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No descarto que sea un problema de visión, pero para mí la literatura auténtica siempre apunta, desde más abajo o arriba, a lo bueno, a lo hermoso y a la verdad. Del desaparecido escritor Sánchez Ferlosio interesa, por ejemplo, la insobornable inteligencia. Para nada, su nihilismo ni su mal humor. De su libro Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1993), que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo, me quedo, además de con algunos cuentos chinos deliciosos, con esto:

“Lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere.

(…)

Sólo aquella que corre gravísimo peligro de pasar inadvertida es una verdadera novedad.

(…)

Ser bueno aparejará, entonces, dejar de parecerse a sí mismo, al menos un poquito cada día.

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No me quiere; tal vez no es Melibea… ¡Claro que es Melibea! Lo que pasa es que yo no soy Calixto.

(…)

El que ya tiene un monumento ecuestre tiene muchas más probabilidades de que le hagan otro que el que, en cambio, no tiene todavía ninguno

El que ya tiene un monumento ecuestre tiene muchas más probabilidades de que le hagan otro que el que, en cambio, no tiene todavía ninguno.

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Entre la injusticia de insultar al prójimo y la indignidad de sonreírle hay un discreto término medio: mirar para otro lado.

(…)

Retráete atrás a la noche,

tu patria y cuna,

aunque el alba de antaño

no vuelva nunca.

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En otro tiempo yo creía que “entender” quería decir bastante más de lo que a mí me pasaba cuando en verdad estaba entendiendo igual que los demás […]

Vendrán más años malos y nos harán más ciegos. Destino. 160 págs. 18 euros
Vendrán más años malos y nos harán más ciegos. Destino. 160 págs. 18 euros

 

(…)

Quien, como yo, carece de humildad esperará siempre en vano que el sentido del ridículo pueda servir de sucedáneo de esa virtud que le falta. Le servirá, a lo sumo, de castigo una y otra vez, pero jamás de correctivo. […] El sentido del ridículo es como una humildad que llega siempre tarde.

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Música, vas demasiado aprisa, demasiado segura, demasiado alegre para que yo te entienda.

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Tan sólo la Justicia pudo enseñarle a la moral esta perversidad: que ser bueno y ser malo son la misma cosa, sólo que del revés.

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La tolerancia es un pacto perverso en el que cada parte renuncia a la pasión pública de sus razones y las convierte en estólidas e impenetrables convicciones, o sea en verdades encerradas en un ghetto, a cambio de una paz que no es concordia sino claudicante empecinamiento y ensismismada sinrazón. […] Nunca pararse en esa indiferencia o desdén definitivo que es la tolerancia.

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Cuando la acción se ha vuelto inercia y rutina, ya sólo la omisión es resistencia, deliberación y libertad.

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El acto positivo de demostrar algo implica inevitablemente el reconocimiento de derecho de la hipótesis contraria. […] El mero asumir el papel de defensor implica reconocer siquiera la existencia de un fiscal y concederle la palabra”.

(…)

Hasta aquí Ferlosio. Uno, ya ven, corregiría el título de su libro: ¡Que vengan más de éstos, que nos harán más lúcidos!


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.