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Ver productosComencemos con un ejemplo muy esclarecedor. Hace unos años, el 23 de marzo de 2016, las redes sociales nos sirvieron de espejo y nos devolvieron una imagen nefasta de las relaciones humanas en el siglo XXI. Microsoft hizo la presentación de Tay, un bot que nacía con la más amable de las intenciones y con la vocación de convertirse en una investigación sociotecnológica. Tay era una inteligencia artificial que entablaría conversaciones con sus seguidores en las redes sociales (Kik, Groupme, Twitter), a través de cuentas como la que tenía en Twitter, @TayandYou. El inicio fue el esperado: Tay se mostraba fascinada por poder comunicarse con personas a través de las redes.
En menos de un día, Tay se había convertido en nazi, machista y xenófobo
Pero la ilusión de sus creadores pronto se convirtió en decepción y de ahí, pasaron directamente al espanto. Dieciséis horas duró la vida de la aplicación. Lo que hacía a Tay diferente es la capacidad de aprendizaje en sus conversaciones. La información de los mensajes de sus interlocutores se absorbía, se procesaba y luego se utilizaba para crear nuevas intervenciones. Realmente, sucedió lo inesperado pero esperable. Microsoft no había puesto filtros y Tay aprendió de la forma más ingenua, como aprendemos en la infancia. En pocas horas, se leyeron mensajes de odio y grandes insultos grupales como “Hitler tenía razón, odio a los judíos”, “odio a las feministas, deberían morir y ser quemadas en el infierno”. Los haters habían hablado con Tay y el bot se había convertido en una auténtica pesadilla.
Cuando algunos usuarios de las redes pusieron en conocimiento de Microsoft los tweets ofensivos de su inteligencia artificial, la empresa borró los mensajes inapropiados y suspendieron su actividad, con una aclaración previa: “El chatboy IA Tay es un proyecto de una máquina que aprende, diseñada para la unión con humanos. Es un experimento tanto social como cultural y técnico. Desafortunadamente, en sus primeras veinticuatro horas de vida nos hemos dado cuenta de que hay un esfuerzo coordinado por algunos usuarios para abusar de las habilidades para comentar de Tay para responder de forma inapropiada”[I]. En menos de un día, Tay se había convertido en nazi, machista y xenófobo. Con independencia de lo que pudiera haber acelerado el proceso la intervención intencionada de algunos usuarios, como denunciaba la empresa, Tay nos habría hecho ver la realidad del vomitorio que supone el insultadero[II] en el que se han convertido las redes.
“El discurso del odio –es decir, el discurso concebido para promover el odio sobre la base de cuestiones raciales, religiosas, étnicas o de origen nacional- plantea problemas complejos y desconcertantes para los derechos constitucionales contemporáneos relacionados con la libertad de expresión”. Por otra parte, conviene diferenciar entre el discurso del odio que incita a la violencia, que se reprime incluso en las democracias más protectoras de las libertades del discurso –como ocurre en Estados Unidos cuando el discurso representa un peligro claro y actual de violencia-, del discurso del odio que incita “a la hostilidad o al odio racial, pero no llega a constituirse en una incitación a la violencia”[III]. La Oficina para la Seguridad y las Instituciones Democráticas, perteneciente a la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa entiende por delito de odio “Cualquier infracción penal, incluyendo infracciones contra las personas o las propiedades, donde la víctima, el local o el objetivo de la infracción se elija por su, real o percibida conexión, simpatía, filiación, apoyo o pertenencia a un grupo”[IV].
El discurso del odio plantea problemas complejos y desconcertantes para los derechos constitucionales contemporáneos relacionados con la libertad de expresión
El Comité de Ministros del Consejo de Europa afrontó el necesario tratamiento de los discursos de odio en la Recomendación nº R(97) 20, cuando condenó “todas aquellas formas de expresión que propaguen, inciten, promuevan o justifiquen el odio racial, la xenofobia, el antisemitismo y cualquier otra forma de nacionalismo agresivo y etnocentrismo, la discriminación y hostilidad contra las minorías, los inmigrantes y las personas nacidas de la inmigración”[V] y aconsejó a los Estados miembros la regulación penal de la incitación del odio.
La jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) deja sentado que la libertad de expresión “constituye uno de los pilares fundamentales de toda sociedad democrática, una condición básica para el desarrollo y progreso de cada uno de sus ciudadanos”[VI]. Y para establecer el nudo gordiano del debate, el tribunal internacional, en el ya citado caso Handyside v. Reino Unido, matiza que la libertad de expresión protege tanto las ideas compartidas por la mayor parte de la sociedad como las que puedan ser consideradas peligrosas por la mayoría. La cláusula del abuso de derecho permite al TEDH, por aplicación del artículo 17 CEDH, privar a un individuo, a un grupo o a un Estado de su derecho a la libertad de expresión por violar los derechos de un grupo minoritario.
Algunos autores[VII], al analizar los procesos del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, encuentran dos métodos distintos en el tratamiento jurídico de la cuestión. El primero, el más extremo, implica la aplicación directa de la cláusula de abuso de derecho. Se trata de una fórmula con problemas tan básicos como la complejidad de establecer un baremo que identifique los discursos que entrañen más riesgo, pero igualmente genera cierta inseguridad jurídica por tratarse de un criterio variable y con gran margen de subjetividad para el juzgador.
El segundo procedimiento es el más extendido, el más consolidado en el TEDH, evaluando el presunto discurso de odio, al socaire del artículo 10.2 CEDH, y pasándolo por la criba del “triple test”, como se infiere de una primera mirada a algunos leading cases del sistema europeo para este asunto del “hate speech”. La evolución del tratamiento, por parte del TEDH, en su evolución del concepto “discurso de odio”, ha demostrado una cada vez mayor implicación en la materia, desde la primera vez que empleó esa expresión, en 1999 en el asunto Sürek v. Turquía, en el que el propietario de una revista fue condenado por las autoridades británicas por publicar dos cartas de lectores condenando las acciones militares llevadas a cabo en el sudeste de Turquía, calificándolas como una amenaza para la independencia y libertad del pueblo kurdo. El Alto Tribunal entendió que el Estado de Turquía había violado la libertad de expresión del demandante, al analizar el término “discurso de odio” como un concepto autónomo que podía incluir la incitación al odio racial o contra personas o grupos de personas por distintos motivos, intolerancia, incluida aquella basa en el nacionalismo por motivos religiosos.
Si tomamos como ejemplo su evolución en cuatro años y citamos un caso de 2003, se aprecia el dinamismo del cambio, como sucedió en el caso Gündüz v. Turquía, en el que se abordan como aquellas formas de expresión que propaguen, inciten o promuevan o justifiquen el odio basado en la intolerancia[VIII].
Existe un antecedente no lejano, pero sí en los albores de este debate. En septiembre de 2012, la Liga Árabe, en la persona de su secretario eeneral, Nabil Al Arabí, solicitó al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, penalizar la blasfemia. Barack Obama hizo, entonces, un discurso que trascendió por su defensa de las libertades y su llamada a la convivencia pacífica, con un ejemplo de lo más ilustrativo: la libertad para insultar al presidente de Estados Unidos. El insulto al soberano, cuando se entendía que el origen de su poder era divino, pertenecía al territorio de la blasfemia y se castigaba severamente. Ahora, la libertad de blasfemar contra el jefe del Estado garantiza la libertad de la sociedad.
La fatwa de muerte contra Salman Sushdie, hace treinta años, fue el precedente para la espiral de violencia contra las representaciones de Mahoma o las críticas al Islam
La controversia sobre la blasfemia, puede tomarse como un precedente, por analogía, con el debate sobre la libertad de expresión en los procesos electorales. La polémica estalló con toda su crudeza, en relación con el islam. Ya han pasado más de tres décadas desde que, el 14 de febrero de 1989, se decretara una “fatwa de muerte”[IX] a Salman Rushdie, por la publicación de su libro Los versos satánicos. La fatwa llevaba aparejado el ofrecimiento de una recompensa económica. Salman Rushdie pasó más de una década viviendo en clandestinidad y bajo la protección de la policía británica. Jomeini utilizó esta causa, la de la blasfemia, para erigirse en defensor de la fe islámica ante los musulmanes, que en cómputo global, superaban los mil millones, y puso la semilla de lo que muchos denominan “política de identidad”. El gobierno británico se negó a aplicar la legislación contra la blasfemia, que le pareció totalmente anacrónica. Los actos de violencia se sucedieron contra distintas personas vinculadas con la obra literaria, y además de bombas en librerías, se produjeron distintos atentados personales, como el que terminó con la vida del traductor japonés de la novela, Hitoshi Igarashi.
Esta historia fue el precedente para la espiral de violencia contra las representaciones de Mahoma o las críticas al islam. Con posterioridad, se produjeron otros incidentes como las protestas internacionales por la publicación de caricaturas del profeta Mahoma en un periódico danés, el Jyllands-Posten. Más recientemente, en 2011 y 2015, la revista francesa Charlie Hebdo, sufrió ataques en su sede, como represalia por imprimir las caricaturas del profeta del islam. El último ataque tuvo como consecuencia doce víctimas mortales, con las que según los terroristas, pretendían “vengarse por el honor” del Profeta.
Todos estos actos ponen de manifiesto la supervivencia anacrónica de leyes penales antiblasfemia en más de cincuenta países, según se hace constar en un informe elaborado en 2014 por el Pew Research Center[X]. Las normas anacrónicas y desproporcionadas entre el hecho y su castigo, en ocasiones perviven en los ordenamientos jurídicos, porque no se entiende necesaria su erradicación hasta que surge un caso para el que podría ser de aplicación. Así, en el caso de Irlanda, fue necesario el referéndum de 2014, para eliminar la prohibición legal de la blasfemia. El islam es una religión legalista con un cuerpo de leyes (sharia), con su propia jurisprudencia –fiqh-, que se desarrolla en sus escuelas principales[XI], en las que se considera la blasfemia como un acto de una entidad suficiente para castigar a quien la cometa con la pena de muerte.
Aunque existen sectores reformistas, los conflictos armados y la regresión política de algunos estados involucionan a la aplicación de normas más duras y penas que no garantizan los consensuados derechos individuales.
En este mismo sentido, está la libertad en Estados Unidos de la quema de las banderas, por una conocida sentencia del Tribunal Supremo, en 1989, en el caso “Texas vs. Johnson[XII]”. Esta invocación, daría lugar a otra pregunta que se deja en el aire, más allá de la respuesta de las normas: ¿Está el ataque a los símbolos nacionales dentro de los límites de la libertad de expresión?
La jurisprudencia europea consigna que un acto de protesta que resulte ofensivo o desagradable para terceros es libertad de expresión; y que ese acto puede incluso consistir en la quema de una imagen o una bandera que simbolicen dicha protesta -SSTEDH de 2 de febrero de 2010, asunto partido demócrata cristiano del pueblo contra la República de Moldavia; y de 13 de marzo de 2018, asunto Stern Taulats y Roura Capellera c. España.
Hoy existen relaciones unilaterales entre personas, en las que el conocimiento no es mutuo ni mucho menos simétrico. Cualquiera puede dirigir un mensaje a otro o, al menos sobre otro, sin justificación o con cualquier coartada
Ya en los albores de la Cuarta Revolución Industrial, existen relaciones unilaterales entre personas, en las que el conocimiento no es mutuo ni mucho menos simétrico. Cualquiera puede dirigir un mensaje a otro o, al menos sobre otro, sin justificación o con cualquier coartada, como el hecho de que se trate de un personaje público o pretender convertirlo en tal mediante el acceso generalizado a las redes sociales. Y no solo con un ataque directo y personal, sino mediante la difusión de información falsa. En muchos de los casos, esa comunicación termina convirtiéndose en algo equivalente a los Dos Minutos de Odio que, como expresión de lo aberrante, nos muestra 1984[XIII] de Orwell, en la que ha pasado a ser una visionaria y legendaria obra, que nos enfrenta a lo peor de la condición humana.
Lo que nos parecía una distopía delirante, hoy es una realidad clamorosa. Los Dos Minutos de Odio -fomentados por un Estado totalitario- se han convertido para algunos en veinticuatro horas de agrarios e informaciones falsas, toleradas y amparadas en la impunidad. Decía Anthony Burgess que 1984 es el “códice apocalíptico de nuestros peores miedos”[XIV]. Las redes, el espacio virtual, el acceso ininterrumpido a la posibilidad de atacar la integridad ajena, a través de dispositivos electrónicos y mediante el ejercicio indiscriminado e impune estas conductas, lo han superado varias décadas después con creces.
La Opinión[XV] de la Comisión de Asuntos Jurídicos pide a la Comisión de Libertades Civiles, Justicia y Asuntos de Interior del Parlamento Europeo que “la desinformación deliberada creada o difundida con el objetivo de obtener beneficios económicos o políticos, las llamadas noticias falsas, quiebra la relación de confianza entre los medios de comunicación y los ciudadanos y puede poner en peligro a las democracias liberales así como socavar nuestros valores democráticos, como la libertad de expresión y el Estado de Derecho; resalta que, puesto que las redes sociales han facilitado considerablemente la circulación de dichas informaciones falsas con respecto a los medios tradicionales, han de hallarse soluciones a fin de responsabilizar a los autores de las noticias falsas, por sus acciones en los medios de comunicación digitales al igual que ocurre en el mundo fuera de línea; hace hincapié en que la regulación estricta o la censura de las ideas y las opiniones no puede ser la respuesta; sino que, más bien, parte de la solución para abordar la desinformación y la propaganda se encuentra en la garantía de la fiabilidad de la información y en unos ciudadanos formados en el pensamiento crítico y la alfabetización mediática; pide a los Estados miembros y a las instituciones de la Unión que destinen recursos suficientes a la lucha contra la desinformación y que adopten medidas coordinadas contra los editores y distribuidores de noticias falsas deliberadas; subraya, en este sentido, la importancia de que los consumidores de medios de comunicación puedan diferenciar entre hechos y meras opiniones; destaca que los esfuerzos de la División de Comunicaciones Estratégicas del Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE) y, en particular, del actual Grupo de Trabajo East StratCom, que contribuye de forma activa al desarrollo y la aplicación de una estrategia contra la difusión de noticias falsas, precisan ser reforzados y contar con mayores recursos al objeto de llevar a cabo sus cometidos con eficacia; pone de manifiesto la necesidad de que los Estados miembros complementen los esfuerzos de la Unión por contrarrestar las noticias falsas y que se impliquen a todos los niveles, también en colaboración con la vecindad de la Unión, en pos de fomentar un entorno de medios de comunicación plural para comunicar las políticas de la Unión de forma sincera, coherente y exhaustiva; acoge con satisfacción el anuncio de la Comisión sobre la preparación de una estrategia para contrarrestar las noticias falsas, que se publicará a su debido tiempo”.
ASIMETRÍA CON EL CARÁCTER NACIONAL DE LA LEGISLACIÓN
En opinión de algunos expertos, “se da una evidente asimetría entre la naturaleza trasnacional del problema de los discursos del odio (en un contexto de globalización, comunicación en redes y sistemas multinivel de protección de derechos), y el carácter nacional de la legislación existente al respecto y de los sistemas de protección integrados a escala regional (Unión Europea, Consejo de Europa o Corte Iberoamericana de Derechos Humanos), con legislaciones y modelos de protección apegadas a la respectiva historia y sensibilidad interna de los Estados, que comportan diferentes mecanismos de repuesta”[XVI].
Los conceptos de soberanía y ciudadanía siguen reescribiéndose para mantenerse actuales y vigentes. Los precedentes en las disquisiciones teóricas de los últimos años han significado que nos encontramos ante una mayor participación de instituciones de la comunidad internacional que adquieren preeminencia frente al papel individual de los Estados, como defendió entre otros Luigi Ferrajoli[XVII]: “Con el nacimiento de Naciones Unidas, esta antinomia entre los conceptos tradicionales de soberanía y ciudadanía, por un lado, y el derecho constitucional interno de los Estados, por otro, ha despuntado también en el nivel del derecho internacional. Tanto el principio de soberanía externa como la idea de ciudadanía como presupuesto de los derechos humanos están reñidos con la Carta de Naciones Unidas de 1945 y con la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948”.
Dentro de este contexto, surgen las dudas sobre la existencia de la frontera digital, “…una nueva frontera, mejor dicho, una última frontera, dado que en realidad va a suponer el fin de las mismas. Las fronteras físicas comienzan a ser rebasadas. La Aldea Global, de McLuhan[XVIII], predijo la destrucción de las fronteras, mediante las, en aquel momento, nacientes Tecnologías de la Información”.[XIX]
Los retos que plantea la multiplicación exponencial de los efectos de las nuevas tecnologías enfrentan a los Estados y a la comunidad internacional al espejo de su fragilidad ante lo desconocido, el dinamismo vertiginoso y la elevación a la enésima potencia de las opciones que surgen sean imposibles de regular. La situación genera un océano de lagunas legales y se plantea que los ordenamientos internos siempre serán insuficientes. Cala, cada vez con más peso específico, la idea de que serán los instrumentos internacionales y la doctrina y la jurisprudencia internacional, quienes llenen los vacíos con la interpretación de lo acaecido en otros países, que servirá de guía rectora para solventar y cuestionar lo que suceda con posterioridad en otro Estado. Igualmente, cada vez con más presencia, con más fuerza, irrumpen los instrumentos para la solución amistosa de los asuntos internacionales.
Existe una condición innegable con las nuevas tecnologías. Internet es el nuevo Pangea, el gran continente que une a todos los territorios del mundo en los que residen personas. Y surge la interdependencia entre los países por dos cuestiones básicas: legislación aplicable y competencia. La libertad de expresión no entiende de fronteras desde la globalización de las comunicaciones.
La resolución de estos asuntos se hace tan complicada que paulatinamente, existen mayor número de estrategias políticas y de movimientos manipuladores para bajar la tensión en la opinión pública. Pongamos por ejemplo, la estrategia del gobierno ruso ante las revelaciones periodísticas que denunciaba la injerencia de Rusia en el asunto de las fake news de las elecciones americanas que llevaron a Donald Trump a la presidencia en 2016, o el intento de referéndum ilegal en Cataluña de fecha 1 de octubre de 2017. En 2018, Serguéi Lavrov, el ministro de Asuntos Exteriores ruso que ostenta la cartera desde 2004, visitó España para reunirse con el ministro de Asuntos Exteriores y visitó también al Jefe del Estado[XX]. En una táctica mediática, propuso al entonces ministro de Asuntos Exteriores español, Josep Borrell, la creación de un grupo de ciberseguridad interestatal, habida cuenta de las acusaciones a Rusia sobre la injerencia en ambos procesos electorales. En el clima de las relaciones diplomáticas entre gobiernos, el ministro español modificó la versión de que las injerencias provenían de las autoridades rusas por una más edulcorada, sobre su publicación en medios rusos. Tres años después, nada se sabe de la creación del grupo de ciberseguridad y no ha habido una investigación concluyente sobre las maniobras de las autoridades rusas en los procesos electorales de Estados Unidos y Cataluña, pero la opinión pública ha realizado su propio juicio a través de las sucesivas pruebas indiciarias.
Existe un amplio interrogante abierto en la ciudadanía pero también en el mundo jurídico ¿Compensa la reclamación judicial?
Las graves violaciones de derechos se tratan, en los casos de poder y nuevas tecnologías, más como una crisis reputacional que como un ejercicio de compliance. La rapidez de las noticias, la incapacidad de reacción de los Estados y la falta de poder demostrar los hechos en un ámbito de grave complejidad probatoria hace que las violaciones se sucedan con una inercia acomodaticia al conocimiento del problema sin herramientas para denunciarlo ni probarlo. Existe un amplio interrogante abierto en la ciudadanía pero también en el mundo jurídico ¿Compensa la reclamación judicial?
En lo que respecta al derecho internacional, otro matiz estriba en que, para el agotamiento del ordenamiento interno antes de acudir a las instancias internacionales, en muchos casos, es difícil establecer la competencia de la acción judicial a emprender por el desconocimiento del domicilio del demandado -pongamos por caso, la red de personas extranjeras que generan contenidos falsos sobre un candidato a las elecciones, incluso del país en el que está ubicado, que será el Estado que conozca de la acción interna-.
En el informe La Era de la Interdependencia Digital de Naciones Unidas[XXI] se deja constancia de que “para que la cooperación digital sea eficaz es preciso fortalecer el multilateralismo, pese a las tensiones actuales. Asimismo, ese multilateralismo debe complementarse con un enfoque basado en múltiples partes interesadas, es decir, una cooperación en la que no solo tomen parte los gobiernos, sino que englobe una gama más diversa de partes interesadas, tales como la sociedad civil, las comunidades académica y técnica, y el sector privado. Hay que incorporar puntos de vista más diversos, en especial de los países en desarrollo y de grupos tradicionalmente marginados como las mujeres, los jóvenes, los pueblos indígenas, las poblaciones rurales y las personas de edad”.
La globalización a la que nos arrastra el torrente de las nuevas tecnologías tiene los retos que implica la coordinación interestatal. En los tiempos actuales, en que los instrumentos internacionales sirven de paraguas a los ordenamientos internos, en el que el concepto Ius Constitutionale Commune trasciende el ámbito académico y en el que los vehículos del sistema legislativo son lentos frente a la velocidad de la revolución tecnológica, en estos tiempos, parece claro que el reto de la regulación de las circunstancias creadas, por ejemplo en un sistema electoral, pasa por la unificación de criterios en el sistema universal y en los sistemas regionales y la optimización de los recursos.
La Guía para Garantizar la Libertad de Expresión frente a la Desinformación Deliberada en contextos electorales[XXII] responde a un requerimiento, realizado en junio de 2018, por la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos a la Relatoría Especial de la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por la trascendencia que estaba cobrando este asunto en las elecciones. Para la redacción de esta Guía se reunieron veintiocho expertos de la región que valoraron la desinformación en tres casos concretos del hemisferio: las elecciones de Brasil y México de 2018 y las de Estados Unidos de 2016.
Algunos de estos procesos son clave para los distintos posicionamientos doctrinales, que evalúan algunos de estos junto al brexit y el plebiscito colombiano por la paz de octubre de 2016, para ejemplificar el modo en que las nuevas tecnologías permiten que la desinformación sea más común y más dirigida que nunca “en tanto que permite identificar y agrupar”[XXIII] a las personas más sensibles para creerla y difundirla, es decir, para la gamificación por nichos temáticos y la creación de redes.
En este documento se ofrece una definición de desinformación, que ya se apunta como provisional a los fines concretos y a la espera de que el concepto se concrete, por el dinamismo y la evolución (o más bien involución) que va sufriendo el concepto. Así se describe como la “difusión masiva de información falsa con la intención de engañar al público y a sabiendas de su falsedad”. Además, aborda los principales asuntos del momento, como la multiplicación exponencial de las fuentes y la posibilidad de viralización de una noticia, sea cierta o falsa. Se incide, con argumentos muy potentes, en un factor determinante de la desinformación, que ha adquirido una vigencia estrepitosa con los incidentes del Capitolio de enero de 2021, ante la actitud de los votantes de Trump por la extensión de la información del fraude electoral por parte de la candidatura del presidente Biden.
De hecho, en cuanto a este fenómeno, se deja constancia de dos posicionamientos diferentes de la ciudadanía: “Algunos sostienen que la desinformación es causa de la polarización, en tanto apela a las emociones de las personas y busca producir efectos sobre sus comportamientos, algunos de ellos electorales”[XXIV] invocando el fenómeno conocido como ‘supresión del voto’ o estrategias para desincentivar la participación de sectores de votantes en los comicios. Otra corriente citada es la que mantiene que la “desinformación es efecto de la polarización política, ya que las personas se encierran en mundos informativos acotados en los que sólo acceden a información bajo el prisma de sus propias ideologías o posiciones políticas”, las ‘cámaras de eco’ o eco-chambers, que les limitan en la perspectiva de la discrepancia. También cita a los negacionistas de la causalidad que atribuyen la responsabilidad a los actores políticos, incentivados por los media.
El asunto de la desinformación en las redes en colisión con la incitación al odio tiene tantas aristas, tantas dimensiones y tantas vertientes que cualquier artículo puede sugerir solo alguno de los temas que conviene sacar a la palestra y así, poder cubrir con el debate parte de los vacíos y dejar al descubierto lo que restan por llenar.
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[I] 25 de marzo de 2016.
[II] Enciclopedia Espasa Calpe. Tomo 28, página 1780.
[III] M. ROSENFELD, “El discurso del odio en la jurisprudencia constitucional: análisis comparativo”, en Pensamiento Constitucional, año 11, núm. 11 (2004), pp. 153-198, p. 153 y p.159. Este artículo fue originariamente publicado en la Cardozo Law Review en 2003.
[IV] Informe Hate Crimes in the OSCE región-incidents and responses. Informe anual para 2010. Consulta realizada el 8 de febrero de 2021. http://tandis.odihr.pl/hcr2010/pdf/Hate_Crime_Report_full_version
[V] Recomendación nº R (97) 20, https://rm.coe.int/1680505d5b Consultado en fecha 7 de febrero de 2021.
[VI] Decisión Marco 2008/913/JAI, relativa a la lucha contra determinadas formas y manifestaciones de racismo y xenofobia mediante el Derecho penal, Diario Oficial de una Unión Europea L328/55, de 6 de diciembre de 2008. http://eur-lex.europa.eu/LexUriServ/LexUriserv.do?uri=Oj:l2008:328:0055:0058:es:pdf . Consulta: 7 de febrero de 2021.
[VII] Hennebel, L. y Tigroudja, H., Traité de doit international des Droits de l´homme, Editions A. Pedone, Paris, 2016, pp.1089-1109
[VIII] C. QUESADA ALCALÁ: “La labor del Tribunal Europeo de Derechos Humanos en torno al discurso de odio en partidos políticos: Coincidencias y contradicciones con la jurisprudencia española”, en Revista Española de Estudio Internacionales, nº 30, de diciembre de 2015. Disponible en: http://www.reei.org/buscador/index.php (última consulta: 7 de febrero de 2021).
[IX] D. PIPES, The Rushdie Affair: The Novel, The Ayatola, and the West (Birch Lane Press, 1990) p. 27.
[X] “Religious Hostilities Reach Six-Year High” Pew Research Center, Washington, D.C. January, 14, 2014. Consultado: 7 de febrero de 2021 https://www.pewforum.org/2014/01/14/religious-hostilities-reach-six-year-high/
[XI] Sunni Hanafi, Shafi, Hanbali y Shia Jafari.
[XII] Caso Texas contra Johnson, 491 U.S 397 (1989), de la Corte Suprema de Estados Unidos.
[XIII] GEORGE ORWELL; traducción de Miguel Temprano García (2013). 1984. Penguin Random House Grupo Editorial España, 2013.
[XIV] ANTHONY BURGUESS. 1985. Profile Brooks, 2013. ISBN 1847658938, 9781847658937. En Google Libros. Consultado: 28 de agosto de 2021.
[XV] Opinión de la Comisión de Asuntos Jurídicos, de fecha 1 de marzo de 2018, para la Comisión de Libertades Civiles, Justicia y Asuntos de Interior del Parlamento Europeo sobre pluralismo y libertad de los medios de Comunicación en la Unión Europea, consultada: 1 de septiembre de 2021 y disponible en https://www.europarl.europa.eu/doceo/document/A-8-2018-0144_ES.html
[XVI] JUAN ANTONIO CARRILLO DONAIRE. La protección de los derechos frente a los discursos del odio: del Derecho represivo a las políticas públicas antidiscriminatorias. Sobre la libertad de expresión y el discurso de odio, obra colectiva dirigida por Lucía Alonso y Víctor J. Vázquez. Athenaica, 2017.
[XVII] LUIGI FERRAJOLI. Más allá́ de la soberanía y la ciudadanía: un constitucionalismo global en Carbonell, M. Teoría de la Constitución (Ensayos escogidos). México, Editorial Porrúa, 2005.
[XVIII] MARSHALL MCLUHAN y QUENTIN FIORE. La guerra y la paz en la Aldea Global. Ed. La Marca Editora. Buenos Aires, 2017.
[XIX] L. AGUILAR. La galaxia Internet: La última utopía (Condicionantes y apuestas), en Informática, información y comunicación. Madrid: Revista de Estudios Sociales y de Sociología aplicada-Documentación Social-Caritás Española, 1997.
[XX] Consultado: 14 de febrero de 2021. https://www.elconfidencial.com/tecnologia/2021-02-13/lavrov-rusia-espana-borrell-ciberseguridad-grupo_2948992/
[XXI] ONU: La era de la interdependencia digital Informe del Panel de Alto Nivel del Secretario General sobre la Cooperación Digital. Junio de 2019. Consultado: 14 de febrero de 2021. https://www.un.org/sites/www.un.org/files/uploads/files/es/HLP%20on%20Digital%20Cooperation%20Report%20Executive%20Summary%20-%20ES%20.pdf
[XXII] Guía para garantizar la libertad de expresión frente a la desinformación deliberada en contextos electorales. Elaborada por la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos con los aportes del Departamento de Cooperación y Observación Electoral y el Departamento de Derecho Internacional de la Secretaría General de la Organización de los Estados Americanos. (OAS. Documentos oficiales; OEA/Ser.D/XV.22) OAS. Documentos oficiales; OEA/Ser.G CP/CAJP/INF.652/19] ISBN 978-0-8270-6981-7.
[XXIII] AGUSTINA DEL CAMPO ¿La desinformación en democracia o la democracia de la desinformación? Serie de Debates “La Democracia Importa” de Asuntos del Sur. La publicación completa puede encontrarse en: https://asuntosdelsur.org/la-democracia-importa/ Consultada: 26 de enero de 2021.
[XXIV] H. ALLCOTT; M. GENTZKOW, Social media and fake news in the 2016 election, Journal of Economic Perspectives, vol. 31, 2, 2017, 211-236, consulta: 15 Octubre 2018, en http://pubs.aeaweb.org/ doi/10.1257/jep.31.2.211; V. BAKIR; A. MCSTAY, Fake news and the economy of emotions: Problems, causes, solutions, Digital Journalism, vol. 6, 2, 2018, 154-175, consulta: 6 Marzo 2019, en https://www. tandfonline.com/doi/full/10.1080/21670811.2017.1345645; A. GUESS; B. LYONS, Fake news, Facebook ads, and misperceptions, 2018, Working paper; Cf. G. PENNYCOOK; D. G. RAND, Who falls for fake news? The roles of analytic thinking, motivated reasoning, political ideology, and bullshit receptivity, SSRN Electronic Journal, 2017, consulta: 15 Octubre 2018, en https://www.ssrn.com/abstract=3023545, 20182019.
Lo repite a menudo, a lo largo de las más de quinientas páginas del libro. Pero es al final, a partir del estallido de la Segunda Guerra Mundial, cuando la insistencia se torna casi obsesiva: «Es indudable que estamos en los albores de una nueva era y que el mundo anterior, contra lo que pensaban los conservadores, no sobrevivirá», escribió Stefan Zweig el 14 de septiembre de 1939. «Es una catástrofe y me temo que será la catástrofe», anotó el 20 de mayo de 1940, y poco después: «Quizá me equivoque, pero una larga contienda significaría la destrucción absoluta del mundo, al menos del nuestro». ¿A qué mundo se refería el escritor austriaco? Por lo pronto, al suyo. Conocerlo, exige una incursión biográfica.

Stefan Zweig había nacido en una acaudalada familia en Viena, en 1881. Para los acontecimientos que vendrían es importante destacar que sus padres eran judíos, aunque «solo por un accidente de nacimiento», diría el autor. Sus viajes pronto se convirtieron en una experiencia decisiva; no solo porque sus observaciones y escritos alimentarían vivamente su producción literaria, sino porque azuzaron en él la conciencia de ser realmente ciudadano del mundo, sin ninguna estima por las fronteras y con la sensación también de estar siempre, y en todas partes, de paso.
Los Diarios se convierten no solo en el relato de una vida excepcional, sino de toda una época, con sus protagonistas, escenarios y focos de atención
Pronto empezaría a escribir, a publicar libros y a estrenar obras de teatro: el éxito, pues, le llegó rápido y con él, un montón de compromisos sociales que le disgustaban y le agobiaban. Pero también algunas amistades duraderas (como la del poeta Rainer Maria Rilke o la del escritor francés, activista pacifista, Romain Rolland), que cultivaba por carta o durante sus estancias en distintos países. De todo ello da cuenta pormenorizada en sus Diarios, que se convierten así no solo en el relato de una vida excepcional, sino de toda una época, con sus protagonistas, escenarios y focos de atención.
EL «MANANTIAL INCESANTE» DE LA VIDA
Los Diarios se inician en 1912, cuando Stefan Zweig, con apenas treinta años, es un hombre exitoso, cosmopolita, lleno de proyectos… que ya echa la vista atrás: «Quizá este afán de revivir experiencias vividas se deba a que no conservo nada del pasado, a que en cierto sentido en mi vida todo es como un manantial incesante, y cuando deja de fluir la corriente, se seca por completo». Consciente de lo mucho que ha experimentado, lo rápido que ha vivido y con afán de fijarlo comienza unos diarios que no eran los primeros: «La pérdida, aquel robo de mi diario de París y Londres, de aquellos años, los dos más intensos de mi vida, es lo más terrible que me ha ocurrido […]. Por eso he decidido empezar de nuevo».
Quiere entrenar su voluntad y el hecho de ponerlo en palabras forma ya parte de la tarea. A menudo se queja de las visitas inoportunas, los asuntos domésticos, las innumerables cartas, las conversaciones intrascendentes… robatiempos todos ellos que le hacen escribir y exclamar: «¡Qué días tan improductivos!». Al final cae en una especie de sopor, entumecimiento, que le asusta y le lleva a un autoanálisis del que brotan reflexiones de altura: «Me pregunto si es persona quien no siente nada de nada, quien es capaz de tal indiferencia frente a la situación más espeluznante, puesto que no hay nada de heroísmo en ello, sino tan solo entumecimiento. En serio, a una persona semejante no puede ocurrirle nada, pero ¿qué es una persona a quien nada “le ocurre”? Un cadáver […]».
Hastiado de la vida –y sobre todo de la vida pública en Viena–, Zweig puso sus esperanzas en un próximo viaje a París. Allí se alegró de encontrar a amigos verdaderos, a quienes en sus Diarios describió con retratos breves, precisos, deslumbrantes. Es lo que pasa cuando se junta la observación del artista con la inteligencia y la viveza en la expresión.
MAESTRO DEL RETRATO
«Rilke, recién llegado de Ronda, está completamente bronceado, parece un chiquillo tanto cuando ríe como cuando gesticula. Su rostro es ordinario –la nariz de patata; lo ojos claros, inexpresivos; la boca, sensualmente carnosa–, solo las manos son muy delicadas». Las líneas que Zweig dedica a describir amigos (y no tan amigos) conforman un libro dentro de este libro; un álbum de fotos o una galería de retratos. Si lo trasladamos al mundo pictórico, estas líneas son los primeros y definitivos trazos, aquellos sobre los cuales se puede añadir más, pero aquellos que desde la nada contienen la esencia y la potencia de lo que se quiera retratar ya. Y esto es válido tanto para las palabras como para los pinceles, dependiendo del medio con el que uno exprese su pensamiento.
De su gran amigo, el escritor y activista Romain Rolland, apuntó cuando lo vio en París en 1913: «Ha envejecido, habla en voz baja y con prudencia, sin obstinación, y es precisamente su templanza la que parece llena de fuerza. Los ojos, de un delicado color gris que los quevedos no enturbian, la nariz muy delgada, todo él esbelto, un poco ascético». Al dramaturgo Frank Wedekind; a Richard Strauss, el compositor, también les dedicaría líneas brillantes de retratista.
En ocasiones, Zweig no necesitaba más que una frase, una línea, para retratar perfectamente a una persona. En esos momentos, el escritor dejaba de ser pintor y se convertía en un certero lanzador de dardos
En ocasiones, Zweig no necesitaba más que una frase, una línea, para retratar perfectamente a una persona. En esos momentos, el escritor dejaba de ser pintor y se convertía en un certero lanzador de dardos. Como cuando describió a alguien como «demasiado sinvergüenza para mi gusto» o calificó a otro diciendo «que domina a la perfección el small talk». O cuando emitió impasible: «No me parece un poeta, a lo sumo es un polígrafo». No se puede decir más con menos.
Generoso en detalles, en relaciones de personas, acontecimientos, reflexiones, premoniciones, los Diarios de Zweig contienen incluso su propia y mejor reseña: «La historia universal es sobrecogedora cuando se la mira de cerca». Es exactamente eso lo que permiten los capítulos en los que dio cuenta de las guerras mundiales que le tocó vivir. De las contiendas conocemos sus hechos, las fechas decisivas, las causas, el detonante, sus consecuencias y efectos…
Pero, ¿cómo fue la vida de los que no combatían mientras se luchaba? ¿Cuáles eran las inquietudes, miserias y zozobras de quienes esperaban? ¿Qué hacen o dejaban de hacer? «Pasamos el día especulando sobre los imaginarios posibles […], no podemos dejar de darle vueltas, nadie es capaz de trabajar». Zweig, en concreto, no era capaz de nada: «Estoy desmoralizado: no puedo probar bocado, tengo los nervios a flor de piel y no consigo dormir». Iba al banco y se quejaba porque había tenido que implorar. Los apuros y las miserias se extendían, igualando sorpresivamente a las clases sociales. Con todo, el silencio y la falta de noticias era lo que el escritor calificó de «atroz» y «espeluznante».
«¡Como si una esposa y cuatro hijos no fuesen más patria que todas las fronteras y lenguas del mundo! Madre mía, qué pocos comprenden algo tan simple»
Pasado el miedo y el desconcierto inicial, Zweig ve pasar la vida alrededor y no lo soporta. Arremete contra la frívola sociedad vienesa que no renuncia a sus distracciones: «Realmente nada, absolutamente nada puede contener las ganas de diversión de los vieneses». Se pregunta: «¿cuándo aprenderá este frívolo pueblo lo que es seriedad?» Zweig se desgaja de todos ellos: «No puedo hablar con nadie, todo el mundo está enceguecido por un patriotismo necio y falso». Carga también contra los responsables por su ineptitud, desorganización y negligencia. «Empiezo a evitar a todo el mundo», escribió el 1 de noviembre de 1914. Un par de días después lo declararon apto para formar parte del Archivo de Guerra. Fue una buena noticia para él, que piensa que así podrá «entender el malhumor y la obstinación de nuestros funcionarios». En realidad, Zweig entiende cada vez menos: ni a los que mandan ni a los que obedecen ni a los que se evaden: en el heroísmo no deja de ver algo servil. «La idolatría al emperador, por ejemplo, me resulta insoportable, así como el servilismo al príncipe o la falta de democracia […]: Pero de eso solo puedo hablar con muy pocas personas, porque la mayoría está ofuscada y narcotizada por la atmósfera bélica».
Libre, independiente, lúcido, crítico, por opiniones como las anteriores, por su recelo social y su rechazo a las convenciones sociales, Stefan Zweig comienza a aislarse, pero sin ser aislado: sigue siendo una figura respetada y aclamada.
Hay patrias y patrias. Y Zweig definió la suya en su diario tras una visita a un hospital, donde comprobó indignado cómo se devolvía a hombres mayores al frente «mientras los patriotas se quedan aquí dándose la buena vida. Y todo por la “patria” –escribe–, ¡como si una esposa y cuatro hijos no fuesen más patria que todas las fronteras y lenguas del mundo! Madre mía, qué pocos comprenden algo tan simple […]!». En 1917 Zweig abandonó su «patria» oficial, solicitó una excedencia para impartir unas conferencias en Zurich, Suiza, país donde permanecería hasta que finalizara la guerra.
En Zurich (Suiza) se acentuó su antibelicismo, reafirmado por las visitas y las conversaciones con amigos como Hermann Hesse y Romain Rolland
Allí se acentuó su antibelicismo, reafirmado por las visitas y las conversaciones con amigos como Hermann Hesse y Romain Rolland. O por discusiones. Al principio del Diario de Suiza el escritor da cuenta pormenorizada de una muy reveladora que mantuvo con el escritor Leonhard Frank, autor de A la izquierda, donde el corazón: «Él reivindica la revolución, yo le respondo que exigir el sacrificio de otros me parece despreciable, ya que la revolución se paga con sangre. Le pregunto qué es más importante para él: la paz inmediata sin la victoria que reclama […] o el triunfo de sus ideas después de tres años de guerra. Cuando me contesta que prefiere tres años más de guerra, me rebelo contra el autoritarismo y terminamos poniéndonos groseros. Le pregunto qué hace él, qué sacrifica, qué peligro corre y me responde que está preparando la revolución. Le reprocho que eso es lo mismo que hacen los belicistas, que también recurren a la guerra, a la muerte de los demás, para defender sus ideas. Se burla de mí por anteponer la vida al espíritu, a lo cual le respondo que la vida es lo único que puedo sacrificar y le pregunto por qué no se va a Alemania». Unas páginas más adelante afirma solemne –mientras habla de Romain Rolland, a cuya amistad este capítulo, pero también el libro entero, sirve de conmovedor elogio– que «ambos juzgamos a la gente únicamente en función de los sacrificios que hicieron o hacen».
MALOS AUGURIOS, LARGOS VIAJES
La distancia física de la guerra, la neutralidad del país helvético –que tampoco duda en calificar «como nación de rácanos»– le sentó bien a su trabajo creativo. Así, en 1918 se estrenó con muchísimo éxito la obra dramática que había comenzado tres años antes: Jeremías. Su autor, pacifista convencido y en campaña antibelicista, escogió la figura del profeta judío que predicaba en vano para encarnar el trágico papel del «derrotista». Así llamaban los partidarios de la guerra a aquellos que, como Zweig, defendían el entendimiento entre las naciones. En ese mismo año, su ensayo El corazón de Europa «se publica en dos lenguas. Mis libros tienen éxito. Siento girar el mundo en torno a mí. ¿No es demasiado?». Stefan Zweig toca techo y lo sabe y lo escribe: «Pocas veces he sentido tan claramente mi potencial, pocas veces me he sentido tan intensamente, pese a la incertidumbre, en el cénit de mi vida».
“En Austria muy pronto va a estallar tal caos que, en comparación, todo lo que hemos vivido hasta ahora parecerá un juego de niños”
Otoño de 1918. Zweig, siempre atento a la actualidad, sigue las condiciones para la paz que acabarían con la Primera Guerra Mundial y escribe: «la paz no será sino el comienzo de nuevos conflictos». Y poco después: «[…] en Austria muy pronto va a estallar tal caos que, en comparación, todo lo que hemos vivido hasta ahora parecerá un juego de niños. Y una vez más serán los vocingleros, los que más gritan, quienes se adueñen de la situación y lo echen todo a perder». El paso del tiempo no hará sino darle la razón con creces al observador, convertido casi en oráculo.
A finales de 1918 la regularidad en la escritura se interrumpió y se produjo un salto hasta 1931, cuando Zweig reanudó su actividad «empujado por el presentimiento de que se avecina un periodo crítico, similar a los días de la Gran Guerra […]. No me refiero a una conflagración armada, ni la espero, sino a conflictos sociales internos, que en el caso de Austria podrían ser una revolución fascista o de la Heimwehr». ¿Más detalles? «El número de simpatizantes de los nacionalsocialistas crece a tal velocidad que ya no necesitan recurrir a medidas ilegales». ¿Alguna solución? ¿Cuál es la propuesta de Zweig? Sus convicciones: antibelicismo, internacionalismo, humanismo… La cuestión de las fronteras le saca especialmente de quicio a él, que ha hecho del viaje su vocación y su profesión. «Europa no volverá a ser habitable hasta que esté unificada y ofrezca en su espacio libertad de movimiento».
En contraposición al tono grave, sombrío, de sus escritos sobre el panorama europeo, la esperanza parecía venir por cuenta de sus grandes viajes. A principios de 1935 visitó Nueva York. Le deslumbró la arquitectura, el manejo de la luz artificial, los ascensores y otras maravillas técnicas. «Aquí lo bueno es lo nuevo», diría, firmando un retrato de una ciudad entera con la misma puntería con la que atinaba al describir tipos humanos. En 1936 el escritor marchó a Brasil, llegó a Río y estableció sus comparaciones: «Nueva York te llama, Río te aguarda, masculina una, femenina la otra». La ausencia de prejuicios raciales le llamó la atención, tanto como en Nueva York se la había llamado Harlem, el «barrio de los negros» y que había descrito expresivamente como «un mundo aparte, al margen del otro, como una veta oscura que atraviesa el mármol blanco». El sábado 22 de agosto registró la visita a Petrópolis. Años después, en 1941, alquilaría en esa ciudad, junto con su esposa Lotte, la residencia donde ambos se suicidarían el 22 de febrero de 1942.
Los viajes a América confirmaron en Zweig la impresión de un mundo nuevo vigoroso y refinado, frente a la Europa zafia, decadente, destruida y destructora que el autor encontraría a su regreso y reflejó en sus Diarios. En el viejo continente se vivía con pesadumbre y pasividad, nada más que esperando el desastre: «¿ha estallado la guerra o todavía no? ¡Qué vergüenza para Europa, y qué vergüenza para toda nuestra generación! Esperamos y preguntamos sumisamente, en vez de tomar las armas de la razón y labrar por nuestra cuenta un futuro mejor para la humanidad».
En 1939 ya no hay que esperar más. El 1 de septiembre Alemania invade Polonia y estalla la Segunda Guerra Mundial. Ese día Zweig escribe: «¡Nadie imaginaría, ni en sueños, que hoy es el día en que ha empezado la mayor catástrofe de la humanidad!». Él vive por entonces en Inglaterra, de modo que de un día para otro se convierte en alien enemy. Si hasta ahora el autor había dado cuenta del declive del mundo en que vivió, ese día constata su particular cosmogonía: «A partir de hoy empieza otra vida para mí: ya no soy libre ni independiente». Para quien lo había sido toda su vida, este capítulo no podía sino ser una pequeña muerte. Indignado, aislado, empobrecido, agotado, Stefan Zweig flaquea y muestra sus debilidades: «me he cansado de escribir este diario porque el curso de la “guerra” me asquea demasiado». Por suerte para los lectores falta a su palabra y en mayo de 1940 inicia el Cuaderno de la guerra, que cierra los Diarios de la edición de Acantilado.
MENTIRA Y ESTAFA ELEVADOS A LA CATEGORÍA DE VALORES
Ante la perspectiva de vivir en medio del odio, ya sea por extranjero, por judío, por enemigo en todo caso, Zweig se plantea: «¿adónde ir? […]. ¿Dónde podríamos vivir en paz y realmente seguros durante una década?». En sus reflexiones titubea, forcejea consigo mismo: «Y, sin embargo, sea por desidia, por coraje o lealtad, no estoy dispuesto a huir, aunque me faciliten la salida […]. Me pregunto si no deberíamos abandonar de una vez por todas Europa. Lo que está claro es que no nos cabe esperar gratitud por nuestra perseverancia, por este sacrificio, pues cada día que pasa demuestra que la palabra y el honor no valen nada; de hecho, el crimen más infame de Hitler es haber elevado a la categoría de valores la mentira y la estafa, haber conseguido que se llame “arte de gobernar y de vivir” lo que desde hace siglos se consideraba un crimen». El autor escribió estas líneas el martes 28 de mayo de 1940. Les seguía un extraño anuncio: «Y puesto que quienes vivimos y creemos en los viejos principios estamos perdidos, ya me he procurado cierto frasquito […]».
En junio, los Diarios mostraban a un Zweig envuelto en la burocracia: «debo tener los pasajes a Brasil, sin ellos no puedo tramitar los visados […], cuando llega el responsable me informa de que sin visado no hay billete». Finalmente se deshace el bucle y el 25 de junio Stefan y Lotte Zweig partieron con destino, primero, a Nueva York y, posteriormente, a Río de Janeiro.
Entre las últimas anotaciones de sus Diarios, la sentencia del escritor al recibir la noticia de que la cruz gamada ondeaba en la Torre Eiffel: «La vida ya no merece la pena. Tengo casi cincuenta y nueve años y los próximos serán espantosos, ¿qué sentido tiene soportar todas estas humillaciones?». En febrero de 1942 se suicidaron juntos en su casa de Petrópolis, dando un nuevo y último sentido a la frase que había escrito en las postrimerías de la Gran Guerra: «[…] más vale un final horrible que un horror sin fin».
Primer libro de la periodista especializada en tecnología Anna Wiener (Nueva York, 1987), en el que desmenuza uno de los ecosistemas más fascinantes del mundo empresarial, el de las compañías ligadas a internet y la informática, y lo hace en su epicentro, Silicon Valley.

Wiener, cansada de su trabajo en una editorial neoyorquina, decide dar un giro a su carrera y buscar uno de esos empleos tan bien pagados del sector tecnológico. Este ensayo, en primera persona y novelizado, cuenta en tiempo real su inmersión en un entorno con unas reglas y comportamientos que lindan a veces con lo genial, y muchas otras con lo ridículo.
La autora cuenta en tiempo real su inmersión en un entorno con unas reglas y comportamientos que lindan a veces con lo genial, y muchas otras con lo ridículo
La descripción de este microcosmos es lúcida e irónica, y además está narrada con acierto; la acumulación de detalles sobre el modo de vida de esta nueva élite y, sobre todo, de la ideología que sustenta la mitología de las startups sigue la pauta de las propias redes sociales.
La autora –y el lector–, saben que casi todo es fachada, frases vacías y pensamiento mágico, pero sobre esa vacuidad, y sobre los miles de millones de dólares que genera, se está construyendo un nuevo mundo, y resulta difícil apartar la vista.
Tras un breve período de deslumbramiento, la mirada crítica de una persona formada en una cultura que aún respetaba el saber pausado empieza a fijarse en dos frentes. Por una parte, analiza con agudeza lo que entraña esa forma de entregarse a una compañía como si fuese una secta, que le exige su tiempo y esfuerzo, pero también su espíritu. Por otra, pone sobre la mesa muchas de las cuestiones éticas y sociales que, cada vez más, están revelando el auténtico rostro de los gigantes de internet: el espionaje a gran escala, el tráfico inmenso con los datos personales de los usuarios, la transformación de la cultura en una forma más de entretenimiento, o el auge de grupúsculos radicales con un poder de influencia desmesurado.
TRIO INEVITABLE: LA FAMA, EL DINERO Y EL PODER
Su condición de mujer en un entorno abrumadoramente masculino es otro de los hilos que va conectando el relato. Y, como ruido de fondo, una charlatanería futurista que apenas disimula lo antiquísimos que son sus deseos: la fama, el dinero y el poder, el trío inevitable.
Que nuestra vivencia ha sufrido cambios sustantivos con el advenimiento del smartphone es algo que no necesitamos que nos recuerden. Lo que hace aquí Byung-Chul Han es señalar, más bien, la hondura de la transformación y todo lo que estamos dejando atrás. Un pensador tan pegado a Heidegger no podía no meditar sobre la cuestión por las cosas, su transformación en no-cosas y la quiebra del mundo-de-la-vida (Lebenswelt, que en el título castellano se ha traducido por «El mundo de hoy»).

El punto de partida es la constatación de que «hoy, el mundo se vacía de cosas y se llena de una información tan inquietante como esas voces sin cuerpo. La digitalización desmaterializa y descorporeiza el mundo. También suprime los recuerdos. En lugar de guardar recuerdos, almacenamos inmensas cantidades de datos». ¿Realmente es algo tan importante? Bueno… «Nos acostumbramos a percibir la realidad como fuente de estímulos, de sorpresas. Como cazadores de información, nos volvemos ciegos para las cosas silenciosas, discretas, incluidas las habituales, las menudas o las comunes, que no nos estimulan, pero nos anclan en el ser».
El autor coreano constata que «hoy el mundo se vacía de cosas y se llena de una información tan inquietante como esas voces sin cuerpo. La digitalización desmaterializa y descorporeiza el mundo»
Muchas de las ideas de este volumen aparecen ya en obras precedentes. Lo más propio de este es la descripción de la quiebra del mundo que Han descubre en el advenimiento de las no-cosas. Señalemos algunos elementos de esa quiebra.
El primer punto es algo más técnico. Heidegger había descrito la existencia partiendo de un ser-en-el-mundo que maneja cosas dando sentido al mundo en ese manejar, y se dedica esencialmente al cuidado. En el orden digital, hecho de información, no hay manejo ninguno. Nuestro mundo no está hecho de cosas, sino de no-cosas. Las manos han sido sustituidas por el movimiento del dedo sobre la pantalla, que elige. Ni siquiera aspiramos a poseer cosas, pues hemos sustituido ese tipo de posesión por el consumo de experiencias. El cuidado, por su parte, ha sido ya resuelto —o lo será en breve— gracias a la inteligencia artificial. ¿En qué consiste entonces nuestra existencia?, ¿a qué mira nuestra libertad? Con cierta crudeza, Han sostiene que la libertad que nos queda la dedicamos a elegir, a consumir… y a jugar, pues, de hecho, la vida entera se comprende bajo la óptica del juego. Es el mismo panorama de fin de la historia que el autor había descrito en otras ocasiones.
«El orden digital pone fin a la era de la verdad y da paso a la sociedad de la información posfactual»
Veamos otro elemento. El tiempo del orden digital, de las no-cosas, es el instante actual. Esto tiene también algunas consecuencias importantes. Por una parte, el fenómeno de las fake news pone de relieve que, en las noticias, no importa tanto su verdad como su impacto. Así, «el orden digital pone fin a la era de la verdad y da paso a la sociedad de la información posfactual». Por otra parte, el mundo de la información no es narrativo, sino aditivo. Las informaciones «pueden contarse, pero no narrarse. Como unidades discontinuas de breve actualidad, no se combinan para construir una historia». El resultado es la fragmentación de la vida y la incapacidad para contar nuestra propia historia. Se trata, ni más ni menos, de la «desaparición de la persona cargada de destino e historia». En el mundo de las no-cosas —podemos añadir—, Ulises no hubiera vuelto nunca a Ítaca.
NADA SE CONTRAPONE A NUESTROS DESEOS
Un tercer elemento tiene que ver con la ausencia de negatividad y la transparencia que son propias de las no-cosas. La primera nos hace salir de la realidad y encerrarnos en nosotros mismos: en el orden digital nada se contrapone a nuestros deseos. La segunda indica que en las no-cosas no hay ocultamiento, sino que se muestra todo. Todo puede ser convertido en información, todo puede ser expuesto. La realidad pierde así densidad, pues nada queda oculto, apuntado apenas, sino que todo debe ser explicitado. El erotismo es sustituido por lo pornográfico. La realidad más allá de la representación —este sería un sentido positivo del término NO-COSA— se esfuma.
El libro contiene reflexiones interesantes sobre la existencia marcada por el uso continuo del smartphone y por la cultura del selfie; sobre la inteligencia artificial; sobre las posibilidades del arte y de la memoria; sobre el silencio y la inacción que pueden afirmar el ser. Para los lectores del filósofo coreano son algunos compases más de la pieza que suena en sus obras, variaciones de una melodía que lleva tiempo sonando, con algún destello de novedad.
Klara es una Amiga Artificial (AA), un robot B2 de la cuarta serie, que nos cuenta su vida en Klara y el Sol. Narra en primera persona, pero por limitaciones robóticas se dirige al interlocutor en tercera. Klara ve y oye, pero no huele. Absorbe y relaciona todo lo que percibe a su alrededor. Como resultado, goza de un entendimiento sofisticado, mucho mayor que el de Rosa, su querida compañera de escaparate y, como ella, AA.

Klara detecta que las familias cambian a la nueva gama robótica B3, ya a la venta y con olfato moderado, y desechan robots menos perfectos. Se pregunta cómo se sentirá una AA «habiendo encontrado una casa pero sabiendo que tu niño no te quiere» (p. 28). Sabe que los pequeños son caprichosos.
Con ocasión de una «amiga artificial», Ishiguro profundiza en el significado del perdón, la soledad, la aceptación de la muerte y lo irrepetible de cada ser humano
El recuento de su vida comienza en una tienda de la ciudad, esperando en el mostrador a que un cliente la adquiera. Josie, una niña enferma, pálida y delgada, de unos catorce años y medio, se fija en ella. Convence a su mamá para que compre a Klara, no a uno de los B3 que también sopesan. Klara, a partir de entonces, atenderá a Josie y vivirán bajo un mismo techo.
La madre de Josie (Madre, con mayúscula, en la novela) es una mujer de cabello negro, delgada y de cuarenta y cinco años. Su nombre de pila es Chrissie, divorciada. Cerca de su domicilio se sitúa el granero del señor McBain y el chalet de Rick, el mejor amigo de Josie.
En su nuevo hogar, Klara descubre reuniones para «niños mejorados» y que las personas sienten «a veces la necesidad de mostrar una cara diferente de sí mismas ante los demás», como harían ante los transeúntes si estuvieran en una vitrina (p. 100). Al poco de comenzar su nuevo destino, la Madre le confiesa: «A veces debe estar bien no tener sentimientos. Te envidio» (p. 114). Pero Klara juzga que tiene sentimientos y que los acumula con el análisis.
En una ocasión, Madre se la lleva de paseo. Josie se queda en casa porque se encuentra mal. Al final de la jornada, Madre indica a Klara: «Creo que será mejor que no le digamos nada de esto a Josie. Que no le contemos lo que has hecho ahí arriba. Lo de imitarla. Se lo podría tomar a mal» (p. 124).
En esa época, Josie se pasa buena parte del día en la cama. Rick la visita. Es lo que más agradece. Klara está con ellos pero les concede «privacidad». Le preocupa que durante los encuentros Klara dibuje o Rick escriba algo que pueda generar tensiones.
En cuanto se recupera un poco, Josie asiste a unas sesiones misteriosas, en la ciudad, con el señor Capaldi. «Prefiere sacarme fotos porque de este modo yo no me fatigo teniendo que permanecer inmóvil durante horas posando al modo tradicional. […] Mamá está siempre conmigo» (p. 138).
Josie quiere que su amigo Rick estudie en Atlas Brookings, pero Rick es un chico «no mejorado» y «el porcentaje de no mejorados que aceptan es de menos del dos por ciento» (p. 147). Josie y Rick discuten y dejan de verse. Por ello, Josie está de mal humor y en una ocasión se desahoga con Klara: «Mira, no va a funcionar. Da igual que hayas estado escuchando, no puedes sustituir a Rick. Es imposible» (p. 150). Klara se propone intervenir para que se reconcilien, a pesar de que no distingue bien quién debe pedir perdón a quién, si Josie a Rick o si Rick a Josie. «Todavía no entiendo el funcionamiento del perdón» (p. 153).
Confiesa Klara: «Hasta hace poco no creía que los humanos pudieran elegir de manera voluntaria la soledad. No sabía que a veces hay fuerzas más poderosas que el deseo de evitar la soledad»
En su papel de apaciguadora, Klara acude al chalet de Rick y habla con su madre. Es la señora Helen, ex actriz de teatro y amiga de Chrissie. Al ver a Klara, Helen exclama: «Una nunca sabe cómo saludar a una invitada como tú. Después de todo, ¿eres una invitada? ¿O te trato como a una aspiradora? Supongo que acabo de tratarte así. Lo siento» (p. 163). Le pregunta si ha notado que sea inglesa. «¿Estás capacitada para identificar acentos?». Conjetura que Klara incluso está preparada para analizar sus entrañas, «hasta llegar a mi genética» (p. 164).
Helen estima que «aunque Rick no fue mejorado», todavía goza de opciones para ingresar en Atlas Brookings, la única universidad decente que «acepta a un pequeño número de estudiantes no mejorados». Los de Atlas Brookings, «gracias a Dios, tienen principios» (p. 166). Lo único que necesita es un poco de ayuda. Helen le ha comprado los mejores libros de texto. «Son de la época anterior a que los niños fueran mejorados y son los más adecuados para él» (p. 170).
El interés de Helen por el ingreso de Rick en Altas Brookings, a pesar de que eso supone que la abandone, sorprende mucho a Klara, quien le confiesa: «Hasta hace poco no creía que los humanos pudieran elegir de manera voluntaria la soledad. No sabía que a veces hay fuerzas más poderosas que el deseo de evitar la soledad». El padre de Rick ya ha fallecido. Rick no tiene ningún recuerdo de él.
A pesar de todos los desaires de Josie, Klara subraya que es muy feliz en ese hogar y que no tiene otro deseo que ser su AA. Sabe que su enfermedad es grave. Es posible que se debilite tanto que acabe muriéndose, como le ocurrió a su hermana, Sal. Pero investiga una posibilidad de que pueda recuperarse que los adultos no han tenido en cuenta. Para ello, pide ayuda a Rick. Este la acompaña al granero del señor McBain. Lo calcula todo para no «alterar su privacidad» (p. 176). Allí, implora al Sol.
Josie está al borde de la muerte. Chrissie lamenta que en su día no permitiera que la «mejoraran» y recurre con urgencia al señor Capaldi. Al principio, Paul, el ex marido de Chrissie, se opone a sus planes. No cree que funcione lo de sustituir a Josie por Klara, cuando Josie muera.
Klara reconforta a Paul, el padre de Josie: «Por supuesto que un corazón humano debe ser complejo. Pero tiene que tener un límite»
Klara entiende lo que ocurre y se presta al sacrificio: «No será como la última vez con Sal [la hermana fallecida de Josie], porque esta vez estaré yo para ayudar. Ahora entiendo por qué me ha estado pidiendo que observase y aprendiese todo sobre Josie» (p. 231). Ni Chrissie ni Paul se convencen de que Klara será exactamente como Josie, pero aun así le piden la inmolación y que se convierta en ella.
En este trance, la gran duda es el corazón humano. Klara reconforta a Paul, el padre de Josie: «Por supuesto que un corazón humano debe ser complejo. Pero tiene que tener un límite. Incluso si el señor Paul habla en un sentido poético [lo tienen enfrente, pero se dirige a él en tercera persona], lo que haya que aprender tendrá un final. El corazón de Josie puede asemejarse a una casa misteriosa con habitaciones dentro de las habitaciones, pero si esa es la mejor manera de salvarla, me esforzaré al máximo. Y creo que tengo posibilidades de lograr el objetivo» (p. 243).
Dejo sin contar el desenlace.
EL PERDÓN, LA SOLEDAD, LA PRIVACIDAD
Desde el comienzo de su carrera, pero singularmente con The Remains of the Day (Los restos del día), texto publicado en 1989, Kazuo Ishiguro (1954) ha brillado en todas sus novelas. Sus obras pertenecen al selecto conjunto de realizaciones que entretienen, retan, exigen del lector, enseñan y abren nuevas perspectivas. Ishiguro obtuvo el premio Nobel de Literatura en 2017.
Klara y el Sol es una pieza más en su cadena de aciertos. Nos presenta un mundo distópico, utópico o sencillamente a la vuelta de la esquina, en el que la edición genética es moneda común y en el que los niños se sienten tan aislados que necesitan la compañía de robots. Cabe añadir que esos robots, o al menos Klara, son magníficos y no imitan los malos sentimiento de las personas, como la venganza y el odio. Klara, además, halla lírica en lo más sencillo, como la bendición de un rayo del sol en un día frío, al igual que un niño pequeño al que las amarguras de la vida aún no lo hubieran agriado.
Finalmente: con ocasión de una encantadora Amiga Artificial, Ishiguro profundiza en el significado del perdón, la soledad, la aceptación de la muerte, la privacidad, lo irrepetible de cada ser humano (esté o no «perfeccionado»), la trascendencia como recurso salvador (el Sol) y las dificultades del corazón. Este último, el corazón, es un centro de sentimientos quizá imitable por un robot, pero difícilmente repetible porque se configura en función de cómo los demás lo tratan y lo juzgan, y esas variables siempre cambiantes son infinitas. ¿Llegará, pues, el corazón de una Amiga Artificial a ser exactamente igual que el de un ser humano? Ishiguro quizá lo sepa.
Lo primero que sorprende de esta novela sobre el hijo de once años que se le murió a Shakespeare es que no aparece el nombre del autor teatral en sus más de 340 páginas. Ni William, ni Shakespeare. La autora opta por nombrarlo como «padre», «preceptor», «marido». Y apenas salen los corrales de comedias –los teatros del siglo XVI–; ni el Londres isabelino, salvo en las últimas páginas. El escenario es la Inglaterra rural (Stratford; las granjas; el negocio de guantes de John, el padre de Shakespeare; la dureza de los inviernos).

La autora, Maggie O’Farrell (Irlanda del Norte, 1972) ha partido de los escasos datos reales que se conocen sobre la vida familiar de Shakespeare para escribir su novela, ganadora del Women’s Prize for Fiction, y uno de los mejores libros de 2020 para The New York Times y The Washington Post. Y los datos son estos: William y su mujer, Agnes, tuvieron tres hijos: Susana y los gemelos Judith y Hamnet (este nombre era intercambiable con Hamlet). Este último falleció a los once años, en 1596. Cuatro años después, su padre estrenó Hamlet.
La autora convierte en protagonista a Agnes, la esposa de Shakespeare. Y la presenta como una mujer «muy ingobernable, muy testaruda»
La autora convierte en protagonista a Agnes, la esposa de Shakespeare. Y la presenta como una mujer «muy ingobernable, muy testaruda»; experta en plantas medicinales, capaz de «averiguar cuanto se necesita saber de una persona […] presionando el músculo que hay entre el pulgar y el índice de la mano». Cuando William la conoce, dicen de ella que «tiene mala fama en la región […] que es demasiado salvaje, que ningún hombre la desposaría». Sin embargo se casa con ella, y tienen tres hijos. Enferman de «pústulas» los gemelos (Judith y Hamnet); y la muerte que inicialmente parece rondar a la niña, se lleva al hermano, sumiendo a la madre en la desesperación.
Como el fantasma del padre de Hamlet (en la obra de teatro), Agnes y su marido se convierten en espectros, atormentados por la pérdida. «Agnes está destrozada, rota en mil pedazos –cuenta O´Farrell–. No le sorprendería encontrar cualquier día un pie suyo en un rincón, un brazo en el suelo, una mano tirada por ahí». Y oye desde su alcoba el ruido de los pasos de su marido «incansables, como si buscara el camino de vuelta a un sitio del que ha perdido el mapa».
La autora está familiarizada con la enfermedad. A los ocho años perdió un curso por estar hospitalizada con encefalitis; y ha recogido en el libro Sigo aquí vivencias cercanas a la muerte que le afectaron a ella y a sus hijos. En Hamnet, acierta a plasmar la desolación de una madre por la pérdida del hijo: «Descubre que es posible llorar todo el día y toda la noche […] No es fácil pensar en qué hacer con la ropa del hijo. Las primeras semanas Agnes es incapaz de quitarla de la silla en la que la dejó antes de meterse en la cama».
En este sentido, Hamnet recuerda a otras sentidas elegías, como la de C. S. Lewis por su esposa fallecida, Joy Gresham, en Una pena en observación. Tampoco O’Farrell encuentra palabras para describir esas pérdidas. Lo refleja la pregunta que la hija pequeña hace a Agnes: «¿Cómo se dice, pregunta Judith a su madre, cuando una persona tenía un gemelo y ya no lo tiene? […] Si estás casada, continúa Judith, y tu marido se muere, entonces eres viuda. Y si a un niño se le mueren los padres se convierte en un huérfano. Pero ¿cómo se dice lo que me pasa a mí? No sé, dice la madre […] A lo mejor no existe la palabra para decirlo. A lo mejor, dice la madre».
Dedica un capítulo entero a la transmisión de la peste, explicando cómo llega al ser humano a través de monos y pulgas
Maggie O’Farrell traslada al lector a la Inglaterra rural del siglo xvi, mediante una exhaustiva documentación –que incluye detalles precisos sobre el comercio de lana, el trabajo en las granjas o la botánica medicinal–. Y dedica un capítulo entero a la transmisión de la peste, explicando cómo llega al ser humano a través de monos y pulgas, a modo de interludio, que no rompe el hilo narrativo sino que lo refuerza, porque envuelve el aporte divulgativo en clímax dramático: «En esos mismos momentos, en Alejandría, al otro lado del Mediterráneo, el grumete tiene que desembarcar para que Judith contraiga la peste y para que empiece a cocerse la tragedia en la otra parte del mundo».
En el desarrollo del personaje de Agnes, la autora sugiere su influencia en Shakespeare. Fundamentalmente, por el dolor compartido por la pérdida del hijo. Un dolor que les distancia, como subrayan las largas ausencias del marido en Londres, y las sospechas de infidelidad que su trabajo en el teatro despierta en ella («Agnes mira a su marido y de repente lo ve, lo nota, lo huele. […] Agnes se da cuenta de que está cubierto del roce de otra mujer»). Y, a la vez, les une: «Lo busco [dice el padre] sin descanso en todas las calles, entre la multitud, entre el público, siempre. Eso es lo que hago cuando los miro. Lo busco a él, o una versión de él».
Reflexión sobre la fragilidad de la vida, retrato de mujer, intrahistoria de la Inglaterra isabelina, documento sociológico sobre plagas y cuarentenas («en el umbral hay un ser de pesadilla, del infierno, del demonio. Es alto, va embozado en un manto negro y en lugar de cara tiene una máscara horrenda, sin facciones, con un pico largo, de pájaro gigante»). Todo eso es Hamnet.
O’Farrell enlaza la tragedia doméstica del pequeño Hamnet con la tragedia universal del príncipe de Dinamarca
Pero también es un homenaje al teatro. De forma sutil a lo largo de toda la narración, que se hace explícita cuando la novela está a punto de terminar. Agnes viaja hasta Londres al corral de comedias donde su marido representa Hamlet y en esa escena final, la autora cierra todos los cabos sueltos de la trama; conecta con el teatro el doble dolor de la madre: por la pérdida del hijo y por el presunto distanciamiento del marido; y enlaza la tragedia doméstica del pequeño Hamnet con la tragedia universal del príncipe de Dinamarca. Agnes, experta en hierbas medicinales, sanadora de cuerpos –pero incapaz de sanarse a sí misma por la muerte de su hijo–, descubre en el corral de comedias otro tipo de «magia», «el encantamiento del hechicero» que obran los actores en el escenario. La conexión «entre la vida y el teatro». Y entonces «entiende»: «la comprensión llueve sobre ella en finas gotas: su marido ha obrado algo semejante a la alquimia».
«Es la hora de recuperar el control. Reclamar la privacidad es la única forma que tenemos de retomar el control de nuestras vidas y nuestras sociedades», subraya Carissa Véliz en su nuevo libro, Privacidad es poder, editado en español por la editorial Debate.

Para recuperar el derecho a la privacidad que los ciudadanos tenían antes de la llegada de internet, es fundamental, según Véliz, que se regule la actividad de las grandes tecnológicas, como en el pasado se reguló la industria siderúrgica, la automovilística, la farmacéutica o la alimenticia.
Es fundamental que se regule la actividad de las grandes tecnológicas, como en el pasado se reguló la industria siderúrgica, la automovilística, la farmacéutica o la alimenticia
La filósofa y profesora de la Universidad de Oxford considera que el actual modelo económico basado en la explotación de los datos personales es tóxico, no ofrece ventajas para los ciudadanos, los encierra en guetos informativos, facilita que se les manipule, polariza las visiones del mundo y genera enfrentamientos y dinámicas de desigualdad, pues el acceso a oportunidades o información relevante dependerá del segmento en el que hayan sido catalogados tras el análisis de sus datos.
Por todo ello, el libro Privacidad es poder trata de ser una guía para empoderar a los lectores en el camino hacia la recuperación de su privacidad. «La economía de datos y la vigilancia omnipresente de la que se alimenta nos tomó por sorpresa. Las empresas de tecnología no informaron a los usuarios sobre cómo se estaban utilizando nuestros datos, y mucho menos pidieron permiso. Tampoco preguntaron a nuestros gobiernos. No había leyes para regular el rastro de datos que dejan los ciudadanos a medida que avanzábamos en un mundo cada vez más digital», reflexiona Véliz en el libro.
«Cuando nos dimos cuenta de qué estaba sucediendo, la arquitectura de la vigilancia ya estaba en su sitio. Gran parte de nuestra privacidad se había ido. A raíz de la pandemia del coronavirus, la privacidad se enfrenta a nuevas amenazas, ya que muchas de las actividades que antes eran offline han pasado a ser online, y se nos ha pedido que cedamos nuestros datos personales en nombre del bien común. Es tiempo para pensar con cuidado qué tipo de mundo queremos habitar cuando la pandemia sea un recuerdo lejano. Un mundo sin privacidad es peligroso», considera.
La privacidad es necesaria para explorar nuevas ideas en libertad, para tomar nuestras propias decisiones. La privacidad nos protege de presiones indeseadas y de abusos de poder. La necesitamos para ser individuos autónomos, que a su vez son necesarios para que las democracias funcionen bien.
El libro trata de ser una guía para empoderar a los lectores en el camino hacia la recuperación de su privacidad, que nos ha arrebatado la «economía de datos»
«Nuestras vidas, traducidas a datos, forman la materia prima de la economía de la vigilancia. Nuestras esperanzas, nuestros miedos, lo que leemos, lo que escribimos, nuestras relaciones, nuestras enfermedades, nuestros errores, nuestras compras, nuestras debilidades, nuestros rostros, nuestras voces… Todo es usado como forraje por los buitres de datos que lo recopilan todo, lo analizan todo y lo venden al mejor postor», advierte la autora.
Ya es demasiado tarde para prevenir y evitar el desarrollo de la economía de los datos, pero no es demasiado tarde para reclamar nuestra privacidad, según sostiene la autora. A su juicio, de la decisión que tomemos sobre este asunto dependerá el futuro de la humanidad durante las próximas décadas, el modo en el que se desplieguen las campañas políticas, en el que las corporaciones se ganen la vida, el poder que puedan ejercer gobiernos y empresas privadas, el avance de la medicina, la búsqueda de objetivos de salud pública, los riesgos a los que estemos expuestos o la manera de relacionarnos y, no menos importante, de cómo se gestione nuestra privacidad dependerá si se respetan nuestros derechos en el día a día.
En el libro, Véliz analiza el estado actual de la privacidad, cómo creció y llegó a ser lo que es la economía de la vigilancia, los motivos por los que deberíamos acabar con este modelo y cómo hacerlo. Para ello dedica un capítulo a introducir al lector en un día cualquiera en medio del capitalismo de la vigilancia para ilustrarle sobre las dimensiones de la privacidad perdida. En ese viaje, el lector experimentará cómo se recolectan sus datos cuando paga con tarjeta, cuando participa en una videoconferencia, cuando utiliza Facebook u otra red social, cuando compra en la farmacia o va al médico, cuando acude a un organismo que emplea tecnologías de reconocimiento facial, cuando pasa el control para volar en un aeropuerto, atraviesa una frontera o cuando su teléfono móvil tiene activada la geolocalización o es detectado por los repetidores telefónicos más cercanos de la ciudad.
¿CÓMO HEMOS LLEGADO HASTA AQUÍ?
El contraste entre esta situación y la vida que tenían los ciudadanos en los años noventa del pasado siglo es gigantesco. Por eso la autora dedica otro capítulo a responder a la pregunta How did we get here? (¿Cómo hemos llegado hasta aquí?). «¿Por qué hemos permitido que la sociedad de la vigilancia eche raíces?», se cuestiona.
La autora considera que el punto de inflexión se produjo cuando grandes tecnológicas como Google o Facebook descubrieron que los datos personales resultantes de nuestra vida digital podrían generar muchas ganancias, además de los cambios derivados de los atentados contra las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, y la creencia errónea de que la privacidad es un valor obsoleto.

«Cuando nos dimos cuenta de qué estaba sucediendo, gran parte de nuestra privacidad se había ido», asegura Carissa Véliz
Así, según Véliz, el principal protagonista en la historia de la transformación de la huella de nuestros datos en polvo de oro fue Google. La autora recuerda cómo la compañía nació con un algoritmo basado en el sistema de citaciones de las instituciones académicas, gracias a la creatividad y el ingenio de dos estudiantes de Stanford. Los dos jóvenes deseaban al inicio que Google fuerza una herramienta académica. Pero su idea cambió años más tarde. «Desafortunadamente para todos nosotros, el problema fue que Page y Brin (los dos fundadores de Google) quisieron que Google Search pasara de ser una herramienta asombrosa a una compañía dedicada a hacer dinero», subraya la autora.
A partir de 2001 Page y Brin comenzaron a multiplicar los beneficios de una compañía que hasta entonces no había pasado de ser una startup de internet sin beneficio para los inversores. ¿Qué cambió ese año? Los dos jóvenes socios comenzaron a utilizar los datos personales de sus usuarios para vender anuncios publicitarios, inaugurando la era del «capitalismo de la vigilancia», como lo ha denominado la psicóloga Shoshana Zuboff.
Fue así como nació AdWords, un sistema para hacer dinero a través de los anuncios publicitarios dirigidos a los usuarios en función de sus intereses, desvelados a través de sus búsquedas. El sistema pronto cambió el modelo de negocio de Google: los usuarios dejaron de ser los clientes, que a partir de entonces fueron los anunciantes. Los usuarios serían, desde ese momento en adelante, el producto.
«La principal víctima del éxito publicitario de Google fue nuestra privacidad. Nuestros datos, que hasta entonces solo se habían utilizado para mejorar el motor de búsqueda de Google, empezaron a utilizarse para personalizar anuncios. A través de nuestras búsquedas, Google construyó una imagen precisa de nuestras mentes, tanto colectiva como individualmente», señala.
En 2003, el concepto había sido ya suficientemente elaborado, y los ingenieros de Google registraron una patente denominada «Generar información del usuario para su uso en publicidad dirigida». La patente no solo describía cómo usar los datos que el usuario dejaba a través de sus búsquedas para ofrecerle determinada publicidad. También explicaba cómo inferir datos que los usuarios no proporcionaran voluntariamente.
Pronto aparecieron más herramientas, como Adsense, gracias a la cual el usuario era seguido más allá de sus búsquedas en Google, colocando anuncios personalizados en webs de todo tipo, no vinculadas en absoluto con el propio Google. «Con Adsense y AdWord, Google había iniciado la economía de la vigilancia», expone la autora. Antes de Google se habían vendido y comprado datos y algunos de ellos se habían usado para la publicidad, pero no a gran escala; no con ese nivel de especificidad y análisis. No con el propósito de personalizar los mensajes. «Google transformó con éxito la huella de datos de los usuarios en polvo de oro e inauguró la economía de la vigilancia como uno de los modelos de negocio más lucrativos de todos los tiempos», concluye Véliz.
«Con la pandemia, la privacidad se enfrenta a nuevas amenazas, ya que muchas actividades han pasado a ser online, y se nos ha pedido que cedamos nuestros datos personales en nombre del bien común»
Más tarde llegarían otros productos como Gmail, Chrome, Maps, Pixel, Nest o DoubleClick, entre muchos otros, que servirían como vías de recolección masiva de datos de los usuarios. Los gobiernos no reaccionaron. Y los usuarios creyeron que les estaban ofreciendo múltiples servicios de manera gratuita y consideraron que aquello era una ganga.
PRIVACIDAD POR SEGURIDAD
Otro suceso determinó la extensión absoluta de la economía de la vigilancia: los atentados contra las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001. Después de aquella masacre que conmocionó al mundo, el foco de la acción del Gobierno de los Estados Unidos pasó a ser la seguridad. Las incipientes regulaciones que se habían promovido años antes en torno al uso de las cookies y los datos de los usuarios fueron archivadas.
Pero no se trató únicamente de un tema de prioridades. Las agencias de inteligencia vieron una oportunidad para expandir sus poderes de vigilancia haciéndose con copias de todos los datos personales que las grandes corporaciones estaban obteniendo. Una vez que el Gobierno prestó interés a nuestros datos personales, desaparecieron los incentivos para regular nuestra privacidad, según relata Véliz. Más bien al contrario: a más datos recolectados por las empresas, mayor poder de vigilancia del Gobierno y más ataques terroristas podrían prevenirse.
El Congreso de los Estados Unidos aprobó numerosas iniciativas relacionadas con la vigilancia que permanecieron secretas: leyes, tribunales, políticas. Para un ciudadano corriente, era imposible saber cómo estaba funcionando el sistema de libertades y vigilancia en ese país, hasta que, en 2013, un empleado de la National Security Agency (NSA) se convirtió en denunciante de todo un entramado de vigilancia sobre la información de tipo personal de los ciudadanos.
La NSA recolectó datos de Microsoft, Yahoo, Google, Facebook, YouTube, Skype y Apple, entre otras compañías, a través de un programa denominado PRISM. Esto incluyó correos electrónicos, fotos, vídeo y audio chats, historiales de búsqueda y todos los datos almacenados en nuestras nubes. «Por si eso no fuera suficiente, la NSA también recopiló datos en sentido ascendente, es decir, recopiló datos directamente de la infraestructura de internet del sector privado, desde enrutadores hasta cables de fibra óptica», denuncia.
Después de esto, la NSA empleó un sistema llamado XKEYSCORE para organizar todos los datos que había recogido. Dicho sistema era una especie de motor de búsqueda que permitía a los analistas escribir la dirección, el teléfono móvil o la dirección IP de cualquier persona y revisar toda su actividad reciente en línea. También podían ver a las personas en vivo mientras se conectaban y leer lo que tecleaban, letra por letra.
La agencia de seguridad americana dispone de medios para desplegar una vigilancia aún más intrusiva en el caso de personas a las que se desee hacer especial seguimiento
La agencia de seguridad americana dispone de medios para desplegar una vigilancia aún más intrusiva en el caso de personas a las que se desee hacer especial seguimiento. La NSA puede además compartir los datos recolectados con otras agencias de seguridad internacionales. «A la comunidad de inteligencia le gusta denominar tal invasión de la privacidad “recopilación masiva de datos” para evitar su nombre sencillo: vigilancia masiva», concluye la autora.
VIGILANCIA MASIVA Y TERRORISMO
«Lo más lamentable de nuestra pérdida de privacidad es que no ayudó a prevenir el terrorismo. La idea de que si disponemos de más datos de la gente estaremos preparados para prevenir cosas como el terrorismo es una intuición. El atractivo es comprensible, pero es un error. Cada pieza de evidencia que tenemos sugiere que la vigilancia masiva en los Estados Unidos ha sido absolutamente inútil para prevenir el terrorismo», lamenta. De hecho, Véliz recuerda que el Grupo del Presidente para la Revisión en Inteligencia y Tecnologías de la Comunicación no pudo encontrar un solo caso en el que las escuchas telefónicas almacenadas hubieran detenido un ataque terrorista. «Recopilando mucha más información irrelevante que relevante, la vigilancia masiva añade más ruido que señales», subraya.
En las dos décadas en las que lleva funcionando este sistema de vigilancia masiva, según la autora, este no ha demostrado que sirva para prevenir el terrorismo, «pero ha sido muy eficaz para eliminar el derecho a la privacidad de todos los usuarios de internet».
A juicio de Véliz, pueden extraerse algunas lecciones de este lamentable episodio de la historia reciente. La primera es que la sociedad de la vigilancia nació de la colaboración entre instituciones públicas y privadas. Los gobiernos permitieron que la recolección de datos por parte de las corporaciones prosperase para hacer una copia de los datos.
La economía de los datos fue tolerada porque proporcionó un nuevo recurso para ejercer el poder a los gobiernos. Como contrapartida, las corporaciones asistieron a dichos gobiernos a la hora de desplegar sus sistemas de vigilancia. Así sucedió con AT&T y la NSA americana, o con Palantir, Amazon y Microsoft y las herramientas de vigilancia de la administración presidida por Donald Trump. La venta de datos entre gobiernos y corporaciones ha dejado finalmente indefensos a los ciudadanos, que no pueden protegerse a un tiempo de los unos y de los otros.
La segunda gran lección se ha aprendido durante la pandemia sufrida tras la extensión del coronavirus por todo el mundo: las crisis son peligrosas para las libertades civiles.
«Durante las crisis, las decisiones son tomadas sin considerar cuidadosamente pros, contras, evidencias y alternativas. Siempre que haya alguna resistencia a adoptar medidas extremas, una llamada a salvar vidas silencia a los disidentes. Nadie quiere interponerse en el camino a la hora de salvar vidas, incluso cuando no hay evidencia de que esas iniciativas vayan a salvar vidas», señala.
Para enmendar la situación, la autora propone acabar con la publicidad personalizada, que ha hecho posible corromper los procesos electorales, entre otras cuestiones
En ese contexto, según la autora, las libertades civiles son sacrificadas injustificadamente sin ninguna garantía de que volverán después de la crisis. Las medidas extraordinarias adoptadas durante la ola de pánico tienden a permanecer mucho tiempo después de que la emergencia haya finalizado.
«PRIVACY IS POWER»
La privacidad significa el poder de influir sobre las personas. Podemos creer erróneamente –según la autora– que nuestra privacidad está a salvo porque no somos nadie en especial, no somos personajes relevantes. Pero siendo quienes somos tenemos el poder de prestar atención, algo por lo que las compañías tecnológicas están luchando, incluso investigando sobre la dopamina que generan nuestros cerebros ante determinadas apps, buscando generar adicción. Tenemos dinero, aunque sea poco. Tenemos un cuerpo, una identidad, conexiones con otras personas, y tenemos la posibilidad de votar y decidir sobre los demás. «Como ves, eres una persona muy importante. Eres una fuente de poder», subraya la autora dirigiéndose al lector.
El poder es más valioso que el dinero. Y, según Véliz, es similar a la energía, en el sentido de que puede transformarse una y otra vez, pasando de poder económico a poder político, y de este a la capacidad de ganar dinero de nuevo. La relación entre poder y privacidad en la era digital ha dado lugar a un tipo de dominación que tiene que ver con las relaciones entre poder y conocimiento.
«El poder crea conocimiento y decide qué se considera conocimiento», subraya Véliz en alusión al papel que ha adquirido Google en nuestra sociedad. Además, cuanto más sabe alguien sobre nosotros, más puede anticiparse a cada movimiento, y de esa forma más puede influir sobre nosotros. Cuanto más invisible sea ese poder, más poderoso es.
El poder de anticiparse a los movimientos de las personas y de influir sobre ellas, derivado del acceso a sus datos personales, es la quintaesencia del poder en la era digital. Los gobiernos saben más sobre sus ciudadanos de lo que nunca antes han sabido. Los servicios de inteligencia de la Alemania comunista, por ejemplo, únicamente lograron tener archivos de un tercio de la población de Alemania oriental. Hoy las agencias de inteligencia disponen de mucha más información de toda la población. Mucha de ella procede de las propias redes sociales, y entre otras posibilidades permite a los gobiernos anticiparse a determinadas protestas e incluso arrestar a sus responsables de manera preventiva. Tener el conocimiento de qué planes tiene la resistencia antes de que ocurran y estar preparado para golpearles a tiempo es –según la autora– el sueño de cualquier tirano.
El uso de los datos personales es el amianto del siglo XXI: como sucede con ese material, se consigue y se utiliza fácilmente y puede ser vendido e intercambiado. Y, como sucede con el amianto, también es tóxico. Son numerosos los ataques de hackers que roban datos y los emplean para cometer extorsiones y diferentes delitos. El acceso a nuestros datos ofrece ventajas a nuestros adversarios y competidores y nos convierte en seres completamente vulnerables.
TIRANDO DEL ENCHUFE
Tras el análisis, Véliz concluye que es preciso poner punto y final a este mercadeo de datos personales. Según la autora, es un objetivo posible, como lo es reducir y eliminar el agujero en la capa de ozono en un determinado período de años gracias al esfuerzo colectivo. Pero para lograrlo, en el caso de los datos personales, es precisa una regulación, y para ello es necesario persuadir a quienes tienen el encargo de legislar, a los constructores de las políticas públicas, a los políticos. Y para llegar a ellos se necesita una opinión pública sensibilizada acerca de la importancia de preservar la privacidad.
Una de las medidas que deben adoptarse para enmendar la situación es, según la autora, acabar con la publicidad personalizada. Ese tipo de publicidad ha hecho posible corromper los procesos electorales, entre otras cuestiones. La publicidad tradicional suponía una inversión cuantiosa sin un conocimiento claro sobre la efectividad de los mensajes. La publicidad enfocada promete eliminar la incertidumbre de los anunciantes mostrando a los consumidores solo aquello que les interesa, y ofreciendo a las empresas la seguridad de que solo pagarán por anuncios que van a incrementar sus ventas. En resumen: una garantía de eficiencia.
Pero, según Véliz, «esa es la teoría: una situación win-win (ganar-ganar). Desafortunadamente, la práctica no coincide con la teoría. La práctica ha normalizado la vigilancia. Ha provocado la difusión de noticias falsas y del clickbait. Ha fracturado la esfera pública e incluso ha comprometido nuestros procesos democráticos».
Para revertir la situación también debería detenerse la compraventa de datos personales. La autora aboga por establecer prohibiciones desde los gobiernos, permitiendo solo el intercambio de datos necesarios, como los compartidos en el seno del sistema de salud, y de datos no personales, empleados para el desarrollo de políticas adecuadas de colaboración e innovación. «Necesitamos definiciones más precisas de lo que cuenta como datos personales», señala, advirtiendo de que es indispensable delimitar también qué datos deben ser anónimos y cuáles no.
La autora también insta a terminar con la recopilación indiscriminada de datos personales sin el permiso de los usuarios. Esto comenzó porque las grandes tecnológicas adoptaron la filosofía de «moverse rápido», más rápido que los usuarios, a los que hicieron creer que recopilar sus datos era indispensable para el correcto funcionamiento de sus gadgets y apps. Cuando ya era demasiado tarde, las legislaciones han comenzado a referirse al uso de los datos, pero no a su recopilación. Se permite la recogida con fines legítimos, «¿pero qué son fines legítimos?», se cuestiona Véliz. Además, la configuración por defecto de muchos dispositivos lleva a la recolección indiscriminada de datos, y muchos usuarios jamás modificarán esa configuración por defecto.
«Se ha normalizado la vigilancia, la difusión de noticias falsas y del clickbait, la fractura de la esfera pública e incluso se han comprometido nuestros procesos democráticos»
Por ese motivo, Véliz aboga por trabajar en «soluciones creativas» para la recogida de datos respetando la privacidad, y pone como ejemplo métodos como el de privacidad diferenciada, que utiliza algoritmos matemáticos para extraer datos respetando dicha privacidad.
Igualmente habría que detener las inferencias en torno a nuestro comportamiento que han proliferado entre las empresas e instituciones. Los likes de Facebook, por ejemplo, se utilizan para inferir la orientación sexual, la etnia, la religión y los puntos de vista políticos, los rasgos de personalidad, la inteligencia, la felicidad, el uso de sustancias adictivas, la edad, el género o la separación de los padres. Los patrones de movimiento ocular pueden usarse para detectar dislexia. Nuestros post en Twitter y nuestras expresiones faciales para descubrir depresiones. Incluso se puede inferir si tenemos problemas de memoria por cómo de rápido tecleamos en los teléfonos móviles, los errores que cometemos o a qué velocidad descendemos en la visualización de nuestra lista de contactos.
«La lista continúa, pero ya tenemos el dibujo: señales externas están siendo sistemáticamente utilizadas por compañías e instituciones para inferir información privada sobre nosotros», denuncia Véliz. No tenemos control sobre estas señales externas, que son recogidas a menudo sin nuestro consentimiento. Un punto crítico en torno a este tipo de inferencias es que pueden estar equivocadas, pero a pesar de ello pueden usarse en contra de nuestros intereses. Las inferencias basadas en algoritmos –recuerda la autora– son probabilísticas. Solo aciertan en algunas ocasiones.
Nuestros datos personales no deberían usarse como un arma en contra de nuestros propios intereses. «Para lograr este objetivo, debemos comprometer a las instituciones que recaban y administran datos personales con deberes fiduciarios», según la autora. Véliz recuerda que muchas profesiones tienen este deber de cuidado respecto a sus clientes, como sucede con la medicina o la abogacía.
INCREMENTAR LA CIBERSEGURIDAD
Los deberes fiduciarios protegen a los clientes que se encuentran en una posición de debilidad respecto a los profesionales que supuestamente deben servirles pero que pueden tener intereses en conflicto. Este tipo de deberes, por tanto, son apropiados cuando se da una relación económica en la que hay una asimetría de poder y conocimiento, y en la que un profesional o una compañía pueden tener intereses que vayan en contra de los intereses de sus clientes.
Otra medida que Véliz propone en el libro es incrementar los estándares de ciberseguridad, algo que exige mayores esfuerzos por parte de los gobiernos, y que de no hacerse pone en riesgo la seguridad de ciudadanos, empresas e instituciones.
Junto con todo lo anterior, la autora aboga por eliminar todos los datos personales recopilados de manera subrepticia e ilegítima. «Incluso en el caso de datos personales recopilados con fines legítimos, debería existir siempre un plan para su destrucción», subraya.
Además, sería preciso capacitar a los ciudadanos para que puedan hacer un seguimiento de quiénes y por qué tienen sus datos personales. Para ello es necesario abordar algunos desafíos técnicos para garantizar que siempre se solicite el consentimiento de la persona sobre la que versan los datos, y que podamos estar completamente informados acerca de cómo estos datos se están utilizando sin poner en peligro nuestra privacidad. De igual modo, la vigilancia por parte de los gobiernos no debería producirse sin las necesarias garantías, y solo cuando sea absolutamente necesario. La autora aboga además por prohibir determinados equipamientos, financiar las políticas de protección de la privacidad, actualizar las leyes antimonopolio y establecer unas especiales protecciones sobre la infancia.
Todos podemos hacer algo para recuperar nuestra privacidad, según la autora, y de ello dependen nuestras vidas, nuestras libertades y nuestras sociedades democráticas. «¿En qué tipo de sociedad te gustaría vivir?», interroga la autora al lector. La respuesta es la elección entre una versión extrema de la sociedad de la vigilancia en la que vivimos ahora, o un mundo en el que la privacidad se respete y eso nos permita ser libres y vivir sin miedo,
La idea de que la realidad pueda existir duplicada en otra realidad paralela y lejana, pero idéntica, es el tema neurálgico de La anomalía. Hervé Le Tellier (París, 1957), ganador del Premio Goncourt 2020, aborda un asunto que desde el mito de la caverna de Platón, ha hecho reflexionar a la filosofía y a la ciencia. ¿Y si en algún lugar, más allá del muro de nuestras vidas, existen unos dobles de nosotros mismos que son más reales que nosotros? ¿Quiénes serían, en ese caso, los seres reales y quiénes las sombras de los originales? Como un aviso de lo que vamos a leer, en el epígrafe inicial de la novela de Le Tellier se cita a Chuang Tse: «Y yo, que digo que soñáis, también estoy soñando».

Un experimentado escritor como Hervé Le Tellier es capaz de convertir en verosímil una invención que atrapa y dispara la imaginación del público. La verdad literaria construida por el autor francés es poliédrica, cargada de datos, poblada por personajes diversos, aderezada con teorías crípticas, pero supuestamente creíbles, como si la novela fuera una historia convincente.
Mezcla diversos géneros literarios: el relato de ciencia-ficción, la narración de espionaje, la historia policiaca, el ensayo científico, la novela sentimental
La planificación de la arquitectura novelesca es fruto de una alambicada estrategia que mezcla diversos géneros literarios: el relato de ciencia-ficción, la narración de espionaje, la historia policiaca, el ensayo científico, la novela sentimental y hasta posee el ritmo de las series de intriga televisivas. Todo ello está envuelto en un argumento con apariencia científica y ensamblado con inteligente ironía.
Una panorámica de sucesos y personajes se despliega para contar la siguiente historia: el 10 de marzo de 2021 un Boeing 787 procedente de París aterriza en Nueva York con doscientos cuarenta y tres pasajeros a bordo, tras un fuerte tornado de granizo. Tres meses más tarde, un avión idéntico, sorprendentemente, el mismo avión, con el mismo capitán y los mismos pasajeros, será desviado de su aterrizaje en el aeropuerto Kennedy, y obligado a tomar tierra secretamente en la base militar Fort MacGuire, por orden de las autoridades del Pentágono. Los doscientos cuarenta y tres pasajeros de este incomprensible avión son la réplica exacta de las personas que aterrizaron en Nueva York en marzo. El desconcierto se instaura entre los científicos, los servicios secretos, las fuerzas armadas, las autoridades religiosas y altos mandatarios de todo el mundo.
La anomalía no es solo la fabulación sobre el encuentro con el doble, ni una distopía de universos paralelos que se entrecruzan. Mediante sus personajes, Hervé Le Tellier apunta posibles explicaciones científicas, relata reuniones políticas y militares de alto nivel que implican a los presidentes de tres países, confronta a los pasajeros desconcertados con sus clones y de paso con sus acciones y su destino. Y mientras el autor lleva a cabo la operación de hacer creíble lo increíble, se adivina una risa casi invisible que parece decir: querido público, estoy llevándole por donde yo quiero y les voy a divertir tanto como yo me divierto. Así pues, estamos ante un juego en los límites de lo posible, una audacia que debe entenderse como un embrollo literario en el que el autor queda también atrapado.
Es importante conocer algunos datos de Hervé Le Tellier para comprender la ironía implícita en el texto. El autor francés es matemático de formación, editor, crítico literario y lingüista, con una larga carrera como autor de novelas, relatos, poesía y obras dramáticas. Hasta lograr vender más de un millón de ejemplares con La anomalía, Le Tellier era un autor consagrado pero minoritario, miembro del grupo literario experimental «Oulipo» (Ouvroir de littérature potentielle), «taller de literatura potencial», fundado en los sesenta por el matemático François Le Lionnais y el escritor Raymond Queneau. El legendario «Oulipo» tuvo entre sus miembros más célebres a Georges Perec e Italo Calvino. Como dijo el miembro del club, Marcel Benabou, «un oulipiano es una rata que construye ella misma el laberinto del cual se propone salir».
No hay un protagonista central en esta historia, sino una serie de personajes que coinciden en el vuelo de Air France con destino a Nueva York. De cada personaje sabremos lo peor y lo mejor, pero algo quedará oculto y nos mantendrá a la expectativa. Los individuos y sus existencias van apareciendo en escena y dando paso a otros, de un modo aparentemente arbitrario. Estos serán algunos de los pasajeros que, a la larga, se enfrentarán con sus duplicados: Blake, un asesino a sueldo con doble vida; Slimboy, un músico nigeriano; Joanna, una ambiciosa abogada afroamericana; Lucie, la amante esquiva de un arquitecto maduro; David Markle, que sufre un cáncer de páncreas; o la pequeña Sophia, dueña de una rana resucitada, de cuyo padre, un militar del ejército estadounidense, conoceremos rincones sombríos. Para confundir aún más el juego de espejos, en el avión viaja un escritor llamado Victor Miesel, cuyo último libro se titula La anomalía.
AL MODO DE LAS CAJAS CHINAS
Relacionados con esos personajes, aparecen otros envueltos en la investigación del insólito caso de duplicidad: el matemático de Princeton Adrian Miller y su colega Meredith, la especialista en cuestiones religiosas, Jamy Pudlowski y un presunto candidato al Premio Nobel por sus trabajos sobre la materia oscura. Los investigadores, políticos y jerarquías religiosas complicarán la historia una y otra vez. Bajo el vértigo producido por las mudas espacio temporales de la trama, la historia está armada con maestría al modo de las cajas chinas.
Sirve en bandeja algunas reflexiones sobre las vidas contemporáneas: la dudosa realidad de internet, la violencia machista, la inestabilidad sentimental, la violencia o las mentiras políticas
De un modo impreciso, el osado juego literario sirve en bandeja algunas reflexiones sobre las vidas contemporáneas: la dudosa realidad de internet, la violencia machista, la inestabilidad sentimental, la violencia o las mentiras políticas. La incertidumbre humana ante los hechos inexplicables expone a los lectores a algunas preguntas sin certezas.
El planteamiento no es nuevo, ya se ha dicho que desde Platón la duda persigue incesante a la humanidad. Pero la fantasía tortuosa y, en el fondo, humorística de Hervé Le Tellier solo pretende sorprendernos y entretenernos con su fabulación. Aunque los hilos desplegados hacia el final tengan menos consistencia que la mayor parte de la novela, este brillante artefacto literario nos mantiene en vilo hasta la última palabra.