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Ver productosEl mundo actual es poco sorprendente, de modo que para mitigar nuestra necesidad de vivir algo maravilloso acudimos al cine o a las historias que otros han ideado. Pero el único, el verdadero juego es la propia imaginación. No se podría acceder a otros mundos. místicos e impresionantes, sin la ayuda de ella. Convertirse en un poderoso mago, un guerrero hercúleo o un simple hobbit bonachón sería algo imposible. Lo saben muy bien los jugadores de la nueva generación: los jugadores de ROL.
Los padres comienzan a acostumbrarse a que sus hijos adolescentes se metan en una habitación para llevar a cabo aparentes ritos esotéricos, en los que sus compañeros de juego son endriagos, hechiceros y extraños seres fabulosos. No hay gritos, ni discusiones. Solamente se oye el rodar de los dados y el rasgueo del lápiz sobre el papel. Esas son las puertas que les comunican con la fantasía pura.
El primer juego de ROL apareció a finales de los setenta, Y desde entonces, el interés y la afición por esta nueva manera de jugar de un modo participativo (el nombre de «rol» procede del vocablo inglés role, que designa el papel que un actor interpreta), se ha extendido sin cesar.
Pero, ¿qué es en realidad un juego de ROL? Es difícil describirlo con total propiedad. En principio, se trata de un acuerdo de simulación de un mundo diferente, con seres diferentes y tiempos diferentes; de un mundo paralelo en el que las cosas ocurren —o parece que ocurren— igual que en el nuestro.
Allí, el demiurgo, el creador, es el llamado MASTER . El liene que decidir que pasará al doblar el próximo recodo, cuál será la prueba que los sufridos personajes, manejados por los jugadores, deberán superar con éxito para hallar el fruto de la larga y, por lo general, sangrienta aventura que comenzaron.
Tal aventura se ‘desarrolla en dos planos. Uno de ellos es el del escenario propiamente dicho: el sofisticado y libre país de Jharkor en Stormbringer; el tranquilo pueblecillo de Apple Lañe, de Run Quest, donde conviven en paz varias razas muy distintas. O el tenebroso y espeluznante Bosque Negro de El Señor de los Anillos.
Algunos de estos escenarios, como el último que hemos citado, so basan en descripciones procedentes de obras clásicas de la literatura fantástica. Así, Lovecraft ha proporcionado el espantoso entorno del juego de R O L «La llamada de Cthulhu», y J.R.R. Tolkien dio pie a la creación de «Lorien». La ventaja de estos juegos es que nacen de una superestructura mayor que ha sido desarrollada ampliamente por los autores literarios, de forma que si los jugadores conocen además el libro original, parten de una base ambiental mucho más sólida.
El segundo plano de juego es el del personaje que reviste el propio jugador. Puede escoger un personaje humano o no humano. Puede ser desde un simple labrador a un caótico troll o un proteico dragonut, bestia derivada del dragón que sólo nace una vez pero puede morir cientos de ellas si sigue «el camino». En cualquier caso, el personaje está dotado de numerosas y complejas características tanto físicas como mentales, definidas por los «percenules» correspondientes. Estos percentiles (o porcentajes) se interpretan de una forma curiosa: cada vez que se tiene que superar un obstáculo, como asestar el golpe definitivo a un orco moribundo o coordinar las manos adecuadamente mientras se canta el hechizo necesario, el jugador-personaje se pone en manos del azar: hace rodar los dados.
Los dados de ROL son distintos a los que usamos comúnmente. Los hay de cuatro caras, de ocho, de diez, de doce y hasta de cien. Y son los únicos elementos absolutamente necesarios para el juego.
Pongamos un ejemplo, Luis y Jorge están jugando. Jorge es el MASTER , Aaron Gald, el personaje que es imagen del JUGADO R (es decir, de Luis) se halla en una situación concreta: ha llegado a la entrada de un pequeño pueblo. El sol todavía está bastante alto, y la gente pasea pacíficamente por sus limpias calles. Pero Aaron necesita comprar una buena arma, al haber perdido la suya en combate contra unos babuinos. Entra en una armería e intenta convencer al comerciante de que le venda una jabalina. El problema es que este hombre de aspecto despistado no entiende oestron (lengua humana), y para superar este obstáculo. Jorge decide que Aaron necesita que Luis HAG A UN A TIRAD A por hablar lenguas.
El Master decide también que el armero habla sindarin. Afortunadamente, el personaje domina esta lengua al 45%, lo cual implica que para comunicarse a través de ella debe sacar 4 o menos en un dado de 100 caras. Aaron tiene suerte con la tirada y saca un 24, que está por debajo de 45: puede entenderse con el vendedor y compra la jabalina. La coge, pues, y sale… tropezando con un soldado de la guardia real. Este se enfurece, y se levanta dispuesto a atizarle un puñetazo tremendo en plena mandíbula. ¿Lo conseguirá? En ello interviene la suerte, y por lo tanto los dados. Pero ahora es el Master quien los hace rodar para establecer si el golpe alcanzará o no el objetivo.
El guardia real tiene un 57% en atacar con los puños (esto ha sido determinado por Jorge), y por lo tanto debe sacar menos en el dado correspondiente, el de un centenar de caras. El Master es quien lo lanza y consigue la tirada con un 56. Pero antes de calcular el daño que causará el puñetazo. Luis decide que Aaron debería esquivarlo. El héroe es capaz de dominar esa acción en un 34%. Esta vez. Luis no pasa la prueba, y por lo tanto se lleva un buen golpe. Pero no sabemos cuánto daño le lia causado el soldado. Esto se halla haciendo rodar los dados. A más fuerza y constitución que tenga, más dados tendrá que tirar el Master. El número que saca se resta de los PUNTOS DE ViDA de Aaran, Jorge tira un dado de cuatro caras y saca un 2. La conclusión que extraemos de todo esto es que Aaron queda más enfadado que dolido, y
Como puede verse por medio de este ejemplo, el juego de R O L es. básicamente, un juego de factores. La realidad se va construyendo a medida que se desarrolla la acción, y parte de un estado de cosas predeterminado por los propios jugadores. En definitiva, tanto el personaje principal como los personajes no-jugadores (PNJ) con los que aquél se relaciona (en el caso anterior, el armero y el guardia real), tienen unas determinadas características que los definen según parámetros acordados. Y estos parámetros se confrontan entre sí por medio de los dados. Eso es todo.
La verdad es que el ROL se parece mucho a un libro dentro de que se puede vivir, o a una aventura escrita en la que se participa activamente. El nivel de complejidad del juego depende del libro de partida, aunque todos los libros y tas reglas que contienen pueden ser modificados a capricho del Master. Es, antes que nada, un juego de lógica y de imaginación, en el que los adolescentes encuentran un modo de expresarse y relacionarse con libertad.
Pero también podría achacársele un peligro: el de sustituir la realidad «real» por una realidad «fantástica». En teoría, un muchacho o una muchacha grandes jugadores de RO L podrían llegar a instalarse demasiado en la fantasía y ver afectada su comprensión de la vida cotidiana. El escapismo consecuente a esta actitud podría generar tal vez chicos «ausentes», «pasotas» o «quijotescos». Pero esto tan sólo en el caso de que su pasión por el juego fuera extremada o enfermiza. En la práctica, no parece que deba temerse este exceso, mientras que es indudable que el juego, en sí mismo, es una especie de gimnasia mental (o intelectual) francamente necesaria para afrontar con más imaginación las rutinas y miserias de este mundo grisáceo.
Actualmente, en el mercado hay va un buen número de juegos de ROL . Muchos de ellos tienen, a su vez, suplementos; libros adicionales en los que se exponen aventuras o escenarios desarrollados a partir de los básicos Los más conocidos de los básicos son Ruñe Quest, Star Wars. El Señor de los Anillos, La Llamada de Cthulhu. Stormbringer Traveller. Todos ellos son de autores extranjeros.
Existe un juego de RO L español, «Akelarre», pero su estructura básica no es más que una transposición de RUÑE QUEST, si bien los escenarios son nacionales, Actualmente está desarrollándose lo que será el primer juego de RO L español con estructura independiente. Asunción Rodríguez directora de la agencia editorial ASEL, nos filtra algunas características del mismo:
«La verdad es que está lleno de novedades. Lo llamamos, provisionalmente, «EL SUEÑO DEL HIDALGO» , y su escenario general es el mundo de ¡os libros de Caballería. Es el primero en el que se expone el sistema ASTRU M de creación de personajes, que acabamos de patentar. Se está trabajando sobre una estructura de regletas móviles («ESLABONES DE L A VERDAD» ) para facilitar el cálculo factorial. Además, queremos que el juego sea excepcionalmente didáctico. El cálculo de la destreza en diversas actividades se establece a partir de conocimientos que el jugador ha de adquirir previamente. Van a incluir no sólo mapas, sino también paisajes visualizabas en tres dimensiones. Además, el MASTE R dispondrá de un suplemento independiente».
El 5 de diciembre pasado se han cumplido doscientos años de la muerte de Wolgang Amadeus Mozart, el más grande entre tos genios de la historia humana que conocemos. Efectivamente, murió en Viena el 5 de diciembre de 1791, sin que todavía sepamos exactamente de qué. Pero qué más da. La cosa es que se murió no excepcionalmente joven para su época (estaba por cumplir treinta y seis años), pero en los umbrales de esa edad que acostumbramos a describir como los mejores años de madurez de una persona.
Wolgang Hildesheimer termina su investigación sobre Mozart con estas palabras: «Cuando el 6 de diciembre de 1791 aquel cuerpo enjuto y consumido íue depositado en una mísera fosa, nadie intuyó que se llevaba a la tumba los restos mortales de un espíritu indeciblemente grande, regalo inmerecido (de Dios) para la Humanidad en el que la naturaleza (y Dios) produjo una obra maestra, excepcional, quizá irrepetible: de todos modos, nunca más repetida».
Mozart fue un músico absoluto, no un «músico pintor» en frase célebre de Schopenhauer. Es decir, lo que transmite es exclusivamente expresable con música; no sustituible por otra bella arte o por palabras. El mensaje es algo eterno, un tesoro reservado que embriaga el alma del oyente o del que además ve, en su caso, por ejemplo, las óperas, a través de los sentidos, superando el aspecto físico de éstos. Se produce entonces una perfección indescriptible.
Para recordar la muerte del compositor han tenido lugar en todo el mundo un sinfín de conciertos. Nos centraremos en el comentario de uno de Ibermúsica recientemente celebrado en el Auditorio de Música de Madrid.
Se interpretaron cuatro obras de Mozart bastante atípicas, poco conocidas. Aunque éste no fue el orden, aseriadas cronológicamente fueron: la «Sinfonía n.u 31 en Re Mayor», K. 297, Poris; las «Vispeiae Solemnes de Confessore», K. 339; el «Concierto (24) para piano y Orquesta en Do menor», K, 491, y el «Motete Ave Verum Corpus», K. 618 (esta famosa «K» hay mucha gente que no sabe lo que significa: se trata del catálogo temático cronológico de las cerca de setecientas obras de Mozart, elaborado por Ludwig Ritter von Kochel, con importantes modificaciones establecidas en 1936).
La Sinfonía París como, su nombre propio indica, fue compuesta en esta capital con ánimo de agradar al público. Curiosamente, para ella escribió dos Andantes, estrenados, respectivamente. el 18 de junio y el 15 de agosto de 1778.
La Orquesta del día era la City of London Sinfonía, dirigida por su titular, Richard Hicicox. Se trata de una de esas numerosas orquestas londinenses, que. sin ser excepcional, siempre suena bien, sin duda por la extraordinaria profesionalidad de sus músicos, en general de los músicos británicos. Está además perfectamente ensamblada con el director y se ve tan ensayada que domina cualquier programa, especialmente de música clásica.
La sinfonía interpretada no parece de Mozart, pues le falta el encanto salzburgués o vienes que derrocha el compositor en otras. Intenta agradar, adaptarse al gusto francés, que, claramente no era el suyo, eso se nota. Tal vez por eso. el público, que esperaba un Mozart más clásico, estuvo frío.
«Las Visperae» proceden de agosto de 1780. Es la época de la música de iglesia, algo posterior a la famosa «Misa de la Coronación».
Las Vísperas es una composición ambiciosa e imponente. La rica escritura a cuatro voces del coro y solistas, ta grandiosa organización orquesta!, de cuerda, con trompeta, fagot, trombones, timbales y órgano, indican el deseo de ampliar su potencial y contienen ya en gran medida su realización.
El coro era el centenario Orfeó Catalá, dirigido actualmente por Jordi Casas, Cautivó.
En obra de gran lucimiento brilló a gran altura, especialmente en el Magníficat, número que cierra la obra. En cuanto a los solistas, me parecieron todos buenos, con clara especialidad y tendencia a oratorios, o bien a óperas barrocas tipo Haendel.
De ellos la que más me gustó fue la soprano Catherine Pierard, que, a pesar del apellido de resonancia francesa, es neozelandesa formada en Inglaterra. Su «Laúdate Dominum» n.11 5, muy lucido y conocidísimo de todo el mundo, resultó espléndido, salvo un pequeño problema de respiración en un momento determinado.
La mezzo, Catherine Denley, igualmente británica, resultó algo apagada como es frecuente en su cuerda.
De los hombres, me gustó más el barítono canadiense Gerard Fínley que el tenor Marfc Tucker, quizá porque la parte de éste es pequeña y no especialmente lucida.
Tampoco el público pareció entusiasmado por esta versión de Las Vísperas, seguramente por ser conocidas en parte pero no en su excelsa totalidad.
El concierto de piano está escrito en marzo de 1786. junto con el de La Mayor, K. 488. Corresponde a los cuatro años mágicos de la más asombrosa e increíble producción mozartiana, 1784 a 1787. En ellos aparecieron doce de sus conciertos para piano, un concierto para corno, una sinfonía, cinco quintetos para conjuntos instrumentales diversos, entre ellos en Mi Bemol Mayor para piano, óboe. clarinete, corno y fagot, K. 452; cinco cuartetos para cuerda: dos para piano y cuerda; tres tríos; cinco sonatas; dos óperas (Las Bodas de Fígaro y Don Giovanni) y la ópera breve «Der Schansfieldirektor»; varias músicas masónicas y casi todos los Heder. Y si por s¡ eso fuera poco, además otras obras «menores» como el Rondó en La Mayor para piano. K. 511.
El concierto fue interpretado por el pianista finlandés Olí i Mustonen. Estoy obligado a decirles a ustedes que no me gustó en absoluto. Como persona es excesivamente amanerada hasta la exageración, y en tanto que pianista su técnica no es depurada (se retira demasiado del piano en los silencios y, por ello, ataca a veces tarde), y en cuanto al sentimentalismo parece salido de un cerebro que no funciona con normalidad. Además, el concierto es atípico —¿se buscó de propósito que todas las piezas lo fueran?— y poco «mozartiano», como decíamos antes de la sinfonía.
Conviene que la gente conozca al todo Mozart, pero no cabe duda que le gusta oír siempre lo mismo. Conclusión: cierta frialdad a la terminación del concierto.
Finalmente, se interpretó el Motete Ave Verum Corpus, K. 618: se estrenó el 17 de junio de 1791, y es, obviamente, una de las últimas composiciones de Mozart.
La versión oída fue excelente; Orquesta de cuerda y Orfeó Catalá. Si en Las Vísperas hubo algún desajuste, aunque pequeño, entre ambos, aquí el ensamblaje resultó perfecto. Una verdadera preciosidad, tan «religiosa» que tal vez fuera mejor haberla escuchado en el Monasterio de E! Escorial.
Por fin, el público se encontró con algo «de toda la vida».
Se ha celebrado con gran éxito la exposición de pintura del artista madrileño Andrés I. Landín Ysasia en la Galería Kreisler, durante los meses de noviembre y diciembre de !99L La colección, que se mueve por cauces del mejor impresionismo, ha gustado por su calidad, belleza y color. Durante años hemos contemplado resignadamente obras de pintura (¿camelos? ¿enigmas?) cuya interpretación exigía previamente un diagnóstico de psiquiatra, expresiones cada vez más lejanas de lo que hasta entonces habíamos entendido como significado de las palabras «estética» y «belleza». Tales obras llegaron a hacernos creer que nuestra sensibilidad se estaba muriendo. Ahora, al visitar la exposición de Landín Ysasia, hay que felicitarse porque el artista se haya mantenido fiel a sus principios y siguiera trabajando en su misma línea, sin dejarse llevar por unas modas que, si bien alejadas de los cauces del auténtico arte, han convertido en millonarios a muchos de sus avispados cultivadores, Andrés Landín trata con respeto a los objetos en si, emplea toda la gama de colores, utiliza la luz adecuada en cada ambiente y su indudable buena técnica le ayudará a adquirir una mayor soltura. Sus composiciones están cargadas de intimidad, transmiten alegría y consiguen integrarnos en el paisaje. Interiores muy cálidos. casi de fuego, ambientes fríos, de crista), atrayentes cafés, jardines, flores suaves llenas de frescura y el maravilloso espectáculo de unos caballitos de madera corriendo enloquecidos por un mar de dudas. Landín Ysasia consigue que casi todos sus cuadros tengan algo de mágicos. que logren captar el ánimo del que los contemple, con una cualidad —no demasiado frecuente— a la que podemos llamar, sin temor a equivocarnos, arte.
Andrés I. Landín Ysasia. Nacido en Madrid en abril de 1957, licenciado en Bellas Artes y profesor de Interiorismo en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura, de Madrid. Ha realizado exposiciones individuales y colectivas en diversas galerías de arte españolas y obras suyas figuran en museos y entidades públicas de Boston. Nueva York , Washington. Lisboa. Londres y Buenos Aires.
No es frecuente encontrar un autor que sepa sintetizar en la unidad de la pieza dramática registros tan equidistantes y, generalmente, dispersos como la intensidad literaria, la facilidad narrativa y la profundidad discursiva. Pretender no es lo mismo que ser. Cuando el autor pretende que su obra sea interpretada como alegoría, conflicto o metáfora discursiva no debe necesitar explicarlo. Si el texto o la trama requieren una interpretación explícita de sus pretensiones es que las intenciones del autor se quedan en eso, en pretensiones, sin alcanzar a tener un valor por sí mismas. No es el caso de Peter Shaffer. un autor que consigue fundir en la síntesis de la obra los más dispares valores, incluido el más ambicioso y más inaprensible: la profundidad.
Ser profundo sin ser abstracto ni aburrido, ser literario sin ser amanerado, ser filosófico sin ser discursivo, éste es el problema, que diría Hamlet, Y, naturalmente, no todos los que lo intentan lo consiguen. Peter Shaffer sí, Y la razón estriba en que Shaffer es, ante todo, un autor teatral que no subordina la acción al pensamiento, pero no renuncia a servirse de la trama como vehículo para expresar un pensamiento. Porque sabe integrar estos diversos planos, sus personajes no se quedan en meros pretextos de una intriga sin que por ello se disuelva la intriga en la densidad de los personajes; sus conflictos psicológicos no son experimentos psicoanalíticos, sino auténticos dramas humanos representados dramáticamente. Tal vez el mayor valor de Amadeus procedía de la verosimilitud psicológica de un patetismo cuya singularidad, si no hubiera sido dominada por el oficio de) escritor, hubiera fácilmente degenerado en artificiosidad retórica.
Hay un rasgo en el teatro de Shaffer que, por otro lado, es efecto de esa misma habilidad que trataba de ilustrar, cuyo comentario puede ser especialmente oportuno para comprender el sentido más cabal de Leticia, la última obra suya estrenada en Madrid. Se trata de que esa preocupación de Shaffer por no claudicar del tono literario convierte a su teatro en un instrumento especialmente adecuado para que resalten las virtudes del actor. Como Amadeus, también Leticia es obra para actor, o. mejor en este caso, para actrices. Pero, entiéndase bien, Shaffer no pretende potenciar los aspectos histriónicos de la acción, sino que concibe el texto como como medio literario para el lucimiento elocutivo. La eficacia dramática se basa en la explotación del contenido discursivo. Los actores, más que comediantes son disertantes, y la intriga se basa más en la desenvoltura del texto que en los lances de la acción.
Leticia es una gran pieza, intensamente irónica. Sus sugerentes apuntes sarcásticos, controlados por un humorismo inocente, no enturbian con asperezas el tono satírico. La idea de Shaffer parece, en principio, centrarse en la oposición entre dos heroínas de muy diferente, casi puede decirse opuesto, semblante moral. Prácticamente, se trata de una obra de sólo dos personajes, y si Shaffer hubiera intentado dominar aspectos anecdóticos de la trama hubiera podido prescindir de todo el reparto para concentrar la tensión dramática en la confrontación entre Leticia y Lotte. Como quiera que fuese, la eficacia de la puesta en escena queda subordinada al oficio de las actrices que representen a las dos protagonistas, criaturas divergentes y complementarias que expresan mundos opuestos y sólo aparentemente incompatibles. Leticia es como un brote del pasado instalado por error en el presente, una pieza de museo que alguien hubiera situado en una vitrina equivocada, fuera de época. Imaginativa, nostálgica, arbitraria, encarna el individualismo aristocrático e historicista, simboliza la altivez de las tradiciones y el respeto a los valores perdidos. Lotte es todo lo contrario. El pragmatismo burocrático. la eficacia racionalista, la función adaptada al órgano. El contraste entre ambas personalidades es vigoroso y, lo más sugerente. ninguna resulta vencida o doblegada por la otra. Ambas se encuentran a partir de una distancia que puede parecer inconmensurable. Pero en ese encuentro reside el encanto de la pieza.
Puestos a señalar, pueden encontrarse muchos detalles artificiosos. Pero carecen de importancia. ya que para advertirlos hay que ponerse a reflexionar sobre ello deliberadamente. Lo importante es que la obra funciona, consigue algo más que el entretenimiento, la toma de conciencia, la comprensión de las limitaciones del mundo vivo, de los excesos y defectos de la actualidad.
Sin duda que parte de ese efecto no se produciría si, como en este caso. Leticia no viniera arropada por el saber hacer de María Fernanda D’Ocón. Cierto que Manuel Collado, pensando que ambos personajes son complementarios y que expresan las caras divergentes de una única moneda, decidió que las actrices intercambiaran periódicamente los papeles. Así que lo mismo hubiera podido ser que Amparo Baró representara Lettice en lugar de a Lotte. Pero el comentario ha de ceñirse a lo visto. Y lo visto es que María Fernanda D’Ocón saca del personaje Lettice un fondo de poesía y verosimilitud del que en gran parte depende la eficacia de la puesta en escena. La dirección de Collado es excelente. Permite al espectador saborear el texto literario. en el cual se advierten, no obstante, algunos anglicismos que con mayor cuidado del traductor hubieran podido evitarse.
Es cierto que no arreglamos nada al quejarnos cotidianamente y el denunciar, sin respuesta, que nuestras ciudades se han convertido en un caos, donde vivir es difícil. Pero la queja está justificada. Las ciudades nacieron, no caprichosamente, sino como respuesta a necesidades compartidas, para el encuentro y y la solidaridad. frente al aislamiento, inseguro, de la vida en la naturaleza. El hombre, al comenzar su andadura histórica, se agrupó en ciudades para unir y sumar esfuerzos más allá de la tribu. Se unió a otros hombres para su defensa, se unió a otros hombres para ofrecer y encontrar ayuda, desde la solidaridad. La simple consideración de esos comienzos y motivaciones hace que nos preguntemos hoy si son ciudades, nuestras ciudades, o si, lejos de ello, se han convertido en monstruos que nos esclavizan y destrozan.
Porque, a pesar de todos los pesares, se nos hace difícil pensar hacia el futuro, en una convivencia sin ciudades. Porque la civilización ha nacido de ellas y en ellas se asienta, a pesar de todos sus males y defectos.
Tal vez ocurre que de las antiguas definiciones que seguimos proyectando sobre nuestra idea de la ciudad, las de nuestro tiempo sólo han conservado las del pasado, ampliándose y extendiéndose. su emplazamiento y la memoria de su historia, que es memoria de cultura y de progreso, La memoria de los fenómenos colectivos que son cimiento de la civilización que hemos heredado, permanece en ellas y se abraza a las imágenes de sus heredadas arquitecturas, en tanto su realidad cotidiana se ha ido alejando cada vez con mayor rapidez, con el paso del tiempo y la aparición de nuevos factores integrados en la vida colectiva, del fin y razón de ser básico que les dio la vida. Conservamos la idea de que ser civilizado radica básicamente en ser ciudadano, miembro de una «civis» que etimológicamente liga los conceptos de ciudad y civilización.
Pertenecer a la ciudad ha significado participar en un grado superior de la convivencia, potenciador de esfuerzos colectivos superadores del egoísmo incivil y salvaje del individuo aislado. ¿Sigue siendo así?.
Nuestras actuales ciudades, paso a paso, han ido alejándose de ese ideal de encuentro para convenirse muchas veces en «guetos» económicos y sociales insolidarios que transforman a sus habitantes en miembros de multitudes solitarias pobladas por seres anónimos aislados en la masa.
Hoy aquel anhelo original de aunar esfuerzos para lograr una vida mejor y más segura, alcanzar un nivel de vida más pleno y feliz, nacido de un esfuerzo colectivo, difícilmente es aplicable a las monstruosas aglomeraciones urbanas que padecemos.
El desarrollo y evolución de las ciudades a partir de la Revolución Industrial las han convertido en anárquicas y deformes aglomeraciones imposibles para el encuentro, el conocimiento y la convivencia humana que en otros siglos fueron. Sin que desde esos abismos de desconocimiento pueda esperarse de ellas reacciones de solidaridad y de ayuda mutua, sino el puro trasvase de esas necesidades esenciales a los capítulos funcionales de las instituciones administrativas, alejados del valor de la vida, ahogados en los papeles de las reglamentaciones y de las normativas deshumanizadas.
El hombre en la ciudad de hoy no se siente amparado por ella, sino esclavo del monstruo que con su inconsciencia ha generado. El modelo histórico de la ciudad al que asociamos el concepto del «cives» ya no es aplicable a las ciudades de hoy, aunque muchas de sus ¡negables tentaciones nos hagan olvidar momentáneamente sus desdichas.
Y, sin embargo, la ciudad, como lugar de encuentro y solidaridad, debe ser reconstruida: el futuro feliz del hombre las hace necesarias.
Los hombres que habitamos las modernas aglomeraciones urbanas miramos con nostalgia a los pueblos apartados del tráfico o a las pequeñas ciudades donde aún es posible el paseo, el encuentro y el conocimiento mutuo de quienes cruzan sus pasos; donde la naturaleza es próxima y se abre el contrapunto de su constante presencia, donde aún es posible el silencio tras la jornada de trabajo.
La ciudad, con sus luces y su dinamismo, con sus múltiples ofertas, sus lugares de esparcimiento y de cultura, sigue siendo reclamo atractivo para el hombre que vive en el campo.
Lo es ahora como lo fue a lo largo de la historia, para las tribus itinerantes que deseaban conquistar Roma y las brillantes ciudades del Imperio.
La ciudad representaba para ellos poder, riquezas, comodidad, seguridad y cultura, de igual manera que hoy las grandes ciudades siguen ejerciendo su espejismo sobre tos hombres que no padecen sus males.
Los modernos medios de comunicación, y muy especialmente la omnipresencia de la televisión en todas las casas, acercan a todos los rincones de la tierra la falsa imagen de los paraísos urbanos, la tentación de la ciudad se ha convertido en una obsesión que sólo se abandona —si se puede— cuando la dura cotidianidad de vivir en ellas descubre la falsedad del reclamo.
Al descubrirlo, desde la realidad traumática de su devastadora vivencia, el hombre urbano adopta una de las tres soluciones que su razón le ofrece; Aceptar su ineludible realidad, contrapesando los bienes que la ciudad le ofrece a los males que por la ciudad padece. Aceptación que no siempre — casi nunca— supone conformidad.
Rechazar su imposición y huir al campo, eligiendo zonas urbanas más limitadas y menos tensas, donde la vida puede conservar su escala humana y donde el hombre puede sentirse aún protagonista compartido de un conocer y un ser conocido que le identifica, aun a costa de admitir las limitaciones que, sin duda, esta solución supone en aras de los valores positivos que le liberan.
Rechazar el proyecto de ciudad que se le ofrece y seguir viviendo en ella, clamando contra la ciudad, viviendo dolorosamente su cotidiana tortura en la esquizofrenia de una aceptación y un rechazo incompatibles.
La ciudad, las grandes aglomeraciones urbanas deshumanizadas en las que muchos aún vivimos, guardan, sin embargo, junto a sus terribles males, ventajas que se reconocen como ciertas.
La ciudad ha sido desde siempre. y hoy aún lo sigue siendo, centro de creación de cultura insustituible; la herencia histórica de sus monumentos, el patrimonio incuestionable de sus museos y bibliotecas, de las grandes instituciones de cultura que en ella se insertan, desde las universidades, los teatros y las grandes instalaciones deportivas, hasta los conjuntos urbanos decantados por el devenir de la historia. Estos elementos hacen de ellas patrimonios colectivos, testimonio de una aventura de cultura y de arte, vivido en común hasta convertirse en signo de identidad no sólo de quienes las habitan, sino de los que participan de ¡os valores culturales que les dieron vida.
Ante esas realidades contrapuestas que la ciudad ofrece de belleza y fealdad, de eficacia y de ineficacia, de seguridad y peligro, de solidaridad y enfrentamiento, no cabe la indiferencia. Las ciudades deben ser salvadas para guardar y proteger cuanto de positivo alienta en ellas, y no sólo como recuerdo y nostalgia del pasado, sino como motor y estímulo de una sociedad mejor, que no puede olvidar lo que ha sido su devenir, ni los ejemplos a superar desde una realidad distinta. Eso es así, sin duda, pero la ciudad debe ser recuperada depurando su actual realidad de los males que genera y de los males que padece, en la medida de lo que sea posible hacer… y lo que se puede hacer es mucho.
Para afrontar esa tarea que a veces parece imposible, hacen falta hombres con imaginación, capaces de trazar rumbos, rectificaciones y objetivos. Hombres que desde la eficacia de sus conocimientos técnicos parciales se ofrezcan a reducir a la unidad del hombre que habita las ciudades. la multiplicidad de sus abrumadores problemas.
Personas que entiendan que es el hombre quien habita la ciudad destinatario de todas las soluciones que se propongan, él hombre feliz que pueda encontrar en su entorno los estímulos para seguir creando futuro. En estos momentos ese hombre que habita las ciudades se ha convertido, en gran medida, en su esclavo y víctima. Personas que entiendan que es el hombre quien habita la ciudad destinatario de todas las soluciones que se propongan, el hombre feliz que pueda encontrar en su entorno los estímulos para seguir creando futuro. En estos momentos ese hombre que habita las ciudades se ha convertido. en gran medida, en su esclavo y víctima.
Las ciudades del futuro, y hablo de las ciudades que desde el pasado deben seguir caminando hacia el mañana y no de utópicas ciudades nuevas y desarraigadas, desprovistas de la fuerza generativa de la historia, deben comenzar a existir ya en la mente de quienes tengan voluntad de crearlas. Esta perspectiva, que se acomoda a las grandes ciudades actuales en su reto de supervivencia hacia el tercer milenio, no puede dejar indiferentes a los responsables de las ciudades que aún no han alcanzado los grados pavorosos de conflictividad y de esquizofrenia que pesan sobre aquellas. El proceso de degradación es imparable sí no se toman medidas rigurosas para atajarlo. Las grandes ciudades actuales pasaron antes por los estadios que hoy comienzan ya a gravitar sobre las que aún sobrenadan de la crisis aunque comienzan ya a sentir en su propia carne sus terribles advertencias.
Cuando menor sea su nivel de degradación, mayores serán las posibilidades de frenarla y menores sus costes, pero nada de eso excluye la urgencia de la acción renovadora. A menor escala los medios a emplear serán los mismos que para las grandes ciudades gravemente afectadas. Es hora de trabajar, No es hora para el lamento, la denuncia irresponsable, la tranquilizadora siesta.
Las ciudades del futuro. y hablo de las ciudades que desde el pasado deben seguir caminando hacia el mañana y no de utópicas ciudades nuevas y desarraigadas. desprovistas de la fuerza generativa de la historia, deben comenzar a existir ya en la mente de quienes tengan voluntad de crearlas. Esta perspectiva, que se acomoda a las grandes ciudades actuales en su reto de supervivencia hacia el tercer milenio, no puede dejar indiferentes a los responsables de las ciudades que aún no han alcanzado los grados pavorosos de conflictividad y de esquizofrenia que pesan sobre aquellas. El proceso de degradación es imparable si no se toman medidas rigurosas para atajarlo. Las grandes ciudades actuales pasaron antes por los estadios que hoy comienzan ya a gravitar sobre las que aún sobrenadan de la crisis aunque comienzan ya a sentir en su propia carne sus terribles advertencias.
Cuando menor sea su nivel de degradación, mayores serán las posibilidades de frenarla y menores sus costes, pero nada de eso excluye la urgencia de la acción renovadora, A menor escala los medios a emplear serán ¡os mismos que para las grandes ciudades gravemente afectadas. Es hora de trabajar. No es hora para el lamento, la denuncia irresponsable, la tranquilizadora siesta.
Las ciudades que hoy habitamos, son muy distintas de las antiguas ciudades de las que loman su origen y que llegaron, evolucionando espontáneamente y sin excesivos traumas, hasta mediados del siglo pasado. La Revolución Industrial, gestada en Francia pero desarrollada inicialmente en la Inglaterra de Dickens y de Marx, vino a romper su armonioso crecimiento.
La aparición de nuevas formas de poder, contrapuestas a la riqueza territorial y agrícola en que se había asentado la riqueza desde los albores de la historia, creó la posibilidad de establecer focos de desarrollo económico, no vinculados a la tierra, dando paso a la aparición puntual de nuevos asentamientos urbanos, junto a las fábricas de nueva creación, o los centros mineros fuente de la nueva energía Asentamientos urbanos que no crecieron al compás vegetativo del desarrollo natural de las familias ligadas al campo, sino de las necesidades y de los estímulos improvisados por los nuevos detentadores del poder económico. al compás de motivaciones de explotación, nacidas de la demanda de mano de obra que la nueva industria exigía.
El ferrocarril, por su pune, favoreció el desplazamiento masivo de ¡a población agraria a los nuevos centros industriales, impostados. a las viejas ciudades, elegidas entre las que presentaban mejores condiciones para la concentración o difusión de las materias primas y los productos manufacturados.
Los emigrantes no tenían capacidad para fijar libremente su residencia en las nuevas ciudades, como sucedía en las antiguas ciudades de lento crecimiento. rodeadas de espacios abiertos casi inagotables. Las viviendas de las nuevas aglomeraciones —que podrían llamarse moliendas con mayor justicia— se construyeron hacinadas en las peores ¿reas suburbanas, sin espacios libres para el tranquilo encuentro, agrupadas en sórdidas calles y barrios en las periferias de las ciudades antiguas, al L’ompás de los intereses especuladores de los nuevos ricos, detentadores del nuevo poder. Siguiendo el ejemplo de las nuevas ciudades industriales, también las que específicamente no lo eran y se convirtieron en centros de trabajo terciario, se fueron haciendo cada vez más desvinculadas del entorno agrícola del que antes tomaban vida, relacionadas con los centros industriales por el ferrocarril primero, y por el automóvil después, y más tarde al ritmo del desarrollo de los transportes por avión, que anulan la distancia. La llegada masiva del automóvil a las ciudades ha sido, sin duda alguna, en nuestros tiempos, desde el término de la primera Guerra Mundial, uno de los factores más perturbadores para mantener el carácter y dimensionamiento que antes tuvieron nuestras ciudades, pensadas para el deambular a pie. o cuando más a caballo, a través de sus calles, La difusión del modelo de ciudad americana, una vez terminada la primera Guerra Mundial, avalado por el deslumbramiento que la victoria de sus armas sobre los imperios centrales concedió a todo lo americano, ocasionó la mayor catástrofe que pudo abatirse sobre el riquísimo y noble patrimonio monumental de las ciudades europeas. Porque aquel modelo no nos servía, por pura inadecuación histórica v cultural.
La ciudad americana, sin tradición y, en la práctica, culturalmente inexistente, no había tenido en su génesis la lenta evolución que había ido dando forma a nuestras ciudades históricas. El ferrocarril y el automóvil no fueron para ellas, en consecuencia. factores de perturbación. sino que. muy al contrario, las modelaron y potenciaron creando un nuevo modelo, desde una perspectiva de tráfico, que no era coherente con las hermosas ciudades históricas de nuestro continente. En esto como en tantas «isas, e! deslumbramiento americano no fue positivo para la cultura europea, que sigue, con actitud sufrida, incomprensiblemente ciega a sus propios valores, tan alejados de los que están deformando nuestra propia imagen. El crecimiento industria!, por otra parte. propició el abandono del campo y las migraciones a las ciudades que se presentaban como núcleos de una vida más prometedora para la nueva sociedad masificada.
Nuestras ciudades, que no habían nacido a impulsos de programaciones preconcebidas, más que en muy puntuales circunstancias y jamás bajo tas pautas de un planeamiento urbanístico que nunca había sido necesario, tuvieron que adoptar planes de urbanización para dar respuesta a los problemas que la improvisación, la aglomeración y el tráfico habían promovido. Pero dichos planes, en la mayoría de los casos, tropezaron con la falta de experiencia de los inexpertos urbanistas, nuevos técnicos antes inexistentes, con la barrera que suponía la concentración de la propiedad del suelo en muy pocas manos y con el egoísmo especulativo de promotores, ciegos y ajenos a todo otro valor referencial que no fuera el del dinero.
El pastel estaba servido. Masificación, carencia del suelo, especulación incontrolada, improvisación, desprecio del valor humano de la vida, preminencia del dinero como único valor de referencia admitido, congestión de tráfico e insolidaridad.
Frente a esos problemas, las ciudades europeas reaccionaron tardíamente y al son de las palabras y propuestas que han destrozado las esperanzas de casi un siglo en nombre de los hoy desprestigiados mitos del capitalismo o del marxismo.
Una vez más los modelos adoptados eran inadecuados, como consecuencia de la falsedad global de los prototipos sociales que ambas doctrinas han representado, ignorando, por vías distintas y aparentemente contrapuestas, la centralidad del hombre en la estructura económica y política de la sociedad.
Tal vez ahora, hundido estrepitosamente el mito del nuevo paraíso marxista, y denunciado el capitalismo como doctrina que supedita los valores trascendentes del hombre al exclusivo valor del dinero, haya llegado la hora de formular también nuevas propuestas urbanas, que tengan a ese hombre como objetivo de su imaginación y de sus afanes, a ese hombre liberado de la supremacía del Estado y del lucro.
Ni la excluyente planificación de la Administración, convertida simultáneamente en ejecutora y propietaria de los planeamientos teóricos, al margen de las deseabilidades sociales.
Ni los planteamientos privados, parciales y demasiadas veces incoherentes entre sí y sin más objetivo que el beneficio económico de los promotores, convertidos por su propia propaganda en los únicos definidores de las deseabilidades consumistas de los destinatarios de una oferta manipulada, y cada vez más agobiados por el endeudamiento. han sabido encontrar las soluciones necesarias. Y sin embargo estas soluciones. que es preciso encontrar, son además posibles.
La novela galardonada con el Premio Planeta correspondiente a 1991 pone al lector en contacto con la más reciente historia de España, la misma vivida por Muñoz Molina desde su ciudad natal, Úbeda, que aparece aquí encubierta bajo el nombre supuesto de Mágina, y narra la peripecia humana del protagonista de la acción con evidentes rasgos autobiográficos.
El argumento se desdobla a través de dos planos que transcurren de modo paralelo, y coinciden en la ciudad de Mágina (Ubeda) aunque se muestran diferentes en cuanto a su temática. En el primero de los planos, Manuel, en su papel de protagonista-autor. evoca los años de su infancia al reconstruir el entorno familiar propio de labradores con recursos modestos, que logran salir adelante gracias a su trabajo abnegado y constante. En las difíciles circunstancias de los años cincuenta y sesenta, los padres sueñan con dar al hijo la formación y oportunidades profesionales que ellos no tuvieron, objetivo que logran plenamente.
El segundo plano temático nos remite a un panorama y época distintos, aunque se unen al relato anterior por coincidencia geográfica en la misma ciudad de Mágina, La otra acción nos sitúa en la España de 1936, en vísperas del alzamiento militar. El comandante Galaz es destinado a Mágina y allí le sorprende el golpe del 18 de julio. Gracias a su actuación, matando al oficial partidario de unirse a los conjurados, Mágina permanece fiel al gobierno de la República. Como consecuencia del hecho, Galaz es repudiado por su familia y deberá exilarse al término de la guerra civil.
EJ comandante Galaz se refugia en los Estados Unidos, se casa de nuevo y tiene una hija, Nadia, con la que vuelve a España posteriormente. Nadia se ve envuelta en problemas con la policía por su militancia izquierdista, y, harto de dificultades, su padre decide regresar a los Estados Unidos, para no volver. Pasan los años y el destino va a unir casualmente a Manuel y Nadia, haciendo coincidir las dos acciones paralelas en una sola. Los dos jóvenes llegan a conocerse por motivos profesionales y no lardan en establecer relación como amantes. Descubren su vinculación con Mágina y en largas sesiones amorosas alternan el sexo con la evocación de situaciones y ambientes familiares de infancia y juventud.
El relato cobra entonces verdadera dimensión literaria y gran atractivo, puesto que las páginas dedicadas a recordar a la familia de Manuel, padres, abuelos, amigos y convecinos, muestran una cálida ternura que las tiñe de viveza colorista, haciéndolas auténticas, llenas de realismo y valor humano. Surgen figuras tan pintorescas y castizas como las del médico jorobado, don Mercurio o la de Ramiro el retratista, que animan la reconstrucción de hechos históricos referidos a una España más ingenua y divertida, aunque menos desarrollada económicamente.
La novela de Muñoz Molina ofrece un argumento repleto de acontecimientos que abarcan un periodo de tiempo de varias décadas y que por ello resulta, considerada en su conjunto, demasiado sobrecargada de elementos narrativos que la alargan de forma tan excesiva como innecesaria, En realidad, asistimos a dos relatos diferentes integrados en uno solo, que no llegan en ningún momento a lograr esa unión de modo convincente.
Mayor homogeneidad y coherencia muestra el estilo, que se mantiene invariable a lo largo de la acción, pese a los frecuentes cambios espacio-temporales que salpican la trama argumental. En relación con la estructura narrativa, el autor utiliza unas construcciones gramaticales demasiado barrocas, trabadas a base de larguísimos párrafos con escasos diálogos que llegan a hacer la lectura verdaderamente fatigosa. El propósito de renovar la sintaxis tradicional del género novelístico con el empleo de frases en tercera persona lo lleva a cabo Muñoz Molina a través de inacabables períodos discursivos, siguiendo las técnicas de la novelística hispanoamericana de los años sesenta, hoy un tanto en desuso.
Se percibe la esforzada elaboración del autor con el fin de dotar a su obra de mayor profundidad y densidad de la alcanzada en sus tres relatos anteriores («Beatus Ule», «Invierno en Lisboa» y «Beltenebros»), pero dicho esfuerzo no está recompensado con el éxito final. Se observa que, además de la referida falta de hilación argumental y del abuso de recursos innovadores no muy afortunados, el autor incurre en tópicos de contenido político y sociológico propios del izquierdismo romántico profesado por algunos sectores juveniles españoles de la transición democrática, hoy instalados en el poder.
El artículo titulado «El Senado de las Autonomías», publicado por Antonio Fontán en Nueva Revista (núm. 19, p. 6), me incita a escribir estas líneas. Porque el autor menciona nuestro común saber en torno a la génesis del Senado en la Constitución de 1978; porque estoy en desacuerdo con las tesis que Antonio Fontán expone en el mencionado artículo —utilidad de la institución senatorial en sí misma y conveniencia de su reforma como parte de una revisión constitucional—; porque, en fin. tengo deuda de gratitud con Fontán, al que profeso, «desde otra ladera», amistad y respeto, que, desde luego, no prodigo entre los políticos españoles. Por eso no quiero desaprovechar el pretexto que me ofrece una cita y una discrepancia para escribir unas líneas en sincero homenaje jubilar a su persona.
Y vaya por delante la discrepancia. Yo no soy partidario de las segundas Cámaras en general, y menos aún en España. Por eso, al elaborar la Ley para la Reforma Política en los últimos días de agosto de 1976, abogué porque las futuras Cortes, que, además, habían de ser constituyentes, fueran unicamerales, y después mantuve el mismo criterio en las reuniones internas de UCD sobre cuestiones constitucionales… al menos durante los primeros meses del proceso constituyente. Hasta hablar con Fontán.
Mi empecinamiento antisenatorial se debe a dos razones que los pedantes llamarían estructural y funcional.
De una parte, las justificaciones mecánicas del bicameralismo son inútiles, y de ahí su declinar, salvo cuando la segunda Cámara. por responder a raíces sociales distintas de las de la primera, representa una diferencia.
Puede ser una diferencia estamental o de clase, como es el caso de las viejas Cámaras de los Pares o de ciertos senados europeos, donde han encontrado cobijo oligarquías rurales. Por eso no es casual que la anacrónica Cámara de los Lores británica sea el más funcional de los senados europeos, De ahí también los intentos, ya autoritarios. ya democráticos, de poner en pie senados neocorpo rati vistas. En el Austria de Dolfus; en Baviera o Irlanda. Puede el Senado, también, abrigar la representación de las diferencias inherentes a un Estado federal, al superponer a la representación de la unidad nacional en la Cámara Baja, las personalidades de los diferentes Estados federados. Tal es el caso del más poderoso de los senados hoy existente, el de los Estados Unidos de América. Y el ejemplo se repite en otras federaciones, con tanta mayor fuerza como vigor tiene cada federalismo.
El Senado, en fin, en un régimen autoritario, puede pretender conservar los valores o principios fundamentales que le sirven de legitimación. De ahí su nombre, Senado Conservador, en el constitucionalismo napoleónico y en las fórmulas de esta raíz derivada, cuyo último expórtente fue el Consejo Nacional del Movimiento.
Las interpretaciones de Montesquieu, de Tocqueville, de Sieyes, podrían servir de lema a estos tres capítulos de historia constitucional comparada.
De otro lado, las segundas Cámaras tienden, y la experiencia no deja lugar a dudas, a convertirse en secundarías. Y ello lleva a esterilizar en las mismas elementos políticos, que prestarían grandes servicios a la comunidad si se situaran, no en una institución marginada, sino en el centro de la arena política que se supone está en al Cámara Baja.
Para comprobarlo baste recordar lo que está ocurriendo en Gran Bretaña, Los pares con capacidad y vocación política han tenido que forzar en 1963 la posibilidad de renunciar a sus pairías con el fin de poder acceder a la Cámara de los Comunes y con ello a la posibilidad del liderazgo político que. de otra manera, les estaba vedado… igual que a los lunáticos o a los condenados. Y en el extremo opuesto del derecho y la práctica comparada, como hace años puse de relieve, las nuevas democracias surgidas de la descolonización, cuya carencia de clase política idónea es endémica y sus necesidades de representación de sectores minoritarios grande, tienden a llevar todo a una sola Cámara, para no desperdiciar capacidades ni marginar intereses recluyéndolos en un Senado.
Es claro que el Senado acuñado por la Constitución de 197K no responde a ninguna de estas razones.
No es, desde luego, un Senado estamental o de clase. Si algunos pudieron abrigar la esperanza de que la elección de cuatro senadores por provincia llevara a la segunda Cámara a los notables provinciales, cuyo conservadurismo, no se sabe bien por qué, se les supone, la experiencia de cuatro elecciones ha demostrado que no es así. Los senadores no son más «notables» que los diputados y la opción política que representan repite la dominante en el Congreso. ¿Por qué? Porque el elector, desde 1977 hasta hoy, para bien o para mal, no vota candidatos al Senado, sino opciones de partido más o menos personalizadas en su líder nacional, El Senado es, por su composición, reflejo del Congreso, y, una vez más, el obrar sigue al ser. No es de extrañar, pues, que a partir de una composición análoga, el Senado reitere, con deplorable pérdida de tiempo, las posiciones del Congreso, o, si las contradice, demuestre la incoherencia de algún que otro partido al pronunciarse en una y otra Cámara.
Y es claro que a fines del siglo XX . cuando las organizaciones sindicales están en crisis por doquier, carece de sentido en España un Senado corporativo como el que en su día propusiera Méndes France.
Tampoco es el Senado español una Cámara de representación federal porque no es federal ni puede serlo el Estado de las Autonomías y la eufémica «representación territorial» de que habla el artículo 69.1 de la CE no es sino una expresión carente de sentido. Me explico.
El Senado no puede representar a las comunidades autónomas como el Consejo Federal alemán representa a los Länder, o el Senado de los Estados Unidos a los «Estados indestructibles», porque las comunidades autónomas son heterogéneas entre sí. La diferencia entre Cataluña v Murcia o en tre Euskadi y Madrid no es meramente cuantitativa, como la que media entre Vermont y California, sino cualitativa. Euskadi o Cataluña, según afirma su propio Estatuto, parten de nuestro bloque de constitucionalidad, son expresión de una realidad nacional: Navarra es una Comunidad Foral cuya autonomía tiene un claro carácter paccionado. Pero la Comunidad de Madrid es un puro invento al que yo, que soy madrileño por los cuatro costados, no me atrevería a calificar con Burckhardt de «obra de arte» aunque, por su coste, pudiera parecerlo. La heterogeneidad de las autonomías españolas hace difícil, cuando no imposible, sentarlas en torno a una mesa común ó debatir sus problemas en una asamblea federal y, en tal sentido, augura la esterilidad de los bien intencionados esfuerzos que, parece, van a acometerse en tal sentido. Lo mismo digo de los intentos federal izantes. Pero, ¿qué ocurre con la llamada «representación territorial»? El equilibrio territorial absoluto, ¿no lo rompe el propio artículo 69.5? El equilibrio territorial relativo, ¿no lo garantiza ya para el Congreso de los Diputados el artículo 68,2 de la CE y la correspondiente Ley Electoral? ¿Acaso el senador de Huesca y el de Almería no representan más una opción política, como sugiere el propio artículo 66.1 de la CE, que un interés territorial? ¿Son homologables las representaciones del senador elegido en Toledo y el designado por el Parlamento de Cataluña? Si es así, no se explica la dualidad de orígenes; si no es así, se explica aún menos la unidad de la función.
El Senado de 1988 no es, en fin, un Senado conservador porque, felizmente, nuestra democracia es abierta.
¿Qué es entonces nuestro Senado?
En cuanto a su composición, un mero instrumento de expansión de la clase política. Lo fue en sus orígenes, cuando los redactores de la Ley para la Reforma Política jugaron astutamente con la segunda Cámara y las modalidades de su composición para seducir a los consejeros nacionales del Movimiento, en aquellas fechas procuradores natos en Cortes, y arrancarles el dulce sí. Lo ha sido después, cuando los equilibrios internos de los partidos han encontrado en las candidaturas senatoriales aliviadores a sus tensiones y problemas. En un libro importante (El retorno de la sociedad civil), mi admirado amigo Víctor Pérez Díaz ha puesto de relieve la peligrosa tendencia de toda clase política a ponerse de acuerdo para aumentar su poder. La proliferación de las instituciones, incluidas las parlamentarias, podría ser una consecuencia de ello. Los consejeros económico-sociales y la fronda institucional europea, la continuación.
Si ésta es la composición del Senado, ¿cuáles son y pueden ser sus funciones, más allá de la mera letra de la Constitución? En el peor de los casos, una reiteración de los trabajos del Congreso. En el mejor, una distribución de tareas entre una y otra Cámara. Pero una distribución que no suponga tajar las cuestiones por la mitad, v. gr., tratando parte de los asuntos exteriores o hacendísticos en una asamblea, y parte en otra, sino atribuyendo al Senado y al Congreso grandes bloques de competencias y ajustando a éstas la organización interna de una y otra Cámara, Hasta ahora, el carácter colegiador de ambos cuerpos lleva a calcar sus estructuras y a proyectarlas, con daño de la funcionalidad de las dos, en las tareas de control y deliberación política.
Todo esto se intuía ya en el verano de 1977. cuando los diputados y senadores de U C D nos preparábamos para la tarea constitucional. y yo muy especialmente como ponente redactor del proyecto de Constitución. Y todos ES IOS argumentos los expuse en las reuniones de nuestros grupos parlamentarios y en las más restringidas que el presidente Suárez convocaba en la Moncloa.
Es entonces cuando surge la anécdota. Yo vivía en Zurbarán n.» 20, y Antonio Fontán pocas manzanas más allá, en la calle Marqués de Riscal. El día 29 de septiembre se vino a desayunar a mi casa y, tras felicitarme por mi santo, abordó el futuro constitucional del Senado, del que era presidente. Sus argumentos fueron éticos y estéticos y, por lo tanto, sumamente eficaces frente a mi concepción, racionalmente basada en las tesis más atrás expuestas.
El Senado, arguyó por una parte, existía ya en virtud de la Ley para la Reforma política y empalmaba con la tradición constitucional española, sólo rota, desde 1834, por las experiencias dictatoriales (proyecto de 1929. Leyes Fundamentales de 1945 y 1966) y por la República. ¿Cómo un historicista como yo iba a oponerse a una institución en pie y con tan sólidos precedentes? ¿No habíamos ya triturado demasiadas instituciones y quebrado no pocas tradiciones? ¿Por qué no fomentar la continuidad constitucional para alentar el sentimiento constitucional?
De otro lado, dijo, la recuperación del edificio y mobiliario del Senado iba muy avanzada, y, gustos aparte, a su juicio no quedaría ni bonito ni feo, sino «como estaba antes». Tal argumento no dejaba de hacer mella en un seguidor de Suvigny.
Por último, su presidencia era garantía de seriedad, prestigio y flexibilidad. Tampoco sobre ello me cabían dudas y no andábamos sobrados de tales virtudes aquellos días en las Cortes. Claro está que no lodos estos argumentos se mostrarían válidos con el tiempo.
Me convenció por la «frescura», en todos los sentidos del término, de su argumentación. Y porque, a continuación, abordamos otras cuestiones que me demostraron, una vez más, el gran sentido política con que Fontán contemplaba los principales problemas constitucionales. Tales la posición de la Corona o las autonomías históricas. Unas cuestiones en las que yo andaba a la búsqueda de aliados.
Cesó, en consecuencia, mi oposición al Senado, y ello produjo alivio no sólo entre los más convencionales pensadores de UCD , sino en la propia Ponencia redactora del texto, donde hasta la izquierda se decía unicameralista por vocación, pero prefería resignarse al bicameralismo.
Estos argumentos con que Fontán llegó a convencerme son los mismos que yo invoco ahora para oponerme a la reforma del Senado. Ya que lo tenemos, conservémoslo. Las propuestas de reforma del Senado hasta ahora formuladas me parecen de escasa fortuna. Si los defectos de nuestro Senado se deben a que siguió arcaicos ejemplos europeos de segunda Cámara rural y provincial, el Senado que ahora algunos proponen responde a ejemplos, por cierto no menos arcaicos y en todo caso disfuncionales, de Cámara federal. Y digo disfuncionales porque España no es un Estado federal y, lo que es más importante, la sociedad española no es federal, sino diferencial: aquélla donde se dan magnitudes no sólo diferentes entre sí, sino, además, heterogéneas. Como Escocia lo es respecto de Kent o Cataluña y Euskadi lo son respecto de Madrid.
Por eso. al menos, nuestro actual Senado tiene la virtud de atribuir una representación propia a las provincias que en España toda —salvo en Cataluña— son los más enraizados y vigorosos entes de la vida local. Y. además, atribuir una representación a las Comunidades Autónomas que, cantidades aparte, resulta tanto más vigorosa cuanto lo es la personalidad autonómica en cuestión.
Eliminar la representación de las provincias para convertir al Senado en un Consejo Federal a la germana, a mi modesto entender, agravia a todos. A las grandes entidades liislórico-políticas con clara vocación nacional, porque los problemas de los hechos diferenciales no pueden ser subsumidos en las cuestiones y representaciones de quienes somos ajenos a tales hechos. Y a quienes somos abuJenses, segó vi a nos y jienenses, porque las provincias centenarias no pueden disolverse de un plumazo.
El Senado se define como Cámara de representación territorial. Expresión por cierto nada afortunada y sumamente equivoca. Pero de la cual, al menos, es preciso sacar una consecuencia: la representación de los territorios españoles ha de tener en cuenta la heterogeneidad de sus diferentes personalidades. Si el resultado es que el Senado no sirve como órgano de participación de las Comunidades Autónomas en la formación de la voluntad estatal, ¡qué le vamos a hacer! Habrá que buscar otro. Otro que parta de distinguir realidades a no discriminar.
Esta frustrante opción me lleva a soñar con un nuevo tipo de Senado tan deseable como imposible a corto y aún a medio plazo.
Frente al Senado Conservador de los Estados autoritarios, la democracia española debería contar con un Senado Innovador, idea ya propuesta, creo, por el ilustre senador regio que fue José Luis Sampedro.
Cuerpo no legislativo, dedicado al debate de iniciativas sobre grandes cuestiones de futuro a presentar después al Congreso y al Gobierno. ¿Acaso asuntos tan importantes como la ecología en serio, o la contribución española a la Comunidad Iberoamericana de Naciones, o el cierre de nuestras fronteras en el Estrecho, o el futuro de nuestros idiomas castellano y catalán en América y el Mediterráneo occidental, o el relanzamiento de nuestro tejido fundacional, no son cuestiones que merecen un tratamiento metapoiítico, «sine ira et studio», antes de deliberarse en el Consejo de Ministros o el Congreso de los Diputados?
Para ello sería útil un Senado de personalidades independientes, designadas por cooptación e inamovibles hasta cierta edad. Un Senado con tiempo y capacidades para inventar. Porque la democracia de masas tiende a la rutina y a la inercia y la historia por hacer nos exige anticipar, no ya las soluciones. sino, incluso, la intuición de los problemas. Es ciaro que los diputados y ministros, democráticamente elegidos y democráticamente responsables, son los únicos llamados a decidir.
Pero no siempre los más idóneos ni por vocación ni por capacidad para intuir lo que a largo plazo están llamados a debatir y optar. Para ello debería servir un Senado Innovador. Pero si esto es deseable, no me parece posible por ahora. De una parte, faltará voluntad para hacerlo. La clase política carece de la generosidad y la humildad necesaria para devolver a la sociedad tan importante función. Sí se politizan, con «p» minúscula, los claustros, los colegios profesionales y las academias, ¿cómo pretender que se politice. con grandes mayúsculas, el Senado?
De otra, abordar reforma tal exigiría una revisión constitucional, y yo creo que nuestra Constitución no debe ser reformada en una sola tilde hasta que, tras varios decenios de vida y alternativa democrática, su espíritu esté tan asumido por la sociedad como para poder modificar su letra. No es hora de modificar las instituciones, ni siquiera de criticarlas demasiado. Es hora de prestigiarlas. Como con el Senado hizo Antonio Fontán en las Constituyentes.
Vitoriano Reinoso Reinoso (Consejero delegado de Unión Fenosa).
1. ¿Desde su subsector, cuáles son las carencias de planificación estratégica que tiene el PEN?
Las directrices de política energética que para esta década establece el Plan Energético contemplan algunos aspectos que creo son relevantes para la planificación estratégica del sector eléctrico.
El primero sería un crecimiento de la demanda final de energía eléctrica de un 3,44% anual para la década. En mi opinión. es claro que este crecimiento constante y acumulativo deberá verse refrendado por los acontecimientos y por el desarrollo económico real, y por ello el PEN debe verse como una orientación con flexibilidad suficiente para adaptarse a los acontecimientos e incertidumbres del futuro, incluyendo las asociadas a opciones energéticas que contempla este PEN.
El segundo aspecto de interés es que se prevé un escenario internacional con precios de los productos energéticos moderados.
Las crisis de los setenta, y la reciente crisis y guerra del Golfo mi Pérsico, no deberían hacernos olvidar la inestabilidad de los precios del petróleo y el hecho de que en las situaciones de precios elevados y de incertidumbre de los aprovisionamientos el ahorro energético cobra impulso propio.
No parece, pues, que el escenario de precios moderados se la situación de la Europa Comunitaria. Se debería haber tenido en cuenta la experiencia de algunos de los países miembros de la CEE más desarrollados que España desde un punto de vista socioeconómico, sin olvidarse de las empresas generadoras de electricidad, así como del propio usuario.
Una ley consensuada con todas las fuerzas sociales y que establezca unos principios de funcionamiento, para que una liberalización futura, insistimos, no contemplada en el actual PEN, no desemboque en sobreexplotaciones, abusos y en problemas socioambientales. Tal ley puede ser positiva, de acuerdo con nuestra idea del papel que debe asumir el nuevo Estado ante la crisis de la economía planificada y el papel de empresario que ha venido desarrollando; idea de mercado en relación con la iniciativa privada pero controlando sus efectos y actuaciones. Lo que ya no se entiende es la formulación de esa ley y la elaboración futura de un plan de calidad global; ¿acaso no se puede considerar la calidad del servicio y de la generación en ella?; ¿qué persigue ese plan de calidad? Incluso a la hora de su futuro desarrollo se habla de considerar el binomio gobierno central-comunidades autónomas, cuando estas últimas no han sido tenidas en cuenta a la hora de elaborar e! PEN, y por otra parte no se cita la necesidad de contar con instancias superiores, caso de la Europa Comunitaria, o inferiores, empresarios y usuarios. En definitiva la futura ley o un nuevo plan de calidad, son aspectos que oscurecen la futura trayectoria del subsector eléctrico, dentro del contexto energético, determinando una inquietud justificada en el empresario y en el usuario, enfrentándose a la propia filosofía o declaración de principios del PEN. tendente a esa posible liberalización.
Ya más centrados en el análisis concreto de la oferta energética en relación con las fuentes de aprovisionamiento, un segundo principio que subyace en el PEN (el primero sería ése ya definido, de ir eliminando la participación del petróleo, mediante una política de hipotética di versificación de fuentes), es el referente a la opción nuclear. frenando su desarrollo futuro y manteniendo la moratoria. Para unos puede ser positivo, para otros negativo, cuando se opta por algo siempre se desencadenan diferentes opiniones. Me parecería positiva y loable dicha opción si detrás de ella de verdad hubiera una justificación clara y no sólo una justificación política ante determinadas presiones sociales, que con frecuencia desconocen el coste que se está pagando o se puede pagar. No se especifica en qué medida grava sobre el consumidor dicha moratoria, ni tampoco que para mantenerla ha sido preciso suscribir un contrato con Francia de 1000 Mw, muy unido a esa forma de producción, que está próxima a nuestra frontera, que financiamos, no controlamos y caso de un accidente, sufriríamos igualmente sus efectos.
Por otra parte, resulta difícil encajar la posición de una parte del Gobierno español, hay opiniones enfrentadas, tal y como se manifestaron algunos de sus miembros en los tiempos previos a la elaboración del PEN. con la idea que subyace en él de exportar y transferir tecnología nuclear a la Europa del Este y a la actual UES. Si se rechaza esta forma de producción, con la tecnología disponible, porque no es positiva, debe entenderse ese rechazo a todos los espacios. Además, sería bueno que se dijera en qué va a consistir, y qué componente nacional va a tener, puesto que nuestra dependencia externa al respecto es muy fuerte. ¿Podría tratarse del desmantelamiento compagine bien con el ambicioso programa de Ahorro y Eficiencia Energética que e¡ Plan contempla. Por ello, en mi opinión, este aspecto requerirá un seguimiento y atención especiales.
En tercer lugar, y no menos importante, hay que señalar la prioridad que se da al carbón nacional y a los autoproductores, cogeneración y renovables —fundamentalmente minihidráulica—.
El carbón nacional es una opción reconocida como cara, y no debe olvidarse que el sector eléctrico tiene ante sí el reto de! mercado interior de la energía, en el que es inevitable una mayor competitividad. Por ello debe señalarse la importancia de que el precio del carbón nacional para usos eléctricos se aproxime al de importación.
Los pequeños autoproductores presentan inconvenientes para la gestión unificada de la explotación, y para las de mayor (amaño se prevé su incentivación. En mi opinión, es importante que este deseo de incentivar no vaya en detrimento de la explotación unificada ni suponga un sobrecoste para las empresas eléctricas.
2. ¿La opción gasística por la que se define el PEN es real?
Me parece preocupante el impacto que el abandono definitivo del proyecto de Valdecaballeros pueda tener para la capacidad tecnológica en el área nuclear de nuestro país, con las negativas consecuencias que puede tener para el desarrollo futuro. España había desarrollado, al amparo de la construcción de un parque nuclear, una capacidad tecnológica, tanto en provecto como en fabricación de equipos y construcción, que además de abrir posibilidades al exterior era una garantía adicional en la cobertura de la seguridad de estas instalaciones. Estas capacidades ya han empezado a perderse, y a partir de ahora se acelerar el proceso.
3. ¿Por qué es un error, que habrá que rectificar en el futuro, el mantenimiento de la moratoria nuclear?
Creo que en la apuesta por el incremento del consumo del gas natural pueden distinguirse dos períodos diferentes. El primero es el primer quinquenio de esta década, en el que el gas natural aumenta su consumo, debido en gran medida al uso del gas en cogeneración. Ya he señalado que el impulso previsto para la cogeneración debe examinarse con cierta cautela, y hemos de aguardar para ver la capacidad de realización de este tipo de unidades, a lo que. sin duda, no será ajeno el marco económico y regulador de las mismas, en particular en cuanto a su imbricación en el sistema eléctrico.
El segundo período iría desde 1995 al año 2000. Aquí las directrices energéticas apuestan decidida y fuertemente por el gas natural, bajo el supuesto de un fuerte incremento de su consumo para generación eléctrica, tanto en remodelaciones, o «repowering». de Centrales Térmicas Convencionales existentes, como en ciclos combinados nuevos.
Hay que indicar que los estudios de rentabilidad de este tipo de inversiones muestran una notable sensibilidad al precio del gas natural, precio que el Plan reconoce que estará en gran medida ligado al de los derivados del petróleo, sobre los que ya hemos señalado su volatilidad.
Por otra parte, los aprovisionamientos de gas para atender la demanda adicional prevista vendrían en su totalidad de Argelia, encontrándonos al final de esta década con un grado de autoabastecimiento del 2%, y cubriendo los suministros de Argelia el 811% de las importaciones de gas natural, hecho éste cuyo riesgo estratégico debe señalarse.