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Universidad 2022: Los futuros

La pandemia ha acelerado una de las grandes transformaciones que ya estaban emprendidas de la educación superior: el proceso de digitalización. Pero hay otras no menos importantes, como la necesidad de adecuar la formación a los requisitos de los estudiantes centennials; la de dar respuesta a un entorno laboral cambiante, que demanda nuevos perfiles profesionales; o a de apostar por la formación continua, para proporcionar nuevas competencias y reciclar a los profesionales. Y todo ello requiere cambios de calado en las instituciones educativas así como una más eficaz proyección externa de las universidades.

Todas estas grandes transformaciones, que van a marcar el rumbo de la educación superior en las próximas décadas, han merecido un número monográfico de Nueva Revista, Universidad 2022: Los futuros, coordinado por Rafael Puyol, catedrático emérito de Geografía Humana, y presidente de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

Especialistas de reconocido prestigio de diversos países, procedentes del mundo de la universidad, analizan con detalle  los retos a los que se enfrenta la educación superior en treinta y un artículos, agrupados en seis grandes apartados.

El primero, dedicado a la transforma­ción tecnológica y digital de las universidades, contiene artículos sobre cuestiones relacionadas con la revolución que supone; el papel desempeñado por las tecnologías de la información y la comunicación y el desarrollo sostenible; la inteligencia artificial; el humanismo digital y las ventajas laborales de una buena formación tecnológica.

Un segundo bloque analiza las nuevas necesidades formativas. En concreto,  la educación en compe­tencias y el desarrollo de habilidades; las micro credenciales; los nuevos modelos pedagógicos; la acreditación y la calidad; la enseñanza postsecundaria en la sociedad del co­nocimiento; la formación permanente y el asesor personal de la formación.

A los agentes del proceso formativo -profesores y estudiantes– va dedicado un tercer apartado, con artículos sobre el crecimiento de estudiantes universita­rios en el mundo y en España; la nueva generación de alumnos jóvenes (centennials) y  los docentes que vamos a necesitar; la formación y el recluta­miento del talento; y la inclusión en la educa­ción superior y la Agenda de Desarrollo Sostenible.

Un cuarto epígrafe, los cambios en la instituciones educativas, se ocupa de la colaboración público-privada en el mundo de la enseñanza superior; la exigencia de construir universidades sostenibles: y la ne­cesidad de recurrir a una financiación alternativa para las instituciones públicas.

El quinto, sobre la proyección externa de  las universidades, agrupa cuatro trabajos: Las relaciones universidad-sociedad-empresa; el emprendimiento; la transferencia del conocimiento; y la necesidad de combinar la perspectiva local y la interna­cional en el quehacer universitario

Por último, el apartado de la educación del futuro y el análisis de las experiencias educativas, incluye artículos sobre formatos alternativos de educación superior; dos de los grandes clusters de formación terciaria: Londres y Boston; la gran apuesta universitaria de China; y el estado de la educación superior en América Latina.

Completa el número de Nueva Revista, una reflexión, a modo de epílogo, de José Carlos Gómez Villamandos, actual presidente de la CRUE, sobre la universidad que necesitamos en España para convertirnos en una sociedad del conocimiento.

Dada la extensión de este monográfico, que excede los tamaños habituales de Nueva Revista, se ha optado por un formato híbrido, ofreciendo a los lectores una edición virtual de algunos de los artículos.  (www.nuevarevista.net/universidad-2022).

Este es el sumario de Universidad 2022.

La Retórica de Nebrija, 500 años después

Antonio de Nebrija falleció el 2 de julio de 1522 y es natural que se haya declarado año Nebrija el presente 2022 en que se cumple el quinto centenario. No hay hipérbole en afirmar que es el mayor humanista de la época de los Reyes Católicos, siendo el gran gramático que sabemos, pero también poeta, historiador y catedrático de retórica, entre otras cosas.

Su «Gramática castellana» supuso una referencia constante en la bibliografía del hispanismo como primera gramática en lengua vulgar, frente al uso exclusivo del latín

Su gramática titulada  Introductiones latinae fue un auténtico best seller universitario, que contó con más de un centenar de ediciones. A este mérito se le suma el de la Gramática castellana, publicada poco antes del descubrimiento de América, y que, aunque no gozó de gran acogida en su tiempo, ha supuesto con posterioridad una referencia constante en la bibliografía del hispanismo como primera gramática en lengua vulgar, frente al uso exclusivo del latín, que era lengua franca de la época como lo es hoy el inglés.

Sería igual, incluso si se descubriera que la Gramática castellana no ha sido la primera en lengua vulgar, como, al parecer, su Diccionario latino-español no fue rigurosamente el primero, a tenor del reciente descubrimiento realizado por los investigadores del SECRIT de Buenos Aires, Juan Héctor Fuentes y Cinthia María Hamlin.

Nebrija es un gran lingüista y un pionero. Es seguro que, a lo largo del año, dedicaremos de su mano  mucha atención al vivo debate actual sobre el español, idioma, no se olvide,  de más de quinientos millones de hablantes. Y, aunque su tan citada afirmación de que “la lengua es compañera del imperio” no significaba en contexto y situación lo que posteriormente se ha podido entender, no es menos importante lo que sí significa: que la buena gobernanza no es un mero juego de palabras.

Siendo esto así, podría fomar parte, sin embargo,  de la celebración de los 500 años detener la mirada sobre una obra, casi desconocida para el gran público, que vio la luz en el ocaso de su vida, El Arte Retórica (1515), escrita en latín, dedicada a una materia importantísima que formaba parte de la formación cultural básica (el Trivium), donde se alojaban tanto el arte de hablar correctamente  (gramática)  como el de hacerlo persuasivamente (retórica).  Lo segundo es hoy, si cabe, más importante que nunca, pues lo reclaman abogados y políticos, ejecutivos y comerciales, oradores sagrados y publicitarios y, en fin, lo que podríamos llamar el homo mediaticus en general.

Es curioso que la decisión que toma Antonio de Nebrija de escribir este manual no se debe a una meditada decisión previa, sino a una circunstancia fortuita de su biografía. En 1513 muere el maestro Tizón, catedrático de Prima de Gramática de la Universidad de Salamanca y Nebrija, que era ahora a regañadientes titular de Retórica, vuelve a opositar a esta su antigua cátedra, que había tenido que abandonar por sanción administrativa a causa de repetidas inasistencias a clase, incumplimiento típico del profesor mayor y personaje importante con muchas cosas que hacer. Tiene dos contrincantes: Herrera el Viejo y García del Castillo. Éste último, que era un recién  graduado, obtiene el puesto por mayoría de votos. Es demasiado para el maestro. Y se marcha.

Vuelve a Sevilla para regentar la cátedra de San Miguel donde es recibido con grandes elogios de sus paisanos, pero el clima académico de la ciudad hispalense no le debió satisfacer y acude enseguida al cardenal Cisneros, quien, a pesar de que había tenido que prescindir del intransigente Nebrija en la empresa de la Biblia Políglota, lo recibió con todos los honores en la recién creada Universidad Complutense según cuenta Pero Balbás: “El maestro Nebrija vino a Alcalá a la fama el año 1514 y se presentó al Cardenal, mi señor, diziendo que le venía a servir. El Cardenal, mi señor, holgó mucho de su venida, y se lo agradeció, siendo yo Retor, mandó que lo tratase muy bien, y le asentase de Cátedra sesenta mil maravedís y cien fanegas de pan, y que leyese lo que él quisiese, y si no quisiese leer, que no leyese; y que esto no lo mandaba dar porque trabajase, sino por pagarle lo que le debía España”.

Sin embargo, según podemos deducir del testimonio del propio Nebrija en el prólogo de la Retórica, Cisneros, que es un enorme hombre de gobierno, a la vez que se precave de posible nuevos conflictos, como los de Salamanca, con las instrucciones que le da al rector y que Nebrija desconoce, se propone sacar fruto de su talento y le da razones para seguir trabajando, exhortándole a que redacte el manual para la  cátedra de Retórica que tenía disponible, diciéndole: “una introducción como aquélla que editaste sobre letras latinas [las Introductiones latinae] y circula entre todas las gentes para gran prestigio tuyo y de toda nuestra nación”.

Pero el  maestro se inclinará por confeccionar una antología en vez de una obra original. Además de las proclamas de modestia (no se puede añadir nada tras las cumbres de Cicerón y Quintiliano y no quiere alimentar falsas expectativas), lo hace “para que en esta obra no me pase lo mismo que en aquellas Introducciones (pues hubo quien dijo que yo no había acertado sino en aquello que había tomado de otros, pero que en lo demás estaba equivocado…), también para que nadie pueda calumniarme de que vendo cosas viejas y ajenas por nuevas y mías”. En fin, dice,  “no propondré ni una sola palabra salida de mi ingenio, a no ser quizás para conectar entre sí los preceptos del arte”.

Aquellos griegos y latinos propuestos por Nebrija eran, por lo común, menos pedantes que los modernos asesores de comunicación y peritos en imagen

Verdaderamente la obra de Nebrija son unos apuntes de clase, una antología  constituida fundamentalmente  por unos breves pasajes (aunque importantes) de Aristóteles, por solamente unos párrafos del De inventione de Cicerón; y por muchos textos seleccionados de dos obras: la anónima Rhetorica ad Herennium, que algunos atribuían a Cornificio y otros, como Nebrija, creían de Cicerón y  la Institutio Oratoria de Quintiliano. Ambas obras están tomadas in extenso.

Leyendo 500 años después su Retórica, sacamos dos conclusiones evidentes. La primera es que los procedimientos para convencer a los demás, métodos para captar la atención y conseguir la adhesión, son siempre los mismos aun cuando medien abismos tecnológicos que cambian la inmediatez, la importancia de lo visual y la multiplicidad de lenguajes en juego, que apenas nunca se reducen ahora a la lengua natural o idioma. La elección de temas, la ordenación del relato, el interés del público son lo mismo que eran. Podemos acudir a estudiar los textos seleccionados por nuestro autor y aprender más porque aquellos griegos y latinos propuestos por Nebrija eran, por lo común, menos pedantes que los modernos asesores de comunicación y peritos en imagen.

La otra conclusión se refiere al “orador”. Según la definición atribuida a Catón el Censor y que Nebrija toma de Quintiliano, el “orador” (político, comercial, publicitario) es “la persona de bien, experta en comunicación”. Lo primero es ser persona de bien, pues si la capacidad de persuadir sirviera para engañar o hacer el mal, “mejor fuera nacer mudo y carecer de razón”. Son palabras fuertes para la época del relato falso, las fake news y la posverdad.

Merece la pena aprovechar el centenario para invitar a la lectura de la semidesconocida Retórica del gran gramático.

Manuel Lucena, investigador del CSIC: “La memoria y la historia son cosas distintas”

La memoria y la historia son cosas distintas, y hay una raya roja que no podemos cruzar” afirmó el historiador Manuel Lucena, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en una sesión del seminario Pensar el siglo XXI, celebrada en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

Puntualizó Lucena que la “historia no es ficción, sino ciencia verificada y verificable”, ceñida al “estudio de las fuentes”; y que los historiadores “no podemos inventar o ficcionalizar”, en alusión a los intentos que se están dando actualmente de reescribir “el pasado de España y de América Latina”.

El ciclo de conferencias está organizado por el Consejo Social de UNIR, y dirigido por el catedrático emérito de Sociología Emilio Lamo de Espinosa. En la sesión sobre “Memoria e historia en España y América” también intervinieron Fernando Rodríguez Lafuente, profesor universitario, crítico literario y gestor cultural; y la periodista Maite Rico, subdirectora de El Mundo y excorresponsal en México y Centroamérica.

La anomalía geografica, la pornomiseria o el victimismo son algunos estereotipos negativos que pesan sobre Hispanoamérica  

Manuel Lucena reivindicó el carácter científico de la historia, citando a Santos Juliá y su libro Elogio de historia en tiempo de memoria, y a David Rieff y su obra Contra la memoria. Añadió que es preciso hacer frente a “los estereotipos negativos que pesan sobre nuestra historia y que son ficción y no historia”.  Entre estos se refirió, en el caso de Hispanoamérica a “la anomalía geográfica; el estar condenados al caudillismo -como si no hubiera habido caudillos en EE.UU. o Alemania-; la pornomiseria; o el victimismo, según el cual la culpa siempre es del otro”.

Uno de los padres fundadores de los estereotipos fue «Tocqueville al señalar que las repúblicas del Caribe y América del Sur estaban condenadas al desorden y al fracaso»

“El indigenismo como ideología de estado desarrolla la ficcionalización del pasado”, indicó el experto. Y añadió que frente a ello habría que recordar algunas verdades históricas: “que la conquista la hicieron los indígenas y la independencia los españoles”; y, de hecho, “Tenochtitlán fue tomada por mil españoles y 60.000 indígenas, enemigos de los aztecas”; o que “no hubo indígenas partidarios de la independencia”.

Recordó, entre otros ejemplos, que hubo, en cambio, destacados americanos en la Guerra de la Independencia contra Napoleón, y que «en la batalla de Bailén, en 1808, había un joven oficial, José de San Martín, el futuro libertador de Argentina, Chile y Perú».

“No hay país en Europa que tenga peor imagen de sí mismo que España” subrayó Lucena

“No hay país en Europa que tenga peor imagen de sí mismo que España” subrayó Lucena. Y sin embargo, es preciso que “imperialicemos o globalicemos nuestra propia historia”. Y añadió que “el peso del pasado no puede determinar el futuro que vamos a construir”.

En este sentido, el historiador recordó que nos encaminamos hacia “un mundo postnacional, hacia un mundo de ciudades en red”.

Maite Rico: “El español en Latinoamérica genera  respeto y admiración, y por otro lado, resentimiento”

Maite Rico, por su parte, llamó la atención sobre la dicotomía del español en Latinoamérica, que “genera respeto y admiración, y por otro lado, resentimiento”. Esto último se debe, en parte, “a la visión indigenista de la historia, que se ha ido imponiendo”.

Maite Rico.

Inicialmente esa visión fue “un producto criollo e intelectual”, pero a partir de los sucesos de 1968, “el indígena fue convertido en sujeto de la historia y fue utilizado como conejillo de Indias de los movimientos armados de inspiración marxista” agregó.

Maite Rico subrayó que “América Latina fue el lavadero de conciencia de Europa durante años”.

Rodríguez Lafuente: “Estamos en un momento grave de involución, con la voladura del concepto de verdad y la crisis del concepto de progreso”

Finalmente, Fernando Rodríguez Lafuente, afirmó que “estamos en un momento grave de involución, tras el progreso técnico, económico, y de libertades” vivido tras la Segunda Guerra Mundial. Con dos cuestiones clave: “la voladura del concepto de verdad y la crisis del concepto de progreso”.

Fernando Rodríguez Lafuente.

Contribuye a esa involución la confusión de historia y memoria. Esta última -advirtió- es “selectiva, arbitraria, caprichosa” y su clave “es el olvido”. Añadió que la “mayor salvajada intelectual es ver los hechos del pasado con la mentalidad del presente”. Lo cual es peligroso, porque “toda realidad ignorada prepara su venganza”, apostilló citando a Ortega y Gasset.

Entre las consecuencias de la involución, Rodríguez Lafuente destacó el “papanatismo cultural, el acoso a lo íntimo, o el desvanecimiento del concepto de auctoritas”.

Coincidó con Manuel Lucena y Maite Rico en señalar el carácter impostado de muchos de esos fenómenos. Y subrayó que hay “una voluntad de ingeniería social que supone un ataque a la libertad individual.

El enamoramiento americano de Italo Calvino

Entre noviembre de 1959 y mayo de 1960, la versión más periodística del escritor (y periodista) Italo Calvino viaja a Estados Unidos. Lo mueve la curiosidad y así se lo cuenta, a su regreso, al crítico literario Carlo Bo, quien le había pedido un balance de ese viaje. “Me interesaban los Estados Unidos, saber cómo son de verdad, y no para –qué sé yo– hacer un ‘peregrinaje literario’ o porque quisiera ‘hallar inspiración’. En los Estado Unidos me sucedió algo inusitado: fui presa de un deseo de conocimiento y de posesión total de una realidad multiforme, compleja y ‘diferente de mí’. Fue algo similar a un enamoramiento”.

Durante ese enamoramiento, que no fue idílico ni complaciente, pero sí apasionado, fue tomando notas que pudieran servir a algún propósito relacionado con la escritura

Durante ese enamoramiento, que no fue idílico ni complaciente, pero sí apasionado –“entre enamorados, como es sabido, se pasa mucho tiempo riñendo”, escribe Calvino–, fue tomando notas que pudieran servir a algún propósito relacionado con la escritura. Las ordenó, las reelaboró, corrigió las pruebas y dio título a un futuro nuevo libro, pero decidió no publicarlo. Fue así como Un optimista en América se convirtió en una obra póstuma publicada en 2014, que llega ahora al mercado español de la mano de Siruela. ¿Las razones de aquella marcha atrás? El propio autor las explica en el texto que, como las citas anteriores, se encuentran en el prefacio del libro: “al releer las pruebas lo sentí demasiado modesto como obra literaria y no lo bastante original para ser un reportaje periodístico”.

Un optimista en América. Siruela. 2021. 352 págs. Traducción: Dulce María Zuñiga. 24,95 € (papel) / 11,99 € (digital)

Dejando al margen las valoraciones personales en cuanto al alcance de su obra que hace Calvino, el libro combina rasgos literarios, periodísticos y también de crítica y ensayo. El resultado es un compendio fascinante que no solo ofrece un caleidoscopio de la América de finales de los años 50, sino que va más allá, dando cuenta de la situación global de un mundo dividido en bloques, pero que, además, sabe replegarse a lo más íntimo, dando las claves sobre quién era Italo Calvino en el momento en que decidió partir para seguir descubriendo el mundo y a sí mismo.

LA DÉCADA QUE MARCÓ A ITALO CALVINO

Cuando Calvino puso rumbo a América, en 1959, hacía tres años que había abandonado el Partido Comunista, después de que se hubiera desvelado el informe Kruschev en el XX Congreso del PCUS y, con él, las atrocidades perpetradas por el régimen de Stalin. “La historia de la Unión Soviética, que hasta ahora se había presentado como un evangelio, se redujo de la noche a la mañana a un cuento de hadas”, escribiría Calvino, víctima él mismo del cuento de hadas o del mito. ¿Qué había pasado?

La década de los 50 había comenzado para el escritor con un viaje a la Unión Soviética, cuyas impresiones plasmaría después en un diario de viaje en el que, según su posterior valoración, se centraba en “observaciones mínimas de la vida cotidiana, aspectos tranquilizadores y apaciguadores, atemporales, apolíticos. Esa manera no monumental de presentar la URSS me perecía la menos conformista. En cambio, mi verdadera culpa de estalinismo fue precisamente esa: para defenderme de una realidad que no conocía, pero que de alguna manera presentía y a la que no quería dar un nombre, colaboraba con mi lenguaje no oficial que presentaba como sereno y sonriente lo que era drama, tensión y desgarro. El estalinismo también era la máscara meliflua y afable que ocultaba la tragedia histórica en acto”. Esas palabras las escribió Calvino en un artículo de 1979 en La Repubblica donde se pregunta ¿También yo fui estalinista?”. Y ese es el título.

El escritor viaja a Estados Unidos liberado de corsés ideológicos, con una receptividad inaudita y dispuesto a escudriñarlo todo

Todo lo anterior hace comprender que el Italo Calvino que viaja a Estados Unidos en el cambió de década es alguien puesto en guardia contra sí mismo, contra sus impresiones. Es alguien que no quiere que le pase lo mismo por segunda vez y que va a Estados Unidos liberado de corsés ideológicos, con una receptividad inaudita y dispuesto a escudriñarlo todo. Con este espíritu comienza un viaje que lo llevará por Nueva York, Chicago, Detroit, Nuevo México, Nueva Orleans, Las Vegas, San Francisco… A menudo sus intereses se centran en aspectos que van conformando una especie de trama dentro del libro que avanza y cambia, siguiendo los pasos de Calvino, o que se complementa y matiza al ritmo de sus agudas observaciones. Pasa con la arquitectura y su relación con lo nuevo y con el sentido de la historia, y pasa con su búsqueda de tipos, personas y personajes que puedan resultar representativos de una ciudad, de un estado. Pasa con sus observaciones sobre las mujeres, sobre el auge del catolicismo, sobre el racismo y la pujanza latente de las reivindicaciones de los negros, con Martin Luther King a la cabeza. También pasa con las comparaciones que establece entre Estados Unidos y Europa, entre Estados Unidos y la URSS, entre Estados Unidos en su modo urbanita y el que se desarrolla, ajeno a este, a lo largo y ancho de un país inabarcable.

PRIMERAS IMPRESIONES: COCHES Y CASAS

 Una de las primeras cosas que le llaman la atención a un Italo Calvino que ha desembarcado en Nueva York es la omnipresencia de los coches, el torrente de automóviles y el tamaño de los mismos. Enseguida afina hasta ser capaz de ver una interpretación simbólica en el marco de la mitología norteamericana a partir de las luces intermitentes y avanza en una especie de sociología automovilística que le lleva a sacar conclusiones: “entre los intelectuales se impone el sentido práctico de preferir coches pequeños –lo que en algunos casos es casi esnobismo– para la clase trabajadora las grandes dimensiones siguen siendo lo más importante”. Calvino piensa en los coches como elemento definitorio cuando ve arte norteamericano de finales del XIX o principios del XX. Se detiene en esas calles vacías, en esos diner tan desolados como las figuras que los pueblan y se pregunta: “¿Podría haber un pintor que representara el paisaje vivo americano actual? Pienso que muy pronto se enfrentaría con una dificultad: tendría que pintar coches (…) Y ningún pintor ha logrado meter un coche en un cuadro sin que este pierda el buen gusto y se vuelva banal”. Calvino se mete a crítico de arte y lanza su teoría sobre la corriente del momento: “la pintura abstracta se impuso porque pintar paisajes con automóviles era imposible”.

Junto con sus ideas, Calvino relata sus experiencias o anécdotas como cuando narra, una vez cumplidas las explicaciones sobre el dominio de los coches, la sospecha que se cierne sobre el peatón por el mero hecho de serlo. Le sucede en Las Vegas, donde “quien camina es un tipo sospechoso, un vagabundo, un antisocial no integrado, un borracho o un loco… Caminar es como ir desnudo por la calle”. De modo que la policía lo para y lo interroga para aclarar quién es y qué anda haciendo allí. Nunca mejor dicho.

La arquitectura también le vale como excusa para extraer sus conclusiones sobre el país. Así la corta vida de los edificios, de las casas le lleva a hablar de rotación, cambio constante, movimiento. Lo hace sin prejuicios, sin nostalgias, porque provisionalidad es también provisionalidad de lo feo. “Una cosa fea dura poco; basta con esperar”.  Estados Unidos es el país de la juventud eterna, “lo antiguo es escaso, y además nada parece envejecer”.

Así como rotan los negocios y las casas en los barrios, rotan también sus habitantes. Calvino refiere cómo cuando los negros que prosperan “se van a vivir a barrios donde poco antes solo habitaban los judíos (…). Al viejo barrio que dejaron los africanos entran los mexicanos; donde estaban los italianos ahora están los húngaros”. Al final de la cadena, los poor whites, en los que Calvino detiene su mirada en diversos capítulos. Los define como “los orgullosos e ineptos hijos de una sociedad en decadencia que desdeña a sus hermanos Yankees, productivos y desprejuiciados. Actualmente han sido reducidos a un nivel económico y cultural inferior al de sus antiguos esclavos”.

En Estados Unidos no tienen el problema de la doble moral porque solo existe una, la del dinero

 Es fácil: “América es el país donde los movimientos económicos, o sea, el dinero, son aceptados como la base de todo, con una sinceridad que en ningún otro país daría resultado”. Calvino no tiene nada que objetar a que sea así y, es más, le deslumbra esa ausencia de doblez. Y es que en Estados Unidos no tienen el problema de la doble moral porque solo existe una, la del dinero: “Tener muy claro cuáles son los intereses que nos mueven representa en sí mismo una actitud moral superior a la costumbre hipócrita de pretender que nuestras acciones están motivadas por ideales”. Se acuerda entonces de la Unión Soviética que, en su opinión, lleva al primer plano esos elementos ideales sobre los cuales basa los esfuerzos colectivos. Aprecia esto último, pero no la moral de masas convertida en  “catecismo de buenos sentimientos decimonónicos”. Calvino sueña con algún lugar intermedio entre “el americano de sinceridad desprejuiciada y el ruso que aún es capaz de experimentar pasiones desinteresadas”.

Dado que conoció ambos bloques de primera mano, resultan muy interesantes las observaciones y contraposiciones que Calvino establece a menudo entre la URSS y los Estados Unidos. Al primero lo llama “país sin distracciones” ya que sus gentes no cuentan con publicaciones de escándalos o sensacionalistas y “lee y relee clásicos hasta en el tranvía”; mientras que en Estados Unidos “donde todo es distracción” es tal la avalancha que los lectores son capaces hasta de leer obras culturales “con tal de tener algo bajo los ojos”.

Se da cuenta, además, de que la llamada política o equilibrio de bloques lo es para el resto del mundo, ya que Norteamérica no concibe otra forma de ser más que la suya. Así Calvino refiere la insistencia con la que le preguntan si la infiltración comunista es todavía muy fuerte en Italia. Y escribe: “Y cuando les explicas que mientras piensen que el comunismo es una ‘infiltración’ no entenderán nada de lo que sucede en el mundo, parece que les hables de algo en lo que nunca habían pensado”. Las razones las expone unas páginas después: “Los  Estados Unidos no poseen un sentido de la antítesis: el socialismo parece borrado de las conciencias (…). El capitalismo envuelve e impregna todo”. Por impregnar, impregna hasta lo que parece difícil de impregnar. Calvino repara en los mensajes publicitarios para hablar de la multiplicidad de cultos y de la “libre competencia de las Iglesias”, pero lo lleva más allá al constatar la importancia que la iglesia cobra sobre todo en las poblaciones más pequeñas donde verdaderamente “regulan la vida social” como si de un cartel se tratara: “es indispensable ‘pertenecer’ a una Iglesia y es gracias a la dominación religiosa como varios grupos sociales y nacionales adquieren su razón de ser y el derecho de imponer”.

“EL PUEBLO NEGRO HA COMENZADO A LUCHAR”

En uno de los episodios más conmovedores del libro, Calvino es testigo del surgimiento de la lucha por la igualdad de los negros del sur y sus primeras manifestaciones. “Al adentrarte en el Sur profundo lo primero que entiendes es que no puedes ignorar la cuestión racial”. Todo gira a su alrededor. Calvino lo sabe y, en un primer momento, toma como una obligación y un fastidio eso de “enfrentarse a problemas que no deberían existir”, problemas sobre los que se ha debatido tanto que se encuentra sobrepasado de antemano y siente que no tendrá nada más que añadir… Pero algo ocurre, una especie de epifanía que cuenta en el capítulo Implicado. Tras esa pereza intelectual, tras ese intento de pasar de largo o de mirada tangencial sucede todo lo contrario. “¿Qué fue lo que cambio? (…) Esto fue lo que sucedió: que los he visto, que conozco sus rostros, de unos y otros, su actitudes, y ahora ya no puedo dar marcha atrás; ahora toda esa agitación que continuará durante quién sabe cuánto tiempo también es asunto mío”.

Es testigo del domingo negro de Montgomery, uno de los primeros enfrentamientos abiertos y masivos entre negros y blancos y la crónica de Calvino es reveladora

Calvino está en Montgomery, capital de Alabama –en palabras del autor “el estado más segregacionista de todos”– y Martin Luther King también. Consigue conocerlo a través de contactos, pero no mucho más. Se están gestando movilizaciones decisivas y hay mucho por hablar, decidir y concretar. Calvino habla poco con King, pero observa todo: en las reuniones, a menudo es el único blanco entre miles de jóvenes negros. Es testigo del domingo negro de Montgomery, como reza otro de los epígrafes, uno de los primeros enfrentamientos abiertos y masivos entre negros y blancos y la crónica de Calvino es reveladora. Entre la multitud que “hace el graznido del cuervo contra los negros, hay familias burguesas con niños y fotógrafos diletantes, felices de captar imágenes de acontecimientos dominicales tan insólitos. La actitud de estos grupos no es de odio fanático, (…) es de burla mezclada con curiosidad y sorpresa, como si estuvieran viendo simios pidiendo derechos civiles. Parece que nadie aquí había pensado que llegaría el momento en que los antiguos esclavos exigirían sus derechos”.

Los negros pierden esa primera batalla y no marchan hasta el Capitolio, la policía vela el desalojo de la iglesia donde estaban concentrados. Es “el espectáculo más triste” contemplar la salida  entre las burlas o el desprecio de los blancos vestidos de domingo “compasivos en apariencia. Y esto para mí es lo más terrible, ese racismo absoluto con aire de bondad”, sentencia Calvino. Unas líneas más tarde confiesa: “He visto suficiente. Recordaré esos rostros hasta el final de mi vida”.

LAS PIONERAS MUJERES SOLAS DE NUEVA YORK

Los meses en los que viajó conociendo Estados Unidos fueron suficientes para establecer serias diferencias entre la vida en las grandes ciudades (y sobre todo en Nueva York) y en el resto del país. Por ejemplo, piensa que desde Europa se tiende a tratar Estados Unidos como una nación unitaria y que no es así, es un país hecho de estados que, a menudo, solo se preocupan por sus asuntos internos; que los símbolos que desde Europa se consideran americanos lo son sobre todo –o solamente– de la “América provinciana y proletaria”; que en Nueva York el ocio, concebido en ocasiones como una proyección del trabajo, consiste en no entrar en casa, mientras que en el resto del país va de quedarse en casa y que quizá por ello mientras “en casa de los intelectuales de provincias se habla más de política (…) en Nueva York todos saben ya todo” y solo bromean y pasan de puntillas sobre los temas de actualidad, más si son polémicos.

Las diferencias entre Nueva York y resto de América encuentran otra variable en las mujeres. Calvino escucha atento y transcribe las opiniones de Giovanni B, un viajero italiano que se encuentra y le explica que “la vida social de Nueva York está dominada por las mujeres solas, la del resto de ciudades, por las esposas”. A las mujeres solas de Nueva York le había dedicado Calvino páginas y atención. Es la ciudad donde el hecho de vivir sola, de estar soltera, dejaba fuera cualquier lastre de connotaciones peyorativas y eso no debía ser usual para un italiano de los años 50, para un italiano o para un hombre en general. Allí las mujeres trabajan, tienen sus apartamentos, sus citas… Manejan su vida, resumiendo y, algo más; en opinión de Calvino tienen en sus manos la vida laboral de Nueva York. ¿Por qué? Mientras los hombres “inmersos en el mecanismo de la organización industrial y, después de poco tiempo, pierden el entusiasmo y se sienten frustrados  y reducidos a ruedas de engranaje. Siguen con escepticismo su routine. En cambio, las mujeres en las mismas condiciones se sienten potenciadas, desarrollan un participación creativa, una aplicación meticulosa, un celo frenético por la empresa. El predominio femenino en la sociedad americana, señalado tan frecuentemente, consiste hoy en día justo en esto: las mujeres logran trabajar con pasión y los hombres no”.

Afirma que “gran parte de los beatniks pueden vivir tranquilamente como pobres porque tienen un padre rico que los mantiene” 

Finalmente, un intelectual como Italo Calvino no podía dejar de verter su opinión sobre la corriente cultural de la época: y se despacha a gusto contra los beatniks. No soporta lo que considera el remedo que, considera, hacen de los bums, vagabundos que, encarnando la antítesis del hombre de éxito y contraviniendo así todos los valores de la sociedad, se abandonan a la miseria total del fracaso. Calvino los ha visto dando tumbos por las calles y ha escrito sobre ellos: Hombres que se borran, ha llamado a esas línea. Sin embargo, los beatniks le parecen lo contrario: ellos desean visibilidad social y su manera de conseguirla es hacerse pasar por lo que no son, o sea, engañar. “Es una revolución de uso y consumo –afirma–. Es un estado de miseria voluntaria solo posible en una situación de bienestar; gran parte de los beatniks pueden vivir tranquilamente como pobres porque tienen un padre rico que los mantiene”.

En ocasiones la crítica linda con la parodia, como cuando describe, sin dar el nombre, cómo conviven dos de los más famosos barbudos de esta corriente en una casa con todas las comodidades: “La casa está perfectamente limpia, ellos van bien vestidos y con las uñas limadas. Cuando tienen que salir se ponen la camiseta sucia y los tenis remendados…”.

Con impresiones sobre la cultura, sobre los paisajes, sobre las personas y los tipos de personas; con excelentes crónicas periodísticas de los acontecimientos que hacen época y de los que laten en ella para conformar el futuro; con reflexiones sobre la geografía, la historia, la democracia o el capitalismo, Calvino ofrece su visión compleja y comprometida sobre el universo vital, reactivo, espontáneo que es América en contraposición con Europa. Una última comparación entre ambas le aguarda a su llegada, cuando aterriza en París y se encuentra con Sartre hablando en europeo, es decir traduciendo en conceptos el mundo de las cosas. Calvino echa la vista atrás y encuentra “remotísima” ya la “América llena de cosas sin palabras, de obviedades difíciles de expresar, la América que no sabe pensar en el futuro y que, sin embargo, encierra en sí gran parte del futuro de todos”.

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El futuro según Italo Calvino

 Uno de los alicientes de Un optimista en América es comprobar si el tiempo ha dado la razón a las prospecciones que, en ocasiones, extrae el autor a la vista de diversos hechos. Por ejemplo, nada más llegar a Nueva York reflexiona sobre el “febril clima productivista de la ciudad”. A la sombra de los imponentes rascacielos de Madison Avenue se pregunta si está en una nave espacial, en una “oficina-universo suspendida en el vacío”. Es el contexto se las primeras afirmaciones, pero hay más.  Aquí, una serie de declaraciones que suenan premonitorias y constituyen el particular vistazo al futuro del autor italiano:

  • “¿(…) Ignoramos acaso que en el mundo del mañana será todo así? Las fábricas estarán completamente en manos de autómatas, de dispositivos electrónicos, frenéticamente productivos, y nosotros nos dedicaremos a imaginar, desde la mañana a la noche, nuevos usos para esas máquinas que no pueden parar. Si por un minuto los cerebros electrónicos o los humanos dejasen de funcionar, sería el colapso”.
  • “Hay laboratorios de investigación adosados a las fábricas. Desconectados de las tareas inmediatas de producción, son imágenes de la humanidad futura (…). Me doy cuenta de que la tecnología lleva implícita la promesa de un futuro de extraordinaria emancipación humana; no obstante, en el presente se desarrolla en un clima de abierto paternalismo”.
  • “¿Esta es la sociedad de la confianza o de la ansiedad? ¿Cómo se percibe una vida en la que a los cuarenta años puedes comprar cosas que esperas acabar de pagar cuando cumplas sesenta, como una vida prolongada o reducida?”
  • En San Francisco, Calvino pasa una jornada con un magnate de las relaciones públicas y se encuentra con una definición del trabajo que adelanta las funciones de las actuales empresas de comunicación y reputación, incluido el uso de las redes sociales: “Leo la siguiente definición del trabajo que desarrolla (para corporations privadas y, en ocasiones, ministerios) la agencia de Mr. H.: ‘una rama de las publics relations se ocupa de la generación de noticias y su difusión pública. Otro sector realiza el trabajo opuesto: previene o reduce el impacto de las noticias perjudiciales’”.
  • En el sur, en una cena con hombres de negocios muy serios, Calvino escucha abogar a uno de ellos por la política de los tipos duros: “Decía que, en los momentos difíciles que se esperaban para los Estados Unidos, convenía un gobernante como aquel, porque era un tough guy, un duro, un ruthless, alguien que no hace concesiones. Intenté objetar que los momentos difíciles llegan cuando la gente no identifica cuáles son los problemas del país y del mundo y entonces se aplica una política férrea, se da apoyo a regímenes infames y policiacos, antes de sentarse a estudiar posibles soluciones. Se requerirían personas sabias y reflexivas, no de tipo tough, dije”.
  • Al final del libro y del viaje, Calvino regresa a Nueva York y se encuentra con un simulacro de alarma atómica. Al día siguiente se enteró de que había habido disturbios y arrestos: grupos de estudiantes exigían el desarme. “En todo el mundo, la juventud estudiantil muestra un despertar político impensable hace unos años”. Es 1961 y faltan siete para el año oficial de las revueltas estudiantiles en todo el mundo.

José Antonio Herce:“El conocimiento es el gran recurso productivo del siglo XXI”

“El conocimiento es el gran recurso productivo del siglo XXI” aseguró José Antonio Herce, profesor titular de Economía en la Universidad Complutense de Madrid, en una sesión sobre pensiones y productividad del seminario “La economía española en los próximos cinco años” celebrada en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). El experto, que es socio fundador de LoRIS (Longevity and Retirement Income Solutions), explicó que ante los problemas de productividad de la economía española, es preciso cuidar el conocimiento y la formación: Distribuir el conocimiento es la forma más eficaz de generar equilibrio social”. 

El seminario está organizado por el Consejo Social de UNIR, y dirigido y moderado por Rafael Pampillón, catedrático emérito de la Universidad CEU-San Pablo.

Este último enmarcó la sesión destacando que “el empleo está creciendo a ritmos más rápidos de lo que crece la producción y eso significa que la productividad está cayendo”.

José Antonio Herce comenzó señalando que en España “la productividad total de los factores -aquella que queda después de repartir el producto de cada ejercicio entre el empleo y el capital-  lleva estancada desde 1995 o antes”. Y que está aquejada por “una anomalía” que no se da en la mayor parte de los países avanzados: “la productividad aparente del trabajo aumenta en las recesiones, porque el empleo cae más rápidamente de lo que cae el PIB, y cae en las expansiones económicas”.

España cuenta con “uno de los peores mercados de trabajo del mundo. En los mejores momentos del ciclo económico, hay una vacante por cada 20 candidatos”

Subrayó que tres son los eslabones principales de la cadena de la prosperidad: “Educación, actividad productiva y pensiones”. Y si descuidamos el primer eslabón, “todo irá mal”. 

En el ámbito productivo, España cuenta con “uno de los peores mercados de trabajo del mundo. En los mejores momentos del ciclo económico, hay una vacante por cada 20 candidatos, cuando en EE.UU, tienen más de una vacante por parado. Lo cual convierte el empleo en España en una rifa”.

Hay otro grave problema con los salarios. “El salario anual medio de los trabajadores más jóvenes ya es menor que la pensión media de jubilación de las nuevas altas del régimen general” indicó.  Y los salarios son pobres porque “la productividad es baja”. 

Respecto al ahorro, Herce señaló, que “en España no se ahorra para la jubilación. Se ahorra en el ladrillo y argamasa, pero el ahorro previsional es insignificante -el 27% del PIB-, frente a otros países como Holanda, que equivale a dos veces el PIB”.  

SOSTENIBILIDAD DE LAS PENSIONES 

El sistema de pensiones, por su parte, tiene un problema de sostenibilidad explicó Herce. “Carece de fundamento la creencia de que el problema de las pensiones se resuelve con más productividad” advirtió. Si todo va bien, “mayor productividad significa mayores salarios, y a éstos corresponden mayor cotización, y a ésta, mayor pensión. Luego la productividad es la mejor vitamina para tener una buena pensión”. Pero si “la fórmula de cálculo de la pensión es desproporcionada y provoca la no sostenibilidad del conjunto de las cuentas individuales del sistema, entonces con la productividad tenemos un problema”.  En punto a “sostenibilidad del sistema de pensiones en su conjunto, las ganancias de productividad son una píldora envenenada”. 

“La mejor política estructural del mercado del trabajo es la defensa de la competencia”

Finalmente y refiriéndose a las fuentes de la productividad, apuntó Herce que la mejor política estructural del mercado del trabajo es la defensa de la competencia”. Porque tiene efectos beneficiosos sobre “los precios de bienes y servicios, la oferta de los mismos, la I+D+i,  el empleo, los salarios reales y los excedentes empresariales generales”. 

Mercedes Ciria.

También intervino Mercedes Ciria,  consultora estratégica y operacional en Gestión42 y MCB Consultora y profesora de Economía en la Universidad de Valladolid. Empresaria radicada en Soria, llamó la atención sobre el potencial que tiene la España vaciada, subrayando que es necesario “hacer una transformación estructural del sistema productivo, mediante la innovación tecnológica, para lograr un cambio de paradigma”. Para ello, es preciso “poner en valor el capital humano, la capacidad de actuar conjuntamente, y cambiar la actitud, pero de forma global”. 

Mercedes Ciria: «En España disponemos de la oportunidad del sector primario con una gran capacidad productiva»

El Estado de bienestar se enfrenta a retos demográficos, económicos y políticos. Comenzando por la “pirámide de población”, que pone en riesgo el mantenimiento de todo el sistema. “La escasez de capital humano” se agrava “con la fuga de talento”.

Pese a todo, matizó Ciria, “existen oportunidades”. «En España disponemos del sector primario, con la cadena agroalimentaria, con una gran capacidad productiva; y la oportunidad que al sector terciario le ofrece la transformación tecnológica”. 

LA DESVENTAJA DEL TAMAÑO 

Finalmente intervino el economista Ramón Casilda, profesor del  Instituto de Estudios Bursátiles. Citó la idea de Paul Krugman: “la productividad no lo es todo, pero en el largo plazo lo es casi todo”. E indicó que el problema de España es el tamaño del tejido empresarial, que supone “una  desventaja competitiva que limita la productividad”. 

Ramón Casilda.

El tejido empresarial español está constituido mayoritariamente por “micro, pequeñas y medianas empresas (micropymes) siendo las pequeñas y medianas (pymes) en promedio de menor tamaño que las europeas. En ese tejido sobresale el sector servicios, que tiene el mayor peso en el PIB. En 2020 supuso el 74,31%, la industria el 14%, la construcción el 6,5% y la agricultura el 3,8%».

La baja productividad de la economía española se concentra en las micropymes de menos de 6 trabajadores que suponen casi el 90% del total. 

Ramón Casilda: «Los pobres resultados alcanzados ayudan a explicar que España tenga un PIB por habitante un 18,5% inferior al de la eurozona»

“El problema de la baja productividad condiciona el potencial de crecimiento de la economía” añade el experto. La prueba es que “los pobres resultados alcanzados ayudan a explicar que España tenga un PIB por habitante un 18,5% inferior al de la eurozona”.

El tejido empresarial español, por lo tanto, “debe modificar su sistema productivo”. Para lograrlo, hay que “priorizar la caja negra de la productividad” indica Ramón Casilda. Esto, a su vez, “requiere mayor inversión en investigación y desarrollo e innovación (I+D+i), íntimamente relacionada con la disponibilidad del conocimiento necesario para generarlo”.

No obstante, es preciso ser conscientes de que “el sistema productivo de un país, no se reestructura de la noche a la mañana, pues forma parte de la esencia misma de su economía”, como apunta el profesor Julio Sequeiros.  Ello supone, apostilló Casilda, “establecer amplios consensos entre las políticas públicas y los agentes económicos privados, dado que se corresponde con un proceso, que requiere ante todo, continuidad en la colaboración a largo plazo».

Svetlana Alexievich, historiadora de las voces anónimas

Alexievich se califica a sí misma de «oído humano», lo que me recuerda a la expresión «pluma humana» empleada por Flaubert. ¿Cabe mayor realismo que el de captar conversaciones humanas y plasmarlas en un libro? La autora transcribe las anotaciones grabadas en el alma, que pueden ser más interesantes que un mero relato de los hechos. Sus libros son la demostración de que la gente del pueblo quizás no será muy instruida, pero es capaz de entender el mundo como nadie y pronunciar palabras llenas de sabiduría y sentido común. No estamos ante unos libros de entrevistas, ni los textos se plantean como un interrogatorio. A los amigos no se les interroga: simplemente se les deja hablar. Las personas se expresan en ellos con sencillez y sin recelos, pues ven a Svetlana Alexievich como a una amiga. Les inspira confianza, y esto les lleva a darle toda clase de detalles íntimos. En consecuencia, se transmite un tono de cercanía a la narración de la autora, que prescinde de todo artificio literario. De este modo, surge un caleidoscopio humano con el que se aspira a retratar la verdad. No se trata de la típica entrevista con preguntas preparadas y respuestas no menos elaboradas, que carecen de espontaneidad y, sobre todo, de intimidad.

En una entrevista de finales de 2019, la escritora afirmaba que “cada persona lleva consigo una historia que se puede contar, y eso es lo que yo hago”

En una entrevista de finales de 2019, durante una breve estancia en España, la escritora afirmaba que «cada persona lleva consigo una historia que se puede contar, y eso es lo que yo hago. Si solo nos basamos en los hechos como fundamento, sin revelar la narrativa implícita, no sale la imagen completa de la realidad». En efecto, en los libros de la Nobel bielorrusa afloran las palabras de la gente sencilla, que suele ser la más sincera. Son palabras extraídas desde el interior, repletas de sufrimientos y vivencias. Sobre este particular, añadiré que Iván Turgueniev, un escritor admirado por Alexievich, escribió una vez, haciéndose eco de un proverbio ruso, que el alma humana son tinieblas. En efecto, según reconoce la autora, es difícil acceder al alma humana, pues el camino está sembrado de televisión y periódicos, de las supersticiones del tiempo en que vive, los prejuicios y las desilusiones.

Solidarios. Rialp. 2021. 168 págs. 12 €

El alma humana, en sus profundidades más dramáticas o entrañables, vive en las páginas de sus obras La guerra no tiene rostro de mujer y Últimos testigos. A mi modo de ver, el espíritu de esta segunda obra es el mismo que envuelve a la obra de Dostoievski, que no concebía la propia felicidad, o incluso la armonía eterna, si para asegurarla hubiera que derramar una sola lágrima de un niño inocente. No existe ningún progreso, ni tampoco ninguna revolución, que pueda justificar esa lágrima. El niño siente que hay guerra cuando papá no está y pasará mucho tiempo esperando a que vuelva. La guerra y sus secuelas en forma de atrocidades contra la población civil arrebatarían la infancia a quienes después fueron hombres y mujeres.

Pese a todo, en medio de los horrores bélicos, brilla en Últimos testigos el testimonio de un niño que no quiere renunciar a su infancia, que asocia a sus primeras lecturas. Será capaz de encontrar en Los hijos del capitán Grant de Julio Verne una pequeña felicidad, cargada de esperanza, frente a la hostilidad del mundo exterior. La historia de la esforzada búsqueda de un padre a través de medio mundo se encuentra en un libro que el niño ha escondido, y que irá leyendo y releyendo a lo largo de una guerra interminable.

EL HOMBRE PEQUEÑO SE TRANSFORMA EN UN GRAN HOMBRE

Nada hay más alejado de la concepción literaria de Svetlana Alexievich que la mera búsqueda del entretenimiento. Estoy convencido de que todo eso le parece demasiado artificial, pues una vez declaró que «las escenas de la vida cotidiana son mejores que las de la ficción». Luego añadió: «Muy raramente me gusta leer ficción, prefiero la obra entera de Dostoievski». Coincido con ella en que leer a Dostoievski es una tarea casi obligada para quien se haga preguntas sobre el hombre. Se trata de un novelista que sabe encontrar al auténtico ser humano, con toda su mezcla de grandeza y miseria, hasta en los personajes más degradados. El escritor poseía el arte de descubrir en cualquier persona los frutos del corazón como la caridad y la abnegación. ¿Nos encontramos algo semejante en las voces despertadas a la vida por la escritura de Alexievich? Leyendo a Dostoievski y a nuestra autora, estaremos en condiciones de aprender que la generosidad no consiste en dar lo que sobra sino en compartir el peso de las cargas ajenas. […]

La guerra no tiene rostro de mujer. Debate. 2021. 368 págs. 20,80 € (papel) / 9,02 € (digital).

La obra de Svetlana Alexievich es una continua invitación a custodiar en nosotros mismos al hombre. Ella misma admite que pertenece a una generación que fue educada con los libros, algo coincidente en la tradición rusa y la soviética, pero no con la realidad. Se diría que su carrera literaria pretende subsanar esta deficiencia con la unión de literatura y realidad. No es una literatura de gestas de héroes, los de la segunda guerra mundial y conflictos posteriores, sino la versión de los hechos que le han proporcionado abuelas, madres, hermanas o viudas, a las que nunca nadie había preguntado por sus vivencias y sentimientos. Esto explica que el gran protagonista de sus libros, que constituye toda una obra de «polifonía», sea el hombre común, al que podríamos calificar de «hombre pequeño», para muchos insignificante. No es el héroe militar ni el obrero modelo, exaltados hasta la saciedad en la época del estalinismo, sino la víctima de las grandes tempestades y catástrofes sociales. Leer a Alexievich es comprender cómo el sufrimiento transforma al hombre pequeño en un gran hombre. Su lectura sirve para reafirmar que no somos un engranaje de los sistemas, un punto lejano e indiferente en medio de una espesa muchedumbre. […]

A una mujer, que es la encargada de dar vida y cuidarla, le tiene que resultar insoportable la perspectiva de verse obligada a matar

La guerra no tiene rostro de mujer, publicada por primera vez en 1985, es la demostración de cómo las mujeres no suelen olvidar la condición humana. En cambio, recuerda Svetlana Alexievich en una entrevista con el filósofo francés de origen ruso Michel Echaltchinoff, los hombres tienden a ocultarse detrás de la historia, porque la guerra les seduce con su acción y se recrean en el enfrentamiento de las ideas. Por el contrario, las mujeres dan preferencia a los sentimientos, aunque estos les lleven a la conclusión de que la guerra es a la vez un asesinato y un duro trabajo. A una mujer, que es la encargada de dar vida y cuidarla, le tiene que resultar insoportable la perspectiva de verse obligada a matar. Tenemos en el libro el ejemplo de una francotiradora, a la que no le resultaba sencillo pasar de disparar de un blanco de madera a un ser humano. Sin embargo, los mandos militares exigían a las mujeres que no se compadecieran del enemigo. Por el contrario, deberían esforzarse por odiarlo. Pero, como bien recuerda la autora, odiar y matar no es propio de mujeres. Las que acabaron entrando en esa terrible dinámica tuvieron que hacerse violencia a sí mismas, y se convirtieron en mitad ser humano y mitad animal.

Últimos testigos. Debate. 2016. 336 págs. 21,75 € (papel) / 7,59 € (digital).

Con todo, los testimonios del libro indican que no había otra forma de sobrevivir. Encontramos, no obstante, excepciones como las de una soldado auxiliar de enfermería que da una hogaza de pan a un alemán prisionero, casi un niño. El alemán no daba crédito a sus ojos, pero la mujer se sintió feliz porque había sido capaz de no odiar, y se había sorprendido a sí misma. Esto me recuerda a otro pasaje de Últimos testigos: el de la madre que lleva un saco de patatas y se las niega a un prisionero alemán, pero de repente cambia de opinión, extrae unas patatas y se las da. El niño que acompañaba a aquella madre, nunca olvidó la escena. A la aprensión le siguió la compasión. Fue además una invitación a no odiar porque, como bien señala Alexievich, el odio se va formando poco a poco, y no es un sentimiento original e inherente a la persona. El odio no es otra cosa que el resultado de la deshumanización del otro.

Se relata también en el libro el testimonio de una enfermera que iba arrastrando a dos heridos, uno soviético y otro alemán. ¿Había que odiar a uno y amar al otro? ¿Se puede tener un corazón para el odio y otro para el amor? Pero esa misma enfermera terminará por reconocer que el ser humano tiene un solo corazón. Lo importante para ella es salvar el suyo, y no lo salvaría por el odio.

A Alexievich le impresionó que las mujeres tuvieran piedad de los alemanes prisioneros o vencidos, o que se compadecieran de los cadáveres de ambos lados

Muchas de las mujeres entrevistadas en La guerra no tienen rostro de mujer compartían el credo comunista, algo que en los años del conflicto mundial era inseparable del patriotismo. Sin embargo, no siempre olvidaban la condición humana en los combates o en medio de los horrores desencadenados por el odio. Eran más fuertes que los hombres, aunque a la vez más frágiles. A Alexievich le impresionó que las mujeres tuvieran piedad de los alemanes prisioneros o vencidos, o que se compadecieran de los cadáveres de ambos lados. Los veían con pena porque eran jóvenes y hermosos. Nada de esto le transmitieron en la escuela cuando le explicaban la gran guerra patriótica. Por el contrario, todas las consignas de los mandos eran una invitación a amar la muerte, a entregar la vida por el ideal comunista o patriótico. La autora recuerda que en la biblioteca de su escuela más de la mitad de los libros trataban sobre la guerra. Otro tanto podía verse en la biblioteca de su pueblo o en la regional. Las mujeres que vivieron el período bélico no le enseñaron entonces, si bien lo harían años después, que la guerra fue para ellas, ante todo, sufrimiento.

La censura atribuyó a Alexievich una excesiva influencia de «Sin novedad en el frente» de Erich Maria Remarque, prototipo de la literatura antibelicista

Cuando se publicó el libro en 1985, los censores llegaron a la conclusión de que, después de leer La guerra no tiene rostro de mujer, nadie querría ir a la guerra. En ese momento, la URSS estaba envuelta en el conflicto de Afganistán. La censura atribuyó a Alexievich una excesiva influencia de Sin novedad en el frente de Erich Maria Remarque (1929), prototipo de la literatura antibelicista. Sus protagonistas son seis soldados alemanes alistados voluntariamente en 1914, que no tuvieron que esperar mucho tiempo para que el primer bombardeo hiciera añicos el concepto del mundo que les habían inculcado. Les habían enseñado que servir al Estado constituía el valor supremo, pero ellos sabían que el miedo a morir era mucho más fuerte. Svetlana Alexievich alegó en su defensa que en su obra se había propuesto buscar la verdad. Pese a todo, le replicaron que la auténtica verdad es la que soñamos, lo que aspiramos a ser.

Pero la escritora no podía estar conforme con una visión de la vida que exige a los escritores escribir exclusivamente una gran historia, la Historia de la Victoria de 1945. No hacerlo así equivalía implacablemente a despreciar las grandes ideas soviéticas, las ideas de Marx y Lenin.

Pese a todo, los argumentos de los censores nunca podrían convencer a una autora que amaba al hombre pequeño, a las pobres gentes, por parafrasear el título de la primera novela de Dostoievski. A este respecto, la confesión de una de las voces de La guerra no tiene rostro de mujer es tan significativa como desoladora: su marido fue condenado a diez años de prisión por haber escrito a un compañero que le costaba sentirse orgulloso de la victoria porque «habíamos abarrotado de cadáveres nuestro terreno y el ajeno».

HÉROES OFICIALES Y HOMBRES CON UNA CAPA DE HUMANIDAD

Los muchachos de zinc, publicado en 1991, hace referencia a los ataúdes de zinc en los que regresaban a su país los restos de los militares soviéticos caídos en la guerra de Afganistán. Al igual que en La guerra no tiene rostro de mujer, el ser humano es contemplado no desde la perspectiva del Estado, dispuesto a sacrificarlo en función de sus intereses, sino desde otro enfoque: lo que representa para su madre, su mujer o sus hijos.

Los muchachos de zinc. Debolsillo. 2021. 336 págs. 21’75 € (papel) / 9,45 € (digital).

Alexievich fue testigo de cómo los ataúdes llegaban en la oscuridad de la noche y eran enterrados en secreto en tumbas con lápidas en las que figuraba esta escueta expresión: «Falleció».

En aquellos años Pravda, el periódico del Partido, publica titulares de este estilo: «Vamos a ayudar al fraternal pueblo afgano a construir el socialismo». En efecto, gentes de familias acomodadas, personas con muchas lecturas, fueron allí y creyeron sinceramente que estaban ayudando a los afganos en su vía al socialismo. Pero este idealismo no fue lo que la escritora descubrió. Por el contrario, según afirma en su libro, se encontró con una extraña belleza: la de las ametralladoras, minas y carros de combate… Es la belleza de los objetos ante de convertirse en instrumentos de muerte. Pero a Svetlana Alexievich le explicaron que, si alguien pisaba una de aquellas minas, aunque fuera en un extremo, no quedaría nada de él, salvo un pedazo de carne.

Afganistán sirvió para desengañar a una escritora que entonces intentaba creer en un socialismo con rostro humano

Afganistán sirvió para desengañar a una escritora que entonces intentaba creer en un socialismo con rostro humano. A su regreso a casa, se encaró con su padre, que la había educado en los ideales comunistas, y le contó su decepción al ver cómo los soldados soviéticos mataban en un país extranjero a personas que no conocían. Su padre no pudo contener las lágrimas. Pero las heridas se prolongarían a través del tiempo, incluso tras la desaparición de la URSS. Alexievich fue objeto de varias denuncias por haber escrito Los muchachos de zinc.

Sus principales acusadoras serían madres de soldados muertos en combate, que en un tiempo abominaron de la guerra, y de quienes habían llevado a sus hijos hacia la muerte, pero ahora se aferraban al mito de que habían sido unos héroes.

La respuesta de la escritora fue que quería mantenerse fiel a lo que llama el legado de Tolstói: «El héroe que quiero con toda la fuerza de mi alma… ha sido, es y será la verdad».

Y existen casos en que no se puede llegar a la verdad sin pasar por el dolor. Se defendió además insistiendo en que no fantaseaba y que no estaba inventando nada. Se había limitado a transcribir lo que los testigos habían querido contarle. Pero lo cierto es que la verdad se da siempre de bruces con una mentalidad educada en el amor hacia el hombre armado y su juguete favorito, la guerra. […]

ENTRE EL AMOR Y LA TIERRA ENVENENADA

Voces de Chernóbil es el libro más atípico de Svetlana Alexievich, publicado en 1997. Recoge los testimonios de quienes sufrieron un acontecimiento inesperado e inconcebible en una URSS considerada como uno de los hitos del progreso humano, entendido, claro está, como progreso técnico. El 26 de abril de 1986, el accidente de la central de Chernóbil, situada en Ucrania, golpeó en gran medida a Bielorrusia, un país agrícola en el que no existían centrales nucleares. La catástrofe se cebó especialmente con los campesinos y afectó a 485 aldeas y pueblos y a 2.100.000 personas, entre ellas 70.000 niños. El territorio bielorruso sufrió el 70% de la contaminación, con un 26% de los bosques más la mitad de sus praderas.

Voces de Chernóbil. Debolsillo, 2015. 408 págs. 20,80 € (papel) / 11,35 € (digital).

Voces de Chernóbil no es una crónica de guerra ni de unos héroes de armas. Sin embargo, hubo héroes, los hombres que salvaron a su país y al resto de Europa porque evitaron la explosión de otros tres reactores nucleares. En Chernóbil no hubo guerra, aunque la muerte llegó del mismo modo incierto e implacable. Se trataba de una muerte que estaba siempre presente al resultar clamorosa la ausencia de seres humanos en relación con el paisaje y los objetos. ¿Tenían conciencia esos héroes de lo que les había pasado a las personas que tuvieron que salir apresuradamente de sus hogares? Por mucho que estuviera envenenada por la radiación, aquella no dejaba de ser su tierra, y se explica que no quisieran llevarse sus pertenencias. […]

Este libro es quizás el ejemplo más logrado de la autora sobre la vida cotidiana del alma, de sus sentimientos y pensamientos… Chernóbil afectó a los cuerpos de las personas, pero no pudo terminar con sus sentimientos

 Este libro es quizás el ejemplo más logrado de la autora sobre la vida cotidiana del alma, de sus sentimientos y pensamientos… Chernóbil afectó a los cuerpos de las personas, pero no pudo terminar con sus sentimientos. Resulta muy llamativo el ejemplo de una mujer, casada hacía poco tiempo y cuyo marido estaba afectado por la radiación. El personal sanitario le insistía en que ya no era su marido, pues se había convertido en un elemento radioactivo con gran poder de contaminación. Pese a todas las advertencias, se empeñó en abrazarlo y quedarse junto a la cabecera de su cama. Alexievich subraya que solo el amor es capaz de infundir vida y esperanza. A este respecto, una profesora de una escuela de arte, que además era directora teatral, señaló a la escritora que lo que realmente le daba miedo es que en nuestra vida el miedo ocupe el lugar del amor.

En Voces de Chernóbil se da preferencia al testimonio de los campesinos, ancianos en su mayor parte, capaces de transmitir algo nuevo precisamente por su sabiduría ancestral. Es mucho más interesante lo que ellos cuentan que el conjunto de lo aportado por científicos, médicos o políticos. Tampoco será decisiva la presencia de hombres armados y uniformados para defenderse de las pequeñas partículas invisibles portadoras de la muerte. No se podía vencer al átomo con métodos convencionales, pero algunos políticos persistieron en las consignas habituales de su ideología: buscar culpables, pues, según ellos, el accidente lo habrían provocado espías y terroristas de los servicios secretos occidentales. Llevados por su inconsciencia de la gravedad de los acontecimientos, hay incluso quienes se preguntaron si lo más urgente era suspender o no los actos oficiales de la festividad del Primero de mayo. […]

Los cinco libros de Svetlana Alexievich se pueden reducir, según ella misma, a un único libro. Es, sobre todo, un libro acerca de la historia de una utopía, de cómo algunos querían construir sobre la tierra el reino de los cielos. El resultado fue un mar de sangre y millones de vidas humanas arruinadas.

El fin del “Homo sovieticus” (2013) arranca de la muerte del imperio de los soviets entre lágrimas y maldiciones, pero los argumentos sobre el socialismo no murieron con esa desaparición. El hombre soviético se resistió a morir. El propio padre de la autora creyó en el comunismo hasta el final de su vida, y muchos de sus amigos también. Llegaron incluso a admitir que, si bien habían conocido el estalinismo, este no era auténtico comunismo. El comunismo constituía toda la existencia de aquellas personas. El comunismo era una religión secular con su propia concepción del bien y del mal. Sus partidarios integraron tanto su ideal en la vida de las personas que resultaría casi imposible de arrancar.

El fin del Homo sovieticus. Acantilado. 2015. 656 págs. 23,75 €

Otra interesante observación de Alexievich es que los simpatizantes del comunismo han contemplado la vida desde una barricada, que siempre es un lugar peligroso para el ser humano. Estar en una barricada hace que la vista quede dominada por la niebla. No hay matices, ni colores. Somos incapaces de distinguir al ser humano que tenemos enfrente, y así, no es fácil despertar a la realidad. […]

La democracia no se importa como el petróleo o el gas, el chocolate suizo o los plátanos. Si no hay personas libres, tampoco existe la democracia

¿Qué se entiende por libertad en la Rusia postsoviética? En la época comunista los ciudadanos la entendían como la ausencia del miedo, pero además crecieron en medio de la escasez y el racionamiento. Tras el fin del comunismo, la persona supuestamente más libre sería la que tiene la capacidad de elegir y comprar la mayor cantidad de productos en una tienda. Los representantes de las nuevas generaciones difundirán además la idea de la libertad interior, su libertad íntima, por no decir su privacidad, y le darán un valor absoluto. No tienen miedo a dar rienda suelta a sus propios instintos y deseos. Por el contrario, esperan conseguir mucho dinero para alcanzarlos. Pero lo cierto es, como afirma Alexievich, que la democracia no se importa como el petróleo o el gas, el chocolate suizo o los plátanos. Si no hay personas libres, tampoco existe la democracia.

Este concepto tan limitado de libertad sirve a Svetlana Alexievich para reflexionar acerca de la leyenda del Gran Inquisidor de Dostoievski, inserta en Los hermanos KaramazovEn la ciudad de Sevilla, el Gran Inquisidor reconoce en un prisionero a Jesús que ha vuelto a la tierra, pero le reprocha que haya venido a molestar a los hombres. La principal crítica del juez es que Dios haya dotado de libertad al hombre. Todo habría ido mejor si Cristo hubiera tomado la espada del César y proporcionado al ser humano un amor en el que depositar su conciencia. Así habría sido feliz, aunque fuera una felicidad sin libertad. La conclusión del Gran Inquisidor es que únicamente debe reinar sobre los hombres aquel que sea dueño de sus conciencias y tenga su pan en las manos, aquel que les convenza de que no serán verdaderamente libres hasta que no le hayan confiado su libertad. Un texto de Dostoievski que es válido para todos los tiempos.

Más de un cuarto de siglo después de la caída del comunismo soviético, la gente aprecia el contraste de las desigualdades, la pobreza y la riqueza arrogante. Lo vemos en otros testimonios del libro de Alexievich. Algunos jóvenes se refugian en la nostalgia de lo que no conocieron y se visten con camisetas del Lenin y Che Guevara. Esos muchachos no consideran la revolución como un error. La revolución era una fiesta, todo el mundo era feliz y hay que celebrar perpetuamente la gran guerra patriótica. El sistema soviético ciertamente se construyó sobre sangre, pero, en la opinión de algunos, esto representaba la prueba de que era sólido como una roca. Otros expresan su admiración por Stalin, que para ellos es un gran patriota. En internet florecen las páginas salpicadas de nostalgia. En todas ellas se saca la conclusión de que Rusia es un gran imperio que debe ser regido con mano de hierro y que existe una vía rusa específica para organizar la política. No se necesitan antiguos disidentes en la política y en el gobierno al estilo de un Václav Havel o un Andréi Sájarov. Tales personas no sirven para gobernar a Rusia. Lo que se requiere es un zar, un padre, un secretario general, un presidente… Un hombre de hierro. Ese hombre es ahora Vladímir Putin, dotado de tanto poder como el antiguo secretario general, pero ya no es comunista. Enarbola las banderas del nacionalismo y la fe ortodoxa, pero no la del marxismo-leninismo. […]

Svetlana Alexievich tiene la influencia de los grandes escritores rusos del siglo XIX. Comparte con ellos la búsqueda de la verdad y la tentativa de comprensión de los acontecimientos del presente

Svetlana Alexievich tiene la influencia de los grandes escritores rusos del siglo XIX. Comparte con ellos la búsqueda de la verdad y la tentativa de comprensión de los acontecimientos del presente, si bien nadie logra comprenderlos del todo. Para quien conozca su historia y admire su cultura, Rusia no merece el calificativo despectivo de mongol inerte que le diera Karl Marx. Estoy convencido de que, por encima del barniz de las ideologías, afloran a menudo las raíces cristianas de Rusia, y esta vigencia conlleva un permanente salir de sí mismo, una dinámica de entrega y relación. Tal es la actitud de la mayoría de los testigos que viven en los libros de Alexievich. En esas obras hablan las pobres gentes, los insignificantes, los que no han diseñado la historia oficial…Todos ellos muestran su cercanía y fragilidad al lector. De sus vidas y testimonios pueden surgir vínculos de fraternidad y de amor, mucho más auténticos que todas las utopías políticas y sociales.

España, México y la leyenda negra

La tarde del 21 de octubre de 1940 tuvo lugar en el Hotel Ritz de Madrid un homenaje a Heinrich Himmler, entonces director de la policía de Hitler. Era anfitrión el director de la policía franquista y posterior alcalde de Madrid, conde de Mayalde, quien en su discurso dijo:

«Camaradas italianos y alemanes, si existe un pueblo de memoria histórica, es el español, por ello no podrá olvidar las afrentas de las que ha sido objeto durante siglos de decadencia por ciertos odiados poderes del mundo».

La disputa del pasado. Turner. Madrid, 2021. 248 págs. 20,80 € (papel) / 9,49 € (digital).

Sospecho que puede ser una de las primeras referencias a la «memoria histórica» de los pueblos, referencia que a Himmler seguro le sonó a conocido pues toda la ideología nazi se basaba en la venganza frente a la humillación sufrida por Alemania en el Pacto de Versalles y la «puñalada por la espalda» supuestamente asestada por la República de Weimar. El futuro como venganza de un pasado humillante.

Regresa la expresión memoria histórica. La memoria confundida con la historia y como instrumento de propaganda

Una anécdota reveladora de cuanto de confuso y turbio hay en la expresión memoria histórica, que hoy regresa, con frecuencia por el otro lado del espectro político, aunque siempre con la misma vocación totalitaria que entonces. La memoria confundida con la historia y como instrumento de propaganda. Pues memoria e historia no riman, salvo que se haga por un diktat del poder que impone una y otra […].

DE MEMORIAS Y OLVIDOS

Las sociedades, todas, del pasado o del presente, son memoria, que es el sustento de las tradiciones y herencias, por lo tanto, la raíz de las rutinas, hábitos, actitudes y creencias. Por ello el mejor predictor del futuro de cualquier país es su pasado. Los pueblos, al igual que los individuos, no pueden librarse de la mochila de su historia y de su linaje, que como todas las estructuras o los habitus (por decirlo en argot sociológico moderno) son al tiempo limitación y recurso, habilitan para ciertas cosas, pero constriñen para otras; todo modo de ver es un modo de no ver. Es lo que nos enseñó Maurice Halbwachs en Les cadres sociaux de la mémoire (1925), donde ya consideraba al fenómeno de la memoria como una representación colectiva en el sentido de Emilio Durkheim, algo que existe más allá de las conciencias individuales, más allá de la subjetividad.

Y ello porque la memoria se plasma en hitos objetivos, se condensa en escenarios que tienen sus lugares (sus espacios), pero también sus tiempos (sus momentos), unos y otros colectivos, sociales. Espacios sagrados cargados de energía numinosa que llaman a la reverencia y el recogimiento, pero también tiempos, momentos, que marcan el ritmo de la vida social. Las onomásticas o los cumpleaños de las personas se doblan en conmemoraciones colectivas que pretenden sacarte de lo ordinario, de lo profano, para introducirte en el ámbito de lo intemporal y lo extraordinario. Como si la dimensión temporal de la existencia quedara cancelada al establecerse una conexión directa entre el pasado y el presente. Lieux de la mémoire, los llamaba Pierre Nora.

Y ya señalaba Nora lo que es quizá el tema central de este libro: que «la historia se escribe hoy bajo la presión de las memorias colectivas» que pretenden «compensar el desenraizamiento histórico de lo social y la angustia del futuro valorizando un pasado que hasta entonces no se había vivido así». El conde de Mayalde no lo decía peor: la memoria, no como recuerdo del pasado, sino como modo de compensar las frustraciones del presente, tarea a la que (al parecer) no pocos historiadores y muchos políticos se prestan con generosidad siguiendo esa regla que fijó Nietzsche: las guerras hacen vengativo al vencedor y resentido al vencido.

Y me temo que en esas seguimos a uno y otro lado del Atlántico: abusando de la llamada memoria para lo uno y lo otro, haciendo mofa, no solo de la historia, de la verdad histórica, sino incluso de la verdadera memoria. Como decía la vicepresidenta del Gobierno español en la presentación de la Ley de Memoria Histórica (la segunda ley, la de la memoria «democrática», pues la primera, de 2007, no fue suficiente), la ley «pretende aportar luz al pasado y construir el futuro». Como en esas películas de ciencia ficción en la que el protagonista es proyectado al pasado para poder así, desde allí, cambiar el curso de la historia y arreglar los problemas del presente. Pero todo ello no es ciencia sino ficción, pues no es posible cambiar el pasado, de modo que, ¿hablamos del pasado o hablamos del futuro cuando invocamos la memoria? Es decir, ¿se trata de invocar la memoria existente o más bien de construir un futuro específico, y no otros posibles?

La historia es (o debe ser) lo contrario: objetiva, rigurosa, impersonal, universal. No mi historia, sino la historia

Memoria e historia aparecen así contrapuestos, como los dos extremos de un continuo. La memoria es individual y personal, es subjetiva y particular, tiene un punto de vista particular, una mirada. Es también mi mirada contra la tuya y, en ese juego de espejos, ¿cuál es más creíble, más respetable? La historia es (o debe ser) lo contrario: objetiva, rigurosa, impersonal, universal. No mi historia, sino la historia. Memoria e historia se contraponen, así como lo subjetivo a lo objetivo. Pero también se entremezclan, pues la historia, o mejor, las historias, alimentan la memoria, y acabamos recordando lo que nunca vivimos. La propaganda reiterada tiene ese efecto, que el maestro Goebbels conocía perfectamente. Pero también al revés, la memoria colectiva –como decía Nora– dirige en buena medida la pesquisa histórica, de modo que acabamos sabiendo mucho de algunas cosas, pero ignorando y silenciando otras. Y como en una burbuja de las actuales redes sociales, se retroalimenta. «La historia –decía Hobsbawm y reitera Martín Ríos– contiene no la memoria colectiva sino los acontecimientos que han querido ser recordados por quienes tienen esa función». Lo demás es olvido.

En todo caso, ni la memoria ni la historia pueden ser objeto de legislación o mandato en sociedades libres. Ni se puede mandatar lo que debo recordar (es un absurdo), ni menos aún legislar sobre lo que es verdadero o falso. Por ello bien harían los políticos, de uno u otro signo, en retirar sus manos de esas materias pues su intervención, siempre interesada, no hace sino enturbiarlo todo: la memoria, la historia y, a la postre, la convivencia.

EL «ENCONTRONAZO» Y SU LECTURA

Pero nosotros, los hispanos todos, confrontamos inevitablemente unos tiempos de memoria que, sospecho, deberían ser de historia. Y ese es el problema: que no podemos evitar las conmemoraciones, pero no sabemos bien cómo hacerlo. Nos ocurrió ya en 1992, al conmemorar/recordar el descubrimiento/encuentro de dos mundos, y ya la dificultad para nombrar lo que sin duda ocurrió (pues algo ocurrió, sin duda, e importante) muestra la paralela dificultad para alinear memorias colectivas. Vale la pena detenerse por un momento en este casus belli.

Podemos decir que no se descubrió América en 1492, que fue un encuentro como señalaba, generosamente, Miguel León Portilla

 

Las palabras no son neutras. Podemos decir que no se descubrió América en 1492, que fue un encuentro como señalaba, generosamente, Miguel León Portilla. Difícil argumento, como criticó brillantemente Edmundo O’Gorman. Desde luego se descubrió para los europeos, para los asiáticos y para los africanos que, hasta entonces, no tenían la más mínima idea de su existencia. ¿Se descubrió también para los americanos? No parece que los nativos precolombinos de ese gran continente tuvieran tampoco noticia de su entera existencia, más allá de lo que cada uno de ellos conocía de su territorio. De modo que ¿existía América antes de que alguien la cartografiara y la etiquetara, la «inventara»? Sí como realidad geográfica, como «cosa en sí»; pero, desde luego no como «cosa para nosotros» los humanos. Por hacer una comparación pro domo mea¿existía Hispania antes de que los romanos colonizaran y etiquetaran así la península ibérica? Y por ir al presente, ¿existía México antes de que ese territorio fuera unificado y etiquetado? Las naciones modernas tienen vocación de eternidad, pero nacieron en algún momento, al igual que desaparecerán en otro, aunque nos cuesta reconocer lo uno y lo otro.

Por supuesto que hubo encuentro, o más bien –para ser castizos– «encontronazo». Para comenzar porque ninguno de los sujetos de ese encuentro esperaba encontrar la otra parte; fue una sorpresa mutua. Colón no buscaba «América» sino Asia, y encontró (afortunadamente) lo que no buscaba. Pero fueron unos los que buscaron a los otros, no al revés. Un encuentro puede ser, bien una cita preparada, bien una sorpresa fortuita entre conocidos, como decía O’Gorman. Pero nada de eso ocurrió. Al comienzo de su magnífico libro Armas, gérmenes y aceroJared Diamond formula una de las grandes preguntas de la historia global, probablemente la pregunta, a cuya contestación dedica todo el libro. Y la pregunta es: ¿cómo llegó Pizarro a esa ciudad para capturarle, en vez de ser Atahualpa quien llegase a España para capturar al rey Carlos I? Pues es indudable que fue Pizarro quien llegó a Cajamarca y capturó a Atahualpa, y no este quien llegó a Toledo. Diamond añade más adelante:

¿Por qué no fueron los incas los que inventaron las armas de fuego y las espadas de acero, los que montaron en animales tan temibles como los caballos, los que portaban enfermedades para las cuales los europeos careciesen de resistencia, los que desarrollaron buques capaces de cruzar los océanos y organizaciones políticas avanzadas, y los que fueron capaces de basarse en la experiencia de miles de años de historia escrita?

No voy a responder a la pregunta; hay que leer el libro completo. Y vale la pena; solo adelanto que no tiene nada que ver con alguna superioridad biológica o racial. Lo importante ahora es que podría haber ocurrido al revés, podría haber sido Moctezuma quien llegara a la Península Ibérica para conquistar Medellín, Trujillo o Toledo y capturar a Cortés o a Carlos V. De hecho, casi ocurrió algo parecido, y sabemos, por ejemplo, que el Imperio chino llegó a África y pudo navegar hasta América a comienzos del siglo XV. Pudo hacerlo. Pero no lo hizo. Y sí lo hicieron Colón, Cortés o Pizarro. Esos son los datos. De modo que, ¿quién encontró a quién?

Y sin haber zanjado aún el encuentro/conquista de 1492, el presente nos conmina a continuar ese trabajo conmemorativo. Por una parte, la primera circunnavegación del globo en 1519-1522, la primera globalización física del mundo, en la gigantesca epopeya iniciada por Magallanes y culminada por Elcano, una hazaña que españoles y portugueses estamos celebrando conjuntamente estos años, al parecer en buena vecindad. Tras esta, la «conquista» de «México» por «Cortés», una de las gestas que ha alimentado más vivamente la imaginación de los occidentales, con la fecha mítica del 13 de agosto de 1521 en la que cae la ciudad sagrada de Tenochtitlan. Y pongo comillas a los sustantivos más relevantes pues, como veremos, ninguno de ellos es tan rotundo como parece y son más bien conceptos difusos, fazzy, como los llaman los lógicos.

El territorio mexicano, incluido una gran parte de lo que hoy es Estados Unidos, fue parte de la Monarquía Hispánica más años (un tercio más) de los que ha vivido como territorio independiente

Y sobre todo ello, sobre los quintos centenarios de la «conquista», los segundos centenarios de las independencias (¿de las «reconquistas»?) de las nuevas repúblicas americanas, independencias que se consolidan en la década de 1820, singularmente el Acta de independencia del Imperio mexicano del 28 de septiembre de 1821. De modo que entre agosto y septiembre de 2021 asistimos a todo tipo de recuerdos, historias, narraciones o relatos, míticos o no, nacionales o no, sagrados o profanos, que cubren todo el largo período del virreinato de Nueva España, trescientos años, cien años más de los que tiene la República Mexicana, que se prolongan en la historia de las mismas repúblicas.

Cronología que no es trivial; el territorio mexicano, incluido una gran parte de lo que hoy es Estados Unidos, fue parte de la Monarquía Hispánica más años (un tercio más) de los que ha vivido como territorio independiente. Y tres siglos es mucho tiempo. Pero es un dato que hay que leer también, al contrario: si los primeros trescientos años pueden cargarse al pasivo/activo de España (que no de los españoles), los últimos doscientos años –y tampoco son pocos– son todos de su responsabilidad, para bien y para mal. Y en doscientos años se pueden hacer muchas cosas. Por ejemplo, se puede hacer los Estados Unidos de América.

COMO FUNES EL MEMORIOSO

Como muestra Martín F. Ríos Saloma, hoy sabemos que la «conquista» de «México» por «Cortés» no fue ni lo uno ni lo otro sino una larga guerra civil de la sociedad azteca-mexica de modo que, en buena medida, fueron los nativos quienes conquistaron a los nativos, y poco hubiera podido hacer Cortés y sus hombres sin la colaboración de guerreros tlaxcaltecas y de otros grupos. ¿Conquistaron «México»? Dudoso al menos. La palabra México, que deriva del náhuatl, originalmente se utilizaba para referirse al valle de México, y fue su castellanización la que nos otorga su sentido actual, de modo que México como país no tuvo ese nombre hasta su independencia en 1821. Así pues, ni el México actual es aquello que fue «invadido» o «conquistado», ni hay conquista puntal que celebrar, ni fue Cortés el conquistador, sino un instrumento, un catalizador, de una guerra civil latente. La historia nos dice algo muy distinto a lo que se supone que es la memoria.

Por ello, que dirigentes e intelectuales mexicanos se consideren hoy herederos de Moctezuma, o que el presidente de ese gran país se presente como tlatoani, ¿es una resignificación, una superchería o una operación de marketing político que pretende –como decía Nora– compensar un presente bochornoso valorizando un pasado mítico? Tradiciones inventadas todas al servicio de leyendas de construcción nacional que vehiculizan movilizaciones electorales. En última instancia, ¿en qué medida el México del siglo XXI es heredero de los aztecas? Desde una rigurosa perspectiva histórica, podríamos afirmar que la conquista/invasión forma parte de la historia de España más que de la de México, al menos tres siglos frente a dos.

Como señala Martín F. Ríos Saloma, ¿por qué una persona que vive en el siglo XXI aún se siente agraviada por lo que ocurrió hace quinientos años?

 Y la pregunta es, como señala Martín F. Ríos Saloma, ¿por qué una persona que vive en el siglo XXI aún se siente agraviada por lo que ocurrió hace quinientos años? ¿Por qué unos recuerdan lo que otros olvidan? Pondré un contraejemplo que menciona María Elvira Roca Barea: en Madrid (y en otras ciudades españolas) hay estatuas y monumentos (por cierto, bastante hermosos los de Madrid) dedicados a Bolívar y a San Martín, e incluso uno dedicado a José Martí, ofrenda de Fidel Castro. Y también, por supuesto, uno dedicado a Hidalgo, también en el parque del Oeste, y ello, a pesar de que (como Bolívar) Hidalgo declaró el exterminio de peninsulares. ¿Tendría sentido que los derribáramos por el dolor causado a España o los españoles? No solo no se derriban, sino que son objeto de ofrendas oficiales en fechas conmemorativas de la independencia. Esa herida se ha cerrado hace tiempo y, bien se ha olvidado, o se asienta en la memoria colectiva como una suerte de guerra civil española (en buena medida así fue) ya cancelada. ¿Por qué unos olvidan lo que otros recuerdan? ¿No es más sano y positivo denunciar la obsesión latinoamericana con el pasado y decir ¡basta de historias! como hace Andrés Oppenheimer?

Por supuesto no es solo México (o Venezuela, Bolivia, Perú o Chile) quien anda a la gresca con su historia, pues también España lo hace, y doblemente. Lo hace por lo que se refiere a su historia americana, y no son pocos los españoles que se niegan a celebrar el 12 de octubre aceptando el relato genocida. Pero también por lo que hace a su historia reciente, e incluso recientísima, pues no hemos acabado de asimilar el olvido de la guerra civil y el franquismo (y ahí están las citadas leyes de la llamada «memoria democrática») cuando pretendemos acelerar el olvido de los más recientes crímenes de la banda terrorista ETA.

Hay quien se horroriza ante lo que ocurrió en el siglo XV o a mediados del pasado siglo, pero blanquea a los asesinos de hace menos de una década, cuyas víctimas todavía viven.

Se diría que todo el Occidente ha sido infectado de la pasión de la «pureza de sangre» que llevó a muchos castellanos a depurar su linaje de excrecencias malignas

Podríamos pensar que estamos aquí ante otra singularidad hispánica, una más de las muchas excepciones que historiadores (más pasados que presentes) han denunciado en nuestro devenir colectivo. Pero no somos solo los hispanos quienes no sabemos salir del pantano del pasado y nos hemos embarcado en una gigantesca mistificación histórica al servicio de la política partidista; al fin y al cabo, los hispanos tenemos la justificación de las fechas y sus inevitables conmemoraciones, difíciles de evitar. Pues se diría que todo el Occidente ha sido infectado de la pasión de la «pureza de sangre» que llevó a muchos castellanos a depurar su linaje de excrecencias malignas, y se ha lanzado a recomponer el pasado con una pasión que bien haría en orientar al futuro. Así, si unos tratan de recuperar la «verdadera» América o la verdadera Inglaterra (o Francia, o Alemania, o Polonia o Finlandia), de las garras de extranjeros que polucionan la pureza de sangre de los autóctonos, los bad hombres de uno u otro color; otros pretenden lo contrario, expulsar y cancelar de la historia lo que pueda quedar de injusticias centenarias, ya sean racistas, misóginas, o coloniales, o xenófobas, u homófobas, expulsar la maldad del «hombre blanco» en una gigantesca damnatio memoriae similar a la que practicaba Stalin en sus purgas.

Casi podía decirse que Occidente, que ha perdido la ilusión del progreso y del futuro, en el que no ve potencia que arrastre e ilusione, se ha volcado sobre el pasado y, más que preparar el futuro para nuestros hijos y nietos, pretendemos solucionar las querellas de nuestros abuelos. No cabe mayor tradicionalismo, menor progresismo, ni mayor historicismo y dependencia de senda, que este quedar atrapado por el pasado, en el que le mort saisit le vif. Una verdadera colonización del pasado, que se piensa como si no hubiera pasado, como si fuera presente. Hay un profundo derrotismo sobre el porvenir detrás de esa fascinación enfermiza con el pasado.

No cabe mayor tradicionalismo, menor progresismo, ni mayor historicismo y dependencia de senda, que este quedar atrapado por el pasado

La hermosa metáfora borgiana de Funes el memorioso nos recuerda la necesidad de olvidar, de «echar al olvido», para ser más precisos (como decía Santos Juliá), para escapar de la trampa del pasado. Pero hay pueblos que, como Funes, parecen atrapados en la eterna contemplación de un instante mítico, primordial, casi siempre inventado, y su historia se centra en la eterna visión de esa llama zigzagueante. «El año próximo en Jerusalén», repetido año tras año, siglo tras siglo.

Pero el progreso consiste en romper con el pasado, liberarse de la mochila de las tradiciones, rutinas y habitus, para enfocar el futuro libre del peso de la historia. «Del pasado hay que hacer añicos», cantaba La Internacional. Cierto, quien no conoce la historia está obligado a repetirla. Pero quien se obsesiona con ella no sale del pasado, y mala es la política que se diseña mirando por el espejo retrovisor. Es en el futuro donde todos podemos encontrarnos, solo él es un juego de suma positiva: todos podemos ganar o perder, está abierto y deberemos construirlo juntos. El pasado es un juego agónico donde si unos ganan otros pierden, como recordaba Nietzsche. Está cerrado, por mucho que tratemos de resignificarlo. Somos esclavos del pasado, pero libres del futuro, y si hay esperanzas de reconciliación –y debe haberlas– estas solo podremos encontrarlas en el futuro a construir. ¡Basta de historias!, como ha escrito Andrés Oppenheimer.

CENTRARSE EN EL FUTURO

No podemos cambiar la historia, que es frecuentemente una historia de enfrentamientos, aunque sí podemos reevaluarla; lo hacen los historiadores constantemente, y nosotros con ellos. Y podemos aprender de ella para evitar en el futuro esos enfrentamientos. Por ello es bueno dejar el pasado a los historiadores para centrar la política en el futuro, que es el espacio donde sí podemos encontrarnos de nuevo.

Pero no es posible juzgar el pasado con los criterios morales del presente. Si lo hiciéramos liquidaríamos todo y todos, acusados de racistas, de machistas o de homófobos. El presentismo, la carencia casi total de conocimiento histórico, es muy dañino. Desde Julio César a Alejandro Magno a Napoleón, por no citar a Aristóteles, nadie se libra. ¿Vamos a renombrar el teorema de Arquímedes si descubrimos que era machista, tenía esclavos o era homófobo? ¿Qué hacemos con Washington o Jefferson, que eran propietarios de esclavos (y otras cosas)? ¿Vamos a renombrar Colombia o Washington? Si lo hiciéramos seríamos injustos con ellos y cancelaríamos la realidad del progreso moral de la humanidad. ¿Cómo nos juzgaran a nosotros en el futuro, con qué estándares morales?

Por lo demás, los hombres somos muchas cosas. Hay artistas o científicos magníficos que son personas despreciables, y no por eso dejan de ser grandes artistas o científicos. Se les valora por aquello en lo que destacaron y se les critica por el resto que, por lo demás, lo compartían con la mayoría de sus contemporáneos. Al pobre Colón no se le puede juzgar con criterios morales de universitario de la Ivy League.

Y si vamos a hacerlo, habrá que hacerlo con todos. No solo los «hombres blancos» han practicado el racismo, la esclavitud, el machismo o la homofobia. Creer que los negros son naturalmente agresivos es racismo, pero creer que los blancos son naturalmente racistas o naturalmente machistas es también racismo. No se puede criticar el racismo practicándolo.

La historia de los descubrimientos, de la conquista y de la colonización de unos pueblos por otros ha sido siempre una historia llena de ruido y violencia. Lo fue la conquista romana de la península ibérica, y lo fue también lo que España, Portugal y otras muchas naciones hicieron en los siglos XVI en adelante, llenas todas de relatos de grandeza y heroísmo, pero también de violencia y de maldad. Lo ha sido la historia toda de Europa, y por eso hicimos la Unión Europea, para superar ese terrible pasado de guerras civiles europeas. Pues el «hombre blanco» no solo ha masacrado al «otro»; antes de nada, se ha masacrado a sí mismo. En eso al menos tampoco se diferencia del «no blanco». Y no podemos olvidar que fueron hombres blancos, occidentales y probablemente heterosexuales quienes acabaron con la esclavitud (que continuó en otras regiones), reconocieron la dignidad a las mujeres (que sigue pisoteada en otras regiones), e inventaron la democracia y la igualdad de todos.

España, no los españoles (y menos los actuales) fue sujeto histórico y responsable de horrores, pero también de aciertos

España, no los españoles (y menos los actuales) fue sujeto histórico y responsable de horrores, pero también de aciertos. Las primeras universidades, los primeros hospitales, las primeras imprentas y los primeros libros impresos, los primeros matrimonios mixtos y el mestizaje, las primeras gramáticas de lenguas nativas, todo eso, figura en el activo. Como es también cierta la importante aportación que aquellos pueblos hicieron a la cultura y la economía de España y de Europa. A comienzos del siglo XVIII, antes de las independencias, México era una gran ciudad cuando Boston o Filadelfia eran pequeños poblachos. Hoy sabemos que el relato del atraso y pobreza de la «colonia» es falso y que la decadencia de América Latina (relativa, por cierto) no precedió a su independencia.

Pero la destrucción de pueblos y etnias, bien por la violencia o por las enfermedades, la explotación, la esclavitud, figura en el pasivo, y no podemos ni negarlo ni olvidarlo. España no puede sino lamentar y pedir perdón por cuanta maldad y dolor pudo causar en aquellos pueblos, sin quererlo, como asegura de Matthew Restall en Cuando Moctezuma conoció a Cortés, casi a regañadientes. Y lo hace con dolor y el máximo respeto a ellos y a sus herederos actuales. Pero pide al tiempo una mirada objetiva para que todo sea valorado conjuntamente. Pues si América hoy forma parte del concierto de los pueblos occidentales, ello se debe también a aquellos eventos.

Y termino plagiando una de las ideas de estas mismas páginas. En los albores de la segunda década del siglo XXI y en plena reconfiguración del orden mundial, es necesario que América Latina conozca su propia historia, se libere de prejuicios, deje de cargar el pasado y se reconozca en esa historia compartida de matriz hispana. Pero es igualmente necesario que España mire a América Latina en condiciones de igualdad, reconozca su herencia americana y asuma que la conquista fue también la destrucción de otras culturas que existían previamente e, incluso, de muchas de las poblaciones locales. Miguel León Portilla terminaba en 1985 su bella introducción a La visión de los vencidos invocando «formas más humanas de encuentro» y recordando a «todos cuantos están así emparentados» que nos «interesa esta historia que es, a la vez, de México y de España». Es «nuestra» historia, no la de los «hunos» contra los «otros» como hubiera escrito Miguel de Unamuno.

Epitafio de la Compañía de las Indias Orientales

Napoleón solía burlarse de los ingleses, de los que decía que solo eran una nación de tenderos… ¡pero qué tenderos! Este país de comerciantes no solo venció al emperador de los franceses, sino que en el transcurso de los siglos XVIII y XIX se hizo, en nombre del libre comercio, con el total monopolio de las rutas de suministro con Asia. Puede que los hijos de la Gran Bretaña tengan tendencia a adornar sus méritos y a presentarse más altos, más listos y más fuertes de lo que realmente han sido a lo largo de la historia, pero hay que reconocer que aquí, en lo referido a la Compañía Británica de las Indias Orientales, no han exagerado ni un ápice.

La anarquía. Desperta Ferro. 560 págs. 26,55 € (papel) / 11,39 € (digital). Traductor: Javier Romero Muñoz.

Al contrario, los historiadores británicos han preferido rebajar con agua y bonitas palabras el agresivo dominio que llegó a ejercer en la India una empresa privada donde los grandes hombres de negocios, muchos parlamentarios y hasta ministros, tenían invertidas cantidades millonarias.

Inglaterra era una nación de segunda y resignada a tomar las migajas que España y Portugal dejaban desguarnecidas en su control abusivo de océanos, islas y continentes

El historiador y escritor escocés William Dalrymple narra en su libro La anarquía: La Compañía de las Indias Orientales y el expolio de la India, editado en España por Desperta Ferro, la crónica de cómo esta empresa logró ascender desde la nada hasta convertirse en el todo a costa del declinante Imperio mongol. Sus maldades. Sus victorias militares… Y los enormes tejemanejes que construyeron su inesperado poder.

A principios del siglo XVII, Inglaterra era una nación de segunda y resignada a tomar las migajas que España y Portugal dejaban desguarnecidas en su control abusivo de océanos, islas y continentes. Sin embargo, en esas fechas un grupo de desheredados londinenses se organizó en una pequeña iniciativa que, lejos de las facilidades que ofrecía la costa este de Norteamérica, quiso seguir el ejemplo de la exitosa aventura holandesa en el Pacífico.

A diferencia del modelo español, donde la batuta colonizadora la portaba la Corona, los holandeses apostaron por que fueran los mercaderes quienes medraran a su gusto en los puertos más lejanos. La fórmula estaba hecha a prueba de bombas: si la aventura funcionaba, los privados se repartían los beneficios y sorteaban la costosa labor de crear hospitales, caminos y universidades allí por donde pasaban, como sí hacía España; pero si las cosas se desmadraban, eran los ejércitos del Estado quienes acudían al rescate.

 Dalrymple coloca al lector a bordo de los cochambrosos primeros barcos que arribaron en la India, con timidez y miedo al Gran Kan, para luego zambullirle en el caos que siguió a las guerras internas

Al calor de los beneficios holandeses, la Compañía Británica de las Indias Orientales llevó al siguiente escalón la experiencia capitalista. William Dalrymple coloca al lector a bordo de los cochambrosos primeros barcos que arribaron en la India, con timidez y miedo al Gran Kan, para luego zambullirle en el caos que siguió a las guerras internas y al ascenso de esta compañía privada con más soldados a su mando que la propia Monarquía británica.

Con un pulso narrativo que hace palidecer a muchas novelas, el ensayo emplea una monstruosa cantidad de documentación de archivos indios y británicos para desgranar la trayectoria de «la más grande sociedad de mercaderes del universo». «Un imperio dentro de un imperio». Memoria escrita del colonialismo más salvaje.

[Artículo publicado originalmente en ABC Cultural]