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Ver productosSentimientos dispares causa al espectador la historia de esa «singular pareja» que forman, en el teatro Fígaro, Amparo Larrañaga e Iñaki Miramón. Si no hubiera una historia verdadera iras estos dos curiosos y originales ejemplares del género —del género humano, se entiende—, poco o nada habría que objetar al ingenioso diálogo y no menos divertida trama elaborados por Jean Noel Fenwick, autor francés del que. salvo que mi frágil memoria no me juegue una más de sus habituales jugarretas, no conozco obra alguna. En efecto, lo que alienta por detrás del artificio de ¡a escena no es una relación histriónica entre dos científicos de opuesto sexo, a cual más estrafalariamente disparatado. Si eso fuera todo, el espectador asentiría complacido a los enredos de la intriga y a los equívocos del diálogo. Tal vez podría, en su interior, pero muy lejanamente, lamentar la falta de una mayor ambición dramática por parte de un autor que en su derecho está de usar los personajes en la justa medida de sus pretensiones.
Pero es que no se trata de dos anónimos sabios distraídos cualesquiera, sustraídos por la imaginación para abstraer con sus ocurrencias a un público complaciente. No. Es que tienen nombres propios. Uno se llama Pierre Curie, y ella, ah, ella es Marie Curie, la única persona, y otra vez tengo que apelar a la fragilidad de la memoria por si cometo error u omisión, que ha ganado el Premio Nobel dos veces, una, la primera, en Física, compartido con su marido y el físico Beckerel, y otra en Química y sin compartir, ya después de que hubiera muerto su esposo.
A propósito del encuentro en la Universidad de la Sorbona de estos dos asombrosos personajes, Fenwick construye una divertida narración en la que cuenta cómo descubren la radiactividad del uranio primero, y la existencia después, de un nuevo, por hasta entonces desconocido, y más poderosamente radiactivo mineral, el radio, razón por la que se les otorgará el apreciadísimo premio.
Como se dice ahora, aunque habría que saber por qué se dice de manera tan horrible, Fenwick ha concebido la representación «en clave de» comedia y no «en clave» dramática. Eso de «en clave de» o de «en clave» resulta un poco hortera a oídos puritanos, pero comienza a ser lugar común en los comentarios cinematográficos y teatrales. Como el lector entiende bien lo que se le quiere decir, aceptamos la expresión no tanto para «darle gusto» como para señalar nuestro disgusto por ceder a ella.
Naturalmente, el autor teatral está en su derecho de elegir la «clave» que desee aplicar a su obra. Pero el crítico lo está también para comentar el exceso de dependencias o de servidumbres que esa adopción entraña para quien la acepte de un modo tan incondicional como lo hace Fenwick, es decir, hasta el extremo de subordinar la historia a los efectos cómicos, y desentenderse de la intensidad dramática de los conflictos interiores. Actitud que sin duda provoca la coexistencia del apasionamiento científico con el instinto conyugal v maternal, y la densidad, en suma, de la vocación científica entendida como ideal sublime y absorbente. Estos aspectos, con toda probabilidad los más importantes en tan altas personalidades de la ciencia, están sólo esbozados, tratados con excesiva superficialidad, sin exigencia y sin intensidad. El espectador tiene la sensación de que al autor le ha sobrado la historia verdadera de esta pareja excepcional y ha elegido el camino más rápido, o sea, en este caso, el de olvidarse del cuidado de los datos biográficos para imaginar sobre la escena un anecdotario artificioso que conservase, no obstante, lo esencial de la biografía. Lo esencial, se entiende, para identificar la historia, aunque no tanto para reconocer el mundo interior de los personajes ni el exterior de las circunstancias.
No se trata de un atentado grave. Además, ¿hasta qué punto se puede exigir a una obra de ficción, y que como ta) se presenta, la fidelidad de un documento científico? Evidentemente se trata de géneros diferentes a los que no se puede aplicar el mismo rigor. Pero el reparo expuesto se refiere más a la veracidad e intensidad del conflicto entre sentimientos afectivos o ideales compartidos por los personajes esbozados a través de un anecdotarío más o menos caprichoso. que a la pulcra observancia de los hechos históricos por el adaptador creativo.
Lo dicho, pues, constituye la parte, diríamos, negativa del comentario, la explicación de por qué el espectador sensible y exigente, a pesar de haberse entretenido y disfrutado, e incluso de haberse reído sin freno en numerosas ocasiones, salga insatisfecho, como si le hubiera sabido a poco el pastel. La parte positiva del comentario se cifra, pues, en lo visto, no en lo que alguien, con especial escrúpulo, hubiera, además, deseado ver.
Tomando como pretexto —y eso es lo que hay que reprochar: que la historia es pretexto para la comedia más que texto de la comedia— la vida, muy anecdótica y ligeramente interpretada, de los esposos Curie. Jean-Noél Fenwick ha construido una comedia francamente divertida, ligera, graciosa, amable y entretenida. Algo superficial para lo que pudiera haber sido, pero autosuficiente como comedia de entretenimiento y, en muchos aspectos, notablemente didáctica. Pienso que sería el tipo ideal de teatro para aficionar a adolescentes en época de selectividad, interesándoles al mismo tiempo por el arte cómico y por la curiosidad científica. Algunas escenas podrían figurar en una antología de la comedia de humor, como aquella en que Pierre Curie traduce al polaco al Rector de la Sorbona, que trata de comunicarse con una Marie Curie que entiende perfectamente el francés, aunque sólo en el reservado del laboratorio. Hay oíros muchos pasajes dignos de mención, pero éste es, sin duda alguna, el más original y logrado, y el público, que así lo entiende, aplaude de modo espontáneo. En suma, el espectador disfruta con la sorprendente psicología de estos protagonistas, tan geniales como distintos del común, capaces de inventar sobre el escenario un carricoche para niños, pocos momentos antes de que aporten un nuevo mineral a la tabla periódica de elementos. El autor trata con amabilidad a sus directivos, más incompetentes y burocráticos que sus excepcionales subordinados. Aquéllos atentos, casi en exclusiva, a la explotación personal de un éxito del que no son creadores, éstos desinteresados del éxito y preocupados en exclusiva por el valor objetivo o ideal de sus descubrimientos.
Juan José Arteche ha presentado una versión española muy aceptable, lo cual no es de extrañar, pues está en consonancia con un ya muy probado oficio como adaptador de comedias. Se ha permitido algunas licencias expresivas, concesiones a la vulgaridad, innecesaria, sin duda. a quien sobra pericia literaria. Ignoro si el original condesciende hasta ese punto con la jerga dominante. La dirección de García Moreno explota con habilidad el ingenio contenido en el libreto. Los detalles escenográficos y técnicos están bien calculados y la actuación del reparto está en armonía con la intención, principalmente humorística, del autor
Bajo la dirección y coordinación del profesor de la Universidad de Alcalá de Henares Javier Paredes, se ha publicado recientemente un conjunto de estudios dedicados a analizar diversos aspectos de la historia de España del siglo XIX. Este propósito, llevado a cabo por un grupo de catedráticos y profesores universitarios, demuestra el gran interés que encierra esta época en relación con la actual y el notable progreso de la investigación histórica alcanzado por las últimas generaciones de especialistas en este período.
Los estudios se agrupan en dos partes de extensión desigual. La primera, dedicada al tema general «El Antiguo Régimen y la Revolución», viene integrada por cuatro capítulos, que corresponden a: «Los españoles de dos mundos», por José Andrés Gallego: «La monarquía hispana ante la Revolución», por Juan C. Gay Armenteros; «Revolución y Contrarrevolución en España y América (1808-1840)», por Alfonso Bullón de Mendoza, y «La crisis económica del Antiguo Régimen en España (1800-1840)». por Cristóbal García Montero.
La segunda parte, bajo el titulo «La España liberal», ofrece los siguientes estudios: «La nueva sociedad: permanencias y cambios», por Germán Rueda Hernanz: «El Estado liberal español, 1834-1874», por Manuel Rodríguez Alonso; «El reinado de Isabel II y el sexenio revolucionario», por Javier Paredes Alonso; «Las relaciones internacionales de España {1840- 1874)», por Juan Bautista Vilar; «Los grandes movimientos culturales», por Cristina Viñes Millet; «La economía española en el siglo XIX», por Juan Velarde Fuertes; «La cuestión social en la Restauración», por Elena Maza Zorrilla; «El turno pacífico y los grupos marginados (1874-1889)», por Leandro Álvarez Rey; «La política exterior y el 98», por José Javier Sánchez Aranda, y, por último, «La cultura de fin de siglo (1875- 1900)», por Luis de Llera Esteban.
Antes de iniciar ningún comentario, hemos preferido proceder a la enumeración previa de los temas articulados en este volumen, consignando al mismo tiempo los autores para que el lector pueda hacerse una idea precisa del contenido y alcance de los trabajos, así como de la reconocida capacidad de los estudiosos que participan en la obra.
Los grandes temas tratados aluden a la España del Antiguo Régimen, a los procesos revolucionarios iniciados a la desaparición del rey don Fernando VII y al surgimiento y evolución de la nueva España liberal, hasta culminar con el final de aquel siglo XIX, que se cierra con tan sombrías perspectivas para nuestro país. El interés de una obra de estas características radica en su diversidad —cada autor ofrece sugerencias e interpretaciones originales de los acontecimientos tratados— , al mismo tiempo, en la coincidencia sobre el modo comprensivo, amplio e imparcial de abordar el estudio de la historia.
Se percibe la búsqueda rigurosa y objetiva de los hechos tal como ocurrieron y dentro de ¡as circunstancias que los configuran. Son, pues, tales hechos los que mandan, marcando a cada historiador el camino a seguir en el esclarecimiento de la verdad, sea esta verdad del signo que sea. Y es que al acontecer histórico no es honesto manipularlo con el fin de que responda a unas determinadas ideas preconcebidas.
Un aspecto de gran interés estriba en la atención concedida a las posesiones de ultramar, en trabajos rigurosos como los de «Revolución y Contrarrevolución en España y América», «Los españoles de dos mundos» y «La política exterior y el 98», temas que aparecen plenamente insertados en la evolución de los sucesos dentro de la Península y no como algo ajeno a la realidad interior hispana. También se observa una adecuada valoración de las cuestiones sociales, económicas y culturales que tantas veces condicionan y alteran los hechos, aportando los autores datos decisivos para la interpretación de movimientos revolucionarios, guerras carlistas, posiciones políticas desamortizadoras contra los bienes eclesiásticos, actitudes laicistas sectarias, mentalidades de época, elementos que acreditan la visión esclarecedora predominante entre los colaboradores del volumen. El coordinador, profesor Javier Paredes, autor también del trabajo dedicado al reinado de Isabel II y al sexenio revolucionario, ha logrado presentar, gracias a la distribución de lemas y acertado enlace entre unos y otros, la historia del XIX español dentro de un marco integrador que le da sentido. Y, al mismo tiempo, sitúa a nuestro país dentro de la lógica histórica general, pero particularmente la europea y americana, los dos polos en los que se ha debatido nuestro destino a lo largo del siglo XIX.
Queda España incorporada — y no aislada, como repiten algunos tópicos al uso— a las corrientes internacionales de la historia para mostrar, como hace el profesor Rodríguez Alonso en su trabajo sobre el Estado liberal español, que seguimos el ritmo global del mismo proceso histórico europeo y que, por tanto, no somos tan «diferentes» como muchos han repetido de una u otra forma.
La metodología utilizada, el modo sintético de exponer los temas y la consciente reducción de citas al mínimo indispensable hacen la obra adecuada para universitarios, estudiantes de licenciatura en historia, así como para cualquiera que desee disponer de un instrumento adecuado de análisis que le proporcione, al mismo tiempo, un panorama coherente y bien elaborado sobre la España del XIX.
Cuando el proceso de transformación de los países de Europa centro oriental sigue aún abierto, el profesor Ralf Dahrendorf presenta sus reflexiones sobre las esperanzas y los riesgos que la nueva situación plantea. La esencia de su argumentación es que estos países «no han desechado su sistema comunista para abrazar el sistema capitalista: han desechado un sistema cerrado para crear una sociedad abierta», en la que hay muchas vías diferentes hacia la libertad.
El profesor de Oxford es reacio a interpretar estos cambios como una batalla entre sistemas. Los sistemas le parecen siempre algo cerrado, mientras que la libertad reclama una evolución constante. En este sentido, confiesa sentirse más cercano a Popper que a Hayek («Como Marx, Hayek conoce todas las respuestas»).
Esta postura no implica que sugiera a estos países una «tercera vía», que sería a su vez otro sistema. Al contrario, éste es uno de los espejismos que expresamente rechaza. A este respecto, advierte a los países excomunistas que la socialdemocracia no es hoy un camino intermedio, pues está agotada. De una parte, porque muchas de sus reivindicaciones han sido ya asumidas, y su propio éxito le ha privado de su base social tradicional; de otra, porque la gente quiere hacer las cosas a su manera en lugar de depender de una burocracia.
Lo importante es crear el marco constitucional y social que permita el desarrollo de una sociedad libre. A partir de ahí, se pueden elegir diversas soluciones. El capitalismo de tipo norteamericano es sólo uno de los caminos posibles, y pocos países lo han adoptado. Las estructuras económicas de los países desarrollados difieren en muchos aspectos significativos. Y también los países de Europa central tendrán que buscar cada uno su propio camino.
Dahrendorf señala tres procesos paralelos que se requieren para recorrer la senda hacia la libertad: la reforma constitucional, el cambio económico y la creación de una sociedad civil. Y de las tres condiciones, la tercera es la clave. La sociedad civil es la que permite superar las divergentes escalas de tiempo y las tensiones entre las reformas política y económica. Sólo un cimiento social firme puede hacer que la Constitución y la economía aguanten tanto los tiempos de bonanza como los tormentosos. Así pues, una de las grandes tarcas de estos países es alentar la variedad de asociaciones e instituciones que pueden enriquecer el tejido de la sociedad civil.
Por último, Dahrendorf se plantea las repercusiones que tendrá la emancipación de los países del Este en el proceso de la unidad europea. Un proceso en el que detecta tanta esperanza como confusión, y que se complica con el resurgir de los nacionalismos.
El libro de Dahrendorf, escrito en forma de carta, no pretende ser un tratado ni un recetario. Nada más lejos del talante del profesor de Oxford, enemigo de los puristas y de los visionarios. A su juicio, la clave del progreso no es una concepción alternativa completa, sino una serie de cambios estratégicos que permitan el desarrollo de la libertad. Después, hay cien caminos que conducen hacia adelante y distintos modos de recorrerlos.
En cualquier caso, da a entender que estos países tendrán que aceptar lo mejor y lo peor de la «sociedad abierta», los grandes logros y las «baratijas y falsos oropeles» del hedonismo materialista. Pero si la sociedad abierta es una sociedad mejorable, habría que respetar el derecho de estos países a elegir su propio camino, aprendiendo de los errores ajenos. El fatalismo no es más respetable que otros «ismos» que Dahrendorf rechaza.
Cuando uno se adentra en la obra de un maestro, y Miguel Delibes lo es de muchos de nosotros, lo suele hacer a pasos quedos, es decir, con modestia y respeto. También con el aliento contenido. De esta forma —una sana actitud, una abierta predisposición de ánimo— se aprenden muchas cosas del oficio y se enjuicia con más objetividad y más distanciamiento la lectura que se acomete. En puridad, lo que uno hace es escuchar, como decía Witold Gomhrowiiz, a alguien que empieza a hablar de algo de manera diferente. En esto consiste la literatura, la buena literatura, como la de Delibes.
La historia de Ana. el breve proceso vital hasta sus últimos latidos, aparece escrita con temblor, con enorme temblor humano, y en ella el autor hace un recuento emocionado de su experiencia personal más profunda, tremenda e íntima: asistir a la muerte de Angeles Castro, su mujer. Es una narración delicadísima y fresca, presentada magistralmente. Lo de menos es la trama o urdimbre empleada para presentar tan patéticos instantes. Aquí, en la «Señora de rojo», la sustancia se halla en comprobar cómo Miguel Delibes atiende personalmente —y describe— la llamada del destino: el equilibrio que lo sostenía desde que se casó —con Ana/Ángeles— se convierte en catástrofe y pérdida irreparable. Asistimos, pues, al desmoronamiento progresivo e implacable de su mujer, al mismo tiempo que a su propio derrumbe, apenas hoy aliviado.
Han tenido que transcurrir diez y seis años para que Miguel Delibes nos abriera en prosa su corazón de par en par. La suma del paso del tiempo y la digestión de los recuerdos compartidos han hecho posible este recuento en el que descuella con luz radiante el personaje central: Ana/Angeles, un ser sensible. lleno de vitalidad, simpatía, chispa, ganas de vivir, optimismo esencial. Ana/Ángeleses/era una mujer atractiva, de mirada limpia, menuda de cuerpo pero muy bien proporcionada, morena y de tez olivácea, siempre dispuesta a sonreír y relacionarse con alegría y naturalidad desbordante. Yo tuve la suerte de conocerla y, por eso, puedo hablar de ella con fundamento: son palabras, las mías, muy ciertas, que no hubiera podido decírselas a la cara. Por ello recurro a Goethe para perfilar el recuerdo de Ana/Angeles en trazos rotundos, definitivos: «Había perdido el hábito de vivir en las medias tintas para hacerlo resueltamente en la totalidad, la plenitud y la belleza». En mi opinión, así era Ángeles Castro de Delibes.
La sentencia goethiana. sin embargo, no evita que ofrezca del autor/marido algunas claves descriptivas de la acusada personalidad de Ana/Ángeles: «A veces, bastaba su voz», «era la suya una fe simple, ceñida a la humano», «ella era equilibrada, distinta; exactamente el renuevo que mi sangre precisaba», «amaba el libro, pero el libro espontáneamente elegido», «sorprendía su posición, el calor de sus palabras», «descubría la belleza en las cosas más precarias y aparentemente inanes», «seguir el vuelo de su fantasía, sobrepasaba mi perspicacia», «narraba las cosas con ingenio», «de todo sacaba partido, lo animaba con tal magia que era imposible sustraerse a su hechizo», «tenía una imaginación espumosa», «gozaba con las dificultades», «declinaba la apariencia de autoridad, pero sabía ejercerla», «la zafiedad la humillaba hasta extremos indecibles», «era incapaz de rencores», «tenía el ojo enseñado a mirar», «atendía a todos», «cuando ella se apagaba, todo languidecía en torno», «sabía disfrutar del presente en toda su intensidad». Aun reconociendo que me he alargado con los pensamientos del autor/marido, cabe afirmar que este libro resulta un bellísimo y sincero homenaje: un canto de amor que puede cerrarse con el consejo que Ana/Ángeles le dio poco antes de fallecer: «Me acarició la frente: «No te aturdas; déjate vivir», decía».
Pero este recuento y el homenaje que le rinde su autor/marido quedarían truncados o incompletos si no mencionara a! pintor del fenomenal y exquisito retrato de Ana/Ángeles: Eduardo García-Benito, el García Elvira de la narración «Señora de rojo sobre fondo gris». El retrato al óleo continúa presidiendo la casa de Miguel Delibes por derecho propio.
El organismo humano es, con toda certeza, la máquina más perfecta que existe en la naturaleza. A pesa r de siglos de estudios cada vez más sofisticados y profundos, todavía no conocemos con exactitud infinidad de componente s de sus estructura s ni cómo funcionan o se interrelacionan entre sí. El deportista de élite dispone de un cuerpo bien dotado para el ejercicio físico, al que ha ido mejorando en su rendimiento por entrenamientos cada vez más complicados, fatigantes y que exigen una dedicación total. La competencia e s cada vez mayor y se buscan nuevos sistemas para apurar hasta el limite las posibilidades naturales de estos organismos, para que actúen con la máxima capacidad y eficacia en la ejecución de un determinado movimiento o acción deportiva. Ello supone, en numerosos casos, un desgaste muy por encima del habitual de sus estructura s celulares, que requieren una continua renovación y mejora con el fin de responder a las crecientes demandas que se les exigen. Para mantener el equilibrio homeostótico interior, evitando lesiones, agotamiento o desnutrición, hay que dar al organismo una dieta equilibrada y con aporte calórico suficiente, que, unida a las necesarias horas de descanso reparador, le permitan asimilar los fuerte s y continuados requerimientos físicos y seguir funcionando a su máxima capacidad.
Pero, ¿no hará falta nada más, cuando se está rozando el límite de las posibilidades de cada uno? ¿Y si con una pequeña ayuda biológica, con un aporte de sustancias suplementarias, se pudiera mejorar más el rendimiento de un deportista de élite? Hay ocasiones en que faltan componentes esenciales en la dieta de un deportista y suplementa r con vitaminas, calcio u otro oligoelemento, es no sólo aconsejable, sino necesario. También existen métodos basados en experiencias científicas para inducir, de forma natural, a un mayor acopio de reservas energéticas, como el sobrealmacenamiento de glucógeno muscular ante s de un maratón. Pero no parece conveniente, ni siquiera rentable a largo plazo, la administración de sustancias suplementarias que sólo conduzcan a una supuesta mejora inmediata del rendimiento atlético, de muy difícil atribución, siguiendo criterios científicos, a ese tratamiento. Y mucho menos recomendable cuando esos suplementos no cumplan con los mínimos requisitos exigibles para su uso humano. Hay que conocer con exactitud la composición molecular de lo que se toma o se inyecta (a veces, sólo s e sabe el nombre comercial del fármaco) y qué efectos fisiológicos, primarios y secundarios, ocasionan o puede n producir en un organismo humano sano, a corto y largo plazo. Y, por supuesto, ponerlo en conocimiento del deportista previamente y de la forma más clara posible.
Además, no parece imprescindible usar estos suplementos artificiales para poder llegar a triunfar plenamente en un deporte de alta competición. Muchos atletas, sobreponiéndose a lesiones o enfermedades, Cegaron y s e mantienen en la cumbia del deporte mundial, siendo unos acérrimos defensores y practicante s de la no utilización de fármacos para la mejora del rendimiento deportivo. Sigue habiendo, como ellos han demostrado, métodos naturales para mejorar las condiciones innatas de cada uno y llegar al máximo de sus posibilidades. Será quizás un recorrido más lento y más costoso, pero mucho más gratificante y beneficioso para la salud física y mental del deportista.
Por otro lado, está la falta de ética, la poca honradez deportiva de intentar competir con la «teórica» ventaja que proporciona el uso de tratamientos farmacológicos, haciendo trampas, en definitiva, al resto de los competidores. Y si esas ventajas fueran, en algunos casos, ciertas, habría que premiar al mejor equipo de científicos que apoyara biológicamente a un atleta, más que a este mismo, usado como animal de experimentación, a veces sin su expreso conocimiento o al menos total comprensión del tratamiento recibido y de sus posibles efectos de todo tipo.
Naturalmente, las federaciones deportivas que controlan las competiciones de alto nivel han puesto en marcha equipos de científicos que tratan de evitar ese uso y abuso de fármacos estimulante s en el deporte mundial y han prohibido las sustancias de ese tipo par a las que ya existen métodos fiables y reprodúceles de detección. Es lo que llamamos el control «antidopaje». Pero hay otras sustancias o método s cuya detección es por ahora muy costosa, muy complicada o aún no está desarrollada, y por ello, aunque está n explícitamente prohibidas, no puede n detectarse en los controles habituales. En la carta olímpica se alude a la ilegalidad de utilizar cualesquiera método s artificiales que favorezcan de forma no natural el rendimiento deportivo. En ese capitulo entrarían la hormona del crecimiento y otros tratamientos hormonales (eritropoyetina y gonadotropina coriónica), así como la autotiansfusión de sangre. Por último, hay otras sustancias, como la carnitina, que son aparentemente inocuas aunque tampoco se haya demostrado su acción positiva en deportistas y no están prohibidas.
Entre los posibles efectos secundarios a causa de la ingestión de sustancia s complementaria s los más peligrosos son los provocados por los tratamientos hormonales. Se han descrito un gran número de efectos a corto plazo y normalmente reversibles, «asociados» con este tipo de suplementación, a veces distintos en hombre s y mujeres: trastornos psíquicos (cambios de humor, agresividad, libido), fisiológicos (hipertensión, acné, retención de fluidos, insomnio) y cambios relacionados con la funcionalidad y control gonadal (incluyendo los que afectan a voz y pelo). Tras dejar el «tratamiento» se han descrito una mayor tendencia a las afecciones viriales o infecciosas, por cambios del sistema inmunológico. Hay otras a largo plazo como posibles hepatomas, de muy difícil comprobación por ahora. Pero, sin embargo, hace algún tiempo murió un culturista americano d e 24 años d e un cáncer d e hígado, en el que se pudo demostrar un a relación causa-efecto entre la toma por él durante años de anaboüzantes esteroideos y su muerte.
La apariencia del cuerpo puede cambiar también, aunque eso depende mucho de los entrenamientos que se acompañe n a la toma de anaboüzantes. En un lanzador aumenta la mas a muscular POT los ejercicios d e pesa s y en un fondista aumenta n sobre todo los eritrocitos. Además, todos estos tratamientos pueden crear una cierta dependencia, más psicológica que biológica. El deportista se «acostumbra» a su inyección o toma dianas, o ante s de ciertas competiciones, y si le falta tiende a pensar que no será capaz de rendir adecuadamente. Se conocen muchos casos en que la administración de un «placebo» hace el mismo efecto, es decir, sub e la «moral» del deportista.
Por otro lado, no se puede n hacer las cosa s improvisando sobre la marcha y sin un protocolo de experimentación científica correcto y basad o en conocimientos o técnicas fiables y reproducibles. Por su «mal copiar» métodos «usados en el extranjero» se han causad o ya en España, en época s no muy lejanas, hepatitis al transfundir sangre a fondistas de sus parientes cercanos, Y peor aún es no decir al usuario lo que se le da o engañarle diciendo que son «vitaminas» cuando se le administra otra cosa y luego da positivo en un control antidopaje, como les ha pasado a algunos deportista s españoles. No se puede pretender investigar para obtener unos beneficios «teóricos» en el rendimiento de un deportista, sin las debidas garantías de que el resultado no vaya a ser perjudicial par a la salud de esa persona .
Paul Ricoeur es uno de los filósofos contemporáneos más notables. Profesor en la Sorbona y en la Universidad de Chicago, ha sido miembro del Consejo de la Revista Esprit y dirige la Revue de Metaphysique et Mórale.
En su larga trayectoria (nace en Valence en 1913) se ha ocupado de la fenomenología, de la filosofía de la existencia y de la filosofía de la narración, en obras como «Lo voluntario y lo involuntario», «Finilud y culpabilidad», «La metáfora viva» o los tres volúmenes de «Tiempo y relato». En su último libro. «Soi méme comme un autre» (1991), en su búsqueda de la constitucción de una identidad personal que él ha llamado «identidad narrativa», Ricoeur ha profundizado aún más en su radicalidad personalista.
Paul Ricoeur participó en el seminario «Ética y Modernidad», dirigido por Manuel Maceiras.
P. Usted fue discípulo de Mounier, vivió en la casa que él había puesto para sus alumnos y fue compañero de Jean-Maric Domenach y otros intelectuales católicos franceses. Podíamos comenzar hablando de la influencia que hoy ejerce Mounier en los dominios del pensamiento o del lugar que el personalismo ocupa en vuestro sistema ético, sobre todo en relación a la consideración del sujeto. Asimismo, de la importancia de Mounier en su formación.
R. Yo era estudiante cuando tuve la enorme suerte de conocer a Mounier. Ocurrió cuando él acababa de publicar el primer número de la revista Esprit, que llevaba por título «Rehacer el Renacimiento». Comenzó entonces una profunda amistad que continuó hasta el día de su muerte, siendo él tan joven, en 1950. Cuando estuve más cerca de él fue durante los tres años inmediatos a la posguerra. Tengo ahora la ocasión de decir que los problemas planteados entre 1932-1936, problemas que tenían un sentimiento muy vivo de crisis de la cultura y de la civilización, recuerdan enormemente a los que ahora resurgen. Debido a ello, debido a esa semejanza, yo pude abordarlos con cierta confianza. Si queréis, en 1932 el problema era el avance de los totalitarismos y existía una duda enorme sobre la capacidad de la democracia para hacer frente a este peligro. Y hoy, cuando hemos finalizado este ciclo de la Gran Guerra y entramos en el ciclo de la renovación de Europa, surge la misma duda concerniente a la solidez de los valores de referencia, y con ella abordamos este periodo. Estoy muy impactado por la enorme semejanza entre los problemas de hoy y los de la inmediata anteguerra.
P. Mounier, aun en los peores momentos, mostró siempre una gran apertura hacia la Europa del Este. En sus obras completas hay ensayos dedicados a Checolovaquia una vez consumados los sucesos del año 48.
R. Es verdad. Por otra parte, la influencia de Esprit ha sido muy grande en Polonia y contó con nombres como el de Mazowiecki, que había sido amigo suyo. Ya en Esprit, en años diversos, se tuvo noticia de Geremek, Kuron, Michnik y de todos los grandes intelectuales polacos. Había, pues, una gran proximidad entre ellos y nosotros. Pero yo creo que es necesario resaltar el hecho de que ellos compartían con Esprit la idea de que no había que separar la idea de la reforma interior de la persona de la reforma de la sociedad. El equilibrio entre lo personalista y lo comunitario es, a mi juicio, muy importante. Y lo es, sobre todo, ante el peligro de, por un lado, el repliegue sobre la vida privada, el individualismo y el consumismo que retira a la democracia los soportes del compromiso del ciudadano, y, por otro, frente al sutil totalitarismo del reino de los expertos. El sentimiento comunitario es el sentimiento de la unión con los otros y de la deuda que tenemos contraída con los pobres, tal es el sentido de la vida asociativa. Lo que yo he amado tanto en Mounier ha sido el sentimiento de que la cultura de la interioridad personal, espiritual, no era contradictoria con un compromiso social muy vivo.
P. ¿Usted cree que su sistema ético explicitado en «Soi méme commme un autre» tiene raíces personalistas?
R. Completamente. Yo he definido la estructura ética de la persona en tres términos: el deseo de una vida plena con y para los otros dentro de instituciones justas. Y usted encuentra estos tres elementos: la anterioridad, la solicitud de un «otro» muy preciso y el sentido de la justicia. Yo doy una gran importancia a esa relación entre los tres pilares básicos.
P. Pero esa ética del diálogo del sujeto con el otro guarda alguna relación con la «acción comunicativa» de Habermas.
R. Sí, hay alguna proximidad en el sentido de que la interacción comunicativa se sitúa en un primer plano. Pero la diferencia con Habermas radica en que él parte del ideal, muy abstracto, de una sociedad de la comunicación ilimitada. Y su gran rémora, si así pudiera decirse, va a consistir en cómo descender desde la altura de estos principios a los problemas concretos de comunidades históricas que no son sociedades universales de comunicación. Yo no afirmo esto como una objeción absoluta hacia Habermas, sino, simplemente, para señalar posturas diferentes, puntos de arranque distintos. Mounier partía, y creo que hoy seguiría partiendo, de problemas mucho más concretos. Por ejemplo, le preocuparía profundamente cómo ligar una economía de mercado a un sistema de protección social muy avanzado como el cristianismo, que ha devenido minoritario en Europa, y realiza su función en la sociedad civil aportando proposiciones aceptables para los otros.
P. En la modernidad, en nuestra época, ¿puede triunfar una ética de profundas raíces cristianas?
R. El problema estriba en crear, desarrollar y mantener una ética común a todos los hombres que repose principalmente en la prioridad de las personas sobre las cosas. A esta ética, nosotros, los cristianos, podemos aportar motivos o razones que los no-cristianos no poseen.
Tras las dolorosas reformas económicas aplicadas en Iberoamérica, parece que empieza a verse la luz al final del túnel. Al menos, los distintos organismos internacionales coinciden en hacer predicciones optimistas. El descenso de la inflación, la mejora del sector exterior y la vuelta de las inversiones extranjeras están sentando las bases para la recuperación del crecimiento económico.
Por ahora, la dura realidad es que en 1990 el PIB global de la región volvió a disminuir: un 0,8%, según el informe que acaba de publicar el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), o un 0,5%, de acuerdo con las estimaciones de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL). Sin embargo, el BID piensa que la mayoría de los países latinoamericanos reanudarán el crecimiento económico en la primera parte de la década de los noventa. Ei pronóstico es compartido por el Fondo Monetario Internacional (FMI), que en su informe anual publicado el pasado octubre prevé un crecimiento del 2,2% para 1992. El FMI considera que «si la política de reformas continúa, nuestro juicio sobre el crecimiento a medio plazo es bastante positivo».
El optimismo se ha contagiado incluso a la CEPAL, que predice un crecimiento del 2,4% para este año. La CEPAL estima que el clima de estancamiento e inflación de los pasados años está superándose: «Aumenta el número de países que vuelven a encontrar la senda del crecimiento económico, aunque en muchos casos el crecimiento es modesto y sus bases frágiles».
Como notas positivas, el informe del BID destaca, además del descenso de la inflación, la mejora de! sector exterior en la mayoría de los países y el aumento de las inversiones privadas extranjeras. En 1900, el valor total de las exportaciones de la zona aumentó un 8,6%, con lo que se consiguió igualar la cota obtenida en 1980, antes de que se desencadenara la crisis. Además, muchos de estos países se han ganado la confianza del capital extranjero: en 1990 se produjeron inversiones netas del exterior por valor de 14.(XX) millones de dólares, casi tres veces más que el año anterior.
Los responsables del BID instan a los países de la zona a mantener el rigor de sus políticas económicas, estimulando las reformas que supongan una apertura al mercado exterior y una potenciación del sector privado. Al mismo tiempo, consideran que los gobernantes deberán aprovechar la recuperación económica para fortalecer sus sistemas de seguridad social y aminorar así los costes humanos de la modernización económica.
Los pronósticos optimistas no alcanzan en igual medida a todos los países. Pero hay un consenso sustancial en el tipo de reformas que están aplicando los distintos gobiernos: liberalización de actividades económicas que estaban sometidas a múltiple« controles y reglamentos; privatización de empresas públicas artificialmente mantenidas por el Estado; reducción de las tarifas arancelarias para abrir a la competencia internacional industrias antes superprotegidas; hacer hincapié en la exportación y crear zonas de libre comercio con los países vecinos; reducción del déficit público y control del crecimiento monetario; concebir la lucha contra la inflación como un objetivo prioritario, en lugar de acostumbrarse a vivir con ella: apertura a las inversiones extranjeras, antes tildadas de «imperialistas». En suma, redescubrir la disciplina del mercado.
Estos cambios estructurales están dando ya frutos en algunos de los más importantes países del continente. México, Chile, Colombia, Venezuela y Argentina presentan, con distintos matices. un cuadro esperanzador: índice de inflación inferior al 30%. lo cual es una cifra moderada para los estándares iberoamericanos; mejora del saldo de la balanza comercial; aumento de las inversiones; expectativas de crecimiento para este año en torno al 2-5%, según los casos. El alumno retrasado en la clase de los grandes es Brasil, donde la inflación ha vuelto a desatarse al ritmo del 20% mensual, mientras la economía está en recesión por tercer año consecutivo.
Otro signo alentador es que la aplicación de los programas de austeridad no ha dado al traste con los regímenes democráticos instaurados durante la década de los ochenta. La frustración de los votantes ante los duros planes de estabilización hizo que algunos gobiernos perdieran las elecciones. Pero el relevo en el poder se produjo de modo normal y los nuevos gobernantes no tuvieron más remedio que continuar con las políticas de ajuste. Pero también se ha visto que cuando la inflación baja y vuelven las expectativas de crecimiento. los votantes mantienen su confianza en los gobiernos. Así ha ocurrido en las recientes consultas electorales de Argentina, Colombia y México.
Este apoyo de las urnas ha permitido que algunos gobernantes acometan reformas a las que no se habían atrevido anteriores gobiernos dictatoriales. Éste es el caso del plan de liberalización de la economía argentina, anunciado por el presidente Carlos Menem a principios de noviembre. Sintiéndose fortalecido por su reciente éxito electoral y los signos positivos de la evolución económica, Menem ha eliminado de un plumazo los principales organismos de control estatal sobre la economía, vigentes desde la época de Perón, y ha establecido nuevas reglas salariales que reducen el poder de los sindicatos.
En un continente que ha sufrido tantas revoluciones estériles, las reformas económicas emprendidas en los últimos años por buena parte de los países latinoamericanos suponen un giro de 180 grados. La cura ha sido traumática. Según la CEPAL, la renta per cápita en la región ha descendido al nivel de 1977. Ahora se trata de ver si la previsible mejora económica cambiará la suerte de los que más han sufrido con el ajuste.
El pasado día 28 de octubre fue investido doctor «honoris causa» por la Universidad Complutense el profesor Karl Popper. Después de tantos nombramientos extraños a los que las universidades españolas nos han acostumbrado en los últimos años, la investidura de Popper significa volver a reconocer con este tipo de distinciones el mérito académico en su más elevado grado.
No tiene mucho sentido detenerse a justificar tal afirmación. La importancia de la obra de Popper en el pensamiento del siglo XX es tal que no parece equivocado pensar que, aunque el homenajeado pueda sentirse muy honrado por el nombramiento, es la propia universidad española la que queda dignificada por su presencia entre nosotros. Por eso resulta bastante sorprendente que ese día no se llenara el paraninfo de la calle de San Bernardo, que ha recibido, a menudo, mucha más gente en homenajes a personajes de mucha menor categoría intelectual. Pero el mundo cultural español es así. Cuando llega a escribirse —y a firmarse— en la prensa que Popper es el filósofo de la burguesía o el ideólogo de la política norteamericana, cualquier cosa puede esperarse.
Además de las dos conferencias que pronunció en Madrid, Popper participó en un seminario restringido en el que expresó sus opiniones acerca del marxismo y el socialismo y mantuvo una larga conversación con los asistentes, de la cual se reproducen más adelante algunos de sus puntos más significativos.
En su autobiografía afirma Popper que ha sido antimarxista desde que tenía diecisiete años. Pero señala también que antes había sido comunista durante algunos meses, influenciado por el ambiente de la Viena inmediatamente posterior a la I Guerra Mundial. Pronto quedó, sin embargo, desencantado por un doble motivo. En primer lugar, por el carácter dogmático del credo comunista y su arrogancia intelectual. Pero, además, por un incidente que le afectó mucho personalmente: la muerte de algunos jóvenes socialistas en una manifestación instigada por los comunistas para intentar ayudar a escapar a varios detenidos en la comisaría central de Viena. Lo que repugnó al joven estudiante de este suceso fue no sólo el hecho en sí, sino también la propia teoría marxista, que exige este tipo de acciones para intensificar la lucha de clases y acelerar el triunfo del socialismo.
A lo largo del seminario, la tesis principal de Popper fue que la causa principal por la que la sociedad ha cambiado en el último siglo ha sido la revolución científica y tecnológica, que Marx no fue en absoluto capaz de prever. Esto ha hecho que las predicciones del pensador alemán resultaran equivocadas. No es cierto que las clases trabajadoras se hayan empobrecido con el desarrollo del capitalismo. Lo contrario es lo verdadero. Y hoy, gracias a esa revolución tecnológica, un trabajador puede disponer de bienes que el siglo pasado no habría podido soñar el más rico de los hombres.
La actitud de los intelectuales ante estos cambios sociales ha sido lamentable. En sus propias palabras: «Han transcurrido ya varias décadas de continuas refutaciones de las teorías de Marx, Los intelectuales han visto lo que sucedió en Rusia, han sido testigos de los crímenes de Stalin, y aun algunos siguen siendo marxistas, l ales intelectuales se niegan a aceptar la crítica y a ver la realidad de los hechos. Me han dicho, por ejemplo. que en Australia, en la Universidad de Sidney, algunos departamentos —entre ellos el de Economía— se han dividido en dos partes: marxista y no marxista. Los profesores no marxistas se oponían. Fueron los marxistas los que insistieron en llevar a cabo la separación. Tal vez querían evitar críticas y hablar sólo con gente que estuviera de acuerdo con ellos». ¿Están las ideas que han formado la base del socialismo real en el pensamiento de Marx o más bien fue Engels quien introdujo algunas de ellas? Con respecto a esta cuestión, que tantas veces se ha planteado. Popper hizo la siguiente afirmación contundente: «Sobre el marxismo y lo que Marx ha dicho o quiso decir se ha escrito muchísimo; más de diez mil libros, tal vez. Pero estas discusiones sobre matices no me interesan. Son cuestiones de detalle que no abordan el problema principal». Preguntado por el marxismo alemán actual, y en concreto por la «escuela de Frankfurt», Popper dijo: «No hay nada en ella. Es un inmenso vacío intelectual.
Me recuerda a una historia que se contaba en Viena hace muchos años. En una feria un adivino tenia una gran bola de cristal en la que era capaz de materializar los pensamientos de la persona a la que miraba fijamente a los ojos. Uno de los presentes era un oficia) del Estado Mayor del ejército austriaco. El adivino se concentró, le miró a los ojos… y nada apareció en la bola. Volvió a intentarlo y el resultado fue el mismo ¡No había una sola idea en la mente de aquel oficial! Algo similar ocurre con los filósofos de la escuela de Frankfurt. Carecen por completo de ideas».
Otra pregunta planteada al profesor vienés fue si aceptaba la idea de Hayek según la cual el origen del socialismo está en un error intelectual, en la incapacidad de las personas de comprender cómo funcionan una sociedad y una economía moderna.
«Hay mucho más en el socialismo —respondió—, mucho más. Los socialistas del siglo pasado estaban muy impresionados por las malas condiciones de vida de mucha gente en las ciudades. Aun en Viena, a principios de siglo, había sirvientes que vivían casi como esclavos. Había sirvientes que apenas si tenían libres unas horas cada dos semanas. El trabajo doméstico era muy duro y esto hacía que ta vida fuera muy difícil, sobre todo para las mujeres; con la única excepción de las de la clase alta, que podran contratar a otras mujeres para que hicieran tales labores. Todo esto provocó una condena ética y moral a la que se sumó mucha gente. Hoy las cosas, afortunadamente, han cambiado, Pero lo han hecho por la revolución tecnológica, no por las ideas socialistas».
Sin embargo —se le argumentó—, aunque se ha producido este cambio tecnológico y esta mejora de la calidad de vida, hoy sigue habiendo mucha gente que se considera marxista y socialista. Al responder a esta cuestión, introdujo Popper su visión optimista del mundo contemporáneo:
«Lo que sucede es que los sindicatos y algunos partidos siguen con la idea de que su misión es luchar por los pobres. Durante años estas organizaciones han recibido dinero para hacer propaganda en este sentido. Pero la razón principal de que hoy se sigan manteniendo estas ideas es la creencia errónea de que nuestro mundo es malo. Y esto no es cierto. Hoy vivimos en el mejor de los mundos conocidos. Mucha gente no lo cree así, sin embargo, y consideran que deben cambiarse sus principios básicos. Esto es lo que se piensa también en las iglesias. Recuerdo a un obispo inglés que dijo una vez que quien no apoyara a Stalin estaba movido por el diablo. Y esta idea de que hay que defender el socialismo sigue dominando en la iglesia anglicana. No parece que la historia de la humanidad sea una historia de ideas racionales, sino, más bien, una historia de ataques de locura».