Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosTodo indica que América fue descubierta por los franceses, que Colón nació en Marsella y que la gesta del Descubrimiento fue subvencionada por el Capeto Carlos VII. Ningún estudio académico avala la hipótesis pero los hechos, que suelen ser más tercos, coinciden en que la fecha quimérica del 92 será de quien la trabaje y en esto nadie está igualando a los franceses, Seminarios, coloquios, exposiciones, números monográficos de revistas sesudas y de semanarios populares, y. sobre todo, libros, muchos libros sobre el V Centenario, el encuentro entre dos culturas o como quiera que diablos se llame a la conmemoración del viaje de Colón al Nuevo Mundo.
Usted abre, por ejemplo, el diario «Le Monde» y se encuentra con un largo folletín sobre el viaje colombino. Visita una librería de cierta entidad y hay anaqueles y escaparates reservados al año mágico, a «Cristophe Colomb», a los Reyes Católicos. Ve la televisión y Pivot o Poivre de Arbor, monstruos sagrados del audiovisual culto, le dedican al Centenario emisiones, entrevistas a historiadores o literatos, celebrando en suma, la efemérides como si se tratara de una gesta propia. Algo que sería de agradecer – y se agradece- si no obligara a cierta enojosa comparación con lo que aquí, en la Península, se está haciendo en este terreno, el único en el que valdría ¡a pena volcarse para no convertir la conmemoración en lo que, desgraciadamente, lleva trazas de ser: una feria de charanga y pandereta en versión andaluza donde brillan por ausencia, como era de esperar, la reflexión, el estudio la investigación histórica.
Primero fue el «1492» del inevitable Jacques Attali, consejero del presidente Mitterrand, actual presidente del Banco Europeo de Desarrollo -organismo imaginario creado con la sana intención de recuperar para la economía de mercado a rusos, uzbekos y demás familia- y pese a ello, escritor de mérito. La obra -traducida casi instantáneamente al español pero con distinto título para complicar más la cosa-, es un curioso experimento de cómo sin saber mucho de historia y algo de computación se puede escribir un texto original y hasta cierto punto, innovador, Attali utiliza un material desmenuzado por una legión de secretarios y meritorios para elaborar un fresco de lo que fue aquel año en España, en Europa y en el mundo. Al cabo de las cien páginas el lector se siente lógicamente un tanto fatigado de tanto sincronismo y tanta sabiduría computarizada, pero el ejercicio es relativamente sabroso. No hay una sola idea novedosa en el volumen, nada que pueda fascinar o trastornar al lector pero al final se termina aceptando que el ejercicio es inteligente y atractivo. El libro está todavía en las listas de éxitos y sigue vendiéndose como pan caliente. No estoy seguro de que una obra como la de Attali tuviera el mismo éxito en España donde lo que priva es la biografía garbancera de un personaje de la jet o los manuales instantáneos para ser feliz, gozar en la cama, hablar en público o curarse la paranoia.
Vino después otro «1492. ¿Un mundo nuevo?», trabajo de divulgación y erudición (algo para nada contradictorio, por cieno) de los esposos Bennasar (Bartolomé y Lucile), dos hispanistas reconocidos que desmitifican la gesta colombina que descubriría su grandeza diez o doce años después. Los Bennassar trazan los grandes temas de aquel año que no fueron el viaje de Colón y la llegada a las Indias sino la expulsión de los judíos, la conquista de Granada, la anexión de Bretaña a Francia gracias al matrimonio de la princesa Ana con Carlos VIII, la muerte de Lorenzo el Magnífico en Florencia o la accesión al papado de Alejandro Borgia. Es un fascinante ejercicio de humildad y sensatez histórica al que someten al lector los dos autores distinguiendo con claridad lo que fue 1492 para quienes lo vivieron y en lo que se ha convertido para los historiadores.
Con sólo estos dos «1492» cualquier país hubiera cumplido con creces su contribución al Centenario. Pero los franceses han ido más allá. He aquí, a vuela pluma, algunos de los libros aparecidos sólo en los últimos meses relacionados con el descubrimiento: la re-edición de dos biografías clásicas, el «Cristóbal Colón» de Jacques Heers y el «Colón» de Lamartine; el guión de una película sobre el personaje escrito -y nunca filmado- por Abel Gance el inolvidable autor de «Napoleón», «El descubrimiento de América» de Marianne Mahna Lol (autora de un «Retrato histórico de Cristobal Colón» y de una «Historia del descubrimiento»), «1942, el año admirable» de Bernard Vincent, «El desafío español» del ya citado Bartolomé Bennassar, «Los grandes descubrimientos» de Jean Favier, «La Historia del nuevo mundo» (de! descubrimiento a !a conquista) de Carmen Bernand y Serge Gruzinski, y un largo etc. que haría interminable esta reseña. Sin olvidar, desde nuevo, un breve y provocador texto de Regis Debray titulado «Cristóbal Colón, el visitante del alba».
Pero lo más insólito y asombroso de este fenómeno no es tanto que estos libros se hayan publicado -sin ayuda oficial de ninguna Comisión o Patronatosino que «además» se leen con pasión, con interés. Y los leen muchos porque se trata de tiradas importantes.
Si se compara la actividad editorial, universitaria y social francesa sobre las efemérides con la española, en este tema uno siente la irreprimible tentación de pedir el pasaporte birmano. No sólo es que este tipo de libros y de actos brillen por su ausencia en España. Lo más grave resulta que nadie, absolutamente nadie los echa de menos y lamenta que no se produzcan, De los miles de millones literalmente despilfarrados en la verbena del Centenario ni uno sólo se dedicó a promover una reflexión seria, un diálogo fecundo, un estudio crítico sobre aquel tiempo y el nuestro. En un discurso memorable y colorista durante la Conferencia Iberoamericana de Guadalajara (julio 1991) el anciano presidente de Santo Domingo, Joaquín Balaguer, recordó que el IV Centenario había sido el momento escogido para lanzar la obra de don Marcelino Menéndez y Pelayo «Historia de los heterodoxos españoles», un texto clave que la beatería franquista convirtió para nuestra generación en tabú y cuya lectura aconsejó únicamente a los jóvenes. Pero, cabe preguntarse, ¿qué quedará en el terreno intelectual de los fastos de este año? Tal vez, sólo la imagen patética de la carabela de Yañez, hundiéndose…
Hace días comentaba yo con un alto funcionario diplomático español la sensación de miseria intelectual que produce este Centenario sin libros ni reflexiones. Obediente a la llamada del escalafón el funcionario desmintió tajantemente que no se hubiesen publicado obras sobre temas iberoamericanos o relacionados con el centenario en los últimos meses. «Hay cientos de iibros, muchos de ellos inéditos, que han podido editarse gracias al dinero de V Centenario…» dijo. «Pero ¿dónde están, en que librería puedo comprarlos?», pregunté yo, ingenuo. Aquel inmenso fresco respondió con esta frase lapidaria. «No, en las librerías no están. Nadie tos pediría. Deben estar en los almacenes del Instituto (de Cooperación Iberoamericana) o en algún ministerio…)»
Lo más triste de la situación actual consiste en que la dinámica que provoca el Gobierno con sus iniciativas termina siempre con discusiones sobre el sexo de los ángeles. El paradigma de lo que digo fue el debate de la Ley de Seguridad Ciudadana en el Pleno del Congreso de los Diputados celebrado el pasado mes de noviembre; el Gobierno intenta convencer al país de que lo inconstitucional deja de serlo si se cambian las expresiones para definirlo. No creo que el Estado de Derecho que se articuló mediante la Constitución del 78 esté en peligro; creo, sencillamente, que se ha fracasado en el intento de implantarlo.
Esto que llamamos Estado de Derecho es el producto complejo, y no siempre acabado de varios siglos de reflexión en el campo de la filosofía política y la ciencia jurídica. Se ha llegado a un consenso prácticamente universal, habiendo sido derrotadas tanto las instrucciones marxistas (más elaboradas), como las fascistas. Su presupuesto lógico es el de la elección democrática de los gobernantes. Como se ha repetido tantas veces, la democrática de los gobernantes. Como se ha repetido tantas veces, la democracia no es un sistema teóricamente perfecto, pero ha demostrado que es capaz de funcionar mejor que cualquier otro. Además, ha tenido la virtud de acabar con los mitos que, desde Platón. se han venido formulando de diversas maneras: el gobierno de los mejores y el de una ciase. El primero parte de una conclusión falaz, que consiste en creer que un problema político es idéntico a uno matemático: sólo habría una solución verdadera. Pero la política no es tan fácil; habría que elegir entre diversos bienes, no necesariamente entre el bien y el mal.
El gobierno de clase supone algo que quizá fuera cierto en la Inglaterra decimonónica, pero que tiende a desaparecer hasta en los países menos desarrollados: una oligarquía económica explota al proletariado apropiándose de su plusvalía. La Ciencia Económica moderna nos ha explicado que la plusvalía – en términos marcianos- no existe, y que la evolución natural nos conduce a una sociedad de técnicos, de clases medias. Históricamente la venganza del proletariado no tiene sentido. El consenso universal sobre la democracia se extiende igualmente a la fórmula concreta de organización. La democracia se articula a través de los partidos políticos. Ello quiere decir, simplemente, que grupos de personas que estén de acuerdo en su visión de la sociedad fundan organizaciones que pretendan atraer el voto de sus conciudadanos.
Por variadas razones, muy pronto se comprende que el principio democrático no puede ser único y absoluto, sino que debe estar encuadrado en un marco aceptable por todos. Por ejemplo, el propio Hitler es producto «democrático» de una sociedad. La vida y la propiedad se suelen considerar límites consustanciales a la democracia. Es discutible el fundamento filosófico de estos límites, así como peligrosa su extensión más allá de lo razonable.
El contorno que se dibuja alrededor de la democracia no tiene sólo límites materiales, sino también formales. La teoría y la praxis de raíz marxista desacreditaron durante los años 60 el adjetivo «formal». Se hablaba de «democracia formal» como de un apestado. Pero esta descalificación intencionada tenía un error; resulta evidente que la misma democracia en cuestión de forma.
En el derecho de origen romano, el consenso democrático culmina en la teoría constitucional, cuya articulación mis perfeccionada encontramos en Kelsen. El Derecho Continental es un derecho exclusivamente escrito. Las normas que ordenan la sociedad son dictadas, por sus destinatarios a través de representantes elegidos democráticamente, con lo que se acaba con el «Rex est Lex». Son normas abstractas y universales, finalizando con la arbitrariedad y los privilegios. Y además se ordenan jerárquicamente. La Constitución encarna los valores más permanentes, cuya homologación se encomendaría al poder constituyente (en la terminología de Siéyes), para lo cual la elección de los representantes se realizará, de forma expresa, para establecer o modificar leyes fundamentales. Se respetarán, en cualquier caso, determinados principios preconstitucionales como garantía de los ciudadanos, que son los que constituyen el Estado de Derecho. El principio de legalidad, la garantía de la libertad, la justicia y el pluralismo político son esenciales, pero todavía más importante es la división de poderes.
Lo paradójico de la situación es que la contribución del PSOE a la elaboración de la Constitución fue esencial para definir y mejorar técnicamente la articulación del Estado de Derecho. El año 82 marcó la inflexión; su llegada al Gobierno les hizo ver que todo lo que antes contemplaban como garantía de los ciudadanos frente al poder se convertía en limitación de los poderes del Estado. Y ello era contrario tanto a su tradición ideológica como a sus ambiciones. La lista es interminable, pues hay que tener en cuenta que diez años dan para mucho, pero resumiremos los principales agravios contra el Estado de Derecho.
En primer lugar, el fin de la separación de poderes. Es evidente que el poder legislativo no existe. Sus funciones las realiza el Ejecutivo. Pero más peligrosa y nociva parece la subordinación del Poder Judicial a) Ejecutivo. Ello se ha logrado de diversas formas: vaciando de funciones sustanciales el Consejo General del Poder Judicial, convirtiendo sus vocales en mandatarios del Partido Gobernante, instaurando el Cuarto Turno. Sobre este último punto, sólo aclarar que probablemente las oposiciones no son un buen sistema de selección de jueces, pero al menos garantizan una cierta destreza técnica si el criterio consiste en la afinidad a un partido político, ni eso podemos conseguir.
Otro agravio, mortal de necesidad, es la conversión del Tribunal Constitucional en la Tercera Cámara, El Tribunal Constitucional debería tener como única guía el texto constitucional, pero eso se acabó con la sentencia sobre el caso Rumasa, en que prevaleció la mal llamada Razón de Estado, frente a la Razón Constitucional. El remate ha venido de la mano de numerosas sentencias, la más curiosa de las cuales es la que declara que la Ley del IRPF es inconstitucional sólo desde el momento en que así lo declara el Tribunal. Con estos precedentes, todos sabemos lo que podemos esperar ante un eventual Recurso de Inconstitucionalidad contra la Ley Orgánica de Seguridad Ciudadana.
El desprecio más absoluto hacia el ordenamiento jurídico y el cumplimiento de las Leyes es otro factor que contribuye a acabar con el Estado de Derecho. Continuamente el «BOE» se convierte en el mejor escaparate: Disposiciones adicionales de Leyes que reforman otras con las que no tienen nada que ver, transformación de la Ley de Presupuestos de cada año en el cauce a través del que realmente se operan las modificaciones legislativas, etc.
Y por último, la modificación de la técnica legislativa. Es principio constitucional consagrado de Interdicción de la Arbitrariedad, Quiere ello decir que en toda decisión administrativa debería haber elementos reglados. Pues bien, en toda la legislación, y especialmente en la referente a concesión de subvenciones y exenciones fiscales, la decisión se deja, no al cumplimiento de haremos objetivos, sino a la apreciación por parte de la autoridad administrativa de cumplimiento de diversos fines no objetivables. Otro caso, en este mismo apartado, consiste en lo que tradicionalmente se conocía como «desviación de poder», es decir, la utilización de una norma para conseguir fines contrarios a los perseguidos por la misma. Ejemplo de ello es la utilización de Sociedades Anónimas filiales de RENFE para especular con suelo (a estos efectos da igual que sea en provecho público o privado).
Intentaremos, cada mes, analizar la situación del Estado de Derecho en sectores concretos, así como las posibles soluciones ante problemas nuevos que vayan apareciendo. Tenemos la débil esperanza de que contribuya en algo a la recuperación del mismo en España.
Soy uno más de quienes están perplejos ante el hervidero de acontecimientos que se van sucediendo en la Europa oriental y en la inmensa y ya difunta Unión Soviética. Desconozco si los que buscan ser nuevos ciudadanos, abandonando así su anacrónica condición de súbditos, entienden lo que ocurre en sus países, ni sé tampoco si les cuadraría la famosa sentencia de Ortega: «No sabemos lo que nos pasa y eso es lo que nos pasa, que no sabemos lo que nos pasa». Para paliar estas ignorancias disponemos en el mercado de una ingente cantidad de libros «nuevos», cuya lectura nos puede facilitar conexiones con que aproximarnos a esta realidad lejana y, aparentemente, ajena.
Tras la caída del muro de Berlín y un año antes de la revolución de agosto pasado, Soljenitsin publicó un ensayo titulado Cómo reestructurar Rusia, donde se trasluce el convencimiento colectivo existente de que el cambio de régimen no podía ya hacerse esperar, y donde manifiesta su voluntad de no volver a ser, junto a sus compatriotas, juguete de consignas engañosas. La hora 25, que el escritor Gheorghiu definió como el momento en que toda tentativa de salvación se hace inútil, parecía tocar a su fin.
Pero no lo deseaban así quienes en agosto se levantaron, como Comité Estatal para el estado de excepción en la URSS, contra «los actuales turbios tiempos» y contra quienes pretendían «matar la memoria y provocar el enfrentamiento generacional». Curiosamente, los golpistas propugnaban restablecer totalmente el orgullo y honor de ser ciudadano soviético y la voluntad de ocupar un lugar digno en la comunidad de naciones, mientras que Boris Yeítsin los acusaba de desacreditar a la URSS ante el mundo entero y de socavar «nuestro prestigio». Ahora bien, el fallido golpe de Estado no ha hecho otra cosa que acelerar «revolucionariamente» la descomposición del régimen fundado por Lenin.
En el ensayo citado, el otrora disidente Alexandr Soljenitsin expresa, en particular, opiniones acerca de tres asuntos que fueron intocables durante largos años y que merecen ser comentadas. Estos tres asuntos se refieren a tres fundamentos: el de la Unión (o el sentido del Imperio), el de la exclusiva propiedad de tos medios de producción por parte del Estado y, finalmente, el del monopolio político ejercido por el PCUS. El Premio Nobel parte de la necesidad de sanear «la podrida atmósfera moral del país», para lo cual hay que aplacar, previamente, la extenuante rabia nacional «que impide ver el resto de la vida». Afirma, asimismo, importarle más el clima de relaciones humanas que pueda llegar a establecerse que la estructura del nuevo Estado. Para él los principios morales deben prevalecer sobre los jurídicos y el respeto por la persona humana tiene que ser absoluto.
Soljenitsin (a quien un buen colega mío no duda en calificar de feroz) se mostraba decidido partidario de la independencia de, al menos, once repúblicas: Moldavia, las tres bálticas, las cuatro de Asia Central (excluyendo la «reciente» Kazajstán) y las tres del Cáucaso (Georgia. Armenia y Azerbaiján). Es más, si éstas dudasen en dar tal paso, «los que nos quedamos» -afirma- deberíamos proclamar que nos separamos de ellos, pues hay que elegir entre el opio imperialista (que nos aplasta a nosotros mismos) y la salvación espiritual v corporal de nuestro pueblo. Pero advierte, por lo que respecta a las restantes componentes de la Unión, de los falseamientos de la Historia que se promueven y pide no olvidar nunca que están unidas inexorablemente por haber sufrido juntas el yugo comunista (argumento que, cabe decir, también valdría para las otras repúblicas i. Y, por supuesto, tampoco puede darse la espalda a la realidad de tantas corrientes migratorias como se han dado en la URSS y que han modificado sus mapas no dibujados.
Por lo que atañe a la economía, el autor de El archipiélago Gulag cree contraproducente la brusca adopción de un sistema distinto. Piensa que lo que urge sembrar crece con lentitud y opina conveniente el restablecimiento paulatino del artesanado tradicional, así como la recuperación del sentido del trabajo (en particular, las madres no deberían verse obligadas a trabajar todo el día fuera de casa para poder dar de comer a su familia). En la misma línea de afirmación de sus deseos, propone controlar a los especuladores anónimos y moderar la propiedad privada de forma que no oprima a los demás. Por otra parte, para que el afán consumista de Occidente no se apodere de Rusia se hace preciso asimilar v transmitir el espíritu de autolimitación.
Por último, la transición política en Ja que pone el corazón no es democrática, Alexandr Soijenitsin se opone a la total separación de los tres poderes y postula prohibir «la formación de grupos de partidos» (se debe de volar a personas con sus puntos de vista y no a partidos con sus ideologías. añade). No sólo eso, la democracia no es tan indiscutible como opina la gente -sentencia el escritor-, y se lamenta de que en los sistemas electorales no se busque la verdad (?) y todo se reduzca al número.
Todos sabemos que a menudo la realidad queda distorsionada con cifras cuando se manejan malintencionadamente, con el propósito de confundir su verdadero significado. Pero con este último planteamiento de Soijenitsin se llega, invariablemente, a distintas clases de paternalismo. En el vierte un juicio inaceptable al simular ignorar que la democracia (en su cauce natural, que es el político) se desvirtúa hacia la forma dictatorial de gobernar si queda desprovista de espíritu liberal y si se sostiene en una inconsistente opinión pública que vaya dando bandazos imprevisibles, según toque la luna.
Entre las gentes rusas la luna se designa también como el sol de los lobos, Y es sabido que cuando se pide la luna o se le ladra se da muestras evidentes de sin sentido, en el cual es fácil que caigan grupos sociales que han permanecidos descoyuntados y fosilizados durante decenios y que acaban creyendo en la piedra filosofal.
Si de verdad no se quiere volver a ser juguete de consignas engañosas, habrá que evitar el camino de vuelta de la taiga a la taifa. Me explicaré: taifa es una palabra árabe que significa secta y población y representa una resuelta tendencia a la disgregación y al particularismo, y la misteriosa e insondable taiga es una voz de origen ruso que sugiere monotonía, frío y grandiosidad. La petulancia de la taifa sueña con una taiga, un país uniforme. Pero cuando la ficción de la taiga se desmorona hay que prevenir la tentación de echarse en brazos del sectarismo y eludir alzar fronteras con el alambre espinoso del odio.
Hoy es posible decir que la economía mundial es más interdependiente y más próspera de lo que lo ha sido desde el principio de la revolución industrial. Esta interdependencia incluye un fuerte crecimiento del comercio (más del 5 % anual en los últimos años ochenta), niveles históricos de inversiones directas (dos veces el porcentaje del crecimiento del comercio), una transferencia de tecnología por encima de fronteras nacionales y una movilidad de la mano de obra (por ejemplo, la inmigración) y de los recursos de capital mayor de lo que nunca había experimentado la economía mundial en el pasado. Pero la interdependencia va más allá de los intercambios físicos y materiales. En nuestros días, comprende también la difusión de tas ideas económicas comunes sobre la importancia de los mercados, la competencia, la empresa y la propiedad privada -en pocas palabras, los valores de una mayor libertad económica-. Y esto abarca una notable convergencia entre las naciones en el período de la posguerra hacia unas prácticas políticas nacionales comunes de pluralismo y democracia.
Esta interdependencia no va a estar limitada por más tiempo al mundo occidental e industrializado principalmente, como lo estaba hace veinte años. Ahora incluye un número cada vez mayor de países en vías de industrialización -Corea, Taiwan, Hong Kong, Singapur, Brasil, México, Malasia, Tailandia, Colombi a y otros y naciones productoras de petróleo que, a pesar de sus dificultades en las dos últimas décadas, han dado pasos de gigante hacia la industrialización y la integración en la economía mundial. La reciente guerra en el Golfo Pérsico nos ofrece un ejemplo concreto -que podría llegar a ser más significativo- de una nueva solidaridad entre los países árabes industrializados y moderados de esta región, una solidaridad que contrasta fuertemente con los conflictos Norte-Sur y entre los países productores de petróleo y los países industrializados, que caracterizaron a los primeros años de la década de los 70.
Ahora la perspectiva de interdependencia y de solidaridad se ha ampliado para incluir a los antiguos países comunistas de Europa del Este, así como también. potencialmente, a los países miembros de la extinta Unión Soviética. Resumiendo, la interdependencia, cada vez más evidente entre las naciones industrializadas de Occidente, ha reemplazado ahora a las divisiones Norte-Sur y Este-Oeste, que escindieron el mundo desde 1950 hasta 1985.
¿Cómo se ha llegado a esta interdependencia? Paul Kennedy, en su famoso y muy vendido libro The Rise and Fall of the Great Powers, predijo justo lo contrario. Afirmaba que, cuando declinara el poder de Estados Unidos, la interdependencia se debilitaría y los países se verían envueltos en nuevos conflictos. Se habían producido conflictos de este tipo hacia el final de la dominación de las grandes potencias anteriores -Holanda, en la segunda mitad del siglo XVII, y Gran Bretaña, al final de! siglo pasado-. No había razones, argüía Kennedy, para esperar que no volviera a ocurrir lo mismo cuando el poder norteamericano declinara a fines del siglo XX.
Pero el mundo está más unido a medida que nos adentramos en la última década del siglo XX. Todas las naciones industrializadas son democracias, los antiguos países comunistas están intentando democratizarse y muchos de los países en vías de desarrollo están también moviéndose en esta dirección. Esta convergencia se hizo evidente en la crisis del Golfo Pérsico, ocasión en que la mayoría de las naciones de la ONU se unieron para resistir la agresión y la opresión de Sadam Husein e Irak.
Los argumentos sobre el declive hacen una interpretación completamente errónea de las relaciones entre la interdependencia mundial y la independencia nacional. En ellos se da por hecho que estas dos fuerzas son necesariamente opuestas entre ellas. Pero estas fuerzas no necesitan entrar en conflicto; no más que la independencia individual y la interdependencia nacional son opuestas entre ellas a escala de sociedad nacional. El factor clave es si las naciones (individuos) tendrán o no un sentido de comunidad con las otras cuando crezca 1a interdependencia física y material. Si desarrollan una concepción más amplia de identidad y propósitos comunes, no se sentirán amenazadas por los cambios de poder y de riqueza. La creciente igualdad de poder entre Estados no conduce a una renovación de los conflictos, sino que, de hecho, lleva a una comunidad internacional mejor. Esto es, después de todo, lo que observamos en el ámbito nacional donde aceptamos la existencia de propósitos comunes, y vemos que un reparto más equitativo de la riqueza contribuye a una mayor armonía, no a un mayor conflicto. Lo mismo puede valer internacionalmente.
Después de la II Guerra Mundial, Estados Unidos deliberadamente siguió una política que hacía compartir su riqueza y poder para crear una comunidad de objetivos políticos más próximos. Estaban destinadas a crear un mundo de interdependencia, cuya unidad sobreviviría la preponderancia norteamericana en términos de riqueza y poder. Mediante el Plan Marshall y las instituciones económicas mundiales -el Fondo Monetario Internacional y el Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio-, Estados Unidos abrió mercados y sociedades para permitir a los países atrasados alcanzar el nivel de vida norteamericano. Entre 1950 y 1970, Estados Unidos fue perdiendo regularmente poder res-‘ pecto a los países industrializados de Europa y Asia, a medida que los aliados iban recuperándose de la guerra y se acercaban rápidamente al nivel de productividad estadounidense. Esta convergencia no amenazaba a Estados Unidos, porque, al mismo tiempo, los países industrializados avanzaban paulatinamente en dirección a una comunidad política más estrecha con Estados Unidos, Alemania y Japón, que tenían poca o ninguna experiencia democrática anterior, implantaron sólidas instituciones democráticas en sus sociedades; otros países industrializados, como España y Portugal, abandonaron por fin los gobiernos autoritarios y pasaron a engrosar las filas de las sociedades libres y pluralistas.
Es instructivo identificar las políticas económicas que facilitaron esta convergencia de modelos políticos y económicos durante los años cincuenta y sesenta. En el centro de estas políticas se hallaba un comercio más libre, los países industrializados emprendieron un proceso sin precedentes de liberalización comercial multilateral. (La liberalización británica del siglo XIX fue unilateral.) Pero un comercio más libre, por sí solo, no habría podido tener éxito. Las empresas tenían que ser capaces de hacer frente a la mayor competencia derivada de un mercado más libre. Para lograrlo, necesitaban un entorno económico de estabilidad de precios. de modo que pudieran calcular la recuperación de sus inversiones a largo plazo en producción y comercio. Necesitaban también mercados de factores de producción (mano de obra y capital) flexibles para poder transferir recursos de los sectores en declive a aquellos donde podían igualar o superar a la competencia extranjera. Hay que notar que, en este período, los países industrializados aplicaron políticas nacionales, tanto macroeconómicas como microeconómicas, que proporcionaban este entorno. En genera!, los países industrializados, con Estados Unidos a la cabeza, equilibraron los presupuestos y moderaron el crecimiento monetario para mantener la estabilidad de precios. Y se resistieron a la intervención excesiva de los gobiernos para preservar el movimiento relativamente libre de los recursos de mano de obra y capitales dentro de los sectores en avance de sus economías.
Por distintas razones en cada caso, la mayoría de los países en vías de desarrollo se negó a unirse al sistema de la posguerra en los años cincuenta. Adoptaron una política de sustitución de las importaciones para proteger sus economías del comercio y las inversiones extranjeras, y establecieron sistemas políticos centralizados y autocríticos para crear un nuevo sentido de nacionalidad en el plano interno, en países donde las fronteras nacionales, en algunos casos, eran muy débiles.
A finales de la década de los sesenta, algunos países en vías de desarrollo, como Corea. Taiwan, Hong Kong, Singapur y Brasil, empezaron a aplicar estrategias de desarrollo más orientadas hacia la exportación. Aunque estos países siguieron protegiendo las importaciones, ellos y los países productores de petróleo aumentaron sus exportaciones y crecieron rápidamente en las décadas de los setenta y ochenta, a la vez que Estados Unidos, por lo general, mantuvo abierto su amplio mercado nacional a las exportaciones procedentes de economías de reciente industrialización. A causa del crecimiento de estas economías, Estados Unidos siguió perdiendo poder relativo en estas décadas. La proporción de su Producto Nacional Bruto (PNB) respecto a la de los países industrializados siguió siendo la misma, pero disminuyó respecto a la del producto mundial. No obstante, la esperanza era que esta política de mercado abierto hacia los países en vías de desarrollo produciría los mismos resultados en términos de una mayor identidad política que habían obtenido políticas similares en los países industrializados.
Sin embargo, en la década de los setenta y principios de la de los ochenta, estas esperanzas se vieron frustradas por la inestabilidad generalizada en el comercio mundial y en los mercados financieros. Precisamente a medida que algunos países en vías de desarrollo empezaban a participar en el sistema comercial, las naciones industrializadas abandonaron las cautelosas políticas nacionales que habían hecho que el libre comercio funcionara. Las políticas nacionales expansionistas e intervencionistas de los países industrializados originaron inflación y rigidez que ralentizaron el crecimiento. Los tipos de cambio fluctuaron, y el proteccionismo empezó a emerger de nuevo, en perjuicio de los mismos productos que los países en desarrollo podían exportar en condiciones más competitivas -como los textiles, el acero y la electrónica de consumo-. El precio del petróleo subió y las ineficaces políticas nacionales de los países en desarrollo agravaron estas dificultades y condujeron a una peligrosa acumulación de la deuda.
Algunos de estos problemas nacionales pudieron resolverse en los años ochenta, y la coyuntura económica mundial es mucho mejor en 1991, Estados Unidos y otros países industrializados reimplantaron políticas monetarias firmes y emprendieron un necesario proceso de liberalización y privatización de la industria y el comercio, reduciendo el enorme crecimiento del sector público que había tenido lugar en los países industrializados en los años setenta y que se había ido acumulando durante décadas en los países en vías de desarrollo bajo anteriores políticas estatales. Pero otras políticas empeoraron. El déficit fiscal de Estados Unidos se multiplicó por cuatro a lo largo de la década de los ochenta (de 60.000 millones de dólares en 1980 a 250.0000 millones en 1990), y la Comunidad Europea aumentó enormemente la protección y las subvenciones con su Programa Agrícola Común. Japón siguió aplicando medidas nacionales que mantenían las importaciones y las inversiones extranjeras en su mercado muy por debajo de los niveles que alcanzaban en cualquier otro país industrial respecto a sus ventas y activos. Como resultado de la persistencia de estas políticas nacionales inadecuadas, el comercio internacional y los sistemas financieros siguieron siendo vulnerables, a pesar de la significativa recuperación del comercio y de las inversiones que se produjo en los últimos años ochenta.
La interdependencia del período de la posguerra ha llevado a una comunidad política más estrecha entre los países industrializados y, ahora, también con los de Europa del Este y muchos de los países en vías de desarrollo. Pero sólo porque las políticas nacionales han apoyado los mercados abiertos, y los mercados abiertos han contribuido a desarrollar una mayor identidad y confianza políticas entre las diferentes naciones.
El conflicto entre los mercados mundiales y los intereses nacionales no es inevitable. Puede eludirse con políticas que difundan la interdependencia económica y fomenten lazos políticos más estrechos. Estas políticas son más urgentes que nunca en el mundo industrial, sobre todo a medida que los antiguos países comunistas y los países en vías de desarrollo intentan unirse al mercado mundial, altamente interdependiente y políticamente unificado.
Este fue el lema bajo el que se efectuó la campaña institucional del proceso de regularización de inmigrantes que tuvo lugar en nuestro país, entre el 10 de junio y el 10 de diciembre pasados. Salir a la luz, ponerse en regla, regularizar la situación de ilegalidad: ésta fue la oferta que el Gobierno ofreció a un número elevado, pero desconocido de inmigrantes que, independientemente de su forma de entrada en España, vivían y trabajaban de forma clandestina.
Las condiciones objetivas para la regularización eran hallarse en el país antes del 15 de mayo y cumplir, al menos, uno de los cuatro supuestos siguientes: encontrarse en nuestro territorio, residiendo o trabajando antes del 24 de julio de 1985; haber sido titular de un permiso de trabajo previo; haber trabajado por lo menos 9 meses en los dos últimos años; o tener una oferta de empleo estable —seis meses como mínimo—o un proyecto autónomo económicamente viable.
La regularización fue la segunda que se puso en marcha en el país; la primera se había llevado a cabo con motivo de la publicación de la Ley de Extranjería (julio de 1985), a lo largo de los años 85 y 86. En esta ocasión se presentaron alrededor de 40,000 solicitudes que fueron informadas favorablemente en su inmensa mayoría (94%), si bien la concesión de las autorizaciones para residir y trabajar tuvo un alcance diferente al deseado por una buena parte de los solicitantes, ya que se otorgaron más permisos temporales de corta duración que los demandados y menos permisos permanentes o unificados (residencia-trabajo) de los pedidos.
Los objetivos prioritarios de este segundo proceso de regularización, enmarcado en la nueva «política activa de inmigración» contenida en el documento elaborado por el Gobierno y remitido al Congreso en el mes de diciembre de 1990 («Situación de los extranjeros en España. Líneas Básicas de la política española de extranjería». Ver mi comentario en NUEVA REVISTA n° 15, Junio de 1991), fueron dos: que tuviese carácter general, es decir, que intentase «sacar a la luz» a la totalidad o al mayor número posible de irregulares (que, lógicamente, cumpliesen los requisitos predefinidos) y que fuese creíble por ellos, con el fin de vencer la natural desconfianza de los inmigrantes irregulares que, a veces, prefieren la vaga seguridad de la sumersión a los resultados inciertos de su peregrinaje a la legalidad.
No se puede evaluar el número de inmigrantes ilegales que, deseando y aun reuniendo «a priori» los requisitos objetivos para regularizar su situación, no han podido ni siquiera intentar hacerlo. Desde algunos Sindicatos y Asociaciones de inmigrantes (particularmente marroquíes), se critica la excesiva rigidez en el análisis de la documentación presentada y la imposibilidad, por parte de algunos trabajadores, de obtener de sus empleadores la documentación acreditativa de su vinculación laboral. Y, por supuesto, no será posible conocer el número de irregulares que, finalizado el proceso de resolución de los expedientes, permanecerán en esta situación por no haber querido o podido optar a la regularización, pese a residir en España antes del 15 de mayo, por haber llegado al país durante el tiempo que ha estado abierto el proceso, o porque se rechace definitivamente su solicitud.
El balance provisional de la regulación a la fecha de cierre del proceso, ha sido el siguiente: se presentaron 132.934 expedientes, de los que se habían resuelto 84.446. De ellos, fueron informados de manera favorable 73.022 que representan casi el 88%; 7.140 de forma negativa y 3.284 causaron baja por pertenecer las solicitudes a ciudadanos de la CEE, por estar duplicados o por desistir los peticionarios. Alrededor de 9.600 expedientes más estaban pendientes de resolución por falta de documentación laboral o de informe de las autoridades gubernativas.
Si el porcentaje de expedientes resueltos de manera positiva se aplicase al conjunto de solicitudes recibidas, el número total de regularizados se elevaría a unos 115.(XX). Como la inmigración anteriormente legal ascendía a 400.000 personas, la cifra total de inmigrantes en situación regular rebasaría en poco el medio millón de habitantes. Un peso relativo, aún modesto en un país que supera, probablemente, los 39 millones de seres. Como en otras naciones del ala meridional comunitaria, las actitudes racistas y xenófobas (todavía muy minoritarias), no pueden justificarse con argumentos cuantitativos. Otra cosa muy distinta, dado el fuerte potencial migratorio de los países del Magreb, es lo que pueda ocurrir en el futuro. Pero, ilustrar esta posibilidad no es objetivo de estas breves líneas.
Lo que sí ha permitido el proceso de regularización, a través del análisis de la documentación presentada y de una encuera paralela efectuada entre los inmigrantes regularizados que, voluntariamente. han querido cubrirla, es conocer mejor las características y condiciones de los inmigrantes en situación anterior de irregularidad. Los datos han permitido corroborar muchas intuiciones e informaciones previas fragmentarias, pero, al mismo tiempo, ofrecen resultados inesperados en algunas cuestiones de gran trascendencia para el futuro inmigratorio del país.
Las provincias donde se han presentado los expedientes indican las áreas principales de concentración de los inmigrantes. A la cabeza se sitúan, como era de esperar, Madrid y Barcelona (29 y 22 % del total), seguidas a cierta distancia por provincias localizadas en el Mediterráneo (Murcia, Gerona, Málaga. Valencia, Alicante, Almería, Baleares y Tarragona). En conjunto, estas Í0 provincias han concentrado más del 85 % de las solicitudes. El examen de las procedencias tampoco ha ofrecido grandes sorpresas; ha corroborado lo que era una percepción generalizada: que casi la mitad de los regularizados son marroquíes. Tres grupos de latinoamericanos (con porcentajes en tomo al 5-6 figuran a continuación. Se trata de los dominicanos (básicamente mujeres), argentinos y peruanos. Vienen después los chinos y filipinos (3/4 %) y, de tris, los inmigrantes de Polonia (3,07 %), el único país europeo con cierta representación.
No ha sorprendido, aunque no deja de ser un hecho que individualiza relativamente nuestra situación, la elevada presencia de mujeres (1/3 del total) entre los regularizados. Los últimos procesos de regularización en países próximos, como Francia o Italia, dieron niveles de presencia femenina más modestos. Tampoco ha resultado inesperado que la inmensa mayoría de los solicitantes hayan sido personas en edades eminentemente activas que trabajan en los servicios y que lo hacen, en casi su totalidad, por cuenta ajena.
Lo que sí ha resultado más llamativo (los resultados proceden de la encuesta mencionada) es conocer el elevado número de inmigrantes que manifiestan haber elegido España como su primer y último país de inmigración y la cifra, también elevada, de los que tienen intención de establecerse definitivamente en nuestro territorio. De estas actitudes se derivan dos conclusiones importantes: la inexactitud del viejo tópico que hacía de España un espacio de tránsito para saltos más al norte y la acentuación en el futuro de los movimientos de reagrupación familiar, fundamentalmente de las esposas e hijos de los inmigrantes (por el momento, el proceso de regularización para los familiares de los trabajadores sigue abierto hasta el 10 de marzo de 1992).
La incorporación a la legalidad de más de 100.000 personas, no sólo altera el volumen total de legales, sino también la estructura de sus procedencias y su relación con la actividad. Los inmigrantes europeos han pasado de representar 2/3 del total a suponer tan sólo la mitad. Los africanos, al contrario, (básicamente marroquíes) han crecido desde un 6% a un 18%. Estos, como los inmigrantes latinoamericanos o asiáticos, regularizados que también han experimentado aumentos, aunque más pequeños, son activos en su inmensa mayoría, lo cual ha repercutido en una reducción sensible de la elevada proporción de inactivos que existían anteriormente entre los extranjeros regulares. Quizás, el hecho más significativo de la regularización es la progresiva marroquízación del trabajo legal, puesto que en la economía sumergida, los inmigrantes de Marruecos ya eran y siguen siendo sus principales protagonistas.
«¿Cuándo aprenderán los árabes a votar?», se preguntaba recientemente con cierta displicencia Peter David, redactor jefe de «The Economist», Esa misma pregunta se hicieron en las últimas semanas muchos intachables demócratas tras haber conocido el resultado -nada sorprendente, por cierto de las elecciones legislativas argelinas, «las primeras en libertad» después de treinta años de independencia.
«Dos de cada tres votantes, escribió Jean Daniel, han utilizado la libertad para renunciar a la libertad». Frase sin duda lapidaria y no muy exacta pero que expresa la inquietud y, desde luego, el malhumor de los medios occidentales ante una reacción tan esperada como explicable. Eso explicaría la segunda fase de esta reacción, la esperanza, cuando no la sugerencia, de que las fuerzas armadas tomasen en sus manos de nuevo – y como casi siempre- los destinos del país para impedir que los islamistas llegasen al poder o lo compartiesen, instalando finalmente un Estado Islámico, la «charía» como jurisprudencia suprema, el velo para las mujeres y la lapidación para las adúlteras. Gracias a Allah o a Yavé los militares argelinos escucharon atentamente la sugerencia y el país se encuentra de nuevo en una etapa «de receso» político para nada excepcional -aunque el «estado de excepción» esté en vigor- porque eso es precisamente lo que vino sucediendo desde la independencia.
Tal vez no valga la pena realizar ningún tipo de análisis prospectivo porque el futuro sigue siendo tan incierto en Argelia como ¡o es en casi todos los países del Magreb, con alguna excepción. La tutela militar no excluye el estallido como pudo verse en octubre de 1988 cuando miles de jóvenes «airados y ociosos», como los calificó la prensa única del entonces partido único, salieron a la calle y se enfrentaron con el ejército. Balance: varios cientos de muertos, tal vez miles porque nunca se sabrá.
Tras la masacre el poder concedió reformas constitucionales y el presidente-coronel Chadli Benyedid aprovechó la oportunidad para hacerse re-elegir {con el 81.17% de los votos, no faltaría mas) por un período de cinco años. Algo más de un año después, en septiembre de 1989 el gobierno reconoce la existencia legal del FIS que con indudable coraje y oportunismo se había colocado al frente de los rebeldes urbanos meses antes. Era una forma un tanto inocente de canalizar los impulsos de la revuelta mediante el juego parlamentario y de reducir la gravedad de la fractura política producida en el país a causa principalmente del dogmatismo, la corrupción y la incompetencia del partido único, el FLN, convertido en una mafia de aprovechados. Militares y civiles de la oligarquía gobernante intentaron inventar un lobo vegetariano mediante una ramplona ingeniería genética. La ilusión intelectual concluyó cuando el 12 de junio de 1990, algunos meses apenas después de su legalización los islamistas barren en las elecciones locales.
El poder no escarmentó y al me s siguiente , el coronel presidente convertid o e n el gran democratizados gran reformador, gran modernizador, siguió avanzando por la senda de la Constitución recién implantad a y convocó elecciones legislativas anticipadas. Convencidos de que su hora había llegado , lo s isla – mista s se lanza n a l a calle para, utilizando la infraestructura administrativa municipal -que controla n democráticamente – obliga r al gobierno a derogar una nueva le y electoral -escrutinio mayoritario con do s vueltas- , y exigir elecciones presidenciales anticipadas. El lobo rehúsa las ensaladas y en junio se reproducen con idéntica ferocidad los enfrentamiento s d e dos años atrás con vario s centenares de muertos y d e heridos.
El coronel-presidente cae del guindo y decide entonces retrasar las elecciones legislativas , aceptar la dimisión del primer ministro y proclama r el estad o d e sitio. Para sustituir al jefe del gobierno nombra al flexible y tranquilizador Sid Ahmed Ghozate , «el hombre de la pajarita» , que reitera la voluntad democratizadora del régimen y encarcela a lo s dos líderes principales del Frente Islámico d e Salvación, Abassi Madani y Alí Benhadj. «Normalizada » la situación, Chadii vuelve a anunciar a finales de año la celebración de elecciones a finales de 199 1 y principio s d e 1992. Mientras tanto los islamistas compaginan la lucha legal con la actividad armada y en el sudeste del país se produce n accione s de guerrilla con varias víctimas.
Sobre los resultado s d e esta primera vuelta de las elecciones argelina s se h a dicho casi todo lo que podía decirse y mucho más de modo que n o val e l a pen a reiterar lugares comunes y simples disparates. Ni siquiera parece útil a esta s alturas repetir la s «cifras d e l a crisis » (25 % d e paro, 23.00 0 millones de dólares de deuda , aumento incontrolado y galopante de la población, pauperización progresiva de las zonas urbanas , impasse de la agricultura, etc. ) para explica r por qué la revuelta , primer o y l a victoria electoral, después, eran ineluctables.
Parece, en cambio, mucho más difícil de explicar las razones por las que los reformistas argelinos, todos ellos originarios del «bunker» político, intentaron imitar a Gorbaehov para, finalmente, promover su golpe de Estado para abortar las consecuencias de sus reformas. Tras haber ignorado soberbiamente los intereses y exigencias políticas de un país joven pero adulto, haber denostado la llamada democracia burguesa como una de las peores lacras de la decadencia occidental, hélos aquí reconvertidos en liberales intachables, horrorizados ante quienes ahora aprovechan la libertad otorgada para acabar con las libertades propuestas, Al final, como no podía ser de otra forma, la «ultima ratio» fueron los guardias, la policía y el ejército.
Pero sería un tanto ingenuo reducir el comentario y el análisis del fenómeno islamista al caso argelino tan próximo a nuestras fronteras, aunque tan lejano para muchos de nuestros gobernantes, convencidos de que nunca pasa nada basta que… pasa. La gran oleada islamista es fruto de factores de toda índole, compartidos como mínimo por los cuatro países magrebinos (Libia se excluye por sí sota) y no pocos del Machrek.
Dos fenómenos, relativamente recientes, han potenciado la irrupción islámica en el Norte de Africa, además de las «cifras de la crisis» ya citadas: en primer lugar, e! fin del mundo bipolar, la caída del comunismo y la nueva hegemonía de Estados Unidos y de Occidente. La esperanza que el marxismo y todos sus derivados había despertado en los pueblos del Tercer Mundo se ha zanjado ahora con una decepción dolorosa. Esta esperanza de justicia, igualdad y bienestar se ha trasvasado a otras latitudes ideológicas y principalmente al nacionalismo y al… integrismo religioso (la disputa sobre si a los extremistas islámicos debe denominárseles fundamentalistas o integristas me parece sinceramente una pérdida de tiempo), convertido en la última bandera de la utopía precisamente en el momento en que el resto de las banderas doctrinales se han arriado.
Otro fenómeno de importancia crucial para entender lo que está pasando es la crisis del nacionalismo árabe o, si se prefiere, del panarabismo. La guerra del Golfo descubrió el final de aquel sueño laico de Gamai Abdel Nasser, países «hermanos», miembros naturalmente de la Liga Arabe, se enfrentaron abiertamente en nombre de la soberanía vulnerada de uno de ellos. Los antagonismos eran ya viejos pero la guerra hizo que salieran a la luz. El delirio de la «nación árabe» que camina hacia su unidad parece haberse esfumado entre el humo de los Scud. Sólo un proyecto cívico-religioso, compartido e intransigente. parece movilizar hoy a las masas árabes, deprimidas y decepcionadas por la derrota de Saddam Hussein y sus brutalidades ahora conocidas. Porque -y eso se olvida con excesiva facilidad- durante la guerra los islaniistas de toda laya salieron a la calle, sobre todo en Argelia, Marruecos y Túnez, pero también en Jordania (aunque por razones distintas) para gritar su adhesión a Saddam y su proyecto. Pese a que casi todos estos grupos contaban – y , en muchos casos, cuentan todavía- con la ayuda logística de Arabia Saudí, en el momento de la verdad escogieron el campo iraquí porque representaba, pese al carácter declaradamente laico (y por tanto «ateo» para la mentalidad integrista) de su proyecto porque se trataba de un enemigo del Satán occidental a quien se trataba de dar, al fin, una lección.
La guerra del Golfo como gran catalizador de contracciones que fue, sirvió también para poner de manifiesto el antagonismo, hasta entonces oculto u ocultado entre dos sociedades que convivían en el seno de los países de Magreb; una inmensa mayoría pobre y empobrecida, analfabeta y desesperada y una minoría poderosa, nacionalista y occidental en sus usos aunque no siempre en su proyecto político. Los islamistas enarbolaron – y todavía enarbolan- la bandera de los desesperados, La élite del poder -no sólo del poder político- se identificaba en Argelia con el FLN, es decir, con el statu quo. En Marruecos con el «Palacio», de donde procede todo poder. En Túnez con la herencia laica y por-occidental del sistema inventado por Burguiba. Muchos de quienes ahora se mesan los cabellos ante la estampida islamista reconocen con apabullante sinceridad que ignoraban la existencia de esta inmensa mayoría de desposeídos y que haberles dado voz y voto fue un inmenso disparate. Aunque tal vez el disparate mayor haya sido, tras la efímera experiencia libertaria, condenarlos a la subversión y la violencia clandestina.
Resulta, en efecto, dramático que las únicas alternativas para estas mayorías sean el «modelo Saddam» (una dictadura militar, expansionista y genocida) o el «modelo Jomeyni» (una teocracia dogmática, sanguinaria y arcaica). O, lo que sería todavía peor, una mezcla de ambos sistemas.
Pero la inexistencia de otros modelos viables para las mayorías de estos países contrasta con las tercas realidades del momento que sirven de detonador. Ningún régimen árabe se basa actualmente. en lo que algunos denominan «legitimidad democrática». Ningún gobierno ha llegado al poder mediante un proceso electoral limpio y controlado internacionalmente. Hay monarquías paternalistas y relativamente liberales como la marroquí o la hachemita. También hay monarquías o emiratos donde la economía libre de mercado no se compadece con ninguna otra libertad: Arabia Saudí. Kuwait, Qatar y un largo etc. Hay. desde luego, regímenes cívico-militares con cobertura democrática pero represivos y feroces contra sus adversarios como es el caso de Egipto o Túnez. Y hay, desde luego, dictaduras personales a secas como la de Gadafi en Libia, la de El Assad en Siria o la de Saddam Hussein en Irak, Hasta hace poco el poder en esos países funcionaba gracias a una serie de instituciones y hábitos, tácitamente admitidos (¡que remedio!) por los pueblos: una policía política omnipotente y omnipresente, unas fuerzas armadas convertidas en «segundo-escalón» de ¡asegundad, una clase política corrupta y venal, un tipo de economía dependiente y protegida y un contrato -tácito- entre las oligarquías y el pueblo consistente en ofrecer estabilidad y pan (no mucho) a cambio de la impunidad y arbitrariedad del poder.
Pero este modelo se agotó hace años aunque sea ahora cuando muchos -sobre todo en el exterior- lo advierten. Las economías de estos países son, en su mayoría, inviables o bien porque se basan en el «monocultivo» del petróleo o simplemente porque a una agricultura aniquilada por la planificación burocrática debe añadirse un crecimiento vegetativo de la población acelerado e incontrolable. En menos de veinte años la actual población del mundo árabe (doscientos millones) se doblará. El crecimiento vegetativo de la población de Marruecos, Argelia y Túnez (ios tres países donde la amenaza islamista es más aguda) supera el 3,2%. el triple que la tasa española.
Este crecimiento incontrolado -fruto, por cierto, de la política natalista de algunos países o del oscurantismo religioso de casi todos- conduce inmediatamente a la catástrofe si no se toman medidas drásticas y cuanto antes. Pero todo indica que nadie en este terreno le pondrá el cascabel al gato. La mayoría de estos países son incapaces ya de alimentar adecuadamente a su población: cubrir las necesidades de educación, seguridad social, formación profesional, vivienda, etc., es simplemente un sueño inalcanza ble en las actuales circunstancias, y lo peor está todavía por venir. La emigración a Europa -antaño válvula de escape para las tensiones demográficas- se ha cerrado hace años y los controles serán paulatinamente más estrictos. Los jóvenes (más del 75% de la población tienen menos de 32 años en el Magreb) buscan inevitablemente una salida a esta situación bloqueada. Sólo una política firme de los gobiernos -¿compatible con un sistema de libertades?- y el apoyo tecnológico, financiero y humano del Norte podría en el futuro generar un tipo de crecimiento autocentrado. Pero para ello debería existir conciencia de riesgo y de la magnitud de la amenaza, algo que solamente algunos países del Sur de Europa poseen.
Ni que decir tiene que la situación en el Centro y Este de Europa no ayuda a crear esta conciencia ni a percibir esta amenaza. Sólo Francia, España y, en menor medida, Italia, se sienten concernidas por lo que se gesta al Sur de Gibraltar convenidas en «última frontera» de una invasión que ha dejado de ser un simple recurso retórico. Pero será difícil ahora que los gobiernos de Europa del Sur convenzan a lo restantes socios comunitarios sobre la urgencia de establecer una suerte de «plan de desarrollo» para los tres países de! Magreb más accesibles a la marea islamista.
Claro que incluso la viabilidad de esta ayuda (existen proyectos de la CE. meritorios pero poco consistentes) choca con ciertos obstáculos: regímenes de fuerza, oligarquías corruptas, violencia institucional, despilfarro y carencia de una cultura del trabajo y del beneficio, etc. La pregunta que ya empiezan a hacerse muchos es si por prejuicios éticos -y, también estéticos- debe permitirse que la espiral de la revuelta acabe con la estabilidad de la zona y amenace definitivamente nuestra propia estabilidad. De modo que, tal vez, en el futuro haya que firmar el cheque tapándose la nariz.
Contra lo que creen los ingenuos amigos y enemigos de España, éste no es un país de quijotes sino the yupis. La primera prueba de ello es que fue en España y no en otro lugar donde se escribió la sátira más despiadada y eficaz del idealismo caballeresco, es decir El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. La segunda prueba es que el protagonista -que no héroe- epónimo ha dado origen etimológico en español a nombres comunes con ribetes despectivos (Quijote, quijotada, etc.) mientras que en las otras lenguas europeas ha originado palabras de significado admirativo, fundadas en malentendidos románticos. La Tercera prueba es que en España y desde hace un par de siglos mandan los yupis, y así nos va.
No me alargaré en la primera parte de! razonamiento, por ser de sobrada evidencia. Quien haya leído el Quijote estará de acuerdo en que se trata de una burla sangrienta de todo impulso noble y generoso. Quien no lo haya leído estará probablemente inficionado por la exégesis al uso, según la cual Cervantes se enternece con su personaje, por quien siente secreta simpatía. Nada más lejos de la realidad. Don Quijote hace siempre el ridículo físico y moral mientras Cervantes se regodea con su prodigiosa pluma. El autor disfruta humillando al hidalgo altruista. Hac e que le lluevan palos y hasta el vómito de su escudero. Peor aún, sus afanes son inútiles o, las más de las veces, contraproducentes. Recuérdese el insoportable episodio de Andrés, el mozo a quien su amo villano azota y no paga el sueldo. Don Quijote lo socorre y castiga al amo, pero en cuanto se da media vuelta éste redobla con saña su atropello. Cuando Andrés vuelve a encontrarse con don Quijote !e dice:
«Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me encontrare, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia: que no será tanta que 110 sea mayor la que me vendrá de su ayuda de vuestra merced, a quien Dios maldiga, y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo». Y añade Cervantes, ufano del lance cruel, «quedó corridísimo don Quijote».
El mensaje está claro, todo desfacedor de entuertos es un pobre idiota. Diríase que Cervantes hace una parodia blasfema de la Pasión de! Redentor donde -supremo sacrilegio-quienes aciertan son los que se motan de la corona de espinas, del manto y del cetro ridículos – ó la bacía y la celada irrisorias-del justo que quiere redimir a los desvalidos. No sé si este trasunto impío ha sido señalado por algún cervantista, porque no he leído a ninguno, pero sí he leído a Cervantes y salta a la vista que está del lado de los poderosos, como aquellos anónimos duques tan horteras y tan burlones. Hoy hubiese estado del lado de los yupis.
La versión popular antes citada -Cervantes tiene cariño por don Quijote- ha prevalecido contra todo sentido común por su condición de indispensable salvaguardia del amor propio nacional. Admitir que el libro más leído en España durante siglos es moralmente abyecto hubiese sido tanto como poner en duda la catadura moral de nuestra nación. Ha hecho falta una mentira piadosa para reconciliamos con nosotros mismos. Pero la mentira vulgar queda desmentida por el habla popular. En ésta. Quijote -el nombre de guerra que Alonso Quijano toma de la pieza del arnés que cubre el muslo- ocasiona bastantes pal bras alusivas al caballero de la Triste Figura, todas con ecos peyorativos. En cualquier diccionario, y en especial en el DRAE, se puede comprobar cómo predomina el tono desdeñoso en toda la familia de palabras quijote – quijotada – quijotería – quijotesco – quijotil – quijotismo. De la voz principal, quijote, se dan estas acepciones: «1 – Hombre exageradamente grave y serio. 2 – Hombre nimiamente puntilloso. 3 – Hombre que pugna con las opiniones y los usos corrientes, por amor a ío ideal. 4 – Hombre que quiere ser juez de causas nobles aunque no le atañan». Así pues, de cuatro acepciones tres son negativas y una es neutra tirando a positiva. Negativos también son los dos significados de quijotismo: «I – Exageración en los sentimientos caballerosos. 2 – Engreimiento, orgullo». Más o menos lo mismo ocurre con las demás palabras españolas derivadas del nombre propio de don Quijote. Resumiendo la cuestión, Marta Moliner apostilla en su diccionario, a propósito de quijote, «generalmente no se emplea con sentido admirativo, y puede tenerlo despectivo».
Muy distinta es la semántica quijotil en otras lenguas. Como -por fortuna o por desgracia- los extranjeros no sueien entendernos, debieron de creer que la novela de Cervantes era un panegírico de la loca gallardía de un héroe desdichado. En inglés, según el OED, se empezó muy pronto a acuñar palabras alusivas a don Quijote, denotando admiración romántica por el personaje. Quixote se usa como nombre común, con diversas variaciones ortográficas, desde 1648. El citado diccionario lo define como «an enthusiastic visionary person like Don Quixote, inspired by lofty and chivalrous but false or unrealizable ideáis». Quixotism surge con sentido similar a finales del siglo XVII y en 1702 la facilidad inglesa para inventar verbos, unida a la popularidad del hidalgo manchego, da lugar a to quixote, convertido un siglo después en to quixotize. Quixotism arranca de 1688, quixotry de 1718, y así hasta nueve palabras reseñadas, un treinta por ciento más que en español. El adjetivo quixotic, quizá la más usada de aquéllas desde que apareció en 1815, viene definido así en el OED: «Resemhling Don Quixote: henee, striving with lofty enthusiasm for visionary ideáis».
Menos fortuna que en Inglaterra, aunque bastante más que en su propia patria española, tuvo en Francia ei último caballero andante. Según el diccionario de Roben, desde 1782 existe el substantivo don Quichotte, «homme généreux el chimérique qui se pose en redresseur de tons, en défenseur des opprimés», y desde 1835 se usa el término donquichottisme. En italiano también hay el nombre común donchisciotte y el adjetivo donchisciottesco, ambos con ecos valientes y generosos.
En suma, se nos ofrecen dos contrastes, claros y chocantes. De un lado está la contradicción entre lo que los españoles dicen (que don Quijote les cae simpático) y lo que hacen (usar palabras hostiles al personaje). Y por otro lado está la diferencia entre el léxico alusivo español y los extranjeros. Mientras nosotros subrayarnos en el lenguaje el engreimiento y el carácter entrometido de don Quijote. los ingleses se fijan en su caballerosa altura de miras, los franceses en su generosidad y los italianos en su valor. Aun hay una tercera paradoja, y es que en nuestro vocabulario no se refleja la locura de don Quijote y en las lenguas extranjeras sí. En definitiva, la llamada lengua de Cervantes presenta a su personaje universal como un pobre diablo que se mete en camisas de once varas mientras las otra s lengua s europea s retrata n a un héro e romántico, de corazón garboso aunque cuerpo desgarbado y mente extraviada.
Por supuesto somos nosotros los que acertamos y son los extranjeros quienes se equivocan. Los españoles permanecemos fieles -literal ya que no literariamente- a la intención genial y perversa de Cervantes: destruir las ilusiones mostrando que nobleza es locura. Los extranjeros mantienen el mito literario con la semántica heroica. Los españoles demostraron ya en 1605. cuando se publicó la primera parte del Quijote y comenzó el éxito fulgurante de la novela, que ansiaban que dejasen de mandar los quijotes. El resto de los europeos, al no entender el libro pero leerlo con avidez, dio pruebas de seguir admirando a tos quijotes. Naturalmente que allí como aquí y entonces como ahora la mayoría de la gente era y es sanchopancesca y no quijotesca. Pero aquí el iberoide sanchopancesco se mona de ganas de sacudirse el yugo hidalgo hace ya tres siglos, cuando sus congéneres ultrapirenaicos todavía no habían pensado en ello. Los sanchopanzas no quieren mandar ellos, pero a la larga tampoco quieren que les manden los quijotes. A quien de verdad hubiese querido servir Sancho Panza no es a don Quijote sino a Godoy, a Salamanca o a Romanones; a un protoyupi que le hubiese dado miajas, y no de gloria sino de pan. Sus descendientes lo consiguieron al cabo de un par de siglos, antes que los sanchopanzas británicos o germánicos.
En esto no se ha cumplido la teoría de los frutos tardíos españoles. Hemos sido precursores en ia invención del tipo humano universal del yupi. El Príncipe de la Paz inauguró la serie ya a finales de! siglo XVIII, veinte años después el modelo se había reproducido en incontables individuos de la camarilla del Deseado y desde entonces hasta ahora no nos han faltado monjas milagreras, generales bonitos, financieros avispados e intelectuales orgánicos. Yupis todus. a fin de cuentas.
Otra cosa es que la palabra hoy de moda en el mundo entero sea de origen americano y muy reciente, Yuppie (o yuppy. o yumpie, o yumpy) surgió en 1984 como abreviatura de young urban professional o de young upwardly motile person. Así es que el término encierra su propia definición: un joven trepa. Trepa y no arribista porque el arribista -como el advenediza- ha llegado, y el yupi por definición nunca ha llegado del todo sino que biológicamente está obligado a seguir acumulando y trepando, incansable como la ardilla heráldica de Fouquet con su cínico lema Quo non ascendam?. Por eso tampoco le corresponde al yupi la traducción de listillo y aprovechadete. pues ningún sufijo diminutivo haría justicia al atlético empeño ascendente del trepa.
No, el trepa rampante, el yupi en todo su esplendor es una fuerza de la Naturaleza y habrá que temerla y respetarla más de lo que Cervantes respetó a un pobre hidalgo de pueblo, loco de amor por el ideal caballeresco de amparar al desvalido, defender a la viuda y al huérfano, mantener la palabra dada. No son precisamente ésos los valores del yupi. Por eso manda hoy.
Cuando existía la Unión Soviética, con su ideología comunista, su sistema totalitario, su poder militar y su estatuto de gran potencia, la izquierda de todo el mundo tenía en ella una referencia, un apoyo y, a la vez, una coartada.
La URSS era el resultado político de una sociedad sin clases sociales, pero sí políticas (la nomenclatura, el partido y los demás), cortada de la historia y de todos sus compromisos, hasta el del pasado de la propia nación. Era también el hogar de una revolución para el planeta entero.
La vocación internacional del comunismo pretendía desconocer las fronteras de países, de etnias y de culturas, igual podría realizarse en Oriente (China, Vietnamí que en Occidente (las «democracias populares» de ocupación en Europa, y en el continente transatlántico Cuba o Nicaragua), o aspirar al poder, o a alguna representación, en la Península Ibérica, en Italia, en Francia e, incluso con partidos mínimos y casi ni testimoniales, en la propia Anglosajonia.
Pero el que parecía tan poderoso sistema comunista se ha desmoronado, arrastrando en su mina algunos de los principios y palabras de más predicamento del discurso de una izquierda, que ahora pugna por ser reconocida como socialdemocracta, dando por olvidado que éste fue el primitivo nombre del partido que capitaneaba Lenin todavía en 1905.
La derrota del comunismo ha sido más política que ideológica. Ha fracasado como sistema de poder y de organización social. La refutación de su teoría ha sido práctica, no dialéctica, que es lo más contundente que puede ocurrir con una filosofía política.
Pero un hecho de tan vasto alcance no podía dejar de producir efectos más allá del estricto espacio geográfico y político en que ha tenido lugar. Así ha sido en la Europa democrática, en los países americanos, en África y hasta en el Extremo Oriente.
Concretamente en nuestro continente los comunistas más numerosos y fuertes, que eran los italianos, no pueden crecer ya por maquillados que se presenten. En Portugal y en Francia se mantienen empecinados en su precedente terquedad y van para atrás a grandes velocidades. En España están experimentando una «muerte dulce», sin que de ello se beneficien claramente esas extrañas familias que son la Izquierda Unida y el «partido sindical».
Como consecuencia de todo ello, quizá pueden ganar algo en ciertas latitudes los partidos socialistas, alguno de los cuales se encuentra tan bien establecido, o instalado, como el español. Pero a cambio de quedar desguarnecidos por su izquierda y. por así decir, a la intemperie, expuestos a las sacudidas de todas las marginalidades.
Hay tres socialismos – y quizá cuatro- en el socialismo español. El «socialismo de izquierda», que no es lo mismo que la Izquierda Socialista, sino algo menos definido, más intelectual y poblado de ex-trostkistas. El que se llama a sí mismo «socialismo democrático», para distinguirse del «socialismo real» de los antiguos países comunistas y de las veleidades neoliberales, o más bien keynesianistas, de los titulados socialdemócratas. Y la «socialdemocraeia» de estos últimos, que ahora tanto se predica, sea como proyecto sea como recurso para conservar el gobierno (La cuarta especie sería la de los socialistas «pragmáticos», acomodados a la situación y adictos al poder, aunque eso les obligue a olvidarse de los radicalismos revolucionarios de horas juveniles).
Todavía se podría agregar la izquierda socialista sindical, que en sus manifestaciones políticas y en sus acciones sociales opera en la más estrecha relación de solidaridad y dependencia respecto de sus «primos» excomunistas de las históricas Comisiones, a las que también benefician esas apariciones conjuntas. ya que no se puede circular por ahí con la cara alta y colgados de un PCE que. por decirlo con el eufemismo médico habitual de estos tiempos, se encuentra en estado terminal.
a !o que ha querido ser el «comunismo democrático», o de «rostro humano» o «eurocomunismo». de Dubcek, Beriinguer o Carrillo, que se confunde con él y facilita inicialmente la transición de los antiguos tovarich, no parece cosa de porvenir en este mundo o por lo menos en esta hora. Con Rusia llamando a las puertas de la OTAN, con la antigua RDA formando parte de ella, con soldados soviéticos dentro y lodo, con un Nuncio en Moscú y el ühre mercado establecido por ukase del zar Boris en todo lo que fue la URSS, carece de lugar y de sentido.
No fallan voces para defender el «socialismo democrático», pero más bien de profesores que de políticos en estado activo. En tribunas españolas lo han hecho Jürgen Habermas y Peces-Barba. Se trata de una búsqueda emprendida con más voluntad que convicción según se desprende de los textos.
Sus voceros asignan en exclusiva al socialismo todo el reformismo social de los países industrializados de Europa y de América del siglo último. Se opone, no sin evidente propiedad, socialismo democrático a totalitarismo comunista, pero a continuación se fuerza no ya la interpretación de lo hechos sino los hechos mismos.
Al «socialismo democrático» se te atribuye haber sido la única doctrina que rechazó los dos totalitarismos del siglo XX, el del fascismo y del comunismo.
En ese análisis se olvidan los frentes de la izquierda (el popular, los simplemente antifascistas, el del programa común, etc.), así como el hecho de que ¡os socialistas democráticos, al enfrentarse con los comunistas y fascistas (y algunos lo hicieron siempre), eran sólo una de las fuerzas de la resistencia democrática, junto a conservadores, liberales, cristiano-sociales, radicales y simplemente demócratas, y no la más importante de ellas.
Para augurar al «socialismo democrático» un puesto principal en el futuro, se invoca la agilidad de cintura de que hicieron gala sus mayores, igual que éstos pasaron de revolucionarios a demócratas (por así decir, de Marx a Brandt o de iglesias a Prieto), sus herederos serán ahora capaces de pasar de socialistas a liberales, o sea de Schumpeter a Hayek.
Ellos dirían que se proponen más bien la búsqueda de una «tercera vía», pero de momento están perdidos en el laberinto sin que una Ariadna piadosa les haya tendido el cabo de! hilo salvador. Los profesores discurren con sus buenas cabezas y con sus filosofías. Otros que también se proclaman adictos al «socialismo democrático» simplemente vociferan, pero sin decir nada.
Los del «socialismo democrático» se parecen a sus colegas franceses, históricos de la SFIO como Mauroy, a alemanes como Lafontaine o a ingleses como Benn. Queman tener más libertad de movimientos políticos, pero con sus partidos en el gobierno los coarta la disciplina, además de sus fidelidades ideológicas.
La socialdemocracia socialista opera sobre la realidad con más soltura, porque no está atada por estrictas ortodoxias. En el orden económico procura que se apliquen recetas liberales, pero no sabe hacerlo sin el gesto autoritario de una voz que ordena y manda y acude a los recursos autoritarios del intervencionismo tecnocrático.
Su concepto de Banco Central es el de España, o el de Francia, pero nunca el de Alemania. Desde los ministerios correspondientes se gobierna toda la economía, también la que se llama de iniciativa privada. Se admite y se proclama el mercado, pero se le dirige y se le encauza.
Los socialdemócratas han despenado de los sueños de sus mayores internacionalistas. Saben ser patriotas, pero con un a clara y manifiesta voluntad de configurar desde el poder, y desde el partido, el futuro de su patria.
En los campos extraeconómicos para ellos el rey es el sector público: en la educación, en la cultura, en la sanidad, en todas las infraestructuras, etc.
Probablemente se pueden hacer otra s descripciones diferentes de la izquierda democrática en este momento en que la caída del muro la ha dejado a la intemperie. La que se ha tratado de ofrecer aquí no contempla solamente el caso de España , aunque no puede escapar al hecho de haber sido escrita y pensad a desde aquí y viviendo experiencias españolas.
Desde los tiempo s de la guerra fría, las izquierda s socialistas y democráticas europeas han solido estar políticamente a distancia casi sideral del comunismo. Si bien en el interior de los países, en ciertos asuntos y frente a terceros , también en España, no han dejado de efectuar operaciones coyunturales o tácticas de las más variadas y extrañas clases.
Eso fue así por determinadas circunstancias propias de un momento, pero también porque buscando una vía media, o por resabios históricos, o por ocupar parcelas de poder, se asociaban con quienes compartían o sólo ancestro s comunes, sino inclinaciones emocionales y algunos principios ideológicos.
La crisis de la Europa Central y del Este no es la simple consecuencia del fracaso técnico y material d e un a determinad a política económica. Ha sido el fracaso de un a ideología llevada implacablemente y por la fuerza a sus últimas consecuencias lógicas. (Nuestros actuales socialdemócratas no lo hubieran hecho nunca. Ya De los Ríos volvió espantado de su viaje a la Rusia sovietista y de su visita a Lenin).
Pero la cuestión es otra. Los principios y valores básicos de las fuerzas políticas democráticas liberales, democristianas, conservadoras o democráticas sin más, así como los de sus ideologías, son opuestos a los de la izquierda – a los de todas las izquierdas – y no es preciso que anden por ahí dando explicaciones de antiguas compañías.
¿Cuáles son esos principios y valores que las fuerzas democráticas han de defender y fomentar para que un país como el nuestro tenga un futuro en libertad política, con verdadera alternancia, sin ligaduras y constricciones socialistas?
Más o menos lo s siguientes: concordia frente a revolución, patriotismo frente a internacionalismo, espiritualidad y religión frente a ateísmo, sociedad frente a estado, razón frente a fuerza, realismo frente a abstracción, propiedad frente a colectivismos, historia frente a orfandad, libertad frente a dictadura, etc., etc.
Era manifiesto que el final de la izquierda extrema y radical que eran los comunistas europeos tenía que producirse en algún momento.
Nadie se habría aventurado, sin embargo, a predecir que iba a suceder como ha ocurrido. Pero realmente el proceso ha sido más largo de lo que ahora parece. Venía de años ya, de antes de que Gorbachov ocupar a las primeras planas.
¿Recuerdan ustedes el salto de Lech Walesa, que estaba expulsado de los astilleros Lenin de su ciudad de Gdansk, y escaló las verjas penetrando en ellos para ponerse al frente de la protesta popular? Pues eso fue hace ya once años y medio: el 14 de agosto de 1980.
En la URSS gobernaba – o lo que fuera – Leónidas Breznev y el presidente americano se llamaba Cárter. Parece que el mundo era otro. Pero no: fue ayer.