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Julio de 1936: La República se desmorona, la revolución se abre paso
La Guerra Civil Española es consecuencia del fracaso de un golpe de estado muy mal preparado y peor ejecutado. Pero lo que sí logra esa sublevación derrotada es destruir el estado republicano en aquella parte de España que, al menos en teoría, es leal al ejecutivo del Frente Popular. Cuando llegan las noticias de una rebelión en el Norte de África, acuden a la sede de su sindicato, partido o agrupación política, empiezan a recibir instrucciones y a ser organizados y, a las pocas horas, comienzan a recibir armas de las que el gobierno ha autorizado que sean repartidas “al pueblo”, en teoría, para defender la República. Esta realidad produce de inmediato el traslado del poder, desde las autoridades legítimas del Estado (gobierno, gobiernos civiles, ayuntamientos, etc… hasta fuerzas de orden público) a las masas en la calle que, aunque dicen defender lo que se llama “legalidad republicana”, empiezan a aplicar su particular ley y su propio entendimiento de cómo debe ser esa República, deciden quién es leal o quien no lo es, organizan, encuadran y estructuran las primeras unidades milicianas de este nuevo ejército revolucionario, o plantean cómo deben afrontarse las distintas situaciones críticas: los primeros enfrentamientos con los rebeldes, qué hacer con estos cuando son vencidos, las primeras “lecciones” de adiestramiento en “el arte de la guerra” para esos milicianos que son ciudadanos normales y corrientes y no soldados, las primeras lecciones políticas para afianzar el convencimiento en la causa por la que se lucha, etc… Es una situación perfectamente definible como revolucionaria. Y los meses que siguen se asiste al proceso de re-construcción de ese estado republicano destruido en julio de 1936, proceso que se prolonga hasta la primavera de 1937 y que se realiza, como no puede ser de otra manera, según claves revolucionarias. Así, va a dar lugar a lo que lo que no pocos historiadores consideran que ya no es la Segunda, sino la Tercera República.
En este contexto no extraña en absoluto que en la España republicana se presenten soluciones e iniciativas de carácter revolucionario para afrontar la nueva situación. Así, la España frentepopulista ha de poner en pie un nuevo ejército, intencionadamente diferente de la institución militar clásica, va a ser un ejército de milicianos embrión de lo que será el Ejército Popular de la República meses después. Y en la constitución y estructuración de este va a jugar un papel capital el Quinto Regimiento de Milicias Populares instigado, impulsado y organizado por el Partido Comunista de España. Esa estructura miliciana es a través de la cual se va a articular la participación revolucionaria, armada e intelectual, del poeta Miguel Hernández en la Guerra Civil.
Los comisarios políticos en el ejército popular de la República
La filosofía que impulsa la reconstrucción del nuevo estado republicano por parte de Largo Caballero, hace que el nuevo Ejército Popular de la República esté impregnado de un carácter político-social lógicamente heredado del primer ejército de milicias que se configura desordenadamente en los momentos revolucionarios del verano de 1936. Como su nombre indica el nuevo ejército nace del pueblo, producto de la actividad propia de las masas y tal vez la unidad más sólida o una de las que más, es el Quinto Regimiento. Podemos decir que de su entrañas surge la idea de crear la figura del Comisario Político como expresión de la voluntad y de la confianza de esas masas en la estructura jerárquica que todo ejército exige pero de la que estas, en muchos casos, desconfían en principio. Por ello, el Comisario se sitúa al lado de los mandos –digamos clásicos- que lógicamente mantiene el nuevo Ejército.
El 15 de octubre de 1936 una orden circular del Ministerio del Guerra crea la figura del Comisario Político, que se subordina al nuevo Comisariado General de Guerra. Entonces, claramente ya se expresa que la función de la nueva institución es “ejercer sobre la masa de combatientes una constante influencia a fin de que en ningún instante se perdiera la noción de cuál era el espíritu que debía animar a la totalidad de los combatientes en la causa a favor de la libertad…” Se deja muy claro el carácter político de los comisarios y se le exige al Comisario que demuestre constantemente serenidad de espíritu, una seguridad en el triunfo y unas dotes persuasivas que sean siempre ejemplo y guía para los combatientes.
El hecho es que el trabajo de los comisarios se divide en cuatro apartados: Primero, una labor de educación, agitación y propaganda; en segundo lugar, dejar claro a los combatientes el carácter de esta guerra y la necesidad de disciplina y demás virtudes propias del soldado; también, conseguir una buena convivencia y “fraternidad políticosocial” entre tropa y mandos, y, por último, el trabajo de ayuda militar. Como vemos, en la práctica, el mantenimiento de la moral y la labor de propaganda resumen las misiones encomendadas a un comisario político como sera Miguel Hernández.
Cultura e intelectuales ante la causa republicana
Miguel Hernández se implica, político-ideológicamente y como combatiente, en la causa frentepopulista, lo que encaja perfectamente en el ambiente intelectual en la izquierda del momento, que ya venía del Congreso de París de 1935 que convoca la Asociación Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura y del que va a surgir la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Esta, por su parte, ya en guerra, organiza otro Congreso en Madrid en agosto de 1936 que atrae a la capital de España a la izquierda intelectual del mundo. Este movimiento invita a muchos escritores, artistas, periodistas u otros intelectuales a implicarse en nuestra Guerra Civil en defensa de la República. Muchos de ellos interpretan que lo que sucede en España es la lucha armada de los trabajadores españoles para derrotar a los generales fascistas y a toda una parte de españoles que les siguen y a los que califican de reaccionarios. Así el esquema para esa izquierda mundial sería: la Guerra Civil Española es el combate entre Estado-Legalidad-Democracia-Progreso (ellos) frente a Sublevados-Tradición-Orden-Dios (lo que denominan genérica –y exageradamente- el fascismo). Obviamente este esquema es simplista porque ni buena parte de los que se encuadran en el primer bloque son demócratas, en ocasiones no respetan exactamente la Legalidad o los hay que simpatizan con el anarquismo y el Estado les repele, ni mucho menos la mayoría de los que son tildados de “fascistas” lo son, otros ni defienden la Tradición (el falangismo por ejemplo) o incluso los hay que se sienten y se manifiestan muy alejados de Dios. Pero, tengamos en cuenta que ese esquema, aun siendo falso en buena parte, es el que ellos manejan y al que a ellos –los intelectuales de izquierda españoles y foráneos- les impele para implicarse y comprometerse en la Guerra de España a favor de la República (o de “su” República).
De la mano de ello, en buena medida la cultura se convierte, en la zona republicana durante la Guerra, en un sustitutivo laico de la religión. La defensa y difusión de la cultura acaba por convertirse en un mito, pero acaba íntimamente relacionado con la propaganda, hasta el punto de que se convierte en una de las bazas más importantes de la actividad propagandística frentepopulista; es instrumentalizada e ideologizada porque se liga a instancias políticas. De esta forma, en la Guerra, la cultura se convierte en un arma más de combate. Los que, de una u otra forma, militan en la izquierda están convencidos de que con su apoyo a la República contribuyen a la supervivencia misma de la democracia y de la civilización frente al ataque del fascismo. Frente a ellos –aunque estos no son objeto de este trabajo-, representantes de la cultura y la intelectualidad de lo que podemos llamar derecha mundial que entiende que la causa de los sublevados, que al poco liderará Franco, es la de la defensa del catolicismo frente al avance del comunismo o de otros planteamientos revolucionarios y/o ateos o que cuestionan lo que en aquellos años treinta se considera “el orden”.
Ahora bien, no todos los intelectuales que están o vienen a España se comprometen en el mismo grado por la causa. Los hay que escriben lejos del frente, los hay que hablan, cuando no arengan, pero no manifiestan ese compromiso con los hechos, y los hay como Miguel Hernández que se mancha las botas de barro y el uniforme de polvo de las trincheras y escucha el silbido de las balas cerca de su oreja. Es decir, el poeta Hernández toma la pluma o la máquina de escribir, pero también la pala para cavar trincheras y el fusil para defender la República.
Miguel Hernández: un poeta comunista
Cuando llega ese momento de actuar en defensa de la República, hace dos años que Hernández ha llegado a Madrid dispuesto a triunfar en el mundo literario. Entonces, 1934, muy pronto comienza a moverse en los círculos de la muy rica cultura madrileña de esos momentos. Frecuenta la casa de María Zambrano, de Altolaguirre, de Neruda y traba amistad con Vicente Aleixandre. Además, Hernández acude a París en 1935 para asistir al Primer Congreso de Escritores en Defensa de la Cultura, embrión de lo que sería la Alianza de Intelectuales Antifascistas. En París conoce nombres relevantes de la izquierda cultural de todo el mundo. A inicios de 1936 publica El rayo que no cesa que llega a Gregorio Marañón o al mismo Ortega y Gasset que alaba su obra.
Y en ese comienzo de año, sufre un incidente con la guardia civil: sale de excursión a San Fernando del Jarama y se encuentra con unos agentes que le piden la cédula personal que no lleva consigo; es detenido y muy mal tratado en esa circunstancia. Cuando regresa a Madrid da un paso que ya estaba madurando desde fechas antes: acude a ver a Rafael Alberti y María Teresa León y les comunica su intención de afiliarse al Partido Comunista de España. No es algo raro, en esos tiempos ya son pocos los intelectuales en Madrid que no están politizados en uno u otro sector y se comprometen en la defensa de unas ideas. Al poco triunfa el Frente Popular, el 16 de febrero, y comienza un periodo extraordinariamente convulso en España y, especialmente, en Madrid. Esos meses, previos al golpe de julio de 1936, Miguel Hernández se dedica a escribir y hace una escapada, en abril, a Orihuela para homenajear a su gran amigo Ramón Sijé fallecido poco antes. Pero en esa trágica primavera ya no es sólo un poeta reconocido en Madrid, es, además, un intelectual comprometido con la causa frentepopulista. Y eso se va a manifestar en seguida, muy poco después del fracaso del golpe militar en la capital de España.
La actuación del comisario Hernández
Como se ha explicado anteriormente un compromiso social y político como el de Hernández no es, en absoluto, una rareza en la Guerra Civil. No en vano, en el Quinto Regimiento, en el que se integrará Hernández, también se alistan con toda normalidad otros escritores, ingenieros, arquitectos… En el caso de los literatos su participación en la tragedia de España será mayoritariamente con la máquina de escribir, pero también no pocos toman las armas y acuden al frente a combatir, como Hernández (no así Alberti, por ejemplo).
Y ese compromiso del poeta Miguel Hernández le obliga -él lo siente así- a poner su talento al servicio de su concepción de lo que es el pueblo español, con especial atención al mundo rural con cuya vida se siente tan identificado desde su época joven en Orihuela, y a entender que sólo la República, eso sí, tal y como un militante del PCE la entiende durante la guerra, es la causa legítima en España. Se convierte en un miliciano de la cultura. Eso impregna el contenido de su producción intelectual en sus arengas, poemas, prosa poética periodística e incluso textos caricaturescos, con la nota común toda ella de responder a las necesidades de la guerra o, más concretamente, del frente en el que se encuentra el comisario-poeta Miguel Hernández y, clara y lógicamente, en un tono militante y de agitación. El objetivo de su labor es el convencimiento de quienes le leen o escuchan de la razón que asiste al Ejército Popular en esta guerra, con la exaltación de sus figuras más relevantes y el protagonismo de los dirigentes políticos y militares, eso sí, del PCE fundamentalmente. Y todo ello con el exquisito, pero a la vez accesible, lenguaje de un intelectual con riqueza de metáforas y de hipérboles, las propias del momento bélico, y apoyado en la autoridad y ascendiente –sobre su público- que le otorga su prestigio intelectual. Es en estos parámetros donde se mueve la realidad de Miguel Hernández como comisario político.
Por eso no extraña que entre en acción no mucho después de iniciarse la guerra civil. Y a diferencia de otros intelectuales, artistas, escritores… con una convicción ideológica clara por lo que no recurre a amigos directos como Alberti, Prados, Bergamín, acomodados en la Alianza de Intelectuales Antifascistas y, eso sí, lejos de la refriega de la trinchera, para buscar un puesto cómodo. Más bien al contrario: el 23 de septiembre, directamente, se presenta en el viejo convento salesiano de la calle de Francos Rodríguez, cuartel del Quinto Regimiento, guarda la larga cola pertinente y se alista en la mencionada unidad como simple soldado. Se le otorga la cédula militar 7.590 en la que figura con la profesión de mecanógrafo -la función que había desempeñado, los meses previos a julio, al servicio de José María de Cossío, el famoso estudioso de la tauromaquia – y su pertenencia al PCE con número de carnet 120.295. Es designado zapador y lo primero que hace en esta guerra es cavar trincheras y preparar defensas para la ciudad de Madrid.
Hernández comprueba en el Quinto Regimiento que es probablemente el PCE, su partido, la organización política más eficaz en esos momentos pero, además, la más eficiente unidad militar en esas semanas de ejército miliciano revolucionario. Y como miliciano, después de cavar trincheras, en noviembre, ya toma el fusil cuando los franquistas asaltan la capital. Se encuadra en lo que se denomina el “Batallón del Talento” que comanda el periodista cubano Pablo de la Torriente-Brau, al que Hernández conoce de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, integrado en la 11ª División y centrado en actividades culturales. Con Torriente acude a Alcalá de Henares y, por sugerencia de este, Valentín González, dirigente el Quinto Regimiento, accede a nombrar a Hernández comisario político de compañía.
Aún así, en esos días, todavía su principal actividad es el combate en el frente, entonces, en Pozuelo de Alarcón, lo cual compagina con su labor como miliciano de la cultura. Tras una escapada a Orihuela en diciembre para visitar a su entonces novia Josefina y a la familia, regresa al frente madrileño en enero de 1937 y es, a partir de entonces, cuando se inicia de verdad su actividad de propaganda. Acude al frente de la Sierra de Madrid y allí arenga a los soldados y escribe textos –algunos para publicaciones de la unidad como Al Ataque– que adquieren tonos épicos en los que anima a las tropas republicanas al igual que se condena la cobardía o la insolidaridad.
En febrero de 1937 cambia de frente. Hernández es designado para el Altavoz del Frente, sometido al mando de Vittorio Vidali (el famoso “Comandante Carlos”) y se encamina hacia su destino en Jaén, pasando por Valencia. Es entonces cuando escribe varios de sus poemas con contenido más épico, bélico o de compromiso social. Son títulos como “Aceituneros”, “Sudor” o “El niño yuntero”. En Andalucía, Miguel desarrolla su actividad en los frentes de Santa María de la Cabeza y Castuera, junto con el Comandante Carlos.
Pero, poco después, de llegar al frente andaluz, Hernández lo abandona temporalmente para acudir al II Congreso de Intelectuales en Defensa de la Cultura en Valencia. Allí se reencuentra con muchos de sus amigos intelectuales de Madrid de los que se había separado cuando decide él combatir en el frente. Todos ellos tienen para el comisario-poeta Hernández palabras de adhesión y respaldo, pero, eso sí, manifestaciones de quienes permanecen en la retaguardia. Además, en este encuentro coincide con intelectuales extranjeros como Pablo Neruda, Ernest Hemingway, Octavio Paz, Louis Aragon o André Malraux.
El prestigio intelectual de Miguel Hernández es el motivo de sus alejamientos del frente en su labor de Comisario. Lo ha sido al acudir a Valencia y lo es cuando, poco después, en septiembre de 1937 se le encomienda asistir al V Festival de Teatro Soviético en Moscú. Un militante entusiasta del PCE como él, acude pleno de entusiasmo a la “casa madre” del comunismo, pero allí empieza a experimentar cierto desengaño ante la disciplina soviética, que entiende que limita la libertad y, en otro orden de cosas, a las prolijas comidas con las que son agasajados y que le hacen pensar en la penuria que se está pasando en España.
Regresa en octubre, pero pasa por París donde se encuentra con intelectuales y les empieza a trasladar una impresión que, después, ya en España en los meses siguientes, manifiesta a otros con los que se va cruzando, como María Zambrano: mengua progresivamente su convencimiento en la victoria final y, además, le manifiesta a Josefina que desea permanecer más tiempo con ella y reducir su hasta entonces participación intensa en las campañas bélicas de su regimiento.
En 1938 su actividad como comisario empieza a declinar no tanto por falta de compromiso sino, más bien, porque su salud se resiente. Padece fuertes dolores de cabeza y agotamiento. Estará presente en la Batalla del Ebro a partir de julio de 1938, pero allí es donde va a realizar sus últimas actividades como comisario de guerra. La derrota en dicha batalla, en noviembre, hace que, desde entonces, su labor de comisario ya no es tal. Entre otras cosas porque ya carece de sentido, no puede tenerlo. En esos finales de 1938 es prácticamente imposible tener seguridad en el triunfo final, por muchas dotes persuasivas que pudiera albergar Miguel Hernández o mucho convencimiento en la causa de su República que mantuviera. Y, recordemos lo escrito más arriba, esas eran las condiciones necesarias que exigía la orden de 15 de octubre de 1936 para los Comisarios de Guerra cuando se instituyó esta figura en el Ejército Popular.
Por otro lado, en el terreno personal, Miguel Hernández sufre un durísimo golpe cuando fallece su hijo Manuel Ramón, algo sólo en parte aliviado cuando en enero de 1939 nace su segundo hijo Manuel Miguel. Eso le permite quedarse en Cox con su mujer Josefina. A finales de febrero, tras pasar por Valencia se encuentra en Madrid, pero ya no se acerca al frente, porque es consciente de que la labor de Comisario ya no tiene sentido. Es un hombre que ya no cree en ninguna posibilidad para la República pero no ha perdido su compromiso con ella y con la lucha, se continúa sintiendo un poeta al lado del pueblo, lo que le aleja de otros intelectuales que han pasado toda la guerra en retaguardia. Esto deriva en un grave incidente con Rafael Alberti y María Teresa León, cuando en aquellos días en Madrid, Hernández se presenta un día en la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Allí se encuentra un banquete preparado con manteles y alimentos en abundancia en un ambiente festivo. El comisario Hernández estalla indignado y se dirige a Alberti al que –según testigos- le increpa: “Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta.” Cuando se le reta a que se atreva a repetirlo, se dirige a una pizarra y sobre ella escribe eso mismo. Desde ese momento, Alberti y María Teresa León rompen la amistad con Hernández.
Aquellos huirían desde la población alicantina Elda fuera de España con muchos medios. Miguel Hernández escaparía de España, pero por Portugal. Allí el 4 de mayo alguien le denunciaría, y sería entregado por la policía salazarista a las autoridades franquistas de Rosal de la Frontera. Desde ahí, vendría una condena de cárcel y el conocido y penoso final de la vida del poeta, y comisario político, Miguel Hernández Gilabert.
Tres décadas de rápido crecimiento han convertido a la República Popular China en la segunda economía del planeta y en la principal potencia industrial y exportadora. Además de poseer casi un tercio del total global de reservas de divisas, China es asimismo el mayor receptor de inversión extranjera directa y el primer consumidor de una larga lista de materias primas. La crisis financiera global no ha hecho sino aumentar el diferencial de crecimiento entre las economías avanzadas y China, consolidando su nuevo estatus internacional. Cuando, entre 2016 y 2018, su PIB alcance al de Estados Unidos, por primera vez en doscientos años la mayor economía del mundo no será ni occidental ni democrática; además, seguirá teniendo una reducida renta per cápita media.
Los índices sobre el creciente poder chino absorben la atención de políticos y analistas, en un esfuerzo por comprender cómo este gigante está alterando el equilibrio económico y geopolítico global. Algunos autores sugieren incluso que será China quien determine las reglas del orden internacional. Pese a tan atrevidos pronósticos, esa ambición no forma parte sin embargo de las prioridades de los dirigentes chinos. Más importante que «medir» el poder chino es desentrañar con qué fin quiere emplearlo su gobierno, lo que requiere dar la vuelta a los términos del debate y analizar la variable inversa: cómo el mundo está transformando China y sus equilibrios internos. Al impacto de la integración internacional de un Estado que se consideró durante siglos centro del universo, hay que sumar la compleja transición que afronta China en su sistema político, en su estructura económica y en su identidad como gran potencia como consecuencia de su propio proceso de modernización.
RENOVACIÓN POLÍTICA
En su XVIII Congreso, previsto para el próximo otoño, el Partido Comunista Chino (PCCh) decidirá la renovación de todos sus órganos, lo que también implicará —a partir de marzo de 2013— un nuevo gobierno. Xi Jinping y Li Keqiang sustituirán a Hu Jintao y Wen Jiabao como secretario general del Partido y presidente de la República, y primer ministro, respectivamente. Será la cuarta sucesión en el poder desde que Mao Tse-tung fundara la República Popular en 1949, y la primera en treinta años en la que no ha intervenido Deng Xiaoping.
Salvo Xi Jinping y Li Keqiang, miembros desde 2007, los otros siete integrantes del Comité Permanente del Politburo —corazón del poder político chino— serán asimismo sustituidos por nuevos titulares. Y de los 25 miembros del Politburo —el órgano formal de decisión—, hasta 15 serán nuevas incorporaciones. El hecho de que estos líderes gobernarán China hasta 2022, un periodo en el que afrontarán problemas muy diferentes de los gestionados por el equipo saliente, permite hablar del comienzo de una nueva época. La propia estabilidad del régimen, las crecientes demandas sociales y el necesario cambio de modelo económico exigirán de los próximos dirigentes chinos la adopción de difíciles reformas.
Como ocurre en vísperas de todo congreso, convocado cada cinco años, las autoridades han redoblado los esfuerzos por asegurar una transición estable. Sin embargo, la destitución en marzo del secretario del PCCh en la provincia de Chongqing, Bo Xilai, ha trastornado el escenario previsto. La caída en desgracia de Bo, uno de los políticos más carismáticos del país y aspirante al Comité Permanente del Politburo, ha revelado una división interna entre los dirigentes chinos no vista desde los incidentes de Tiananmen en 1989. Aunque la causa de su cese aparece vinculada al enriquecimiento de su familia, difícilmente puede separarse de la sucesión en el partido y de la reorientación de la agenda nacional durante la próxima década. Tras su llegada a Chongqing en 2007, Bo —hijo de Bo Yibo, uno de los «ocho inmortales» dirigentes comunistas que rodearon a Mao— puso en marcha una política dirigida, por un lado, a la activa persecución del crimen organizado —lo que terminó incluyendo a sus enemigos políticos— y, por otro, a recuperar los valores maoístas a través de las canciones revolucionarias de los años sesenta. Bo recurrió a esa doble campaña como instrumentos en su personal lucha por el poder, en la que intentó desacreditar en particular a Wang Yang —su predecesor en Chongqing y en la actualidad jefe del partido en Guangdong—, quien se había convertido en su principal rival para acceder al Comité Permanente del Politburo.
Tras el cese de Bo, el primer ministro, Wen Jiabao, indicó que China afrontaba el riesgo de una nueva tragedia histórica como la Revolución Cultural —uno de los episodios más negros del maoísmo—, si no acometía con urgencia reformas políticas. Wen hizo hincapié en que el PCCh debía «reflexionar seriamente sobre lo ocurrido en Chongqing». Durante marzo y abril, los medios oficiales publicaron editoriales y columnas de opinión a favor de las reformas, aun dejando bien claro que en ningún caso se trataba de avanzar hacia una democracia de corte occidental. Además de criticar a los funcionarios corruptos, estos medios defendían la adopción de reformas administrativas que permitieran mejorar la eficiencia de las políticas públicas. La verdadera batalla reformista en el seno del PCCh, en efecto, no es sobre la democratización del régimen, sino sobre cómo adaptar la organización a los nuevos problemas nacionales, un asunto sobre el que ni Xi Jinping ni Li Keqiang se han pronunciado públicamente.
De los próximos miembros del Comité Permanente, solo Wang Yang se ha manifestado a favor de las reformas. Su perfil renovador se ha acentuado tras imponerse el «modelo de Guangdong» —la provincia que ha dirigido— al «modelo de Chongqing», desacreditado con la destitución de Bo Xilai. Defendiendo una política transparente, a favor del mercado y relativamente «liberal», Wang ha defendido la participación de las masas en el proceso político. En un discurso pronunciado a principios de junio, indicó que «debemos abandonar la equivocada idea de que el pueblo debe su bienestar y felicidad al partido y al gobierno». Más relevante quizá es el diagnóstico de Wang con respecto a la dificultad de los cambios: «En una primera etapa, los obstáculos a la reforma se debían a las diferencias ideológicas; ahora los mayores problemas para las reformas proceden de los grupos de intereses en la cúspide del sistema». Es una opinión en la que coincide con numerosos observadores: provincias, empresas públicas y fuerzas armadas —entre otros clanes y bloques de poder— han adquirido mayor influencia sin que, desde 2002, el gobierno haya marcado su liderazgo impulsando las reformas que requieren el sistema político y la economía.
El discurso de la «sociedad armoniosa», principal aportación teórica de la administración de Hu Jintao, no resulta suficiente para contentar a una población con nuevas expectativas, que demanda de sus líderes mayor transparencia y legitimidad, así como un mayor esfuerzo contra la corrupción y la desigualdad social. El resentimiento popular contra las nuevas elites políticas y financieras es considerable, y será fuente de tensiones, a menos que los próximos líderes defiendan el cumplimiento de la ley sin excepciones. Los cambios sociales, así como la necesidad de responder al fenómeno de la corrupción y a una excesiva concentración de poder en manos de funcionarios locales, revelan los límites del sistema. Además de sus dirigentes, el PCCh necesita renovar asimismo sus normas de funcionamiento.
CAMBIO DE MODELO ECONÓMICO
La transición a un nuevo gobierno se produce por otra parte en unas circunstancias en las que también el «modelo» económico muestra crecientes síntomas de agotamiento. El crecimiento, aunque elevado si se compara con las economías occidentales, se está reduciendo como consecuencia tanto de la caída de la demanda en sus principales mercados exportadores como de las exigencias estructurales internas.
En el segundo trimestre del año, el aumento del PIB se redujo al 7,6%, en una tendencia a la baja desde el 9,2% de 2011 y el 10,4% de 2010. El gobierno ha anunciado un objetivo oficial de crecimiento para 2012 del 7,5%, aunque —al menos hasta conocerse las estadísticas de junio— la mayoría de los economistas pensaban que superaría ligeramente esa cifra. Si se tiene en cuenta que durante los últimos siete años el incremento medio anual ha sido del 10,9%, al fijar esa cifra los dirigentes chinos venían a reconocer que la era de alto crecimiento se acerca a su fin. Las dificultades en Estados Unidos, Unión Europea y Japón son uno de los factores de la desaceleración de una economía que ha dependido en exceso de las exportaciones y la inversión directa. En palabras de su primer ministro, China necesita corregir un esquema de desarrollo «desequilibrado, descoordinado e insostenible». La clave para resolverlo consiste en acelerar la transformación de las bases de crecimiento mediante el impulso de la demanda interna, pero ese reajuste —buscado por el gobierno desde 2004— no se ha producido.
Tras confirmarse este verano la desaceleración de la economía, el gobierno, como ya ocurrió en el otoño de 2008 en plena crisis financiera global, debe dar prioridad a la reactivación. Pekín adoptó en aquel momento un gigantesco programa de estímulo fiscal por valor de 580.000 millones de dólares, equivalente a más del 10% del PIB. China continuó creciendo mientras los países más avanzados se hundieron en la recesión, pero la respuesta del gobierno no hizo sino reforzar aún más las empresas y bancos estatales, ocultando los problemas estructurales de la economía. Si, como muchos esperan, se adopta un nuevo programa de estímulo mediante una política fiscal proactiva, un aumento de los créditos para grandes proyectos de infraestructuras y un recorte de impuestos, volverá a incrementarse el peso del sector público, se alejaría el objetivo de hacer de la demanda doméstica el motor del crecimiento y se incrementaría el riesgo de morosidad en el sistema financiero.
En definitiva seguiría retrasándose la transformación que requiere la economía china para asegurar su crecimiento en el futuro. Como indica el reciente informe del Banco Mundial «China 2030», a menos que se adopten una serie de cambios en el sistema fiscal, en sostenibilidad medioambiental, en mejora de los derechos de los agricultores y liberalización financiera, y se promueva un aumento de la productividad y de acumulación de capital humano, el crecimiento chino podría caer al 5% en 2025 y experimentar un grave parón hacia 2030. Una de las reformas más urgentes recomendadas por el informe es la de facilitar la libre competencia mediante una reducción del sector estatal. En la actualidad unas 120 empresas públicas monopolizan sectores clave como la energía y recursos naturales, telecomunicaciones o infraestructuras y, al contrario que las empresas privadas, cuentan con un fácil acceso a la financiación a través de los grandes bancos, también controlados por el gobierno. Las empresas privadas, que producen casi el total de las ganancias en productividad y en creación de empleo, tienen —al contrario que las estatales—unos beneficios muy reducidos y sufren una notable discriminación. De cara al futuro, los dirigentes chinos deben decidir si mantienen este esquema de capitalismo de Estado, con una economía dominada por estas gigantes empresas públicas —con el consiguiente riesgo de agravar los desequilibrios internos—, o bien optar por un modelo que abra el camino al sector privado y los emprendedores.
China afronta problemas como el envejecimiento de su población —el porcentaje de los mayores de sesenta años aumentará del 12% actual al 31,1% en 2050—, y un rápido aumento de los costes salariales, y necesita avanzar hacia una economía de mayor valor añadido frente a la creciente competencia en productos manufacturados de otros países emergentes, así como impulsar la innovación tecnológica y la protección del medio ambiente. La superación de estos obstáculos son objetivos prioritarios del programa quinquenal en vigor (2011-2015), pero muchos de ellos son en realidad problemas políticos más que económicos. Si se reduce el control del sistema financiero y de las empresas estatales, se facilita el crédito al sector privado o se mejoran los programas sociales se favorecerá la competencia, se minimizará la corrupción y se limitará el papel del Estado, pero precisamente por ello poderosos grupos de intereses se oponen a toda reforma del status quo.
REAJUSTES DIPLOMÁTICOS
Treinta años de reforma y apertura han situado a China en el centro del sistema internacional. Como país que se ha beneficiado de la globalización, China no tiene interés alguno en desafiar sus reglas, pero la percepción occidental es que, con frecuencia, la República Popular parece dar prioridad a sus intereses más inmediatos en vez de contribuir a la solución de los problemas globales. Como país al que aún le queda camino por recorrer para su completa modernización, sus dirigentes consideran que una posición de liderazgo les acarrearía costes más que beneficios. No obstante, lo cierto es que discuten internamente sobre su nuevo papel, en un debate sobre si abandonar una diplomacia orientada básicamente a crear un entorno exterior favorable a su modernización económica —dirección mantenida durante los últimos treinta años—, o bien asumir un mayor activismo internacional dirigido a maximizar su influencia. Frente a la recomendación de Deng Xiaoping en los años ochenta de mantener un «bajo perfil», algunos líderes chinos creen que ha llegado la hora de que la República Popular adopte una «mentalidad de gran potencia».
El pragmatismo de un gobierno centrado en las prioridades del desarrollo económico y el mantenimiento de la estabilidad política interna, ha conducido a una política exterior orientada a evitar conflictos innecesarios, pero también a ganar gradualmente prestigio y poder internacional. Esta ha sido la doctrina del «desarrollo pacífico» seguida por la administración de Hu Jintao. No obstante, la percepción china de que en 2008 comenzó el declive de Estados Unidos ha abierto el camino a una manifestación más explícita de sus ambiciones. China ha adquirido unos intereses globales que requieren un reajuste de su política exterior, a la vez que sobre esta influyen cada vez más las presiones nacionalistas derivadas de la dinámica de cambio interna. Aunque el ascenso de China está alterando el equilibrio mundial, lo cierto es que su identidad internacional (¿país rico o país en desarrollo?, ¿potencia global o líder regional?) está aún por definir. Es un debate que continuará abierto durante unos años y que provocará tensiones entre China y Occidente, al existir una clara divergencia entre la percepción y las expectativas que cada uno de ellos tiene sobre el otro. Será una tarea más para unos nuevos líderes que, al contrario que sus antecesores, ya no podrán configurar la China del futuro sin tener en cuenta los condicionantes de su integración internacional.
* * *
Por concluir, China afronta una transformación sin precedente. En un proceso quizá solo comparable en la historia al Japón Meiji del último tercio del siglo XIX, el gigante asiático vive la modernización acelerada de su economía, su sociedad e —insuficientemente— de sus instituciones. En el proyecto chino subyace la ambición de recuperar la posición que tuvo en Asia y en el mundo hasta que se produjo la irrupción de Occidente y las guerras del opio. El desarrollo económico es el principal instrumento que facilitará el rejuvenecimiento de la nación china, pero la interacción con el mundo exterior ha cambiado la naturaleza de sus desafíos internos. Ni su historia ni la ideología comunista sirven ya de guía para construir la China del futuro.
Notas sobre la pintura moderna gallegaDE CASTELAO A ATLÁNTICAPor Juan Manuel Bonetrefiero al núcleo de artistas que se reúnen en La Peña, y que colaboraban asiduamente en la revista Alfar, como antes habían colaborado en sus predecesoras Vida Gallega yCasa AméricaGalicia. Ahí están, además de Ángel Ferrant, que entonces era profesor en aquella ciudad, Francisco Miguel, Luis Huici, Ramón Núñez Carnicer, Alvaro Cebreiro, a los que ocasionalmente se unirán, en las páginas de Alfar, los orensanos Manuel Méndez y Cándido Fernández Mazas. Todos estos artistas (enían mucho talento y estaban muy al tanto de las novedades foráneas y españolas, y algunos fueron estupendos xilógrafos. Pero ninguno terminó de cuajar realmente. El más importante, a mi modo de ver. fue Francisco Miguel, que ya en Vida Gallega citaba a Malevich,A historia de la pintura moderT na en Galicia ha sido una historia lenta y difícil. Ha habido en Galicia, a lo largo de este siglo. piniores excelentes, y de elloshablaremos enseguida, pero, más que en cualquier otra parte de España, ha costado trabajo la articulación de esos pintores, y su continuidad. Por de pronio, durante décadas, lo primero que tenía que hacer el artista gallego era marcharse. Marcharse, sencillamente, adonde le hicieran más caso, a una ciudad o a un país donde se pudiera vivir de la pintura. (Más el exilio de algunos de los mejores, después de la guerra civil).Se suele decir que el arte moderno gallego empieza con Alfonso Castelao. Eso es cierto, siempre que lo maticemos. Mientras Sotomayor o Francisco Llorens representan la continuidad del naturalismo académico en nuestro siglo, Caslelao encarna el realismo, un realismo teñido de ribetes expresionistas, y del bien conocido humor negro de este pintorescritor, que además anduvo metido en política. La visión de Galicia y de los gallegos de Castelao marca decisivamente a cuantos vienen después, y ello le confiere carácter de fundador, de faro. Inolvidables muchas de sus caricaturas, de sus tipos. Y sin embargo en el campo concreto de la pintura, llegado a un punto Caslelao no va más allá, o mejor dicho, se bate en retirada. Me refiero a su diario europeo de 1921, a las opiniones extremadamente antimodernas que ahí expone, a su alineamiento con las posiciones más retrógradas.La PeñaEl primer núcleo conscientemente moderno que surge en Galicia surge a comienzos de los años veinte, y en La Corana. MeAntón Patino. Marea Negra, 1988A visión de Galicia y de los gallegos de Castelao marcadecisivamente a cuantos vienen después, y ello le confiere carácter de fundadorque pasó parte de su vida en México, y que, al igual que Luis Huici, fue asesinado a comienzos de la guerra civil. Gracias a la exposición que César Amonio Molina le dedicó a Alfar, hun podido contemplarse algunos de sus sorprendentes cuadros marineros, entre «Nueva objetividad» y metafísicos.Maside, Seoane, LaxeiroTambién sobre la base de la asimilación de las novedades foráneas, pero con mayor peso específico, y con una clara voluntad galleguista de la que apenas encontramos huellas en Alfar, a lo largo de los años veinte y treinta se consolidó un núcleo de pintores que fue el equivalente, en este campo, de lo que en el campo literario se conoce como «generación Nos». En ese núcleo militaron Arturo Souto, Carlos Maside. Manuel Colmeiro, Manuel Torres y el jovencísimo Luis Seoane. El cubismo, CéEanne. Picasso, el expresionismo alemán, el novecenlo italiano: lodos estos nombres y escuelas encuentran su reflejo en la producción de estos pintores. Ya antes de la guerra civil, algunos habían alcanzado resultados muy notables, y pienso en las escenas portuarias de Souto, en las visiones rurales de Colmeiro, y sobre todo en Maside, tal vez el pintor más completo de todos ellos. Pero también en este caso las circunstancias serían poco favorables a estos artistas. Colmeiro, Soulo y Seoane (nacido en Buenos Aires) tuvieron que marchar al exilio, truncándose, hasta muchos años después, su contacto con una Galicia que, sin embargo, y como le sucedía coetáneamente a Castelao. siguió siendo para ellos su único horizonte.En el exilio bonaerense es donde cuajó la obra de Luis Seoane, un pintor muy dotaNUEVA REVISTA DICIEMBRE 1991ESPECIAL GALICIAERECENser subrayadas la calidad delapintura de Seoane, su capacidad de hacer compatibles su gusto por la Escuela de París (Picasso, Matisse, Lóger) y su nostalgia de la tierra perdida, identificada con los años del románico compostelanodo, que fue además grafisia. poeta, editor, y muchas cosas más, y que desde los años de su juvenil amistad con Cunqueiro, siempre buscó la compañía de los escritores. Merecen ser subrayadas la calidad de la pintura de Seoane, su capacidad de hacer comr patibles su gusto por la Escuela de ParísLub S K W M . Las mariscadoras, 1909 (Picasso, Matisse, Léger) y su nostalgia de la tierra perdida, identificada con los años del románico compostelano. Notable fue la voluntad reflexiva de Seoane. patente en numerosos textos, muchos de ellos dedicados precisamente a fijar el perfil de lo gallego en el arte.También es en Buenos Aires donde surge la figura simular de Laxeiro, un expresionista por libre, un pintor lleno de ecos popularistas, y. él también, románico a su modo, y cuya obra ha sido reivindicada por un artista de la joven generación como Antón Patino, que la considera como una referencia importante dentro del paisaje estético gallego.SurrealismoEl surrealismo, que orgánicamente no existió en Galicia, afectó tempranamente a varios artistas, entre los que destacan Manija Mallo. Urbano Lugrís y Eugenio F.Granell.Maruja Mallo, que también emigraría a Buenos Aires a consecuencia de la guerra civil, había sido compañera, en San Fernando, de Dalí. Su primera individual, en la que enseñó sus Verbenas, tan 27, y tan bien glosadas por Giménez Caballero, tuvo lugar en 1928 en los salones de Revista deOccidente. Estuvo unida a Alberti en la época de Sermones y moradas. En 1932expuso en París, en la Galerie Pierre, plataforma suUrbano Lugrís. Circulo Marino rrealista por excelencia, sus Cloacas y camNUEVA REVOTA DICIEMBRE 1991ESPECIAL GALICIA,pananos y sus Espantapájaros. En 1934 formó parte del efímero Grupo de Arte Constructivo, promovido por Torres García. Ya en Buenos Aires, donde Ramón Gómez de la Serna escribió un libro sobre su obra, realizó fantásticos perfiles de mujeres.A Urbano Lugrís, ya activo en la preguerra, más que el surrealismo propiamente dicho, le influyó la pintura metafísica. Cabría definirle como una suerte de Cunqueiro de la pintura, por lo mucho que le gustan la Edad Media y otras épocas remotas, los puertos, las ciudades sumergidas y también las tabernas. Una reciente exposición, que desgraciadamente no pudo verse fuera de Galicia, ha permitido fijar el perfil de este raro y muy gallego pintor.Eugenio F. Granell, en cambio, aunque también amigo de soñar mares, ha ejercido poco de gallego. Músico de formación, y muy dotado también para la literatura, a consecuencia de la guerra civil ha llevado una existencia errante (Francia, Santo Domingo, Guatemala. Puerto Rico, Estados Unidos). Su incorporación a comienzos de los años cuarenta al movimiento surrealista marcó el resto de su fantástica trayectoria. Su pintura, expuesta hoy con todos los honores, ha sido durante mucho tiempo muy mal conocida. Es una pintura llena de imaginación, cargada de intensidad poética, y de una gran viveza cromática.Después de la guerra civil. Galicia vivió en una situación todavía peor que otras regiones de España, En materia artística ello quiere decir que durante un par de décadas, si no más, apenas pasó nada digno de mención. La mayor parle de los artistas gallegos de cierto relieve marchaban a Madrid o al extranjero. Durante los años cincuenta, dan que hablar en la escena madrileña pintores como el sensible Constantino Grandío: como Manuel Mampaso, que fue uno de los primeros abstractos españoles, y cuyo cuadro Redes fue uno de los que causó sensación en la Primera Bienal Hispanoamericana de 1951; como José María de Labra, geómetra, y como tal incorporado al efímero movimiento «normativo». Algo más tarde, pero también en Madrid, nos encontramos con Reimundo Patino, pintor singular, y sin duda la persona, después de Seoane, que más ha reflexionado sobre e¡ arte moderno gallego; con el constructivista Luis Caruncho; con José Vázquez Cereijo. habitante de un mundo de ensueño, en el que conviven el terror y lo cristalino, lo surrcal y el recuerdo del mar gallego. Fuera de España destacan el espacialista Leopoldo Novoa, y Jorge Castillo, pintor dotado y versátil, de lo mejor que ha dado la nueva figuración española de los sesenta.ESPUÉS de la guerra civil, Galicia vivió en una situación todavía peor que otras regiones de España. En materia artística ello quiere decir que durante un par de décadas, si no más, apenas pasó nada digno de menciónRAS ese período de marasmo y deindividualidades el aldabonazo lo dieron, en los albores de la democracia, los artistas que en 1980 crearon «Atlántica»Tras ese período de marasmo y de individualidades el aldabonazo lo dieron, en los albores de la democracia, los artistas que en 1980 crearon Atlántica, entre los que destacan, además de los escultores Leiro y Mon Vasco, pintores como Antón Patino, Menchu Lamas, Antón Lamazares, Guillermo Monroy. Correa Corredoira, Rafael Baixeras o Manuel Moldes. Procedentes todos ellos del expresionismo (un expresionismo má_s abstracto en unos casos, más figurativo en otros), han enfriado luego sus obras respectivas. Para todos ellos cuenta mucho la realidad gallega, y la prueba está en las figuras popularistas siempre el romanice^ de Menchu Lamas o de Leiro. en los Finisterres siempre el mar de Antón Patino o en las alegorías barrocas compostelanas de Moldes. Sin embargo, y aunque han desplegado una gran actividad dentro de Galicia, con ellos prosigue la historia de la emigración. Madrid acoge a Menchu Lamas y a Antón Patino. Nueva York a Leiro y a Lamazares.IndividualidadesEl hoy más inmediato, también protagonizado por artMas que se han marchado en su mayoría de Galicia, es, de nuevo, propicio a las individualidades, más que a los grupos. Las individualidades más interesantes son. a mi modo de ver, Xesús Vázquez, pintor culto, poundiano, y uno de Jos más importantes de la escena peninsular de los ochenta; Antonio Murado; el neometafísico José Manuel Calzada; Darío Basso; Berta Cáccamo; Cruz Pérez Rubido. Respecto de sus inmediatos predecesores de Atlántica (con los que Xesús Vázquez ha expuesto), llama por lo demás la atención lo poco que les preocupa Galicia como tema a estos pintores, si exceptuamos a Calzada, que últimamente ha sustituido a las arquitecturas del Madrid de la posguerra, los idílicos paisajes lucenses.Aunque hoy haya galerías, museos, revistas, algo más de coleccionismo, la Galicia del arte sigue estando, en buena medida, y como lo ha estado a lo largo de todo el siglo fuera de Galicia. En esta hora de universalismos, aunque algunos de los anistas de Atlántica han ahondado en sus señas de identidad, parece más difícil que nunca cernir el perfil de la pintura gallega, cada vez más incorporada a los circuitos nacionales e internacionales. Juan Manuel BonM (París, 1ÍJÍ) es escritor y crítico de arle. Colaborador del diario ABC. Autor de La patria oscura» (1983). Café des exilés» (1990) y U ronda de los días» (1990).NUEVA REVISTA DICIEMBRE 1991
Todo análisis sobre este conflicto genera la dificultad para un hombre occidental de plantearse, en primer término, la diferente escala de valores existente en relación a los grupos humanos de religión islámica, en el día en que comienza la festividad religiosa del Ramadán. ya que la religión está muy incrustada en la vida de los creyentes. Estos aceptan de buen grado el papel secundario de la mujer y otras cuestiones que salen del marco de la Declaración Universal de Derechos Humanos proclamada por la ONU el 10 de diciembre de 1948, en un área geográfica en que temperaturas de 54 grados a la sombra «calientan mucho la cabeza*. Son hombres que han buscado afanosamente el agua por un desierto sin fronteras, de tierras pedregosas, convertidos durante decenios en nómadas de rebaños de camellos, seminómadas pastores de corderos o sedentarios de pequeñas ciudades. Allí se crearon unas dinastías hereditarias de organización medieval con mentalidad de tribus y no de territorios o naciones, dependientes políticamente de los turcos, cuya presencia era escasa en estos pobres parajes.
Situación que explica la aparición política de un perturbador mundial Sadam Husein y del desmembramiento de dos imperios: el turco, después de la 1 Guerra Mundial, que convierte a estas tribus en Estados con fronteras y con un nacionalismo incipiente. La aparición del motor de explosión permite recorrer en automóvil grandes extensiones y el descubrimiento casual del petróleo, cuando lo que se buscaba era agua, cambian la importancia de la zona por contener el 65% de las reservas petrolíferas mundiales.
La disolución del imperio soviético, iniciada en nuestros días, ha sido otro factor determinante, ya que la invasión de Kuwait, de haberse producido hace diez años, no hubiera tenido la réplica contundente que el desarrollo de los acontecimientos nos ha mostrado en la guerra más televisada del mundo, que en el marco de la ONU trató sin éxito de disuadir al perturbador Sadam Husein.
Aunque nacieron, por la Carta de San Francisco, el 26 de junio de 1945, sin haberse terminado la II Guerra Mundial, que concluyó el 2 de septiembre, y aunque los entonces sólo 26 países que la suscribieron conocieran las dos mayores explosiones bélicas de la historia de la humanidad en Hiroshima y Nagasaki, el 6 y 9 de agosto, respectivamente, es cierto que los deseos de «preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra* han sido constantes. En la Cana expresaron cómo deben solucionarse las diferencias entre los Estados, según el art. 33: por la negociación, investigación, mediación, conciliación, arbitraje, arreglos judiciales, acuerdos y recursos a organismos regionales, nacionales e internacionales. Pero no han faltado los gobernantes que han creído encontrar en la guerra una fórmula más eficaz para solucionar sus problemas exteriores, a pesar de ser conscientes de que quedarían incluidos dentro del Capítulo VII de la Carta, que, conociendo la naturaleza humana, redactaron previsor amen te, para sancionar los casos de amenazas a la paz o su quebrantamiento, así como los actos de agresión de un Estado contra otro.
Durante 45 años, y por la existencia de la guerra fría, el veto de alguno de los cinco grandes del Consejo de Seguridad no impidió que tuvieran lugar más de un centenar de conflictos con millones de muertos. Solamente el proceso de descolonización de África, con sus luchas tribales, ha superado los 17 millones de bajas.
La evolución iniciada hacia la democracia por los países del disuelto Pacto de Varsovia ha permitido ahora desbloquear y aplicar el Capítulo VII en el caso de la invasión de Kuwait por Irak con ánimo de anexión permanente. El consenso internacional ha sido absoluto, y de las trece Resoluciones aprobadas, cuatro lo fueron por unanimidad y las demás por abrumadora mayoría de los quince miembros del Consejo de Seguridad, con los votos en contra de Cuba y Yemen.
La derrota militar y política sufrida por el líder de Irak tendrá un gran efecto disuasorio sobre cualquier gobernante, dictador o lunático que desee atacar a un vecino. Pero el coste de esta disuasión no ha sido pequeño, y además de los tradicionales sufrimientos y destrucciones que los Siete Jinetes del Apocalipsis causan en los hombres y en los bienes, se añaden ahora los grandes destrozos en las instalaciones petrolíferas (aún arden 540 pozos en Kuwait) y ¡os daños en la atmósfera y en el medio ambiente marino. Kuwait aún no tiene agua ni electricidad, y la reconstrucción durará varios años; la de Irak requerirá una década.
Las Naciones Unidas, al no tener fuerzas propias, encargaron a países miembros que constituyeran la Coalición para restablecer el Derecho internacional quebrantado, y ante la contumaz obstinación de Sadam Husein, que despreció, postergó y humilló reiteradamente al secretario general, Javier Pérez de Cuéllar, se vieron obligadas a dictar Resoluciones con carácter (¡¡suasorio, en la última de las cuales, la 678, del 29 de noviembre de 1990, se decía textualmente: «Autoriza a los Estados Miembros que cooperan con el Gobierno de Kuwait para que, a menos que el Irak cumpla plenamente para el 15 de enero de 1991 o antes las resoluciones que anteceden, como se indica en el párrafo 1 de la presente resolución, utilicen todos los medios necesariosipara hacer valer y llevar a la práctica la Resolución 660 {1990) y todas las resoluciones pertinentes que la siguieron y para restablecer la paz y la seguridad internacionales en la región». Derrotado Irak, la Resolución 686, del 3 de marzo de 1991, aprueba el alto el fuego temporal y señala las responsabilidades que deberá aceptar, y el mantenimiento del embargo económico hasta que demuestre su clara voluntad de cumplir todos sus compromisos.
Actualmente las Naciones Unidas realizan una notoria función humanitaria en la zona del Golfo por medio de la Organización Mundial de la Salud y de UNICEF. El secretario general ha enviado a Marli Antisari para que informe de las necesidades en Kuwait e Irak. Estudia otorgar al Comité Internacional de la Cruz Roja el papel de arbitro sobre las cifras de iraquíes y kuwailíes prisioneros y muertos. También han comenzado negociaciones para una Resolución de alto el fuego con Irak de carácter permanente y el envío de una Fuerza Internacional de 250 observadores militares, establecida en la frontera, para crear una zona de seguridad, en sustitución de contingentes de tropas sirias y egipcias, acordado en Damasco el 5 de marzo por la Conferencia de Cooperación de los Países del Golfo.
En el futuro, y ante una situación análoga, sería deseable que la ONU, actualizada en sus funciones y estructuras, pudiera ella misma ejercer las medidas coercitivas necesarias- Se habría subido un escalón en la «escalera hacia la paz».
Estos dos conceptos son los que especifica la Resolución 678. Pero ninguno de los dos se ha logrado todavía, pues tras el alto el fuego entre la Coalición e Irak ha surgido la guerra civil, en que los kurdos por el Norte y los chutas en el Sur luchan contra Sadam, ayudados por tropas iraníes que incluso podrían pretender alguna anexión territorial.
Sadam ha prometido democracia y pluralismo en Irak, en su primera intervención televisiva desde el fin de las hostilidades, pero la credibilidad de sus palabras es nula. Evitar un vacío de poder puede ser la causa de su permanencia, pero a corto plazo su caída parece inevitable y necesaria por no ser interlocutor válido para el futuro.
Se habla de establecer «un Nuevo Orden Internacional», pero creo que es necesario matizar y desdoblar el término. Es preciso un Nuevo Orden regional en Oriente Medio, que haga desaparecer ese foco conflictivo donde se entrecruzan las tensiones Este-Oeste, con las Norte-Sur, y donde los problemas kurdo, palestino, el peligro del fundamentalismo y las relaciones del Estado de Israel con sus vecinos, son cuestiones candentes, urgentes y complejas. Para resolver estos múltiples problemas ha comenzado la diplomacia de la Coalición a realizar contactos en los más altos niveles y sin dejar aislada a la URSS, que ha presentado al secretario de Estado norteamericano James Baker, en su visita a Moscú del 16 de marzo, un plan de seis puntos para estabilizar la zona, que requiere encontrar solución a problemas locales (si habrá o no concesiones territoriales), bilaterales, multilaterales (la Conferencia sería un avispero) y geoestratégicos, ya que el petróleo le da a esta crisis regional un alcance mundial.
El Nuevo Orden Diplomático Internacional hay que contemplarlo incluyendo el Golfo, pero sin olvidar otros muchos puntos conflictivos, donde hay guerras y mueren personas aunque poco se vean en televisión ni las comenten los periódicos: Líbano, repúblicas musulmanas de la URSS, Afganistán, Países Bálticos, Chipre, Albania, Yugoslavia, África con hambre y luchas tribales, India y Pakistán, Indonesia y Papua-Nueva Guinea, Estrecho de Malaca, Campuchea, etc. El siglo XX se despide con el calificativo de ser el más sangriento de la historia. Desearíamos que el XXI cambiara de signo y se conviniera en el más pacífico. Esperemos que las Naciones Unidas puedan contribuir mucho a conseguirlo.
En el Museu Picasso de Barcelona se ha celebrado del 25 al 28 de abril un Seminari d’Estudis Picassians bajo el título Picasso dentro del arte español. Antecedentes y consecuentes, con la participación de una docena de especialistas de distintas nacionalidades. Dos de los mejores y más famosos estudiosos de la vida y la obra de Picasso, el francés Pierre Daix y el alemán Werner Spies se ocuparon de su relación con Juan Gris y del Guernica respectivamente. Jiri Kotalik, director de la Galería Nacional de Praga se refirió a la figura del checo Kramar, estudioso y coleccionista de Picasso y otros cubistas. Expertos catalanes como Ainaud de Lasarte, Fontbona y Combalía trataron de la escuela valenciana en Málaga, la influencia del modernismo en Picasso o las relaciones con Miró. José Milicua estudió la presencia de obras de Picasso en Buenos Aires en 1901 y conexiones entre la pintura vasca y catalana de inicios de siglo. María Teresa Ocaña, directora del Museu Picasso, trató sobre el padre de Picasso, dando a conocer importantes noticias inéditas referidas a las relaciones mantenidas con Pablo. Tomás Llorens, director del Centro de Arte Reina Sofía se ocupó de las conexiones de la escultura de Picasso y Julio González. El pintor Antonio Saura se refirió a tres grupos de pinturas de especial interés en la obra picassiana: cubismo analítico, damas monstruosas y últimas pinturas. Francisco Rico, catedrático de Literaturas Hispánicas Medievales, disertó sobre la Celestina en la obra de Picasso. Por fin, a nosotros nos tocó ocuparnos de Goya en Picasso. Tanto las diversas ponencias como los coloquios y debates que siguieron a cada una de ellas, con participación también de los asistentes —que acudieron mediante invitación individual— fueron de extraordinario interés, iluminando desde múltiples perspectivas muchos aspectos desconocidos de la vida y obra del gran pintor malagueño.
La publicación de las actas que se prevé en muy breve plazo permitirá difundir tan valiosas aportaciones. El rigor de las investigaciones y debates se alejó mucho de la trivialidad que suele ser frecuente en congresos multitudinarios, con comunicaciones tantas veces convencionales e insignificantes.
Al mismo tiempo que el Seminario transcurrieron las últimas jornadas de la magnífica exposición Cubismo en Praga que ha reunido más de 75 obras (pinturas, esculturas y dibujos) de Picasso, Braque, Derain y los cubistas checos, procedentes de la Galería Nacional de Praga y que se va a exhibir a continuación en las salas de la Fundación Juan March de Madrid. La organización de la directora del Museu Picasso y su eficiente equipo de colaboradores fue a tono con la importancia del Seminario y contribuyó al éxito el planteamiento reducido y selectivo sin caer en tentaciones de oportunismo populachero. Seminario y exposición han sido dos jalones más de la extraordinaria labor que viene desplegando María Teresa Ocaña desde que se hizo cargo de la dirección del Museo en 1983. Recordemos el Catálogo de pintura y dibujo del Museo (1984) que nos parece único y ejemplar entre los catálogos de museos españoles. Y la serie de exposiciones de primera magnitud como la dedicada a Les demoiselles d’Avignon o a Henri Matisse en los museos soviéticos entre muchas otras en las que nos consta el esfuerzo, coronado por el éxito, de la actual dirección del Museu.
Con el estreno de Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro, comienza el municipal Teatro Español de Madrid una nueva etapa de la ya larga historia de servicios prestados por su escenario al arte dramático. Durante mucho tiempo, el Teatro Español fue uno de los principales recintos del ambiente cultural de Madrid, innovador, experimental y, a la vez, profundamente clásico, intenso y teatral. Teatro clásico y teatro moderno, así como la primera presentación de muchos nuevos autores españoles, encontraron en el edificio de la plaza de Santa Ana el impulso necesario para alentar entre el público madrileño la afición a los productos del ingenio inspirados por la musa Melpémone. Después vino el aparatoso incendio que lo inhabilitó durante varios años para ser reinaugurado, ya muy entrada la democracia. Tras la aparatosa marcha de Miguel Narros, se cierra una fase del Español no presidida, precisamente, por la brillantez ni la capacidad de suscitar la vieja expectación que antaño convirtió a esta sala en un centro de encuentro cultural y de discusión literaria. ¿Será capaz Gustavo Pérez Puig de devolver al Español sus antiguos fulgores? Del estreno de Las mocedades del Cid podría razonablemente esperarse que se recuperaran los viejos destellos perdidos. Había ambiente, ilusión e interés. Un viejo héroe de las tablas, el actor José María Rodero, retirado desde hacía varios años, volvía al tablado persuadido por el nuevo director para representar un papel secundario e ilustrar al nuevo plantel de actores que ensaya la renovación y la dignificación de las artes representativas en una época poco favorable a valorar en su pureza el trabajo del actor. Sin embargo, en Las mocedades del Cid se advertían ese empeño y ese esfuerzo, el vigor de suscitar ante el público el interés por la calidad de la interpretación en sí misma. Juan Carlos Naya encarnó un Cid convincente, juvenil y auténtico; José María Rodero llenaba el escenario con su sola presencia y su voz de barítono; Lolo García hacía del príncipe don Sancho un personaje real y verdadero; Milena Montes conseguía transmitir en la voz de doña Urraca los encontrados sentimientos de amor, celos, admiración y amistad; Arturo López humanizaba la dignidad real con un paternalismo verosímil; Ana Torrent, compensaba la debilidad del tono mediante el trabajo controlado de expresar simultáneamente la lucha interior entre dos pasiones incompatibles: la lealtad al deber y las inclinaciones amorosas. Todo funcionó como el buen mecanismo de u n buen artesano. La dirección de Pérez Puig, a la vez sobria y ligera, pretendió deliberadamente acercar un texto antiguo a un espectador moderno, que ya hace tiempo ha perdido el hábito de saborear los textos en su pureza original.
Tal vez sea éste el problema de fondo que ha de enjuiciarse junto al comentario del trabajo realizado. ¿Qué es lo que se vio sobre el escenario? Evidentemente se trataba de una obra aligerada, descargada de sus vestiduras literarias, desprovista de la autenticidad del testimonio primitivo. ¿Algo así como esas versiones ligera s d e la s grandes sinfonías clásicas? ¿Algo así como la reducción del Himno de la alegría de Schiller a la canción de la alegría d e u n moderno cantante? Pero el problema con que se enfrenta el teatro es muy distinto del que afronta la música: el teatro es un arte en repliegue y declinante, el texto clásico es mucho más enjundioso y literario que su evolución moderna; el verso ha dejado de ser competitivo y lo s viejo s cánones de la preceptiva hoy resultan ininteligibles. Ninguna academia del mundo expresaría hoy sus Sentiments como hizo la academia francesa, forzada por la disputa intelectual, cuando Corneille estrenó Le Cid, su inspirado trasunto de Las mocedades de Guillén.
Para dar cuenta del cambio, El Cid de Corneille constaba de cinco actos y Las mocedades de Guillén, de tres . ¿Qué obra puede hoy representarse bajo esa condición? Pérez Puig optó por ofrecer una versión que respetase el metro original pero se adaptase al gusto actual. Y salió airoso, al menos ante el público, de la prueba. Supo desbrozar de la imaginación del autor clásico las posibilidades de un tratamiento moderno sin sacrificar por ello la capacidad expresiva aunque aplicando al máximo los recursos par a explotar las secuencias de una acción dramática que se acercaba a un a cadencia casi más cinematográfica que teatral. Su éxito procede de esa hábil conjugación de elementos no fácilmente combinables. El público agradeció ese tratamiento aplaudiendo entre escena y escena, reaccionando desinhibidamente el estímulo de una interpretación convencida de sí misma y de un texto que supo condensar, sin desnaturalizarlo, la expresión de los sentimientos y emociones contradictorias de los distintos personajes. El happy end del original se acomodaba muy bien a las expectativas del espectador actual. A pesar de las concesiones, obligadas y bien administradas, Pérez Puig no dejó de afrontar riesgos tan considerables como el de la escena d e San Lázaro, que ya fue suprimida por Corneille por excesivamente arriesgada y difícilmente asimilable para el espectador de aquella época. Claro está que Gustavo Pérez Puig, asistido por Alicia Pi, contaba a su favor con Gil Parrondo, el creador de la escenografía, quien diseñó para es a escena literariamente muy aligerada, en la versión moderna, todo hay que decirlo, un artilugio simple pero eficaz y efectista.
E n suma, una buena velada y una precisa demostración de cómo adaptar el teatro clásico, sin adulterarlo, a los gustos del espectador moderno.
En pocas palabras, Asimov ha resumido el contenido de esta obra. «El profesor Will describe, con estimulante claridad, los ochenta años de esfuerzos por parte de los físicos para verificar si la relatividad general es correcta o errónea. A cada paso de este camino, los más sutiles y trabajosos experimentos, un despliegue de nuevos instrumentos y la fascinación del ingenio se suman en la verificación del gran salto intuitivo de Einstein. En mi opinión, los héroes de la película ganaron.» Will, después de analizar una serie de experimentos y de hacer una serie de reflexiones, concluye con la afirmación tajante de que «ha llegado el tiempo de tomar la relatividad general por segura». Pero ésta es una teoría de la gravitación, o bien una teoría del espacio-tiempo. Para Newton, el espacio y el tiempo son realidades dadas, sobre las que no cabe teorizar. En cambio, en la teoría de Einstein la materia determina la geometría del espacio-tiempo en sus proximidades y ésta es la que rige el movimiento de los cuerpos. A su vez, el espacio-tiempo se encuentra curvado. Todo esto no resulta, en modo alguno, intuitivo. Choca con el sentido común. Pero lo importante es que está contrastado, que se ha comprobado mediante una serie de experimentos, en general, bastante sofisticados.
Por otra parte, la relatividad general se ha convertido en una herramienta básica del trabajo de los astrónomos. La primera comprobación experimental fue la predicción de la desviación de los rayos luminosos procedentes de una determinada estrella al pasar cerca del Sol. Y lo verdaderamente chocante es que una teoría «concebida casi en el pensamiento puro, sólo con la guía del principio de equivalencia y de la imaginación de Einstein y no por una necesidad de concordancia con datos experimentales, finalmente haya resultado ser tan correcta».
Realidades que nos habían enseñado en la escuela han sido puestas en duda o sistemáticamente negadas por Einstein. Por ejemplo, la suma de los ángulos de un triángulo es dos rectos, pero sólo en regiones muy pequeñas del espacio vacío, pero no en una región extensa. Las líneas rectas tal como las concibe la geometría de Euclides son sustituidas por rayos de luz, que no se identifican con aquéllas cuando pasan cerca del Sol o de cualquier cuerpo muy pesado.
En esta línea, escribe Bertrand Russell que «cuando los hombres comenzaron a razonar, trataron de justificar las deducciones que habían sacado irreflexivamente en los primeros tiempos. Buena parte de la mala filosofía y de la mala ciencia fueron el resultado de esta propensión». En definitiva, el libro del profesor Will está lleno de sugerencias, magníficamente escrito y resulta ser de una apasionada lectura.
Se cumplirán, en este 1990, los 15 años de la muerte de Antonio Bienvenida, sin que su memoria se haya borrado del recuerdo de los aficionados. Ha sido un curioso fenómeno que desborda los estrictos márgenes de la pura afición taurina, para adentrarse en el terrero del señorío y la hombría de bien, como cualidades encarnadas por ese «maestro» singular dentro y fuera de las plazas.
Esta biografía acomete la tarea de presentar la figura de Antonio Bienvenida como ser humano, miembro de una dinastía de toreros, que vivió dedicado por entero a su profesión desde antes de tener el uso de razón, hasta el momento mismo de su muerte.
El autor, junto a la documentación que permite seguir el acontecer familiar y profesional del diestro, lo presenta como protagonista de episodios capaces de definir por sí mismos su carácter y sentido vital. Se refiere a tantos «gestos» y «gestas» que delimitan su trayectoria, contribuyendo a trazar los perfiles de su recia personalidad, envuelta en una sonrisa amable, que tenía la virtud de convertir en juego sencillo la ejecución de las más arriesgadas suertes.
U n a de ellas, tal vez la más espectacular de su repertorio, fue la del famoso «pase cambiado» que tuvo en Antonio genial intérprete. La había aprendido —como todo en su vida torera— de su padre, el Papa Negro, quien, a su vez, la recibió directamente del primer Bienvenida y de Antonio Carmona «El Gordito», diestro popular y artista de finales del siglo XIX. El autor nos describe minuciosamente la técnica del «pase cambiado» y el momento en que Antonio la puso en práctica ante los asombrados espectadores de Las Ventas, un 18 de septiembre de 1941. Era el quinto novillo de la tarde, «Naranjito» de nombre, y mostraba excelentes condiciones de bravura y nobleza. Al iniciar la faena, citó al toro desde lejos, con la muleta plegada en la mano izquierda y el estoque en la derecha. Su voz resonó en el silencio de la plaza:
—«¡Jé, toro! ¡Arráncate, bonito!»
Y el toro, obediente, se arrancó… «rápido, fuerte, confiado…» «Antonio aguantó a que el novillo casi le rozara, y cuando lo tuvo en la cintura, todavía con la muleta plegada en la mano, dio un giro con el cuerpo, los pies firmes en el suelo y desplazando la pierna derecha, pudo cargar la suerte » y sacar al toro por el lado contrario al que le marcó…» «El novillo, engañado casi a cuerpo limpio, siguió su carrera unos cuantos metros, para revolverse con rapidez, dispuesto a acometer al torero. Entonces, Antonio, que ya ha desplegado la muleta, con la misma mano izquierda, lo recibe con un natural de ensueño, que empalma con una serie de tres.»
Repite el mismo pase cambiado por tres veces, aumentando la emoción, al mismo tiempo que el peligro. El público enloquece. Al terminar la corrida, le sacan en hombros, por la puerta grande y así le llevan, calle de Alcalá arriba, hasta su domicilio, entonces, calle de General Mola, 3. Se ha escrito una página de oro en los anales de la plaza madrileña de Las Ventas. La «gesta» de Antonio quedará escrita para siempre en el recuerdo de los aficionados.
Tampoco faltan los «gestos» inolvidables. Estamos ahora en 1942, año de la alternativa de Antonio. Por expreso deseo de él, se organiza la corrida con toros de la ganadería de Miura, arriesgada empresa para un torero el día del «doctorado». Todo está preparado en vísperas del domingo día 5 de abril de 1942, fecha de la alternativa, que le será otorgada por su hermano Pepote. En casa de los Bienvenida cunde el nerviosismo. De la plaza, comunican que dos toros de Miura, dañados en las patas, han sido declarados no aptos para la lidia. Serán sustituidos por otros dos de la también prestigiosa ganadería de Terrones. Pero Antonio se encrespa: no está dispuesto a engañar al público, toreando una corrida incompleta. Su postura es tajante: o los seis toros son de Miura, o no habrá corrida. La tensión crece. Pepote intenta resolver las cosas, en vano. Regresa a casa el domingo por la mañana, con malas noticias. Los dos toros de Miura han sido rechazados definitivamente. Informa sobre la situación:
—No nos queda otra: o nos vestimos de torero, o nos vamos a la cárcel. ¿Tú que dices, Antonio?
—No he cambiado de idea —respondió—. Respeto a la autoridad, pero me respeto más a mí mismo. Así que, vamos. ¡Andando!
Pepe y Antonio Bienvenida, acompañados por su padre, ingresaron esa tarde en la Prisión Provincial, donde permanecieron los tres días reglamentarios. Por fin, completada la corrida con los toros de Miura, salieron de la cárcel el día 8 de abril, y el 9 se celebró la soñada alternativa de Antonio Bienvenida. Otro gran «gesto» para la historia.
Madrid, 17 de mayo de 1958. Torea Antonio Bienvenida con Jaime Ostos y Gregorio Sánchez, con ganado de don Juan Cobaleda. Se enfrenta Antonio a un manso de solemnidad, que rehúye el castigo y se duele, buscando la salida. Es condenado a banderillas negras. Ante el asombro del público, Antonio lo domina y obliga a embestir. Cuando el milagro está casi rematado, el manso prende al diestro y lo derriba. En el suelo, le tira varios hachazos y le infiere una profunda herida en el cuello. Se niega a abandonar la arena. Pide el estoque y la muleta y se va hacia el toro, dispuesto a matar. Cobra un pinchazo, sin éxito. Por fin, se le doblan las piernas y cae, inerte. Sólo entonces, cuando ya no le sostienen las piernas, aguanta que se lo lleven a la enfermería. Así concibe él su vocación de torero. Una vocación sólo interrumpida con la muerte, increíble, cuando una érala, a traición, lo engancha en un tentadero y lo lanza al suelo, resultando con heridas tan graves en las vértebras, que muere pocas horas después. Antonio, tantas veces burlador de la muerte, cae en accidente imprevisible, cuando nadie lo esperaba. Sonriendo hasta el final, supo aceptar su destino con la misma naturalidad con que lidiaba los toros más difíciles en sus tardes de gloria.