgenstern ha contado cómo en los años de la guerra mundial fueron dando forma a su obra en una curiosa serie de interminables discusiones bilingües que a veces empezaban en inglés y terminaban en alemán y viceversa. La clave de este libro es el reconocimiento explícito del comportamiento interactivo de los agentes económicos, lo que les permitió tanto desarrollar los modelos de juegos competitivos como abrir camino en nuevas direcciones, como la teoría de la cooperación, que es actualmente uno de los campos de investigación de mayor interés en teoría de juegos.
El desarrollo de la teoría, y sus aplicaciones prácticas, ha sido ininterrumpido desde entonces. Y cada vez más economistas utilizan este método, tanto para la resolución de nuevos problemas como para encontrar vías alternativas a la solución de viejas cuestiones. La apreciación de este modelo no es, sin embargo, unánime entre los economistas más destacados de nuestros días. Algunos economistas de la escuela de Chicago, por ejemplo el premio Nobel George Stigler, han mostrado bastante escepticismo con respecto a la teoría de los juegos, por considerar que aporta poco a los modelos neoclásicos tradicionales, basados en la existencia de funciones a maximizar sujetas a restricciones. Otros economistas, en cambio, como el también premio Nobel James Buchanan, consideran que la teoría de los juegos es el paradigma adecuado para la formalización matemática de la economía, ya que ésta es, ante todo, una ciencia que estudia relaciones de intercambio y necesita, por tanto, un fundamento teórico que le permita analizar comportamientos estratégicos. Sin ser posible aún dar una respuesta definitiva a esta cuestión, parece que la evolución de la teoría económica de la última década está dando la razón más a Buchanan que a Stigler.
Si la concesión del Nobel de este año a tres economistas dedicados a la teoría de los juegos no ha sorprendido en el cincuenta aniversario de la publicación de la obra de von Neumann y Morgenstern, más discutible es, en cambio, la elección de los nombres de los galardonados. ¿Por qué Nash, Harsanyi y Selten, y no, por ejemplo, Aumann o Shubik, por citar sólo a otros dos grandes especialistas en este campo?
De los tres galardonados, sin duda Nash es el más conocido. Su fama le viene, sobre todo, de haber dado su nombre a uno de los conceptos básicos de la teoría de los juegos, el llamado equilibrio de Nash, que se define como aquella situación caracterizada por un conjunto de estrategias tal que ninguno de los jugadores tiene incentivos para cambiar su propia estrategia. Por otra parte, la obra de Nash fue extraordinariamente breve y precoz. Todos sus artículos importantes sobre juegos fueron publicados entre 1950 y 1953 y no ha vuelto a hacer ninguna aportación significativa a este campo en los últimos cuarenta años. Si el nombre de Nash es, por tanto, familiar hoy para cualquier economista, los de Harsanyi y Selten éste último sobre todo sólo resultarán conocidos a aquellos que tengan un especial interés en la teoría de los juegos. Parece que, con ellos, más que sus aportaciones personales concretas, se quiere premiar el gran desarrollo experimentado por una de las ramas más relevantes de la ciencia económica contemporánea.
Alberto Ballarín Marcial
China es un gigante que está despertando, en un proceso inevitablemente largo de modernización. Tenemos que esperar al momento final, dentro de 20 ó 30 años, cuando se convierta, según lo previsto, en la primera o una de las primeras potencias económicas, para comprobar que la conocida profecía de Napoleón falla como yo espero que falle: el mundo no temblará sino que será más estable, más rico y más justo. Temblará quizá y no tardará mucho en hacerlo en el terreno de la competición comercial. Con todo, sería conveniente, para tranquilizarnos, verla renunciar a crear una marina de guerra oceánica, a exportar armas a los países malditos Irán, Irak, Libia y Siria. Nos convencería, sobre todo, si ayudase a resolver pacíficamente la crisis con Corea del Norte. Tal como se dice en el informe de la ONU sobre la materia, ha surgido un nuevo concepto de seguridad global que se enfrenta con las amenazas actuales a la existencia humana: el hambre, la enfermedad, el crimen y la represión. La productividad agrícola habrá de triplicarse de aquí a mediados de la próxima década…. Esta pacífica visión de futuro es la que respalda China, a juzgar por las declaraciones de su representante Yang Qingwei. En efecto, China se nos aparece hoy empeñada de hoz y coz en el crecimiento económico acelerado; desde 1979, a una media anual dei 10%; su renta per capita se duplico en la década de los 80, algo que preciso 50 años en USA y 35 en Japón. Sus exportaciones se incrementaron a una media del 17%, entre 1979 y 1992. En 1993 atrajo el 40% de todas las inversiones directas en el mundo en desarrollo. La nueva cara de este gigante la he podido ver en TEDA, la Zona Económica y Tecnológica de Desarrollo próxima a Tiensin, de 30 kilómetros cuadrados y con una población prevista de 900.000 habitantes; desde 1990 se viene duplicando cada año el producto bruto de las empresas allí instaladas. El espectáculo es impresionante: grúas, camiones, bulldozers, autopistas en construcción, nuevos hoteles, clubs, urbanizaciones nuevas, una escuela de formación profesional. Hay 60 países representados en ese nuevo mundo internacional, en el que puede verse, por ejemplo, la gigantesca instalación de Motorola (250 millones de dólares). Ese desarrollo económico no va acompañado de una democratización política al estilo occidental. Tras alguna conversación de alto nivel estoy convencido de que los chinos no tienen prevista, por ahora, ninguna apertura democrática, que exigiría una reforma de la Constitución de 1982, de clara inspiración marxista los instrumentos de producción son propiedad del Estado. Habrá atenuantes, pero no piensan cambiar el modelo: autoritario en lo político social, liberal y abierto al exterior en lo económico. Saben que atraen capital gracias a sus bajos costos laborales y a la disciplina de una población que obedece y trabaja; el orden público está garantizado. China ofrece además un mercado inmenso y una política inteligente de localización industrial y de incentivos fiscales. El Partido Comunista que se financia principalmente por empresas de comercio exterior sigue siendo la columna vertebral de la sociedad china, y ello hace que exista una élite privilegiada en todos los sentidos. Su problema es la inflación (del 22 al 25% según zonas), que erosiona el poder adquisitivo de los salarios, lo que da lugar a protestas, malestar y acciones concretas de reivindicación, como huelgas, por ejemplo. No se percibe todavía, en mi opinión, que esté surgiendo una clase media lo suficientemente amplia como para basar en ella la democracia pluralista. Salta a la vista el contraste entre los muy ricos y la masa de los proletarios. Es ese contraste lo que más puede preocuparnos y lo que más me impresionó en esta mi cuarta visita a China. El desarrollo se está logrando al precio de una creciente desigualdad entre las regiones costeras y las del interior (desigualdad territorial); entre las provincias ricas y pobres (desigualdad regional); entre unos ciudadanos y otros, en especial entre las rentas del urbanita y del agricultor (disparidad intersectorial entre campo y ciudad). En las primeras empezó con gran éxito el movimiento reformista de Deng Xiaoping (con un aumento del 20% anual de producciones alimentarias); se crearon en el agro (y se siguen creando) numerosas industrias rurales, pequeñas y medias; se redujo la población campesina, que era del 80%; pero, según mis impresiones, todavía persiste un 65% de población activa agraria, lo que parece contradictorio con un auténtico proceso de modernización. Pronto se aplicó el nuevo lema: considerar como lo principal el desarrollo industrial, la atracción de inversiones extranjeras y la exportación, es decir, lo que podríamos llamar el modelo Hong Kong. El campo chino, esa inmensa realidad, se nos presenta como el pariente pobre del boom económico. Sus rentas repito se ha comprobado ya que son bastante inferiores a las urbanoindustriales, lo que genera una emigración masiva, más o menos incontrolada, de los jóvenes sobre todo, hacia una ciudad que les ofrece mayor oportunidad de empleo y de ocio, pero donde en principio se les explota con salarios muy bajos y horarios excesivos de trabajo, para compensar su carencia de formación profesional. A simple vista percibimos, viajando de Pekín a Tiensin, que debemos suponer el área privilegiada, el retraso que lleva la modernización campesina. Vemos que se trabaja con animales, con burros, mulas, caballejos de poco porte, cebús que tiran del arado como en las estampas de la pintura tradicional china. Los pueblos rurales que divisamos no brillan por su limpieza ni por la amplitud de sus calles o de sus casas: son de una monotonía triste y grisácea. Si comparo ese cuadro con el del World Trade Center y los demás hoteles de cinco estrellas y las tiendas de lujo de la Avenida de la Paz Celeste, me preocupa que esa paz pueda llegar a perderse. Me viene a la memoria otro país caracterizado por los grandes contrastes entre el campo y la ciudad: Méjico y estoy pensando en Chiapas… China ha conocido grandes revueltas protagonizadas por campesinos encolerizados. Sus dirigentes tendrán que estar atentos para que no se repitan, porque se explote a aquellos manteniendo precios bajos para los alimentos o pagándoles en bonos sus cosechas de entrega obligatoria o, sencillamente, porque no se destine a la mejora rural la parte correspondiente y equitativa de los grandes beneficios derivados del desarrollo industrial. A la lista de amenazas que se contienen en el citado Informe de la ONU sobre el Desarrollo, yo añadiría ésta de la disparidad excesiva entre rentas campesinas y urbanoindustriales, una amenaza que está perturbando la vida mejicana y que empieza a brotar en otros lugares del continente como Ecuador, sin olvidar que una de las causas fundamentales del atraso y del malestar africano reside en la subordinación del campo a la ciudad, manteniendo una alimentación barata, a costa de las rentas agrarias. Todo ello resulta más grave y peligroso en China, dada la enorme importancia que tiene la población rural y el altísimo valor reconocido desde siempre a la actividad agraria, que se iniciaba todos los años al abrir el emperador un surco, simbólico y sagrado.
Por Alberto Míguez
– Deng Xiaoping
Hubo el milagro alemán y después, dicen, el español. A finales de este siglo parece haberle llegado el turno a China. Con la diferencia de que aquí es un cuarto de la humanidad la que está comprometida en esta inmensa mutación: Halgo parecido a que Japón, Estados Unidos, la exUnión Soviética y Europa Occidental, juntos, iniciaran un cambio cualitativo y cuantitativo, económico y social de dimensiones hasta ahora inéditas.
A lo largo de un reciente viaje por China (era mi quinta visita al eximperio del Centro) garabateé estas notas que ahora ofrezco en forma de glosario.
Mao. El Mausoleo donde está la momia de Mao, en la plaza de Tian Anmen de Pekín, se abre irregularmente: nadie sabe cuándo ni porqué. Apenas algunos turistas curiosos y contados chinos se acercan al espantoso pegote stalinista donde se rinde culto sin entusiasmo al Gran Timonel. A la entrada de la Ciudad Prohibida sigue colgado el gran retrato del dictador, como viene sucediendo desde 1949, cuando el Ejército Rojo entró en Pekín.
El discurso oficial sobre Mao es más estadístico que político: acertó en un 70% y se equivocó en un 30%. En realidad el porcentaje de sus errores supera el 90%. Mao fue un tirano sanguinario y desde 1952 sólo cometió errores que costaron millones de víctimas. Pero en China nos gusta honrar a los antepasados, me dijo el señor Huang, un alto funcionario del partido (comunista) insólitamente locuaz y sincero tras varios muchos brindis con Maotai, el contundente licor chino, parecido al orujo gallego.
El tenebroso recuerdo de Mao está desapareciendo gracias a la labor incansable y paulatina de sus sucesores ya que no herederos que lo recuerdan con auténtico horror, aunque dan a entender que lo veneran.
Sucesión de Deng. Desde hace varios años la sucesión de Deng Xiaoping está abierta. El viejecito espera la muerte jugando al bridge con uno de sus confidentes y con su hija, Deng Rong, cuyo poder en China es enorme. De vez en cuando protagoniza breves salidas públicas la última fué el pasado enero o hace saber qué rectificaciones deben aplicarse al plan de reforma y modernización. Pero sigue siendo el dueño absoluto de China como lo fué Mao, aunque utilice mañas diferentes.
Varios son los aspirantes a la sucesión del Pequeño Timonel para diferenciarlo del Gran Timonel que era Mao, según sus turiferarios. En primera línea de salida se encuentran Jiang Zemin (Presidente de la República, secretario general del partido, presidente de la poderosísima Comisión militar del Comité Central) y Li Peng, primer ministro, más conocido como el Carnicero de Tian Anmen por ser directamente responsable de la masacre de los estudiantes. En el segundo escalón se dibujan dos personalidades diferentes y de gran relevancia: Zhu Rongji, superministro de Economía (el López Rodó chino, según un chusco) y el misterioso Qiao Shi, presidente de la Asamblea Nacional y hasta hace poco, jefe del espionaje y de la policía. Una pléyade de aspirantes de tercera y cuarta, miembros del gobierno o del partido esperan su turno, pero tienen menguadas posibilidades.
No puede excluirse que la dirección política china tras Deng sea colegiada: un pacto entre los reformadores y los ortodoxos conservadores, calificaciones que convendría matizar convenientemente, porque no significan lo que representan.
Éxodo del campo a la ciudad. En los próximos años mas de 150 millones de campesinos chinos abandonarán el campo y se instalarán en las ciudades. Este inmenso éxodo ha empezado ya y es perceptible en las grandes urbes como Pekín, Shanghai o Cantón: las obras públicas, las nuevas construcciones, las actividades informales (mozos maleteros, limpiabotas, vendedores, afiladores, etc.) se nutren de esta mano de obra barata y fácil de dirigir. China aborreció durante tres décadas del imperialismo (norteamericano) y del socialimperialismo (soviético). Ahora parece haber entrado en el más salvaje capitalismo industrial. La explotación a que son sometidos estos campesinos iletrados e ignorantes recuerda la situación de la clase trabajadora de Inglaterra descrita magistralmente por el pobre Engels (¡cuántas barbaridades se han hecho en tu nombre!). Reciben sueldos miserables (unas mil pesetas por mes), duermen en inmundos barracones de las empresas que los emplean y comen un rancho común, a pie de obra.
Si usted quiere conocer las dimensiones de este éxodo prodigioso, acérquese a la estación de tren de Cantón: cientos de miles de personas se han instalado en sus alrededores, a veces con sus familias. Allí viven, allí duermen, allí comen lo que caiga, si cae algo en espera de un trabajo, de un tren que los lleve a otra parte. Es un espectáculo terrible, infernal: la otra cara del milagro chino. Estos campesinos sin tierra ni instrucción casi ninguno entiende el dialecto cantonés, tan diferente del chino que se habla en el centro y en el norte prestan su fuerza de trabajo por unos céntimos o, incluso, simplemente por un cuenco de arroz. ¿Es ésta la llamada economía socialista de mercado?
Disidentes. No hay acuerdo entre las organizaciones humanitarias sobre el número de presos políticos que hay en China. Las autoridades (el régimen, para entendernos) niegan la mayor: en las cárceles no hay presos de conciencia, disidentes o heterodoxos, hay simplemente condenados por delitos comunes, delincuentes que purgan su pena. Claro que en China, como en cualquier otra dictadura, las posibilidades de convertirse en delincuente, político o común, son numerosas: basta una crítica verbal o escrita al régimen, organizar un grupo de discusión, exponer un dazibao (periódico mural) o cantar algún aire humorístico sobre la virilidad de cualquier dirigente. Semejantes delitos pueden costarle a sus autores penas que oscilan entre los diez años de cárcel y la cadena perpetua. Tras los sucesos de Tian Anmen (junio 1989) algunos dirigentes de la revuelta los menos conocidos, por supuesto fueron ejecutados. Otros están todavía en la cárcel o han sido liberados muy recientemente. Por último, una minoría logró escapar al extranjero. En París, Nueva York, Londres, Roma o San Francisco han formado grupos testimoniales, pero su influencia en la China real (la del milagro económico y la opresión política) es muy limitada, por no decir nula.
Las organizaciones humanitarias internacionales como Asia Watchs o Amnistía Internacional multiplican periódicamente sus mensajes para que cese la represión o se suprima la pena de muerte (en 1993 fueron ejecutadas unas 3.500 personas, algunas de ellas en público). Pero el régimen de Deng hace oídos sordos a tales lamentos, convencido de que los intereses económicos de las grandes (y pequeñas) potencias privarán sobre las buenas intenciones de los defensores de los derechos humanos, como así sucedió tras la represión de 1989. Y no hay razón alguna para que sea de otra manera en el futuro.
Una parte de la disidencia china en el exterior cree que el gran cambio se producirá tras la muerte de Deng y la lucha por el poder entre sus herederos. Pero existe un consenso férreo en las instancias del poder para no tolerar espacio alguno de libertad política. El esquema democrático occidental advierten al visitante los altos funcionarios chinos conduciría rapidamente al caos y a la guerra civil, cuando no a la dominación imperialista como en el pasado.
Corrupción. Entre los efectos no deseados de la reforma económica china están las desigualdades crecientes y la corrupción galopante, visible sobre todo entre los pequeños y altos funcionarios, los nuevos empresarios, militares, aduaneros, políticos y burócratas del partido.
El gobierno quiere luchar contra esta lacra, dicen sus portavoces, pero no parece fácil porque la epidemia es contagiosa y el número de afectados, enorme. En lo que va de año (enerooctubre 1994) más de dos mil personas han sido condenadas a muerte (y ejecutadas) o a cadena perpetua, por actividades corruptas, tráfico de influencias, desfalcos, cobro ilegal de comisiones, etc. Los tribunales chinos no se andan con bromas y el gobierno aprobó recientemente varias leyes para sancionar a los corruptos, a los corruptores y a los que toleran tal estado de cosas.
Es moneda común, sin embargo, que en China todo y todos tienen un precio. Los empresarios extranjeros (incluidos, por supuesto, los españoles) lo saben y actúan en consecuencia. Hasta el nada sospechoso profesor Enrique Fanjul, presidente del Comité hispanochino de hombres de negocios y autor de un libro reciente sobre la reforma china Revolución en la revolución. China, del maoismo a la era de la reforma, Alianza Editorial (Madrid 1994) aconseja a los futuros inversionistas o empresarios que escojan como partenaires chinos a quienes tienen influencia política y buenos contactos en la cúpula del poder central o provincial para que engrasen los mecanismos burocráticos para conseguir ciertas ventajas en la obtención de permisos, documentación reservada y facilidades para constituir empresas mixtas, etc. Quien no entra por el aro de estas prácticas suele irse de China algo desanimado y convencido de que perdió el tiempo. Hasta el hijo inválido de Deng Xiaoping estuvo involucrado en una historia de tráfico de influencias, de modo que…
Xenofobia. Miles de empresas extranjeras, miles de residentes extranjeros en las principales ciudades, millones de turistas todos los años… Y, sin embargo, la desconfianza hacia el extranjero se mantiene e incluso aumenta en China.
Ser extranjero en China no es una bicoca: los billetes de tren son para los visitantes y residentes un 75% más caros, los taxis, los alquileres de viviendas e incluso los productos de consumo diario, también. ¡Hasta las tasas de aeropuerto se doblan o triplican! Las explicaciones ofrecidas por las autoridades chinas, inquietas porque estas diferencias deben desaparecer si desean que su país se integre en la Organización Internacional de Comercio, sucesora del GATT, son tan confusas como surrealistas.
El proceso de modernización no pudo cambiar hasta ahora las raíces profundas de la xenofobia china, explicable desde el punto de vista histórico a partir del siglo XIX y hasta 1949. Los residentes extranjeros en Pekín y Shanghai se quejan por los reiterados incidentes xenófobos que sufren directa o indirectamente en las calles. Hay razones para la inquietud y el temor. Apenas un sector muy reducido de la población se está beneficiando directamente del maná modernizador: entre 50 y 70 millones de los 1.200 del total. Las expectativas creadas por el milagro llegan a pocos y no siempre a los más trabajadores, sacrificados y competentes. La inmensa mayoría del país sigue alimentándose con las migajas, aunque el pastel haya crecido mucho. Y los extranjeros corren el riesgo de convertirse en el chivo expiatorio de esta frustración, como ocurrió en el pasado aunque por razones muy distintas.
Recalentamiento de la economía. La economía China está recalentada y eso lo repiten todos, chinos y extranjeros. En algunas zonas costeras (por ejemplo, Cantón o las zonas económicas especiales) el crecimiento superó el año pasado el 20%, un auténtico récord mundial. Las autoridades económicas temen con razón que estos índices de crecimiento lleven al estallido si no se controla la inflación y no se digiere el cambio socialmente. Por eso han decidido enfriar la economía con medidas restrictivas. No lo consiguieron completamente. Por decreto se decidió que el crecimiento para 1994 no tendría que superar a nivel global el 10% pero nadie cree ya que esta cifra sea viable y se habla de un 13 o 15% de crecimiento controlado.
El problema estriba en que este tipo de ordenanzas ya no pueden imponerse por decreto. La reforma económica ha creado un sector privado importantísimo que es, naturalmente el más dinámico que se mueve por sus propias leyes, y sobre el que el gobierno o el partido tienen una influencia muy limitada. Aunque, no hay que engañarse, las empresas de propiedad estatal siguen siendo mayoritarias y deficitarias de modo que el sector público es determinante ahora y lo seguirá siendo mientras no desaparezca completamente, lo que está muy lejos de suceder. Pero el movimiento hacia la privatización de la economía parece imparable, como lo es el proceso de apertura política y de cambio social. La filfa de que es posible una reforma económica sin democracia política y mejor distribución social resulta, a largo plazo, inviable.
Cuando China despierte… advertía hace bastantes años el exministro y académico francés Alain Peyrefitte. Este despertar es ya un hecho imparable, aunque las consecuencias que para la vida del enorme país y de toda la humanidad siguen siendo imprevisibles. Si alguien me preguntase donde se está produciendo a nivel planetario la experiencia mas interesante y decisiva hoy en día, le respondería sin dudarlo un instante que en China porque en un mismo espacio temporal y geográfico se codean el pasado y el futuro (ambos, lógicamente, imperfectos) sin que se sepa muy bien qué va a salir de este gigantesco laboratorio.
Qué duda cabe que China se perfila como la gran potencia del siglo XXI como repiten a diario profesores, periodistas y políticos. Pero conviene tener sumo cuidado con estas profecías. Brasil, por ejemplo, fue también la potencia del próximo siglo hasta que los profetas se cayeron del caballo. El proceso chino es incierto: hay demasiadas variantes, tentaciones y dificultades como para aventurarse en prospectivas vanas. El poder político es fuerte y aparentemente estable, pero ¿podrá controlar las fuerzas sociales que la reforma está liberando? He aquí una pregunta interesante. Y otra, que no lo es menos: ¿el crecimiento desigual geográfica y socialmente podrá paliarse algo con una voluntad distributiva que tiene sobre todo un carácter testimonial? El inmenso imperio del medio o del centro, ¿deberá renunciar a una dirección centralizada para descentralizarse en aras del progreso económico?
Ninguna de estas preguntas tiene, ahora, respuesta. Y es probable que no la tengan tampoco en los próximos años. China despierta, sí, pero a veces los despertares son mas amargos que los sueños.
Pekín-Cantón-Shanghai. Septiembre 1994.
Dos libros recientes que tratan del papel que debiera jugar la ecología en el comportamiento humano. Ambos dan por sentado que tal papel existe y que es importante, están en desacuerdo con alguna de las formulaciones que tienen hoy más respaldo por uno u otro lado, (aunque no con las mismas) y asimismo aventuran su opinión, con mayores o menores reservas. Una opinión sobre los fundamentos de lo que habría de hacerse, que en resumen se orienta hacia un humanismo anticartesiano (en el caso de Ferry) y hacia el liberalismo (en el de Anderson y Leal).
Presenta Ferry tres planos de la preocupación ecológica: cuidar la naturaleza porque hacerlo es bueno para el hombre, de modo que se trataría de llevar a cabo una crítica interna al sistema vigente, y de adoptar, en consecuencia, una postura reformista; una versión utilitarista, encaminada a lograr el mayor bien no ya para el hombre, sino para el conjunto de la ecoesfera; y por último, el fundamentalismo de la deep Ecology, la ecología profunda, que se sublima en el lema «ecología o barbarie», con el hombre en un segundo término.
Para Ferry, que se va deteniendo sucesivamente en las ideas de los movimientos llamados a capítulo (liberación de los animales, ecofeminismo, teóricos de la ecología profunda), la sacralización de la naturaleza es algo intrínsecamente insostenible; no tiene sentido, e s una contradicción en sus términos, el empeño de establecer una ética normativa antihumanista; los valores de la naturaleza son virtuales y sólo se actualiza n cuando la naturaleza es capaz de evocar ideas en el hombre: habría que hacer una fenomenología de los signos de lo humano en la Naturaleza para alcanzar la conciencia clara de lo que, en ella, puede y debe ser valorizado.
Ferry aboga por una postura reformista, que llama humanismo no metafísico, o ecología democrática. Una postura que no es la menos mal a entre las posible s cuando falta la esperanza revolucionaria, sino que constituye la única actitud que corresponde a la superación del mundo de la infancia. Y ello es así, aunque -al cabo de dos siglos de utopías mesiánicas-, la conversión al reformismo puede parecer poco estimulante o demasiado sensata para quienes han quedado traumatizados por la muerte del comunismo y del izquierdismo. El hombre puede y debe modificar la naturaleza, como puede y debe protegerla. Frente a la afirmación de la ecología profunda, del fundamentalismo ecológico («ecología o barbarie»), Ferry afirma que a la ecología democrática le toca decidir en estos momentos entre la barbarie y el humanismo.
Anderson y Leal no entran en fundamentalismos; situados espontáneamente en la postura que Ferry llama reformismo, de crítica interna, discuten cómo ha de llevarse a cabo. Rechazan de plano el viejo aserto (consolidado hasta en los foros menos esperables) de que los problemas medioambientales (sea la conservación de los bosques, la utilización racional del agua, el ahorro de energía, la disposición de desechos, etc.) sólo pueden resolverse mediante el control público, fundado en que no hay incentivos económicos para el comportamiento correcto y sí, por el contrario, para el incorrecto. Esto hay que rechazarlo, en efecto, por su demostrada falsedad e incluso ir más allá, como resalta Huerta de Soto en su extenso y vibrante prólogo, haciendo ver que los problemas de deterioro medioambiental constituyen uno de los más típicos ejemplos de los perversos efectos que tiene el ejercicio sistemático de la coacción o agresión institucional contra la acción humana o función empresarial. Se conseguiría mucho más en el debate medioambiental si en su gestión se diera entrada al mercado, a la iniciativa privada, en vez de coartarla como se viene haciendo con tesón; la clave de la solución está precisamente en que existan derechos de propiedad privado s y transferibles, como en otras cuestione s en las que los procesos de mercado ostentan el mejor de los registros.
«Desarrollo sostenible» es una expresión que está en boca y pluma de todo el mundo -suena muy bien, pero un poco agobiante ya-, y que parece verse como la panacea universal, aunque, en cuanto se quiere concretar, no se sepa con exactitud en qué consiste. Es también una línea reformista, pero Anderson y Leal la ven engañosa en su sencillez, burocrática y hasta como una forma de control político semejante a la que ya se ha demostrado inoperante y opresora. Admiten que el enfoque de la ecología de mercado no ofrece todas las garantías, sencillamente porque no hay garantías en la naturaleza, pero e s una fuente fecunda de soluciones imaginativas y a la postre la única posibilidad de mejorar la calidad del medio ambiente, elevar los niveles de vida y -tal vez lo más importante- de ensanchar el espacio de las libertades individuales.
Los dos libros, polémicos hasta el fondo, gustarán poco a los encausados, están muy bien traducidos y se leen con facilidad. El de Ferry, premio Médicis de 1992, es rico en reflexiones profundas, en criticas certeras y en expresiones ingeniosas. El de Anderson y Leal, menos filosófico, más pragmático, resulta en ocasiones un tanto reiterativo, en cuanto los diversos capítulos aplican como una maza la tesis central sobre los diverso s puntos ambientales en cuestión. No cabe menos que ver con simpatía su esperanza de que algún día se llegue a controlar a los controladores, género al que algunas de las soluciones apuntadas parecerán impensables.