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El catalanismo no es un particularismo

E n la vida de los pueblos se producen momentos de expectativas de cambio esperanzadoras. Lo señalaba en un trabajo lúcido el profesor Ignacio Sotelo. En Cataluña, momentos esperanzadores los ha habido en varias ocasiones en lo que va de siglo. Frente al «pesimismo» español del 98, en el Principado se alzaron voces, la del poeta Maragall, singularmente, que nos hablaban de la «Patria Nueva». «Aquí hay algo vivo gobernado por algo muerto porque la muerte pesa más que lo vivo y va arrastrándolo en su caída a la tumba. Nosotros somos los que hacemos patrias nuevas.»

La solidaridad del año 1906; la creación de la «Mancomunitat de Diputacions» del 1913; la Asamblea de Parlamentarios del 1917; la campaña pro Estatuto de Autonomía del 1919, fueron movimientos estelares que apuntaban hacia un futuro esperanzados.

El catalanismo, exponente del vitalismo de un pueblo no fue, ni quiso ser comprendido durante muchos años. En el primer cuarto de siglo trataron de comprenderlo hombres de la talla de José Canalejas y de Antonio Maura. Cuando la Segunda República, también Manuel Azaña, si bien su jacobinismo le impidió culminar lo que habría podido ser su gran obra política.

Entre los intelectuales de lengua castellana, Ortega y Gasset, con espíritu definidor más que con un ánimo de comprensión, se acercó al problema catalán que —es oportuno recordarlo— junto al problema social fueron los grandes temas no abordados con acierto por los políticos de la Monarquía Alfonsina. El problema catalán, sentenció el señor Ortega, «es un caso corriente de lo que se llama nacionalismo particularista. ¿Y qué es el nacionalismo particularista? Es un sentimiento de dintorno vago, de intensidad variable, pero de tendencia sumamente clara, que se apodera de un pueblo o colectividad y le hace desear ardientemente vivir aparte de los demás pueblos o colectividades». Ortega, de una fecundidad y de una brillantez deslumbrante, con frecuencia quedaba cegado por la intensidad de sus propios destellos.

Compromiso y protesta

¿Es, ha sido, realmente, el catalanismo un fenómeno de particularismo, con el deseo ardiente de vivir su vida en solitario? Históricamente, sería difícil demostrarlo. En la Edad Media, en que se forjaron las diversas personalidades peninsulares, siempre el Reino de Aragón-Cataluña se sintió comprometido en el proyecto de vida en común de los pueblos hispanos. «Nos situamos con esto en los primeros años del siglo XI —dice el historiador José Antonio Maravall—. Va a empezar la gran época que inaugura Sancho III Garcés de Navarra, con su efectivo y declarado señorío desde Barcelona hasta León. Este4 ‘Rey Ibérico», como el obispo Oliva le llamaba, y tras él, sus descendientes de la Dinastía Navarra en León-Castilla y Aragón, presiden una de las fases de mayor esplendor del sentimiento hispánico de nuestra Edad Media.»

Cierto es que en nuestro tiempo se han podido dar algunos casos en que la protesta contra los poderes del Estado, habrá podido rebasar las fronteras de las posibles reivindicaciones de una política catalana; y, cierto es que en algunas ocasiones los histerismos habrán vencido a los razonamientos. Así, el lamentable 6 de octubre de 1934. Curiosamente y paradójicamente los responsables catalanes, se lanzaron a la triste aventura, en gran parte, por solidaridad con los revolucionarios de Asturias cuyos responsables políticos no eran ni tan sólo autonomistas. El pueblo catalán, en general no participó, el catalanismo histórico se opuso con decisión y el sindicalismo catalán, en aquellas fechas la mayor organización de masas en España, se abstuvo. No creemos que el catalanismo pueda ser identificado como un particularismo de tendencia sumamente clara que aspira a vivir aparte de otras colectividades. Ortega elevó a categoría lo que no era más que anécdota de grupos minoritarios y en momentos excepcionales. Son, evidentemente, más reales, más actuales y más auténticas unas palabras pronunciadas en 1943, cabalmente a raíz de los hechos de octubre, por el líder del catalanismo histórico, Francisco Cambó: «Creo yo, señores, diputados, que todo el problema está en si la realidad catalana es compatible, no ya con la realidad española, sino con la mayor grandeza de España. Y yo os digo que, no sólo es compatible, sino que es consubstancial, que yo no comprendo la grandeza de España sin la acentuación de una realidad catalana que aporte al pensamiento general español el esfuerzo de nuestra individualidad».

Vuelvo a Ignacio Sotelo: «Para comprender el presente y el trozo de futuro que alcanzamos a divisar, considero fundamental tener muy en cuenta que vivimos en un período histórico que empieza en 1936, no en 1945 como en el resto de Europa y ello nos invita a una profunda meditación. La Guerra Civil de 1936 marca la frontera que se para la España vieja de la España nueva. Con anterioridad, Ignacio Sotelo habrá escrito: «La mezquindad de la mayoría de los planteamientos políticos actuales, incapaces de mirar más allá de la sobrevivencia diaria, proviene justamente de haber dado la espalda a las tres cuartas partes de nuestro siglo. Cuanto más recortada la conciencia histórica, más endeble el proyecto político que se propone».

La responsabilidad catalana

¿Y qué nos proponemos? La España de hoy, está claro no es la que dejamos atrás en 1936. Una clase media vigorosa, dinámica, ha rellenado espacios que antes ocupaban sectores sociales deprimidos, en buena parte del mundo rural y del obrerismo. Los grandes problemas tan mal contemplados en otros tiempos —el social y el catalanista— han sido y siguen siendo tratados con una nueva sensibilidad política. El mundo del trabajo dispone de nuevos instrumentos, técnicos y jurídicos, para el planteamiento de sus problemas; y las aspiraciones autonómicas han tratado de hallar respuesta en el llamado Estado de las Autonomías. Cataluña adquiere nuevas y graves responsabilidades en la configuración del Estado español.

En 1986 el nacionalista Miquel Roca i Junyent no halló el eco deseado en su intento de irrumpir con fuerza y directamente en la política general española. Cunde la sospecha, posiblemente alimentada por lamentables equívocos, de que la operación perseguía la defensa de intereses estrictamente y egoístamente catalanes y no se supo entender que era la justa reiteración del viejo y noble intento camboniano de contribuir al fortalecimiento y modernización de la vida política peninsular bajo el signo inequívoco de lo hispánico. No obstante, y siguiendo por sendas parecidas, el ilustre historiador Carlos Seco Serrano, uno de los intelectuales de habla castellana que mejor conoce Cataluña, ha escrito, con motivo del «Milenario» que «ahora nos hallamos en una ocasión decisiva para volver sobre las raíces de España y de Cataluña. Conviene buscar, —añade— una vez más, desde la historia lo que nos une y lo que nos ha ido uniendo».

Quizá sea también oportuno recordar unas palabras de Manuel Azaña pronunciadas en las Cortes, en la discusión del Estatuto Catalán de 1932. «La diferencia política más notable que yo encuentro entre catalanes y castellanos, está en que nosotros los castellanos lo vemos todo en el Estado, en tanto que los catalanes que son más sentimentales, o sentimentales y nosotros no, ponen entre el Estado y su persona una porción de cosas blandas, amorosas, amables y exorables, que les alejan un poco la presencia severa, abstracta e impersonal del Estado.»

Hay, evidentemente, una España de después de 1936, y también una Europa de después de 1945. Tanto el antes y el después de ambas fechas, el panorama a la vista es esencialmente distinto. Y esa esencial diferencia ha adquirido inmensas proporciones después del reciente derrumbe del Este europeo. Las exigencias de libertad y condena de los estatalismos se generaliza a amplios espacios que parecían cerrados inexorablemente a los aires intoxicados de la tiranía, del terror y del miedo. ¿No es, en realidad, la hora presente, una hora decisiva para que el pensamiento político catalán, tan ajeno como recordaba Azaña, a la presencia severa, abstracta, e impersonal del Estado, pueda contribuir a que España adquiera en el complejo de Europa, el rango que la sitúe de nuevo en la Gran Historial?

Tchaikovsky

Ibermusica, que desde hace años organiza unos magníficos conciertos de música sinfónica, bajo el lema «Orquestas del Mundo», ha traído recientemente a Madrid a la Filarmónica de San Petersburgo, orquesta que ha desarrollado en cuatro tardes-noches sendos programas de música rusa. Tenían de común, además de la orquesta y del director, evidentemente, que en todos los programas se interpretaba exclusivamente música de Tchaikovsky.

No se cuál es la razón de estos programas monográficos que han supuesto la semi integral de la obra o de las obras mis importantes o quizá más famosas y populares de este compositor. Sin duda habrá alguna, que yo ignoro.

Quizá de una parte que ahora está de moda dedicar varios conciertos seguidos a un mismo compositor. Tal vez de otra, que Tchaikovsky murió en 1893 y aunque es obvio que el centenario es el próximo año, estamos ya en una suerte de año pre-centenario. Sea lo que fuere, la cosa es que los aficionados hemos tenido oportunidad de escuchar bastantes obras del maestro ruso y además interpretadas por los suyos lo cual tiene mucha más importancia de lo que de pronto pudiera parecer.

La moda, como decimos, de dedicar varios conciertos a un compositor determinado es, como todo, opinable.

Pensamiento del artista

A mí me parece bien por varias razones: en primer lugar te concentras en el pensamiento de un artista y tratas de desentrañar a través de composiciones de épocas diferentes la trayectoria de su autor; su desarrollo vital, el camino que ha seguido en su maduración un determinado artista; ocurre análogamente con grandes pintores, de quienes se exhiben obras de toda su vida en una muestra determinada. Por ejemplo, la obra del pintor Zuloaga está ahora en Madrid y la de! pintor francés Toulouse-Lautrec en París.

Volviendo a la música, es una ocasión de escuchar obras que quizá por ser inferiores o quizá también por gozar de menos aceptación entre el gran público o incluso entre los aficionados, no se programan nunca.

Así resulta que oímos siempre las mismas composiciones y no ampliamos nuestro acervo musical, ni conseguimos saber por nosotros mismos las verdaderas razones del «desprestigio» de determinadas composiciones que después resultan que se nos antojan magníficas. A esto se podría argüir que se puede acudir al mercado discográfico; pero todos sabemos que no es lo mismo escuchar un disco por bueno que sea que una composición en una sala de conciertos. Aquél es un magnífico sucedáneo pero nada más. El concierto real, el concierto en directo, incluso con los errores que en ocasiones se cometen, tiene un palpito vital, una comunicación entre el oyente y el ejecutante que no tiene nada que ver con el mundo del disco. La emoción que puede sentirse en una sala de conciertos si 1a orquesta y su director consiguen comunicar el mensaje del artista que están ejecutando es algo indescriptible, que no se puede sustituir por ningún disco, por perfecto que sea. o una cabelle, incluso dentro de las técnicas modernas más sofisticadas.

Justicia

La música de Tchaikovsky ha sufrido una evolución por lo demás común en los compositores, salvo en dos o tres genios que son permanentes. Me refiero a que tras una época de esplendor de nuestro artista, considerado como el más representativo de los románticos de la segunda mitad del siglo pasado, hubo otra en que se le condenó al ostracismo y se le consideró superado, una especie de compositor «lacrimógeno y medio loco» que sólo puede dar Rusia.

Ahora se le está haciendo de nuevo justicia y se le vuelve a tener en la estima como un gran compositor, como un excepcional compositor de la etapa romántica de la música.

No olvidemos que Tchaikovsky era ruso. Por eso para interpretarlo nada como la Filarmónica de San Petersburgo. Y esto no es una cuestión baladí; porque en Tchaikovsky se ha exagerado en mi opinión por las orquestas occidentales sus características trágicas o si se quiere patéticas, hasta llegar a edulcorar en exceso su maravillosa música. Nada de esto ocurre con la orquesta citada, a pesar de algún amaneramiento de su director titular Yuri Temirkanov.

El paradigma está en la interpretación escuchada de la Sexta Sinfonía en Si Menor Opus 74 (y última) «Patética». Estamos acostumbrados a que en esta portentosa partitura se exacerbe el patetismo haciendo largos silencios ante los famosos temas, por ejemplo, del primer movimiento. No es así; una cosa es ser romántico y tener una concepción o un concepto trágico de la existencia (por lo demás muy eslavo en todas las épocas), y otra muy distinta esas interpretaciones de esta maravillosa música que en ocasiones hacían llorar pero más por tedio y morosidad que por exceso de «pathos».

En cuatro días, se interpretaron las Seis Sinfonías; el Concierto de Violín (el solista fue Vladimir Spivakov) y el Primer concierto de Piano (el solista fue Rafael Orozco). Me interesa centrarme en el comentario relativo a la Tercera Sinfonía. Es con mucho la menos conocida y yo no recuerdo haberla oído nunca. Es lo que decía antes de que siempre se interpreta lo mismo de los mismos.

¿Qué le pasa a esta sinfonía que al parecer no puede competir con las dos primeras frescas y deliciosas y las tres últimas maduras y geniales de su autor? Mi explicación personalísima es que está escrita en tono mayor (Re mayor) siendo así que las otras cinco están en tono menor.

Es indudable que los románticos, en especial los eslavos, adoraban los tonos menores. Habría mucho que decir sobre eso, pero básicamente porqoe lo consideraban más delicado, o si se quiere más trágico o patético. Como en todo hay opiniones, pero al ser ésta diferente ha quedado como aislada en la producción sinfónica del autor. Además, es larga, tiene cinco movimientos y parece más bien una suite. En una palabra, es menos tchaikovskyana, si se permite la expresión, que las demás.

Pero para nada es menor en calidad. Es sumamente original y en sus pentagramas ya se adivina de un lado a Sibelius y de otro lado a Prokoftev e incluso a Schostakovich, todo ese rusismo musical danzante que a mí me fascina.

En suma, este «revival» de Tchaikovsky en la primavera madrileña me ha parecido muy justo y oportuno y además muy interesante y distinto a lo común.

Un teatro sin compromiso

Una obra representada sólo por mujeres, que fuese a la vez expresiva de sus peculiaridades, entretenida, humorística y vital, tal parece que fue la intención que inspiró a Alberto Miralles. Para que la idea pudiera representarse tenía que localizarse en algún escenario adecuado. Tal vez leyendo periódicos, a Miralles se le ocurrió que «una comisaría especial para mujeres» pudiera ser el recinto que justificase sin mengua de coherencia la pretensión de presentar en escena a un grupo de mujeres que hablaran ante el espectador de los problemas que esta sociedad igualitaria y, en cierto modo, profeminista, plantea a la condición femenina. Del mismo modo que haya una dirección general, una oficina especial de la mujer y una cuota de participación obligatoria en la dirección de algún partido, también podría haber un aparcamiento especial para mujeres, una oficina de correos para mujeres y una comisaría especial para mujeres. ¿Por qué no? Antes había piscinas para mujeres y para hombres. Ahora podría haber comisarías para mujeres y para hombres. Si no las hay es porque ta) vez hasta ahora sólo se le ha ocurrido que las haya a Aiberto Miralles.

Una comisaría especial para mujeres sería diferente, a] parecer, de una cárcel, un reformatorio o una piscina separados. Lo antiguo es lo separado y lo nuevo es lo especial. Las preferencias de algunos consisten en invertir las tendencias: unir lo que estaba separado y separar lo que estaba unido. A lo primero se le llama tendencia igualitaria y a lo segundo compensación de diferencias. Este es el modo que muchos consideran adecuado para acelerar el proceso de igualación social del hombre y la mujer. Sólo eliminando las distancias se puede aspirar a que se llegue, en algún punto del camino, a la ansiada conjunción. Una de las protagonistas de Alberto Miraíles hace ese razonamiento para justificar la existencia de esta comisaría separada, administrada por féminas y sólo para fémlnas que sirve de pretexto a Miraíles para que un grupo de mujeres hable entre mujeres y sobre ellas.

Una comedia ligera

El espectador no tiene que discutir la tesis, más que discutible, que sirve de punto de partida. Aunque pudiera haberlo hecho, pues la misma urdimbre de la trama se presta a ello, Miralles no ideó una obra de tesis, sino de entretenimiento; no quiso persuadir, ni moralizar, ni adoctrinar, solamente entretener. Los cauces del teatro actual han prescindido de los viejos intelectualismos y de las pretensiones ideológicas. No hay apenas espacio para teatros comprometidos porque, ahora ra, es difícil, sino imposible, acertar a definir un contenido doctrinal con el que comprometerse. La desorientación general se manifiesta en el ámbito del teatro con la renuncia más que con el desánimo. Sencillamente se evita plantear la cuestión en esos términos. Miralles no iba a ser una excepción. La cárcel especial para mujeres es sólo una comedia. No hay denuncia, ni reivindicación, ni compromiso ideológico. Eso es, precisamente, lo que hace llevadera y aceptable la situación.

Así que Miralles teje su acción con otros ingredientes. Piensa en una comisaria jefe, a la que auxilian una abogada y una psicóloga, que conviven en una comisaría a la cual tienen acceso únicamente mujeres. El nudo dramático consiste en demostrar, a una posible inspección oficial del ministerio de Corcuera, que no está precisamente gobernado por mujeres, que semejante comisaría tiene una función que cumplir en una sociedad como la que vigilan los guardias del ministro. Una primera moraleja, y no menospreciable, se desprende de la obra de Miralles sobre la que tal vez debieran de meditar en el Ministerio del Interior: las mujeres de las comisarías especiales no entrarían a petardazos en los domicilios del contribuyente. No. al menos, mientras en esos domicilios habitasen mujeres. Aunque sólo sea por esa sutil diferencia, el espectador puede desear que el tratamiento especial que Miralles propone para su comisaría, se generalizase.

Tampoco es que eso impone mucho a la hora de la verdad. Es sólo el pretexto para que las mujeres hablen como tales. La abogada tiene un marido impotente. La comisaria es sorprendentemente una mujer más débil aún por fuera que por dentro, que sustituye la disciplina por el maternalismo. La psicóloga tiene poco que hacer porque la encargada de la limpieza, cargada de experiencia y de vida, resuelve con su sabiduría práctica lo que no es posible resolver mediante la aplicación de recetas de formulario psicológico.

Pasar un buen rato

Y luego están las visitantes: una drogadicta, una jubilada desatendida por su nuera y una adolescente sojuzgada por el autoritarismo materno que, según Miralles, puede ser mucho más feroz que el paterno. Y con esto basta para que el lector pueda hacerse una idea de lo que ha pretendido el autor. Con toques de vodevil mezclados con algunas reflexiones psicológicas, la acción se desarrolla con gracia. Un diálogo desigual al que no fallan momentos de lúcida comicidad, ágil y divertido, facilita que el espectador se entretenga y pase por alto los excesos y los defectos de una situación cuyos momentos más intensamente dramáticos son, a la vez, los más artificiosos. Detendré el comentario en el pasaje en que la más feminista de la representación descuelga la foto del rey para sustituirla por la de la reina. Es un golpe de efecto cómico en el que conviene reparar.

El primer acto sirve para situar personajes, crear un clima y centrar la atención del público en la incertidumbre de la posible inspección. En el segundo acto, con la aparición de la inspectora, la acción puede hacer aguas. Miralles resuelve el compromiso de una situación cuyo artificio se debe, en gran parte, al estereotipado diseño del nuevo personaje con una solución que evita el descarrío afrontando la salida sentimental y humana. Es un recurso para una escena cuyo fundamento no ha sido resuelto con la desenvoltura necesaria.

Angel Fernández Montesinos mueve en la sala del Centro Cultural de la Villa nueve actrices sobre el amplio escenario. No es un cometido fácil gobernar el gallinero, y pido perdón por haber caído en la tentación de dejarme llevar por el chiste fácil. Hay pasajes en que tiene que combinar la inmovilidad escénica de algunos personajes con la acción de los otros. El diseño de la comisaría no ofrece una buena solución al problema que ha de resolverse mediante un insuficiente juego de luces. El espectador acaba aceptando dócilmente la fórmula como también el excesivo manierismo de la inspectora, encarnada por Ana Trinidad, y la adolescente ingenuidad de Rosa representada por Blanca MarsiIlach. Muy eficaces y sugerentes María Asquerino, Pilar Bardem, Mari Paz Ballesteros y Charo Soriano.

La verdad es que no hay motivo para ser puntillosos. Mirailes no ha sido pretencioso, sino realista, y en haberse adaptado a las posibilidades de la situación reside su mejor mérito. El espectador agradece el rato, se ríe cuando se tiene que reír y, si adviene insuficiencias, pasa por ellas porque tampoco se trata de reflexionar ni de juzgar sobre las condiciones de una sociedad tan deficiente que en ella las mujeres se comportan como mujeres, incluso cuando están animadas por el impulso feminista. Se trata de pasar un rato entretenido en esta oficina a cuyo diseño, para que sirviese a una serie de telefilme, únicamente bastaría sustituir una farmacia de guardia por una comisaría especial.

Milenios y cometas

Acabo de leer El año mil, de Georges Duby, el historiador de moda. Hace veinte años leí otro libro, espléndido, de Henri Focillon que llevaba el mismo título. El milenarismo me ha parecido siempre un tema fascinante. Los párrafos que siguen son un ligero memorámdum de mis lecturas al respecto, con una incursión en el campo -o, mejor, en el cielo- de los cometas, precursores del fin del mundo hasta el desarrollo de la astronomía moderna.

Cometa admirable visto en el aire

Adsón, abad de Montier-en-Der, en la Champaña francesa, dirigió en 954 una carta a la reina Gerberga sobre el lema del Anticristo (Epistula ad Gerbergam reginatn de ortu el tempore Antichristi, editada por E. Sackur a finales del siglo XIX). Era la tal Gerberga esposa del rey francés Luis IV de Ultramar, que murió precisamente en 954, el año en que su reina solicitó de Adsón información acerca de asunto tan espinoso. Tras exponer lo que entiende por Anticristo y demostrar que hubo y habrá siempre ministros suyos -como los que cometen injusticias, aquellos que violan las leyes y los que no se atienen a las normas de la moral pública y privada-, Adsón dice que el Anticristo nacerá de la tribu de Dan, en Babilonia, y que se alzará en Betsaida, añadiendo que reedificará el templo de Jemsalén y que, después de haber ejercido su terrible poder durante tres años y medio, será entregado a la muerte en el Monte de los Olivos.

El bueno de Adsón confunde con harta frecuencia lo que sólo concierne a la misteriosa bestia del Apocalipsis con lo que atañe al Anticristo. Sin emprender el vuelo de un polemista que pretende destruir un error doctrinal fuertemente arraigado, su argumentación principal intenta extirpar de raíz la falsa creencia de los que suponían próximo el fin del mundo (entre ellos, acaso, Gerberga, la destinataria del libro). Adsón asegura a su soberana que la aparición del Anticristo no tendrá lugar hasta que se cumpla la apostasia general vaticinada por San Pablo, y que, aun después de la aparición y ulterior destrucción del Anticristo, no tiene por qué seguirse de inmediato el Juicio Final y, como consecuencia, el fin del mundo. Las últimas palabras de la carta insisten en que sólo Dios sabe la hora en que tendrá lugar el Juicio Universal y que, por consiguiente, son inútiles todas las conjeturas al respecto.

Representación del cometa

Adsón asegura a su soberana que la aparición del Anticristo no tendrá lugar hasta que se cumpla la apostasía general vaticinada por San Pablo, y que, aun después de la aparición y ulterior destrucción del Anticristo, no tiene por qué seguirse de inmediato el Juicio Final y, como consecuencia, el fin del mundo. Las últimas palabras de la carta insisten en que sólo Dios sabe la hora en que tendrá lugar el Juicio Universal y que, por consiguiente, son inútiles todas las conjeturas al respecto.

El tratado de Adsón en forma de epístola se hizo tan famoso que, en siglos posteriores, se atribuyó ni más ni menos que a San Agustín, y también a Alcuino y a Rábano Mauro, los intelectuales caro litigios. Cinco o seis años después de escrito, hacia 960, Bernardo, un visionario de Turingia, anunciaba como próximo el fin del mundo. Hacia 995, Abón, abad de Fleury-sur-la-Loire, escribe: «En mi primera juventud, cuando era novicio en Fleury, el año del Señor de 958, oí predicar al pueblo que. luego que pasaran los mil años desde el nacimiento del Salvador, vendría el Anticristo y, poco después, el Juicio Final. Me opuse con todas mis fuerzas a esta opinión valiéndome de los Evangelios, del Apocalipsis y del Libro de Daniel».

En el siglo X, el estado de la sociedad en Europa Occidental parecía favorable a la difusión de las ideas milenaristas. Con todo, éstas no tuvieron demasiado éxito entre el pueblo, ni tampoco entre el clero y las clases privilegiadas. Algunos espíritus débiles, apocados o simplemente ávido de maravillas pudieron engañarse interpretando mal el Apocalipsis y temblar viendo cómo se acercaba la primera hora del nuevo siglo, y con ella el Juicio Final, porque Anticristos previos no faltaban entre los mandatarios de la época; pero no hubo en vísperas del año 1000 ese terror intenso y general del que hablan ciertos historiadores modernos.

Los argumentos de los partidarios de un terror universal en los últimos años del primer milenio no pueden resistir el examen de una crítica severa, ya que no se basan en ningún texto decisivo y tienen en contra el testimonio de Jos escritores contemporáneos. El estado político, religioso, literario y artístico de Europa (sobre todo, de Francia), en aquella época prueba que de ninguna manera se temía ese día en que la cólera divina reduciría el mundo existente a polvo y a cenizas. Todos los datos que las crónicas proporcionan acerca de ¡os últimos años del siglo X desmienten categóricamente la supuesta psicosis colectiva del año 1000.

La Reforma

La Reforma, a comienzos del siglo XVI. atraería a la gente al estudio del Apocalipsis. El retorno a la Biblia, la fe profunda en su inspiración literal, las apasionadas luchas de los príncipes reformistas contra el Anticristo de Roma, las tremendas persecuciones que los primeros protestantes tuvieron que sufrir, lanzaron a algunos de ellos a las especulaciones apocalípticas. La reforma realizada pareció incompleta y se pensó en renovaciones más radicales, siendo especialmente en el seno de los anabaptistas donde con más empeño se exhibió esta tendencia. Famosa es la caricatura de teocracia que Juan de Leiden llegó a fundar y sostener por algún tiempo en Münster.

En el siglo X, el estado de la sociedad en Europa Occidental parecía favorable a la difusión de las ideas milenaristas. Con todo, éstas no tuvieron demasiado éxito entre el pueblo, ni tampoco entre el clero y las clases privilegiadas

El siglo XVII tuvo también sus milenaristas en Francia, en los Países Bajos, en Inglaterra, en Alemania. Coincidiendo con este nuevo auge del milenarismo. comenzó a escribirse su historia. Se dedujo que el siglo X había creído en el próximo advenimiento del remado de Cristo. La imaginación enlazó esta creencia con las calamidades de la época, y no hubo dificultad alguna en representarse a los hombres llenos de espanto, acogiéndose a sagrado y abandonando toda obra humana en previsión de la venida del Juez Supremo a un mundo agonizante.

Una vez construida la leyenda, la acreditaron los expertos en antiquitates y la vulgarizaron los historiadores. Le Vasseur descubre en sus Anales de la iglesia de Noyon (1633) los cinco libros de las Historias de Radulfo, Raúl o Rodolfo el Glabro (glaber en latín es algo así como «pelado», «calvo»). En el libro III, capítulo 13, de esas Historias se dice: «Corría ya casi el año tercero después del 1000 cuando en el mundo entero, pero especialmente en Francia y en Italia, se reconstruyeron muchos templos. Se hubiera dicho que la tierra misma, sacudiéndose la vejez y liberándose de la muerte, se revestía con una blanca túnica de iglesias» (cito por la edición de Guglielmo Cavallo y Giovanni Orlandi, Fondazione Lorenzo Valla. 1989, p. 133). Y en el capítulo 13 del libro IV: «El año 1000 de la Pasión de Cristo [es decir, el año 1033, año funesto y terrorífico en la narración de Rodolfo] se creía que el orden de las estaciones y las leyes de los elementos habían vuelto al eterno caos y se temía el fin del género humano» lbídem, p. 221).

Los cuatro jinetes del Apocalipsis, Beato de Fernando y Sancha, año
1047. Madrid, Biblioteca Nacional

Dice textualmente Le Vasseur: «Las renovaciones, reparaciones y nuevas construcciones de gran cantidad de iglesias datan del año 1003 d. C.; porque, habiendo cundido por toda la cristiandad el rumor de que en el primer año después del 1000 el hijo del pecado y de la perdición, es decir, el Anticristo, debía aparecer en el mundo, y habiendo corrido esta falsedad por toda Francia, predicada en París, sembrada en toda Europa y tenida por artículo de fe en las conciencias sencillas y timoratas, nadie pensaba ya sino en bien morir y en disponerse a sostener con valor los ataques de este enemigo del cielo… Pero llegó el año 1001, y el siguiente, y no hubo noticia alguna de (a llegada del hijo del pecado, con lo que los cristianos recobraron el ánimo y, reconocido el engaño, se entregaron más que nunca a renovar la faz de la Iglesia, sobre todo a raíz de que se cumpliese el plazo de dos años y medio que, supuestamente, había de durar el reinado del Anticristo. Desentendidos. pues, del fin del mundo, se consagraron con alegría renovada a reconstruir y restaurar los templos. Fue entonces cuando fue restaurado nuestro coro (se refiere a la iglesia de Nótre-Dame de Noyon), mejorada nuestra nave y añadido nuestro actual campanario».

Queda, pues, claro, que en 1633, fecha en que se publica la obra de Le Vasseur, se creía que las iglesias fueron reconstruidas en el siglo XI para glorificar a Dios, que se dignaba prolongar la duración del mundo. Pese a la evidencia de este tipo de reconstrucciones , la creencia en el pánico del año 1000 no fue admitida fácilmente por los historiadores del Renacimiento y del Barroco. Pondré un ejemplo. No se habla para nada de esos terrores en las primeras ediciones de la célebre Crónica de Juan Tritemio (1462-1516), pero en su reedición de 1690 puede ya leerse: «Hubo en el año 1000 de la Encamación en toda Europa numerosos y violentos terremotos que destruyeron bellos edificios. Se vio en el cielo un espantoso cometa que hizo creer a muchos que se acercaba el fin del mundo. Años antes, algunos hombres, engañados por falsos cálculos extraídos del Apocalipsis. predijeron que este mundo visible terminaría el año 1000 de Jesucristo».

Mabillon alude a los mismos acontecimientos en sus anales de la orden de San Benito, publicados en 1707. A lo largo del siglo XVIII se consolida en la historiografía europea la leyenda del año 1000. En 1769, el británico Robertson la introdujo en su cuadro de! progreso de la sociedad en Europa, introducción a su Historia de Carlos V. En este libro, de gigantesco éxito en las universidades europeas, aprendieron la leyenda del año 1000 muchos de los historiadores y eruditos del siglo XIX. El manual de Robertson adquirió fortuna bajo el doble prestigio de su manejo de las fuentes y de su habilidad en el arte de narrar. Así pues, lo que no era más que un mito se fue convirtiendo en un acontecimiento de peso en la historia de la humanidad

Siglo XIX

El siglo XIX recogió y aumentó los terrores milenaristas. Y, como los siglos anteriores, también el siglo de Marx y Darwin tembló de miedo ante los cometas, testimonios luminosos y mudos de la ansiedad del hombre. En la Edad Media, y aun en el siglo XVI, el espíritu humano veía en la aparición siempre imprevista y sorprendente de los cometas todo tipo de presagios desfavorables: guerras, pestes, incendios, muertes de reyes; y los historiadores no dejaban de señalar las coincidencias de los cometas y de las desgracias más terribles. Hace poco apareció la versión castellana, llevada a cabo por Ignacio Malaxecheverría, de la edición de 1575 de los Monstruos y prodigios, de Ambroise Paré (Madrid, Siruela. 1987): entre las maravillas de ese libro, está una curiosísima descripción de un cometa (p. 135 ss.).

«Los antiguos -escribe Parénos dejaron escrito que la faz del cielo se ha visto muchas veces desfigurada por cometas barbudos y de largos cabellos… La antigüedad -dice Pierre Boaisluau en una de sus [ed, Richard A. Carr, París, Champion, 1977], utilizando como fuente el Prodigiorum ac ostentorum chronicon de Conrado Licóstenes [Basilea, 1557]- no conoció en los aires nada más prodigioso que el horrible cometa de color sangre que apareció en Westrie el 9 de octubre de 1528. Este cometa produjo en el pueblo tan gran terror, que algunos murieron de pánico y otros cayeron enfermos. La visión de este extraño cuerpo celeste duró una hora y cuarto, y comenzó a mostrarse por el lado del sol naciente hacia el mediodía. Parecía ser de descomunal longitud y era, efectivamente, de un color rojo similar al de la sangre. En su parte superior se veía la figura de un brazo doblado que sujetaba en la mano una gran espada, en actitud de herir con ella. En el extremo de la espada había tres estrellas; la que estaba justamente en la punta era más clara y reluciente que las otras. A ambos lados de los rayos del cometa se veía gran número de hachas, cuchillos y espadas teñidas de sangre entre las que había gran número de rostros humanos repulsivos, con las barbas y los cabellos erizados, tal y como lo veis en el grabado [figura 1]. Después de la pasión de Jesucristo, la destrucción de la ciudad de Jerusalén fue anunciada por varios signos, entre ellos uno espantoso en forma de espada de fuego reluciente [figura 2], que apareció por espacio de un año encima del templo, como mostrando que la cólera divina quería vengarse del pueblo judío mediante el fuego, la sangre y el hambre. Y tal ocurrió, pues sobrevino una hambruna tan calamitosa, que las madres se comieron a sus propios hijos. Y luego la ciudad fue destruida por los romanos».

El siglo XIX recogió y aumentó los terrores milenaristas. Y, como los siglos anteriores, también el siglo de Marx y Darwin tembló de miedo ante los cometas, testimonios luminosos y mudos de la ansiedad del hombre

Ya lo dijo Claudiano: «No se ha visto jamás cometa en el cielo que no traiga algún mal». Durante mucho tiempo, los cometas fueron considerados como una especie de mensajeros que venían de parte de los dioses a declarar la guerra al género humano. Hoy, por desgracia, no es así. La ciencia actual ha señalado la función que esos cuerpos celestes desempeñan en el orden de la naturaleza. ¿Qué llegaremos a saber de los cometas el milenio que viene?

El origen de la idea de Europa

Europa es una realidad, pero antes de serlo fue un proyecto político impulsado por personas de acción. Y antes fue un manojo de ideas de visionarios y hombres de cultura que, mirando en el trasfondo de la historia de los pueblos europeos, creyeron advertir una unidad de criterio, una afinidad cultural por encima de la diversidad de manifestaciones, un principio ideal rector compartido por debajo de las diferencias. La idea de Europa procede de su piélago medieval. Ortega en su Europa meditatio quaedom escribió que «la unidad europea mero programa político para el inmediato porvenir, es el único principio metódico para entender el pasado de Occidente y muy especialmente al hombre medieval». Esta impresión orteguiana no es un capricho del pensador español. Que la idea de Europa surge antes del Renacimiento es un valor compartido por quienes se han dedicado a hurgar en el asunto. Giovanni Spadolini , intelectual y político italiano , preocupad o y ocupad o por el origen de la vocación europeísta de los distintos pueblos europeos, estudio la Antología de Vieusseux, una revista decimonónica italiana caracterizad a po r l a promoción de la idea europeísta.

La Antología reunió texto s de lo s ilustrado s romántico s italianos principalmente. Durante varios años del primer tercio del siglo diecinueve sirvió con ímpetu a la mentalidad europeísta. Sus escritores fueron moderados representantes de la tradición ilustrada. Herederos de la creencia en una Europa que, en expresión de Voltaire, ya era una «sociedad de los espíritus», promovieron el sentimiento de la identidad cultura! europea. Tiene de interés el vigor con que expusieron que e! sentimiento europeísta nacía del germen medieval cristiano y su empeño en ampliar la visión de quienes, como el hegeliano Michelet, identificaban la actitud europeísta con el centroeuropeísmo germánico a acoger como elemento de esa europeidad a la contribución de los pueblos europeos meridionales.

El espíritu del cristianismo

En la presentación de textos de Spadolini, qoe constituye una antología de la Antología, este universitario que llegó a presidir la máxima magistratura del Estado italiano, insiste en que el aliento definidor de la actitud europeísta procede del espíritu diferencial del cristianismo. En su comentario Spadolini rastrea cómo evoluciona ese núcleo inspirador, cómo se manifiesta incluso en las versiones laicistas de una Europa cultural y secular de ilustrados influyentes, y cómo, en fin, toma conciencia expresa en la reacción romántica. La idea de Europa entre la ilustración y el romanticismo indaga el reencuentro de dos mentalidades que tanto en su origen como en su despliegue más profundo acaban reencontrándose para, más allá de los textos recogidos en esta antología de la revista Antología, acabar fructificando en una realidad prác tica, como unidad económica y política. La idea subyacente es que no hubiera sido posible esa aglutinación administrativa, todavía en consolidación, esa convergencia regulada entre las naciones de Europa, que hoy se llama Mercado Común, si no hubiera existido, subyacente a la diversidad cultural y social, una unidad espiritual más profunda e intensa que emerge de la identidad cristiana de las creencias profundas.

La antología de la Antología tiene interés por el ensayo de su recopilador y por los textos que rescata de la vieja revista. En ella colaboró Mazáni, uno de los grandes pensadores y políticos forjadores de la unidad italiana. En ella se recogen colaboraciones de otros intelectuales ilustres, ilustrados y románticos, modernistas y progresistas. Algunos de estos artículos merecen especial atención por parte del lector curioso, como el relativo a la iniciativa del utópico Robert Owen de oqjanizar en la localidad escocesa de New-Lannark fábricas y escuelas socializadas. Los textos recogidos están divididos en diez epígrafes cada uno de los cuales constituye por sí sólo una invitación a satisfacer la curiosidad difícilmente eludible por quien tenga preocupaciones ilustradas.

El ozono y la vida

El ozono es un estado alotrópico del oxígeno. Por el término alotropía se entiende la propiedad, que presentan ciertos elementos, de poder existir en más de una forma, debido a diferentes disposiciones de los átomos o de las moléculas. Así, una molécula de oxígeno contiene dos átomos, mientras que una molécula de ozono contiene tres. El ozono es un gas azul claro, que resulta tóxico para la vida humana, incluso en pequeñas concentraciones. Pero, en la estratosfera, produce una acción que resulta esencial para la vida en la Tierra. Pues protege la superficie de nuestro planeta de la radiación ultravioleta producida por el Sol, que podría de otra forma barrer la vida de la mayor parte de nuestro mundo.

El agujero en el cielo fue observado por primera vez por un equipo de investigadores británicos que trabajaban en la Antártida en 1982. Más tarde, se observó que no se trataba de un fenómeno aislado, lo que se vio por la disminución del ozono, en los últimos años, sobre el Hemisferio Sur. O sea que la integridad de la capa de ozono se encuentra seriamente amenazada por determinados productos (de forma particular, por los que contienen cloro) cuya presencia en la alta atmósfera ha aumentado , en los últimos tiempos, de forma espectacular. Y es, a través del agujero del cielo, donde pasa, con mayor facilidad la radiación ultravioleta. En la primera parte de este libro, escrito de forma clara y con una abundantísima documentación, su autor John Gribbin, nos describe los hechos, para pasar, posteriormente, a exponer las posibles vías para remediar esta situación.

Nuevas medidas

A ello dedica el último capítulo, que lleva el título de: estrategias para la acción. En este sentido, resulta particularmente importante la conferencia de Montreal, que dio lugar a un tratado internacional dirigido a proteger el medio ambiente. Se garantizan, y aquí puede residir lo más importante de esta reunión, revisiones periódicas a la luz de la nueva evidencia científica. De todos modos, continúan siendo vertidos en el aire productos que atacan al ozono. Aunque sólo consideremos el agujero de la Antártida, los biólogos se encuentran preocupados por la amenaza, que pesa sobre el fitoplancton, que supone el que cada vez más radiación ultravioleta alcance la superficie del océano en la región. Se ha demostrado que desciende, de forma notable, la actividad del fitoplancton, que es la base de la cadena alimenticia de la que dependen el pescado, los moluscos y los crustáceos. El autor concluye afirmando que «la historia del agujero en el cielo y sus implicaciones para la humanidad están muy lejos de haber pasado». Una serie de razonamientos y de declaraciones de los principales científicos implicado s e n esta problemática, como Joe Earman, que descubrió el agujero, o Sherry Rowland, nos llevan a la conclusión de que el daño «que ya hemos hecho a la capa de ozono estará con nosotros y con nuestros hijos y nietos a lo largo de los siglos XXI y XXII».

La edición, en español, de este libro aparece en un momento particularmente interesante. Crece, por todas partes, y nuestro país no es una excepción, la preocupación por los problemas relacionado con el medio ambiente. Desde que el alemán Ernst Haeckel, acuñara en el siglo pasado el término Ecología, como la ciencia que se ocupa de las relaciones e interdependencias entre los seres vivos y su medio ambiente, han sucedido muchas cosas. Y de la Ecología, como ciencia, se ha pasad o al ecologismo, que consiste en una actitud moral ante la Naturaleza. Surgen, así, los partidos y los movimientos ecológicos. que tienen, cada vez, más presencia en el Viejo Continente. De ahí la oportunidad de este libro.

La industria de los libros blancos

La transición española a la democracia se inició en medio de las repercusiones de la crisis económica que había sacudido al mundo tras la guerra árabe-israelí del último trimestre de 1973. Los países occidentales reaccionaron con rapidez adoptando medidas para hacer frente a la nueva situación, pero aquí se perdió el tiempo entre la inoperancia y desorientación de los últimos Gobiernos franquistas y la explicable prioridad concedida a los asuntos políticos cuando fue posible orientar al país hacia un sistema de libertades.

En 1977, el año más inflacionista de nuestra historia moderna con una tasa superior el 26%, los problemas económicos habían comenzado a hacerse evidentes y la industria era el sector que los padecía con mayor intensidad. La energía, materia prima que había sido la base de su expansión, había visto multiplicarse sus precios y, por otra parte, el afán de cultivar actividades básicas o estratégicas había llevado a las fábricas españolas a producir con altos costes unos artículos cuya demanda estaba cayendo en picado. Ya no iban a hacer falta cuartas siderúrgicas ni quintos astilleros, sino organizar lo que estaba funcionando para que no nos llevara a la mina.

Los Pactos de la Moncloa abrieron un camino que duró tan poco como la presencia en el Gobierno de UCD de su inspirador, Enrique Fuentes Quintana. Al frente de la cartera de Industria se sucedieron ministros como Alberto Oliart, Agustín Rodríguez Sahagún, Carlos Bustelo e Ignacio Bayón, conscientes todos de la necesidad de acometer una profunda reconversión del sector, pero sin tiempo ni medios para iniciarle, rti facilidades de ningún género por parte de la oposición política y de los sindicatos para su ulterior desarrollo.

Hubo de seguirse una política de parches, prestando aquí para poder pagar una nómina y apuntalando allí para que no se perdiera un contrato que iba a sostener el empleo durante un semestre en alguna que otra fábrica. Un ejercicio de simple supervivencia con aciertos aislados, como la legislación de la etapa de Rodríguez Sahagún que permitió consolidar la presencia en España de las multinacionales del automóvil y liberalizar este mercado.

Los sectores de la eterna crisis

Con Ignacio Bayón como ministro fue publicado en junio de 1981 un Decreto-Ley que un año más tarde se transformó en Ley de Reconversión Industrial. Allí se detallaban las medidas financieras, fiscales y laborales que iban a poder establecerse en ayuda de los sectores en crisis, y se hacía una enumeración de éstos que comprendía los once siguientes: – Electrodomésticos línea blanca – Aceros especiales – Siderurgia integral – Textil – Equipo eléctrico para la industria de automoción – Construcción naval

  • Semistransformados de cobre
  • Componentes electrónicos
  • Acero común
  • Calzado

Forja pesada

«Nada nuevo bajo el sol» podría decirse al repasar diez años después la lista de sectores con dificultades importantes, sensación que se afianza al saber cuáles son las empresas que aisladamente fueron incluidas también en proceso oficial de reestructuración:

  • General Eléctrica Española
  • Westinghouse, S.A.
  • Asturiana de Zinc, S.A.
  • Automóviles Talbot, S.A.
  • Standard Eléctrica. S.A.

La lejanía entre las intenciones y los resultados en los procesos de reconversión la ilustra el caso de Asturiana de Zinc. Esta empresa, que era y es una de las más avanzadas de su actividad (vende tecnología en bastantes países industrializados) se pasó el año 1989 ganando mil millones al mes y fue la estrella del ejercicio en Bolsa; sin embargo, tres años después arrastra unas fuertes pérdidas, que acaban de obligarle a ampliar capital para compensarlas. Y la razón no es otra que el nivel internacional de precios del zinc, que en el 89 era muy alto y ahora es muy bajo: el mercado puede más que cualquier programa reestructurador.

El primer Libro Blanco

Fue a un Gobierno de UCD al que correspondió formular legalmente la reconversión, pero tocó al primero de los del PSOE llevarla a la práctica. En mayo de 1983, con introducción a cargo del ministro de Industria Carlos Solchaga, se presentó el llamado «Libro Blanco de la Reindustrialización», que pretendía hacer un diagnóstico de la crisis industrial, generar un proceso de reflexión y debate sobre el tema, y orientar sobre futuras actividades. A pesar del título de la obra, esta última parte era la menos explícita.

La descripción de cómo se encontraban los sectores seleccionados para la reconversión induce también a pensar al cabo de diez años que el tiempo pasa en balde. He aquí algunas de las ideas expresadas por entonces:

  • Recuperar la competividad internacional {siderurgia, integral)
  • Conseguir un acuerdo global entre empresas sobre los objetivos de producción (acero común)
  • Reducir costes y mejorar la calidad de la producción (aceros especiales)
  • Sanear, aumentar la dimensión de las empresas y cooperar con firmas internacionales (forja).
  • Reducir capacidad y empleo y establecer diferencias entre grandes y pequeños astilleros (construcción naval).
  • Agrupar empresas para conseguir una mayor productividad (electrodomésticos)
  • Incentivar la moda, el diseño y la investigación (industria textil).

Todo suena a conocido y a reciente, porque a la hora de definir las necesidades actuales de la industria se emplean casi los mismos términos, sin que ello signifique no obstante que desde el comienzo de la reconversión hasta ahora baya mediado un tiempo perdido. La política oficial de reconversión hizo de los sectores y empresas elegidos un proceso cerrado en sí mismo, eludiendo la reasignación de recursos desde los sectores productivos o en declive hacia otros con futuro. Como señala el profesor Álvaro Cuervo, el resultado ha sido el que las empresas en quiebra técnica reciben los recursos de manera prioritaria. Por otra parte, el retraso en el comienzo de las actuaciones, agravado por debates interminables entre Administración, empresas y sindicatos, hizo que muchas veces se llegara tarde a intentar la solución de unos problemas que el paso del tiempo convertía en irresolubles. Las ayudas financieras fueron dispensadas con lentitud y se revelaron insuficientes y las reducciones de plantillas se efectuaron con un altísimo coste, y no quedó dinero para apoyar una política de inversiones para transformar viejos activos industriales en proyectos con futuro.

Años conflictivos

Fue el primer Gobierno del PSOE al que tocó poner en marcha la parte más fuerte de la reconversión, con Carlos Solchaga como ministro de Industria y Miguel Boyer como responsable de la política económica. Más tarde, bajo el mando de Solchaga, tocó a Luis Carlos Croissier, Joan Majó y Claudio Aranzadi continuar el arduo proceso, salpicado de protestas sociales -Sagunto, Asturias y Vizcaya, sobre todo- y en el que no desaparecieron por completo actuaciones propias de un pasado con menor racionalidad económica: la falta de definición sobre Hunosa o la demagogia ejercida con la inviable Presur.

La recuperación económica internacional llegó a España en la segunda mitad de los ochenta y ayudó a que la industria viese aliviadas sus dificultades y el empleo cambiara de signo en sus estadísticas. El período de reconversión se dio así por terminado de manera aparentemente satisfactoria, dejando por el camino más de cien mil empleos y una cantidad de dinero sobre la que no hay evaluaciones fiables ni estimaciones demasiado coincidentes. Cuatro billones de pesetas sumando todos los conceptos es una cantidad que puede estar cerca de la realidad, aunque el Gobierno sólo reconoce algo más de dos billones hasta 1990.

Cuando la fiebre reconversora se encontraba en su apogeo, fueron bastantes los que opinaron que se trataba de un proceso que difícilmente llegaría a tener una conclusión; que se había entrado en la reconversión permanente, o si se quiere decir con mayor propiedad, en el ajuste permanente. Y no sólo porque hay sectores muy vulnerables a las variaciones de coyuntura, sino porque los avances en la tecnología y en los métodos de fabricación obligan a continuas reducciones de puestos de trabajo. Un nuevo modelo de automóvil, por ejemplo, requiere como regla general un 10% menos de personas para producirlo que el modelo sustituido.

El mal arranque de los años noventa ha hecho que nos encontremos en un momento en el que el sector industrial plantea nuevamente problemas de exceso de capacidad instalada, elevados costes de funcionamiento, oferta inadecuada a la demanda y plantillas sobredimensionadas. Parece como si regresáramos a los alrededores del año ochenta, pero las circunstancias no son las mismas.

La incidencia de la CE

En el escenario en que se mueve la industria española ha habido en los últimos años algo más que reconversiones. Tal proceso de incorporación de nuestro país a la Comunidad Europea, iniciado el 1 de enero de 1986, ha supuesto que el sector haya experimentado cambios radicales. El desarme arancelario, la necesidad de adoptar la normativa nacional a la legislación comunitaria y la apertura a una competencia más fuerte en todos los terrenos han sido duras pruebas que no concluirán el próximo 1 de enero con el final del período transitorio España CE. La extensión del tratamiento intercomunitario a otras áreas económicas mundiales y la necesidad de cumplir los objetivos de convergencia señalados en la conferencia de Maastricht auguran la prolongación de los tiempos complicados.

Al sector industrial los primeros años de experiencia comunitaria le han dado bastantes quebraderos de cabeza. La mayoría de sus costes de producción, sean mano de obra, materias primas o servicios, tienen crecimientos de precios cercanos al 10%. pero las empresas industriales no ven crecer el precio de venia de sus productos (en general, sustituibles por fos de importación, más allá del 1%. Un comportamiento benéfico para el país, porque contiene la inflación, pero perverso para la cuenta de resultados de las compañías, no es extraño que bastantes propietarios de éstas hayan optado por retirarse, vendiendo sus acciones en la mayor parte de los casos a sociedades extranjeras.

Los continuos aumentos de costes de producción han llevado a la industria española a una alarmante pérdida de competí ti viciad, especialmente acusada durante los tres últimos años, en los que han sido muchas las multinacionales con fábrica en nuestro país que han visto como éstas pasaban de producir más barato a producir más caro que en otros países europeos.

De cara a aquel «pacto de competitividad» que nunca llegó a firmarse, la organización empresarial del metal enumeraba estos factores como determinantes de una situación de inferioridad de la industria española ante el mercado único:

  • Encarecimiento de los costos laborales unitarios
  • Carestía e insuficiencia de la financiación a largo plazo – Débil desarrollo de la normalización y certificación – Escasa dimensión empresarial – Reducido volumen de inversiones en investigación y desarrollo – Deficiente formación profesional de la mano de obra – Inadecuada oferta energética – Rigidez del marco legal e institucional.

Escaso peso de la industria

El último ejercicio ha acentuado estos rasgos desfavorables, al regisirar.se un descenso cercano al 1 % en la producción de la industria. Las autoridades de ramo quitan importancia al hecho, alegando que se trata de una crisis coyuntural y que en otros países la situación es peor que la nuestra, pero hay datos que no sostienen esa teoría: la utilización de la capacidad productiva en España es inferior en 4,5 puntos porcentuales a la media de la CE y el porcentaje de la producción industrial sobre el PI.B. se ha mantenido de 1986 a 1990 entre un 44 y un 45% en el conjunto de los países comunitarios, mientras que aquí ha bajado del 29.2% al 25,6% durante ese período en el 91 se ha quedado en sólo el 24,4%.

Un país de la población y extensión de España no puede permitirse tener una industria tan limitada. Se podrán hacer importaciones mientras duren las divisas, pero no se podrá mantener una actividad económica equilibrada, ni un nivel de empleo aceptable, ni una balanza comercial que no tenga, como ahora, el segundo déficit del mundo tras Estados Unidos, ni siquiera ofrecer negocio al sector servicios y conservarlos en buenas condiciones operativas.

Pero si existe acuerdo sobre la necesidad de que España mantenga y acreciente su industria, no lo hay tanto acerca de los métodos para hacerlo. Frente a la postura de los sindicatos, que continúan propugnando el intervencionismo del Estado y el mantenimiento a ultranza de los puestos de trabajo como si continuáramos en plena autarquía, no escasean los partidarios de! lema «la mejor política industrial es la que no existe».

Segundo Libro Blanco

La actitud gubernamental está reflejada fundamentalmente en el documento «situación y Política Industrial», remitido por el Presidente González a los secretarios generales de UGT y Comisiones Obreras tras la entrevista que reunió a los Eres el pasado 4 de marzo. Es un texto aparecido semanas después del envío a las Cortes del proyecto de una nueva Ley de Industria que viene a sustituir a la que estaba vigente desde nada menos que 1939.

El documento es de corte bastante liberal en sus planteamientos. Al mareen del canto hiperbólico a tas realizaciones del decenio del PSOE, señala que el Gobierno no prevé poner en práctica una política industrial sectorial con «definición de objetivos a alcanzar en términos de valor añadido, empleo y actividad exportadora» para los diferentes sectores industriales y una «evaluación de los resultados en esos mismos términos», sino que el núcleo serán cuatro programas de carácter horizontal:

  • Plan de Actuación Tecnológica Industrial
  • Plan de Internacionalización Empresarial
  • Plan Nacional de Calidad Industrial
  • Plan de Diseño Industrial

Se pone el acento en actuaciones que sirvan para cualquier tipo de industria, pero no se abandonan del todo las políticas sectoriales. a través del Plan Energético Nacional 1990/2000 o de otras que se consideran de carácter excepcional y transitorio: de ajuste, como en el carbón y en la construcción naval: de promoción de industrias como la medioambiental o de apoyo a la competitividad de actividades como textil, turismo y siderurgia. Parece clara la voluntad de orientar la política industrial por caminos alejados del intervencionismo y las subvenciones, lo cual resulta, por otra parte, obligado si se quieren seguir las directrices comunitarias, que van a aplicarse con mayor severidad en este terreno a partir del comienzo del 1993. Es de esperar que las presiones sindicales, las movilizaciones callejeras y los compromisos electoralistas no tuerzan estas buenas intenciones.

La reconversión/reindustrialización partió hace diez años de un «Libro Blanco» y prueba de que las cosas no han cambiado tanto es que se vuelve a las andadas: en su documento, el presidente del Gobierno anuncia que para diagnosticar la situación industrial y las medidas a adoptar se está preparando para el otoño otro «Libro Blanco». Esperemos que tanto papel en blanco no nos conduzca hacia el desierto industrial.

La justicia. Promesa y esperanza

Si estrujáramos a fondo las palabras y los preceptos de la Constitución hasta dejarla en la pura médula, es posible que en ella no encontremos otras sustancias que la persona, la ley y el juez. La cuestión consiste en saber si, en efecto, funcionan como sustancias. Porque, nuestra Constitución, como todas es. ante todo, el proyecto de una esperanza en el vigor de sus principios: la persona individual aspira a desplegar su riqueza interior en la comunidad, sabiéndose libre, incluso para agruparse: su posición en la comunidad la encuentra diseñada en una ley que han elaborado sus representantes; la garantía de que esa ley se ha de cumplir, se la brinda ese juez que siempre está al fondo.

A los catorce años -casi- de vigencia, sería aleccionador intentar un recuento de cómo han respondido los principios. Y dilucidar un problema más acuciante todavía: confrontar el funcionamiento de aquéllos con el pulso de la esperanza que. me temo, es sumamenie débil. Sin ninguna connotación ética, y menos aún religiosa, los acontecimientos de esa «casi» quincena nos han precipitado contra el frontón del examen de conciencia. Procuraré decirlo en las menos palabras posibles: hasta qué punto tiene derecho la persona, protagonista de la Constitución, a resignar sus esperanzas sólo porque los principios y las instituciones que los encarnan, hayan funcionado mal; o, en casos límites, no hayan funcionado.

Del inmenso e inmarcesible repertorio de preguntas que este panorama brinda, voy a limitarme al juez.

Si nos conformamos con las definiciones legales que circulan, casi desde la Constitución de 1812 hasta el artículo 117 de la de 1978, el juez, como integrante de !a Administración de Justicia, de la Justicia y, hoy, del Poder Judicial, juzga y hace ejecutar lo juzgado, aplicando la Ley – o el ordenamiento jurídico- a través de un proceso delimitado por la pretensión de tutela que le formula una parte y por la oposición que a la misma formula la contraria. Responde el poder judicial al esquema tripartito de los poderes del nuevo Estado, articulado sobre el pensamiento de Montesquieu y de Locke más que por estos pensadores.

Conforme a este esquema, el juez está sujeto a la Ley, en cuanto expresa la voluntad general del titular de la soberanía; pero sólo a ella. Cuantas relaciones se generen bajo la cobertura de la ley, aunque dimanen de la actuación de los restantes poderes, quedan sujetas a la fiscalización judicial. Este escueto principio resume una ardua y tenaz conquista en el seno mismo del Estado de Derecho. La lucha por esta conquista está lejos de haber terminado. Los logros que ha conseguido no han hecho otra cosa que abrir horizontes más dilatados. Precisamente los que ya insinúa el artículo 24.1 de la Constitución al consagrar como derecho fundamental de todos el de obtener plena y eficaz tutela judicial de cualquier derecho o interés legítimo.

En toda contienda entre particulares; entre un ciudadano y el poder; o. incluso, entre los mismos poderes, siempre aparece como figura apaciguadora, precisamente porque dispone de posiSi bien el juez no puede traspasar la ley, puede -y debe- interpretarla según la Constitución, agotando la exégesis del precepto aplicable al caso para tratar de acomodarlo a aquélla bilidades de solución, un juez. Una sociedad que se dice avanzada y que, sin renunciar a sus avances, quiere sentirse arropada por el Estado de Derecho, tiene que plantearse, de una vez. qué espera y qué puede esperar de un juez. El juez es un funcionario muy «sui generis» -pero funcionario al fin- de quien se solicita el último amparo, aun a sabiendas de que lo que él decida ha de detenerse ante la ley. Esta frontera no es aceptable, sin más, en el Estado de Derecho. De una parte, el evidente desprestigio de la ley, correspondiente al deterioro no menos patente de los legisladores. reduce esta norma básica de! ordenamiento, a poco mis que a un mandato del ejecutivo que necesita revestirse con la sanción parlamentaria, cualquiera que sea la materia sobre que verse y declinando desde la propia elaboración su vocación de permanencia ordenadora. De otra parte, hay -o debe haber- una conciencia clara de que, a pesar de todo, el juez- funcionario no puede suplantar la voluntad del titular de la soberanía.

Constitucionalidad

De la tensión entre la expansión y el límite ha nacido, sin duda, el juicio sobre constitucionalidad de las leyes, confiando así en que la norma de normas será siempre suficiente para contener aJ legislador dentro de los grandes principios que vertebran el Estado. Juicio confiado a jueces no integrados en el poder judicial, cuya independencia queda garantizada, básicamente, por su mandato temporalmente limitado y, ni que decir tiene, ausente de todo vínculo imperativo.

La conciencia social más perspicaz ha intuido ya el profundo sentido que tiene la proclamación constitucional de que las normas de todo rango, del legislador, del ejecutivo, incluso las resoluciones que especifican su aplicación a los casos litigiosos, integran un auténtico ordenamiento, en el que los principios ordenadores, con fuerza normativa, iluminan, explican y depuran el resto de las normas. Entre ellos hay que resaltar todo el sistema de derechos y libertades fundamentales, piedra angular del Estado.

De entrada, el juez es el primer custodio de los derechos y libertades fundamentales; el amparo que debe dispensarles no puede detenerse ante la ley por imperativo -y bien apremiante, por cierto- del artículo 53 de la Constitución.

Enseguida hay que señalar que. si bien el juez no puede traspasar la ley, puede – y debeinterpretarla según la Constitución, agotando la exégesis del precepto aplicable al caso para tratar de acomodarlo a aquélla (artículo 5.3 de la Ley Orgánica del Poder Judicial). Sólo cuando ello no sea posible, el juez planteará la cuestión de inconstitucionalidad de la ley que ha de aplicarse necesariamente, ante el Tribunal Constitucional, El juez no puede traspasar la ley, pero puede poner en cuestión su validez, lo que supone un primer juicio de constitucionalidad no influido por los criterios políticos o de oportunidad que puedan haber suscitado – o haber eludido- el recurso directo; sino por imperativo de la coherencia interna y de la pretensión de vigencia del ordenamiento.

En ambos casos, el juez resulta el primer custodio de la Constitución; y en el segundo, además, el impulso que pone en movimiento al Tribunal Constitucional y garantiza que, en ningún caso y en ningún tiempo, una ley inconstitucional va a cobijar, como de contrabando, situaciones jurídicamente insostenibles.

Derecho Comunitario

Pero lo es también del derecho comunitario europeo. En cuanto debe garantizar su aplicación con prevalencia sobre el ordenamiento nacional; y, sobre todo, en cuanto puede – y en el caso del juez supremo, debe- plantear ante el Tribunal de Justicia de Luxemburgo, las cuestiones de prejudicialidad previstas en el Tratado de Roma (art. 177), para que éste pronuncie con carácter vinculante el sentido, alcance y vigencia de la norma comunitaria a aplicar en el litigio. El proceso que el juez dirige y encauza para resolver sobre la pretensión de tutela que se le ha formulado está concebido como el cauce idóneo para garantizar un fallo conforme al ordenamiento; la parte más sustancial del proceso se ha constitucionalizado; los llamados presupuestos procesales, la imparcialidad de! juez y el derecho de defensa en su más amplio sentido, se configuran como el contenido de derechos de todos, integrados, a su vez, en el derecho global a la tutela judicial. Y, naturalmente, bajo la salvaguardia de la Constitución.

Me he referido a los aspectos más salientes de ese derecho a la justicia; la plenitud y eficacia de ¡a tutela que por los jueces debe ser dispensada ha transformado cuantitativa y cualitativamente la función judicial. En las palabras tradicionalmente utilizadas para definir el Poder Judicial se ha insertado una realidad más rica, más profunda y enormemente más compleja. Es cierto que el juez sigue juzgando y haciendo ejecutar lo juzgado, pero el juicio tiene otras pautas: la ley siempre, pero no sólo la ley; hacer ejecutar lo juzgado implica una transformación de la realidad juzgada que se impone incluso a las determinaciones de los restantes poderes del Estado, Estos sienten agudamente el alcance de la fiscalización judicial. No siendo ésta en modo alguno política y procediendo de una organización «no elegida» por los ciudadanos (aun cuando sí, no se olvide, designada por ellos para tal cometido).

tiene, sin embargo, un notorio alcance político, sobre todo en los juicios sobre constitucionalidad de las leyes. El problema, hasta ahora no resuelto, de acomodar esta realidad nueva a la vida efectiva de personas, grupos e instituciones, es, exactamente, el problema de la judicialización del Estado -hecho vigente y, además, normativo- evitando, empero, que el Estado se convierta en un gobierno de los jueces.

No se trata de eliminar las tensiones que se producen entre el control judicial y las decisiones de los poderes activos. Tensión y vida democrática son hechos complementarios e inseparables. Se trata de aceptarlas y proyectarlas hacia una realidad superior, el Estado. Y de que penetre en la mente de sus representantes, elegidos o designados, en la circulación de su sangre, valga la expresión, su condición exclusiva y excluyeme, como simples mandatarios del titular soberano del poder, ante quien son permanentemente responsables.

Para retomar la pregunta que dejé insinuada al principio y buscarle alguna respuesta, tengo que I afrontar la dura y áspera corteza de los hechos, descendiendo de la esfera de los óptima.

Selección

Una función judicial como la que la Constitución exige y promete a los ciudadanos necesita, por lo menos, asegurar la selección y formación de los jueces (en la que incluyo, la toma de posesión de su independencia) y la disponibilidad del proceso adecuado.

No es menester ahondar excesivamente en el Título VI de la Constitución, en lo que explícitamente dice y en lo que presupone la afirmación del art, 122.1, según la cual el CGPJ es el órgano de gobierno del mismo, para deducir que únicamente a este órgano constitucional puede estar encomendada la selección, formación y perfeccionamiento delos jueces. Es, quizá, su última razón de ser. A este respecto, conviene recordar que el Consejo se integra en el Estado con la misma amplitud y por idéntico título que el Gobierno y las Cortes Generales, Sin embargo, la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1 de julio de 1985 ha sustraído al CGPJ la competencia para seleccionar los jueces.

Ni el ejecutivo ni los legisladores parecen tener excesiva prisa, aquél en presentar proyectos de ley o directamente legislar sobre la institución procesal, abordando con decisión la estructura de un proceso constitucional moderno. Sin ello, es inútil cualquier aspaviento sobre la organización judicial. Es imposible concebirla sin saber qué y cómo tiene que actuar.

La Ley de 1985 cuyos objetivos no eran otros que rectificar el sistema de elección de los vocales del CGPJ y poner en efectividad la jubilación anticipada de los jueces, se ha visto ya corregida en tres ocasiones. Esos objetivos tan alicortos, como era de esperar, no han servido para albergar en el viejísimo esqueleto del poder judicial, aquella espléndida y compleja realidad. Y hoy, esa anciana osamenta cruje ya de forma alarmante.

Nunca y en ningún régimen han tenido interés los poderes activos en ocuparse en serio de la Justicia. La única diferencia respecto del Estado constitucional de nuestros días es que el desinterés no puede adquirir naturaleza en los actuales hábitos de vida pública. Esta es la única esperanza para la Justicia. Los intentos por apoderarse de ella resultan demasiado toscos. Y, por fuerza, periclitarán tarde o temprano. Sin embargo, es ya urgente Ja beligerancia en este campo, no sea que cuando las máscaras caigan, el desencanto, para mí el peligro más grave y también más apremiante, se ha ya adueñado ya de la augusta e indefensa señora.