Mi cesta

Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.

Ver productos

Un nuevo modelo de crecimiento economico

La economía española ha vivido una etapa de vigoroso crecimiento iniciada en 1986, cuando recibió el beneficioso impulso procedente del abaratamiento del petróleo. La fase expansiva del ciclo que aún perdura ha tenido como rasgos más positivos una intensa creación de empleo y el brillante avance de la inversión, que permite encarar el futuro con cierto optimismo.

Existen, sin embargo, ciertos perfiles de ese futuro poco tranquilizadores. Sobre él mismo se ciernen sombras amenazantes, que convendría despejar lo antes posible. Da la impresión de que el modelo de crecimiento económico que hemos venido utilizando ofrece síntomas de agotamiento. Ello invita a pensar que dicho modelo ha rendido ya lo mejor que tenía dentro de sí, haciendo obligada su sustitución por otro más equilibrado.

En efecto, la expansión económica de estos años se ha caracterizado por un aumento de la demanda interna —de consumo y de inversión— superior al de la producción. Esa diferencia, ampliada incluso en 1989, ha provocado el resurgimiento de dos viejos problemas de la economía española, la inflación y el déficit comercial con el exterior. La envergadura de los desequilibrios es tal que llega a amenazar la continuidad misma del crecimiento. Para evitar que eso ocurra, el modelo de crecimiento debe evolucionar, apoyándose en mayor medida en las exportaciones, lo que haría que el sector exterior deje de ser un pesado lastre para el desarrollo. Nuestro problema no es de velocidad sino de modo de crecer. Es lógico y deseable que sigamos creciendo por encima de los países de nuestro entorno: nuestro inferior grado de desarrollo y los recursos ociosos todavía disponibles nos capacitan para ello. La cuestión es encontrar las vías para hacerlo de forma más equilibrada, es decir, menos generadora de tensiones.

Facilitar el tránsito del modelo es la tarea prioritaria de la política económica, a la que por cierto no se ha sabido dar respuesta hasta ahora. La mayor virtud de la política económica aplicada ha sido contribuir al clima de confianza que ha facilitado el despegue de la inversión, en parte sustentado en la aportación del capital exterior. Incluso decisiones como la flexibilidad del acceso al mercado laboral (mediante una nueva generación de contratos) y la incorporación a la CEE resultaron muy positivas, al convertirse en acicates de la expansión económica. Pero más recientemente, en plena fase de auge, la política económica se ha sumido en una postura plagada de incoherencias y contradicciones, de la que no acierta a salir.

Por un lado, el ambiente de holgados beneficios empresariales y las propias condiciones políticas ha generado un enconado conflicto entre sindicatos y Gobierno. Sus consecuencias en el ámbito económico han sido fundamentalmente dos: hacen inviable la política de rentas e imposibilitar el avance de la reforma del mercado laboral. El descrédito social de los objetivos oficiales de precios ha desencadenado un proceso de indiciación de rentas, propiciado por la negociación de los salarios en función de la inflación pasada. Con ello se asegura que la inflación no va a ceder, e incluso que se agravará, sin garantizar en absoluto la mejora del poder adquisitivo de los trabajadores. En concreto, la evolución de los salarios en 1990 (con aumentos del orden del 9 por 100) constituye una seria amenaza para la creación de empleo y, en la medida en que se traduce en elevaciones de los costes de producción, desanima la entrada de inversiones extranjeras.

En segundo lugar, la política fiscal no ha estado a la altura de las circunstancias. Permanentemente ha ejercido una influencia expansiva sobre la economía, obligando a descansar todo el peso de la lucha contra la inflación sobre la política monetaria. La reducción del déficit público conseguida desde 1986 ha sido posible gracias al avance de la presión fiscal que, al ser protagonizada por los impuestos directos, ha desmotivado el ahorro y propiciado el consumo, justo lo contrario de lo que convenía hacer. Entretanto, no se ha acometido la modernización de nuestros principales tributos, que han entrado en una obsolescencia prematura al quedar al margen de las tendencias de reforma fiscal imperantes en el mundo occidental.

En cuanto a la política monetaria, la soledad con que ha actuado frente a la inflación la ha llevado a una incómoda encrucijada, en la que le ha resultado imposible compatibilizar la consecución de sus objetivos internos (control de la cantidad de dinero) y externos (tipo de cambio). La violencia introducida en los mecanismos monetarios ha sido extraordinaria: el intervencionismo sobre los mercados financieros se h a acentuado , concretándose en mayores controle s de cambios y  en la instauración de nuevas rigideces sobre el sistema crediticio. La incorporación de la peseta al Sistema Monetario Europeo debería haber puesto un punto y final en tan incómoda posición. Pero, lamentablemente, para lo único que ha servid o hasta ahora es para convertir a una peseta fuerte en la pieza clave de la estrategia deflacionista , aun a costa de que sirva de excusa par a demorar los ajustes de nuestra economía, que habrían de correr a cargo de los Presupuestos Generales del Estado y de los costes empresariales.

A comienzo s d e lo s año s noventa las cosas no se presentan demasiad o claras en el terreno económico. Los nuevo s tiempo s se caracteriza n por la necesidad de competir con éxito frente al exterior, lo que equivale a vender una parte cada vez más significativa de nuestra producción a otros mercados, a sustituir importaciones y, sobre todo, a captar el ahorro interior y el ahorro exterior, preservando las condiciones que nos siguen haciendo atractivos frente a otras opciones, entre ellas la de los países del Este.

Confiar en los resultados de una política económica como la que se está aplicando no es suficiente. En su versión actual, la política económica pretende desacelerar la de manda sin importarle demasiado que se a la inversión la principal perjudicada . Sería muy desafortunado que esto último ocurriera. Responsabilizara la demanda de todos los males de la economía constituye una interpretación demasiado simple de la realidad. La cuestión que subyace en el fondo es la falta de competitividad internacional de la economía española que, obviamente, no puede resolverse únicamente desacelerando la demanda. Potenciar el ahorro , mejorar la calidad de la producción, aumentar la eficiencia en el uso de los recursos productivos , liberalizar los mercados básicos, racionalizar el sector público, reducir la inflación y preservar  el beneficio empresarial para que siga constituyendo fuente financiera de la inversión, deberían se r los objetivos prioritarios de una política económica que allane las dificultades de una etapa que, por lo demás, se anuncia prometedora.

Frenazo a la democratizacion en yugoslavia

La complicada situación de Yugoslavia entró a mediados de mayo en uno de los momentos más peligrosos para su proceso, aún incompleto, de democratización.

La rotación en la presidencia colectiva de la Federación ha hecho pasar de la esperanza a una angustiosa incertidumbre a los ciudadanos que participaron en las primeras elecciones pluripartidistas de Croacia y Eslovénia.

Como se sabe, la máxima autoridad en Yugoslavia la ostenta un presidium formado por un representante de cada una de las seis repúblicas federadas (Serbia, Croacia, Eslovénia, Macedónia, Bosnia-Hercegovina y Montenegro) y de las dos regiones autónomas de Serbia (Voivodina y Kosovo). La presidencia va pasando de uno a otro cada año. El relevo se celebra el 15 de mayo y en esta ocasión le tocó al esloveno Janez Árnosek pasar el testigo al serbio Borisav Jovic, identificado con lo que se está empezando a denominar «nacional-comunismo» serbio.

El esloveno Janez Árnosek, que fue presidente hasta el pasado 15 de mayo, dejó hacer en silencio a los comunistas reformadores de Eslovénia y Croacia y bajo su mandato se celebraron las primeras elecciones pluralistas en las dos repúblicas occidentales. Con el serbio Borisav Jovic la actitud cambió diametralmente.

El nuevo presidente del presidium abrió su mandato con un discurso amenazador. Jovic acusó a Croacia de querer provocar una guerra civil y aseguró que sólo el comunismo había sido capaz de mantener la unidad de Yugoslavia. Criticó duramente los proyectos de eslovenos y croatas de renegociar el status de sus repúblicas dentro de la federación yugoslava. El vicepresidente del presidium, el croata Stipe Suvar, a quien le corresponderá tomar el relevo del poder dentro de un año, se desvinculó inmediatamente de las declaraciones de Jovic y aseguró que esas afirmaciones las dijo a título personal y no representan a la presidencia de Yugoslavia.

La actitud de Jovic no se ha quedado en palabras. Los disturbios que se produjeron en la capital croata durante un partido de fútbol entre el equipo local (el Dinamo de Zagreb) y el Estrella Roja de Belgrado, fueron considerados como una cuestión de estado.

La televisión ha repetido hasta la saciedad las imágenes de violencia en el estadio y sus alrededores. Los medios de comunicación oficiales parecen querer caldear el ambiente y difundir una sensación de peligrosidad ante todo lo que se considere nacionalismo entre la población.

Jovic anunció inmediatamente unas misteriosas «medidas especiales» que daría a conocer próximamente, justo cuando al vencedor en las elecciones de Croacia, Franjo Tudjman, le correspondía tomar posesión de la presidencia de la república croata.

Hechos y protestas

Jovic no se ha quedado en palabras y aun antes de dictar y dar a conocer las medidas para defender la integridad de Yugoslavia de las que habló en su discurso, decidió retirar de Croacia y Eslovénia los arsenales de armas que controlan las repúblicas federadas. Una intervención militar es el principal temor ahora, aunque por el momento todo parece indicar que se trata de medidas intimidatorias.

Las protestas de los recién elegidos en Eslovénia y Croacia no se dejaron esperar. Los líderes de la Comunidad Democrática Croata y la coalición DEMOS de Eslovénia hicieron una declaración conjunta poniendo de manifiesto la inconstitucionalidad de las medidas de Belgrado.

El nuevo presidente de Yugoslavia dijo claramente desde el principio que consideraba inaceptable la propuesta de convertir Yugoslavia en una confederación de Estados cuasi independientes. Tanto los líderes eslovenos encabezados por el hasta hace un mes comunista Kuoan, como los croatas encabezados por Tudjman, han dicho claramente que sus repúblicas sólo continuarían en Yugoslavia en el marco de una confederación no centralista.

La preponderancia Serbia

Croatas y eslovenos han demostrado en las urnas que están hartos del monopartidismo comunista y de la preponderancia de Serbia en la federación yugoslava. En las dos repúblicas el mensaje de los vencedores en las elecciones fue el mismo: convertir Yugoslavia en una confederación de Estados sin preeminencia de unos sobre otros o salir de la actual federación, todo ello en un sistema de libertades, pluralismo político y economía libre.

Un ejemplo de lo que puede suponer la preponderancia serbia en toda Yugoslavia lo dan los datos aportados por el periodista Joseph Darski en la revista norteamericana Uncaptive Minds. Según esos datos, en Croacia viven un 11,5 por 100 de serbios, pero son un 30 por 100 en el aparato del partido comunista y un 60 en el aparato policial de la república. De todos es conocido que el Ejército está dirigido por militares serbios y son pocos los jóvenes de otras repúblicas que se deciden por la carrera militar.

En la propia presidencia colectiva o presidium de Yugoslavia, Serbia siempre ha contado con 4 de los 8 votos posibles. Tan sólo necesita ganarse uno más para obtener la mayoría absoluta que se necesita para las decisiones más graves. Tiene asegurado el suyo propio, el de sus dos regiones autónomas (Voivodina y Kosovo) y el de Montenegro.

Crisis y temores

El partido comunista serbio comprende que todo esto desaparecería con la fórmula que piden Croacia y Eslovénia. Para empezar, una democratización de Serbia le haría perder el voto de Kosovo, donde es inevitable el triunfo electoral de los albaneses que son el 90 por 100 de la población, frente a los serbios, menos del 10 por 100.

A pesar de todo, se anunciaron elecciones pluripartidistas en Serbia para antes de que finalice el año, aunque con el límite de la prohibición de los partidos que fueran considerados como demasiado nacionalistas. Pero es que en Serbia, el propio partido comunista, con su líder Slobodan Milosevic, ha encabezado la cruzada nacionalista. El nuevo presidente, Borisav Jovic está considerado como fiel a Milosevic, pero sus posturas están empezado a ser impopulares incluso en su propia tierra. Nadie quiere enfrentamientos. Están demasiado cerca las muertes en las cargas policiales contra los manifestantes del Kosovo como para disipar un temor a que se extienda esa situación a otros territorios. También aquello se denominó estado de excepción.

En Eslovenia y Croacia se considera que sería muy grave anular por la fuerza la voluntad de los electores expresada recientemente en las urnas y los nuevos líderes políticos consideran inaceptables todas las medidas que puedan comprometer los resultados de las elecciones recién celebradas.

Los representantes recién elegidos de la Comunidad Democrática Croata piden calma y afirman que no responderán a la provocación. «Pertenecemos a la Europa cultural, democrática y civilizada», afirmó el secretario general del partido Ivan Bobetko. Ha habido un gran esfuerzo para llegar hasta este punto de una forma pacífica. Ahora ese esfuerzo parece estar amenazado.

Las transformaciones del comunismo

Al comienzo de Las ensoñaciones, es decir, al final de su vida, Rousseau escribe: «¿Qué soy yo? He aquí lo que me queda por averiguar». No deja de ser enigmático que al final del camino la principal preocupación del caminante sea identificar su propio yo. Pero esta pregunta es sincera y valiente y tiene una base: no es fácil reconocer el error cuando en el error se halla comprometida la persona misma, es decir, la ideología con toda la carga de presuposiciones personales, de vida vertida en la justificación, de emociones, sentimientos y resentimientos. Es difícil porque reconocer el error significa avanzar algo en ese camino que Sócrates describió como el «conócete a ti mismo», y que concibió como la tarea más auténtica, plena y apropiada para el hombre. El desenlace previsto por la práctica cristiana para la rectificación del error no es muy diferente de la rusoniana ni de la socrática. Al fin, se trata de que la persona, feliz o desgraciada, triunfante o perdedora, se enfrente a sí misma y examine su conciencia, detecte las irregulares motivaciones de su conducta en la soledad de su propia compañía, profese su arrepentimiento y pene por ello. Puede haber métodos mejores, pero éste no está nada mal y parte del supuesto de que la purificación de uno mismo, la ascesis, es un camino oscuro en cuyo recodo hay una trampa que muchas veces sólo resulta superable cayendo en ella. Muchos piensan que este tipo de rectificación de la conducta es simple y fácil porque, al cabo, concluye no rectificando nada. Fue Nietzsche probablemente quien más se distinguió en censurar el proceso de toma de conciencia de la culpa resaltando la fundamentación patológica de esa pirueta interior basada en la contemplación del Sí Mismo. El sabor complaciente de la conciencia dolorida acaba convirtiendo en placer el propio dolor de la confesión. En el límite ocurre lo que Nietzsche decía: «En última instancia lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado». Al final, en efecto, el placer derivado del reconocimiento de la culpa acaba confundiéndonos con el punto de partida, amando el Sí Mismo, por mucho que rechacemos lejos de nosotros los objetos deseados, es decir, los constituyentes del error del que nos arrepentimos. Por eso se pregunta con razón Rousseau: «El momento en que hay que morir, ¿es tiempo de aprender cómo se había debido vivir?».

Errores sin consecuencias

Al cabo, quienes cometen el error, y toman conciencia de haberlo cometido, incluso cuando su error es incalculable, y por tanto irreparable no por ello deben verse obligados a renunciar a vivir. Posiblemente nadie tiene tampoco derecho a exigir esa renuncia a suprimir esa sutil delectación que produce el dolor en el arrepentido. Tal vez por eso nada más violento que tratar de rectificar el error ajeno mediante la pena de muerte. Nada más conmovedor y desazonante que esa imagen terrible del dictador Ceaucescu y su esposa condenados a muerte, ejecutados por un tribunal anónimo. Cierto que ni Ceaucescu ni su esposa admitieron su tremenda, pero al fin y al cabo humana, equivocación. Pero si entre los miembros del tribunal que los sentenció a muerte estuvieron presentes quienes disfrutaron de los beneficios de esa dictadura monstruosa, ¿qué conducta resulta más vil y apócrifa: la del dictador juzgado o la de los farisaicos jueces que lo condenaron?

Con la ejecución de Ceaucescu no pagaron justos por pecadores pero cabe suponer que un pecador no arrepentido pagó por todos los demás.

¿Podía ser de otro modo? ¿Cómo imponer el orden una vez que el desorden ha sido tan generalizado y horrible? ¿Habría que acabar con todos cuantos compartieron los errores de la dictadura? Si así fuera la historia sólo se escribiría con sangre. De aquí que haya que ser pragmáticamente indulgentes incluso con aquéllos de quienes se conoce que han contribuido activamente a la construcción de la infamia. Habrá que suponer, siguiendo el ensueño rusoniano, que su miseria permanece consigo mismo, y que ése es suficiente veneno como para vaticinar que acabarán podridos. El hecho es que en todos los cataclismos se produce ese efecto que transforma inusitadamente a muchos de los carceleros en prisioneros sojuzgados.

Pero supongamos que hay gentes de buena voluntad que colaboraron sin saberlo en el vasto suplicio. Gentes que, al contrario de Ceaucescu, quedan enfrentados a su propia verdad. Escritores o intelectuales como, —pongo un ejemplo de la crónica diaria— Gabriel Albiac, lo suficientemente lúcidos como para confesar: «He malgastado mi vida. Es lo único que me queda decentemente por escribir, ante las fotos de las fosas comunes de Timisoara. Sé que sería sencillo hacer un quiebro. Decir que nada tiene que ver esa monstruosidad con el sueño de una sociedad libre de hombres iguales, por la que aposté, a todo o nada, hace mucho más tiempo del que sería preciso para pretender ser hoy recuperable. Pero no es hora de andar jugando con las palabras y las cosas. Como comunista he sido responsable también de eso. Y basta».

El metabolismo de la izquierda

Está bien. Pero si proyectamos nuestra desconfianza sobre los engañosos recovecos de la culpa, aplicando la receta nietzscheana, Gabriel Albiac, el comunista arrepentido, quedaría sentenciado. Sí, el quiebro es fácil, pero también la confesión en público. También el decir «adiós» sin acabar de «irse». También el declarar la culpa sin levantar el castigo al inocente. Albiac ha ido bastante lejos en su declaración, bastante más que esa caterva de repentinos magistrados que después de haber espoleado, animado, justificado, el horror del comunismo, se apresuran a marcar las distancias, a separarse tibiamente en la hora en que la podredumbre de las fosas apesta. Ciertamente esto es más fácil y oportunista que el «adiós» pronunciado por Albiac. Indro Montanelli escribió un artículo que La Vanguardia reprodujo en el que denunciaba la maniobra de maquillaje diseñada por Aquille Occhetto para adaptar el Partido Comunista Italiano a la nueva situación derivada de la convulsión producida por la contaminación de la perestroika en los paraísos comunistas de Europa Central. Se trataba de ajustar el rostro del insípido comunismo italiano a una circunstancia que permitiera a los comunistas alcanzar el reino ansiado, que no es, nunca lo fue, la construcción de la sociedad sin clase comunista, sino la conquista del poder y la recuperación del aliento del modo más práctico y rápido posible.

Se trata de admitir, porque a la fuerza ahorcan, el error sin ser consecuente con ninguna de las obligaciones morales inherentes a ese reconocimiento: no hay reparación del daño sino apresurado aprovisionamiento para la nueva travesía. No se trata como escribía el ex comunista Enrique Curiel, también en La Vanguardia, de que la izquierda «no sabe cómo metabolizar los acontecimientos que se están viviendo en la Europa del Este y opta por disimular y mirar hacia otro lado, en la vana ilusión de que la opinión pública olvide lo inolvidable y no le exija la inevitable clarificación ideológica, como está realizando Achille Occhetto en Roma». ¿Que no sabe cómo «metabolizar los acontecimientos»? Vaya si sabe. Y buena muestra de ello es ese artículo de Curiel. Es obvio qué tipo de «metabolismo» se está produciendo. Se trata de aprovechar como sea el viento favorable de la transformación, y el propio artículo de Curiel, en el que advertía que la izquierda no sabe cómo «metabolizar los acontecimientos», es una prueba de cómo él mismo los «metaboliza». Ahora se trata de distinguir con claridad entre socialdemocracia y comunismo, pero no se trata, nadie habla de ello, de examinar las culpas de la socialdemocracia por su colaboración intelectual en la perduración del comunismo. De eso también debería tratarse, y eso también debería pagarse. Pero no. Lo que tenemos son artículos de arrepentidos que no renuncian a seguir ejerciendo de moralistas cuando su única actitud digna y coherente sería renunciar al don de profecía, al derecho de sermonear durante algún tiempo, excepto para la admisión o explicación o exhibición de sus errores y la reparación del daño ocasionado.

Sin embargo, hay que vivir. Y Curiel tendrá que vivir como Albiac ejercitando su derecho a la contradicción y su democrática y liberal facultad de explotar remuneradamente su personal modo de camuflar la propia miseria. Y escribo esto porque es Albiac quien dice lleno de razón pero evitando aplicar las consecuencias: «Dan ganas de no volver a escribir jamás una sola línea política». No se trata de «ganas», amigo. Se trata de «deberes», y de coherencia. Aquellos que han contribuido tan directamente, aunque sea de buena fe, no hay por qué ponerlo en duda, a la difusión de esa barbaridad monstruosa no tienen derecho a decir que no sienten «ganas» de escribir, es que no deberían permitirse hacerlo. ¿Escribieron los nazis después de haber perdido? Claro está, el comunismo no perdió la guerra, sino la paz; y los que participaron cómodamente instalados en la sociedad que criticaban desde fuera en esa «guerra fría», alimentada durante decenios a base de categorías, conceptos, interpretaciones, resentimientos, pasiones, y, sobre todo, acrisolada en la síntesis común de la ideología «progresista» e «izquierdista», palabras que convirtieron en armas arrojadizas y que todavía arrojan a pesar del evidente fracaso de la jerga, también perdieron esa guerra no sólo no se resignan a confesar la derrota sino que aprovechan las ventajas o los «defectos» de la sociedad criticada para evitar pagar la deuda moral e intelectual que contrajeron con su actitud complaciente o servil.

Una sociedad podrida

No, Albiac, ni tantos otros que como él escriben en estos días, no tiene derecho a decir: «Sólo me queda, pues, decir adiós. A todo», y a renglón seguido escribir: «La sociedad capitalista está podrida», porque ese corolario es un modo de no decir «adiós».

Quien noblemente está dipuesto a decir «adiós», a causa del error cometido, no puede pretender sentarse de nuevo en la tribuna de los moralistas para señalar acusatoriamente qué «está podrido» y qué no lo está. Además, Albiac, como tantos otros aparentemente Cándidos, debería saber que nunca nadie pretendió que «la sociedad capitalista» dejase de ser una «sociedad podrida». Ninguna sociedad dejará de estar podrida en una u otra medida mientras la libertad de pensar y de hacer sea una libertad para pensar digna o arteramente, sabia o neciamente, prudente o imprudentemente. Caben grados de libertad para pensar y para actuar. Ser libre es ser libre para «estar podrido». El salir o permanecer en la podredumbre no es una función que corresponda a las sociedades sino a los individuos. Se puede señalar con el dedo la «podredumbre» de cualquier sociedad sin que ello sea una prueba a favor de la pureza del dedo que señala. Ya sabíamos desde mucho antes de que llegaran éstos a denunciarlo que la sociedad capitalista era putrefacta, como lo fue la renacentista, la medieval, la romana, la helénica, como lo será la postcapitalista y la neopostcapitalista. Pero no fueron los defensores de la sociedad abierta los que adoptaron como pauta ni como principio la idea de que para purificar la sociedad había que castrar primero a sus habitantes, privándoles de lo único que puede compensar al hombre de vivir en una sociedad putrefacta: su libertad de pensar y de hacer. Las reglas del juego de la sociedad libre pueden asegurar, a través de la coacción policial y judicial, un determinado grado de orden, pero corresponde a la conciencia individual evitar la suciedad o refocilarse en ella.

Hay muchos modos de refocilarse en el estiércol. Y un modo de ensuciarse muy al día consiste en esa huida hacia delante de los partidos comunistas transformándose apresuradamente en socialdemócratas, y en ese encogimiento de hombros de los socialdemócratas cuando, mirando las dictaduras del centro —del centro de Europa y del centro de América—, simularon que nada tenían que ver con ellas. En la pocilga del capitalismo tal vez fuese éste el más voluminoso de sus cubos de basura.

Pero estábamos hablando de grados de dignidad y de distintos modos de saldar el daño producido por la responsabilidad contraída. Al menos, hay quienes confiesan que sería más fácil hacer el «quiebro» y declarar que eso no es lo que se pretendía y que una cosa es el estalinismo en Rusia y la burocracia soviética y otra la premonición de Marx y el proyecto leninista. Efectivamente, es fácil dar ese «quiebro» porque muchos lo han dado, sin el mínimo pudor y sin sentir vértigo alguno al simplificar de tan artificiosa manera los hechos. Y no hay que excluir al menos la posibilidad de que ese «quiebro» no sea intelectualmente posible, poeo hay que exigir a quien se preste a dar esa voltereta que demuestre su buena fe porque la «mala fe», después de la experiencia histórica padecida, hay que darla por supuesta. Y el certificado de buena fe ha de ser éste: ¿Dónde están sus denuncias del marxismo soviético? ¿Cuál fue su actitud sobre la OTAN? ¿Cuándo condenó el régimen cubano? ¿Qué dijo a propósito de la revolución sandinista? No parece que fuera mucho pedir a quien asegura que el marxismo soviético fue una perversión de sus ideales que muestre los textos que prueben su crítica incondicional contra esa perversión antes de que comenzara la perestroika. Si no puede mostrarlos tampoco podremos creerle. Sobre ellos recae la carga de la prueba, no sobre quienes no depositamos nuestra esperanza en ese embeleso.

Un quiebro fácil

Nada, pues, más impudoroso, mientras no se demuestre lo contrario, que el transformismo de Occhetto y el que inicia Anguita y las apelaciones a un purismo indemostrable de los ortodoxos. ¿Ortodoxos de qué?, es lo primero que habría que preguntar. ¿Ortodoxos de una sociedad sin clases construida contra la voluntad de quienes aceptan el pájaro en mano de una sociedad imperfecta pero libre a los cientos que sobrevuelan en los cielos de las sociedades perfectas? A esta pregunta ya contestó Cioran, experto si los hay, en la exploración de podredumbres, cuando hubo de manifestar por qué había preferido la podredumbre occidental a la promesa oriental: «Porque todavía conservo lucidez para diferenciar entre los matices que separan lo malo de lo peor», contestó haciendo gala de ese pesimismo intrínseco a la condición del alma rumana, nutrida a su pesar del comunismo y destinada a vivir en la expatriación melancólica , la delectación del néctar del nihilismo. Puesto a apostar por la nada como Ciorran o por el absurdo como lonesco, es mejor hacerlo a favor de la nada del capitalismo tardío y en el vacío absurdo de su sociedad que a favor de las promesas del comunismo redentor, y de sus densos alientos repletos de significado inverificable.

Hay que desconfiar de promesas

Algunos se preguntarán si hay que aceptar las torpes imperfecciones de la sociedad capitalista, si hay que resignarse a sus limitaciones, si hay que prescindir de la ilusión y de la esperanza de un cambio futuro, si la hecatombe producida debe arrastrar también sus ensueños y creencias. Adoptar una actitud prudente y reservada sería por lo menos consecuente con la magnitud de la catástrofe que se ha producido. En primer lugar, sería una consecuencia obligada estudiar sincera y profundamente cuánto de esas ilusiones y esperanzas es compatible con la libertad de quienes no las comparten. Pues éste es el núcleo del asunto: que la libertad no puede ser dividida ni condicionada, y si el proyecto de sociedad en el que se cree condiciona o divide la libertad de quienes no creen en ese proyecto no se necesita ya más prueba para comprender que ese ensueño es totalitario y utópico. El respeto a la libertad ajena es la prueba del nueve de cualquier propuesta de reforma social. Hay que desconfiar por principio de quienes se proponen «avanzar hacia la sociedad más justa e igualitaria a que aspiramos», como escribe López Raimundo comentando la transfiguración del comunismo propuesta por Occhetto [La Vanguardia). Está muy bien que López Raimundo aspire a una «sociedad más justa e igualitaria» siempre que no obligue a los demás ni a suspirar, ni a aspirar ni a caminar por ella, porque esas palabras aparentemente bellas son las mismas que inspiraron el totalitarismo comunista que ahora se derrumba y del que todos reniegan.

Entonces, ¿qué? Entonces, hay grados y matices entre lo malo y lo peor. Y también hay grados y matices entre la buena y la mala fe. Esta fe es dudosa porque aparentando remordimiento no llega a sus consecuencias lógicas: la expiación de la culpa. Pero es preferible a los transformistas y a los que insisten en el quiebro.

A mí me parece muy bien por tanto que los ex comunistas hagan su ejercicio de streptease espiritual porque son muchos, menos sinceros, más cobardes y con más capacidad de complacencia para consigo mismos, los que están obligados a hacerlo, aunque sean muy pocos los que hayan seguido ese camino. Pero de hacerlo, con todas sus consecuencias. Los intelectuales y los líderes de opinión son los nuevos moralistas, los sacerdotisos de la sociedad contemporánea que Nietzsche apostrofó porque Nietzsche no iba a fustigar simplemente a los curas, envuelto como estaba por un laicismo intransigente y sin sentido en una sociedad liberal e industrializada. Los moralistas son ellos, los profesores de filosofía, los políticos que sermonean a cuenta del sueldo del Estado, los socialistas que escriben en los periódicos sobre la igualdad de clases, la justicia distributiva y una fingida solidaridad que sólo se vive en la punta de la lengua. Y ellos ahora, si quieren ser consecuentes, deben reconocer que han perdido su derecho a pontificar, a comportarse como pastores de una grey a la que durante varios decenios han intentado, muchas veces con éxito, embaucar.

Se comprende que en esta sociedad democrática y relativamente libre, como en cualquier otra sociedad, el primer deber es el de sobrevivir y la primera obligación procurarse para sí y para los suyos los medios de supervivencia. Pero cuando hay que pasar por ese trago, la dignidad humana y personal, que es el único valor al que espiritualmente no se debe renunciar, obliga a ciertos sacrificios con objeto de mantener incólume la coherencia interior. Albiac, y tantos otros ex comunistas como él, cuya dignidad es muy inferior a la suya, tienen que admitir que han perdido la autoridad moral para seguir predicando, a menos que se limiten a predicar con el silencio o, como aconseja la Iglesia, a expiar su culpa. Ese es el único modo posible de recuperar su identidad cuando, en el supremo momento rusoniano, se decidan a responder «¿qué soy yo?».

1989, La revolución de la libertad

La velocidad de los acontecimientos hace difícil una reflexión detenida que, ^ ¿ sin embargo, resulta por completo imprescindible porque es la esencia misma de nuestra sociedad y de nuestra política la que está en juego. No es así porque corra peligro, sino precisamente porque desde hace meses se está oyendo, a un mismo tiempo, el trompeteo incesante de los que creen que la Libertad es una inequívoca vencedora y la jerga incomprensible de quienes no quieren darse cuenta, todavía, de que el porvenir de la Humanidad camina por esa senda, un sistema que, desde luego, no caracterizaba al mundo político del Este hasta ahora existente.

Un examen de las perspectivas de nuestro tiempo exige el de lo acontecido en la URSS y en la Europa del Este, pero sobre todo una reflexión interpretativa. Los datos del debate ideológico son lo suficientemente claros, aunque no siempre quieran ser vistos como tales.

La crisis es del sistema

Es obvio, por ejemplo, que la crisis de la URSS no es el producto de una transformación de la sociedad que exija súbitamente la adecuación del sistema político a una sociedad ya cambiada, como sucedió en el caso español en 1975. En la URSS, por el contrario, es el propio sistema político, pero también social y económico el que ha entrado en crisis merced a su pésimo funcionamiento y al margen de un cambio social que también se ha producido. Ha sido la crisis del sistema la que ha trasladado el centro de gravedad de la reforma soviética desde la política económica, que constituyó su eje originario, a la política. La «glasnot» tenía como misión incorporar a las masas a los propósitos gubernamentales de mayor eficiencia económica, pero ha producido una multiplicación de los conflictos, principalmente en lo que atañe a las nacionalidades. Mientras tanto, la eficiencia del sistema no ha prosperado en absoluto y el aprovisionamiento se ha deteriorado. Gorbachov no ha demostrado tener un programa coherente y estable sino responder de modo sucesivo a la propia evolución de los acontecimientos. No ha producido una regresión, como a veces se temió, pero tampoco ha satisfecho los deseos de los sectores más decididamente reformistas. El proceso que tiene en sus manos avanza lenta y confusamente, pero no podemos pensar que vaya a obtener necesariamente un éxito a medio plazo. La situación es infinitamente mejor que antes del advenimiento de Gorbachov, pero la inestabilidad de un país, que sigue teniendo 30.000 cabezas nucleares, mantiene un interrogante grave sobre la vida de la humanidad que sería imprudente ignorar.

Pero hay motivos para la confianza y por supuesto muy superiores a los que se daban en 1985 cuando llegó al poder Gorbachov. Lo sucedido en Europa del Este durante el año 1989 ha sido una auténtica revolución de la libertad. No era tan imprevisible como a veces se ha dicho por la simple razón de que en realidad esa Europa central —una denominación mucho más oportuna que decir sólo «del Este»— sólo ha sido comunista merced a la presencia del Ejército soviético en ella. Esto explica que, iniciado el derrumbamiento se haya ido acelerando con el impulso de la información y con el ritmo de lo progresivamente imparable. El comunismo ha demostrado ser una delgada película sobre esas sociedades que se han librado de él con relativa facilidad, pues los propios dirigentes comunistas habían perdido la conciencia de su legitimidad. Los nuevos dirigentes de estas regiones de Europa tienen ante sí gravísimos problemas, pero también una enorme ventaja respecto a Gorbachov: la claridad en el diagnóstico respecto del sistema político en que vivían y en los medios de librarse de él. Son intelectuales que nos permiten redescubrir los valores de una sociedad democrática en la que vivimos, pero que a veces parecemos haber olvidado. Lejos de tratarlos como «hijos pródigos» nos debiéramos dar cuenta de su ejemplo, porque son los verdaderos héroes de nuestro tiempo que han conseguido llevar a cabo una fabulosa hazaña.

Hasta aquí he procurado, fundamentalmente, hacer descripción, pero, por supuesto, es preciso profundizar en el análisis. Para hacerlo conviene empezar por examinar las interpretaciones que se han dado en nuestro país de tan cruciales acontecimientos.

La tortilla de Orwell

Al hacerlo, se tiene, de modo inevitable, la sensación de que es necesario recordar aquellas afirmaciones de George Orwell relativas a la impenitente tendencia exculpatoria que los intelectuales del mundo occidental han tenido respecto a los totalitarismos. «Si objetas a una dictadura —escribió— eres un reaccionario, pero si esperas que una dictadura produzca buenos resultados, entonces eres un sentimental.» Si te quejas del camino que siguen los totalitarismos te dirán que «no puedes hacer una tortilla sin romper huevos, pero si preguntas dónde está la tortilla, entonces te contestan que no puedes esperar que todo se consiga en un momento». Estas exculpaciones no tienen sentido ni tan siquiera lo tiene esa supuesta convergencia de sistemas en las que creyeron, en los años sesenta, pensadores tan meritorios como Aron.

Los tres errores del poscomunismo residual

Pues bien, mucho de eso ha habido entre nosotros en la interpretación de lo sucedido en el Este de Europa. Es lógico que ésta haya sido la posición de los partidos comunistas y de sus intelectuales orgánicos que ahora no sólo pierden el punto de referencia, sino que el de otros tiempos parece lo abominable por excelencia. Para ellos la estrategia exculpatoria de una responsabilidad que es también propia se ha concretado en tres fórmulas. La primera es la fuga hacia adelante que consiste en afirmar que el modelo no ha explotado todavía sus potencialidades. El momento en que podía ser creído este argumento ha pasado ya desde hace tiempo: si hay algo obvio es que proseguir en el mismo sentido un sistema en crisis no llevará más que a un agravamiento de la crisis. La segunda fórmula consiste en pretender que lo que está haciendo Gorbachov es volver a los orígenes, traicionados por Stalin y Breznev; es decir, en este caso la fórmula exculpatoria consiste en una fuga hacia atrás. Pero eso, como ha escrito Octavio Paz recientemente, son delirios que demuestran el fundamento religioso de esta actitud, pues, como toda heterodoxia, se basa en un retorno a la fe primitiva. «Gorbachov somos nosotros» ha dicho algún comunista español antes de que empezara a cambiar su imagen en los medios de comunicación. Eso no es mucho, pero, además, cualquier historiador sabe que no es la fe primitiva del comunismo. La tercera fórmula consiste en la fuga en diagonal, como el alfil del ajedrez, en eludir cualquier responsabilidad con lo sucedido en el mundo del este y afirmar que la renovación ya se hizo en el comunismo propio del que habla. Pero esa ruptura de solidaridad da la sensación de inautenticidad y basta recordar el «eurocomunismo» para tener un testimonio de lo poco en que quedó lo que por un momento pareció un cambio de cierta magnitud; siempre el comunismo tuvo como punto de referencia fórmulas surgidas allí y, en definitiva, mantuvo un cierto «patriotismo» soviético y unas claras referencias a ese modelo. A fin de cuentas, estas tres fórmulas de elusión lo que merecen es, sobre todo, compasión porque el grado de convicción que proporcionan resulta escaso.

La democracia sin “perestroika”

No creo, en cambio, que pueda tratarse con compasión a otras actitudes. Más bien lo que las caracteriza es una especie de «tercerismo utópico» consistente en rechazar no sólo el modelo en crisis sino también todos los modelos en general sin proponer uno propio. En España ha habido quien ha decretado «la venturosa orfandad» de modelos o quien ha decretado con ocasión de la muerte del modelo comunista la supuesta del capitalismo, cuando parece obvio que una cosa son las fórmulas concretas en que se vertebra la democracia, y otra, algo que parece poco dudoso, que a nada se puede aspirar para el futuro sin ella. Otra afirmación frecuente ha sido la de un género de intelectuales de izquierda que dicen que a ellos les corresponde en exclusiva ajustar cuentas con el pasado y el presente de la URSS, cuando la ceguera benevolente en el pasado debiera servir de argumento para no creer a quienes fueron devotos de esas fórmulas políticas. Se ha asegurado que los pueblos del Este de Europa han sido víctimas de su propio sistema y del nuestro, como si la decisión de defenderse y la «guerra fría» hubieran endurecido a los regímenes comunistas al considerarlos como enemigos, cuando sus características dependían por el contrario de la filosofía política en que se fundamentaban. Incluso se han oído afirmaciones tan extraordinarias como la de que la existencia del comunismo ha servido para que hubiera una tensión hacia la justicia social, sin que ella pueda ser considerada como un producto de la propia democracia. En fin, han existido patrocinadores de una «perestroika» para Occidente cuando la realidad es que la democracia es la apertura perpetua a los cambios, y que los regímenes mineralizados son precisamente los comunistas; la posibilidad de modificaciones es esencial a la democracia que, por eso, no necesita de una «perestroika» que modificara alguno de sus rasgos fundamentales. Todas estas afirmaciones, en realidad, tienen mucho más que ver con las actitudes de quienes las enuncian y con una cierta voluntad de autoflagelación característica del intelectual occidental que con la realidad de los hechos.

De Fukuyama a Revel

Al tratar de aproximarse a ella parece inevitable hacer referencia al conocido artículo de Francis Fukuyama que tan espectacular repercusión ha tenido en todo el mundo. Por ello mis comentarios a él van a ser escuetos. Me parece que tiene el suficiente grado de simplificación, de brillantez y de verdad como para convocar al debate, al que, por otro lado, también incitan los propios acontecimientos. Si no hubiera publicado su artículo Fukuyama, otro autor hubiera provocado este debate fundamental. Por mi parte, yo opino que algunas de las afirmaciones (como la relativa al fin de la historia o al inevitable aburrimiento que seguirá a la difusión de una ideología democrática generalizada) son ingeniosidades para especialistas que quedan sometidas a una inevitable adulteración de su sentido al ser resumidas por la prensa de gran tirada.

Quizá el mayor reproche que se puede hacer a Fukuyama es que su artículo es excesivamente optimista. El año pasado, la moda intelectual en los Estados Unidos consistía en mostrar la evidencia de un declinar del país, de acuerdo con las muy difundidas tesis del libro de Paul Kennedy. Ahora la sensación, merced, entre otros motivos, al artículo de Fukuyama consiste en decir exactamente lo contrario: «Ya hemos ganado». Sin embargo, esta interpretación es, a la vez, inexacta y peligrosa. Es lo primero porque, de acuerdo con Besangon, en realidad el drama todavía está ante nosotros sin que estemos seguros del desenlace. El totalitarismo que una de las ventajas que siempre ha tenido el totalitarismo comunista ha sido la derivada de la credulidad occidental respecto de él. En definitiva, como más recientemente aún ha recalcado el propio Revel, lo que la Libertad y la Democracia han conseguido es por el momento, tan sólo una victoria moral e intelectual, no efectiva. Para los estudiantes chinos, por supuesto, eso es por completo insuficiente, como lo es para dos tercios de la población mundial que viven en la dictadura y la opresión permanentes.

Con todo, Fukuyama tiene razón en lo esencial: existe en la actualidad un consenso ideológico generalizado en la afirmación de la libertad y de la democracia como sistema ideal de gobierno; las otras fórmulas parecen carecer de cualquier prestigio intelectual y de cualquier posibilidad de engendrar un futuro de prosperidad y, por supuesto, de convivencia. No hemos llegado al final de la Historia, pero el sentido de ésta se nos revela más obvio que nunca. La senda de la humanidad en la época contemporánea conduce desde el Antiguo Régimen a la libertad. Es una senda peligrosa y larga. En 1789 nacieron en Francia unos principios revolucionarios que sólo comenzaron a llevarse a la práctica en torno a 1880; los españoles tuvimos sufragio universal teórico en 1890. Pero democracia sólo hace 13 años. La libertad, a la que ha acompañado la paz porque nunca ha habido un conflicto importante entre potencias democráticas en el siglo XX, ha crecido a lo largo de la Historia humana más reciente. Los totalitarismos son correosos además de crueles, pero esta penúltima revolución de la libertad que nos viene del Este parece demostrar que, aunque sean angustiosas pesadillas, son también pasajeros a la larga. El problema no es si el comunismo está en una crisis radical, es evidente que sí. El interrogante debe ser por qué un sistema detestable ha durado tanto tiempo.

Por otro lado, nunca desaparecerá la conflictividad sobre el globo; la democracia vive en ella y le da una solución razonable. Quizá lo que haya sucedido en estos últimos meses es que hemos llegado no al fin de la Historia, sino de la Prehistoria, es decir, de lo que representaban los regímenes totalitarios. La quiebra del modelo soviético es el definitivo reconocimiento de que los atajos totalitarios no conducen a la utopía sino a un callejón sin salida. A partir de esta realidad podemos reanudar la siempre apasionante conquista de la libertad. Se habría así demostrado de modo palmario que, por utilizar la fórmula de Mario Vargas Llosa, los verdaderos bárbaros de nuestro tiempo son quienes pretenden disociar justicia y libertad para destruir la segunda con el pretexto de llegar más rápido a la primera.

Sí, verdaderamente, el año de 1989 nos ha traído el colapso de este palacio de cristal que fue el sueño de los intelectuales del siglo XIX, Lenin es el muerto del año. El comunismo, la gran fantasía de nuestro tiempo, no se está reformando, se está desintegrando. La «perestroika» no es una solución reformista para él, sino una transición hacia la liquidación. Los acontecimientos recientes demuestran de manera fehaciente que no sólo está en conflicto con la libertad sino con la naturaleza humana y con la creatividad. Su fracaso no es sólo político, o sólo económico, sino de las dos cosas a la vez: tenemos, pues, la seguridad de que hay una correlación entre ambos terrenos como hemos afirmado durante mucho tiempo. Quienes están llegando al poder en los países de Europa del Centro y del Este, después del colapso del totalitarismo comunista, no quieren la democracia socialista sino la democracia, ni la economía socialista sino, simplemente, la economía. Las mismas fórmulas del «socialismo con rostro humano» a lo Dubcek, han demostrado ser transicionales. Ni siquiera esta penúltima revolución de la libertad nos trae Europa como una «casa común» a lo Gorbachov, sino una Europa de las libertades que ya conocíamos, pero de la que a veces, acostumbrados a sus beneficios, habíamos olvidado sus fundamentos más radicales. Lo que hace falta ahora es que nos demos cuenta de que la Libertad es un bien escaso y frágil y que, por lo tanto, siempre será necesario defenderla. La mejor forma de hacerlo (que además corresponde a toda una obligación moral) consiste en que quienes ya la tienen la promuevan entre quienes no disponen de ella.

Traslado de los restos mortales de Azorin

Se cumple el 8 de junio el 117 aniversario del nacimiento de José Martínez Ruiz, que hizo célebre en las letras españolas el pseudónimo de Azorín. La cosa no tendría nada de particular, al no tratarse ni de un centenario ni de un cincuentenario, ocasiones escogidas habitualmente para las conmemoraciones, si no se hubiese previsto para esa fecha el traslado de los restos mortales del escritor. En efecto, el 8 de junio se desenterraron los restos mortales de Azorín, en la Sacramental de San Isidro, de Madrid, y esa misma noche se embarcaron en un tren con destino a Monóvar, Alicante, lugar de nacimiento del escritor, en cuyo cementerio aguardó listo un mausoleo para darle nueva sepultura.

El entierro multitudinario de Azorín

Azorín había fallecido el 2 de marzo de 1967, en Madrid, lugar en que había fijado su residencia desde el remoto día, exactamente el 25 de noviembre de 1896, en que había llegado a la capital procedente de Valencia. Y allí, en Madrid, aparte de sus comienzos literarios valencianos, se había desarrollado prácticamente toda su carrera de escritor. Por cierto que Azorín, cuando fallece en Madrid en marzo de 1967, es enterrado en loor de multitudes. «Resultó un acontecimiento extraordinario —cuenta García Mercadal, testigo callejero del entierro—. Las calles llenas de gente, los balcones de las casas como los días en que los Reyes acudían al palacio de las Cortes para abrir el periodo parlamentario. El gentío, además de curioso, conmovido.» Pero el pueblo es voluble, y, así, el mismo pueblo que hizo de su entierro un acontecimiento multitudinario asiste ahora impasible e indiferente, ajeno por completo, al desentierro del escritor y a su posterior inhumación en el mausoleo del cementerio de Monóvar.

Se conmemoraba el año pasado el cincuentenario de la muerte de Antonio Machado. La conmemoración dio lugar a un cierto debate sobre el lugar en que debían yacer las cenizas del poeta, si debían seguir reposando en Colliure, o si resultaba urgente trasladarlas a España, y, en cuyo caso, qué lugar de ésta resultaría el más idóneo para recibirlas. El debate careció de la profundidad que nos hubiese gustado que tuviese. Al fin y al cabo, como dice Jünger, las tumbas son el fundamento de nuestro mundo, y, por tanto, el lugar en que yazga un poeta de la envergadura de Antonio Machado no es en ningún caso un tema ni accidental ni secundario. Alguna vez, recorriendo el «Rincón de los Poetas» de la Abadía de Westminster, en Londres, nos hemos permitido soñar con algo semejante para nuestra patria. ¿Por qué en España no puede haber algo parecido, por qué esta desidia frente a sus hombres ilustres, por qué este desapego hacia sus más preclaros poetas, yaciendo desperdigados en el olvido Dios sabe dónde, sin que haya ningún lugar, ningún hospitalario panteón que proteja su recuerdo de las injurias del tiempo? El debate en torno al lugar en que debían reposar los restos mortales de Antonio Machado no fue ni tan intenso ni tan extenso como a nosotros nos habría gustado que fuese, pero, al menos, debate hubo.

Azorín debe permanecer en Madrid

En cambio, ahora, la decisión de trasladar los restos mortales de Azorín ha pasado sin pena ni gloria; se ha gestado en el más indiferente y despectivo silencio. Y, sin embargo, aquí no debería haber habido la más mínima duda. Resulta problemático decidir si Antonio Machado debe seguir en Colliure o si debe volver a España; incluso, si se optase por lo último, qué lugar sería el adecuado para acoger sus cenizas, si Sevilla, Madrid, Soria, Segovia… Pero, en el caso de Azorín, no hay lugar a estas acilaciones. Está fuera de toda duda que Azorín donde debe yacer es donde venía yaciendo hasta ahora, y de donde ahora, amenaza con expulsarlo un desmedido y furibundo localismo. Está fuera de toda duda que el lugar donde deben reposar los restos mortales de Azorín no es ni puede ser otro que Madrid.

En Madrid se desarrolló la práctica totalidad de la carrera literaria de Azorín. En Madrid precisamente José Martínez Ruiz se convirtió en Azorín, llegó a ser Azorín, es decir, uno de los más grandes escritores del siglo XX, uno de los más grandes prosistas de la lengua española de todos los tiempos. Que muchos ahora se empeñan en ignorar estos hechos, que le vuelvan desdeñosamente la espalda, todo este desvío, cuyo último resultado ha sido la decisión de trasladar furtivamente sus restos mortales, no habla contra Azorín y sí que dice mucho en contra de los que lo padecen. No es éste ni el tiempo ni el lugar adecuado para reivindicar la magnitud de la obra literaria de Azorín. Pese a ello, y frente al hostil silencio que parece cernirse sobre el maestro, nos enorgullecemos en proclamar que, desde el remoto tiempo de la adolescencia en que lo descubrimos, y aunque, obviamente, por el tiempo transcurrido, nuestro fervor no pueda seguir siendo el mismo, pero, aun así, sí que hemos permanecido fieles en nuestra devoción azoriniana.

Madrid, cuna de la generación del 98

En Madrid José Martínez Ruiz llegó a ser Azorín, y más todavía, y ahora es el propio Azorín quien nos lo dice «en Madrid se desenvolvió la generación de 1898», sí, no sólo Azorín, sino la generación del 98, en la que tan fundamental papel, en la que tan imprescindible papel desempeñó Azorín, tanto en su generación como incluso en su mera denominación.

Está claro que los restos mortales de Azorín deberían seguir guardándose en Madrid, que no hay pretexto para trasladarlos a ninguna otra parte. Hay amores que matan, y de este género suelen ser en ocasiones los amores locales. Se diría que sus entusiastas paisanos quisieran reducir con su mausoleo la monumental figura del escritor, rebajarlo de la categoría de gran escritor español a la de mera gloria local. Pero, por mucho que se empeñen, no fue ni un gran escritor monovarense ni un gran escritor alicantino. Ni siquiera fue un gran escritor madrileño, aunque dio más motivos para esto que para aquello. Pero, aunque habría más motivos para esta denominación, no es porque lo consideremos un gran escritor madrileño por lo que pensamos que debería continuar reposando en Madrid, sino porque fue, y por más que algunos finjan no enterarse de ello, un gran escritor español. Y, precisamente por esto, a todos los que amamos, seguimos amando a Azorín, no puede sino dolemos que se perturbe el reposo póstumo del inolvidable maestro.

Francia, enfermedad y crisis

La brutal recrudescencia del antisemitismo ha suscitado horror. Encendidas en Carpentras, las llamas se propagaron. La policía descubrirá, sin duda, a los culpables, y los capturará. Conviene, entre tanto, situar y analizar los sucesos de mayo sin extraerlos del panorama político y social francés. Ello nos conducirá a rememorar, con frecuencia, el pasado.

Francia padece, desde su catástrofe militar, intelectual y moral de 1940, una esquizofrenia ya latente, ya manifiesta. Dominado por el tema de la inmigración, el ciclo presente se revela peligroso… Su perigeo data de los años setenta, cuando al acecho de una futura clientela electoral, socialistas y comunistas empezaron a reclamar una amplia apertura de las fronteras y los empleos franceses a los extranjeros. Temiendo que se les tachase de egoísmo retrógrado, las derechas y el centro liberales renunciaron a detener o canalizar el flujo inmigratorio. La extrema derecha encontró entonces un vasto terreno libre para construir, piedra tras piedra, un sólido edificio. Grupúsculo cuyos votos alcanzaban, hace tres quinquenios, apenas el 1 por 100, el Front National se erigió en único defensor de una «identiad francesa» amenazada por la pasividad con que Mitterrand y los socialistas acogieron, llegados al poder, el alud maghrebino. Serio objeto de discusión, al cual Le Pen propuso una respuesta simple y nociva: azuzar el rencor contra los árabes, bereberes y negros venidos de los exdepartamentos, colonias y protectorados franceses debía crear, ineluctablemente, graves tensiones. Movidas por cálculos tácticos, las izquierdas fomentaron, jugando por la banda, el auge del Front National, y privaron a las derechas liberales de los votos imprescindibles para vencer en los últimos comicios presidenciales y legislativos. Mas no habían barajado la posibilidad de que la extrema derecha fuese capaz de trastornar la vida francesa. Así ocurrió…

El fenómeno Le Pen

Sólo predicador brioso y directo, Le Pen sacudió la inercia general; la práctica del compromiso permanente desacreditaba a la clase política entera y la oposición liberal, floja y dividida, se mostraba impotente para combatir a un gobierno socialista que representa menos de un tercio del electorado. A la naturaleza la espanta el vacío: en virtud de tal principio, el Front National atrajo multitudes. Su crecimiento refleja una inquietud que cunde y que se traduce, también, por el abstencionismo El ultra-nacionalismo del F. N. no soporta un examen severo, y no expresa una doctrina coherente. ¿Cómo conciliar, por ejemplo, las nostalgias seudopaganas y seudo-helénicas de ciertos intelectuales próximos de Le Pen con el rígido catolicismo de otros consejeros suyus? Su común denominador es el culto de Francia. Pero se trata, si bien se mira, de una Francia mítica —de una entidad compacta, intemporal, invariable—. Lo mismo que España, Italia, Suiza, Alemania, etc., Francia es, en realidad, desde siempre, un cambiante mosaico de tradiciones y razas. Sin embargo, el jacobinismo centralizador le forjó una maciza apariencia de unidad social, y le dio, a su tipo de vida y a sus «valores» nacionales, una notable estabilidad. No obstante sus virulentas querellas, monárquicos y republicanos, cristianos y librepensadores, derechas e izquierdas se reconocían la calidad de franceses. Haciendo vibrar exageradamente esa vieja fibra patriótica, Le Pen despertó un «chauvinismo» latente, y designó a los responsables de los males que aquejan a Francia: los extranjeros instalados intramuros.

Ciudadano francés, el autor de este artículo sabe que sus compatriotas no son ni más ni menos xenófobos o racistas que los naturales de los países contiguos. El criticable sentimiento de superioridad de los franceses no reposa en una hipotética pureza de su sangre o de sus rasgos físicos, sino en el excesivo aprecio que profesan por su inteligencia y su cultura. Y la historia enseña que, a diferencia de Polonia, Rusia y Alemania, Francia no figura tampoco entre los campeones del antisemitismo. Los franceses le pagaron a éste un tributo intermitente, de índole ante todo libresca. Asombra leer las befas antisemitas de Montesquieu; Voltaire lanzó tantos vituperios contra los judíos, que la ley votada en mayo último, en la Assemblée Nationale, por los socialistas y los comunistas, lo mandaría a presidio (1)… Las más penosas erupciones del antisemitismo francés se han conjugado con la «razón de Estado», que las atizó dos veces en medio siglo. Los desgarros del asunto Dreyfus eran aún perceptibles cuando el desastre engrendró, en 1940, la psicosis de una traición atribuida a los «plutócratas», «apátridas», «cosmopolitas» o «revolucionarios marxistas» de origen judío. Ese sacrificio expiatorio culminó con las oprobiosas leyes discriminatorias promulgadas en Vichy, y la entrega a los nazis —que los exterminarán— de millares de hombres, mujeres y niños franceses. Para prevenir los rebrotes racistas, lo mejor hubiera sido, pues, estudiar cómo y por qué medraron, en el período 1939-1945, las tesis antisemitas. Ahor a bien, a ninguna de las corrientes políticas de izquierda o derecha le interesa remover las cenizas de Vichy : todas pecaron, en la época, y comparten la responsabilidad colectiva . Así, la inmensa mayoría de los franceses exorciza el pasado inmediato se a olvidándolo, sea exagerando, a título de póstuma compensación, la s proclama s antirracistas . Hoy día, se utiliza la segunda fórmula.

La inmigración

Nunca se ha asistido aquí a tan denso y espectacular despliegue de manifestaciones en favor de un credo —en este caso , el antirracismo— . En 1989 , Francia había gastado un Potosí en celebrar el bicentenario de su Revolución, pregonera de la igualdad, la fraternidad y los derechos humanos: sus efectos han sido mínimos. ¿En qué desembocarán, mañana, los anatemas y los debates, las directivas pedagógicas y las medidas administrativas con que se pretende ahora erradica r e l racismo? Cuando el estrépito se atenúe, cuando la existenci a cotidiana vuelva a su ritmo rutinario , se comprobar a que Le Pen guarda intacto su caudal de partidarios, porque no se vislumbra soluciones eficaces al problema de los inmigrantes. Cierto, los socialistas han retrocedido, y postergan su proyecto de otorgar el derecho de voto en las elecciones locales a los residentes extranjeros (2); paralelamente , la propaganda y lo s delito s racistas recibirán más rudo castigo. Célebre especialista del mundo musulmán y profesor de Historia social del Islam en el Collège de France, Jacques Berques, afirma, en el cotidiano de izquierda Liberation: «Desde hace años, en ese dominio (el racismo), la política y la represión han sido un fracaso absoluto. Si nos limitamos a legislar o a lamentarnos, actuamos como si estuviese produciéndose algo inevitable, y auspiciamos hechicerías contrarias a nuestros propósitos, pues atraen al mal que anhelamos extirpar (3).» ¡Acertada advertencia! Los encantamientos ocultan las causas, sin suprimir los efectos.

Los franceses habían aceptado (y, acaso, explotado…) la inmigración española, y, luego, la portuguesa. En pleno despegue de su economía, Francia necesitaba mano de obra extranjera abundante y barata, ya que sus propios ciudadanos rehusaban ejecutar las tareas penosas. La mayoría de aquellos españoles y portugueses regresó a la península; los que se afincaron y siguen afincándose en Francia, se integraron en su país adoptivo. La similitud de costumbres y creencias les había allanado el camino. Integrar o «asimilar» (término en boga) a los maghrebíes, es incomparablemente más arduo: su lengua, su pertenencia al islamismo, sus usos tradicionales —fruto de sistemas teocráticos, o, al menos, autoritarios y paternalistas— son muros graníticos. Antes de atacarlos, bueno sería sondear el ánimo de los musulmanes en Francia: ¿prefieren «asimilarse», o adunarse en núcleos sometidos a la influencia de los muftís iraníes o los burócratas «marxistas» de Argel? Los xenófilos franceses evitan tratar ese punto; no se les escapa, sin embargo, que una fuerte proporción de inmigrantes maghrebinos rechaza los modelos europeos.

Un impedimento suplementario obstruye la ruta de la «asimilación»: el actual cuadro económico, político y demográfico no puede equipararse con el que encontraron, de 1950 a 1970, los ibéricos. Hoy, Francia confiesa dos millones y medio de parados; las desigualdades sociales se acentúan. Diez años atrás, los negros africanos y los maghrebíes eran los bienvenidos, porque aceptaban los peores trabajos y las peores condiciones de abrigo; hoy, dadas las circunstancias, es sólito que se les perciba como «parásitos» o rivales. Los hechos prueban que París manejó mal la emancipación de su imperio, y no midió sus consecuencias. Era de suponer que, liberados, los súbditos acudirían, en masa, al asalto de la exmetrópoli. Tal eventualidad no fue prevista, y el boomerang golpeó de lleno en la sociedad francesa.

Es ahora demasiado tarde para escoger una de las buenas opciones posibles tiempo atrás: sólo queda la «asimilación».

 Los «asimilables»

¿Quiénes son y cuántos los «asimilables»? Aunque parezca mentira, Francia ignora el número de extranjeros que residen en su territorio. Circulan, a ese respecto, cómputos contradictorios.

El Ministerio del Trabajo acaba de anunciar los suyos, que proceden, a menudo, por extrapolación, o se fundan en documentos poco fidedignos. Según su informe, Francia contaría tres millones y medio de residentes extranjeros (4). Los inmigrantes clandestinos no entran, naturalmente, en el cálculo. Los expertos consideran que medio millón de personas viven en Francia «en situación irregular». El número real de extranjeros superaría, por ende, los cuatro millones.

Si nos atenemos al Ministerio, un millón de inmigrantes están asalariados, y 400.000, sin empleo ni remuneración. El saldo, dos millones, constituye la población pasiva (niños, ancianos, inválidos, etc.).

Un dato importa sobremanera: el nivel de calificación, bajísimo, de los inmigrantes (0,32 por 100 de los turcos, 0,41 por 100 de los marroquíes, 0,73 por 100 de los argelinos son «cuadros») prolonga en drama social el problema étnico y religioso.

Los guarismos citados ilustran una conclusión palmaria: «asimilar» a los extranjeros, en particular a los negros y maghrebíes, requiere un gigantesco esfuerzo económico, político, educativo, psicológico, intelectual, moral. ¿Los franceses son capaces de emprenderlo y llevarlo adelante? Le cedo la pluma a un editorialista del Fígaro: «La perniciosa degradación de nuestra vida política —escribe Xavier Marchetti, bajo el título Una sociedad enferma— (…) suscita la burla y la exclusión, cuna de todos los extremismos. A fuerza de marginalizar los debates auténticos entre opiniones contrarias, los extremistas los recuperan en su beneficio. A fuerza de ofrecer, como único espectáculo, la confusión de valores, los escándalos, las prevaricaciones (de ministros y diputados) que se amnistían a sí mismos, los extremistas terminan por creerse dueños de la pureza y, prevaleciéndose de ella, cometen exacciones (5).

La crisis, aseguran los diccionarios, es un cambio favorable o desfavorable, sobrevenido en una enfermedad. Acerca de ese cambio tocante a la enfermedad francesa, estampé mi predicción en el registro de un notario. Me placería que los lectores de NUEVA REVISTA me comunicasen las suyas.

Conversaciones, escuchas y procesos

Durante el pasado mes de mayo han alcanzado en nuestro país una extraordinaria difusión las principales piezas del «sumario menos secreto de la historia procesal del occidente». Estas consisten, básicamente, en las declaraciones que los «detenidos de Valencia» hubieron de prestar en un juzgado acerca de unas conversaciones que se les atribuían a ellos y a otras personas y que se habrían celebrado entre el 12 de diciembre de 1989 y el 6 de abril de 1990, desde un teléfono intervenido por la policía. (Al parecer las escuchas se habían iniciado por motivos diferentes de lo que acabó interesando a los agentes y al juez y se referían a personas también distintas).

Pero para no alargar mucho una historia de sobra conocida, baste añadir que se detuvo, se incomunicó durante varios días y se llamó a declarar a las seis personas inicialmente afectadas, para que oyeran las grabaciones, reconocieran las voces y, en caso de que fueran las suyas, explicaran qué habían querido decir, a quiénes mencionaban o aludían, qué significaban ciertas palabras o expresiones y si con todo ello se estaba maquinando algún cohecho o buscando financiaciones ilegales o clandestinas para un partido político, que en este caso era precisamente el Partido Popular.

Cuando, al cabo de una serie de días, en el juzgado creyeron encontrar indicios «de criminalidad» dicen, en alguna persona aforada, y que en las diligencias practicadas se hacía referencia a otras que también disfrutaban de esa condición, el juzgado valenciano se inhibió a favor de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo y le remitió las actuaciones. Leyendo lo que han publicado los periódicos, y que mientras no se desautorice puede razonablemente ser considerado como cierto, se tiene la impresión de que las diligencias no contienen más que la transcripción de varias conversaciones telefónicas y las declaraciones acerca de ellas de las personas en cuestión, sin elementos ajenos a ellas: no se recoge con pruebas o indicios fehacientes que corporaciones o entidades públicas o privadas hayan sido efectivamente conducidas o coaccionadas a decisiones administrativas o financieras concretas, ni que se hayan producido desplazamientos patrimoniales determinados. Sobre estas bases, y con audiencia de las partes, que disponen ya de la asistencia letrada habitual, y del ministerio público, el Tribunal Supremo instruye las diligencias o procedimientos que estime oportunos, con lo cual el enojoso y desmesuradamente hinchado asunto parece haber entrado en un curso normal en sus aspectos propiamente jurídicos.

No ocurre lo mismo, por ahora, con los otros dos «procesos» paralelos que ha conocido este episodio: el de la opinión, o mejor dicho el que han «instruido» los medios de comunicación, activados por intereses políticos y en ocasiones estimulados por las indiscreciones o imprudencias de funcionarios de la propia administración de justicia, y el otro «proceso», estrictamente político, que se ha desarrollado, sin que se sepa cuándo ni cómo se va a cerrar en los dos foros de la relación dialéctica entre los partidos y del ámbito interno del Partido Popular.

La palabra escrita no tiene vuelta atrás

El «proceso periodístico» ha de ser por su misma naturaleza efímero, porque a esta actividad nuestra de la prensa se le podría aplicar con entera propiedad lo que se dice de los hijos, y así ocurre que a los diarios cada nueva jornada les llega con su pan de sucesos debajo del brazo. Hay, sin embargo, lugar —o debería haberlo— para una reflexión más profesional que estrictamente ética. Non potest vox missa revertí, se decía en tiempos antiguos y en latín, o lo que es lo mismo, la palabra una vez dicha, o escrita, no tiene vuelta atrás. Ha habido demasiados juicios precipitados o escasamente fundamentados, en que la hipótesis de un día se tomaba como un hecho al siguiente. El periodismo llamado de investigación es una variedad profesional relativamente nueva y de delicado manejo, que se convirtió en un mito, en una aspiración o en una moda para «audaces reporteros» con el caso Watergate. Pero eso fue una «perla» hallada con medios poderosísimos y, además, consistió en investigar hechos, cuidando, por lo menos los buenos reporteros, de no caer en juicios de intenciones. La competencia feroz entre revistas y radios, a la que ahora podrían tender a sumarse algunos diarios, es capaz de erosionar el prestigio y la credibilidad global de los medios. No es sólo cuestión moral, sino profesional para los buenos informadores.

Existen también los dos foros propiamente políticos. Los partidos en España no son simplemente unas realidades de hecho, generadas en el curso de la experiencia política democrática, ni asociaciones privadas. Son instituciones públicas constitucionalizadas, que tienen atribuidas funciones indispensables para la vida del Estado democrático, que se recogen en el artículo 6 de la propia Constitución. Han de ser libres en su creación y actividades, según dice el mencionado precepto, pero ha de dotárseles de los instrumentos precisos para el ejercicio de su misión. Es urgente, no que se regulen más de lo que están, sino que se ordenen con suficiencia y claridad sus responsabilidades y sus recursos. En el foro de la dialéctica entre partidos, se puede y se debe arbitrar un consenso «técnico», o sea, neutral, acerca de asuntos como las elecciones, la propaganda, etc., que fije desde los controles del Tribunal de Cuentas hasta la disciplina electoral, incluso en aspectos tan aparentemente nimios como los lugares para emplazar la propaganda, no sólo por razones de economía, sino también de ecología urbana.

Una resolución poco afortunada

Finalmente, existe el que antes se llamaba ámbito interno del partido político afectado por el episodio valenciano, es decir, el Partido Popular. Se han producido en varios de sus escalones repetidas declaraciones de unión y de solidaridad, que no han sido mal acogidas por una parte de la opinión pública. El documento que ha servido de base al acuerdo de su principal órgano de dirección, parece que se limita a una glosa del sumario (del que, sin duda, disponían las personas encargadas de redactarlo puesto que se citan páginas concretas), sin que se añadan otras informaciones. Pero, con la peculiaridad, según lo que en los primeros días ha trascendido, de que se dan como hechos ciertos e inamovibles las versiones contenidas en las «diligencias previas», sin someterlas a más profundos análisis o a contrastes, quizá ni siquiera con las personas implicadas en las conversaciones telefónicas o en las declaraciones ante el juez.

Es cierto que el documento del Partido Popular no entra en los posibles aspectos penales del asunto y, por lo tanto, no se puede decir que «prejuzgue» a las personas afectadas. Pero, aunque quiera mantenerse dentro del ámbito reglamentario, califica conductas «políticas», dice, con una terminología que resulta equívoca o conduce a engaño cuando se emplea en contextos paralelos a los de un proceso penal, como ocurre al hablar de faltas leves o graves.

No creo que haya muchos precedentes de que desde una corporación cualquiera se hayan identificado y calificado presuntas infracciones de algunos de sus miembros sobre la base de una instrucción ajena y no ultimada, cuando además, inhibido el anterior juez, todo el asunto —y la instrucción también— está en curso en la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo.

Arte de nuestro siglo en museos neoyorkinos

Nadie puede ignorar el papel fundamental que ha jugado el Museum of Modern Art de Nueva York en el desarrollo y difusión del arte de nuestro siglo. La doctrina manada del MOMA ha guiado el gusto y ha encaminado la historiografía artística del arte contemporáneo de manera trascendente. Su prestigio mítico sigue en pie entre muchos estudiosos y aficionados. Pero tengo la sensación de que tales influencias ni son tan importantes en la realidad ni encuentran siempre justificación.

Las colecciones expuestas, que arrancan del llamado postimpresionismo y que se ordenan con criterio múltiple según períodos cronológicos, movimientos artísticos e incluso artistas individuales, reúnen una apabullante serie de obras maestras. Pero pasadas las primeras experiencias de admiración y fruición estética, cabe observar carencias y hasta prejuicios no siempre explicables. Y lo que nos parece más grave: los fondos de! piso principal llevan varios años sin ser removidos ni alterados y la representación en el piso superior de! arte europeo, e Incluso del americano posterior a la Segunda Guerra Mundial tampoco sufre modificaciones sino de detalle y resulta una triste e inadecuada muestra de lo que ha sido el arte en los últimos 40 años.

Durante un viaje en el recién acabado mes de junio confirmamos opiniones anteriores, pero no acabó ahí nuestro infortunio neoyorquino respecto al arte del siglo XX. En el Guggenheim llevan algunos meses trabajando en la construcción de un nuevo edificio vertical tras el ya existente. El efecto por ahora es deplorable aunque se advierte al visitante que se están siguiendo proyectos que Frank Lloyd Wright no llevó a cabo en ¡a fase inicial. ¡Ojala el resultado final no estropee la deslumbrante visión de curvas que ha sido siempre el museo! Retiradas las colecciones —que en parte empezarán pronto a viajar por el mundo y llegarán también al Centro de Arte Reina Sofía— han tenido la delicadeza de dejar abierto el paso al visitante curioso para que, al menos, contemple las famosas rampas (aunque desde abajo, es decir, al revés). Y como en una liquidación por derribo, se vende a mitad de precio una gran parte de las publicaciones —libros, tarjetas postales, etc…— del museo.

No aguardan mayores alegrías en el Whitney Museum. La colección permanente del tercer piso reúne muy pocas obras y no muchos artistas. Con poco orden y menor concierto. Emociona ver La pasión de Sacco y Vanzeíti de Ben Shahn pero luego hay que conformarse con algún Hopper para pasar a Kooning, Pollock, Kline, Gorky, 01- denburg y Warhol; Segal, Nevelson y David Smith; en escultura, Reinhardt y Stella y casi nada más. Para colmo, en el segundo piso, una extensa y didáctica monográfica pero dedicada a Maurice Prendergast (1859-1924) enamorado del impresionismo, de Seurat y, al final, del mismo Puvis de Chavannes. Demasiado tranquilizador, bonito y dominguero, lo que naturalmente hace las delicias de muchos visitantes norteamericanos.

La sorpresa, sin que sirva de precedente, la proporciona el Metropolitan. Su sección de siglo XX se ofrecía repleta como nunca la habíamos visto (no es del caso tratar ahora las dos extraordinarias exposiciones que alberga el museo en otras salas: «El gusto ruso por la pintura francesa» con motivo del viaje de Gorbachov, que reúne cuadros de museos rusos de Possin a Matisse y la dedicada a Tiffany con obras de soberbia calidad). Se inicia con una sala selecta de fauvistas que giran alrededor de unos Bonnard sin desperdicio; sigue con cinco picassos centrando la segunda sala: El Ciego (1903), El Actor (1904/5), Gertrude Stein (1906), El Peinado (1906), y la Mujer en blanco (1923) y continúa con todos los representantes de la vanguardia histórica, con obras significativas y sabiamente escogidas. Pero importa destacar a nuestro propósito que es magnífico —lo mejor ahora mismo en Nueva York— lo que se cuelga datado aproximadamente después de 1945, si bien centrado en el arte norteamericano. Allí están, como en magnífica antología, todos los que ya son clásicos. Con una sala monográfica admirable para Clyfford Still (1904-1980) a quien nunca hemos admirado tanto en su abstracción de color vibrante y formas como descortezadas o a jirones. Suponemos que con carácter temporal en la galería norte sobre el templo egipcio-augusteo de Dendur, algunas pinturas muy grandes (Warhol o Matta) y esculturas de Pevsner o Moore, pero también de Anthony Caro o Marisol (A utorretrato mirando la Ultima Cena de Leonardo) que penetran a pesar de su actualidad —son obras de los ochenta— en uno de los santuarios del arte en el mundo.

Francis Bacon

Pero no puede acabar aquí nuestro paseo. Porque la redundante ausencia de novedad basta para adquirir el ticket— y jóvenes o adultos de New York abarrotaban las salas. El público era de lo más heterogéneo que imaginarse pueda. El impacto para ellos, como para nosotros, es perdurable.

Las pinturas han venido de los más diversos e importantes museos de Europa y América: Metropolitan y Tate, Pompidou y Guggenheim, Hamburgo, Buffalo y Caracas, Aberdeen y Belfast, colecciones Beyeler de Basilea y Philips de Washington y, por supuesto, Hirshhorn y MOMA, y la exposición comprende el casi medio siglo de actividad del artista. Es sabido que trabajó como diseñador de muebles y decoración interior, y cómo una exposición de Picasso en París le llevó a pintar desde su regreso a Londres en 1929. Obtuvo un relativo éxito con sus primeras obras, pero al comienzo de los cuarenta destruyó casi todo lo realizado hasta entonces. En 1944 decidió definitivamente dedicarse a la pintura y el camino emprendido no ha sufrido ya interrupción alguna. En esta exposición hay obras datadas desde 1943 a 1989. Bacon ha cumplido 80 años en plenitud creativa.

Desde hace tiempo estábamos convencidos de que no puede ser juzgada !a obra de un pintor si no es a través de la visión de un gran número de cuadros. La contemplación de esta exposición de Bacon nos confirma en aquella idea. Hasta el momento no habíamos visto más que obras suyas aisladas y nunca pudimos así penetrar en su misterio. Pero ahora toda la potencia formal e iconográfica de Bacon se nos ha revelado con claridad.

El pintor se muestra erudito en sus conocimientos plásticos y literarios. ¿Acaso no sucede lo mismo con muchos grandes artistas de cualquier tiempo pasado? Ya en 1946 pinta un Buey desollado que rememora a Rembrandt, Pero el Inocencio X de Velázquez será la obra maestra sobre la que incida en continuas transformaciones {en la exposición se pueden ver variaciones de 1949, 1951 y 1953). Se exhibe también un Estudio para retrato de Van Gogh de 1957. La tragedia griega ha impregnado varias de sus obras hasta culminar en el Tríptico inspirado en la Orestiada de Esquilo (1981). Otra fuente literaria es Eliot (Tríptico inspirado en el poema Sweeney Agonistes de Eliot de 1967). Algunas influencias fundamentales parece que son más difusas porque la transformación y manipulación es mayor. Esto sucede con imágenes de El Acorazado Potemkin de Sergei Eisenstcin o con los estudios de movimiento de hombres y animales del fotógrafo del siglo XIX Eadweard Muybridge. A todo ello hay que unir la iconografía de la Crucifixión que aparece en su primer tríptico Tres estudios para figuras en la base de una Crucifixión de 1944 (Tate Gallery) no expuesto en esta ocasión pero sí la segunda versión de 1988 y los Tres estudios para una Crucifixión de 1962 (Guggenheim) o el más sencillo fragmento de 1950, El origen está en la versión picassiana de la Crucifixión de Grünewald.

Junto a esta imaginería que Bacon toma prestada y metamorfosea en su lenguaje e intención, ha dedicado amplio interés a los retratos de amigos y al suyo propio. En el MOMA se han mostrado el de los pintores Ludan Freud y Frank Auerbach (1964), varios de George Dyer en bicicleta y echado (1966), dos estudios (1968) o ¡n memoria (1971) de Michel Leiris (1978), Muriel Betcher (1979), Gibert de Botton (1986) y algún otro; autorretratos hay de 1969, 1971,y 1973.

Resulta admirable que las inspiraciones ajenas que podríamos llamar «clásicas» vertidas sobre composiciones con figura humana, lo mismo que los retratos citados muestran seres humanos o aproximadamente humanos que responden a los problemas de nuestro tiempo. El lenguaje artístico de Bacon es único y ha ido evolucionando durante medio siglo de manera apreciable pero congruente, sin sobresaltos ni cambios de dirección. No somos partidarios de etiquetas académicas, pero la pintura de Bacon podría calificarse de surrealismo expresionista. No en balde su conversión tiene origen en el Picasso de fin de los veinte. Desde el principio puso énfasis en bocas y dientes de cabezas que a veces gritaban y pronto las figuras enteras aparecieron presas en espacios como habitaciones o, mejor, celdas que se definen por grandes superficies de colores planos.

La gama de color es muy rica, apenas redundante. De grises, violetas o verdes se pasa a rojos y naranjas pero también a negros. El cromatismo expuesto con tanta amplitud — los cuadros de Bacon son, por lo común, muy grandes— y de forma tan plana produce un intenso impacto y acentúa la soledad de los espacios interiores (sólo algunos paisajes entre 1953 y 1963).

La figura humana es protagonista absoluta. Pero en realidad se trata muchas veces de formas deshumanizadas o inhumanas. Sus seres son gelatinosos, viscosos, fluctuantes, de contornos móviles e imprecisos. Los grandes formatos de tríptico medieval contrastan con figuración no real, abstracta y surrealista a la vez —no olvidemos que la abstracción norteamericana nace del surrealismo emigrado de Europa en la Segunda Guerra Mundial; quizá por ello es más fácil entender a Bacon en USA— pero en situaciones de aislamiento y encierro tan cotidianas y vulgares en el tiempo que vivimos.

Bacon ha sabido continuar en la segunda mitad del siglo XX la trayectoria del humanismo occidental. Con iconografía contemporánea y con lenguaje que recoge lo más apto de la vanguardia histórica siendo, sin embargo, por entero original. Su discurso versa siempre sobre la condición humana: su carencia, su indefinición, su temporalidad y finitud. Por eso ni siquiera sus retratos pueden ser naturalmente figurativos. La realidad del hombre —tanto contemporáneo como antiguo— está más allá de su apariencia. Descubrir ese misterio de la condición humana es la tarea que apasiona a Francis Bacon desde hace medio siglo.