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Ver productosEl 22 de febrero de 1989 las letras españolas festejaron a bombo y platillo el XL aniversario de la muerte de Antonio Machado. Con este motivo, fueron muchas las voces que ensalzaron su lírica y sus poemas, eternamente actuales. No fueron menos las plumas que redescubrieron su faceta como dramaturgo, como ensayista, o como pensador. Y muchas más las que evocaron su figura humana o su ideario político. Pero pocas voces y pocas plumas llamaron la atención sobre su labor modesta y callada en las páginas de los periódicos: sobre su obra periodística, que ha venido a ser la gran cenicienta en la producción machadiana. Existe, sí, un «Machado poeta» y un «Machado dramaturgo» consagrados por la crítica. Sin embargo, a los 50 años de su muerte todavía no se ha intentado dibujar el perfil literario de un «Machado periodista», proyecto ciertamente ambicioso al que vengo dedicándome en los últimos años.
Hoy quiero unirme al recuerdo de este gran poeta subrayando que fue también un asiduo cultivador de los géneros periodísticos. Deseo sacar a la luz pública una serie de artículos que Machado escribió para la prensa. Artículos totalmente desconocidos, olvidados en sus obras completas, que tienen el valor y la frescura de lo inédito.
El descubrimiento de la serie que ahora presento fue bastante afortunado. Desde 1971 se conocía una autocrítica suya sobre la pieza La Lola se va a los puertos: pero nadie se había puesto a investigar si existían o no más textos como ese.
La sospecha de que podía haber otros artículos semejantes creció en mí al repasar la colección de los papeles póstumos de Machado, publicados en Cuadernos Hispanoamericanos en 1949. Allí se incluía un texto autógrafo del poeta sobre El condenado por desconfiado con la siguiente anotación de los editores:
«El presente artículo, cuyo autógrafo reproducimos, fue escrito el día 11 de octubre de 1924, vísperas del estreno, en el Teatro Español de Madrid, de la refundición del drama El condenado por desconfiado, de Tirso de Molina, realizada por Antonio en colaboración con su hermano Manuel y con J. López. Por causas desconocidas, el trabajo no llegó a publicarse…».
Hay un error en la fecha, porque el estreno no fue el 12 de octubre sino el 2 de enero de ese año. Pero, al margen de ese detalle, lo que llamó mi atención fue el parecido de esa nota con el texto sobre La Lola: la unidad de estilo y de intención eran evidentes.
Estaba clarísimo, por tanto, que los dos artículos se habían escrito para el mismo fin: la sección de autocríticas del diario ABC, y que por alguna razón ignota el texto autógrafo no llegó a ver la luz en ese diario. Pero que iba a publicarse allí es prácticamente seguro; porque Machado indica una referencia temporal muy explícita, impensable en un ensayo o reseña critica, que sólo se justifica en un articulo para la prensa: «…el maestro Tirso de Molina dio a la escena patria la obra que, con muy escasas supresiones, ha de representarse mañana en el Teatro Español». (Como es sabido, las autocríticas solían publicarse la víspera de los estrenos.)
Debo aclarar, para el lector poco avezado con los usos de nuestra crítica, que en los años veinte y treinta se hizo muy popular la sección de Autocríticas de ABC donde los escenógrafos solían dar a la luz los juicios sobre su pieza en vísperas del estreno. Durante años fue una costumbre extendida; y esa página, consultada por el público y anhelada por los dramaturgos, alcanzó cierta tradición en nuestras letras.
Una vez confirmado que eran dos las autocríticas escritas por Antonio, la pregunta surgió inevitable: ¿No podía haber una continuidad en esa tarea crítica de Machado? ¿No era lógico suponer que el poeta habría escrito reseñas para las demás obras? Repasé con lupa los ejemplares de ese periódico en las fechas próximas a sus estrenos teatrales y localicé las autocríticas que ahora ofrezco.
Es sabido que Antonio Machado mostró una gran pasión por el mundo de la escena. Desde pequeño le atrajo la farándula y con sólo 15 o 16 años empezó a asistir a las representaciones del Teatro Español. Después escribió libretos cómicos, con ayuda de su hermano, para luego representarlos ante familiares y amigos. Trabó amistad con los actores Antonio Vico y Ricardo Calvo y, rozando el comienzo de siglo, entró como meritorio en la Compañía María Guerrero.
Antonio no tenía dotes dramáticas, y su experiencia como actor duró apenas unos meses. Sin embargo, la semilla del teatro perdurará a través de los años; germinará hondamente en su alma, y en la última etapa de su vida escribirá con su hermano las piezas teatrales que hoy son tan conocidas.
La primera de ellas fue, precisamente, la refundición de El condenado por desconfiado, de Tirso. En la autocrítica mencionada —la nota autógrafa entre sus papeles póstumos—, Machado habla de su tarea como adaptador: propugna el respeto absoluto al texto original y defiende la tradición dramática del auto sacramental. «El condenado por desconfiado, drama religioso a la española, no puede haber perdido actualidad (…). No era el teatro religioso el que había perdido su público, sino el público el que había, en parte, perdido su teatro.»
Después de ésta, los Machado realizaron cuatro adaptaciones que no tuvieron autocríticas: El príncipe constante, de Calderón; Hernani, de Víctor Hugo; y dos obras de Lope: Hay verdades que en amor… y La niña de plata.
En abril de 1927 Antonio es nombrado Académico de la Lengua. Para entonces ha estrenado ya dos obras originales: Julianillo Valcárcel (1926) y Juan de Mañara (1927). A partir de su nombramiento, la firma de Machado se valora y sus próximos estrenos van a verse realzados con la publicación, en las páginas de ABC, de una reseña personal sobre su propia obra.
En 1928, los Machado estrenan Las Adelfas. Y el 21 de octubre de ese año, ABC reproduce un artículo de Antonio que da las claves para entender el sentido de esa comedia: recurso al subconsciente de los personajes, renovación del diálogo escénico, preocupación por la estructura narrativa: «Nuestra comedia parte del desenlace —la muerte del marido— y avanza, justamente, en la averiguación de sus antecedentes».
Antonio alude también en ese texto al personaje que encarna las ideas de Freud: un médico algo divertido que «no tiene demasiada fe en el valor terapéutico del psicoanálisis». Estas líneas nos ayudan a valorar adecuadamente la supuesta influencia del austríaco en la pieza machadiana, pues ha sido exagerada por numerosos críticos. La obra parte, en efecto, del hallazgo del subconsciente, pero el propio Antonio reconoce al final de su nota que «los autores sólo aceptan la utilidad del psicoanálisis para la dialéctica del teatro»
Al año siguiente se produce el gran éxito de los Machado: La Lola se va a los puertos. El 7 de noviembre de 1929, víspera del estreno, ABC publicaba la autocrítica de Antonio donde se anticipan los pilares básicos de la pieza: su ambiente folklórico y andalucista (cante hondo, flamenco, gitanos) y el valor arquetípico de sus personajes.
La redacción inicial del artículo, muy parecida a una de las cartas de Guiomar, nos permite deducir que esa reseña crítica es de Antonio, aunque —como las otras— venga firmada por los dos hermanos. Este detalle, unido al enfoque y estilo de las notas, al tono humilde con que se escriben y a ciertos pasajes calcados de Juan de Mairena, me han llevado a concluir que toda la serie es, en realidad, del autor de Soledades.
El 27 de febrero de 1931 estrenan una nueva refundición de Lope: El perro del hortelano. La víspera, el día 26, aparece la autocrítica correspondiente en la que Antonio aboga por la recuperación de nuestro teatro clásico, de modo semejante como había hecho con El condenado por desconfiado. Señala también que el tema clave de la pieza es el amor, y recuerda que su intención como adaptador había sido siempre la fidelidad a los textos originales.
Dos meses después de ese estreno se representa otra obra suya: La prima Fernanda. La reseña de los autores se publica el 23 de abril de 1931, a los nueve días de proclamarse la República, y en ella alude Machado al reciente cambio de régimen. Negando toda interpretación exclusivamente política de la pieza —el valor está en los personajes, insiste Machado—, sí señala algunos paralelismos entre los caracteres de la comedia y los gobernantes de nuestro país a lo largo de tres décadas.
El último estreno en vida de Antonio Machado fue La Duquesa de Benamejí. Ese mismo día, 26 de marzo de 1932, se publicó la autocrítica del poeta que presentaba esta vez una novedad interesante. En lugar de comentar la obra, Antonio dedicó esas cuartillas a reflexionar sobre el arte escénico y la crítica teatral. A este oficio alude, con metáfora valleinclanesca, al señalar que toda obra recibe en ella, como en un espejo, una imagen deformada de sí misma. Más adelante, se cuestiona el sentido de las autocríticas y concluye que, por falta de ecuanimidad en el juicio, son los autores los menos indicados para juzgar sus propias creaciones.
Excuso decir que todos estos artículos no son verdaderas reseñas teatrales. Son más bien apuntes de tipo personal, ideas que ilustran el ambiente de sus piezas o dan luz para interpretar el sentido de la trama. Por otra parte, ése era el objetivo de las autocríticas: aportar el testimonio más o menos espontáneo del autor, sin buscar un rigor metodológico o expositivo.
Con la exhumación de estos artículos, de extraordinario interés para conocer su obra en prosa, pretendo llamar la atención sobre una faceta desconocida del Machado escritor: su labor como articulista. La importancia de su figurara reclama a gritos un conocimiento íntegro y cabal de su producción literaria. Y algún día descubriremos que don Antonio, además de un gran poeta, fue también un columnista de enorme envergadura. Por el momento, quede aquí esta aportación de sus obras completas.
La imagen que acompaña este texto, la estatua de Antonio Machado obra del escultor Antonio Pérez Almahán en Baeza (Jaén), es una foto de Huanghuibi en Wikimedia Commons. El archivo se puede consultar aquí.
El lector roza con un dedo la pantalla de su ordenador personal y obtiene una primera página electrónica. Luego toca el título de una de las informaciones y aparece el texto completo. Al mismo tiempo puede pedir la secuencia de un telediario, que verá en una esquina de la pantalla. Se trata del diario electrónico universal, una conquista más de las muchas que se consiguen en la ardua y diaria batalla por las innovaciones tecnológicas. En este caso, han sido tos investigadores del Massachusetts Institute of Technology (MIT), de Boston los que han logrado integrar diversas tecnologías de punta —edición asistida por ordenador, pantalla táctil, digitalización de imagen y sonido, etc.—, cuyo resultado final es un diario electrónico a la carta, auténtica revolución que modifica, de forma sustancial, tanto los hábitos del lector de diarios como los métodos de elaboración de los mismos.
Han sido, precisamente, la electrónica y las telecomunicaciones los dos factores clave que, junto a la nueva concepción gráfica del diario, han contribuido a que la prensa escrita vuelva a ser un producto rentable, superando, de este modo, la profunda crisis a que se vio sometida entre 1975 y 1985. Concretamente en España, de los 85 diarios privados existentes en 1979, sólo 15 eran rentables; 20 cubrían gastos y los 50 restantes resultaban deficitarios. Ocho años después, en 1987. sólo tres del más del centenar de diarios españoles registraron pérdidas. Esta bonanza económica, calificada como «edad de oro de la prensa española» por Pedro Crespo de Lara, secretario general de la Asociación de Editores de Diarios Españoles (AEDE) ha sido el motivo de la aparición, en los dos últimos años, de 12 nuevos diarios, entre ellos El Mundo, El Independiente, Las Noticias y El Sol, y del anuncio de la próxima salida de otros 12.
Sin embargo, pueden ser esas propias tecnologías, que han proporcionado nueva savia a la prensa, las que pongan de nuevo en peligro al diario en un futuro inmediato. Si la radio y la televisión plantearon, en la década de los setenta, la batalla al periódico en campos tan concretos como el informativo, el educativo, el recreativo y el de servicios a pequeñas comunidades, en la década de los noventa pueden ser los nuevos medios telemáticos —videotex y teletexto, entre otros— tos que limiten el ámbito de difusión de la prensa. A la competencia de la tadio y de la televisión, los editores de prensa respondieron con la transformación del viejo periódico en un producto moderno, con impresión y diseño avanzados. La respuesta al reto de los nuevos medios no parece, sin embargo, que haya de basarse en las espectaculares campañas de bingos y de loterías, como se está haciendo actualmente, sino en una auténtica reorientación de producto que satisfaga a los modernos lectores.
El periódico, tal como aparece hoy en los quioscos, es una creación moderna. Arranca de los inicios de la sociedad burguesa y se consolida con la aparición de la sociedad industrial. Los periódicos de principios del siglo XIX constaban de cuatro páginas y en ellos predominaban los artículos políticos y literarios. Pero este esquema empieza a fallar cuando entran nuevas fuerzas en la vida del periodismo. Hacia 1830 existen ya todos tos elementos técnicos necesarios para la producción de periódicos a bajos precios, si bien el mayor impulso de la prensa se logra a mediados del siglo, con el avance de los transportes —ferrocarriles y buques de vapor—, de las telecomunicaciones —el telégrafo y el teléfono— y, posteriormente, de la rotativa, que hará posible aumentar la tirada y el número de páginas de los diarios. La invención de la linotipia por Ottmar Mergenthaler en 1884 permitirá multiplicar por ocho la velocidad en las técnicas de composición, letra a letra, utilizadas desde que Gütenberg inventara, hacia 1450, el tipo móvil.
La nueva empresa periodística surge sin estar atada a los partidos políticos y con los recursos económicos que le reportan la publicidad y los lectores, cada día más ávidos de noticias. Editores como James Gordon Bennet (New York Herald), Joseph Pulitzer (New York World) y William Randolph Hearst (New York Journal), fueron grandes empresarios norteamericanos que hicieron de su profesión una industria. Estos editores, con espíritu empresarial, veían en las noticias no sólo la información que puede ser divulgada, sino un artículo de consumo que había que fabricar, empacar y vender al igual que cualquier otro artículo de consumo.
Esta concepción, liberal y decimonónica, de la empresa periodística, compatible, a nuestro juicio, con el entendimiento de la información como un servicio de interés público, dio lugar a la constitución de empresas familiares que han venido editando, desde hace años, diversos periódicos. El binomio familia-empresa, bastante generalizado hasta ahora en España, es un fenómeno que define formas y situaciones peculiares en la composición, orientación y gobierno de determinadas empresas editoras y de sus publicaciones. Todavía en 1986, 17 familias controlaban 22 diarios que alcanzaban el 40 por 100 de la difusión media en España. Con la venta de los diarios de la Editorial Católica a Comecosa (Corporación de Medios de Comunicación, S. A.) el «holding» vasco se ha convertido, desde octubre de 1988, en el principal grupo de prensa de España.
A pesar de la consolidación económica y financiera de la mayoría de las empresas periodísticas españolas —la tirada diaria supera los tres millones de ejemplares y los beneficios alcanzaron, en 1989, la cifra de 15,000 millones de pesetas—, la prensa de nuestro país sigue mostrando unos índices de penetración en el mercado considerados como subdesarrollados. La difusión de la prensa diaria en España se cifra en 80 ejemplares por cada 1.000 habitantes, prácticamente la misma que existía en J974. Este hecho hace que nuestro país se sitúe en el puesto 42 del mundo y, dentro de la Europa comunitaria, en el lugar número 11.
Quizás en esta escasa difusión de la prensa haya influido, además de) empobrecimiento cultural progresivo de nuestra sociedad, el retraso con que se afrontó en España el cambio tecnológico. Al comenzar la década de 1960, casi la totalidad de la maquinaria de las empresas periodísticas era obsoleta, contando incluso algunas de ellas con modelos de máquinas pertenecientes al siglo pasado o principios del presente, A partir de 1960, el Gobierno español liberaliza las importaciones de maquinaria, con lo cual las empresas periodísticas acometen una renovación intensiva que, 15 años después, en 1975, es causa de que muchas empresas dispongan de linotipias automáticas y modernas rotativas tipográficas.
Una visión panorámica del cambio tecnológico efectuado entre 1976 y 1981 en los diarios españoles nos la ofrece Antonio Garrido en el artículo publicado en ABC el 9 de abril de 1982. En su exposición, afirmaba que de los 117 diarios existentes al finalizar 1976, sólo 36 contaban con equipos electrónicos, 77 mantenían los viejos sistemas de composición tipográfica —la linotipia— y 4 compartían los dos sistemas. En 1978 había 61 diarios que mantenían la tipografía exclusivamente, mientras que 59 habían incorporado plenamente la electrónica. Al año siguiente, en 1979, los diarios que se imprimían con las nuevas técnicas (62) superaban, por primera vez, a los de la vieja tecnología (53), circunstancia esta que se acentuaría durante 1980 y 1981. Al finalizar este último año, 35 periódicos de los 112 existentes seguían manteniendo todavía los sistemas de composición en plomo.
A nivel mundial, sin embargo, ya se había afianzado, por aquellos años, la transformación total de las artes gráficas, de forma que los sistemas tipográficos, creados por Gütenberg hacia cinco siglos, habían sido sustituidos por los nuevos equipos de fotocomposición e impresión en offset. A finales de 1965, más de 1.000 periódicos de todo el mundo habían incorporado ya la impresión en offset y, cinco años más tarde, en 1970, 80 de cada 100 diarios de Estados Unidos se editaban con el nuevo sistema. En Europa, la reconversión al offset era más lenta. Sin embargo, la construcción, en 1974, por la firma Koening and Bauer de su rotativa Jumbo, de nueve metros de altura, seis de ancho y 20 de largo, con capacidad para imprimir 144 páginas, acelera el abandono de la impresión tipográfica.
A los avances logrados en las técnicas de impresión se une, entre 1970 y 1975, la introducción masiva de terminales electrónicos en las redacciones de diarios. La Asociación Norteamericana de Editores de Diarios (ANPA) subvenciona, con cuantiosas ayudas, al Massachusetts institute of Technology para la construcción de ordenadores capaces de componer electrónicamente los textos. De esta forma, la industria y los investigadores universitarios se unen a la búsqueda de una herramienta tan prodigiosa como el videoterminal (vdt), el cual, desde 1976, comienza a arrinconar a los teclados de cinta perforada y a los lectores ópticos de caracteres.
Estos nuevos cambios sorprenden a las empresas periodísticas españolas que, sin haber concluido todavia su primera reconversión, se ven abocadas irremisiblemente a una transformación casi total, teniendo que incorporar la informática y la electrónica con el fin de hacer rentables sus procesos. En menos de 25 años, pues, una gran parte de las empresas periodísticas españolas tuvieron que afrontar dos etapas de reconversión y de transformación, con las consiguientes inversiones que dejaron endeudadas a gran número de ellas.
Entre 1980 y 1986, varias firmas, como Linotype, Itek, Raythom y Harris, lanzan al mercado potentes fotocomponedoras con capacidad para fotocomponer una página en dos minutos. Estas mejoras en los sistemas de composición se complementan con la incorporación del offset color para la impresión del diario. Durante este periodo, el cambio tecnológico de la prensa española es casi total. Según una encuesta de la AEDE, 27 empresas disponen ya, en 1986, de 534 terminales para las tareas de fotocomposición, frente a los 91 existentes en 1980. A estas innovaciones se une la renovación de las rotativas, el 54 por 100 de las cuales contaba con menos de cinco años de existencia, el 30 por 100 había sido adquirido en la década de los setenta y el Í6 por t()0 restante, en la de los sesenta.
Por otra parte, los redactores, tecnológicamente pasivos hasta entonces, adquieren, por primera vez, un amplio protagonismo en la elaboración técnica del diario. A través del videoterminal, como sistema periférico de un ordenador central, el redactor compone y corrige sus textos y, en algunos casos, procesa y trata su información, con lo cual se completa el ciclo de la pre-impresión. Este sistema de trabajo, denominado «de principio a fin» (esquema número l), supone aprovechar el primer «impulso» del redactor en la elaboración de la información hasta su transformación en material apio para la impresión.
Las nuevas tecnologías, sin embargo, van a modificar profundamente la estructura laboral que venían manteniendo las empresas periodísticas. Los sectores más afectados serán talleres y administración, debido a que, con la incorporación de los redactores a las tareas productivas, se suprime la duplicidad de algunos trabajos, como eran la reescritura, corrección y tratamiento de los textos. Por ello, los sindicatos de tipógrafos se opondrán a la reconversión, incluso con violencia, como ocurrió con el diario londinense The Times, que estuvo cerrado casi un arto. En España, el número de trabajadores del sector de prensa se reduce, entre 1980 y 1986, en un 10 por 100, pasando de 10.497 a 9.659.
En los últimos ocho años, los vídeoterntinales han invadido las salas de redacción; se han ensayado nuevos sistemas de diseño y de confección electrónica de ¡a página; se ha introducido el color en la impresión diaria, gracias a la incorporación de las técnicas digitales para el tratamiento de la imagen, las cuales simplifican sensiblemente el proceso de transmisión de los originales desde las agencias hasta los periódicos (esquema número 2); se ha recurrido a los rayos láser y a las fibras ópticas para la transmisión a distancia de páginas y para la grabación de las planchas de impresión; los gráficos y las ilustraciones en color se tratan en modernos videoterminales y visualizadores, y los periódicos hacen ediciones internacionales que se imprimen en las llamadas «imprentas satélites», situadas a miles de kilómetros de distancia de la redacción central.
Todo este conjunto de cambios ha supuesto echar sobre los redactores que han venido trabajando con sistemas integrados de composición —equipos conectados «on line» a un ordenador cenital— un conjunto de responsabilidades imprevistas, como componer sus propias informaciones, visualizarlas, corregirlas y justificarlas. Así, por ejemplo, el 99 por 100, por no decir el 100 por 100, de cuanto se publica en las páginas de un diario norteamericano está concebido y realizado técnicamente por los periodistas. Lo mismo podríamos decir de algunos periódicos británicos y españoles, como Hoy de Badajoz (esquema número 3) y El Sol, si bien en Europa la incorporación plena de los periodistas a los sistemas redaccionales es más lenta.
De acuerdo con una encuesta entre 160 profesionales de periódicos norteamericanos que utilizan terminales de paginación, existe un profundo descontento entre la mayoría de ellos. Los periodistas se quejan de la nueva «esclavitud» de los sistemas de paginación electrónica. El 11 por 100 dice tener menos tiempo ahora para realizar su trabajo; el 48 por 100 piensa que el aprendizaje del nuevo sistema ha sido insuficiente y sólo el 27 por 100 afirma que la utilización del videoterminal para la confección de la página ha permitido mejorar la calidad redaccional. A esto hay que añadir que, en algunas empresas, existe una compleja variedad de sistemas y de aparatos electrónicos, con lo que resulta casi imposible lograr una integración que permita una producción racional y económica de las páginas de un diario.
La solución a estos problemas puede estar, según los expertos, en esa nueva herramienta informativa que comenzó a introducirse en el mercado al inicio de los años ochenta. Se trata del ordenador personal, uno de los instrumentos de reflexión y de simulación más poderosos de este siglo, según lo definió Ylichael Spindler, presidente de Apple Computer Europe, en el simposio que, sobre el tema «el ordenador personal y el periódico», celebró IFRA a finales de 1988. Hoy, el ordenador personal, por su capacidad de creación, su versatilidad y su bajo costo, está sustituyendo a los grandes sistemas redaccionales, con lo que se abre una nueva etapa, revolucionaria y trascendente, para la prensa escrita.
Ha sido USA Today, periódico que en sus ocho años de existencia ha logrado conquistar un mercado de cinco millones de lectores, el que ha originado un cambio radical en los métodos actuales de elaboración e impresión de un diario, mediante la descentralización de funciones y la incorporación masiva de ordenadores personales Macintosh para la composición de textos, elaboración de gráficos, diseño electrónico de la página y tratamiento integral del color.
Los gráficos, tanto en blanco y negro como en color, elaborados por ordenador, constituyen en la actualidad una novedad que refuerza la información y atrae la atención de los lectores, Gracias a la técnica llamada «vectorial», que convierte cada segmento de la ilustración en una fórmula matemática, ya no son necesarias las memorias masivas para almacenar las ilustraciones. Con un Mac II, un disco duro de 20 mg. o más, una impresora Láser Writer, una unidad de disco ROM y un scanner, se pueden elaborar gráficos, diagramas, cuadros y mapas meteorológicos, y todo ello en escasos minutos. Incluso algunos diarios, como The Miami Herald, recurren a equipos móviles de grafistas, los cuales, provistos no de plumilla y papel, como los «artistas» de finales del siglo XIX, sino de una cámara Polaroid y de un Macintosh, realizan gráficos «in situ» y los transmiten después por teléfono hasta la redacción del periódico.
La incorporación de los ordenadores personales está suponiendo, por tanto, un cambio estructural en las salas de redacción tal vez más significativo que el que causó la introducción masiva de videoterminales. Cada redactor, desde su casa, desde la sede del Congreso o desde su oficina en Bruselas, París o Roma, puede enviar ya directamente su crónica hasta un sistema integrado de paginación, en el cual un especialista reúne los textos, las ilustraciones y los anuncios para montar la página. Con ello, se refuerza la descentralización y nos adentramos en una nueva etapa, la tercera desde que, hace unos 30 años, se inició el abandono de la composición en plomo por la nueva tecnología electrónica La Vanguardia y El Sol, cada uno con sus propias señales de identidad, constituyen dos prototipos de diario que marcan determinadas pautas de lo que puede ser el futuro escenario tecnológico de la prensa. El primero de ellos inauguró, en octubre de 1989, una planta de impresión de offset color en Poblenou, distante varios kilómetros de la redacción central. Al mismo tiempo, este centenario periódico incorporó un diseño gráfico muy sugestivo, con gran riqueza de fotografías, ilustraciones y gráficos informativos, elaborados con ayuda del ordenador personal. Por su parte, El Sol, aparecido en mayo de este año, se imprime en Illescas, a 32 kilómetros de su sede central, y cuenta con el sistema tecnológico más avanzado de cuantos existen en España para la integración de textos y de ilustraciones en la página.
Desde su aparición en 1881, La Vanguardia se venía imprimiendo en tipografía. En 1929, la empresa introdujo las páginas en huecograbado, nueva técnica que permitía reproducir fotografías con gran calidad, Al inicio de la década de los ochenta, la composición tipográfica fue sustituida por la fotocomposición, pero la impresión seguía siendo mixta, en tipografía y huecograbado. Ahora, el diario dispone de un grupo de rotativas offset-wifag, capaces de alcanzar una velocidad de 70.000 ejemplares por hora, con un total de 112 páginas, de ellas ocho en color.
El cambio tecnológico ha venido acompañado del rediseño del diario, tarea que fue encomendada al estudio neoyorquino de Millón Glaser y Waiter Barnard. Con la ayuda de elementos gráficos, se ha intentado, según nos manifestó Carlos Pérez de Rozas, director adjunto de Arte del periódico, facilitar al lector una doble lectura del diario: Ja primera, basada en los titulares y «leads» informativos, y una segunda lectura, documentada y en profundidad, de aquellos hechos o temas que más interesan al lector. «Lo importante es que se ha conseguido culminar un cambio tecnológico, al tiempo que se ha respetado el tradicional tratamiento de la información, propio de un diario centenario, ante el reto de una competencia más joven.»
Esta competencia joven está representada por El Sol, el último diario en salir a la calle, pero el primero en equipamiento tecnológico. La adopción de esta tecnología punta se lia debido, en gran parte, al equipo de producción, cuyo director, Francisco Martín Sauz, ha realizado con anterioridad la reconversión tecnológica de varios periódicos, entre ellos Hoy, El Ideal Gallego, Ya y Diario de Cádiz. Para Martín Sanz los aspectos más destacados del cambio tecnológico son los siguientes:
—Simplificación de tareas. La producción del periódico se ha simplificado hasta el punto de que el taller de composición ha quedado reducido, fundamentalmente, al tratamiento de la imagen, la introducción de la publicidad y la filmación de las páginas, Las actuales redacciones integran todos los procesos de elaboración electrónica de la página. Desde la redacción, la página puede llegar al taller con el texto y las ilustraciones, quedando, por tanto, el aporte de la publicidad para que la página esté totalmente terminada.
—Mayor flexibilidad y creatividad. Frente a los sistemas cerrados, el ordenador personal contribuye a flexibilizar y descentralizar las diversas tareas de elaboración del periódico. Por otra parte, la comunicación, desde cualquier lugar de España o del mundo, es ahora también más flexible, gracias a las antenas parabólicas. A ello se une la mayor creatividad que proporcionan herramientas tan poderosas como el ordenador personal. Por tanto, la mejor presentación del periódico depende ahora sólo de la imaginación del redactor.
—Tratamiento más rápido de! color. Con la introducción de las técnicas de tratamiento electrónico de la imagen se elimina el tabú de la fotomecánica para la reproducción de los originales en color. El sistema tradicional exigía más de una hora para realizar solamente la selección de los clisés para la cuatricomía. Ahora, todo el proceso se puede hacer en unos 20 minutos, con el ordenador personal.
—Adaptación a los nuevos sistemas. Entrar en las nuevas tecnologías es bastante costoso y, a veces, traumático para algunos profesionales de la información. Todo depende del espíritu de cada individuo, si bien el paso de los sistemas redaccionales que se han venido utilizando basta ahora al ordenador personal es bastante similar al que se produjo con la sustitución de la máquina de escribir por el videoterminal. La edad media de la redacción de El Sol es de 24 años, lo que ha hecho posible que, con su bagaje cultural, los recién licenciados en Periodismo se hayan podido adaptar, en un mes, a un sistema de trabajo tan avanzado como el que presenta este diario.
En los próximos tiempos todo puede ocurrir en ese país. Desde un cruento golpe militar hasta un terrible motín popular; desde el tiranicidio hasta una masacre de opositores desarmados; desde una guerra civil reñida entre facciones militares de un ejercito dividido, hasta —en la más benigna de las opciones— una contienda electoral como la que puso fin al gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua.
Pero los sucesos pueden ser más dramáticos aún: en Cuba existen todos los elementos necesarios para que se desate un gran conflicto internacional de imprevisibles resultados. En el extremo oriental de la isla yace la base naval norteamericana de Guantánamo. En cambio, en las provincias occidentales acampa una brigada militar soviética. Mientras tanto, en La Habana manda un personaje convencido de que sólo internacionalizando los conflictos los países pequeños pueden enfrentarse a los grandes.
No es, pues, descartable que los Estados Unidos se vean arrastrados como en un remolino por las fuerzas centrípetas que pudiera provocar el fin violento del castrismo. Y tampoco es absurdo pensar que, aun en estos tiempos de perestroika y convivencia pacífica entre las superpotencias, si las unidades militares soviéticas apostadas en la isla se ven atrapadas en medio del fuego, respondan con el mismo lenguaje.
Por otra parte, desde la deserción del general Rafael del Pino en 1987, se sabe con toda certeza que entre los planes de la aviación cubana en caso de conflicto con ¡os Estados Unidos, está el ataque a las instalaciones nucleares conocidas por el nombre de Turkey Point, planta para generar electricidad situada en la proximidad de Miami, y objetivo que pudiera provocar una catástrofe en el sur de la Florida similar a la que tos soviéticos padecieron durante el incidente de Chernobil.
Obviamente, yo no quiero decir que esto necesariamente va a ocurrir, pero me parece prudente, antes de entrar en el análisis de la crisis final del castrismo, advertir que el asunto reviste una inmensa gravedad potencial que desborda al perímetro cubano, circunstancia que hay que conocer a fondo para intentar que no se escape de las manos. Y a quien tenga la tentación de calificarme de alarmista por cuanto llevo dicho, me permito recordarle que en octubre de 1962 el mundo estuvo al borde del holocausto nuclear, precisamente por conflictos iniciados en Cuba.
Ya sé que 1990 no es 1962, y que Gorbachov no es el cruzado del comunismo que era Kruschev, sino todo lo contrario, pero el tiempo ha demostrado que Castro sigue siendo la misma persona pugnaz e intransigente que entonces se negó a la búsqueda de una negociación pactada y prefirió —inútilmente— apostar por una guerra que hubiera sido devastadora.
De manera que la más urgente conclusión a que tenemos que arribar es totalmente insoslayable: es cierto que el fin del castrismo es un fenómeno que compete, antes que a nadie, a los propios cubanos, pero es también cierto que se trata de un asunto internacional de primer rango que debe interesar a todas las naciones de América y —en especial— a los países asentados en la cuenca del Caribe. Hecha esta advertencia crucial, entro directamente en el examen de los factores en juego.
Lo primero, claro, es definir el contorno del problema. Tras los sucesos de Europa del Este y de la URSS —que no describo para no alargar innecesariamente estos papeles— la dictadura de Castro se ha quedado prácticamente sola en la defensa del marxismo como ideología, del leninismo como modelo de organización del estado, y del comunismo como meta y justificación ética de lo que allá llaman «el proceso revolucionario».
Según Castro, su revolución no tiene por qué sucumbir ante los efectos de la ola reformista que sacude a los demás países comunistas, puesto que da por sentado que el pueblo lo apoya abrumadoramente, mientras insiste en el carácter original y autóctono de la insurrección que lo llevó al poder. Como Batista huyó ante los guerrilleros criollos, y no ante el Ejército Rojo de la URSS —razona Castro—, la revolución no tiene por qué seguir el trágico destino de los otros gobiernos de Europa oriental surgidos tras la Segunda Guerra Mundial.
Como era de esperar, la opinión pública internacional no toma demasiado en serio los argumentos del líder cubano, y desde hace meses hay en La Habana un pequeño ejército de periodistas y corresponsales extranjeros que aguardan los primeros síntomas de descomposición, convencidos de que es absolutamente imposible que Castro consiga mantener su régimen aislado de las tendencias disolventes que se manifiestan en todo el universo comunista.
No les falta razón. En primer término, porque es infantil pensar que un marxismo fallido y repudiado en los países en los que había dado sus frutos menos malos —Alemania del Este y Hungría, por ejemplo, va a conservar su legitimidad ideológica y su razón de ser en una nación en la que ostensiblemente ha fracasado. En segundo lugar, porque la dependencia económica cubana de la URSS y de las demás naciones del Este es de tal magnitud, que una disminución drástica de esos lazos puede provocar una catástrofe irremediable en la isla.
El monto de la ayuda soviética al castrismo en estas tres décadas ha sido calculado por Irina Zorina, economista de la Academia de Ciencias de la URSS, en más de 100.000 millones de dólares, bastante más de lo que costaron el Plan Marshall y la Alianza para el Progreso combinados, y se supone que anualmente todavía continúan fluyendo entre cinco y seis mil millones, principalmente dedicados a subsidiar el costo del petróleo y los precios del azúcar.
Esto quiere decir que más del 30 por 100 del Producto Interior Bruto de Cuba es un aporte de la URSS, pero no quiere decir que si esa ayuda desapareciese, sólo en esa misma proporción disminuiría el valor de la producción de bienes y servicios del país. La situación sería mucho más grave, puesto que, al carecer de combustible y de otros insumos indispensables, en poco tiempo el país se vería prácticamente paralizado o su actividad tan disminuida que sobrevendría un período de hambre y escasez como no recordaban los cubanos desde principios de la década de los treinta.
De ahí el razonable pesimismo de quienes creen que el castrismo está irremediablemente condenado a) fracaso; el régimen ha perdido totalmente la legitimidad política y carece de fuentes económicas para sostener a ¡a sociedad, siquiera en el nivel miserable en que hasta hoy la mantenía. Simultáneamente, en un planeta en el que los soviéticos han renunciado a la voluntad de conquista, Castro ha sido privado de su valor como gurkha al servicio de la metrópoli, e incluso hasta de ese raro prestigio con que siempre le distinguía la mal llamada prensa «progresista». Hoy Castro proyecta la imagen de un terco estalinista, totalmente indiferente ante la realidad, como si se tratara de una especie de autista ideológico aislado de los avalares del mundo que le rodea.
Por último, otra de las razones que esgrimen quienes predicen el fracaso de Castro tiene que ver con la falta de lógica del planteamiento del dictador: Castro está proponiendo una resistencia suicida sin explicar el porqué y el para qué de ese acto final. Y todo el mundo sabe que resistir sin esperanzas de alivio o de mejoría es una insensatez. La razón última que anima y justifica la labor de gobierno en un estado moderno descansa en la promesa de un mañana mejor. Castro sólo propone la supuesta gloria de una resistencia cada vez más desesperada, sin otra posibilidad de consagración histórica que la hospitalidad con que en el futuro se consigne en el libro de «récords» de Guinnes el tiempo de duración de una tiranía inexorablemente condenada a desaparecer.
¿Por qué Castro ha adoptado semejante actitud? ¿Por qué se engaña a sí mismo y se empecina en sostener lo insostenible? Me figuro que las razones que explican esta conducta son de carácter sicológico y de carácter político.
Castro tiene como divisa personal el raro orgullo de no cambiar jamás de posiciones en todo aquello que le parece fundamental. Dentro de su rígido esquema de valores, el reconocimiento de errores personales, de debilidades, o de la necesidad de adaptarse a una mutante realidad, le parecen verdaderos atentados a su enorme autoestimación.
No podemos olvidar que estamos ante una persona que entiende la vida como un perpetuo enfrentamiento con los poderosos, en combates dirigidos a derrotarlos e imponerles su voluntad y su ego formidables, y cualquier desviación de estos objetivos se convierte para él en una oscura y lacerante forma de humillación.
Por otra parte, Castro tampoco se arredra frente a las dificultades, porque es ante el peligro, ante la hazaña, donde él obtiene mayores satisfacciones de carácter sicológico. No estamos ante un político prudente que mide las consecuencias de sus actos, sino ante un alpinista que todos los días sale a escalar la montaña por la cara más escarpada de la historia, aunque a cada paso provoque aludes, catástrofes y la desaparición de los sherpas que le acompañan.
En la década de los sesenta Castro se propuso asombrar al mundo mediante la súbita transformación económica de la isla. En 10 años —predijeron él y el Che Guevara, Cuba estaría a la cabeza del mundo en niveles de desarrollo. En ese mismo período y, luego, en la década de los setenta, se propuso acaudillar en todos los frentes la lucha del Tercer Mundo contra las naciones prósperas de Occidente. Pero eso pasó. Ahora su batalla ya no consiste en derrotar a los Estados Unidos y al capitalismo, sino en demostrarles a los rusos y a los países del Este que es posible salvar una sociedad marxista y conseguir superar todas las dificultades que se yerguen en el campo comunista.
Pero al margen de esos íntimos placeres sicológicos, que se derivan de la grata autopercepción que le proporciona situarse siempre en el centro de un universo conflictivo al que se propone doblegar con su voluntad de hierro, hay también un cálculo político mucho menos complejo: Castro está seguro de que una simple apertura, un modesto relajamiento del control policiaco, pueden propiciar una quiebra definitiva del sistema que ha creado y de su poder personal.
Lo que Castro no quiere advertir es que técnicamente ya se ha producido esa quiebra del sistema y esa pérdida de poder personal que tanto le preocupaba. Lo que no se da cuenta es que, a estas alturas, el verdadero tema de discusión ya no radica en la supervivencia del castrismo tal como lo conocemos, sino en la forma y momento, en el cómo y el cuándo la sociedad cubana va a mudar de modelo de estado y de equipo de gobierno.
Eso no quiere decir, sin embargo, que estemos a las puertas de una inmediata crisis definitiva del castrismo, sino que Castro, para sostenerse en el poder sin realizar cambios ni hacer concesiones, se verá obligado a utilizar la fuerza cada vez con mayor intensidad, agravando de manera creciente la situación política y económica del país, lo que a su vez le restará más legitimidad y popularidad, cayendo en una espira) en la que los fracasos económicos lo obligarán a mayor represión policiaca, situación que inevitablemente conducirá a la sociedad cubana a niveles aún más bajos de eficiencia y productividad, creándose un círculo vicioso del que sólo puede esperarse una gravísima explosión social.
Obviamente, tos castristas se dan perfecta cuenta dei callejón sin salida en el que Castro los ha introducido, pero obedecen y repiten las consignas oficiales como autómatas, porque están sometidos por ese terrible mecanismo del miedo y la subordinación al jefe que se establece en las sociedades totalitarias gobernadas por un caudillo indiscutible.
Nadie en el entorno de Castro se atreve a sostenerle cara a cara lo que, muy en privado y utilizando siempre un lenguaje lleno de subterfugios, son capaces de comentar. Este pánico llega al extremo de afectar directamente al propio Raúl Castro, precario heredero y hermanísimo, segundo de a bordo, y —también— secreto partidario de iniciar rápidamente una reforma política profunda, pero tan temeroso de las reacciones de su hermano mayor, que no vacila en utilizar como globos sonda a escritores y políticos extranjeros que puedan sugerirle a Castro que adopte una estrategia más acorde con los tiempos, sin temor a ningún tipo de represalia o de reacción violenta.
Pese a los discursos oficiales, no hay prácticamente nadie en el entorno de Castro que realmente crea que es posible el permanente sostenimiento en Cuba de una dictadura ortodoxa de corte estalinista, enfrentada a la URSS, a Europa Oriental, a los Estados Unidos, y a su propia y azorada población. Ni Carlos Rafael Rodríguez, ni Osmani Cienfuegos, ni Carlos Aldana, por sólo citar tres nombres influyentes: prácticamente nadie sostiene realmente la posición oficial que Castro defiende. Pero le tienen miedo. Un miedo muy parecido al que provocaban Stalin o Trujiilo, y del que muchos de ellos sólo conseguirán librarse con la muerte de quien lo inspira.
Por supuesto, no estoy diciendo que el vecindario de Castro esté poblado de criptodemócratas decididos a enterrar el sistema que les ha dado fama y los ha hecho poderosos durante tres décadas, sino que esas personas se dan perfecta cuenta que Castro, como los antiguos faraones, les está pidiendo que se entierren con él en la pirámide funeraria cuando llegue el momento final, simplemente porque el «Máximo Líder», por las características y limitaciones de su excepcional personalidad, es incapaz de adaptarse a una situación política en la que seguramente no ocuparía la cabeza de la sociedad cubana.
Sólo que el problema de Castro no es el mismo que el de los castristas. Los castristas no tienen las urgencias sicológicas de su jefe, y saben que sí es posible la salvación personal, y hasta la participación de muchos de ellos en una Cuba totalmente distinta, siempre que la transición sea pacífica y como resultado de un pacto político cuidadosamente elaborado.
Porque cuando Castro les propone a los cubanos hundirse en el mar antes que abandonar el comunismo, no sólo está amenazando a sus adversarios políticos, sino también a sus partidarios. ¿Acaso se han hundido en el mar los comunistas húngaros, checos, alemanes o polacos? ¿Han sido expulsados de las casas que habitan o privados del derecho a trabajar? Es cierto que han perdido el poder, pero eso es lo que normalmente ocurre en las sociedades libres cuando se fracasa en la gestión de gobierno. Al fin y a! cabo, esos comunistas —como acaba de suceder en Alemania del Este— han tenido y tienen la oportunidad de organizarse en otras formaciones, modificar sus puntos de vista, reagruparse y esperar a que el curso de la historia les depare un mejor destino. El fin de los gobiernos comunistas no significa necesariamente el aniquilamiento de los comunistas como personas o su colocación en una situación de indignidad. Sencillamente, como se ha comprobado, hay vida política más allá de la muerte del comunismo. Hay vida personal y vida colectiva. Sólo que Castro, en Cuba, está haciendo todo lo posible por bloquear esa oportunidad de reciclaje que le ofrece la democracia a todo aquél que favorezca limpiamente la transición y no se resista a los inevitables cambios que están llamando a la puerta.
Por egoísmo, por vanidad, por esa ciega terquedad con que suele confundir con la defensa de lo que cree son sus principios, Castro está destruyendo las vidas de sus partidarios. Está afectando sus intereses y los intereses de sus familias. Está destrozando el futuro de los hijos de los dirigentes y de los cuadros que él mismo contribuyó a formar.
Sin embargo, el asunto es más complejo aún de lo que parece, porque, a los ojos de sus partidarios, Castro es, efectivamente, el gran obstáculo para la transición hacia la inevitable democracia, pero —simultáneamente—, como me confiaba, desesperado, un altísimo miembro del gobierno, es la única persona en quien confiarían para encabezar un movimiento en esa dirección.
Es un cuadro realmente patético. Prácticamente toda la nomenclatura cubana está aterrada y deseando fervientemente el inicio de los cambios en la isla, pero como se trata de un aparato de gobierno que renunció hace muchas décadas a la facultad de pensar con independencia y criterios propios, delegando en Castro esas funciones primordiales hasta extremos verdaderamente penosos, sus miembros hoy no se atreven a alzar la voz colegiadamente, y se limitan a ansiar ardientemente, pero en silencio, que la misma persona que amenaza con hundirlos para siempre, se decida de una vez a ponerlos a salvo de la catástrofe.
Como es fácil de entender, este tipo de esquizofrenia ideológica conduce irremisiblemente al abandono del líder. En Cuba ya no hay razón ni imperativo moral capaz de sostener la lealtad a Castro. En última instancia, ¿a qué Castro hay que serle fiel y leal? ¿Al que prometió el súbito desarrollo del país? ¿Al que aseguró que del brazo armado del comunismo a Cuba le esperaba un fulgurante destino? ¿Al que predijo el inminente colapso de Occidente y el triunfo de las revoluciones armadas en el Tercer Mundo? ¿Al que ahora se obstina en mantener vigente un sistema que ha fracasado en todas partes?
Hay demasiados bandazos y derrotas en la vida política de Castro para que sus seguidores, al cabo, no puedan romper con ese extraño y atávico lazo que hoy todavía los mantiene unidos al Caudillo.
Sin embargo, sería poco constructivo ponernos a especular en torno a posibles desenlaces sobre los que no tenemos ningún tipo de influencia. Es posible que mañana se subleve una guarnición en Oriente o en Matanzas, pero en el exterior carecemos de recursos y contactos para contribuir a que se produzca ese hecho.
Exactamente lo mismo podemos decir de los golpes de estado, los intentos de magnicidio o las revueltas populares. Todo eso está ahí, puede ocurrir, es probable que ocurra, ha sucedido en otras partes en circunstancias similares, incluso ha sucedido en Cuba en el pasado, pero nosotros carecemos de la capacidad necesaria para inducir esos hechos o para influir decisivamente en ellos desde el exterior de Cuba.
Eso no quiere decir, no obstante, que debemos cruzarnos de brazos y esperar pacientemente a que ciertos sucesos incontrolables se produzcan por la propia naturaleza de las cosas. Nosotros sí tenemos una importantísima tarea que realizar: diseñar y defender en todos los foros que se nos brinden una salida electoral que dé al traste con la tiranía de Castro, pero dentro de un estado de derecho y con absolutas garantías para todos los participantes.
Nosotros, desde afuera, podemos y debemos proponerles a los cubanos una solución a la checa, a la alemana, a la húngara, a la nicaragüense. Y tenemos, además, la fuerza moral para pedirle al mundo entero, a Occidente y a los países que un día fueron comunistas, que interrumpan todo trato comercial de favor hacia el régimen de Castro mientras no someta a su gobierno al escrutinio de unas elecciones verdaderamente libres y sin medidas intimidatorias.
Hay que hacerle al gobierno estalinista de La Habana exactamente igual que lo que se le hizo al de Pretoria, hasta obligarlo a poner fin a su apartheid ideológico. Adviértase que no estoy proponiendo que se le cierren todas las puertas. Lo que defiendo es que sólo se le franquee la que conduce a la libertad y al ejercicio de la soberanía popular. Lo que reclamamos es que los gobiernos y los pueblos dei mundo libre, especialmente los de América Latina, y los que ahora están descubriendo la democracia, se nieguen de plano a subsidiar una dictadura empecinada y cruel, enemiga de los principios que les dan sentido a nuestros valores en Occidente.
¿Se pueden negar a esta petición los países de América Latina? ¿Se puede negar España a darle la mano a un pueblo de su estirpe que quiere ser libre? ¿Puede la Europa que hoy ensaya una casa común fraguada para la libertad darle la espalda a los cubanos? ¿No será posible darle vida a un movimiento internacional que reclame de Castro algo tan justo y comprensible como que deje hablar a los cubanos en unos comicios libres para que revelen cuáles son sus preferencias políticas? ¿Cómo va a resistir Castro la poderosa voz de la comunidad internacional si conseguimos pedir a coro y con toda nuestra energía que deje de comportarse como un autócrata y le devuelva a los cubanos el derecho que tienen a darse el gobierno y el sistema que libremente desean? Cada vez son más los líderes e instituciones que están solicitando con toda energía ese cambio fundamental. Hace dos años, más de un centenar de intelectuales, entre los que se incluía a una docena de premios Nobel, pidieron un plebiscito en Cuba. Esta petición se repitió, con más adhesiones, en diciembre pasado. A principios de marzo, en Lima , Mario Vargas Llosa, al frente de un Encuentro Mundial por la Libertad, que congregaba a decenas de intelectuales de reconocido prestigio en Occidente, pidió con toda energía que se convocara en Cuba a unas elecciones libres. A los pocos días, cinco ex presidentes de la muy democrática Costa Rica se dirigieron a Castro en una carta respetuosa, pero firme, solicitando lo mismo. Esa carta, por cierto, coincidió con una censura al castrismo y una petición de elecciones en la isla originadas por el senador Carlos Raúl Hernández, en un Parlamento venezolano cansado tras varias décadas de atropellos castristas a la democracia y a la libertad. No hay duda: es el momento de articular todos esos esfuerzos en una gestión internacional conjunta, franca, visible, que obligue a Castro a obedecer el mandato del pueblo cubano.
¿Es esto posible? ¿Cómo vamos a conseguirlo si Castro, hace pocos días, juraba que la revolución no va a hacer una sola concesión? Creo que esta vez tampoco debemos creerlo. ¿No va a hacer concesiones si tiene que reducir la pobre dieta de los cubanos a la mitad? ¿No las va a hacer si la industria se desploma por falta de combustible? ¿No las va a hacer sí no puede mover sus tanques y aviones por falta de piezas? ¿No las va a hacer si deja de fluir el poco turismo que todavía se aventura a visitar la isla? ¿No las va a hacer si su ejército, y los hijos y padres de sus soldados comienzan a pasar hambre por su ciega terquedad? ¿No las va a hacer cuando los muchachos, los estudiantes de siempre, salgan a las calles a protestar? ¿No las va a hacer cuando tenga que alimentar, otra vez, 200.000 presos políticos y no pueda acallar las protestas?
Yo creo que si las va a hacer. Castro tiene que entrar por el aro electoral, como todos los dictadores comunistas, porque esa fórmula, en definitiva, es la única que minimiza los costes de un fenómeno absolutamente inevitable. Es cierto que un proceso electoral sería para él un camino seguro de perder el poder, pero cuando se carece totalmente de legitimidad política y de recursos para seguir gobernando, realmente no se pierde el poder, sino se pierde una entelequia que sólo posee cierta carga simbólica. Castro —Insisto— ya ha perdido el poder, ese poder real de influir sobre el destino de los cubanos, aunque ta inercia y el miedo todavía lo mantengan situado en la casa de gobierno.
La gran cuestión de la Comunidad no es qué pasa dentro de una organización en la que casi todas las cosas funcionan bastante bien en casi todos los órdenes. La estructura actual está consolidada; entre los gobiernos reina una armonía razonable; están definidos con cierta precisión los objetivos inmediatos e incluso fijados los plazos para ultimar en el 93 los tres grandes proyectos en curso: unión económica y monetaria (EMU o UEM), unión política y mercado único. Se avanza en todas esas direcciones: el 80 por 100 del territorio y de los ciudadanos de la Comunidad disfrutan de libertad para el movimiento de capitales, y casi la mitad de ellos (el 40 por 100 para ser más precisos) habitan en «Schongeniandia», o grupo de cinco países entre los que han caído las fronteras, volviendo a algo parecido a lo que ocurría en casi todo el Continente antes de 1914.
Pero en el mundo entero, y en especial en Europa, han ocurrido tantas cosas desde el mirabilis annus de 1989, que la Comunidad de los Doce no puede dejar de verse afectada en su funcionamiento y, sobre todo, en sus finalidades y en su concepción misma.
La gran cuestión es si se amplía o no la Comunidad, en qué condiciones y, en caso afirmativo, para hacer qué. ¿Cuáles son las definiciones políticas y culturales, incluso las económicas, de esa «unión política» en la que casi todo el mundo está de acuerdo a la hora de las declaraciones? ¿Qué nos proponemos conseguir?: ¿una «federación», culturalmente unitaria, y políticamente tan centralizada como las de Alemania, Suiza o Norteamérica?, ¿una asociación regional de países independientes y sueltos como la OEA, o tan inoperante como la OUA? ¿Se aspira a un patriotismo europeo, que se imponga sobre los patriotismos históricos nacionales de ahora, hasta reemplazarlos? Oficialmente, el plan de Bruselas —Comisión y gobiernos— es aplazar las posibles nuevas incorporaciones hasta después del 93. A Turquía, que la tiene solicitada desde hace dos años, y a Malta y a Chipre si lo llegan a pedir, se les puede hacer esperar por razones técnicas, económicas o políticas, y, en algún caso, también geográficas. La mayor parte de los antiguos Estados comunistas pretenden, de momento, más una ayuda que una integración; entre los seis países de la EFTA, sólo Austria ha manifestado su voluntad de acceder a Bruselas; algún otro en su momento no quiso, aunque probablemente ahora esos mismos noruegos se decidirían por una respuesta afirmativa, si tuvieran otra vez un referéndum; Suecia y Suiza, oficialmente, no se plantearon la cuestión por ser neutrales y porque la Comunidad todavía no había demostrado que ofrecía muchas ventajas a los países miembros; Finlandia ocupa una posición singular por sus peculiares relaciones con la URSS.
Pero ahora resulta que ni la «finlandización» ni la neutralidad son objeciones de recibo en el orden político; que en la opinión pública sueca se advierte un cambio de tendencia a favor de la opción comunitaria y el partido conservador que ahora encabeza Cari Bildt, buen amigo de España desde el principio de la transición, se inclina por ella; que los suizos no desechan e! planteamiento del tema, y que los países de la EFTA disfrutan de una renta por habitante (me) Europa tendrá que generar un modelo de asociación política diverso y flexible, para el que quizá no haya exactos precedentes. Pero posee la base de comunidad cultural y el sentido de la historia precisos para acometer la empresa. dad son objeciones de recibo en el orden político; que en la opinión pública sueca se advierte un cambio de tendencia a favor de la opción comunitaria y el partido conservador que ahora encabeza Cari Bildt, buen amigo de España desde el principio de la transición, se inclina por ella; que los suizos no desechan e! planteamiento del tema, y que los países de la EFTA disfrutan de una renta por habitante (media entre los seis) superior a la de 1a CE, y que poseen una riqueza instalada y potencial que también excede, proporcionalmente, a las de conjunto de los actuales Doce.
En estas condiciones, si no se tuerce el curso de los acontecimientos mundiales y si desde esos seis países se ejerciera una presión, es dudoso que la Comunidad pueda aguardar hasta el 93, como si no hubiera pasado nada. La historia no ajusta su paso al ritmo regular de las previsiones racionales y tecnocientíficas de Bruselas. Sobre todo cuando por la puerta de atrás, y sin pedir permiso a nadie, se ha introducido en la Comunidad la antigua República Democrática Alemana, con 17 millones de habitantes, que son más de los que tienen Austria y Suiza juntas, o tantos como los del combinado báltico-escandínavo de noruegos, suecos, finlandeses e islandeses. Sin olvidar que la entrada de los alemanes del Este pone largos los dientes de checos, polacos y húngaros. Aunque reine el «marco», tampoco en la RDA se sabe de quién es cada cosa.
La ampliación a 18, o quizá más, que parece inevitable, antes o después del 93, obliga a una reflexión sobre la naturaleza política de la Comunidad. El federalismo americano no es válido como modelo para Europa. Aquello fue el resultado de un proceso de continuidad histórica, desde la monarquía británica a la racionalización republicana de los Estados Unidos, En Europa reina la cultura patriótica de las naciones-Estado, a cuyas características esenciales obedecen hasta los ejemplos federales. El sentimiento de pertenecer a un conjunto mayor que la propia patria nacional, y que ése sea Europa, también existe, pero sin que la gente deje de ser ni de sentirse, en primer lugar, italiana, alemana o francesa.
Europa tendrá que generar un modelo de asociación política diverso y flexible, para el que quizá no haya exactos precedentes. Pero posee la base de comunidad cultural y el sentido de la historia precisos para acometer la empresa. Poco después del año 900 de nuestra era, un anónimo poeta, probablemente germánico, compuso un epos caballeresco, que empezaba proclamando que la tercera parte del mundo —las otras dos serían Asia y África—, hermanos —es decir, lectores u oyentes— se llama Europa, pueblos diversos en costumbres y en lenguas y también en nombre, que se distingue por sus modos de vida y por su religión. Pero con todas estas sensibles diferencias, la Europa del viejo rapsoda era algo de lo que se podía proclamar que constituía una unidad en relación con el resto del orbe.
Un recinto dedicado enteramente al ensueño. Mitos, cuentos y leyendas. Lo más remoto de los pueblos visto a través de finos cendales poéticos. El encanto de toda lejanía, aprisionado en las más seductoras formas de la épica, desde el himno sagrado hasta el picante relato popular.» Así rezaba el texto de propaganda de la serie «Musas lejanas», una estupenda colección que inició su andadura a mediados de los años veinte y que llegaría a publicar catorce títulos entre 1925 y 1929. Auspiciaba la serie Revista de Occidente. Allí vieron la luz, entre otros libros, una espléndida traducción del Cantar de Roldán por Benjamín Jarnés y la admirable versión de Pedro Salinas del Poema de Mío Cid (las dos en 1926): ambas se encuentran hoy en el catálogo de Alianza Editorial.
Pues bien, el primero de los catorce títulos de «Musas lejanas» —los estoy viendo felizmente juntos, en un privilegiado estante de mi biblioteca— fue El Decamerón negro de León o Leo Frobenius, magníficamente trasladado al castellano del alemán original por J. R. Pérez Bances e incorporado providencialmente al fondo de Alianza desde 1986 («El Libro de Bolsillo», núm. 1.154), pues tanto la princeps de 1925 como la segunda edición de 1950 constituyen rarezas bibliográficas de no fácil adquisición. Dicha traducción castellana se llevó a cabo sobre un Schwarze Dekameron de 1910 (como la presente desde 1938 en el catálogo de la editorial argentina Losada, sexta entrega de la conocidísima «Biblioteca Clásica y Contemporánea»), pero Frobenius reunió más tarde, en los doce volúmenes de su Sammlung Atlantis como burlescos, del Africa Central, y es de esa recopilación de donde Ulf Diederichs extrajo su Schwarze Dekameron de 1969 (Düsseldorf-Koln, Eugen Diederichs Verlag), que fue traducido a nuestra lengua por Gladys Anfora (Buenos Aires, Losada, 1979) en un grueso volumen que circuló poco por las librerías españolas.
Leo Frobenius nació en Berlín el 29 de junio de 1873. Era hijo de un oficial retirado del ejército prusiano. Con esos antecedentes, su pertenencia a una determinada generación y su aspecto personal (bigote, perilla, pelo aplastado, grandes orejas, inmaculada seriedad), podría haber formado parte de la galería de nazis perversos que pueblan las películas de Indiana Jones. Explorador y etnólogo, Frobenius dirigió doce expediciones a Africa entre 1904 y 1935. En 1925 fundó en Frankfurt el Instituto de Investigación de Morfología de la Cultura, comenzando a enseñar poco después Antropología Cultural en la Universidad de esa misma ciudad, de cuyo Museo Nacional de Etnología se hizo cargo a partir de 1934. Murió el 9 de agosto de 1938, mientras veraneaba en Italia, a orillas del lago Maggiore.
De sus investigaciones y estudios sobre el arte prehistórico y de sus trabajos de campo en el continente africano Frobenius dedujo que las culturas cumplen un ciclo vital completo y, como entidades autónomas con vida propia, atraviesan etapas de juventud, madurez y vejez. En Próbleme derKultur (cuatro volúmenes, 1899-1901) llama a esas tres etapas Ergriffenheit o «emoción», Ausdruck o «expresión» y Anwendung o «aplicación».
Bastantes de sus sesenta libros se ocuparon de Africa, un continente aún misterioso y lleno de prestigios para el hombre occidental de principios de siglo (piénsese en el Tarzán de Edgar Rice Burroughs o en las novelas africanas de Henry Rider Haggard). Tal vez su obra «africana» más famosa sean los tres tomos de Und Afrika sprach (1912-1913) y varios trabajos de diferente fecha en los que aporta pruebas «concluyentes» acerca de la existencia de la Atlântida y de su identificación con Nigeria. Otra de sus audaces y fantásticas conjeturas fue atribuir un origen común a las culturas de Oceanía y del Oeste de Africa, basándose en la distribución de ciertos elementos culturales comunes a ambas.
El Decamerón negro (tanto en su versión original de 1910 como en la refundición de 1969) está maravillosamente escrito. Frobenius ha escuchado de labios de los bardos de los Sahel —el pueblo que habita la región homónima, entre el Sáhara y la gran selva del Níger—, y de los de muchos otros pueblos del África Central, infinidad de historias, las ha anotado escrupulosamente y las ha vuelto a referir sin quitarles un ápice de su encanto inicial. Repartido en dos áreas temáticas, la caballería y el amor por una parte, y los cuentos y fábulas populares por otra. El Decamerón negro es uno de esos libros cuya lectura es una fiesta que anula el tiempo, una maravillosa fiesta de no-cumpleaños.
En la Atlântida de Frobenius, es decir, en Nigeria, concretamente en la ciudad de Abeokuta, una de las más grandes del oeste del país, nació hace setenta años Amos Tutuola, hijo de un protestante cultivador de cacao. Cuando tenía doce años fue a la Escuela Central Anglicana de su ciudad natal, pero tuvo que interrumpir sus estudios cinco años más tarde, al fallecer su padre. En 1939 fue a Lagos para aprender el oficio de herrero, que luego ejerció en la aviación nigeriana desde 1942 hasta 1945. Luego trabajó para el Ministerio de Trabajo y para la Radiotelevisión de su país como almacenero, retirándose en 1976. Actualmente vive en Ibadán.
El volumen número 33 de la colección «El ojo sin párpado» de Siruela es, precisamente, la versión española de una de las novelas de Tutuola, My Life in the Bush of Ghosts, traducida en nuestros pagos por Maribel de Juan como Mi vida en la maleza de los fantasmas. El inglés de Tutuola se adapta al mito africano con una flexibilidad tal, que no echamos de menos que el autor no utilice su lengua materna, el yoruba, en sus relatos. Algo así como le sucede al alemán de Frobenius con las leyendas del Sahel.
Mi vida en la maleza de los fantasmas cuenta la aventura de un niño que se adentra en un extraño territorio poblado de seres que han muerto a destiempo y que aguardan a que llegue el momento de trasladarse definitivamente al país de los muertos. Los fantasmas de Tutuola son una especie de gremlins malignos que sólo disfrutan molestando a los vivos. El itinerario que inicia el protagonista de la novela no puede ser, pues, más terrorífico. En el fondo, se trata de contar el terror del hombre ante la naturaleza, su postración ante los dioses. Tutuola refleja ese miedo en el lenguaje de los cuentos populares, los relatos que las abuelas cuentan a los niños en las noches del trópico, frente a la selva impenetrable. La edición de Siruela incluye el prólogo de Geoffrey Parrinder que precede a la edición británica de Faber and Faber. «La maleza desconocida con sus aterradores espíritus extiende sus tentáculos —escribe Parrinder— como los árboles de un dibujo de Arthur Rackham, y constituye uno de los lugares más pavorosos que la literatura ha imaginado.» En África, como en el resto del mundo, la literatura imita a la vida. La vida heroica, obscena o simplemente horrible que, respirando a pleno pulmón en los Marchen centroafricanos recopilados por Frobenius, está siempre a punto de ahogarse en la fantasmal espesura forjada por Tutuola.
En una Historia de la Música publicada por una entidad de tanto prestigio ^ ^ como el Conservatorio de París, a fines del siglo pasado, podía leerse: Juan Sebastián Bach: músico alemán del siglo XVIII autor del acompañamiento sobre el cual Gounod compuso una célebre melodía (el Ave María). Se trata en este caso de un ejemplo extremo, increíble de abismo entre la inmensidad de una obra genial y la mínima repercusión de la misma en un ulterior contexto cultural. Es cosa sabida que la obra de Bach tardó en alcanzar el reconocimiento universal de su grandeza. Aparte de este caso hay que reconocer que persiste y persistirá en un numeroso sector del público una cultura musical que vendría a cifrarse en estas ecuaciones: Beethoven = Claro de luna; Sibelius = Vals triste; Ravel = Bolero; Chaicovski = Cascanueces, etc., ecuación esta última mencionada, que causaba irritación al gran maestro ruso. Valga esta sumaria referencia para poner de relieve que lo que en el caso de la cultura musical nos parece una degradación que desciende hasta el nivel del ridículo es en cambio en el dominio de la cultura científica y en la misma historia de la ciencia, lo aceptado, lo enseñado, lo publicado.
Consúltese una historia de la ciencia que se considere suficientemente documentada y se comprobará que lo que —salvo alguna referencia biográfica—, se dice de la aportación científica de, por ejemplo, Kepler, quien firmaba siempre sus escritos «J. Kepler. Mathematicus», puede escribirse en una tarjeta postal: sus tres leyes y alguna mención de su óptica. Las obras completas de Kepler llenan dieciséis volúmenes «in folio». Y aquí hay que añadir sin rodeos ni disculpas que de todo lo que ha escrito el genial germánico, lo único que viene a resultarle interesante a lo que hoy llamamos «Ciencia», lo único que cabe dentro de este estrecho marco es esto mencionado que se escribe en cuatro líneas. Pero, en realidad, ni siquiera está limitadísima aceptación viene teóricamente argumentada puesto que no se hace referencia alguna al horizonte en el que Joahnnes Kepler, Mathematicus, tuvo necesariamente que situarse para justificar sin desánimo los veinte años de meditación que dedicó al decisivo hallazgo de sus leyes. «Jamás una fama ha pasado más injustamente de un autor a otro —dice Hegel— que la fama que ha pasado de Kepler a Newton.»
Observaciones análogas pueden hacerse con respecto a las célebres leyes de Mendel que los estudiantes aprenden ahora desde su EGB. Interesantes son estas leyes, pero si tuvieron ellas que esperar hasta Mendel para aparecer en el horizonte de la Biología, parece ser cosa de importancia el averiguar qué es lo que orientó al monje agustino hacia esta original búsqueda y hallazgo. El mismo Mendel, en la introducción a su escrito «Versuche über Pflanzen-Hybriden» cita «las cuidadosas observaciones de Kölreuter, Gärtner Herbert, Lecocq, Wichura y otros que con incansable constancia han dedicado buena parte de su vida a estos temas». «Si sus trabajos no han tenido éxito —añade—, si no han conducido a válidas leyes generales sobre la formación y desarrollo de los híbridos no le sorprenderá esto a quien tenga una idea del alcance de la empresa y de las dificultades que comporta.» A continuación da Mendel la clave de la originalidad del horizonte que según afirma «es el único camino desde el cual puede ser finalmente alcanzada la solución de una cuestión… cuya significación y alcance es de verdadera importancia». La tendencia general de toda exposición actual consiste en describir estas leyes como llovidas del cielo, como el resultado de una opaca manipulación y recuento que no hace mención alguna del punto de vista original —que el biólogo Jean Rostand califica de genial— que iba a dar un sentido nuevo al proceso experimental.
Con estos ejemplos vamos acercándonos al tema de este escrito, recordando un caso que bien merece una consideración especial. Se trata de la obra de Jorge Cantor en el dominio de la Matemática. Se trata de lo que Stefan Zweig llamaría, quizás, «un momento estelar» en la historia de la creación matemática que iba a conferir una nueva y radical orientación a buena parte del pensamiento matemático. He aquí la desconcertante interrogación que ya proponía Galileo: hay más números enteros —decía— que números cuadrados. Así 1, 2,3, 4,5,… son los números de la serie natural mientras que números cuadrados sólo lo son el 1 (1 x 1), el 4(2×2), el 9(3×3), etc.
Hasta aquí la cosa no parece ofrecer dudas. Se puede añadir además, que hay la misma cantidad de números cuadrados que de raíces cuadradas, puesto que cada cuadrado tiene una sola raíz cuadrada: la raíz de 9 es 3; la raíz de 25 es 5; etc. Habrá que afirmar, pues, que hay más números en la serie natural que raíces. Pero esto es falso puesto que cada número de la serie natural es a su vez la raíz de un cuadrado: 1 es la raíz de 1; 2, la raíz de 4; 3, la raíz de 9; 4, la de 16; 5, la de 25; etc. Llegamos así a una extraña conclusión: hay tantos números naturales como raíces cuadradas; tantas raíces como cuadrados, mientras que al mismo tiempo hay menos cuadrados que números en la serie natural. He aquí un escollo terrible, entre tantos otros igualmente desconcertantes, que obstruían la entrada a un inmenso y desconocido mar: el mar del infinito matemático que Cantor abrió a la navegación. Todo esto es cosa sabida que aquí sólo se aduce con el fin de centrar la atención sobre un punto que es éste: la excelente obra de Evert W. Beth «The Foundations of Mathematics. A Study in the Philosophy of Science», empieza el Capítulo 14 Cantorism, en estos términos: «Jorge Cantor ha creado ex nihilo y desarrollado hasta considerable altura una rama de las matemáticas completamente nueva…» Ex nihilo subraya el autor; así, a partir de la nada aparece en la matemática el nuevo y amplísimo horizonte cantoriano. En cierto y restringido sentido resulta verdadera esta sorprendente afirmación. Muchas de las ideas del universo matemático, antes de haber emergido con precisión y claridad en virtud de una aportación de genio, han sido precedidas por vislumbres; han sido utilizadas más o menos explícitamente en concepciones anteriores. (Hasta podría decirse que éste es el caso común y general del cual podrían darse numerosísimos ejemplos). Una novedad matemática sin precedentes es más bien la excepción y éste es el caso del cantorismo, según afirma Beth. Pero, ¿qué es lo que pensó Cantor, de qué consideraciones partió para hacer accesible un dominio que para tantos hombres de matemáticas permanecía impenetrable?
Si consultamos el estudio que le dedica E. T. Bell en su libro «Men of Mathematics» hallaremos también solemnemente afirmada la novedad cantoriana: la teoría cantoriana del infinito «una de las más originales y perturbadoras contribuciones a la matemática en los últimos mil quinientos años», nos dice. No se trata, pues, de una novedad que quede como tal contrastada con respecto a lo que se pensaba en una próxima anterioridad. No; según Bell, Cantor se enfrenta y sobrepasa una ortodoxia vigente desde los últimos treinta siglos, ortodoxia vigorosa e intransigente defendida todavía por los más grandes matemáticos contemporáneos suyos. La biografía que Bell dedica a Cantor está salpicada de observaciones más o menos conexas en las que, como de paso, dice que Cantor era «un experto en Teología», que «Cantor se alinea definitivamente con los grandes teólogos de la Edad Media de los cuales era un profundo estudioso y ardiente admirador». «Si Cantor no hubiera sido matemático —añade Bell— es muy posible que hubiera dejado la marca de su genio en la Filosofía o en la Teología».
Ahora bien: ni siquiera se insinúa que su profundo conocimiento y admiración por los grandes teólogos medievales pudiera haber contribuido a la concepción de una teoría del infinito, es decir, pudiera haber contribuido algo a que «Cantor dejara la marca de su genio en la Matemática». Podría aducirse aquí el amplio testimonio del propio Cantor quien declara, afirma y reitera que su estudio de la Filosofía y Teología medieval ha contribuido profundamente a orientar la elaboración de sus grandes ideas matemáticas. Pero según la ortodoxia profesoral «las matemáticas de Cantor son una hábil construcción, un sistema simbólico totalmente artificial», dado que la matemática una vez impresa en un libro de texto, una vez puesta en ciertas manos, es esto y no es más que esto: «ex nihilo».
Por esta misma época en que Cantor se inspira en la Teología para desvelar todo un mundo en la Matemática, por esta misma época Newlands en Inglaterra da un enunciado de la periodicidad de los elementos químicos. Señala que, a partir de cierto agrupamiento, viene a patentizarse una analogía entre los elementos químicos que forman octavas, tal como ocurre en la escala musical. Se trata, en verdad, de una aportación científica que, aunque alcanzada por un razonamiento de analogía, va ciertamente más al fondo de la cuestión que la mera consideración del peso atómico. En su obra El pluralismo coherente de la Química moderna, dice Bachelard que «la formación de la noción de número atómico es una de las más grandes conquistas teóricas del siglo» y según dicho autor la grandeza de esta conquista que viene a establecer una originaria correspondencia entre números abstractos y elementos químicos, se podría comparar con la correspondencia, si la hubiera, entre dos niveles tan aparentemente heterogéneos como la paginación de un libro y el contenido de cada página. Bastó, sin embargo, que Newlands mencionara sus conocimientos de música como un factor sugeridor de una idea científica para que fuera públicamente abucheado y puestos en ridículo sus nuevos conceptos. Esto sí: más adelante se le condecoró con una medalla; la ortodoxia científica, aunque a destiempo, se arrepintió.
De todos modos, cuando se habla de intransigencia, de condenación, de persecución, siempre tenemos a mano un ejemplo de tanto espectáculo y repercusión que nos permite perdonar y olvidar todos los demás casos. El ejemplo de intransigencia e incomprensión que resuena a lo largo de toda la historia ofrecido por el Santo Oficio cuando en 1633 condenó la interpretación realista que hacía Galileo del sistema astronómico de Copérnico. Pero pásese de tribunal a tribunal, de siglos pasados al siglo presente, del año 1633 al año 1921, del Santo Oficio a la Comisión del Premio Nobel. El prestigio de Einstein es ya tal que el tribunal que adjudica el Premio Nobel no puede inhibirse y así Alberto Einstein recibe, mientras estaba en Shangai, un telegrama en el que se le anuncia la concesión del Premio Nobel «por su ley fotoeléctrica y por su trabajo en el campo de la física teórica». Se trata de un premio que contiene un significativo y capital castigo. De su Teoría de la Relatividad, nada de nada. Su creación capital no se menciona y ésta no mención por parte de un tribunal de hombres de ciencia no tiene otra lectura que la de una condena. Como sea, sin embargo, que toda nuestra capacidad de repulsa y desprecio ya la habíamos agotado con el Santo Oficio, de todo lo demás que ocurra o pueda ocurrir no hay que hablar.
¿Qué ha venido aconteciendo desde aquellos años para acá? Pues ha acontecido que esta tendencia condenatoria o despectiva ha llegado hoy a su máxima radicalidad en la valoración de la actividad y creación científicas. La exclusión de la cultura científica de toda creación, de toda idea que no quede inmediatamente traducible en un manejo de laboratorio constituye el centro de gravedad de la ortodoxia contemporánea. La comprensión científica no tiene §¡§|j¡ más valor ni sentido que el de transitoria antesala de la acción, del manejo, de las formas de manipulación, vigentes en la estricta y compleja mecánica del laboratorio. Se llega, en este sentido, más lejos, se llega hasta el límite de lo imaginable: no sólo se prescribe y se determina el cauce por el que ha de l proceder la investigación eficaz, aceptada, publicable; se legisla con idéntico rigor perfil completo del investigador novel de modo tal que su posible talento o incluso su genio no es aceptado en lo que pudiera prometer de original, de renovador, de creador. No, no; previa una sumaria instrucción, hay que enseñarle a polarizar todo su esfuerzo, toda su atención sobre la línea del frente donde ahora, este mes, hoy mismo, se está librando la batalla, allí donde reside el problema pública y comúnmente reconocido, publicado en las revistas serias, especializadas, acreditadas, autorizadas, las que, por así decirlo, dan el diario parte de guerra. ¿Es qué no hay importantes cuestiones, a veces, previas, sólo vagamente o, quizás, erróneamente planteadas, cuestiones que reclaman a gritos otras formas de consagración de la inteligencia científica? Sí; las hay, probable mente a montones, pero si te dedicas a ellas no obtendrás resultados publicables, no serás escuchado; quedarás orillado, al margen de la corriente; podrás llegar a ser tan desgraciado como Mendel que no acertó a dedicarse a la Teoría de la Evolución en vez de plantar guisantes, preocupado en contar los individuos de cada cosecha y establecer relaciones numéricas entre ellos, cosa entonces completamente incoherente, vista desde la evolución darwiniana.
No se trata aquí de regatear ni un ápice del interés, de la utilidad y alcance de los actuales resultados y corrientes de investigación, sino sólo de describir la relativa estrechez de los límites dentro de los cuales toda una ortodoxia científica se mueve y se siente, no sólo ancha y cómoda, sino a veces incluso aventuradamente extrapoladora de los resultados adquiridos o alcanzables. Léase, para citar un texto autorizadísimo, el prólogo a la «Biología molecular del gen» de J. D. Watson, y se comprobará hasta qué lejanos límites pretende, a mi juicio, llegar la biología molecular. Tampoco se trata de incurrir en la vana ilusión de que este texto pudiera merecer algo más que la desaprobación y repulsa tanto individual como colectiva, de todo el estamento —social y políticamente ensalzado— aquí sumariamente descrito, en caso de ser leído. Por consiguiente, cuando se proclama que el verdadero investigador, una vez en posesión de la información académica inicial ya no lee más libros, sino solamente revistas, se está plenamente convencido de que se está enunciando una característica positiva que es la que viene precisamente exigida por aquella auténtica actividad investigadora capaz de rendir frutos. Resulta este proceder tan bien obedecido que escasean los libros que van un poco más allá del escribir o vulgarizar lo que las mencionadas revistas van aportando.
La investigación científica contemporánea no tiene contexto; tiende a discurrir por cauces sin paisaje; sus conclusiones, precisas y fecundas en su terreno, no resuenan, no repercuten sobre ámbitos distintos de aquel dentro del cual se explicitan; no sugieren ni inspiran nada en el entorno cultural contemporáneo de sus hallazgos; son pura técnica sin expresión; enuncian y prometen ventajas, realizaciones, comodidades y poderes venideros que podrán disfrutarse en el seno del mismo, o quizá mayor, grado de obscuridad por el que ha venido transitando la existencia humana. El investigador de hoy no lee libros… ni tampoco los escribe; no va más allá de consignar los resultados que arroja una acción que parece vacía de pensamiento.
El enfoque científico de la realidad considerada por las ciencias de la naturaleza no reconoce ni se funda en concepción previa alguna de su objeto. No puede con rigor hablarse hoy de «ciencias de la materia» pues se carece de una aceptable definición de tal concepto. Lo propio ocurre con la actual biología molecular para la cual la realidad de la vida es una extraña presencia fuera del cauce de su comprensión y de su métodos. Salta a la vista que a pesar de estas desconcertantes ignorancias las ciencias modernas han obtenido y están obteniendo resultados a veces imprevisibles, abundantes, de inmenso alcance que incluso puede resultar inquietante. Alcance que, como ya se ha insinuado, se refiere más a lo que se puede hacer que a lo que se puede comprender. He aquí por qué desde diversos ángulos se formula la cuestión de si todo lo que la ciencia permite hacer, se debe hacer. El texto de F. Jacob en su obra «La logique du vivant» ilustra muy adecuadamente lo que aquí se resume, aplicado a la biología: «Se persigue la reducción del organismo a sus elementos constitutivos. La Fisiología lo reclama. La Ciencia lo autoriza. La naturaleza entera se convierte en historia. Se trata, sin embargo, de una historia donde los seres vivos no son más que una prolongación de las cosas; donde el hombre se alinea con el animal. La introducción de la contingencia en el seno del mundo viviente por Darwin y Wallace viene a justificar para la biología la exclamación de Ivan Karamazov cuando dice que todo está permitido. Ya no hay ningún dominio reservado dentro del reino de los seres vivos, ni ningún espacio sustraído por principio al acceso del conocimiento [científico]. Ya no hay ley divina que pueda asignar límites a la investigación. En un universo privado de creación, convertido en un universo gratuito, la ambición de la biología no reconoce límites».
Jacob, gran lector, al parecer, del Antiguo Testamento, apunta en este texto al mismo fondo de la cuestión, pero quizá no es necesario apelar a tan extremas instancias. Basta, quizá, observar que la biología no reconoce otra forma de objetividad que aquélla que resulta homogénea y subordinada a sus métodos. Para expresar esto último en forma más asequible e intuitiva, podría ejemplificarse así la cosa: transportamos un piano a un lejano país habitado por habilísimos mecánicos, completamente desprovistos del sentido del oído. No cabe duda que sabrán «reducir el artefacto a sus elementos constitutivos». Sabrán dar del instrumento una acabada e inteligente descripción que comprenda todos los elementos de su estructura; sabrán incluso construir otros iguales, e incluso mejorar el modelo recibido. No podrán, sin embargo, ni comprender, ni aceptar jamás que aquel artefacto sea un instrumento capaz de elevar el conocimiento humano sobre un horizonte que está por encima de toda la mecánica que ellos dominan y hacen progresar. En realidad, esta autonomía del aspecto mecánico del piano es ilusoria: hay pianos porque hubo y hay músicos y el mecanismo mismo del instrumento no es algo substantivo y autónomo, sino que es en el fondo una traducción de previas y primordiales teorías y exigencias de carácter musical.
De modo análogo, los mismos métodos que la investigación científica pone en obra, perfecciona y amplifica, derivan de la vigencia de una intuición previa que por lo general el proceso de formación de la ciencia, en busca de la utilidad y del manejo más que del conocimiento, ha ido dejando caer a lo largo de su camino y en la actualidad parece haber abandonado por completo. Así, tal como se decía al comienzo, las tres leyes de Kepler deben su origen y formulación a la decisiva convicción de una radical inteligibilidad que fecunda toda su inmensa y, lamentablemente, abandonada producción. No hubiera habido la astronomía newtoniana sin un espacio absoluto referido al sensorio divino. No cabe duda de que tanto L. Meyer en Alemania como Chancourtois en Francia, Newlands en Inglaterra, Mendeleyev en Rusia adivinaron la misma armonía —que ha recibido sucesivas formulaciones— en el fondo del Sistema Periódico. La primacía de Mendeleyev se debe a la superior audacia que supone la predicción de existencia de elementos correspondientes a lugares vacíos en su especie de partitura química. La misma Teoría de la Evolución no se entendería si los hallazgos que la apoyan y los argumentos que la razonan, no quedaran insertos en el seno de un cósmico espectáculo intuitivo.
Estas observaciones tienen un exclusivo propósito descriptivo que no va acompañado de ninguna pretensión orientada a modificar el decidido discurrir de los procedimientos mediante los cuales la investigación científica avanza y se consolida. Por otra parte, las actuales directrices del proceder científico ya distinguen entre dos actitudes que vienen a llamarse «investigación aplicada» e «investigación básica» acentuándose además por consejo de las voces más autorizadas la acuciante necesidad de incrementar la actividad investigadora de esta segunda denominación. Cabe, sin embargo, el preguntarse no sólo a qué hondura ha de quedar situada esta base, sino, más radicalmente, preguntarse si esta base se adscribe a la contextura del objeto que se investiga o quizá a la orientación especulativa del sujeto investigador. Es decir: en qué lado del conocimiento conviene sondear para dar con este basamento de la investigación. Podría ocurrir que fuera el objeto de estudio el que venga a resultar enfocado superficialmente y también pudiera ocurrir que la superficialidad alcanzara másiDien al espíritu científico del sujeto investigador. Se trata de una disyuntiva a tener en cuenta. Parece que L. V. de Broglie toma un partido con su algo irónica apreciación: La Física —dice— la hacían los físicos; se hizo después demasiado difícil para éstos y la prosiguieron los matemáticos. Hoy la Física es demasiado difícil para los matemáticos; deberán, pues, heredarla los filósofos. He aquí la respuesta de Bernard D’Espagnat, director del Laboratorio de «Physique theorique et particules élémentales» Universidad de París Xl-Orsay. También se pregunta si no será el filósofo quien es verdaderamente competente para comprender los resultados fácticos de la Ciencia y contesta textualmente así: «Los filósofos profesionales tienen mucho que decir sobre la cuestión. Todo conduce incluso a creer que en el porvenir serán ellos quienes en esta materia tendrán nuevamente el discurso esencial».
Se trata de autorizadas opiniones en favor de la intervención de la filosofía en la ciencia. Pero ¿de qué clase de filosofía? Este filósofo profesional al que D’Espagnat asigna tan esencial tarea es hoy por hoy una entidad que puede darse en casos aislados, pero no constituye una orientación de clase reconocida y escuchada. Hay hombres de ciencia en todos los niveles de competencia, pero, adviértase bien, no responden a la denominación con que los alude D’Espagnat en tanto que profesionales de la filosofía en el sentido positivo del término. Se trata de hombres de ciencia en los que resulta patente el ardor, el entusiasmo de una consagración a la actividad investigadora, actividad que puede además ir adornada por muchos libros de filosofía y la cita de muchos autores. Quien, sin duda, responde desde mayor altura a esta descripción en el presente siglo es Erwin Schródinger, el hombre de ciencia de genio en posesión al mismo tiempo de la más amplia y seria lectura filosófica. Su formación en este campo queda, sin embargo, subordinada a la primacía de inflexibles condicionantes científicos. Sin pretensión alguna de hacer el proceso a su saber, véase este párrafo suyo: «Muchos y largos pasajes de los Diálogos de Platón —dice— dan la impresión de no ser más que argucias verbales que no tienen la intención de definir ninguna palabra, en la creencia de que la propia palabra revelará un sentido, si se le dan las suficientes vueltas»
La postura opuesta, la del filósofo, presenta —salvo muy honrosas y pocas excepciones— síntomas mucho más alarmantes desde los que se ha acuñado la máxima de que cuando un profesional de la filosofía se refiere a la ciencia pone siempre por ejemplo los tres ángulos de un triángulo.
Con la publicación, en el BOE del 30 de mayo, del Real Decreto 664/90, se abre jurídicamente la posibilidad de lanzamiento en el mercado financiero de un título absolutamente novedoso y de muy peculiares características: las denominadas «cuotas participativas» de las Cajas de Ahorros. Es indudable la importancia que tal nacimiento va a tener en el futuro del sistema financiero español. Prueba de ello es el eco que ha tenido en la prensa económica y en múltiples reelaboraciones que el proyecto ha sufrido. Como sucede con todo lo novedoso, la figura ha merecido las palmas de unos y los pitos de otros. Estas líneas van a escribirse sin entrar en polémica, con ánimo descriptivo, buscando sencillamente acercar al lector al conocimiento de tan singulares títulos valores.
No es debido a demandas de los inversores por lo que surgen las cuotas participativas, sino respondiendo a una necesidad de ciertas Cajas de Ahorros. Estas instituciones financieras se encuentran inmersas, desde hace algunos años, en un necesario proceso de evolución, tendente a equiparar su operatividad con los bancos, compitiendo con ellos en el mismo terreno y con idénticos instrumentos.
Bien lejos queda el origen de las Cajas, en las que éstas eran entidades estrictamente fundacionales en su naturaleza y benéfico-sociales en sus fines, características que las distanciaban radicalmente de los bancos, de naturaleza societaria y lucrativos en sus fines. El carácter estrictamente fundacional de las Cajas se manifestaba, de una parte, en su gobierno por un patronato que debía atender a la voluntad del fundador como criterio básico y de otra en la existencia de unos recursos propios bien delimitados: la aportación del fundador. El primer aspecto fue profundamente modificado en la Ley de Órganos Rectores de las Cajas de Ahorros. El segundo lo será con la emisión de cuotas participativas. Por lo que respecta a los fines la distinción entre Cajas y Bancos también se ha desdibujado, entre otras razones porque hoy todos los bancos buscan atender a fines sociales. Es sintomática la presentación en sociedad de tres grandes fundaciones creadas por grandes bancos.
En tal proceso de asimilación con los demás intermediarios financieros, la meta indudable es la competitividad y ésta va íntimamente ligada al volumen de recursos propios de la entidad, en virtud del cual la legislación establece los límites a la asunción de riesgos. Precisamente, como fórmula para permitir una expansión en los recursos propios de las Cajas de Ahorros, aparecen las cuotas participativas. Con meridiana claridad manifiesta tal intención el propio legislador, que la primera y única vez que las regula lo hace modificando la definición que la Ley 13/85 estableciera del concepto «recursos propios» para las Cajas de Ahorros. De esta manera, mediante una disposición adicional de la Ley de Disciplina e Intervención de las entidades de Crédito, el legislador crea la figura, colocándola exactamente en el mismo plano que los fondos fundacionales.
Esta conveniencia, o necesidad, de incrementar los recursos propios, ampliando así su capacidad expansiva, en instituciones de carácter fundacional, en las que el patrimonio principal es aportado de una vez por el fundador y no cabe por tanto algo análogo a la «ampliación de capital» de las sociedades, ha sido sentida también en el panorama financiero internacional.
En efecto, figuras análogas a las cuotas participativas, han surgido en diversos países de nuestro entorno durante los últimos años. Ejemplos de ello son el «capital garantizado» en Dinamarca; los «certificados de participación» en Austria, los «títulos participativos» en Francia, el «capital participativo» en Alemania, y los «certificados de ahorro participativos» en Italia.
Toda estas son respuestas a una misma necesidad, la de articular cauces que permitan la existencia de socios que, junto con el fundador y el patrimonio por éste aportado, inviertan en el capital propio de la entidad asumiendo, por tanto, el riesgo y ventura de su gestión o lo que es igual, coparticipando en pérdidas y ganancias. Esto supone una transformación esencial dela naturaleza fundacional de las Cajas, ya que se admite junto a la figura de mera liberalidad del fundador la de otras personas que intervienen con capital-riesgo y ánimo lucrativo en la entidad, consagrando así un movimiento que ya desde hace algún tiempo se venía apuntando con otras manifestaciones.
Tan trascendental es la decisión que en el área anglosajona ha llevado a convertir las iniciales fundaciones en auténticas sociedades anónimas mediante la emisión de acciones. Sin llegar a tan extrema postura, las soluciones existentes en los países que se han citado antes se mueven en una zona intermedia, con diferentes opciones. Las diferencias vienen marcadas esencialmente por dos puntos básicos: el mayor o menor protagonismo que se otorga a los nuevos socios en la toma de decisiones sobre la marcha de la entidad y la mayor o menor participación en sus resultados (pérdidas y ganancias). En definitiva, lo que comúnmente se llama derechos políticos y económicos de los socios.
Las combinaciones sobre estos elementos son múltiples. Respecto a los derechos políticos cabe admitir el derecho de voto en la Asamblea General de la entidad (caso de Dinamarca), constituir un órgano distinto de representación que coparticipa en ciertas decisiones (caso italiano), mera asistencia sin voto a la Asamblea General (caso austríaco). Por lo que se refiere a los derechos económicos el abanico permite o bien establecer una retribución mínima fija, fijar un porcentaje fijo y otro variable en función de los beneficios; permitir o no que en caso de pérdidas de un año se acumule la deuda sobre una retribución mínima a años posteriores; participación o no en las pérdidas junto con el patrimonio fundacional, etc.
Tan dispares alternativas tratan todas ellas de buscar un punto de equilibrio. Es lógico que no se pueda dar a los nuevos socios iguales facultades decisorias que al representante del patrimonio fundacional, por lo que se intenta compensar el déficit de derechos políticos granizando derechos económicos. Algo semejante a lo que supone la figura recién aparecida en nuestro país de las acciones sin votos, pero aplicado a fundaciones en lugar de a sociedades anónimas.
La regulación en nuestro país se ha movido entre dos modelos inspiradores distintos: las obligaciones y las acciones sin voto. La opción hecha por nuestra normativa presenta los siguientes perfiles básicos:
Así configuradas las cuotas participativas, falta por ver su verdadera eficacia para atraer recursos a las Cajas como para mover al inversor a suscribirlas.
Un millón trescientos mil votos, fieles o cautivos según las diferentes y opuestas apreciaciones, han ratificado por duodécima vez el predominio socialista en Andalucía. Está ocurriendo así desde el comienzo de la democracia. En los primeros comicios, cuando existía la UCD y los comunistas sacaban más del 10 por 100 de los votos, el PSOE fue lo que se suele llamar «minoría mayoritaria». Pero desde que en el año 1979, el apoyo comunista les facilitó los gobiernos municipales, los socialistas se han movido en torno al 50 por 100 de los votos emitidos en cada confrontación, rebasándolo con holgura cuando los inconstantes votantes del PC quedaban por debajo del 10 por 100. Ahora mismo, el 23 de junio, el PSOE no ha llegado a la mitad de los votos efectivos y válidos al tiempo que los comunistas, a pesar de su manifiesto retroceso, han obtenido la asistencia del 12 por 100 de los sufragios.
La asunción del poder municipal por el PSOE en la mayor parte de las localidades andaluzas en 1979 ha sido una de las vías más efectivas para su implantación en la región. Baste con recordar que, tras las elecciones locales de 1983, de los 8.608 concejales de Andalucía más de la mitad —4.408— eran socialistas. Ningún otro partido llegaba a un tercio de esta cifra. Cuatro mil quinientos apoderados, interventores o agentes electorales orgánicamente vinculados al partido y a la administración, para un censo de cinco millones (o sea, para un electorado potencial de menos de cuatro), constituyen una red que para sí quisieran los partidos mejor establecidos del continente europeo. Los populares, y también los otros minoritarios de Andalucía, si quieren ganar algún día o romper el techo que los ahoga, han de empezar por atender a las elecciones municipales del 91, con preferencia a cualquier otro cuidado partidista o general: personas, programas y proyectos, pueblo a pueblo, comarca a comarca, provincia por provincia.
También ha podido ayudar al PSOE, en este caso de ahora, la elevadísima abstención, que ha llegado a 700.000 votantes menos que en el 86, dado que ha sido mucho más urbana que rural y, como se dice por allí, «en los pueblos vota todo el mundo» y en ellos tiene el PSOE la clientela más adicta. En Andalucía importan mucho las localidades grandes, que no son capitales ni propiamente ciudades, pero que superan los 10 o 15.000 habitantes, y que aunque tengan industria y comercio, automóviles y buenas calles, pertenecen más a la cultura rural que a la urbana. Hay que saber que en ellas vive una tercera parte de la población total del territorio.
No obstante, las consideraciones sobre la abstención son tan fáciles de inventar como imposibles de comprobar. En Andalucía ahora, comparando las cifras que se poseen con las de otros comicios, se tiene la impresión que, salvo la desviación que puede representar ese predominio de la procedente del medio rural sobre la urbana, la abstención ha afectado proporcionalmente a todos los partidos. Quizá los socialistas sabían o sospechaban que ellos corrían menos riesgo de perder votos si era grande, y por eso eligieron el sábado, que como se ha demostrado es el día de la semana más propicio para que la gente tienda a dejar las urnas vacías.
Junto a la nueva mayoría socialista, el más significativo de los otros datos andaluces es el mantenimiento de los populares, que tiene tanto de alentador como de preocupante. Por una parte es cierto que el PP renovado se consolida a pesar de las feas maniobras y los «dirty tricks» de sus adversarios, pero por otra se ratifica que aún no posee en la mitad sur de España la cuota de apoyo necesaria para alcanzar la condición de «alternativa» a todas luces, sobre todo cuando en populosos territorios de la mitad norte tiene dentro de su propio espacio cultural la competencia de nacionalismos bien arraigados y estables. Los populares desde ahora ya, tendrán que volcar todo el esfuerzo en la preparación de sus equipos municipales, particularmente cuando vayan a jugar partidos en el terreno del adversario.
Los otros partidos que han obtenido lugares en la cámara andaluza son, en principio, menos estables que socialistas y populares. Los andalucistas, en el momento más brillante de su historia, han alcanzado escaños en cinco de las ocho provincias, y han duplicado sus votos del 86: pero de esos ciento y pico mil votos más de esta vez, no se sabe cuántos provienen de la convicción y cuántos del descontento o del deseo de votar otra cosa.
Respecto de «Izquierda Unida», o los comunistas con algún antiguo «fellow traveller», hay que decir que lo que sorprende es que haya perdido tan pocos votos y conserve 11 de los 19 asientos que tenía en la Cámara regional. Eso prueba que los comunistas todavía mantienen en Andalucía una cierta infraestructura, que cuentan con unos miles de «camaradas» y que sus candidaturas son acogidas, vía Comisiones o SOC, por sectores radicales del electorado. Pero algún día esas estructuras se vendrán abajo como pasó en Berlín con el muro.
En el segundo semestre de 1990, que es de presidencia italiana, en las Comunidades Europeas, va a ser también el de la búsqueda de nuevos equilibrios políticos, económicos y humanos en el continente. La incorporación a la República Federal de los 17 millones de alemanes del Este es un hecho llamado a tener más repercusiones que la ampliación de 10 a 12 de las propias Comunidades. Alguien, particularmente autorizado por su experiencia, ha dicho que hay que repensar Europa. La ventaja sobre la situación de 30 años atrás es que no se parte de cero y que existen unas instituciones e incluso un hábito de cooperación y de respeto a las decisiones comunitarias transnacionales.
En Estados que todavía son relativamente nuevos en los foros continentales como España, es preciso que los políticos y los partidos se esmeren en hacer muy buena letra. Del mismo modo que hubo amplio debate y se lograron consensos bastante generales para el ingreso en las Comunidades, es necesario ahora un nuevo esfuerzo colectivo para conocer, asumir y afrontar las nuevas situaciones que se vayan produciendo y que han de afectar a nuestro país.
Ahora tenemos por delante un año en que no hay más elecciones que las autonómicas vascas, lo cual es raro en nuestro revuelto sistema electoral, pero puede permitir cierta tregua en las controversias menores, que permita que los responsables de las principales formaciones, y los economistas y politólogos —los historiadores también—, reflexionen, incluso juntos y sin tirarse los trastos a la cabeza, sobre cuestiones que nos van a afectar, como cultura y como Estado, más que el llamado Mercado Único del 92, aparte de que repercutirán también sobre los acontecimientos de ese mitificado año.