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Entre noviembre de 1959 y mayo de 1960, la versión más periodística del escritor (y periodista) Italo Calvino viaja a Estados Unidos. Lo mueve la curiosidad y así se lo cuenta, a su regreso, al crítico literario Carlo Bo, quien le había pedido un balance de ese viaje. “Me interesaban los Estados Unidos, saber cómo son de verdad, y no para –qué sé yo– hacer un ‘peregrinaje literario’ o porque quisiera ‘hallar inspiración’. En los Estado Unidos me sucedió algo inusitado: fui presa de un deseo de conocimiento y de posesión total de una realidad multiforme, compleja y ‘diferente de mí’. Fue algo similar a un enamoramiento”.

Durante ese enamoramiento, que no fue idílico ni complaciente, pero sí apasionado, fue tomando notas que pudieran servir a algún propósito relacionado con la escritura

Durante ese enamoramiento, que no fue idílico ni complaciente, pero sí apasionado –“entre enamorados, como es sabido, se pasa mucho tiempo riñendo”, escribe Calvino–, fue tomando notas que pudieran servir a algún propósito relacionado con la escritura. Las ordenó, las reelaboró, corrigió las pruebas y dio título a un futuro nuevo libro, pero decidió no publicarlo. Fue así como Un optimista en América se convirtió en una obra póstuma publicada en 2014, que llega ahora al mercado español de la mano de Siruela. ¿Las razones de aquella marcha atrás? El propio autor las explica en el texto que, como las citas anteriores, se encuentran en el prefacio del libro: “al releer las pruebas lo sentí demasiado modesto como obra literaria y no lo bastante original para ser un reportaje periodístico”.

Un optimista en América. Siruela. 2021. 352 págs. Traducción: Dulce María Zuñiga. 24,95 € (papel) / 11,99 € (digital)

Dejando al margen las valoraciones personales en cuanto al alcance de su obra que hace Calvino, el libro combina rasgos literarios, periodísticos y también de crítica y ensayo. El resultado es un compendio fascinante que no solo ofrece un caleidoscopio de la América de finales de los años 50, sino que va más allá, dando cuenta de la situación global de un mundo dividido en bloques, pero que, además, sabe replegarse a lo más íntimo, dando las claves sobre quién era Ítalo Calvino en el momento en que decidió partir para seguir descubriendo el mundo y a sí mismo.

LA DÉCADA QUE MARCÓ A ITALO CALVINO

Cuando Calvino puso rumbo a América, en 1959, hacía tres años que había abandonado el Partido Comunista, después de que se hubiera desvelado el informe Kruschev en el XX Congreso del PCUS y, con él, las atrocidades perpetradas por el régimen de Stalin. “La historia de la Unión Soviética, que hasta ahora se había presentado como un evangelio, se redujo de la noche a la mañana a un cuento de hadas”, escribiría Calvino, víctima él mismo del cuento de hadas o del mito. ¿Qué había pasado?

La década de los 50 había comenzado para el escritor con un viaje a la Unión Soviética, cuyas impresiones plasmaría después en un diario de viaje en el que, según su posterior valoración, se centraba en “observaciones mínimas de la vida cotidiana, aspectos tranquilizadores y apaciguadores, atemporales, apolíticos. Esa manera no monumental de presentar la URSS me perecía la menos conformista. En cambio, mi verdadera culpa de estalinismo fue precisamente esa: para defenderme de una realidad que no conocía, pero que de alguna manera presentía y a la que no quería dar un nombre, colaboraba con mi lenguaje no oficial que presentaba como sereno y sonriente lo que era drama, tensión y desgarro. El estalinismo también era la máscara meliflua y afable que ocultaba la tragedia histórica en acto”. Esas palabras las escribió Calvino en un artículo de 1979 en La Repubblica donde se pregunta ¿También yo fui estalinista?”. Y ese es el título.

El escritor viaja a Estados Unidos liberado de corsés ideológicos, con una receptividad inaudita y dispuesto a escudriñarlo todo

Todo lo anterior hace comprender que el Italo Calvino que viaja a Estados Unidos en el cambió de década es alguien puesto en guardia contra sí mismo, contra sus impresiones. Es alguien que no quiere que le pase lo mismo por segunda vez y que va a Estados Unidos liberado de corsés ideológicos, con una receptividad inaudita y dispuesto a escudriñarlo todo. Con este espíritu comienza un viaje que lo llevará por Nueva York, Chicago, Detroit, Nuevo México, Nueva Orleans, Las Vegas, San Francisco… A menudo sus intereses se centran en aspectos que van conformando una especie de trama dentro del libro que avanza y cambia, siguiendo los pasos de Calvino, o que se complementa y matiza al ritmo de sus agudas observaciones. Pasa con la arquitectura y su relación con lo nuevo y con el sentido de la historia, y pasa con su búsqueda de tipos, personas y personajes que puedan resultar representativos de una ciudad, de un estado. Pasa con sus observaciones sobre las mujeres, sobre el auge del catolicismo, sobre el racismo y la pujanza latente de las reivindicaciones de los negros, con Martin Luther King a la cabeza. También pasa con las comparaciones que establece entre Estados Unidos y Europa, entre Estados Unidos y la URSS, entre Estados Unidos en su modo urbanita y el que se desarrolla, ajeno a este, a lo largo y ancho de un país inabarcable.

PRIMERAS IMPRESIONES: COCHES Y CASAS

 Una de las primeras cosas que le llaman la atención a un Italo Calvino que ha desembarcado en Nueva York es la omnipresencia de los coches, el torrente de automóviles y el tamaño de los mismos. Enseguida afina hasta ser capaz de ver una interpretación simbólica en el marco de la mitología norteamericana a partir de las luces intermitentes y avanza en una especie de sociología automovilística que le lleva a sacar conclusiones: “entre los intelectuales se impone el sentido práctico de preferir coches pequeños –lo que en algunos casos es casi esnobismo– para la clase trabajadora las grandes dimensiones siguen siendo lo más importante”. Calvino piensa en los coches como elemento definitorio cuando ve arte norteamericano de finales del XIX o principios del XX. Se detiene en esas calles vacías, en esos diner tan desolados como las figuras que los pueblan y se pregunta: “¿Podría haber un pintor que representara el paisaje vivo americano actual? Pienso que muy pronto se enfrentaría con una dificultad: tendría que pintar coches (…) Y ningún pintor ha logrado meter un coche en un cuadro sin que este pierda el buen gusto y se vuelva banal”. Calvino se mete a crítico de arte y lanza su teoría sobre la corriente del momento: “la pintura abstracta se impuso porque pintar paisajes con automóviles era imposible”.

Junto con sus ideas, Calvino relata sus experiencias o anécdotas como cuando narra, una vez cumplidas las explicaciones sobre el dominio de los coches, la sospecha que se cierne sobre el peatón por el mero hecho de serlo. Le sucede en Las Vegas, donde “quien camina es un tipo sospechoso, un vagabundo, un antisocial no integrado, un borracho o un loco… Caminar es como ir desnudo por la calle”. De modo que la policía lo para y lo interroga para aclarar quién es y qué anda haciendo allí. Nunca mejor dicho.

La arquitectura también le vale como excusa para extraer sus conclusiones sobre el país. Así la corta vida de los edificios, de las casas le lleva a hablar de rotación, cambio constante, movimiento. Lo hace sin prejuicios, sin nostalgias, porque provisionalidad es también provisionalidad de lo feo. “Una cosa fea dura poco; basta con esperar”.  Estados Unidos es el país de la juventud eterna, “lo antiguo es escaso, y además nada parece envejecer”.

Así como rotan los negocios y las casas en los barrios, rotan también sus habitantes. Calvino refiere cómo cuando los negros que prosperan “se van a vivir a barrios donde poco antes solo habitaban los judíos (…). Al viejo barrio que dejaron los africanos entran los mexicanos; donde estaban los italianos ahora están los húngaros”. Al final de la cadena, los poor whites, en los que Calvino detiene su mirada en diversos capítulos. Los define como “los orgullosos e ineptos hijos de una sociedad en decadencia que desdeña a sus hermanos Yankees, productivos y desprejuiciados. Actualmente han sido reducidos a un nivel económico y cultural inferior al de sus antiguos esclavos”.

En Estados Unidos no tienen el problema de la doble moral porque solo existe una, la del dinero

 Es fácil: “América es el país donde los movimientos económicos, o sea, el dinero, son aceptados como la base de todo, con una sinceridad que en ningún otro país daría resultado”. Calvino no tiene nada que objetar a que sea así y, es más, le deslumbra esa ausencia de doblez. Y es que en Estados Unidos no tienen el problema de la doble moral porque solo existe una, la del dinero: “Tener muy claro cuáles son los intereses que nos mueven representa en sí mismo una actitud moral superior a la costumbre hipócrita de pretender que nuestras acciones están motivadas por ideales”. Se acuerda entonces de la Unión Soviética que, en su opinión, lleva al primer plano esos elementos ideales sobre los cuales basa los esfuerzos colectivos. Aprecia esto último, pero no la moral de masas convertida en  “catecismo de buenos sentimientos decimonónicos”. Calvino sueña con algún lugar intermedio entre “el americano de sinceridad desprejuiciada y el ruso que aún es capaz de experimentar pasiones desinteresadas”.

Dado que conoció ambos bloques de primera mano, resultan muy interesantes las observaciones y contraposiciones que Calvino establece a menudo entre la URSS y los Estados Unidos. Al primero lo llama “país sin distracciones” ya que sus gentes no cuentan con publicaciones de escándalos o sensacionalistas y “lee y relee clásicos hasta en el tranvía”; mientras que en Estados Unidos “donde todo es distracción” es tal la avalancha que los lectores son capaces hasta de leer obras culturales “con tal de tener algo bajo los ojos”.

Se da cuenta, además, de que la llamada política o equilibrio de bloques lo es para el resto del mundo, ya que Norteamérica no concibe otra forma de ser más que la suya. Así Calvino refiere la insistencia con la que le preguntan si la infiltración comunista es todavía muy fuerte en Italia. Y escribe: “Y cuando les explicas que mientras piensen que el comunismo es una ‘infiltración’ no entenderán nada de lo que sucede en el mundo, parece que les hables de algo en lo que nunca habían pensado”. Las razones las expone unas páginas después: “Los  Estados Unidos no poseen un sentido de la antítesis: el socialismo parece borrado de las conciencias (…). El capitalismo envuelve e impregna todo”. Por impregnar, impregna hasta lo que parece difícil de impregnar. Calvino repara en los mensajes publicitarios para hablar de la multiplicidad de cultos y de la “libre competencia de las Iglesias”, pero lo lleva más allá al constatar la importancia que la iglesia cobra sobre todo en las poblaciones más pequeñas donde verdaderamente “regulan la vida social” como si de un cartel se tratara: “es indispensable ‘pertenecer’ a una Iglesia y es gracias a la dominación religiosa como varios grupos sociales y nacionales adquieren su razón de ser y el derecho de imponer”.

“EL PUEBLO NEGRO HA COMENZADO A LUCHAR”

En uno de los episodios más conmovedores del libro, Calvino es testigo del surgimiento de la lucha por la igualdad de los negros del sur y sus primeras manifestaciones. “Al adentrarte en el Sur profundo lo primero que entiendes es que no puedes ignorar la cuestión racial”. Todo gira a su alrededor. Calvino lo sabe y, en un primer momento, toma como una obligación y un fastidio eso de “enfrentarse a problemas que no deberían existir”, problemas sobre los que se ha debatido tanto que se encuentra sobrepasado de antemano y siente que no tendrá nada más que añadir… Pero algo ocurre, una especie de epifanía que cuenta en el capítulo Implicado. Tras esa pereza intelectual, tras ese intento de pasar de largo o de mirada tangencial sucede todo lo contrario. “¿Qué fue lo que cambio? (…) Esto fue lo que sucedió: que los he visto, que conozco sus rostros, de unos y otros, su actitudes, y ahora ya no puedo dar marcha atrás; ahora toda esa agitación que continuará durante quién sabe cuánto tiempo también es asunto mío”.

Es testigo del domingo negro de Montgomery, uno de los primeros enfrentamientos abiertos y masivos entre negros y blancos y la crónica de Calvino es reveladora

Calvino está en Montgomery, capital de Alabama –en palabras del autor “el estado más segregacionista de todos”– y Martin Luther King también. Consigue conocerlo a través de contactos, pero no mucho más. Se están gestando movilizaciones decisivas y hay mucho por hablar, decidir y concretar. Calvino habla poco con King, pero observa todo: en las reuniones, a menudo es el único blanco entre miles de jóvenes negros. Es testigo del domingo negro de Montgomery, como reza otro de los epígrafes, uno de los primeros enfrentamientos abiertos y masivos entre negros y blancos y la crónica de Calvino es reveladora. Entre la multitud que “hace el graznido del cuervo contra los negros, hay familias burguesas con niños y fotógrafos diletantes, felices de captar imágenes de acontecimientos dominicales tan insólitos. La actitud de estos grupos no es de odio fanático, (…) es de burla mezclada con curiosidad y sorpresa, como si estuvieran viendo simios pidiendo derechos civiles. Parece que nadie aquí había pensado que llegaría el momento en que los antiguos esclavos exigirían sus derechos”.

Los negros pierden esa primera batalla y no marchan hasta el Capitolio, la policía vela el desalojo de la iglesia donde estaban concentrados. Es “el espectáculo más triste” contemplar la salida  entre las burlas o el desprecio de los blancos vestidos de domingo “compasivos en apariencia. Y esto para mí es lo más terrible, ese racismo absoluto con aire de bondad”, sentencia Calvino. Unas líneas más tarde confiesa: “He visto suficiente. Recordaré esos rostros hasta el final de mi vida”.

LAS PIONERAS MUJERES SOLAS DE NUEVA YORK

Los meses en los que viajó conociendo Estados Unidos fueron suficientes para establecer serias diferencias entre la vida en las grandes ciudades (y sobre todo en Nueva York) y en el resto del país. Por ejemplo, piensa que desde Europa se tiende a tratar Estados Unidos como una nación unitaria y que no es así, es un país hecho de estados que, a menudo, solo se preocupan por sus asuntos internos; que los símbolos que desde Europa se consideran americanos lo son sobre todo –o solamente– de la “América provinciana y proletaria”; que en Nueva York el ocio, concebido en ocasiones como una proyección del trabajo, consiste en no entrar en casa, mientras que en el resto del país va de quedarse en casa y que quizá por ello mientras “en casa de los intelectuales de provincias se habla más de política (…) en Nueva York todos saben ya todo” y solo bromean y pasan de puntillas sobre los temas de actualidad, más si son polémicos.

Las diferencias entre Nueva York y resto de América encuentran otra variable en las mujeres. Calvino escucha atento y transcribe las opiniones de Giovanni B, un viajero italiano que se encuentra y le explica que “la vida social de Nueva York está dominada por las mujeres solas, la del resto de ciudades, por las esposas”. A las mujeres solas de Nueva York le había dedicado Calvino páginas y atención. Es la ciudad donde el hecho de vivir sola, de estar soltera, dejaba fuera cualquier lastre de connotaciones peyorativas y eso no debía ser usual para un italiano de los años 50, para un italiano o para un hombre en general. Allí las mujeres trabajan, tienen sus apartamentos, sus citas… Manejan su vida, resumiendo y, algo más; en opinión de Calvino tienen en sus manos la vida laboral de Nueva York. ¿Por qué? Mientras los hombres “inmersos en el mecanismo de la organización industrial y, después de poco tiempo, pierden el entusiasmo y se sienten frustrados  y reducidos a ruedas de engranaje. Siguen con escepticismo su routine. En cambio, las mujeres en las mismas condiciones se sienten potenciadas, desarrollan un participación creativa, una aplicación meticulosa, un celo frenético por la empresa. El predominio femenino en la sociedad americana, señalado tan frecuentemente, consiste hoy en día justo en esto: las mujeres logran trabajar con pasión y los hombres no”.

Afirma que “gran parte de los beatniks pueden vivir tranquilamente como pobres porque tienen un padre rico que los mantiene” 

Finalmente, un intelectual como Italo Calvino no podía dejar de verter su opinión sobre la corriente cultural de la época: y se despacha a gusto contra los beatniks. No soporta lo que considera el remedo que, considera, hacen de los bums, vagabundos que, encarnando la antítesis del hombre de éxito y contraviniendo así todos los valores de la sociedad, se abandonan a la miseria total del fracaso. Calvino los ha visto dando tumbos por las calles y ha escrito sobre ellos: Hombres que se borran, ha llamado a esas línea. Sin embargo, los beatniks le parecen lo contrario: ellos desean visibilidad social y su manera de conseguirla es hacerse pasar por lo que no son, o sea, engañar. “Es una revolución de uso y consumo –afirma–. Es un estado de miseria voluntaria solo posible en una situación de bienestar; gran parte de los beatniks pueden vivir tranquilamente como pobres porque tienen un padre rico que los mantiene”.

En ocasiones la crítica linda con la parodia, como cuando describe, sin dar el nombre, cómo conviven dos de los más famosos barbudos de esta corriente en una casa con todas las comodidades: “La casa está perfectamente limpia, ellos van bien vestidos y con las uñas limadas. Cuando tienen que salir se ponen la camiseta sucia y los tenis remendados…”.

Con impresiones sobre la cultura, sobre los paisajes, sobre las personas y los tipos de personas; con excelentes crónicas periodísticas de los acontecimientos que hacen época y de los que laten en ella para conformar el futuro; con reflexiones sobre la geografía, la historia, la democracia o el capitalismo, Calvino ofrece su visión compleja y comprometida sobre el universo vital, reactivo, espontáneo que es América en contraposición con Europa. Una última comparación entre ambas le aguarda a su llegada, cuando aterriza en París y se encuentra con Sartre hablando en europeo, es decir traduciendo en conceptos el mundo de las cosas. Calvino echa la vista atrás y encuentra “remotísima” ya la “América llena de cosas sin palabras, de obviedades difíciles de expresar, la América que no sabe pensar en el futuro y que, sin embargo, encierra en sí gran parte del futuro de todos”.

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El futuro según Italo Calvino

 Uno de los alicientes de Un optimista en América es comprobar si el tiempo ha dado la razón a las prospecciones que, en ocasiones, extrae el autor a la vista de diversos hechos. Por ejemplo, nada más llegar a Nueva York reflexiona sobre el “febril clima productivista de la ciudad”. A la sombra de los imponentes rascacielos de Madison Avenue se pregunta si está en una nave espacial, en una “oficina-universo suspendida en el vacío”. Es el contexto se las primeras afirmaciones, pero hay más.  Aquí, una serie de declaraciones que suenan premonitorias y constituyen el particular vistazo al futuro del autor italiano:

  • “¿(…) Ignoramos acaso que en el mundo del mañana será todo así? Las fábricas estarán completamente en manos de autómatas, de dispositivos electrónicos, frenéticamente productivos, y nosotros nos dedicaremos a imaginar, desde la mañana a la noche, nuevos usos para esas máquinas que no pueden parar. Si por un minuto los cerebros electrónicos o los humanos dejasen de funcionar, sería el colapso”.
  • “Hay laboratorios de investigación adosados a las fábricas. Desconectados de las tareas inmediatas de producción, son imágenes de la humanidad futura (…). Me doy cuenta de que la tecnología lleva implícita la promesa de un futuro de extraordinaria emancipación humana; no obstante, en el presente se desarrolla en un clima de abierto paternalismo”.
  • “¿Esta es la sociedad de la confianza o de la ansiedad? ¿Cómo se percibe una vida en la que a los cuarenta años puedes comprar cosas que esperas acabar de pagar cuando cumplas sesenta, como una vida prolongada o reducida?”
  • En San Francisco, Calvino pasa una jornada con un magnate de las relaciones públicas y se encuentra con una definición del trabajo que adelanta las funciones de las actuales empresas de comunicación y reputación, incluido el uso de las redes sociales: “Leo la siguiente definición del trabajo que desarrolla (para corporations privadas y, en ocasiones, ministerios) la agencia de Mr. H.: ‘una rama de las publics relations se ocupa de la generación de noticias y su difusión pública. Otro sector realiza el trabajo opuesto: previene o reduce el impacto de las noticias perjudiciales’”.
  • En el sur, en una cena con hombres de negocios muy serios, Calvino escucha abogar a uno de ellos por la política de los tipos duros: “Decía que, en los momentos difíciles que se esperaban para los Estados Unidos, convenía un gobernante como aquel, porque era un tough guy, un duro, un ruthless, alguien que no hace concesiones. Intenté objetar que los momentos difíciles llegan cuando la gente no identifica cuáles son los problemas del país y del mundo y entonces se aplica una política férrea, se da apoyo a regímenes infames y policiacos, antes de sentarse a estudiar posibles soluciones. Se requerirían personas sabias y reflexivas, no de tipo tough, dije”.
  • Al final del libro y del viaje, Calvino regresa a Nueva York y se encuentra con un simulacro de alarma atómica. Al día siguiente se enteró de que había habido disturbios y arrestos: grupos de estudiantes exigían el desarme. “En todo el mundo, la juventud estudiantil muestra un despertar político impensable hace unos años”. Es 1961 y faltan siete para el año oficial de las revueltas estudiantiles en todo el mundo.

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