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Ver productosNueva Revista acoge los retos que tiene planteados la postmodernidad, entre los que destacan los que se pueden llamar, adaptando la terminología de Antoine Compagnon, los antipostmodernos. O sea, pensadores, escritores y artistas que asumen una forma crítica de ser postmodernos. Entre ellos (Roger Scruton, Robert Spaemann, Rémi Brague, Fabriçe Hadjadj…), destaca el pintor Ramón Gaya (Murcia, 1910-2005).
Sobre este tema, resulta de gran interés el libro Otra modernidad. Estudios sobre la obra de Ramón Gaya (Pre-Textos, 2018). La autora, Miriam Moreno Aguirre, es doctora de Filosofía con una tesis dedicada al pintor murciano y ya había publicado otro libro sobre él: El arte como destino (Comares, 2010). A esa profundidad académica y a su especialización, se suma la intensidad de un trato personal de muchos años y una sensibilidad artística muy afinada. Estamos ante una obra exhaustiva de una de las mayores expertas en Ramón Gaya.
Otra modernidad aspira a ser el estudio total sobre Ramón Gaya. De ahí su estructura: habla por orden primero de su vida, después de su pensamiento (seguido a través de sus principales libros), luego de su pintura y, finalmente, de su concepción del arte. Se complementa con una precisa conclusión, con una completa bibliografía de libros, conferencias y artículos sobre el pintor y con una generosa selección de cuidadas láminas de sus cuadros y dibujos. Sin la contemplación directa de sus obras no se puede culminar ningún estudio completo.
Lo importante no es, sin embargo, la exhaustividad, sino la plenitud. La importancia de su vida trasciende la curiosidad natural del admirador porque forma parte indisoluble de su sensibilidad y de su pensamiento, como puede seguirse en Diario de un pintor (1984). Del mismo modo que su literatura y su crítica de arte son el sustrato de su evolución pictórica, y viceversa. Un mérito de Miriam Moreno es dejar esto meridianamente claro. Aunque va afrontando la figura de Ramón Gaya por compartimentos, nunca son estancos. Están llenos de referencias significativas a las otras dimensiones.
Influyeron en su formación Juan Ramón Jiménez, Bergson, Nietzsche, Spinoza
Siendo filósofa, la autora está especialmente cualificada para rastrear las fuentes intelectuales de Ramón Gaya. Tanto la nómina como su exposición resultan deslumbrantes. Se arranca de la influencia directa que tendrá Juan Ramón Jiménez, cuyo magisterio reconoció siempre. A partir de ahí se va ascendiendo por las figuras señeras de la Institución Libre de Enseñanza y el krausismo, que tanta huella dejaron en Gaya, hasta los grandes pensadores vitalistas como Bergson o Nietzsche o incluso Spinoza.
Miriam Moreno puede permitirse plantear asuntos bien sutiles como la relación conflictiva, pero receptiva, de la obra de José Ortega y Gasset, con la que Ramón Gaya discute (sobre todo en lo relativo a la deshumanización del arte) pero a la que también admira y de la que se nutre. Se hacen iluminadores paralelismos con las intuiciones de Gaston Bachelard, con la clarividencia de Walter Benjamin y hasta con el espíritu de sucesión temporal y salvación artística que alienta en el proyecto narrativo de Marcel Proust.
La extensión y la exhaustividad del estudio no impiden que Miriam Moreno aporte una clave concreta de comprensión. La autora sostiene que el eje de la inmensa obra pictórica, literaria y crítica de Ramón Gaya es su confrontación temprana con las vanguardias, su rechazo de la modernidad de curso legal y su propuesta de otra modernidad posible.
Con dieciocho años, un ilusionado Ramón Gaya viaja a París a encontrarse con las vanguardias, que ha admirado en las reproducciones de las revistas de la época y que ha imitado incluso en sus primeros cuadros. Vuelve profundamente decepcionado, salvando apenas a Pablo Picasso y a Francisco Bores, en los que atisba una continuidad con la tradición. Él mismo lo cuenta: «Me encontré en la calle con Jorge Guillén que me preguntó con avidez: “¿Qué?, ¿qué? Dígame usted qué impresión ha traído de París”. Y le dije: “Mire usted, a mí lo que me gusta es Las Meninas”».
No le interesa una pintura que rompa con lo anterior
A partir de ese momento (1928), será consciente de que no le interesa una pintura que rompa con lo anterior ni que separe el arte de la vida y de la realidad, ni tampoco, como irá defendiendo más y más, que desarraigue la pintura de la trascendencia. Con esas tres premisas construye una alternativa moderna distinta a la oficial, asumiendo desde muy pronto la inevitable soledad consiguiente. «Es cierto que en nuestros días el arte ha venido a parar, cuando mucho, en esa especie de competencia o justa meritoria, pero que haya venido a caer en eso no quiere decir que consista, precisamente, en eso», advierte.
Lo que Gaya llama el «histérico prurito de modernidad» es, desde su punto de vista, lo que esteriliza el arte, produciendo apenas «originales prematuros» y artefactos de arte-artístico. Su amigo el poeta Tomás Segovia resume la denuncia de Gaya de «la astucia de la “cultura” moderna, convertida en el virus más mutante del mundo, para burlar nuestra inmunidad a los adoctrinamientos cuando ya creíamos haberla adquirido. Me refiero a esa mutación que consiste en hacer suya la resistencia misma a su contagio, en hacer de la rebeldía una obediente rutina, de la innovación un hábito repetitivo, de la ruptura un mérito casi siempre premiado y de la libertad una altanera irresponsabilidad».
Gaya no se conforma, sin embargo, con ser un reaccionario o un negacionista de la modernidad corriente, sino que propone otra modernidad, como Miriam Moreno subraya con la máxima potencia del título de su ensayo. Más claro no pudo ni decirlo ni pintarlo: «Acabo de pintar un Homenaje a la pintura moderna. Es una naturaleza muerta en la que se ven cuatro reproducciones: una de Cézanne, una de Van Gogh y, un poco más lejos, una de Tiziano y una de Velázquez. Eso es lo que a mí me parece que es la pintura moderna».
Si “clásico no es más que vivo”, moderno no puede ser más que vivo también
E insiste: «Claro que existe… otra cosa –una especie, diríamos, de energía soterrada– que acaso también puede (y con mayor motivo) ser considerada “modernidad”, pero no es, entonces, en absoluto, esa petulante modernidad exterior, vistosa, brillosa, fugacísima, que todos sabemos, sino otra más secreta, más verdadera: es una modernidad que no consiste en ir sacándose de la manga, sin ton ni son, míseras novedades pueriles, tontas, tontucias, sino en dar vigorosa vida sucesiva a lo de siempre, a lo fijo de siempre. Porque si “clásico no es más que vivo”, moderno no puede ser más que vivo también; pero claro, vivo de… vida, de vida vívida».
En efecto, su amor a la tradición tiene intensas implicaciones biográficas. De su durísimo exilio mexicano tras la Guerra Civil española, lo que más insoportable fue no poder contemplar directamente a los grandes maestros, a los que no duda en llamar sus «amigos», con el idéntico espíritu con el que José Jiménez Lozano llama a sus escritores del alma «gentlemen and friends». Ambos reviven los versos famosos de Quevedo: «Vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con mis ojos a los muertos».
Esa intimidad personal con los maestros es la raíz de algo que perspicazmente destaca José Luis Pardo: el rechazo de Gaya al comodín de la teoría abstracta. Su mirada sobre la pintura es la «de un espectador no “protegido” del cuadro por el escudo de la historia del arte que amansa y contrarresta la inmediatez». Gaya no cree, por tanto, que el arte progrese, concluye Moreno, que no ignora que «en el punto de vista de la historia del arte subyace el supuesto de la idea de progreso como norma a partir de la cual se valoran las obras y los artistas». De ahí, «la sospecha gayesca de que la obra de creación se esconde de los eruditos hasta desaparecer, como si huyera de todo aquel que se enfrenta a ella con ideas o teorías. […] La obra se abre y se entrega a los que la esperan con cierta humildad».
Esta es la posición para entender sus famosos homenajes, esto es, los cuadros de Gaya en que incluye la reproducción de la obra de un maestro. Acierta José Muñoz Millanes en destacar el afán de Ramón por «acoger al maestro»; pero también lo hace Juan Manuel Bonet al indicar que en los homenajes «nuestro autor se muestra en su doble faceta de contemplador y de creador al mismo tiempo», que son dos facetas en él indisolublemente unidas, sobre las que construye su otra modernidad.

Miriam Moreno lo destaca: «La trayectoria del pintor ha transcurrido en una doble faceta: como creador de una inmensa obra pictórica y, al mismo tiempo, como contemplador excepcional». Subrayemos ese «al mismo tiempo» de Moreno, porque tiene un sentido horizontal, en paralelo su obra y la tradición, pero también un sentido vertical: la tradición en nuestro propio tiempo a través de su obra, actualizada y actuante. Es como si Gaya hubiese tomado el famoso programa del poeta T. S. Eliot: «Tenemos que ser modernos para defender el pasado y creativos para defender la tradición” y, afirmándolo, lo hubiese redondeado: tenemos, al mismo tiempo, que admirar el pasado para defender la modernidad y que asumir la tradición para sostener la creatividad.
¿En qué estriba esa creatividad de Ramón Gaya que lo hace no sólo un acerado crítico de la modernidad oficial, sino otro moderno distinto y, sobre todo, un maestro único? Su apertura al misterio desde la vida. Casi ascética es, por tanto, su etapa más minuciosamente realista, como él mismo explica: «En México, donde atravesé una faceta de gran rigor, estuve pintando cuadros de un realismo muy textual, a pesar de que no era eso lo que quería, pero lo consideraba una disciplina necesaria. Y sólo cuando esa disciplina rigurosa de la realidad se ha llevado al extremo, puede uno librarse del realismo. Siempre he sabido que del realismo había que librarse atravesándolo, yendo más allá de él. Sólo así encontraremos el misterio. Porque lo que verdaderamente tiene misterio no es la fantasía, ni la imaginación, como ha pretendido el realismo, sino la realidad».
Exactamente lo mismo que hace con la realidad (trascenderla a base de sumergirse en ella, de amarla, de respetarla) es lo que Gaya ha logrado con la tradición. Del mismo modo que la actualización de la tradición pasaba por su vida y su atención íntima, interior, ininterrumpida, a los maestros, también esta apertura a lo sagrado que vemos en sus cuadros arranca de su existencia. Miriam Moreno, en la culminación de su ensayo, nos habla, en un apartado que hay que leer con la máxima atención, del «El extremoso deber de Ramón Gaya». Describe la estricta exigencia ético-estética que sostiene el inmenso edificio de su obra pictórica y literaria.
Lo esencial, para Gaya, no será, por tanto, ni pintar ni escribir, sino ser
Lo esencial, para Gaya, no será, por tanto, ni pintar ni escribir, sino ser. Lo dijo, al hablar del baile de Pastora Imperio: «No se trataba de hacer, sino de ser»; y lo explicó haciendo referencia al arte taurino de Manolete: «Manolete estaba, no actuaba nunca. Ésa era su aristocracia, no actuar, no hacer, o sea, restarle, quitarle acción a lo que hacía, a lo que no tenía más remedio que hacer para no quedar inmóvil, porque quedase inmóvil —como don Tancredo— hubiera sido una explotación plebeya, presuntuosa, de su aristocracia». Es la traducción vital del lema pictórico de Ramón Gaya: «Que deba ser silencioso y no pueda, en cambio, ser mudo, es la mayor dificultad técnica del arte».
Lo cual nos deja de nuevo ante el ubicuo tema de la nobleza de espíritu, quizá inesperadamente, aunque fuese una inquietud gayesca desde sus orígenes krausistas y su fervor juanramoniano hasta su rechazo del elitismo estético de Ortega. La extrema exigencia de nuestro pintor consigo mismo, la conciencia de su libertad interior, el respeto a su vocación, el deseo de tratarse y aprender de los mejores, el compromiso con la verdad y el valor para mirar de frente al misterio, todo lo que Miriam Moreno recoge con rigor y temblor en su ensayo, nos aboca a una última pregunta. ¿No será la nobleza de espíritu la manera de lograr esa otra modernidad más creativa, más honda, más auténtica, más vivida?
«Querer es poder dice el refrán popular». Porque la libertad es el mejor don del ser humano. Pero a lo largo de nuestra historia occidental, quizá hemos olvidado que la libertad no consiste solo en hacer hoy y ahora lo que me gusta o atrae, sino en la responsabilidad de querer asumir y aceptar lo no elegido.
Es más conveniente para nuestra armonía interior la aceptación que el dominio. De lo contrario, siempre iremos a contrapelo, en una tensión interior que nos rompe por dentro y se muestra hacia fuera en actitudes agresivas y violentas, porque el yo, contaminado por una susceptibilidad enfermiza, se siente siempre atacado.
Nunca como en el siglo XXI han estado los seres humanos más esclavizados por otros, a pesar de las constantes proclamas y reivindicaciones de los derechos humanos. El que no se acepta a sí mismo en su vulnerabilidad, tampoco acepta a los otros y la contrapartida es dominarlos, porque nuestras frustraciones las convertimos en cabeza de turco para volcarlas sobre los demás.
Etty Hillesum y los sufrimientos que se temen
Dice en sus Diarios Etty Hillesum (joven judía ejecutada en Auschwitz): «Empiezo a darme cuenta de que, cuando sientes aversión hacia el prójimo, debes buscar la raíz en el disgusto contigo mismo» (Une vie bouleversée. Journal (1941-43), ed. Du Seuil, 1985, pág. 81, traducido del francés). Y más adelante: «Los peores sufrimientos del hombre son los que se temen» (Idem pág. 230).
Reducir la ansiedad a que nos conduce el dominio propio o de los demás, es una prueba de libertad que nos libera de muchas tensiones, de tener que exhibir contra viento y marea unas determinadas cotas de status social o intelectual que nos agotan en el camino de conseguirlos o de mantenerlos, como un deportista de élite que no puede bajar su marca, sin perder su posición en el ranking.
La lucha constante contra los demás nos impide la armonía interior y crea una ansiedad que nos vuelve esclavos de nuestra propia imagen narcisista. Renunciar a entenderlo todo, a ser comprendidos, a ser valorados en todo momento, es un ejercicio de libertad que libera nuestras tensiones.
Por el contrario, la vulnerabilidad atrae, como lo muestra el Caballero de la Triste Figura -nuestro mejor y universal mito literario- totalmente ajeno a la arrogancia y, al mismo tiempo, aquella favorece siempre el diálogo. Como dice Levinás: «Somos personas en la medida de nuestra necesidad del otro». El diálogo es cercanía, lugar de encuentro, frente al afán de dominio; deseos de compartir frente a las imposiciones del ego.
Don Quijote es signo de convivencia porque en él siempre se vislumbra al otro: mozas, venteros, arrieros, pastores, cabreros
Para María Zambrano, Don Quijote es signo de convivencia porque en él siempre se vislumbra al otro: mozas, venteros, arrieros, pastores, cabreros, todos son algo de su yo y de su circunstancia, como diría Ortega y Gasset. Alonso Quijano siempre elude una razón inerte a favor de una razón cordial, como diría Unamuno, o una razón misericordiosa, en palabras de María Zambrano.
El trato de don Quijote se basa en la confianza y ante ella, todos se desarman, se crecen y olvidan resentimientos que podrían hacer confusa la medida de lo humano.
El encabezamiento de estas líneas, «aceptación frente a dominio», supone asumir la opción de que «todo empieza donde tú quieres» ya que aquella, en lugar de esclavizarnos, nos libera. Crear comunidad supone romper las ataduras del individualismo, hoy más potentes que nunca.
Concluiremos con esta cita de Ortega y Gasset en Meditaciones del Quijote: «Amor es un divino arquitecto que bajó al mundo, según Platón «a fin de que todo en el universo viva en conexión». La inconexión es el aniquilamiento. El odio que fabrica inconexión, que aísla y desliga, atomiza el orbe y pulveriza la individualidad» (Austral, 2.000, pp. 5/6).
José Manuel Pingarrón, secretario general de Universidades, ha relatado hoy la propuesta de reforma de su departamento para el personal docente y universitario (PDI) y para la calidad de titulaciones, en el foro de Nueva Revista sobre la universidad. Antes ha intervenido Jordi Sevilla, presidente del Consejo Social de UNIR, quien se ha preguntado si estamos enseñando lo que de verdad los alumnos han de aprender.
José Manuel Pingarrón, secretario general de Universidades, ha intervenido esta mañana en el foro «La visión de la universidad desde la política», que dirige Rafael Puyol, presidente del Consejo Asesor de UNIR y ex rector de la Universidad Complutense. En sesiones anteriores participaron Marta Martín Llaguno (Ciudadanos) y Jorge Sáinz (PP).
En la jornada de hoy primero ha tomado la palabra Jordi Sevilla, presidente del Consejo Social de UNIR, presidente de Red Eléctrica de España y ex ministro de Administraciones Públicas con el PSOE, quien ha destacado que «algo debe pasarle a la universidad española puesto que llevamos hablando de su reforma desde hace noventa años, desde Ortega». La gran pregunta, según Sevilla, es:
El ex ministro ha señalado que la institución universitaria es algo demasiado importante como para «dejarla solo en manos de los universitarios». Se necesita la visión de órganos sociales, como los consejos sociales de las universidades, de foros como los organizados por «Nueva Revista»… y «la visión desde la política»; esta constelación impulsará a la universidad a situarse «en una atalaya distinta».
Sevilla piensa que ese es el camino para reformar la universidad, porque «la propia universidad no lo va a hacer» o «al menos no lo va a hacer voluntariamente». La «crítica competente», y «la crítica desde la competencia» contribuirá a mejorar, a «hacer las cosas de otra manera», asuntos a su vez exigidos por la intensidad de los cambios mundiales en todos los campos.
La ponencia de Pingarrón ha sido sobre «Las reformas de la universidad propuestas por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades».

Ha comenzado señalando algunos escollos: ahora mismo en las universidades españolas se ofrecen 8.590 títulos y a un ritmo de aumento de doscientos más al año, un hecho difícil de explicar. El personal docente e investigador (PDI) disminuye, está muy envejecido, y trabaja donde ha hecho la tesis normalmente. El ministerio impulsa un portal con un registro transparente de todas las plazas que ofertan las universidades o los institutos de investigación, y así espera contribuir a atajar la endogamia. Solo el 20 por ciento de los catedráticos son mujeres. Hay 23.000 profesores asociados y únicamente el 39,80 por ciento es doctor, «esto es un problema». Ha habido un gran incremento de las tasas de matrícula y con enormes diferencias entre las comunidades autónomas. Ha caído la financiación.
Ante este estado de cosas, Pingarrón ha sostenido que ha dejado preparado un borrador del estatuto del PDI, después de haberlo consensuado en los meses pasados con los agentes implicados. Ha insistido en que el personal ha de ser docente e investigador, porque si faltaba el adjetivo investigador el resultado sería una institución que podía ser muy respetable, como una Escuela de Negocios, pero no propiamente una universidad. El ministerio ha tratado de delimitar muy bien el itinerario de la carrera y los diversos requisitos: desde el comienzo (con el título de doctor) hasta la culminación como catedrático. El peso de la acreditación recaerá en la propia universidad. Propone primero el ministerio un contrato temporal de seis años a los doctores, prorrogable dos más. Había que terminar con el desagradable estado de cosas alrededor de los profesores asociados, precarios y mal pagados, sobre todo con la crisis económica a partir de 2008. En la universidad, esos profesores realizan el 25 por ciento de la tarea docente y su salario medio es de 600 euros, ha dicho. Había que volver al concepto original de profesor asociado: un profesional de reconocido prestigio que reforzaba las clases en la universidad. Habría también profesores sustitutos o interinos, con un contrato fácil que expire cuando tenga que expirar y con una retribución digna. Y habría profesores visitantes, mejor pagados y con un sendero trillado para la acreditación si es patente que aportan talento.
Después, Pingarrón ha pasado al real decreto 1393/2007, por el que se establece la ordenación de las enseñanzas universitarias oficiales, «el más modificado de la legislación española». Su departamento elabora un borrador nuevo en el que pone el énfasis en la «calidad de las titulaciones». Prima la «flexibilidad» y la «corresponsabilidad», para que la universidad dé cuenta ante la sociedad de cómo gasta y de los resultados que obtiene.
Propone que sea la universidad la que garantice la calidad de los títulos y que un organismo externo como la ANECA se concentre solo en acreditar la calidad de las universidades: la acreditación institucional. Ahora mismo la ANECA se atasca con la enorme tarea de validar títulos. Hay en España una oferta de 3.500 másteres sin contar los títulos propios. Entendía que se crearan títulos y másteres nuevos, pero no que no se cerraran o se reagruparan otros. También está a favor de carreras flexibles, de 180 o 240 ECTS (tres o cuatro años académicos), aunque con una cierta lógica y unidad por motivos de homologación: no, por ejemplo, que Química se estudiara en tres años en una comunidad autónoma y en cuatro en otra, aunque esto sí que podía ser el caso para nuevas titulaciones.
Ha tratado de la internacionalización, en concreto de la conveniencia de trabajar con el Espacio Iberoamericano de Educación Superior, y también con Asia y África. Para ello, había que evitar el «calvario de las homologaciones y exigencias» para los estudiantes de esas regiones.
Finalmente, ha mencionado el proyecto de una nueva LOSUE: ley orgánica del sistema universitario español, consensuada, con aspiración de duradera y estable, en la que tanto las universidades públicas como las privadas se entiendan como «servicio público», y donde se clarifique la forma de gobierno de las instituciones superiores de enseñanza.
No descarto que sea un problema de visión, pero para mí la literatura auténtica siempre apunta, desde más abajo o arriba, a lo bueno, a lo hermoso y a la verdad. Del desaparecido escritor Sánchez Ferlosio interesa, por ejemplo, la insobornable inteligencia. Para nada, su nihilismo ni su mal humor. De su libro Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1993), que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo, me quedo, además de con algunos cuentos chinos deliciosos, con esto:
«Lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere.
(…)
Sólo aquella que corre gravísimo peligro de pasar inadvertida es una verdadera novedad.
(…)
Ser bueno aparejará, entonces, dejar de parecerse a sí mismo, al menos un poquito cada día.
(…)
No me quiere; tal vez no es Melibea… ¡Claro que es Melibea! Lo que pasa es que yo no soy Calixto.
(…)
El que ya tiene un monumento ecuestre tiene muchas más probabilidades de que le hagan otro que el que, en cambio, no tiene todavía ninguno
El que ya tiene un monumento ecuestre tiene muchas más probabilidades de que le hagan otro que el que, en cambio, no tiene todavía ninguno.
(…)
Entre la injusticia de insultar al prójimo y la indignidad de sonreírle hay un discreto término medio: mirar para otro lado.
(…)
Retráete atrás a la noche,
tu patria y cuna,
aunque el alba de antaño
no vuelva nunca.
(…)
En otro tiempo yo creía que “entender” quería decir bastante más de lo que a mí me pasaba cuando en verdad estaba entendiendo igual que los demás […]

(…)
Quien, como yo, carece de humildad esperará siempre en vano que el sentido del ridículo pueda servir de sucedáneo de esa virtud que le falta. Le servirá, a lo sumo, de castigo una y otra vez, pero jamás de correctivo. […] El sentido del ridículo es como una humildad que llega siempre tarde.
(…)
Música, vas demasiado aprisa, demasiado segura, demasiado alegre para que yo te entienda.
(…)
Tan sólo la Justicia pudo enseñarle a la moral esta perversidad: que ser bueno y ser malo son la misma cosa, sólo que del revés.
(…)
La tolerancia es un pacto perverso en el que cada parte renuncia a la pasión pública de sus razones y las convierte en estólidas e impenetrables convicciones, o sea en verdades encerradas en un ghetto, a cambio de una paz que no es concordia sino claudicante empecinamiento y ensismismada sinrazón. […] Nunca pararse en esa indiferencia o desdén definitivo que es la tolerancia.
(…)
Cuando la acción se ha vuelto inercia y rutina, ya sólo la omisión es resistencia, deliberación y libertad.
(…)
El acto positivo de demostrar algo implica inevitablemente el reconocimiento de derecho de la hipótesis contraria. […] El mero asumir el papel de defensor implica reconocer siquiera la existencia de un fiscal y concederle la palabra».
(…)
Hasta aquí Ferlosio. Uno, ya ven, corregiría el título de su libro: ¡Que vengan más de éstos, que nos harán más lúcidos!
En un reciente artículo publicado en la revista digital Aeon, Neil Levy, investigador de Oxford y profesor de Filosofía en Sidney, ofrece una perspectiva sugerente sobre el debate relativo a la libertad de expresión y los escraches (no-platforming en inglés). Señala que los oradores invitados a las universidades reciben un reconocimiento que influye en la consideración de sus argumentos, dotándolos de una presunción de autoridad. El autor considera que los escraches pueden ser una respuesta legítima dirigida a poner en cuestión dicha presunción, pues buscan contrarrestar el reconocimiento que la institución universitaria le otorga, así como su influencia en la valoración de sus argumentos.
La mayoría de autores preocupados por este asunto asume que los escraches atentan contra la libertad de expresión. En general, se acepta la idea presentada en la Corte Suprema de EEUU por el juez Brandeis (sentencia de 1927, Whitney v. California), contra la falsedad y las falacias: «el remedio a aplicar es más discurso, no silencio forzoso». Quizá una excepción sea Christina E. Wells que, en Free Speech Hypocrisy (2018), afirma que el escrache debe considerarse como un modo de expresión legítimo.
Levy elabora una línea de crítica diferente contra los que se oponen a los escraches. En primer lugar, presenta la perspectiva privilegiada por quienes critican este tipo de protesta. Según él, los defensores del incontrolado flujo de ideas y discursos evalúan esencialmente lo que él denomina «pruebas de primer orden». La presunción de este enfoque es que los sujetos racionales son capaces de evaluar la validez de los argumentos expuestos por el orador y determinar su opinión a partir de dicha evaluación.
No tiene la misma presunción de veracidad una opinión vertida en un foro de internet que un artículo publicado en una revista de prestigio
Sin embargo, para Levy, existe un elemento esencial en toda discusión que influye necesariamente en el modo en que nos enfrentamos a dichos argumentos: ese es el impacto de las «pruebas de orden superior».
¿Cuáles son estas? Una serie de elementos colaterales a la pura confrontación de argumentos que, sin embargo, influyen de manera relevante en el oyente. Levy pone un ejemplo ilustrativo. Dos personas, después de compartir una cena, deciden repartir los gastos a medias. Imaginemos que el coste total de la cena son 40€. Una de las personas hace la cuenta y concluye que cada comensal debe pagar 20€. Sin embargo, la otra le replica que ha calculado que son 22€. A priori, la cuenta es muy sencilla, pero en cualquier caso, el comensal que ha propuesto pagar 20€ por cabeza, casi de modo instintivo, volverá a calcular la división.
Este ejemplo demuestra que algunos elementos ajenos a la propia argumentación (en este caso a la propia cuenta matemática) influyen en la postura que tomamos sobre una determinada conclusión. El desacuerdo es uno de ellos. Existen ejemplos más ilustrativos: no tiene la misma presunción de veracidad una opinión vertida en un foro de internet que un artículo publicado en una revista de prestigio; no se evalúa del mismo modo la propuesta de división de una cuenta hecha por un niño de 12 años que la de un doctor en matemáticas, etc.
Habida cuenta de esta reflexión, «una invitación para hablar en un campus universitario, en un evento prestigioso o escribir un artículo de opinión otorga pruebas de orden superior» argumenta Levy.
Cuando se permite a un orador subirse al estrado de una universidad, se le está dando una pátina de autoridad y prestigio que no tendría en caso de que expusiese sus opiniones, por ejemplo, en la esquina de un parque. La presunción de credibilidad, interés y competencia generada por el apoyo de una universidad son «pruebas de orden superior» que influyen en la ponderación de los argumentos escuchados. Levy señala que el refuerzo del orador es doble: por el prestigio de la institución anfitriona y porque ha sido seleccionado entre muchos potenciales oradores como el más oportuno. Y subraya que estas cuestiones son «pruebas genuinas» que es racional tener en cuenta, y por ello considera también razonable contravenirlas cuando su adscripción a un orador no sea legítima.
El ponente, desde el estrado, cuenta con cierto halo de veracidad que se convierte inevitablemente en un hándicap para quien habla desde una butaca
Estas «pruebas de orden superior» se caracterizan por ser muy difíciles de rebatir. Esta idea es esencial para rechazar los argumentos que defienden «más discurso». Los defensores del marketplace of ideas afirman que la posibilidad de invitar a oradores con ideas contrapuestas o la exigencia de que se abra un turno de palabras para que los asistentes puedan rechazar lo que han oído, sirven para discutir las posiciones del orador. Sin embargo, Levy señala que estas medidas no anulan el efecto de la invitación sobre la presunción de competencia del orador. En cierto modo, cualquiera que haya acudido a una charla y haya intentado rebatir las propuestas del ponente habrá sentido la impotencia que deriva de la desigualdad espacial: el ponente, desde el estrado, cuenta con cierto halo de veracidad que se convierte inevitablemente en un hándicap para quien habla desde una butaca.
Levy reconoce que este tipo de argumentos tienen únicamente validez prima facie. Sin embargo, apunta de nuevo contra los defensores del marketplace of ideas al señalar que dicha validez, para ser contrarrestada, debe atacarse con argumentos también de «orden superior» que generalmente no estarían dispuestos a aceptar como propios del debido debate.
Los ejemplos son ilustrativos: para negar la competencia de un invitado a una universidad podría afirmarse que «ha sido invitado porque es gerente de una empresa que financia a la universidad, no porque haya trabajado con rigor el tema del que hablará». Este no es un argumento del tipo de «primer orden» privilegiado por la perspectiva de «más discurso», e incluso generalmente se descarta por considerarse una falacia ad hominem. Sin embargo, si la idea de «pruebas de orden superior» es sostenible, este tipo de discusiones «de orden superior» serán esenciales para sustanciar un asunto racionalmente relevante: el grado de autoridad a asignar al orador.
Levy presenta entonces su argumento: los escraches son una de tantas «pruebas de orden superior» que actúan para reflejar elementos a tener en cuenta a la hora de evaluar la pertinencia, competencia y validez no tanto de los argumentos del orador, sino de su propia condición de orador. Implícita en esta afirmación está la idea de que el escrache, como tal, influye en la apreciación «de orden superior» que se hace sobre la ponencia existente.
La presunción de que un escrache actuará en contra del interés del ponente es dudosa: podría convertirle en víctima
Imaginemos que el ponente es un provocador nato, con nula competencia en la materia. Asumamos también que una institución universitaria tiene siempre cierto halo de prestigio, por tratarse de una institución dedicada a la educación superior. «Podemos estar seguros de que cederle espacio en la universidad producirá pruebas en favor de sus puntos de vista que será difícil rebatir». Pero no podemos estar seguros de que un escrache sirva contra ese provocador. Si bien a las universidades se les presume prestigio de por sí, efectos de los escraches sobre potenciales asistente son imprevisibles. En ese sentido la presunción de que un escrache actuará en contra del interés del ponente es dudosa: podría amplificar su mensaje, convertirle en víctima. Desde la perspectiva de quienes pretenden acallar al ponente sería necesaria una valoración táctica de los posibles efectos del escrache y pensar con prudencia antes de actuar, pues esos efectos no pueden discernirse en el plano teórico o a priori.
Este matiz añade una consideración «de orden superior» a valorar: ¿quiénes son las personas que promueven en escrache? ¿Cuáles son sus intenciones? Igual que el ponente puede ser un ignorante, o un provocador nato, nada impide pensar lo mismo de quienes organizan el escrache. ¿Lo hacen con argumentos o precisamente por carecer de argumentos?
¿Cómo es posible saber si un orador está legitimado a aprovecharse del prestigio de una institución universitaria para exponer sus opiniones? Es decir, ¿cómo saber si lo que afirma merece ser reconocido como creíble, interesante y razonable? Los riesgos de silenciar la verdad a través de la censura fueron señalados por John Stuart Mill en Sobre la libertad (1859). Parece que la premisa de Levy (que el orador exponga un punto de vista «que sabemos que es falso») tiene los pies de barro.
¿Quién decide quién está legitimado para invitar o no a oradores a la universidad?
A su vez, esta pregunta apunta a otra de importancia esencial: ¿quién decide quién está legitimado para invitar o no a oradores a la universidad? La utilización de un escrache podría leerse del siguiente modo: un determinado grupo de individuos se considera legitimado a revocar la decisión de otro grupo de individuos de reconocer a un orador el privilegio de aprovecharse del prestigio de una institución de la que ambos grupos forman parte.
Sin embargo, estas dudas tampoco deben llevar a engaño. La tarima de una universidad es un espacio de autoridad que «distorsiona» la valoración de los argumentos del orador, y es cierto que esta «distorsión» no se arregla a través de los medios que proponen los defensores de «más discurso».
Además, la propia intención o el modo de acceder a dicho espacio puede facilitar una consideración de si el orador merece la presunción de veracidad aparejada (defensores del absolutismo de la libertad de expresión han reconocido que hay ponentes, como Milo Yiannopoulos cuyo objetivo esencial es provocar, aunque luego se hayan retractado de dicha afirmación). En cierto modo, las «pruebas de orden superior» propugnadas por Levy tienen un fundamento de «primer orden»: quien lleva a cabo un escrache o quien invita a un charlatán, incluso aunque sea para provocar, tiene una posición sobre los argumentos del ponente.
Independientemente de que los argumentos presentados por Levy tengan cierta fuerza y deban ser evaluados, es relevante no dejar de lado que quien pretende impedir que un ponente exponga sus puntos de vista debe integrarse en un diálogo con el resto de la comunidad universitaria, alertando de la necesidad de no privilegiar el punto de vista del orador. Esto, al fin y al cabo, deberá acompañarse de «pruebas de primer orden» sobre la falsedad o la falta de rigor del mismo, aunque quizá podría ir acompañada de «pruebas de orden superior» que pongan en evidencia que se está otorgando al orador un prestigio vicario que no merece.
Además, no se debe desdeñar lo apuntado sobre la autoridad: quien lleva a cabo un escrache no solamente señala las pruebas (tanto de primer orden como de orden superior) que exigen que el orador no se aproveche de la institución. Además, de forma más o menos explícita, está señalando a la autoridad competente para otorgar un espacio universitario a un ponente y la está acusando de haber actuado de forma corrupta o negligente, descuidando las exigencias de rigor que se presume deben regir el acceso a la tribuna universitaria.
No da carta blanca al escrache
En un artículo de 2007, Paul Horwitz afirma que en cuestiones de libertad de expresión es sencillo dejarse llevar por el «el señuelo del acontextualismo». Su objetivo es defender la autonomía universitaria. Sin embargo, esta idea puede llevarse un paso más allá. Quizá la generalidad exigida por la legislación se avenga mal con las consideraciones que deben tenerse en cuenta a la hora de evaluar la justificación de los escraches. Quizá en el marco de las instituciones universitarias, respuestas prudenciales y particularizadas, evaluando todas las aristas del problema, puedan resolver de forma más oportuna los dilemas de la libertad de expresión.
La propuesta de Levy es, a la vez, exigente y restringida. Requiere que en toda discusión se evalúen elementos como el contexto, la naturaleza del emisor o incluso el canal para poder evaluar cómo influye en el desequilibrio de las posiciones enfrentadas. Sin embargo, no da carta blanca al escrache, sino que reconoce que es precisa una evaluación ponderada y particularizada para conocer su efecto en el marco de la discusión razonable de ideas.
La censura de los regímenes dictatoriales no tiene buena prensa, excepto la de la misma prensa oficial. Casi nadie pone como ejemplo de libertad de expresión la Venezuela de Maduro, el Irán de los ayatolas o la China de Xi Jinping. Pero en las democracias occidentales surgen también hoy peculiares formas de censura social, que buscan silenciar al disidente.
Cuando cambian los valores sociales, acaba cristalizando una nueva ortodoxia, que consagra unas opiniones predominantes. Y siempre surge la tentación de imponer el respeto a la doctrina oficial. En un régimen democrático no se puede implantar una censura del Estado, pero con el hostigamiento mediático o con presiones legales se puede crear un clima social en el que se considere inadmisible proponer ciertas ideas o criticar ciertas prácticas.

La presión se manifiesta de diversos modos: colectivos que tachan de “fobia” toda postura que se opone a sus deseos; minorías que quieren silenciar las opiniones que les molestan alegando “me siento ofendido”; presiones para silenciar a las iglesias como si su voz fuera ilegítima en un Estado laico; intimidar al adversario con leyes que, para defender a unos grupos minoritarios, criminalizan ciertas ideas o desconocen la objeción de conciencia; o descalificar como “discurso del odio” las ideas del disidente.
De esta nueva censura en los países democráticos, maquillada de defensa de las minorías, se ocupa el libro de Paul Coleman, La censura maquillada.
Este abogado británico trabaja para la organización Alliance Defending Freedom, que defiende la libertad religiosa y de expresión en los tribunales y en la opinión pública. Coleman ha intervenido en más de 20 casos ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos y ha presentado alegatos ante otras jurisdicciones internacionales.
El libro trata de cómo en la Europa actual han aparecido nuevas cortapisas a la libertad de expresión bajo la forma de leyes contra el hate speech. Con este concepto impreciso de “discurso del odio” se intenta englobar expresiones que puedan provocar hostilidad y violencia contra ciertos grupos supuestamente vulnerables. Pero su aplicación está sirviendo para intentar silenciar ideas contrarias a la ortodoxia políticamente correcta del momento.
El bloque soviético mantenía en 1948 que, en nombre de la “protección contra la discriminación”, había que recortar la libre expresión
El debate sobre las limitaciones a la libertad de expresión no es una novedad. Coleman recuerda que en las reuniones sobre la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, hubo una tensa discusión entre los países democráticos, que defendían que la libertad de expresión había que reconocerla a todos, y los países comunistas, que pretendían prohibir las ideas de los grupos que ellos calificaban de “fascistas”. El bloque soviético mantenía que, en nombre de la “protección contra la discriminación”, había que recortar la libre expresión.
Aunque en la Declaración triunfó la postura de no poner límites legales a la difusión de “ideas peligrosas”, en los últimos años hemos asistido en Europa a una proliferación de leyes contra el “discurso del odio”, que, según Coleman, amenazan la libertad de expresión. Cada vez más grupos intentan acallar ideas que consideran ofensivas para su identidad (étnica, sexual, de género, religiosa…). Un expediente fácil para evitar debatirlas es descalificarlas como un peligroso “discurso del odio”, aunque no impliquen una apelación a la violencia.
Tras presentar el problema, Coleman analiza en la primera parte del libro la evolución que se ha producido desde la consagración de la libertad de expresión en la Declaración Universal de Derechos Humanos hasta los posteriores Tratados Internacionales de derechos humanos y el actual auge de leyes contra el “discurso del odio” en países europeos.
Nos encontramos con periodistas multados, clérigos procesados, profesores destituidos, cómicos sancionados…
Estas leyes están teniendo ya una serie de consecuencias que Coleman explica en la segunda parte con no pocos casos de investigaciones policiales, enjuiciamientos y condenas motivadas no por acciones sino por expresiones. Nos encontramos con periodistas multados, clérigos procesados por exponer doctrinas religiosas a contra corriente, profesores destituidos, cómicos sancionados…
Pero ¿no hay también otro tipo de leyes que limitan la libertad de expresión para proteger los derechos de otros y evitar la injuria, la difamación o la invasión de la privacidad? Coleman explica que las leyes contra el “discurso del odio” son muy distintas, porque no requieren que haya una víctima identificable sino un grupo de presuntas víctimas; sólo protegen a ciertos grupos; muchas veces tienen un carácter penal pero sin precisar bien el delito; ponen el foco en la percepción del ofendido, y se aplican de forma cambiante.
El autor pone a prueba la principal justificación de estas leyes: que el “discurso del odio” conduce inevitablemente a la violencia, y por lo tanto ambos deben prohibirse. Esto puede ser cierto para situaciones como la del genocidio de Ruanda, donde las emisiones radiofónicas incitaron a sus oyentes a liquidar a la oposición tutsi. Pero esto es muy distinto de la manifestación de unas opiniones críticas que pueden molestar a alguien o a un colectivo, sin llamar para nada a la violencia.
El hecho de que un discurso pueda estar potencialmente vinculado a una hipotética acción delictiva en el futuro, dice Paul Coleman, no es razón para prohibirlo: “Si solo se requieren ‘posibles vínculos’ y ‘daño potencial’ para prevenir una conducta futura no especificada, se creará un Estado policial de la noche a la mañana”.
El autor recuerda que en el Derecho Penal todo delito debe estar bien precisado y delimitado
La otra justificación de estas prohibiciones es que hay discursos que no pueden ser tolerados porque ofenden la dignidad de las personas. Como experto abogado, el autor del libro explica que la ofensa debe de ser probada, y que apelar solo a la dignidad ofendida no cuadra con la idea de que en el Derecho Penal todo delito debe estar bien precisado y delimitado.
El análisis de Coleman abre la disyuntiva de que Europa se incline por un futuro de censura, que consagre ciertas ideas de un nuevo establishment, o por un futuro alternativo en el que la libertad de expresión goce de una protección sólida.
La censura maquillada se centra más en los aspectos jurídicos de las leyes contra el “discurso del odio”, incluido un amplio apéndice con las disposiciones legales internacionales, nacionales y de la Unión Europea sobre el hate speech.
En cambio, trata menos el aspecto sociológico de los climas de opinión pública que se crean para intimidar al discrepante o las limitaciones a la libertad de expresión en universidades, sobre todo del ámbito anglosajón. Es un libro especialmente útil para el jurista que se ocupe de estos temas. Pero también sirve para dar a conocer estos problemas a un público culto, para alertar a los periodistas y para dar razones a todo el que tenga que defenderse frente a acusaciones de este estilo.
Competir por la calidad, no por el precio. No olvidar que la capacidad de empleo de algunos títulos universitarios tiende a cero. Racionalizar los títulos. Apostar por la universidad dual (formación profesional) y aprender durante toda la vida son algunos de los mensajes lanzados hoy en el foro de reforma universitaria organizado por Nueva Revista, que ha tenido como invitado a Jorge Sáinz González.Continue reading «Jorge Sáinz: «Hay áreas universitarias en las que somos muy buenos, pero no sabemos venderlas»»
A diferencia de la Revolución de las Trece Colonias de América del Norte, la Revolución francesa se caracterizó por la arbitrariedad, la violencia y la imposición de un régimen de Terror. La pregunta es ¿cómo se pudo llegar a las ejecuciones sumarias; y a que la Revolución derivara en el baño de sangre y a la guerra civil de la Vendée?
En parte se debió a que la Convención, en manos de los jacobinos, asumió un poder extraordinario: sustituyó a la Asamblea Nacional y se erigió en poder constituyente y en poder revolucionario.
La Convención era una institución medieval inglesa que reunía a diversos tipos de asambleas en una integrada por clérigos, nobles y portavoces del pueblo. Las convenciones deliberaban sobre cuestiones de especial importancia al margen de las instituciones reguladas por la Carta Magna.
Una convención aceptó la renuncia de Eduardo II en 1327 y aprobó en 1399 la coronación de Enrique IV. Durante un tiempo convivió con el Parlamento. En 1688, la reunión de lores y comunes que entregó la Corona a Guillermo de Orange se llamó Convención, una suerte de Parlamento excepcional y ad hoc para resolver un asunto concreto.
Los jacobinos franceses hicieron trampa: durante el periodo de aprobación de la Constitución, la Convención asume un poder extraordinario
Así concebida llegó a Norteamérica: como asambleas constitutivas de un poder. Por eso, cuando los miembros del Congreso Continental decidieron dotar a la Confederación de una Constitución convocaron una Convención. No se hicieron trampa. Los jacobinos franceses, sí. Durante el periodo de aprobación de la Constitución, la Convención asume un poder extraordinario. Por eso debe afanarse en su tarea y disolverse inmediatamente después de realizarla. La Convención de Filadelfia se convocó a finales de mayo de 1787 y presentó sus trabajos al Congreso Continental, que se mantuvo operativo, en septiembre. El proceso fue impecable.
En Francia fue muy distinto. La Convención sustituyó a la Asamblea Nacional, se erigió en poder constituyente y también en poder revolucionario aprovechando el furor de agosto. Y no mostró voluntad de disolverse hasta consumar la revolución, a la que la Comuna le imprimió un carácter fundamentalmente social.
La misión constitucional fue un mero pretexto. El primer paso que pretendían dar los jacobinos -arropados en la calle por sans culottes y en la Asamblea por los cordeleros- era deponer al rey Luis XVI y acabar con la monarquía.
El viernes 10 de agosto de 1792 se produjo el asalto a las Tullerías; comuneros y sans culottes linchan y ejecutan sumariamente a cualquier dudoso o timorato, tenían que elegir revolución o guillotina. Sostiene el historiador Jean-Clément Martin que el asalto a las Tullerías “consagra el final de una política dirigida por monárquicos y constitucionales”.
Las matanzas de septiembre -mes “negro y brillante”, lo define el clásico Thomas Carlyle- supusieron el comienzo del Terror. En diciembre, la autoproclamada Convención se constituyó como tribunal y procesó al rey Luis XVI, que fue ejecutado en enero de 1793.
La Convención concentraba los tres poderes. La arbitrariedad republicana sustituyó a la monarquía tradicional
En la primavera de ese año se crearon el Tribunal Revolucionario -Ley Pradial- y el Comité de Salud Pública -que ejerció el poder Ejecutivo-. En la práctica, la Convención concentraba los tres poderes. La arbitrariedad republicana sustituyó a la monarquía tradicional.
Estos acontecimientos hicieron que el británico Edmund Burke, un liberal de toda la vida, adoptara posiciones moderadas y denunciara los excesos de la radicalidad revolucionaria. Escribió a un amigo francés: “Debo retrasar mis felicitaciones sobre la adquisición de su libertad. Podrán haber hecho una revolución, pero no una reforma. Podrán haber subvertido la monarquía, pero no han recuperado la libertad”.
En la Vendée, en el Oeste de Francia, la contrarrevolución se rehízo como movimiento popular en la primavera de 1793: “Bandas de campesinos, dirigidas por nobles, produjeron importantes desórdenes”, narra Peter Davies. Eran católicos, leales al rey y mostraban un inquebrantable orgullo regional.
La región se gobernó en nombre de Luis XVII, el hijo de Luis XVI, emitió su propia moneda y reabrió iglesias. El éxito de los insurgentes desconcertó a la Convención, que envió 12.000 mil hombres y discutía cada día sobre qué hacer. De hecho, el Comité de Salud Pública fue una respuesta a la insurgencia.
Para algunos autores, la guerra de la Vendée constituyó una auténtica guerra civil y un auténtico exterminio
La guerra de la Vendée se extendió hacia el Sur y el Este. Llegó a Marsella, Burdeos, Nantes, Lyon… Para algunos autores constituyó una guerra civil que, junto con la guerra exterior, puso en peligro la revolución y avivó el terror. Hay quien sostiene que se trató de un auténtico exterminio y quien asegura que como, en toda contienda civil, ambos bandos fueron responsables del derramamiento de sangre.
Thomas Jefferson era un snob y dio por bueno el derramamiento de sangre. Por el contrario, la brutalidad revolucionaria desterró el imperio de la ley y reafirmó la anglofilia de John Adams. En Francia, la agitación popular permitió la neutralización y persecución de los girondinos. El “incorruptible” Robespierre y el “coloso” Danton alentaron a la Comuna a la que a la vez temían. La calle hervía y la Convención se hizo eco de su frenesí.
La Comuna impuso una auténtica dictadura en París, afirma Timothy Tackett en El terror en la Revolución Francesa. Aunque no llegó a controlar los 48 distritos de la ciudad. De la Comuna surgieron los comités de vigilancia y comisiones policiales que sembraron el pánico en la ciudad. Los decretos de septiembre configuraron el reino del terror: se aprobaron la Ley de Sospechosos y de Precio Máximo.
El implacable Fouché redujo la ciudad de Lyon, foco contrarrevolucionario, a cenizas
En octubre de 1793 se pusieron en marcha las acciones de descristianización y, en diciembre, la Convención aprobó la Ley del Gobierno Revolucionario, que centralizó el poder en el Comité de Salvación Pública. María Antonieta, esposa del rey, fue ejecutada. Antes del Golpe de Termidor, propiciado por el miedo a una nueva lista de sospechosos que el ensimismado Robespierre pensaba leer en la Convención, el implacable Fouché cumplió la orden de reducir a la ciudad de Lyon, foco contrarrevolucionario, a cenizas.
El valiente girondino Louvet proclamó: “Sólo existen dos partidos en Francia (…) El primero está formado por filósofos [se refiere a los girondinos]; el segundo, por ladrones, asaltantes y asesinos”. Robespierre le rebatió: “Sólo existen dos partidos en la República (…) El de los buenos ciudadanos y el partido de los malos ciudadanos, aquellos que representan al pueblo francés y aquellos que sólo piensan en su propia ambición y beneficio personal”.
1795: Constitución, no monárquica pero sí bicameral
El Golpe de Termidor también fue implacable: en tres días, hasta 87 miembros -de 140- de la Comuna de París fueron guillotinados. Los moderados apagaron el fervor depurador de los conspiradores. A los pocos meses se levantó la censura de prensa. En 1795, Francia aprobó una nueva Constitución: no era monárquica, pero sí bicameral; enfrió el poder de la Asamblea -Cámara de los 500- con un Senado denominado Cámara de los Ancianos; impuso el sufragio en segundo orden -elección interpuesta- y restauró el derecho de propiedad.
La Constitución se sometió a referéndum: 178.000 electores votaron a favor; 95.000, en contra y muchos millones de franceses se abstuvieron. Asegura el ingenioso y mordaz Pierre Gaxotte que a sus paisanos sólo les preocupaba el próximo invierno.