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Ver productosEuropa, decía Ortega, es coger al gran Don Marcelino Menéndez y Petayo y poner al final de su obra: «non multa sed multum». El imperativo de rigor era lo que para nuestro filósofo constituía la Europa como nivel a! que España debería aspirar. No faltan precedentes entre quienes pretendieron superar, a través de muchos años, las limitaciones del casticismo español. Pero cuando el desarrollo económico de los años sesenta permitió pasar de las palabras a los hechos, el ideal europeo se concretó en el proceso de integración cuya pieza central eran las Comunidades Europeas. Al franquismo siempre le desagradaron, por considerarlas empresas masónicas y liberales, olvidando o tal vez confundiendo, sus antecedentes democristianos y sus prácticas intervencionistas. Por ello, quienes dentro y fuera o al margen del régimen querían substituirlo por un sistema democrático como los vigentes en Europa, se hicieron europeístas de las más diversas siglas, desde la AECE hasta el CEDI. Un europeísmo por cierto bastante ingenuo, que no distinguía bien entre las Comunidades y el Consejo de Europa y que despreciaba las condiciones técnico-económicas de la adhesión, para insistir sólo en las políticas.
De ahí que, cuando se impone en España la transición a un modelo occidental de democracia, sin veleidad portuguesa alguna, lo que hasta entonces había sido su símbolo, la Comunidad Europea, se convierta en objetivo comúnmente aceptado. Por la misma razón que los monárquicos invocaban el ejemplo belga, los regionalistas el italiano, la derecha la Francia postgaullista y la izquierda la Alemania de Helmut Schmitt, todos los españoles que marchaban al encuentro de la democracia abrazaron la causa europea. De ahí las resoluciones unánimes de las Cortes en 1977 en pro de la integración española en la CEE, reiteradas después en varias ocasiones.
España es el único país en que ha tenido lugar semejante unanimidad que manifiesta, mejor que cualquier otra cosa, la condición inanalizable e irracional del europeísmo español, cualidades propias de los mitos.
Sí la adhesión española a la CEE hubiera respondido a intereses económicos o sociales o hubiera sido objeto de opciones políticas racionales, sin duda se hubieran debatido o sopesado, examinando sus pros y sus contras como hicieron, recurriendo incluso a referéndum, los ingleses. noruegos o daneses. Que los españoles no discreparan absolutamente en nada sobre tan polémica cuestión, revela que sólo estaban de acuerdo en algo que, en realidad, desconocían, como es propio de la creencia en un mito, que exige adhesión, pero que no permite la discusión, porque excluye la comprensión.
Mecidos aún en esta ensoñación mítica, los españoles de la transición política abordaron la adhesión a la CE y despertaron al choque con su realidad económica y las dificultades que ella entrañaba. Los precios agrícolas, los descrestes arancelarios o los períodos transitorios, resultaban duros escollos a pesar de la democracia. Y la indeclinable vocación europea de España era insuficiente argumento a la hora de negociar con Bruselas o con las capitales con las que la renacida España se sentía políticamente fraterna.
Recuerdo lo frecuente que era leer o escuchar el reproche del voluntarismo español a los minuciosos análisis sobre las cuotas lecheras o el precio de la remolacha, que parecían eclipsar las decisiones políticas de las que España se decía acreedora. «Yo sólo hago
discursos morales», me dijo uno de nuestros más entusiastas negociadores a quien encontré en un avión, camino de Bruselas. «¿Qué más se puede decir?», añadía, lleno de buena fe.
o de buena fe. El Gobierno de UCD, asombrado aún de su éxito en la transición y el período constituyente, no supo salir de la contradición entre lo que eran problemas técnicos e intereses económicos concretos, por una parte y, por otra, proyecto político cargado de religioso entusiasmo. El siguiente Gobierno socialista resolvió la dificultad por la expeditiva vía de primar los aspectos políticos con notables sacrificios económicos. La previa ensoñación mítica común a todos, al hacer de los primeros una panacea y subvalorar los segundos, facilitó la transformación de nuestra adhesión a las Comunidades en una operación netamente política.
Durante el verano de 1982, Felipe González Márquez cambió su orientación internacional, dejó de lado el neutralismo positivo que, poco antes, reclamaba como modelo y tomó una opción claramente atlantista que correspondía, por otra parte, a su acelerada evolución hacia la socialdemocracia. La congelación de las relaciones con la OTAN en noviembre de 1982 y cuantas medidas pueden simbolizarse en el nombramiento de Femando Morán como Ministro de Asuntos Exteriores, son inercias cuya discordancia con la designación simultánea de Miguel Boyer como Ministro de Hacienda, debiera haber mostrado su futilidad, En el primer viaje del nuevo Presidente del Gobierno español a Bonn, le acompañó el Ministro de Hacienda. Tras una entrevista con su colega alemán, el Conde Lambsdorff, Presidente del Partido Liberal, éste comentó: «Me haría socialista con ministros así».
El margen de ambigüedad calculado no fue, por tanto, otra cosa que un margen de tiempo para cambiar.
Y las Comunidades Europeas fueron la justificación del cambio. El Presidente González sabía que era imprescindible para España, para el PSOE y para él mismo, la opción atlántica y hubo de justificarla ante la opinión pública en virtud de la opción europea. Así se puso de manifiesto en el decálogo de política exterior formulado con ocasión del Debate del Estado de la Nación a fines de 1984. Ambas opciones salieron adelante en virtud de tan extraña mixtión, pero si el resultado final fue bueno, ambas perdieron con la forzada vinculación.
La adhesión a las Comunidades era en sí misma difícil y, bien negociada, ventajosa. Incluso podía haberse negociado la no adhesión sobre la base del Tratado Preferencia] de 1970, La adhesión a la OTAN, no menos ventajosa, estaba ya hecha, y tan sólo había que proseguirlos acuerdos de integración militar, que, dígase ahora lo que se quiera, iban por buen camino.
Pero se revisó la posición ante la OTAN, presentándola como un mal menor e inevitable, para conseguir la integración en las Comunidades. Porque aquélla urgía y sólo ésta la justificaba, se aceleró la política europea a costa de rebajar las exigencias económicas para permitir una política de seguridad que, por su supuesta peligrosidad, se acotó en términos estrictos y se prosiguió y alcanzó a través de laboriosos y tortuosos caminos, tanto internos (referéndum de 1986) como internacionales (acuerdos de coordinación con la Alianza y bilateral con USA).
Como resultado, ambas operaciones fueron más costosas y difíciles. En cuanto a la Comunidad se refiere, la adhesión en sí misma fue más importante que sus condiciones y, de la adhesión, la fecha. Baste recordar que en los primeros meses de 1985, no se discutía ya el cómo se entraba en la Comunidad, que era lo importante, sino si se firmaba o no aquel semestre y esta cuestión obscureció las demás.
Eso explica que en España nunca se haya debatido el coste de nuestra política comunitaria ni, en consecuencia, se hayan planteado, como en los demás países, ante la opinión y en las Cortes, las ventajas y los inconvenientes de la integración en sí y de nuestra adhesión a la misma. A mi juicio, el resultado final hubiera sido favorable a la adhesión, pero con las ventajas que las ideas claras tienen sobre las creencias confusas, Sólo yo apunté esta vía en el Congreso de los Diputados y para ello tuve que hacer confesiones de europeísmo más propias de una celebración religiosa que de un debate político {Cf. Diario de Sesiones. Congreso, 25 y 26 de junio de 1985).
Lo importante era, a cualquier precio, ser comunitario para poder ser y hacer lo demás y ser más comunitario que nadie. Así lo demuestra la presencia y actitud española en la Cumbre de Milán (J985) aún antes de la adhesión formal y el entusiasmo español, compartido por todas las fuerzas políticas y sociales a la hora de ratificar, pocos meses después de nuestra entrada en la Comunidad, el Acta Única Europea. Recuerdo que, siendo Portavoz del Grupo Parlamentario Popular, decliné por esta razón intervenir en el correspondiente debate durante el otoño de 1986, y mi gesto fue interpretado como mera dejadez.
Ahora nos enfrentamos con el tercero de los retos europeos. La Unión acordada en Maastricht, que plantea problemas de toda índole. Económicos, como acaba de señalar nuestra autoridad monetaria, sociales y políticos, como la polémica sobre las condiciones de la convergencia demuestra. Constitucionales, como todo el que atienda al texto de nuestra Constitución ha de notar.
En Europa entera se debaten estas cuestiones. Quiebra en Francia y Alemania la disciplina de los partidos, abren en la primera un proceso de revisión constitucional, enfrentan en la segunda los Länder y la Federación y provocan un polémico referéndum en Dinamarca. Sólo en España, Maastricht ni se discute ni entusiasma. Se asume con la fe del carbonero.
A primera vista no fallaban buenas razones para el entusiasmo europeísta. El ingreso de España en la Comunidad tuvo beneficiosos resultados económicos aún antes de producirse, si bien su coincidencia con una reactivación de la economía mundial de la que fueron motor los Estados Unidos a partir de los primeros años ochenta, permite sospechar que el crecimiento español, de 1985 en adelante, se hubiera producido también en otras circunstancias.
Comunidades facilitó tres procesos de la mayor importancia. Primero. una ingente afluencia de capital extranjero, no sólo especulativo, atraído por las altas tasas de interés, sino mediante poderosas inversiones directas que buscaban en España tanto una posición de mercado como una cabeza de puente en la futura Europa integrada. Segundo, un importantísimo proceso de capitalización de la empresa española, que aprovechó el descreste arancelario para adquirir cuantiosos bienes de equipo. Tercero, una afluencia de fondos estructurales que. si se aprovecharon mal por el sector privado, ayudaron y ayudan a grandes obras de infraestructura. En este sentido, el éxito del Presidente González en la Cumbre Extraordinaria de Bruselas a comienzos de 1988, obteniendo el ingente aumento de dichos fondos de los que España era una de las principales beneficiarias, supone el cénit de este justificado optimismo comunitario.
Coincidiendo con la adhesión a la CE y en gran parte por las medidas y expectativas que tal adhesión llevó consigo, la economía española aceleró su proceso de internacionalización abriéndose y equipándose.
Fue sin embargo de lamentar que esta orientación macropolítica no inspirase la legislación en el período 1982-1986. donde se adoleció de cierta esquizoidea. La política exterior giraba hacia la CEE, que más adelante había de justificar medidas importantes de política interior; pero simultáneamente se legislaba en temas laborales o educativos o financieros sin tener en cuenta las exigencias comunitarias. Lastimosamente. no se aprovechó la ocasión para una importante serie de ineludibles reformas. Desde el mercado de trabajo, a la participación de las Comunidades Autónomas en la política comunitaria; desde la reforma fiscal a la superación del déficit democrático que, como era opinión común, la Comunidad llevaba consigo. Cuando estos temas se plantearon en el Congreso, sus resoluciones fueron papel mojado (Cf. Diario de Sesiones. Congreso, 2 de octubre y 5 de diciembre, 1985). A tales cuestiones dediqué un pequeño libro de tan buenos críticos como escasos lectores (España y ta CEE. Un sí para, Barcelona, 1986).
Al hilo de la homologación económica se imponía la política. La racionalidad global excluía las opciones particulares, como ya había experimentado el laborismo británico, en la derrota, y el socialismo francés, en la victoria. Sus correligionarios españoles aprendieron en cabeza ajena y sirvieron de modelo después. Pero, además, recurrieron al pretexto europeo para explicar su conversión al buen camino.
El paradigma estuvo y está en el campo de la economía. La exigencia de la competitividad requerida por el Mercado Unico primero, y la convergencia acordada en Maastricht después, han servido de justificación al imprescindible ajuste que supone disciplina en las finanzas públicas, moderación salarial y liberal ización del mercado de trabajo.
Sin duda, con o sin perspectivas de Unión Monetaria, es preciso cortar la sangría que supone ona cobertura fraudulenta al desempleo, una sanidad dispendiosa y una empresa pública deficitaria. Pero el señuelo, cuyas ventajas son más que dudosas, se utiliza como argumento a la hora de convencer a propios y vencer a extraños. Tal es el sentido de la polémica actual en tomo al Plan de Convergencia presentado por el Gobierno, como consecuencia de Maastricht.
Pero más allá de la economía, también sirve la excusa europea. Por ejemplo, en materia de seguridad. Así, la Unión Europea Occidental se utiliza, desde el ya mencionado decálogo de 1984 hasta la crisis del Golfo en 1990, para justificar lo que en realidad exige la solidaridad, no europea, sino atlántica. La adhesión española a la Plataforma de La Haya de 1987 sirvió para plantear en sus términos reales las categóricas afirmaciones del referéndum de 1986, y el Convenio HispanoNorteamericano de 1989 sacó las oportunas consecuencias de ello.
La misma UEO sirvió para admitir el control operativo aliado aún fuera de la estructura militar integrada de la OTAN (Cf. Informa Miller de 1985, Doc. 1018 Asamblea, p, 78, y Diario de Sesiones, Comisión Asuntos Exteriores, 20 de octubre de 1987, p. 6397).
Por último, y siguiendo el ejemplo francés, la UEO fue pretexto que facilitó la participación española en el despliegue multinacional durante la crisis del Golfo. Pero no debe olvidarse que, por importante que desde el punto de vista simbólico fuera esa participación, lo cierto es que la contribución española efectiva fue el apoyo logístico, y éste se hizo al margen de la UEO y en virtud de relaciones bilaterales con los Estados Unidos.
Sin embargo, más allá de esta función, la insuficiencia que para la seguridad española tiene la supuesta identidad europea en este campo, se pone de manifiesto en la suerte corrida por los retóricos apoyos españoles a las propuestas franco-alemanas de ejército europeo.
Ahora bien, si la Comunidad ha aportado beneficios indiscutibles y después ha planteado como exigencias lo que a la propia España convenía, pudiera ser, desde ahora, interpretada como potencial amenaza a los intereses españoles.
En efecto, no falta quien, con razón, teme que lo que primero fue un acicate a la capitalización y después es un factor de disciplina, pueda llevar a la satelización de la economía española y a la mediatización de su política exterior.
En efecto, la desaparición de industrias no competitivas por la eliminación de subsidios, la pérdida de centros de control empresarial por la inversión procedente de otros países comunitarios, los efectos devastadores de la Política Agrícola Común sobre nuestra agricultura continental, pueden ser económicamente correctos (y no siempre, como sería el caso de la ganadería cantábrica y bovina), pero políticamente intolerables a falta de otras compensaciones. Y otro tanto cabría decir de las exigencias suplementarias que supone la apertura a las exportaciones del Magreb sobre nuestra agricultura mediterránea.
Pero estas compensaciones pueden ser insuficientes -como seria el caso si España se transformase en una economía de servicios no precisamente punteros y además imposibles. En efecto, la política de cohesión en que con tanta razón se ha insistido, no se sabe articular más que con nuevos y mayores fondos estructurales. Y si algo está hoy claro es que ni hay voluntad, especialmente en Alemania, para incrementar esos fondos, ni es posible garantizar su permanencia, ni la imparable expansión comunitaria hacia el Este permite suponer que España vaya a continuar siendo uno de sus principales beneficiarios. Así acaba de reconocerlo el Ministro Carlos Solchaga.
La organización del Espacio Económico Europeo como práctica antesala de la EFTA para la integración en la CE pese a la, a mi juicio, no razonable oposición española, va en la misma dirección.
Si de la economía se pasa a la política, es necesario margen de autonomía activa que requiere la defensa de los específicos intereses españoles también parece amenazado por una eventual política exterior y de seguridad común.
Si en algunos casos España ha conseguido atraer la atención comunitaria hacia áreas de su interés, especialmente Centroamérica, en otros la operación resulta más complicada, como ocurre con el Magreb.
La vinculación comunitaria ha debilitado los ya frágiles lazos transatlánticos de España y es significativa la no incidencia de la común pertenencia a la Comunidad en el litigio hispano-británico sobre Gibraltar, según acaba de reconocer el Ministro Fernández Ordóñez.
Si se toma como ejemplo la crisis del Golfo, no deja de ser significativo que. la única posición inviable, para una España plenamente integrada en una hipotética política de seguridad común, hubiera sido la de que España tuvo y recibió, tanto el apoyo interno de todas las fuerzas políticas, como el reconocimiento exterior.
La presidencia española de 1989 fue una ocasión perdida para, en lugar de difundir con exceso la plástica comunitaria en nuestras ciudades, introducir las importantes reformas que la homologación de la normativa española con la Comunidad requiere. Lo fue aún más para desarrollar ciertas opciones comunitarias especialmente favorables a los intereses españoles: el librecambio, la reforma de la política agrícola y, como conclusión de todo ello, la mejora de las relaciones tanto con los Estados Unidos como con Iberoamérica (Cf, Diario de Sesiones del Congreso. 30 de junio de 1988, p. 7670 ss).
La raíz ha de buscarse en que la «fe» española en la Comunidad que dio, sin duda, prestigio y credibilidad a la Presidencia española, no ha ido acompañada de una explicitación racional de qué tipo de Comunidad queremos. ¿Fortaleza o abierta al mundo; intervencionista o desregularizada: ampliada o profundizada? Cuando se han planteado estos interrogantes. no se ha sabido dar una respuesta.
Pero la amenaza puede disolverse en la desilusión. Si la panacea comunitaria era ilusoria a la hora de ponderar los costes políticos y sociales de la Comunidad, también podía verse frustrada por ¡a suerte de la propia integración europea.
No es esta la ocasión de analizar por menudo el futuro comunitario, algo que ya he hecho en estas páginas (NR, n1, p. 24 ss.) sin que la realidad parezca desmentirlo. Pero baste señalar que el sueño de encontraren Europa el substituto de nuestras propias decisiones resulta hoy sumamente inverosímil.
Hubo un momento en que el Gobierno y la Oposición creyeron de consuno, que la Comunidad nos resolvería el problema autonómico, nos haría la reforma fiscal, nos impondría la disciplina presupuestaria. nos obviaría las dificultades migratorias y tantas cosas más. Cuando mostré mi escepticismo sobre estas cuestiones, lo hice en soledad.
Hay en Madrid quien apoya la Unión Monetaria porque cree que es la única manera de poner coto a la supuesta reivindicación vasca y catalana de propio banco emisor. En muchas ocasiones, cuando se ha insistido en la necesidad de modificar nuestro sistema fiscal, el Gobierno ha respondido que ya nos lo haría la homologación comunitaria. Y no falta quien propugne las cesiones de soberanía para tener menos ocasiones de equivocarse ante las presiones de la izquierda. El fenómeno no es estrictamente español y así, por ejemplo, en Francia se hace la apología de la integración recordando que fue el contrapeso comunitario quien puso coto, hace diez años, a los primeros fervores socialistas de enterrar el capitalismo.
En otros pagos, los nacionalismos vasco y catalán creen que el federalismo es el mejor horizonte para un pleno desarrollo de sus respectivas naciones.
Pero la realidad es mucho más compleja. La Comunidad y, especialmente después de Maastricht, parece orientarse por la vía intergubernamental, de modo y manera que los Estados . son sus únicos protagonistas, tanto más celosos de ello cuanto más .sean las competencias que ejerzan en común. Y esta lógica reacción, junto con la experiencia histórica, debería poner coto al europeísmo de los nacionalistas.
Por otro lado, el proceso de integración tiene un ritmo demasiado lento y ambiguo como para esperar de él solución eficaz a problemas urgentes. La Comunidad no nos los resolverá sino que, al contrario, aumentará nuestra necesidad de abordarlos y darles nosotros mismos solución para competir mejor en una Europa que es, felizmente ya. una «Comunidad de seguridad» (en el sentido de Deutsch y Maull); pero que el Mercado Unico va a hacer un pacífico palenque de concertación, más que un hogar común.
Quienes apostaron por la Comunidad Europea como solución para los problemas de España no van, por lo tanto a encontrar la respuesta soñada, porque la Comunidad, hasta hoy excusa y aliciente, en el inmediato mañana amenaza o frustración, es y será siempre un reto no sólo para coincidir, sino también para discrepar. No sólo para converger sino para competir. Volvemos así al pensamiento orteguiano del que partimos; Europa como nivel.
Se me manda escribir sobre «El Descubrimiento o Encuentro de 1492». Que en mi vida me he visto en tal aprieto, aunque el mandato no provenga de Violante sino de Luis Miguel Enciso -cuya aversión por el autoritarismo es casi emblemática- ni sea un soneto la encomienda, lo cual, dicho sea de paso quizá me resultase más hacedero, habida cuenta que el soneto es el género poético con el que más fácil resulta fingir talento.
Pero no; ésa es tarea para historiadores. Jurista como soy. y por una contingencia histórica definitivamente liado a cuanto se refiere a la defensa de los derechos humanos (aspecto éste que ha hecho correr y gastar demasiada tinta con motivo de este Quinto Centenario), me veo en una encrucijada sin acertar con el camino a emprender porque como en el cuento, pareciera que los pájaros se han comido las migas de pan que prolijamente he ido tirando en el transcurso de mi historia.
¿Qué hacer entonces?… intentaré un artículo a partir de la fantasía y la aventura (que lo mejor que tenemos en la madurez es lo que nos queda de niños), que sirva de apoyatura a polémicas conclusiones políticas y toque, bien que tangencialmente, la cuestión de los derechos humanos. Dejemos pues en paz los infolios y los Archivos de indias y vaguemos un poco con la imaginación, a la manera en que lo hacía el peregrino de la estrella de Jack London, que encorsetado y en la cárcel recorría las galaxias.
Cuando caminé por primera vez la maravillosa tiena extremeña no fue, al menos en la primera impresión, el teatro romano ni el museo de Mérida lo que despertó mis emociones, sino el espíritu del descubrimiento y conquista, adherido cual la hiedra a los muros de sus edificios.
Y digo deliberadamente para no jugar con las palabras; para no obviar la expresión justa porque puede herir cierta susceptibilidad exacerbada por un anticientífico nacionalismo, recurriendo a circunloquios con los que a la postre se quiere decir lo mismo.
Un nacionalismo torpe, que ha llevado a algunos a buscar con poca honestidad intelectual «nuestras raíces» o «el ser nacional», pretendiendo que los descendientes de europeos, negros, árabes y judíos para no citar sino unos pocos ancestros, en realidad descendemos de Caupolican o Moctezuma.
Con buenas razones afirmaba Toynbee que «nacionalismo es el agrio fermento del vino nuevo en los odres viejos del tribalismo».
Y así, se dice muy suelto de cuerpo que mal puede hablarse de descubrimiento, pues las comunidades aborígenes ya preexistían y no estaban escondidas o ignoradas. También los anillos de Saturno ya preexistían, pero estaban tan escondidos e ignorados -contrariamente a lo que con tanta ligereza se afirma- como las tierras y hombres que encontró Colón. Hasta que alguien los descubrió.
Las poblaciones de lo que se ha dado en llamar el Nuevo Mundo eran desconocidas, y su existencia ni siquiera sospechada para una comunidad social, cultural y jurídica cuyos orígenes se remontan a los de la humanidad, y que reconociendo tanto diversidades étnicas y lingüísticas cuanto sentimientos de pertenencia y extranjería, constituía el por entonces mundo conocido.
Y ese mundo conocido, polifacéticamente diverso descubrió -mal que les pese a los malabaristas del lenguaje- otro nuevo y otros hombres ignotos para la comunidad universal reconocida hasta ese momento.
Por cierto que este criterio no resulta aplicable a otras expediciones: Marco Polo no descubrió la Mongolia; si bien es cierto que era misteriosa no lo es menos que era conocida.
Que esto no justifique la conquista en sus aspectos más crueles es harina de otro costal. Pero no olvidemos que el repudio de la conquista es obra del pensamiento moderno: que mucha agua habría de correr bajo los puentes hasta llegar a la creación por las Naciones Unidas de un comité de descolonización.
Ello sentado yo me pregunto, ¿podemos juzgar una aventura emprendida en el siglo XV aplicando retroactivamente criterios elaborados en las postrimerías del XX? Tengo mis dudas.
El Descubrimiento es la culminación de la empresa más extraordinaria y heroica en la historia de la Humanidad. Noventa hombres, embarcados en tres precarias naves cuya pequeñez y fragilidad no eran ciertamente las calidades más indicadas para un viaje de largo aliento, se lanzan a la aventura, a lo desconocido, sin la menor garantía de éxito, ignorando con qué y con quiénes se encontrarían en caso de arribar a no sabían donde.
En vano se ha intentado desvalorizar la gesta, arguyendo que a aquéllos aventureros tan sólo les guiaba el afán de riqueza, como si esto pudiera menoscabar la grandiosidad de la empresa.
Por cierto que la búsqueda de fortuna era un acicate para la aventura, pero ello no le quita un ápice a su carácter de tal, que implicaba el afrontar el riesgo del emprendimiento con la posible pérdida del bien más preciado: la propia vida. Y de esto sólo son capaces algunos hombres excepcionales.
Ya el propio Fray Bartolomé de las Casas, en su monumental Historia de las Indias reconoce esa circunstancia, cuando al relatar las gestiones previas de Colón en la Villa de Palos, refiriéndose a los Pinzones, a quienes califica como «marineros y personas principales», nos cuenta que:
«con el principal, Martín Alonso Pinzón, comenzó Cristóbal Colón su plática, rogándole que fuese con él a aquel viaje y llevase a sus hermanos y parientes y amigos, y sin duda es de creer que les debía prometer algo porque nadie se mueve sino es por su interés y utilidad…».
Esto nos demuestra, además, que había hombres de fortuna que afrontaron el emprendimiento. ¿Qué los movía entonces si las riquezas ya las tenían? ¿Acaso tal vez sólo acrecentarlas?
No parece irrazonable afirmar que el motivo determinante residía principalmente en el lance, en el riesgo, y por añadidura en el dinero. Lo mismo puede afirmarse con relación a los partícipes desposeídos, tan pronto como se acepte que un muy hipotético eventual enriquecimiento no podía constituir la razón suficiente para emprender un viaje a lo desconocido.
Y aquí me voy a apropiar de una idea ajena: con el espíritu aventurero ocurre algo muy parecido a lo que despierta la pasión por el juego. El jugador no juega para ganar dinero, aunque obviamente no quiera perderlo, sino compelido por una emoción incontrolable cuyo pretexto o vehículo lo constituye el dinero; si gana mejor, pero si pierde no dejara por ello de jugar. El ejemplo no es mío; se lo debo a Ernesto Sábato que me lo dio en una charla, como perteneciente a uno de sus escritos nunca publicados y luego consumido por el fuego como muchos otros. Pero no por ajeno resulta menos válido.
Hoy el hombre viaja a la luna, pero sabe con la más absoluta certeza adonde va a llegar, y cuenta con la seguridad de que cualquier desperfecto en su aeronave será detectado desde una base en la tierra. El comandante de un módulo espacial, a diferencia del almirante de la mar océano, es televisado y televisa; puede preguntar a su mujer cómo están los niños y si van o no a la escuela; para él las estrellas no son puntos de referencia que en ocasiones pueden no verse. En lugar de un sextante tiene un ordenador.
Y en una emergencia cuenta con la posibilidad de que una expedición de socorro, que sabe exactamente dónde se encuentra, sea despachada para auxiliarlo. Esas seguridades no las tenía el Almirante de 1492, que sólo confiaba en Dios y en sus propias fuerzas.
El avance de la ciencia y la tecnología nos ha hecho perder la capacidad de asombro. Cuando a principios de siglo alguien se elevaba cien metros en un aeroplano despertaba mucha más inquietud que cuando vimos, cómodamente sentados frente a las pantallas de nuestros televisores, el descenso de Armstrong en la Luna.
Por ello, la hazaña de Colón y sus hombres supera en osadía a las modernas aventuras. Si es que se puede en puridad calificar estas últimas como tales, ya que la seguridad y la certeza excluyen el riesgo. Los comandantes lo son únicamente porque mandan.
Hoy la guerra nos muestra comandantes de escritorio, que pueden colocar, ordenador mediante, un misil a través de una ventana de un determinado edificio sin riesgo personal, y masacran poblaciones civiles en nombre de la libertad y la democracia. Si la guerra de conquista es un hecho atroz y reprobable, en estas condiciones resulta, por añadidura, despreciable.
Pero esto no parece espantar a ciertos «historiadores», que prefieren enderezar sus diatribas a las crueldades de la conquista -que huelga señalar ha sido una constante en la historia y no algo que ocurrió exclusivamente en América- y absolver, en cambio, a los modernos comandantes, que en la guerra de conquista actual, parafraseando a Francisco I, después de Pavía, podrían escribir con toda razón: «Madre, todo está ganado menos el honor».
El encono que despierta el Descubrimiento y Conquista de América constituye un fenómeno único, carece de serios fundamentos históricos y no puede explicarse frente a la falta de impugnación, en los mismos o siquiera parecidos términos, que debieron merecer otros episodios de las mismas o más graves características ocurridos en todo el mundo, coetáneamente y también en la más remota antigüedad.
La leyenda negra, según la cual España sería una nación compuesta principalmente por gentes perversas, no es otra cosa que una manipulación -ésta sí auténticamente perversa- de la «Brevísima relación de la destrucción de las Indias» de Fray Bartolomé de las Casas, hecha por los enemigos de España, en primer lugar los holandeses, para justificar su propia expansión imperialista.
Lo que se silencia es que el propio fraile dominico, si bien condena el proceso en sus aspectos más crueles e inhumanos, no lo atribuye a la perversión del alma española, preocupándose en destacar que los hechos no hubieran ocurrido de otro modo de haber correspondido a otros países la Conquista.
A esta altura yo me pregunto si ¿es peor o más grave el servicio personal de los aborígenes -no institucionalizado sino arrancado por la fuerza al mismo Colón y abolido por las leyes nuevas en 1542- o la venta de seres humanos como mercancía y el castigo en la forma más aberrante por mínimas infracciones?
¿Es más justo, a la luz de las pautas culturales de hoy día, la eliminación a disparos de Remington de las poblaciones aborígenes luego del proceso independentista, la marginación y la deliberada eliminación cultural. que la solución de conflictos culturales como consecuencia de la Conquista por medios que ocurrieron ineluctablemente en todo el mundo?
¿Es lícito ignorar que procesos similares de conquista y colonización, tuvieron lugar con las mismas características y la misma crueldad entre las poblaciones autóctonas antes de la llegada de los descubridores? Terminemos, pues, con la «patraña negra». No hay naciones perversas sino algunos hombres perversos. Estigmatizar un proceso histórico quitándolo de su contexto, con la finalidad de cohonestar dudosas reivindicaciones políticas no es lícito, y merece ser enérgicamente denunciado como una maniobra. No conozco españoles que se quejan de la conquista de la Península por los fenicios, cartagineses, romanos y árabes, para no citar sino a unos pocos invasores, que abominen de las crueldades de los conquistadores, que lloren por las mutaciones culturales producto de la ocupación, o busquen sus «raíces» en los pueblos celtíberos. Antes bien, reivindican ese intercambio cultural como incorporado a su patrimonio.
Si a esta actitud, necesariamente posterior a la conquista, que aún está por realizarse en nuestra América, se la quiere llamar «encuentro» no me opongo.
Y este encuentro, que si bien es cierto tiene que comenzar por el rescate de los valores culturales de los aborígenes, no lo es menos que debe transitar por una doble vía reconociendo también los valores recibidos, y admitiendo también, que mal que les pese a los nacionalistas, somos un producto híbrido de europeos y naturales de estas tierras, en donde el mestizaje nunca fue repudiado por los conquistadores.
Es una obligación moral reconocer que la empresa no fue en sí misma perversa, y para ello bastan muy pocos ejemplos. Me detendré en uno solo, pues como dije al comienzo no era mi intención hacer historia. Empero, no puede prescindir de ella cuando se trata de bucear en las motivaciones que guiaron a los descubridores y en la actitud de la metrópoli, para emitir un juicio valedero acerca de la perversidad o altruismo que se les pueda atribuir.
Examinemos, entonces, las instrucciones que dieron los Reyes a Colón en el año 1497, redactada como sigue: «primeramente, que como seáis en las dichas Indias. Dios queriendo, proveeréis con toda diligencia de animar e atraer a los naturales de las dichas Indias a toda paz e quietud, e que nos vayan a servir y estar so nuestro señorío e sujeción benignamente. E principalmente que se conviertan a nuestra sancta fe católica y que a ellos y a los que han de ir a esas tierras en las dichas Indias, sean administrados los sanaos sacramentos por los religiosos y clérigos que allá están y fueren, por manera que Dios, nuestro Señor, sea servido y sus conciencias se seguren».
Pareciera claro que el tenor de tales instrucciones no se compadece con la puesta en marcha de una planificación malvada, ni era el que más convenía para dirigirse a hombres de tal naturaleza.
Un detallado estudio de la legislación de Indias excedería con mucho la confesada finalidad polémica de este trabajo, garrapateado a vuelapluma y, además, ya otros se han encargado de hacerlo con mayor autoridad que la mía.
Espíritu generoso
Empero, creo que los estudios serios y desapasionados permiten afirmar, casi con el carácter de un juicio apodfctico, que fue la más progresista y humanitaria para su época; a punto tal que muchas de sus instituciones continuaron vigentes como herencia luego del proceso emancipador.
La circunstancia de que en muchos casos no se cumplieran, o se las violara abiertamente, no constituye un demérito. Antes bien, sirve para demostrar la falacia de atribuir la maldad a la España toda y a la empresa, en lugar de a algunos infractores, fueran pocos o muchos.
Es cierto que también luego heredamos las ordenanzas de Carlos ti l para el juzgamiento de los militares al amparo de fueros personales, que en algunos casos pervivieron hasta nuestros días; pero en fin. seamos generosos y concedamos que en algo pudieron equivocarse.
Y por si esto fuera poco, la misma generosidad legislativa, correlato de espíritu que animó la colonización, se advierte con posterioridad, en el período de la independencia.
Producida la invasión napoleónica a la Península, se promulga la reaccionaria constitución de 1808 en Bayona, según la cual «la Corona de las Españas y de las Indias», tal como reza el artículo 2, pasan a ser patrimonio hereditario de la dinastía bonapartista».
En contraposición, los libertarios constituyentes gaditanos de 1812, se pronuncian en un texto que establece que «la nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios», con igualdad de representación para los peninsulares y los americanos.
Creo que mayor desprendimiento de parte de una potencia colonial no puede pedirse. No olvidemos que el apartheid, atroz manifestación de un colonialismo imperialista que curiosamente no despierta los mismos rencores que la colonización de América, pervive hasta nuestros días.
Nunca hubo en América kelpers ni ciudadanos de segunda.
A esta altura cabe preguntarse -a la luz de la historia verdadera y documentada ¿qué queda de las impugnaciones a un hecho que ha venido repitiéndose desde que el mundo es mundo, y cuáles son las reales motivaciones de la diatriba que lleva hasta a negarse a llamar las cosas por su nombre?
En mi opinión no queda nada. Sólo un trasnochado indigenismo, cuya preocupación no es, ciertamente, la suerte y el derecho de las poblaciones indígenas a sus justas reivindicaciones, sino alentar los enfrentarmentos para encubrir subalternas pretensiones políticas. He ahí el peligro de la búsqueda de raíces inexistentes.
Colonización y crueldad son conceptos que han marchado de la mano en la historia de la humanidad. Hoy, que ello parece superado por el moderno derecho internacional. se coloniza a Latinoamérica por otros medios; se nos convence de que debemos entrar a) primer mundo, pero no se nos permite salir del tercero. Sin embargo, se siguen cantando loas a la madre tierra como si estuviéramos en el 1400 identificando, en cambio, la explotación del 1900 con el progreso. Francamente, me quedo con los aventureros del siglo XV.
Como hombre del siglo XX y ciudadano de un estado que no puede admitir ataques a su integridad. no estoy dispuesto a asumir las cuipas de lo que pudieron haber hecho los conquistadores en estas tierras. No soy un heredero del patrimonio bien o mal habido por ellos, que esté obligado a hacer frente con sus bienes a hipotéticos despojos. Tan sólo he heredado un patrimonio cultural, que no es nada despreciable.
En cambio, debo asumir mi cuota de responsabilidad política por el atraso y la marginación de las minorías indígenas que habitan mi país, por el avasallamiento de su cultura, por el desconocimiento de su idioma y religión y por el abandono sanitario, que lleva hoy a que padezcan enfermedades medievales como el cólera. En fin, por el desconocimiento de que se trata de ciudadanos argentinos, iguales en dignidad a todos los habitantes de la república, aunque bien entendido, sin constituir otro Estado dentro del Estado.
Si a la actitud de estar dispuesto a corregir estos males se la quiere llamar hoy «encuentro», repito que no tengo inconveniente ninguno en aceptarlo.
Pero para ello no es necesario buscar culpables en el siglo XV. ni abjurar de la grandiosidad de una empresa que no ha tenido parangón en la Historia: los únicos responsables somos nosotros, los hombres de hoy.
Quiero concluir formulando una expresión de deseos: como sé que muy a pesar mío no podré participar de los festejos del sexto centenario, espero muy pronto volver a mi amada Extremadura, para sentarme a la sombra de uno de sus adustos alcornoques y navegar con la imaginación, a la ventura con los descubridores.
La reciente huelga del sector público en Alemania tuvo una virtualidad: sirvió para demostrar que e¡ país, hasta ahora espejo de relaciones laborales estables y orden productivo, está expuesto, como los demás, al vértigo del descontento y a la tentación de la protesta. Desde hace meses la incertidumbre y el desasosiego -son palabras de Felipe González- caracterizan la vida política de Europa occidental precisamente en un momento en que la región se vuelca en la ratificación de su futuro.
Mal momento, sin duda, para proceder al estudio, discusión y ratificación populares del Tratado de Mastrique (Maastricht), telón de fondo de la construcción europea, a lo largo de los meses que restan hasta enero de 1993 cuando sea una realidad – o casi el mercado único.
Italia, sin gobierno ni presidente de la República, parece haber entrado de nuevo en una etapa de turbulencias difícilmente comparable incluso con pasados episodios. En Francia la mayoría potencial -en la oposición- prepara las elecciones legislativas (dentro de 10 meses) que la llevará probablemente al gobierno mientras «giscardiarios» y «chiraquistas» se destrozan en batallas estériles sobre quién será el candidato a las presidenciales: «el país está bien, los franceses están mal» dijo hace poco Mitterrand. En Alemania el coste de la reunificación y el mar de fondo social se mezclan con las dificultades de un Canciller que parece haber agotado su proyecto mientras su más fiel aliado de otras épocas -el liberal Genscherabandona el barco. En España sindicatos y gobierno se enzarzan en la disputa de la cohesión y del «decretazo» mientras la derecha conservadora y liberal no sabe a quién ponerle una vela, si a la oposición sindical -que defiende tesis inaceptables para cualquier espíritu medianamente ilustrado- o al gobierno, cada vez más deteriorado e ineficiente.
Sólo el Reino Unido, con su renovada mayoría conservadora, parece encontrarse en condiciones para enfrentar la reflexión de Mastrique. Pero será, inevitablemente, una reflexión incompleta porque, en principio. Major y sus amigos rechazan la implantación de una moneda única, espina dorsal del proyecto.
El momento, en efecto, no es el mejor para que los europeos se vuelquen en la reflexión y la polémica sobre su futuro unido. Pero para éste y otros temas de similar importancia no hay momentos óptimos: siempre será demasiado temprano o, tal vez, demasiado (arde. De modo que este enorme esfuerzo de comprensión y análisis al que ahora deberíamos estar volcados (¿lo estamos?) con vistas a una ratificación generalizada en el horizonte de 1993, además de una obligación indeclinable se presenta también como una urgencia.
Es difícil en estos momentos prever si parlamentarios u opinión pública de alguno de los países comunitarios se pronunciarán radicalmente en contra de los Tratados de Unión Política, Económica y Monetaria. Los casos de Irlanda y Dinamarca (donde, por cierto, el porcentaje de «sí» aumenta día a día) no parecen significativos para evaluar lo que piensan en su conjunto los europeos. El chovinismo francés de la derecha y la izquierda extremas (Le Pen. Chevenemem y Marchais del bracete) no parece capa/, de vencer al bloque histórico formado por socialistas, liberales. conservadores y ceninstas. En Italia, Alemania y España el frente del rechazo es poco significativo y sea cual sea el sistema escogido para la ratificación (referéndum o Parlamento) todo indica que ésta será fácil de lograr. En el Reino Unido, con las limitaciones señaladas, el resto de los tratados no parece difícil de aprobar. Tampoco lo parece -sin restricciones- en Dinamarca. Bélgica, Portugal, Luxemburgo, Grecia y Holanda.
Pero la ratificación de todos los documentos de Mastrique será apenas un trámite, aunque dificultoso en algunos casos. Lo importante es que el proceso de aplicación -cohesión, concertación, coherencia- se inicie sin sobresaltos tti banderías, lo que resuita a medio plazo mucho más problemático.
En el horizonte inmediato hay un asunto de envergadura que deberá discutirse en primera instancia en la Cumbre comunitaria de Lisboa (26-27 junio) y que monopolizará la atención de los próximos años: la ampliación. Se trata de saber si los Doce quieren ser pronto quince, algo después dieciocho y. ya avanzado el siglo XXI, treinta y cinco. Este cambio cuantitativo -y, también, cualitativo- deberá, sin embargo, subordinarse a una renovación completa de las instituciones europeas. O, en palabras de Jacques Delors, a «un shock político, intelectual e institucional».
El «shock» será especialmente agudo para los países de la Europa del Sur -España, Portugal, Grecia y, en menor medida, Francia e Italia- porque, además de «recentrar» hacia el norte el conjunto europeo podría traducirse en una dispersión de esfuerzos y recursos, al menos en la segunda etapa de la ampliación cuando se trate de definir las fronteras del horizonte comunitario. Lo que muchos temen es que la ampliación anule la profundización de la construcción europea. En el caso de los «primeros de la lista» (Austria y Suecia) el problema será de escasa entidad aunque, eso sí, ninguno de los países candidatos tendrá derecho a re-examinar las condiciones de la Unión Política diseñada en Mastrique: austríacos y suecos no tendrán más remedio que asumir, por ejemplo, el proyecto de defensa europea y dejar en el camino el fardo neutralista.
El problema que la Europa de Mastrique deberá plantearse en los albores del nuevo siglo es si el habitáculo imaginado funcionará y será viable con nuevos inquilinos. Esta preocupación hizo que -un tanto prematuramente- el presidente del Gobierno español hubiese sugerido la creación de un Comité Ejecutivo o Directorio de cinco países, encargado de «gobernar la nueva Europa». A estas alturas del partido semejante propuesta contiene la dosis suficiente de ambigüedad para que se tome levemente en cuenta. Delors repitió en la Expo de Sevilla la famosa máxima de «cada cosa a su tiempo». Y el cuento de la lechera europea podría en estos momentos obstaculizar gravemente los dos grandes imperativos del proceso: en primer lugar, la aplicación de las reformas e innovaciones previas («paquete Delors II», «fondos de cohesión», nueva política agraria común, etc.) a la unión política y, a) mismo tiempo, la ratificación del Tratado de Mastrique.
El desasosiego y la incertidumbre del momento podrán aclararse si los pueblos de la nueva Europa tienen la voluntad generalizada de protagonizar el gran cambio que se anuncia. Ahí estriba una de las debilidades del proyecto: las opiniones públicas no han sido suficientemente informadas ni motivadas por sus gobiernos y es difícil que puedan serlo en el futuro. El peligro de que se haga una Europa sin los europeos, convirtiendo a los ciudadanos en simples testigos de la mutación, está ahí.
El azar me ha hecho leer a la vez dos libros muy distintos, uno tedioso y otro ameno: The End of Mistory and the Last Man de Fukuyama y las cartas de Evelyn Waugh y Diana Cooper. Hablaré sobre lodo de! pesado, no por sadomasoquismo sino porque me parece mucho más influyente que el ameno, y porque aquél me permitirá aludir luego a éste como modelo de sensatez comparado con ios vaticinios del nipo-yartqui Fukuyama. No es que el novelista y la mujer de mundo fuesen más inteligentes que el sesudo analista político, es tjue hay simplezas que sólo se le ocurren a un filósofo de la historia. De las tres principales cualidades que Feíjóo atribuye a Mariana como ejemplo de historiadores (ser desengañado, excelente sectario de la virtud y desnudo de toda pasión), Fukuyama acaso posea el segundo don, pues se muestra ardiente partidario de las tibias virtudes burguesas, pero desde luego incumple los otros dos requisitos profesionales; se apasiona con la filosofía alemana y ésta lo engaña con la historia, que no está tan muerta como se decía. Eso en cuanto a su epistemología pero veamos el contenido de su discurso, simple en esencia aunque farragoso en detalles. Resumiéndolo, consiste en cuatro premisas y una conclusión;
Pero planteando la disyuntiva de otra manera muchos pueden preferir la lucha a la comodidad. el riesgo al aburrimiento. El propio Fukuyama lo sabe, puesto que al final del libro resume el pensamiento de Nietzsche, donde ve la mayor amenaza en potencia frente a la apacible mesocracia universal.
Cualquier novelista de ciencia ficción puede inventar mil mundos alternativos, cualquier historiador sabe que las civilizaciones son mortales, ningún economista o sociólogo desconoce las diversas enfermedades capaces de dar al traste con nuestra cultura, Fukuyama rechaza, esta vez con motivo, las fantasías futuristas que mezclan el pasado con el porvenir describiendo lances pintorescos como una guerra atómica entre el Papa de Aviñón y el Preste Juan (el ejemplo es mío, pero a esa índole de dislates se refiere él). Mas el agotamiento del modelo actual por causas ecológicas, económicas o sociales no abriría las puertas al pretérito perfecto sino al indefinido {aparecerían viejas frustraciones encerradas, como está ocurriendo ya en la Europa Oriental) y todo ello adoptaría formas nuevas. La irreversibilidad de los conocimientos científicos acumulados está desmentida por la historia; piénsese en cómo se perdieron muchas técnicas al hundirse el Imperio Romano, Es cierto que los principios científicos modernos son hoy difícilmente olvidables salvo cataclismo global y gravísimo, pero tampoco esa eventualidad hay por qué excluirla.
No hace falta ser Casandra para imaginar dentro de un siglo los enormes efectos sociales de un recalen (amiento planetario que borrase del mapamundi por inundación nueve de cada diez ciudades de más de un millón de habitantes. O las hondas consecuencias políticas de un flujo migratorio masivo de Sur a Norte. O la hinchazón del proletariado interno (en el sentido de Toynbee. no en el de Marx) que ya existe en las sociedades ricas y que puede seguir la misma evolución fatal que tuvo en Roma.
Tampoco hace falta ser Pangloss para figurarse lo contrario: un mundo escarmentado a fuerza de sucesivas guerras mundiales nucleares y desastres ecológicos provocados por el exceso de población; una civilización mundial única y homogénea, mestizada, pacífica, decidida a no rebasar el millón de personas en todo el planeta; una cultura risueña, hiper-científica, bucólica y bastante aburrida. Incluso hay una novela excelente que describe ese escenario, de Fred Hoyle, el astrónomo inglés. No es una conjetura tan distinta de la de Fukuyama, con una diferencia fundamental que le da verosimilitud: la inmovilidad social, la esterilidad anística, la serenidad senil son alcanzadas después de varias guerras atómicas mundiales a cual mis devastadora. Hoyle ve al hombre futuro como un borracho exaltado que deja el alcohol in extremis, después de pendencias, resacas, divorcios y un comienzo de cirrosis. Fukuyama cree que el hombre actual está imbuido ya de templanza y eutrapelia, y decidido a evitar nuevas ebriedades vehementes. A mí me parece más creíble aquella hipótesis que ésta. Pero en todo caso es notable petulancia la de Fukuyama al afirmar que su hipótesis es la única posible. El juego de imaginar mundos alternativos es barato y está abierto a todos.
No es, pues, de extrañar que nuestro autor al apoyarse en dos premisas falsas y en dos indemostrables alcance un non sequitur. una conclusión inconsecuente: “Se ha acabado la historia, es decir la Historia como búsqueda”. Con razón se le ha objetado que para abolir la Historia habría que abolir el tiempo. Yo me atrevería a añadir que de acuerdo con la física comúnmente aceptada suprimir el tiempo sería tanto como suprimir la materia. Ni siquiera hay que acudir a la física contemporánea pues la propia escatología tradicional prevé el fin del mundo como equivalente del fin de los tiempos. Hace unos meses pregunté a un hortelano andaluz qué sería de su huerto si siguiese sin llover. Con fría sonrisa cono mi suposición de hombre frívolo de ciudad: «Es que eso seria la fin de! mundo». La fin del mundo -obsérvese el uso femenino popular, correcto y apocalíptico- es una posibilidad inquietante pues tangible: el fin de la historia es una lucubración.
Cierto es que lucubrar no siempre ha de ser tarea deleznable. Pero hay que lucubrar con cierto rigor. Este libro adolece de varios defectos, además de la falta de lógica antes citada. En el discurso principal hegelianoide (la argumentación optimista y progresista que he intentado resumir) injerta otros dos discursos de forma poco orgánica. Primero acude al concepto socrático y platónico de tkymós y lo incorpora a su razonamiento de manera abusiva, pues traduce por self-esteem una palabra griega que. si bien en la famosa anécdota de Leoncio y los cadáveres puede tener un sentido próximo a la «autoestima», en general significa coraje, ánimo, arranque, incluso arrestos {spiritedness en inglés, que el traductor español con pasmosa ignorancia traduce por espiritualidad. con lo que a mí me ha quitado todo deseo de leer su versión castellana más allá de esa sola página que cotejé al azar). El detalle tiene mucha importancia pues Fukuyama convierte el thymós en uno de los impulsos fundamentales que conducen al hombre hacia el fin de la historia. Pero no me atrevo a cansar al lector con el complicado problema filológico y hermenêutico; bastante bregué yo con varias ediciones bilingües de La República y bastante hice trabajar a mis dos sufridos amigos helenistas don Valentín García Yebra y don Pedro Calvo-Sotelo. El caso es que hay fundadas sospechas de que Fukuyama se jacta en vano de haber leído a Platón. Tampoco es seguro que haya leído a Hegel. En cambio sí parece haber leído a Nietzsche, por desgracia para él, ya que toda la última parte de su libro la dedica al último hombre y termina haciéndonos desdeñar al esclavo victorioso casi tanto como lo despreciaba el filósofo alemán, de forma que acaba invalidando o al menos debilitando mucho su propia tesis progresista.
Además de estos errores generales, el libro está plagado de equivocaciones de menor cuantía bastante irritantes. Fukuyama cree que San Petersburgo se llamaba Petrogrado antes de la Primera Guerra Mundial, que los estudiantes de 1968 «derribaron al General de Gaulle», y que la absurda tabla de Michael Doyle da cumplida noticia de qué países tenían democracias liberales y cuándo entre 1790 y 1990 (en 1919 figura Colombia pero no España, en 1990 aparecen manicomios como Sri Lanka). Claro que esta falta de consideración hacia la exactitud histórica debe de ser contagiosa, pues más de un exegeta de Fukuyama cae en ella, sobre todo los que no lo han leído. Así. Juan Cruz nos aseguraba en El País (7.3.92) que el autor de El fin de la historia y el nuevo hombre (sic) es «consultor de una empresa multinacional norteamericana» (más que en el gazapo o en el oxímoron la gracia está en creer que la Rand Corporation, augusto y oracular think tank, es una sociedad mercantil como ia Coca-Cola), mientras Valentí Puig hablaba en el ABC( 12.3.92) de «ia sólida complejidad» de «un libro que ya es uno de los mejores alegatos de Occidente» (sí esto es un buen alegato, habrá que decir aquello de que con amigos así nadie necesita enemigos).
La verdad es que este libro, al igual que el artículo de 1989 que fue su germen1 , está siendo tan comentado como poco leído. Se comprende, pues el mensaje es tan simple que no hace falta recorrer sus 418 páginas. Después de decírsenos «la guerra fría ha terminado, y la hemos ganado», se nos insiste en que el futuro ya ha llegado, y es bueno. Es precisamente lo que las clases medias y burguesas querían oír para continuar a gusto su orgía consumista. Es natural, pues, que lo que Fukuyama empezó en su artículo probablemente como un jeu d’esprit intelectual, casi como una broma universitaria de paso del ecuador, haya decidido convertirlo en mamotreto ante la perspectiva de suculentos derechos de autor. Lo interesante no es lo que dice sino el estado de ánimo que denotan sus lectores o compradores.
Barrunto que ese estado de ánimo es una mezcla de miedo y optimismo. Miedo ante el vacío, muy real y patético para quienes habían puesto su fe en alguna forma de socialismo: el velo del templo progre se ha descorrido -al mismo tiempo que el telón de acero- y detrás no hay nada. Y optimismo ante el sucedáneo («el vídeo más la urna») que se desea capaz de llenar el vacío. Por supuesto el optimismo -distinto de la virtud teologal de la esperanza o de la virtud pagana del thymós o del simple brío animal- es una herejía moderna de poco fundamento. En el epistolario que mencioné ai principio aparece una lúcida y amarga carta de Evelyn Waugh a Diana Cooper que pone el dedo en la llaga. Así amonesta el novelista a su amiga durante la guerra:
«Te quejas de que […] no es cristiano esperar el mal, y que debería pegarme un tiro si no creo en la providencia divina […] Es el más triste y fundamenta] error de todos. Abarca casi toda suerte de locuras rotarías, por ejemplo que nosotros, por el simple hecho de vivir en 1941, tenemos derecho a esperar más beneficencia de Dios que los hombres y mujeres que vivían, pongamos por caso, ene! año 741 [..] Tu argumentación constituye en realidad el peor pesimismo y la peor ingratitud hacia Dios; vienes a decir que tan sólo encuentras tolerable la vida suponiendo que vaya a mejorar mucho».
Por lo menos Diana Cooper solamente era culpable de confiar en la victoria militar de su patria, en lo que por lo demás acertó, y en que después el mundo volvería a ser agradable para los europeos, en lo que se equivocó a medias. Pero Francis Fukuyama es otra cosa. Mientras arde Los Angeles (la ciudad más trendy y bogavante de su país), mientras mil millones de musulmanes sueñan con santas guerras y mil millones de chinos siguen adorando a Marx, mientras cientos de millones de eslavos se buscan cada uno un kalashnikov, mientras nadie logra saber a ciencia cierta el paradero exacto de las 28.000 cabezas nucleares ex-soviéticas, mientras destruimos cincuenta mi) hectáreas de bosque diarias, Francis Fukuyama brinda con Coca-Cola por el fin de la Historia. A menos que esté brindando por ¡a fin del mundo. O por sus derechos de autor
En 1916, Malevich hablaba de dos momentos en la balbuceante pintura moderna. Uno en el que el artista se declaró enemigo de la naturaleza, atentando contra sus formas, destrozándolas, despojándolas, decía Duchamp, siendo el cubismo la vía más esplendorosa. Y un segundo momento en el que el artista trabaja de espaldas a la naturaleza; y explicaba Malevich: «existe creación únicamente en los cuadros donde se muestra la forma que no toma nada de lo que ha sido creado por la naturaleza, sino que deriva de las masas pictóricas, sin repetir ni modificar las formas primeras de los objetos de la naturaleza». Después de la Primera Guerra Mundial ambas maneras de hacer arte se dieron simultáneamente, hasta hoy, predominando unas veces la primera, otra, la segunda.
En «La deshumanización del arte» Ortega ofrece una renovación estética ya iniciada años antes en Alemania. En este ensayo, junto con «La rebelión de las masas», el más leído y meditado de la producción orteguiana; y sin embargo, desde 1925 (tiempo en el que podríamos fechar el fin del expresionismo alemán y, casualmente, año de la publicación de «La deshumanización del arte») el arte moderno se empecina en sus errores llegando en ocasiones a dejar de ser arte para convertirse en otras cosas.
Lo inevitable
Se quería algo tan imposible como es un arte deshumanizado. Sólo arte. Caminar hacia la nada destruyendo el ser, o crear de la nada obviando al ser. En ambos casos sólo quedaría, junto a la nada, el nombre del artista, más creador que nunca. Tan creador como un dios. Ya Renoir se percató de estas consideraciones tras ver la pintura de Rafael en 1881: «Es hermoso y debería haberlo visto antes. Está lleno de sabiduría. No buscaba como yo cosas imposibles. Pero es hermoso». Y dirá más tarde: «…Hacia 1883, se produjo en mi obra una fractura. Había ido hasta el límite del Impresionismo y llegué a la conclusión de que no sabía pintar ni dibujar. En una palabra, me hallaba en un callejón sin salida». Renoir tuvo la lucidez para darse cuenta de que los bellos experimentos del Impresionismo acabarían llevando al Arte a ese callejón sin salida en el que él ya creía encontrarse; y tuvo la humildad y, sobre todo, el amor al Arte necesarios para rectificar y volver a Ingres, volver hasta Rafael. Renoir tuvo la lucidez, la humildad y el amor necesarios para no seguir un camino que él creía llevaría al sacrificio del Arte, para no poner las bases del lento asesinato que contemplará el siglo XX.
Y es que, era inevitable. Pocas personas pueden evitar el abrir las tripas a una gallina de los huevos de oro. «Tiene la razón humana el singular destino,en cierta especie de conocimientos de verse agobiada por cuestiones de índole tal que no puede evitarlas, pues su propia naturaleza las impone, y que tampoco puede alcanzar». Decía Kant. Y era también inevitable porque tan consustancial a la razón humana es el investigar como al artista rebelarse contra lo anterior. Sin duda; e¡ arte nuevo no era un capricho.
Ahora bien, la investigación mostró el fracaso del empeño, y algunos trabajos de Picasso son ejemplos perfectos. La rebelión hace ya mucho que acusó un grosero infantilismo; para ser en el fondo más de las mismas formas usadas y abusadas. Entonces, ¿cómo es posible que este arte moderno o arte «nuevo» siga estando en la vanguardia o, mejor dicho, siga siendo omnipresente, pues este mismo arte es también retaguardia y guardia?
A la par que se producía n las investigaciones , antes de 1917 ( y era n entendidas como investigaciones , Delauma y reservaba su s imágenes abstracta s par a sus amigo s y alguna pequeña exposición en Berlín, teniendo una producción paralela pero distinta destinada a los «Salons») , los artista s y la s gente s relacionadas profesionalmente con el arte se fueron dando cuenta de que el vulgo no entendí a lo s resulta – dos; ni siquiera entendía qué se pretendía . O sea , que no entendía nada de nada. El vulgo puede ignoraron o entender la importancia de Las Meninas, pero sí sabe, porque lo ve -Velázquez lo hace ver- , que allí se nos aparece el mismísimo pinto r mirándonos con orgullo, como nos miradero con petulancia ,una niñita rubia que es el centro d e atención , como sabe que ese trozo de lienzo tiene u n algo que le cautiva . El vulgo puede ignora r o n o entender la importancia de Tiziano, pero se da cuenta tan rápidamente de la grandeza del Imperio con que el Carlos V en Múhlberg es algo bello.
Nada de ésto sucede con bastante del arte moderno. Así, pasa a ser éste un arte para artistas y para «sensibilidades artísticas superiores» (críticos, directores de museos y exposiciones, «intelectuales»), no un arte demótico. Como dijo Ortega, el arte nuevo divide a] público en dos clases de individuos: los que lo entienden y los que no lo entienden; esto es, los artistas y los que no lo son. Ante la incomprensión, el vulgo piensa que el arte nuevo es una farsa, cuando ya dijo también Ortega: «No admitiendo la posibilidad de que alguien vea justamente en la farsa la misión radical del arte y su benéfico menester. Sería «farsa» -en el mal sentido de la palabra- si el artista actual pretendiese competir con el arte «serio» del pasado y un cuadro cubista solicitase el mismo tipo de admiración patética, casi religiosa, que una estatua de Miguel Angel».
El problema es que, hasta ésto, que tan claro tenían los precursores del arte moderno, han perdido de vista sus continuadores (compárese, caso de estar en desacuerdo, el presupuesto del Centro de Arte Reina Sofía con el del Museo del Prado). Y es tal el paroxismo, que no ya sólo esta élite de artistas, «intelectuales», funcionarios, comerciantes y snobs piensa así: el vulgo se ha querido contagiar, pues peor aún t}ue ser ignorante es ser retrógrado. Así. nos encontramos ante una magnífica representación de aquel cuento del rey que creía verse vestido de oros, cuando iba desnudo, consistiendo el engaño de los astutos sastres en que ese «traje» sólo podían verlo los listos. Es tal el paroxismo, que hasta el vulgo admira religiosa y patéticamente, reivindicando al tiempo su modernidad, su inteligencia y su sensibilidad, lo mismo un cuadrado blanco sobre fondo blanco (Malevich) que un urinario normal y corriente pero convenientemente tituiado y firmado (como «Fuente» y por Duchamps).
Todos podemos admitir que nos gusta contemplar a «les deflioiselies d’Avignon»; pero, ¿qué ojos se quedarían con ellas, sino acaso para sonreírse con tristeza, si a su lado estuvieran los Arnolfini? ¿No pensaríamos, al ver un cuadro al lado del otro, que Giovanni Arrigo di Arnolfini con su brazo alzado, nos está santiguando al tiempo que compadeciéndonos por tener que vivir en un siglo que piensa que esas señoritas son bellas? Todos podemos admitir que nos gusta contemplar un cuadro de la época abstracta de Kandinsky, pero ¿quién repararía en él, sino acaso para pensar que la pared está manchada, si lo colocamos al lado del Cristo de Velázquez?
Pero, ¿por qué el arte moderno sigue revolviéndose, y de paso aburriéndonos, en un callejón sin salida y no emprende diferentes caminos? nos preguntábamos más arriba. Pues bien, porque a los artistas y compañía les sigue interesando que así sea. Interesa un arte que no exija necesariamente mucha preparación y formación, e interesa un arte donde los criterios para su valoración no respondan tanto a su interés estético, como a su interés crematístico y a las opiniones de determinadas autoridades en la materia. Quiérese decir que un «Ecce Homo», por ejemplo, siempre será un «Ecce Homo, para bien o para mal; pero un cuadro abstracto pintado hace dos meses será una cosa u otra (y costará) dependiendo de factores totalmente ajenos al trozo de tela (nombre del pintor, galerías o museos donde ha expuesto antes, críticas publicadas, etc.). Y si ésto es así, no debe extrañarnos que ningún arte como ei arte moderno haya sido tan proselitista. En un siglo de existencia nos ha dejado cuadros bellos -algunos hasta la Primera Guerra Mundial, menos desde ésta a la Segunda, pocos desde entonces hasta hoy-, bastantes muy graciosos, diseños más o menos ingeniosos, ocurrencias más o menos provocativas… Propuestas más o menos interesantes, mucha broma y mucha pose, gran cantidad de intenciones -es el arte de las intenciones- y sobre todo jerga metafísica, montañas de jerga metafísica. También manifiestos: manifiestos puristas, manifiestos orfistas, futuristas, vorticistas, dadaístas y surrealistas, manifiestos suprematistas, constructivistas…
El arte moderno ha dado la oportunidad de ser artistas a gentes sin talento, pero con ideas, o a personas que teniendo aptitudes carecen de ideas, o incluso a sujetos faltos de ambas cosas. Para el arte nuevo no es, necesariamente, el más afamado artista quien mejor pinta, basta, por ejemplo, ser un hábil polemista o un astuto publicista (como nos demuestra Windham Levts, que además de ser el más popular pintor vonicista era el director de la revista BLASTl
Otra clave que arroja luz a la respuesta dada líneas más arriba, nos la ofrece George Dickie en su «definición institucional de obra de arte». Según esta concepción, una obra de arte sería todo lo que alguien autorizado para ello hubiera bautizado como arte, en un lugar adecuado para esta tarea. Significa que pocas personas están autorizadas a convertir cualquier cosa en arte, así como que el poder «metamorfoseador» de dichas personas debe ser ampliamente reconocido por quienes están directamente implicados, como creadores o como espectadores, en el mundo del arte. El poder de tales personas se sustenta en el general reconocimiento de que gozan, y mientras aquél no sea puesto en cuestión, pueden seguir ejerciendo su labor, labor que responde fundamentalmente a esos intereses ya apuntados. Dickie precisó quiénes son las personas capacitadas para realizar la metamorfosis, y Arthur C. Danto concretó los lugares o recintos sacrosantos donde se pueden realizar tales operaciones demiúrgicas. Son los artistas, ¡os críticos, los conocedores y los directores de museos y galerías quienes están facultados para convertir cualquier cosa en arte. V ios lugares sagrados son los museos y centros artísticos relacionados con la exhibición y protección de objetos artísticos.
Es claro, pues, que el arte moderno actualmente se encuentra en un aburrido y gris callejón sin salida, que incluso podríamos localizar en un barrio chino, donde todo se compra y se vende, donde cabe conocer el precio de todo y no saber el valor de nada, que diría Wilde. Pero la luz arrojada aquí todavía no es bastante para comprender el inmovilismo. Quizás convenga entonces hacer una mención expresa a la Necedad, que sigue habiéndonos del «progreso» del arte moderno, y que como muchos de los actuales progresos que ha traído la modernidad en un puro disparate.
Sin embargo, hay que resistirse a pensar que esta ilógica situación dure mucho tiempo más. El cambio llegará. Y llegará de golpe o paso a paso. Quizás sea más bello lo primero, pero ésto necesita líderes que de momento no existen. Dentro de esta vía catártica, se ven dos posibilidades distintas a los modos: Una requeriría de una mente lúcida y respetada que acabe con este arte de nustros pecados que se mantiene vivo artificialmente. Sería algo así como una eutanasia, y no parece que pueda producirse. La otra posibilidad, se asemejaría a un suicidio: Cervantes fue capaz de erradicar las novelas de caballerías escribiendo una novela de caballerías; que sean entonces los propios artistas quienes acaben motu propio con un arte que ha embotado y cansado nuestra sensibilidad, para emprender así nuevos caminos. Ello necesitaría de un Renoir con la fuerza de un Picasso.
Así, parece que habremos de conformarnos con un lento transitar hacia el figurativismo para que desde allí, y como decía Ortega, «Se contenten con menos y acierten más»
La ópera «Carmen» siempre ha tenido mucho éxito en todas partes y especialmente en España desde su fracasado estreno inicial en París en 1875. Se ha considerado que es la plasmación operística del «Mito de Carmen». Alguna enciclopedia de la especialidad llega a dedicarle ¡ir capítulo especial bajo el título «Una ópera perfecta».
Lamento disentir en ésto, como en otras muchas cosas, de la mayoría. Para mí hay un par de docenas de óperas mejores que esta aunque he de confesar que algunas con menos predicamento entre los aficionados. Por otro lado el «Mito de Carmen» me ha parecido siempre falso y propio de un país como el nuestro, eternamente dispuesto a fascinarse con lo extranjero y especialmente con lo francés.
El argumento de la ópera «Carmen» no sólo es topiquero que eso, tal vez, sería lo de menos; es que es absurdo y tiene bastantes disparates y desatinos en sus personajes y en la proyección de los mismos lo cual es más importante todavía, porque la gente es como es desde el principio hasta el fin, no cambia tan absolutamente.
Resulta anómalo que la pelea de una obrera de una fábrica de tabacos con otra sea resuelta sin más trámites por un oficial del ejército disponiendo la prisión de una de las contendientes.
Cualquiera que haya entrado alguna vez en un cuartel sabe que a los sargentos no se les llama D. José o D. Juan, sino Sargento Gómez o incluso Sargento de Guardia o Sargento de Cuartel.
D. Manuel García Morente, gran filósofo y musicólogo y además andaluz, siempre decía que es impensable un tabernero sevillano
llamado Lilas Pastia (a mí más bien me suena a griego) que encima tiene el establecimiento «junto a las murallas de Sevilla».
Para terminar con este pequeño muestrario resulta disparatado que un torero entre de pronto en esa taberna cantando a voz en cuello, sin que venga a cuento para nada. «Torero ten cuidado». Yo no consigo imaginarme a Manolete en su época o a Espartaco en la actual cometiendo semejante dislate.
¿Qué pasa pues con la ópera «CARMEN»?; pues, además del papanatismo hispánico antes mencionado, que la música de Bizet es muy buena y sumamente original, adelantada a su época. La música salva muchas veces argumentos de óperas que no se sostienen; un ejemplo puede ser Los Puritanos de Bellini. El genio de este hombre consigue convertir un bodrio propio de mentecatos en una ópera espléndida.
Recientemente se ha «puesto» CARMEN en Madrid, en el Teatro de ía Zarzuela. Las comillas obedecen a que la puesta en escena del Sr. Pizzi no me ha gustado nada. La ha «puesto» mal. Pobre, mala, hasta absurda en el cuarto acto y encima sustituyendo, lo cual es risible, los Dragones de Alcalá por guardias civiles mal trajeados, innecesarios y anacrónicos.
La orquesta tocó espléndidamente, sonó muy bien, aunque esta vez el excelente director que es Antonio Ros Marbá la llevó, en mi opinión, excesivamente deprisa para mi gusto. Los coros muy bien también, cada vez mejor. Ei francés de los niños detestable; que pronuncien ese idioma algo mejor no es fácil, pero tampoco me parece absolutamente imposible.
Y vamos con los cantantes, empezando lógicamente por los más importantes para terminar con los que pudiéramos llamar secundarios.
Teresa Berganza hizo una protagonista magnífica. Tengo debilidad por esta mezzo madrileña que mide perfectamente sus posibilidades y ha conseguido hacer una «Carmen» espléndida. Tal vez se le noten un poco los aflos, lo que por otra parte es obvio, pero ello no empaña su excelente versión del personaje tanto en el canto como en la representación e interpretación teatrales.
Luis Lima no es tenor para ser el protagonista de la ópera. Lima es un estupendo tenor lírico ligero y yo le he visto en Madrid hacer un «Rodolfo» en «La Boheme» de primera. También hace un excelente papel en «Don Carlos», quizá el mejor del momento a consecuencia de la enfermedad de José Carreras, aquél inolvidable Don Carlos. Pero lo que no puede ser Lima es D. José, que requiere un tenor «spínto» con matices dramáticos como pudiera ser, por ejemplo, Plácido Domingo. El tercer acto, por esto, no le salió bien. No obstante, en Londres ya había hecho el papel; se ve que el hombre es recalcitrante y reiterativo en los errores.
Justino Díaz en un bajo barítono que a mí no me ha gustado nunca. Su especialidad es «Yago», personaje sumamente difícil que desempeña solo discretamente; claro que con Plácido Domingo haciendo de «Otelo» la cosa se favorece mucho. Como Escamillo estuvo discreto; al principio peor y fué mejorando, esta es la verdad.
Micaela no era María Bayo sino Teresa Verdera. Vaya por delante que a mí me parece la Bayo una de las mejores sopranos del mundo de su generación. Pero su sustitución por la cantante citada no puede tener como consecuencia la frialdad conque el público trató a Teresa Verdera, en mi opinión muy buena soprano y que se desempeñó muy bien en su difícil pero agradecido papel.
María José Sánchez y Lola Casariego hicieron unas deliciosas «Trasquila» y «Mercedes» personajes más importantes de lo que parecen. Estupendamente ambas en cuanto a tono, gracia, movimientos.,.; magníficas.
De los cantantes masculinos secundarios estuvieron muy bien José Antonio Carril y Santiago Sánchez Jericó como los contrabandistas «El Dancairo» y «El Remendado» (por cierto que en la ópera parece que Gibraltar queda junto a Sevilla). Discreto Jorge Chaminé como «Zúñiga» y regular Fernando Balboa como «Morales»; decididamente este barítono gallego no acaba de gustarme.
En suma, una representación buena, no excepcional de la ópera «Carmen» obra que tanto más la veo tanto menos perfecta me parece.
El Sr. Mérimée se inventó demasiadas cosas sobre España sin razón aparente. Creo que lo mejor que se puede hacer con él es, como dice un amigo mío, muy gracioso, llegada la ocasión, evidentemente, utilizar su extraño nombre para desear a los amigos feliz Navidad y Próspero… Mérimée.
Dentro del Ciclo dedicado a la música de Gustav Mahler, que durante varios meses, se desarrolla en Madrid, hemos tenido la oportunidad y suerte de escuchar su Sinfonía nu 2 en do menor, denominada «Resurrección». Dicha Sinfonía fue interpretada por la Orquesta Filarmónica Checa, asistida en la parte coral por el Coro Filarmónico de Praga y las soprano y contralto Roberta Alexander y Janice Taylor, todos bajo la dirección de Vaclav Neumann, que en el año 1977 fue nombrado artista nacional de Checoslovaquia.
Sobre la persona y la música de Mahler, puede que sea el artista del que más se haya escrito y comentado en los últimos decenios, Mucho se ha hablado y se habla, de su complejísima personalidad, sus cambios de humor, en los que pasaba instantáneamente de la alegría a la más profunda tristeza, de la serenidad a la cólera; un humor que derivaba en ocasiones en cruel sarcasmo. Esto, y naturalmente mucho más, es lo que Gustav llevó a su música, especialmente a sus sinfonías. A veces nos hallamos deleitosamente abandonados a melodías de la más alta inspiración, pero de repente surgen estridencias grotescas, que afortunadamente duran poco, y pronto volvemos a sumimos en la verdad y maravilla de la música de uno de los grandes sinfonistas de la historia.
Por lo que acabamos de esbozar, puede deducirse que el sinfonismo del genio adolece de una cierta falta de unidad, pero es precisamente su segunda sinfonía la que ofrece una mayor unidad temática, y quizá una mayor homogeneidad.
Cumbre del Scherzo
Alma nos cuenta que Gustav trabajaba febrilmente, angustiado por la sensación de que le faltaría el tiempo para realizar la obra que el destino le había señalado, ya que se mantenía de continuo obsesionado por la idea de la muerte, de tal manera que su mujer llegó a motejarle de masoquista. Esto último me parece una banalidad a cargo de Alma. Lo que sí es evidente, y se advierte en toda su obra, es una profunda preocupación por el más allá y el sentido de la vida, que claramente se perciben en muchos momentos de la segunda sinfonía, donde al pasar de la más apasionada exaltación del espíritu a la más desolada tris teza. Se ha dicho que el inicio de esta sinfonía es de una gran majestuosidad, muy en la línea de Beethoven. Después de un delicioso andante, sigue el Scherzo, Sabido es que Mahler es un consumado maestro en cuanto al tratamiento del Scherzo se refiere. Pero éste de la segunda Sinfonía representa una cumbre no solamente en los del propio músico de Bohemia, sino en los de toda la historia de la música.
El arranque del coro es escalofriante, como si nos recorriera un aleteo de ese algo, que tiene marcada su hora, y que inevitablemente algún día ha de llegar. Toda la sinfonía está llena de una gran carga emotiva, que se apodera del oyente desde los primeros compases, y afortunadamente ya no le deja durante la hora y media que dura su interpretación.
De la orquesta y director, ya hemos hablado en estas páginas -con ocasión de un concierto dedicado a Dvorak- como lo que en realidad son: una primerísima orquesta del mundo, un grandísimo director. Entre ellos se da una especial comunión afectiva, una particular compenetración, que hace que la música se produzca en su prístina y total belleza.
El coro muy nutrido, magnífico, sobresaliendo el grupo de tenores; de gran calidad las voces femeninas, así como los solistas; ¡a soprano con más volumen de voz con timbre más brillante, la contralto.
La versión, sin el menor énfasis, podemos calificarla con toda justicia de *fuera de serie». El maestro, con tan extraordinarios elementos, la hizo en la línea más tradicional, sin divismos inoportunos, que Neumann nunca ha querido, pero desentrañando el sentido de cada nota, como debe ser, y así lo hacían los grandes Mahlerianos, Mengelber, Klemperer y sobre todo Bruno Walter… Una versión que uno quisiera guardar en los mejores rincones de la memoria, conservarla mucho tiempo en el emocionado recuerdo.
La imagen del periodista responde muchas veces a la del triunfador o, al menos, a la del romántico aventurero. Si nos atenemos al espectacular aumento de solicitud de matricula en las Facultades de Ciencias de la Información. pocas profesiones ejercen tanto atractivo entre los jóvenes preuniversitarios. La difusión de esta nueva imagen se ha realizado a través de las mismas instituciones a las que los periodistas sirven: ¡os medios masivos de comunicación. Pero han sido la televisión y la radio los que ha resultado más eficaces en este sentido; el periodista que mejor responde a ese ideal es el periodista televisivo o radiofónico. Así que es muy probable que, consciente o inconscientemente, muchos de los aspirantes persigan ese objetivo. Pero la realidad, como ocurre en otros muchos casos, es más prosaica; sólo algunos llegarán a ser rutilantes estrellas.
El libro de J. L. Martínez Albertos no sirve a ese propósito. Tiene en cuenta a todos los medios, pero está dirigido a aquéllos que sólo pretenden ser unos buenos profesionales de la información. Podríamos decir incluso que uno de sus fines consiste precisamente en destruir la idealizada imagen que del periodista se está transmitiendo.
El periodista se encuentra entre aquellos pocos que, en un mundo que cada vez exige mayor especialización, no puede aspirar de entrada a centrarse en una función concreta y determinada. Como dice Martínez Albertos, un periodista puede ser. no ya a lo largo de su ejercicio profesional, sino Incluso en el mismo día o en días sucesivos, un narrador objetivo, un escritor con donaire literario, un corresponsal familiar a muchos lectores, un moralista, una conciencia política, un captador de voluntades ajenas, un orientador de gustos estéticos, un portador de sentimientos autocríticos… Y todo ello a través de la palabra escrita. La escritura es para el periodista el momento de la concreción, de la síntesis, del destilado. De ahí que pueda afirmarse que el instrumento de trabajo del periodista no es la máquina de escribir, el procesador de textos o el magnetófono, sino el lenguaje: una herramienta compleja, pero que él ha de manejar con tal habilidad y precisión que apenas se note su presencia. En ese dominio se sustentará en gran parte su profesionalidad.
Como dice Martínez Albertos, el arte de escribir es difícilmente enseñable. No obstante hay algo de este arte que puede y debe aprenderse: el empleo correcto y extenso del código lingüístico. Ese viene a ser el objetivo de la Redacción Periodística. De forma más precisa la Redacción Periodística es definida como la ciencia que tiene como objeto el mensaje informativo transmitido por los medios de comunicación de masas. Su estatuto científico se encuentra, pues, en un lugar de amplia confluencia interdisciplinar. Como ciencia del lenguaje tiene una íntima conexión con las diversas ciencias que también se ocupan de él. Lo mismo podría decirse de las Ciencias Sociales y de otras Ciencias de la Información. A determinar este lugar propio de la Redacción Periodística está dedicada la primera parte de la obra. Se trata de una tarea nada fácil y que, debido a la misma complejidad de lo lingüístico y lo social, se presta a la controversia.
A pesar de que también otros artistas y técnicos necesitan del lenguaje, no cabe ninguna duda de que el uso que el periodista debe hacer de él es muy peculiar. Su objetivo es informar y captar al lector por el camino de ta comunicación de unas noticias y la hábil exposición de las ideas. Su lenguaje ha de estar al servicio de este objetivo. No posee, pues, la libertad del creador literario: la claridad, la concisión y la naturalidad han de ser rasgos inexcusables de su estilo. Este estilo puede variar en los detalles dependiendo de los géneros, incluso de los medios de transmisión, pero en último término siempre tendrá una obsesión: que, como decía Quintiliano -a quien Martínez Albertos cita en varias ocasiones-, no pueda en modo alguno dejar de entenderse lo que se trata de comunicar. Se podría decir por consiguiente, que el periodismo es la forma que la antigua Retórica ha adquirido en la época moderna. Pero para ello ha debido adaptarse. V han sido los mismos periodistas los que a lo largo de una tradición varias veces centenaria, han ido estableciendo los medios más eficaces para alcanzar esos objetivos.
La parte «especial» de Ja obra de Martínez Albertos está dedicada a exponer las peculiaridades del lenguaje periodístico. En un estilo claro y a veces repetitivo, como corresponde :i la intención pedagógica, el autor va abordando toda una serie de cuestiones que son de gran utilidad para todo aquel que pretenda dominar el lenguaje expresivo. Se trata, pues, de una obra que puede ser de interés para un público más amplio que el de los estudiantes de periodismo.
Pero además de estas orientaciones de carácter más práctico, que son las que un lector medio esperaría, se encontrará a lo largo de la obra con otras que no tienen este carácter. Se trata de cuestiones que tienen que ver con la función del periodista y con su comportamiento ético. Como aquellas otras de carácter teórico abordadas en la primera parte, pueden suscitar la controversia. Martínez Albertos, lejos de obviarlas, se enfrenta a ellas con juicios inequívocos. Entre ellas merece destacarse la que tiene que ver con la concepción del papel del periodista en una sociedad en la que los medios de comunicación han adquirido enorme importancia. Esta función ha sido equiparada con frecuencia a la del mensajero. Mercurio (Hermes para los griegos), el alado mensajero de los dioses, experto en el arte de convencer por medio de la palabra (aunque a veces utilice el engaño), ha sido un símbolo usado con reiteración. Algunos parecen concebir al periodista como pontifex maximus de este dios. Martínez Albertos lo concibe más bien como un diligente secretario, un eficaz asistente que en absoluto pretende suplantar a aquel a quien sirve. La objetividad, ía claridad, la concisión y la naturalidad deberían ser sus mejores cualidades