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Ver productosCharing Cross Road, 84 es un libro de 1970 que fue un best-seller, se ha convertido en un long-seller y ha adquirido naturaleza de libro de culto. Se ha rodado una película, titulada La carta final (David Hugh Jones, 1987), con Anne Bancroft y Anthony Hopkins; se le ha dedicado un episodio de una serie de televisión (Play for Today), se ha adaptado al teatro (en España por Isabel Coixet), ha inspirado un musical de Brodway e incluso se ha convertido en un videojuego. Como fenómeno literario, resulta asombroso.

Aunque se la suele calificar como novela, es un libro epistolar que recoge las cartas que durante veinte años se cruzaron la autora, Helene Hanff (Philadelfia, 1916-Nueva York, 1997) y los empleados de una librería de viejo de Londres, principalmente Frank Doel.
Antes que dudas literarias, nos asaltan dudas jurídicas que atañen al derecho a la propiedad intelectual. ¿La obra es exclusivamente de Helene Hanff, que la firma, que consta como autora y que como tal se acepta unánimemente? ¿No deberían considerarse autores a los otros corresponsales de este cruce de cartas, especialmente a Frank Doel? El papel del editor también parece invadir los terrenos de la autoría. Es él quien descubre que aquellas cartas podrían ser un libro y le pone, además, el título, Charing Cross Road, 84, acierto indudable y una clave de su éxito, pues remite a lo epistolar y al cruce («cross») de personalidades.
En el epílogo se cuenta su intervención de manera que no deja lugar a duda de su transcendencia: «Para su sorpresa, el editor la llama y le dice: “Publicamos 84, Charing Cross Road”. Helene, sorprendida, le pregunta: “¿Bajo qué forma?” “¡En forma de libro, por supuesto!”, replica el editor. “¡Está usted loco!”, exclama ella».
Son de Helene Hanff las cuatro cosas que hacen que un libro lo sea: la voz, el personaje, la pasión y el destino
Hasta qué punto Hanff es la autora de este volumen sería, pues, un apasionante caso para unas prácticas de Derecho. A la vez es el perfecto punto de partida para una comprensión literaria. Porque artísticamente al menos el libro es de Helene Hanff, como reconoce de inmediato cualquier lector. ¿Por qué? Recoge cartas de otros casi en un 50%, sí, pero son de Hanff las cuatro cosas que hacen que un libro lo sea: la voz, el personaje, la pasión y el destino.
Una voz propia y reconocible es la esencia de la expresión literaria. Hanff la tiene hecha a partes iguales de interés y ternura, de humor excelente y melancolía implícita. Junto a esa voz inconfundible, algunas manías ayudan a configurar el personaje: especialmente su rechazo a la ficción (“Jamás he conseguido interesarme por cosas que sé que jamás les ocurrieron a personas que nunca han vivido”); también su obsesión con Inglaterra, su afán por formarse a toda costa (supliendo su falta de estudios reglados), su amor —transido de casi carnalidad— por las bellas ediciones y su defensa acérrima de las anotaciones y las marcas en los libros.
El motor de Charing Cross Road, 84 es la pasión por los libros y eso también lo pone Helene Hanff, sobreponiéndose a la relación un tanto funcionarial con su oficio del flemático librero Doel. Cómo Hanff consigue contagiarle en parte esta pasión es una de las más delicadas subtramas del libro, sobre todo porque es un reflejo de cómo nos la transmite subrepticiamente a nosotros del todo.
Comunidad de lectores
Las enseñanzas humanísticas que Charing Cross Road, 84 expone son muchas. La vindicación del canon occidental como quien no quiere la cosa (compruébese la lista de los libros que pide a la librería), la reivindicación de la relación personal con los autores del pasado, los grandes libros como búsquedas de sentido [tal y como se estudiaron en NR], la negación de que la lectura sea un vicio solitario, la importancia de la comunidad de lectores, etc.
Lo esencial es la historia de salvación que el libro expone. O de salvaciones. Salvación personal, porque Helene Hanff traía todas las trazas de convertirse en una fracasada. De ser, como ella misma decía: «Uno de los 999 de 1000 [aspirantes a dramaturgos] que no se vuelve Noël Coward». De hecho, se había pasado la vida escribiendo obras de teatro, y la única que se representó (con una adaptación, ay, que no era suya) fue Charing Cross Road, 84. Con atinada autocrítica dijo en una entrevista en el New York Times en 1982: «Yo era buena inventando diálogos, pero no conseguía dar con la historia que hubiera podido salvarme». Nótese el verbo «salvarme» y cáigase en la cuenta de que esa historia, que era la suya, no la encontró la autora. La historia dio con Helene Hanff, y la salvó.
Hay una salvación cultural, además. La Inglaterra de la literatura se refugia en la pequeña librería del número 84 de Charing Cross; y luego, cuando esa librería cierra, al final, y Helene Hanff no puede visitar Inglaterra, se ha encarnado en la destartalada biblioteca de la humilde escritora neoyorquina. «Está aquí», reconoce ella en las emocionantes palabras finales. Quien lee ampara la civilización.
Cerramos la última página con la certeza de que los libros nos salvan también a nosotros
Todavía hay más. Porque cerramos la última página con la certeza de que los libros nos salvan también a nosotros. Cuando Helene Hanff recibe una primera edición de Idea de la Universidad de John Henry Newman, escribe: «El Newman llego hace casi una semana y ahora comienzo a recuperarme de la impresión. […] No porque sea una primera edición, sino porque jamás he visto un libro tan bello. Saberme su propietaria me inspira un vago sentimiento de culpabilidad. Un libro así, con reluciente encuadernación en piel, sus estampaciones en oro y su hermosa tipografía debería estar en la biblioteca revestida de madera de una casa solariega de la campiña inglesa, y está pidiendo ser leído junto a la chimenea por un caballero sentado en una butaca de cuero…, no debería estar en el desvencijado diván de un mezquino estudio de un edificio de ladrillo oscuro cuya fachada se cae a pedazos».
Es un impulso hacia la nobleza de espíritu, como cuando Rilke, ante la belleza de un torso de Apolo, se ordenó a sí mismo: «Tienes que cambiar de vida». El impulso de Helene Hanff no culmina en la casa solariega ni siquiera en una humilde visita a Inglaterra, sino en su cotidiana biblioteca leída y vivida. Pero no hace falta más. Porque se trata ya de una vida lograda gracias a una existencia con sentido. El que da (y por eso nos atañe tan profundamente este libro) la lectura apasionada.
La suerte de la clase media en el siglo XXI presenta notables transformaciones y el cuadro resultante ofrece sombras y algunas luces. Las primeras se refieren al declive económico y social de la misma, singularmente en Occidente, después del boom de la segunda mitad de la centuria pasada.
Las luces comienzan a vislumbrarse en los países del Tercer Mundo, donde cada vez más sociedades antes atrasadas están empezando a engrosar la clase media mundial, y sobre todo en áreas de Asia.
Ignacio Aréchaga disecciona en Aceprensa el informe de la OCDE sobre el declive de la clase media en Occidente y sus consecuencias. Por su interés, lo reproducimos:
«Un reciente informe de la OCDE sobre el declive de la clase media en los países de la organización ha sonado como un toque de alarma. Con datos estadísticos sostiene que cada vez es más difícil formar parte de la clase media, y que esta categoría social está menguando en el conjunto de la población y retrocediendo respecto a la clase alta. Pero también hay que tener en cuenta que la clase media de hoy tiene acceso a bienes y servicios que no estaban al alcance de la de otros tiempos.
La presencia de una clase media amplia y próspera siempre se ha considerado un signo de desarrollo de un país. Desde el punto de vista individual, pasar a formar parte de la clase media suponía alcanzar un estilo de vida satisfactorio, gracias a un empleo estable y con perspectivas de hacer carrera.
Había que trabajar duro, pero la recompensa llegaba. Hoy, el informe de la OCDE habla de “la clase media exprimida”. Aunque todavía dos tercios de la población se autodefinen como de clase media, si se atiende a sus ingresos, el grupo de renta intermedia se ha contraído y el ascensor social parece estancado.
Los gastos de consumo de los hogares de clase media han aumentado más rápido que sus rentas
Esto indica un aumento de la desigualdad dentro de la OCDE, el club de los países más desarrollados. Pero no hay que perder de vista que, a nivel global, cada vez más países antes atrasados están pasando a formar parte de la clase media mundial, especialmente en el continente asiático.
Para la OCDE, entran en este segmento aquellos cuyos ingresos están entre el 75% y el 200% de la renta mediana nacional, siendo la clase alta los que ganan más y la baja los que ingresan menos del 75%.
Pero también hay clases dentro de la clase media. En España, la clase media empezaría a partir de unos ingresos de 14.575 € anuales y llegaría hasta los que están en la clase media alta con un máximo de 38.800 €. Formarían parte de ella el 55% de la población, mientras que el 11,5% sería de clase alta y el 33,5% de clase baja.
Cuando hablamos de renta se trata de la renta disponible, es decir, de la renta que les queda a las familias para su consumo o ahorro, tras pagar impuestos y recibir transferencias.
Como media, en los países de la OCDE las personas pertenecientes a la clase media han pasado del 64% de la población en 1985 al 61,5% en 2015. El cambio no es muy grande, aunque es más pronunciado en algunos países donde ha caído más de 4,5 puntos, como Alemania, Estados Unidos, Canadá, Finlandia y Suecia. En España la clase media menguó un 3,7% en ese periodo.
En el curso de los últimos treinta años, las rentas intermedias han crecido menos de un tercio que la renta del 10% más rico
La proporción de clase media varía entre un 50% de la población en países como Estados Unidos, Chile o México hasta casi el 70% en los países nórdicos y otros de Europa continental.
La clase media vio aumentar sus ingresos de un modo sostenido hasta mediados de los años 2000. Pero entre 2007 y 2016 el progreso ha sido solo de un 0,3% anual. Globalmente, en el curso de los últimos treinta años, las rentas intermedias han crecido menos de un tercio que la renta del 10% más rico. En consecuencia, la influencia económica de la clase media y su papel de centro de gravedad de la economía se han debilitado.

Los gastos de consumo de los hogares de clase media han aumentado más rápido que sus rentas. El informe de la OCDE destaca que el elevado precio de la vivienda, el incremento del gasto en educación y en salud exprimen unos salarios que han crecido muy moderadamente en los últimos diez años. Influye especialmente el coste de la vivienda, que si en los años 90 suponía la cuarta parte de la renta disponible, ahora absorbe alrededor de un tercio. Es verdad que en muchos países de la OCDE el Estado del Bienestar asegura la gratuidad en educación y sanidad. Pero la prolongación de la educación y el envejecimiento provocan una subida de estos gastos.
El aumento del coste de la vida de la clase media, dice el informe, “se explica quizá también por la adopción de modos de consumo que tienden a ‘imitar’ los de la clase alta, lo que ha provocado una cascada de gastos inasumibles”.
Una de cada cinco familias vive por encima de sus ingresos, lo que supone un riesgo de endeudamiento excesivo
El incremento de los gastos dedicados a la vivienda y a otros bienes y servicios reduce la capacidad de ahorro de la clase media. Una de cada cinco familias vive por encima de sus ingresos, lo que supone un riesgo de endeudamiento excesivo. La clase media se endeuda más que la clase baja y que la clase alta. Aquí cabe preguntarse si la clase media de hoy está peor que la de antes o si está más acostumbrada a endeudarse para mantener un estilo de vida por encima de lo que puede permitirse.
Las perspectivas profesionales de numerosos trabajadores de clase media son inciertas. La evolución del empleo hacia trabajos que exigen una cualificación alta ha ido en detrimento de los trabajos medianamente cualificados de la clase media, que corren el riesgo de ser automatizados.
En contrapartida, hay que tener en cuenta que cada vez hay más jóvenes que van a la universidad y que salen con más cualificación que sus padres.
En nuestros días un hogar ordinario necesita dos sueldos para formar parte de la clase media
El nivel de competencias profesionales exigido para obtener una renta propia de la clase media se ha elevado. En consecuencia, es cada vez menos posible para ciertos empleos obtener el mismo nivel de ingresos que antes. Según el informe, “en nuestros días un hogar ordinario necesita dos sueldos para formar parte de la clase media, mientras que en el pasado bastaba un solo sueldo de un empleo altamente cualificado”.
Los hogares de renta intermedia han visto que sus ingresos crecen menos que los de la clase alta, y que en algunos países se han estancado. También comprueban que el modo de vida de la clase media es cada vez más caro. A la vez, sus perspectivas profesionales son inseguras, por el riesgo de que la revolución digital destruya sus empleos.
También existe el sentimiento de que lo que reciben del Estado no se corresponde con lo que aportan con sus impuestos y cotizaciones sociales. En realidad, según el informe de la OCDE, aportan dos tercios de los ingresos fiscales y reciben el 60% del gasto público en prestaciones del Estado, es decir, reciben casi tanto en especie como lo que pagan. Pero la clase media está más afectada por la progresividad del impuesto sobre la renta, mientras que la clase baja está a menudo exenta y la clase alta tiene otras fuentes de renta y puede beneficiarse de nichos fiscales.
Las jóvenes generaciones han tenido acceso desde temprana edad a un conjunto de bienes y servicios que sus padres no disfrutaron
En comparación con las generaciones actuales, la del baby boom (nacida entre 1946 y 1964) se ha beneficiado de empleos más estables en el curso de su vida activa y de sistemas de pensiones bien desarrollados. El informe sostiene que las nuevas generaciones tienen más dificultades para integrarse en la clase media. Incluso llega a decir que “cada nueva generación ha visto disminuir sus oportunidades de formar parte de la clase media”.
Pero cabe matizar que las jóvenes generaciones han tenido acceso desde temprana edad a un conjunto de bienes y servicios que sus padres no disfrutaron a sus años.
A fin de favorecer la equidad, recomienda trasladar más la carga fiscal de las rentas del trabajo a las rentas del capital y las plusvalías, al patrimonio inmobiliario y las sucesiones. “En numerosos países, el impuesto sobre la renta podría hacerse más progresivo, sobre todo en lo que concierne a las personas de rentas altas, y más equitativo para la clase media”.
Para facilitar el acceso a la vivienda, se trata, por el lado de la oferta, de promover la construcción privada y también la vivienda social pública destinada a hogares no solo de baja renta. Esto iría acompañado de medidas de acción sobre la demanda a través de ayuda financiera al crédito o de desgravaciones fiscales a la compra de la vivienda principal.
En las ayudas para los gastos de educación, el informe menciona desde los servicios de guardería subvencionados a los préstamos y becas para los estudiantes de enseñanza superior. No son medidas muy novedosas. Y siempre queda la duda de si habrá suficientes ricos para cubrir estos gastos sin aumentar los impuestos sobre la clase media.
Pero si se trata de atacar en su raíz la vulnerabilidad laboral de la clase media, el informe recomienda favorecer los sistemas de formación continua a lo largo de la vida profesional. Programas de formación de adultos más numerosos e innovadores deberían centrarse en los trabajadores de empleos medianamente cualificados, y en los sectores más expuestos a las mutaciones del mercado de trabajo».
El año pasado se publicó un libro importante: The Year of Our Lord 1943 de Alan Jacobs, en Oxford University Press. Que no se haya traducido al español todavía puede explicarse porque el libro analiza la posición intelectual de varios escritores de las potencias aliadas a partir del momento en el que se dan cuenta de que iban a ganar la II Guerra Mundial. Ni España participó en la guerra ni se estudia (¡ni se nombra!) a ninguno de nuestros pensadores o escritores. Los analizados son los franceses Simone Weil y Jacques Maritain, el norirlandés C.S. Lewis, el inglés W. H. Auden y el anglo-americano T. S. Eliot.

El punto de partida es la inquietud de muchas de las mejores mentes de los países aliados acerca del modelo de sociedad que los aliados tenían que ofrecer para cuando terminase la II Guerra Mundial. A partir de ese reto, como afirma Jacobs: «Muchas de las ideas más ambiciosas y provocativas de aquellos años surgieron de un pequeño grupo de pensadores cristianos». Aunque el ensayo estudia pormenorizadamente a los cinco autores citados, insiste y demuestra que era una amplia constelación de pensadores (ampliamente referenciados, con numerosa bibliografía propuesta) los que estaban muy preocupados por el futuro y buscaban «cimientos de valor» sobre los que reconstruir un mundo que estaba destruyéndose.
El papel del intelectual
Jacobs sabe lo que se trae entre manos y dedica un capítulo entero («Learning in War-Time») a analizar el papel del intelectual ante una crisis de dimensiones mundiales. Casi todos los protagonistas del libro se plantearon en algún momento la utilidad del pensamiento y la creación literaria cuando lo que el mundo parecía necesitar eran armas y producciones industriales. Resultan apasionantes sus problemas de conciencia y la respuesta casi unánime que se dan todos, sin ponerse de acuerdo, por pura deducción. El trabajo intelectual en sí no es más digno que ningún otro ni mucho menos más heroico, pero resulta fundamental para ofrecer razones para combatir y para afrontar los retos del futuro.
Robert M. Hutchins presidente de la Universidad de Chicago, se preguntó en una conferencia: «¿Qué es lo que defenderemos?» y avisaba que «nuestra capacidad de contestar a esa pregunta es mucho más importante que la cantidad o la cualidad de aviones, bombas, tanques, lanzallamas y las diversas municiones que podamos oponer al enemigo».
La preocupación de todos ellos era no caer en un implícito mimetismo del modelo hitleriano
Con un gran despliegue de datos y un consistente aparato crítico, Alan Jacobs demuestra que la preocupación preponderante entre estos intelectuales cristianos (ya fuesen católicos como Maritain, anglicanos como Eliot o heterodoxos como Simone Weil) era no caer en un implícito mimetismo del modelo hitleriano, sino ofrecer una civilización distinta, coherente, consistente y fecunda.
La democracia por sí misma es sólo un método de gobernar, sostienen, al que se le pueden contagiar o inocular las mismas bases filosóficas del nazismo. El filósofo Mortimer Adler llegó a advertir: «Estamos mucho más cerca de Hitler de lo que nos atrevemos a admitir. Si todo es una cuestión de opinión y cada cual puede sostener lo que le parezca y el éxito es el test de la verdad, lo correcto termina estando del lado de quien tiene mayores batallones». Solamente la verdadera justicia, bien articulada y racionalmente defendida puede resistir el totalitarismo.
Por ello, otro capítulo del libro recoge los alegatos contra la fuerza como elemento legitimador del Derecho y de la política. Simone Weil escribió en su ensayo sobre la Iliada las advertencias más vibrantes contra el poder, que ella llevó a su propia vida hasta extremos heroicos, escogiendo siempre el bando de los más débiles. Pero es una constante de todos estos pensadores y de muchos otros, como Hannah Arendt. El peligro del positivismo jurídico, cuya magnitud pudo verse en los juicios de Nüremberg, era temible y no sólo se percibía entre los enemigos, sino en los planteamientos de la propia retaguardia.
En esa línea, el autor recoge múltiples advertencias contra el utilitarismo, cuya intromisión en las universidades parecía especialmente insidiosa. El esfuerzo por recuperar el humanismo, los grandes temas de la civilización occidental y los clásicos surge alrededor de esos años y no por casualidad. La vida necesita tener un sentido, como defendería Albert Camus, entre tantos otros. El sentido puede ser altísimo y digno o pueden darlo las ideologías políticas o las promesas de falsas utopías terrenales, como estaban comprobando en sus carnes durante la guerra.
La tecnología potenciaba el positivismo, el utilitarismo, la burocracia y el intervencionismo estatal
Una estridente aversión a la tecnología recorre el pensamiento de los cinco protagonistas del libro. Con más o menos grados, la ven como una fuerza ciega que termina alienando lo humano. Ayudaba, por supuesto, la percepción de que el Tercer Reich era, más que nada, una gran potencia tecnológica, pero había razones más profundas.
La tecnología potenciaba el positivismo, el utilitarismo, el sentimentalismo, el relativismo, la demagogia, la burocracia y el intervencionismo estatal. El ensayo recoge perspicaces llamadas de atención ante todos estos peligros de la modernidad, contra los que entendían que se ha de luchar con análogo empeño que con los fascismos.
El caso de la tecnología puede servirnos de ejemplo para mostrar la verdadera importancia del ensayo de Alan Jacobs. Sin duda, su lectura es muy interesante desde una perspectiva histórica y muy enriquecedora desde un punto de vista literario, pero lo más urgente es su aplicación a nuestro mundo, tanto en el diagnóstico como en la propuesta de soluciones.
Apenas hay riesgo para las democracias occidentales que ellos no detectasen que haya crecido en la actualidad
Los problemas que aquel pequeño grupo de intelectuales fue capaz de vislumbrar y prever en 1943 no han hecho sino aumentar de forma exponencial en estos tres cuartos de siglo. Apenas hay riesgo para las democracias occidentales que ellos no detectasen que haya crecido en la actualidad. Situarnos, por tanto, en 1943 nos sirve como esos dos pasos atrás de que quien contempla un cuadro para valorar mejor el paisaje.
En el espejo de la Europa de la II Guerra Mundial podemos ver inquietantemente bien la Europa de la actualidad, sobre todo porque estos intelectuales eran muy conscientes de que la guerra era la terrible manifestación externa de profundísimas corrientes subterráneas aún más venenosas. En Cartas del diablo a su sobrino, C. S. Lewis, a pesar del humor finísimo, transparenta esta situación con mucha claridad.
La sensación que muchos de ellos tuvieron de que las potencias aliadas estaban ganando la guerra para perder la paz, pudiera parecernos exagerada. No en vano Jacques Maritain tuvo en los años siguientes una gran influencia política en los partidos democristianos que tanto poder tuvieron en Italia o Alemania y algo menos en Francia. Y el pensamiento político de T. S. Eliot caló en las corrientes más conservadoras de Inglaterra.
Sin embargo, en efecto, la sensación de que a la larga el positivismo, cierto nietzscheanismo utilitario y la tecnocracia terminarían triunfando si no se les oponía un vigoroso humanismo cristiano, ha devenido realidad en nuestro siglo XXI. El lector asiste asombrado a unos juicios sobre su tiempo que terminan siendo exactas descripciones del nuestro.
Soluciones perennes
The Year of Our Lord 1943 recoge, además del diagnóstico y la profecía, una serie de soluciones y tratamientos. Fiándonos de la autoridad adquirida por quienes fueron capaces de identificar las enfermedades con tanta precisión como previsión, podemos considerar las terapias que propusieron. Si entonces no funcionaron a largo plazo, fue porque faltó la voluntad de aplicarlas y se rompió, en cierto modo, la continuidad intelectual. Quizá el secreto propósito de Alan Jacobs sea restablecer la influencia de estos pensadores y su recepción en el momento actual.
Aunque cada uno de ellos usó su terminología particular, todos proponían una vuelta a la dignidad inalienable de la persona, al humanismo integral, al pensamiento cristiano, a los libros clásicos y al estudio profundo de los maestros.
En sus comentarios sobre el presente invocan constantemente la guía de los grandes como Shakespeare, Cervantes, Homero, John Milton, el doctor Johnson, etc. Como resume Jacobs: «Compartían el convencimiento de que la restauración [de los valores eternos] no sería conseguida solamente ni tampoco primordialmente por la Teología como tal, sino también y más eficientemente a través de la filosofía, la literatura y las artes». A través de esas actividades (que Jacobs cree que lo mejor es llamar “humanísticas”) llegará la real renovación o, si fuese necesario, el revulsivo que la civilización occidental requiere.
Con la excepción de Maritain, nuestros autores dieron un paso más hacia dentro y se centraron en su labor creativa
Con la excepción de Jacques Maritain, que desarrolló después de la guerra un incansable activismo político, y de Simone Weil que murió en 1943, los demás, que habían acariciado la idea de un compromiso político más directo, fueron entendiendo que su campo de batalla estaba en la propia creación artística y en la influencia social a través de las mentes y los corazones de los lectores.
Nuestros autores dieron un paso más hacia dentro y se centraron en su labor creativa. C. S. Lewis fue muy consciente del valor de la narrativa para cambiar las mentes y de la imaginación para transformar la sociedad. Eliot, en sucesivos ensayos poéticos, va tomando conciencia de que el poeta ha de intervenir en la sociedad principalmente a través del idioma común, enriqueciéndolo y afinándolo. Auden buscó una poesía con un compromiso histórico, que no dejase jamás de ser una poesía extraordinaria. Simone Weil dejó escrito que para llegar lejos, mucho más útil que pisar tanto el acelerador, es llenar el depósito de gasolina. Con esta metáfora tan mecánica quería, paradójicamente, convencernos de la importancia del enriquecimiento interior y espiritual.
Frente a una sociedad que se lanzaba de cabeza al vertiginoso deportivismo del lema olímpico en sus variantes tecnológicas, industriales y de entretenimiento: Citius, altius, fortius («más rápido, más alto, más fuerte»), lo que estos intelectuales proponían era lo que, en acertado aforismo de José María Jurado, ofrece el arte y el humanismo: «Más lento, más hondo, más suave».
Cuando se cierra este ensayo se asume que todavía estamos a tiempo, si no cerramos los ojos a la luz cegadora de unos análisis tan valientes. Entre otras cosas, porque las soluciones ofrecidas no caducan con el tiempo: son los valores inmortales de la cultura y la civilización.
El escritor Vasili Grossman (1905-1964) viajó a Armenia en 1961 con el encargo de traducir una famosa novela de un autor armenio. Este escritor soviético y judío —ambos adjetivos son importantes para entender su identidad— había visto como su gran obra, Vida y destino, en la que relataba la Segunda Guerra Mundial y los totalitarismos nazi y soviético, quedaba censurada y en manos de la KGB.
Para jugar con él al juego “del palo y la zanahoria”, después de bloquear la publicación de su novela, el Estado soviético le ofreció este trabajo de traducción en una de las repúblicas más alejadas del Imperio. Fruto de sus dos meses en Armenia, Grossman escribirá Que el bien os acompañe (Galaxia Gutenberg), un libro de viajes y de meditaciones sobre esta antigua tierra.

Todo este contexto está explicado en el conciso epílogo que Ferran Mateo y Marta Rebón (también traductora del libro y de otros clásicos de la literatura rusa) incluyen en Que el bien os acompañe. También apuntan que esta pequeña obra de Grossman no se publicó por completo hasta 1988. Previamente se habían sustraído ciertos párrafos, en especial los que trataban los paralelismos entre los armenios y los judíos. “Ese reconocimiento mutuo entre ambos pueblos fue, en palabras de Grossman, la impresión más profunda que tuvo en Armenia”, señalan.
En una boda, en lugar de hablar del novio o de la novia, todos recordaban el dolor del genocidio del pueblo armenio a manos de los turcos
El sufrimiento, la persecución y el exilio de los armenios es un tema que va salpicando todo el relato de Que el bien os acompañe, pero que coge especial fuerza en una escena que Grossman presenció en una boda armenia. Sentado en la mesa junto a otros asistentes, Grossman observa como diversos invitados realizan discursos ante el público. Pero, sorprendentemente, sus palabras no tratan de las virtudes del novio o de la novia, sino que todos recuerdan el dolor del genocidio del pueblo armenio a manos de los turcos. La escena es insólita para Grossman: hay, incluso, un viejo comunista que se pone a citar la Biblia —la boda se celebra a los pies del simbólico monte Ararat—.
Pero el gran impacto para Grossman viene cuando un asistente a la boda explica, ante todos, cómo, cuando era soldado, lo capturaron los nazis y vio cómo estos se llevaban a todos sus compañeros judíos para asesinarlos. Este mismo hombre le dice a Grossman que ha leído las crónicas que escribió durante la guerra —Grossman fue soldado voluntario y corresponsal de Estrella Roja, el diario del Ejército Rojo, durante la contienda—. “Dijo que había leído mis reportajes de guerra, ésos en los que describía a los armenios, y que pensó que los había escrito un hombre cuyo pueblo había soportado muchos sufrimientos. Y dijo que le gustaría que un hijo del pueblo mártir de Armenia escribiera de los judíos”, narra Grossman.
Al acabar este discurso, “se levantaron todos, hombres y mujeres, y un largo y clamoroso aplauso confirmó que los campesinos armenios estaban llenos de compasión por el pueblo judío. (…) Todos hablaron de los judíos y de los armenios, de la sangre y de los sufrimientos que los habían acercado”.
Además de esta idea de hermandad, Que el bien os acompañe también recoge la curiosidad, la sensibilidad y la perspectiva literaria de Grossman.
Aparece un autor fascinado y alegre por una Armenia que se abre por primera vez ante sus ojos —ese estado de ánimo es impactante cuando se conoce la depresión que Grossman arrastraba desde Moscú a causa de la censura de Vida y destino—. Al llegar a este nuevo lugar, el escritor plantea su propia teoría literaria para aproximarse a la descripción y a la literatura de viajes.
Sólo hay una Ereván (la capital de Armenia) real, pero a la vez —para Grossman— hay millones de ellas nacidas de la subjetividad de cada persona: “[yo] creaba mi propio Ereván, un Ereván singular extraordinariamente parecido al Ereván del mundo exterior, asombrosamente similar a esa ciudad que vive en la mente de miles de personas que pasean por sus calles, pero al mismo tiempo diferente de todos esos millones de Erevanes, mi ciudad irrepetible”.
El autor soviético también describe a los personajes que va conociendo con la vivacidad de las mejores novelas rusas
El autor soviético también describe a los personajes que va conociendo —su apariencia, su alma, su temperamento— con la vivacidad de las mejores novelas rusas. De los tiernos habitantes del pueblo montañés de Tsajkadzor a los intelectuales de la capital —que le ignoran por completo—, Grossman va trazando carácteres a través de la anécdota y el encuentro. A esa habilidad descriptiva se le suma la impresionante historia vital de casi todos los armenios: en el tumultuoso siglo XX, del genocidio a manos de los turcos a los devastadores ataques nazis, cualquier vida estaba alejada de algo cercano a la normalidad. El mismo Grossman, cuando cruza por un camino, recuerda como su tía lo recorrió hace unos veinte años, huyendo de la invasión nazi, después de que su marido e hijos hubieran muerto todos, varios de ellos a causa de las purgas estalinistas.
Quizá los personajes que más fascinan a Grossman son los campesinos armenios. El autor ve en ellos una bondad extrema. Uno de los hechos que obsesionan a Grossman es la religiosidad armenia: a pesar del cristianismo imperante, el escritor cree que todavía hay un poderoso deje de paganismo. Un ejemplo, cuenta el autor, es que, en los días festivos, todavía se sacrifican animales en el patio situado justo delante de las iglesias armenias, templos que, para Grossman, representan la “perfección” de una arquitectura “sencilla, natural”.
El ateo Grossman, en su búsqueda de esta religiosidad, tiene la oportunidad de charlar con el catholicós —el obispo principal de la iglesia armenia— y, aunque le parece un hombre culto y amable, no acaba de encontrar en él alguien distinto, alguien que le revele el misterio de la fe. Es un intelectual con el que puede hablar sobre Dostoyevski o Tolstói, es decir, alguien demasiado parecido a él.
El alma y el corazón de Ereván
El encuentro que creará en Grossman “una emoción en mi corazón que pocas veces he conocido” será posterior, con un campesino medio analfabeto en el que encontrará una expresión pura y a la vez simple de la fe armenia: “Y esta alma, esta fe vivía en el viejo iletrado, y era simple, como su vida y como su pan, sin una palabra pomposa, sin sermones grandilocuentes, y mis ojos se llenaron de lágrimas porque esta fe me tocó, porque de repente comprendí su fuerza, no dirigida a Dios, sino a los hombres, comprendí que Alekséi Mijáilnovich no podía vivir sin ella, como no podía vivir sin pan ni agua, y que, en nombre de ella, se enfrentaría, sin dudarlo, al suplicio de la muerte en la cruz, el presidio más terrible y perpetuo”.
En esa fe de los armenios, en esa conexión con su identidad judía, en esas charlas con los campesinos, en esos patios interiores llenos de vida que “constituyen el alma y el corazón de Ereván”, en esas “piedras insólitamente antiguas” que cubren el paisaje, en todo ello encontrará Grossman su propia e irrepetible Armenia.
El norteamericano Walter Isaacson es especialista en grandes biografías, coomo las de Steve Jobs (que se adaptó al cine) o Benjamin Franklin (que se llevó a la televisión). Con la de Leonardo abarca la personalidad del autor de la Mona Lisa, en un libro que conjuga la erudición con la amenidad.
El autor subraya un rasgo de Da Vinci: que su genialidad abarcaba múltiples disciplinas, a diferencia de otros genios que solo lo eran en un campo particular, como Mozart en la música y Euler en las matemáticas.

(Walter Isaacson: Leonardo Da Vinci. La biografía. Debate, Madrid 2018, 599 págs.)
El recientemente desaparecido Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019) es popularmente más conocido por su faceta de novelista (El Jarama, Industrias y andanzas de Alfanhui) que por la de ensayista. A pesar de que ésta última es tan interesante e innovadora como la primera. Enrique García-Máiquez ha buceado en su libro de aforismos Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1993), que le valió el Premio Nacional de Ensayo, y que recoge su visión del mundo.

(Rafael Sánchez Ferlosio: Vendrán más años malos y nos harán más ciegos Destino, Barcelona 1993 160 págs.)
El escritor francés Éric-Emmanuel Schmitt cuenta cuatro historias diferentes en torno al perdón, con otros tantos “personajes implacables, aparentemente inconmovibles” -como escribe Mercedes Monmany en la reseña de ABC, reproducida por Nueva Revista-. El perdón que se concede, el que se reclama o el que uno se niega a sí mismo, pero también a los otros. Una especie de fábulas morales escritas por un hombre polifacético: dramaturgo, novelista, director teatral y de cine, y profesor de filosofía.

(Éric-Emmanuel Schmitt: La venganza del perdón Alianza, Madrid 2018, 272 págs.)
El mito artúrico ha tentado a escritores contemporáneos (como John Steinbeck), a autores de musicales de Broadway (como Lerner y Lowe con Camelot), o a cineastas (como John Boorman con Excalibur). Siruela ha rescatado la edición de Roger Lancelyn Green (1918-1987), miembro del club de los Inklings con J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis. Se trata de una recopilación de las historias dispersas del ciclo, al que confiere unidad, teniendo como referente La muerte de Arturo de Sir Thomas Mallory, y la nostalgia por el ideal caballeresco. La edición cuenta, además, con las célebres ilustraciones de Aubrey Beardsley, que dan empaque estético al conjunto.

(Roger Lancelyn Green: El rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda, Siruela Madrid, 280 págs.)
Berlin (1909-1997), uno de los intelectuales anglosajones más importantes del siglo XX, tuvo una gran obsesión en su vida: la libertad, como apunta Miguel Ángel Gozalo en su reseña de Nueva Revista. Profesor de Historia de las Ideas en Oxford, fue el gran analista del liberalismo. Lo más interesante de esta biografía es quien la escribe es otro gran pensador, de marcada personalidad, el canadiense Michael Ignatieff.
Isaiah Berlin demostró cómo debe ser la vida del espíritu en un siglo oscuro como el XX: “escéptica, irónica, desapasionada y libre”.

(Michael Ignatieff: Isaiah Berlin. Su vida. Taurus, Barcelona 2018, 488 págs.)
Hijo de un general de Napoleón, el poeta, novelista y dramaturgo Victor Hugo (1802-1885) dejó obras inmortales como Los miserables, La leyenda de los siglos, o Nuestra Señora de París. Esta última, clásico de la novela histórica del romanticismo, vuelve a estar de actualidad por el reciente incendio de la catedral. En el ambicioso proyecto de Hugo, se sumó su gusto por el folletín romántico y su interés por la arquitectura. De hecho, junto al jorobado Quasimodo o la gitana Esmeralda, la catedral gótica de París, es otro de los personajes de la novela, impresionante testigo mudo, de una historia de amor, pasión y muerte.

(Victor Hugo: Nuestra Señora de París, Alianza Madrid, 704 págs.)
El escritor y traductor, Ignacio Peyró, director del Instituto Cervantes en Londres, hizo hace unos años una declaración de amor al universo de Britannia con el libro Pompa y circunstancia, Diccionario sentimental de la cultura inglesa, amena miscelánea que abarcaba muy diversos aspectos, incluido el gastronómico. Ahora se centra en la mesa y los manteles en otro delicioso libro. Un festín cultural, en la línea de otros gourmets como Cunqueiro, Nestor Luján o Josep Pla, que tiene mucho de apunte memorialístico. Sin olvidar la filosofía, como apunta Enrique García-Máiquez: “Hay un ruido de fondo filosófico en Peyró, como un tintineo de cubiertos de plata. Tiene el precedente de autoridad de Platón, que dejó dicho: «Nada más excelente o valioso que el vino fue nunca ofrecido por los dioses a los hombres».

(Ignacio Peyró: Comimos y bebimos, Libros del Asteroide, Barcelona, 2018, 264 págs)
David Edmonds ha puesto en práctica la frase de Ortega (“la claridad es la cortesía del filósofo”) en este tratado de ética aplicada a los problemas cotidianos del mundo contemporáneo. Porque se ha esforzado por huir del “lenguaje abstruso y técnico, inaccesible para cualquiera que viva al margen de la academia”.
Los filósofos miran hacia el mundo demuestra que no viven en un burbuja sino que son capaces de hablar de casi todo: del dopaje a internet, pasando por el extremismo islámico, el derecho a morir, la cadena perpetua, el erotismo y hasta la grosería y la venta por teléfono. Tal es el catálogo de ética práctica de 62 problemas, que otros tantos filósofos, coordinados por Edmonds, abordan.

(David Edmonds (editor): Los filósofos miran hacia el mundo, Cátedra Madrid 2018, 312 págs)
Puede parecer un libro de autoayuda, pero Doce reglas para vivir es mucho más que eso. El autor, destacado psicólogo canadiense, apela al sentido del deber ante una una sociedad que ha decidido ocultar el sufrimiento e instalarse en la irresponsabilidad y el narcicismo. Bebe de fuentes diversas (desde las ciencias naturales a la Biblia, pasando por la narrativa de Occidente o el legado filosófico de Grecia), y ofrece una serie de consejos basados en el sentido común.
Sus reglas, con ecos lejanos de los pensamientos de Marco Aurelio o Pascal, constituyen un antítodo contra el relativismo y subrayan el valor de la educación basada en la verdad y la jerarquía.

(Jordan B. Peterson: Doce reglas para vivir, Planeta Madrid 2018, 512 págs.)
El escritor José Jiménez Lozano, Premio Cervantes, recurrió a la ironía en su sorprendente Maestro Huidobro (1999), mezcla de ficción y ensayo. Retoma el asunto en una nueva entrega, Memorias de un escribidor, sobre el personaje de Ido Huidobro, “obra inclasificable en lo que tiene de «divertimento o juego de ironías»” como señala Daniel Capó en Nueva Revista. Siguiendo la huella cervantina, el autor aborda en este libro, los temas habituales de su literatura, “empezando por la reivindicación del tono menor, del recogimiento y la intimidad”, sobre las personas olvidadas, con esa mezcla de belleza y sencillez, en la que es un maestro.

(José Jiménez Lozano: Memorias de un escribidor Confluencias, Almería 2018, 166 págs.)
En línea con otros ensayos recientes, como el de Steven Pinker –Los ángeles que llevamos dentro– o el de Johan Norberg – Progreso, diez razones para mirar el futuro con optimismo-, Hans Rosling, su hijo Ola y nuera Anna han escrito un libro que trata de demostrar que el mundo en el que nos ha tocado vivir no es tan dramático como parece o como lo pintan los medios de comunicación.
Los autores aportan una serie de datos, basados en 18 años de experiencia e investigación, que pueden ser como una terapia: “son conocimientos como fuente de paz mental”. Si bien, el objetivo de Factfulness no es aportar un aluvión de estadísticas, sino proporcionar “herramientas para pensar de manera sencilla”, que ayuden “a captar correctamente la imagen global” y a mejorar la concepción de “cómo funciona el mundo”.

(Hans Rosling, Ola Rosling, Anna Rosling Rönnlund: “Factfulness. Diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo. Y por qué las cosas están mejor de lo que piensas”. Editorial Deusto (Barcelona), 2018, 352 págs.)
Finalmente, un clásico que sigue de perenne actualidad: la Comedia de Dante Aligheri, en la versión del catedrático, traductor y poeta, José María Micó. Este ha quitado la palabra “Divina” siendo así fiel al título original. El resultado de esta cuidada edición de El Acantilado es un obra sumamente atractiva, muy apta para un público amplio, gracias a la limpidez de la traducción, y el apoyo de su aparato crítico, para quien desee profundizar más en la obra de Dante.

(Dante Aligheri: Comedia El Acantilado, Barcelona 2018, 944 págs.)
“Todo pensamiento, sea religioso o político, tiene interés en perpetuarse, porque la idea que ha conmocionado a una generación quiere conmocionar a otras y dejar huella. ¡Y qué precaria inmortalidad la del manuscrito! ¡Un edificio es un libro mucho más sólido, duradero y resistente! Para destruir la palabra escrita bastan una antorcha y un turco. Para demoler la palabra construida, hace falta una revolución social”.
Estas palabras de Victor Hugo (1802-1885) cobran especial relieve ahora que un incendio ha estado a punto de conseguir lo que ni una revolución, ni dos guerras mundiales lograron. El novelista, poeta y dramaturgo francés concedía singular importancia al legado arquitectónico de la vieja Europa, que en el París de su época estaba amenazado por las demoliciones y el menosprecio de sus contemporáneos. Sostenía que en la Edad Media “el poeta nacía arquitecto”, y que una catedral gótica era la máxima expresión de creatividad.

Por eso, no dudó en convertir a Nuestra Señora de París (Notre-Dame) en escenario y, al mismo tiempo, personaje de la novela del mismo título, cuando su editor, Gosselin, le pidió que escribiera una. Corría el año 1830, Hugo tenía 28 y había escrito algún drama romántico, como Cromwell o Hernani, y dos libros de poesía, Odas y baladas, y Las orientales. Concibe entonces una gran novela coral, ambientada en el siglo XV, en la estela de la novela histórica que cultivaba Walter Scott. Los protagonistas son los habitantes de París -desde el rey de Francia hasta los hampones de la Corte de los Milagros- y la propia catedral gótica.
Se cruzaban en el empeño de Hugo, su gusto por el folletín romántico y su interés por la arquitectura
Se cruzaban en el empeño de Hugo, su gusto por el folletín romántico (amores desdichados, fatalismo, pasión y muerte, giros imprevistos en la trama) y su interés por la arquitectura. De hecho, el éxito de la novela, publicada al año siguiente, popularizó a la catedral y contribuyó a sensibilizar a la sociedad para preservar el patrimonio arquitectónico de París. Años después, en 1859, el arquitecto Eugène Viollet le Duc reconstruyó la aguja de Notre-Dame, que el reciente incendio ha destruido.
La novela, de 700 páginas -que Hugo escribió en 6 meses-, cuenta las desventuras de la gitana Esmeralda, acosada por el archidiácono Frollo y pretendida por el poeta Gringoire. Ella ama al capitán Febo, pero Frollo intenta asesinarlo y hace recaer las sospechas sobre la chica, que es juzgada y condenada. Después de diversas peripecias, Esmeralda termina ajusticiada en la horca, y Quasimodo, el campanero jorobado de Notre-Dame, enamorado de la joven, da muerte a Frollo.
La gitana y el jorobado, arquetipos románticos
Dos personajes, la gitana y el jorobado, la belleza y la fealdad personificadas, se convierten en arquetipos románticos. Este último, un desecho humano que permanece oculto, y al que todos desprecian, resulta tener sensibilidad poética y un corazón tierno, aunque sea consciente de que el suyo por Esmeralda es un amor imposible. Ambos, seres marginados e inocentes, constituyen el contrapunto de la hipocresía y el maquiavelismo del archidiácono Frollo.
Pero el telón de fondo y testigo mudo de la historia es Notre- Dame, su campanario, torres, y gárgolas. Ese lugar que Hugo ha descrito como nadie: «Y la catedral no era sólo su compañía, era su universo, era toda su naturaleza. No soñaba con otros setos que los vitrales siempre en flor, con otras umbrías que las de los follajes de piedra que se abrían, llenos de pájaros, en la enramada de los capiteles sajones, otras montañas que las colosales torres de la iglesia, otro océano que París rumoreando a sus pies».
El éxito de la novela fue inmediato, dentro y fuera de Francia. El poeta Théophile Gautier escribió en el prefacio de la edición de 1835: «Seguramente Notre-Dame es la novela más popular de la época (…) Si se nos permitiera poner límites a un genio en su plenitud y con tanto futuro, podríamos decir que Notre-Dame seguirá siendo la obra más bella del poeta”.
Carlos Pujol: «En él está todo. La realidad y la fantasía, lo cotidiano y lo sublime…»
Pero el genio creativo de Hugo no terminó ahí. Años más tarde, escribiría otras grandes novelas que afianzarían su fama imperecedera, como Los miserables, Los trabajadores del mar, El hombre que ríe, o poemas épicos como La leyenda de los siglos. Fallecido en 1885, fue enterrado en el Panteón de París, y está considerado uno de los autores más notables e influyentes de las letras francesas.
El poeta y traductor Carlos Pujol, que ha estudiado a fondo su poesía y la de otros franceses del romanticismo, subraya la ambición y la grandeza artísticas de Victor Hugo: «En él está todo. La realidad y la fantasía, lo cotidiano y lo sublime, la lírica y la épica, el yo y el universo, la eternidad y la historia, el amor y la muerte». Y se podría añadir… y la catedral.
Ha estallado la guerra en Europa. ¿Qué sentido tenía para un intelectual español de campanillas, en 1624, adepto a una cátedra en la universidad de Valladolid o Salamanca, emprender un viaje al epicentro de una guerra que iba a durar tres décadas?
La guerra empezó en 1618 con la defenestración en el Castillo de Praga de tres funcionarios imperiales. Pero lo que empezó como conflicto regional acabó desatando “la primera conflagración general europea”, según dijo el historiador Jaime Vicens Vives.
Rodrigo de Arriaga sabía lo que estaba pasando. ¿Tenía sentido irse a Bohemia a elucubrar sobre el sexo de los ángeles, cuando en Centroeuropa sonaban tambores de guerra por doquier y se empezaba a diezmar la población checa?
Tal vez sí, pero hubo otros criterios que le impulsaron a ir adelante. Para Arriaga tenía sentido el salto a un mundo casi desconocido, al “país de las historias”. Y, en el caso de que sintiera respeto por lo que se avecinaba, encontró argumentos para acallar sus reservas. El hispanista e historiador checo Josef Forbelský dice que el logroñés viene cargado de complejo de superioridad. Como súbdito de Felipe III y miembro de la Compañía de Jesús, entra en Bohemia por la puerta grande. ¿Acaso no gobiernan aquí familiares de los monarcas españoles?
Se han consolidado en el trono tras el episodio de Montaña Blanca, que cambió el destino del reino. Fernando III de Habsburgo, que tiene el patrocinio sobre la Universidad Carolina, pone y quita a su gusto. Y encomienda a los jesuitas la gestión de la corporación académica. Y siente tanta predilección por los discípulos de San Ignacio que ficha a Arriaga, no sólo para la universidad, sino para enseñar lengua castellana a su hijo.
Veía como su segunda patria se desgarraba con pestes y destrucción. Él lo consideraba un escarmiento, permitido por Dios, por los errores pasados. Arriaga aprendió una nueva lengua, que llegó a hablar con fluidez. Su correligionario Bohuslav Balbin dice que predicaba en checo de manera edificante.
Arriaga participó en la disputa teológica para contrarrestar el jansenismo
Apunta otro profesor de la Carolina, el teólogo Václav Wolf, que Arriaga era un jesuita “típico” de su tiempo. Eso suponía participar intensamente en las disputas intelectuales más en boga. Quiso sobre todo contrarrestar el jansenismo. Esta era una corriente de pensamiento iniciada por el sacerdote belga Cornelio Jansenio que negaba la capacidad del ser humano para escoger bien. ¿Por qué? Porque está viciado por el amor propio. Era como decir que el hombre no tiene libre albedrío, y que sólo busca su propio interés. Cualquier virtud es sólo apariencia, fachada, máscara, ya que lo que el hombre hace en el fondo es buscarse a sí mismo. Para Jansenio nacemos con ese defecto de fábrica. Y una de las consecuencias es tender siempre a lo más placentero. Estamos predeterminados. La pregunta que se hacen hoy algunos estudiosos, como el profesor Jacobo Schmulz de La Sorbona, es si Jansenio fue precursor de Freud.
Arriaga se empeñó en combatir cualquier brote de jansenismo que asomara por Praga. Esa corriente trató de echar raíces en algunas instituciones académicas de la capital bohemia, pero a la larga no prosperó. Y los checos quedaron libres del jansenismo.
Videre Pragam et audire Arriagam
No quiero seguir adelante sin aclarar una cuestión. ¿Tiene hoy el pensamiento de Arriaga alguna relevancia? Parece que en círculos académicos checos ha recobrado actualidad gracias a intelectuales como Stanislav Sousedík y Václav Wolf. Los trabajos de este último abordan el desarrollo del pensamiento teológico en la Universidad de Praga, donde Arriaga ocupa un puesto destacado.
¿Qué piensa hoy el mundo sobre él? ¿Qué grado de interés despierta en la comunidad académica internacional? Con intención de despejar esta incógnita tomé un tren hasta České Budějovice, más conocido como Budweis. Un lugar con resonancias cerveceras. En noviembre de 2016 se celebró aquí un simposio internacional sobre Pedro Hurtado de Mendoza. Es un jesuita español de la época de Arriaga. Escolástico barroco y maestro del logroñés. Son muchos los nexos entre ambos. Por eso sus nombres figuraban en el título de varias ponencias.
Por cierto, que Budweis fue una de las ciudades que Arriaga visitó en sus periplos por el país. Y ahora esta ciudad ha querido volver a honrarle. Y es que, con el paso de los días del logroñés en Centroeuropa se acuñó una frase, que luego ha quedado para la posteridad: Videre Pragam et audire Arriagam. Algo así como que “ir a ver Praga y a oír a Arriaga”. Un piropo a la ciudad y a uno de sus hijos adoptivos.
Francisco Suárez, Hurtado de Mendoza o Arriaga, ayudaron a abrir el pensamiento escolástico al mundo de las nuevas ideas
Uno de los ponentes del simposio, el mexicano David González Ginocchio, profesor de la Universidad Internacional de La Rioja, explica que estos hombres del comienzo del barroco, como Francisco Suárez, Hurtado de Mendoza o Arriaga, ayudaron a abrir el pensamiento escolástico al mundo de las nuevas ideas. Era otra realidad, pues había que verse las caras con los protestantes, con lo que esto implicaba de ruptura del concepto de una cristiandad monolítica. Había también que afrontar el problema de los indios y depurar el concepto de los derechos humanos. Luego estaba el asunto de la aparición del Estado Nación.
Ginocchio está más interesado en los fundamentos de la filosofía práctica y en cómo estos autores toman la tradición medieval y la adaptan a los nuevos tiempos en política y teoría jurídica. Porque son con ellos, con los escolásticos barrocos, con los que están discutiendo célebres intelectuales como Hobbes, Leibniz y el mismo Descartes. Y no sólo dialogan con los jesuitas Hurtado de Mendoza y Arriaga, sino que los admiran. “Uno puede leer a Hobbes, Leibniz y Descartes y encontrarse con ideas fantásticas, pero Hobbes y Leibniz con quien están discutiendo es con estos autores”, asegura el mexicano.
Como botón de muestra cabe mencionar el conceptualismo, esa forma de explicar la realidad a partir de marcos conceptuales situados en el entendimiento, es decir, poniendo el origen del conocimiento en la mente humana, y no en el contacto de los sentidos con la realidad que nos envuelve. Los expertos hilan más fino y dicen que esta teoría filosófica es un punto intermedio entre nominalismo y realismo. Algo que se escapa al alcance de estas líneas, pero que fue desarrollado por pensadores como Arriaga. Una forma de entender las cosas que, sin duda, fascinó a Descartes y explicaría su admiración por el logroñés.
Y Ginocchio añade: “En filosofía, Hobbes y Leibniz son los que van por la línea fuerte, pero son estos (Hurtado, Arriaga, etc.) los que están en la Universidad, formando políticos, obispos, etc. Y son los que hacen el trabajo duro de adaptar toda la tradición medieval a la nueva época. Son ellos quienes ven el problema, adaptan el problema y lo entienden”. El problema es seguir edificando el saber a partir de lo que ya conocemos, afrontando esta tarea teniendo en cuenta las nuevas percepciones y los nuevos temas que interesan, pero sin despreciar los hitos logrados por los antiguos.
El estudioso mexicano utiliza aquí, como símil, las “teorías constructivas en Educación”. Estas son un proceso dinámico de aprendizaje por el cual el alumno, dotado de unas herramientas, puede construir sus propios procedimientos para resolver un problema, de forma que sus ideas se modifiquen y siga aprendiendo.
Volvamos a describir el problema con ayuda de otro de los participantes. Jacobo Schmutz, profesor de La Sorbona, dice: “La metafísica de Arriaga, como la de Hurtado, nos permite pensar otros tipos de objetos y de problemas. Nos permite pensar problemas de fundamentación de los objetos matemáticos, el mundo de la naturaleza en una forma cuantificada. Estos son cosas muy distintas. No hace la metafísica débil. La metafísica es siempre metafísica, es una descripción de los constitutivos fundamentales del mundo, del ser –en vocabulario ontológico–. Una metafísica tomista puede explicar seguramente el ser creado, si a uno le interesa esto. Pero la metafísica escolástica moderna nos permite entender un poco mejor los constitutivos esenciales de objetos conjuntos, de objetos materiales, objetos matemáticos, en formas que no son posibles en la tradición”.
La cita de Schmutz plantea claramente una encrucijada, consecuencia de un problema. Y el problema surge cuando ese sistema operativo llamado vieja escolástica no se actualiza y tiende poco a poco a desvirtuarse. No es que se llene de virus, sino que la memoria operativa se consume en rutinas inútiles, que impiden que el ordenador funcione, es decir, que la filosofía sirva a su fin. Los “software developers” de ese proceso se encerraron en sí mismos, como en un bucle. Quedaron atrapados en sus silogismos –en sus viejas lógicas–, cuando en realidad el mundo estaba cambiando.
El sistema se estaba quedando anquilosado porque surgían nuevas lógicas o, mejor, otros objetos de conocimiento que requerían un modo diferente de pensar. Un mundo de nuevos usuarios empezaba a buscar respuestas a nuevos interrogantes. No se interesaban tanto por lo que se había planteado hasta entonces, donde predominaba, según Schmutz, “la tradición causal jerárquica de la creación”.
Dicho también con palabras del profesor francés, “la filosofía y teología tardo medieval no entienden una concepción causal jerárquica del universo, que ya empezó a abandonarse en el siglo XIII”. Schmutz se refiere a la teoría de la participación, desarrollada por Platón. Esta teoría hace referencia a la relación que existe entre las ideas, eternas, perfectas e inmutables, y el mundo material, perecedero, imperfecto y mudable. Las ideas son, por un lado, el modelo y la forma o esencia de las cosas materiales; por otro lado, son el fundamento de los conceptos mediante los cuales conocemos la realidad y nos permite ordenar el mundo en su dimensión lógica y científica. El orden de participación de las cosas materiales en las ideas hace posible el conocimiento racional por conceptos que responden a la realidad del mundo. Los conceptos universales se forman, según esta filosofía, a partir de la experiencia, por abstracción de las formas comunes en las que participan las cosas materiales.
Lo que ocurre, según apunta Schmutz, es que “la teoría de la participación está vinculada a una concepción neoplatónica del universo, basado sobre la idea de una causalidad divina, que baja en varias etapas hasta las últimas criaturas materiales”.
Conexión entre la escolástica y la teoría del conocimiento
Frente a eso, añade el galo, “la escolástica europea desde el siglo XIII ha ido basándose más sobre una teoría del conocimiento, de lo que puede conocer la mente, y abandonando un poco esta idea de la eficiencia jerárquica”. Más que en desarrollar todas las implicaciones posibles del hecho de que Dios creó al hombre y la naturaleza, interesa más la crítica del conocimiento.
Es decir, que se produce “un cambio en la práctica de la filosofía”. Y son esos aires de cambio los que inspiran a Hurtado y Arriaga, para tratar de encontrar la forma de integrar la sabiduría antigua con la sensibilidad moderna. En el prefacio de su curso de filosofía, el mismo Arriaga dice: “En el presente libro pienso versar no tanto los problemas teológicos…, como las cuestiones que surgen al investigar el mundo natural que nos circunda”. Simplemente, no le interesa hacer un estudio de Dios a partir de la razón.
Contemplar la realidad para ver en ella sólo los destellos del Creador podía bastar a los buenos monjes que hacían vieja escolástica. Por eso la teología era para ellos la reina de las ciencias, y todos los saberes confluían en ella. Pero los nuevos intereses se dirigen a objetos matemáticos y virtuales, no solamente a Dios y los ángeles. Y la lista de esos objetos virtuales sigue creciendo hoy en día con la llegada de Internet y “La nube”.
A partir de la época moderna, que arranca con Dante, Leonardo, Miguel Ángel y Galileo y otros, comienzan a interesar también posibles determinaciones de nuestro comportamiento, la subjetividad, las relaciones humanas. Tal vez hacían falta otras herramientas para describir estas realidades horizontales. Antes acapararon protagonismo las verticales, la relación con el Creador, como se demuestra en el arte y arquitectura de las catedrales góticas. Con el tiempo, al tomismo no le queda más remedio que evolucionar hacia el neotomismo. Eso ocurrió en el siglo XIX. Pero dos siglos antes, la adaptación de la vieja escolástica es intentada por los hombres en torno a los que giró el simposio de Budweis.
¿Tenía sentido que el jesuita Arriaga, cuatro siglos después de Tomás de Aquino, arremetiera contra el tomismo y hablara de la escolástica, o esa forma de hacer filosofía en el Medievo, como un “razonamiento tan precario”? En realidad, no se trataba sino de un deber inevitable para un intelectual honrado. El de intentar encontrar esas nuevas formas de explicar un mundo cambiante. Formas que resultaran más satisfactorias que las anteriores.
Pero hay que matizar la crítica que hace Arriaga. Remito a Ginocchio: “De alguna manera hubo que adaptar el tomismo a realidades nuevas, y eso supone, más que romper con el tomismo, el deseo de recuperar el método del tomismo, el interés de Tomás de Aquino por la verdad, por la especulación, y cómo adaptarla a los problemas modernos”. Dicho con otras palabras: “Más que rompimiento, veo rompimiento con las tesis anquilosadas, pero no con el método del tomismo”, aclara el mexicano.
Antes de terminar con Ginocchio, quiero mencionar otra cita de la entrevista, que confirma el atractivo que tiene hoy el pensamiento tomista. El mexicano aseguró que “en el mundo anglosajón se está recuperando mucho la influencia de la Escuela de Salamanca, por ejemplo en Economía. O, en las teorías de los derechos humanos, se está viendo cómo surgen aquí (en la universidad salmantina)”. Y también mencionó la teoría del derecho moderno, que surge del trabajo intelectual y pedagógico del dominico Francisco de Vitoria en Salamanca, donde también destacó el jesuita Francisco Suárez. “Son muchos puntos en los estamos aprendiendo a escarbar en lo que construyeron estos”, apostilla Ginocchio.
Sólo añadir que las “tesis anquilosadas” a las que se refiere este estudioso se han generado en un contexto muy particular. Aquí los términos Europa –con todo lo que entraña de civilización y desarrollo intelectual– y Cristiandad son intercambiables. Prueba de ello es que se utilizan indistintamente en la correspondencia diplomática de la época, donde era moneda común referirse a la Cristiandad al hablar de Europa. Entiendo que la razón estriba en un hecho constatable. Desde el Medievo, en las universidades europeas la ciencia es elaborada y transmitida por monjes y frailes, convencidos que su actividad es totalmente compatible con la razón. Es decir, que el cristianismo aporta un caldo de cultivo y, sobre todo, manos para el desarrollo científico. Y también da sentido de unidad a ese trabajo. Una unidad que creen irrompible.
Pero las cosas empiezan a tambalearse cuando entran otros actores profanos en escena. Tipos a los que las elucubraciones sobre el sexo de los ángeles les importan un pimiento. Y también cuando surge el protestantismo y los Estados Nación en la Edad Moderna. La religión deja de ser argamasa que mantiene unido el edificio, y pasa a ser arma arrojadiza. Antes se lucha por un territorio o por el simple dominio continental. Ahora empieza a lucharse por otra visión del mundo, algo que llega a su apogeo con la Ilustración y la Revolución Francesa, que niegan lo que se había conseguido hasta entonces. Y tratan de aniquilarlo. ¿Era necesario un cambio tan drástico?
Los actuales gestores de la UE parecen liderar un proyecto basado en esas mismas premisas antropocéntricas
Además de buscar una justa independencia del actuar humano, la Ilustración busca implantar un nuevo orden de ideas, en este caso antropocéntrico y “antideico”. Se quiere reconstruir una nueva humanidad con el hombre como único referente. De ahí surgen ismos como hegelianismo, positivismo, marxismo, fascismo y nazismo, entre otras ideologías, algunas de ellas de cuño totalitario y excluyente.
Los actuales gestores de la UE dan la impresión de liderar un proyecto común basado en esas mismas premisas antropocéntricas. Han dado muestra de ello al rechazar el enunciado sobre las raíces cristianas de Europa en el preámbulo de la abortada Constitución europea. Y también al insistir en nuevos derechos (a la vivienda, al trabajo, a la salud, a la recreación, a la alimentación, a la educación, al transporte, al agua, a la energía, al petróleo). Parece que han eclipsado un derecho importante que existía antes: el derecho a la vida.
En medio de esta rara coyuntura, enturbiada por la crisis económica y de los refugiados, muchos tratan de acallar los logros de la integración comunitaria. Y los Estados Nación vuelven a sacar pecho. Como en la época que le tocó vivir a Arriaga. Ejemplo de ello es el “brexit” británico y la política de puertas cerradas a los refugiados que postulan los cuatro países del Grupo de Visegrado (Chequia, Eslovaquia, Polonia y Hungría). Aunque son miembros de la Unión Europea, tienen ganas de forjar su propio futuro sin imposiciones ni corsés comunitarios.
Escolásticos barrocos como Hurtado y Arriaga tratan de incidir en el contexto pre-Ilustración. Y parece que fracasan, pues el torbellino de los acontecimientos se los lleva por delante. Pero han sembrado una semilla que dará su fruto. El interés que suscitan hoy estos hombres, a los que incluso dedican simposios en Centroeuropa en pleno siglo XXI, es prueba de ello. ¿No son ellos los que tuvieron la llave para abrir la puerta del conocimiento de una civilización a las nuevas realidades?
¿Somos libres?
Hemos hablado de los esfuerzos, sobre todo a partir de la Ilustración, de crear una nueva sociedad con el hombre como único referente. Si esto es así, y la historia de cada uno acaba con la muerte, ¿tiene sentido hablar de libertad? ¿Para qué ser libres si a largo plazo no reporta ninguna ventaja? La idea de un mundo antropocéntrico gana terreno cuando llegan los racionalistas franceses y empiristas ingleses. No es que esté mal replantear el saber y hacerlo pivotar sobre lo que hombre es capaz de conocer por su razón y tocar con sus sentidos. Es que si se hace ignorando los avances que se lograron antes, puede ser empobrecedor. Y antes había un consenso general, no sólo entre pensadores, de que las cosas no se acaban aquí. Y esto era también una fuente de sabiduría y libertad. El historiador inglés Anthony Bridge lo recuerda en su libro Las Cruzadas. Muchos se fueron a pelear a Oriente Medio para asegurarse un “futuro” mejor en alguna parte. Y no precisamente aquí. No importaban las penalidades de llegar hasta Constantinopla por tierra o barco. Eran armadas de voluntarios. Incluso a estas expediciones suicidas se sumaban niños imberbes. ¿Eran libres?
Según Freedom House sólo el 40% del planeta es libre y sólo un 24% lo es parcialmente
¿Somos libres? El informe 2016 sobre Libertad en el Mundo, que elabora el observador independiente de los derechos cívicos “Freedom House”, llega a unas conclusiones desalentadoras.
Freedom House, que lleva 75 años promoviendo el cambio democrático y defendiendo los derechos humanos, señala que sólo el 40% del planeta es libre, frente a un 36% que no lo es, y un 24% que sólo lo es parcialmente.
Sería interesante ver qué se opinaba sobre la libertad en tiempos de Arriaga, cuando finaliza la “Pax Hispanica”, el rostro de Europa queda desfigurado por la guerra de los Treinta Años y la peste causa estragos en Bohemia. A falta de sondeos de opinión, nos queda el testimonio cualificado del filósofo, ya que la libertad es uno de los temas que abordó.
Ante la pregunta de si somos libres, concluye que sí. Y lo justifica por razones morales. Sin libertad no puede haber justicia. No podemos merecer algo, premio o castigo, si no hemos actuado libremente. Es decir, que no hay recompensa si existe tal cosa como la predestinación. Era un concepto muy debatido entonces. Por eso pregunté a uno de los participantes del simposio de Budweis, al mencionado profesor Schmutz, sobre el tema. Me aclaró que la postura de Arriaga tiene un nombre técnico: “indiferentismo absoluto”. No indiferentismo en sentido de pasotismo, sino de no estar sujetos a ninguna determinación, ya sea externa o interna. La externa es la que proviene de alguien que nos gobierna. La interna son las propias tendencias, todo ese mundo de pasiones que uno arrastra consigo. Arriaga es un vehemente defensor de la libertad. Por este motivo chocó con otras corrientes de pensamiento, como la del dominico Domingo Báñez, el calvinismo protestante o el jansenismo.
Esas corrientes afirmaban que el hombre no es capaz de hacer algo realmente meritorio. Simplemente no puede, porque está defectuoso. Ha sufrido una avería que lo ha dejado medio inservible. Los que niegan la libertad no se ponen de acuerdo en el alcance de dicha avería.
Y en el caso de que uno esté dispuesto a funcionar como si nada hubiera ocurrido, no tiene más remedio que confiar en alguien por encima de él. Alguien que no tenga en cuenta el terrible estado en que nos encontramos. Gracias a ese ser superior, podemos volver a volar como una cometa. A hacer vistosas piruetas en el aire, siempre bajo la mirada atenta del que nos maneja. Si nos soltamos, vamos a la deriva y nos estrellamos contra el suelo. Para volar sólo tenemos que dejar que ese ser superior nos lleve con el hilo.
“Pensamos hacer el bien, pero hacemos el mal, y esta es la gran idea de los jansenistas. Nosotros, en la política europea, pensamos hacer el bien con las subvenciones a la agricultura. Parecen bien, pero ¿qué pasa? ¿Cuál es el efecto último? Arruinamos a África. Arruinamos otras partes del mundo”, dijo Schmutz.
Lo interesante de la cita de Schmutz no es lo que dice acerca de la Política Agraria Común (PAC), sino lo que afirma sobre la libertad. Esa “libertad absoluta” es no estar supeditados a nada ni nadie cuando hacemos actos con calificación moral. Resulta buena si nos hace mejores, y si trae el bien a la sociedad de los hombres, a esa aldea cada vez más global. De lo contrario, esa libertad sin límites no es buena. Esa es la conclusión de los jansenistas, según Schmutz. Y entonces no tiene sentido defender la libertad con argumentos abstractos. Arriaga, por el contrario, sí que trató de hacerlo, para salvar la idea del mérito, ya que sin mérito no hay justicia.
En el pensamiento de Arriaga se mantiene la libertad de decisión humana, sin que Dios sea dependiente del actuar humano
Es altamente improbable que un lector sin inquietudes filosóficas se exponga alguna vez al razonamiento de Arriaga. Por eso voy a mostrarlo con ayuda de metáforas. Para ello hay que introducir un elemento llamado “gracia”. Esta es la manera como el ser superior, al que Arriaga llama Dios, nos ayuda a volar como cometas. Es el soplo que ayuda a despegar del suelo y, una vez en el aire, a mantenernos ahí en medio de la tensión, y dar lo mejor de sí mismos. Una cometa en la arena de la playa es triste, ya que está hecha para volar. Parecer como si estuviera esperando cualquier soplo de aire para elevarse.
Según el filósofo logroñés, gracia y libertad cooperan de tal forma que la primera no obliga a la segunda. En el pensamiento de Arriaga el hombre es libre de romper los hilos de la cometa. Se mantiene la libertad de decisión humana, sin que Dios sea dependiente del actuar humano. Si el hombre decide seguir unido al cordel, puede desplegar toda una serie de virtualidades en el cielo. Dios también es libre y tiene un conocimiento especial que le permite ver nuestras acciones antes de que se produzcan. Y prepara su caja de herramientas para el caso de que decidamos romper el hilo de la cometa. Y tapar los agujeros, y sustituir las varillas de madera que quedaron fracturadas. Antes será necesario encontrar la cometa extraviada, y dejarse encontrar es también parte de la libertad humana. Algo con lo que Dios también cuenta. Pero si decide seguir amarrado al cordel, entonces es posible que Dios suelte más hilo aún y la belleza de las piruetas sea aún mayor.
Para Arriaga, el conocimiento que Dios tiene de nosotros está condicionado por nuestra libertad. Dios no nos obliga a volar, sino que sopla cuando sabe que la cometa puede elevarse y sabe positivamente que no vamos a cortar los hilos. Y sabe cuándo debe tener preparada la caja de herramientas. De esta manera se salva el obrar de Dios como algo eficaz. Que Dios no pierde el tiempo al actuar. “Este conocimiento condicionado es necesario en el concepto de Dios, quien sabe no sólo lo que ocurre, sino también lo que depende de condiciones”, precisa el teólogo Wolf. Dios ayudaría “con especial amor” a los que sabe que van a elegir bien en esas situaciones concretas. Y otorgaría sus gracias convenientemente ya que sabe cómo acabará la película.
El filósofo logroñés no consiente en hablar de predestinación en sentido fuerte –un destino que no admite discusión y no depende de mí–, sino de un Dios que ha querido obligarse libremente a mandarnos la gracia. Se ha obligado libremente a soplar, cuando sabe que la cometa está en condiciones, porque lo que quiere es que vuele. Arriaga prefiere hablar de una predestinación en sentido de conocimiento, que respete la libertad. Dios regala al ser humano los medios que prevé serán eficaces, y lo sabe a través de ese conocimiento especial de lo que va a pasar.
Frente a la idea de Arriaga existe la de pensadores como el dominico Domingo Báñez. Es como la de Arriaga, pero en vez de poner el énfasis en la posibilidad de romper el hilo de la cometa, lo hace en la actitud incansable de Dios para evitar que el hombre lo haga. Es como si Dios no dejara de soplar para que el hombre sienta la agradable fuerza del viento, y se dé cuenta de que siempre es buen momento de izar la cometa. Lo principal en este escenario es el incansable empeño de Dios, que toma casi todo el protagonismo. No lo hace por afán de figurar, sino para que no nos desalentemos.
Arriaga no estuvo de acuerdo con esas tesis de Báñez que dejaba la libertad humana un poco en la penumbra
Arriaga no estuvo de acuerdo con esas tesis de Báñez y los dominicos, que dejaba la libertad humana un poco en la penumbra, y como condicionada al empeño de Dios por soplar. Aunque fuera brillante, el logroñés no podía zanjar el asunto de un plumazo. ¿Quién podría decir la última palabra sobre la libertad? Ni siquiera el Papa se vio con ánimo de hacerlo. Sólo pidió a unos y otros que suspendieran el juicio sobre el razonamiento contrario. Hasta entonces, todos quisieron contribuir con su granito de arena al animado debate, en el que acabaron tirándose los platos. Suscitó disputas famosísimas, como la que hubo entre dominicos y jesuitas. Arriaga fue testigo cualificado de esta polémica. Sólo al final lograron conciliar unas diferencias que parecían insalvables. Uno de los grandes conocedores de Arriaga, el checo Stanislav Sousedik, afirma que el logroñés fue uno de los que contribuyó a esa reconciliación intelectual entre esas dos familias de religiosos.
Si el debate encendía los ánimos en el lado católico, el hecho de que intelectuales protestantes entendieran la libertad de manera muy distinta, los convirtió en enemigo común para los pensadores católicos. Otro de los enemigos comunes fue el jansenismo, que había surgido en el seno del catolicismo, pero que recordaba más bien al calvinismo. Tanto Calvino como Jansenio estaban convencidos de que existía predestinación.
Volviendo a nuestra metáfora de la cometa, el jansenismo se da cuenta de que las cometas al volar pueden frustrar sin querer el vuelo de los pájaros, chocar unas con otras, enredarse en los árboles, y al final siempre caen al suelo con riesgo de partirse. ¿No es mejor quedarse en el suelo de la playa? El jansenismo es como no querer volar, para evitar todos esos peligros. Y estudia el proceso interior que lleva al hombre a comportarse como tal. Algo que tiene mucha actualidad. Lo que ocurre es que hay cometas que vuelan. Y para que eso suceda, el jansenismo no ve otra explicación que Dios está empeñado. Dios levanta la cometa y la mantiene en el aire con sus brazos. Lo que ocurre es que no trata a todas las cometas por igual. Escoge a algunas y a otras las deja en la playa. Esto es la predestinación.
Arriaga está dispuesto a debatir de tú a tú con los dominicos sobre el argumento sobre el excesivo protagonismo de Dios. Pero con los jansenistas, adopta una postura radicalmente distinta. Simplemente, no tienen derecho de ciudadanía. Y utiliza contra ellos un juicio normativo. Un juicio normativo es decir que existe un pensamiento fuerte, con derecho de imponerse a un pensamiento débil. Es decirles: Tú, no vales. Vimos antes que hay límites al conocimiento, y parece sensato buscar explicaciones que sean lo más satisfactorias posibles, sin convenir a priori quién tiene derecho a opinar. Sobre todo en temas que nos tocan muy de cerca, como la libertad. Pero con el jansenismo, Arriaga no admite componendas. Hay que extirpar sus brotes como sea. En esto, el moderno pensador riojano muestra su rostro más intolerante.
El problema para Arriaga es que el jansenismo ha traído cola. Aunque las ideas de Jansenio no echaran raíces en la Universidad de Praga, donde el logroñés actuó como muro de contención, sí lo hicieron en otros sitios. Dice Schmutz: “Tenemos que ver la dimensión racional que hay en el pensamiento jansenista, y que también explica por qué ha sido tan leído en el siglo XVIII en España como en Francia por la élites ilustradas, no sólo por cristianos ascéticos. El jansenismo ha sido leído mucho”.
Schmutz reivindica algo más en Jansenio. “Los jansenistas niegan la libertad por razones teológicas, pero también por razones filosóficas, que son válidas. Los jansenistas –aunque esto puede parecer un poco loco- han lanzado el reto del determinismo freudiano y marxista antes de Marx y Freud, porque una idea de una determinación de nuestros actos, que también es invisible a nuestra conciencia, es una cosa que la teología jansenista del siglo XVII –no Jansenio mismo, pero sí los escolásticos jansenistas–, han desarrollado. Esa idea (errónea) que pensamos ser libres, porque ignoramos las motivaciones reales de nuestros actos, que pueden ser la envidia, el deseo, etc.”.
Usando nuestra metáfora, podemos decir que el determinismo freudiano es la cometa que no quiere volar, porque prefiere quedarse en la playa contemplando a las chicas rubias en bañador. Esa atracción llega a convertirse en la obsesión de un “voyeur”. Para qué volar como una cometa, si desde arriba no se puede ver el glorioso panorama.
Hombre de curiosas disquisiciones
Arriaga también tiene interesantes páginas sobre el tema de la predestinación, en concreto, que Dios ha querido obligarse libremente a mandarnos su ayuda. También dice que el camino de la salvación no consiste en ser hombres y mujeres sin tacha, sino un camino de penitencia. Dios no se ha fijado en el hombre porque haga obras buenas sólo humanamente, sino que únicamente con obras de carácter sobrenatural podemos atraernos su agrado. Esto es un misterio para aquellos que no conocen la figura de Cristo. ¿Pueden sus obras tener carácter sobrenatural? Para Arriaga la predestinación del hombre a la bienaventuranza eterna empieza con que Dios regala al ser humano los medios que prevé serán eficaces, lo que es conocido a través de la ya mencionada “ciencia media”.
Jacobo Schmutz hizo una interesante reflexión final sobre lo que Arriaga representa. El logroñés formó parte de ese grupo que “todavía tenían una visión integral de la ciencia, y esto es una cosa medieval”, algo que estos autores del siglo XVII mantuvieron. Gracias a ellos, “aprendemos para la vida cotidiana sobre nuestra propia identidad”. Para este intelectual de La Sorbona, “hacer historia de la filosofía es una terapia civilizacional”. Es hacer pensar sobre lo que somos, sin miedos.
Esa terapia puede ser individual, contando el origen de tus propios sueños a un psiquiatra. A diferencia de esto, “la filosofía son los sueños, la ideas, los razonamientos de una comunidad, de una civilización, de una cultura, y este es un ejercicio muy interesante porque hoy no es algo tan frecuente”, añade.
Nuestra visión histórica, dice Schmutz, se ha forjado en el siglo XIX, y está basada en el racionalismo. Esta corriente define, desde la Ilustración, las nuevas reglas de juego, apoyadas en lo que la razón puede demostrar. Ahora somos testigos de otro avance. La nueva vuelta de tuerca de este proceso racionalista es hoy un fenómeno llamado “datismo”. Con la llegada de internet y las redes sociales, se ha desarrollado la industria de recogida de datos hasta límites insospechados. Luego, mediante algoritmos, se puede analizar el comportamiento de los internautas y prever tendencias, hasta determinar con relativa exactitud hasta el resultado de unas elecciones legislativas en cualquier país. Un ejemplo es el caso de la compañía de análisis de datos Cambridge Analytica, que influyó en el referendo británico de salida de la UE (“brexit”).
Lo que subyace detrás del “datismo” es que, al final, no somos más que un amasijo de información susceptible de expresarse en términos binarios, de códigos genéticos reprogramables, de sustancias químicas alterables. Algo que, convenientemente procesado, arreglado, manipulado, puede incluso hacernos inmortales, como los abogados del transhumanismo sueñan.
El pensamiento de Arriaga es una vuelta a los viejos conceptos sobre lo que somos, seres compuestos de materia y espíritu, algo sobre lo que tenemos una cierta idea y manejamos de manera más o menos inconsciente. Algunos esa parte espiritual del hombre la llaman energía. No importan tanto las palabras, sino qué queremos decir con las palabras. Y aquí surge otro problema. La palabra espíritu inspira demasiado respeto. Incluso algunos consideran que aceptarla es como encajar un gol en fuera de juego. Y entonces el escepticismo moderno se encabrita. Y no pocos en nuestras sociedades actuales prefieren dejarse cautivar por otras ideas del hombre. Por eso, la idea antigua del cuerpo y espíritu está en riesgo de diluirse en el entorno de Google y Facebook.
Schmutz da a entender que Descartes y Kant se han colado en el cenáculo de los pensadores insignes por la puerta de atrás
Para Schmutz, reflexionar con Arriaga “tiene mucho que ver con la circulación de ideas, con formas a menudo ideológicas de hacer filosofía, ya que nuestras formas de hacer filosofía están vinculadas a formas de escribir la historia, y cómo durante tres siglos se ha escrito la filosofía como una victoria de Descartes y Kant”.
Estos dos están considerados en los manuales de filosofía como pioneros del racionalismo e idealismo modernos, que comparten el escepticismo para conocer con certeza la realidad externa, objetiva e independiente que nos rodea. De un racionalismo e idealismo que, tras un largo proceso de maduración, son la base del “datismo” y la reducción del hombre a un amasijo de información que puede alterarse sin cortapisas.
A pesar de la proclamada victoria de estos racionalistas, que se han convertido en iconos de la filosofía, Schmutz da a entender que Descartes y Kant se han colado en el cenáculo de los pensadores insignes por la puerta de atrás. Ni inventaron nada, ni en realidad interesaban a la gente de su época. La evidencia que aporta el estudioso de La Sorbona es que, a diferencia de esos dos pensadores, “no hay una biblioteca donde no veas millones de volúmenes de los escolásticos”, como Hurtado, Arriaga o Suarez.
Arriaga murió el 7 de junio de 1667 y está enterrado en la cripta del Santísimo Salvador. Pude bajar a la cripta y ver el montón de huesos de los jesuitas, entre ellos Arriaga, y otros conspicuos intelectuales praguenses que yacen aquí. La razón de que no estén en sus ataúdes originales es que ya no existen. Esta zona de la ciudad está afectada por las crecidas del río Moldava, que de forma periódica golpea malecones y zonas de la ribera, y anega sótanos del casco histórico. De ellos sólo quedan muros góticos, mientras que la madera se acaba pudriendo. Por eso, los anteriores moradores del Klementinum tuvieron que reagrupar los huesos, y dejarlos formando una especie de túmulo.
A medida que crece la preocupación por la posverdad, tiene menos sentido seguir defendiendo que el relativismo es lo que más conviene a la democracia. Si lamentamos las noticias falsas es porque creemos que hay unos hechos que no dependen de nuestras opiniones.
Justo lo contrario de la actitud que favorece la polarización: importa lo que dice mi tribu, no lo que sea cierto. De ello advierte el informe Hidden Tribes: A Study of America’s Polarized Landscape, realizado por la organización More in Common: “El tribalismo destruye la verdad y la objetividad, y las reemplaza por lealtades en conflicto”.
De ahí el auge de los filtros burbuja y de las cámaras de resonancia ideológicas, potenciados –a juicio de los autores del estudio– por la tendencia de algunos medios de comunicación y redes sociales a hacer de la crispación la base de su modelo de negocio. Y de ahí también la manía de politizar todos los ámbitos de la vida social.
El resultado es una conversación pública en la que “todos y cada uno de los temas pueden verse como un conflicto de facciones entre ellos y nosotros, y en la que los fines partidistas justifican cualquier medio”.
La aspiración a la verdad es un antídoto frente a la obstinación que hace de cada opinión un dogma incontestable, como explicaban los profesores Robert P. George y Cornel West en una importante declaración: “Quien huye de la idolatría de poner sus opiniones por encima de la verdad querrá escuchar a personas que ven las cosas de forma diferente, para entender qué consideraciones –pruebas, razones, argumentos– les han llevado a un lugar diferente de aquel en que, de momento, se encuentra”.
La rigidez parece alimentarse más de la identidad de grupo, la antipatía o el miedo al diferente que de las propias convicciones
Es esta disposición a tomarse en serio a las personas con las que discrepamos –y no la indiferencia relativista– lo que “nos vacuna contra el dogmatismo y el pensamiento de grupo, tan tóxicos (…) para el funcionamiento de las democracias”.
Los investigadores de More in Common señalan que a la polarización han contribuido más las dos tribus –de las siete en que dividen a la sociedad estadounidense– cuyas visiones del mundo son más rígidas: los que llaman “progresistas activistas” y “conservadores devotos”. Pero la rigidez parece alimentarse más de la identidad de grupo, la antipatía o el miedo al diferente que de las propias convicciones.
Así, “el tribalismo se refleja en la importancia que las personas atribuyen a su pertenencia a un grupo en particular, en su sentido de solidaridad con los demás miembros de la tribu, en su hostilidad hacia los miembros de un grupo rival, en su tendencia a pensar de forma parecida a los de su tribu en un amplio abanico de temas, y en las narraciones que comparten sobre los valores morales con otros miembros de su tribu”.
El poder de la tribu pesa más en el actual contexto político de Estados Unidos, donde las diferencias entre los dos grandes partidos “ahora se superponen con divisiones religiosas, culturales, geográficas y raciales”, sostiene en Vox el politólogo Lee Drutman, investigador del think tank New America.
Hace unas décadas, cuando el consenso cultural y social era mayor que ahora, los partidos políticos se diferenciaban menos entre sí. Pero a medida que se fue resquebrajando ese consenso, las disputas de valores entre republicanos y demócratas llegaron a ser más decisivas, hasta el punto de que militar en una formación o en otra supone cada vez más alinearse con unas identidades y aparcar otras.
La tendencia a dividir el mundo entre “ellos” y “nosotros” no es algo exclusivo de los populistas
Lo que dice Drutman se puede ilustrar con un ejemplo de Hidden Tribes: mientras que un 86% de “conservadores devotos” y un 78% de “conservadores tradicionales” consideran que la religión es un aspecto importante en sus vidas, solo un 24% de “progresistas activistas”, un 49% de “progresistas tradicionales” y un 50% de “progresistas pasivos” piensan lo mismo.
Son estas diferencias profundas las que han hecho que “la política se haya vuelto más emocional, pues la percepción es que en cada cita electoral hay más en juego. Ya no son solo partidos compitiendo entre sí, sino [que la competición se extiende] a los estilos de vida que representan”, opina Drutman.
El mismo patrón es visible en la política europea, donde las viejas disputas por el tamaño del Estado tienen menos peso que los debates sensibles como el aborto, el concepto de matrimonio o el final de la vida. Está claro que los desacuerdos de ideas siguen siendo determinantes. El reto es comprender por qué nos están dividiendo tanto.
La tendencia a dividir el mundo entre “ellos” y “nosotros” no es algo exclusivo de los populistas. Y tampoco es realista pensar que la apertura de mente es monopolio de un grupo. Como ya mostró un estudio realizado por investigadores de tres think tanks independientes, pese a que los conservadores tienden a ser vistos como más intransigentes que los progresistas, lo cierto es que unos y otros “presentan niveles similares de intolerancia hacia grupos ideológicamente diferentes”.
Nicholas Kristof: “Nos llevamos bien con quienes no se parecen a nosotros, siempre y cuando piensen como nosotros”
Según explicaba uno de los investigadores, el psicólogo social Mark Brandt, la supuesta mayor apertura de los progresistas hacia ciertos colectivos (ateos, homosexuales…) bien podría ser simplemente un sentimiento de simpatía hacia quienes comparten sus mismos valores. Pues también los progresistas muestran prejuicios hacia quienes piensan y viven de forma diferente a la suya (partidarios de la familia tradicional, católicos…). En palabras de Nicholas Kristof: “Nos llevamos bien con quienes no se parecen a nosotros, siempre y cuando piensen como nosotros”.
Hidden Tribes también subraya que la necesidad de adherirse a otros que comparten la misma visión del mundo está muy arraigada en el ser humano. Y se acentúa en momentos de polarización: “Cuando las personas perciben una amenaza externa, se acercan más a su grupo y establecen líneas claras que los separan de aquellos a quienes ven como extraños”.
Lo que cabe en una visión del mundo
El sentido de pertenencia a un grupo surge de varias fuentes. Hidden Tribes destaca la nacionalidad, el sexo, la raza, la religión, la ideología y el partido político. Todas ellas influyen en la visión del mundo, aunque de forma desigual.
Aquí es difícil sacar conclusiones muy contundentes. El dato de que los dos grupos más polarizados son los que más importancia dan a la ideología, podría llevar a atribuir la crispación a la firmeza de convicciones. Pero la ideología no determina los puntos de vista ni siquiera dentro de una misma tribu. Por ejemplo, entre los “progresistas activistas”, el 40% de mujeres creen que los derechos del sexo opuesto están privilegiados en el país, frente al 1% de varones que piensan lo mismo. La brecha también es notable entre los “conservadores devotos”, pero en otro sentido: el 38% de varones creen que los derechos del sexo opuesto están privilegiados, frente al 8% de mujeres que piensan eso.
Junto a la identidad de grupo, el estudio señala cuatro “creencias fundamentales” que influyen igualmente en la forma de ver el mundo: el miedo ante lo que percibimos como una amenaza; la preferencia por un estilo educativo más permisivo o estricto; los valores morales a los que damos prioridad; y el debate libertad vs. determinismo.
En este parte del estudio, hay explicaciones convincentes y otras más discutibles, que se basan en correlaciones forzadas. Por ejemplo, resulta creíble pensar que los más predispuestos a priorizar en la educación de sus hijos el respeto a los mayores, los buenos modales o la obediencia a las reglas, serán más propensos que los permisivos a preocuparse por el orden público. Pero cuesta creer que su conservadurismo moral también sea achacable a lo mismo: la correlación existe, ¿pero es la única variable?
Tampoco se entienden algunas disyuntivas que plantean los investigadores, por ejemplo, cuando preguntan a los encuestados si creen que EE.UU. necesita “más razón y ciencia” o “más fe y religión”. Para unos investigadores que desean atajar la polarización, este tipo de simplismos no ayudan.
A rebajar la crispación ayudaría tener presente que cuestionar una idea no es criticar ni juzgar a quien la expresa
Pese a sus defectos, Hidden Tribes presenta dos grandes aciertos. Primero: muestra que nuestras visiones del mundo están lejos de ser el fruto de sesudas reflexiones; más bien, parecen el resultado de una mezcla bastante heterogénea de convicciones, identidades, valores, emociones… Y segundo: ofrece indicios para pensar que el peligro para las democracias no son las convicciones firmes basadas en razones, sino el tribalismo a que aboca la posverdad.
A rebajar la crispación ayudaría tener presente que cuestionar una idea no es criticar ni juzgar a quien la expresa. Lo explica muy bien J. Budziszewski, profesor de filosofía política en la Universidad de Texas en Austin. Si hoy nos falta capacidad para debatir de forma civilizada, es porque muchas personas han llegado a convencerse de que “no hay bases racionales para las opiniones sobre las cuestiones importantes de la vida”.
Esto lleva a Budziszewski a dudar de que muchas opiniones sean tales. Más bien, parecen “características personales”. Si uno identifica sus puntos de vista con su persona, el diálogo se torna imposible. Porque criticar sus ideas parece que equivale “a criticar el tamaño de su nariz. No lo ve como un desacuerdo, sino como una desaprobación (…); como si quien discrepase de él, le estuviera diciendo: Soy mejor que tú”.
Si no hay referencias externas con las que contrastar, si solo importa la obstinación de que “lo mío no se discute”, cualquier opinión se vuelve intocable.
Si solo importa la obstinación de que “lo mío no se discute”, cualquier opinión se vuelve intocable
“Al adoptar esta actitud, también blinda sus opiniones frente a toda posible refutación. Si dice: ‘Creo que estos huevos no están podridos’. Y otro le responde: ‘No estaría tan seguro; los tres últimos que los comieron, enfermaron’. Y aquel replica: ‘Bueno, yo creo que están bien’, ese ‘yo creo’ se convierte en un tapón para la conversación, porque la prueba de que una opinión es cierta es su correspondencia con la realidad. Pero la posibilidad de que exista una prueba para sus opiniones es justo lo que él niega”.
Mal negocio sería despedir del espacio público las verdades objetivas para llenar su hueco con opiniones concebidas como prolongaciones de la identidad. Si no hay referencias externas con las que contrastar, si solo importa la obstinación de que “lo mío no se discute”, cualquier opinión se vuelve intocable: para que nadie se sienta juzgado, prescribimos que los puntos de vista y los estilos de vida no pueden ser criticados. En nombre de una tolerancia light, se nos cuela el dogmatismo duro.